viernes, 20 de enero de 2023

'La gesta', de Juan Ignacio Royo

Tal vez no sepan que, en mi afán por evitar, en la ínfima medida de mis posibilidades, la hegemonía cultural de los medios de comunicación, suelo aceptar casi cualquier sugerencia libresca que me den. Créanlo: casi. También es cierto que la ejecución del acto, primero, de la compra, y, posteriormente, la de la lectura no son inmediatos. Permítanme, al menos, tres cosas: el olvido momentáneo, el trato espasmódico con mi agenda (imaginaria) y mis ganas, que son bastante caprichosas (de lo contrario, no serían ganas).

Digo esto porque la novela de hoy, La gesta, de Juan Ignacio Royo, me fue sugerida en una conversación de Facebook hace ya unos cuantos meses, y solo la he leído y sacado adelante la reseña en esta última semana. Para quienes nos dedicamos a esto de manera amateur, las obligaciones son siempre autoimpuestas, pero no dejan de ser obligaciones, aun sin la amenaza, por vaga que sea, de represalias.

Así pues, aunque procuro estar al día de la producción periodística cultural respecto de la literatura canaria (también nacional), algo que en nuestra Comunidad es sencillo por la escasez de las fuentes y, con frecuencia, por la falta de complejidad de los artículos (dedicados, en gran número, al elogio estúpido), soy muy receptivo a cuchicheos, rumores, anuncios y hallazgos de cualquiera que se me acerque o me escriba. 

Bueno, basta de autobombo.



La gesta es una novela-divertimento. Escribo esto sin pretender desmerecerla, por lo que me explico: uno se divierte leyéndola. Los personajes, un tanto estrafalarios y, si ocupan posiciones de poder, ridiculizados tanto por sus actos como por sus palabras, se mueven con desparpajo por el escenario de la Santa Cruz de Tenerife de 1797, justo antes (y luego, durante) del ataque de la armada británica con el almirante Nelson al frente. Además, aparte de la diversión que cada lector o lectora se procure, uno tiene la impresión de que el autor también se divirtió escribiéndola: a pesar de las batallas y las muertes, un aire festivo impregna toda la narración.

La novela está contada en tercera persona, con narrador omnisciente, con momentos de estilo indirecto libre. Varias líneas narrativas se desarrollan en la novela, entrecruzándose algunas de manera lógica y natural, sin grandes retorcimientos de la trama ni sorpresas de novela negra regulera. Así, tenemos un Calibán salido del Atlántico, bautizado Iñaki que se enredará con Lupe, una viuda pobre; tenemos al Padre Damián, cura que sermonea más acerca de la Ilustración que de Dios; Lope, el furriel del ejército español, preocupado por dar de comer a la mujer del general, o el marqués Chirino, el Don Juan local en plena senectud, pero no por ello menos animoso; o la pareja de chiquillos, Ramón el cojo, y Chito, el huérfano, con quienes comienza y acaba la obra (si no contamos el epílogo).

En general, salvo alguna repetición un tanto molesta (páginas 66 -"reputación"-, 88 -"su"- o 156 -"empeño"-) o una coma entre sujeto y verbo (página 176), la obra está más que correctamente escrita, a base de frases generalmente cortas, con un ritmo vivo. El autor parece sentirse a sus anchas narrando las aventuras y desventuras de los personajes y calibra bien la intensidad dramática y, sobre todo, cómica de diálogos y descripciones.


La cabeza del monstruo roza el techo. Anda en pelota, aunque una maraña confusa de sustancias húmedas rodea su cintura. Guedejas negras le cuelgan del cráneo y por la espalda se le han adherido un par de conchas marinas. Doña Clara amaga un desmayo teatral, pero se lo piensa mejor. Con un gritito de sorpresa le basta, por el momento. Hace mucho calor para desmayarse. El padre Damián saluda intentando transmitir serenidad: 

-No hay nada que temer de Iñaki. Es inocente y puro. 

El general, de estatura escasa, se siente apabullado por la presencia descomunal del visitante. 

-Tal vez sea mejor guardarlo en el establo -dice fastidiado. 

El cura replica: 

-Iñaki es el ser más humano que pueda conocerse. Al hombre civilizado le motiva el deseo de ser superior a los demás. Por eso utilizamos un antifaz ficticio, artificial, que jamás abandonamos en la vida diaria. Así pretendemos distinguirnos de quienes nos rodean. Las almas se vuelven invisibles, la amistad escasea, la confianza caduca y nadie se atreve a parecer quien, en realidad, es. El hombre salvaje, como Iñaki, no necesita de los demás, el océano le proporciona cuanto necesita. Sus relaciones, cuando las tiene, son armónicas, nunca conflictivas. (Pág. 36).


La bala roza la peluca del general. Impacta en la lámpara del techo, que se desploma sobre la mesa. Los comensales se tiran al suelo. El marqués aprovecha para gatear cerca de doña Clara, que llora asustada bajo una silla. 

-Hasta en los peores momentos se os ve hermosa, mi señora -le dice. 

Pero ella grita histérica: 

-¡Que me salven! 

Él insiste: 

-Son los franceses con su revolución. Pero no temáis, os protegeré. 

Doña Clara grita más fuerte. Chirino extiende el brazo y le acaricia las mejillas. Ella abre la boca y le muerde un dedo, ante lo que él retrocede dolorido: 

-¡Qué fiera! 

Es complicado seducir a una señora que suelta bocados. (Págs. 87-88)


Las barcazas inglesas que acompañaban al almirante en el desembarco son arrastradas por las corrientes hacia el sur. Encallan en una playa pedregosa. Los oficiales consiguen reagrupar a los marineros con silbatos. La artillería de la costa les dispara, pero la oscuridad dificulta la puntería.  

Un vecino sale de su casa a orinar en la playa. Los británicos lo abaten a balazos mientras avanzan a ciegas. Entran en la primera calle de arena que encuentran. Los recibe un tiroteo. Retroceden para dar un rodeo. En la oscuridad tropiezan con tropas españolas. Se acometen a la bayoneta. Los dos bandos huyen en direcciones opuestas. 

Con la esperanza de hacerse invisibles, los supervivientes se apostan por las esquinas. Nadie desea que salga el sol. Temen que la visibilidad los aboque al desastre. Varios marineros ingleses se pierden el laberinto (sic). Buscan refugio bajo un chamizo de cañas. Sorprenden dentro a dos de los desertores del ejército español, que entregan sus armas para salvar sus vidas. Tras una breve deliberación, los envían al castillo para exigir la rendición. De no obtenerla, amenazan con que el almirante Nelson pasará por las armas a toda la población, tanto civil como militar. (Págs. 165-166) 


La gesta es, pues, fácil de leer, en un primer nivel, con alusiones literarias más o menos identificables con facilidad, en un segundo, y cuyos personajes engranan bien con la acción en la que se ven inmersos y de la que son, también, corresponsables.

Una reflexión que me suscita, en esta novela como en otras, de parecido tono humorístico es que si bien el humor y la ridiculización, en especial, de las personas en los niveles más altos de la jerarquía social, los hacen a estos más humanos (en el sentido de que no son más que personas, como todas las demás, con su caudal de virtudes y, sobre todo, de miserias) y contribuyen a relativizar su importancia y la pretendida naturalidad del orden social, también se corre el riesgo de producir un efecto indirecto de igualitarismo que en absoluto se corresponde con la realidad, sobre todo por la opresión con que las clases sociales dominantes se afanaban (y se afanan) en mantener respecto de las subordinadas a ellas. Se puede ridiculizar, por ejemplo a un amo e igualarlo, en ese sentido, a un esclavo, mostrando que ambos son, en definitiva, iguales como seres humanos, siempre que no perdamos de vista que el amo decide sobre la vida de su esclavo, y no al contrario. 

Hay que decir, asimismo, como advertencia: no es La gesta una novela histórica, sino que toma un suceso histórico bien conocido como motivo de agitación social y de desquiciamiento de las relaciones entre los personajes, sin dejar de señalar un fondo de pobreza y hambre permanentes. Creo que es un error juzgar la obra de otro modo, considerando que lo principal es la recreación, más o menos fantaseada del ataque británico. Estoy casi convencido de que esa no fue nunca la intención de Juan Ignacio Royo.

En definitiva, una obra que, sin aportar nada novedoso, resulta simpática, no carece de cierta profundidad aun con ese tono humorístico predominante y más que correctamente escrita.


P.D. Otra reseña, esta de Eduardo García Rojas, aquí.


PROGRAM DEL POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA





lunes, 9 de enero de 2023

'Nunca preguntes su nombre a un pájaro', de Andrés Ibáñez

Andrés Ibáñez, para mí, no ha sido más que un nombre. Más bien, un nombre y un apellido que firmaron unas cuantas críticas magníficas (eso me pareció en su momento) en el suplemento cultural del ABC. Es imposible que sea así, pero fantaseo con frecuencia con la posibilidad de que de los artistas y literatos solo supiéramos eso: un nombre y un apellido (tal vez, dos). Digo que es imposible porque en nuestra sociedad del espectáculo, extremadamente competitiva, esa posibilidad no se toma en consideración, y si surge es por motivos espurios, relacionados también con la promoción de una carrera, de una obra (como el caso de los tres escritores que se ocultaban bajo el nombre de Carmen Mola). Resulta imprescindible acompañar el mensaje, el texto, la obra, con una cara, con una foto y su entrevista, empeñados como sociedad en ver en todo/a artista una luminaria, un faro iluminador de certezas, o, como mínimo, una confirmación de nuestros puntos de vista y de nuestras supersticiones. A veces, un artista puede convertirse en un intelectual, cierto, pero no es una relación necesaria.

 Me sobra, siempre, la fanfarria del espectáculo. Hoy en día, además, con Internet, se exacerba esta promiscuidad, esa cercanía cuyo carácter forzado resulta demasiado evidente. En el mundo de la literatura, hasta los mismos críticos se se dejan encarnar en fotos, en entrevistas, en declaraciones altisonantes sobre su propia obra, profieren elogios de sí mismos que habrían causado vergüenza ajena en otras épocas, no mejores, pero sí más pudorosas. No se resignan a la simple sombra, quieren ser el espantapájaros en la tierra sembrada, el cenador en el jardín, la veleta en el campanario. 

Un nombre y un apellido, tal vez dos, es todo lo que necesitamos, en realidad, para una novela, un libro de poemas, un cuadro, una escultura o una instalación.  Tal vez, ni siquiera. "¡No quiero conocerte!", exclamo, para salir del estupor.

Pareciera que en este mundo de apariencias, de hechos que devienen fantasmagoría, de realidades evanescentes, de trampantojos mediáticos, necesitamos aferrarnos a la imagen, si no a la carnalidad, a la presencia física para dar consistencia al arte y a la política. Seguimos buscando al líder de masas en el representante político, al gran hombre (o mujer), al mesías, al pastor de los corderos, igual que nos esforzamos por encontrar en el artista al sacerdote, al brujo, al hechicero, al mago, curiosamente en una sociedad en la que el arte se piensa, sobre todo, como mero consumo, devenido mercancía, y la mayor parte del tiempo solo mercancía; y la política como espectáculo galvanizador de emociones, y solo emociones. Arte y política como punto de fuga de una sociedad de clases medias que, de no preguntarse por sí misma, por su razón de existir, añora un pasado en el que no existía creyendo que así encontrará un lugar en el futuro. 

Al final, toda esta galería de vanidades, toda esta excrecencia que es el mundillo del arte se derrumbará y sus fragmentos no serán sino cáscaras huecas que generaciones posteriores pisotearán ajenas a los chasquidos de su inanidad.

En mi caso, prefiero ir al encuentro de las creaciones artísticas como si me dispusiera a experimentar un rito de paso, incluso con escarificaciones, si es menester. No me resigno a ser solo espectador, fila y columna de la butaca, simple acumulador de datos culturales para la posterior exhibición de la distinción. Qué aburrimiento, qué desesperanza.

Todo esto viene a cuento, sin venir a cuento, de la novela de hoy, Nunca preguntes su nombre a un pájaro, de Andrés Ibáñez.




Es esta una novela sorprendente: al principio, podemos pensar que es la historia de un escritor -un tal Horst- atormentado que se ha aislado voluntariamente en una casa grande en un valle remoto en Delaware (Estados Unidos, costa este), luego, tal vez, sospechamos que sufra algún tipo de psicosis. Cuando estamos asentados en ese escenario, la novela se transforma en una historia, un tanto desleída, de terror y misterio, como alguna de Stephen King (al que menciona, por cierto, y cuyas tremendas descripciones de los paisajes de Nueva Inglaterra recuerdan a las de Andrés Ibáñez en esta novela) o de John Connolly. 

Al final de todos estos avatares, la novela puede leerse simbólicamente, como una alegoría: la elección entre la vida o la muerte, entre la dignidad y el éxito, entre el amor y el egoísmo. Una elección mefistofélica que no termina de cuajar argumentalmente, por mucho que la lectura sea placentera la mayor parte del tiempo y se lea con interés. Es decir, para precisar, la novela, si nos enfocamos en el estilo, está muy bien escrita, con escenas a un grandísimo nivel. Subrayaría las descripciones del entorno rural y el barruntar interno del personaje principal cuyo recorrido angustiado es la base de esta novela, escrita en tercera persona, muy pegado al protagonista, en estilo indirecto libre. Pero le falta algo para terminar de ser convincente.

No están tan bien delineados los personajes secundarios -ni siquiera, en mi opinión, el personaje malvado-, y los diálogos no son lo mejor que haya leído. En alguna ocasión, rozan -sin alcanzarla- cierta banalidad que baja un punto el tono de la obra. Las diferentes esferas del mundo inventado de Nunca preguntes su nombre a un pájaro las siento distantes entre sí: Eva, la mujer de su hermano, Clive; Winslow Patrick, el escritor muerto en cuya casa vive alquilado Horst; el vecino pescador de anguilas, Willard; la suspicaz vendedora de libros y la leyenda local de la que emerge el Rey Amarillo, también llamado Matt Signorelli, y su amigo el indio, Kenny. Las partes confluyen, pero no consigue Ibáñez crear un conjunto armónico y de lógica necesaria. Los sucesos parecen ocurrir un tanto por que sí. En este sentido, repito, la novela se revela imperfecta.

Podría reprocharse, además, que el clímax argumental carece de la densidad narrativa que habría merecido. Le falta a la historia mayor contexto, mayor profundización genealógica de los personajes y del entorno para que hubiera sido más verosímil, tal vez más aterradora la encrucijada que se le presenta a Horst.


¡El viejo Winslow Patrick! Era asombroso cómo los autores de su generación, incluso aquellos que tenían una obra comparativamente breve y poco ambiciosa, habían logrado causar tanto revuelo. Ahora las cosas eran más complicadas, el mercado se había vuelto loco, la literatura se había llenado de géneros que lo devoraban todo y que creaban extrañas tribus de lectores mutuamente excluyentes. Escribir es matar, le había dicho Patrick mostrándole un faisán con un agujero de bala en el pecho. ¿Esto era algo que hubiera dicho Hemingway? Su amigo Ohle le recordó que Heimito von Doderer había dicho algo parecido alguna vez: que para ser escritor es necesario haber matado, aunque Heimito se refería a la Primera Guerra Mundial y no a disparar a los pájaros. Pero lo que había dicho Patrick era diferente: algo más crudo, quizá, aunque quizá se tratara de una simple metáfora. ¿Matar qué? ¿Matar a quién? (Pág. 17)

 

El Delaware traza una amplia curva entre masas de bosque, y no es tan ancho por allí como se hará unas millas más abajo, donde se abre en brazos e islas. Tampoco es un río muy profundo. Un río joven, espléndido en su urgencia plateada, sonoro como un palo de lluvia amazónico, del color metálico y argentéreo de las nubes. Horst descubre enseguida al viejo Willard casi en el centro del río con el agua por encima de la cintura. Lleva un traje impermeable y una capucha de marino, y se afana moviendo piedras, las oscuras lajas de pizarra del fondo del río, con las que lleva desde el verano construyendo una trampa para anguilas. Visto desde la altura a la que se encuentra Horst, el trabajo de Willard en medio de la soledad de la naturaleza tiene algo de épico, la grandeza intimidante de un monumento neolítico. El viejo marino de largas barbas blancas, tocado con su largo capuchón de lona calafateada, le recuerda a uno de esos sombríos personajes de Melville. Un patriarca en medio de la soledad. (Pág. 28)


-Tienes que tranquilizarte, muchacho -dice el viejo-. Te veo muy alterado. ¿Estás metido en algún lío, Horst? 

-No lo sé, la verdad -dice Horst. 

-No es bueno andar metido en lío -dice Willard rascándose la barba con gesto pensativo y abandonando, por el momento, su cesta-. Te lo dice un experto en el tema. 

-A veces los líos le buscan a uno -dice Horst. 

-Eso no es cierto -dice Willard-. Nunca es cierto. 

-¿Eso no es cierto? 

-Si tú crees que es cierto, entonces será cierto. Tú has estudiado en la universidad, no eres un batracio ignorante como yo. Pero en mi experiencia uno siempre se busca los lío en que se mete. Oh, sí, por Golly. Y con poderosa constancia y tesón, además. 

-Es simplemente un tipo que se presentó ayer en mi casa. Un tipo raro, nada más. 

-Entiendo -dice Willard frunciendo el ceño como haría un matemático al enfrentarse a un enigma insoluble. 

-No me gustó su aspecto, y me pregunté si acaso tú no le habrías puesto los ojos encima alguna vez. O si habrías oído su nombre. No sé si es de por aquí. 

-A lo mejor es el Rey Amarillo -dice Willard riendo. 

-¿Cómo dices? 

-El Rey Amarillo. 

-¿Qué es eso del Rey Amarillo? -pregunta Horst sintiendo que el terror le invade de nuevo. 

-Vive en lo más profundo del bosque. Allí en algún lugar, hay un túnel profundo o mejor, no, mejor dicho, un pozo profundo, muy profundo, y en lo más hondo de este pozo hay una cueva subterránea donde se encuentra la ciudad de Carcosa. El Rey Amarillo es el rey de esta ciudad subterránea, y de vez en cuando asciende por el pozo y asoma su cabeza por nuestro mundo. Pero es fácil reconocerle, porque tiene una cornamenta amarilla. Tiene cuernos, como un ciervo. Cuernos amarillos. (Págs. 104-105)

 

 Los escritores no son grandes leones dorados de la llanura, le dice entonces a Winslow Patrick. Los escritores son los antílopes. Son el feo ñu que regurgita su bolo de hierbajos mientras se gira a todas partes, el extraño okapi fucsia y anaranjado que mordisquea amargas hojas de acacia y dobla su largo cuello con miedo a ser descubierto en la sombra donde se oculta. Son el conejo aterrado, la liebre que eriza sus orejas ridículas en medio de las altas hierbas salpicadas de corimbos y oscuras mariposas. ¿Qué es lo que une a Kafka, a Hawthorne, a Poe, a Proust, a Carver, más que el terror profundo y cerval al acto de estar vivo, a la necesidad de esta ceremonia continua de exposición y desafío que ninguno de nosotros ha elegido, a este despliegue de trofeos de caza en el que ninguno de nosotros firmó para participar? No valemos para el servicio, no somos aptos, pero a pesar de todo nos hacen soldados, nos envían al frente. (Pág. 112)

 

Es, como dije al principio, una novela sorprendente, aunque tal vez mejor sería aplicar el adjetivo desconcertante. Guarda esta obra el germen de una novela grande pero tengo la impresión de que la estructura que Ibáñez ha creado aquí no está a la altura de su estilo, con frases y párrafos magníficos. También tiene la capacidad de devolvernos el placer de leer una historia -lo que en muchas ocasiones echo en falta en otras narraciones de autores afamados- y de asomarnos a lo perturbador de la naturaleza como entorno y del laberinto espeluznante de la psique -alma- humana, y de la interacción entre ambas. Una interacción fatídica, desde luego, que me recuerda tanto a Joseph Conrad como al ya mentado Stephen King. 

Para finalizar, Nunca preguntes su nombre a un pájaro, pesar de sus imperfecciones, es singular y muestra a un gran escritor: merece ser leída. Hay muchas novelas inferiores a esta que han gozado de mucha más fanfarria mediática, pero esa es la historia de siempre. Como dice Horst: "La vida de un escritor es una sucesión de humillaciones".


 





martes, 20 de diciembre de 2022

Las malditas listas del Polillas-2022

Quién nos iba a decir que cuando creé Polillas al anochecer allá por el prepandémico 2016 llegaríamos Vds. y yo a pasar juntos la Navidad de 2022. He leído por ahí que la vida media de la mayoría de los blogs oscila entre uno y tres años. Ya llevamos seis y pico, por lo queaunque solo sea a meros efectos estadísticos, el blog da la nota.

Es bastante posible que a muchos/as el blog le haya supuesto una especie de shock cultural y, en algunos casos, una reevaluación ética de sus actividades: hasta entonces, con las excepciones que quieran señalarme, la crítica literaria suponía una extrañeza en el mundillo, calificada de malintencionada, como resultado (nada más) de una maniobra difamatoria, orquestada por algún villano en la oscuridad y motivada por alguna mezquina cuenta pendiente. Me he esforzado por demostrar que es posible una crítica literario-artístico-cultural independiente y honrada. En todo caso, son Vds., lectoras y lectores, quienes en última instancia (no los/as editores/as, no los escritores/as, no los clubs de fans) juzgarán este blog.

Pues bien, ya que hemos llegado hasta aquí, supongo que estarán esperando, como es tradición, las listas de lo peor y de lo mejor que he reseñado en el Polillas. Listas subjetivísimas que solo quieren reflejar mis gustos, por mucho que haya intentado explicar las razones en las reseñas correspondientes:


LO PEOR

1º) Berlinale, de Elio Quiroga (ed. Baile del Sol)

Este año no ha habido mucho malo donde escoger. No todo va a ser espinas y tránsitos apesadumbrados por valles de lágrimas. Una de las excepciones a este buena vibra fue Berlinale, cuyo autor, Elio Quiroga, intentó crear un thriller cultureta y cosmopolita, con muchas ínfulas, y le salió una caricatura de lo que debe ser escribir una novela. Ni trepidante ni fascinante ni interesante ni descacharrante ni nada que se le parezca. Una tontería insoportable que nunca debió haber sido escrita ni mucho menos publicada.

2º) Sin comienzo ni finalde Alberto Omar Walls (ed. Mercurio)

Solo por su pretenciosidad sin fundamento, merecería ser condenada, pero lo peor es que consigue además aburrirnos hasta el paroxismo. Tanto esta novela como la anterior hacen imposible llevar una vida lograda mientras se leen. La cólera junto al tedio se mezclan de tal modo que uno comienza a albergar ideas inquietantes respecto de estos autores y de la Humanidad, en general. Sin comienzo ni final tiene una idea, sin duda, o, al menos media, pero se disuelve al poco de comenzar. Además, el autor se atribuyó un magnífico sentido del humor e intentó compartirlo con los/las lectores.

3º) Cuadernos del subtrópico norte, de Marcos Dosantos (ed. El Drago)

Fue saludado Marcos Dosantos casi como un prodigio por el celebérrimo Juan Cruz, como un autor que "pisa fuerte" por Eduardo García Rojas, amén de que Elsa López considerara que el libro era "literatura en vena". Sin embargo, esta colección de relatos, en el mejor de los casos, solo merece la indiferencia y, en el peor, el olvido. La sobreestimación de unos cuentos nada interesantes no le hace un favor a nadie, y menos al escritor. Así pues, es necesaria una gran dosis de resignación, no por Dosantos sino por sus mentores, a quienes la opinión pública deberá seguir sufriendo quién sabe por cuánto tiempo. No sé que será de Marcos Dosantos en su faceta de escritor, pero como persona, para compensar, le deseo que cumpla sus sueños, etc.




LO MEJOR

Aquí les destaco tres novelas, en este año pródigo, para que no se pierda la simetría. Bueno, y un áccesit. Cabe alguna más, pero así son las listas.

1º) Maestros antiguos, de Thomas Bernhard (ed. Alianza; traducción de Miguel Sáenz)

Quienes ya hayan leído a Bernhard, sabrán por qué. Para quienes no, subrayaría ese estilo tortuoso a base de frases largas y repetición de términos y expresiones que logran (ese es el mérito) un efecto único, entre lo obsesivo y lo hipnótico que conforman una manera singular de escribir. Además, qué subidón da la mala leche de Bernhard cuando carga contra medio mundo, que es casi todo el rato.

2º) Mira que eresde Luis Rodríguez (ed. Candaya)

Una de esas obras que desafían el concepto de novela y salen airosas del trance. Metaliteratura, juegos del lenguaje, referencias y citas literarias PERO ejecutado todo de manera excelente. Es decir, ni el menor de asomo de pretenciosidad ni de confusión y sí mucho dominio de la técnica y del lenguaje. Una obra en la que uno se introduce como en un laberinto y del cual sale gozoso como un escolar tras resolver su primera regla de tres.

3º) Supersaurio, de Meryem El Mehdati (ed. Blackie Books)

Toda una revelación en la que caí por casualidad, como casi todo que ha devenido importante en mi vida. Con sus defectos, esta novela trae al mundillo literario y a la esfera pública a una escritora inteligente y convincente, lo que me parece una buena noticia. Diálogos veraces, una historia de sufrido testimonio laboral y un estilo desenfadado que no cae en la vulgaridad y que, en ocasiones, llega a conmover. Somos unos cuantos los que, casi en secreto, aguardamos la obra que nos va a deparar esta mujer.

Bueno, y un diploma olímpico:  Cazadores de beatniksde Dani Ortiz (ed. Escalera)

Otro descubrimiento para mí, de lo que me congratulo. Una novela de carretera, exuberante a más no poder, tan nutrida de referencias que por momentos apabulla. Además, un torrente verbal, salvaje como los rápidos de un río de película del Oeste, que no había visto por estos pagos. Tal vez le falte una estructura más ajustada a sus intenciones o un propósito más convincente al deambular frenético y obsesivo de sus personajes, pero sus virtudes la convierten en toda una singularidad literaria.







Comparto también algunos títulos de no ficción que no he mencionado en otros artículos y que creo que merecen su interés.

SUGERENCIAS DE NO FICCIÓN (TOTUM REVOLUTUM)

-El amanecer de todo, de David Graeber y David Wengrow (traducción de Joan Andreano Weyland, ed. Ariel)

-Cultura ingobernable, de Jazmín Beirak (ed. Ariel)

-Límites de la democracia, de Stephan Lessenich (traducción de Miguel Alberti, ed. Herder)

-Socialismo y democracia, de Michael Löwy y Ernesto M. Díaz Macías (ed. Catarata)

-En el nombre de Canarias, de Roberto Gil Hernández (ed. Pensamiento TEA)

-El género en disputa, de Judith Butler (traducción de María Antonia Muñoz, ed. Paidós)

-España, año cero, de Zira Box (ed. Alianza)

-El sueño de la nación indomable, de Ricardo García Cárcel. (ed. Ariel)

-El efecto clase media, de Emmanuel Rodríguez López (ed. Traficantes de sueños)

-El desorden político, de Ignacio Sánchez Cuenca (ed. La Catarata)

-Los olvidados, de Antonio Gómez Villar (ed. Bellaterra)




Reseñadores/as, periodistas culturales y una editorial (solo crítica negativa, aviso para almas bellas)

Casi nada nuevo hay que añadir al comentario que hice hace un año. Eso sí, sigo lamentando que Victoriano Santana Sanjurjo no ceje en su deplorable labor de elogiador oficioso de cualquiera que publique lo que sea, con especial querencia por quienes lo hacen en la imprenta, perdón, editorial Mercurio. Prolífico y prolijo, Santana Sanjurjo es como el nubarrón que se acerca, fatídico,  y que no falla en descargarse sobre nosotros, que no tenemos donde escondernos.

Respecto de la editorial Mercurio, ya no sabe uno si pensar que es positivo que dé oportunidad de publicar a tanta gente o justo lo contrario; si hace un favor a la cultura en Canarias o más bien contribuye a su descapitalización irreversible. En cualquier caso, lo de Mercurio tendría cura si se tratara a tiempo; lo de Santana Sanjurjo, no, me temo. El esfuerzo que le pone este hombre a sus artículos para resultados tan desdeñables debería ser estudiado en alguna universidad importante, pero probablemente no en su facultad de Filología. 

Felipe García Landín enjabona y cepilla de vez en cuando, pero no se prodiga como otros años, lo que le agradezco con sinceridad. Le animo a que extreme sus ausencias. 

 Eduardo García Rojas se ha decidido a escribir reseñas abiertamente negativas (de nada, Eduardo), lo que sin duda le hará bien a él, a su suplemento y tal vez a los/as autores/as criticados/as. Nunca es tarde para cambiar

De Nora Navarro, periodista cultural, aparte de su mala educación en las redes sociales, solo puedo comentar que no parece haber encontrado a ninguna escritora a la que apadrinar en 2022, por lo que imagino que considerará que su carrera cultural habrá sufrido un grave estancamiento. Desde esta página, la animo a que siga intentando llegar. No me pregunten adónde.

También ha habido reseñadores de una reseña, como Maximiano Trapero (de El teatro en medio del océano, de Francisco Juan Quevedo) o de Jorge Fonte (de Reparación del horizonte, de Víctor Álamo de la Rosa), por ejemplo. Ambas reseñas compitieron en la siempre gratificante tarea, a la que se aplicaron con entusiasmo, de dar vergüenza ajena. Mi opinión es que resultó vencedora, por medio cuerpo de empalago, la de Fonte.

En cuanto al público del blog, puedo compartir que la cifra media mensual de visualizaciones y visitas de Polillas al anochecer sube cada año un poco más, lo que no deja de sorprenderme, dado lo pesado que me pongo. Vds. sabrán. Es posible que muchas de las lecturas se expliquen por el perverso placer de algunos/as (me dicen que muchos de ellos son escritores) de ver cómo atizo a unos o a otras. Insisto en que las batallitas entre autores/as no me incumben: cada cual debe explicarse a sí mismo/a su propia mezquindad.

Felices fiestas. Nos vemos en 2023.


miércoles, 14 de diciembre de 2022

'Duérmete, cuerpo mordido', de Rafael-José Díaz

Uno de los problemas más importantes que debe afrontar un profesional del periodismo en el ámbito de la cultura es el de la identidad. Es decir, el/la periodista cultural debe decidir si quiere ser simplemente un/a buen/a periodista o si pretende también convertirse en algo más: tal vez, mecenas, o representante, o relaciones públicas, o descubridor/a de talentos, o, simplemente, fan, hincha o supporter. La tentación de envolverse con el halo de los artistas es para muchos/as irresistible, y así aspiran, a hurtadillas o con descaro, a que se les identifique a toda costa y en todo momento con la sagrada esfera del arte con mayúsculasPor no hablar de esa prosa azucarada hasta el empalago con la que pretenden hacerse pasar como un poco artistas también.

En Canarias, contamos con varios especímenes de este jaez, de los que ya he dado cuenta en el blog y en el programa de radio. Los nombres de estos perpetradores del halago desvergonzado y de la crítica devaluada ya resultan familiares para Vds. Espero que la recepción de sus artículos y reseñas devenga en el menoscabo de un prestigio al que tal vez aspiraron y, por lo que se ve, nunca merecieron.

Es posible que la responsabilidad no sea suya en exclusiva. La precariedad de la profesión del periodismo, en general, la debilidad financiera de los medios de comunicación y la concepción patrimonialista y utilitaria de los editores de su parcela de la esfera pública coadyuvan a que el papel de los periodistas sea semejante al del náufrago con su madero en busca de un horizonte salvífico. Ese madero es el mundillo cultural y el horizonte sea, en algún caso, la seguridad profesional y vital. Sin duda, el sistema no es benevolente ni paciente con los que aspiran a la crítica independiente en un medio de comunicación.

Eso nos hace comprenderlos, pero no justificarlos, por supuesto. Los/as periodistas, sobre todo los directores de los medios, cada vez que pueden nos mientan su código deontológico y sus deberes respecto de la sociedad, etc. Pero hay una corrupción blanda y legal en el mundillo periodístico (pases VIP a conciertos y espectáculos, viajes con los gastos pagados a eventos promocionales, asistencia remunerada a tertulias, etc.) que no deberíamos pasar por alto a la hora de comprender determinadas actuaciones y juicios. Para que me entiendan: es como si yo decidiera aceptar la oferta de pago de un autor o autora por escribir una reseña de su novela (ni siquiera haría falta especificar que dicha reseña fuera positiva) o aceptar libros gratis de las editoriales, o que me invitaran a formar parte de un jurado (del premio otorgado por una editorial, una fundación, una administración pública, qué más da), por ejemplo. No es descabellado imaginar la posibilidad de que la dependencia (aunque fuera por acumulación y, señalo, sin que nunca se produjera petición expresa de nada) material o simbólica de estas pequeñas recompensas acabaría por influir, aun de manera inconsciente, en la honradez de mis reseñas.

Por todo lo anterior, me muestro escéptico respecto de las posibilidades críticas de los/las periodistas culturales e, incluso, de los reseñadores en general en los medios de comunicación: demasiados intereses cruzados que tienen como nodo a aquellos y a su editora (es decir, la propietaria). Sólo hace falta leer cualquier libro al respecto de algún crítico relevante, como Constantino Bértolo, o la experiencia de Ignacio Echevarría en Babelia, para asombrarnos de las renuncias y miserias a las que debe hacer frente un crítico literario-empleado. 

Tal y como está el panorama, uno solo debería aceptar un puesto de crítico en un medio de comunicación como externo, con un contrato en el que se especificara la ausencia de censura previa y blindado, para evitar represalias súbitas. Como es natural, solo se puede permitir esas exigencias quien ya disponga de una fuente de ingresos independiente de ese medio de comunicación.




La obra de esta semana es Duérmete, cuerpo mordido, de Rafael-José Díaz, uno de mis cascarrabias favoritos de Tenerife, en el buen sentido. Por eso es por lo que reconozco que ya me habría gustado que me hubiese gustado este libro en el que recrea o recupera sus pensamientos y emociones suscitados por una ruptura amorosa. Eso que, durante un tiempo demasiado largo, se dio en llamar desamor, es decir, que a uno lo dejaran de querer y sufrir por consiguiente.

Pero no me ha gustado, y me explico: no digo que esté mal escrita, aunque hay alguna frase sentenciosa o simplemente banal. Es que no veo que se haya trabajado el conjunto de tal modo que no solo fuera una letanía de dolor, angustia y sufrimiento, sino que trascendiera artísticamente. No digo que no tenga frases de marcado carácter poético, sino que esta colección de breves frescos sentimentales (página, dos páginas a lo sumo) no cuaja, en mi opinión, en una obra coherente. Más allá de la repetición de la zozobra de Rafael-José Díaz o de su alter ego literario, poco encuentro que me anime a seguir leyendo esta reunión de fragmentos de dolor, añoranza, soledad, vacío y vuelta a empezar.

Es un poco embarazoso criticar de modo negativo una obra así porque incluso el reseñador más malhumorado empatiza con lo que, probablemente, haya sido una pesadumbre aguijoneadora e insoportable, de la que casi todos/as hemos sido víctimas alguna vez. Cualquier motivo de sufrimiento como una ruptura sentimental o una muerte o cualquier otro suceso lamentable que se pueda sufrir no se despacha con levedad por este que les escribe (por muy mal que puedan pensar de mí.) No obstante, en términos solo literarios, no puedo opinar sino que Duérmete, cuerpo mordido me resulta repetitiva y reincidente por su mórbida recreación del sufrimiento y su escasa transubstanciación literaria. En términos cristianos, es como si nos regodeáramos en el martilleo de los clavos en el cuerpo de Jesús en el Gólgota y hubiésemos olvidado su significado mayor, su encaje en la narrativa de la redención de la Humanidad.

Por tanto, las heridas del Rafael-José Díaz de Duérmete, cuerpo mordido no conllevan, es una lástima, su transmutación en una obra literaria grande, verbalmente exuberante o lingüísticamente audaz. Su viacrucis queda reducido a un deambular afligido que pronto nos cansa y que, es de lamentar, acaba por resultarnos indiferente.


Pero probablemente sigo engañándome. Te imagino ahora mismo en tu casa, después del gimnasio, preparando una cena equilibrada: una ensalada, higaditos de pollo, zumo de piña o plátano, fruta. Como las que me preparabas con frecuencia. Te veo después liando un canuto en la mesa de la cocina, con la televisión encendida: la navaja recorta un trozo de hachís y los dedos lo estiran hasta convertirlo en una culebrilla a la que luego recubrirá el tabaco, a su vez recubierto por papel de fumar con un filtro en la punta. (Pág. 55)

 

Quizás todo comenzó a apagarse sin que apenas me diera cuenta. Quizás cuando dejaste de llamarme todo estuviera ya apagado dentro de ti. Quizás lo último que deseas es que me comunique contigo. Así que ese mensaje será el primero y, si no contestas, el último. (Pág. 103).


Sin acordarme de que los lunes no trabajas (o no trabajabas), me he sentado hoy en una cafetería después de almorzar, con la certeza de que a esa hora, las cuatro y media, era absolutamente imposible verte pasar a través de los cristales. Me puse a leer un libro de fragmentos de prosa entre ensayística y narrativa con el que siento una extraña identificación: lo voy leyendo como si lo escribiera. En algún momento, he caído en la cuenta de que los lunes no trabajas y entonces todo ha cambiado. La cafetería hace esquina y una de las calles a las que da es la misma en la que viví durante la época en que estuvimos juntos. Este dato, unido al de tu día libre, hace que la poco probable posibilidad de verte pasar a través de los cristales me desconcentre y vuelque mi mirada, en intervalos más o menos regulares, hacia fuera. (Pág. 139)

 

Igual que en todos aquellos meses yo vivía entre dos casas, la mía y la tuya, la mía a la que regresaba después del trabajo y la tuya a la que iba casi siempre después de cenar, también ahora voy de la una a la otra, aunque ninguna de las dos es la misma que antes. Mi casa actual es un piso pequeño que en nada recuerda a mi antigua buhardilla. Tu casa, que probablemente sigue siendo la misma, se ha transformado para mí en un puro espacio mental al que acudo sin querer muchas veces. Ahora mismo, que estoy a punto de cenar, me imagino preparando mis cosas después de fregar los platos y de lavarme los dientes, el trayecto hasta el metro, el breve viaje de dos estaciones, el paseo de cinco minutos desde el metro hasta tu casa. O bien se produce algo parecido a un desdoblamiento: lo que ocurre aquí en mi casa está ocurriendo también en la tuya que habita en el interior de mi mente. Imagino lo que estás haciendo ahora mismo, mientras escribo, si te pondrás a cenar al mismo tiempo que yo, repaso tus movimientos entre las cuatro paredes que fueran una vez nuestras y los comparo con los míos entre estas otras cuatro paredes que no son de nadie. (Pág. 175)


Demasiadas palabras, demasiadas páginas, quizá, y una prosa que en demasiadas ocasiones no destaca por nada especial, además de recaer estos apuntes con alguna frecuencia en anécdotas banales. Un asunto el del amor en la ficción que, a pesar que la literatura de estos siglos me desmienta, parece agotado en sus múltiples ramificaciones, salvo, y aquí está el mérito de los escritores cuya obra soporta el paso del tiempo (también ayuda el conformismo de los críticos y filólogos, claro), que lo resucite un enfoque diferente, un estilo literario novedoso, un empleo sorprendente de los conceptos antiguos o la invención de algunos nuevos.

En definitiva, Duérmete, cuerpo mordido, es una obra que, en mi opinión, no resulta literariamente atractiva ni por el uso del lenguaje ni por el tratamiento del tema amoroso. La literatura sincera no es necesariamente buena.


P.D. Otras reseña, totalmente opuesta en su valoración a la mía, aquí. Una entrevista, aquí.




viernes, 2 de diciembre de 2022

'Reparación del horizonte', de Víctor Álamo de la Rosa

Uno tiene la impresión, y me perdonarán (qué remedio les queda) la próxima vanagloria, que se hace más por la cultura en un blog de crítica como este o en el programa de radio homónimo que toda la panoplia institucional de actos, presentaciones y jornadas. Digo "más" porque no quiero decir que esos actos institucionales no sirvan para nada, que sí, sino que aquellos espacios que fomentan la crítica y la reflexión son más fértiles culturalmente que aquellos en los que la ciudadanía se limita a consumir.

Aun así, resulta fatigoso en algunas ocasiones y desalentador en otras tantas, comprobar cómo en los turnos de preguntas o en los debates en los que a la ciudadanía se le deja participar algunas personas son incapaces de sostener un diálogo educado y con vocación de aprendizaje. No debería sorprendernos: tan acostumbrados y resignados estamos a nuestro pasivo papel de consumidores y de subordinados políticos que la ocasión de participar de algún modo o de expresarnos en la esfera pública a veces se considera solo como posibilidad de lucimiento y tiene como consecuencia la ebriedad (para quien no sea tímido) del solipsismo. 

En el mundillo de la cultura, al menos en el caso de Canarias, la aportación del público se limita casi siempre a la de ser fan, más o menos entregado/a, a la causa de mostrar su admiración sin límites por el escritor o escritora, músico/a, actor/actriz, artista en general. Esta situación se agrava con las redes sociales, donde ese público tiene la posibilidad, casi inédita en otros momentos civilizatorios, de dirigirse a y ser respondido por el/la artista. Podría pensarse que esta posibilidad podría utilizarse no solo para el elogio, pero ya sabemos de sobra que cualquier tipo de crítica, objeción o sugerencia se suele considerar por sistema de mal gusto o algo parecido.

Solo a regañadientes la crítica pública se acepta públicamente, solo cuando se considera al crítico como guardián del campo cultural, solo cuando se piensa que su aceptación o desaprobación puede comportar consecuencias en cuanto al prestigio del autor o promoción de su obra. En los demás casos, la crítica negativa es una falta de respeto, una falta de educación, un lamentable ejercicio de vanidad, la expresión de maldad congénita, etc.

Es el caso, sin ir más lejos, de la crítica de Eduardo García Rojas a la colección de cuentos de Nicolás Melini que lleva el título de Talón. Como deben saber, este crítico publica en el periódico provincial Diario de Avisos y coordina su suplemento cultural. Melini, al considerar que esta crítica negativa (entre nosotros, no demasiado) hace a García Rojas "valiente" por escribirla, no hace sino invertir, de modo ladino, los polos de la relación de fuerzas en cuanto influencia (al menos provincial) se refiere. 

Melini tiene en cuenta que García Rojas es un guardián del campo literario en Santa Cruz de Tenerife y, por lo tanto, se ve en la tesitura de elogiarlo dulcemente aunque le atice. Además, este elogio de la crítica negativa ("la única crítica negativa seria en Canarias") del crítico tinerfeño también se puede leer en comparación con el silencio de Melini respecto de la crítica de este blog, publicada quince días antes y de la que tenía conocimiento cierto. Así pues, por lo que se deduce, no la considera "seria".

Todo esto viene a cuento no a causa de que que Melini, líbreme Dios, sea para mí un escritor cuyo respeto anhele, o de que se comparta mi artículo o no, de que se me nombre o no, sino de lo que ejemplifica de secular desprecio por la crítica artística/literaria en la composición integral de la cultura, por no hablar de la asunción de jerarquías no cuestionadas y del papel del artista y de su relación con el/la crítico/a. A ver cuándo nos damos cuenta de que, sin crítica, no hay cultura, sino batiburrillo informe; de que la crítica la ejercemos queramos o no, nos demos cuenta o no. De que no hay juicio, selección, filtrado o discernimiento sin crítica. Que es rotundamente falso que la crítica de la obra artística, que de por sí tiene dimensión pública, haya que manifestarla en privado si es negativa mientras que solo el elogio debe expresarse en público. Asimismo, más les valdría a los/as artistas (y a sus fans) respetar la función de esta y el papel de los críticos/as por sí mismos y no estar besando siempre la mano del poderoso.




Y como de crítica literaria va este blog, hoy tenemos la colección de relatos (y alguna mini-cosa) titulada Reparación del horizonte, de Víctor Álamo de la Rosa, a quien ya tuvimos por aquí con aquella novela execrable titulada La ternura del caníbal. Di buena cuenta de ella porque no se puede publicar una novela como esta: imposible de leer y menos de terminar, por si no la recuerdan. 

En fin, con esta colección de relatos, aun siendo mejor que la novela (cualquier cosa es mejor que ella) confirma lo que el mismo Álamo de la Rosa señala en una entrevista: "Por ahora, siento que me he quedado sordo" (respecto de la literatura). Y no porque estos relatos sean extremadamente malos, sino porque denotan cansancio, si no hastío; a veces, incluso, me transmiten aburrimiento, eso sí, con espasmos de algo que podría haber sido y no llegó a ser. Cuentos de temática variada, de interés oscilante y con la peculiaridad de que casi todos los finales podían haber sido mejor resueltos. Siquiera con algo de oficio y no de modo tan negligente.

Aparte, el estilo. Tiene sus momentos apreciables, sí, pero molestan los habituales resabios, tan típicos por otro lado de nuestra fauna local autoril, y también la insistencia en escribir clichés (que incluso reconoce varias veces a lo largo de estos cuentos), que conducen a que la prosa se desplome en demasiadas ocasiones. Clichés no solo de expresión, sino también de pensamiento. Digamos que expresan la pereza del pensamiento, por resumir. No sé si puede decir algo peor de un escritor. Creo adivinar aquí y allá, una chispa: una chispa que no prende, es de lamentar, un deseo que no se plasma en un relato no digo ya redondo sino estimable. Un solo cuento me habría bastado (como es el caso de otros/as escritores que han pasado por aquí) para considerar que me encontraba frente a literatura y no ante un ejercicio expresivo, ante un pasatiempo o ante otra línea de currículum.


Y observar, dentro de esa panorámica surrealista que es la imaginación de un niño, esa isla desierta que, sin embargo, estaba multitudinariamente habitada por piratas con espadas y pistolas, pero también por superhéroes voladores y, siempre en caso de apuros, por el lobo feroz (el lobo siempre era feroz), calamares gigantes (¿de dónde habrá sacado eso?), un tigre, una cebra y una serpiente y, sobre todo, siempre amenazantes, siempre poderosos, los tiburones, hordas de escualos siempre dispuestos al juego. 

Y no y no y no. 

Esto, me di cuenta rápido, era mucho más peligroso de lo que parecía. Mucho. Corté de raíz todos los juegos que implicaran cuentos, narraciones, elipsis, prolepsis, analepsis, personajes, tramas y, además, para lograr que los repudiaras, te puse en el iPad el vídeo que narra cómo Don Quijote acabó flaco y loco, feo y arrugado, pobre diablo, un hazmerreír aupado a un caballo de madera, donnadie de los donnadies a ojos de todo el mundo (Pág. 15)


El oído de Clara, por su parte, cobró vida propia. Desde que nació, debió dar un paso al frente para convertirse en el principal de sus sentidos porque, cuando abandonó el orfanato, ya se manejaba a la perfección en español, inglés, alemán, francés e italiano, con esa prodigiosa facilidad para los idiomas que casi sin querer le regalaron las monjas. Desde que era un bebé, se acostumbró a oír a sor Simone en francés y a sor Gerta, quien le habló siempre en ese alemán suyo del centro de Berlín; también a sor Candelaria, con quien conversaba en el español atlántico y dulzón de Tenerife. El italiano cantarín de la Lombardía se lo inculcó sor Isotta, quien le hablaba a menudo de los hermosos lagos de su región, mientras que el más puro inglés lo escuchó de sor Angelica, quien, rígida como solo saben ser los ingleses, siempre le recriminaba su tendencia a la pronunciación norteamericana por culpa de las películas de Hollywood que la televisión brasileña pasaba una y otra vez solo con subtítulos, ignorando las ortodoxas prudencias lingüísticas de la hermana, una monja con larga cara de institutriz británica, pero más buena que el pan, que había salido del centro de la aristocracia londinense para enterrar sus días en aquel orfanato en torno al que crecía la descomunal favela de la Baixada. (Pág. 41)


Se desabrocha el cielo y ya no llueve, sino que el mundo entero parece desplomarse con prisa, diluyéndose, haciéndose solo agua que corre y corre anegando la ciudad porque ha olvidado su memoria, porque no reconoce alcantarillas ni desagües ni presas ni cauces ni barrancos. Solo piensa en correr. Correr y escuchar el mundo porque ha venido a desordenarlo, a recordarnos que todo está al revés. 

Me aburro. 

Aquí dentro. 

Más solo que la una. 

Y, sin embargo, de pronto suena la campanilla de la farmacia. Alguien ha entrado. Y me llevo un susto de mil pares porque habría apostado mi brazo derecho a que hoy no vendría nadie, ni el Tato, que todo el mundo en su sano juicio haría caso a las recomendaciones gubernamentales. Mejor en casita, viendo la tele, porque ya nadie se acuerda de leer. (Pág. 89)


Ni por la forma ni por el fondo, ni por el estilo ni por el asunto, estos cuentos merecen gran análisis, infectados como están por tamaña mezcla de languidez y desidia, también por la negligencia propia de quien es demasiado complaciente consigo mismo y no tiene quien le corrija. Quizá por la falta de estímulos que le induzcan a esforzarse por escribir algo valioso.

Por último, según parece, esta mediocre colección de relatos ha sido merecedora, por mor de esta prodigalidad institucional tan nuestra, de un galardón del Gobierno de Canarias en 2021 y de figurar en la colección Agustín Espinosa de Narrativa. No sé para qué sirve pertenecer a esa colección, salvo para presumir (y si es con obras así, tampoco). En cualquier caso, imagino que los criterios de inclusión de las obras deben de ser bastante relajados.

P.D. He encontrado una reseña elogiosa de Jorge Fonte, pero no está en la red. No se la pierdan (Canarias7, página 61, del 16/10/22) porque es abominable. Y otra aquí más normalita, pero siempre con la admiración incondicional por principio. 


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA


P.D. Una reseña posterior, de enero de 2023, aquí.

martes, 15 de noviembre de 2022

'Tierras muertas', de Núria Bendiche Giró

Estaba por escribir mi opinión acerca del activismo ecológico que últimamente se ha introducido en los museos para fastidiar la conciencia (tan proclive a elevarse sobre la vil materialidad y las meros seres humanos) de los/las amantes del arte, pero como los sospechosos habituales ya se han retratado con su rasgamiento de vestiduras y aspavientos por el ultraje sobrevenido (desde los representantes de la ultraderecha más grosera hasta los de la izquierda más exquisita), me remito a lo dicho en el Polillas de Radio Guiniguada.

Menudo espectáculo lamentable, y no me refiero al protagonizado por las ecologistas. 

En otro orden de cosas, pocas novedades se "saludan" estos días en los medios de comunicación. Lo que no deja de ser una muestra de alivio espiritual y de ahorro energético, dada la enorme cantidad de baba que suele gastarse y que podría destinarse a otras actividades más lúbricas y, tal vez, más placenteras. A veces parece que, si no publica Alexis Ravelo (al que le deseamos una pronta recuperación) el mundillo literario/editorial canario parece como manso, quieto, estancado, incluso afectado por una profunda acedia. 

Para paliar esta situación, tal vez un síntoma, como suelen decir los pesados profesionales, "siempre nos quedarán los clásicos". Por lo que a mí respecta, me he hecho con el doble ejemplar de bolsillo de El hombre sin atributos, de Musil. Uno de esos tantos libros (lista casi infinita) que sirven para que nos sintamos culpables por no haberlos leído, ya que pertenecen sin duda (y sin respiro) a la conversación culta, a la cita de autoridad, a los juegos de distinción, etc. Ahora solo queda arrimarse, lo que no es baladí. Alguna otra novela tengo por ahí a la espera de un poco de calma.

De todos modos, no se mesen los cabellos como señal de desesperación. Como conocen ya la preocupación que siento por establecer un criterio reseñador que se aparte de la directriz hagiográfica imperante en los medios de comunicación en Canarias y entre los filólogos ansiosos por caer bien y ser aceptados en sociedad, pronto volveré a leer y a escribir acerca de la obra de nuestros/as escritores/as.

Hoy, respiremos un poco, y dirijamos nuestra mirada más allá de este archipiélago (que ya está bien). En concreto, a Cataluña.



Tierras muertas (Editorial Sajalín) es por lo que tengo entendido, la primera novela de esta joven escritora, Núria Bendiche Giró. Ambas características, juventud y primeriza, no son rémoras para esta obra que me resulta potente y convincente. Un aire a William Faulkner, sin duda. En concreto, con aquella novela que reseñé en el blog hace algún tiempo: Mientras agonizo: la miseria sin redención, la brutalidad sin justificación, la naturaleza humana como una tierra muerta. No obstante, la autora logra marcar su propio paso. Su estilo no es tan difícil (por calificarlo así) como el del autor estadounidense, y la escenificación de la tragedia familiar aun a pesar de no utilizar fechas ni topónimos (solo algunas palabras, como los nombres propios de los personajes y escudella y masía) es inequívocamente catalana (recordemos que está escrita en catalán, traducción al español de Ana Crespo). Eso sí, es bastante más truculenta que aquella, y Faulkner no era precisamente pudoroso.  Ante todo, tenemos una historia muy potente contada con firmeza, sin pretenciosidades juveniles ni caídas de estilo descorazonadoras. 

La muerte, la violencia y la corrupción son la tríada siniestra y, sobre todo, fatídica de esta novela, que se narra en tercera persona por un personaje diferente cada capítulo. Este entrecruzamiento de perspectivas no solo muestra el punto de vista particular, sino que hace progresar la trama. En este sentido, la estructura dista de ser tan simple como sería la simple suma de narraciones, sino que contribuye, con analepsis y prolepsis, a los consiguientes descubrimientos y reconocimientos.

Tenemos una familia nuclear numerosa: el padre, la madre, tres hijos y una hija; de ellos, un hijo tullido. Tenemos un cura, tenemos un mentecato, tenemos una prostituta, tenemos asesinos, tenemos violencia, malos tratos e incesto; tenemos miseria y mezquindad. Tenemos, por si aún no se han dado cuenta, a una familia condenada también a cien años de soledad, con sus propios estigmas, que no dejan de sangrar, sin esperanza de cauterización. Caínes y Abeles. Aquí y allá se deja traslucir una nota de comprensión o de bondad, pero son raras, y es dudoso que semillas escasas germinen en tierras tan áridas como el corazón de sus poseedores. Pecado y sufrimiento sin redención.

A pesar del aire de familia, como digo, de Faulkner (y ciertos momentos, al tremendismo como el que se etiquetó a La familia de Pascual Duarte), Bendiche escribe una novela con voz propia (perdónenme el cliché): es decir, logra que el lector (yo) no solo lea una historia, sino que habite una atmósfera familiar sin apenas oxígeno: se hace difícil pensar que algún organismo sano pueda prosperar en ella. Eso sí, la dificultad de que personajes pobres, a veces analfabetos, se expresen con naturalidad se solventa aquí utilizando un lenguaje digamos no marcado, sin giros coloquiales, vulgares o con expresiones dialectales que yo pueda apreciar, al menos en la versión en español. No estoy seguro de que sea la mejor manera de resolverla, aunque también es cierto de que existen riesgos de otro modo.


Pero no fue hasta que se acabó el vaso de vino que le había dejado sobre la barra cuando me atreví a preguntarle qué había pasado. Entonces él, sin contestarme, me cogió de la mano, como cuando me acariciaba para darme a entender que necesitaba acostarse conmigo, a mi lado, y yo me levanté y eché el pestillo de la puerta de entrada para que nadie intentara ensuciarme el local sin estar yo presente y él me guio hasta mi cuarto. Me desnudó, y yo me dejé penetrar por esas cosas que tiene el amor, por culpa del cual, pese a saber que pasa algo y que seguramente ese algo no te va a gustar, te dejas llevar e intentas que el momento de gloria se alargue al máximo como si tuvieses miedo de despertarte. Y cuando él terminó -y yo no, mi cerebro no se podía concentrar porque sabía que Jaume traía una fatalidad metida en la boca-, se puso a manosearme y mientras me sobaba los pechos me dijo: Me caso. (Págs. 58-59)


Te puedes quedar hoy y mañana y todos los días que necesites, si quieres, le dije. No, me iré mañana. Y al día siguiente se fue, sin llevarse nada, pensando que ya acumularía cosas más adelante, como si todavía le quedase mucha vida por tejer, como cuando eres joven y crees que todo está por hacer sin darte cuenta de que todo lo que has hecho ya ha empezado a entrelazarse, de que todo lo que has pensado ya te ha definido y difícilmente nada nuevo te definirá más adelante. Pero el periplo solo le duró tres años. Nunca acabó de huir del todo, y cuando cayó en la cuenta de que se trataba de una desbandada inocua y de que nunca llegaría a salir del lugar donde la vida le había puesto, regresó a la masía y una vez allí lo sorprendió la muerte. Ahora volvía a estar en el pasado, entre la sangre que lo había engendrado y al mismo tiempo destrozado, habiendo nacido solamente para oxidarse, para expulsar cualquier pensamiento tierno y todo el esfuerzo que en aquella familia se tenía que hacer para resistirse a vivir como un desgraciado. (Pág. 79)


Le quedaban pocos dientes. Con la saliva iba ablandando el pan y con la lengua garrapiñaba pedacitos que se desprendía húmedos y que no masticaba y se tragaba de golpe. Cuando acabó de engullirlo todo, insistió: Ha sido él. ¿Quién es él, señora? ¿De quién habla? La bestia. Lo ha matado la bestia. Y entonces, de pronto, las palabras de la vieja dejaron de salir de sus labios y empezaron a salir de la boca de mi madre, que en paz descanse, primero trémulas, arrugadas como un recuerdo clausurado, y luego más clarividentes; palabras que cada año, cuando celebrábamos mi cumpleaños, contaban la misma historia. (Pág.110)


Una novela tan dura que parece mentira que pudiera albergarla una autora tan joven, pero qué sé yo de sus circunstancias vitales y de su imaginación. Al fin y al cabo, juzgamos las obras por sí mismas (como los argumentos en una discusión), y no por quien las escribe (ni por quien blanda aquellos). Yo me acerco a la literatura en busca de emociones fuertes: los resabiados como Marías o Cercas o los blanditos como Vilas no me dicen nada. Bendicho, sí.


P.D. Como suelo hacer, las reseñas de la obra en cuestión que ofrezco las leo después de haber escrito la mía. Una crítica, que me ha parecido muy interesante, aquí. Otra, aquí. Y una última, aquí. Eso sí, me ha quedado claro que no fui muy original (quizá tampoco errado) en mi comparación con Faulkner...




viernes, 21 de octubre de 2022

'Doble cristal', de Nicolás Dorta

Hay mil razones para quejarse de la vida, del mundo, de la sociedad, del sistema capitalista, de la compañía eléctrica, de la sopa de sobre, de la cuñada pija, del suegro de extrema derecha, de las malas hierbas, de los insectos, del presidente de la comunidad de vecinos, de los premios Nobel, de los premios Canarias, de los premios en general, y de la mediocridad de todos y todas menos de la de uno mismo, pero la queja más habitual entre nuestros/as literatos/as no es ninguna de las anteriores sino la de la degradación social, que se encarna, cómo no, en la incapacidad de "las masas" o, simplemente, de la gente común de apreciar las obras que escriben aquellos/as. O, en su versión nostálgica, en afirmar que antes (fecha indeterminada) sí se sabía apreciar la calidad literario-artística y ahora, no.

Es posible que dichas voces y su mensaje, cantinela que amenaza con convertirse en plañidera música de fondo cultural, se tornen en algo así como sentido común. A mí, la verdad, no me parece que ningún momento del pasado constituyera una edad de oro: ni de la cultura, ni de la literatura, ni siquiera del periodismo. Mucho menos, de los valores morales. Quizá, al fin y al cabo, en el caso de nuestros escritores, sobre todo, hombres, lo que se evidencia es la percepción de una disminución de estatus: tal vez personal, pero, en especial, de la figura del hombre de letras, del escritor, tal vez del periodista con aspiraciones de intelectual. Estatus que se ha visto desafiado por los cambios culturales, en especial por los movimientos sociales (nuevos y viejos) democratizadores, y también por los tecnológicos (digitalización, Internet) y económicos (concentración empresarial, desaparición de intermediarios, precarización de los empleos). Ya esas figuras del escritor/artista intelectual, normalmente cercano al PSOE o al PP (en nuestro ecosistema, también CC), que sentaban cátedra desde su columna en el periódico o en el suplemento cultural de turno han desaparecido. Y sentaban cátedra sin discusión porque, salvo que uno fuera otra estrellita, otro guardián cultural, no había posibilidad de impugnar el discurso, de esgrimir contraargumentos, de plantear objeciones o de vocear reproches.

Hoy en día, sin embargo, uno puede, con diversa fortuna, escribir y hablar desde una multiplicidad de lugares desde los cuales, hasta cierto punto, puede hacerse oír. Incluso plantear escenarios de acción colectiva contra discursos de dominación como, sin ir más lejos, el machista o el clasista. Esto inaugura escenarios de contrarréplicas e impugnaciones que han dejado confundidos e indignados, en muchos casos, no solo a aquellos literatos-intelectuales que pontificaban a salvo de reproches (digamos los Javier Cercas, Pérez-Reverte o Javier Marías) sino gente más joven (digamos Alberto Olmos, Soto Ivars o Víctor Lenore: más jóvenes, pero ya talluditos). La última incorporación a este grupo, y lo cito por su cercanía al contexto cultural canario, más que por su relevancia social o cultural, es Nicolás Melini.

Esta es la segunda ocasión, y espero que la última, en que nombre a este escritor en cuanto crítica de la crítica, porque sería cansino para todos nosotros insistir en un asunto cuya importancia, no obstante, no es baladí. Vayamos al grano: si en algo se empeña Melini en sus escritos es en focalizar como enemigo de la cultura, de la libertad y, esto lo interpreto yo, de la Humanidad, a los colectivos feministas. Cualquier lector o lectora algo avisado/a sabe que la corriente filosófica y social más importante a la hora de abrir espacios sociales y de luchar contra la dominación política y económica ha sido el movimiento feminista. También, que la libertad se conquista y no se concede. No obstante, Melini no lo sabe, o tal vez no le parece relevante. A él lo que le pone nervioso es que en un recóndito pueblo de EE.UU. (Wisconsin, Missouri, tal vez en Columbia) alguien feminista consiguió que no se incluyera en el catálogo de una biblioteca un libro determinado o que en nuestro país se boicoteen conferencias en el paraninfo de una universidad. Puede ser: como ya señalé en el artículo anterior, cualquier idea, cualquier movimiento, cualquier reivindicación, por loables que puedan ser sus objetivos, siempre cuenta con personas cuyos actos pueden ser censurables. Esto, debería ser obvio, no desacredita el movimiento ni los objetivos. 

Melini parte de que las protestas feministas son moralistas, como si hubiera una zona cero, libre de moralidad: la suya, por ejemplo. O como si hubiera una moral buena, la que había, por poner una fecha, en los años 70 (por no remontarnos a la etapa franquista) y desde entonces solo ha habido subversión y degradación. Parece obvio señalar que con sus mismos planteamientos es posible acusar a Melini de lo mismo que acusa a los movimientos sociales feministas: de ser un moralista recalcitrante.

En fin, al interactuar en la esfera pública, muchos/as se construyen un personaje, y el personaje que suelen elegir estos literatos es el de aquel que se eleva sobre las abominables masas, sobre el vulgo adocenado, sobre esa inmensa mayoría de gente que carece del menor sentido ético y estético, que solo vive para refocilarse en su mediocridad y en su día a día, preocupada por el mero alimentarse, vivir bajo techo y quizá socializarse un poco. Y aquellos/as que protestan contra el orden que estos columnistas añoran y rechazan su discurso son tildados de enemigos de la libertad. Huelga escribir que muchos de los seguidores de estos columnistas-literatos son otros literatos, literatos en ciernes o simplemente lectores/as, que tal vez para sentirse por encima de su medianía habitual creen pertenecer al menos a un club selecto, dígase el club de las letras. Así aspiran a salvarse de la desesperación que les causa un mundo ciertamente doloroso. Qué lástima que sea despreciando a sus congéneres.



Nicolás Dorta es el autor de esta colección de cuentos titulada Doble cristal. Como recordarán, laminé a este escritor con la agudeza que me caracteriza en la reseña de su anterior libro de cuentos, Las zonas comunes. También tuvo mala suerte, el pobre, de coincidir en su publicación (y presentaciones) con el fenómeno literario y mediático en que se convirtió Panza de burro, de Andrea Abreu. De todos modos, en mi opinión, aquellos relatos eran tan sosos como el título que los recogía. 

En esta ocasión, con Doble cristal, percibo un progreso significativo. Para empezar, los relatos no aburren de entrada como muchos de aquellos. Aunque podamos objetar la trascendencia de las experiencias de vida o las anécdotas materia de ellos, se leen bien. Se nota además, una voluntad de estilo. No es que yo sea un fan de la frase corta y el punto seguido, el pase corto y el balón al pie: en este sentido soy más afín a la prosa de Sánchez Ferlosio que el modelo escolar de Azorín (que tanto daño ha hecho), soy más de Rubén Martín Giráldez y de David Foster Wallace, de George Saunders o, cómo no, Thomas Bernhard, qué le vamos a hacer, más que de Jonathan Franzen o Peter Stamm (siendo como son escritores valiosos). No obstante, nos guste o no, Dorta escribe con su estilo propio, y lo mantiene hasta el final. Yo quitaría muchos puntos y seguidos, subordinaría más oraciones, pero, claro, yo soy yo y Dorta es Dorta.

Volviendo a Doble cristal, diría que por momentos es literatura de la buena: tiene frases. Con esto quiero decir que a veces conmueven, otras hacen vibrar estéticamente. Lo malo es que a veces se pierden entre otras banales o innecesarias por evidentes o predecibles. Incluso en el mismo párrafo. En mi opinión, esto muestra que, aunque está en el camino, a Nicolás Dorta todavía le falta algo para terminar de asentar su prosa. Quizá no demasiado. En ese momento, y si (y sobre todo) tiene algo interesante que decir, algo que a nosotros nos interese leer (y no necesariamente a él escribir), puede ser que asistamos al surgimiento de un escritor digno de ese nombre. 


Y hay un instante, milagroso, cuando todo lo que tenías en la cabeza, luego en la libreta, va tomando orden, sentido. Y entonces la tensión en la nuca empieza (sic) disminuir. Los dedos van bajando la velocidad. Ya lo tienes. Quién, cómo, dónde. No importa el por qué (sic). No importa tanto. Acabas. Lo revisas, lo ajustas, lo envías, cierras la libreta. Y el cuerpo se desinfla. Tus anotaciones ya no sirven. El día ya no sirve. La noche frena la velocidad de las cosas. Calla a las voces de tu mente. El decapitador también oía voces, y les hizo caso. Los coches ya no pasan, como si hubiesen llegado todos a sus casas. Lo has enviado. Puedes ver la estela de fuego cómo se aleja. La noche te deja en suspenso. Y queda la inquietud de no haberlo contado todo. (Pág. 46- El incendio)


Al día siguiente, el sol dejaba en las nubes una luz plateada. Corrí la cortina. Pude ver otras casas separadas por una llanura de hierba. Cerca de aquí aterrizaban cada año los globos aerostáticos. Cruzaban el puente desde arriba entre aplausos. Todos esperaban el momento en que surgían detrás de la colina y caían como algodones en una llanura mucho mayor, con un escenario donde daban premios a los héroes de la travesía: al primer globo que tomaba tierra, al mejor decorado, al piloto más veterano. Eso lo leí en un folleto que una mujer amable me entregó en el aeropuerto. En grandes mesas servían comida de todo tipo. Imaginé carne, salchichas y cerveza. Los grupos locales tocando en directo. Más de mil personas se juntaban aquel día. Siempre era un éxito. Eso también lo leí. Los globos de colores, como peras flotantes, sobrevolaban el vecindario por el lado oeste. Las llamas creaban una burbuja de aire caliente capaz de levantarlos. Pensé en aquello y sonreí. (Pág. 53-El incendio)


La hermana de Alina llevaba la contabilidad del negocio y parecía estar siempre de buen humor. Karla Müller no se reía, sino que sonreía. Tenía una discreción que la hacía invisible. Vivía en silencio. La oficina de los Müller estaba dentro de la casa. Un enorme cuarto más. A veces veía a Karla tecleando como si tomara declaraciones. Giraba la cabeza un instante y subía las cejas. Luego seguía en lo suyo. La madre, en las noches cálidas, cuando su marido, el señor Walter Müller, dormía, pasaba horas sentada en el porche con una botella de vino. Allí la veíamos, al llegar. Se frotaba las manos hasta la obsesión. Parecía que iba a desvelar un secreto, pero nunca lo hacía. Nos invitaba a una copa e insistía en que todavía era temprano para irse a dormir. Sofía Müller ponía nombres a los grillos. "Oh..., ahí está otra vez el señor McIntyre, ¡justo donde lo dejé el verano pasado! ¡Anda! ¡Alina, escucha cómo frota sus alas el viejo McIntyre!", decía. La noche estaba limpia. No dejaba de mostrar más estrellas. La bruma apenas llegaba a la cintura. Surgía del mismo suelo. (Pág. 75-La pequeña Sammy)


La política era también la muerte y los muertos, el Día del Pilar, el domingo de la Fiesta, los fuegos artificiales, la familia que venía de Santa Cruz. La ensaladilla y la carne mechada. La política estaba en los carteles con la cara de mi padre en el coche del Partido. En la sintonía que salía por el megáfono de ese coche y que nos erizaba los pelos. En la caravana del primero de mayo, que acababa en el monte. Los chicos daban golpes al balón en aquel campo de tierra infinito, entre los pinos. Las porterías estaban hechas de troncos de pinos. Los columpios estaban hechos de troncos de pinos. El baño estaba hecho de troncos de pinos. La política se oía por los altavoces, cerca de donde se asaba la carne. La política estaba en la comida y en el vino. También estaba hecha de troncos de pinos, pero sobre todo de cemento, de bloques de cemento. De todo eso estaba hecho la política. (Pág. 102-Líbranos del mal)


Quiero señalar, además, para que no piensen que me estoy ablandando, que a veces he notado cierta complacencia en la repetición, que enlaza con ese gusto por la frase corta y simple: resulta monótono y sólo por poco no lleva al aburrimiento. En ocasiones, tanto nombre sin verbo me recuerda a las acotaciones de las obras de teatro. También, y esto debería ser preocupante si no se corrige, un deslizamiento, para mí de tintes fatídicos, hacia la afirmación apodíctica, a la frase sentenciosa. En ese sentido, percibo el riesgo de santiagogilización: esa pretenciosidad que pretende pasar por sabiduría y ese empalagamiento que pretende pasar por exquisitez. Obviedades esculpidas en mármol. 

¡Escritoras, escritores, huyan como de la peste de esta tentación! Ese es el problema que he reiterado en el blog: si nos empeñamos en calificar como obra genial a cualquier cosa publicada, sobre todo si el autor o autora tienen buena mano con los medios de comunicación, ¿cuáles van a ser las obras de referencia para los/as autores/as en ciernes, para los novatos? ¿Qué va a ser una buena manera de escribir? Aquí, claro, el problema no radica en el autor encumbrado de mala manera, sino de quienes lo encumbran: reseñadoras/es de ocasión sin ética y medios informativos que hacen dejación de funciones, por no decir algo peor.

Por eso, Nicolás Dorta aparte de evitar este riesgo, debería superar el problema de otros/as escritores/as que, más o menos establecidos, ya no saben de qué escribir, y se limitan a gestionar, de manera más o menos decente o vergonzosa, su capital cultural publicando naderías, recopilaciones de artículos periodísticos, novelas infames o cuentos sin aspiración a trascendencia alguna. Ese buscar o encontrar asuntos forma parte también del oficio/arte de los/as literatos/as y artistas, en general. El puro esteticismo ya lo dejamos para otro día, por favor, y solo para los excepcionalmente dotados/as. Recuerden, sobre todo, que al final de la cadena está el público lector que gasta su dinero y su tiempo en leerlos/as. Un poco de respeto, por favor.

En definitiva, para los que somos de maduración tardía, Nicolás Dorta suscita nuestra interés porque, ya cuarentón, está a un paso de consolidarse como un escritor serio e interesante. Eso es siempre una buena noticia.


P.D. Una reseña de García Rojas, aquí. Otra, de Ricardo Pérez, aquí.


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