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lunes, 26 de junio de 2023

Libros, veleidades y ferias

No debería sorprenderles que, así, sin previo aviso, les comunique que tengo avanzada la lectura del libro de Saul Bellow El legado de Humboldt. Comparte, por cierto, espacio en el suelo al lado de la cama con la difícil (para mí) obra de Blumenberg sobre el mito platónico de la caverna y sus alusiones filosóficas a lo largo de los tiempos (desde Aristóteles hasta... por ahora he llegado a Bacon), Salidas de caverna. Durante un tiempo estuvo también ahí la novela de Marlon James Leopardo negro, lobo rojo, pero no ha resistido la pujanza de Humboldt.

Asimismo, escribiendo las líneas anteriores, recordé que tengo iniciada la lectura de otra obra de Bellow, Herzog, pero debe de estar escondida en alguna caja de esta mudanza que nunca concluirá. No escribe nada mal este señor, obvio es. Por otro lado, tengo haciendo ejercicios de calentamiento la novela, que al parecer es la primera de una trilogía (si una novela no forma parte de una trilogía en esta época, el autor o autora no es nadie), titulada Los tres cuerpos, del autor chino Cixin Liu. Se va a poner de moda (de nuevo) porque Netflix va a estrenar una serie basada en ella. Hasta ahora he resistido la tentación. A duras penas: veleidoso que es uno.

Además de lo anterior, el otro día pasé por mi librería de referencia (trato amable: saben mi nombre, y cercanía al domicilio: básico) y compré un libro sobre arte; otro, de Marx, la novela de Liu, una monografía de análisis cultural y otro libro a cuenta de los clásicos griegos y latinos.

Libro de arte: La originalidad de la vanguardia y otros mitos modernos, de Rosalind Krauss (traducción de Adolfo Gómez Cedillo).

Libro de Marx: El 18 de Brumario de Luis Bonaparte. La novedad es el estudio previo (y la traducción) de Clara Ramas Sanmiguel, que ocupa sus buenas 50 páginas.

Libro de análisis cultural (o de lo que sea): Los antiguos y los posmodernos, de Fredric Jameson (traducción de Alcira Bixio).

Libro de inspiración clásica, sobre cuestiones políticas: El hilo de oro, de David Hernández de la Fuente.

Y Los tres cuerpos (traducción de Javier Altayó).

El martes, leyendo la Apología de Sócrates, caí en la cuenta de que había en la traducción de Gredos, a cargo de Julio Calonge, un latinajo que no venía a cuento en la boca de Sócrates ("in absentia"). Dichoso mundo este en el que encontré rápidamente a dos personas con las que pude comentar este asunto. También, en el Legado de Humboldt, el protagonista cuenta en cierto momento cómo su novia y él pasaban las tardes traduciendo a Plauto. ¿Es posible leer los Diálogos de Platón sin sentirse exquisito ni nada parecido? ¿Que sea una actividad tan cotidiana como cualquier otra en la que emplear el tiempo? Con frecuencia, en estas charlas melancólicas con personas de mi generación, afirmo que si pudiera volver a tener 17 años, con todos los medios necesarios a mi disposición, estudiaría Clásicas. Fantaseo con que estudiar estas lenguas debe suponer el ingreso en un club muy discreto, donde se habla griego antiguo con soltura y se bebe vino aguado en copas anchas proveniente de ánforas con motivos mitológicos. Cuando los miembros de este club se aburren, fornican o se postulan a dirigir el Estado. No olvidemos a Boris Johnson.

No descarto que otros/as piensen algo semejante respecto de Ingeniería o de Biología. 

Otro asunto: Javier Doreste ex-concejal de Urbanismo de LPGC que ha ido transubstanciándose en reseñador durante el último año y pico, a fin, supongo, de invertir su capital político en cultural ha proclamado que La otra vida de Ned Blackbird, de Alexis Ravelo es una "obra maestra de la literatura fantástica española". Entiendo, ya lo dije en alguna ocasión, que Ravelo sea un escritor querido, añorado y llorado, incluso que su legado literario sea leído con delectación por parte del público, pero de ahí a calificar sus novelas de "joyas literarias" (como escribió una periodista cultural en La Provincia) y, en concreto, La otra vida con ese "obra maestra" no es sólo exagerado, sino también inútil y no le hace ningún favor ni al fallecido escritor ni a los futuros lectores (también es verdad que los adjetivos que le añade Doreste a obra maestra pueden entenderse más como reductores que como intensificadores). Otro reseñador al que despreciar, por si andábamos escasos. 


Actualización del domingo, 25 de de junio

Por cierto, desde que escribí los primeros párrafos hasta este en el que estoy ahora han pasado unos cuantos días. Los bastantes para apreciar que El hilo de oro realiza un recorrido político por la Antigüedad como inspiración para, si no solucionar, al menos enmarcar muchos de los problemas de naturaleza política que padecemos hoy: la demagogia, el populismo y la crisis de la democracia, entre otros. Además, proporciona abundante bibliografía para quien quiera saber más, sobre todo, de historia antigua. Buena manera de empobrecerse monetariamente, sin duda. Debe de haber algún paraíso para los lectores que anhelan lo infinito que les queda por conocer, aun a costa de su patrimonio.

Feria del libro: finalmente estuve en el parque de San Telmo. Me dio la impresión de un evento algo desangelado. Quizá con menos casetas (tal vez, no, pero parecía que faltaban), mucha menos gente que otros años. Tampoco estaban los puestos de abalorios diversos (que tanto le gustan a mi media naranja y a los cuales, indefectiblemente, me veía arrastrado) ni los de artesanía. Ni siquiera, el de los triángulos de energía. Sí que había un grupo numeroso de adolescentes congregados dentro y frente a la carpa de la juventud. Algo es algo. 

El parque está medio en obras, por lo que la impresión general era de provisionalidad, lo que es acorde con el estado mismo del proyecto ferial. Vi por ahí a Santiago Gil, impasible el ademán, al siempre cordial Leandro Pinto y al cada vez más joven Miguel Aguerralde. Todo sea dicho, no fallan nunca en personarse. También, en un alarde de reconocimiento facial, vi a dos escritores más, de esos a los que les tengo echado el ojo, pero ya se sabe que la literatura es un mar proceloso: uno se echa a él para volver a la patria y acaba en islas ignotas.

Por casualidad, me senté pasadas las seis de la tarde en la carpa Alexis Ravelo y estuve escuchando a los autores de Saritísima (una biografía ilustrada de Sara Montiel), Daniel María y Carlos Valdivia, que estaban acompañados por tres drags (lo siento, he olvidado los nombres, pero hay foto). Una presentación interesantísima, por cierto, y que me hizo ver la figura de la actriz y cantante española de otro modo. Sin duda, brillante y aleccionadora.



Conclusiones: salvo el detalle de que la editorial publicatodo Mercurio prohibió (quizá, no prohibió, tal vez, aconsejó negativamente) a sus escritores/as acudir como invitados/as a las carpas, no he oído mayores quejas. Tampoco, elogios. Dejando aparte la referencia rutinaria de los periódicos locales, llama la atención que esta feria haya resultado desapercibida, al menos en mi círculo más próximo. Quizá la indiferencia sea el mayor mal de este tipo de saraos mercantiles-librescos, por naturaleza minoritarios y cuyo éxito se mide por el volumen de las ventas. No sé si la abulia ha sido cosa de la asociación de los/as libreros/as, del público o mía. A fin de cuentas, si resulta que en la feria de este año se ha vendido más que el pasado, todo habrá estado bien.


                     



martes, 22 de junio de 2021

'Paraguas rotos', de Luis Alberto Henríquez Hernández

No sé si es buena noticia, pero el ritmo de las publicaciones y presentaciones literarias está adquiriendo vigor pre-pandemia. Hace unos meses, nuestro añorado Emilio González Déniz publicó una novela que ya han elevado a los altares y más arriba, y unos días atrás, nuestra estrella local, Alexis Ravelo, sacó la número tropecientas de su personaje favorito (también le han hecho la oportuna entrevista jabonosa, a cargo de un hombre experto en esos menesteres espumosos). Las/os seguidores/as de ambos estarán contentos, consumirán sus novelas y harán loas a su maestría, a su bonhomía, a su pedagogía y a cualquier cosa que termine en -ía, etc. Hasta aquel buen hombre cuyas dotes de reseñador hagiográfico dimos cumplida cuenta como Jesús Ibrahim Chamali ha roto aguas con un libro de relatos. A buen seguro, por otro lado, que Santiago Gil estará preparando alguna cosa lírico-existencial de las suyas en la intimidad de su gabinete, indignado porque todo el mundo publica y él ya hace más de un mes que no. 

Como dicen algunos amantes de la Cultura con mayúsculas, que se publique mucho es positivo porque se crea patrimonio. Así, todo lo que tenga que ver con la Cultura es bueno porque es bueno si es Cultura, y viva la tautología; además, se ponen en valor la creatividad, la diversidad, la intertextualidad y demás conceptos fetiche. Ya saben que, para muchos, la Cultura, entendida como el disfrute de lo que les guste, nos hace mejores (en sentido moral e intelectual) y nos diferencia, por ejemplo, del plancton. 

Si a uno le gusta el teatro, pues entonces el teatro es la quintaesencia de la humanidad y el escenario es un espejo de las pasiones, crítica de la sociedad y venga con la catarsis; si a uno le gusta la ópera, pues nada a repantingarse en la butaca disfrutando de formar parte de una minoría selecta y exquisita, amante de los gorgoritos y de ponerse en pie a aplaudir, como si no hubiera mañana, a quienes se les acuse de abusar de mujeres; si a uno, en fin, gusta de leer versos o, peor aún, de escribirlos, no solo se regocijará al punto de la excitación por integrar la minoría de las minorías (lo cual proporciona el summum de la distinción) sino proclamará a los cuatro vientos la necesidad de la poesía para el feliz desenvolvimiento y progreso de la especie humana a pesar de estar formada de madera tan retorcida. Lo mismo puede aducirse para el ballet, los cuartetos de cuerda, la pintura, las instalaciones, los vídeos por ordenador, los grafiti o cualquier cosa que quepa imaginarse que se le etiquete como arte, y, mejor, si ha logrado ser aceptada en un museo o alguna institución de prestigio que la legitime. La que sea.

En realidad, resulta habitual proclamar como lo mejor o lo necesario a lo que uno se dedique o aquello por lo que uno sienta pasión o vicio. Cuando leemos, o lo intentamos, a Dulce Xerach, nos resulta meridiano que Xerach hipostasia la arquitectura: todo tiene que ver con la arquitectura, a los/las arquitectos/as no se le escucha bastante y la sociedad debería comprender su importancia, so pena de hundirse en la abyección. Cuando leemos la entrevista (casi a diario) en cualquier periódico local a un/a empresario/a o dirigente patronal, diríase que la humanidad carecería de sentido sin el liderazgo y la clarividencia de las personas empeñadas en sacarle partido a su capital y la plusvalía a sus trabajadores/as. Si uno/a es periodista, pues qué sería de la democracia, de la sociedad, y de la capa de ozono sin el periodismo, ya sea de investigación, ya de corta y pega. Y así con todo.

Lo señalo porque es un sesgo este que deberíamos tener en cuenta a la hora de blandir juicios y exhibir dogmatismos, a lo que somos tan dados los seres humanos y, dado el espacio del que nos ocupamos aquí, los aficionados y malvividores en distinto grado de la Literatura, del Arte y de todas esas cosas por las cuales hasta los más acendrados defensores del libre mercado piden hasta el hartazgo subvenciones a los poderes públicos.

Dicho lo cual, pasamos a una colección de cuentos publicada y presentada hará escasamente un mes o así: 


Ediciones Garoé, que conste.

Paraguas rotos es un conjunto de relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández cuyo leitmotiv es la idea de aniquilación, pero, por encima de todo, de la aniquilación propia. La mayoría de los relatos acaba con el protagonista, narrador en primera persona, enterrado o encerrado. Todo muy mal. Esto en sí no es ni positivo ni negativo: el autor tiene una concepción pesimista de la existencia que lo lleva a concluir sus historias de modo funesto. Lo que es negativo a mi entender es el tremendismo verbal que le lleva a decir en cinco frases lo que se puede en decir en una, sobre todo si tiene que ver con la corrupción o el desmembramiento. En cierto sentido (muy tangencial), me recuerda a Thomas Bernhard, aunque sólo en el concepto. Si uno lee al escritor austriaco, la misma palabra "aniquilación" está presente en casi todas las novelas, y, en muchas, escrita con profusión. Esa idea de acabamiento, de castigo de uno mismo, de llevarse al límite me parece que también está en los relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández, aunque en este caso, más como un acto de contrición de consecuencias físicas. Las similitudes acaban ahí, claro.

La estructura de los relatos es lineal: algo mueve al protagonista a iniciar un viaje (más corto o más largo), se envuelto envuelto en la bruma, la confusión y las alucinaciones fantasmagóricas y, finalmente acaba, por lo general de modo bastante abrupto, por no decir precipitado, de la peor manera. En este sentido, el lector a partir del segundo relato comienza a esperar que algo fatídico va a ocurrir de forma inevitable, pero ese sentimiento no logra generar más que cierta impaciencia, fomentada, además, por la tendencia del autor, como hemos dicho, al relleno verbal de naturaleza redundante. 

Por otro lado, en numerosas ocasiones, los símiles que emplea el autor si no son tópicos, se me antojan impertinentes, en los que semejanza entre los objetos comparados es tan lejana o arbitraria que la lectura se ve sacudida por la extrañeza, en el mejor de los casos, y por el rechazo, en el peor.

Pero esa noche el descanso me fue negado. Los remordimientos y el horror se lanzaron sobre mis sueños como una jauría de lobos negros sobre un cordero abandonado, sumiéndome en una vorágine de oscuras alucinaciones de las que no fui capaz de despertar. Asistí con pavor al proceso de descomposición del cuerpo de mi padre. Le vi hincharse como un sapo en celo. La expresión de su cara se deformó hasta el límite de sus tejidos y, a continuación, se abrió en canal y soltó una marabunta de gusanos y la larvas de insectos variados que se retorcieron unos sobre otros mientras luchaban por un pedazo de carne muerta de mi padre. La arcada ascendió hasta mi garganta sin náusea previa, una contracción espasmódica del estómago producida por aquella nauseabunda visión. Notaba cómo el azufre se combinaba con el hidrógeno y saturaba mi centro olfativo de un olor putrefacto y vomitivo. Acto seguido, el viejo fue licuándose. Tomó un aspecto húmedo, ambarino, absolutamente repulsivo. Sus labios aparecían inflados y retraídos, mostraban una sonrisa siniestra a través de la cual asomaban lombrices blancas y voraces (...). (Págs. 16-17, relato Los muertos también lloran)

 También, algún error causado por la homofonía como "desecha en lágrimas" (en vez de deshecha) (Pág. 49, del relato Que Dios me perdone), que un/a corrector/a atento debería haber corregido (en el caso de que esta novela haya contado con un profesional así). Seguimos:

Divagaba, conversando conmigo mismo, cuando me di cuenta de que a mi alrededor solo había árboles. Los troncos se cerraban unos al lado de los otros, como si fueran una legión de dacios a las órdenes de un emperador cruel. Mantuve la calma. Agucé el oído intentando localizar los sonidos humanos del pueblo para así poder orientarme en el bosque. 

Nada. 

Una brisa ligera movía las ramas y las hojas, y arriba, entre las copas de los árboles, los cuervos graznaban a la montaña avisando de la presencia de un extraño. No me atreví a dar un paso más. Tuve la sensación de que el bosque se estrechaba en torno a mí y me susurraba palabras que no comprendía. La niebla, escasa hasta hacía un rato, comenzó a arremolinarse a mi alrededor. Densa. Una violencia pasiva que me puso alerta. (Págs 53-54, relato Que Dios me perdone)

 

La ciudad me había recibido sin ninguna emoción particular y dándome una cachetada helada en la cara. Corría el mes de noviembre y en esa latitud del planeta, la metrópoli se comportaba conmigo tal y como haría una amante despechada que se viera traicionada por la presencia de una segunda amante. Aun así, sus encantos eran evidentes y destacaban incluso bajo el manto oscuro de la noche de mi llegada. Antes de irme a dormir, una vez alojado en el hotel, había repasado mis escasas notas preliminares y puesto en orden la secuencia de trasbordos que realizar en el transporte público subterráneo para llegar, a primera hora de la mañana siguiente, a la cita con Jacques. (Pág. 61, relato Sofocado)

 

En este mismo relato, el autor compara en apenas una páginas a los vagones del metro como "un pulmón de metal herrumbroso y agotado, insuficiente y disneico (pág. 66), "El tren me recordaba a un buceador" (misma página), "En lo que el tren se llenaba de nuevo y arrancaba, la mayoría de la corriente humana de la que formaba parte se había salido del apeadero. Como si hubieran vaciado la cisterna de un baño público" (misma página). Asimismo, los seres humanos que se desplazan por el subterráneo son "magma humano" (pág. 66), otras como "una familia de hámsteres" (pág. 67), o "una masa informe de individuos" (Pág. 68), "Hormigas atareadas" (misma página) o "cucarachas guiadas por antenas invisibles" (pág. 70). También, más adelante: "Atravesé la marabunta de gente que había en el mercadillo. Gusanos atareados que se acumulaban en torno a un cadáver en descomposición" (pág. 214, en el relato Reflejos macabros). Aparte del exceso de símiles y metáforas, la impresión que obtiene el lector (o lectora) de la visión de los seres humanos del autor es desconsoladora, y también un poco antigua, es decir, esa visión de la masa descerebrada, de reacciones animales, tan en boga en las primeras décadas del siglo XX en autores, entre otros, como Le Bon y Ortega y Gasset, y que, de cuando en cuando, asoma entre aristócratas del gusto, poetas laureados y políticos mezquinos por la que se niega humanidad a la humanidad.

Asimismo, aun a riesgo de ofrecer una interpretación también un tanto extrema, ese protagonista narrador en primera persona de los relatos, que apenas se relaciona con los demás, como una mónada encerrada en sí misma y la mayor parte del tiempo hostil con otras mónadas que aparecen en su discurrir, podría considerarse una metáfora del ser humano de nuestro tiempo, arrastrándose penosamente bajo el peso de un capitalismo de última hornada que sigue presionando con fuerza para destruir todo lo comunitario con el fin de apropiárselo y convertirlo en objeto de compraventa. También, para transformar a la sociedad en una constelación de individuos que solo se relacionen con los demás a través del mercado. Individuos aislados, fácilmente mensurables y etiquetados, en un entorno social degradado y en un contexto laboral cada vez más precarizado. Frente a ello, una consecuencia posible es la angustia de ese ser humano solitario y desamparado y, como dijimos, las fantasías de aniquilación propias y de los demás, algo que en el plano político suele venir entroncado con la aparición de movimientos de extrema derecha que se nutren del resentimiento, sobre todo, de lo que antes se llamaba pequeña burguesía y hoy, clase media.

En en estos relatos, la angustia está travestida con el ropaje de lo fantasmal y con el de la psicopatía y la locura. Sigamos con las citas:

Creo que me estoy volviendo loco. No es algo progresivo que hubiera estado gestándose como una enfermedad bacteriana. Ni poco a poco, como dice la canción o como ocurre cuando se tiene una erección por cortesía. No. Ha sido de repente. De sopetón he sabido, tan lúcida y cristalinamente como se refleja el sol en las pupilas dilatadas tras una noche de excesos, que mi cerebro no es como lo recordaba. (Pág. 79, del relato Rompecabezas, comecocos y otros juegos de la mente)

Como si mi cerebro estuviera hecho de piezas, miles de pequeñas piezas que encajan delicadamente para formar un complejo rompecabezas en tres dimensiones. (Pág. 84, del mismo relato)

 

Podríamos seguir con esos símiles fallidos: "como un panal fabricado por abejas obreras asalariadas por la parca" (pág.109, en Luto), o "le hice un aspaviento con la mano libre, como quien espanta las moscas que se alimentan de un trozo de carne podrida" o "la oscuridad se adueñó poco a poco del entorno, como el metal que se estrecha en torno al cuello de un condenado a morir a garrote vil" (pág. 174, en Copilul bisericii negre) o tópicos como "radiante como la luz al final del túnel" (pág. 109, Luto) o "Plana como la línea de un encefalograma plano en una sala de autopsias" (pág. 143, en Conciencia expandida). Dejémoslo ya.

En fin, estos relatos no pueden leerse como si su intención fuera causar miedo. No son cuentos de terror, propiamente dichos. La sangre a borbotones y los desmembramientos, así como los escalofríos y la lividez y el sudor frío no bastan. Recordemos, a este respecto, aquella novela de Leandro Pinto, Abismo, que adolecía del mismo defecto. El miedo que puede causar la lectura de Drácula, de Bram Stoker (objeto, por cierto, de una aguda lectura sociológica por Juan Carlos Rodríguez en La norma literaria) o en algunas de las mejores novelas de Stephen King no está al alcance de cualquiera, me temo. Más bien, repito, me parecen el trasunto de una necesidad de expiación o, al menos, de válvula de escape de las inquietudes del autor, cualesquiera que sean éstas.

EN DEFINITIVA, la impresión general de este volumen es la de un desahogo verbal, con algún relato que apunta maneras, a pesar de sus evidentes defectos, como, sobre todo, Sofocado, con su particular versión del flâneur, o también Luto y Reflejos macabros. Hay algo de literatura envejecida, de temática resobada, incluso fosilizada, no solo en los temas sino también en el estilo que hacen desdeñable este conjunto de narraciones. 

Resulta evidente que el autor ha querido escribir, y lo ha hecho con pasión, pero es dudoso que lo escrito es algo que él mismo hubiese deseado leer. Más bien, resulta una especie de terapia que si no hubiese tomado la forma literaria, habría sido darle puñetazos a un saco de boxeo o tirarle piedras a una galería de cristales para provocar el mayor estrépito posible. No dudo que Luis Alberto Henríquez se haya quedado a gusto. El problema es que el público lector, quizá, no. 

No obstante, y llámenme soñador si les apetece, creo que Luis Alberto Henríquez tiene algo, que limado, pulido y trabajado, podría transmutarse en historias dignas de atención. En principio, le aconsejaría abandonar la truculencia, quizá el género del horror; contenerse en el flujo verbal, estructurar mejor sus narraciones sin dejarse dominar por la impaciencia, y no cejar en el refinamiento del estilo. 

Ahí queda eso.



P.D. Otra reseña, más elogiosa que la mía, pero, eso sí, un tanto desganada, aquí.










viernes, 20 de noviembre de 2020

'Noches de naufragios', de Fabio Carreiro Lago

 Desde la última entrada del blog, se han sucedido un montón de eventos literarios, según los medios de comunicación. Para empezar por algo, los responsables de la editorial Pre-Textos han llorado y quejádose amargamente porque el agente de la última premio Nobel de Literatura ha roto el contrato con ellos. Muchos conspicuos miembros del mundillo han hecho suyo el llanto y se han solidarizado, rasgádose las vestiduras, y tal. Otras fuentes, en cambio, dicen que bien merecida está dicha ruptura por las malas prácticas de la editorial. Vayan Vds. a saber: la verdad está ahí fuera. 

Además, los responsables del Cabildo de Gran Canaria decidieron seguir gastando el dinero del presupuesto público en las cosas de la cultura para retomar un concurso literario en recuerdo de (o tomando como excusa a) Pérez Galdós (ya les avisé en su momento de que este año nos íbamos a hartar de Galdós, de panegíricos a Galdós, de hagiógrafos/as de Galdós, de comentarios cordiales a Galdós, etc.), que se lo ha llevado, o se lo ha ganado, o se lo han dado, a Santiago Gil, un autor muy querido de este blog. Si este premio se lo ha llevado una buena novela o, en cambio, otra más de las que nos acostumbra este autor, ya lo veremos cuando la publiquen, si es que algún feliz alineamiento cósmico no lo impide.

No menos importante es el Premio Cervantes, otorgado este año al poeta Francisco Brines, quien se ha apresurado a declarar en un alarde de originalidad que lo importante no es el premio, sino "la poesía". Resulta descorazonador asistir cada año al rapto de entusiasmo del literato/a galardonado, como si el pase definitivo al Parnaso lo concediese el Ministerio de Cultura o la Casa Real. Aparte del dinerillo, que tampoco está mal, aunque no suelan reconocerlo porque, ya se sabe, la cultura es cosa del espíritu y no de la cuenta corriente.

Por otro lado, un canario ha ganado otro premio, éste del enemigo público número uno de los/as escritores/as, editoriales y librerías, que es Amazon. Curiosa paradoja, sin duda. Ya sabemos que muchas personas no solo quieren escribir, no solo quieren vivir de lo que escriben, también quieren ser famosas, y no en ese orden. Cuando no haya librerías y todo lo venda Amazon, ya nos lamentaremos. También, como curiosidad, la antigua Viceconsejera de Cultura del Gobierno de Canarias, Dulce Xerach, que, además de escribir artículos bastante simplones sobre arquitectura en el cuadernillo cultural de La Provincia, escribe novelas policiacas, ha conseguido, por decirlo así, que una de ellas se haya convertido en cómic de la mano del "artista" Nebras Turdiade. Los medios de comunicación lo han considerado noticia, supongo que por lo original de la iniciativa.

Por último, se ha celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, un festival (otro) de novela negra titulado LPA Confidencial, dirigido por Mayte Martín, conocida en este blog por su deplorable novela La espiral del silencio. En este festival también participan otros autores reseñados en este blog como Alexis Ravelo, Leandro Pinto o Christian Santana, por ejemplo. Espero que a todos/as les haya ido muy bien, hayan pronunciado sesudos discursos aderezados con el oportuno chiste y que disfruten de las mieles de lo que sea que les depare el destino.

No me pregunten por qué me ha dado hoy por hacer de agenda cultural a posteriori...



En otro orden de cosas, es decir, la reseña que tanto tiempo llevan esperando, el turno le toca hoy al conjunto de relatos denominado Noches de naufragios, de Fabio Carreiro Lago, que un día vive en Tenerife, otro pernocta en Gran Canaria y otro tercero trabaja en Lanzarote: nuestro Gulliver local. No sabría decirles cómo llegué hasta él, aparte de que figura en el catálogo de la conocida editorial Baile del Sol, tan pródiga en publicaciones. El caso es que aquí estamos.

Pues bien, Noche de naufragios consta de cinco cuentos de variado interés y calidad. Los dos primeros no están nada mal, aceptablemente bien escritos, sin las habituales frases hechas ni tampoco los recurrentes cantos al yo lírico-filosófico del autor de turno. Además, los dos cuentos se leen bien, con una notable capacidad para sumergirnos en la geografía que, sin caer en la falacia patética, le otorga un contexto apropiado a lo narrado. Podría achacársele, no obstante, así al menos lo percibo yo, un deseo espurio por cierto efectismo argumental que en vez de conseguir un efecto catártico hace previsible el desenlace de los relatos. En el primero, El ángel del hogar, esto se hace evidente, debido a su brevedad, enseguida. En el segundo de ellos, más interesante, El naufragio de los sueños, cierto giro narrativo no necesario, casi al final, estropea, a mi juicio, una magnífica historia, que parte del tópico quesadiano del inglés/inglesa que viene a parar, en soledad, por esas cosas de la vida, a Canarias. 

En cambio, el tercer relato, La llave, a pesar de su inicio prometedor, se vuelve aburrido: la historia de la anciana sumida en el deterioro físico y mental, paralelo a la ruina de su caserón es, perdonen la fácil imagen, igual a la decadencia de la historia. La historia se vuelve plomiza por momentos para culminar en una relación psicológicamente desacertada de las lecturas de juventud de la protagonista, que se vuelve de lo más lúcida cuando hasta entonces habíamos contemplado y conocido a una mujer senil que confundía a unos trabajadores sociales con ángeles, que tenía basura por doquier y dejaba a las palomas volando a sus anchas dentro de su casa. Un relato fallido que merecería una revisión.

Además, se deja ver, en ciernes, una tendencia que luego se acentuaría en los restantes relatos, sobre todo en el cuarto (Cielo de verano) a ese defecto del que hemos dado cuenta en otras ocasiones: adjetivos y adverbios que se escriben solos, alegres compañeros de francachelas con sus compadres los sustantivos y verbos. Este cuarto relato, además, pretende ser una suerte de revisión amorosa de una pareja con aires existencialistas de indudable pobreza que se plasman en frases tan decepcionantes como "la vida es una carretera llena de curvas". Igualmente, esa mezcla de resentimiento sentimental con la lucha por el patrimonio arqueológico local no marida bien. Observo, además, una caída en el nivel de variedad léxica, como si aquella riqueza de los primeros cuentos se hubiera agotado.

El último relato, Hacia la isla, resulta interesante por lo que plantea, pero recae en los defectos ya aludidos de las malas compañías sustantivo-adjetivo y verbo-adverbio, tales como "mirada inquisitiva", "visitante inesperado", "miró arrobada", "besó galante" o comparaciones manoseadas como "cuello largo y delicado como un cisne", etc. Cierta pereza mental, tal vez, o dificultad en el despliegue de la capacidad lingüística del autor, quién sabe. Un cuento más trabajado hubiera pulido esos defectos y resaltado las virtudes. A pesar de todo esto, vale la pena leerlo, sobre todo por su potencialidad. Tal como está, podría complacer a un profesor de taller literario, pero nada más.

EN DEFINITIVA, me interesa el autor del segundo relato, y del último. Si aplica trabajo y reflexión a su quehacer literario, se puede concebir la esperanza de que pueda escribir una obra que valga la pena. Mimbres parece tener.


P.D. No menciono las erratas porque esa es tarea de la editorial.








martes, 20 de octubre de 2020

'Hormigón', de Thomas Bernhard

En esas fantasías semiinconscientes previas a la siesta, imagino una revista cultural escrita sólo a base de reseñas: reseñas de novelas, reseñas de poesía, reseñas de instalaciones, reseñas de pinturas, reseñas de arquitectura, reseñas de escultura... Incluso reseñas de conferencias (esta idea es de Javier Moreno) y, por qué no, reseñas de reseñas. Esto último, la verdad sea dicha, lo practico con cierta frecuencia, aunque tal vez menos de lo que resultaría necesario, tal es el nivel de degradación y postración en el que lleva sumida la crítica literaria (y las reseñas y las impresiones de lectura), por lo general, en nuestro país y en nuestra Comunidad.

De hecho, ya hace casi cuatro años fue la lectura de una reseña de aquella pésima novelita de González Déniz titulada El tren delantero la que me proporcionó el impulso definitivo para crear este blog. Hago hincapié en que fue la reseña, y no la novela, la que suscitó la indignación. Una novela puede ser mejor o peor, más o menos deplorable, más o menos pasable. A veces, incluso buena. Lo que no tiene un pase, ni informativa ni moralmente, es la reseña amical, maravillosista, buenrollista, de favor, de intercambio de dones o mercantil, que se resume en mentir al público lector y en callar lo que se debería decir.

Esta postura ya la conocen de sobra los seguidores/as del blog, y por ello no solo critico las creaciones literarias, sino que procuro incluir también a los/as reseñadores/as, con nombre y apellidos y los medios en que publican. De todos modos, soy consciente de que el campo cultural está estructurado de tal modo que es casi imposible que se pueda ejercer la crítica honesta de manera continuada. Aun así, hasta hoy, era de mal gusto criticar al que ejerce mal su labor: reseñadores de ocasión, escritores/as más o menos aturdidos/as o periodistas culturales tenían patente de corso para su adulación sin fundamento.

A este respecto, me viene a la memoria el reto que le planteaba Sócrates a su joven interlocutor Menéxeno, en el diálogo homónimo de Platón, en el que le aseguraba ser capaz de componer sobre la marcha un discurso fúnebre recordando fragmentos  de otros ya recitados. En este sentido, me veo perfectamente capaz de escribir una reseña empalagosa de esas que vemos con frecuencia en periódicos y cuadernillos culturales sin leer siquiera la obra a la que aluda. Sospecho, por otro lado, que esa es una práctica habitual, por vergonzosa que sea, de nuestros hagiógrafos y maravillosistas de la cultura.

En otro orden de cosas, González Déniz ha sacado novela, lo que será motivo de alegría para deudos y allegados. Leyendo la reseña de Felipe García Landín en el Canarias7, Emilio González Déniz ha vuelto a relucir maestría y magisterio, cómo no. Alexis Ravelo, también ha publicado. En su caso, estoy tentado de pensar que es una especie de manía, porque no acabamos de leer una novela (si tal fuera el caso) cuando ya nos ofrece la siguiente. No obstante, no llega a la producción estajanovista de Santiago Gil, quien a veces da la impresión de que publica más que escribe. Respecto de la novela de Ravelo, no he leído nada al respecto aún, pero imagino que no tardarán en volver a calificarlo de "maestro" o una tontada de esas.

Fantaseo, sin llegar a anhelarlo, con que tamaña dedicación se vea recompensada en todos los casos por el Premio Canarias de Literatura: se merecen los unos al otro.

Cráneos previlegiados.




Sin embargo, todo no va a ser tristeza, ira o indignación en la casa del reseñador. Con frecuencia, más de lo que da a entender, lee buenas novelas, como podrán comprobar Vds. mismos si repasan el historial de lecturas del Polillas. En especial, cuando ya cuenta con precedentes, como es el caso de la obra de Thomas Bernhard. Hoy, sin ir más lejos, comparto la lectura de Hormigón.

Esta es una novela de reducida extensión, de unas 103 páginas, pero tan reconcentrada, tan densa, tan bernhardiana que vale por una del doble, o por un millón de microrrelatos, tan de moda en los últimos tiempos, a tenor de los concursos literarios que los reclaman. En todo caso, no es de longitud ni de grosor de lo que vengo a hablar aquí, sino de esa capacidad del escritor austriaco de ir roturando el campo alrededor de las obsesiones y anhelos del protagonista. Una roturación lenta, profunda y constante con la que todo el terreno moral del protagonista se ve penetrado por el arado indagador del novelista. Mirado así, no sé si mi reflexión es más agrícola que sexual o viceversa.

En Hormigón, a poco que la lean con atención, verán temas y motivos que se desarrollarán más tarde en esa novela superior que es Tala, que sigue impresionándome. Imagino, creo que lo he dicho en alguna ocasión, que Bernhard es mal ejemplo para el aprendiz de escritor. Igual que Borges, con el que no tiene nada que ver. Ambos, sin embargo, hacen surgir el lado más mimético del lector que pretenda escribir, y por tanto su sombra cipresca (ahora que estamos conmemorando a Miguel Delibes) es demasiado acogedora, por mucho que las divagaciones y obsesiones del protagonista no inviten al descanso ni a la relajación, ni mucho menos.

Hagámonos cargo de que su prosa, traducida aquí por Miguel Sáenz, es repetitiva, masiva, gravitatoria, centrípeta y machacona, y al mismo tiempo, por todo eso, fascinante, con un ritmo implacable, quizá difícil de aprehender en muchas ocasiones. Una prosa difícil, es cierto, pero es posible que ciertas cosas no puedan expresarse de otro modo. El resultado sigue siendo demoledor.

Toda publicación es una tontería, y prueba de un desagradable rasgo de carácter. Editar la inteligencia es el más vergonzoso de los crímenes y yo no he vacilado en cometer varias veces ese crimen, el más vergonzoso de todos. Al fin y al cabo, ni siquiera fue la grosera necesidad de comunicarme, porque nunca he querido comunicar nada a nadie, con eso no tenía ninguna relación, fueron simples ansias de gloria y nada más. Qué suerte no haber editado Nietzsche y Schönberg, por no hablar de Reger, no me lo perdonaría. Si ya los otros miles y cientos de miles de escritos publicados me asquean, los propios me asquean de la forma más horrible. Pero no escapamos a la vanidad, a las ansias de gloria, entramos en ella, como si la necesitáramos, con la cabeza muy alta, aunque sabemos que nuestra forma de actuar es imperdonable y perversa. (Pág. 38)

Tener que seguir asqueándome de un desayuno hecho por mí mismo a otro desayuno, de una cena hecha por mí mismo a otra cena, de una decepción meteorológica a otra decepción. Tener que leer diariamente los periódicos y su porquería política local, su obtusa suciedad política y económica y ensayística. No poder sustraerme a esos periódicos y a sus asquerosos productos, porque, por otra parte, tengo que devorar diariamente con gran ansia esa suciedad de los periódicos, como si padeciera francamente una perversa gula periodística. No poder sustraerme en absoluto, aunque tenga la voluntad para ello, realmente la voluntad de sobrevivir, a todas esas suciedades públicas y publicadas, porque no puedo sustraerme a esa gula de ellas, a todas esas perversas historias de terror de la Ballhausplatz, donde un Canciller que se ha convertido en un peligro público da a sus idiotas de Ministros órdenes que son igualmente un peligro público. (Pág.71)


Los amigos de antes, o están muertos y han vivido una vida infeliz, se han vuelto locos antes de morir, o viven en alguna parte y no me interesan ya. Todos se han quedado atascados en sus ideas y, entretanto, se han hecho viejos, y en el fondo, aunque, como me consta, se debatan furiosamente aquí o allá, han renunciado. Si nos los encontramos, hablan como si no hubiera pasado el tiempo en los últimos decenios y hablan por lo tanto en el vacío. Hubo un tiempo en que realmente cultivé mis amistades, como suele decirse. Pero todo eso se rompió en algún momento y, prescindiendo de que, de cuando en cuando, leo en los periódicos algo de éste o de aquél, a los que en otro tiempo consideraba indispensables, alguna tontería, alguna insulsez, no sé ya nada de ellos. Casi todos han fundado una familia, como suele decirse, han hecho sus negocios y se han construido casas y han tratado de asegurarse por todas partes y, con el transcurso del tiempo, se han vuelto carentes de interés. No los veo ya y, si los veo, no tenemos nada más que decirnos. Uno insiste ininterrumpidamente en que es artista, otro, científico, un tercero, comerciante de éxito, y eso me pone ya malo, sólo con verlos y mucho antes aún de que abran la boca, de la que sólo brotan cosas triviales y, una y otra vez, sólo leídas y ninguna propia. (Pág. 92)


En manos de escritores/as menos dotados/as, o con menos oficio, todo podría haberse convertido en cháchara y verborrea yoísta, carente, por tanto, del menor interés. El talento, o lo que quiera que sea que Bernhard posee, lo transmuta en introspección valiosa, en espejo en el que en menor o mayor medida nos vemos y, me temo, nos rechazamos. El protagonista de la novela nos sumerge en las contradicciones y crueldades en las que recaemos una y otra vez. Eso, teniendo en cuenta que muy poca gente podría identificarse en modo alguno con él, atendiendo a sus características socioeconómicas o morales. No hay manera de salir indemne de la lectura de las obras de este escritor, ni siquiera esbozando una sonrisa de suficiencia.

En fin, diga Bernhard y diga horror a los puntos y aparte, diga hostilidad a los puntos y seguido; diga amor por las comas y las oraciones complejas y extensas. Diga discurso vitriólico, diga exceso e ira. Podría pensarse que el personaje público no era tan libertario, ni mucho menos, y que gustaba de recibir premios y honores de aquellas autoridades e instituciones que tanto decía detestar. Puede ser, pero no creo que importe demasiado a la hora de juzgar su literatura, que expresa el malestar de una generación del Estado de Bienestar centroeuropeo tanto como puede expresarlo ahora para los que solo hemos vivido sus restos, de entre los cuales parecen haber resurgido la intolerancia y el autoritarismo sin complejos

Sigamos adelante.














sábado, 28 de diciembre de 2019

Lo mejor y lo peor de 2019

Aquí tienen, otro año más y ya van 3, la lista de lo mejor y de lo peor que he reseñado en el Polillas durante el año 2019. Lo positivo es que hay mucha más literatura de calidad que de la otra, de lo que me congratulo porque, a decir verdad, resulta una tarea harto irritante y a veces tediosa desgranar los defectos de tanta novela deplorable. 

Como sé que son Vds. algo morbosetes, a pesar del buenrollismo imperante, comenzaré por la lista de lo peor de 2019. A continuación, seguiré con lo mejor y, finalmente, como suelo hacer también, les mostraré los mejores libros de no ficción que he leído durante este año que fenece.

Vamos al lío:

LO PEOR DE 2019:

El podio ha resultado sencillo. Las tres novelas que aquí señalo han sido lo peor del año sin discusión interna por mi parte.

1) La espiral del silencio, de Mayte Martín (Ediciones Aguere-IDEA). Primera lectura del año y primera candidata a la peor de 2019. Una obra tan cargada de loables reivindicaciones y necesarias denuncias como deplorable en todos los aspectos en que se pueda analizar una novela, y hay unos cuantos. 

2) Caídos del suelo, de Ramón Betancor (Baile del Sol). Una novela que aspira a ser apasionante y que es apasionantemente detestable por caer en todos los clichés del lenguaje y de la construcción de personajes. De principiante.

3) El doble oscuro, de María Teresa de Vega (NACE). Con pretensiones de culta, intertextual y refinada, esta obra es insoportable y tediosa hasta decir basta. No la compre, no la mire siquiera, pase de largo.

MENCIONES ESPECIALES

Las siguientes obras, siendo mediocres, no suscitan tamaña sensación de devastación. Aun así, en aras de la pedagogía y, como dice Rafael Reig, "por razones de salud pública", vale la pena recordarlas: La ceguera del cangrejo, de Alexis Ravelo (Siruela). Sin llegar a hundirse en esas simas de insondable pobreza literaria y pretenciosidad pueril de La otra vida de Ned Blackbird, el autor perpetra otra novela en la que vuelve a lucir su pasmosa falta de estilo y la incapacidad de urdir una trama algo compleja sino es a base de empellones y exabruptos. Tampoco, Pacheco, de Christian Santana Hernández (Mercurio), da mucho más de sí. Es legible, al menos, aun con ese sesgo tan contemporáneo de escribir literatura teniendo en vista una película o un capítulo de serie de televisión, con todos los clichés a cuestas para que el lector/televidente no se confunda. Con A los que leen, Jonathan Allen (Aguere-IDEA) lo intenta de nuevo, y aunque el resultado es más digerible que el logrado con su anterior novela, El conocimiento, sigue poniendo a prueba la paciencia del lector sin ponerse a prueba él mismo, lo que parece un tanto injusto. Para acabar, Lazos de humo, de Ernesto Rodríguez Abad (Diego Pun): convencional es el primer adjetivo que se me viene a la cabeza. Una novela con potencialidades abortadas y un mal final la hacen olvidable del todo.








LO MEJOR DE 2019:

1) Magistral, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll & Jill). Crítica hiperbólica acerca del uso del lenguaje y acción sin compasión sobre él, el autor restriega al lector esta obra en la cara para que, a partir de su lectura, no contemple la literatura del mismo modo ni le queden ganas de hacerlo.

2) Corrección, de Thomas Bernhard (Alianza, traducción de Miguel Sáenz). Qué decir de Bernhard que no haya dicho ya en sus reseñas. Su voluntad de estilo, su capacidad taumatúrgica de sumergirnos en el mundo interior de sus personajes, un tanto delirantes y siempre obsesivos, y su discurso vitriólico e incendiario contra todo y contra todos le hacen a uno volverse casi un fan-hardcore.

3) La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori (Sexto Piso, traducción de José Aníbal Campos). Una obra grandiosa con la que el lector recorre ese mundo de ayer europeo del que escribió Stephan Zweig, atraviesa el nazismo austriaco, forzándonos a contemplar la gelidez de la muerte que anuncia, y nos hace arribar al París americanizado de los 50. Como dice Vicente Luis Mora, sólo le faltó haber sido escrita antes para convertirse en una obra maestra.

4) Momentos de la vida de un fauno, de Arno Schmidt (Debolsillo, traducción de Luis Alberto Bixio). Una mirada de un alemán, en apariencia corriente, a la sociedad nazi de su tiempo. Resistencia cotidiana de la única manera que se puede en un sistema totalitario, la interior, negándose a aceptar lo inaceptable.

5) Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo (Tusquets). La novela de un autor sobresalientemente dotado, sin duda. Divertida, inteligente, aguda y un algo más que la distingue de la mayoría.

6) Un rey sin diversión, de Jean Giono (Impedimenta, traducción de Isabel Núñez). Fascinante, misteriosa y hermosa. La indagación única del autor francés nos convence, por si lo dudábamos, de que la novela es un instrumento privilegiado para recorrer los laberintos morales del ser humano.

7) El santo al cielo, de Carlos Ortega Vilas (Dos Bigotes). Con esta única novela, ya forma parte del grupo de escasos narradores canarios que merecen consideración por mi parte. Una novela negra/detectivesca más, quizá, pero con estilo propio, personajes con poso y una escritura que alberga potencialidades de más y mejor. Llámenlo intuición.

8) La noche fenomenal, de Javier Pérez Andújar (Anagrama). Una novela loca, muy loca, que conjuga elementos kitsch como el ocultismo y lo paranormal con otros más formales como la utilización creativa del cliché, lo que tiene su mérito. Una trama desquiciada de un autor con talento.

9) Nunca más la noche, de Juan R. Tramunt (Baile del Sol). A pesar de una primera historia fallida, Tramunt remonta el vuelo y consigue inquietarnos y sorprendernos con unas historias bien escritas que conmocionan nuestro sentido común. 


NO FICCIÓN 

Aquí no hay clasificación que valga: todos estos libros son valiosos y variados en su temática. Omito los que ya comenté en la entrada Siete lecturas para el disenso, por no repetir, pero que pueden considerarse incluidos en esta lista:

- El eclipse de la fraternidad, de Antoni Domènech (Akal).
Injusticia epistémica, de Miranda Fricker (Herder, traducción de Ricardo García Pérez).
- La huida de la imaginación, de Vicente Luis Mora (Pre-Textos).
- Historia y sistema en Marx, de César Ruiz Sanjuán (Siglo XXI). 
- La izquierda, fin de (un) ciclo, de Ignacio Sánchez-Cuenca (Catarata).
- Barcelona, Madrid y el Estado, de Jacint Jordana (Catarata).
- Sobre El Político de Platón, de Cornelius Castoriadis (Trotta, traducción de Horacio Pons).
- Alta cultura descafeinada, de Alberto Santamaría (Siglo XXI).
- Walt Whitman ya no vive aquí, Eduardo Lago (Sexto Piso).
- Post-Democracy, de Colin Crouch (Polity).
- Inventing the People, de Edmund S. Morgan (Norton).
- Muros, de David Freyre (Turner, traducción de Eduardo Jordá).
- Democracia en suspenso, VV.AA (Casus-Belli, traducción de Tomás Fernánez Aúz y Beatriz Eguibar).
- Against the grain, de James C. Scott (Yale).
- Social origins of Dictatorship and Democracy, de Barrington Moore Jr. (Beacon).
- Caníbales y reyes, de Marvin Harris (Alianza, traducción de Horacio González Trejo).
- Ciudades rebeldes, de David Harvey (Akal, traducción de Juanmari Madariaga).
Tiempo de magos, de Wolfram Eilenberger (Taurus, traducción de Joaquín Chamorro Mielke).
Internados, de Erving Goffman (Amorrortu, traducción de María Antonia Oyuelo de Grant).
Melancolía de izquierda, de Enzo Traverso (Galaxia Gutenberg, traducción de Horacio Pons).
McMafia, de Misha Glenny (Península, traducción de Joan Trujillo Parra).
- Estado de inseguridad, de Isabell Lorey (Traficantes de sueños, traducción de Raúl Sánchez Cedillo).


Un saludo cordial a quienes me leen, en especial a los/las que no lo reconocen.





viernes, 10 de mayo de 2019

'La ceguera del cangrejo', de Alexis Ravelo

Este año, la feria del libro de Las Palmas GC volvió a ser tan anodina como siempre. Feria, al fin y al cabo, no es más que el lugar y la actividad en la que se exponen productos para su venta y su compra. Una feria del libro puede inducirnos a pensar que está destinada a propósitos más nobles, pero caeríamos en un error categorial. En una feria del libro se promocionan unos objetos denominados libros, que es la mercadería con la que trabaja parte de la denominada industria cultural, las editoriales, y sus distribuidores, las librerías. No esperen, pues, nada demasiado espiritual, estético o estético-espiritual. No es el lugar adecuado para gozar de momentos de éxtasis artístico. Quizá para paliar este flanco débil, a veces leer no es leer, sino una experiencia lectora, según los departamentos de marketing. Ya saben que estamos en una época que hasta las experiencias se venden y se compran.

Así pues, salvo que convirtamos una feria en un circo, lo que quizá resultaría más ameno, el espectáculo de estos eventos consiste en ver y, tal vez, compadecer a muchos escritores/as desconocidos sentados con cara de pena frente a unos cuantos ejemplares de su libro en una mesita, esperando que alguien se decida a adquirir alguno. Esto no reza para los escritores/as famosos/as, que tienen espacio para ellos solos y ante los cuales suele tenderse una cola de fetichistas de la firma y adoradores del contacto personal. No obstante, tanto el año anterior como este las estrellas son, sin comparación posible, las influencers. ¿Por qué? Porque venden más que cualquier escritor consagrado. De eso se trata, por mucho que, por ejemplo, poetas airados nieguen la categoría de poesía a lo que escriben esos booktubers o cantautores reciclados. OPA literaria, llamaría yo a ese fenómeno.

También vi a mucho periodista presentando a escritor con novela nueva. Más allá de la destreza comunicativa de cada uno de estos presentadores, lo cierto es que, youtubers aparte, la literatura en España sí que está estrechamente vinculada con los periodistas, al menos en los últimos tiempos. Como si literatura y periodismo fueran vasos comunicantes por naturaleza, como si cada periodista fuese un García Márquez en potencia. En fin, es bastante posible, viendo el nivel general de los periódicos y del periodismo en nuestro país, que el daño sea ya irreparable.

¿Quién dijo pesimismo?





De Alexis Ravelo podrán decirse muchas cosas, o quizá no tantas, pero lo que no puede negarse es su capacidad de trabajo, que da como resultado una fertilidad novelesca a prueba de desaliento. En Canarias, solo me viene a la memoria otro escritor que publique más que él, lo que no es sencillo. Respecto de la cantidad, al menos, no hay peligro de que la literatura perpetrada por canarios languidezca. Son los Tàpies de la literatura canaria.

El caso es que, aprovechando el momento cumbre en ventas y promoción que suponen estas fechas a causa de las ferias del libro, la editorial Siruela (colección Siruela policiaca) ha publicado la última novela de Ravelo, La ceguera del cangrejo, ambientada en Lanzarote y con la vida y obra del artista César Manrique de trasfondo ecológico-moral. Después de la lamentable La otra vida de Ned Blackbird y de la más o menos afamada Los Milagros prohibidos, nuestro autor ha vuelto al género que le ha dado fama, premios y muchos fans (tal vez, hardcore), estos últimos indiferentes a toda crítica; primero, con El peor de los tiempos y, ahora, con la novela que nos ocupa. En este caso, se parte de la muerte de una mujer, Olga, historiadora, como desencadenante de la trama y una investigación, aunque sea sobrevenida, a cargo de su pareja sentimental, un militar en activo, que la relaciona con una red de corrupción urbanística y especulación inmobiliaria tejida en la era del desarrollismo turístico de Lanzarote.

Me habían comentado, en este sentido, que el punto fuerte de Alexis Ravelo es el género negro y que, por lo tanto, la reseña negativa que yo había escrito respecto de La otra vida podría no ser representativa de la calidad literaria de este autor. Soy de la opinión de que aquella trasciende los géneros, y que no queda circunscrita por estos. Más bien, la calidad se manifiesta en la obra de un autor y son luego los críticos y los periodistas de suplemento los que endosan etiquetas. Ya saben, los nichos de mercado y la consideración del lector medio como lerdo y abúlico.

Pues bien: es cierto que La ceguera del cangrejo es mejor que La otra vida de Ned Blackbird. No obstante, no nos alegremos tanto: era tarea harto sencilla. El autor de La ceguera ha superado las contradicciones lógicas de aquella, que en determinado momento se le fue de de las manos de forma irremisible: sostener de manera verosímil la trama de La otra vida era una labor para la que quizá entonces no estaba pertrechado técnicamente. Ravelo ha conseguido podar, si no eliminar (sería mucho pedir), aquella profusión de frases hechas y topicazos que hacían la lectura insoportable. Ahora, se contiene ante la cursilería y ante la necesidad de demostrar sus lecturas y demás bagaje cultural y no les da rienda suelta. Siguen estando presentes, pero mejor incardinadas. 

Además, y eso es elogiable, escribe una novela molesta: para los urbanistas, constructores, funcionarios prevaricadores, comisionistas y políticos empeñados en arrasar con todo lo bueno que pueda tener esta tierra por su codicia sin límites. Y, yendo más allá, también para nosotros, las personas normales, que vivimos en esa alucinación fetichista del resort, del todo incluido, del espejismo del lujo al alcance de todos, del low cost en hoteles, líneas aéreas, ropa y comida, sin saber ni querer saber la explotación y la injusticia sobre la que se erigen. En este sentido, no es una novela escapista más, sino que estructura una ficción enraizada en la historia local, de denuncia, en la que se pueden poner nombres y apellidos a los/las responsables de estas tropelías. Otros más podrían tener la decencia de sentirse avergonzados. 

Pero siempre hay sin embargos, y esta novela contiene varios. Comencemos, recordando que los ejemplos son acumulativos:

a) Alexis Ravelo no es Virginia Woolf ni Henry James. Me explico: la novela está contada por un narrador externo, en tercera persona, pero la mayor parte del tiempo está entremezclada con la voz (pensamientos) del protagonista, Ángel Fuentes, un militar sin demasiada cultura (por lo que se nos cuenta). Así pues, está presente el estilo indirecto libre. Woolf y James eran maestros en esta técnica, y su estilo, certero y preciso, delicado y elegante, en fin, lo que todos sabemos. Si somos generosos, podemos pensar que en La ceguera la voz del personaje principal tiñe la narración con su forma de hablar: un estilo coloquial y, a veces, vulgar. Esto puede estar bien en algunos pasajes, no digo que no, a lo largo de la novela para conseguir determinados efectos. El problema consiste, a mi entender, que, más allá del punto de vista, casi toda la prosa de la novela es así, lo que la perjudica gravemente (recordemos, a propósito, LaLaZ). Estilísticamente, utilizando símiles aeronáuticos, la obra no coge altura, se limita a planear a ras de suelo. Así, en ese sentido, sí que me parece una novela difícil. No encuentro voluntad de estilo o interés por la frase. No percibo preocupación o esfuerzo estéticos.


 Recordó cómo se le había helado la sangre la primera vez que la vio, hacía ahora un par de semanas, en la soledad de la casa de La Minilla. Quién carajo era aquel elemento y qué cojones hacía con Olga; eso fue lo primero que se propuso averiguar. Pero luego decidió no comportarse como el energúmeno que se sabía capaz de ser, no llamar inmediatamente a Sonia para preguntarle, no conectar el móvil de Olga para buscar mensajes comprometedores ni ponerse a rebuscar como un loco entre sus cosas hasta encontrar las pruebas de una traición que, de momento, solo estaba en su cabeza. Y en este instante, al sentir de nuevo aquellos celos, volvió a dominarse: si el tipo debía aparecer, lo haría; si no, se lo tomaría como una anécdota. No había venido para reclamar unos derechos de macho lastimadito que ya no tenían sentido. (Págs 18-19)

Ángel escuchó con gesto comprensivo mientras Blas le contaba que no se podían quejar, que les iba bien en sus trabajos, que su empresa, por ejemplo, hacía el mantenimiento y la supervisión de varias instituciones, aparte de las empresas privadas. Pero que eso tenía el coste personal de no poder disfrutar de los mejores años de sus niños, de llevar una vida de familia solo el fin de semana. Y no siempre, porque a veces había que llevarse trabajo a casa. A Ángel le interesaban tres pepinos los pormenores de la conciliación familiar de Blas y Julia. Su mente estaba ocupada en sus propios asuntos (Pág.  162)


b) No es amigo nuestro autor de la frase corta ni del párrafo breve, lo que de por sí no es una virtud ni un defecto. Estoy con ustedes en que cada autor/a tiene su forma de escribir, y el talento se demuestra en todos los estilos posibles. Ravelo no escribe de forma embarullada, ni retorcida, qué va. Si algo tiene su prosa es que resulta accesible para cualquier lector. El problema no es ese, sino que Ravelo no corta ni borra. Y si lo hace, no se aplica cabalmente. Quizá sea su sello personal, o es que el género tiene sus convenciones y necesita, por ejemplo, que se nos informe con detalle de todo lo que come y bebe el protagonista. Es posible que el detective Carvalho haya hecho mucho daño a los escritores noir españoles, pero los traumas no eximen del delito a su perpetrador. Además, la acumulación de nimiedades, si no son significativas por alguna razón, se convierten en ruido para la comunicación y constituyen, por tanto, un lastre para cualquier novela. Es como si las descripciones le resultaran tediosas y las resolviera de modo rutinario, pero aun así creyese que la prolijidad es la mejor opción. Algo de lo que se contaminan también los diálogos, por cierto.


El bufé estaba situado en la azotea y disponía de una amplia terraza donde se permitía fumar. Sin embargo, desayunó en el comedor, para que no le jodiera el viento. Coincidió con pocos huéspedes: un matrimonio de jubilados peninsulares, una familia joven con un niño menos ruidoso de lo que él había temido en principio y tres solitarios de mediana edad con pinta de representantes comerciales que atendían la provincia. Uno de ellos era una mujer que no apartaba la vista de su teléfono móvil. Los otros dos eran tipos grises que estaban pendientes de sus tablets, cada uno en un extremo del comedor. Seguramente adelantaban el trabajo de esa jornada. Él, por su parte, hizo algo similar con ayuda de un mapa de la isla y de uno de los cuadernos de Olga, mientras mojaba churros en el café. Cuando se los terminó, dobló el mapa y lo introdujo en el cuaderno. Siempre tendría tiempo, por el camino, de parar a repasarlos tomando algo. 
Se sirvió otro café y salió a tomárselo a la terraza. El viento amainó un poco y le permitió disfrutar de un cigarrillo, en pie, junto a la barandilla. (Pág. 35)

Como era sábado, el piberío comenzó a llegar pronto a la calita y el puente, armando un escándalo de mil demonios que se sumó a los ruidos de la calle. Ya se había despertado varias veces durante la madrugada (para mear, para vomitar, para intentar refrescarse, para apagar los apliques) e interpretó aquel concierto para testosterona y orquestina como la señal de que tocaba arrastrarse fuera de la cama. En el bufé se sirvió un café doble, un zumo de naranja y un vaso de agua y se los llevó a la terraza. No se imaginaba capaz de tragar algo sólido aún. Le extrañó ver allí a la mujer del vestido fucsia: era de esperar que en fin de semana los comerciales estuvieran en su casa y no en los hoteles de las islas a las que iban a trabajar. Quizá él se había equivocado y la mujer se dedicaba a otra cosa. En todo caso, ahí estaba, esta vez con unos shorts y una camiseta blanca, tomando café con leche y fumando mientras leía el periódico. Se dieron los buenos días y él se puso en la mesita de al lado, se endulzó el café, encendió un cigarrillo e intentó beberse el zumo, que le bajó por el gaznate como vitriolo. Debió de arrugar mucho la cara, porque enseguida oyó decir a la mujer: 
-¿Una noche dura? 
La miró. Ella tenía una gran sonrisa burlona en medio de su rostro carnoso plagado de pecas. Ángel le devolvió la sonrisa, meneando la cabeza. 
-Llega un momento en el que uno, en vez de resacas, tiene convalecencias -dijo. (Pág. 103)


c) La caracterización de los personajes es convencional y, a veces, banal. Tras la descripción física o moral, salvo excepciones, nos quedan personajes borrosos, cuando no desleídos, sin consistencia, cuando son precisamente ellos los que en muchos casos sostienen las novelas del género. Si a una novela pobre en lo estilístico y con demasiada paja textual le sumamos personajes acartonados en diverso grado de rigidez y previsibilidad, nos encontramos con demasiados obstáculos para una lectura satisfactoria.


Sonia se retrasó. Desde la terraza del hotel, la vio cruzar la avenida sin reconocerla hasta que la tuvo a unos metros. Fue a causa de su peinado, porque ahora llevaba el pelo cortado por los hombros y teñido de violeta; quizá también de los kilos que había ganado en los dos años que llevaban sin verse. Por lo demás, seguía siendo la profe de Lengua Y literatura que había parado de envejecer a los treinta y pocos, la mujer de rostro redondo y risueño y grandes ojos escrutadores ocultos tras unas gafas de montura de color naranja. La misma Sonia de siempre. La feminista. La roja. La que él siempre sospechó que que no era demasiado feliz con la idea de que la pareja de su mejor amiga fuese un militar. (Pág. 22)

El matrimonio lo saludó más cariñosamente de lo que nunca lo había hecho. Hasta el tímido Blas se levantó para darle un abrazo. Durante los primeros minutos, se dedicaron a preguntarle lo mismo que todos (si había llegado bien, dónde se alojaba, hasta cuándo se quedaría) y que fue contestando como pudo, intentando  preguntarles también a ellos qué tal le iba a Julia con el bufete y a Blas en el trabajo (aunque nunca había sabido exactamente a qué se dedicaban ni él ni su empresa), cómo estaban los niños. Esta última pregunta provocó encendido de teléfonos móviles y profusión de fotografías de los churumbeles, niño y niña, en distintas situaciones, atmósferas y grados de gracia, acompañados de chascarrillos de los orgullosos padres que fingían ser sufridos aguantadores de mataperrerías. 
Julia y Blas eran la i y el punto. Y ella era la i: casi un metro ochenta de mujer delgada, con el pelo rizado y abundante que dejaba encanecer sin preocuparse. Sin embargo, su rostro, lavado y terso, continuaba en los treinta años que había dejado atrás hacía ya nueve. Como siempre que no estaba trabajando, llevaba un vestido suelto y se comportaba de manera extrovertida y tolerante, con un sentido del humor un tanto maligno pero siempre generosa, intentando volver a ser la hippie que en realidad nunca fue, dedicada a los estudios y el derecho laboral, defendiendo a quienes no habían tenido la suerte de contar con unos padres que pudiesen darles carrera. Blas, que le sacaba quince años, era más del modelo oficinista: bajito y rechoncho, intentaba disimular sus lorzas llevando las camisas por fuera del pantalón, pero apenas lo conseguía. Sus ojos miopes, siempre tras unas gafas de montura al aire, tendían a orientarse hacia abajo, como herencia de una timidez juvenil que jamás había superado del todo. Tenía cara de luna y una frente que le acababa casi en el cogote, aunque nunca se había decidido a afeitarse los cuatro pelos que aún le crecían en torno a la coronilla. Por lo demás, era un hombre amable, llevaba siempre la sonrisa puesta y no se negaba a la conversación, aunque jamás era él quien la iniciaba, probablemente por miedo a decir algo inconveniente. (Págs. 80-81)

d) La trama. Después de terminar la novela, después de tanta ida y venida del protagonista, de tantos datos introducidos para la "geolocalización" de este sitio o de aquel, me pregunto si ha valido la pena tanto esfuerzo, si gran parte de la acción no resulta, simplemente, innecesaria, y que conduce a un recargamiento injustificado de escenas y episodios. Una trama anabolizada cuya prosa, como he señalado, no nos alivia. Respecto del contenido, pero relacionado con lo anterior, no puedo dejar de considerar dudosa la verosimilitud de las circunstancias que disparan el interés investigador del protagonista, por no hablar de que ese prolegómeno acapara más de la mitad de la novela y resulta desproporcionado en relación con la investigación que conduce al descubrimiento de la verdad. Una vez superado, la lectura adquiere mayor velocidad y desemboca en un clímax funesto aceptablemente resuelto.

La ceguera del cangrejo, en fin, a pesar de contar con momentos de interés, no resulta satisfactoria por los defectos que he expuesto en el nivel del discurso. Una novela menor y olvidable, que tal vez satisfaga las expectativas de los incondicionales del autor y de aquellos (cuyo número no es escaso) que pretendan pasar el rato sin mayores aspiraciones ni exigencias. Como siempre, quedan en el aire las mismas cuestiones: para qué se escribe, para qué se lee.

martes, 26 de septiembre de 2017

'Matar al padre', de Yanet Acosta

Mientras leo un ensayo sobre literatura de Pascale Simon (La República mundial de las Letras) y me hago cargo del juego de competencias y rivalidades de los centros de irradiación cultural y de su poder e influencia, no puedo por menos que preguntarme por la motivación personal de aquellas/os que deciden, un buen día, escribir una novela. Como si tal cosa. Por ejemplo, el caso del/la periodista: entiendo que su proyección pública, en el caso de presentadoras/es de telediario o locutores/as estrella de radio facilita la tarea enormemente al departamento de marketing de la editorial. Por no decir que ya tienen todo el trabajo hecho. Lo mismo se amplia, hoy en día, al fenómeno de los youtubers/influencers y cosas así. Es más, a veces es lícito plantearse si la novela está de verdad escrita por ellas/os. No importa: el negocio debe continuar.

Más bien, me pregunto por aquellos profesionales que, mejor o peor pagados o reconocidos en su ámbito laboral, se plantean a cierta edad, en cierto momento, escribir una novela. ¿Cuestión meramente de iniciativa creativa? ¿Será el "si otras pueden ¿por qué yo no"? ¿O el enternecedor "he querido escribir desde que era pequeña"? ¿El ya un poco ridículo "se me daba bien Lengua en el Bachillerato/ESO"? ¿El pragmático "quedará bien en el currículo"? ¿O será, cómo no, el "conozco gente famosa que me apadrinaría la novela"? Muchas preguntas, muchas, y una vanidad siempre hambrienta forma parte de la mayoría de las respuestas. Estos seres humanos suelen ser periodistas o filólogos/as, en su mayoría. No descarto casos de sanpablos literarios venidos de otros campos, ni mucho menos.

Hoy toca Matar al padre, de Yanet Acosta, "periodista gastronómica y profesora universitaria", según nos cuenta la editorial.







Las anteriores reflexiones no vienen motivadas por el deseo de trazar límites de autoría, a un lado de los cuales estarían los autores de verdad y, al otro, los intrusos. Es, al menos de manera consciente, el interés por indagar las motivaciones que inducen a tantas personas, perfectamente responsables, por lo demás y en principio, en sus quehaceres profesionales y vitales, a lanzar al espacio público literario sus historias, sus obsesiones o sus tonterías. Además, en este caso, Matar al padre no es la primera novela de Yanet Acosta, por lo que tampoco es una recién llegada.

Pues bien, esta novela, elogiada por el escritor-crítico ocasional y fajista/fajero/fajillero(*) sobrevenido, Carlos Zanón, y en la contraportada por el escritor Alexis Ravelo y por la única mujer premiada en la Novela Negra de Gijón, Cristina Fallarás, no hace justicia, en mi opinión, a tanto entusiasmo gremial.

No diré yo que la novela sea aburrida, tampoco que sea de ritmo trepidante o que le tenga a uno enganchado desde la primera página. Una periodista gastronómica, Lucy Belda (alter ego, presumo, de la autora), es testigo de un rapto y de un asesinato (aunque como el asesinado es un guardaespaldas anónimo, a nadie le importa un higo). El raptado es un riquisímo empresario de la hostelería (de humildes orígenes, eso sí) y de la alta cocina peruana que pretende, por lo que nos cuenta la novela, llevar a un nuevo nivel la durante tanto tiempo desprestigiada lucha de clases y cambiar la geopolítica internacional mediante la gastronomía. No es nada, el muchacho. Por otro lado, un detective, Ven Cabrera, vuelve de un viaje de varios meses por China y barrios adyacentes y se encuentra que su gato está muerto, por falta de cuidados. Terrible drama, sobre todo porque se lo había confiado a un amigo que ha resultado ser un funesto cuidador de fauna felina. Además, como un Ender encarnado tras sus viajes intergalácticos a velocidad de la luz, a su regreso Madrid parece haber cambiado una barbaridad: las puertas de los antros ya no son batientes, sino que se abren gracias a células fotoeléctricas, lo que le origina una gran cantidad de percances nimios cuyo relevancia aún estoy por descubrir. Además, ha recuperado el olfato, circunstancia que se nos recuerda a lo largo de toda la novela por si a la primera no lo pillábamos. En fin, que a los dos, a Lucy y a Ven, les hacen numerosas putadas, cometen toda clase de errores de juicio, acaban reencontrándose en Perú y, bueno, si les interesa, se la leen. Ah, sí, muy mal rollo con los taxistas de Madriz.

Ojo: el asunto del gato parece importante. En realidad, no, salvo para proporcionarnos, quizá, un matiz psicológico clave del detective. Como Yanet Acosta escribió una novela anterior con los mismos personajes, también gastronoir, el quid puede estar ahí. Igual eran pareja (el gato y Ven). 

La narración se sobrelleva bien: no es la trama aventuresca de Conan Doyle en, por ejemplo, El mundo perdido, ni la de R. L. Stevenson en La isla del tesoro. O, ya que estamos en el subgénero de un género, la de cualquiera de Jim Thompson, pero al menos no dan ganas de morirse, como otras novelitas que he reseñado en este blog. Lo que sí molesta son las pinceladas reivindicativas de la periodista gastronómica (cualquiera de las dos) que de cuando en cuando clama en contra de la desigualdad social, la pobreza, la oligarquía, los medios de comunicación, etc., pero solo un poquito. Representan la típica dosis de buenismo tipo "formo parte del sistema como la que más, no me va mal, pero soy consciente de lo que hay y estoy en contra". Vamos, pura socialdemocracia europea. Postureo, que dice ahora la juventud.


Lucy no imagina cómo puede ser y recuerda que la boda de la princesa Cristina de Borbón con el guapo Iñaki Urdangarían no solo fue el pistoletazo de salida de una gran extorsión económica infringida al país, sino también del auge del consumo de este «pseudocereal», como lo llaman los gastrónomos. Su menú de boda se abría con  «Sorpresa de quinua real con verduritas». El más humilde de los productos latinoamericanos se convertía en un plato de reyes. Era un guiño de la monarquía española hacia Latinoamérica, pero también fue el comienzo de la especulación en España con un producto con el que finalmente se ha especulado en todo el mundo. (págs 36-37: atención al "infringida")

Se ilusiona con hacer un buen reportaje, periodismo de investigación, con mayúsculas. Empezaría por ese «Wyatt», seguro que él le podría contar algo. A los pocos segundos, su plan para en seco. No tendrá a nadie a quien vender ese trabajo. En la industria de la prensa el interés por la investigación ha caído en picado, pese a que los periodistas quieran hacerlo y los lectores leerlo. No hay dinero es el mantra. Ella piensa que no hay talento entre los empresarios de la comunicación y que ese es el problema. Repiten un modelo agotado y no apuestan por estar a la altura de una sociedad líquida y tecnológica cuya forma de relacionarse y de informarse ha cambiado. (pág. 51).

Termina de cruzar y entra en el edificio. La puerta está abierta porque todavía está el portero. Haciendo caso de la gran intuición de esta gente, solo dice que va a desatascar la cocina del quinto derecha. El portero asiente y le señala el ascensor de servicio, por el que suben los que le hacen la vida más fácil a una parte adinerada de la sociedad y por el que solo baja su basura. (pág. 114).

Ven descubre la placidez que hay en la comida. Es un espectáculo maravilloso, lo relaja dejar caer sus neuronas al plato, abandonarse a esa experiencia nueva. Quizás en su jubilación en lugar de astrólogo deba hacerse crítico. Hambre, por lo menos, supone que no pasará. Otra cosa es que sea bienvenido en ese club que quiere ser selecto, perpetuando la idea de que la gastronomía es un pecado capital al que pueden acceder muy pocos. Y es que si el espíritu crítico se alimentara en el pueblo para la comida y para todo lo demás, las oligarquías estarían perdidas. (pág. 129) 


En cuanto al estilo, el de Yanet Acosta podría ser el de cualquier otra autora. Es decir, no se puede decir que tenga voluntad de estilo ni de marcar hitos lingüísticos. Es una prosa funcional, a veces pobre en muchas descripciones, sin capacidad de levantar vuelo si no es rasante, salvo en algunos párrafos dedicados al asunto que parece dominar: la gastronomía. Sin embargo, no esperen encontrar las complejas y fascinantes recetas ni la profundidad de la mirada de Günter Grass en El rodaballo. Asimismo, incurre en ese defectillo que es ponerse profunda en plan yo sé de la vida, algo que ocurre cuando la autora percibe que a la historia le falta algo, pero no sabe muy  bien qué. Pongo nuevos ejemplos, pero las citas anteriores también valen:


Lucy Belda escucha las palabras y toma nota sin interés en comprender. Después de varios meses en Nueva York, tiene un trabajo temporal de periodista gastronómica para una revista neoyorquina en español. Está en Lima para cubrir el último congreso de cocina, pero cada vez tiene menos interés por la gastronomía, por viajar o por el periodismo. Siente la decepción en lo profundo de su alma, la que llega cuando uno se despierta de los sueños de juventud en la cama fría de la madurez. (pág. 17)


La chica le tiende el cigarro y él, aunque hacía siglos que no fumaba, lo acepta. Le gustaría decirle que se casaría con ella, que tendrían dos niños y un gato, que la acompañaría hasta su ciudad natal en la fría Alemania y que sería un feliz español por el mundo. Pero todo es humo. La noche es el lugar de encuentro de los vagabundos espirituales que buscan en el sexo la imposible reencarnación. (pág. 23)

Mira a su alrededor los carteles que anuncian el café más barato de Madrid: 0,6 euros , las cien pesetas de antes. Obreros y trabajadores de oficinas abarrotan el local. Visten trajes baratos con los vueltos del pantalón demasiado alto, zapatos algo viejos y corbatas a las que se les nota el uso. Las mujeres se disfrazan de hombres con sus trajes a juego y solo algunas se atreven a no abotonarse hasta el final la camisa. Ya lo dicen las revistas femenias de moda: por la noche, escotes y seducción; en la oficina, pantalones y seriedad. Hombres y mujeres comen con fruición los bollos y alguno moja el cruasán chicloso en el café. La vida en la mediocridad también atrofia el gusto. (pág. 40: obsérvese el desdén hacia los portadores de la mediocridad)

-Cuanta más disciplina, más obediencia. Cuanta más obediencia, más odio. 
Lucy tiene esa frase en su cabeza. La ha dicho Lena, la hija de Pedro Marino, y no sabe por qué repiquetea, como un taladro hidráulico en una obra. Han hablado de la desaparición de su padre, pero de pasada. Ahora están en Barranco, en la azotea de uno de los más bonitos locales de este barrio chic de la noche limeña. (pág. 71)


Cuando el trabajo marca las prioridades vitales de un ser, el desasosiego se agarra a su alma. (págs. 78-79)

Hay palabras que en lugar de pronunciarse se disparan y en ocasiones son más certeras que las balas. Las de Lucy le habían alcanzado el centro del pecho. Seguía enamorado hasta las trancas de ella y le daba igual que le fueran las tías y no los hombres, porque ella por primera vez tenía su mano sobre la de él, hablando de estar «juntos» aunque fuera en una investigación. Esta ola no podía dejarla escapar. Era el momento de cabalgarla. La vida es surf. (págs. 168-169)


En definitiva, una novelita de piscina, de aeropuerto, de recepción de complejo de apartamentos, que puede abandonarse en cualquier momento sin cargo de conciencia; eso sí, con pretensiones (¿qué novela, qué autor/a no las tiene?), en este caso de denuncia de la manipulación transgénica de los alimentos por las grandes corporaciones transnacionales, pero que se queda a medio camino, qué digo, al cuarto de cualquier cosa que hubiese pretendido. 

Estas novelas tienen su público, sin duda, y probablemente sea más legible y digerible que otras muchas que circulan por ahí y que han recibido elogios aún más encendidos (sí, es posible) que los recibidos por esta. Ya verán Vds. si se conforman.





(*) Denominación que he encontrado en un hilo de Facebook para los encargados de perpetrar el maravillosismo en las fajas de las portadas de las novelas.