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miércoles, 15 de diciembre de 2021

Lo mejor y lo peor del Polillas en 2021

Este quince de diciembre debería sonar como el "Recuerden el 5 de noviembre" de la película V de Vendetta: una fecha con atmósfera explosiva, cargada de presagios, como suele decirse, cuando las expectativas están alimentadas con el temor a lo posible y el júbilo por la sorpresa. Un 15 de diciembre que marca el último artículo de Polillas al anochecer y el programa homónimo de Radio Guiniguada de 2021. Volveré, volverán, volveremos, en enero.

Que no se diga que no nos hemos esforzado por cambiar, aunque sea de manera mínima, casi meramente testimonial, el ambiente complaciente, a la vez que mezquino, del mundillo literario y editorial de Canarias. No será por falta de objetivos y de aspiraciones, por desmesurados que parezcan para nuestras posibilidades, que se basan simplemente en exponer y argumentar, con lo que, de vez en cuando, nos alcanza para convencer. Cierto es que la mayoría de los vicios y defectos son de naturaleza estructural, por lo que es poco probable, salvo un gran cambio en varios órdenes sociales, que la forma de presentar la literatura (y la cultura, entendida como el orden artístico) en las Islas (y en España) cambie de manera radical.

Sin embargo, como siempre, algo de espacio existe para la acción personal, para decantarse por una manera de estar en el mundo que no consista sólo en halagar al poderoso y en pisar al infeliz, en presentarse a los demás como un objeto entre objetos, como una calculadora de intereses. En fin, aspiremos a ser algo mejores, éticamente hablando. Total, por desear... ¿No habíamos convenido que el arte era "hijo de la libertad"?


En lo que comienza a ser una pequeña tradición, así quedan las listas de Polillas al anochecer:


Mejores novelas leídas en 2021

-Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori.

-Existiríamos el mar, de Belén Gopegui.

-El viaje de las palabras, de Clara Usón.

-La hijuela, de Marcos Hormiga.

-Cuentos de otoño, de Agustín Díaz Pacheco.

-Desde la línea, de Joseph Ponthus.


Como ya he señalado en otras ocasiones, establecer una jerarquía es difícil, sobre todo cuando se trata de sopesar las virtudes de varias novelas tan distintas. No obstante, tengo claro que la obra de Rezzori está un escaloncito por encima de las demás. Llámenlo capricho personal. Por lo demás, ha sido un descubrimiento para mí Clara Usón. Habrá que leer alguna otra novela de esta autora. Agustín Díaz Pacheco cuenta con una larga trayectoria literaria, y a juzgar por la mayoría de los cuentos que se ofrecen en esta obra, quizás su conocimiento por el público debería ser más amplio. Otro descubrimiento narrativo ha sido la novela de Marcos Hormiga, sin duda. Estos autores, junto con Luis Junco, Juan R. Tramunt o Anelio Rodríguez Concepción, entre otros/as (seguro que he olvidado mencionar a alguien importantísimo, perdónenme) representan para mí la literatura en/de Canarias que debería perdurar, por muy poco mediáticos que sean. Ahí veo yo auténticas vetas de arte literario.  


                                   






Peores novelas leídas en 2021

-El Salón de los Espejos Mudos, de Sergio Constán.

-El informe Silvana, de Sabas Martín.

-De un país en llamas, Javier Hernández Velázquez.

-Mediodía eterno, de Santiago Gil.

-Alma reglamentaria, de Alexis Hernández Benítez.


Con la misma incapacidad de establecer una jerarquía, estas novelas tienen en común ser muy deficientes en numerosos aspectos, que ya hemos tratado en las reseñas correspondientes. Eso sí, podemos comentar diferentes aspectos de cada una de ellas. Por ejemplo, la particularidad de la novela de Sergio Constán es que fue la ganadora de un concurso literario. Si una novela tan insoportable hizo que le dieran un premio a su autor, no es de extrañar que muchos/as escritores/as alberguen fantasías descabelladas de fama y prestigio. La de Sabas Martín mostraba asomos de que el autor es capaz de escribir algo con sentido, pero por alguna razón esos destellos quedaron opacados bajo una prosa que en su mayor parte era deleznable. De Javier Hernández Velázquez, leí todo tipo de elogios, que, al menos en este caso, se demostraron infundados. Creo difícil escribir algo de peor calidad. Se demuestra, una vez más, que el encomio desmedido y el buenrollismo cultural no valen para nada. A Alexis Hernández le oí decir que esta obra le había llevado varios años: solo espero que no vuelva a gastar su esfuerzo en desempeños semejantes. De la de Santiago Gil ya di cuenta en su momento. Nada hay que añadir a un escritor que rueda cuesta abajo, cada vez que puede, por las barranqueras de la cursilería y que, en mi opinión, es víctima de su relevancia en el mundillo literario grancanario.

Por último, y no menos importante, y que sirve para comprobar el nivel de la cultura en el plano literario, hago una breve mención a los reseñadores que más se han prodigado. Antes, hay que decir que, dado el difuminamiento progresivo del cuadernillo cultural de La Provincia y El Día y su desaparición en Canarias7, casi no hay reseñas literarias que merezcan ese nombre. Citemos a Victoriano Santana Sanjurjo, que perpetra sus húmedos artículos esporádicamente en aquel cuadernillo, y a Felipe Landín, que ha publicado alguna reseña extra almibarada en el Canarias7. Aparte, Eduardo Rojas coordina un suplemento en el Diario de Avisos y cuenta con la página en Internet de El escobillón. Se le nota cómodo: cualquiera lo imaginaría escribiendo sus cosas en batín y zapatillas, y sentado sobre un cojincito. A veces se irrita contra algún político o algún nombramiento, pero, la mayor parte del tiempo, el mundillo cultural y las novedades literarias le parecen bien, y se le nota.

Respecto de los dos primeros, sirven como ejemplo de la crítica literaria en Canarias, que no es crítica y apenas literaria. Ante los ojos de ambos, se despliegan novelas a cuál más magnífica y consideran que los/as autores/as son a cuál más excepcional porque Canarias está llena de talento, mucho talento, muchísimo talento, tanto que no hay papel en el mundo presente ni futuro en el que imprimir tanta obra maestra. Todo es maravilla, hermosura, belleza, levitación, espuma y pompas de jabón que se elevan hasta el Parnaso y más allá. Su único futuro, claro está, será dejar tras de sí un rastro de lectores estafados, indignados, desengañados y, probablemente, con orzuelos porque no hay ojos que resistan tanto disparate.  

Para ofrecer un bosquejo de solución (un saludo a Ricardo Pérez), si yo fuera el propietario de un medio o el director (si este pudiera hacer algo por cuenta propia), renovaría por completo el suplemento o la sección, en su caso. Nada de "saludos" a la obra nueva, nada de confundir el fomento de la cultura con la amistad de tal escritor o de tal editora. Acabaría con las entrevistas estereotipadas, esas en que se le pregunta al autor o autora qué hay de biográfico en su novela, si escribe con bolígrafo o a ordenador, qué opina de los niveles de lectura, etc. Los/as colaboradores/as cobrarían por su trabajo (ningún suplemento ni ninguna página web pueden plantearse desafíos importantes solo a base de entusiasmo, que, por lo demás, se desvanece pronto) y, por tanto, se les exigiría, en este orden, honradez, complejidad y erudición. El medio, además, pagaría la asistencia al espectáculo: ni entradas gratuitas ni pases VIP. Ese espacio, además, no sería agenda de actos culturales, artísticos o de espectáculos proveídos por las instituciones públicas o privadas ni sería mera página para las notas de prensa de turno. Tampoco debería ser plataforma publicitaria encubierta de otra empresa (el habitual ejemplo de un periódico y una editorial que pertenecen al mismo grupo empresarial)

Asimismo, en papel la periodicidad puede ser mensual o, idealmente, semanal. En una página web, la renovación de los contenidos se revela como crucial, con esa misma periodicidad. Revistas que parecen seguir funcionando aún como Trasdemar o La Salamandra Ebria revelan a las claras las insuficiencias del voluntarismo como método de trabajo, y las fechas de los artículos son reveladoras de tales carencias.

Sería reflexión crítica, con un punto dadá y algo de mala leche. De tal modo que aspire a convertirse en una referencia cultural y popular, es decir, que, a pesar de su especialización, sea también motivo de comentario ciudadano generalizado e intergeneracional, por difícil que parezca. Si tenemos claro que los periódicos en general son negocios ruinosos, un poco de valentía tal vez les serviría para recuperar algo de prestigio, por inconcebible que suene. Con respecto a los programas culturales de radio y TV, lo poco que he oído y visto adolece de los mismos vicios que la prensa.

Además, creo que lo ideal para el público lector sería no disponer de un solo suplemento o espacio como el que describo, sino de varios, quizá dos por provincia. Otra cosa es que en Canarias dispongamos de un público lector que hiciera posible la sostenibilidad de proyectos semejantes. ¿Cuántos/as lectores/as hay en Canarias? ¿Cuántos/as compran más de un libro al mes? ¿Cuántos hay interesados en arte? ¿Cuántos/as pagarían por leer ese suplemento o revista cultural? La clave está en la suscripción de los/las lectores porque si se depende de la publicidad privada, se corre el riesgo de que los principales anunciantes presionen para que se publique a favor de sus intereses (o al menos, para que no se publique en contra); si se depende de subvención institucional, más o menos lo mismo. 


En fin, para no acabar este artículo con un sabor amargo, les propongo también los siguientes libros de no ficción, algunos ya comentados:


Lista de la no-ficción o de sí-todolodemás

1) La política contra el EstadoSobre la política de parte, de Emmanuel Rodríguez López.

2) La fuerza de los débiles, de Amador Fernández-Savater (Akal).

3) Los pocos y los mejores, de José Luis Moreno Pestaña (Akal).

4) El escritor que compró su propio librode Juan Carlos Rodríguez (Debate). 

5) La norma literariade Juan Carlos Rodríguez (Debate).

6) La literatura del pobrede Juan Carlos Rodríguez (Comares).

7) Tras la muerte del aura, de Juan Carlos Rodríguez (Universidad de Granada).

8) La cena de los notables, de Constantino Bértolo (Periférica).

9) ¿Quiénes somos?, de Constantino Bértolo (Periférica).

10) La crisis de la utopía, de Luciano Canfora (Anagrama).

11) Ethos y Polis, de Salvador Mas Torres.

12) Malos nuevos tiempos, de Hal Foster (Akal).

13) Miradas políticas en el país de las fantasías, de Yayo Aznar Almazán (Akal).

14) El Estado contra la democracia, de David Graeber (Errata Naturae; traducción de David Muñoz Mateos).

15) El derecho a la pereza, de Paul Lafargue (Maia ediciones; traducción de Javier Alvarado).

16) Del Arte y su obsolescencia, de Alberto Adsuara (Casimiro Libros).

17) Breve introducción a la teoría literaria, de Jonathan Culler (Austral; traducción de Gonzalo García).

18) Gastos, disgustos y tiempo perdido, de Rafael Sánchez Ferlosio (Penguin Random House)

19) ¿Tiene futuro el capitalismo?, VV.AA (Siglo XXI; traducción de Bertha Ruiz de la Concha)

20) La domesticación del arte, de Laurent Cauwel (Incorpore; traducción de Juan-Francisco Silvente).

21) Pensar la imagen, VV.AA (Ediciones/Metales Pesados).

22) Supervivencia de las luciérnagas, de Georges Didi-Huberman (Abada; traducción de Juan Calatrava).

23) La cámara lúcida, de Roland Barthes (Paidós; traducción de Joaquim Sala-Sanahuja.

24) Discurso sobre el horror en el arte, de Paul Virilio y Enrico Baj (Casimiro Libros; traducción de Giulio Scafa).

25) Lo que no se ve, de César Barrio (Archivos Vola).

26) El abuso de la belleza, de Arthur C. Danto (Paidós; traducción de Carles Roche).



P.D. A posteriori, echo en falta la presencia de escritoras canarias (o residentes). Procuraré que no ocurra lo mismo en 2022.

P.D. Otra lista, que todo/a lector/a debería tener en cuenta, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA



jueves, 18 de febrero de 2021

'Memorias de un antisemita', de Gregor von Rezzori

 En ocasiones, un alma atribulada busca consuelo entre las páginas de una novela. Puede darse la feliz coincidencia de que encuentre el alivio y el solaz que anhelaba. A veces, incluso, obtiene algo parecido a conocimiento, que incorporará a su vida mundana aun de modo no absolutamente consciente. Es posible que los nombres que perduran en la historia de la literatura sean los de aquellas/os creadoras/es que insuflaron en su obra lo que necesitábamos. Repito: consuelo, alivio, motivación y explicación. Tal vez, la constancia de que otra alma semejante a la nuestra existía o existió, que no estamos, del todo, solos. No es poco.

Tampoco mucho, si la literatura (y el arte, en general) se conciben como mero refugio. Es entonces cuando su consuelo se troca en escapismo, y en pretendida esencia de la vida. La literatura no sustituye a esta sino que la utiliza como material, no lo olvidemos. Ni la hipostasiemos: no se lo merece. Por eso, repugnan tanto esos cantos a la lectura y a la cultura, esos empalagosos himnos a lo que de otro modo, como seres simbólicos que somos, no podemos dejar de hacer, subvencionados/patrocinados o no. Es emocionante, por escalofriante, cuando oímos a un políticos pronunciar su sarta de loas a la literatura/cultura: si quiere que miremos allí, ¿a qué allá no desea que miremos? Lo mismo, pero por otras razones, podemos colegir del banco X o de la aseguradora Y.

Además, a la literatura se va por propia elección. Me siguen suscitando curiosidad, mezclada con algo de asombro, los periódicos planes (del gobierno, cabildo o ayuntamiento que sea) de incentivación a la lectura. Sobre todo, porque no son campañas de alfabetización, sino que de manera literal pretenden que el que ya sepa leer lea lo que, por las razones que fuere, no le interesa. "¡Lea Vd. a Galdós, patán ignorante!" Ese paternalismo ridículo, de transformación social nula, inocuas sus consecuencias e irritantes sus métodos, es otra manera de utilizar lo que se entiende como cultura para caracterizar a las instituciones como benefactoras. Una capa de pintura barata con la que cubrir las vergüenzas y miserias de la acción política que, año tras año, generación tras generación, y sin distinción de ideología explicitada, sigue empeñada en conservar un statu quo que solo se entendería si hubiéramos conseguido una sociedad compuesta de ciudadanos/as plenamente libres e iguales, capaces de llevar una vida digna con el potencial para que sea lograda.

De sobra sabemos que no es así, y mientras que somos conscientes de las desigualdades lamentables al acceso a la educación, a la salud y al ejercicio de los derechos políticos, nos distraemos con las campañas publicitarias de las instituciones públicas y privadas: las primeras empeñadas en convencernos en que no podemos aspirar a nada mejor salvo peligro de caer en stasis, y las segundas, en que la libertad es elegir una serie de TV o en que te lleven una hamburguesa a casa. El arte, la cultura y los espectáculos deportivos son las armas elegidas de manera más visible para ejercer de disolvente del conflicto social. Desengáñense, y no miren siempre a donde se les indique.




Todos/as llevamos un antisemita dentro, en sentido general. Me explico: es posible que hoy en día el estigma del "judío" no sea importante en las sociedades occidentales (¿seguro?). Pero sí el del "moro", el del "inmigrante" o, vaya por Dios, el del "pobre" o el de la "gentuza". Siempre parece haber una parte de nuestros congéneres a los que íntimamente deseamos excluir, aunque preferiríamos que nos partieran un brazo a reconocerlo, sobre todo si nos consideramos de izquierda y votamos socialista. Necesitamos rechazar, tal vez odiar, como necesitamos que nos acepten, tal vez que nos quieran. Recordemos que los conceptos suelen necesitar del opuesto: somos ciudadanos frente a los no ciudadanos, como los turistas o los migrantes. Somos miembros de un club de tenis o de un grupo masón frente a los que no lo son y frente a los que nunca se les aceptaría, etc. Al menos antes de la II Guerra Mundial, en Europa, ser judío implicaba ser siempre la parte no aceptada, despreciada, sospechosa: la bestia sacrificable. Quizá como hasta no hace mucho, un gitano en España. O un negro (o como quieran que entienda eso un norteamericano, en las casi infinitas y sutiles gradaciones étnicas en las que se han enfrascado históricamente las culturas anglosajonas) en los Estados Unidos.

De esto nos escribe, entre otras cosas, Gregor von Rezzori, en Memorias de un antisemita (traducción de Juan Villoro). Su personaje, Arnulf, el narrador, que no es otro sino él mismo, resulta en muchas ocasiones despreciable o, al menos, nos avergüenza su comportamiento, por mucho -o quizás por eso- que su conducta nos resulte tan familiar, tan nuestra, entendiendo por ello, prejuiciosa, caprichosa y pretenciosa en numerosas ocasiones. Sin que ello suponga que carece de buen corazón, de un alma noble, si queremos ponernos cursis. Por otro lado, este mismo narrador puede tomarse como el trasunto de una Europa convulsa, espasmódica, capaz de lo mejor y de lo peor.

Aparte de sus prejuicios respecto de los judíos/as, Arnulf/Gregor solo parece tener otro asunto en la cabeza: las mujeres. En realidad, la novela puede dividirse en tantas partes como relaciones significativas mantiene con mujeres, todas judías, por supuesto. Es como si ese desprecio y prejuicio respecto de los/as judíos/as se desarrollase a la par que la fascinación que siente por ellos/as. Sobre todo, por las mujeres judías, a las que disecciona con la precisión y el entusiasmo de un entomólogo con síndrome de abstinencia. 


Entonces ya se empezaba a generalizar la idea de que el trabajo no siempre es vergonzoso (algo que mi familia aún estaba lejos de entender). Esto dependía, por supuesto, del tipo de trabajo del que se hablara. El simple ingreso en el comercio era lamentable. Si uno vendía armas, artículos de cacería o complementos de equitación, se trataba de algo más o menos pasable. También la venta de alimentos suntuarios (vino, caviar o paté de ganso) al que se dedicaban tantos oficiales retirados podía, dadas las circunstancias, disculparse como una dolorosa necesidad impuesta por los nuevos tiempos y no significaba la pérdida de las amistades distinguidas. Pero todo lo que tuviera abiertamente que ver con el trabajo de tendero carecía de estimación social. Éste era el privilegio de los judío, y nadie deseaba disputarlo, en todo caso nadie que tuviera suficiente autoestima. Yo había sido educado para aparentar que no me sentía una persona especial y para tener, en secreto, una elevada opinión de mí mismo. En ningún momento se me hubiera ocurrido ponerme al nivel de los judíos. Y las mercancías que debía promocionar me colocaron justo en ese nivel. ¿Quién, si no un tendero judío, iba a vender jabón, pasta de dientes y champú? La conciencia de ser una especie de enlace comercial, e incluso de mandadero, al servicio de esos vendedores judíos era un navajazo a mi digno orgullo. (Págs. 105-106)

 

Pero sería falso decir que había pasado a una etapa de actividades vitales y definitivas. Al contrario, me dejaba arrastrar. El yeso en el cuello no era un impedimento serio. En el peor de los caos, me dificultaba anudarme los zapatos. No era esto lo que me impedía aprovechar el tiempo estudiando o haciendo alguna otra cosa inútil. Sin embargo, estaba convencido de que, después de un accidente que muy bien pudo costarme la vida, venía bien un poco de descanso. No tenía mayores apremios económicos; había ahorrado un poco de dinero para mis incumplidos planes abisinios y la vida en Bucarest era barata, sobre todo en la pensión Löwinger. No hacía nada y al mismo tiempo hacía mucho. Por ejemplo, acompañaba al señor Löwinger a los cafés, un poco por curiosidad y otro poco para matar el tiempo. Ahí era donde jugaba para mejorar sus ingresos. Los tipos y los episodios que vi en esos sitios me enseñaban más que los libros escolares. A veces también lo acompañaba a los pueblos cercanos, donde vendía sus plumas lacadas. Llevo en mí las imágenes de las calles polvorientas, bajo la luz naranja del atardecer, donde los bueyes regresan a sus establos como si nadaran en la brillante tolvanera; el aroma a resina de la madera recién cortada, las enormes pilas de leña frente al bosque oscuro; la cordillera de los Cárpatos que se alza al fondo, las cimas con un verdor de césped, como recortadas en papel de plata; un pastor con piel de oveja, las piernas cruzadas sobre un tronco caído, que corta ramas con su navaja, sin pensar en nada (...). (Págs. 173-174)


La actitud de los judíos resultaba comprensible: probablemente hubiéramos hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Incluso los que eran cultos, si no se mostraban abiertamente avergonzados, sí reflejaban una reserva involuntaria o, como en el caso de los Raubitschek respecto a mi abuela, una jovialidad traicionera y distraída, que no pasaba de ser algo vago, incidental. Tal parecía que las buenas maneras inculcadas en ambas familias perdían su sentido después de un saludo espontáneo. Pero ¿había alguien que quisiera dar pie a relaciones más complejas? No, debía de ser penoso sentirse judío. Por fortuna nosotros no lo éramos. Cuando ellos cambiaban sus nombres por otros que se parecían a los nuestros, no hacían sino revelar sus pretensiones, su repugnante sentido de los negocios, su lamentable deseo de trepar en la sociedad. (Pág. 222)

 

Poldi y yo conocimos a un actor famoso que no era judío y trató a Poldi con especial amabilidad. Poldi Singer se volvió hacia mí, fastidiado y dijo: 

-Mi madre siempre decía: "Más que de los antisemitas, júngele, cuídate de los goyim que aparentan querer a los judíos". 

Éstas se convirtieron en palabras clave para mí. Poldí tenía mucha razón. El rechazo a los judíos no dependía de una idea que pudiera ser sustituida por otra mejor; era una reacción innata y natural hacia la otra raza, que no impedía que se les pudiera tener cierta simpatía. 

Quería a Minka, y de no haber sido judía me hubiera enamorado perdidamente de ella y le hubiera propuesto matrimonio, a pesar de mis diecinueve años, y de que le habría parecido bastante cómico. Pero aun cuando amanecía en sus brazos, el tabú antijudío estaba presente en mis sentimientos. Curiosamente, esto hacía que todo fuera más excitante, liviano, libre, desdramatizado. No sentía ninguna obligación hacia Minka. Reconocía que me gustaba con la misma naturalidad con que ella había dicho que me quería tener a su lado. Así como Minka no podía tomarme en serio como amante, tampoco yo podía tomarla en serio como compañera de toda la vida (...). (Pág. 269)

 

Por otro lado, Rezzori, con La muerte de mi hermano Abel, ya nos había convencido de la brillantez de su prosa, que no hace más que confirmar en esta novela. Esa brillantez se traduce en metáforas y símiles arriesgados y potentes, que rara vez incumplen su cometido, en frases y párrafos que son como corrientes submarinas que aun invisibles nos conducen a profundidades morales perturbadoras. Capaz de ironía y de humor, de hacernos sentir vergüenza (propia y ajena), el pensamiento de Rezzori se vehicula en las escenas de esta novela de manera poderosa, siendo Arnulf, una suerte de narrador indigno de confianza, el vórtice donde convergen las contradicciones morales y políticas de aquella época, tan distante y tan sobrecogedoramente cercana a la vez. El protagonista, un antisemita que acaba siempre rodeado de judíos y que tras el Anschluss, se reúne con ellos en la clandestinidad para idear cómo salir de Viena.

Para terminar, la novela concluye con un epílogo en el que el autor ya maduro reflexiona sobre la función de la memoria y la importancia de la verdad y de la invención a la hora de narrar. Gregor von Rezzori: uno de esos escritores a los que el cliché de hombre de mundo no se ajusta tanto como el de hombre de mundos, de épocas abismalmente alejadas, aunque solo con escasos años entre sí.

lunes, 4 de marzo de 2019

'La muerte de mi hermano Abel', de Gregor von Rezzori

Sigo pensando en Haruki Murakami, en aquella afirmación suya en De qué hablo cuando hablo de escribir de que escribir una buena novela estaba al alcance de cualquier persona inteligente. Lo digo porque lo que en su momento ya me parecía dudoso ahora me contraría, pero en otro sentido. Murakami venía a trazar una división entre aquellos que escribían (o eran capaces de escribir) una buena novela y aquellos que eran novelistas. Unos llevaban a cabo un capricho o satisfacían un sueño o colmaban su vanidad con una novela y otros como él tenían una carrera literaria, vivían de lo que escribían: los escritores de verdad.

Ahora lo que me planteo, aparte de que esa división de la literatura entre amateurs y profesionales me parece ramplona y extraliteraria, es precisamente la concepción de la novela que Murakami parece tener en mente: planteamiento, nudo y desenlace. O, escrito de otra manera, una historia, una story: una trama con personajes con algún tipo de conclusión. Digamos, un planteamiento convencional, aun después de décadas, siglos, de experimentación literaria. Eso me lleva a pensar que no es ya un escritor interesante; al menos, no en sus reflexiones sobre la literatura. Puede ser, también, que su literatura las contradiga. No sé, hace tiempo que dejé de leer las novelas de Murakami, y salvo algún fugaz destello sináptico proveniente de La caza del carnero salvaje, he olvidado el resto. 

Está bien que el autor tenga un ojo en el lector. Es decir, la novela no puede ser un galimatías de ínfulas simbólicas que destroce la paciencia y tampoco estructurada de un modo tan laberíntico que exaspere el mejor ánimo. Ya lo decía, por citar a un autor no demasiado fácil, Foster Wallace. Lo que tampoco me satisface a estas alturas otoñales es la concepción de Murakami y de tantos otros aspirantes a carrera artística, diletantes una y otra vez: una novela con argumento basado (exagerando) en las unidades aristotélicas de tiempo, lugar y acción. Aunque sea solo de acción. Pueden estar bien para pasar el rato, no digo que no, y pueden estar escritas de modo impecable e ingenioso, sin duda, pero ya no las deseo, no satisfacen el prurito de plenitud, quizá de trascendencia, que busco, y que es la razón por la que rastreo el arte, en general, y la literatura en particular: un conocimiento del mundo y del ser humano que nada más puede proporcionar. Un conocimiento que, aunque apenas se capte, apenas se entrevea, se revele como importante. En esto, alguna forma de frónesis literaria (para seguir recordando a Aristóteles) sería lo adecuado. Por ello, blandir la impotencia de la palabra como un trofeo de pádel y poner fotos y dibujitos a diestro y siniestro tampoco parece una revelación taumatúrgica. 

Llevándonos el asunto a nuestro territorio en la actualidad, salvo excepciones, la falta de imaginación se revela como un lastre indesenganchable, como un cable de goma atado a la cintura, un peso muerto que hace que, perdónenme la imagen, el tránsito de nuestra novelística sea semejante al de una tortuga vieja, sepultada por ella misma. ¿Problema del talento de nuestros autores, de nuestras escritoras? ¿Problema del público, por lo general poco exigente? ¿Exigencias de la industria editorial? ¿Problemas de un mercado pequeño?  Preguntas viejas que se responden solo con talento y valentía.





La novela que hoy nos ocupa es un ejemplo de la dificultad casi insuperable (más que la de leer una de tantas novelas espantosas) de escribir una reseña a su altura. Es de esos casos en los que los comentarios del reseñador solo mostrarán su insuficiencia, sus limitaciones y quizá también su falta de entendimiento. ¿Cómo condensar en un folio, en dos saltos de pantalla, las dimensiones artísticas de una novela sobresaliente?

La muerte de mi hermano Abel no va de lo que lean en la contraportada o en cualquier resumen apresurado. Al menos, no solo. Va de muchas cosas, sí: de una novela inacabada, quizá inacabable, de la reflexión sobre la escritura y la literatura, sobre el amor o su imposibilidad, sobre la pulsión sexual, sobre la mediocridad moral de la pequeña burguesía (y de la alta), de Centroeuropa, del nazismo, de la anexión de Austria por la Alemania hitleriana, de la nostalgia de una niñez perdida, sobre la madurez, sobre la pérdida de identidad de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. También, de la amistad, de París, de Berlín, del nomadismo, del cine, de...

Es imposible, por tanto, esquematizar la novela "en tres frases", como el mismo protagonista le demuestra a un representante editorial. Hay demasiadas cosas, demasiados temas, demasiados rizomas en una novela que se extiende como "una metástasis". Sus 804 páginas dan para mucho, y cualquier intento reduccionista se ve abocado a un merecido fracaso.

Podría ser más lúcido escribir que esta novela es una "experiencia", si dicha palabra, y el concepto en general, no hubiera sido tan manoseado, utilizado y depreciado por todos esos departamentos de marketing tan insidiosos y tan sobrevalorados. Entonces, mejor, propongo que utilicemos el de acompañamiento. El autor nos permite estar con Aristides Subicz (un nombre como cualquier otro y que, en realidad, ni falta nos hace) en su caminar hacia delante y hacia atrás, incluso hacia arriba y hacia abajo durante la rememoración de su existencia de casi cincuentón: niño mimado, hijo de puta (o querida, o acompañante, o scort, como se diría hoy), niño acogido, adolescente vienés, militar rumano, soldado del III Reich (aunque sin ejercer), testigo de los juicios de Nüremberg, amante, esposo, padre, putero, amante despechado, guionista de cine, escritor sin novela, dandy, amigo, solitario... Una novela que se expande y se contrae como una marea tranquila, con ocasionales rebozos, con olas encrespadas y corrientes enérgicas. ¿Es acaso entusiasmo lo que me suscita esta novela?

Por otro lado, la voz del autor recuerda, y no es demérito, por un lado, al del mejor Stefan Zweig de El mundo de ayer, pero, también, con el Henry Miller más procaz e ingenioso de Trópico de Cáncer. Decir que es una síntesis modernizada no sería hacerle un favor: Rezzori es eso y es él mismo: aguda conciencia de la fractura de una época, de un mundo, cuya cesura la sitúa en un soleado y helado día de 1938, e implacable despellejamiento de él mismo y de sus círculos de amigos y conocidos. Después de leer la novela, creo que sería capaz de reconocer la voz de Rezzori en cualquier texto (mejor dicho, la versión de Rezzori proporcionada por el traductor, José Aníbal Campos, cuyo trabajo no puede sino haber sido mastodóntico, dada la complejidad argumental y estructural de la novela, así como la variedad y alternancia de los registros idiomáticos y lingüísticos que se despliegan por toda ella: un aplauso). 

Es, sin duda, un autor moderno, con la capacidad descriptiva de un naturalista del siglo XIX y la conciencia literaria de un autor del siglo XX, que domina tanto la descripción de ambientes, cosas y personas como la narración en primera persona, voz que se vuelve la nuestra, aunque no tengamos por qué identificarnos en todo con ella, ni mucho menos. Una novela formidable, verbalmente exuberante, que se decanta en metáforas y comparaciones brillantes dentro de párrafos y escenas excelsos:


El 12 de marzo de 1938, como se sabe, fue un día de un frío excepcional. La más hermosa y prometedora primavera quedó cercenada por un frío polar que se precipitó sobre ella como la hoja de una guillotina. El cielo, sin embargo, se mantuvo límpido y azul, sin un hálito de brisa. También el sol preservó su sonrisa, como la preserva también un cuerpo decapitado. Y como ya se había iniciado la reabsorción de jugos primaverales, y como las savias de los capullos y los brotes (y quizá también la de los corazones llenos de esperanza) quedaron congelados de repente con un centelleo, el mundo pareció de pronto cubierto por una campana de cristal: extremadamente delicado, de una belleza frágil, como recubierto de una fina capa de laca. Pero el fermento primaveral, naturalmente, se había congelado. Y con él, toda la atmósfera de la primera mitad de mi vida. (Pág. 206)


A decir verdad, en el tío Helmuth se encarna el espíritu de una crítica social acrítica -como la llamaba John-, y en ello es un nazi potencial: porque en la crítica, dice John, reside la fuerza esencial del llamado Movimiento; en ella los nazis tienen siempre la razón. Sin embargo, al igual que la crítica de los nacionalsocialistas, la del tío Helmuth es demasiado general, demasiado global, por lo cual, en definitiva, no es maniobrable, como un barco sobrecargado de mercancías. Su crítica no surge del análisis sobrio, sino del resentimiento: el de una insatisfacción vital generalizada que se nutre de ofensas y humillaciones en gran parte imaginadas, por lo que no tiene un objetivo sólido ni un objeto palpable. El tío Helmuth reacciona con un reflejo involuntario a todos los estímulos imaginables que él percibe como rasgos de una fuerza enemiga que se le opone. Puede ser, igualmente, una dama con una piel de marta cibelina, un vagabundo que silba demasiado alto, algún anuncio publicitario tonto en un cartel, un besamanos, una forma específica de ponerse el sombrero; en particular, puede ser todo aquello que sirva de testimonio de una forma de existencia que a él le parezca más libre o desenfadada, más alegre que la suya y que, por lo tanto, la cuestiona. (Pág. 239)

El arte. Cada vez que oigo esa palabra veo a Gaia delante de mí: Gaia con un sombrero de flores. Cuando alguna conversación se dispara en barrena hacia esas cumbres de la cultura, veo ante mí a Gaia con ese sombrero: una enorme muñeca de chocolate con una tarta en la cabeza parecida a una rosa de Pascua. Gaia, la poderosa, la del cuerpo magnífico: uno ochenta y dos de luminosa estatura, setenta y ocho kilos de peso vivo, ciento cuarenta y cuatro libras de carne mulata, carne de color caoba, de aroma de vainilla, de brillo dorado de cereal en sus redondeadas cúpulas, piel que se oscurece con un tono violeta y marrón en las zonas sombreadas, carne encorsetada, cubierta de encajes, cintas, lazos, como una gigantesca muñeca de sofá; sus manos regordetas alzadas con sus deditos graciosamente plegados como si sostuvieran una pequeña batuta invisible que guiara sus cadenciosas y sagaces frases, tan divertidas y encantadoras, asombrosamente competentes y seguras... Y todo en dimensiones desproporcionadas, gigantescas: Gaia, la cariátide de chocolate sosteniendo sobre su cabeza la deshilachada, polvorienta y remendada magnificencia de flores de la cultura más refinada. (Pág. 599)


Era un ejemplar típico de florista vienesa: regordeta y envuelta (no solo a causa del frío) en incontables capas de enaguas, faldas, chalecos, chaquetas, abrigos y chales, con bufandas cruzadas sobre el pecho y la espalda, de color rojo o azuloso, como un bulbo de tulipán, y unos dedos que brotaban de los calentadores tejidos de las muñecas como los extremos de una raíz. 
Había dejado su cesta de ramilletes de prímulas, violetas y narcisos en un rincón en el que fungían como tentación para cualquier pata de perro alzada, y corría -o mejor dicho: rodaba- alrededor de la plaza vacía en un ebrio zigzaguear. Sólo las ninfas de la fuente de Raphael Donner, tan bellas e inmóviles en su gracia estilizada y esbelta, la contemplaban; rodaba y volvía a rodar, al tiempo que lanzaba hacia arriba los muñones de sus mangas, con las puntas de las raíces, como queriendo levantar el vuelo, y graznaba entre jadeos: «Heil! Siegheil! Siegheil..!»; y aunque las floristas vienesas suelen tener una voz que daría envidia a los muleros de Anatolia, la suya era lamentable, parecía ahogarse en el eco de aquel gran vacío como la queja de una libre que se ahoga en un barril de agua de lluvia. 
Y fue entonces cuando comprendí que algo extraordinario había ocurrido: un cambio de época. (Pág. 666)


Rezzori critica tanto la entrega sin reservas a Adolf Hitler y a su régimen del pueblo vienés (Anschluss), compuesto mayoritariamente por esa pequeña burguesía pacata, moralista y mezquina, como la mediocridad de la Europa americanizada tras la guerra. Esa gente que come en un puesto en la autopista ya en los años 60 ejemplifica para él la anonimización, la estandarización, la vulgaridad que se manifiesta también en los bloques de pisos, en los medios de comunicación, en las películas y en la literatura en general. Podemos asimilar la novela, entre otras posibilidades, como un zarandeo contra esa mentalidad de clase media adocenada en un país como España, que, aunque secundario a todos los efectos, pertenece al primer mundo. Sin embargo, no es Rezzori un ejemplo más de ese aristocratismo sobrevenido de ciertas estrellas de la cultura, como Vargas Llosa, encantado de conocerse, envuelto en una capa de elitismo neoliberal, amable con los pares y cruel con los demás.

Podríamos objetar, no obstante, que la reflexión crítica de Rezzori se refiere a una Europa complaciente consigo misma, paternalista, frente a la cual se alzó brevemente parte de la juventud en el 68, aun no conmocionada por las crisis de mediados de los 70, el cambio de paradigma del Estado del Bienestar por el neoliberalismo rampante, la caída del bloque comunista en Europa, etc. Asimismo, esa clase media, esa pequeña burguesía que execra está hoy ya muerta o, en todo caso, vive sus últimos días de pensionista. La potencia de sus valores ha menguado, en trance de desaparición. Hoy estamos inmersos en un marco económico y político distinto, dentro de un paradigma cultural que poco tiene que ver con el de aquellos años. Es posible, por tanto, que la mirada de Rezzori, sin duda eurocéntrica, sea en la actualidad más iluminadora respecto de los hitos que marcan cambios de época, más profunda e incisiva sobre el resentimiento de las clases medias en proceso de proletarización y empobrecimiento que constituyen el suelo nutricio del que crecen movimientos de ultraderecha. Procesos auspiciados por los habitantes de ese "Reino del Medio", ese mundo dentro del mundo: los superricos y multimillonarios a cuyo servicio consideran que debe estar el resto del planeta.

En fin, ya extraerán sus propias conclusiones al término de esta novela magnífica.