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miércoles, 17 de agosto de 2022

Trasdemar o el espíritu del mundillo cultural

Este iba a ser un artículo de recomendaciones heteróclitas, un popurrí de lecturas que, al igual que habían caído en mis manos del modo más azaroso, así iban a saltar a sus ojos, que para eso se pasan por aquí de vez en cuando, pequeños/as viciosos/as (que somos todos, y yo el primero).

He aquí, sin embargo, que la vida me ha llevado por otros derroteros. A pesar de ser agosto y de que forma parte de una provincia tricontinental; más aún con la abulia que caracteriza la sospecha de un futuro ominoso (o, al menos, incierto) algo se mueve y refunfuña, se despereza al sol y resopla. Es la poesía, sí, la poesía CANARIA.

A este respecto, nuestro (según sus propias declaraciones) ex-poeta local Iván Cabrera Cartaya, a ratos atrabiliario y a ratos acedo, nostálgico de ese mundo que nunca existió en que a cada uno/a se le calificaba por su verdadero mérito y los premios literarios se concedieran a quienes él considerara dignos de tal merecimiento (lleva una lista de injusticias y de agraviados en el bolsillo), se dignó a escribir mi nombre en su muro de Facebook criticando algo que yo nunca había afirmado: que a una obra literaria había que valorarla por el esfuerzo que suponía escribirla y no por el resultado artístico. Es llamativo que un literato (por mucha ínfulas que pudiéramos atribuirle), lector confeso de los clásicos griegos y latinos, que sabe diferenciar perfectamente a un poeta maldito de uno que no lo es, que gusta de llamar "mierda de perro" a las obras que no le gustan, es llamativo, repito, que sufra graves problemas de comprensión lectora. Eso si aplicamos el principio de caridad, porque no querría atribuirle yo mala fe.

En todo caso, celebro que alguien del mundillo literario nombre claramente a quien se critica. Si se quiere un debate de lo que sea, al menos hay que comenzar por identificar a aquel cuyas tesis se discute.

Por otro lado, y siguiendo con el club de los poetas vivos, la revista macaronésico-caribeña y un pizco sandunguera Trasdemar tuvo la gentileza de bloquearme en Twitter en fecha sin determinar. Al día siguiente de darme cuenta de esta singularidad al querer leer un tweet de Pablo Alemán (estamos hablando del 16 de agosto) ya me había desbloqueado, después de que un servidor hubiese denunciado este bloqueo en las redes sociales con mensajes a la Consejería que se ocupa de esto que han venido en llamar Cultura (que no se sabe si es igual a Arte, que no se sabe si es igual a Espectáculo o qué más da todo si sirve para lo mismo). Es posible que su enfado proviniera de un artículo de este blog de allá por el lejano año 2020. Vayan Vds. a saber cuándo se tomó la decisión de bloquear al Polillas en Twitter, porque, la verdad sea dicha, nunca había intentado leer nada suyo en esa red social.

Dicho lo anterior, Trasdemar es el enésimo intento de crear una revista literaria en Canarias, pero, qué le vamos a hacer, carece de cuajo, como otras antes. Se descuelga de vez en cuando con algo que llaman Manifiesto, que suele consistir en declaraciones altisonantes y vagas en cuanto a sus intenciones, que más o menos pueden aplaudirse desde lejos sin sentir ningún tipo de compromiso o vínculación. Como también suele ser habitual, abusan de una jerga pomposa con la que supongo que quieren que trasluzca tanto su capacidad literaria (que a nadie le importa) como su altura de miras (que a nada compromete).

El último ejemplo es esta nota editorial: aparte de su retórica hinchada repleta de tópicos (la revista es un "espacio diáfano y confluyente", "sigue fomentando el diálogo entre culturas", "espacio de encuentro", la literatura es "forma esencial de progreso y de fraternidad", encuentro dos párrafos especialmente inquietantes, no por su novedad sino por su continuismo, un continuismo descorazonador y desasosegante.

Veamos:

Con el nuevo aniversario, desde Trasdemar revalidamos nuestro compromiso de ofrecer contenidos de calidad y de actualidad, asumiendo la aspiración de unanimidad inclusiva y la participación literaria como un objetivo esencial de nuestra Revista.

 

A ver, ya sería extraño que una revista literaria asumiera el compromiso de no ofrecer contenidos de calidad: "¡Señoras y señores, vamos a ofrecerles un contenido pésimo, sin ningún interés (o como diría Iván Cabrera, "mierda de perro")!". Por otro lado, ¿me podría explicar alguien el concepto de "unanimidad inclusiva"? A mí me suena siniestro, casi goebbeliano. Un poco más adelante intentaré aclararlo.

Sigamos, el siguiente párrafo resulta demoledor:

Ante la existencia de polémicas en redes sociales y de contenidos que fomentan la confrontación y que desvalorizan la calidad de obras de autores y autoras de nuestras islas, mantenemos nuestra absoluta autonomía de criterio para no participar en discusiones virtuales que deterioran la convivencia y generan malestar público, apelando al sentido común y a la educación cívica y siguiendo como premisa el distanciamiento de aquellas conductas que faltan al respeto y que no aportan nada en el plano cultural. Esperamos que la concordia y la colaboración prevalezcan en la actualidad cultural y literaria de las islas. 


Creo que es aquí, apunto sin certeza, donde podemos entender aquel concepto de "unanimidad inclusiva". La inclusividad de la producción artística se lleva a cabo mediante una labor de reunión acrítica de todo lo publicado, todo vale si está hecho por canarios/as (imagino que también caribeños/as y macaronésicos/as en general). Unanimidad significa que todos los críticos han de mostrar su admiración y su consideración de obras valiosas. Pero, se preguntarán, ¿una obra valiosa no ha de atender a ciertos criterios artísticos, literarios? Sí, pero la evaluación final ha de ser positiva porque, de lo contrario, se está "desvalorizando" no solo las obras sino también a sus autores/as. Como lúcidamente señala un amigo mío: "La idea será abortar el debate, no sea que empiecen a decirse unos a otros lo que de verdad piensan". No encuentro mejor manera de plasmar el espíritu del mundillo cultural.

No sé qué qué piensan Vds., pero a mí me parece un criterio equivocado con algún matiz de delirio. Y si seguimos es peor, pues señalan, como si hubiese surgido un clamor social al respecto, que no van a "participar en discusiones virtuales". Muy bien, pero creer que esas "discusiones virtuales" (me imagino que se refieren a las que pueden mantenerse en Internet) "deterioran la convivencia" me parece exagerar, como mínimo, la capacidad del mundillo literario-artístico del archipiélago de generar conmociones sociales. De verdad, ¿se imaginan a la ciudadanía rompiendo escaparates, asaltando comercios, quemando coches y lanzando cócteles molotov a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado a causa de la valoración negativa de una novela de Víctor Álamo de la Rosa, un relato de Iván Cabrera o de un poemario de Samir Delgado?  Con estos mimbres, no sé qué podemos pensar ya de ese canto a "la concordia y a la colaboración"...

Es precisamente este tipo de discursos hueros y faltos de tino conceptual lo que, una y otra vez, ya sea en discursos oficiales, ya en artículos de periodismo cultural, ya en revistas literario-artísticas, aparte de dar grima, hace huir a cualquiera con dos dedos de frente de todo lo que huela a cultura. Trasdemar, me temo, no hace sino transitar, como tantas otras iniciativas culturales, por esa senda que no conduce sino a la irrelevancia, cuando no al desprecio.



miércoles, 12 de enero de 2022

'Sin comienzo ni final', de Alberto Omar Walls

 Ya estamos aquí, después de casi un mes de ausencia. Un descanso que ha venido bien para abordar lecturas nuevas y, digo yo, vivir en general algo más relajado. Las fiestas navideñas, aparte de lo mucho o poco que a uno le gusten, tienen como corolario en España la entrega a otras personas de regalos, normalmente (salvo excepciones hechas a mano por el/la propio/a regalador/a) productos manufacturados. Entre ellos, están, como habran podido imaginar, los libros de cualquier género, condición, tapa y grosor. 

He leído que se han celebrado unas cuantas presentaciones de novedades editoriales, que es otra forma de decir que han publicado libros nuevos. Por ejemplo, Traficante de historias, de Juan R. Tramunt o Cautiva del tiempo, de Silvia R. Court, que, ya lo adelanto, serán objeto de análisis en este blog. Ha habido más, pero ya saben que la agenda de actos se la dejamos a los medios de comunicación, que, en materia cultural, poco más saben hacer.

En otro orden de cosas, me ha resultado llamativo, quizá como síntoma, que Pablo Alemán, poeta laureado y repentinamente consciente de sí mismo, poco dado a expresar opiniones polémicas en público (y me atrevo a imaginar que tampoco en privado), cargase contra los periódicos locales (eso sí, sólo con un breve comentario en Facebook) porque éstos no incluyeran Un cosmos de raíces (obra premiada en el Pedro García Cabrera de 2020) en la lista de resumen del año.

Ya sé que es una perreta -y que en poesía estas cosas realmente son insignificantes- pero que esté excluido en los listados de dos periódicos insulares un libro que fue Premio Pedro García Cabrera de poesía 2020 (publicado en 2021), que se vendió medianamente bien y que ha tenido buen recepción, me hace pensar en que otra crítica viene siendo necesaria.

A lo que Silvia R. Court, cuyo librohabía salido en esa lista, respondió, también en esa red social:

Ni estar en una lista de recomendaciones sobre lecturas (de libros).
Ni haber obtenido un premio.
Ni haber publicado una novela, un ensayo, un poema...
Ni, ni, ni... es garantía de valor literario. Eso les corresponde a los lectores.
Tampoco "quedar excluido/a" da derecho a faltarle el respeto ni a autores/as ni -en este caso- al Periódico La Provincia y sus periodistas.
Lo afirmo sin acritud. Solo estoy acostumbrada a decir lo que pienso. No vale "quítate tú para ponerme yo".
Me ha decepcionado la polémica que han provocado tus palabras, Pablo Alemán. No porque no valore (y mucho) tu poesía. Pero no te reconozco en esa "perreta", tal y como tú la denominas. Y de paso, otros aprovechando para darse publicidad de hallarse en otras recomendaciones de diferentes enlaces por sus reconocimientos, premios y méritos.
¿Por qué uno/a sí y otros no? Son muchas las personas, escribientes muy valiosxs, que en cualquier enumeración o selección pueden no ser citados.
Me parece mucho más interesante y constructivo posicionarse, si se quiere, respecto al valor literario o no de una obra. O respecto a obras que gustan o disgustan, pero sin codearse para..., sin revanchas, y desde el respeto.


Pocas cosas hay que me proporcionen más placer que asistir a un rifirrafe entre escritores. Ojalá se pelearan más, aunque no sea nada más que para comprobar que el mundillo literario-artístico no está exento de pasión, aparte de mezquindad, que de eso va sobrado.

Respecto del asunto en cuestión, qué quieren que les diga. A estas alturas, estar pendiente de las listas que otros/as hagan, y más si son de un periódico, revela una lamentable inseguridad sobre la propia obra (esa continua necesidad de confirmación de la propia valía a través del juicio de otros/as) o, también es posible, el fastidio que supone que no se le promocione a uno en ese escaparate. La vanidad y el cálculo de intereses cohabitan, creo yo, en este enfado. Como ya he señalado, cada uno/a puede hacer la lista que quiera: conceder prestigio o importancia no debería ser correlativo a una mera cuestión de difusión o de número de seguidores. La Provincia y sus periodistas (más o menos culturales), igual que otros medios, habrán elaborado su lista teniendo en cuenta (y dejando de tenerlos) numerosos factores, sin descartar la ignorancia, que no se explicitan. Puede ser que, para ellos/as, ganar un premio, venderse "medianamente bien" o que tuviera "buena recepción" no fueran razones suficientes para inscribir la obra en la lista. O, más simple aún, que ni se acordaran de ella.

Creo, en este sentido, que molestarse (o alegrarse) por la inclusión o exclusión en estas enumeraciones es conceder demasiado a personas o entidades que, llámenme suspicaz, quizá no lo merecen. Además, relacionar el nivel de la crítica en Canarias con esas listas supone también otorgarle a los periódicos (u otros medios de comunicación) la primacía en la crítica literaria, lo que es un disparate. Sinceramente, creo que a los periodistas señalados no les ha pasado por la cabeza que se les atribuyera esa responsabilidad. Cabría preguntarse, además, qué consideración le hubiese merecido a Pablo Alemán la crítica en Canarias si, ceteris paribus, su poemario hubiera sido incluido.

Por otro lado, cualquier lista es criticable, incluso la del Polillas (por increíble que parezca). La crítica de Pablo Alemán, aunque argumentativamente desdeñable, no supone una falta de respeto. No detecto yo el carácter injurioso por ningún lado. Si cualquier crítica supusiera falta de respeto, no habría enmienda ni progreso algunos. Además, ese argumento se cancela a sí mismo, pues si la crítica de Pablo Alemán a la lista supone una falta de respeto a La Provincia, la crítica (o reproche) de Silvia R. Court a Pablo Alemán supondría otra falta de respeto, etc. Todo el día faltándonos al respeto, qué alegría.

En fin, vamos a lo nuestro. La primera reseña de 2022 corresponde a:




Aunque al principio pensé que Sin comienzo ni final, del escritor tinerfeño Albert Omar Walls, iba a tener una impronta ferdydurkiana, pronto me desengañé: el tono juguetón no implica tanto una puesta en cuestión de la realidad y de las convenciones sociales como, al parecer, de una singular disposición de ánimo al escribir y que pronto redunda, a mi parecer, en una banalidad constrictora. Es decir, la novela me da la impresión de ser una de esas que el escritor quería escribir (y se nota, con toda esa verbosidad y exuberancia), pero no estoy en absoluto seguro de que sea una que el potencial lector hubiese querido leer.

Digo verbosidad porque la novela consta de 372 páginas, no exenta de amplio vocabulario que se guarda en especial para las descripciones y narraciones. En cuanto a los diálogos (y los monólogos), extensos, extensísimos, en cambio, el estilo suele caer a un nivel coloquial, por lo que infiero que el autor quería transcribir, copiar, esos diálogos que se producen a diario, pero que, por lo mismo suelen estar cargados de redundancia, repetición, banalidad e ínfima información, lo que lastra mortalmente la obra. A este respecto, me sorprende que autores con experiencia en el teatro como Omar Walls o Sabas Martín escriban diálogos tan banales, en el primer caso, o tan acartonados, en el segundo.

-¿Qué tal, Juanvi? 
-Oh papá, ¿qué haces aquí a oscuras? 
-¿Qué tal se siente uno con veintitantos años ya? 
-¿Te acordaste? Pues mira... ni fú ni fá y con este tiempo no podré ir a ningún lado a celebrarlo. Así que me conformaré hoy con un café con leche y un bocata de jamón con tomate y me subiré a ponerme al ordenador, sino (sic) es que se va la luz. 
-Tú y yo llevamos tiempo que debíamos haber hablado, ¿no? 
-Ya, papá, pero... ¿precisamente ahora? ¿No estás algo cansado? Se te ve con ojeras, un poco demacradillo sí que estás. El trabajo y los años, ¿no?, aunque las sienes plateadas te sientan muy bien. Te hace atractivo. 
-¡Déjate de tontadas! ¡Los años son los años y ya está! Y para hablar, mejor momento no habrá. Yo estoy aquí y tampoco voy a salir en media hora, tú parece que tienes todo el tiempo del mundo y seguro que esta tarde solitaria nadie nos va a interrumpir. 
-¿Pero no tenías otro momento mejor durante todo este tiempo que hoy? ¿Precisamente en mi cumple? 
-Hombre, que estoy liado más que una persiana. No me busques la lengua, Juanvi... (...) (Págs. 29-30) 

 

Del susto salta fuera de la cama. Se acerca lentamente a esa cara aún sin cuerpo, pues se halla tapado por el edredón, y descubre que es la de Carlos, al parecer profundamente dormido. Sale para el baño, cierra con llave y grita de pavor: 
- ¡¿Mi exnovio en mi camaaaaa?! ¿Es que ha dormido conmigo esta noche, aquíííí, Carlos? 
Sin pensárselo se mete debajo de la ducha y abre el agua fría. Le da lo mismo que sea el agua de La Laguna en pleno invierno, tiene que acabar ahí mismo con esa pesadilla. 
Recuperada, y con la máxima aceleración, se seca, se sienta en la taza del retrete, echa una tercera meada rápida pues la segunda fue en la misma ducha, luego, con sigilo se acerca a la cama y comprueba que no se había equivocado. 
Cierra la puerta de la habitación y se va a la cocina. Calienta en el microondas un café del día anterior. Se sienta en la banqueta y, mientras se bebe el café amargo y caliente a sorbos, va hilando en su moviola mental el conjunto de imágenes que en las veinticuatro horas pasadas hicieron posible que en la cama de ahí al lado estuviera acostado el hombre que la dejó plantada ante el altar. (Págs. 91-92).

 

-En medio de esta paz me renace el mono de leer... No entiendo ir a la playa sin una lectura que te transporte mentalmente a otro lugar. Aunque el mar posea todos los encantos para estimular la imaginación, para mí son inspiraciones diferentes. Me entusiasma sentir en las novelas cuando se crean las tensiones y los personajes se ven sometidos a fuerzas ocultas o que desconocen. Y se sienten poseídos por extraños estados de ánimo que les son ajenos hasta el momento en que otro personaje entra en sus vidas. En Cumbres borrascosas ocurre mucho de eso, aunque también me gustó la última que he leído La insoportable levedad del ser del checo Milan Kundera. Es verdad que no tienen nada que ver entre sí, porque yo salto de unos temas a otros con ligereza, no poseo un criterio literario definido o un gusto concreto para las novelas. Me gustan todas aquellas que poseen algo que me enganche. Me apasionaron El perro de los Baskerville, de Arthur Conan Doyle, protagonizadas por Sherlock Holmes, y Frankenstein, de Mary Shelley, y, también, El gran Gatsby de Scott Fitzgerald; aunque la última versión cinematográfica de la novela, con Leonardo DiCaprio, no me acabó de llenar. Nada de lo que leo lleva a una línea determinada, soy anárquica en eso, como en tantas otras cosas. A pesar de mi trabajo estresante y metódico, me gusta la improvisación, y a veces el caos de la vida, pero al mismo tiempo, me molesta no tener mis cosas controladas. Díos mío, reconozco que soy una pura contradicción... Si (sic), Lucía, cariño, vamos a comernos unas papitas fritas de sobre pero ten mucho cuidado que no te me atragantes, eres todavía muy chiquitina. (Pág. 101)

 

La realidad sirve de referente (obvio es decirlo) para que cualquier novela sea verosímil, aunque esta sea, sobre todo, autorreferencial. Digo esto porque aunque en la novela se introducen elementos maravillosos, como la capacidad para atravesar paredes o el desdoblamiento y la capacidad de transitar entre universos paralelos, estos no tendrían por qué restarle credibilidad al relato. Si así fuera, no existiría la mitad de la literatura. El problema no es ese. Más bien, se echan de menos elementos que contrarresten la banalidad propia de la realidad transcrita, algo que hubiese justificado la novela, tanto su escritura como su lectura.

Sin comienzo ni final puede verse como un experimento, o desafío, literario en el que coexisten varios planos y personajes que se van trabando y superponiendo, con referencias a la física cuántica y sus consecuencias, que me hacen recordar a aquella novela bien trabajada y mejor narrada de Luis Junco, Entrelazamientos. No obstante, en mi opinión, esta novela de Alberto Omar Walls naufraga en su capacidad de hacerla mínimante atractiva. Su propuesta argumental es espasmódica, sus personajes carecen del menor interés y no suscitan otro sentimiento que el de una distanciada antipatía, ya sea por la intención del autor de presentarlos como personajes cómicos o simplones, ya sea por la inanidad de sus acciones. La combinación de personajes comunes y corrientes con capacidades extraordinarias no funciona en este caso: como si su vulgaridad hubiese sometido lo extraordinario y lo hubiese rebajado a su nivel.

Por otro lado, su estilo es irregular, incapaz de mantener una línea (o varias) coherentes. O que sean coherentes en una incoherencia calculada, si queremos ponernos estupendos. Uno no sabe si los clichés, frases hechas y pensamiento trillado se conforman con una caracterización de los personajes, lo que tampoco ayuda a la novela, o es esa mera facilidad al escribir, ese borbotar lingüístico que tanto he criticado. Es, como dije al principio, una obra con la que el autor parece haberse divertido, y tanta verborrea lo demuestra, pero a costa del lector, que no sabe dónde meterse para escapar de la exasperación.

No es lo mismo una novela difícil que una novela aburrida. Sin comienzo ni final no es díficil, es aburrida: nada de lo que cuenta suscita interés, y su estilo solo muestra a un escritor con voluntad de estilo en contadas ocasiones. Es difícil imaginar por qué el Sr. Omar Walls sintió la necesidad de involucrarse tan a fondo (372 páginas, repito) en un proyecto semejante, salvo, tal vez, el mero desahogo irónico o de poner por escrito sus inquietudes metafísicas. Es posible, aunque lo dudo, que al final todas las piezas se ensamblen, todos los personajes conformen un espectro cognitivamente relevante y que la historia en su conjunto nos aporte algo valioso. Que no sea para el público lector un tedioso asistir con indiferencia a las veleidades del escritor. En mi caso, renuncié en la página 139 con la sensación de haber asistido a una sucesión de escenas cognitivamente estériles y estéticamente deplorables.

CONCLUSIÓN: Una novela prescindible. Por supuesto, innecesaria. Si alguien logra terminarla, sin hacer lectura diagonal, que nos comente sus impresiones.



P.D. Una lectura con conclusiones entusiastas, de Fabio Carreiro Lago, aquí. Y otra, bastante mustia, de Eduardo García Rojas, aquí.











viernes, 11 de diciembre de 2020

'Nuevos entrelazamientos', de Luis Junco

En un ritmo de producción sin par, henos aquí de nuevo, con el segundo artículo del Polillas de diciembre. Eso sí, sin manifiestos oceánico-isleños ni hipóstasis o fetichismos macaronésicos. Es lo que tiene ser simplemente un blog, y no un proyecto cultural de aspiraciones universalistas, pero, al fin y al cabo, de consecuencias quietistas. Lo bueno, quizá lo único, que tiene escribir reseñas de manera solitaria es que si transcurren dos semanas sin que se cuelgue un post, no ocurre nada. En cambio, si una revista digital no renueva contenidos casi a diario, mal asunto. Por no hablar del columnista de a diario, cuyo triste final es, tras una decena de artículos intentando fascinarnos con sus saberes de política de salón, acabar comentando la serie de televisión de moda o el último partido de su equipo de fútbol favorito.

En otro orden de cosas, un par de escritores canarios han hecho público el proyecto (no sabemos si por razones que tienen que ver con su particular idiosincrasia o simplemente porque les han convencido a macha martillo) de publicar en un libro sus artículos publicados en la prensa local en las últimas décadas, previendo que sería interesante para alguien. Es posible, no lo niego de manera tajante, que este rescate de hemeroteca suponga un hito importante en los estudios culturales o filológicos o periodísticos, y que sea libro de cabecera o de mesita de noche de nuestra intelectualidad local, si es que hay algo digno de ese nombre. Al menos, servirá para ponerle una rayita más al currículo de estos autores a la hora de pedir subvención a la concejalía o consejería de Cultura de turno.

En tercer lugar, no puedo evitar compartir con Vds. que detecto cierto elitismo intelectual, en especial entre los/las poetas y algún que otro escritor tardío por el que abominan del público lector que compra y lee poesía de cantautores o de influencers. Es decir, del público que no les compra a ellos/as. Incluso, hablan de "la masa", retrotrayéndonos a Ortega y Gasset y a toda esa nómina de autores empeñados en cantar las virtudes de una minoría ilustrada y en execrar a la mayoría ignorante, incluyéndose siempre, claro está, en la primera. Hay pocas cosas tan merecedoras de conmiseración que el ímprobo esfuerzo (¡que nunca tiene fin!) de algunos miembros de la pequeña burguesía o modesta clase media  por adquirir una pizca de la distinción que, por definición, solo posee, y solo concede, la minoría dominante. Lo llamativo, para mayor abundamiento, es que algunos se consideran de izquierdas o progresistas. Pero ya sabemos para qué sirve la autoadscripción ideológica en Sociología.

También se han concedido premios literarios aquí y allá, pero ya conocen mi opinión al respecto.




Vayamos a lo nuestro, la reseña de hoy: Nuevos entrelazamientos, de Luis Junco.

La impresión general que suscita la última novela de este autor es que impresiona tanto su arte de narrar como carga su metafísica cuántica. La necesidad que parece sentir Junco de subrayar los "entrelazamientos" y aparentes "casualidades", francamente, satura. En cambio, cuando logra olvidarse de ellas y se mete de lleno a contar o ficcionalizar sucesos históricos emerge un escritor de primera, como ya nos tiene acostumbrados en sus obras anteriores.

Es posible, no obstante, que ese empeño por hacernos maravillar por las aparentes causalidades vitales y entrecruzamientos genealógicos se deba a que, como escritor, a Luis Junco no le resulte suficiente con contar una historia (o varias), sino que necesita que lo narrado posea un sentido trascendente, en el sentido de que obedezca o pertenezca a un relato mayor y significativo. Mi intuición, y mi convicción en esta obra, es que la repetida explicitación no contribuye de manera positiva, sino lo contrario, a ejecutar de manera óptima tal proyecto literario. 

Así, pese a una lectura que por el excelente oficio de Junco es cautivadora, la impresión final es de dispersión, de cierta inconexión entre escenas. No dudo de que sobre el papel, en un esquema, en esa libreta de cuadritos y anillas cuya exhibición está de moda, esté todo atado y bien atado, pero para el lector resulta demasiado fragmentario. Quizá una visión de mayor amplitud que la mía pudiera corregir esta opinión. 

(...) Al cabo, le vi subiendo las escaleras del cadalso, seguido por dos oficiales. El verdugo ya estaba en su puesto, se había descubierto el bloque de madera y también el terrible instrumento de ejecución quedaba a los ojos del condenado. Este saludó a su verdugo con una cortesía que me pareció de otra realidad que no era la que yo estaba viviendo, y al tiempo que le daba una bolsa con monedas, intercambiaba con él unas palabras que no pude distinguir. Con la ayuda de los dos oficiales ayudantes se quitó el chaquetón, la peluca, y requirió el auxilio del propio verdugo para desanudar el cuello de la camisa. Después se arrodilló, colocó la cabeza en la hendidura del bloque y unió las manos para hacer una oración. (Pág. 51)

Ese "el más avanzado de los físicos modernos" al que se refería Enrique Hudson era sin duda Michael Faraday. Para este, el universo era un entrelazamiento intrincado de líneas de fuerza de todo tipo -eléctricas, magnéticas y seguramente otras aún desconocidas-. Los puntos en los que esas líneas se encontraban eran los puntos en los que percibimos la materia existente; sus átomos -hay que recordar que la estructura atómica como tal era en ese momento desconocida- eran solo los centros de esas fuerzas que se cruzaban en el espacio. Al ser afectadas, esas líneas de fuerza vibraban lateralmente y enviaban ondas de energía a lo largo de ellas, como ondulaciones a lo largo de una cuerda, a una velocidad muy rápida pero finita. La luz, sugirió, seguramente era una manifestación de esos movimientos ondulatorios. Esas vibraciones eran de las propias líneas de fuerza, no de supuestas sustancias como el éter, que se consideraba el medio a través del que se transmitía la luz. Faraday dudaba de que el éter existiera (Págs. 87-88)

Yo nunca había visto a personas de otra raza, milord. Aquellos hombres de largos cabellos, piel blanca y rojiza, de habla incomprensible y brusca me causaron un profundo espanto. Pensé que eran espíritus malignos, impresión que se acentuó cuando me llevaron a aquel monstruo de madera y arboladuras, un barco, el primero que veía en mi existencia, y que a mi entender se movía según la voluntad mágica de aquellos seres demoníacos. Pero sobre todas estas cosas, señor, el terror que me causaron derivaba del trato inhumano que desde el primer momento aplicaban a los esclavos negros que habíamos caído bajo su propiedad. Podréis fácilmente comprender, milord, la pena y angustia que padecí durante aquellos meses de mi esclavitud en África. La ausencia de los que más quería, la incertidumbre de no volver a verlos, en muchas ocasiones se me hacía insufrible. (Pág. 140)

No obstante lo anterior, es justo resaltar que cada una de la escenas es valiosa por sí misma, y que la notable impresión de los primeros Entrelazamientos se confirma en estos Nuevos entrelazamientos. Las andanzas de los rebeldes jacobitas, las de una esposa atribulada que rescata a su marido de una muerte segura o las aventuras y desventuras de un niño africano, entre otras, suscitan en este lector un añejo recuerdo a Stevenson o a Melville (sin el poso trágico de este último). Si hubiera que hacerle un reproche a esta novela, aparte de lo ya señalado, es que los personajes son un tanto planos, heroicos o malvados, sin apenas matices. Eso permite, claro, que la acción transcurra, digamos, limpia y rápida, con capacidad no desdeñable para conducirnos por donde el autor quiere, pero también que el relato adolezca de falta de profundidad moral. Siempre que esta se entienda como conocimiento íntimo de los personajes y no meros admonición o ensalzamiento.

Insisto en señalar que a pesar de mis objeciones, Luis Junco y este Nuevos entrelazamientos, están en un nivel superior a las novelas de otros/as autores mucho más conocidos/as, al menos a nivel local. El acceso a los medios de comunicación y el número de entrevistas no entabla una relación necesaria ni directa con la calidad de la obra literaria o artística. En este sentido, y salvo error por mi parte, Luis Junco no nos importuna de continuo en el espacio público, salvo su irregular participación en el blog de la editorial de la que forma parte, La Discreta. No hace falta que vuelva a nombrar a esa legión de afamados sin fundamento.

Concluyo: si han leído Entrelazamientos, le gustará Nuevos entrelazamientos, sin duda. Lo cual no obsta para que pudiéramos imaginar una novela más densa, tal vez más completa.