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viernes, 26 de abril de 2024

Fondo de armario

Acaba abril, y los artículos de Elsa López son tan irrelevantes como siempre. Produce cierta tristeza comprobar que el único artículo que tuvo algo de repercusión se caracterizó por arremeter de manera lamentable contra unos artistas que no encajaban en su definición de lo que es ser hombre o mujer, espetando algún insulto que otro para evitar sutilezas. Era tan aberrante que no lo aceptó el propio periódico en que, curiosamente, sigue colaborando de manera habitual y que, como casi todos, publica cualquier cosa mientras no tenga que pagarlo. Algunos, no obstante, y contra toda evidencia, la consideran como un "faro ante tanta penumbra". Saco a colación a esta señora por ser la última Premio Canarias de Literatura y por asumir lo que piensa mucha gente: que, por haber recaído en ella un premio literario, lo que tenga que decir sobre asuntos ajenos a la literatura resultará de interés.

Dado que no es así, pasemos a otra cosa.

Les será más o menos interesante saber que este mes de abril, en lo que a mí respecta, se ha caracterizado por la cantidad de libros que han llegado a mis manos, la mayoría en detrimento de mi cuenta corriente y algún otro como obsequio amical, que todavía quedan amigos de esos. A la sazón, son los siguientes:




-La reconquista, ¿la reconquista?, la reconquista, editado por David Porrinas.

-Ni una, ni grande, ni libre, de Nicolás Sesma.

-De cine, aventuras y extravíos, de Eugenio Trías.

-Filosofía para una vida peor, de Oriol Quintana.

-La vista desde las estrellas, de Cixin Liu.

-El orden de los acontecimientos, de Miguel Morey.

Un poco de varias áreas del conocimiento, como ven. En especial, me interesan los de la historia de España, dado la ola revisionista de los últimos años. Ya les contaré.

Es, como podrán imaginar, un esfuerzo baldío para intentar abarcar lo pasado y lo presente, vano empeño para comprender el mundo, efímera ilusión por comprender el mundo. Si a estos les unimos los que compartí con Vds. en el pasado artículo, se harán cabal idea del luminoso y estudioso futuro lector que me espera. Por no hablar de lo insoportable que me voy a poner, palillo de dientes mediante.

Por otro lado, han salido publicados dos libros que me han despertado cierto gusanillo: Arenas blancas, de Juan R. Tramunt, y, vayan Vds. a saber por qué, Reguetón, de Luis León Barreto. En cualquier caso, toda lectura y análisis consiguiente quedan pospuestos para después de la primera quincena de mayo, comenzando por el ya mentado Barrio chino. Asuntos más urgentes reclaman mi atención, como son los participios griegos. Voy acumulando lecturas para sobrellevar la resaca estudiantil.

Dentro de poco, por cierto, será la feria del libro en LPGC, abierta ya la veda en nuestra Comunidad. La verdad es que poco interés me despierta, salvo el atávico goce que supone el caminar en compañía de otros seres humanos dando vueltas sin tino como si buscáramos algo inencontrable: tal vez la gracia del Arte con mayúscula, o quizá el roce salvífico con el Autor/Autora. Pero, de verdad, incluso como ritual carece de atractivo. Quizá sea posible regenerar la feria, pero me pregunto si una feria es regenerable: tal vez lo que ofrezca es lo único que puede ofrecer, y si ofreciera otra cosa, no alcanzaría los objetivos que tiene toda feria (de libros o de lo que sea), que no es sino vender. En todo caso, ya es un asunto que me ha dejado de interesar, si bien es cierto que nunca me resultó especialmente polémico, salvo sus sempiternos problemas de organización.

Eso es todo por ahora.


viernes, 23 de febrero de 2024

Censura y cancelación en la cretinoesfera

Sin ánimo de sentar cátedra sobre nada, pero sí, al menos, de desarrollar por escrito, aun de modo breve, distintas ideas sobre la censura, la cancelación y otros conceptos, a raíz de la pequeña polémica en la esfera pública canaria suscitada por la retirada de un artículo de Elsa López en un periódico digital, voy a intentar engarzar lógicamente argumentos contra la idea de que toda censura o revisión es ínsitamente injusta o antidemocrática. No pretendo escribir de la evolución o degradación del espacio público ni del modelo periodístico español (eso daría para un libro, al menos, y ya hay muchos al respecto).

Es, asimismo, una respuesta, sin ánimo de exhaustividad, a la intervención de Andy Tirzo en la página del Facebook del Polillas, que a continuación reproduzco:


"A mi irrelevante parecer, lo único escandaloso aquí es la censura, no la calidad, ni el tono ni el fondo de un artículo de opinión. Hoy en día demonizamos el exabrupto y el insulto mientras normalizamos la violencia física sin miramiento. Sin ir más lejos en esa sección de Canarias Opina, junta letras un personajillo de cuyo nombre no quiero acordarme que fue condenado por agredir a una mujer y que se explaya con comentarios machistas por digitales varios del Archipiélago. Para esos, hay barra libre en ese mismo medio, lo cual llama la atención siendo el director pareja de quien es. Me preocupa también que se haya insinuado que el medio donde escribe Armas Marcelo (persona por la que siento cero querencia) debería tal vez moderar o revisar o controlar (no recuerdo el término) lo que escribe a colación de unas burradas que profirió contra un biógrafo de Camus. Por favor, no podemos demandar censura en estos tiempos de violencia planetaria, la palabra, es la puta palabra, lo que nos distingue como especie, y en ocasiones un insulto o un exabrupto hacia la cretinosfera del malgusto y la grosería (cuando no contra personajes verdaderamente acreedores de unos cuantos epítetos a tiempo) vienen más que a cuento, joder, hostia, me cago en... (ves como me autocensuro por miedo). Hemos perdido mucho callo, estamos tod@s muy blandit@s y muy curitas señalando de manera interesada siempre dónde están los límites de la libertad de expresión, unos límites que marcan cuatro fascistas y tres apóstoles de la infraderecha mediática (antes izquierda), ¿Creen que Carlos Sosa es alguien para censurar, para infantilizar paternalistamente a Elsa López, para tirarle de las orejas, para darle lecciones de escritura y moral? Por favor. Sirva esta reflexión ramplonamente redactada, como mi pequeño exabrupto invernal. Y pensemos en los siniestros peligros de la censura y en cómo muchos falsos injuriados del mundo de la política en especial utilizan el honor y al poder judicial para callar bocas incómodas y de paso ganarse unos duros sentando presuntos lenguaraces y artistas en el banquillo sin que nadie se atreva a pronunciar palabras como extorsión o violencia institucional o violencia estatal o violencia judicial, cosas de las que el director de Canarias Ahora debería haber aprendido bastante, o al menos ser un poquito más coherente ahora que habla (y creo que con razón) de lawfare en una situación que no se la deseo ni a él.. Por cierto, se habla mucho de amnistía, ley que a mí no me afecta que aprueben, poco que objetar, pero opino que derogar la Ley Mordaza, esa ignominia a la que le ha acabado cogiendo gustillo la infraderecha, es mucho más urgente y prioritaria para todo el que vive en esta esquilmada piel de burro, aka, España. Buona domenica..."


En primer lugar, considero que es una contradicción evidente quejarse de una esfera pública degradada (en feliz término,"cretinosfera"), en la que, según mi interlocutor, abundan "el mal gusto y la grosería", y al mismo tiempo considerar que no debería criticarse un artículo que contiene una buena cantidad de insultos y que apenas da cabida a argumentos.

¿Y por qué le parece que no se deberían criticar estos malos artículos? Mi interlocutor afirma que, si bien criticamos determinado uso de la palabra, no hacemos lo mismo con la violencia. Bien mirado, pienso yo, no tiene nada que ver criticar determinado uso del lenguaje con criticar o no la violencia física. Se pueden hacer las dos, una de las dos, o ninguna. Es decir algo así como "no se empeñe Vd. en hablar de la mala calidad o de la deficiente argumentación de un texto cuando están matando a gente ahí fuera", o algo similar. En rigor, sería una falacia, la del cambio de tema. En un contexto habrá que criticar el estilo y el contenido de un texto y, en otro, de la violencia machista, policial, israelí, rusa o de Hamás. Quizá, en un tercero, de las relaciones entre unos y otros si se puede demostrar su continuidad. Sería, por poner otro ejemplo, como reprocharle a un guardia civil que le ha pillado conduciendo borracho y de manera temeraria, que en vez de detenerle y multarle debería estar persiguiendo atracadores de bancos. Una cosa es una cosa y otra cosa, otra. 

Es más, podría yo, devolverle su postulado, y reclamarle que, en vez de criticar mi recomendación de que los medios revisaran los textos de sus columnistas (ya sea por confirmar que tienen una mínima calidad argumentativa, como ese lamentable artículo de Armas Marcelo, y así evitar el menoscabo de su prestigio, si es que lo tiene), debería centrarse, tal vez, en el peligro que supone el deshielo de los casquetes polares, que amenaza con cambiar la fisonomía planetaria y la vida de los seres humanos en un tiempo relativamente breve. No tienen nada que ver los dos asuntos, como es palmario, por muy importante que sea el segundo.

Ya que estamos, saco a colación que muchos nostálgicos de un idealizado mundo pasado suelen quejarse con amargura de que progres y wokes en general confunden la vida privada de un autor (normalmente, hombre) con su obra. Por ser Picasso (un ejemplo) un hombre que trataba fatal a las mujeres no hay por qué "cancelarlo", o lo mismo con Céline, conocido filonazi, y tantos otros. Muy bien: la obra de un artista puede rebosar calidad por sí misma, y podemos apreciarla sin que tenga que devaluarse por, digamos, la maldad o la perversión de su autor. Otra cosa es endiosar a estos mismos hombres hasta tal punto que todo lo que hicieron pareciera que había sido tocado por una divinidad, que es lo que viene sucediendo desde el Romanticismo (la figura del artista como genio) y que se ha visto exacerbado por la industria cultural. Así, y aquí volvemos a nuestro interlocutor, un columnista puede haber sido condenado, si tal es el caso, por violencia de género o por cualquier otro delito que eso no necesariamente tiene que verse reflejado en una deficiente exposición de los argumentos que emplee en un artículo periodístico. En resumen, se puede ser un cabrón en privado y escribir buenos artículos. Asimismo, ser una persona excelente y escribirlos pésimos. Ojalá todo fuera más fácil.

La cancelación, por cierto, se entiende generalmente por un movimiento de rechazo a un artista por sus actos o manifestaciones personales y en el que se promueve el no acudir a sus espectáculos o adquirir su obra, o, en el peor de los casos, boicotear sus espectáculos o actos públicos. En todo caso, y aclaro que a mí me parecen un error, en general, estas cancelaciones, es un movimiento que, en esta época digital, no proviene, en principio, del poder político estatal ni empresarial, ni tiene carácter jurídico-punitivo, por lo que esas afirmaciones que circulan con cierta reiteración acerca de la instauración de una nueva Inquisición (progre, por supuesto), que hay más censura ahora que con Franco o del dogmatismo moral de la izquierda me parecen un disparate, pero disparate malintencionado. 

Últimamente, por cierto, se habla de Fernando Savater, de cuya colaboración habría prescindido El País por el contenido de sus artículos en los últimos tiempos. Así, Savater habría emigrado con armas y bagajes a otro medio, The Objective como si la censura progre-feminista-independentista lo hubiese enviado al ostracismo y el filósofo hubiese, bien que forzado, emigrado al reino de la luz y de la libertad. ¿Cuánto tiempo creen que duraría Savater en este último medio de comunicación si, de repente, por obra y gracia de algún tipo de revelación, se dedicase a lanzar los más encendidos elogios a Pedro Sánchez y a Sumar, a los independentistas catalanes, cuánto si comenzase a citar de manera favorable a Judith Butler y otras autoras feministas en toda su admirable multiplicidad?

Creo, a fin de cuentas, que si lo que se quiere es elevar el nivel del debate en la esfera pública, que es de lo estamos tratando, en especial en la diminuta canaria, para ello se requieren argumentos bien fundados, entre los cuales no se encuentra el insulto, mera falacia ad hominem. De aquí podemos pasar a la cuestión de la responsabilidad del medio, o de su director: ¿deben estos aceptar sin más, no digo ya un artículo contrario a la línea editorial, sino que esté, simplemente, mal escrito, mal argumentado? Porque, ¿para qué existe (idealmente) un medio de comunicación si no es para escoger de entre la miríada de opiniones las que consideren mejor informadas y contribuir así a un intercambio de puntos de vista sobre asuntos que la ciudadanía considere relevantes? Estamos acostumbrados, en cambio, a leer, ver y oír en los medios de asuntos sin la menor fundamentación cuando no simples bulos, por lo que la percepción que ahora tenemos de aquellos es que se han convertido en meros expositores de opiniones de grupos políticos e ideológicos y lobbies de intereses privados sin que importen su coherencia o veracidad.



Volviendo a Zorra, yo no sé si el director del Canarias Ahora ha sido "paternalista" o no con Elsa López o si la ha "infantilizado" al pedirle que rectificara el artículo de marras, pero me parece razonable que se resistiese a publicar un artículo que no solo es bastante deficiente en cuanto a la calidad de los argumentos (lo que puede ser discutible, claro está), sino en el que incluso la escritora se atreve a calificar de "dúo patético de imbéciles" a dos bailarines, por no hablar de esa expresión "caricaturas de hombres", digna de un artículo de Salvador Sostres o de una parrafada de Jiménez Losantos; o llamar al público "ganado". "rebaño suduroso" o "reses" por corear la canción en el concurso calificador para Eurovisión. Precisamente, es la proliferación de insultos la razón que ha esgrimido el director para intentar que la autora corrigiera el artículo y, en última instancia, se decidiera a retirarlo. No olvidemos que publica el medio de comunicación, no el/la columnista.

A favor y en contra de la canción se han escrito numerosos artículos, y con buenos argumentos. Ya podría, Elsa López, premio Canarias de Literatura (sea cual sea la opinión que nos merezca este distinción), haberse aplicado un poco y no limitado a expectorar su indignación. Indignación, por cierto, que me resulta, cuando menos, de corte esencialista (los hombres son así, las mujeres, asá), por no pensar en algo peor. Suele decirse, no sin razón, que los insultos dicen más de quien los profiere que de quienes los reciben.

Por otro lado, también me parece normal que una columnista habitual de un medio, se le remunere o no, no acepte que le enmienden un artículo o se enfade si deciden no publicárselo. Esto ha pasado desde el principio de los tiempos: mientras el/la columnista no sea a la vez el/la editor/a siempre existe esa posibilidad. Lo que me resulta curioso es que esta escritora siga publicando en ese medio: da la impresión de que la malhadada cortapisa a su libertad de expresión no era para tanto, a fin de cuentas. Además, la  censura en un medio determinado, por hablar en esos términos, no se corresponde con una censura en la esfera pública. No vivimos bajo una dictadura de nadie (por ejemplo, la franquista) por mucho que lo repitan columnistas aquí y allá (desde, paradójicamente, su púlpito diario o semanal en los medios) porque no tardó mucho el artículo de Elsa López en ser publicado en la página web de la Ser y supongo que en muchas otras

Además, ni siquiera hace falta, en mi opinión, invocar la legislación respecto de delitos de odio para que la dirección de un medio de comunicación rechace publicar artículos en el que se defendiera la eugenesia, el exterminio de personas por algún motivo étnico, religioso o cualquier otro que se les ocurra, por decirles casos extremos. Pongan su propio ejemplo delirante que demuestre que no todo es publicable. Tampoco permitiría (o no debería permitir) que se publicaran artículos que fueran sobre todo una colección de insultos y exabruptos maliciosos. Lo que quiero decir es que no siempre hay que respetar un artículo de opinión por ser un artículo de opinión, ni que eso suponga que la libertad de expresión corre el riesgo de morir ahogada por la supuesta corrección política. Los medios de comunicación, no lo olvidemos (aunque sus propietarios/as, me temo, sí o les resulta indiferente) tienen la máxima responsabilidad en cuanto a contribuir a una esfera pública democrática, y no contribuyen a ella haciendo dejación de funciones. Otro asunto es, claro, que aspiren a manipularla en función de intereses diversos, políticos o empresariales, pero eso lo dejamos para otro debate. Por cierto, es posible que nos equivoquemos pensando que la censura y la falta de libertad de expresión o la manipulación en la esfera pública se juegan en el terreno de los artículos de opinión (intuyo que, en su mayor parte, solo convencen a los convencidos/as), sino en la selección y enfoque de las noticias, en su omisión, en el poder de los anunciantes y grupos de presión para marcar la línea del medio, etc. Pero eso es asunto para otros artículos y otras lecturas.

Quizá de lo que deberíamos quejarnos los ciudadanos y ciudadanas no es, precisamente, de que se coarte la libertad de expresión, sino, más bien, de la enorme cantidad de artículos y de opiniones deleznables tanto en forma como en contenido que se publican y se vocean a diario: la cretinoesfera, efectivamente.


jueves, 7 de abril de 2022

'Cuadernos del Subtrópico Norte', de Marcos Dosantos

La semana ha sido pródiga con la cultura. Hablando con propiedad, el pródigo ha sido el Gobierno de Canarias, que con su vicepresidente Román Rodríguez en labores de captador de patrimonio, ha tenido a bien comprar 26 cuadros del artista canario conocido como Pepe Dámaso. Pepe Dámaso es conocido por su largo recorrido artístico, más o menos admirado, y, sobre todo, por su empeño en que alguna institución pública hiciera de una casa suya una casa-museo. Una casa-museo dedicada a él y a su obra, claro, porque la mayoría de sus paisanos somos culpables de no haber experimentado lo suficiente los espirituales placeres que debe suscitar su obra artística. En todo caso, objetivo conseguido, finalmente, con un acuerdo de Dámaso con el Cabildo y el Ayuntamiento de Agaete: ¿Quién es el más listo de la clase? 

El gobierno canario gastará, al parecer, un total de 227.000 euros del erario en engrosar "patrimonio". Quién ha decidido qué es patrimonio, qué obra merece encuadrarse bajo ese concepto, y por qué es necesario que el gasto público se dedique a acumularlo son preguntas que siempre parecen impertinentes, así que la mayor parte del tiempo carecen de respuesta explícita, salvo cierta mención a aquellos "beneficios intangibles" de gobierne quien gobierne, a derecha o a izquierda. La mera mención del concepto de patrimonio bastaría para despejar dudas y eliminar inquietudes.

Según se lee en la noticia, han sido unos anónimos y diligentes "técnicos" los encargados de que se haya tramitado con éxito este movimiento irradiador de cultura. Irradiación que, al fin y al cabo, beneficiará hasta al último de los/las canarios/as, sea de Ciudad Jardín, sea de La Paterna, sea Gran Canaria, sea de La Gomera, pasando por La Graciosa, pero en especial, y sobre todo, a Pepe Dámaso. De cuya obra se dice en esta noticia no firmada (por lo que imagino que será la transcripción de la nota de prensa del Gobierno): "ahonda en las raíces más profundas de la identidad canaria". Solo con esta frase podrían escribirse varias tesis doctorales que polemizarían unas con otras hasta el enconamiento más cruento, pero aquí, en este paraíso de la Cultura, todo es autoevidente y cristalino.

Ya que comentamos esta hazaña político-artística, cómo no recordar una operación parecida, aunque bastante más onerosa, que fue la realizada con Martín Chirino, el Castillo de La Luz y la compra por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, dirigido entonces por Juan José Cardona, de parte del legado de este artista. Primero a él mismo y luego, a sus herederos, no se fuera a perder algo por el camino. No obstante, la decisión final no corresponde nunca a técnico alguno, sino a los representantes políticos en las instituciones. Ya hemos hablado bastante en otros artículos del uso del arte y de la cultura como herramientas de pacificación y de cohesión sociales, de la concepción de la cultura como un espacio supuestamente a-politizado y des-clasado, o con la potencialidad de construirlo así.

En fin, podremos seguir a la cola de todos los indicadores y a la cabeza de las peores lacras sociales, pero a los canarios no les faltará cultura, aunque ni la quieran ni la pidan y, probablemente, no les haga falta. Al menos, tal y como se concibe desde las consejerías, viceconsejerías y concejalías de turno. Ya les digo, da igual que el alcalde de LPGC sea Cardona o Saavedra (póngase cualquier alcalde o alcaldesa de cualquier ciudad o pueblo de Canarias); da igual que en el Gobierno esté Paulino Rivero, Román Rodríguez, José Soria, Dulce Xerach o Juan Márquez: su concepción de la cultura es exactamente la misma e idéntico su dirigismo. El Gobierno decide qué es cultura, quién es artista, qué debe gustarle a la ciudadanía, y cómo se recompensa a los/as cooperadores/as necesarios/as.



Hay otro personaje canario singular, residente en Madrid, de cierto renombre y, sobre todo, ubicuidad, al que habría que dedicarle otra casa-museo, castillo o palacete en vida: Juan Cruz. Este mentor de almas literarias, sobre todo si son de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, concita la aprobación generalizada de todo el mundillo (o mercado) de las Letras, al menos el que vocea en los medios de comunicación. No hay sarao literario de cierta importancia, no hay iniciativa cultural de algún vuelo, no hay talento poético-narrativo emergente que no goce, de algún modo u otro, con su participación o aprobación. Cando no está en ello, tiene a bien compartir por escrito su nostalgia edénica y sus recuerdos dorados de juventud periodística, por si a alguien le interesara. 

En esta ocasión, actúa de apoderado de Marcos Dosantos, autor de la colección de cuentos titulada Cuadernos del Subtrópico Norte. Lo hace mediante una introducción a medio camino entre el almíbar y el empalago, o quizá el camino esté de sobra completado, finalizando en una inmensa bola de algodón de azúcar. Sea como fuere, es bastante posible que Juan Cruz sea sincero en su apreciación sobre esta obra, lo que, en definitiva, nos sitúa ante un escenario dulcemente escalofriante. 

Digo esto porque, pese a Juan Cruz, Cuadernos del Subtrópico Norte (que no son cuadernos, sino uno solo lleno de cuartillas a veces a medio rellenar) es una obra evidentemente de autor primerizo en la que se aprecia a partes iguales entusiasmo y verborrea. Me hace recordar a la figura de un niño relamido y sabelotodo, ese que al principio nos hace gracia pero que a los cinco minutos queremos mandarlo a paseo por vía de urgencia. 

Aquí y allá, es cierto, hay alguna frase, algún diálogo, que sí da pistas de la posibilidad de un escritor, pero no es suficiente para sofocar el creciente tedio, y la consiguiente irritación, que embarga y oprime tras leer algunos de estos cuentos, a veces minicuentos, a veces yo qué sé. Es posible que haya algún relato que valga la pena, pero la mayoría son tan insustanciales que le quitan a uno las ganas de descubrirlo. Para elevar a categoría artística escenas de la vida cotidiana o hacer significativos momentos que, en principio, no lo parecen se precisa de un uso del lenguaje y de una hondura del pensamiento de los que carece, al menos de momento, Dosantos.

Así, nuestro autor de hoy a veces parece seguir la estrecha senda de Andrea Abreu que nos interna por el coloquialismo y el vulgarismo canario como seña de identidad, pero en otras ocasiones lo abandona y plantea un uso del lenguaje más estándar. Supongo que, como sostengo, la primera opción conduce a un callejón sin salida literario, y que la experimentación en la literatura canaria no debe consistir solo en la glorificación de la falta de matices del hablante corriente al expresarse. Al fin y al cabo, la literatura implica una estilización (o una profundización) del idioma y la transcripción del habla supone una limitación consciente de aquél. Puede tener valiosos efectos expresivos en determinados momentos, pero me resulta difícil imaginar una literatura basada en ella.


Soy conejera, pero mi abuela Candelaria me llamaba Gran Canaria porque "fuertes muslos tiene la niña pal fisco tetas". 

Fue el insulto más poético con el que crecí, eso se lo concedo. 

Sebosa, bocanegra, cachalote, y un sinfín de cumplidos no pedidos por cercanos y desconocidos fueron la banda sonora de mi crianza. 

Yo quería ser periodista, como mi primo Nauzet, pero las niñas de mi clase decidieron por consenso que sería la foca del Loro Parque pa mojar a los guiris con mis aletas. 

La peor era la Yésica, perfecta niña Profident cuando las monjas dominicanas entraban en la clase, pero tremenda hija de puta entre mates y plástica. Se me acercaba, me tiraba el estuche al suelo y me gritaba "agáchate si puedes, gorda jedionda". (Pág. 27, Manifiesto de la gorda jedionda) 


¿Qué papel juega el aguacate en el transfeminismo postcolonial? No lo sé, pero alguien debería poner el aguacate encima de la mesa. Poner el aguacate encima de la mesa como acto político-gastronómico. Política pop agroalimentaria. Andy Warhol en Masterchef - La Gomera machacando el mortero bajo la atenta mirada de doña Efigenia. 

¿Qué habría sido de la humanidad si quienes tomaban las grandes decisiones lo hubieran hecho después de haberse comido un aguacate? ¿Sería nuestro mundo más justo, menos desigual, más próspero? Tengo cero unidades de evidencia que respalden este dilema contrafáctico. También creo que todo el mundo está de acuerdo en que tengo razón. (Pág. 61, Elogio del aguacate)


-Me fascina tu cuerpo, tu olor, me atrapa tu feminidad mística -le decía Matías mientras le daba tímidos besos en el hombro y en el cuello. 

-Eres un encantador de serpientes. 

-Y tú eres mi cobra favorita -le suspiró al oído, antes de hacerle el amor por primera vez. Al principio fue muy delicado. Se dio cuenta de que Victoria era un animal herido. Pero algo en ella decidió que era el momento de entregarse. Y entonces la pasión la desbordó. Su dolor se unió con el placer y sus lágrimas se mezclaron con su piel hasta que el amanecer despidió la noche más corta de su vida. 

-¿Y qué pasó? ¿Qué fue de Matías? 

-Como en toda historia de amor verdadero, lo nuestro se acabó. Llevábamos dos años queriéndonos entregadamente y sin separarnos ni un momento. Recuerdo con especial cariño un viaje que hicimos juntos a Casablanca, donde yo tenía que resolver algunos asuntos y él se comportó como un auténtico galán. El tiempo fue pasando y la llama de la pasión, sencillamente se apagó. Fue una muerte natural. (Pág. 110, A cambio de chocolate) 


Frases hechas, expresiones manidas, tópicos anodinos del lenguaje aparecen aquí y allá, como otra muestra más de unas capacidades literarias aún por formar. También los relatos muestran una oscilación entre el apunte potencialmente interesante y la banalidad más exhibicionista. Falta desarrollo en los personajes y tensión en las escenas. Carencias que se intentan evitar mediante el recurso de una galería de imágenes descritas con supuesto ingenio y de la escritura de tramas breves. Dicho sea de paso, la eclosión de minicuentos, microrrelatos y de libros de aforismos me parece un síntoma revelador del panorama literario actual, en que el muchos/as quieren ser fenómenos de manera natural, como si fueran el producto más acabado del espíritu de los tiempos, pero sin molestarse demasiado.

Se corre, pues, el peligro de agostar aún antes de que llegue a su maduración la posibilidad de que un/a escritor/a cree algo digno de ser leído. En nada favorece a un autor bisoño que se califique su obra, todavía impúber, de "deslumbrante" o de cualquier otra majadería por el estilo. Si se quiere ser mentor, si se quiere ayudar, la crítica, aun inmisericorde, ayuda más al desarrollo del talento en ciernes que el elogio inmerecido, que solo contribuye a la autocomplacencia, a la consiguiente pereza y, finalmente, al entumecimiento de las facultades.



P.D. Una reseña en la que la poeta Elsa López nos insta a emocionarnos con esta obra, aquí. Otra, en la que Eduardo García Rojas nos dice que el autor "pisa fuerte", aquí.


viernes, 23 de febrero de 2018

'Cartas imaginarias', de Bernardo Chevilly

Estamos llegando a tal grado de impostada hipersensibilización moral que cualquier manifestación pública que no sea mantener la mirada baja será susceptible de ser judicializada. Entre las letras de los raperos antimonárquicos, las galas drag carnavaleras y las censuras en ferias de arte parece que un nuevo puritanismo (que siempre estuvo latente), una especie de retradicionalismo, amenaza con enquistarse en la sociedad vía legislación penal. Todavía estoy sorprendido, y ya ha pasado tiempo, de que la Fundación Francisco Franco pudiese demandar a un artista por una parodia del dictador, y que se admitiese y hubiera juicio (bien es cierto que la Fiscalía pidió la absolución). Si esto pasó y no se promovió un cambio legal o, ya puestos, se iniciara un proceso constituyente, qué podía esperarse. Al ritmo de los acontecimientos, cualquier día incluso el autor de un blog tan inocente como este, en el que se promueve la hermandad literaria y el buenrollismo general, tendrá que comparecer en el juzgado por ofender los delicados sentimientos de cualquier escritor/a, editor/a, librero/a, lector/a, fan hardcore o  ciudadano/a de la República de las Letras que haya pasado por aquí. O demandar al autor/autora de una novela por su contenido moral. ¿Regusto polvoriento a pasado? Pues sí.

Parece evidente que al amparo de las leyes contra el odio, se esta laminando la ya deteriorada esfera pública de nuestro país. Ya sea por la derecha como por la izquierda, la ultracorrección política y la fetichización de las palabras están constriñendo el ejercicio del derecho a la libertad de expresión. Que soy de los que piensan que, a este respecto, más vale quedarnos cortos que pasarnos de la raya, y que si creemos en el valor de los buenos argumentos, ningún Mein Kampf, negacionismo o concepto de preso político debería estar prohibido, por muy repugnantes que pudieran parecernos la ideología nazi, la negación de barbaries históricas como las cámaras de gas o el genocidio armenio, o la mudanza a conveniencia del adjetivo político según quién sea el preso. Que, como dije antes, nos fijamos demasiado en la expresión del odio o de la supuesta ofensa, en el síntoma, y no en el horno social de donde parten. 

Aunque este no es el blog adecuado, sí que habría que apuntar a las condiciones sociales, económicas y políticas que originan esos odios, esa frustración, esa injusticia, incluso aquellas actos de violencia contra los sectores más débiles y desprotegidos. Preguntémonos si queremos saber de verdad por qué hay tanta crueldad e injusticia en nuestra sociedad. Si nos limitamos a apoyar a unos o a execrar a otros, no haremos sino caer, paradójicamente, en el mismo conformismo que, quizá, también decimos aborrecer.

Nunca, y menos en este país, hay que olvidar que la democracia y los derechos aparejados no se han conseguido de modo definitivo. La democracia es un proyecto en permanente construcción, y no seremos más que unos ignorantes o unos estúpidos si creemos que el riesgo de involución hacia formas más o menos descubiertas de autoritarismo están descartadas. A la vista están.



Dicho lo cual, pasemos al asunto propio del Polillas: en este caso, un ejercicio literario epistolar, género que gracias a los correos electrónicos (sí, bueno, todo el mundo dice imeils), ha experimentado su propio renacimiento: Cartas imaginarias, de Bernardo Chevilly.





En primer lugar, y aunque no suelo hablar de estas cosas porque no suelen interesarme demasiado, en esta ocasión me han llamado la atención las ilustraciones y la edición del libro: portada/cubierta, papel, etc. Vaya eso por delante.

En segundo lugar, las Cartas en sí. Si ustedes son como un servidor, que tiene a bien leerse las reseñas, que para eso están, para que conozcamos la opinión sincera de un lector, es bastante probable que la impresión que les hayan causado es la de encontrarnos ante una obra exquisita, sublime, excelsa, divina, por tanto difícil, por tanto elogiable, y más si se señala que no está al alcance de vulgares mortales. Tanto nuestro ya familiar Jonathan Allen como Elsa López despliegan todo su arsenal literario-sentimental para llevar el encomio a cotas aún más altas: "hermosa arquitectura", "extraordinario en su ejecución", "lo singular y exquisito de su naturaleza literaria", "estética a contracorriente", etc. 

Tampoco es eso.

El libro se compone de cartas, breves textos, cuyos remitentes o destinatarios son personalidades de la música o de la poesía ya muertas, entre las cuales están Alfredo Kraus (aquí suele decirse, en Canarias, nuestro Alfredo Kraus, lo que siempre me ha parecido una apropiación indebida, dicho sea de paso), Chopin, Debussy, Manuel de Falla, Dámaso Alonso y muchos/as más. Lo atractivo del asunto, de estas cartas es la posibilidad de acceder, aunque sea de manera fantasiosa (de ahí lo de "imaginadas") a la intimidad, ese momento de desnudez frente al papel, de unos personajes que han sido engrandecidos por la mitología del genio, primero, y por la industria cultural, después. Es algo que la novela histórica hace con variada fortuna; y que, por ejemplo, de una manera, a mi parecer, excepcional, logra Marguerite Yourcenar en Memorias de Adriano. En mi mente, el Adriano histórico es el de esta escritora: cualquier otro no puede ser sino un impostor. 

En principio, tiendo a pensar que un melómano del FIMC o un esteta decadente disfrutarían más que yo de la lectura de estas cartas. Sin embargo, en un segundo momento, la impresión de uniformidad del estilo les frustaría, también por esa melomanía, todavía más que a mí. El caso es que a pesar de sus evidentes conocimientos poético-musicales y del buen manejo del idioma (de varios), Bernardo Chevilly no logra que la alquimia literaria haga efecto y los personajes que escriben estas cartas tengan peso, se transmuten en reales. Hay mucha palabra francesa cuando toca, inglesa, alemana, muchas jotas cuando sale Juan Ramón Jiménez (que no era músico, pero sí muy sensible), etc. También asistimos a veces a una variedad del estilo dentro de las cartas, de estilo elevado se pasa a uno coloquial, lo que se pretende dinámico y reflejo de la personalidad de la figura de turno, pero la impresión global, como repito, es de cierto aire de familia, y de la, por tanto, inevitable conciencia, de que hay un solo escritor detrás de todas estas cartas. Es por esto por lo que creo que el problema no es tanto que sea un texto (o un conjunto de ellos) dirigido a "un número reducido de lectores" ni en que haya que saber demasiado de la historia de la música o de la poesía para apreciar los textos. Uno no duda de los conocimientos, digamos enciclopédicos, del autor, pero sí que se echa de menos (ya puestos a pedir) mayor finura en la plasmación de los personajes, que, recordemos, se perfilan a partir de lo que (supuestamente) escriben ellos mismos, para que no se queden en meros nombres sobre el papel, sobre todo en textos tan cortos. 

Por otro lado, podría pensarse que esa subjetividad presente en todos los textos, que aquí señalo como defecto, en realidad es intencionada, con el propósito de establecer una idea motriz o rasgo permanente en toda la galería de personajes. Si es así, reconozco que he fracasado en encontrar esa idea reguladora y que la impresión final es insatisfactoria. Tengo la impresión de que al autor le basta imaginárselos para que al escribir esas cartas cobren vida. Pero no puede dar por sentada esa misma capacidad en los lectores.

En todo caso, Cartas imaginarias me parece un ejercicio literario apreciable, singular, a pesar de que tenga precedentes. Se lee con agrado, sin aburrir ni empalagar (de esto último ya se encarga, por ejemplo, Alberto Pizarro -tercera reseña dentro del enlace-) y que bien merece, por tanto, una lectura atenta, desprejuiciada y, como siempre, crítica.