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viernes, 2 de diciembre de 2022

'Reparación del horizonte', de Víctor Álamo de la Rosa

Uno tiene la impresión, y me perdonarán (qué remedio les queda) la próxima vanagloria, que se hace más por la cultura en un blog de crítica como este o en el programa de radio homónimo que toda la panoplia institucional de actos, presentaciones y jornadas. Digo "más" porque no quiero decir que esos actos institucionales no sirvan para nada, que sí, sino que aquellos espacios que fomentan la crítica y la reflexión son más fértiles culturalmente que aquellos en los que la ciudadanía se limita a consumir.

Aun así, resulta fatigoso en algunas ocasiones y desalentador en otras tantas, comprobar cómo en los turnos de preguntas o en los debates en los que a la ciudadanía se le deja participar algunas personas son incapaces de sostener un diálogo educado y con vocación de aprendizaje. No debería sorprendernos: tan acostumbrados y resignados estamos a nuestro pasivo papel de consumidores y de subordinados políticos que la ocasión de participar de algún modo o de expresarnos en la esfera pública a veces se considera solo como posibilidad de lucimiento y tiene como consecuencia la ebriedad (para quien no sea tímido) del solipsismo. 

En el mundillo de la cultura, al menos en el caso de Canarias, la aportación del público se limita casi siempre a la de ser fan, más o menos entregado/a, a la causa de mostrar su admiración sin límites por el escritor o escritora, músico/a, actor/actriz, artista en general. Esta situación se agrava con las redes sociales, donde ese público tiene la posibilidad, casi inédita en otros momentos civilizatorios, de dirigirse a y ser respondido por el/la artista. Podría pensarse que esta posibilidad podría utilizarse no solo para el elogio, pero ya sabemos de sobra que cualquier tipo de crítica, objeción o sugerencia se suele considerar por sistema de mal gusto o algo parecido.

Sólo a regañadientes la crítica pública se acepta públicamente, sólo cuando se considera al crítico como guardián del campo cultural, sólo cuando se piensa que su aceptación o desaprobación puede comportar consecuencias en cuanto al prestigio del autor o promoción de su obra. En los demás casos, la crítica negativa es una falta de respeto, una falta de educación, un lamentable ejercicio de vanidad, la expresión de maldad congénita, etc.

Es el caso, sin ir más lejos, de la crítica de Eduardo García Rojas a la colección de cuentos de Nicolás Melini que lleva el título de Talón. Como deben saber, este crítico publica en el periódico provincial Diario de Avisos y coordina su suplemento cultural. Melini, al considerar que esta crítica negativa (entre nosotros, no demasiado) hace a García Rojas "valiente" por escribirla, no hace sino invertir, de modo ladino, los polos de la relación de fuerzas en cuanto influencia (al menos provincial) se refiere. 

Melini tiene en cuenta que García Rojas es un guardián del campo literario en Santa Cruz de Tenerife y, por lo tanto, se ve en la tesitura de elogiarlo dulcemente aunque le atice. Además, este elogio de la crítica negativa ("la única crítica negativa seria en Canarias") del crítico tinerfeño también se puede leer en comparación con el silencio de Melini respecto de la crítica de este blog, publicada quince días antes y de la que tenía conocimiento cierto. Así pues, por lo que se deduce, no la considera "seria".

Todo esto viene a cuento no a causa de que que Melini, líbreme Dios, sea para mí un escritor cuyo respeto anhele, o de que se comparta mi artículo o no, de que se me nombre o no, sino de lo que ejemplifica de secular desprecio por la crítica artística/literaria en la composición integral de la cultura, por no hablar de la asunción de jerarquías no cuestionadas y del papel del artista y de su relación con el/la crítico/a. A ver cuándo nos damos cuenta de que, sin crítica, no hay cultura, sino batiburrillo informe; de que la crítica la ejercemos queramos o no, nos demos cuenta o no. De que no hay juicio, selección, filtrado o discernimiento sin crítica. Que es rotundamente falso que la crítica de la obra artística, que de por sí tiene dimensión pública, haya que manifestarla en privado si es negativa mientras que solo el elogio debe expresarse en público. Asimismo, más les valdría a los/as artistas (y a sus fans) respetar la función de esta y el papel de los críticos/as por sí mismos y no estar besando siempre la mano del poderoso.




Y como de crítica literaria va este blog, hoy tenemos la colección de relatos (y alguna mini-cosa) titulada Reparación del horizonte, de Víctor Álamo de la Rosa, a quien ya tuvimos por aquí con aquella novela execrable titulada La ternura del caníbal. Di buena cuenta de ella porque no se puede publicar una novela como esta: imposible de leer y menos de terminar, por si no la recuerdan. 

En fin, con esta colección de relatos, aun siendo mejor que la novela (cualquier cosa es mejor que ella) confirma lo que el mismo Álamo de la Rosa señala en una entrevista: "Por ahora, siento que me he quedado sordo" (respecto de la literatura). Y no porque estos relatos sean extremadamente malos, sino porque denotan cansancio, si no hastío; a veces, incluso, me transmiten aburrimiento, eso sí, con espasmos de algo que podría haber sido y no llegó a ser. Cuentos de temática variada, de interés oscilante y con la peculiaridad de que casi todos los finales podían haber sido mejor resueltos. Siquiera con algo de oficio y no de modo tan negligente.

Aparte, el estilo. Tiene sus momentos apreciables, sí, pero molestan los habituales resabios, tan típicos por otro lado de nuestra fauna local autoril, y también la insistencia en escribir clichés (que incluso reconoce varias veces a lo largo de estos cuentos), que conducen a que la prosa se desplome en demasiadas ocasiones. Clichés no solo de expresión, sino también de pensamiento. Digamos que expresan la pereza del pensamiento, por resumir. No sé si puede decir algo peor de un escritor. Creo adivinar aquí y allá, una chispa: una chispa que no prende, es de lamentar, un deseo que no se plasma en un relato no digo ya redondo sino estimable. Un solo cuento me habría bastado (como es el caso de otros/as escritores que han pasado por aquí) para considerar que me encontraba frente a literatura y no ante un ejercicio expresivo, ante un pasatiempo o ante otra línea de currículum.


Y observar, dentro de esa panorámica surrealista que es la imaginación de un niño, esa isla desierta que, sin embargo, estaba multitudinariamente habitada por piratas con espadas y pistolas, pero también por superhéroes voladores y, siempre en caso de apuros, por el lobo feroz (el lobo siempre era feroz), calamares gigantes (¿de dónde habrá sacado eso?), un tigre, una cebra y una serpiente y, sobre todo, siempre amenazantes, siempre poderosos, los tiburones, hordas de escualos siempre dispuestos al juego. 

Y no y no y no. 

Esto, me di cuenta rápido, era mucho más peligroso de lo que parecía. Mucho. Corté de raíz todos los juegos que implicaran cuentos, narraciones, elipsis, prolepsis, analepsis, personajes, tramas y, además, para lograr que los repudiaras, te puse en el iPad el vídeo que narra cómo Don Quijote acabó flaco y loco, feo y arrugado, pobre diablo, un hazmerreír aupado a un caballo de madera, donnadie de los donnadies a ojos de todo el mundo (Pág. 15)


El oído de Clara, por su parte, cobró vida propia. Desde que nació, debió dar un paso al frente para convertirse en el principal de sus sentidos porque, cuando abandonó el orfanato, ya se manejaba a la perfección en español, inglés, alemán, francés e italiano, con esa prodigiosa facilidad para los idiomas que casi sin querer le regalaron las monjas. Desde que era un bebé, se acostumbró a oír a sor Simone en francés y a sor Gerta, quien le habló siempre en ese alemán suyo del centro de Berlín; también a sor Candelaria, con quien conversaba en el español atlántico y dulzón de Tenerife. El italiano cantarín de la Lombardía se lo inculcó sor Isotta, quien le hablaba a menudo de los hermosos lagos de su región, mientras que el más puro inglés lo escuchó de sor Angelica, quien, rígida como solo saben ser los ingleses, siempre le recriminaba su tendencia a la pronunciación norteamericana por culpa de las películas de Hollywood que la televisión brasileña pasaba una y otra vez solo con subtítulos, ignorando las ortodoxas prudencias lingüísticas de la hermana, una monja con larga cara de institutriz británica, pero más buena que el pan, que había salido del centro de la aristocracia londinense para enterrar sus días en aquel orfanato en torno al que crecía la descomunal favela de la Baixada. (Pág. 41)


Se desabrocha el cielo y ya no llueve, sino que el mundo entero parece desplomarse con prisa, diluyéndose, haciéndose solo agua que corre y corre anegando la ciudad porque ha olvidado su memoria, porque no reconoce alcantarillas ni desagües ni presas ni cauces ni barrancos. Solo piensa en correr. Correr y escuchar el mundo porque ha venido a desordenarlo, a recordarnos que todo está al revés. 

Me aburro. 

Aquí dentro. 

Más solo que la una. 

Y, sin embargo, de pronto suena la campanilla de la farmacia. Alguien ha entrado. Y me llevo un susto de mil pares porque habría apostado mi brazo derecho a que hoy no vendría nadie, ni el Tato, que todo el mundo en su sano juicio haría caso a las recomendaciones gubernamentales. Mejor en casita, viendo la tele, porque ya nadie se acuerda de leer. (Pág. 89)


Ni por la forma ni por el fondo, ni por el estilo ni por el asunto, estos cuentos merecen gran análisis, infectados como están por tamaña mezcla de languidez y desidia, también por la negligencia propia de quien es demasiado complaciente consigo mismo y no tiene quien le corrija. Quizá por la falta de estímulos que le induzcan a esforzarse por escribir algo valioso.

Por último, según parece, esta mediocre colección de relatos ha sido merecedora, por mor de esta prodigalidad institucional tan nuestra, de un galardón del Gobierno de Canarias en 2021 y de figurar en la colección Agustín Espinosa de Narrativa. No sé para qué sirve pertenecer a esa colección, salvo para presumir (y si es con obras así, tampoco). En cualquier caso, imagino que los criterios de inclusión de las obras deben de ser bastante relajados.

P.D. He encontrado una reseña elogiosa de Jorge Fonte, pero no está en la red. No se la pierdan (Canarias7, página 61, del 16/10/22) porque es abominable. Y otra aquí más normalita, pero siempre con la admiración incondicional por principio. 


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA


P.D. Una reseña posterior, de enero de 2023, aquí.

viernes, 21 de octubre de 2022

'Doble cristal', de Nicolás Dorta

Hay mil razones para quejarse de la vida, del mundo, de la sociedad, del sistema capitalista, de la compañía eléctrica, de la sopa de sobre, de la cuñada pija, del suegro de extrema derecha, de las malas hierbas, de los insectos, del presidente de la comunidad de vecinos, de los premios Nobel, de los premios Canarias, de los premios en general, y de la mediocridad de todos y todas menos de la de uno mismo, pero la queja más habitual entre nuestros/as literatos/as no es ninguna de las anteriores sino la de la degradación social, que se encarna, cómo no, en la incapacidad de "las masas" o, simplemente, de la gente común de apreciar las obras que escriben aquellos/as. O, en su versión nostálgica, en afirmar que antes (fecha indeterminada) sí se sabía apreciar la calidad literario-artística y ahora, no.

Es posible que dichas voces y su mensaje, cantinela que amenaza con convertirse en plañidera música de fondo cultural, se tornen en algo así como sentido común. A mí, la verdad, no me parece que ningún momento del pasado constituyera una edad de oro: ni de la cultura, ni de la literatura, ni siquiera del periodismo. Mucho menos, de los valores morales. Quizá, al fin y al cabo, en el caso de nuestros escritores, sobre todo, hombres, lo que se evidencia es la percepción de una disminución de estatus: tal vez personal, pero, en especial, de la figura del hombre de letras, del escritor, tal vez del periodista con aspiraciones de intelectual. Estatus que se ha visto desafiado por los cambios culturales, en especial por los movimientos sociales (nuevos y viejos) democratizadores, y también por los tecnológicos (digitalización, Internet) y económicos (concentración empresarial, desaparición de intermediarios, precarización de los empleos). Ya esas figuras del escritor/artista intelectual, normalmente cercano al PSOE o al PP (en nuestro ecosistema, también CC), que sentaban cátedra desde su columna en el periódico o en el suplemento cultural de turno han desaparecido. Y sentaban cátedra sin discusión porque, salvo que uno fuera otra estrellita, otro guardián cultural, no había posibilidad de impugnar el discurso, de esgrimir contraargumentos, de plantear objeciones o de vocear reproches.

Hoy en día, sin embargo, uno puede, con diversa fortuna, escribir y hablar desde una multiplicidad de lugares desde los cuales, hasta cierto punto, puede hacerse oír. Incluso plantear escenarios de acción colectiva contra discursos de dominación como, sin ir más lejos, el machista o el clasista. Esto inaugura escenarios de contrarréplicas e impugnaciones que han dejado confundidos e indignados, en muchos casos, no solo a aquellos literatos-intelectuales que pontificaban a salvo de reproches (digamos los Javier Cercas, Pérez-Reverte o Javier Marías) sino gente más joven (digamos Alberto Olmos, Soto Ivars o Víctor Lenore: más jóvenes, pero ya talluditos). La última incorporación a este grupo, y lo cito por su cercanía al contexto cultural canario, más que por su relevancia social o cultural, es Nicolás Melini.

Esta es la segunda ocasión, y espero que la última, en que nombre a este escritor en cuanto crítica de la crítica, porque sería cansino para todos nosotros insistir en un asunto cuya importancia, no obstante, no es baladí. Vayamos al grano: si en algo se empeña Melini en sus escritos es en focalizar como enemigo de la cultura, de la libertad y, esto lo interpreto yo, de la Humanidad, a los colectivos feministas. Cualquier lector o lectora algo avisado/a sabe que la corriente filosófica y social más importante a la hora de abrir espacios sociales y de luchar contra la dominación política y económica ha sido el movimiento feminista. También, que la libertad se conquista y no se concede. No obstante, Melini no lo sabe, o tal vez no le parece relevante. A él lo que le pone nervioso es que en un recóndito pueblo de EE.UU. (Wisconsin, Missouri, tal vez en Columbia) alguien feminista consiguió que no se incluyera en el catálogo de una biblioteca un libro determinado o que en nuestro país se boicoteen conferencias en el paraninfo de una universidad. Puede ser: como ya señalé en el artículo anterior, cualquier idea, cualquier movimiento, cualquier reivindicación, por loables que puedan ser sus objetivos, siempre cuenta con personas cuyos actos pueden ser censurables. Esto, debería ser obvio, no desacredita el movimiento ni los objetivos. 

Melini parte de que las protestas feministas son moralistas, como si hubiera una zona cero, libre de moralidad: la suya, por ejemplo. O como si hubiera una moral buena, la que había, por poner una fecha, en los años 70 (por no remontarnos a la etapa franquista) y desde entonces solo ha habido subversión y degradación. Parece obvio señalar que con sus mismos planteamientos es posible acusar a Melini de lo mismo que acusa a los movimientos sociales feministas: de ser un moralista recalcitrante.

En fin, al interactuar en la esfera pública, muchos/as se construyen un personaje, y el personaje que suelen elegir estos literatos es el de aquel que se eleva sobre las abominables masas, sobre el vulgo adocenado, sobre esa inmensa mayoría de gente que carece del menor sentido ético y estético, que solo vive para refocilarse en su mediocridad y en su día a día, preocupada por el mero alimentarse, vivir bajo techo y quizá socializarse un poco. Y aquellos/as que protestan contra el orden que estos columnistas añoran y rechazan su discurso son tildados de enemigos de la libertad. Huelga escribir que muchos de los seguidores de estos columnistas-literatos son otros literatos, literatos en ciernes o simplemente lectores/as, que tal vez para sentirse por encima de su medianía habitual creen pertenecer al menos a un club selecto, dígase el club de las letras. Así aspiran a salvarse de la desesperación que les causa un mundo ciertamente doloroso. Qué lástima que sea despreciando a sus congéneres.



Nicolás Dorta es el autor de esta colección de cuentos titulada Doble cristal. Como recordarán, laminé a este escritor con la agudeza que me caracteriza en la reseña de su anterior libro de cuentos, Las zonas comunes. También tuvo mala suerte, el pobre, de coincidir en su publicación (y presentaciones) con el fenómeno literario y mediático en que se convirtió Panza de burro, de Andrea Abreu. De todos modos, en mi opinión, aquellos relatos eran tan sosos como el título que los recogía. 

En esta ocasión, con Doble cristal, percibo un progreso significativo. Para empezar, los relatos no aburren de entrada como muchos de aquellos. Aunque podamos objetar la trascendencia de las experiencias de vida o las anécdotas materia de ellos, se leen bien. Se nota además, una voluntad de estilo. No es que yo sea un fan de la frase corta y el punto seguido, el pase corto y el balón al pie: en este sentido soy más afín a la prosa de Sánchez Ferlosio que el modelo escolar de Azorín (que tanto daño ha hecho), soy más de Rubén Martín Giráldez y de David Foster Wallace, de George Saunders o, cómo no, Thomas Bernhard, qué le vamos a hacer, más que de Jonathan Franzen o Peter Stamm (siendo como son escritores valiosos). No obstante, nos guste o no, Dorta escribe con su estilo propio, y lo mantiene hasta el final. Yo quitaría muchos puntos y seguidos, subordinaría más oraciones, pero, claro, yo soy yo y Dorta es Dorta.

Volviendo a Doble cristal, diría que por momentos es literatura de la buena: tiene frases. Con esto quiero decir que a veces conmueven, otras hacen vibrar estéticamente. Lo malo es que a veces se pierden entre otras banales o innecesarias por evidentes o predecibles. Incluso en el mismo párrafo. En mi opinión, esto muestra que, aunque está en el camino, a Nicolás Dorta todavía le falta algo para terminar de asentar su prosa. Quizá no demasiado. En ese momento, y si (y sobre todo) tiene algo interesante que decir, algo que a nosotros nos interese leer (y no necesariamente a él escribir), puede ser que asistamos al surgimiento de un escritor digno de ese nombre. 


Y hay un instante, milagroso, cuando todo lo que tenías en la cabeza, luego en la libreta, va tomando orden, sentido. Y entonces la tensión en la nuca empieza (sic) disminuir. Los dedos van bajando la velocidad. Ya lo tienes. Quién, cómo, dónde. No importa el por qué (sic). No importa tanto. Acabas. Lo revisas, lo ajustas, lo envías, cierras la libreta. Y el cuerpo se desinfla. Tus anotaciones ya no sirven. El día ya no sirve. La noche frena la velocidad de las cosas. Calla a las voces de tu mente. El decapitador también oía voces, y les hizo caso. Los coches ya no pasan, como si hubiesen llegado todos a sus casas. Lo has enviado. Puedes ver la estela de fuego cómo se aleja. La noche te deja en suspenso. Y queda la inquietud de no haberlo contado todo. (Pág. 46- El incendio)


Al día siguiente, el sol dejaba en las nubes una luz plateada. Corrí la cortina. Pude ver otras casas separadas por una llanura de hierba. Cerca de aquí aterrizaban cada año los globos aerostáticos. Cruzaban el puente desde arriba entre aplausos. Todos esperaban el momento en que surgían detrás de la colina y caían como algodones en una llanura mucho mayor, con un escenario donde daban premios a los héroes de la travesía: al primer globo que tomaba tierra, al mejor decorado, al piloto más veterano. Eso lo leí en un folleto que una mujer amable me entregó en el aeropuerto. En grandes mesas servían comida de todo tipo. Imaginé carne, salchichas y cerveza. Los grupos locales tocando en directo. Más de mil personas se juntaban aquel día. Siempre era un éxito. Eso también lo leí. Los globos de colores, como peras flotantes, sobrevolaban el vecindario por el lado oeste. Las llamas creaban una burbuja de aire caliente capaz de levantarlos. Pensé en aquello y sonreí. (Pág. 53-El incendio)


La hermana de Alina llevaba la contabilidad del negocio y parecía estar siempre de buen humor. Karla Müller no se reía, sino que sonreía. Tenía una discreción que la hacía invisible. Vivía en silencio. La oficina de los Müller estaba dentro de la casa. Un enorme cuarto más. A veces veía a Karla tecleando como si tomara declaraciones. Giraba la cabeza un instante y subía las cejas. Luego seguía en lo suyo. La madre, en las noches cálidas, cuando su marido, el señor Walter Müller, dormía, pasaba horas sentada en el porche con una botella de vino. Allí la veíamos, al llegar. Se frotaba las manos hasta la obsesión. Parecía que iba a desvelar un secreto, pero nunca lo hacía. Nos invitaba a una copa e insistía en que todavía era temprano para irse a dormir. Sofía Müller ponía nombres a los grillos. "Oh..., ahí está otra vez el señor McIntyre, ¡justo donde lo dejé el verano pasado! ¡Anda! ¡Alina, escucha cómo frota sus alas el viejo McIntyre!", decía. La noche estaba limpia. No dejaba de mostrar más estrellas. La bruma apenas llegaba a la cintura. Surgía del mismo suelo. (Pág. 75-La pequeña Sammy)


La política era también la muerte y los muertos, el Día del Pilar, el domingo de la Fiesta, los fuegos artificiales, la familia que venía de Santa Cruz. La ensaladilla y la carne mechada. La política estaba en los carteles con la cara de mi padre en el coche del Partido. En la sintonía que salía por el megáfono de ese coche y que nos erizaba los pelos. En la caravana del primero de mayo, que acababa en el monte. Los chicos daban golpes al balón en aquel campo de tierra infinito, entre los pinos. Las porterías estaban hechas de troncos de pinos. Los columpios estaban hechos de troncos de pinos. El baño estaba hecho de troncos de pinos. La política se oía por los altavoces, cerca de donde se asaba la carne. La política estaba en la comida y en el vino. También estaba hecha de troncos de pinos, pero sobre todo de cemento, de bloques de cemento. De todo eso estaba hecho la política. (Pág. 102-Líbranos del mal)


Quiero señalar, además, para que no piensen que me estoy ablandando, que a veces he notado cierta complacencia en la repetición, que enlaza con ese gusto por la frase corta y simple: resulta monótono y sólo por poco no lleva al aburrimiento. En ocasiones, tanto nombre sin verbo me recuerda a las acotaciones de las obras de teatro. También, y esto debería ser preocupante si no se corrige, un deslizamiento, para mí de tintes fatídicos, hacia la afirmación apodíctica, a la frase sentenciosa. En ese sentido, percibo el riesgo de santiagogilización: esa pretenciosidad que pretende pasar por sabiduría y ese empalagamiento que pretende pasar por exquisitez. Obviedades esculpidas en mármol. 

¡Escritoras, escritores, huyan como de la peste de esta tentación! Ese es el problema que he reiterado en el blog: si nos empeñamos en calificar como obra genial a cualquier cosa publicada, sobre todo si el autor o autora tienen buena mano con los medios de comunicación, ¿cuáles van a ser las obras de referencia para los/as autores/as en ciernes, para los novatos? ¿Qué va a ser una buena manera de escribir? Aquí, claro, el problema no radica en el autor encumbrado de mala manera, sino de quienes lo encumbran: reseñadoras/es de ocasión sin ética y medios informativos que hacen dejación de funciones, por no decir algo peor.

Por eso, Nicolás Dorta aparte de evitar este riesgo, debería superar el problema de otros/as escritores/as que, más o menos establecidos, ya no saben de qué escribir, y se limitan a gestionar, de manera más o menos decente o vergonzosa, su capital cultural publicando naderías, recopilaciones de artículos periodísticos, novelas infames o cuentos sin aspiración a trascendencia alguna. Ese buscar o encontrar asuntos forma parte también del oficio/arte de los/as literatos/as y artistas, en general. El puro esteticismo ya lo dejamos para otro día, por favor, y solo para los excepcionalmente dotados/as. Recuerden, sobre todo, que al final de la cadena está el público lector que gasta su dinero y su tiempo en leerlos/as. Un poco de respeto, por favor.

En definitiva, para los que somos de maduración tardía, Nicolás Dorta suscita nuestra interés porque, ya cuarentón, está a un paso de consolidarse como un escritor serio e interesante. Eso es siempre una buena noticia.


P.D. Una reseña de García Rojas, aquí. Otra, de Ricardo Pérez, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER, EN RADIO GUINIGUADA






miércoles, 12 de octubre de 2022

'Talón', de Nicolás Melini

Esta es, como ya habrán advertido, la primera reseña de una obra de ficción después de dos meses y pico. La razón de esta demora, por si les interesara hurgar en la cuestión, es la necesidad de descansar después de tantos meses polilleros (este blog y el programa homónimo de la radio) intensos y exigentes. Digamos que la temporada 2022-2023 ha comenzado, a todos los efectos (laborales, incluidos) y que, por tanto, estaré a pleno rendimiento hasta el próximo julio, al menos. Espero que no sea frívolo pensamiento desiderativo.

Intuyo un año bullicioso, para lo bueno y para lo malo, no solo literariamente hablando, aunque esta sea nuestra principal preocupación en el blog. El año 2023 estará cargado de electoralismo y votaciones, con sus prolegómenos de debates, tertulias, programas, candidatas/os, promesas ilusionantes y crudas mentiras. Nada nuevo, claro. A veces, solo a veces, me llama la atención cómo la literatura canaria parece apresada en su solipsismo de menudencias sin prestar atención a los cambios, a veces civilizatorios, que nos van sacudiendo. No hablo solo de, digamos, literatura comprometida o algo así, sino de la capacidad de apresar los cambios en las mentalidades, en las formas de pensar, en nuestra relación con las cosas, con las personas y con la muerte, sin ir más lejos. Los/as escritores/as están para detectar esos cambios, a veces sutiles, que operan en los humanos y en las sociedades que construyen. A veces, los anticipan o prevén las posibilidades de su maduración. Por eso son artistas, no solo para meramente contar historias más o menos entretenidas, o fútilmente nostálgicas, por enternecedoras que puedan parecernos.

Asimismo, nuestro mundillo de intereses pequeños y mezquinos, como es el cultural, y que no interesa a nadie, como bien me señalaron el otro día, amenaza con perpetuar su miseria moral y en seguir manteniendo con la ciudadanía una relación basada en el consumo por esta de productos culturales y, con la clase política gobernante, en la sumisión de artistas y literatos/as, basada en la subvención, la beca y la invitación, cuando no en su absorción (es decir, la cooptación de la cultura por los intereses del poder político y económico). A veces, lo que lo hace particularmente patético, es el interés por algunos/as artistas en la pacificación cultural (recordemos, sin ir más lejos, el desgraciado manifiesto de la revista Trasdemar), estigmatizando la crítica artística y literaria, supongo que teniendo en mente que para estos personajes la cultura debe servir tanto para la cohesión social como, en clave individual, para el ascenso en su carrera. 

En otras ocasiones, y este no es un fenómeno solo canario, el disenso político y cultural se traduce en una crítica a la totalidad a los movimientos reivindicativos basados no en la clase sino en la identidad (movimientos feministas, lgtbqia+, etc.) y en jeremiadas por la supuesta pérdida de valores sacrosantos (imaginamos que los valores que se consideran dignos de conservar) dando lugar así al fenómeno del escritor-columnista resabiado y malhumorado, aunque casi siempre privilegiado o bien situado, con una gran plataforma mediática a su disposición, que, no de manera paradójica, suele atraer a gran número de lectores/as, a pesar de quejarse de manera periódica de "cancelación" (entiéndase: que ya no exista respeto debido): léanse al difunto Javier Marías, a Arturo Pérez-Reverte o, en clave menos influyente y garbosa, al autor palmero radicado en Madrid, Nicolás Melini. 

A este respecto, ya que estamos, alguien debería decirle a Melini, quizá mediante un susurro cariñoso y empático, que escribir muchas veces "woke" no le hace sociólogo, ni siquiera competente analista de la sociedad, y creer que a los escritores hombres las editoriales no les publican por la presión de un fantasmagórico lobby feminista resulta francamente descabellado. Entiendo que ridiculizar ciertas posturas es sencillo, porque en todo movimiento o reivindicación, por muy virtuosos que sean sus objetivos, siempre hay gente que se pasa de rosca, pero utilizar esa parte por el todo para descalificar a los movimientos emancipatorios no es solo falaz y reduccionista: también suele ser indicio de mala fe.  

En otro orden de cosas que no tienen que ver con su trabajo como opinador centrado en la lucha contra el feminismo totalitario o el wokismo supremacista, recordemos que Nicolás Melini escribió una notable novela allá en su juventud, El futbolista asesino, a la que dediqué una reseña (en líneas generales, elogiosa). En su momento, debió parecer una novela y un escritor diferentes, lo que en el contexto artístico de los últimos doscientos años suele ser algo bueno. Veintidos años después, la literatura que despliega Nicolás Melini en esta colección de relatos ha perdido esa singularidad, al menos en comparación con aquella novela. No conozco el resto de sus obras para apreciar si ha habido altibajos, progresión, decadencia o espirales. Tampoco sé si tuvo éxito; si, en caso de que lo tuviera, colmó sus expectativas o si le pareció que aquello era el fin de un camino y tenía que escribir cosas más serias.

En cualquier caso, en cuanto a Talón, no podemos decir que, salvo algún momento de prosa predecible, no esté escrita con corrección. Eso sí, no es una prosa reconocible o distintiva: tanto los asuntos (o la ausencia de ellos) como el estilo podrían ser el de cualquier otro escritor correcto de prosa correcta. Además, si el estilo no resulta distinguible ni vigoroso (como sí poseía la novela de El futbolista asesino), tampoco los asuntos sobre los que versan los relatos resultan especialmente interesantes o llamativos. Están impregnados, abundando en esto último, de una especie de pesimismo vital, a veces de tintes oníricos, con el que podríamos haber simpatizado, pero ya sea por los finales abruptos, ya por las magras implicaciones morales o estéticas subyacentes, nos dejan, no con ganas de haber sabido algo más, sino con escepticismo, porque intuimos que el escritor tal vez solo quiso reflejar un vago estado de ánimo o unas sensaciones brumosas, o, peor aún, no sabía a dónde dirigir el relato y prefirió dejarlo así, como con misterio. No digo que no haya momentos aquí o allá que captan la atención, algunas frases, que apuntan a algo más; tampoco, que los cuentos aburran, aunque sospecho que fue más mi voluntad reseñadora que mi interés como lector lo que me indujera a terminarlos todos.

Hay que decir, no obstante, que Melini se atreve a explorar diversos enfoques narrativos, desplegando los relatos en primera, segunda y tercera persona: se ofrecen como voces que pretenden proporcionarnos una visión peculiar, a veces demasiado breve, en mi opinión, de determinados sucesos o de aspectos del mundo. La temática, también, es variada, aunque en algún relato tengo la impresión de que eso es lo de menos.


No podía permitírselo, tenía que llegar, se dijo, y se dejó llevar cuesta abajo, más rápido, con el freno de los cuádriceps bien tenso, echado el cuerpo hacia atrás y solventando la tirantez en los muslos y las ingles con leves saltitos. Entre fachada y fachada podía ver, en algunos casos, el puerto con los barcos atracados allí, pero su lugar de destino, allá abajo, permaneció extrañamente distante. La propia distancia se había convertido en extrañeza: era una distancia enrarecida por la incertidumbre de si realmente estaba consiguiendo descender, aproximándose a su destino, o no. (Pág. 15)

Me encontraba tendido, solo en el sótano. Así había permanecido la última hora. Sin presentaciones... Él no se presentó. Llegó -apareció por un lateral, desde atrás, no lo vi hasta que lo tuve encima-, metió sus dedos en mi nariz y tiró hacia arriba. Su único comentario había sido "a ver...", y entonces sentí el látex de sus guantes por dentro del orificio nasal, enganchándome, tirando hasta deformar mi nariz como si fuera una goma, un chicle. Me quedé como suspendido en el aire, casi podía ver mi nariz entera por el rabillo del ojo, mi ojo desorbitado ante la violencia del tirón, él tirando hacia arriba, levantándome en peso... creí que mi cara iba a estallar, pero no, él tiraba más fuerte y manipuló hacia un lado y hacia otro varias veces, a un lado y a otro, a un lado y a otro (...). (Págs. 29-30)

Fuiste urgente. Desfigurado. Dirías que le gustaste. Sobre todo cuando dijiste "África".
Era una dermatóloga joven. Le enseñaste la mano, también. Esa mañana no te habías reconocido en el espejo.
Todo había empezado un día antes.
La doctora no parecía preocupada, pero sí interesada.
Tu mujer no te había acompañado porque te negaste a que lo hiciera.
Cuándo habías regresado de África, te preguntó la doctora.
Antes le dijiste que habías estado jugando al fútbol en la calle, con unos niños. Aquello la enamoró. Te lo explicaste pensando que la doctora había tenido que estudiar demasiado y apenas había podido salir del país alguna vez (Pág. 79)


Por si la impresión que puede extraerse de esta reseña hasta ahora ha sido demasiado severa, debería precisar que Melini, en la línea de esa corrección a la que aludía, no incurre en los errores habituales de escritores/as menos experimentados/as, salvo en alguna ocasión, como frases hechas o combinaciones gastadas de nombre+adjetivo o verbo+adverbio. Es lo que se suele llamar oficio. Es muy posible que otro tipo de lectores puedan, si no experimentar una orgía de emociones (este conjunto de narraciones difícilmente las suscitarán por su estilo singular o por su exuberante vocabulario) sí apreciar alguna de las páginas de Talón

Como en otros casos de autores/as reseñados/as, me parece claro que Melini tiene mimbres lingüísticos para escribir bien, pero ignoro si tiene asuntos en su bagaje de escritor que hagan que merezca la pena ese esfuerzo. Me pregunto si la imaginación y la vitalidad literarias que desplegó en aquella novela continúan existiendo. Tengo la impresión, arriesgándome a exponerles una teoría de la mente sin fundamento, de que Nicolás Melini ha acometido la redacción de estos cuentos más como una obligación que como un desafío, más como un deber que como una necesidad. Me acomete la desagradable sensación de que se han escrito sin sentimiento: no percibo dolor o regocijo, angustia, extrañamiento o éxtasis, solo, repito, cierto pesimismo vital, lo que no deja de ser previsible.

Por tanto, y para finalizar, estoy convencido de que estos relatos no constituirán ni un antes ni un después, como dirían tantos entusiastas, ni marcarán un jalón o un hito en la historia de la literatura. Tampoco tienen por qué, claro.






P.D. Una reseña muy diferente de la mía, aquí. Otra, del entusiasta amigo de todo lo que se mueva o de lo que se quede quieto, Felipe García Landín, aquí.


jueves, 29 de marzo de 2018

'El futbolista asesino', de Nicolás Melini

Disfruten de lo que queda de esta semana tan festiva, tan católica y tan laica a la vez, tan de Cristos sanguinolentos y tan de azul de piscina, porque la próxima semana comienza el carrusel de presentaciones de libros, a modo de preparación para EL GRAN EVENTO, la feria del libro. LA FERIA. Es en este lapso de tiempo cuando el buenrollismo alcanzará uno de los picos del año, donde la sonrisa y la carcajada, los ojos achinados por el regocijo y las palmotadas en la espalda se combinarán en diversos grados de afecto e hipocresía. Maestros de ceremonias correrán de un lado para otro ofreciendo sus servicios; escritores/as que no debieron serlo y escritores que no deberían ser otra cosa, inquietos en busca de un presentador que le dé lustre (vayan Vds. a saber por qué) a su libro, recurriendo a veces a espectros del pasado. Hay incluso escritores que siempre están presentando libros de otros. Es la feria amigos, es el circo. Con sus funambulistas buscando el equilibrio entre talento y la promoción, entre la escritura y la cadena de favores. Ya que estamos en Semana Santa, aparta de nosotros, Señor, ese cáliz.

Menos mal que siempre nos quedará la Literatura. En cierto modo, es un descanso que la novela pueda funcionar aislada de su autor/a, incluso del contexto en que se escribió. Nos ahorramos así las vanidades, las deudas, los acuerdos, las reseñas babosas, las casetas desde la que asoman la cabeza como cucos, las miserias personales... Nada de eso se hace presente cuando abrimos el libro y comenzamos a leer. 

Otra cosa es que no pasemos de la primera página.

Esto último, sin embargo, no se puede decir en absoluto del libro que reseñamos en esta ocasión:






Podríamos comenzar diciendo, para calentar, que el libro se publicó en 2000, y que la edición que manejo es de 2012 (ejemplar de segunda mano, con dedicatoria incluida: "Para Marixa (ilegible) con un fuerte abrazo. Madrid, febrero, 2012". Esto fijo que causa algún efecto mariposa). Ya saben que me gusta que cierta anarquía temporal reine en mis reseñas, tanto en las fechas de publicación como de los libros de los que escribo. Estar siempre pendiente de la novedad suscita cierto hastío, sobre todo porque la mayoría de ellas dan vergüenza ajena, y uno concluye que no vale la pena el esfuerzo. Así, ni Vds. ni yo mismo podemos predecir cuál será la próxima reseña. Tamaña imprevisibilidad resulta, creo yo, fértil.

Por otro lado, la portada de la edición que manejo (véase más arriba) me parece espantosa. Aunque, bien mirado, es de un kitsch que podría satisfacer ciertos gustos posmodernos, o a mí mismo en otro estado de ánimo más loko. No obstante, a pesar de ese ojo que, según leeremos, podría constituir una alusión a Buñuel, abro por la primera página y me encuentro con un texto que vale la pena.

LA NOVELA

El futbolista asesino comienza in medias res, justo antes de la perpetración de un asesinato. Terminará igual, con el mismo nefando acto, con lo que podríamos decir, utilizando una metáfora geométrica, que se cierra un círculo. Sin embargo, y aunque la narración procede del mismo asesino, es decir, en primera persona, se nos escamotean tanto las razones de los asesinatos, o la falta de ellos, como del momento elegido. Ignoramos si hay precedentes, si surgió por un capricho o por una fatal determinación suscitada por lo que fuera. Cuándo decidió volverse omnipotente, cuándo juez, para decidir sobre la vida y muerte de aquellos/as que se cruzaron en su camino. 

Intuimos un trasfondo familiar pobre y desgraciado por alusiones, pero el narrador y asesino, Felo, el futbolista asesino, está tan centrado en sí mismo que apenas tiene tiempo ni ganas para explicaciones o para la lógica de sus actos. Sin embargo, su voz resuena con fuerza, su nihilismo posee una fuerza singular y las imágenes que describe son vívidas, combinando un lirismo profundo respecto de su entorno con una minuciosidad desasosegante respecto de sus crímenes. No es Raskólnikov, sin duda, pero tiene voz propia en el indiferente universo que le rodea. Un universo capitalista posfordista, diría yo en un rapto de emoción izquierdista, en el que "no hay tal cosa como sociedad, sino solo individuos", y cada individuo se pretende estrella fugaz, cometa que vaga solo en un rumbo incierto. Un universo de soledades; y algunas, homicidas.



Bajamos caminando por la carretera. Hay un rielar muy cursi en el mar. Es el reflejo de la luna, pero también se reflejan, abajo, las luces de la avenida. O sea, que el mar es una fuente de luz en la noche. Y además están las luces de un par de buques y unos cuantos pesqueros. Me pregunto cómo verán los pescadores, desde mar adentro, la ciudad. La oscuridad está salpicada por las luces de las casas que se desperdigan en el campo. Trepan la ladera de la noche hacia el cielo, y se concentran, como inmensas galaxias, en pequeñas poblaciones. La pista del aeropuerto también es toda luces junto al mar, y ha debido empezar el concierto, porque la voz amplificada de un cantante rebota entre los barrancos y nos alcanza su eco retardado. (pág. 19)

Un montón de pececillos negros me pellizcan los pelos de los pies allí donde los hundo, y me hacen cosquillas. Resulta gracioso que los pececillos se congreguen peregrinos a mis pies, como a los pies de un dios, y se peguen entre sí y se amontonen para besármelos. La diestra es buena, les informo, aunque la zurda no es manca. (pág. 57) 


Si yo fuese de otra forma -más organizado-, en vez de andar improvisando crímenes hubiera viajado a Londres, hubiera alquilado una habitación con vistas a Hyde Park y hubiese esperado pacientemente con  un buen rifle de repetición cargado a que apareciera, por ejemplo, Vargas Llosa y su mujer haciendo footing. No dispararía a diestro y siniestro, porque nunca he sido partidario de la arbitrariedad. Pero si no he conseguido planear medianamente bien mi vida, cuánto menos hubiera sido capaz de planear algo así. Además, tengo muy mala puntería. Después de errar el tiro soplaría el cañón del rifle con un rictus de suficiencia y diría en voz baja: "Perdona, Mario, pero eres lo más parecido a la luna que he encontrado a tiro.Te mereces un francotirador a la altura de las circunstancias, un artista de la puntería capaz de alcanzar sus sueños con un solo disparo". Porque lo que yo quiero de verdad es disparar contra la luna. Apuntar bien con la punta del capullo y alcanzarla de un chupinazo. Pringarla y preñarla tan certeramente como si tuviera la NASA en los huevos. (págs. 88-89)


A mí, esa mención a Vargas Llosa me hace gracia, lo reconozco.

La intensidad de las apenas cien páginas es notable, salvo en algún momento, lo que tal vez pueda contribuir a producirnos una impresión demasiado buena, dado el carácter apremiante de la narración, aun con un final previsible. Yo, en particular, espero que una novela no sea un mero relato de acontecimientos, por muy bien escrito que esté. Echo de menos cierto desarrollo moral del personaje principal, a cuyo lado, percibo, los demás palidecen. Quizá es que en el egocentrismo supremo del asesino los demás somos excusas o motivos para la acción, nada más. También puede ser que el autor no haya sabido dotarles de mayor consistencia. A pesar de ello, los diálogos que entabla Felo con otros personajes son creíbles y a veces ingeniosos. Resultan verosímiles sin ser vulgares, lo que no es poco. 

Son, en buena medida, esos personajes secundarios, empero, los que evidencian la debilidad de la novela. Incluso Silvia, la novia del personaje, carece de la densidad necesaria para proporcionarnos contexto, y su intervención final no por más dramática y patética la hace más convincente. Hay algo en esa escena final entre los dos que me parece fallida: habría apostado por otro desarrollo que sirviera para adentrarnos en las complejidades de la personalidad de Felo.

Como conclusión, señalaría que es una novela que se lee con facilidad: una trama lineal, unos diálogos jugosos y una narración en primera persona de un ser obsesivo y asesino cuya trayectoria no deja de aterrarnos y fascinarnos. Esa narración, además, tiene el tono necesario a las andanzas del personaje. Su vida interior, aunque limitada, salvo escasos episodios, a sus actividades presentes, está contada de forma vigorosa y sin concesiones visibles al ego del autor (un defecto demasiado común, a tenor de pasadas experiencias lectoras). Por el lado negativo, la historia parece algo coja, falta quizá de ese contexto mayor (aunque solo fuera algo mayor) que nos permitiera atisbar más y mejor la personalidad del protagonista y de sus acciones, de su crescendo sanguinario. Hasta un asesino que mata (aparentemente) sin motivo tiene una historia y una psicología en su trasfondo. 

¿Que si la recomiendo? Pues sí: El futbolista asesino, con sus defectos, se eleva notablemente sobre la media en la producción literaria canaria que he leído desde que comencé con este blog. Si eso es mucho o es poco, ya lo dirán Vds.




P.D. Aquí les paso una mención de nuestro cascarrabias feisbukiano favorito, en su nivel habitual.