sábado, 30 de marzo de 2019

'Magistral', de Rubén Martín Giráldez.


Bien tediosa imagino que debe resultar la tarea que muchos han emprendido o piensan emprender: la novela, entendida como mera narración, como simple contar. Pasa una cosa, después otras y luego las de más allá... Y hay personajes, que hay que escribirlos como si fueran de carne y hueso. Y un ritmo trepidante, y unos diálogos reales y un final, sorprendente, cuando no sorpresivo; mejor si es una novela de denuncia (mientras vivo de puta madre). Yo pregunto: ¿Para qué? En ciertos momentos de exasperación literaria, y vital, solo es capaz de consolarme la reflexión acerca de los límites del lenguaje. En este caso, una novela, un relato, pueden poner a prueba, en la práctica, cuáles son; si se puede estirar el lenguaje, o aplastarlo, o quebrarlo hasta romperle el espinazo, hasta que pierda esa condición elástica propia y yazca, deformado, a nuestros pies (figuradamente hablando). Pero no hablemos de Joyce, hoy.

A esto, uno no puede sino preguntarse (sí, otra vez) si esos límites lo constituyen, en exclusiva, la legibilidad, la comprensión del lector. Si un texto es incomprensible, ¿es texto? No hay lenguaje privado, como decía Wittgenstein: el lenguaje implica comunidad lingüística. Un texto meramente fónico (poemas los hay, precisamente se denominan poemas fónicos, fonéticos o fonetistas, véase Dadaísmo; también he leído que se llama letrismo) sería una sucesión de grafemas correspondientes a ciertos fonemas. Incluso aquí no podríamos liberarnos de ciertas normas o usos establecidos. 

En cualquier caso, hay grados, y sin necesidad de hacer irreconocible e incomprensible el idioma que empleemos, sí que me parece valioso, especialmente en esta época de saturación de la comunicación política y comercial (cuando no son lo mismo: la poliganda), la experimentación, la neologización, la patada en el culo a las frases hechas, a los tópicos y a los relatos prefabricados, a las storytellings de los siniestros hombres y mujeres de chaqueta y calzado caro, hombro con hombro, boquita a boquita, con los políticos profesionales, promocionando la insania, la locura, la mezquindad y la sangre derramada gorgoteante. En definitiva, aprecio a quien se decide a voltear el lenguaje, volverlo de adentro hacia afuera, travestirlo, burlesquearlo, carnavalearlo un rato más que sea. Total, la vida son dos luciérnagas. Tal es el caso de Rubén Martín Giráldez y su Magistral (2016).

Aquí aporto una reflexión no contrastada: los creadores y propagadores de mentiras suelen ser inteligentes en sus falsas deducciones, hábiles en enmascarar los non sequitur, procaces en las taimadas asociaciones, pero rara vez inventan lenguaje. Normalmente lo laminan, lo podan y lo castran, lo recubren con un excipiente que lo reduce al mínimo. Su único éxito popular en nuestro país, que yo recuerde, reconozcámoslo, es feminazi, una contradicción en términos, quizá equivalente a ecologintaminante o judinazi, pero vale. Los mentirosos quieren que la gente entienda mal el mundo, pero que los entienda bien a ellos. Por tanto, la imaginación es malvenida en el territorio del marketing y de la propaganda salvo la manufacturada por los crueles pastores de los resentidos y confundidos. La inteligibilidad lo es todo cuando se trata de seducir a tribus de humillados y ofendidos aferradas a ritos primigenios comunitarios. 



Es en este contexto en el que creaciones como Magistral devienen oportunas, como si su protesta contra el adocenamiento lingüístico y literario fuese también la excreción de un malestar social del que, si fuéramos estructuralistas de pro, ni el mismo Martín sería consciente. Es quizá, puestos a emplear la imaginería que me queda, el Zeitgeist de nuestra época: una fulgurante confusión política junto a un no menos creciente vaciamiento y aplanamiento del lenguaje. Políticos, publicistas, periodistas y los escritores vargallosistas, entre otros, han dejado el lenguaje hecho una papilla inmunda, como las que esquivamos en el último momento en la calle un sábado temprano. El valor de la herejía y de la disidencia, la oportunidad de la blasfemia se me hacen evidentes. No solo en el plano literario.

Digamos que Magistral es novela. Tiene en cada parte un orador que le habla al lector, que le exhorta, le impreca y le zahiere a cada rato con la misma intensidad que se flagela a sí mismo. Es un monólogo con aire de subsuelo. Es también soflama y reflexión frenéticas, crítica y lapidación. Es una serpiente retorciéndose en la charca, el metal de un florete que vibra con nota siniestra mientras te cae encima la campana de la iglesia. Es una vibración que te acompaña aunque hayas arrojado el libro para solaz del cachorro al que le están saliendo los dientes o prestado al enemigo más cercano para que comparta tu sufrimiento. Lo difícil hiere, qué se le va a hacer. 

Cuando apareció Magistral, los últimos escritores murmuraron algunas intenciones de mejora sin garantía real, pero ya sabemos que las promesas se cubren unas a otras igual que caballos, claro. Los mismos que saludaron mi publicación primera cayeron mientras escribían lo último que iban a escribir: ese saludo. Hay que reconocer que un saludo que lleva consigo su conclusión es de una elegancia que roza lo supremo por la parte de arriba y es digno de superloas; lo he tenido siempre en cuenta cuando después me he visto obligado a escribir para hacer daño y delatar bardólatras. Los pocos escritores posteriores no son mis epígonos sino mis clownesas. Vosotros, escritores incapaces de la idea propia personal, sibaritas del fracaso, a la espera de ser polinizados, receptivos sin saber que toda vuestra actitud motiva la contracepción de cualquier posibilidad de arte. Demasiado abiertos, seguramente tenéis alguna fe en que algo fecunde el excremento que depositáis aquí y allá, protegido a veces por la deyección previa de otro autor -de vuestra deyección no puedo negar que sí sois autores, claro, vaya si lo sois, ¡y de los mejores!, premio al mejor creador-. (Pág. 29)

Este idioma está maldito, este idioma está débil, este idioma está difícil. Este idioma nuestro tiene lo que se merece: nada y gente sin ambición. Manantiales de falta de ambición. Aquí paz y después pereza. ¿Te sigue pareciendo una insensatez mi ocurrencia de tomar al asalto otros idiomas, hacerlos pasar por el nuestro? ¿Y qué hacer con el residuo castellano, aparte de jabón para cadáveres? ¿Quién va a preguntarse por ello?, si lo hemos rebajado de tal modo que se puede mezclar en cualquier brebaje, por insípido que sea, y echarlo en el abrevadero de cualquier animal; si gracias a todos el castellano es como la base de un cóctel. Se puede hacer rápido y sin contratar al mercenario más silencioso, confiad en mí, el castellano literario es la angostura de los idiomas, puede estar ahí sin que nadie lo advierta. Se puede hacer rápido y hasta con cascabeles, si se quiere. Se puede hacer rápido, con cascabeles, mal y hasta sin querer. A lo mejor hay que replantearse el idioma. A juzgar por el uso que hace de él el escritor español, no parece que vaya a importarle demasiado que desmantelemos por unos días la función de la lengua. Total, para llegar al fondo de un tarro que es para lo que la usa, se basta con los dedos. (Pág. 50)

Pero no solo del lenguaje versa esta obra, la cosa no queda ahí: también del papel del escritor en este circo, y del crítico, y del lector, que muchas veces creen estar recogiendo flores perfumadas de arte y de literatura y lo único que están haciendo es restregarse la cara con pañales cagados. Todo muy pertinente aunque nos moleste. O, más bien, por ello.


Puede que en vuestros libros haya espacio y pastitas para todos, pero aquí no. Soy consciente de que un imperio sin filisteos no es un imperio. Sea. No necesitáis ni un solo autor más preocupados de complaceros que de escribir. Escribir no es una labor diplomática. No debería haber lugar para la amabilidad en la novela, quien se pierda que se enfurezca, que para eso estamos rellenos de sangre y o de cacahué. La dificultad no la constituyen ciertas clases de lenguaje, sino el lenguaje en sí. De lo oracular a lo vernáculo. (Pág. 77)

Es por tanto una obra que no recomendaría a casi nadie. Por tanto, la recomiendo al público minoritario que se interesa, aunque sea a ratos (tras una mala siesta, o en un momento inaudito de percepción de la propia soledad, o paseando al gato), por todo lo que he escrito antes. Si quieren una novela de buenos y malos de la que se pueda hacer una película, pasen de largo. Si quieren una novela con un adjetivo detrás, sáltense esta entrada, o el mismo blog. No será por blogs ni por novelas... Tampoco les hará especiales, ni mucho menos mejores. Pero hará pensar a los/las que, de todos modos, ya quieren pensar.

Si yo fuera escritor, podría llegar a obsesionarme con Magistral. Como probablemente tampoco sea crítico literario, la reseña ha quedado así.



P.D. Otras reseñas, probablemente más cabales, aquí, aquí o aquí.











martes, 26 de marzo de 2019

'Ladrón de mapas', de Eduardo Lago

Aunque es ocioso señalarlo, cuando someto una obra literaria a mi crítica, intento que no influyan consideraciones de trato personal. Lo que hasta ahora ha resultado bien fácil, pues salvo en un par de casos no conocía a sus autores antes de la reseña, ni tampoco este conocimiento era, ni de lejos, íntimo. Lo subrayo porque, además, no albergo el menor interés en conocer a estas figuras señeras de la literatura canaria, por mucho que mi pequeño mundo se viera enriquecido, ya sea de manera metafórica, por su repentina presencia.

Escrito lo anterior, explicito también que me parece muy bien que cada uno/a se gane la vida como pueda siempre que ese trabajo no conculque normas éticas elementales. Ya sea escribiendo novelas noir, filmando documentales incomprensibles o forjando espirales identitarias, por ejemplo, cualquiera con pretensiones literarias o artísticas en general está legitimado, por qué no, para ganarse la vida de esa manera. Solo requiere que a la gente, al público, le guste lo que hace y quiera pagar por ello para que pueda cumplir ese objetivo. Si no, habrá que hacer, además, otras cosas. 

Por otro lado, es evidente que si no se dan ciertas condiciones materiales mínimas, ya no óptimas, la creación intelectual o artística se ralentiza, si es que llega a término (véase, por citar un libro reciente, Crítica de la razón precaria, de Javier López Alós). A este respecto, los artistas y trabajadores culturales en general (concepto este de trabajador cultural que requiere en cada momento una delimitación que no suele darse) fueron la punta de lanza de la precarización laboral: fenómeno que como bien sabemos se ha extendido a gran parte de los empleos y que para afrontarla se requiere una transformación integral socioeconómica so pena de asistir a una degradación metódica y constante de las condiciones y salarios en tiempos venideros, y no solo de los propios del sector cultural. Por esto es por lo que resulta un tanto rídiculo como denigrante que algunos miembros conspicuos del sector pretenden argumentar que su caso es más importante o urgente que el del resto de trabajadores no artistas basándose en los supuestos efectos benéficos de la cultura en el espíritu de sus conciudadanos, cuando no en la democracia misma.

Sí que estoy en contra, como habrán podido comprobar si me han leído hasta hoy, de la asignación de sinecuras o de subvenciones procedentes de instituciones públicas a aquellos artistas afectos al régimen (da igual el partido político que en ese momento gobierne). Habría que preguntarse en cada caso cuál es el beneficio que recibe la sociedad a cambio de ese apoyo a todo ese espectro de actividades culturales y recreativas al que son tan dados los entes administrativos públicos (desde el ayuntamiento local hasta el gobierno del país), ya sea un Womad, ya sea un carnaval, ya sea un festival de música o de ópera. Cuál el de sufragar una fundación a un escultor-herrero (recientemente fallecido), cederle un inmueble y adquirir las obras que le proporcionen algún sentido año tras año. Cuál es la obligación del Estado, por ejemplo, de adquirir a costa de nuestros impuestos, una pinacoteca, ya sea para tener un gran museo nacional como El Prado o ya sea para algo más modesto como el CAAM. Por qué cada pueblo, hasta el más remoto, parecía que debía de contar con un auditorio y un palacio de congresos y, según la importancia de la burbuja inmobiliaria, una casa-museo. También, por qué hay que mantener equipos deportivos profesionales. Por qué no ponemos en cuestión el concepto de patrimonio cultural y nos planteamos democráticamente qué queremos hacer con él, si es que queremos hacer algo. ¿Una ciudad, una región como la nuestra no tiene otro destino que convertirse en un parque temático? ¿Tenemos todos que competir por ser nodos de inversión a toda costa siempre en detrimento de otras ciudades y de otras otras regiones? El debate nunca se ha cerrado porque nunca se ha abierto, salvo dentro de una reducida élite.

Lo contrario del cuestionamiento que planteo es la exhibición, a veces repugnante, por las autoridades públicas de eso que llaman cultura (siendo conscientes y propagadores, simultáneamente, de esa precarización de la que hablábamos), cuyo otro nombre es el de propaganda. Propaganda no ya siquiera del partido político al que pertenezcan, sino de una forma de hacer las cosas, de ver el mundo y de gestionar lo común que esconde el conflicto y reprime los antagonismos sociales y que aspira a un consenso o a una cohesión imposibles de suyo en el actual sistema político-económico en el que, a pesar de lo que queramos creer, flotamos a la deriva, boqueando como peces agonizantes. Con la colaboración interesada y ligeramente ansiosa de muchos de nuestros artistas y literatos.

Y ahora, la novela.





Eduardo Lago, el escritor del que nos ocupamos hoy, ha publicado recientemente (2018) Walt Whitman ya no vive aquí, una colección de ensayos, casi todos ellos muy interesantes y alguno especialmente brillante, sobre la literatura norteamericana, amén de un par de entrevistas reveladoras e inteligentes a David Foster Wallace y a John Barth. Casi nadie.


Pero, en fin, no es de esta colección de la que quiero hablar, sino de una novela publicada en 2008, Ladrón de mapas. Así, mis lecturas de Eduardo Lago han devenido inversas a su publicación. Sólo fue después de leer sus ensayos cuando me acerqué a una de sus novelas (publicó en 2006 Llámame Brooklyn, que, al parecer, en su momento disfrutó de cierta fama de crítica y de público).

Ladrón de mapas es una novela que utiliza ese recurso a la vez tan clásico (Chaucer, Cervantes, Las mil una noches) o y tan moderno como es el de las historias dentro de historias, y que en manos de escritores/as menos diestros solo sirve de excusa para amontonar naderías. Es la así llamada narración enmarcada. Lago bosqueja una historia que acoge otras, al menos hasta la mitad del libro. Las referencias literarias y a otros escritores es continua, pero sin caer en la afectación o en la vanidad, defectos muy apreciados por estos lares autóctonos. Que todas esas referencias sean apreciadas por los comentaristas literarios no significa que tengan que importar mucho al lector.

Así, pues, casi sin proponérselo, es la estructura en primer lugar la que se enseñorea de la novela: unos primeros relatos que se ofrecen en Internet, por un escritor anónimo se despliegan, heteróclitos, sin unidad argumental explícita entre ellos, aunque cada uno pueda, a su manera y con cierta carga de arbitrariedad, buscarles una relación a nivel más profundo. Atravesándolos, o sobre ellos, elijan la metáfora espacial que más les agrade, está la historia de una mujer que se dedica a leerlos y a buscar al escritor, a quien, por otro lado, por un nombre entre párrafos, cree reconocer. Lo curioso es que es esta historia madre la que menos interés me despierta, con un personaje principal que me resulta ligeramente antipático. También puede verse esta historia troncal como, a su vez, perteneciente a los cuentos escritos por ese autor desconocido y arrojados a Internet. En todo caso, es la menos interesante de todas.

Por otro lado, muchos de los cuentos, vistos de modo individual, son estupendos, tanto en el tono como en la atmósfera, en el ritmo (que no significa que tenga que ser rápido o "trepidante") o en los diálogos. Alguno, también, parafraseando a J. G. Ballard, es siniestramente brillante en la exhibición de atrocidades. Sin duda, nos encontramos aquí a un autor en el que se aúnan la imaginación y la técnica y que ejerce su arte con convicción.


Este club se cae a pedazos, y con él toda una concepción del mundo, pero qué se le va a hacer. También a mí me queda poco tiempo. Lo digo sin pesadumbre, me limito a constatar un hecho. Piense en todos esos jóvenes que le hicieron salir apresuradamente del Vikram, gente materialista, pendientes sólo del poder, la fama y el dinero. Hoy día a nadie le importa otra cosa, ¿no es verdad? Y sin embargo, cuando se quieran dar cuenta, doblarán una esquina y se encontrarán con que se les ha acabado la vida. Valiente desperdicio, ¿no le parece? Perdone, no quisiera cansarle con mis cosas. Todo esto que le digo no tiene nada que ver con el materialismo. Yo no soy materialista, tengo mis creencias, pero aun así la historia de mi vida carece de interés. ¿Qué puede contar un viejo funcionario que perdió todo afecto por la metrópolis? No tengo hijos, nunca me casé. Y ahora que está a punto de caer la última gota de la clepsidra, me doy cuenta de que esto es lo que me salva. Sólo tengo una historia digna de ser contada, la que está en este papel, y se la debo a él. Mejor dicho: es suya. la escribió él, el maestro. No me mire así, le estoy diciendo la verdad. Lo que tengo aquí es un texto de Rudyard Kipling. Es el regalo que me hizo cuando nos conocimos. (Págs 78-79)


En el centro del reino de Tintagoel, se alza una aldea diminuta, de apenas un puñado de casas blancas, rodeada de praderas, robledales y bosques de acebo. En las afueras, hacia el norte, hay un manantial que alimenta un estanque de aguas límpidas en las que se reflejan con nitidez los fenómenos del cielo. Una mañana de invierno se oscureció súbitamente el aire y comenzó a azotar las casas una lluvia fría y acerada. Cuando cesó la tormenta, los habitantes de Tintagoel advirtieron que en la orilla del estanque había un forastero que sólo poseía la parte izquierda del cuerpo. 
Lo ha traído la lluvia, dijo alguien en medio del gentío que se empezaba a agolpar en la plaza, observando desde lejos la figura inquietante del recién llegado. 
Inmóvil, el extraño viajero escrutaba la superficie del estanque con su único ojo, como tratando de desvelar un misterio cuidadosamente oculto entre los reflejos del agua. (Pág. 179)

La desnudez de la plaza era perfecta. Ardía un leño en el hogar, el último. Ya no lo avivaría. Pronto se despertaría Alma. Al ir cobrando luz el aire, las cosas forma, me di cuenta de que nevaba. La delicadez de la aurora teñía de rosa los pétalos de la nieve. La luz del sol se asomaba por debajo del palio que los copos tendían sobre la plaza; luego la rigidez del frío se fue adueñando del aire y mientras los cielos se oscurecían fue arreciando la tempestad, deteniéndose todo movimiento. El cielo helado se adentró en las casas y paralizó los despertares. Alma no se levantó a su hora, yo seguí en el gabinete, la llama se murió sin consumir el leño. Luego una brisa veloz se llevó los hilachos de humo que nacían de la nieve. Todo parecía extrañadamente translúcido: los árboles, las casas, las chimeneas, las fuentes. La luz no correspondía ni a la noche ni al día. Entonces vi una llamarada, o la adiviné, lejos, hacia el bosque. Creí que era mi hora, que la espera había terminado. Jubiloso, salí a la calle, corriendo a su encuentro. (Pág. 202)


Así y todo, y aunque insistiendo en su calidad, da la sensación de que el autor y la editorial se han puesto de acuerdo en que mejor era vender el libro como novela que como colección de cuentos. Parece que las novelas se venden mejor que los cuentos. Llámenme desconfiado. O resabiado. Esto se hace más evidente a partir del relato Tintagoel, cuando cualquier pretensión de unidad o de relación se abandona, al parecer sin remordimientos. Por mi parte, no me seduce en principio más una novela de 1.500 páginas (o de 372) que un cuento de 8, pero ya sabemos que en los expositores de las grandes tiendas y de los centros comerciales los libros parecen venderse al peso. 

En definitiva, un magnífico libro de relatos.























Otras reseñas: aquí, aquí y aquí

sábado, 16 de marzo de 2019

'La uruguaya', de Pedro Mairal

Debería ser una obviedad reflexionar sobre el lenguaje en el marco de las reseñas literarias. Y no solo sobre cómo logra la autora/autor de turno evitar las frases hechas o de qué modo tan brillante emplea los diálogos para caracterizar a los personajes, por ejemplo, sino sobre sobre los dialectos, los sociolectos, los idiolectos, la lengua y el habla, etc. En el lenguaje oral, por ejemplo, habría  que preguntarse qué significa afirmar que tal hablante habla "con acento", es decir, con respecto a qué modelo o eje lingüístico se compara. Pues para lo que uno es el idioma "tal cual", digamos el castellano, y lo que se utiliza o vive en Canarias o Argentina son variantes dialectales con sus respectivos acentos, para los hablantes de esos lugares, la conceptualización es a la inversa. Lo que hablan ellos es el español tal cual, el normal, y lo que se habla en la península Ibérica, grosso modo, es "hablar godo" o "hablar peninsular". Igual que dentro de la península, si se es castellanoparlante de Castilla o de Madrid, se referirán al "acento gallego", "andaluz" o "catalán", y viceversa. 

La centralidad proviene de algún tipo de poder, normalmente poder político. Pero puede ser también preeminencia artística o intelectual, o económica. Así, París ha sido durante mucho tiempo centro literario del planeta, mientras Francia, aun siendo poder colonial, no era la potencia política o militar dominante, ni mucho menos. O, en España, el nodo editorial más importante ha estado tradicionalmente en Barcelona, mientras que el poder político ha estado en Madrid. Es difícil no establecer una relación directa entre centralidad de una parte y subordinación de otras.

En lo que se refiere a la normatividad lingüística, durante mucho tiempo España irradió desde su centro político, Madrid. Naturalmente, en concordancia con su ideario político, durante la dictadura franquista; y sólo lentamente, durante la democracia, nos hemos ido despegando, sobre todo los hablantes de las "variantes dialectales", de esa subordinación, y por qué no decirlo, complejo de inferioridad, respecto de la forma del español hablada en Madrid y alrededores y propagada a las provincias a través de la escuela y de los medios de comunicación y el cine. Como consecuencia, se creó una conciencia lingüística folk de lo que era hablar "español correcto", la norma. A raíz de esa conciencia, los más osados, incluso se atreverán a decir que un canario, debido a lo que para ellos no debería ser más que una variante dialectal del español/castellano, "habla mal". Cosas del pasado, sin duda. Solo en los últimos años, por ejemplo, en RTVE ya no se obliga a los periodistas canarios a pronunciar el fonema /z/ o a decir "vosotros" en vez del "ustedes" cuando no hay tratamiento de por medio.

 En Latinoamérica, que ya es generalizar, dada la diversidad de países y culturas, aprecio que han sabido independizarse de los usos y modos de la antigua metrópoli y potenciar sus propios expresiones, modismos y vocabulario, ya antes del boom literario de García Márquez, Cortázar, Carpentier, Cabrera Infante y tantos/as otros/as, a  buen seguro que por la conciencia nacional derivada de su independencia política. A riesgo de ser maximalistas, podríamos afirmar que la literatura en español sobrevivió, al menos durante el franquismo, gracias a Latinoamérica. O, si somos algo menos exagerados, que el español siguió y sigue contando literariamente gracias a lo escrito en ese continente. El lenguaje vehicula valores culturales, por no decir que impone los límites del propio mundo (véanse, por ejemplo, a Whorf y Sapir, o al mismo Wittgenstein), y por ello mismo herramienta privilegiada para la manipulación y la tergiversación de la comunicación. Por ello mismo, como lector, considero deplorables las normalizaciones, por las que se impone un modelo lingüístico único (ya sea español, vasco, catalán o gallego, etc.) y se pretender ahormar la conciencia de los hablantes, y por ende, de los escritores.

En definitiva, aunque todo lo anterior es de sobra conocido, de vez en cuando viene bien recordarlo y no considerar que el lenguaje es algo que nos viene dado de manera natural y que es neutral. Todo lo contrario.

Esto viene a cuento, además, por la siguiente novela:






Una novela de un argentino escrita en argentino y en uruguayo. O, en otras palabras, en el español que se utiliza allá, con naturalidad. Así, es posible que el lector de otra nacionalidad se tope con numerosas palabras que ignore y que no son de uso habitual para él. Así es la vida, y los diccionarios e Internet están para algo. Es un español, pues, distinto, con un sabor diferente, obviamente, al utilizado, por citar una novela reseñada aquí, en Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo o en el diario de Bruno Mesa No guardes nada en tus bolsillos

Ya entrando en materia, la novela, sin duda, tiene el ritmo adecuado a su finalidad, que es la narración en primera persona de una aventura amorosa del protagonista con una joven mujer en Uruguay a la que había conocido previamente en una jornada literaria. El narrador desgrana su vida de escritor y su convivencia con su pareja y su hijo. Sueños, frustraciones y cotidianidades se describen con vivacidad e ingenio, con frases certeras e incluso brillantes en las que se nota la vertiente de poeta de Pedro Mairal. Ese mundo en el que un argentino se va a Uruguay a conseguir dólares y evadir los impuestos de su país y de paso aprovecha para reunirse con una potencial amante nos abre, y esa es una virtud, a una realidad bien diferente a la que estamos acostumbrados.


Y esa mañana justo había mirado tus aros en el baño, aros largos, plateados, caros, tirados ni bien llegaste esa noche y te sacaste el maquillaje, la máscara que no vi, y me acordé de esa expresión caribe: anda columpiando los aretes con cualquiera. ¿Quién te columpiaba los aretes, Catalina? Tus aros de Ricciardi bamboleando en el galope sexual, tus aros de avenida Quintana tintineando en el zarandeo de la trampa, sonando como los caireles de la araña en pleno sismo. La directora de desarrollo de la Fundación Cardio Life entrechocando su pelambre pélvica con el miembro de un miembro del directorio ejecutivo de la misma. Algún mediquito creído, con buen auto, algún catolicón de misa de country, un ex rugbier cardiólogo, de cuello ancho, de estampita de bautismo de cada hijo en la billetera, de consultorio estilo inglés, lámpara verde de caballo de bronce, boisserie, medio oscuro en la sala de espera, grabados de caza de zorros, un caballo saltando una cerca, la jauría alborotada, el empapelado bordó, la secretaria vieja aprobada por la mujer, tratando de cubrir y coordinar sus compromisos inesperados. (Pág. 25)

Fui hasta atrás de todo, después de los últimos locales. Por el camino vi el local de tatuajes, lo vi un instante, de pasada, por el rabillo del ojo, pero me quedó titilando en la cabeza. Bajé con cuidado por una escalera caracol que se retorcía hacia la oscuridad. Quizá por mi estado medio frágil me pareció tan interminable. Bajaba como un tirabuzón al fondo de la tierra. Era una catacumba el baño ese. No sé cuántas cosas pensé durante mi largo meo de borracho, con una mano apoyada en los azulejos. La marihuana tejía teorías instantáneas que me parecían geniales y, cuando intentaba retenerlas para acordarme después, se desarmaban el aire. Algo sobre los negros pensé; me pareció entender todo, era como una clarividencia intransferible. La luz, que para ahorrar energía tenía un timer calculado para clientes más expeditivos que yo, de pronto se apagó. (Pág. 92)


No obstante, y a pesar de que se lee con interés un buen rato, la novela, en cierto momento, quizá consecuencia de una transición imperceptible, se vuelve, lamento decirlo, banal. Llega un momento en que me pregunto por qué me deben importar a mí las miserias cotidianas de otro escritor más que un día conoce a una mujer, Guerra, con la que quiere follar. Se podría señalar en este momento, si se quiere ridiculizar mi argumento, que Madam Bovary no es más la historia de unos cuernos, al igual que Anna Karenina o El amante de Lady Chatterley, o que Romeo y Julieta no es más que una fogalera genital adolescente, pero en esas y otras obras la infidelidad y la pasión amorosa alcanzan una trascendencia vital y moral plasmada literariamente de manera soberbia; y en otras obras, lo nimio y lo minúsculo adquieren una relevancia que en La uruguaya no encuentro por ningún lado. La anécdota se me hace larga, aunque sobrevenga un incidente inesperado que la transforma en algo así como una parábola gigante. Incidente a partir del cual la novela remonta un tanto, no obstante, y nos ofrece otro plano del protagonista, que se lee bien.

Dicho lo cual, no dudo que esta novela gustará a muchos. Añado, además, que haya a quien le suene a herejía mis palabras del párrafo anterior. Entiendo que lo que se narra, y sobre todo porque el escritor no es nada torpe y maneja bien sus recursos lingüísticos, puede mover a la emoción o a la nostalgia en diverso grado, pero no es mi caso. Tengo la impresión de que el autor no aspira a la grandeza, sino a la aprobación, que sus miras son demasiado bajas, quizá demasiado pequeñoartísticas, algo así como "esta es mi vida de escritor de ingresos medianos y de vida de clase media pero que comienza a despegar, a picar alto" y pretende literalizarla porque, quizá, no tiene mejores mimbres. Es como si la promesa de la literatura se hubiera visto defraudada, quedándose simplemente en un bosquejo de otra vulgar aventura amorosa así como la enseñanza (vicaria) moral que se adquiere con otro personaje, Enzo, con el que también se encuentra en Uruguay. Citando al propio narrador en apoyo de mis palabras: "Si no podés con la vida, probá con la vidita". 

Es, por así decirlo, una novela confortable, en cuanto es fácil identificarse tanto con el protagonista como con su mujer, en la evolución/decadencia amorosa, pero es, por lo mismo, demasiado fácil: juega sobre seguro. No hay desafíos morales o cognitivos que induzcan reflexiones novedosas sobre uno mismo o respecto del mundo. Insisto, esto mismo que les escribo como defecto le puede resultar virtud a otros, esa descripción de una vida más o menos cotidiana con sus avatares trillados es posible que les regocije. No a mí.

Uno no puede evitar ser exigente, al mismo tiempo que tampoco debe engañarse.











lunes, 4 de marzo de 2019

'La muerte de mi hermano Abel', de Gregor von Rezzori

Sigo pensando en Haruki Murakami, en aquella afirmación suya en De qué hablo cuando hablo de escribir de que escribir una buena novela estaba al alcance de cualquier persona inteligente. Lo digo porque lo que en su momento ya me parecía dudoso ahora me contraría, pero en otro sentido. Murakami venía a trazar una división entre aquellos que escribían (o eran capaces de escribir) una buena novela y aquellos que eran novelistas. Unos llevaban a cabo un capricho o satisfacían un sueño o colmaban su vanidad con una novela y otros como él tenían una carrera literaria, vivían de lo que escribían: los escritores de verdad.

Ahora lo que me planteo, aparte de que esa división de la literatura entre amateurs y profesionales me parece ramplona y extraliteraria, es precisamente la concepción de la novela que Murakami parece tener en mente: planteamiento, nudo y desenlace. O, escrito de otra manera, una historia, una story: una trama con personajes con algún tipo de conclusión. Digamos, un planteamiento convencional, aun después de décadas, siglos, de experimentación literaria. Eso me lleva a pensar que no es ya un escritor interesante; al menos, no en sus reflexiones sobre la literatura. Puede ser, también, que su literatura las contradiga. No sé, hace tiempo que dejé de leer las novelas de Murakami, y salvo algún fugaz destello sináptico proveniente de La caza del carnero salvaje, he olvidado el resto. 

Está bien que el autor tenga un ojo en el lector. Es decir, la novela no puede ser un galimatías de ínfulas simbólicas que destroce la paciencia y tampoco estructurada de un modo tan laberíntico que exaspere el mejor ánimo. Ya lo decía, por citar a un autor no demasiado fácil, Foster Wallace. Lo que tampoco me satisface a estas alturas otoñales es la concepción de Murakami y de tantos otros aspirantes a carrera artística, diletantes una y otra vez: una novela con argumento basado (exagerando) en las unidades aristotélicas de tiempo, lugar y acción. Aunque sea solo de acción. Pueden estar bien para pasar el rato, no digo que no, y pueden estar escritas de modo impecable e ingenioso, sin duda, pero ya no las deseo, no satisfacen el prurito de plenitud, quizá de trascendencia, que busco, y que es la razón por la que rastreo el arte, en general, y la literatura en particular: un conocimiento del mundo y del ser humano que nada más puede proporcionar. Un conocimiento que, aunque apenas se capte, apenas se entrevea, se revele como importante. En esto, alguna forma de frónesis literaria (para seguir recordando a Aristóteles) sería lo adecuado. Por ello, blandir la impotencia de la palabra como un trofeo de pádel y poner fotos y dibujitos a diestro y siniestro tampoco parece una revelación taumatúrgica. 

Llevándonos el asunto a nuestro territorio en la actualidad, salvo excepciones, la falta de imaginación se revela como un lastre indesenganchable, como un cable de goma atado a la cintura, un peso muerto que hace que, perdónenme la imagen, el tránsito de nuestra novelística sea semejante al de una tortuga vieja, sepultada por ella misma. ¿Problema del talento de nuestros autores, de nuestras escritoras? ¿Problema del público, por lo general poco exigente? ¿Exigencias de la industria editorial? ¿Problemas de un mercado pequeño?  Preguntas viejas que se responden solo con talento y valentía.





La novela que hoy nos ocupa es un ejemplo de la dificultad casi insuperable (más que la de leer una de tantas novelas espantosas) de escribir una reseña a su altura. Es de esos casos en los que los comentarios del reseñador solo mostrarán su insuficiencia, sus limitaciones y quizá también su falta de entendimiento. ¿Cómo condensar en un folio, en dos saltos de pantalla, las dimensiones artísticas de una novela sobresaliente?

La muerte de mi hermano Abel no va de lo que lean en la contraportada o en cualquier resumen apresurado. Al menos, no solo. Va de muchas cosas, sí: de una novela inacabada, quizá inacabable, de la reflexión sobre la escritura y la literatura, sobre el amor o su imposibilidad, sobre la pulsión sexual, sobre la mediocridad moral de la pequeña burguesía (y de la alta), de Centroeuropa, del nazismo, de la anexión de Austria por la Alemania hitleriana, de la nostalgia de una niñez perdida, sobre la madurez, sobre la pérdida de identidad de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. También, de la amistad, de París, de Berlín, del nomadismo, del cine, de...

Es imposible, por tanto, esquematizar la novela "en tres frases", como el mismo protagonista le demuestra a un representante editorial. Hay demasiadas cosas, demasiados temas, demasiados rizomas en una novela que se extiende como "una metástasis". Sus 804 páginas dan para mucho, y cualquier intento reduccionista se ve abocado a un merecido fracaso.

Podría ser más lúcido escribir que esta novela es una "experiencia", si dicha palabra, y el concepto en general, no hubiera sido tan manoseado, utilizado y depreciado por todos esos departamentos de marketing tan insidiosos y tan sobrevalorados. Entonces, mejor, propongo que utilicemos el de acompañamiento. El autor nos permite estar con Aristides Subicz (un nombre como cualquier otro y que, en realidad, ni falta nos hace) en su caminar hacia delante y hacia atrás, incluso hacia arriba y hacia abajo durante la rememoración de su existencia de casi cincuentón: niño mimado, hijo de puta (o querida, o acompañante, o scort, como se diría hoy), niño acogido, adolescente vienés, militar rumano, soldado del III Reich (aunque sin ejercer), testigo de los juicios de Nüremberg, amante, esposo, padre, putero, amante despechado, guionista de cine, escritor sin novela, dandy, amigo, solitario... Una novela que se expande y se contrae como una marea tranquila, con ocasionales rebozos, con olas encrespadas y corrientes enérgicas. ¿Es acaso entusiasmo lo que me suscita esta novela?

Por otro lado, la voz del autor recuerda, y no es demérito, por un lado, al del mejor Stefan Zweig de El mundo de ayer, pero, también, con el Henry Miller más procaz e ingenioso de Trópico de Cáncer. Decir que es una síntesis modernizada no sería hacerle un favor: Rezzori es eso y es él mismo: aguda conciencia de la fractura de una época, de un mundo, cuya cesura la sitúa en un soleado y helado día de 1938, e implacable despellejamiento de él mismo y de sus círculos de amigos y conocidos. Después de leer la novela, creo que sería capaz de reconocer la voz de Rezzori en cualquier texto (mejor dicho, la versión de Rezzori proporcionada por el traductor, José Aníbal Campos, cuyo trabajo no puede sino haber sido mastodóntico, dada la complejidad argumental y estructural de la novela, así como la variedad y alternancia de los registros idiomáticos y lingüísticos que se despliegan por toda ella: un aplauso). 

Es, sin duda, un autor moderno, con la capacidad descriptiva de un naturalista del siglo XIX y la conciencia literaria de un autor del siglo XX, que domina tanto la descripción de ambientes, cosas y personas como la narración en primera persona, voz que se vuelve la nuestra, aunque no tengamos por qué identificarnos en todo con ella, ni mucho menos. Una novela formidable, verbalmente exuberante, que se decanta en metáforas y comparaciones brillantes dentro de párrafos y escenas excelsos:


El 12 de marzo de 1938, como se sabe, fue un día de un frío excepcional. La más hermosa y prometedora primavera quedó cercenada por un frío polar que se precipitó sobre ella como la hoja de una guillotina. El cielo, sin embargo, se mantuvo límpido y azul, sin un hálito de brisa. También el sol preservó su sonrisa, como la preserva también un cuerpo decapitado. Y como ya se había iniciado la reabsorción de jugos primaverales, y como las savias de los capullos y los brotes (y quizá también la de los corazones llenos de esperanza) quedaron congelados de repente con un centelleo, el mundo pareció de pronto cubierto por una campana de cristal: extremadamente delicado, de una belleza frágil, como recubierto de una fina capa de laca. Pero el fermento primaveral, naturalmente, se había congelado. Y con él, toda la atmósfera de la primera mitad de mi vida. (Pág. 206)


A decir verdad, en el tío Helmuth se encarna el espíritu de una crítica social acrítica -como la llamaba John-, y en ello es un nazi potencial: porque en la crítica, dice John, reside la fuerza esencial del llamado Movimiento; en ella los nazis tienen siempre la razón. Sin embargo, al igual que la crítica de los nacionalsocialistas, la del tío Helmuth es demasiado general, demasiado global, por lo cual, en definitiva, no es maniobrable, como un barco sobrecargado de mercancías. Su crítica no surge del análisis sobrio, sino del resentimiento: el de una insatisfacción vital generalizada que se nutre de ofensas y humillaciones en gran parte imaginadas, por lo que no tiene un objetivo sólido ni un objeto palpable. El tío Helmuth reacciona con un reflejo involuntario a todos los estímulos imaginables que él percibe como rasgos de una fuerza enemiga que se le opone. Puede ser, igualmente, una dama con una piel de marta cibelina, un vagabundo que silba demasiado alto, algún anuncio publicitario tonto en un cartel, un besamanos, una forma específica de ponerse el sombrero; en particular, puede ser todo aquello que sirva de testimonio de una forma de existencia que a él le parezca más libre o desenfadada, más alegre que la suya y que, por lo tanto, la cuestiona. (Pág. 239)

El arte. Cada vez que oigo esa palabra veo a Gaia delante de mí: Gaia con un sombrero de flores. Cuando alguna conversación se dispara en barrena hacia esas cumbres de la cultura, veo ante mí a Gaia con ese sombrero: una enorme muñeca de chocolate con una tarta en la cabeza parecida a una rosa de Pascua. Gaia, la poderosa, la del cuerpo magnífico: uno ochenta y dos de luminosa estatura, setenta y ocho kilos de peso vivo, ciento cuarenta y cuatro libras de carne mulata, carne de color caoba, de aroma de vainilla, de brillo dorado de cereal en sus redondeadas cúpulas, piel que se oscurece con un tono violeta y marrón en las zonas sombreadas, carne encorsetada, cubierta de encajes, cintas, lazos, como una gigantesca muñeca de sofá; sus manos regordetas alzadas con sus deditos graciosamente plegados como si sostuvieran una pequeña batuta invisible que guiara sus cadenciosas y sagaces frases, tan divertidas y encantadoras, asombrosamente competentes y seguras... Y todo en dimensiones desproporcionadas, gigantescas: Gaia, la cariátide de chocolate sosteniendo sobre su cabeza la deshilachada, polvorienta y remendada magnificencia de flores de la cultura más refinada. (Pág. 599)


Era un ejemplar típico de florista vienesa: regordeta y envuelta (no solo a causa del frío) en incontables capas de enaguas, faldas, chalecos, chaquetas, abrigos y chales, con bufandas cruzadas sobre el pecho y la espalda, de color rojo o azuloso, como un bulbo de tulipán, y unos dedos que brotaban de los calentadores tejidos de las muñecas como los extremos de una raíz. 
Había dejado su cesta de ramilletes de prímulas, violetas y narcisos en un rincón en el que fungían como tentación para cualquier pata de perro alzada, y corría -o mejor dicho: rodaba- alrededor de la plaza vacía en un ebrio zigzaguear. Sólo las ninfas de la fuente de Raphael Donner, tan bellas e inmóviles en su gracia estilizada y esbelta, la contemplaban; rodaba y volvía a rodar, al tiempo que lanzaba hacia arriba los muñones de sus mangas, con las puntas de las raíces, como queriendo levantar el vuelo, y graznaba entre jadeos: «Heil! Siegheil! Siegheil..!»; y aunque las floristas vienesas suelen tener una voz que daría envidia a los muleros de Anatolia, la suya era lamentable, parecía ahogarse en el eco de aquel gran vacío como la queja de una libre que se ahoga en un barril de agua de lluvia. 
Y fue entonces cuando comprendí que algo extraordinario había ocurrido: un cambio de época. (Pág. 666)


Rezzori critica tanto la entrega sin reservas a Adolf Hitler y a su régimen del pueblo vienés (Anschluss), compuesto mayoritariamente por esa pequeña burguesía pacata, moralista y mezquina, como la mediocridad de la Europa americanizada tras la guerra. Esa gente que come en un puesto en la autopista ya en los años 60 ejemplifica para él la anonimización, la estandarización, la vulgaridad que se manifiesta también en los bloques de pisos, en los medios de comunicación, en las películas y en la literatura en general. Podemos asimilar la novela, entre otras posibilidades, como un zarandeo contra esa mentalidad de clase media adocenada en un país como España, que, aunque secundario a todos los efectos, pertenece al primer mundo. Sin embargo, no es Rezzori un ejemplo más de ese aristocratismo sobrevenido de ciertas estrellas de la cultura, como Vargas Llosa, encantado de conocerse, envuelto en una capa de elitismo neoliberal, amable con los pares y cruel con los demás.

Podríamos objetar, no obstante, que la reflexión crítica de Rezzori se refiere a una Europa complaciente consigo misma, paternalista, frente a la cual se alzó brevemente parte de la juventud en el 68, aun no conmocionada por las crisis de mediados de los 70, el cambio de paradigma del Estado del Bienestar por el neoliberalismo rampante, la caída del bloque comunista en Europa, etc. Asimismo, esa clase media, esa pequeña burguesía que execra está hoy ya muerta o, en todo caso, vive sus últimos días de pensionista. La potencia de sus valores ha menguado, en trance de desaparición. Hoy estamos inmersos en un marco económico y político distinto, dentro de un paradigma cultural que poco tiene que ver con el de aquellos años. Es posible, por tanto, que la mirada de Rezzori, sin duda eurocéntrica, sea en la actualidad más iluminadora respecto de los hitos que marcan cambios de época, más profunda e incisiva sobre el resentimiento de las clases medias en proceso de proletarización y empobrecimiento que constituyen el suelo nutricio del que crecen movimientos de ultraderecha. Procesos auspiciados por los habitantes de ese "Reino del Medio", ese mundo dentro del mundo: los superricos y multimillonarios a cuyo servicio consideran que debe estar el resto del planeta.

En fin, ya extraerán sus propias conclusiones al término de esta novela magnífica.