sábado, 8 de agosto de 2026

Los Diarios de Matabot, de Martha Wells

 Hay algo de insoportable en la sobreexposición personal que nos ha traído el ya maduro Youtube y, después, el resto de las redes mal llamadas sociales: la presencia permanente en la pantalla del/la youtuber, instagrammer, tiktoker o cualquiera de esos/as influencers que nacen, crecen, se reproducen pero apenas mueren en Internet. Me atrevería a sugerir que la influencia de los/las influenciadores/as se ha trasladado a la televisión en el otrora prestigioso formato de los documentales: hace, 20 o 30 años estos se centraban en lo que se quería documentar: el interés versaba en lo investigado, en lo descubierto, en lo que se quería sacar a la luz o en el personaje que se quería mostrar o analizar. La presencia del periodista o investigador solía ser escasa, algún plano al principio o al final. Hoy en día, parece que lo importante no es el asunto en sí, sino la persona que lo cuenta, de una manera que no dudo en calificar, al menos para mi sensibilidad, de abusiva.

 Lo malo es que esto no ocurre en asuntos más o menos frívolos (depende de para quién) como la ropa de temporada y los consejos de los/las personal shoppers, los deportes, las marcas de maquillaje o las criptomonedas, sino en asuntos (algo) menos livianos como las traducciones literarias, la Historia o el Arte, o, en fin, la política. En este último tema, la sensación que me produce por lo habitual es que, en el caso de entrevistas, el/la entrevistador/a pretende tener un protagonismo semejante al/la entrevistado/a porque, claro, no es una entrevista al uso, sino un diálogo, que es entre iguales. Como si el personaje entrevistado o el tema tratado cobraran interés no por ellos o por sus ideas en sí, sino porque el influencer (o el/la periodista de renombre) ha decidido prestarles, graciosamente, su atención. Como si este poseyera un aura que se proyecta sobre aquellos.

En general, me resulta fastidioso contemplar a un aficionado, señor o señora, largar una hora de perorata con la cámara enfocada en su persona. Y dentro de lo malo, lo peor, hasta el punto de suscitarme un sentimiento de repulsión, es ese plano detalle del rostro para destacar la inminencia de una sentida confesión... Supongo que es mucho más trabajoso un trabajo de edición en el que se incluyan imágenes y vídeos que limitarse a grabarse el careto y sólo cortar de vez en cuando para acelerar el ritmo. A veces, cuando, a pesar de todo, lo que se dice me parece interesante, quito la imagen y solo escucho.

En cualquier caso, y como opiniones habrá de todo tipo, me limito a cumplir con mi deber al compartir con Vds. mi extrañeza y mi extrañamiento.






En otro orden de cosas, centrándonos en la literatura, me pregunto por qué tiene tanto éxito entre el público lector de ciencia ficción la serie Matabot, de la escritora Martha Wells, en Hidra Ediciones (traducción de Carlos Loscertales). Aventuro: un lenguaje sencillo, una trama lineal, un poquito de acción... La combinación funciona bien, y aunque no puedo declararme un rendido admirador, sí que leo la serie de novelas (llevo tres) con interés, incluso con un poco de avidez en determinados momentos. El personaje principal es un hierático y escurridizo androide de seguridad (poco interesado en la sobreexposición) que ha adquirido conciencia y que, a pesar de eso mismo, es proclive a ayudar a los humanos en apuros gracias a sus sobresalientes habilidades. Como ven, nada nuevo bajo el sol. También ayuda que las historias sean relativamente cortas, unas 180 páginas cada una, y no esos ladrillos de minuciosas genealogías, llenos de magia, sexo y traiciones varias. A veces, "un libro largo es un largo aburrimiento".

Podría pensarse que el protagonista, el androide, es un robot demasiado humano. Tal vez, pero los humanos no podemos salir de nosotros mismos, ni siquiera las escritoras de sci-fi. La capacidad de imaginar un sistema informático-robótico consciente y que tuviese capacidades y valores no humanos, incluso por negación, resulta una imposibilidad ínsita. Un esfuerzo en ese sentido lo llevó a cabo, no obstante, China Mièville en una novela (también de ciencia-ficción, claro), Embassytown, que reseñé aquí, en relación con la (in)capacidad de comunicarnos con alienígenas. También podría aducirse que un robot/androide, al ser diseñado por humanos, portaría también, de manera necesaria, si no valores, al menos sí procedimientos humanos: sería comprensible

A la sazón, un defecto conceptual de la trilogía (cómo no) de Los tres cuerpos, de Cixin Liu consistía, para mí, en precisamente eso, que los alienígenas pensaban y actuaban como seres humanos de un modo que bordeaba la simpleza. A estas alturas de la vida, y de la literatura del género, uno no puede sino pedir un poco más de complejidad.

Por otro lado, con el progresivo perfeccionamiento de lo que se ha venido en llamar inteligencia artificial (que en la literatura del género viene de lejos: recuerdo, sin pensarlo mucho, Neuromante, de Gibson, El juego de Ender de Scott Card o, yendo un poco más atrás, la serie Robot, de Asimov), esta tendrá cada vez más un papel central en la ciencia ficción, por si lo que se venía escribiendo hasta ahora fuera poco. Quizá la originalidad en una futura novela sea que no haya una IA cuasi omnipotente pululando por ahí, por no hablar de las series de TV, las películas o los videojuegos.

Un tema, vamos.

Volviendo al estilo, la escritora no muestra ninguna intención de ser preciosista o de dejar algún tipo de impronta estética. Dado que se narra desde el punto de vista del androide de seguridad, sería bastante inverosímil que este se expresara en dísticos elegíacos o que sus reflexiones tuvieran la profundidad de las de Montaigne. Así pues, es un lenguaje referencial, subordinado a una trama que tampoco es un acertijo envuelto en un misterio. No esperen, tampoco, una arquitectura narrativa ambiciosa o complicada. 

De todos modos, aunque lleguemos a la conclusión de que no es gran literatura, que no es, qué sé yo, por su escritura o por sus ideas, un Lem o unos Strugatski, o un Dick, o una Le Guin o una McMaster Bujold, sí que es una literatura correcta y, hasta donde soy capaz de apreciar, narrativamente coherente y sin caídas de estilo, esto último tan propio de escritores/as pretenciosos/as o noveles. Como suele decirse, Wells tiene oficio: muestra sus virtudes y oculta sus insuficiencias. 

En definitiva, como alivio o descanso de otras tareas intelectuales más exigentes, bien. 


jueves, 30 de julio de 2026

Dos años después

 Así es. Dos años después, como la recaída de un adicto al café expreso, vuelvo a publicar en este blog, amigo de los niños y de los mayores con fundamento. Eso sí, me he desenganchado del Facebook y de Twitter (X), por lo que las publicaciones que vaya librando no tendrán ningún eco en las redes. Qué quieren que les diga: eso me relaja. Sin obligaciones, sin compromisos. Sin necesidad de un orden o de una planificación. Iré soltando cosas y ya se las apañarán Vds.

Les puedo adelantar que me he desconectado casi por completo del ecosistema libresco-cultural nuestro. Tampoco era tan difícil, por su perenne inanidad y carencia de interés salvo para espíritus arrebolados. Sé que Javier Doreste ha seguido escribiendo sus elogios literarios en La Provincia (que no he leído) y que Andrea Abreu, la autora de Panza de burro publicará en septiembre su esperada novela. Ignoro el resto, si es que lo ha habido.

He estado ocupado con otras cosas: un poco de latín, otro de griego, y un bastante de literatura grecorromana. Es increíble (quizá no tanto) descubrir lo ignorante que es uno en cuanto a la Antigüedad. Bien puede alguien medianamente culto pasarse toda la vida sin casi conocer a los autores/as de esa época. Claro que uno los conoce sin querer, en la influencia que han ejercido y ejercen en la literatura, cine, pintura, etc., pero de esa manera indirecta y débil. Un día, de repente, uno lee a Safo, a Plauto, a Catulo o a Apuleyo y no puede sino preguntarse en qué desierto ignoto se encontraba hasta ese momento. 



Hoy, por cierto, ha aparecido en la prensa nuestra laureada Elsa López, conocida para el gran público (no para los/as letraheridos/as) por su lamentable artículo a cuenta del rechazo que siente por los hombres travestidos (que no son hombres ni ná) que acompañaban a la cantante española participante de la Eurovisión de hace un par de años: No. Yo no soy una zorra | Sociedad | Actualidad | Cadena SER. En esta ocasión, se mostraba indignada, compungida, atribulada, etc., por la poca presencia de mujeres en el Día de las Letras Canarias: Elsa López denuncia la "ignorancia o malicia" que deja fuera a las mujeres del Día de las Letras Canarias. Ya juzgarán si tiene razón, si no la tiene o a quién le importa. Sin la consejería, es evidente, no somos naide.           

Curiosamente, también en otro periódico de hoy (Canarias7) me he encontrado un artículo de opinión de Alfonso López Torres sobre la crítica gastronómica que, si cambiamos un par de términos, valdría igual para la crítica literaria. Por último, otro artículo de opinión, en el que Cristina Maya León (artista) pone a parir los encuentros culturales de las instituciones públicas con los/las artistas: Cristina Maya León: Hablan de escuchar, pero no quieren que hablemos | Canarias7.

Al menos, parece que hay vestigios de vida inteligente, lo que no es algo desdeñable a estas alturas.

Confieso que pocas ganas tengo de escribir reseñas. Alguna caerá, en especial, de aquellas novelas que parezcan suscitar el habitual consenso mediático-empresarial-identitario basado en cuánto talento tenemos y bla, bla. Ya veremos. Lo probable es que publique entradas de mis lecturas sin un patrón fijo y sin calendario. No esperen nada y quizá reciban algo.




Ya que estamos en faena, si tuviera que hacer un recuento de lo más significativo que he leído últimamente, me saltan a la mente la saga Vorkosigan, de Lois McMaster Bujold, los Diarios de Matabot, de Martha Wells o El archivo de atrocidades, de Charles Stross, en la parte más lúdica y de sólo quiero pasármelo bien. Ya en otro estrato, más difícil, pero con sus propias compensaciones y gozos característicos, la Eneida, de Virgilio, por ejemplo. Asimismo, impresionan (a esta edad tardía mía) las Catilinarias, de Cicerón. A la sazón, disfruté de un ensayo sobre el descubrimiento de un manuscrito (De rerum natura, de Lucrecio) y sus repercusiones en el mundo intelectual europeo del Medievo: El giro, de Stephen Greenblatt (traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya), en Crítica. De lo que me vaya acordando, iré dejando constancia por aquí. Es posible que tenga veinte libros a medio leer que acabaré a cuentagotas.

En fin, les dejo. Los reencuentros deben ser breves para que no empalaguen.


                                                               


martes, 2 de julio de 2024

No digas adiós, di hasta luego

Pensaba dejar de escribir y ya está, porque las despedidas formales me parecen a estas alturas un tanto pretenciosas, sobre todo cuando uno no es nadie. Pero me lo he pensado mejor, en atención a ese público lector al que le he resultado grato y útil, y les comunico que Polillas al anochecer cesa en su actividad durante un tiempo. No sé cuánto, ni siquiera si retornará alguna vez. Por eso, no digo adiós, sino hasta la próxima.

Lo dejo, además, cuando los números indican que, a pesar de la disminución del número de artículos, las cifras de lectura están mejor que nunca - cifras modestas, claro, pero que demuestran una tendencia siempre creciente desde el ya lejano noviembre de 2016-. Casi ocho años, pues, de labor crítica reseñadora, con un total de 246 artículos. Creo que no está nada mal para, salvo un par de entradas de colaboración, una labor eminentemente solitaria.

¿La razón? Quizá no haya una sola: creciente fatiga, interés por otros asuntos y, sobre todo, la sensación de comenzar a repetirme, y a repetirme demasiado porque la realidad es testaruda, digamos la realidad literario-artístico-cultural canaria. Así pues, creo que ya he cumplido con la misión que nadie me encomendó, que fue fruto de esa perplejidad y la consiguiente indignación que sentí en 2016: lo que las motivó se exhibe sin pudor cada vez que abre uno la sección de Cultura en los medios de comunicación (en cualquiera de sus manifestaciones). Esa misión no era más que señalar lo que me parecía que era mentira, hipocresía o estafa. Un estado de cosas que se consideraba normal, y en el que disentir de manera pública se consideraba de mal gusto.

Creo que aun siendo un blog minoritario, y siendo consciente de que entre mis lectoras/es hay quienes no están de acuerdo conmigo -o, vaya, me detestan-, he roto en el espacio público ese statu quo y he sentado un precedente en el que otros/as, seguramente mejor dotados/as, podrán apoyarse para llevar a cabo una actividad reseñadora crítica digna de ese nombre, y no las porquerías que habitualmente se siguen perpetrando. Insisto en que una crítica honrada hace, tal vez, no mejores escritores/as, pero sí mejores lectores/as.

Me voy, pues, un poco de improviso, con un par de libros sobre la mesa y una reseña terminada. Me parece mejor dejarlo así y no acabar exhausto y desganado, con el riesgo que supone de ser injusto.

Eso, nunca.



martes, 28 de mayo de 2024

Hacia el infinito y más acá

Podría decirse que con este artículo termino una etapa hornbiana (Ten years in a tub) en la que por lo general no me he detenido en el análisis de textos concretos y más bien lo que he hecho ha sido compartir con Vds. mis lecturas o intenciones de lecturas, amén de algún comentario que otro sobre nuestro mundillo cultural y sus estrellitas. Ya está bien, así que calculo que, a mitad de junio, comenzaré a leer algunas novelas que tengo pendientes (y a escribir las correspondientes reseñas) emanadas de nuestro humus literario local, que, todo hay que decirlo, tiempo hace que no me proporciona alegrías. 

También, cómo no, en otras obras de no ficción que por su interés, al menos el que han suscitado en mí, me veré obligado a comentar. 

¡Qué harían sin mí y sin este blog! Probablemente, algo relacionado con el concepto marasmo.

Las nuevas adquisiciones son las siguientes:




                



-España postimperial. Ideologías del imperio restaurativo, de Joseba Gabilondo (a raíz de una entrevista al autor en Ctxt).

-Semiosis, de Sue Burke (ficción).

-Guaridas del lobo: memorias de la Europa autoritaria, de Xosé Manoel Núñez Seizas.

-La república cooperativista. Esclavitud y libertad en el movimiento obrero, de Alexander Gourevitch.

Aunque Vds. no lo hayan notado, encuentro en mí una tendencia hacia la bibliografía histórica en las últimas selecciones, en especial con respecto a España. No sé si es algo bueno o malo, pero ahí está. Quizá es que me encuentro a menudo con la gente que piensa que lo que hicieron Pizarro o Hernán Cortés no solo les parece admirable, sino que tienen que ver con él/ella, como español/a. Esos espejismos esencialistas y teleológicos que tanto gustirrinín producen a los consumidores de ideologías de ultraderecha. 

Así pues, en España diversa, de Eduardo Manzano Moreno, leo: 

Una forma de distinguir un libro de historia de un manual de ejercicios del espíritu nacional es identificar el recurso facilón consistente en hacer creer a los lectores que ellos fueron también los protagonistas del pasado. Ello permite a sus avispados promotores convencer a sus audiencias de que deben sentirse "orgullosas" de las ideas y gestas de los personajes pretéritos como si fueran propias y compartieran valores idénticos a los suyos. Es una falsedad tan evidente (ninguno de nosotros ha nacido en otro tiempo que no sea el presente, conviene siempre recordarlo) que causa sorpresa comprobar que siga surtiendo efecto. (España diversa, págs 19-20) 

O, también: 

Cuando los historiadores se convierten en reivindicadores del espíritu nacional, su papel se limita a ser el de adoctrinadores de patriotas al servicio del poder político. (Ibíd., pág. 23)

Por último:

Nadie debe renunciar a defender los proyectos de futuro que considere mejores para la sociedad, pero cuando se intenta justificarlos en sucesos acaecidos hace cientos de años se corre el riesgo de convertirlos en esencias históricas que nutren en el presente las bien conocidas formas de totalitarismo. (Ibíd. pág. 27)

Creo que, para ser coherente, he decidido informarme: llámenme ingenuo. Tampoco es desdeñable que en algún momento, como he hecho con el griego clásico, me anime a incursionar en el terreno académico para -pueden imaginárselo- saber con fundamento y no convertirme en un columnista de rebequita y pantuflas de programa de la televisión autonómica. A veces pienso que la combinación ideal para cualquiera que quiera llamarse pensador/a es conocimiento y compasión, y no la soberbia mezclada con hiel: esa distancia entre lo que uno imaginó que podía haber llegado a ser y lo que uno meramente es. 

Por cierto, me esta resultando todo un descubrimiento el compactado contenido de las vicisitudes del comunismo democrático (Historia del pensamiento marxista sobre la democracia, de Ernesto M. Díaz Macías): compruebo cuán confundidos estábamos los que no solo relacionábamos directamente el comunismo con el autoritarismo y la dictadura del líder y del partido sobre el resto de la sociedad, sino aquellos que por esa misma identificación se avenían a apoyar un régimen antidemocrático como el despotismo burocrático de la Unión Soviética y el resto de los países del Este. No es que el autor haya descubierto documentos ultrasecretos guardados en una cámara acorazada en los sótanos del Kremlin o del Pentágono: toda esa información siempre ha estado disponible, pero nos hemos conformado con la vulgata antimarxista y anticomunista de siempre, lo que tampoco resulta extraño viviendo en una sociedad capitalista. Como decía Bourdieu, la mayoría de las personas no hablan, sino les hablan; y me atrevería a decir yo, no piensan, sino les piensan .

En fin, ya saben que no me gusta escribir/hablar de política en este blog, dedicado a esa altruista, espiritual y estética rama del Arte con mayúsculas que es la Literatura. 



viernes, 17 de mayo de 2024

Más libros y más feria

 Estarán gozando aquellos que abogan una y otra vez -como quienes con el socorrido auxilio de la teoría cuántica pretenden atravesar una pared a fuerza de probabilidad y empecinamiento- por establecer normativamente una estricta delimitación entre el arte y la política. La realidad es tozuda y el Festival de Eurovisión, por citar el evento más reciente y llamativo, ha venido a demostrarlo de nuevo. Por cierto, también estará contenta cierta Premio Canarias de Literatura con la persona que ha ganado este año. En fin, siempre habrá un lugar bajo el sol para la ingenuidad y otro para el tratamiento de la miopía.

Por otro lado, aun aumentando la columna de libros ("enhiesto surtidor de sombra y sueño/que acongojas el cielo con tu lanza" y tal) no leídos pero que estoy por leer en cualquier momento, etc., he recogido ayer mismo unos pocos más, que me avengo a compartir con Vds. Libros recomendados por vías variopintas y por sospechosos habituales.








-España diversa. Claves de una historia plural, de Eduardo Manzano.

-El tiempo perdido, de Clara Ramas. Sí, la misma filósofa encargada de la última edición de El 18 de Brumario de Luis Bonaparte, de Karl Marx, ya comentada (y alabada) aquí.

-Anatomía del fascismo, de Robert Paxton.

La lista que les muestro cada vez en los artículos mengua de manera progresiva, por razones obvias. Siempre me dije que yo trabajaba para poder comprarme libros, pero el tiempo ni la energía dan para todo. De todos modos, como ya saben, tengo unos cuantos más en reserva: está el fondo de armario (lo que ya se posee pero no se lee aún) y el fondo de compras (lo que no se ha comprado, pero que se espera comprar algún día).

A este respecto, el otro día leí en Twitter a un señor que anhelaba poseer toda la colección de Gredos: yo también. Y que ni siquiera hace falta leerla entera. Todos esos tomos en tapa dura de color azul oscuro... Nuestras fantasías, pienso, tienen ese color. Es innumerable la colección de clásicos de todo tipo que habría que tener, aunque solo fuera por presumir. Confieso que, en ocasiones, dejo encima de la mesa El Capital cuando se avecina alguna visita, a ver qué ocurre.

Por cierto, he terminado la colección de escenas truculentas en Trilogía sucia de La Habana, de Pedro Juan Gutiérrez. Muy bien, en general, con esa perspectiva deliberadamente  enfocada en los aspectos sórdidos de la vida cotidiana del narrador: hambre, necesidad y abulia y una perspectiva del sexo como trivial y exigente al mismo tiempo, ausente todo tipo de preciosismo o sublimación. No obstante, ya hacia al final del volumen me costaba seguir con la lectura, como si me hubiera hartado de tanta ración de miseria y de brutalidad, de contemplar a seres humanos embarrados en la mezquindad y ocupados solo por su supervivencia. No obstante, lo considero un libro valioso que desmitifica cualquier visión idealizada sobre Cuba, y entiendo todas las circunstancias geopolíticas y económicas que se puedan plantear al respecto. Nada humano es ajeno a la literatura.

Finalmente, y aunque luego me reprochen que no estoy contento con nada, no puedo evitar el compartir con Vds. esa "reivindicación del humor" que se supone va a ser el lema de la próxima feria del libro de LPGC. Reza la noticia, firmada al alimón por EFE y el inefable Victoriano Sánchez Álamo: "La 36ª edición de la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria se celebrará en el parque de San Telmo desde el 29 de mayo hasta el 2 de junio, bajo el lema 'Humor y libros', con el objetivo de reivindicar la risa como herramienta de unión". A ver, ¿no podrían haber encontrado otra chorrada más disimulada, otro topicazo con menos grima? No resulta habitual, con las debidas excepciones, que el gremio de las/os libreros/as ni, mucho menos, el de los/as políticos muestren originalidad a espuertas, pero: ¿"Reivindicación"? ¿Es que la risa goza de mala fama? ¿Es una actividad que se realiza de manera clandestina, perseguida? ¿Dicen en el ¡Hola! que es de mal gusto? Además, "¿Risa como herramienta de unión?". Unión, ¿de qué? Propongo, así las cosas y con la misma falta de fundamentación, que el próximo año el concepto central del lema sea, digamos, el llanto: "Las lágrimas como herramienta de cohesión", "Llanto y ciudadanía: claves para un territorio macaronésico". O la caca: "La defecación como experiencia compartida", "Las heces y la Escala de Bristol como herramientas sociales de pertenencia".

Quiero creer que la mayoría de las personas lectoras no se contentan con frases trilladas -pensamiento perezoso- ni con elogios inmerecidos -reconocimiento de baratillo-. No es mucho pedir que en el marco de un evento mixto (mercantil-cultural) como una feria de libros se nos ahorren tonterías como las pronunciadas. A veces, ser parco/a en palabras está muy bien: hay otros/as que las pronuncian -y escriben- mucho mejor.



viernes, 26 de abril de 2024

Fondo de armario

Acaba abril, y los artículos de Elsa López son tan irrelevantes como siempre. Produce cierta tristeza comprobar que el único artículo que tuvo algo de repercusión se caracterizó por arremeter de manera lamentable contra unos artistas que no encajaban en su definición de lo que es ser hombre o mujer, espetando algún insulto que otro para evitar sutilezas. Era tan aberrante que no lo aceptó el propio periódico en que, curiosamente, sigue colaborando de manera habitual y que, como casi todos, publica cualquier cosa mientras no tenga que pagarlo. Algunos, no obstante, y contra toda evidencia, la consideran como un "faro ante tanta penumbra". Saco a colación a esta señora por ser la última Premio Canarias de Literatura y por asumir lo que piensa mucha gente: que, por haber recaído en ella un premio literario, lo que tenga que decir sobre asuntos ajenos a la literatura resultará de interés.

Dado que no es así, pasemos a otra cosa.

Les será más o menos interesante saber que este mes de abril, en lo que a mí respecta, se ha caracterizado por la cantidad de libros que han llegado a mis manos, la mayoría en detrimento de mi cuenta corriente y algún otro como obsequio amical, que todavía quedan amigos de esos. A la sazón, son los siguientes:




-La reconquista, ¿la reconquista?, la reconquista, editado por David Porrinas.

-Ni una, ni grande, ni libre, de Nicolás Sesma.

-De cine, aventuras y extravíos, de Eugenio Trías.

-Filosofía para una vida peor, de Oriol Quintana.

-La vista desde las estrellas, de Cixin Liu.

-El orden de los acontecimientos, de Miguel Morey.

Un poco de varias áreas del conocimiento, como ven. En especial, me interesan los de la historia de España, dado la ola revisionista de los últimos años. Ya les contaré.

Es, como podrán imaginar, un esfuerzo baldío para intentar abarcar lo pasado y lo presente, vano empeño para comprender el mundo, efímera ilusión por comprender el mundo. Si a estos les unimos los que compartí con Vds. en el pasado artículo, se harán cabal idea del luminoso y estudioso futuro lector que me espera. Por no hablar de lo insoportable que me voy a poner, palillo de dientes mediante.

Por otro lado, han salido publicados dos libros que me han despertado cierto gusanillo: Arenas blancas, de Juan R. Tramunt, y, vayan Vds. a saber por qué, Reguetón, de Luis León Barreto. En cualquier caso, toda lectura y análisis consiguiente quedan pospuestos para después de la primera quincena de mayo, comenzando por el ya mentado Barrio chino. Asuntos más urgentes reclaman mi atención, como son los participios griegos. Voy acumulando lecturas para sobrellevar la resaca estudiantil.

Dentro de poco, por cierto, será la feria del libro en LPGC, abierta ya la veda en nuestra Comunidad. La verdad es que poco interés me despierta, salvo el atávico goce que supone el caminar en compañía de otros seres humanos dando vueltas sin tino como si buscáramos algo inencontrable: tal vez la gracia del Arte con mayúscula, o quizá el roce salvífico con el Autor/Autora. Pero, de verdad, incluso como ritual carece de atractivo. Quizá sea posible regenerar la feria, pero me pregunto si una feria es regenerable: tal vez lo que ofrezca es lo único que puede ofrecer, y si ofreciera otra cosa, no alcanzaría los objetivos que tiene toda feria (de libros o de lo que sea), que no es sino vender. En todo caso, ya es un asunto que me ha dejado de interesar, si bien es cierto que nunca me resultó especialmente polémico, salvo sus sempiternos problemas de organización.

Eso es todo por ahora.


sábado, 13 de abril de 2024

Rumores, rumores

El blog, en esta fase en la que llevo incurso desde hace unos meses, ha recibido (algo que me resulta sorprendente) gran aceptación, según las estadísticas de la página, tanto de visitas reales como, sobre todo, de los bots que provienen de países harto exóticos. Además, como epifenómeno, este alejamiento de la mundanidad me ha generado gran sosiego. Compartir con Vds. mis lecturas y adquisiciones permiten, además, un potencial campo común de experiencias nada desdeñable con quienes han leído ya lo que indico o piensan leerlo en el futuro, aunque sea mero pensamiento desiderativo.

Dicho lo cual, los libros que acabo de recoger de la librería son los siguientes:

-La invención de la tradición, de Eric Hobsbawm.

-Anábasis, de Jenofonte.

-El capitalismo ha muerto, de Wark Mackenzie.

-Intelectos colectivos, de Wark Mackenzie.

-Los empleados, de Siegfried Kracauer.






Aténganse a la certeza de que no dejarán de aparecer los títulos clásicos de la Antigüedad, ya sea por la personal sensación de cumplir con algo pendiente como por puro afán adquisitivo-coleccionista.

Grandes ambiciones acompañan a grandes hombres. Es por eso por lo que tengo las mías bien sujetas, sin perderlas de vista. Estoy echando también un ojo a Mark Fisher, por ser de referencia intelectual izquierdista, claro, y porque han salido recién editadas sus lecciones en la universidad (a la sazón, nunca me verán buscando en The Objective, digamos, inspiración para nada). Y ya tengo unos cuantos títulos más a la espera.

A este respecto, no puedo evitar expresar la imponente sensación que me ha producido la lectura del primer tomo de El Capital: impresionante en análisis y estilo. Y no me vengan con lo de "soy marxista, pero de Groucho", porque eso ha dejado de ser gracioso desde antes que nacieran.

Sigo leyendo cada noche una ración de la Trilogía sucia de La Habana. No me causa gran trabajo porque, dejando de lado que es tremendamente amena, está constituida por escenas de pocas páginas, a veces relacionadas entre sí; otras, no. Debe de ser un lugar común compararla con la obra de Bukowski, por el tipo de situaciones que describe y el lenguaje crudo, con explícitas referencias sexuales y escatológicas. Dicho esto, el escritor, Pedro Juan Gutiérrez afirma en una entrevista que no había leído al estadounidense cuando escribió Trilogía y que le molesta la comparación. Lo que me parece bien. Sólo añado que recuerdo gratamente a Bukowski, en especial los relatos de Música de cañerías. Lo bueno del bueno de Pedro Juan Gutiérrez es que su mundo cubano y habanero me resulta más cercano (por muy diferente que sea, no obstante, que el mío) que el de Bukowski. O que el de Carver. O que el de Salinger, etc.

Asimismo, he leído por ahí que se le acusa de ser complaciente con el régimen cubano. A mí no me parece que la descripción que hace de la Cuba de la Trilogía (años 90, tras el derrumbe de la Unión Soviética, crisis de los balseros, etc.) sea complaciente, sino todo lo contrario: una sociedad hecha pedazos donde las opciones vitales más esperanzadoras sean tirarse al mar o prostituirse no son, en principio, las mejores formas de elogiar a un régimen. 

Por otro lado, y no menos importante, circula un rumor que afirma que me estoy volviendo demasiado amable en estos artículos. Lo cierto es que, debido a mi intensa actividad intelectual ("Estaba el otro día leyendo a Aristóteles cuando... Traducía a Jenofonte cuando..."), no tengo tiempo para la lectura a la que los había acostumbrado a Vds. de la literatura reptante local, ni para los/las reseñadores/as amorosos/as de ocasión o para seguir insistiendo en lo lamentable que me parece la práctica de currar gratis para los medios de comunicación. A cambio, he optado, en estos meses, en mantenerles al tanto, por si fuera de su interés, de mis lecturas (y proyectos de lecturas) y de alguna ocurrencia que otra. Quizá eso es lo que pueda denominarse ser amable

De todos modos, para no serlo tanto, confieso que nada de lo publicado de literatura canaria en los últimos meses me ha llamado la atención como para gastarme los cuartos en ella, a excepción de Barrio Chino, de Jesús Rodríguez Castellano, cuyos escasos comentarios en Facebook, en especial los que se refieren a su grupo de lectura, suelo disfrutar (no se prodiga mucho, es verdad). Pero, ya saben, estoy en una de esas épocas, y me temo que ahora mismo no soy demasiado buen lector de ficción: tal vez demasiado impaciente. Además, si han leído los últimos artículos, sabrán que, en potencia, buenas lecturas no me faltan de otros ámbitos.

En fin, no prometo nada, pero cuando acabe el curso, después de mayo, tengo la intención de retomar aquella mala costumbre, si antes no estamos todos inmersos en alguna tragedia horripilante.