lunes, 5 de abril de 2021

'Por los buenos tiempos', de David Keenan

Justo el lunes después de la semana santa de los cristianos escribo este artículo. Y de sangre, muerte y traición va el libro que paso a comentar: Por los buenos tiempos, de David Keenan, con la versión al español de Francisco González López. La novela es la narración ficticia de un preso del IRA activo en los años 70 y comienzos de los 80 en Irlanda del Norte. Es decir, la narración de los asesinatos, venganzas por los asesinatos, palizas, torturas y secuestros de un bando y otro a lo largo de aquellos años.

Por un lado, la novela, como casi todas aquellas que abordan asuntos similares, nos hace reflexionar sobre la pertinencia, efectividad y moralidad de emplear la violencia extrema contra un Estado al que se considera agresor, ilegítimo o injusto, o todas esas características a la vez. Claro que ese Estado se encarna en personas concretas, en funcionarios de la administración, en políticos, en policías, militares, etc., cuya vida se trunca de repente. Lo terrible no es solo esa violencia, sino que para hacerlo más terrible, sea cierto que ese Estado contra el que se dirigen los ataques sea efectivamente ilegítimo, invasor y violento. ¿Es posible ser pacifista en ese caso? ¿Es posible no ser violento? Y en este último caso, ¿esa violencia sirve? ¿Y hasta qué punto? ¿Es posible juzgar la moralidad de una acción sólo por sus resultados?

A veces, la diferencia entre ser denominado terrorista o no depende de que el adjetivado así haya obtenido éxito. Los israelíes que pusieron una bomba en el hotel Rey David durante el Mandato Británico en Palestina, con el resultado de 91 muertos. En 2006, el primer ministro de Israel y otros miembros del gobierno conmemoraron el atentado. O el Vietcong, en su momento; Nelson Mandela mismo, etc., etc. La guerra de independencia de la actual República de Irlanda difícilmente puede calificarse de guerra entre ejércitos regulares... ¿Cuándo se es terrorista y cuándo, guerrillero? Retrospectivamente, se les puede denominar "revolucionarios", pero en el momento eran, sin duda, "terroristas". Quien tiene el poder de definir el concepto y difundirlo, se asegura de que todo lo que se le oponga sea calificado de "radical", "extremista" o "terrorista". 

En sentido genérico, de manera tentativa, podría conceptualizarse como "terrorista" el que busca inspirar terror en la población, en la sociedad, o tenerla como blanco de los ataques con objetivos políticos. También, si los actos violentos se ejecutan dentro de una sociedad democrática, que lo que entendemos hoy consiste en una democracia representativa, es decir, con elecciones libres y periódicas mediante sufragio universal y dentro del marco de los derechos humanos recogidos en la Carta Universal. Así, las demandas de cualquier tipo deberían realizarse dentro de los cauces institucionales diseñados para tal fin. 

Vamos, un temazo (*) que permite minuciosas gradaciones para abordarlas desde la literatura. En España, además, sabemos algo al respecto.




Solo por eso, el libro vale la pena, aunque, claro, podemos estar de acuerdo en que no es un aspecto estrictamente literario. Por lo que respecta al lenguaje, aunque el narrador, al igual que el resto de sus compañeros de armas, se declara cuasi analfabeto, el texto no podría considerarse vulgar: el autor no puede evitar que se cuelen figuras y referencias que en absoluto podrían pertenecer a alguien iletrado o casi. No obstante, si el lenguaje caracteriza a un personaje, el del narrador, Sammy, en este caso cumple su cometido.

Además, el resto de los personajes están bien caracterizados, distintivos, con carne, tanto los masculinos como los femeninos, aunque salvo una excepción importante, estos últimos están menos delineados y son menos importantes para la trama. Podría decir también que retrata bien el ambiente de Belfast y de otros condados de aquella Irlanda, pero no tengo ni idea de cómo eran: eso sí, recuerdo leer sobre el IRA en los periódicos, y el Sinn Feinn, pero también leía sobre Bréznev y Andrópov, y tampoco soy un experto en primeros ministros soviéticos. Eso sí, que el ambiente de pubs, de música en vivo y de salvajismo urbano a la vista sí que se exprime y se muestra con vigor.


Atamos a Kathy a una silla en el centro de la habitación con una mordaza y una funda de almohada en la cabeza pero cada vez que la desatábamos para que se comiera el puto menú que le pedíamos del restaurante chino, ella nos tiraba la comida a la cara y nos daba patadas con esos tacones tan altos que tenía, así que le quitamos los tacones e intentamos darle de comer con una cuchara. Entonces nos escupe la comida a la cara. Y no veas todo lo que suelta la señora por la boquita. A Como le habría sacado los colores. Que se muera de hambre y a tomar por culo, nos dice Tommy. Cariño, esto no es un hotel, le dice. En cuanto le quitamos la mordaza empieza a poner a parir al IRA. Se supone que tenéis que cuidar de gente como yo, valiente panda de inútiles; no deja de gritar cosas así. Hasta me sentí mal y todo. ¿Qué sentido tiene torturar a uno de los vuestros? Pero Tommy le dice: Tu marido pidió dinero prestado a los Chicos, ¿no? Pues ahora que tenga la decencia de devolverlo. (Pág. 49)


No te imaginas cuánta sangre. Me puse a dar vueltas por la habitación como un artista, embadurnando todas las paredes de rojo chillón, como el colega ese que hace pinturas caóticas. No me preguntes por qué lo hice. Luego me senté y abrí esa botella de Bushmills que llevaba mi nombre. Los ángeles habían decidido. Y estaban de mi lado. Por ahora. 
Al día siguiente salió en todos los periódicos. Es raro de cojones cuando tú eres el único testigo de algo sobre lo que todo el mundo conjetura. Guardas en tus manos un gran secreto. Tienes el privilegio de estar entre bastidores y de ver cómo se crea la historia. Los putos engranajes, a la vista, girando. Y tienes que añadir tu propia distorsión, tu propia deformación arbitraria, y eso es lo más cerca que un hombre puede estar de ser Jesucristo en la Tierra. Porque tú eres la respuesta a la pregunta que está en boca de todos. Pero no te atreves a dar la cara. Porque sabes que te crucificarían por ello. (Pág. 89)


Y luego están los gilipollas que salen por la tele preguntándose cómo es posible que alguien pueda proteger a asesinos que matan y mutilan, cómo es posible que incluso los traten como a héroes en sus comunidades. Y todos, por supuesto, ponen la puta voz esa de "mira qué penita doy". Me gustaría decirles: Es algo elemental, queridos mentecatos, ¿habéis oído hablar alguna vez de la lealtad? ¿Sabéis lo que es la amistad? ¿No habéis tenido nunca una familia que protegeríais con vuestra vida? ¿No creéis que la valentía es algo digno de admiración? ¿Nunca habéis sentido la llamada de vuestra propia sangre? 

La cuestión es que todos lo sabemos. Todos lo entendemos perfectamente. Pero sólo cuando es de nuestro bando del que hablamos. Pues bien, yo soy del otro bando y estoy aquí para decirte que somos exactamente iguales. Bueno, iguales del todo, no; nosotros somos más valientes. (Pág. 130)


No obstante lo escrito, alrededor de la mitad de la novela mi interés comenzó a decaer. No sé si me saturó la acumulación de violencia o si el autor pretendió enriquecer al narrador con fantasías que intentaban describir la deriva psicológica que comenzaba a afectarle o que, simplemente, la historia comenzaba a dar vueltas sobre sí misma, encadenando anécdotas, hasta que en determinado momento encontró una salida que le permitió finalizarla de esa manera. En este sentido, la novela, en mi opinión, no desarrolla de manera óptima lo que parece que promete, una reflexión no solo sobre la violencia "terrorista" sino también sobre el determinismo social que condena a incontables personas a ser carne de cañón, a no tener más futuro que plata o plomo, a no tener jamás la menor posibilidad de llevar una vida normal, incluso en un país democrático y de Derecho. Y la opción de la violencia política, o meramente criminal como alternativa viable.

En esas circunstancias, reconducir políticamente escenarios de violencia enquistados durante décadas es harto difícil, pues el diálogo, la deliberación y el mismo lenguaje son posibilidades casi inimaginadas, si no despreciadas. Conseguirlo debería suscitar elogios infinitos.

Para terminar, pues, la potencia de los personajes no resulta suficiente para mantener firme el espinazo de una historia que si bien se deja leer, no desarrolla sus potencialidades. Al menos, las que yo hubiera deseado. En definitiva: gusta, pero no regocija.



P.D. Aquí, una reseña entusiasta, que parece sincera, o esta, también.

(*) Creo recordar que Albert Wellmer abordaba el terrorismo en la República Federal de Alemania de un modo bastante convincente en Finales de partida: la modernidad irreconciliable. Imagino que habrá una ingente literatura sociológica sobre el asunto

martes, 16 de marzo de 2021

'Desde la línea', de Joseph Ponthus

Después de aquella polémica por la premio Nobel de Literatura cuyo agente la cambió de editorial española (Pre-textos)porque, según parece, esta no pagaba a tiempo, ahora ha surgido otra, también con una mujer como protagonista, por los requisitos que debía poseer su traductora a otros idiomas. En un caso me parece bien, en otro quizás posee matices que me impiden establecer una opinión terminante al respecto. En todo caso, no nos engañemos, no importa nada. A mí no me importa demasiado, y al mundo editorial y al mundo en general no le importa que a mí me importe o me deje de importar. El caso es que sin polémicas de este tipo, que antes permanecían sin conocimiento del público porque en definitiva no son sino relaciones contractuales entre autores y editoriales, los medios de comunicación tendrían menos material para rellenar sus programas y páginas, y sus sitios web. Lo cierto es que también estas polémicas suscitan interés (y tal vez, ventas, que es de lo que se trata) por esa materia tan aburrida que es para el profano la poesía y, ya que estamos, la literatura en general.

Dicho lo cual, echo de menos alguna trifulca en el mundillo literario local, para divertirnos un poco. El único que lo intenta de manera periódica soy yo, así que ya ven la repercusión que pueden tener mis impertinencias. Escaso éxito, sin duda. No sé, esa sensación de buen rollo entre novelistas, cuentistas y poetas, que sé que no es sino pura impostura, resulta tan empalagosa que dan ganas de quitar a golpe de BOC todas las subvenciones para animarlos/as a que salten a la arena y se quiten las sinecuras e invitaciones a festivales unos/as a otras/os. Se me hace difícil imaginarme tamaña carnicería.

En fin, ensoñaciones aparte, llevo un tiempo con la novela de un canario ya fallecido, que, por ahora, no está nada mal. Pero, no sé, a veces si la literatura no me maravilla un poco, una pizca de exotismo, si no me hace salir de mí mismo, de mi entorno, de mi cultura, de mi cotidianidad, me aburre. No mucho, quizá, pero resucita mi peor vicio, que es la pereza. Y así busco cualquier cosa para no leer la novela: hacer café y tostadas, comer, ir al baño, mirar aquella palabra en Internet que de repente me resulta urgentísima, poner la tele, apagar la tele, ya no tengo tiempo y me voy al trabajo, después vuelvo y como, la siesta, ese recado a las cinco de la tarde, por la noche ya estoy cansado y prefiero leer, no sé, cualquier otra cosa, etc. Ya se me pasará, pero para otra ocasión.

Así que, hoy, con Vds.:



En una primera impresión, fugaz momento, Desde la línea, de Joseph Ponthus, un francés recientemente muerto, podría excitar a la chiquillería influencer y cantautoril devenida en poeta en los últimos años. Han descubierto la piedra filosofal del verso, que no es sino escribir una frase en prosa, llevar el cursor hasta la mitad, más o menos, y darle al ENTER. ¡Plim, poesía! Poesía soy yo y lo que me salga por ahí. 

Digo esto porque la novela está escrita en frases muy cortas, a veces solo una palabra o dos, que se asemejan, en mi opinión, sin serlo, a versos. Y sin signos de puntuación. Es una prosa, como consecuencia, fragmentada, pero quizá por lo mismo, vertiginosa y muy fácil de leer, en primera instancia. Según señaló el mismo autor, quería plasmar el ritmo vertiginoso de la línea, de la cadena de producción de las fábricas alimentarias en las que trabajó. Además, ofrece un vocabulario salpicado de vulgarismos, pero en cuyo interior se insertan multitud de citas y referencias musicales y literarias tanto cultas como populares, de manera natural, no como los arranques de pedantería en las novelas de los que tenemos por escritores/as en estas ínsulas baratarias. Baste decir esto para no confundir a nuestro autor con los/as poetas recién horneados por la industria. 

Es, como Ponthus menciona en el texto, literatura obrera, de la que tantos ejemplos magníficos se han escrito (me saltan, ahora mismo, a la mente, Las uvas de la ira, de John Steinbeck, o La parcela de Dios, de Erskine Caldwell) y mil más, que sin duda tienen Vds. mejor bagaje de esta literatura que yo. Así que a los que apenas hemos rozado una fábrica, ese relato embrutecedor y alienante, unido a la temporalización del trabajo asalariado y su precarización, ofrece un panorama desolador, inquietante y deprimente, por decir algo de estas sociedades del bienestar en que vivimos. Imagínense el trabajo proletario en las sociedades de los países que no son del bienestar. Puede que no haya palabras aunque haya imágenes y documentales y películas.


Entre varias toneladas de sables granaderos y abadejos

Hoy he descargado trescientos cincuenta kilos de quimeras

Ignoraba hasta esta mañana que existiera un pescado con

ese nombre


Mis quimeras llegaron después de la pausa

Curioso pez con dos hermosas aletas en la parte baja

del vientre que podrían semejar alas

Quizá de ahí provenga el nombre

O no


Ha bastado para alegrarme la mañana

Decirme que había descargado quimeras


Es 31 y por la tarde me paso por la ETT para recoger mi

anticipo porque nos pagan reglamentariamente el 11

del mes siguiente

El anticipo asciende como máximo al setenta y cinco por ciento del tiempo trabajado

Los de recursos humanos de la fábrica no han validado

aún las horas de mi última semana de trabajo

O sea que cobro el cincuenta por ciento de lo que me 

corresponde


Una quimera más (Pág. 29)

 


Hay que leer el Diario de un obrero de Thierry Metz

Es una obra maestra

Publicada en la colección L'Arpenteur de Gallimard

en los años noventa

El libro

Me lo recomendó Isabelle Bertin por Facebook

Lo encargué inmediatamente como cualquier libro obrero

que encuentro ahora mismo 

Lo recibí ese mismo día

Un bofetón (Pág. 67)


Vuelvo

Empujo reses

Sudo como un cerdo

Tanto que el efecto del antiinflamatorio empieza a atenuarse

Dos horas más y luego picar billete

A casa

Una hora y media más

Lo que dura un partido de fútbol

Y mañana ya veremos

Una hora solamente

La cosa se pone interesante

Ya no empujo con los brazos con el cuerpo con la espalda

Es mi todo mi nada quien empuja

Sí para pasar el rato canto

Llega el final


Antes de salir

Me llego al supermercado del matadero a comprar carne

a bajo coste

Carne de caerse de espaldas de lo buena que está

De follarle el culo a la Santísima Virgen

Una falda un entrecot una entraña una babilla qué sé yo

que me comeré nada más volver a casa con unas patatitas

Es como si necesitara alimentarme de esta carne que 

empujo a diario (Pág. 139)


Eso se relaciona, les guste o no, con el fetichismo de la mercancía marxista: ignoramos el trabajo que hay detrás de cualquier producto que se ofrece en el mercado, desde un balón de fútbol a una caja de gambas. Casi creeríamos que se cultivan en los estantes de la tienda o del supermercado: magia. O, ya que estamos en este blog, el trabajo que hay detrás de un libro: la industria del papel (extremadamente contaminante), la de la tinta, los trabajos del editor, del revisor, del creativo de marketing, del periodista cultural, del autor/a. Si no, ¿cómo habría llegado este mismo libro a mis manos?

Escrito lo anterior, Desde la línea me parece un trabajo apreciable. Sobre todo a partir de la segunda parte del libro, me recuerda a De ganados y hombres, de Ana Paula Maia. A veces roza, que no cae, en la verborrea, con ese empeño en las enumeraciones y en la descripción sentimental, pero a mi juicio se contiene justo a tiempo. A esto se añade que soy muy amigo, llámenme travieso, de las transgresiones formales. Así pues, esta obra ¿es novela, poesía, poesía novelada, novela poética, chirimbolo o jorflainder? En este sentido, recuerdo, ahora mismo, la curiosa Conjunto vacío, de Verónica Gerber Bicecci. Por lo demás, por las razones ya mencionadas, el libro se lee fácil. Además, algunas referencias de la cultura francesa se explican en unas notas al final del libro, junto a un valioso texto de la traductora, Regina López Muñoz (ojalá siempre se acompañara una traducción de un pequeño dossier del traductor/a explicándola). Oigan, porque si un artista muestra su voluntad de desquiciar los tiempos, aunque sean los de la literatura, me interesa un poquito más, qué le voy a hacer.

EN DEFINITIVA, Desde la línea es una obra que no gustará a todos/as, ya por su estilo, su forma o su temática. Lo contrario, para quien sí. Muestra un lado de la existencia que a veces no queremos ver, que de manera egoísta pensábamos que no nos iba a tocar, pero a la que ahora cada vez más personas en movilidad social descendente se ven abocadas. La clase media siempre ha obviado, cuando no despreciado, a las clases bajas porque pensaba que el esfuerzo, el mérito y la educación, por una especie de justicia social o natural, tenía como consecuencia ineluctable vivir mejor, conllevaba progresar. Si alguien no salía de la pobreza o, peor, caía en ella, sin duda se debía a sus pocas ganas de trabajar, a una indolencia culpable. El sueño se ha truncado, aunque a esa racionalización de la pobreza y de las desigualdades (ese famoso "culpar a la víctima") sigue adherida a la visión del mundo de gran parte de nuestra sociedad. Importa poco: la creciente proletarización y precarización de gran parte de la clase media obligará a muchos/as a cuestionar ese relato que, como todos los hegemónicos, proviene de unas élites solo preocupadas por que la distribución del poder y de la riqueza siga en sus manos. 










martes, 9 de marzo de 2021

El blog, cuatro años después

   Al cabo de un período, como quiera que lo definamos o consideremos, por ejemplo, los cuatro años y pico de existencia de este blog, uno debe preguntarse qué ha hecho y replantearse por qué. No les oculto que, de manera periódica, he puesto en duda la continuidad, no digo la necesidad, del blog porque, en definitiva, su razón de ser ya se ha demostrado. ¿Es posible seguir escribiendo cuando la denuncia que motivaba dicha escritura ya se ha formulado una y otra vez? Si contestamos negativamente, es decir, si consideramos que repetirla es inoportuno por cuanto consideramos que los lectores ya están avisados, entonces cabe preguntarse por el sentido de un blog que nunca ha sido sólo de reseñas, sino, sobre todo, de crítica de la cultura.

Tomarse el blog como divertimento, como hobby, nunca ha sido una opción real que haya manejado este quien les escribe: la intención ha sido poner en cuestión una forma de ser y de actuar generalizada en los medios de comunicación e Internet. No obstante, también he tenido claro que influir de manera decisiva en la percepción general sobre el mundillo literario y cultural está, siempre lo ha estado, fuera del alcance de un blog de este tipo. Por otro lado, no podía dejar de escribirlo desde el momento en que se toma conciencia de la desfachatez que se exhibía -y se sigue exhibiendo- en todos los eslabones de la cadena de producción cultural en la que incluimos también a los políticos y mecenas privados de turno.

Así, insisto, este blog nunca ha sido, en realidad, mero espacio para hablar de lecturas favoritas, ni para aspirar a recibir el elogio del escritor o escritora famosos del momento. Ha sido más bien un lugar de crítica de la complacencia infundada en la literatura y del espejismo de la cohesión social atribuido a la cultura, porque no podemos dejar de considerar que engañar a las personas no está bien casi nunca, y estoy pensando en la política, y que ese escaso margen que deja el "casi" debe ser, con posterioridad, sometido a la rendición de cuentas más escrupulosa e implacable que pueda imaginarse. 

No, la literatura ni el arte progresan a base de halagar al artista, al editor, al galerista o, ya que nos ponemos serios, al público. Todo perfeccionamiento, todo refinamiento o avance, o si no queremos hablar en esos términos respecto de la creación artística, toda nueva forma de encarar los asuntos humanos y profundizar en ellos, no puede provenir sino mediante la crítica de lo existente y de lo heredado. El halago y el elogio son, por lo general, conservadores, pues si uno está satisfecho con lo que tiene, ¿para qué cambiarlo? De hecho, como ejemplo, hasta antes de la pandemia, los políticos de la derecha (y de parte de la izquierda) española no dejaban de considerar a la sanidad patria como "de las mejores del mundo", en su modelo mixto público-privado que significaba aumento de los beneficios de la sanidad privada a costa de la pública. Cuando se vio que no era así a raíz de la extensión del Covid19 y las decenas de miles de muertos, se ha comenzado a criticarla con profusión. Es solo entonces cuando comienzan a imaginarse posibilidades de mejora que antes eran invislumbrables.

Tampoco, no lo olvidemos, la literatura nos hace necesariamente mejores, entendiendo por mejores que seamos más virtuosos en algún sentido moral. La literatura puede hacernos ver, quizá, que somos capaces de ser más compasivos, pero, por qué no, también más malvados. Puede iluminarnos, pero, no es ninguna sorpresa, también corrompernos. La opinión generalizada es de otro signo, claro. Por ejemplo, en una reciente conversación, por decirlo así, en Twitter, el escritor Gonzalo Torné afirmaba: "La lectura mejora a las personas en un porcentaje altísimo. Esa es su función, madurarnos".

Imagínense, no lo habría sospechado nunca, que la lectura tenía una función concreta y que esa era, por qué íbamos a pensar otra cosa, "madurarnos", sin que su significado sea autoevidente. Por no hablar del verbo "mejorar". Cuando lo interpelé al respecto (*), salió a relucir el recurso del porque sí, con estas palabras: "es evidente e incuestionable que nos mejora". Eso yo lo entiendo como "A mí me gusta escribir, tengo cierto reconocimiento por eso que hago que me gusta, que es escribir, luego lo que hago es bueno para la humanidad". En otros campos de la acción humana, como en la música (o en el ajedrez, o el deporte, en general) ocurre lo mismo (recordemos, por ejemplo, a Ricardo Mutti y su defensa de la Cultura, sin ir más lejos, y, a la sazón, un artículo de Javier Moreno al respecto). Es posible que salgamos a la calle y nos encontremos con un numismático que nos asegure que el coleccionismo es una actividad harto recomendable para elevarnos sobre nuestra vulgar animalidad o que la cinegética desarrolla el amor por la naturaleza y los seres sintientes. En una ocasión asistí a una reunión multidisciplinar, poliédrica e isomórfica llamada Proa 2020, cuando era alcalde Juan José Cardona, en la que cada supuesto representante de una disciplina artística como la música, el cine, la danza, la cerámica, etc. consideraba que la suya era "imprescindible" para la formación integral del ser humano, que debía enseñarse en los colegios, y, sobre todo, que el Ayuntamiento (en este caso) debía subvencionarla. Una de las implicaciones, quizá no querida, era que todos los seres humanos éramos profundamente incompletos y bastante incultos, proclives a la inminente bestialización si no le poníamos remedio cantando, bailando y viendo películas a cargo del erario.

Son estos lugares comunes, estos tópicos irreflexivos, estos "porque yo lo valgo", a veces ingenuos, a veces hipócritas, cuya contestación no suele gozar de la misma popularidad ni muchos menos difusión, por lo que, en su momento, consideré que al menos un blog podía ejercer una suerte de contrapunto, aunque fuera simbólico, ya que no efectivo. 

En fin, toda esta reflexión viene a cuento de que, en ocasiones, a pesar de que lea mucho y variado, lo importante no es la reseña del libro X o reírnos de la última tontería de la reseñadora Y, sino, digamos, la crítica sociológica y política que dimana de toda la alharaca comercial e institucional respecto de la cultura, el arte y la literatura.



(*) Enlace a la conversación pública en Twitter:  https://twitter.com/gonzalotorne/status/1366461016113090563



jueves, 18 de febrero de 2021

'Memorias de un antisemita', de Gregor von Rezzori

 En ocasiones, un alma atribulada busca consuelo entre las páginas de una novela. Puede darse la feliz coincidencia de que encuentre el alivio y el solaz que anhelaba. A veces, incluso, obtiene algo parecido a conocimiento, que incorporará a su vida mundana aun de modo no absolutamente consciente. Es posible que los nombres que perduran en la historia de la literatura sean los de aquellas/os creadoras/es que insuflaron en su obra lo que necesitábamos. Repito: consuelo, alivio, motivación y explicación. Tal vez, la constancia de que otra alma semejante a la nuestra existía o existió, que no estamos, del todo, solos. No es poco.

Tampoco mucho, si la literatura (y el arte, en general) se conciben como mero refugio. Es entonces cuando su consuelo se troca en escapismo, y en pretendida esencia de la vida. La literatura no sustituye a esta sino que la utiliza como material, no lo olvidemos. Ni la hipostasiemos: no se lo merece. Por eso, repugnan tanto esos cantos a la lectura y a la cultura, esos empalagosos himnos a lo que de otro modo, como seres simbólicos que somos, no podemos dejar de hacer, subvencionados/patrocinados o no. Es emocionante, por escalofriante, cuando oímos a un políticos pronunciar su sarta de loas a la literatura/cultura: si quiere que miremos allí, ¿a qué allá no desea que miremos? Lo mismo, pero por otras razones, podemos colegir del banco X o de la aseguradora Y.

Además, a la literatura se va por propia elección. Me siguen suscitando curiosidad, mezclada con algo de asombro, los periódicos planes (del gobierno, cabildo o ayuntamiento que sea) de incentivación a la lectura. Sobre todo, porque no son campañas de alfabetización, sino que de manera literal pretenden que el que ya sepa leer lea lo que, por las razones que fuere, no le interesa. "¡Lea Vd. a Galdós, patán ignorante!" Ese paternalismo ridículo, de transformación social nula, inocuas sus consecuencias e irritantes sus métodos, es otra manera de utilizar lo que se entiende como cultura para caracterizar a las instituciones como benefactoras. Una capa de pintura barata con la que cubrir las vergüenzas y miserias de la acción política que, año tras año, generación tras generación, y sin distinción de ideología explicitada, sigue empeñada en conservar un statu quo que solo se entendería si hubiéramos conseguido una sociedad compuesta de ciudadanos/as plenamente libres e iguales, capaces de llevar una vida digna con el potencial para que sea lograda.

De sobra sabemos que no es así, y mientras que somos conscientes de las desigualdades lamentables al acceso a la educación, a la salud y al ejercicio de los derechos políticos, nos distraemos con las campañas publicitarias de las instituciones públicas y privadas: las primeras empeñadas en convencernos en que no podemos aspirar a nada mejor salvo peligro de caer en stasis, y las segundas, en que la libertad es elegir una serie de TV o en que te lleven una hamburguesa a casa. El arte, la cultura y los espectáculos deportivos son las armas elegidas de manera más visible para ejercer de disolvente del conflicto social. Desengáñense, y no miren siempre a donde se les indique.




Todos/as llevamos un antisemita dentro, en sentido general. Me explico: es posible que hoy en día el estigma del "judío" no sea importante en las sociedades occidentales (¿seguro?). Pero sí el del "moro", el del "inmigrante" o, vaya por Dios, el del "pobre" o el de la "gentuza". Siempre parece haber una parte de nuestros congéneres a los que íntimamente deseamos excluir, aunque preferiríamos que nos partieran un brazo a reconocerlo, sobre todo si nos consideramos de izquierda y votamos socialista. Necesitamos rechazar, tal vez odiar, como necesitamos que nos acepten, tal vez que nos quieran. Recordemos que los conceptos suelen necesitar del opuesto: somos ciudadanos frente a los no ciudadanos, como los turistas o los migrantes. Somos miembros de un club de tenis o de un grupo masón frente a los que no lo son y frente a los que nunca se les aceptaría, etc. Al menos antes de la II Guerra Mundial, en Europa, ser judío implicaba ser siempre la parte no aceptada, despreciada, sospechosa: la bestia sacrificable. Quizá como hasta no hace mucho, un gitano en España. O un negro (o como quieran que entienda eso un norteamericano, en las casi infinitas y sutiles gradaciones étnicas en las que se han enfrascado históricamente las culturas anglosajonas) en los Estados Unidos.

De esto nos escribe, entre otras cosas, Gregor von Rezzori, en Memorias de un antisemita (traducción de Juan Villoro). Su personaje, Arnulf, el narrador, que no es otro sino él mismo, resulta en muchas ocasiones despreciable o, al menos, nos avergüenza su comportamiento, por mucho -o quizás por eso- que su conducta nos resulte tan familiar, tan nuestra, entendiendo por ello, prejuiciosa, caprichosa y pretenciosa en numerosas ocasiones. Sin que ello suponga que carece de buen corazón, de un alma noble, si queremos ponernos cursis. Por otro lado, este mismo narrador puede tomarse como el trasunto de una Europa convulsa, espasmódica, capaz de lo mejor y de lo peor.

Aparte de sus prejuicios respecto de los judíos/as, Arnulf/Gregor solo parece tener otro asunto en la cabeza: las mujeres. En realidad, la novela puede dividirse en tantas partes como relaciones significativas mantiene con mujeres, todas judías, por supuesto. Es como si ese desprecio y prejuicio respecto de los/as judíos/as se desarrollase a la par que la fascinación que siente por ellos/as. Sobre todo, por las mujeres judías, a las que disecciona con la precisión y el entusiasmo de un entomólogo con síndrome de abstinencia. 


Entonces ya se empezaba a generalizar la idea de que el trabajo no siempre es vergonzoso (algo que mi familia aún estaba lejos de entender). Esto dependía, por supuesto, del tipo de trabajo del que se hablara. El simple ingreso en el comercio era lamentable. Si uno vendía armas, artículos de cacería o complementos de equitación, se trataba de algo más o menos pasable. También la venta de alimentos suntuarios (vino, caviar o paté de ganso) al que se dedicaban tantos oficiales retirados podía, dadas las circunstancias, disculparse como una dolorosa necesidad impuesta por los nuevos tiempos y no significaba la pérdida de las amistades distinguidas. Pero todo lo que tuviera abiertamente que ver con el trabajo de tendero carecía de estimación social. Éste era el privilegio de los judío, y nadie deseaba disputarlo, en todo caso nadie que tuviera suficiente autoestima. Yo había sido educado para aparentar que no me sentía una persona especial y para tener, en secreto, una elevada opinión de mí mismo. En ningún momento se me hubiera ocurrido ponerme al nivel de los judíos. Y las mercancías que debía promocionar me colocaron justo en ese nivel. ¿Quién, si no un tendero judío, iba a vender jabón, pasta de dientes y champú? La conciencia de ser una especie de enlace comercial, e incluso de mandadero, al servicio de esos vendedores judíos era un navajazo a mi digno orgullo. (Págs. 105-106)

 

Pero sería falso decir que había pasado a una etapa de actividades vitales y definitivas. Al contrario, me dejaba arrastrar. El yeso en el cuello no era un impedimento serio. En el peor de los caos, me dificultaba anudarme los zapatos. No era esto lo que me impedía aprovechar el tiempo estudiando o haciendo alguna otra cosa inútil. Sin embargo, estaba convencido de que, después de un accidente que muy bien pudo costarme la vida, venía bien un poco de descanso. No tenía mayores apremios económicos; había ahorrado un poco de dinero para mis incumplidos planes abisinios y la vida en Bucarest era barata, sobre todo en la pensión Löwinger. No hacía nada y al mismo tiempo hacía mucho. Por ejemplo, acompañaba al señor Löwinger a los cafés, un poco por curiosidad y otro poco para matar el tiempo. Ahí era donde jugaba para mejorar sus ingresos. Los tipos y los episodios que vi en esos sitios me enseñaban más que los libros escolares. A veces también lo acompañaba a los pueblos cercanos, donde vendía sus plumas lacadas. Llevo en mí las imágenes de las calles polvorientas, bajo la luz naranja del atardecer, donde los bueyes regresan a sus establos como si nadaran en la brillante tolvanera; el aroma a resina de la madera recién cortada, las enormes pilas de leña frente al bosque oscuro; la cordillera de los Cárpatos que se alza al fondo, las cimas con un verdor de césped, como recortadas en papel de plata; un pastor con piel de oveja, las piernas cruzadas sobre un tronco caído, que corta ramas con su navaja, sin pensar en nada (...). (Págs. 173-174)


La actitud de los judíos resultaba comprensible: probablemente hubiéramos hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Incluso los que eran cultos, si no se mostraban abiertamente avergonzados, sí reflejaban una reserva involuntaria o, como en el caso de los Raubitschek respecto a mi abuela, una jovialidad traicionera y distraída, que no pasaba de ser algo vago, incidental. Tal parecía que las buenas maneras inculcadas en ambas familias perdían su sentido después de un saludo espontáneo. Pero ¿había alguien que quisiera dar pie a relaciones más complejas? No, debía de ser penoso sentirse judío. Por fortuna nosotros no lo éramos. Cuando ellos cambiaban sus nombres por otros que se parecían a los nuestros, no hacían sino revelar sus pretensiones, su repugnante sentido de los negocios, su lamentable deseo de trepar en la sociedad. (Pág. 222)

 

Poldi y yo conocimos a un actor famoso que no era judío y trató a Poldi con especial amabilidad. Poldi Singer se volvió hacia mí, fastidiado y dijo: 

-Mi madre siempre decía: "Más que de los antisemitas, júngele, cuídate de los goyim que aparentan querer a los judíos". 

Éstas se convirtieron en palabras clave para mí. Poldí tenía mucha razón. El rechazo a los judíos no dependía de una idea que pudiera ser sustituida por otra mejor; era una reacción innata y natural hacia la otra raza, que no impedía que se les pudiera tener cierta simpatía. 

Quería a Minka, y de no haber sido judía me hubiera enamorado perdidamente de ella y le hubiera propuesto matrimonio, a pesar de mis diecinueve años, y de que le habría parecido bastante cómico. Pero aun cuando amanecía en sus brazos, el tabú antijudío estaba presente en mis sentimientos. Curiosamente, esto hacía que todo fuera más excitante, liviano, libre, desdramatizado. No sentía ninguna obligación hacia Minka. Reconocía que me gustaba con la misma naturalidad con que ella había dicho que me quería tener a su lado. Así como Minka no podía tomarme en serio como amante, tampoco yo podía tomarla en serio como compañera de toda la vida (...). (Pág. 269)

 

Por otro lado, Rezzori, con La muerte de mi hermano Abel, ya nos había convencido de la brillantez de su prosa, que no hace más que confirmar en esta novela. Esa brillantez se traduce en metáforas y símiles arriesgados y potentes, que rara vez incumplen su cometido, en frases y párrafos que son como corrientes submarinas que aun invisibles nos conducen a profundidades morales perturbadoras. Capaz de ironía y de humor, de hacernos sentir vergüenza (propia y ajena), el pensamiento de Rezzori se vehicula en las escenas de esta novela de manera poderosa, siendo Arnulf, una suerte de narrador indigno de confianza, el vórtice donde convergen las contradicciones morales y políticas de aquella época, tan distante y tan sobrecogedoramente cercana a la vez. El protagonista, un antisemita que acaba siempre rodeado de judíos y que tras el Anschluss, se reúne con ellos en la clandestinidad para idear cómo salir de Viena.

Para terminar, la novela concluye con un epílogo en el que el autor ya maduro reflexiona sobre la función de la memoria y la importancia de la verdad y de la invención a la hora de narrar. Gregor von Rezzori: uno de esos escritores a los que el cliché de hombre de mundo no se ajusta tanto como el de hombre de mundos, de épocas abismalmente alejadas, aunque solo con escasos años entre sí.

viernes, 12 de febrero de 2021

Un batiburrillo griego

Es posible que se sorprendan si, leyendo a Esquilo, en concreto su trilogía trágica Orestiada, encuentran a una antecesora de Lady Macbeth, en el personaje de Clitemestra, la esposa de Agamenón, el vencedor de Troya. Lo saco a colación, porque a veces tengo la sensación de que mi formación literaria ha ido en contra de la flecha del tiempo. Aquellos clásicos griegos y romanos, fuente o base de gran parte de nuestra cultura, han sido relegados a la oscuridad salvo en ocasionales glosas y citas dispersas. Así, no pensé, cuando en su momento leí Macbeth, que Lady Macbeth era un eco de Clitemnestra. Independientemente de si Shakesperare había leído a Esquilo o no, mi conocimiento alcanzaba solo al primero. Ver para creer, pensarán con razón, mientras se rasgan las vestiduras.

No hace tanto tiempo, una persona no era culta si no sabía latín. Antes, si no sabía griego clásico. En el ámbito académico anglosajón, una persona que no sabe griego (no el moderno) recibe el apelativo de "greekless", creo que con ánimo despectivo o condescendiente. Hoy en día, no existen criterios que gocen de respaldo social generalizado para determinar quién es culto. Lo que hay -y siempre ha habido- son criterios de clase. Aunque, a decir verdad, en nuestra época a casi nadie le importa, salvo a esa especie humana denominada gestor/a cultural, experta, en realidad, en relaciones humanas y captación de patrocinios y, por supuesto, a aquellos que abominan de "la masa". Masa de la que ellos/as no forman parte, por supuesto: excrecencia monádica, en todo caso. Quizá sea mejor así, porque es fácil abominar de los supuestos incultos si uno/a ha tenido todas las posibilidades para leer, estudiar y llevar una vida con tiempo libre y ellos/as, no.

Volviendo al asunto griego, les confieso que, quizá por el hastío que representa la producción literaria patria y local en su mayor parte, y también por motivos de investigación intelectuales, he dirigido la mirada a los griegos. Si, como ya comenté hace algún tiempo, Sófocles y su Edipo, Rey (quien, en realidad, no era rey, sino tirano) fueron, vía Foucault y su estudio de la parresía, el objeto de mi lectura, después fueron Eurípides y su Ion, y ahora, como señalé más arriba, Esquilo: la Orestíada, Los persas y Prometeo encadenado. Lo mismo puede decirse de Platón, de quien uno puede disfrutar tanto por su contenido filosófico como literario. Quién me iba a decir a mí, no hace tanto tiempo, que lo leería con placer. En general, tengo la sensación de que voy dando tumbos en la vida, sí, pero en ocasiones uno de esos tumbos me acerca a algo valioso de lo que ya no puedo prescindir en adelante. 

Si uno quiere saber algo de la Grecia clásica, de su democracia, no puede sino conocer también su mentalidad, su visión del mundo, cambiante, por acotar el periodo más conocido, desde Salón hasta la derrota ante las armas macedonias, y que se plasma de manera nítida en la tragedia y en la comedia. Además, por supuesto, en los diálogos de Platón, en los escritos políticos y éticos de Aristóteles y en otros textos como La Constitución de los Atenienses, de paternidad dudosa (se le suele denominar a su autor el Viejo Oligarca) o de Tucídides y Jenofonte, entre otros. Bien es cierto que todos estos autores exhibían en sus escritos su visión profundamente antidemocrática de cómo debía organizarse una polis. Así pues, uno puede comenzar con política y acabar leyendo tragedia, o viceversa. Esa división bastante nítida para nosotros entre política y literatura resultaba inexistente para los atenienses, y los griegos, en general, pues ni siquiera nuestra concepción del arte sería inteligible para ellos. En fin, nada que no se sepa.

           
                                                           
           

Es interesante saber, además, respecto del teatro en Atenas, que en sus festivales dramáticos se erigía en vencedora no aquella obra por la que hubiese votado un comité compuesto por Juan-Manuel García Ramos, Juan Cruz y un/a tercero/a cualquiera, sino por la misma ciudadanía que había asistido a las representaciones. Era, por tanto, un premio del máximo prestigio, ausente experto alguno, en el que el componente democrático era esencial, en consonancia con el espíritu de casi todas las instituciones de la polis. Recordemos también que los jurados de los juicios y la composición del Consejo que preparaba los asuntos para ser debatidos en la Asamblea estaban, asimismo, formado por ciudadanos seleccionados por sorteo (que voluntariamente se habían postulado para ello), por lo que cualquiera podía formar parte de la administración, aunque fuera por un periodo breve. Solo los estrategos, los generales, y más tarde el tesorero de la ciudad resultaban elegidos por votación. Para los asuntos que no requerían saber técnico-especializado, el sorteo; para los que sí, la elección. Se consideraba, pues, que el sorteo era más democrático y la elección, más aristocrática.



En fin, lo que les quiero transmitir es que se puede apreciar la obra de aquellos griegos sin ser especialista ni académico, y que por mucho que sepamos de terceros que estamos influidos por ellos, etc., no hay nada mejor que ir directamente a su legado, sin más intermediarios que una buena traducción o, en su caso, un/a buen/a comentarista, que hay muchos/as y buenos/as. Por ejemplo, en la actualidad estoy enfrascado en la lectura de Democracy. A life, de Paul Cartledge o Ethos y Pólis: Una historia de la filosofía práctica en la Grecia clásica, de Salvador Mas Torres.


    

En este sentido, una relectura de El Banquete, de Platón bajo el confortable manto de Giovanni Reale en su obra Eros, el demonio mediador vale mucho la pena, por mencionar otro. O aquel libro de Cornelius Castoriadis que, en su momento cité en algún artículo: Sobre El Político de Platón.



                                                                                                                     

En fin, comprendo que se pueda percibir este artículo como un tanto ingenuo, en tanto en cuanto muchos/as de ustedes estarán de sobra familiarizados con su objeto. No obstante, mi propósito ha consistido desde un principio en hacerles partícipes de lo que supone para mí un descubrimiento de esta naturaleza en un estadio ya avanzado de la vida, lo que me ha hecho cuestionar -una vez más- mi educación y mis preferencias a lo largo de aquella. 

Añadamos, ya hablando de forma general, la formación literaria de nuestros/as escritores/as. Si Thoreau, Emerson, Hawthorne, Melville, Dickinson y otros/as grandes de la literatura estadounidense del siglo XIX escribían sobre la base de un conocimiento profundo de las Escrituras, me pregunto si a estas alturas de siglo XXI se puede escribir sin saber nada no solo de la Biblia ni de las autores grecorromanos, sino si se puede abordar un proyecto literario sin un mínimo de erudición que consista en algo más que en series de TV, alguna lectura en diagonal de Arturo Pérez Reverte y el recuerdo adolescente e inefable de H.P. Lovecraft. 

Por otro lado, ¿puede uno/a escribir, estando situado dentro del marco de una cultura, sin conocer la obra de las generaciones anteriores que contribuyeron a engrosar el acervo de esa misma cultura? ¿Necesita un escritor canario conocer a Cairasco de Figueroa, a Alonso Quesada, a Josefina de la Torre o a Víctor Ramírez? ¿Esas sombras de antaño pueden quedar atrás sin que nos alcancen? En definitiva, ¿hay lecturas indispensables del pasado para que la obra potencial de nuestro presente resuene, a su vez, en la posteridad?






sábado, 30 de enero de 2021

'El testigo ocular', de Ernst Weiss

Tengo la impresión de que las valoraciones y los comentarios de los lectores en Amazon ejercen una influencia mayor en la recepción de una novela que la mayoría de los blogs literarios, por mucho prestigio que posean (como este), y, sin duda, que los cuadernillos culturales de los periódicos de fin de semana. Se reúne allí, en el gran centro comercial digital, una ingente masa lectora que, en esta era de la democratización del gusto y de la cultura, no duda en atreverse a puntuar y comentar las obras literarias. Con gran desparpajo. No seré yo quien se ponga vargallosiano para clamar contra la supuesta vulgarización de la literatura y de la cultura, y de la crítica literaria, a estas alturas de modernidad, posmodernidad y postposmodernidad. Simplemente, me limito a compartir con Vds. la impresión de que Internet ha saltado por encima de los guardianes y de las vallas del campo cultural, que está ahora repleto no solo de artistas, editores/as y agentes literarios, sino de bibliófilos, de lectores aficionados/as, de advenedizos/as, surfistas rubiales, libreros de retales y de cualquiera que pase por ahí. 

No obstante, esa impresión de realizar un acto significativo, es decir, el votar y puntuar como si uno ejecutara un supremo acto de relevancia cósmica se acomoda, claro está, a los intereses de la empresa que alberga aquellos. No olvidemos nunca que en un referéndum, por ejemplo, el poder de plantear la pregunta es quizá lo más relevante. Es por ello que siempre desconfío de las maniobras de carácter político, social o cultural de una empresa, cuyo interés primordial es la obtención de beneficios y, en el caso de Amazon, encaramarse siempre que se pueda a una posición monopolística o monopsonista. Si los libros digitales son baratos, o más baratos que antes no implica otra cosa que a Amazon no le cuesta apenas venderlos y que el pago a los/as autores/as es mínimo, por supuesto. Así, de paso eliminas a la competencia. Es decir, a las librerías.

Por otro lado, el gusto mayoritario no indica otra cosa que el gusto mayoritario, sin atender de forma necesaria otros parámetros como su supuesta calidad, innovación, vanguardismo, experimentación, etc. El gusto mayoritario, casi por definición, es conformista y conservador. Le gusta lo que ya ha probado, ansía aquello por lo que ya ha sentido satisfacción. De ahí, las continuaciones, trilogías, pentateucos, sagas, spin-offs, etc. en todas las modalidades artísticas narrativas: literatura, cine y televisión. Por un lado, el deseo de crear algo original y valioso, tal vez crítico. Por otro, la supervivencia. A veces, se establecen buenas relaciones de compromiso. La mayor parte de las veces, no lo parece.

Como señalan algunos estudiosos, eso siempre ha sido así, pero antes de Internet, existía mayor margen para la innovación y la exploración en géneros y estilos minoritarios. Internet y las fusiones y absorciones de las editoriales han acotado el campo de manera notable y ostensible. Hoy en día, si uno hace un muestreo por charlas de Twitter, Facebook, de blogueros, instagramers y youtubers, encuentra vampirismo, novelas de amor, guerras de galaxias, detectives chusqueros, más novelas de amor, monstruos lovecraftianos y zombis, muchos zombis. Por no hablar de esos productos novelísticos asignados al famosito/a de turno, que, de repente, nos sale escritor/a. Aun así, todavía encontramos editoriales pequeñas que editan literatura algo diferente, lo que es de agradecer. A nivel local, las editoriales no pueden sino apostar porque tampoco hay mucho donde elegir. En realidad, publican todo los que les pongan por delante, animados por un complaciente periodismo cultural que sigue anclado en esa concepción del arte y la literatura como algo sagrado de lo que se erige en sacerdote, cuando no en profeta. Ambos roles, claro está, resultan anacrónicos.




Los que no hemos sido participantes de ninguna guerra no podemos comprender del todo, pese a las innumerables películas sobre la II Guerra Mundial o de los relatos de nuestros abuelos de la Guerra Civil, qué pudo significar para un demócrata significado que las tropas de Franco entraran en su pueblo o ciudad, o que para un judío la Wehrmacht y las Schutzstaffel entraran en el suyo. O qué impresión suscitaban las detenciones en la Argentina de la Junta Militar, o en el Chile de Pinochet. O enterarte de que tus vecinos hutus buscaban a tutsis como tú para matarlos a machetazos. Y mil ejemplos más a cual más pavoroso.

Recordamos a Walter Benjamin, o a Antonio Machado o a García Lorca y tantos otros. Intento reproducir mentalmente esa sensación de espanto e indefensión que significó para tantos judíos ya avisados del horror hitleriano la entrada de las tropas alemanas en París, por ejemplo. La brutalidad planificada, la matanza sistemática, la institucionalización del horror bajo una ideología u otra, bajo un régimen u otro hasta convertir a hombres y mujeres en mera pulpa, en carne violentada y en huesos quebrados. La humillación, el aplastamiento, el aniquilamiento final.

En El testigo ocular, de Ernst Weiss (traducción de Alfonsina Janés), lo que comienza por una rememoración autobiográfica del protagonista, un médico y psiquiatra alemán (lo que lleva, si uno ha leído su obra, a recordar a Chéjov y a Bulgákov, escritores-médicos, por citar los primeros que me han venido a la memoria), en la que se recrea durante buena parte de la novela, da paso en su último cuarto a narrar sus vicisitudes tras la caída del régimen de Weimar y el ascenso al poder ejecutivo del partido nacionalsocialista y de Hitler. Este había sido paciente en las postrimerías de la I Guerra Mundial del protagonista, quien le cura una ceguera causada por un trauma.

Es una narración firme, por momentos y escenas, poderosa. No obstante su estructura parece un tanto descompensada la novela en cuanto al volumen que se dedica a la infancia y adolescencia del protagonista en comparación con las consecuencias históricas de su cura a aquel cabo, siempre llamado A.H. En cierto modo, puede entenderse como una novela de formación, al menos en su primera mitad. También hay que señalar que junto con personajes descritos con notable perspicacia, como "el Káiser de los locos", su padre o su madre, otros resultan más desdibujados como su mujer,  Helmut, hijo del Káiser o Heidi, la última mujer de su padre. 


Lo que veía y aprendía me encantaba. Me encantaba de otra forma muy distinta, pero igualmente profunda, si se me permite hablar así, que el acongojante embeleso al soñar con Katinka desnuda; era el día comparado con la noche. Me hacía bien. Ahora el remar y el nadar me atraían mucho menos que al principio; no podía apartarme de mi trabajo. En una ocasión, charlando con Kaiser, comparé la disposición de las células, que estaban relacionadas de forma misteriosa, rítmica, planificada (si bien nadie era capaz de desvelar el enigma, nadie comprendía el ritmo y nadie había descubierto todavía el plan, aunque fuera sólo en una profundidad de un milímetro y en una amplitud de un milímetro cuadrado), con la de la Vía Láctea, que podía ver por la noche desde mi cama cuando abajo, en la terraza junto al lago, la música y las risas no me dejaban dormir. Mi maestro estaba muy en contra de tales comparaciones. Atenerse estrictamente a lo que es, ignorar todo lo que no es, éste era su lema. Las células nerviosas eran una cosa y la Vía Láctea era otra cosa distinta. Él era un especialista en lo uno y un ignorante en lo otro. (Pág. 94)

Uno no desciende hasta la masa sin haberse quitado de encima los escrúpulos y la conciencia que ennoblecen al individuo. Nosotros queríamos actuar con los antiguos métodos en una época nueva en la que los siervos se habían convertido en amos y en que la fuerza lo era todo. Era fuerte quien conseguía más votos. Con la verdad era difícil ganárselos. Sin algo de mentira es imposible hacer política, pero nosotros intentábamos salir adelante ocultando un mínimo de verdad. En el bando nacionalista no había mentiras suficientemente grandes. Sí, la magnitud de la mentira, las inimaginables exageraciones y embustes tenían que asegurar el éxito, y lo aseguraban. Sus fanáticas mentiras tenían éxito. Nuestras verdades a medias, no. (Pág. 178)

En cuanto se produjo la toma de poder, se soltó una increíble y cenagosa corriente de denuncias. Los padres denunciaban a sus hijos, los hijos a sus padres, y las mujeres a sus maridos, con la esperanza de obtener ventajas del nuevo régimen o simplemente por deseo de vengarse, por odio, por la bajeza de su carácter. Ahora la bajeza estaba a la orden del día, y quien no se había querido inclinar ante las zapatillas de seda blanca del Papa de Roma o ante el pomo de la espada de un mariscal en el viejo cuartel general del Imperio alemán, ahora besaba con arrobo las suelas de aquel hombre a quien muchos aún recordaban como vagabundo en las calles de Viena. Pero precisamente el hecho de que hubiera sido tan poca cosa, de que hubiera salido del fondo cenagoso, efervescente y silencioso de la masa, era lo que hacía que le tuvieran tal aprecio, y le adoraban. Ya no era, como se había gloriado al principio, el san Juan Bautista de un futuro Jesús, que anunciaba a son de tambor a un héroe que iba a venir, ahora era mesías y guerrero. Ellos se inclinaban voluptuosamente ante él, a quien el milagro había sacado de la nada para convertirlo en soberano. Yo conocía el milagro en sus fuentes, pues era quien le había infundido la fe en sí mismo como si fuera un milagro divino. (Pág. 192)

La pasión que enardece al protagonista, sin duda un trasunto de Weiss, a la hora de relatar la caída del régimen y la hipnosis colectiva de buena parte de la población puede que sea un obstáculo para que dicho relato cuaje del todo, como si algo esencial se le escapara para dilucidarlo de forma óptima. Quizás su insistencia en la masa y en la subalma, explicaciones que oscilan entre lo psicológico y lo metafísico, nos birla una explicación más sutil, aunque es propio de la época -trágica y convulsa- en la que se escribió la obra (recordemos a Ortega y Gasset, sin ir más lejos). Por otro lado, la exposición de las miserias pequeñoburguesas, de su profunda mezquindad y grosero materialismo sí que resultan convincentes. Además, gracias a esa misma pasión y a su interés por escudriñar las veleidades psicológicas de aquella Alemania derrumbada, nos hacemos una idea cabal de ese periodo, preludio de una guerra y de un genocidio pavorosos.

No deja de resultar inquietante establecer, por forzados que sean, los paralelismos entre el desarrollo y la impunidad de la mentira política del surgimiento de los fascismos y el auge de la extrema derecha en el siglo XXI. El período Trump y la reemergencia en España de la ultraderecha nacionalista y catolicista nos demuestran que se puede seguir ganando los corazones de las personas a base de combinar la tecnología, el resentimiento y el embuste sin parar en mientes.

En fin, es posible escribir en una misma frase que una novela impresionante no es redonda. Es el caso de El testigo ocular.





martes, 19 de enero de 2021

'Kraft', de Jonas Lüscher

No es infrecuente que un libro, escrito de forma correcta y con una tesis de fondo con la que incluso podemos simpatizar, nos aburra. Quizá las expectativas se tornaron demasiado altas cuando, como es habitual, a uno le hayan contado que ha sido premiado y requetepremiado, y lo mejor que se haya dicho de él es eso mismo.

Tal es el caso de Kraft, de Jonas Lüscher, caracterizada según la editorial (Vegueta Ediciones) como "universitaria, sátira erudita y dura crítica contra el capitalismo". La verdad, no se me ocurre nada peor para anunciar una novela. Lo de la literatura, y el mundo del Arte, en general, y la "crítica contra el capitalismo" es para partirse de la risa o, al menos, para la mueca sardónica. Resulta aporético que una crítica contra el capitalismo desde instituciones capitalistas, de tal modo que la misma crítica es absorbida y, por tanto, anestesiada por el sistema que la cobija y la ventila. Así, en general, el arte subvencionado por las instituciones públicas. Así, en concreto, el arte patrocinado o esponsorizado por instituciones privadas con ánimo de lucro. Las dos censuran, las dos crean clientela, las dos son cónyuges de conveniencia con el mundillo del arte. Ya es hora de ir buscando una tercera vía que, solo apunto, podría ser paralela a la de la gestión de los medios de comunicación: no solo privado, pero no solo estatal, sino público, entendiendo por esto la gestión y participación ciudadana motivada no por ánimo de lucro ni por los intereses del partido de turno. 

A mayor abundamiento, y aunque nos desviemos un poco del asunto, cada vez que anuncian una exposición de arte en el CAAM o, ya puestos, en el Reina Sofía o en el Thyssen anunciada como "crítica" contra "la sociedad de consumo", contra "la mercantilización de la cultura" o cualquier frase de esas, es para maravillarse o ante el cinismo o ante la ignorancia, en especial cuando se considera, a estas alturas y con la que ha caído, que el museo sigue siendo el lugar donde una obra, corriente o expresión adquiere el rango de artística.




Pues Kraft es, más que anticapitalista, explícitamente antineoliberal, aunque de un modo tan obvio que le resta contundencia: la crítica no se ejemplifica a través de las consecuencias en los personajes de determinadas políticas o ambiente social, sino a través del discurso de un narrador omnisciente. No digo que a veces tenga su gracia la ironía o la crítica, pero en muchas otras no solo resulta un tanto panfletaria, sino panfletariamente aburrida. 


Estaba convencido de que aquél era su deber, y las palabras de Reagan le habían insuflado la valentía de un león. Se sentía dispuesto a salirle al paso a una horda de comunistas desatadas, a pecho descubierto, sin más armas que su historia y su superioridad intelectual. En aquel entonces, las redes sociales y el Internet móvil no se habían inventado, nadie se podía imaginar algo semejante, y tal vez fuese una suerte, porque, de esa manera, los dos amigos no supieron de los dramáticos acontecimientos que se iban a producir en la Nollendorfplatz. De haber sido así, Kraft no habría podido detener a István, que habría acudido allí, sin más armas que su historia y su superioridad intelectual, exponiéndose a una lluvia de adoquines de la que habría salido, a lo sumo, eso es cierto, con un ojo morado. En cambio, conocían por los periódicos el lugar en el que iba a desarrollarse la manifestación de mujeres, la única que las autoridades, en su celo, no habían prohibido terminantemente. (Pág. 47)


Tal vez Kraft habría comprendido mejor la supuesta torpeza de sus interlocutores para entender aquel concepto si se hubiera dignado leer la obra del economista liberal de izquierdas, que apostaba por la demanda, J.K. Galbraith. Éste contaba que, en su juventud, la teoría de Trickle-Down era conocida como la teoría de la mierda de caballo: si uno mete suficiente avena en un caballo está claro que, antes o después, la parte posterior del animal dejará caer sobre el pavimento algo con lo que los gorriones se pueden alimentar. Pero Kraft no leía este tipo de libros. Por lo tanto, seguía cantando en un tono demasiado alto su himno al bienestar, un bienestar que caería sobre todos, desde el séptimo cielo del libre mercado, como una cálida lluvia tropical; razón por la cual, en la Freie Universität, empezó a ser conocido sarcásticamente como "el hacedor de lluvia". Por supuesto, aquel sobrenombre iba en contra de su deseo de agradar. Las cosas no son tan sencillas... Nada es fácil... Nunca lo ha sido y nunca lo será. (Págs.134-135)

 

El mal, por lo tanto, debe existir... y EXISTE... sin lugar a dudas. Ahora hay que explicar por qué el mal no es, ni mucho menos, tan malo. Tal vez debería pasar directamente a la great chain of being... La idea de la cadena es buena, trae a la mente algo mecánico, eslabón a eslabón se crea una estructura sólida y clara. Paso a paso. Si uno dispone de una cadena, puede remontarse, eslabón a eslabón, hasta su origen, donde se produce un punto de inflexión, la brecha del conocimiento, y choca contra la roca madre que es la verdad última. (Pág. 201)


Las andanzas del personaje principal no revisten tanto interés al leerlas como entusiasmo manifiesta el autor al escribirlas. Aprecio regocijo, pero también verborrea, al relatarnos la evolución que va del estudiante universitario thatcherista al Kraft profesor universitario y sentimentalmente fracasado. Es difícil encontrar una frase estéticamente valiosa, y, aunque una traducción (a cargo de Roberto Bravo de la Varga), no se refleja en ella que el autor se preocupe tanto por el lenguaje como por el mensaje. A este respecto, es oportuna la comparación con Peter Stamm, también suizo germano parlante, que, con una prosa mucho más sobria (nos atenemos a las traducciones de José Aníbal Campos), alcanza una intensidad sentimental mucho más poderosa, y cuyas reverberaciones de índole cognitiva no son menores, a pesar de que la carga filosófica explícita de Kraft es mayor.

Es por ello por lo que insisto que suele ser más efectivo contar que explicar, dejar que, mediante la la narración, el lector o lectora llegue a sus propias conclusiones, y no que se la sirvan en una bandeja escolar, con cada ración de pensamiento en su hueco correspondiente. Hay más maneras de argumentar y de apoyar una tesis que mediante una novela. En esta, y no digo que Kraft no esté correctamente escrita, como señalé al principio, el contenido desequilibra la balanza respecto de la forma. Esto, que en otras circunstancias, podría no ser decisivo, aquí se ve radicalizado por la escasa originalidad de la tesis: el neoliberalismo es malo, sus apóstoles, errados o locos. Las grandes emporios tecnológicos con sede en Silicon Valley son aspirantes a dictadores en traje hippy. Muy bien, pero que aunque, a grandes rasgos y en alguno pequeño, uno pueda estar de acuerdo, la forma de comunicarlo no puede ser simplona, porque no lo son ninguna forma de capitalismo ni ningún otro sistema económico o político ni, ya que estamos, las consecuencias de los avances tecnológicos. La realidad consta de mil matices por lo que la sutileza y la prudencia nunca llegan demasiado temprano.