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viernes, 24 de noviembre de 2023

Lecturas varias sin vaselina

Como ya saben, gente de bien, porque ya se lo he anunciado, el Polillas se ocupará menos de las novedades -en su mayoría, irrisorias- de la edición en Canarias -por simple tedio y un punto de desesperación- y más de reportarles lecturas varias, en especial de materias que no sean ficción. Es decir, de casi todo. Esto debería alegrarles, en principio, salvo que el escapismo sin sentido sea la única vía a sus problemas y se contenten con poco.

Así pues, sin vaselina ni nada, les lanzo con ánimo conciliatorio los siguientes libros con los que me hecho recientemente: 

Retóricas de la intransigencia, de Albert O. Hirschmann.

La democracia griega y sus intérpretes en la tradición occidental, de varios autores. Coordinado por César Fornis, Laura Sancho Rocher y Manel García Sánchez

La política en el ocaso de la clase media, Emmanuel Rodríguez.

Además, he rescatado de la sima del olvido Hecho y por hacer, de Cornelius Castoriadis.

También, por recomendación del librero de mi ahora segunda librería de referencia, dos ensayos del filósofo catalán, Joan-Carles Mèlich, de cuya existencia no había tenido conocimiento hasta el otro día, a la sazón La experiencia de la pérdida y La condición vulnerable. Ya les contaré, pero sine die.

Retóricas de la intransigencia consiste en un estudio de los discursos de corte conservador y reaccionario ante revoluciones, reformas o medidas de carácter progresista cuyos efectos se tienden a minimizar, a criticar por su efecto contrario o a deplorar por sus consecuencias devastadoras. Serían la retórica de la futilidad, la retórica del efecto perverso y la retórica del riesgo, respectivamente, con combinaciones entre sí. Todo, tomando como base la conocida conferencia de T.H. Marshall Ciudadanía y clase social sobre las fases históricas de ampliación de derechos en Gran Bretaña (y que se puede extrapolar hasta cierto punto al resto de Occidente). Cuando uno ha leído también La mente reaccionaria, de Corey Robin, encuentra fácilmente puntos de contacto entre ambas obras

Todavía no he comenzado el libro de Emmanuel Rodríguez, autor que recomiendo por sus estudios, precisamente, sobre la clase media (recuerden, sin ir más lejos, El efecto clase media). Ahora que el partido político Podemos parece estar a punto de implosionar, tiene un punto nostálgico revisar esa España -que ahora parece tan lejana- del 15-M y compararla con la de ahora. Lo que somos y lo que podíamos haber sido. 

Con respecto a La democracia griega, llegué a su conocimiento por medio del filósofo José Luis Moreno Pestaña -que participa con un artículo-, gran parte de cuya obra he dado cuenta en este blog, en especial Retorno a Atenas y Los pocos y los mejores. Temáticas heteróclitas, pero con el trasfondo de la democracia ateniense y su confrontación con el tipo de democracia en que vivimos en la actualidad, la representativa.

En su momento leí La institución imaginaria de la sociedad, de Castoriadis, que, a pesar de mi profunda ignorancia, me resultó bastante fecunda. Hoy, con más conocimientos, y teniendo en cuenta la admiración que también que le profesa Moreno Pestaña, he vuelto a él. El magnífico comentario a El Político, de Platón (Sobre El Político de Platón), por Castoriadis ya había hecho mucho al respecto, todo hay que decirlo. Veremos cómo resulta este Hecho y por hacer.



Por último, he recordado que tengo por aquí un libro recomendado por el sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca en varios artículos, Práctica democrática e inclusión, de Robert M. Fishman. En él se compara, al parecer, la evolución política de Portugal y España desde el momento en que cayó/transicionó la dictadura en ambos países en los años 70 del siglo pasado. 




En otro orden de cosas, me siguen suscitando estupor los artículos de algunos periodistas culturales -o lo que surja- cuando aseguran que una compañía de teatro "a buen seguro" va a proporcionar a los espectadores una gran satisfacción al ver la obra, o cuando anuncian con qué canciones el cantante X "va a deleitar" al público, etc. El buenrollismo de espíritu carpetovetónico que no falte, curiosa, si no aporéticamente, en esta era postposmoderna. También podemos considerarlo como el eterno retorno a lo mismo o cómo atragantarnos con nuestro propio vómito una y otra vez.

A mi entender, tener personalidad cultural no significa quedarnos arrobados cuando alguien de fuera pretende halagarnos diciendo simplezas como "En Canarias hay mucho talento" y frases del estilo que, en realidad, solo sirven para agravar una complacencia miope. Esta personalidad cultural, si tal cosa nos interesara, se hace a base de trabajo, el talento que se tenga (poco, mucho o 3/4), mucha intolerancia a la tontería y al ensimismamiento y, sobre todo, una crítica honrada e implacable que nos ponga en guardia. Por no hablar -que quizá es lo más importante- de cierta prosperidad económica que permita la formación de un humus artístico e intelectual que, a su vez, posibilite el surgimiento de artistas, escritores/as, filósofos y demás gente de dudoso vivir.

Provincianismo es admirar lo de fuera por ser de fuera; pensar que lo que dice un canario vale más porque viva en Madrid y salga por la tele; es, también, manifestar que se admira hasta el empalago y el consiguiente lavado de estómago cualquier cosa que haga un/o canario/a por la circunstancia, producto del azar, de haber nacido o vivir en Canarias. Es creer que los periodistas locales no tienen por qué tener talento (mucho, poco o 3/4) ni ética para escribir de cultura porque, total, para elogiar sin tino no hace falta saber de nada y aquí nos conocemos todos (pronto, una IA sustituirá a esta tropa).


P.D. El otro día, en el suplemento del periódico El País pusieron a caldo la novela ganadora del premio Planeta, atribuyendo la responsabilidad al jurado y exonerando a la escritora. Bien hecho. A pesar de la trayectoria ignominiosa de este premio, algunos/as se escandalizaron de que estas cosas ocurrieran (entendiendo por ello que se premiaran novelas buenas, malas o peores por la fama o atractivo del escritor o escritora). Es decir, no habían comprendido la naturaleza comercial del evento. Otros se escandalizaron o se enfadaron porque había gente que aún se escandalizara por ello. Otros, todavía más pasados de rosca, como yo mismo, nos escandalizamos de que otros/as se hubieran escandalizado de que los primeros/as se escandalizaran. Un sindiós.


jueves, 21 de mayo de 2020

Diario de la cuarentena (ni de coña)

En serio, entre Vds. y yo, aprovechando que no hay niños delante: ¿A que de entrada les parecieron terribles esas columnas de los periódicos que, aprovechando el momento, se titularon Diario de la cuarentena, nº X, o Día X desde el comienzo del estado de alarma? Hay algo predecible, mustio y aburrido en esos títulos, en esos artículos, en esos columnistas del vacío y de la rutina. No obstante, encontrar otra cosa en un periódico es una tarea vana en la mayoría de las ocasiones, para qué me voy a engañar.

Vayamos al asunto de hoy, lectores/as, que no es ni más ni menos que mi personal itinerario de lecturas, por si pudiera interesarles: los primeros tres libros que he recogido en mi librería de referencia, cuando por fin ha podido abrir, son El Estado absolutista, de Perry Anderson, Hecho y por hacer, de Cornelius Castoriadis y Lucha de clases en la Antigüedad, de Arthur Rosenberg. No son nadie, ninguno de los tres, aunque es probable que el conocimiento de estos autores para el lector español no especializado, en orden decreciente, es precisamente el que les he expuesto. No es este el lugar para escribirles su biografía ni su recorrido intelectual, pues ni soy un especialista ni ya son tiempos para las exposiciones magistrales de información teniendo Internet. Ya lo decía Carlos Pumares, respecto del cine.

Eso sí, todos son de izquierdas, les advierto, por si esa adscripción ideológica, por flexible, elástica y relajada que sea, les espanta. En lo que se refiere a Anderson, en su faceta de historiador, ya lo conocía por su trabajo preliminar, Transiciones de la antigüedad al feudalismo. Después, todo ha sido retroceso. Quiero decir, no he parado de leer historia sobre el mundo clásico griego. Mucho antes, me había fascinado Roma y la lectura del clásico de Edward Gibbon, Historia de la decadencia y caída del Imperio RomanoLos césares, de Thomas de Quincey, o Rubicón, de Tom Holland. La lectura de estudios históricos sobre Roma algo más actualizados aguarda con cierta urgencia. Leemos a hombros de gigantes.




De Castoriadis, tenía a medio leer la Institución imaginaria de la sociedad. Sin embargo, por faltarme contexto y preparación, la lectura, salvo destellos ocasionales, no penetró en mi consciencia. Ahora, algunos años después, la puedo leer con mayor provecho. A este respecto, la mentada obra de José Luis Moreno Pestaña, Retorno a Atenas, proporciona una suerte de introducción a este filósofo. También, haber leído Sobre el político de Platón, unas lecciones en la universidad recogidas por sus alumnos ha ayudado, sobre todo por calibrar su espíritu democrático en la pertinente crítica al filósofo griego. Para toda aquella persona interesada en la democracia ateniense, la lectura de Platón, Aristóteles y Tucídides es obligada. Nada que no se sepa, pero aquí lo recuerdo.

Este es un blog de lecturas heteróclitas, como ven. Aunque la crítica a la ficción literaria es uno de sus cometidos principales, sobre todo por el estado de abandono y descomposición en que se encuentra en Canarias, no descuido la posibilidad de incorporar otro tipo de materias, como bien saben. Es posible que un autor no tenga que saber de historia o de sociología, que una autora, nada de filosofía o matemáticas. Quizá, muchos autores y autoras solo tienen como bagaje la historia de la literatura, que no es poco, y si poseen gran imaginación y sensibilidad, tal vez sea suficiente para gestar grandes obras. Murakami dice en De qué hablo cuando hablo de escribir que escribir una novela es relativamente sencillo para una persona algo inteligente. Mucho bueno hay escrito, sin duda, por personas que carecen de doctorado o, al menos, de la licenciatura/grado en Filología Hispánica. En todo caso, casi nunca hace daño saber más sobre el mundo que menos, aunque uno sea youtuber.




Cuando me pregunto por el proceso creativo, por ese impulso que sucede a la germinación de la idea en la mente, no puedo dejar de imaginarme cuán costoso, irritante y frustrante debe de ser. La idea, bosquejada y acariciada en nuestra imaginación, a veces irrumpe como un mensajero en la sala del Rey, y otras como un niño tímido cuya sombra se proyecta tras una esquina. Stephen King se la imagina como un fósil que emerge levemente de la tierra, y que él debe limpiar, separar, cavar a su alrededor, etc. hasta sacarla a la luz. Que no sea por imágenes. Pero lo difícil es trasladar esa idea, o conjunto de ideas, ese fósil apenas discernible sobre la piedra y el barro, hasta la mesa de operaciones y devolverle el esplendor, si seguimos con la idea de King. O, con mis ejemplos del mensajero y el niño, acoger el mensaje, esa mezcla de imaginación y sensibilidad, darle pábulo y plasmarla en ese constructo que se llama obra literaria. Para algunos, la dificultad está en rescatar o encontrar la idea originaria y original, en asomarse a uno mismo y encontrarse tal vez con el espanto; para otras, lo terrible es la metalurgia y la orfebrería, el taller. Hay otro grupo de escritores/as para los cuales la imagen correcta es la de la cadena de montaje.

En fin, uno comienza a hacerse mayor, y apenas sabe explicarse sin metáforas. Tampoco puede uno imaginarse ya que puede ser quien quiera ni apenas concebir la posibilidad de dedicarse a lo que quiera. Los plazos se acaban, los trayectorias se vuelven urgentes, algunos recorridos no pueden ni iniciarse. Todo se acorta. El tiempo se acaba. A veces, nos reconciliamos con el mundo gracias a la Literatura. 

Esto ha sido todo por hoy: mañana hablaremos de los pobres que votan a los ricos para que los gobiernen.