jueves, 25 de noviembre de 2021

'La hijuela', de Marcos Hormiga

Es una época bonita esta del último trimestre del año: el otoño, las hojas caídas de los árboles, las primeras lluvias, la melancolía juvenil, la crisis de la madurez... Pero, sobre todo, porque se fallan premios literarios de todo tipo por toda España (desde el de más relumbrón hasta el más modesto, en la capital del reino o en el pueblo más remoto). Ya saben que si se lo dan (o lo gana) a algún/a autor/a de Canarias (o residente) nos tenemos que echar colonia, poner el traje de domingo, hacer ruido con las cacerolas y soltar globos en la plaza más cercana, de puro gozo conciudadano cuando no de éxtasis patrio porque es de los/as nuestros/as; y, lo que más nos interesa, se presenta mucho libro, muchísimo. Se acerca el inevitable fin del año y las fechas de regalar. Y cuando no se sabe qué regalar, se regalan libros. Es el sector del libro el más afortunado por ser el más ninguneado. Es decir, nadie piensa en comprar un libro como primera opción (salvo nosotros, minoría selecta y exquisita, claro está) pero todo el mundo recurre a esta opción en momentos de desesperación, ya sea el 23 de diciembre o el 4 de enero, ya antes de cualquier cumpleaños. 

También me he asombrado (infinita capacidad la mía, por lo que se ve, de sentir asombro) de cuánta velada poética se ha organizado estos últimos meses. Ya sé que revelo mi ignorancia, tal vez mi zafiedad, con lo que escribo a continuación, pero casi no imagino lugar menos propicio para pasar un rato ameno o interesante que largarme un recital de poesía, así, por las buenas. Salvo que fuera uno de Bukowski, claro, o de Leopoldo María Panero. Será que carezco de paciencia o que estoy totalmente subyugado por la sociedad del espectáculo. Dudo que, por lo mismo, se convierta en afición de las masas. Pero, quizá por el prestigio de eso que se llama cultura, montar un sarao a cuenta de poemas y poetas salga barato y su organización no resulte muy complicada. Además de que, por lo común, estas veladas no implican crítica social o política de un cariz tal que le ponga los pelos de punta al concejal de turno. Me pregunto: ¿Existe algún/a no-poeta que vaya a una velada poética? ¿Sin que sea a la fuerza?

En cuanto a las presentaciones, conocen mi postura: prefiero besarme a mí mismo que ver besarse a dos desconocidos encantados de haberse conocido mientras levitan hablando de literatura ("o argo así"). Ya conté mi experiencia hace unos años con un aspirante a escritor que, después del ritual de paso y las genuflexiones oportunas, se sintió, por fin, imbuido de aquella condición de artista (y dejó de dirigirme la palabra, por cierto). Además, qué pinta el crítico ahí. A mí, si me invitan a algo, que sea a una paella.

Y ahora, la novela, que tiene su historia. O sea, historia al cuadrado.




La hijuela tiene una historia previa. La historia de cómo llegó aquí. Es justo que lo explique porque Vds., público lector, requieren, al menos en este caso, de contexto. 

Su autor, Marcos Hormiga confirma una excepción: sé quién es. Ya saben que me precio de no conocer en persona a casi nadie del mundillo literario. Marcos Hormiga es una de ésas. No es que seamos amigos del dominó o de la baraja, o que vayamos a pedalear juntos por parajes idílicos, no. Les explico: a Marcos lo conocí hace casi dos décadas en unos cursos de doctorado. Años más tarde, me di cuenta de que éramos vecinos del barrio, y alguna vez nos hemos encontrado por la calle, con gran batir de palmas y alzamiento de cejas. Gracias a él descubrí el siguiente dicho: "Detrás de cada mato, salta un conejo" porque en una de estas yo descubrí que él era poeta y él, que yo me dedicaba a la crítica literaria maledicente. En otra ocasión, me confesó que estaba escribiendo una novela. Hasta aquí nada que les debiera importar. 

Sin embargo, hace dos meses me escribió invitándome a una presentación (crujir de huesos, rechinar de dientes) de esa novela y pidiéndome que la sometiera "sin papas en la boca" a mi crítica. También, supongo que sin ánimo manipulador, se ofreció a entregarme un ejemplar. Le respondí, como ya imaginarán, que mejor me compraba yo la novela. Cito literalmente mi respuesta: "Así, si finalmente decido escribir una crítica, me sentiré más libre para expresarme porque al fin y al cabo me habré gastado mi dinero". Y aquí estamos. Vayamos a ella.

El argumento de La hijuela consiste en la historia de un asesinato real, la de un caciquillo de Fuerteventura en 1941. Pero, sobre todo, la del padecimiento y desventuras de los sospechosos, los varones de una familia vecina, sometidos primero a las torturas de la Guardia Civil y posteriormente sometidos a la disciplina militar (uno de ellos era soldado). Es evidente que el trato infligido se debía a la condición social de los sospechosos, miembros de una paupérrima familia de campesinos. Es por ello que en absoluto me parece una novela negra, aun con el elemento criminal, al que, además, solo se le presta la atención imprescindible. Más bien, la tomo como una novela social, por la presentación y ejercicio de las condiciones materiales de vida de las clases dominantes frente a la de las humildes y dominadas. 

Comencemos por lo negativo: la novela comienza mal: un personaje, que luego sabremos que es don Antonio, hace mil cosas a cual más nimia y poco relevante: "Se desperezó, lavó la cara en el palanganero y se afeitó cuidadosamente", "Estuvo cruzado de brazos largo rato hasta que bajó a desayunar", "Acabó con la aguachirri y subió de nuevo a su habitación de la segunda planta, vertió lo que quedaba del aguamanil en la palangana, se enjuagó las manos, estilizó el bigote, y antes de las ocho, tomó la calle". Después, que si cruzó el puente, que si bajó hasta una plazoleta, que si caminó, que si llegó, etc., una minuciosidad injustificada que parecería que nos notificaba la presencia de un escritor bisoño. Además, el término maúro aparecía recogido sin tilde: "mauro". Un maúro ya saben lo que es, un mauro es, según la RAE,  "natural de la antigua región de Mauritania". Un par de páginas después, tanto adverbio seguido acabado en -mente me molestaba. Mal empezamos, me dije.

Asimismo, nos topamos con una conjunción adversativa "sino" cuando debería haberse escrito una conjunción condicional y el adverbio de negación "si no" (pág. 17); y, más importante, se percibe un cambio estilístico en el habla vulgar del personaje José Montelongo con respecto a sus pensamientos, mucho más elaborados, monólogo interior que surge dos veces (págs 21-22 y 141-143), un tanto por sorpresa y sin mucha justificación, y un capítulo en primera persona (XVI). Añadamos que en un mismo párrafo (pág. 31) se cambia el tiempo verbal de presente a pasado, quizá por despiste, sin que aparentemente medie algún objetivo estilístico. Por último, cómo no, un par de erratas (detectadas en las páginas 171 y 173).

No obstante lo anterior, que habría sido subsanado con facilidad con un revisor cualificado o con un editor o editora algo preocupado/a por la novela que iba a publicar y distribuir, La hijuela va ganando cuajo. Como si el autor, una vez superados los titubeos iniciales, se hubiera concentrado en narrar, y no en catalogar. Así, me encontré leyéndola con interés, a lo que ayudaba un lenguaje en el que Hormiga inserta con comodidad y naturalidad la variante dialectal canaria de Fuerteventura, así como los distintos idiolectos en los que los hablantes se expresan, dados por su condición social, tanto mediante un narrador en tercera persona como los propios personajes en primera. También se intercalan autos judiciales y noticias de la prensa. 

Hay que advertir, si no congratularnos, de que el narrador, cuando se emplea la tercera persona, posee un estilo singular: hay un orden en las palabras, ciertas repeticiones, que podría atribuir al desempeño poético previo de Hormiga. En el caso de esta novela, al menos, me parece acertado. Hay un empeño por eso que se llama voluntad de estilo que, en demasiados casos, está ausente de la narrativa canaria; y que, en otros, cuando se intenta, se convierte en mera (e irritante) afectación. 

Así, la muerte de Antonio provoca una turbulencia en el ecosistema de la isla. Las consecuencias que acarrean para la familia Montelongo son cada vez de peor cariz, y del uso de la violencia para interrogarles pasamos a la tortura para arrancarles una confesión, inducida la Guardia Civil por la falta de pruebas para encontrar al asesino. Como siempre, el pobre es el apaleado. En este sentido, el autor revela, antes de su óbito, el pensamiento del asesinado: su forma de ver el mundo, su sentido de la justicia y de la jerarquía. Las clases sociales se ven representadas de una manera sencilla, pero no exenta de matices y sin soterrar el conflicto latente entre ellas. Unas relaciones sociales que bajo el manto de un paternalismo caritativo se escondía la más descarnada explotación y abuso de hombres y de mujeres.


A mediodía cumplido, entró para barrer, hacer la cama y recoger unos pantalones reburujados de cualquier forma y, como siempre, desempolvar el escritorio dejando los papeles en el mismo sitio. Llevó la ropa sucia a la pileta para dejarla de remojo, regresó al patio, tomó a la niña del brazo y se fue a la cocina. El amo había comido. Ella lo haría con la niña, las dos solas porque Aniceto había tenido no sé qué rayo de contrariedad con la majalula. Rezó queda hasta lo imperceptible, acompañada por balbuceos de María. Luego comieron las tres porque la porfía de la niña hizo que la muñeca también participara. 
Con trabajitos desde que hubo memoria y con algún quehacer para más después que se prolongó hasta siempre, trajinó por la casa grande igual que anduvo por la vida: recogiendo, haciendo de comer, fregando loza, ropa y suelos, cosiendo vidas a su alrededor, calando, aguja y carrete de hilo en mano, doblegada sobre un paño blanco a la espera de adornos y, más que nada, despejando tiempos que se fueron con forma de torbellino, pasado cada vez más lejano y, sin embargo, vivo como sus ojos negros cuando mira a la cara, leve forma de transitar silencios. (Págs. 49-50)

 

-Las mujeres y el menor, fuera. Ustedes dos se quedan aquí. 

La casa se arruga porque sus paredes se sienten pudorosas. Un cuerpo de dos habitáculos, un horno en el patio abierto y los contrafuertes de otra habitación más, quedan rectos blanquizales al desnudo. El hogar, hecho con peonadas familiares, vacila igual que si estuviera falto de cimientos, pisan su abrigo pasos ajenos. 

-No voy a repetir las cosas -espeta el guardia civil José Caraballos con una autoridad a prueba de dudas conmigo ni de coña-. Así que cooperen. 

-¿Estamos? 

Se repiten las mismas preguntas porción de veces con igual respuesta remachada. Esteban aguanta los pescozones y las galletas a mano abierta con igual humillación que el hijo José a quien, por ser nuevo, se le tiene menos consideración. Ahora recibe unos puñetes seguidos, después patadas y jaquimasos que le quedan dentro. Desgarran la camisa ya ensangrentada, aunque el hombre, por el cerote a la autoridad, mantiene intacta su resignación. (Pág. 60)

 

(...) Que yo sepa, mal no he hecho jamás y nunca. Hombre, a lo mejor se me fue la mano con alguna cuenta, pero nada que otros no hayan hecho. Nada del otro mundo. Si por eso fuera, no quedaba la mitad de la gente de teneres. Que hay una deuda, pues se cumple, se cumple como un hombre. Se paga y a otro asunto. ¿Que no se paga? Pues se cobra. ¿Cómo? Con la tierra se paga, se paga con la casa, con los animales y con el trabajo también. También las mujeres. En última instancia, las mujeres. A lo mejor alguno se soliviantó por no cumplir. Yo cumplo, cumplo señor, pero también exijo. Si no tienes con qué por lo menos tienes cómo. Alguno quedó adeudando, pero pagó. Lo pagó con hambre. El hambre es un remedio como otro cualquiera. Otros aceptaron. Caramba que si aceptaron. Terminaron pagando. ¿Que no tienes cómo? Yo te digo: que venga tu mujer a buscar un puño de grano. No, tú no, tu mujer. Esta noche, que venga. Ah carajo, que no quieres. Veremos cuando aprieten las clavijas. Y digo yo: ¿Qué se puede hacer si no cumplen con uno? Hay que cumplir, carajo. Siempre hay modos de pagar y de cobrar. Siempre se puede llegar a un acuerdo. Que un medianero no es trigo limpio, pues lo natural: se cambia por otro. Brazos sobran, lo que falta es formalidad, hombres de palabra lo que se dice palabra de rey, quedan los contados con los dedos de una mano. (...) (Págs 170-171)


También es cierto que Hormiga no puede resistir la tentación de alguna escena que yo adjetivaría de innecesaria, por no decir falsa. Dado que la atención se centra en la injusticia que recae sobre los cuerpos de los Montelongo, intentar aunque sea de manera breve, casi con desgana, la posibilidad de reconocer al asesino, y de confundirnos, se me antoja un paso en falso. En concreto, el capítulo XIX. Es posible, digo para curarme en salud, que no haya entendido yo bien su encaje en la novela y que haya pasado por alto algún detalle significativo. Asimismo, la rememoración que se hace al final de La hijuela de cada paso dado por el asesino en la noche fatídica, aunque bien contada, también me resulta innecesaria en la estructura de la obra. No hace falta explicarlo todo. Quizá su empeño por contarnos partes de la historia desde diferentes perspectivas lo empujara a ello.

EN DEFINITIVA, La hijuela me parece una novela, que, con sus defectos, es más que digna. Su autor, independientemente de lo mucho o poco que haya investigado, documentado, etc. sobre este asesinato, parece haberse tomado el trabajo en serio y, con esa sobriedad que previene de escribir tonterías, evitado presumir de lecturas y exhibir filosofía de baratillo. Pasa a engrosar, sin duda, la reducida lista de autores/as canarios cuya obra narrativa habré de tener en cuenta a partir de ahora.




 






jueves, 18 de noviembre de 2021

'Garajado', de Ernesto Rodríguez Abad

El pasado 14 de noviembre, estaba yo perdiendo el tiempo un rato en Twitter cuando apareció ante mis ojos el siguiente tweet: 


🗣¡Comunicado oficial! Nos está llegando información de que algunos de nuestros colaboradores venden los libros que les regalamos para reseñar a través de sitios como Wallapop. Esos libros son gratuitos y está prohibida su venta. Abrimos hilo...



Y sigue hilo:

Ediciones Arcanas

Ni siquiera nosotros podemos venderlos, ya que son exclusivamente para promoción. Para nuestros colaboradores actuales y futuros, si una vez leído el libro no os gusta o no lo queréis conservar porque no tenéis espacio o por cualquier otra razón
lo podéis regalar a alguien para que lo aproveche o donar a bibliotecas públicas o de institutos, pero en ningún caso venderlo. Nos parece una falta de ética vender algo que se usa exclusivamente para promoción.


Todo esto suscita numerosas cuestiones. Por ejemplo: ¿Qué es un "colaborador" de una editorial? ¿Qué significa que "un colaborador" escriba reseñas sobre el libro regalado? ¿En eso se sustancia el verbo colaborar? Y también: ¿Qué nivel de cutredad hay que tener encima para que este "colaborador" decida vender los libros regalados para sacarse un dinerillo? ¿Cuándo hemos normalizado esta indecencia?

Además, fíjense que pronto pasamos de "escribir reseñas" a "promoción", con lo cual queda develada la verdadera intención de esta práctica dadivosa. Mi opinión es que, entre líneas, se puede leer: "Si te regalo un libro, colaborador, es para que, no haría falta decirlo, le dediques elogios y bienaventuranzas en tu espacio". Por lo que se ve, una práctica normalizada.

No olvidemos el nivel de desprestigio que soportan los medios de comunicación y, por sus propios merecimientos, los cuadernillos dedicados al arte y la literatura. Los periodistas culturales serios han sido los grandes damnificados, claro, sustituidos en su gran mayoría por "colaboradores/as" que habitualmente no cobran y, que, por tanto, buscan su recompensa en forma de presencia mediática o ese tipo de meritaje que consiste en estar siempre para que te llame quien sea. La esperanza que los/as anima es encontrar una suerte de olla llena de monedas de oro al final del arcoíris. A esto, añadámosle Internet y la eclosión de espacios (paginas web, blogs, redes sociales) que han medrado y que tanto han contribuido a la precarización de los espacios culturales tradicionales en los medios como se han beneficiado del desprestigio que estos mismos se habían procurado con sus prácticas cuando eran todopoderosos. 

Es por ello por lo que cuando algún/a autor/a me ha ofrecido gratis algún libro suyo, siempre me he negado, y si alguna editorial lo bastante despistada se le ocurriera hacerme una propuesta de colaboración, la mandaría a tomar viento, como poco. La libertad que da comprar un libro es que como comprador tengo todo el derecho a criticar su contenido, si tal es mi deseo. El dinero duele, sobre todo cuando se gasta en algo que uno considera que es de mala calidad. Es de lamentar que mi actitud, que considero la única lógica para un reseñador cuyo capital consiste en el conocimiento de la materia y en la honradez en el juicio, no sea la norma. Me asombra, aunque sea práctica corriente, que un reseñador publique en algún suplemento un análisis de una novela no publicada. Imagino que la editorial le habrá facilitado un ejemplar para esa reseña. Se deduce que si la editorial incurre en esta operación no es para que el reseñador de turno realice un análisis cuidadoso y argumentado que tenga como resultado una crítica negativa. Llámenme suspicaz.





Garajado, del escritor tinerfeño Ernesto Rodríguez Abad, tiene como argumento la huida de un joven sindicalista de la CNT tras lo que parece ser la caída de la República en Canarias, aunque no se mencione de modo explícito. Así, durante gran parte de la novela, el protagonista principal vive su huida como un proceso en el que se dan de modo sucesivo la revelación, el desafío y el desaliento ante un poder incansable en su búsqueda, simbolizada por la Guardia Civil y, posteriormente, el somatén.

La novela posee el interés, aunque sea tema ya tratado tanto en la novelística como en la filmografía de nuestro país, de recordarnos y de revelarnos (ahora que nos creemos instalados eternamente en un sistema que, aunque de manera imperfecta, protege los derechos individuales propios de una sociedad abierta y democrática) la posibilidad de que, más o menos de repente, nos encontremos en el lado equivocado de la Historia o, expresado de modo más primario, en el bando perdedor como resultado de una crisis o conflicto como ocurrió para muchas personas con el golpe de estado fascista de 1936 en España y, en particular, en Canarias.

No obstante sus posibilidades argumentales y dramáticas y con un uso del lenguaje que por lo general es suficiente para sus objetivos, la novela no logra elevarse más allá de ser un relato reconcentrado de esa huida y escondite del protagonista. Los personajes que aparecen solo ofrecen breves destellos de sus posibilidades. Están bien, en cuanto a que muestran su propia personalidad, pero el autor no les da carrete, no es capaz o no tiene el deseo de que se desarrollen. Tanto la hermana Rosaura como Chona, María la niña, Daniel Calmita o Maribel, el cura o ese personaje siniestro del somatén, todos ofrecen un atractivo indudable que el autor logra imprimir en unas pocas líneas. Estoy seguro de que un mayor desarrollo de estos y su imbricación argumental habrían contribuido a crear una novela no solo mucho más extensa y completa, sino también más fina en cuanto a la creación de un universo de caracteres de esa Canarias, de esa isla innombrada, bajo la incipiente dictadura.

También podríamos señalar que, no obstante su terrible situación, el protagonista, perseguido por el Estado y forzado así a una misantropía involuntaria, se encuentra arropado por la complicidad no sólo de la familia, sino también de buena parte de los vecinos, ofreciendo, por tanto, una visión sesgada (de forma favorable) de la sociedad de aquella época. ¿Cuántos de nosotros no seríamos cómplices de un nuevo estado de cosas? ¿Cuántos apoyaríamos con nuestro silencio y pasividad a un régimen autoritario o totalitario? ¿Cuántos, incluso, nos reconvertiríamos de ciudadanos demócratas a súbditos anhelosos de servir? ¿Cuántas traiciones, grandes y pequeñas, no se cometieron, no se cometerían? Cierto maniqueísmo desnivelado en la construcción de personajes nos hurta estas preguntas difíciles.

Asimismo, aunque el lenguaje empleado es un tanto reconcentrado, por no decir repetitivo, ya que los monólogos del personaje, o tal como nos los relata el narrador en tercera persona tienden a incidir en lo mismo ya sea en los sentimientos ya en el vocabulario. En cierto momento, se nos informa de que han pasado años, pero tengo la impresión de que el personaje solo ha cambiado en que está más amargado. Los hechos externos como su emparejamiento con una mujer con la que tiene una hija también nos informan del paso del tiempo, pero la sensación que tenemos es de una estampa repetida apenas con alguna variación. También, hay asomos de cursilería en algún momento y, en otros, escasos, menos mal, parece que hay un empeño en ser grandilocuente o intenso sin que la semántica acompañe. Los diálogos son hechos a base de frases cortas cuando no de una o dos palabras. Alguna frase desentona, pero por lo general, salvan bien las escenas. 


Nadó muy despacio para no levantar ondas ni hacer ruido. Trepó como un lagarto pegado a las rocas. Lento, para no atraer la mirada de aquellos que, a lo lejos, andaban entre los callaos grandes. Al fin llegó a la cueva. Entró y se vistió sin secarse. La ropa húmeda se pegaba a la piel. Sintió frío. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Oyó una risa alegre a lo lejos. Tenía hambre y las ganas de fumar lo ponían algo nervioso. Se le había acabado el tabaco. Se agachó y buscó algo de comer en la caja de cartón que estaba a sus pies. No comprendía su reacción, pero los nervios aguzaban el hambre. Mordió con fuerza y rabia unos tomates algo verdes, que era lo único que le quedaba. El rostro no expresaba nada. Sus ojos se agrandaron. Eran como faros que reaccionaban ante el peligro. Parecía un gato al acecho olfateando, crispado, presintiendo la amenaza. Se agazapó contra las rocas picudas de la pared de la cueva. Llegaron hasta él nuevas risas y palabras sueltas. Los buscadores de burgados se acercaban. Aguantó la respiración. Tragó el último trozo de tomate que masticaba. Le temblaban las manos. Musitó unas palabras casi imperceptibles. (Pág. 51)


¡Señora! 

No des voces. 

Que vengo cansada... 

No grites. 

Todo el día del coro al caño, del caño al coro, del coro al caño, del caño... 

Mira que te vas a equivocar... 

Del coro al caño, del caño al coro, del coro al coño. 

¡No te lo dije! 

No habrá oído algo que no supiera. 

¡Mujer! 

¡Vamos! Ayúdeme a cazar a estos salvajes. 

Voy. 

Luego tenía que ayudarla a atrapar a los pequeños como si fueran conejos y quitarles la ropa lo mismo que se despelleja a una pieza de caza. (Pág. 69) 


Ella le había regalado los únicos momentos dulces de aquel tiempo tortuoso que le había tocado vivir. Disfrutaban el momento como si no hubiese posibilidades de pensar en el mañana. Atrás quedaban sufrimientos, dudas, miedos. 

La expresión de la cara cambió a un rictus serio. Estaba en el presente, en medio de la desértica costa. No se podía hacer planes a largo plazo. Dejó los sueños apartados y se sumergió en el presente, en la realidad. 

Todo era diferente. Acababa de tener su primera hija. La vida había cambiado. Se complicaban las cosas. Ya no tenía que pensar solo en ellos dos. Eran tres. Mareaba la situación, igual que cuando navegaba sobre la barcaza de algún pescador inexperto. Una hija suya y de ella, una hija de la libertad. Una hija sin papeles. 

Se había enterado la tarde anterior. Encontró el rudimentario dibujo de un bebé en un papel, bajo una piedra, donde ella antes le dejaba mensajes de amor como una flor seca, una hoja o una pluma de pájaro. (Pág. 85)


Hay que decir que la novela es corta y no aburre. Quizá demasiado corta, según lo que expresé antes. El final es quizá demasiado abrupto, quizá no inconsecuente con el desarrollo de los acontecimientos (sobre todo, el amor de la mujer y el nacimiento de la hija), pero hecho en falta mayor granulación moral y sentimental para que después de habernos tenido huyendo y escondiéndonos con él, demasiado de repente a mi entender, toma una decisión que pone en duda todo el propósito que lo había venido animando hasta entonces.

Esta última decisión nos hace preguntarnos por el sentido no solo de aquella primera, sino (y quizá este preguntarnos sea lo mejor de la novela, pero pienso que cualquier novela con esta temática lo suscitaría) el valor de la rebeldía, pero también el que tienen las meras acciones individuales ante un poder mucho mayor y despiadado, y que por lo general suelen acabar en fracaso. Asimismo, el cómo es posible hacer frente a un poder casi omnímodo, si no es desde planteamientos colectivos. Y si esto es así, qué condiciones se requerirían. Y aún más, si nosotros, los habitantes de esta isla o de aquella, de esta Comunidad, de este país seríamos capaces de unirnos frente a la barbarie. Las conclusiones a que apunta la novela son desalentadoras.

EN DEFINITIVA,  a Garajado le falta ambición y trascendencia en cuanto a la posibilidad de ahondar en la brutalidad del poder, la rebelión individual y la mansedumbre colectiva. Tampoco destaca por su innovación lingüística ni por su planteamiento, aunque este conformismo literario es una constante de la creación literaria local, tal y como hemos venido viendo en el blog. Además, los personajes secundarios, aunque aporten algo de contexto, quedan desgajados de la acción principal de manera arbitraria. Una novela que podría haber sido interesante, pero que resulta, al fin y al cabo, insuficiente.



P.D. Otra reseña, esta sí, exquisita, de Juan Cruz, aquí.















jueves, 11 de noviembre de 2021

'El último viaje del Valbanera', de Carlos González Sosa

Escribiéndoles con un enfoque egoísta, absolutamente centrado en mis intereses, filias y fobias como reseñador, abogo por la implantación de la renta básica YA, sin más dilación. Para cualquier actividad en la que se empeñe el ser humano, deben darse sus condiciones de posibilidad. En el caso de la literatura, actividad no productiva por excelencia, se requiere que el/la escritor/a tenga solventadas sus necesidades básicas para que pueda dedicarse a escribir. En eso, al menos, estaremos de acuerdo. Para ello, es común que simultanee su oficio de escritor/a (o artista en cualquier ámbito) con otro que le permita mantenerse a sí mismo/a y, en ocasiones, a otros/as. A veces, este trabajo está relacionado, aun de forma tangencial, con la escritura/arte: columnista de opinión, periodista (cultural o no), reseñador, traductor, editor, etc. En otras ocasiones, no tiene nada que ver: hay numerosos ejemplos de personas que intentan compatibilizar su actividad literaria con la condición de funcionarios/as en distintas escalas y administraciones, médicos/as, ingenieros/as, etc., profesiones liberales, por no hablar de currantes en empleos de todo tipo, a cuál más embrutecedor (me viene a la cabeza ahora mismo Joseph Pontus y su Desde la línea). Nada que no se sepa, y que forma parte del camino de formación y maduración (y sufrimiento) vitales y literarios de numerosos/as autores/as.

No obstante lo cual, abogo porque se les dé una renta básica a los escritores y escritoras (igual que para todo el mundo, pero esto es una cuestión política y económica que ya han tratado otros/as, como Daniel Raventós, quien ha escrito varias obras al respecto) porque pocas cosas hay más empalagosas a la vista que un/a artista agradeciendo a las instituciones públicas su subvención, beca, sinecura, intercambio, o invitación a una charla, jornada, festival o iniciativa cultural que sea (o no cultural, mientras aflojen las perras...). A veces, el grado de inclinación de la cerviz llega a tal punto que la genuflexión se convierte, de manera casi imperceptible, en decúbito prono.

Por un lado, lo entiendo: parece que el/la escritor/a tiene ante sí un camino en el que no es ni mucho menos suficiente el talento. O el talento y el trabajo duro. El mercado potencial canario (que diferencio del peninsular o del barcelonés-madrileño) o, para expresarlo en términos menos economicistas, el público lector potencial local, es muy reducido. Es imposible  que un escritor pueda ganarse la vida vendiendo libros solo en el Archipiélago. En el mercado español, por simple cuestión numérica, sí, pero solo para los superventas de perfil menos intelectual o artístico que de entretenimiento. También, aquellos pocos por los que las grandes editoriales con sus contactos mediáticos (y su presupuesto en publicidad) apuestan hasta el hartazgo por tierra, mar y aire. No obstante, incluso las estrellas más radiantes del firmamento literario español (pónganle el nombre que les apetezca) necesitan, por lo general, complementar los ingresos provenientes de la venta de sus libros con otras actividades, como las columnas de crítica de costumbres en suplementos y revistas de variado jaez, por no hablar de la necesidad permanente de estar en el espacio público, aun careciendo de un equipaje intelectual digno de interés.

Es por ello por lo que la aportación de las instituciones públicas se revela, para los/as escritores/as de riqueza media, baja o inexistente, fundamental tanto para seguir en la brega literaria como para no convertir su vida en mera supervivencia. Esto lleva aparejada, con gran probabilidad estadística, la posibilidad de convertirse en un/a artista presto a escuchar las sugerencias de funcionarios y políticos de dichas instituciones. También, el surgimiento de preguntas terribles como: "¿Esto molestará a alguien?". Donde hay dinero público se genera, casi de modo inevitable, clientelismo. Al igual que donde hay dinero privado (pienso en el arte) hay manipulación y censura descarnada. ¿Qué escritor o escritora va a criticar a la institución que convoca un concurso literario o que abre plazo de inscripción para unas becas, o que le propone participar en unas jornadas en la Casa Colón, pongamos por caso? Es más, podríamos incluso suponer que nuestro escritor/a imaginario/a ni siquiera sería capaz de pergeñar una crítica, si tal cosa se le ocurriera, sistémica. Es decir, ¿se plantearía con seriedad abordar una reflexión crítica/amarga/acerba/radical respecto de esa misma sociedad que políticamente se sostiene o se canaliza con esas instituciones que podrían de repente otorgarles protagonismo en el espacio público? 

Las instituciones de cualquier ámbito administrativo, sobre todo las que están coyunturalmente dirigidas por partidos que se denominan a sí mismos progresistas, permiten, aunque solo sea por imagen, cierto espacio para la crítica, pero está por ver que admitieran, no digo premiaran, una obra literaria que los pusiera radicalmente en cuestión, tanto en su fundamento y actuaciones como en sus resultados. Por eso pienso que el escritor o escritora reciben o asumen una dosis de mansedumbre cada vez que optan a un premio de las instituciones, qué decir si lo reciben. Pero también estoy seguro de que en la mayoría de los casos desearían no haber recibido ni la una ni el otro, pero que la necesidad obliga: la autonomía de acción y la independencia de pensamiento no sirven para alimentarse ni para cobijarse. Además, con frecuencia se tiene la desasosegante sensación de que la sociedad está más predispuesta a olvidar las actuaciones deshonrosas y mezquinas antes que a reconocer el valor de la libertad y del coraje.

Pero vayamos ya a lo nuestro:




El último viaje del Valbanera, del escritor grancanario Carlos González Sosa, parte de la premisa de que el público lector es conocedor de la tragedia marítima que se va a relatar. Premisa que, al menos en mi caso (llámenme ignorante) no se cumple. En todo caso, desde el principio, por si no estaba claro, el autor nos revela toda una serie de avisos ominosos sobre el futuro del barco, desde el error de rotulación hasta la caída de un ancla justo antes de zarpar en su última travesía. Para ir haciendo cuerpo.

Mediante el recurso de un narrador interpuesto, un limpiabotas (que cuenta la historia a Alberto, un canario que llegó a Cuba de niño), Carlos González Sosa (popular escritor por su serie de novelas juveniles sobre la conquista castellana de Canarias) nos relata el viaje del Valbanera desde Gran Canaria hasta su fatídico hundimiento. Tanto la narración-marco como la del limpiabotas subsumida en él están escritas en tercera persona. En el primer caso, como narrador limitado a las sensaciones y vivencias del protagonista, y, en el segundo, un narrador omnisciente. Esto implica un problema grave lógico, si no de verosimilitud, pues, si tal como sabremos casi al final, el limpiabotas no formaba parte del pasaje, ¿cómo es posible que su narración sea omnisciente? En otras palabras, ¿cómo puede contar lo que no podía saber? Habría sido posible contar una historia desde otro ángulo, a base de amalgamar diferentes relatos de aquellos pasajeros que se bajaron en Santiago e informaciones periodísticas, por ejemplo, pero no, desde luego, con el que se cuenta la historia, en la que incluso se nos relata las decisiones del capitán y sus últimos momentos.

Además, y aquí no revelaré nada que pueda perjudicar la sorpresa, uno de los momentos más emocionantes de la novela, en el que se produce una suerte de anagnórisis, resulta ser, también, lógicamente inconsistente, a poco que uno se pare a pensarlo. Estos errores no son nimios, pues denotan una deficiente reflexión sobre la forma de abordar la narración y, sin duda, si uno es consciente, rebajan la emotividad que pretendía transmitir el escritor y, en su caso, la consiguiente catarsis.

Por otro lado, echo de menos, quizá por mi sesgo a hacer una lectura sociológica de las novelas, una presencia mayor, tal vez una explicación, de las causas que motivaron la hambruna y la posterior emigración; el bloqueo alemán en la I Guerra Mundial, unido, tal vez, a la estructura de la propiedad y la distribución de la riqueza, y la desigualdad extrema. No basta con decir, al menos para mí, que la hambruna y la guerra de África, fueron los motivos por los que miles de canarios emigraron. Es una manera de concebirlos como fenómenos naturales contra los que no cabe rebelión ni resistencia, y si los hubiera habido, ocultar su represión y castigo. Está muy bien hablar de los migraciones de canarios y, en su caso, compararlas con las que se producen en la actualidad de África a Canarias y a Europa, pero mejor sería aún si se hablase y escribiese de las causas económicas subyacentes a dichas migraciones. El único síntoma lo veo en la escena en la que unos guardias civiles arrestan y golpean sin piedad a un pasajero justo antes de que parta el Valbanera.

Tampoco la novela ofrece desafíos lingüísticos: está construida a base de mucho diálogo y con abundancia de párrafos cortos, a veces saldados con un par de frases. El vocabulario tampoco ofrece grandes dificultades. Eso contribuye a que se lea con suma facilidad y, sin duda, no aburra. Es posible acabarla en un par de sesiones de lectura no demasiado extensas, a pesar de sus 190 páginas. 


Había descubierto una ciudad hermosa, de preciosos edificios históricos, rebosante de cultura, de actos sociales, de vida. Una ciudad que inspiraba a los más virtuosos músicos en cada rincón. 

Y, sin embargo, se sentía solo. Siempre se había sentido solo en Cuba, pese al calor de la gente, a lo bien que lo habían acogido. Por alguna razón, él no había sabido adaptarse como los demás. Echaba de menos aquel lugar del que provenía, aquel lugar del que ni siquiera tenía ya recuerdo. 

Entonces se acordó del limpiabotas. Su historia lo había cautivado. Era su gente, al fin y al cabo, la que poblaba aquel relato. 

Sin dudarlo, se puso en pie, cogió su sombrero y abandonó la habitación. 

Cuando salió del hostal, la tarde agonizaba. El cielo se vestía de púrpura, y el aire había refrescado. 

Con pasos prestos, recorrió El Malecón, casi sin prestar atención al hecho de que cada metro de aquella magnífica avenida le ofrecía algo diferente, algo único e irrepetible: músicos, pintores, caricaturistas, parejas de enamorados, bohemios, poetas... (Pág. 38) 


Aquella noche dejó de llover. El viento se llevó las nubes y las estrellas plagaron un cielo alto y callado. Una luna mora lucía en las alturas como la hoja de una inmensa guadaña. 

Alberto se compró un bocadillo y salió a pasear bajo aquellas estrellas. Recorrió calles estrechas cuyo adoquinado aún estaba mojado, paseó junto a algunos edificios emblemáticos de La Habana y finalmente terminó en El Malecón, una vez más. 

Había parejas aquí y allá, gente paseando y algún músico furtivo. 

Desde lejos pudo verlo. Aquel hombre seguía allí, de pie, mirando hacia el mar, como un alma en pena. A sus pies había dos gatos, dando vueltas a su alrededor, buscando sus caricias. Alguien se acercó, le cogió la mano, le puso un cartucho con algo de comida en ella, y se la cerró, para cuando regresase de su inconsciencia, de su enajenación. (Pág. 74)


En aquellos momentos, su esposa se dio cuenta de que un pasajero les miraba de reojo. Tenía dos hijos que no apartaban las cabezas de sendos baldes, en los que no habían dejado de vomitar. Le pareció indecoroso hablar directamente con él, por lo que hizo señas a Manuel. 

-Pobres niños. Se les ve muy débiles. Vamos, pregúntales si quieren. 

Su esposo se levantó y se acercó a ellos. 

-Muy buenas tardes -saludó-. ¿Les apetecería un poco de caldo? Le aseguro que mi mujer tiene mano de santa con estos bebedizos. Ninguno hemos mareado lo más mínimo en lo que va de viaje. 

El padre miró a sus dos hijos y se encogió de hombros, aceptando. Posiblemente, si hubiese estado solo, habría declinado la oferta, por pudor, pero en aquellos momentos primaba la salud de los pequeños, y hacía días que no dejaban de vomitar todo lo que comían. Lo necesitaban. 

-Se lo agradecería. Con un poco para mis hijos será suficiente. 

-¡Nada de eso! -contestó Manuel, con talante jovial-. ¡María, tenemos invitados! 

Los tres se acercaron con cierto recato. 

-Se lo agradezco, señora -dijo el hombre cuando le pasaron el primer tazón, que entregó a uno de sus hijos. 

-Bastante duro es pasar tantos días aquí abajo, como para estar encima en ese estado -protestó la mujer-. Vamos a ver si lo remediamos. 

-¿Viajan... solos? 

Al hombre no se le pasó por alto lo que encerraba aquella pregunta. 

-Sí. Mi mujer está ya en Cuba. Se fue con su hermano. Nos están esperando. (Págs 91-92) 


Asimismo, no se puede pasar por alto que los personajes son bastante planos. Todos, menos un secundario (el niño Héctor) son amorosos, honrados y sufridos, lo que, aun en el mejor de los casos, pasa por alto numerosas peculiaridades de la naturaleza humana, y más en las condiciones de hacinamiento de los pasajeros en clase Emigrante en el que transcurre la acción dentro del barco. A este respecto, tampoco hay choque de clases sociales dentro del buque. Podríamos pensar que González Sosa prefiere orillarlo por su posible similitud con otras narraciones (sin ir más lejos, le película Titanic) y haya decidido centrarse solo en los personajes de extracción social humilde. A este respecto, el autor los idealiza e hipostasia aquellas características que he señalado al principio del párrafo.

Es en este sentido en el que noto una carencia importante de esta novela, la falta de evolución o regresión, de progreso o de degeneración de los personajes: no hay indagación moral ni cuestionamiento, sino un buenismo general amparado por la perspectiva siempre optimista de un futuro radicado en el destino cubano. A este respecto me pregunto (motivado también por mi falta de conocimiento de la Cuba de aquella época) si este optimismo estuvo siempre justificado. Sí que nos encontramos con personajes pobres, como el mismo limpiabotas que cuenta la historia a Alberto, o una mendiga de la que éste se compadece, pero no hay cuestionamiento alguno al respecto. Es posible que el autor piense que la sola mención es suficiente, e innecesario ahondar más, pues conduciría, quizá, a una moralización extraña a la historia.

EN DEFINITIVA, una novela que quizá en la mente del autor aspiraba a ser un (o el) relato trágico y emocionante de la emigración canaria, ejemplificada o corporeizada en el trágico naufragio del Valbanera, pero que se queda en un relato algo simple de un suceso aislado. La falta de una explicación del contexto social y económico de Canarias y de Cuba y, sobre todo, el carácter unidimensional de los personajes hacen que se quede en un mero relato entretenido, pero poco sustancioso, destinado, aun sin que ese fuera su propósito, a un público sin grandes exigencias.