lunes, 30 de agosto de 2021

Aforismos

Existe un peligro para el que todos/as los/as amantes de la literatura deberían de estar apercibidos: los aforismos. Pueden venir solos, o como la degradación natural del cuento ultracorto o microrrelato. También puede llamárseles machangadas aunque alguno de ellos tenga su golpe de efecto. Hay que odiar a Monterroso, es evidente, pero con todas las fuerzas, no con el remante vespertino después de la explotación de un día de trabajo. No, hay que odiarlo por la mañana, bien temprano.

Es curioso como ha proliferado, y parece que esa tendencia no va a disminuir, el género, por llamarlo así, del aforismo. Esas frases cortas, sentenciosas, apodícticas, tan pretenciosas como inútiles. Además, esa manía no solo existe como producto acabado y separado, es decir, como un volumen de aforismos, sino que recorre, más bien pulula por páginas novelescas, hasta un punto que estas parecerían infestadas por un hormiguero enloquecido 

 Me parece imaginarme ese escritor (o escritora), no sé, digamos de Telde o de La Laguna, con su sombrero de paja, su máquina de escribir en un rincón, su libreta de notas, tal vez una pluma, una reproducción de un cuadro de Antonio López y una estantería en la que cohabitan en heteróclita sucesión los clásicos de ayer y de hoy; en resumen, todo el atrezzo y el disfraz correspondiente a la de sacerdote de las letras (aunque su secta se componga de él mismo y de nadie más) concentrado sobre la hoja de papel o ante la pantalla del ordenador. Sobre su cabeza, una lámpara que emite una luz amarillenta que más confunde que alumbra. Pero eso son minucias, así que sigamos. El escritor, tal vez autor, está decidido a escribir genialidades, esas que intuye cuando está a punto de quedarse dormido: grandes tragedias, quizá (no, eso de hablar de los grandes personajes se le queda muy lejos); mejor, conmovedores dramas humanos que hablen sobre la vacuidad del ser y de la chaflamejada de la masa aborregada que compra libros de poemas que no son los suyos: "¡Masa, masa, incultos asquerosos, infantes descerebrados, ah, ah!", piensa mientras flexiona sus muñecas, se prepara para el aporreo sobre las teclas, oh, sutil danza digital, ballet de las musas, con sus dedos gordezuelos, o delgados, qué más da. 

Escribe una frase, piensa, luego escribe otra, un párrafo. Al rato, ha escrito un par de páginas, pero se le ha acabado el resuello. Las lee y relee, se enamora de ellas, sonríe embelesado, sueña en la gran novela española del siglo XXI, la suya, que podría quizá superar (tal vez sea mucho imaginar) a Ordesa. Nuestro escritor refunfuña porque aunque ahora es antisistema, a menudo se plantea en su interior interesantes dilemas éticos sobre aceptar o no premios. Secretamente, él (ella) lo que más desea es el reconocimiento, salir en la tele, si no en ese programa de La 2, cualquiera de la autonómica le sirve. Mientras, abjura de los medios de comunicación, de las instituciones públicas y de los demás escritores/as que no hayan elogiado sus poemas.





Al día siguiente, tras pasarse la tarde anterior leyendo, o, tal vez, viendo Netflix (qué puede haber más inspirador que una plataforma repleta de historias?) retoma su historia, pero no puede soportarla: sus ocurrencias, los diálogos, la idea misma: todo suena impostado, falso y banal. Es el enésimo fracaso. ¿Qué va a hacer con su vida? ¿Trabajar de lo mismo (maestro, funcionario, abogado, obrero siderometalúrgico, empleado de banca, médico, etc.) el resto de la existencia? Oh, Dios...

No obstante, los amigos le alaban mucho las cosas que escribe, y cuando decide aparecer en Facebook obtiene asegurado muchos likes y corazoncitos. ¿Qué es lo que falla? Quizá es que no domina el género. los poemas, en cambio, se le daban más o menos bien: una vez ganó un premio municipal (que aceptó, la verdad, muy contento) y adquirió algo de fama entre los pares del reino. Pero está cansado de escribir siempre de lo mismo: la soledad, el desamor, el sexo, las calles de Madrid/La Laguna/Telde, etc. Escribió también unos cuentitos, los autoeditó y se vendieron bien. Al menos, no perdió dinero, lo que ya es bastante. Gustaron mucho, según deudos y allegados. Pero ningún periodista cultural se ha fijado en ellos, ¿tendría que llamar a X, que conoce a F. a ver si le hacen una entrevista? ¿Una reseña elogiosa? Hay que explorar esa posibilidad, los medios son terribles, son EL MAL, pero hay que transigir de vez en cuando, uno no puede convertirse en un héroe cotidiano... ¿Cómo, un "héroe cotidiano"? Qué bien, eso da para algo. 

¿Y si escribiera frases cortas, como versos de un poema pero sin que sean un poema? ¿Cómo se llama eso? Ah, sí, AFORISMOS.

"Un héroe cotidiano se descalza en presencia de Nadie". Mmm, esa referencia a la Odisea está muy bien traída. No sabe aún que significa, pero puede significar. Sigamos, pensemos, tú puedes, se dice, ya hay gente más joven que yo haciéndose un nombre, pero esto pinta bien:

"La vida es como un pantalla de ordenador". Mmm, le falta algo, mejor: "La vida es una animación de ordenador". Está floja la cosa. A ver: "Su corazón latía como una CPU  sin actualizar"...

Sigamos:

"Su mano era un globo sin aire en su interior", "Una casa es un perchero del que colgamos la vida", " Una sonrisa es una sanguijuela del otro", "El prójimo no tiene por qué ser Jeremías, ni falta que me importa", "Sus zapatos eran el furgón blindado de mi fetichismo", "Una testa capitalista decapitada es el diente de leche de una sociedad joven", etc.

Y así nuestro protagonista logra, por fin, escribir horas y horas, y, lo que es mejor, logra ilusionarse, sentimiento ese de la ilusión que había perdido hacía tiempo porque "la poesía es una amante bipolar" y, también: "la literatura es un faro que atrae a la costa a los bucaneros del sentido". ¡Mamá, soy escritor (o escritora)!

BASTA. Que alguien escriba una novela YA sobre los/as que escriben libros de aforismos.




jueves, 19 de agosto de 2021

Agosto

Para quienes, afortunados nosotros, no percibimos amenazas inmediatas que pongan en peligro nuestra acomodada existencia, quizá sea agosto un buen mes para pensar. Tengo un amigo que suele aprovecharlo para viajar solo, mochila a cuestas, y si es posible a sitios sin demasiada seguridad jurídica y menos social. Once meses trabajando de abogado le llevan a tomar este tipo de decisiones existenciales gracias a las cuales una vez te cuenta de Kenia, otra de Guatemala, esta de Kazajistán, aquella de La India, etc., etc. Un tipo admirable, sin duda, aunque no puedo evitar preguntarme cuál es la búsqueda final de ese laborioso peregrinar, cuál es la naturaleza del crepitar de esa zarza ardiente (bajo un continente parsimonioso) que, llegado agosto, le induce a arrostrar peligros ciertos e imaginarios.

Otros, más perezosos, y seguramente mucho más medrosos, también menos exigentes, nos conformamos con intuir maneras de pensar que alejen la angustia de este vivir sin sentido que compartimos todos los seres humanos. La literatura ofrece, entre otras muchas posibilidades, algunos remedios. Mal tomados, pueden fomentar el escapismo e inducir a fantasías solipsistas que resultan un callejón sin salida. La mejor manera  de aprovechar la literatura en el sentido en el que hablamos es, quizá, la de esforzarnos por comprender sus diagnósticos de los padecimientos y alegrías de mujeres y hombres en las sociedades en que fue engendrada, diversas tanto en el espacio como en el tiempo, algunas ya casi ininteligibles. 

Imagino que incluso para los ricos muy ricos, para sus hijas e hijos, incluso, que ni siquiera han tenido que esforzarse para serlo, la vida tiene, en el fondo, que limitarse a salvar el día y esperar que llegue otro porque la desesperanza por la falta de significado de todo lo que uno mire (salvo, tal vez, la compasión por nuestros semejantes) impregna cada uno de los actos humanos. Claro está que el sufrimiento físico y las necesidades corporales más inmediatas pueden hacernos olvidar este desgarramiento de la semántica de la vida, pero si se salvan, surge de inmediato, como ¿castigo? ¿recompensa? por poder dedicarnos a pensar.



Quizá sea agosto un buen mes para que un crítico literario, o, como escribe un poeta local (a ratos furibundo, devenido los otros ratos en cuentista), para que un servidor, "el crítico más crítico de todos los críticos inexistentes de Canarias", no reseñe, sino piense. Escribir las reflexiones a las que uno se ve inducido por la lectura literaria merece, asimismo, otras reflexiones periódicas. No sólo sobre qué es y comporta la crítica literaria, sino qué es eso que es leer, qué es eso que se piensa sobre qué es leer.

Porque uno puede sentirse inclinado a pensar que la literatura en Canarias es tierra baldía, dado el nivel de mucho de lo que se publica y de los premios literarios y florales. Que ese nivel es directamente proporcional al intelectual que se muestra en las pocas tribunas que se muestran aquí y allá. Que nuestra intelectualidad y nuestra artistidad, probablemente influida de manera directa por la escasez de recursos y la falta de proyección, debidas, asimismo, por nuestra excéntrica posición, alejada de los nodos centrales de poder económico, cultural y artístico, se revela en sus mejores momentos como mezquina y miserable, y, en los peores, como sierva y mendicante de otros. Los casos aislados, las excepciones, de las que intento dar cuenta, nos permiten albergar esperanzas, al menos.

Ahondando en esto: lo que echo en falta, de manera palmaria, incluso flagrante, en el mundillo artístico-literario-cultureta es esa falta de reflexividad de los que se consideran intelectuales o artistas. Faltan la purga y la herida, faltan el acero afilado y el fuego; sobran la complacencia y la vanidad, sobran el orgullo infundado y el arribismo degradante. Nombran como gigantes y maestros/as a cualquier cretino/a y aspiran a que se les considere lo mismo, siendo también, y sólo, lo segundo. Siempre en torno a las migas que les arroja el político o la institución de turno. Lógico, por otra parte, cuando todos se consideran plenos de individualidad y autonomía, escritores y escritoras libres arrojados a un mundo al parecer neutro en el que la ideología se elige como de un menú de bar.

En fin, el crítico, por modesta que sea su valía, tiene que intentar leer las obras en clave filosófica y sociológica, leer más allá de ellas y de sus autores/as, pero, al mismo tiempo, conectarlos/as con la política y la cultura (en sentido amplio) del tiempo que le ha tocado vivir. La labor del crítico, a ver si nos entendemos de una vez, no tiene que ver "con poner nota" ni con certificar que uno está "en la onda" de los gustos de los/as lectores/as sino comprobar y en su caso poner de relieve lo que determinada obra tiene de valor para el ser humano, estética, moral y cognitivamente hablando. Al menos, para el ser de humano de nuestro tiempo. No está para influir en que un libro se venda más o menos (cuestiones y peculiaridades del mercado en las que no entra, aunque esto también sea imposible) ni para caer en gracia a nadie, y menos al público o a los periodistas culturales. Al crítico no le erigirán estatuas ni bustos, ni pondrán su nombre a una avenida. Pero, ¿quién puede, de verdad, desear eso? Lo que quiere el crítico es cambiar el mundo.

martes, 10 de agosto de 2021

Mierda de perro y crítica de calidad

El otro día, leí un comentario en Facebook en el que un individuo, poeta por más señas, calificaba un libro de cuentos de "mierda de perro", que no mierda de artista. Además, se llevaba las manos a la cabeza (figuradamente) por el exceso de elogios que ese volumen había suscitado en el mundillo literario y en los medios. Escribía, también: "La gente cree que la calidad de un texto literario es algo totalmente subjetivo y emocional, y no es así". El Facebook en modo abierto tiene estas cosas. En todo caso, me alegra que esa persona, activa integrante de la moderna república de las letras, esté de acuerdo conmigo al menos en eso.

En numerosas ocasiones, me han criticado por la acidez de mis comentarios respecto de las obras que aquí analizo. Entiendo que muchos de los/las autores/as se hayan sentido ofendidos en lo más íntimo, como asimismo (lo que es de lo más simpático) muchos de sus amigos y fans. Es curioso también comprobar cómo muchas de las críticas son ad hominem o caigan en lo mismo que se me reprocha, viniendo a decir: "Qué sabe este, que el que sí sabe de esto soy yo". Al crítico se le niegan credenciales que, sin embargo,  estos críticos del crítico se atribuyen a sí mismos con bastante desparpajo. 

En fin, esta persona, experta al parecer en malditismo poético, bien aconsejada o tras un insólito ejercicio de introspección, acabó borrando la entrada. Tal vez, por arrepentimiento (que si no de la opinión, sí de la expresión); tal vez, por la misma razón por la que no nombraba el título del libro de relatos ni a su autor ("porque me podría perjudicar"). Esto nos lleva, por otro lado, a la extrema dificultad, ya expuesta y razonada aquí en decenas de ocasiones, de que un/a escritor/a ejerza la crítica de manera honrada: demasiados intereses, demasiadas conexiones. 

Es por ello por lo que reconozco sin ambages que me encuentro en una posición privilegiada: no necesito favores, menciones ni elogios, no necesito que me inviten a conferencias, charlas, estudios, jornadas, congresos ni ferias. Tampoco, que reúnan en un libro mis ocurrencias del desayuno o mis aforismos de dominguero. Así, puedo escribir con sinceridad. Podrán gustar o no mis artículos, los podrán criticar por sesudos o por no serlo, por ser superficiales o subjetivos, por ser cortos o por ser largos. Lo que se les ocurra. Pero nadie podrá afirmar que he falseado o disfrazado mi opinión para obtener o creer que puedo obtener algo a cambio. Aunque sea para caer bien.

No obstante, a pesar de tal libertad, nunca me permitiría escribir que una determinada obra, y miren que las he leído malas, incluso espantosas, es "mierda de perro". No solo porque el análisis debe ser más fino, a base de desgranamiento de razones y no de coprolitos sino también por respeto al esfuerzo de la autora o autor. Por muy deplorable que haya sido el resultado, igualarlo a las heces del querido animal doméstico es de pésimo gusto y revela cierta indigencia moral. 

Es también singular que este poeta (al que no nombro porque, repito, ya ha borrado el comentario) forme parte de la larga lista de personajes de la literatura canaria que abogan, una y otra vez, para que haya, por fin, crítica en Canarias, crítica de verdad. Debe de ser no sólo porque desconfían de críticas como las que, por ejemplo, yo ejerzo, sino de las suyas propias, dadas las circunstancias.




En otro orden de cosas, debo comentar con Vds. parte de la penúltima entrevista al poeta Antonio Arroyo Silva en el suplemento cultural de Diario de Avisos de 16 de mayo. Después de las preguntas de rigor (¿Cómo definiría la poesía?, ¿Qué autores le han influido?, etc.), surge una cuya respuesta me parece característica de buena parte de la supuesta intelligentsia local: Pregunta: "-¿Qué medidas deberían implementarse para divulgar la obra de los escritores canarios?". La respuesta se divide en varias partes: a) "Hay actualmente muchos autores que publican demasiado" porque "no hay conciencia crítica ni siquiera autocrítica", lo que lleva a: b) "Tampoco existe una crítica especializada que valore estas obras". Finalmente, a pesar de toda esta abundancia, c) "los lectores rechazan a unos" (la literatura universal) "y a otros" (la literatura canaria de calidad). POR TANTO, la solución de Arroyo Silva es: "(...) de alguna manera las corporaciones locales deberían comprar libros para hacérselos llegar a los más jovenes. Claro está, dentro de un proyecto adecuado de lectura que implique formación".

O sea, la gente, en especial la juventud, no lee nada, ni la literatura mala ni la buena, quizá porque se publica demasiado. Entonces, una manera de que lea (la literatura canaria buena) es que las instituciones públicas "compren libros". Gran solución. Sin embargo, todo esto me genera muchas dudas: a) Si no hay crítica seria, crítica que discrimine entre literatura de calidad y de la otra, ¿cómo una institución pública va a disponer de criterios sólidos para escoger libro alguno salvo que sea uno de esos clásicos que todo el mundo conoce y tampoco lee?; b) si los lectores jóvenes rechazan los libros, ¿cómo piensa hacérselos llegar? ¿Qué es ese invento de "un proyecto adecuado de lectura?" No parece sino, una vez más, el repetido voluntarismo, la cansina fe en la acción omnímoda de las "corporaciones locales", la enésima sugerencia de la reforma desde arriba. No importa que fracasen una y otra vez porque lo que distingue a este tipo de personas es su pretensión de inocular su concepción de cultura a las díscolas masas ya lo quieran éstas o no.



jueves, 5 de agosto de 2021

'Motivo de ruptura', de Harlan Coben

Dado que es agosto y que, como todo el mundo sabe, no es época de lecturas sesudas y complicadas sino ligeras y frescas (lo mismo ocurre en los medios de comunicación, que rivalizan por traer a sus redacciones las noticias más pintorescas e insignificantes), opté por dedicarme de lleno a la novela de Harlan Coben Motivo de ruptura (traducción de Xavier Llobet), la primera de una larga saga (once hasta hoy) en la que el protagonismo recae en un tal Myron Bolitar, agente de deportistas a tiempo parcial e investigador privado casi todo el rato restante. Esta primera novela data de 1995 y la última, según leo en la Wikipedia, es de 2016. Puede deducirse que el escritor ha disfrutado de las mieles del éxito lector, al menos en su país. Además, se han hecho series de televisión basadas en su obra.

Yendo al grano: literariamente, la novela no vale nada. Es la enésima repetición de los esquemas conocidos en la novela policiaca/negra, en esta ocasión con la variante de introducirnos en el más o menos glamouroso mundillo del deporte de alto nivel. Hay un protagonista principal de afilado verbo, con impresionantes virtudes físicas y mentales; tiene un amigo que es aún más listo y más impresionante, y, lo más importante, con clase, que hace las veces de Deus ex machina cuando conviene. También hay una historia de amor secundaria con una mujer que le rompió el corazón unos años ha, etc. Son clichés dentro de un gran cliché, sin duda.

Otro asunto es el punto de vista: al principio es el habitual de la tercera persona del singular, exterior al personaje, e indirecto libre. Parecería que sería un narrador limitado a lo que ve el protagonista, pero en un par de ocasiones, el autor considera necesario contarnos las sensaciones y pensamientos de otros personajes secundarios, lo que extraña un poco. Nos da la información parcial de un solo personaje, pero ¿por qué no nos las da de todos? ¿Por qué sólo de algunos y por qué sólo en esos momentos concretos? Hay algo de trampa, de manipulación algo basta, quizá por falta de pericia, en esas episódicas alternancias sin demasiada justificación.




Sin embargo, la novela funciona como producto de consumo de manera extraordinaria ¿Por qué digo esto? Los diálogos de intercambios verbales cortos y rotundos, a veces ingeniosos, a veces exagerados, el diseño del argumento, los vaivenes y complicaciones de la trama y el ritmo de la narración contribuyen a cincelar una novela que se lee sin cansar, con un punto notable de divertimento y satisfacción que a veces echo de menos en novelas más serias. Baste decir que la leí en unas escasas horas, casi de corrido, con gran placer e interés.

Es quizá por esto por lo que el llamado género negro o el policiaco o el detectivesco, en sus diversas solapamientos, son tan socorridos, y, en especial, por autores primerizos. Son géneros muy esquematizados, con una panoplia de personajes, situaciones y argumentos repetidos hasta la extenuación, tanto en la literatura como en el cine o en las series de televisión. Literatura de fórmula. Casi no hay que tener imaginación, o no demasiada, lo que no viene mal, en especial si el escritor o escritora no cuenta con demasiado talento.

No obstante, no toda la literatura de masas es despreciable por ser un mero producto industrial. Como material de relajación y distensión, productos como este suponen una suerte de vacaciones del intelecto que no vienen mal de vez en cuando, y aquí parafraseo a Umberto Eco en Apocalípticos e integrados. El error sería considerarla como modelo o referencia literaria, o como única literatura posible o deseable. ¿Por qué? En este caso, la respuesta es sencilla: no innova en ningún sentido, ni lingüista, ni estilística ni narrativamente; y está cargada de tópicos. Además, es elitista ("Aquel barrio apestaba a clase media", piensa el protagonista en cierto momento) y conservadora, aunque haya algún discreto reproche a la discriminación étnica. 

A esta conclusión se llega cuando uno se da cuenta de que, pese a la corrupción en el mundo de los deportes y de las instituciones públicas, pese al poder del hampa, pese a que se nos muestra parte del submundo de la prostitución y de la pornografía, jamás se desliza una crítica sistémica: todo está bien, son las personas las que son malas. Estas personas se tratan a golpes, físicos y verbales. Nunca se gana "por la coacción sin coacciones del mejor argumento", como diría Habermas, sino por la coacción de la violencia, del músculo o de la pistola. A veces, la astucia también desempeña su papel como complemento a los anteriores.


Myron cogió al tipo por el cogote y le endiñó un codazo en la nuez que estuvo a punto de aplastarle la tráquea. El hombre hizo un ruido gorgoteante de asfixia y dolor y luego calló. Myron lo acompañó con un golpe con la parte estrecha de la mano contra el cogote, justo por debajo del cráneo, que hizo que el hombretón se desplomara al suelo como un saco de arena. 

-¡De acuerdo, ya basta! 

El tipo del sombrero de ala curva dio un paso hacia delante apuntando una pistola contra el pecho de Myron. 

-Apártate de él. ¡Vamos! 

Myron le echó una mirada rápida y dijo: 

-¿Ese sombrero es de verdad? 

-¡He dicho que te apartes! 

-Muy bien, muy bien, me aparto. 

-No hacía falta que hicieras eso -le amonestó el hombre más bajo casi con pena-, sólo estaba haciendo su trabajo. 

-Un joven incomprendido -añadió Myron-. Ahora me siento fatal. 

-Limítate a no acercarte a Chaz Landreaux, ¿de acuerdo? 

-No, no estoy de acuerdo. Dile a Roy O'Connor que no estoy de acuerdo. 

-Oye, que a mí no me pagan para dar una respuesta. Yo sólo doy el mensaje. (Pág. 21)

  

Ver a Aaron fue como pasar por el túnel del tiempo. Seguía siendo tan inmenso como Myron lo recordaba, tan grande como un armario ropero. Iba vestido con un traje blanco perfectamente planchado, pero no llevaba camisa, lo que dejaba ver gran parte de sus pectorales bronceados. Tampoco llevaba calcetines. Iba bien peinado y con el pelo hacia atrás al estilo de Pat Riley, el famoso entrenador de la NBA. Andaba con aire despreocupado. Llevaba gafas de sol de diseño y colonia también de diseño que olía sospechosamente a repelente de insectos. Aaron era la viva imagen de la palabra "superelegancia". Sólo tenías que preguntárselo y el mismo te lo diría. 

-Me alegro de verte, Myron -dijo con una amplia sonrisa.  

Los dos se estrecharon la mano. Myron no se la apretó porque ya era un poco mayorcito para eso. Y también porque lo mas probable era que Aaron pudiera apretársela más fuerte. 

-Siéntate. 

-Fenomenal. 

Aaron convirtió aquel momento en todo un espectáculo, pues extendió los brazos de golpe como si llevara una capa y luego se quitó las gafas de sol haciendo chasquear las varillas. 

-Me gusta tu despacho -dijo-. Es realmente impresionante. 

-Gracias. 

-Es un despacho impresionante y además tienes una vista impresionante. 

La palabra clave parecía ser "impresionante". 

-¿Estás buscando un despacho de alquiler? 

Aaron rió (sic) como si hubiera sido el mejor chiste que hubiera oído nunca. 

-No -contestó-. No me gusta pasarme el día encerrado en un despacho. No va conmigo. A mí me gusta la libertad. me gusta ir por libre, en la calle. No disfrutaría estando encadenado a una mesa. 

-Vaya, eso es fascinante, Aaron. De veras. 

El tipo volvió a reír. 

-Ay, Myron, no has cambiado nada. Y me alegro de que sea así. (Págs. 128-129)


Ignoro cómo se habrán desarrollado o evolucionado los argumentos y la moralidad de los personajes en las siguientes novelas de esta serie del personaje Myron Bolitar, si es que esto ha sucedido, pero la conclusión a la que llego es que este escritor (me atrevería a pensar que sin quererlo) nos revela una concepción del mundo testosterónica, de todos contra todos, dentro de una sociedad civil deshilachada y salvaje sin otra esperanza que la acción individual. Que los personajes cuenten con amigos o aliados no le resta un ápice de desesperanza a esta visión de conjunto, aunque Coben, es probable, sólo pretendiera entretener.


P.D. Me he encontrado esta entrevista por ahí, por si interesa.




miércoles, 21 de julio de 2021

Más libros, que no falten

Compartiré con Vds. que después de la reseña de La paja en el ojo de Dios, pero no por su causa, creo, las visualizaciones del Polillas se han multiplicado. Así, el número de visitas, cuando aún no ha terminado julio, es el máximo en la historia del blog, nacido en noviembre del ya lejano, antiquísimo, 2016. De todos modos, imagino que será algo puntual y que luego el blog volverá a unos niveles más normales, que, como dirían los economistas, son "de crecimiento lento, pero sostenido".

Debido a circunstancias varias, entre las cuales la no menos importante ha sido mi indecisión, no he podido leer, ya que ni siquiera escoger, otra obra este mes para reseñar, analizar y meter un poco el dedo en el ojo. No obstante, dado este pequeño impasse de lecturas específicas para el blog, he considerado conveniente actualizar mi lista de lecturas para que Vds., ávidos de curiosear bibliotecas ajenas, le echen un vistazo, por si fuera de su interés. 

Sin embargo, pronto retomaré las lecturas de ficción cuyo análisis suscita sumo placer a mi público lector, con especial atención a las obras patrias que tanto patrimonio crean y tantos beneficios intangibles nos procuran. 

Capítulo aparte merecería nuestro viceconsejero de Cultura, Juan Márquez, porque, entre otros asuntos, su concepción de la cultura y del arte es indistinguible de sus predecesores, con los que imagino que está políticamente confrontado, así como, si ese concepto ha llegado a conocerlo, del arte público, o simplemente de una visión democrática de la cultura que no signifique solo regar con subvenciones a todo aquel que agite la bandera del arte. Para Juan Márquez, cultura es también cohesión social, apaciguamiento del conflicto social, digan lo que digan Maquiavelo, Gluckmann, Bourdieu y quienes se le pongan por delante, y construir palacios de congresos en todas las islas del archipiélago canario. Digo yo que por qué no, si de verdad queremos extender la cultura al máximo, en cada municipio: ¿es que acaso es un elitista cultural

También el buen hombre ha tenido a bien, desde su viceconsejería, convocar un ¿concurso? ¿premio? para que aquellos que lo estimen adecuado envíen sus manuscritos para que los elegidos/as reciban a cambio unos euritos (atención a los criterios de valoración en las bases). Así, crearán colecciones de forma espontánea, ex nihilo. Donde antes había un solar, ahora crecerá un vergel: adanismo cultural del bueno. Lo hace, además, para "fomentar la actividad literaria", que, como todo el mundo sabe, es buena en sí y para sí y para todo lo que le rodea. Es posible que a Juan Márquez en Podemos lo consideraran experto en Cultura y Espectáculos porque es licenciado en Música, y lo primero, naturalmente, se deduce de lo segundo.

Volvamos a lo que de verdad es tangible. Aquí va la pequeña lista:


1) La política contra el EstadoSobre la política de parte, de Emmanuel Rodríguez López

Una obra de filosofía e historia política que se interroga sobre la génesis, desarrollo y vigencia de conceptos tales como "autodeterminación", "revolución", "socialismo", "política" o "Estado" en el marco de sociedades profundamente divididas y bajo un régimen económico capitalista. Autores como Marx, Lenin, Kelsen, Gramsci, Althusser, Poulantzas, Kropotkin o Rancière salpican las discusiones téoricas y los análisis de la praxis revolucionaria o reformista que se han venido desarrollando en la izquierda a lo largo de los dos últimos siglos, que son precisamente los del advenimiento del capitalismo y de la sociedad burguesa. Erudición, agudeza y crítica se combinan, a mi entender, con brillantez en este tratado.


La razón del desastre estaba ya en la consigna de 1917: "Todo el poder para los soviets", pero solo hasta que el partido se hubiera hecho con los órganos del Estado, hasta que el partido se hubiera hecho con el control de los instrumentos de coordinación de los propios soviets. Entonces, finalmente, el poder de los soviets y el poder del partido coincidirían; y entonces los primeros se volverían completamente prescindibles. La transición se produjo muy rápido. Tras la progresiva eliminación de los otros partidos de la democracia soviética (mencheviques, social-revolucionarios, anarquistas), los soviets, dominados exclusivamente por los bolcheviques, quedaron como organismos inanes frente a la rápida expansión de los órganos políticos del Estado. (Pág. 36)



2) La literatura del pobre, de Juan Carlos Rodríguez.

Este autor, que ya me había dejado patidifuso con su obra La norma literaria, vuelve a ejercer un análisis penetrante, estimulante y erudito, en esta ocasión con la figura del pobre en la literatura del Siglo de Oro, en especial, de La Celestina, el Lazarillo de Tormes, el Guzmán de AlfaracheEl Quijote. No diré que sea todo el tiempo una lectura fácil, pues uno debe, como en toda obra escrita con cierta sistematicidad, aprehender los principales conceptos -a veces creados ex profeso- para poder avanzar -y aprender- en la comprensión de la tesis del autor. No solo la reverberación del abandono del feudalismo en el siglo XVI y el surgimiento del incipiente capitalismo, sino su profunda imbricación con los cambios sociales y de mentalidad son la base argumental de Rodríguez respecto de la literatura de aquella época, en especial en la figura del pobre: sirviente, criado, etc., y su relación con las clases detentadoras del poder y de la riqueza. Un gustazo y un montón de conocimientos. Quién puede pedir más.


Lo espinoso del asunto consiste en esta cuestión clave: ¿dónde y cómo acaba la pobreza como enunciación social y dónde y cómo comienza la pobreza como enunciación literaria? Hay que partir de la base de que en el ámbito de la pobreza entra todo: desde la renuncia al mundo a la miseria real en el mundo; desde la distorsión moral ya desde niños a la añagaza o el fingimiento absoluto; desde el crimen o la delincuencia a la patada en el trasero que recibe Mozart por no querer someterse a su señor; desde el ladrón que no cree en el pecado hasta el arrepentido que cree en él; desde la explotación al explotado; desde el niño, de nuevo, al adulto ya herido para siempre... Cuando la pobreza se empieza a convertir no en una cuestión humana o religiosa sino en una cuestión social, empiezan a desaparecer sus límites. Y de ahí la diversidad de sentido.

Pues no olvidemos que el sentido es el límite. (Pág. 39)





3) Las nubes, de Aristófanes

Siguiendo con los clásicos, Aristófanes ha vuelto a ser objeto de lectura de un servidor con Las nubes, de la que he disfrutado no solo como interesado (ávidamente) en la Atenas clásica, sino como mero lector. Una comedia cuyo humor salta por encima de los siglos con total impunidad. A mí me encanta ese:


ESTREPSÍADES. ¡Sócrates! ¡Socratito! 

SÓCRATES: ¿Por qué me reclamas, oh ser efímero?

 

O aquel:


CORIFEO. (...) se suele decir que las malas decisiones 

son lo propio de esta ciudad, pero que siempre que cometéis 

una equivocación los dioses la vuelven a vuestro favor.

 

En una historia en la que un hombre, Estrepsíades, acosado por los acreedores, cree que aprendiendo el arte de la retórica de los sofistas logrará librarse de aquellos, con consecuencias lastimosas. Léanla, no se arrepentirán.




4) Historia de una novela, de Thomas Wolfe (traducción de Juan Cárdenas).

Esta es el relato en primera persona del proceso de escritura de las novelas de Thomas Wolfe, autor de obras como el Ángel que nos mira y, sobre todo, La feria de octubre. Para aquellos que no las han leído, como es mi caso, es difícil reprimir la urgencia de lanzarse a la calle y asaltar la librería más cercana (o la de referencia). Es tal la pasión con la que Wolfe describe su proceso creativo, o, mejor, llamémosle obsesión o compulsión, que durante algunos instantes se contagia tal febril actividad, aunque solo sea en los vaivenes del pensamiento. Para las/los escritoras/es en ciernes, les aviso de que guarda en su interior varias reflexiones que podrían considerarse lecciones de vida en lo que respecta al oficio, tal vez desde una perspectiva romántica, casi herderiana, pero nada desdeñables. Son apenas 90 páginas muy bien empleadas.

No puedo decir realmente que el libro estuviera ya escrito. Fue algo que se apoderó de mí, que tomó posesión de mí, y antes de que pudiera acabarlo -esto es, antes de que finalmente emergiera de esa experiencia con la primera parte terminada-, tuve la impresión de que el libro casi había acabado conmigo. Fue exactamente como si esta gran tormenta negra de la que he hablado antes hubiera descargado y, entre el resplandor de los relámpagos, hubiera vomitado desde sus profundidades una inundación torrencial, ingobernable. A su paso, la riada lo había arrasado todo, lo había arrastrado todo, como sucede cuando un caudaloso río se desborda. Todo, incluido yo mismo. (Pág. 43)





5) La fuerza de los débiles, de Amador Fernández-Savater

Es posible que este libro, junto con el de Emmanuel Rodríguez López y los de José Luis Moreno Pestaña (Los pocos y los mejores y Retorno a Atenas) sean de lo mejor que he leído de filosofía política por autores españoles en los últimos tiempos. Una singular mirada, la de Fernández-Savater, que analiza el poder y el conflicto desde la perspectiva de los débiles, esto es, desde una perspectiva que debe ser guerrillera. Con este prisma, analiza el 15M, el surgimiento de Podemos y el marco político contra el que se rebelan. Las virtudes y errores de un movimiento popular y asambleario que cambió los usos y costumbres de la política española desde la modélica Transición y la creación del denominado régimen del 78, que no tardó en aplicar, no obstante, sus anticuerpos políticos y mediáticos. Un libro importante.


La democracia y la paz civil no son "lo otro" de la guerra, sino una tregua. En esa tregua no desaparecen las violencias y las amenazas que aseguran diariamente el orden de la propiedad y los privilegios, sino que se reacomodan y funcionan distinto. La ilusión de una política sin fuerza lleva a respetar el consenso como marco de juego exclusivo donde moverse. La ilusión de una fuerza sin política lleva a pensar que hay que oponer a la fuerza de los fuertes una fuerza idéntica en respuesta. Por un lado se pierde de vista el problema de la fuerza, por otro se piensa solo en clave de la fuerza de los fuertes. (Pág. 63)





sábado, 10 de julio de 2021

'La paja en el ojo de Dios', de Larry Niven y Jerry Pournelle

Es tal la cantidad de obras de todo tipo que se escriben, publican y ponen a la venta en las sociedades capitalistas (en un significativo porcentaje, la llamada literatura de ficción) que se diría que la riqueza de aquellas (al menos del denominado sector cultural) se presenta como un enorme cúmulo de libros-mercancías. En este caudal, hay, por supuesto, volúmenes de todo tipo, desde la literatura más revolucionaria hasta la más opiácea, mero entretenimiento que contribuye, como gran parte del arte y de la cultura (entendida esta como manifestaciones artísticas y del espectáculo) a la disolución del conflicto o, por lo menos, a la anestesia del sufrimiento de los sujetos, ya sean individuales o colectivos, con miras a que las instituciones permanezcan incólumes. Esta literatura, este arte, es el menos interesante, pero es el predominante. Qué le vamos a hacer. Eso le ocurre por haberse convertido en mercancía.

En este sentido, y ya refiriéndonos de manera exclusiva a las obras de ficción, resulta falso que todos los libros aporten un valor cognitivo o moral. Es más, no sería desacertado suponer que mucho de lo que se publica no vale nada en ninguno de los dos sentidos. En este blog he dado cuenta de muchas de esas obras, productos quizá de la vanidad y de la intemperancia y no de un proyecto artístico serio. Esa es la tarea del crítico honrado: calibrar, a la luz de sus conocimientos y experiencia, el valor de una obra, no con vistas a obtener un beneficio propio, tangible o intangible, sino a contribuir a sostener un espacio público de intercambio de opiniones y argumentos, en este caso, artísticos y literarios. Espacio que, dicho sea de paso, en modo alguno se configura como un compartimento estanco del resto de la sociedad, en cualquiera de sus vertientes.

Así, es posible, criticar al crítico, ya sea por la pertinencia de sus juicios, ya sea (y diría que sobre todo) por su honradez e independencia, o falta de ellas. De todo esto hemos hablado en otras ocasiones, por lo que no me extiendo. Solo añadiré que, al menos en mi caso, no he sido en absoluto inmune a las críticas que he podido recoger aquí y allá. Sinceramente, creo que me han servido para reflexionar mejor, tanto respecto de las obras que analizo como de mi función crítica. En cuanto a los creadores y al público, no espero que el escritor o escritora en cuestión sean capaces de acoger la crítica de un modo que repercuta en su oficio, pero sí que el público lector encuentre a alguien de confianza que le ayude a guiarse entre tanta novela cutre, alguien que no esté regido o sesgado por intereses espurios: carrera, amistad, regalos, favores o cualquier otra posibilidad que se les ocurra. Espero haberme ganado la confianza de algunos/as de Vds.

En todo caso, sigo en la brecha, y es posible que después de verano les anuncie alguna novedad.

Una vez escrito esto, hoy damos un giro copernicano en cuanto a la temática se refiere, y nos metemos de lleno a comentar La paja en el ojo de Dios, de Larry Niven y Jerry Pournelle (traducción de José M. Álvarez Flórez), que, para despejar dudas, no tiene que ver ni con la religión (quizá solo tangencialmente) ni con el sexo extremo.




Es esta una novela extensa, 497 páginas, que narra uno de los temas favoritos de la ciencia ficción, como es el primer encuentro entre una civilización humana y otra alienígena. Los miembros de esta civilización son denominados "pajeños", por vivir en un planeta que, por su posición respecto a una estrella, los humanos llaman la paja en el ojo de Dios. Al contrario de lo que ocurre en otra novela comentada aquí, Embassytown, de China Miéville, donde la ininteligibilidad era casi total y solo se resuelve casi al final de la novela, los problemas de comunicación se solventan con bastante rapidez y facilidad, en plan Star Trek o cualquier space opera. A mi entender, ese es el problema de cualquier novela que pretenda narrar un contacto alienígena, que puede requerir tanta imaginación y documentación que si se aborda sin mesura puede absorber toda la obra (recordemos, al respecto, la celebrada película La llegada). La otra opción, claro, es solventarlo desde el principio de un modo más o menos convincente para pasar a otros asuntos que son los que le importan al autor.

En este sentido, La paja en el ojo de Dios no es en absoluto original pues los alienígenas, los pajeños, a pesar de sus diferencias físicas muestran una forma de pensar bastante homologable a la de los humanos o, al menos, comprensible por ellos. Por otro lado, aunque no sea yo un experto ni mucho menos en física, astronomía, etc., la novela tiene un aire antiguo en cuanto a las descripciones de las naves, los métodos de propulsión, etc., por no hablar de los interfaces y los sistemas de comunicación. Un poco a lo 2001, una odisea en el espacio cuyos ordenadores, por ejemplo, nos hacen sonreír desde hace décadas.


El jefe de comunicaciones, Lud Shattuck, atisbó por su punto de mira, realizando ajustes increíblemente precisos con sus nudosos dedos, increíblemente precisos para aquellos torpes apéndices. Fuera del casco de la MacArthur, un telescopio se movió bajo la dirección de Shattuck hasta dar con un pequeño punto de luz. Se movió luego hasta centrar perfectamente el punto. Shattuck lanzó un gruñido de satisfacción y accionó una palanca. Una antena de máster se ajustó al telescopio mientras la computadora de la nave deducía dónde debía estar el punto de luz cuando llegase el mensaje. Un mensaje codificado brotó del carrete de su cinta, mientras los motores posteriores de la MacArthur fundían hidrógeno en helio. La energía recorrió las antenas, energía modulada por la pequeña cinta del cubículo de Shattuck, dirigiéndose hacia Nueva Escocia. (Pág. 48)


No obstante lo cual, la novela se lee con interés: tras una primera parte en la que se nos explica la composición, jerarquías e instituciones de la civilización humana del 3017 d.C., se procede al descubrimiento y posterior primer contacto con los pajeños. El ritmo es pausado, con intervenciones de varios personajes, algunos de los cuales no logran, a pesar de todo, adquirir relieve significativo con una intención de crear una atmósfera pausada, un espejismo de orden y control que, a mitad de la novela, salta por los aires. No esperen una prosa aquilatada, pero tampoco es desmañada. Eso sí, diálogo, mucho diálogo, bien construido, cada personaje con su voz.

La sociedad pajeña puede leerse como una desfiguración de la utopía platónica bosquejada en La República (obra que, por cierto, se menciona en la página 389) y en Las leyes, así como se toma la concepción del tiempo cíclico de los antiguos griegos. Fuertemente jerarquizada, con una delimitación estricta de, digamos, etnias y subespecies con sus respectivas funciones. Están, de una manera más o menos soterrada, los gobernantes, los guardianes y el resto de los ciudadanos, aunque, curiosamente, sin ese margen de movilidad entre clases que sí se encuentra en Platón, aunque con más matices. Los humanos que logran penetrar el secreto de la sociedad pajeña descubrirán que su verdadera historia muestra algo definitorio y fatídico. Este descubrimiento no es algo que los pajeños querrían compartir con los humanos. De qué se trata, no se lo revelaré aquí, ni cómo se resuelve, faltaría más.

Por otro lado, la civilización humana es un imperio. Regido, por tanto, por un emperador y rodeado de una aristocracia, virreyes planetarios inclusive. Es pues claro que los autores no han imaginado una civilización humana que no fuera extraída del antiquísimo molde de la concepción piramidal de jefes y servidores, por extensa que sean sus dimensiones y su población. Al menos, es coherente que la historia de este imperio, así como de los anteriores, esté jalonada y plagada de rebeliones, secesiones y revoluciones, en una especie de ciclo de creación y destrucción al que, por otro lado, no es ajeno otras formas de vida inteligente. También en cuanto a las relaciones entre los sexos (teniendo en cuenta solo una concepción binaria hombre-mujer) es quizá deudora de su tiempo o de su concepción de esa sociedad interplanetaria, de esencia aristocrática y moralmente conservadora.


El infante de marina indicó a Rod un asiento. Justo frente a él había un alto estrado para el Consejo, y encima el trono del virrey que dominaba completamente la estancia; sin embargo, hasta el trono quedaba eclipsado por un inmenso sólido de su soberana e imperial alteza y majestad, Leónidas IX, emperador de la Humanidad por la gracia de Dios. Cuando llegaba un mensaje del trono del mundo, la imagen revivía, pero ahora mostraba a un hombre de no más de cuarenta años que vestía el negro medianoche de almirante de la flota, sin adorno de condecoraciones o medallas. Unos ojos oscuros miraban fijamente a todas las personas que había allí. 

La estancia se llenó enseguida. Había miembros del Parlamento del sector, oficiales de la Marina y del Ejército, civiles asistidos por angustiados funcionarios. Rod no sabía lo que le aguardaba, pero percibió miradas celosas de los que había tras de él. Era, con mucho, el oficial más joven de la primera fila de asientos. El almirante Cranston ocupaba uno situado dos más a la izquierda del de Blaine y saludó protocolariamente a su subordinado.  

Se oyó un gong. El mayordomo de Palacio, negro carbón, látigo simbólico en la correa de su uniforme blanco, se acercó al estrado que había sobre ellos y golpeó el suelo con el cetro de su cargo (...). (Págs. 80-81)

 

El ritmo, a partir de la mitad de la novela, se acelera como consecuencia de un repunte de la acción. Como debe ser, añadiría, en una novela de estas características. No obstante lo cual, no puedo evitar la sensación de que los personajes aparecen un poco acartonados, un tanto rígidos, como si hubiesen sido elaborados con un ficha tipo y no se les hubiese permitido ser contradictorios. Por el contrario, y hasta cierto punto resulta una paradoja, algunos personajes pajeños son más reales (iba a escribir, más humanos) porque es posible apreciar evolución moral y psicológica en ellos. Por tanto, se perfilan mejor contra ese fondo de palabras y frases que los autores han desplegado en una historia que no deja de intrigar al lector. Tanto las hipótesis que ofrece como perspectivas de futuro, como sus vestigios del momento en que fue escrita merecen, al menos, una reflexión, como la que me ha llevado a escribir esta reseña.

A partir del último tercio, los escritores ofrecen algo así como una teoría política del Imperio, tanto desde la perspectiva humana como de la pajeña. Al adoptarse este último punto de vista, se provoca un extrañamiento en el lector, extrañamiento que, sin ser irónico, pone en cuestión numerosas asunciones sobre la civilización humana de ese tercer milenio d.C  (cuyo comportamiento dista muy poco de la actual). Además, el juego político de engaños y mentiras se desarrolla entre los representantes de ambas civilizaciones de un modo eficaz y emocionante, donde la carta definitiva, como en las novelas de detectives, se muestra en el último momento.

EN DEFINITIVA, una obra notable, sin la exquisitez, por citar a alguien, de un Ray Bradbury ni la imaginación lúgubre y distópica de un J.G. Ballard, pero, de cualquier modo, muy estimable y entretenida, y no solo para los seguidores del género.












martes, 22 de junio de 2021

'Paraguas rotos', de Luis Alberto Henríquez Hernández

No sé si es buena noticia, pero el ritmo de las publicaciones y presentaciones literarias está adquiriendo vigor pre-pandemia. Hace unos meses, nuestro añorado Emilio González Déniz publicó una novela que ya han elevado a los altares y más arriba, y unos días atrás, nuestra estrella local, Alexis Ravelo, sacó la número tropecientas de su personaje favorito (también le han hecho la oportuna entrevista jabonosa, a cargo de un hombre experto en esos menesteres espumosos). Las/os seguidores/as de ambos estarán contentos, consumirán sus novelas y harán loas a su maestría, a su bonhomía, a su pedagogía y a cualquier cosa que termine en -ía, etc. Hasta aquel buen hombre cuyas dotes de reseñador hagiográfico dimos cumplida cuenta como Jesús Ibrahim Chamali ha roto aguas con un libro de relatos. A buen seguro, por otro lado, que Santiago Gil estará preparando alguna cosa lírico-existencial de las suyas en la intimidad de su gabinete, indignado porque todo el mundo publica y él ya hace más de un mes que no. 

Como dicen algunos amantes de la Cultura con mayúsculas, que se publique mucho es positivo porque se crea patrimonio. Así, todo lo que tenga que ver con la Cultura es bueno porque es bueno si es Cultura, y viva la tautología; además, se ponen en valor la creatividad, la diversidad, la intertextualidad y demás conceptos fetiche. Ya saben que, para muchos, la Cultura, entendida como el disfrute de lo que les guste, nos hace mejores (en sentido moral e intelectual) y nos diferencia, por ejemplo, del plancton. 

Si a uno le gusta el teatro, pues entonces el teatro es la quintaesencia de la humanidad y el escenario es un espejo de las pasiones, crítica de la sociedad y venga con la catarsis; si a uno le gusta la ópera, pues nada a repantingarse en la butaca disfrutando de formar parte de una minoría selecta y exquisita, amante de los gorgoritos y de ponerse en pie a aplaudir, como si no hubiera mañana, a quienes se les acuse de abusar de mujeres; si a uno, en fin, gusta de leer versos o, peor aún, de escribirlos, no solo se regocijará al punto de la excitación por integrar la minoría de las minorías (lo cual proporciona el summum de la distinción) sino proclamará a los cuatro vientos la necesidad de la poesía para el feliz desenvolvimiento y progreso de la especie humana a pesar de estar formada de madera tan retorcida. Lo mismo puede aducirse para el ballet, los cuartetos de cuerda, la pintura, las instalaciones, los vídeos por ordenador, los grafiti o cualquier cosa que quepa imaginarse que se le etiquete como arte, y, mejor, si ha logrado ser aceptada en un museo o alguna institución de prestigio que la legitime. La que sea.

En realidad, resulta habitual proclamar como lo mejor o lo necesario a lo que uno se dedique o aquello por lo que uno sienta pasión o vicio. Cuando leemos, o lo intentamos, a Dulce Xerach, nos resulta meridiano que Xerach hipostasia la arquitectura: todo tiene que ver con la arquitectura, a los/las arquitectos/as no se le escucha bastante y la sociedad debería comprender su importancia, so pena de hundirse en la abyección. Cuando leemos la entrevista (casi a diario) en cualquier periódico local a un/a empresario/a o dirigente patronal, diríase que la humanidad carecería de sentido sin el liderazgo y la clarividencia de las personas empeñadas en sacarle partido a su capital y la plusvalía a sus trabajadores/as. Si uno/a es periodista, pues qué sería de la democracia, de la sociedad, y de la capa de ozono sin el periodismo, ya sea de investigación, ya de corta y pega. Y así con todo.

Lo señalo porque es un sesgo este que deberíamos tener en cuenta a la hora de blandir juicios y exhibir dogmatismos, a lo que somos tan dados los seres humanos y, dado el espacio del que nos ocupamos aquí, los aficionados y malvividores en distinto grado de la Literatura, del Arte y de todas esas cosas por las cuales hasta los más acendrados defensores del libre mercado piden hasta el hartazgo subvenciones a los poderes públicos.

Dicho lo cual, pasamos a una colección de cuentos publicada y presentada hará escasamente un mes o así: 


Ediciones Garoé, que conste.

Paraguas rotos es un conjunto de relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández cuyo leitmotiv es la idea de aniquilación, pero, por encima de todo, de la aniquilación propia. La mayoría de los relatos acaba con el protagonista, narrador en primera persona, enterrado o encerrado. Todo muy mal. Esto en sí no es ni positivo ni negativo: el autor tiene una concepción pesimista de la existencia que lo lleva a concluir sus historias de modo funesto. Lo que es negativo a mi entender es el tremendismo verbal que le lleva a decir en cinco frases lo que se puede en decir en una, sobre todo si tiene que ver con la corrupción o el desmembramiento. En cierto sentido (muy tangencial), me recuerda a Thomas Bernhard, aunque sólo en el concepto. Si uno lee al escritor austriaco, la misma palabra "aniquilación" está presente en casi todas las novelas, y, en muchas, escrita con profusión. Esa idea de acabamiento, de castigo de uno mismo, de llevarse al límite me parece que también está en los relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández, aunque en este caso, más como un acto de contrición de consecuencias físicas. Las similitudes acaban ahí, claro.

La estructura de los relatos es lineal: algo mueve al protagonista a iniciar un viaje (más corto o más largo), se envuelto envuelto en la bruma, la confusión y las alucinaciones fantasmagóricas y, finalmente acaba, por lo general de modo bastante abrupto, por no decir precipitado, de la peor manera. En este sentido, el lector a partir del segundo relato comienza a esperar que algo fatídico va a ocurrir de forma inevitable, pero ese sentimiento no logra generar más que cierta impaciencia, fomentada, además, por la tendencia del autor, como hemos dicho, al relleno verbal de naturaleza redundante. 

Por otro lado, en numerosas ocasiones, los símiles que emplea el autor si no son tópicos, se me antojan impertinentes, en los que semejanza entre los objetos comparados es tan lejana o arbitraria que la lectura se ve sacudida por la extrañeza, en el mejor de los casos, y por el rechazo, en el peor.

Pero esa noche el descanso me fue negado. Los remordimientos y el horror se lanzaron sobre mis sueños como una jauría de lobos negros sobre un cordero abandonado, sumiéndome en una vorágine de oscuras alucinaciones de las que no fui capaz de despertar. Asistí con pavor al proceso de descomposición del cuerpo de mi padre. Le vi hincharse como un sapo en celo. La expresión de su cara se deformó hasta el límite de sus tejidos y, a continuación, se abrió en canal y soltó una marabunta de gusanos y la larvas de insectos variados que se retorcieron unos sobre otros mientras luchaban por un pedazo de carne muerta de mi padre. La arcada ascendió hasta mi garganta sin náusea previa, una contracción espasmódica del estómago producida por aquella nauseabunda visión. Notaba cómo el azufre se combinaba con el hidrógeno y saturaba mi centro olfativo de un olor putrefacto y vomitivo. Acto seguido, el viejo fue licuándose. Tomó un aspecto húmedo, ambarino, absolutamente repulsivo. Sus labios aparecían inflados y retraídos, mostraban una sonrisa siniestra a través de la cual asomaban lombrices blancas y voraces (...). (Págs. 16-17, relato Los muertos también lloran)

 También, algún error causado por la homofonía como "desecha en lágrimas" (en vez de deshecha) (Pág. 49, del relato Que Dios me perdone), que un/a corrector/a atento debería haber corregido (en el caso de que esta novela haya contado con un profesional así). Seguimos:

Divagaba, conversando conmigo mismo, cuando me di cuenta de que a mi alrededor solo había árboles. Los troncos se cerraban unos al lado de los otros, como si fueran una legión de dacios a las órdenes de un emperador cruel. Mantuve la calma. Agucé el oído intentando localizar los sonidos humanos del pueblo para así poder orientarme en el bosque. 

Nada. 

Una brisa ligera movía las ramas y las hojas, y arriba, entre las copas de los árboles, los cuervos graznaban a la montaña avisando de la presencia de un extraño. No me atreví a dar un paso más. Tuve la sensación de que el bosque se estrechaba en torno a mí y me susurraba palabras que no comprendía. La niebla, escasa hasta hacía un rato, comenzó a arremolinarse a mi alrededor. Densa. Una violencia pasiva que me puso alerta. (Págs 53-54, relato Que Dios me perdone)

 

La ciudad me había recibido sin ninguna emoción particular y dándome una cachetada helada en la cara. Corría el mes de noviembre y en esa latitud del planeta, la metrópoli se comportaba conmigo tal y como haría una amante despechada que se viera traicionada por la presencia de una segunda amante. Aun así, sus encantos eran evidentes y destacaban incluso bajo el manto oscuro de la noche de mi llegada. Antes de irme a dormir, una vez alojado en el hotel, había repasado mis escasas notas preliminares y puesto en orden la secuencia de trasbordos que realizar en el transporte público subterráneo para llegar, a primera hora de la mañana siguiente, a la cita con Jacques. (Pág. 61, relato Sofocado)

 

En este mismo relato, el autor compara en apenas una páginas a los vagones del metro como "un pulmón de metal herrumbroso y agotado, insuficiente y disneico (pág. 66), "El tren me recordaba a un buceador" (misma página), "En lo que el tren se llenaba de nuevo y arrancaba, la mayoría de la corriente humana de la que formaba parte se había salido del apeadero. Como si hubieran vaciado la cisterna de un baño público" (misma página). Asimismo, los seres humanos que se desplazan por el subterráneo son "magma humano" (pág. 66), otras como "una familia de hámsteres" (pág. 67), o "una masa informe de individuos" (Pág. 68), "Hormigas atareadas" (misma página) o "cucarachas guiadas por antenas invisibles" (pág. 70). También, más adelante: "Atravesé la marabunta de gente que había en el mercadillo. Gusanos atareados que se acumulaban en torno a un cadáver en descomposición" (pág. 214, en el relato Reflejos macabros). Aparte del exceso de símiles y metáforas, la impresión que obtiene el lector (o lectora) de la visión de los seres humanos del autor es desconsoladora, y también un poco antigua, es decir, esa visión de la masa descerebrada, de reacciones animales, tan en boga en las primeras décadas del siglo XX en autores, entre otros, como Le Bon y Ortega y Gasset, y que, de cuando en cuando, asoma entre aristócratas del gusto, poetas laureados y políticos mezquinos por la que se niega humanidad a la humanidad.

Asimismo, aun a riesgo de ofrecer una interpretación también un tanto extrema, ese protagonista narrador en primera persona de los relatos, que apenas se relaciona con los demás, como una mónada encerrada en sí misma y la mayor parte del tiempo hostil con otras mónadas que aparecen en su discurrir, podría considerarse una metáfora del ser humano de nuestro tiempo, arrastrándose penosamente bajo el peso de un capitalismo de última hornada que sigue presionando con fuerza para destruir todo lo comunitario con el fin de apropiárselo y convertirlo en objeto de compraventa. También, para transformar a la sociedad en una constelación de individuos que solo se relacionen con los demás a través del mercado. Individuos aislados, fácilmente mensurables y etiquetados, en un entorno social degradado y en un contexto laboral cada vez más precarizado. Frente a ello, una consecuencia posible es la angustia de ese ser humano solitario y desamparado y, como dijimos, las fantasías de aniquilación propias y de los demás, algo que en el plano político suele venir entroncado con la aparición de movimientos de extrema derecha que se nutren del resentimiento, sobre todo, de lo que antes se llamaba pequeña burguesía y hoy, clase media.

En en estos relatos, la angustia está travestida con el ropaje de lo fantasmal y con el de la psicopatía y la locura. Sigamos con las citas:

Creo que me estoy volviendo loco. No es algo progresivo que hubiera estado gestándose como una enfermedad bacteriana. Ni poco a poco, como dice la canción o como ocurre cuando se tiene una erección por cortesía. No. Ha sido de repente. De sopetón he sabido, tan lúcida y cristalinamente como se refleja el sol en las pupilas dilatadas tras una noche de excesos, que mi cerebro no es como lo recordaba. (Pág. 79, del relato Rompecabezas, comecocos y otros juegos de la mente)

Como si mi cerebro estuviera hecho de piezas, miles de pequeñas piezas que encajan delicadamente para formar un complejo rompecabezas en tres dimensiones. (Pág. 84, del mismo relato)

 

Podríamos seguir con esos símiles fallidos: "como un panal fabricado por abejas obreras asalariadas por la parca" (pág.109, en Luto), o "le hice un aspaviento con la mano libre, como quien espanta las moscas que se alimentan de un trozo de carne podrida" o "la oscuridad se adueñó poco a poco del entorno, como el metal que se estrecha en torno al cuello de un condenado a morir a garrote vil" (pág. 174, en Copilul bisericii negre) o tópicos como "radiante como la luz al final del túnel" (pág. 109, Luto) o "Plana como la línea de un encefalograma plano en una sala de autopsias" (pág. 143, en Conciencia expandida). Dejémoslo ya.

En fin, estos relatos no pueden leerse como si su intención fuera causar miedo. No son cuentos de terror, propiamente dichos. La sangre a borbotones y los desmembramientos, así como los escalofríos y la lividez y el sudor frío no bastan. Recordemos, a este respecto, aquella novela de Leandro Pinto, Abismo, que adolecía del mismo defecto. El miedo que puede causar la lectura de Drácula, de Bram Stoker (objeto, por cierto, de una aguda lectura sociológica por Juan Carlos Rodríguez en La norma literaria) o en algunas de las mejores novelas de Stephen King no está al alcance de cualquiera, me temo. Más bien, repito, me parecen el trasunto de una necesidad de expiación o, al menos, de válvula de escape de las inquietudes del autor, cualesquiera que sean éstas.

EN DEFINITIVA, la impresión general de este volumen es la de un desahogo verbal, con algún relato que apunta maneras, a pesar de sus evidentes defectos, como, sobre todo, Sofocado, con su particular versión del flâneur, o también Luto y Reflejos macabros. Hay algo de literatura envejecida, de temática resobada, incluso fosilizada, no solo en los temas sino también en el estilo que hacen desdeñable este conjunto de narraciones. 

Resulta evidente que el autor ha querido escribir, y lo ha hecho con pasión, pero es dudoso que lo escrito es algo que él mismo hubiese deseado leer. Más bien, resulta una especie de terapia que si no hubiese tomado la forma literaria, habría sido darle puñetazos a un saco de boxeo o tirarle piedras a una galería de cristales para provocar el mayor estrépito posible. No dudo que Luis Alberto Henríquez se haya quedado a gusto. El problema es que el público lector, quizá, no. 

No obstante, y llámenme soñador si les apetece, creo que Luis Alberto Henríquez tiene algo, que limado, pulido y trabajado, podría transmutarse en historias dignas atención. En principio, le aconsejaría abandonar la truculencia, quizá el género del horror; contenerse en el flujo verbal, estructurar mejor sus narraciones sin dejarse dominar por la impaciencia, y no cejar en el refinamiento del estilo. 

Ahí queda eso.



P.D. Otra reseña, más elogiosa que la mía, pero, eso sí, un tanto desganada, aquí.