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sábado, 16 de diciembre de 2023

Una y no más, San Agustín

Comparto con Vds. algunos libros que ya están en mi reciente posesión y que espero que me sirvan para adquirir, aun algo, conocimientos respecto de algunas áreas y momentos de la historia de la filosofía que había pasado por alto.
Uno de ellos es Las confesiones, de, por unos/as, Agustín de Hipona y, por otros/as, San Agustín. No recuerdo por qué, pero en su momento -que no fue hace mucho- creí que leer este texto clásico tenía que valer la pena. Supongo que otras lecturas, en ese árbol casi infinito de posibilidades, me llevaron a esta conclusión al citar a este Padre de la Iglesia Católica. Pues bien, algo tiene que antes de dormir me he acostumbrado a leer unas cuantas confesiones y ya llevo subrayadas algunas frases especialmente potentes de lo que, hasta ahora, es una remembranza de las etapas de su vida, en especial en relación con Dios.



Otro es Estados del agravio, de Wendy Brown. Este, más en mi línea de pensamiento crítico, fue debido a la mención en las redes sociales de Germán Cano, a la sazón prologuista del libro. Si me han leído con alguna atención, sabrán que ya he mencionado a Brown en otras ocasiones respecto de otras obras suyas. Como suele ser, la filósofa introduce reflexiones que no pueden por menos de calar en la mente del lector, como es, a la sazón, su crítica de las políticas de la identidad y sus reivindicaciones, la codificación legal de estas últimas y el papel del Estado en todo ello. Texto que ya tiene un par de décadas, no puedo sino asegurar que alude de manera lacerante a nuestro presente.


                                       

El tercero, Reflexiones sobre la revolución francesa, de uno de los adalides e inspiradores del conservadurismo y vanguardia de los reaccionarios, Edmund Burke. Después de haber leído La mente reaccionaria, de Corey Robin y Retoricas de la intransigencia, de Albert O. Hirschmann había que detenerse y no pasar por alto este texto seminal para el pensamiento conservador y reaccionario. Hay que saber qué y cómo piensa esta gente. Viva la fruta.

                                                         


También tengo en mi poder Hotel Splendid, de Marie Redonnet. Les iba a escribir que he leído maravillas de ella, pero ya saben cómo me pongo con la sección de adulación en los medios, así que ya veremos, cuando toque.

Asimismo, he encargado la novela Fragua, de Ali Smith, cuya existencia he conocido hará una semana. No tengo conocimientos previos de la obra, pero como tampoco albergo prejuicios no hay aporía alguna en el propósito de leerla y, tal vez, comentarla con Vds. Es tal el piélago de novedades, tal es la inmensidad de lo ya publicado y, peor, de lo muy valioso, que la atención humana y, en especial la mía, no da para todo. Es posible que tenga apuntados un par de cientos de libros de no ficción para ese futuro que nunca se hace presente, amén de algunas lecturas que yacen en un estado de crónica postergación. 

Respecto de la crónica mediático-cultural, ya que me preguntan, cada vez se refuerza más mi impresión de que la creación artística, salvo raras excepciones, se compone de vanidad y de entreguismo barato a las instituciones públicas y privadas para que estas la utilicen como productos para la publicidad y el propio adorno. Nunca hubo una edad dorada del arte, como tampoco del periodismo o de la política: cada época se enriquece con sus propias miserias, que se añaden al catálogo de las prácticas de poder de unos/as y otros/as. Ahora mismo, la programación cultural, tampoco nos vamos a engañar, es como casi siempre, un surtido de pasatiempos al que casi nadie presta atención, salvo excepciones. Tengo la impresión de que el vulgo (del que formamos parte casi todos/as) está demasiado ocupado en otros asuntos y se divierte con otras cosas. En todo caso, el efecto de prestigio, siempre y cuando se airee en los medios de comunicación, se consigue aunque no acuda casi nadie a tal o cual evento cultural. En realidad, da lo mismo.

En cuanto a la literatura canaria, sí, alguna novedad se ha presentado, ya en solitario, ya en plan dúo dinámico, estas semanas pasadas; pero, qué quieren que les diga, maldito el interés que me suscitan. No eres tú, soy yo, etc. Ya me gustaría a mí leer más crítica literaria digna de leerse, tal y cómo sí existe, aun a cuenta gotas, en la crítica de arte. Me refiero a los artículos, escasos, de Natalia Moreno Martín y Alba González en los últimos tiempos.

He leído alguna vez que en Canarias no hay espacio público donde se debata. Por tanto, que lo que se escribe o se dice no se lee, no se escucha o, al menos, que no suscita reacción en el público. No hay pues esa confrontación de ideas públicas, de temas seleccionados por los medios de comunicación, que son los encargados de recoger esa miríada de voces, filtrarlas y darles forma. Estoy de acuerdo, parcialmente. Otra cosa es que quienes se quejan se lo apliquen a ellos mismos, encenagados como están en simples expresiones de desprecio más o menos ingeniosas. Así, la gente que podría leer los periódicos no se remite a estos medios porque son insuficientes, porque son sesgados contra todo escrúpulo y pudor, y porque la mayor parte del tiempo son pobres intelectualmente hasta la exasperación. A veces, simplemente porque actúan con pasmosa falta de responsabilidad, empeñados en sus objetivos privados.

Es cierto, en Canarias no existe una esfera pública de algún interés, al menos en los grandes medios, en los que apenas alguna vez se lee, ve u oye algo que merezca atención. Hay, también, no obstante, foros, redes, espacios alternativos, que no están en las guerras mediático-empresariales (guerras que en Canarias se libran por una gasificadora aquí, un centro comercial allá o, cómo no, las concesiones para las productoras propias en la televisión autonómica), pero indudablemente marginales. Habría que calibrar que capacidad de influencia tienen estos lugares, estos sitios; valorar a las personas competentes que participan en ellos, que no desfilan por radios, teles y periódicos predicando con la insistencia, y la impertinencia, de un vendedor a comisión. No me crean un optimista: mi experiencia en una radio comunitaria me alertó sobre el peligro de la complacencia en los espacios pequeños y acogedores, pero sin expectativas reales de crecimiento en cuanto a audiencia, por no hablar de los medios técnicos y materiales, en general. Incluso el mejor voluntarismo no es suficiente para encontrar al público, que bastante saturado está de posibilidades de ocio e información.

No obstante, esta advertencia -o lamento- de la inexistencia de una esfera pública digna de su nombre me recuerda a esa queja de algunos de nuestros más eximios escritores relativa a la ausencia de "verdadera" crítica literaria en Canarias. Curiosamente, los primeros se quejan desde una tribuna casi diaria desde los periódicos de un emporio periodístico y los segundos son los mismos que se aplican solo a elogiar a rebato lo que le pongan por delante, con lo que degradan, al mismo tiempo, la esfera pública y la crítica literaria. A ambas clases de Jeremías, parece que solo les parece real en lo que intervienen o con lo que están de acuerdo, y lo demás es el desierto.


sábado, 23 de junio de 2018

Siete lecturas no literarias

Para variar un poco el contenido de este blog, para dotarlo de cierta heterogeneidad, en fin, por aquello del pluralismo intelectual, voy a dedicar esta entrada a reseñar con brevedad, quizá más de la debida, algunas de las lecturas de no ficción más interesantes que han pasado por mis ojos estos últimos meses. Que no todo va a ser novela, por mucho Thomas Bernhard que me pongan delante, ni, mucho menos, por muchos cuentos del yo en sus diversas manifestaciones que se vendan como pináculos de la literatura. Además, la lectura canario-española  que he leído me está resultando en estos dos años, con demasiada frecuencia, algo peor que decepcionante, lo que me me motiva a buscar nuevos horizontes. A colación, les adelanto que estoy ahora con uno de esos clásicos canarios que me están resultando toda una lata. Que no se diga que no es por empeño...

En fin, la siguiente lista no está escrita en orden de importancia o de valoración, sino que es solo consecuencia de mi mente desordenada y de los estímulos que me suscita esta mesa caótica, en la que el portátil está rodeado de torres de libros y de papeles por todos los lados menos por uno. 

Allá van estos siete magníficos:


1) Ibex35, de Rubén Juste. 

Un libro muy podemita, dicen, porque lo recomendaba (o le gustaba o yo qué sé) Pablo Iglesias, el amante de los plebiscitos. Prejuicios o simpatías aparte, el libro traza la historia de las privatizaciones de las empresas públicas en nuestro país desde la época de Felipe González hasta la actualidad, la continuidad del poder  de los cuadros franquistas en varidos consejos de administración, amén de la inserción generacional de altos cargos del PSOE de Solchaga y compañía, primero, y de Aznar, después en las grandes empresas de nuestro país. Además, también forman parte del cuadro la alta burguesía catalana y la vasca, que han pintado mucho en nuestra plutocracia patria. Quizá, como decía un reseñador de El Mundo, no diga nada que no se supiera, pero leerlo en su despliegue histórico, asombra y desalienta al mismo tiempo. ¡En manos de quiénes hemos estado y seguimos estando!


2) Nueva ilustración radical, de Marina Garcés.


Un ensayo cortito (no llega a las 70 páginas), pero potente, en el que se diagnostica el estado enfermizo de nuestra época, dominada por un pensamiento que la autora califica de "póstumo", caracterizado por la inminencia del desastre ecológico, social y personal como consecuencia del abandono del proyecto de emancipación ilustrado. Marina Garcés propone retomar los valores de la Ilustración y radicalizarlos, lo que parece más sencillo decirlo que hacerlo. Sobre todo, eso lo digo yo, cuando la ensalzada clase media sigue teniendo como aspiraciones el consumo y el entretenimiento, las clases depauperadas bastante tienen con llegar a fin de mes, y como fondo social tenemos una industria del entretenimiento que aborta el pensamiento reivindicativo en su misma concepción justo en aquellos sectores sociales que más se beneficiarían de la protesta. 


3) La doctrina del shock, de Naomi Klein.


Es un libro ya con mucho recorrido, y muy citado en monografías de todo género y condición. No importa: es un trabajo periodístico impresionante en el que se relacionan de manera harto convincente el uso de la violencia militar y policial con la imposición del neoliberalismo en distintos países del globo. Los casos de Chile, Bolivia, China, Rusia, etc., ejemplifican la 'doctrina del shock', por la que se logra imponer medidas de liberalización económica (y el enriquecimiento súbito de una minoría cercana a los gobiernos de turno) a una población a la que se le ha conmocionado de un modo tan intenso (shock) que es incapaz de oponerse a aquellas. Uno se queda, literalmente asombrado y aturdido. Deje Vd. por favor esa novela insustancial y hágase con este libro para no seguir en la inopia.



4) Clase cultural. Arte y gentrificación, de Martha Rosler.


La imbricación del arte moderno con las diversas formas de capitalismo, la ubicación de las artistas en las ciudades y el fenómeno de la gentrificación, el papel del artista como avivador de conciencas y/o soporte de la ideología capitalista aun en su trabajo artístico de pretensiones críticas: Martha Rosler, artista feminista (por etiquetarla de algún modo) expone con convicción y erudición su visión del papel del arte y del artista: contradictorio, a la vez reivindicativo y conformista, en estos ensayos y conferencias.
Echo de menos, exigente que es uno, esa capacidad reflexiva y ese acervo teórico en nuestros artistas locales, y nacionales, salvo excepciones. Lo nuestro consiste más bien en hacerle la pelota a los periodistas y comer en reservados con los políticos para que destinen dinero público a castillos y fundaciones artísticasOtro nivel, amigas y amigos.


5) El pueblo sin atributos, de Wendy Brown.



Partiendo de Foucault, pero ejerciendo la crítica también respecto de él, especialmente El nacimiento de la biopolítica (libro básico, por cierto, para todos aquellos que quieran comprender la dirección que han tomado los gobiernos y las sociedades en los últimos 40 años), la autora analiza el fenómeno ideológico del neoliberalismo y su encarnación en políticas económicas y en la configuración de un nuevo sentido común en la sociedad. Hegemonía creciente a partir de los años 70 del siglo pasado hasta la actualidad, en una evolución cuya última actualización es la financiarización de la economía y en la conformación de un nuevo modelo ciudadano constituido en responsable de sí mismo pero sin los medios (para la mayoría) para ejercer esa responsabilidad; empresario de uno mismo, y por tanto sometido a la justicia del mercado, en ausencia de solidaridad.


6) The Athenian Democracy in the Age of Demosthenes, de Mogens Herman Hansen. 


Qué quieren que les diga: un clásico moderno (1991) de un danés especializado en la Atenas clásica y posclásica. La obra de Mogens Herman Hansen es fuente de citas en toda bibliografía académica que directa o tangencialmente tenga como referencia a la democracia ateniense. En este libro se relacionan y analizan todas y cada una de las instituciones de la Atenas democrática después de Pericles (sí, de ahí lo de Age of Demosthenes) y no se olvida, además, de realizar sus propias valoraciones sobre ellas y compararlas con las instituciones de las democracias de nuestra era. Se lo pongo en inglés sencillamente porque no está traducido (que yo sepa). Me cuesta mucho lo de poner eso de lectura obligada, pero creo que para todo aquel estudioso (o curioso) tanto de la Atenas de esa época como de la democracia en general podría aplicársele.


7) Democracia participativa epistémica, de Sebastián Linares.


Este es, probablemente, uno de los libros más importantes de filosofía política de los últimos tiempos en el ámbito hispano. Su materia es, como su título nos hace sospechar, la participación ciudadana y la mejora epistémica de las decisiones colectivas que se deriva de ella y sus inconvenientes. Linares defiende su propio modelo participativo frente a otras teorías de la democracia, como la deliberativa, y también frente a la epistocracia, o gobierno de los expertos, además de analizar otras posibilidades en la elección de cargos como la del sorteo. Asimismo, aborda en profundidad el voto como elemento constitutivo de la democracia, la aportación epistémica de la abstención y la posibilidad o no de la inclusión (para votar) de menores, adultos tutelados, expatriados y extranjeros entre otros asuntos del máximo interés.