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domingo, 12 de agosto de 2018

'Abismo', de Leandro Pinto

Tras mi desastroso, por tedioso, encuentro con el penúltimo clásico de la literatura canaria, Los puercos de Circe, de Luis Alemany, decidí cambiar de género de un modo extremo. Así soy yo, un tarambana literario sin oficio ni beneficio. Lo cierto es que mis experiencias con esa literatura setentera canaria han sido paupérrimas, profundamente decepcionantes. Recordemos, si no, Malaquita o, en menor medida, Las espiritistas de Telde

¿Por qué en unos casos decidí escribir reseñas y en el último, no? Quizá porque en los dos primeros casos consideré que era necesario escribirlas, en ese momento concreto, y ya, no. Y la menguante paciencia, claro está, que es un factor que no hay que minimizar. A fin de cuentas, estoy muy a favor de desacralizar. Oigan, ¿por qué demonios hay que leer El Quijote todos los años públicamente en actos institucionales? ¿Por qué nos tiene que gustar? ¿Quién dicta el gusto? Imagínense, no es mucho imaginar, que ocurriera algo parecido, por iniciativa del Gobierno de Canarias o del Cabildo, con, por ejemplo, la Comedia del Recibimiento Y lo mismo con Benito Pérez Galdós. No sé qué pensaría este buen señor y prolífico novelista de que lo hubieran institucionalizado en su ciudad natal, de tal modo que casi parece un santo ante el que ofrecer exvotos. En vez de estudios galdosianos, parecen hagiografías galdosianas. Solo señalo que es muy posible que no todas sus novelas fueran magníficas. Tal vez solo unas cuantas. Que como dramaturgo no era sobresaliente. Ni siquiera Electra, por mucho escándalo y conmoción política que ocasionase en su tiempo. Que también es posible que si no hubiera tanta gente viviendo de Galdós para "perpetuar su legado" quizá se le leería de otro modo. Es posible que hasta más, porque, al menos en mi caso, no hay nada como que un autor reciba la bendición oficial para considerarlo sospechoso. 

Al menos, Galdós no es culpable: ya estaba bastante muerto cuando comenzó el proceso de momificación. En cambio, tenemos otros artistas que no esperan a morirse: ellos mismos negocian con las instituciones políticas todos los detalles del embalsamamiento, y mejor si reciben algún dinerillo público mientras tanto, cuando no una fundación y un castillo en La Isleta o la restauración de su propia casa en Agaete.

Luego está, merece una entrada aparte, el político cuyo nivel más alto de abstracción consiste en intuir el concepto de cohesión social, que a su modo se resume en que por apoyar a la luminaria local, por gracia de birlibirloque se unirá a la población sentimentalmente de algún modo u otro. No hay nada como la cohesión. Puede ser que el paro, la pobreza, la desigualdad la degradación de la escuela y sanidad públicas, la contaminación y otras menudencias hagan estragos en la población, pero nada como un equipo de fútbol o de baloncesto y un poco de cultura y festejos para que alejemos el espectro de la anomia social, para que todos hagamos piña, para que nos sintamos cohesionados. 

No pueden ser sino estúpidos o malvados. 

Pues con la literatura setentera canaria tengo la misma impresión que la de encontrarme ante una hornacina: aquellos jóvenes autores, merced a sus posiciones de poder y prestigio, tanto en la política oficial como en los medios de comunicación, no han dejado de tutelar la opinión pública literaria para ocupar aquella. Es posible, y solo digo posible, que su autopromoción mediante recursos que no estaban a disposición de otros menos afortunados o astutos haya sido la causa de que hoy en día sigamos hablando y escribiendo de ellos y de su obra. Es posible, y solo digo posible, que la producción novelesca canaria haya sido en general bastante mediocre, al menos la de estos autores, pues de la invisible no puedo hablar. ¿Quién lee hoy a Juan-Manuel García Ramos? ¿Quién, a Luis León Barreto? ¿Quién, a J.J. Armas Marcelo? ¿Quién, a Emilio González Déniz? ¿A quién importa lo que escriba Juan Cruz? Por citar unos cuantos, quizá los más preocupados por sí mismos. La pregunta no es solo si han dejado huella literaria, si abrieron el campo literario con su perspicaz observación, con su originalidad narrativa o con su insólito ángulo de visión, sino también si aportaron algo a la comprensión del ser humano, que parece que es lo más importante que puede aportar la literatura.

En fin, vayamos a lo nuestro:






En esta ocasión, tenemos Abismo, de Leandro Pinto. Se anuncia como una novela de horror o terror o algo parecido. Sin embargo, salvo un truculento, desagradable y pormenorizado relato de una relación de muy malos tratos, que bien podría considerarse terrorífica, nada parece sobrenaturalmente escalofriante al principio. Dado que la contraportada del libro comenta algo de "locura y horror absolutos", es legítimo que considerara que hasta el primer tercio del libro (que no es muy largo, unas 150 páginas) mis expectativas se estaban viendo frustradas.

Esta primera parte es, digamos, de corte realista. Dentro de los parámetros de todo simulacro de la vida, la protagonista piensa, come, bebe y habla como una persona normal que, en determinado momento, conoce a otro protagonista: un policía que la seduce y luego la viola, la folla y la apalea con variable intensidad y frecuencia. La protagonista se excita, según ella misma, por este tipo de ritual sexual. A continuación, tras el previsible suceso luctuoso, comienza lo macabro de verdad: hay muertos en proceso de descomposición que actúan como si estuvieran muy vivos en el manicomio a donde la envían. O parece que la envían. Después pasan cosas, todas muy desagradables, sin duda.

Sin embargo, Leandro Pinto tenía la intención de escribir una novela de terror, no simplemente una novela desagradable por los litros de sangre derramada o los kilos de carne putrefacta. Ese es el problema: miedo, miedo, lo que se dice miedo, no causa. Apunto una razón para ese fracaso: los hechos se narran no solo en su crudeza, sino, digamos, de frente, sin dejar espacio, resquicio siquiera, para la duda, para la inquietud ni la zozobra. El argumento en sí, aunque tampoco sea la cumbre de la originalidad, habría valido, pero quizá la ausencia de ambigüedad (y eso que el punto de vista de la narración, en primera persona, podría haber contribuido fácilmente a esa bifurcación entre, digamos, la realidad y el punto de vista del personaje) sea uno de los motivos. Con una construcción psicológica más fina, la narración podría haberse beneficiado de ella. Sin embargo, la protagonista no para de contar y contar con todo tipo de detalle lo que ocurre. Pasan cosas, luego otras, y así hasta el final. A veces, incluso, aburre, aunque la mayor parte del tiempo se lee sin demasiado esfuerzo.

Asimismo, en cuanto a la construcción del personaje principal, dado que la narradora, Cristina Villar, es una joven de lo más común, me pregunto cómo puede describir o comparar cosas de las que difícilmente tendría experiencia alguna. Al menos, que concuerde con lo que nos cuenta de ella. Por ejemplo:


Otra cosa era el olor: una peste viciada que hacía pensar en osarios seculares, en criptas abiertas a los ojos humanos tras un conjunto maléfico, en bóvedas mortuorias profanadas por la avidez necrófaga, en tumbas removidas con palas y picos, en ataúdes rotos que desprenden su pestilencia gaseosa en un espacio cerrado. Olía a cementerio y a crisantemos podridos. A coronas de flores carcomidas por la intemperie y el paso del tiempo. A pétalos resecos y crujientes. A mortajas humedecidas por los fluidos de la muerte. A cirios a medio derretir. (pág. 81)

Salvo que, repito, la protagonista se dedicara a algo así como profanadora de tumbas, fuera Bram Stoker o alguien parecido, es dudoso que hubiera podido escribir ese párrafo. Aquí, en cambio, un narrador en tercera persona, exterior al personaje, sí que hubiera podido escribirlo, sin extrañeza para el lector. Esta extrañeza provoca, claro está, un distanciamiento que tampoco contribuye al clima que se pretende crear.

Por otro lado, aunque el autor hace gala de un vocabulario amplio, a veces incurre en imprecisiones semánticas, como, por ejemplo, denominar "fechoría" a un crimen o asesinato, o "psíquico" por "psicológico". O considerar sinónimos "observar" y "contemplar", y más. También choca que denomine a un centro psiquiátrico "manicomio", pero en la misma frase utilice "centro penitenciario" en vez de cárcel, o que escriba "la típica lluvia de invierno", o el uso profuso de "cierto", que hace que llegue a odiar el adjetivo. También, cómo no, algunos latiguillos en la expresión tipo "la tragedia nos golpeó con dureza", "lobo con piel de cordero", "pozo de sufrimiento", "piernas como columnas dóricas" (¿por qué no jónicas o corintias, o románicas?), "estampido ensordecedor", "silencio sepulcral", etc. También el tópico encuentra su topos al describir el manicomio:


"Era una casa de tres plantas con altillo, amplia y antigua, de aspecto casi amenazador. Se erguía firme y orgullosa bajo la lluvia torrencial, como un castillo medieval en medio de una colina. Sus ventanas enrejadas parecían ojos amenazadores, con unos aleros de teja gruesa que semejaban unas cejas pobladas, de talante opresor. Era, en cualquier caso, una construcción señorial, una de esas casas que inspiran respeto por su aspecto de edificación encantada, y en cuyas habitaciones una imagina oscuras liturgias, ritos satánicos, suicidios sangrientos, infortunados accidentes mortales". (pág. 74) 

Aparte de esta descripción, que habremos leído y visto dos millones de veces, uno vuelve a sentir extrañeza por cómo Cristina Villar podría tener experiencia alguna de "oscuras liturgias" y de "ritos satánicos", como ya señalé antes. Finalmente, la conclusión moral al término de la novela tampoco me resulta convincente. Después de todos los avatares de la protagonista, el lector se queda huérfano de emociones, vacío de interpretaciones. Quizá es lo peor que se pueda decir, si uno aspira a que la literatura sea más que entretenimiento. Creo que no basta con sentir el impulso, las ganas o la pasión de escribir. Hay que responder también a la pregunta de para qué.

Como conclusión, me da la impresión de que el autor, de un modo u otro, quizá sin ni siquiera ser consciente, rinde homenaje a la literatura (y cinematografía) de terror que le precede, pero sin ser capaz de añadir nada nuevo: una trama o una perspectiva original que fuera capaz de tocar esos resortes de la mente humana capaces de sumirnos en el miedo o, ya que hablamos de literatura, de gozar en el miedo. Su ritmo narrativo se mantiene firme y no desfallece, lo que está bien, pero sin duda no es suficiente. Tiene ante sí un proceso de depuración estilística que no debería demorar y un afinamiento en el punto de vista narrativo que también considero urgente si es que quiere que sus historias adquieran mayor solidez y también mayor sutileza. Energía no le falta, desde luego.












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jueves, 7 de septiembre de 2017

'Las espiritistas de Telde', de Luis León Barreto

Como habrán podido apreciar, en este blog no siento especial urgencia por comentar las novedades editoriales ni me veo impelido a seguir la corriente de modas o géneros. Por el contrario, me gusta tener un ojo en la actualidad y otro en el pasado, sobre todo en aquellas obras de las que siempre oí hablar y nunca me decidí a leer, ya sea por llevar la contraria o por simple pereza. No obstante, en este momento de la vida, me gusta abordar, en ocasiones, obras clásicas o que pertenezcan, por lo que sea, al repertorio de lecturas obligadas si se quiere conocer la literatura canaria, española, mundial, etc. Tal es el caso de Las inquietudes del Hall o, como es el caso de esta reseña, de Las espiritistas de Telde. 

Suele ser común que determinadas obras, una vez entran a formar parte del canon literario, se blinden ante toda crítica. En algunos casos, no es que resulten invulnerables, sino que, simplemente, no se vuelve a hablar de ellas y caen en un olvido apacible. Ante otras, solo cabe el elogio o un silencio que a veces aparenta ser respetuoso, aunque no hayan sido leídas por casi nadie. Así pues, surgen varias cuestiones respecto de un canon: ¿es el resultado del poso histórico que ha dejado el consenso más o menos generalizado de críticos y lectores? ¿Es producto del esfuerzo de medios de comunicación afines al escritor de turno, por lo que es posible que no dure más que unas décadas? ¿Son, en relación con lo anterior, todos los cánones mera cristalización de relaciones de poder en el mundillo literario-cultural? ¿Cuál es el papel de las administraciones públicas? ¿Qué pintamos los lectores en todo esto?

Es difícil negar que la obra que nos ocupa esta vez, Las espiritistas de Telde, forme parte del canon literario canario, aunque tal vez sea por mera insistencia. El mismo autor, posiblemente uno de los novelistas más entrevistados de Canarias, se encarga de recordárnoslo cada vez que puede, orgulloso como está de la novela, traducida, según sus propias palabras a cinco idiomas: "Las espiritistas le debo mucho; se ha publicado ocho veces en español y tiene cinco traducciones: rumano, alemán, inglés, italiano y francés." 

Nada que objetar: forma parte del sentido común local que, en Canarias, si a un/a escritor/a no se le ha traducido alguna vez al rumano, no es nadie. Diría que Rumanía posee ese punto exótico (hispanocéntricamente hablando) que otorga prestigio en tertulias resabiadas y en suplementos culturales con ínfulas. Como si el inglés o el francés fueran demasiado normales. Por otro lado, y a título de curiosidad, Luis León Barreto, aparte de los posibles méritos de una obra sin duda ingente, se colocó en el centro de la esfera pública (cultural y canaria, lo que significa que es muy pequeñita) hace unos años cuando declaró que las instituciones públicas no lo apreciaban mucho (no lo habían convocado para una firma de libros en la Librería del Cabildo de Gran Canaria) a pesar de que él era quien era. Provocó gran regocijo entre sus compañeros escritores, que se apresuraron a desmentir que se odiaran, ni mucho menos. Algunos, incluso, como Alexis Ravelo le ofrecieron su silla, etc. Mucho amor, en definitiva, y aquí no ha pasado nada.

Esto viene a colación porque me pregunto en qué medida y por qué un novelista (o artista en general) debería sentirse ofendido por la poca atención que le pueda dispensar el Cabildo o cualquier otra instancia político-administrativa. Digo yo, además, que si se es mundialmente famoso (incluso en Rumanía), poca importancia debería prestarse a los tejemanejes de un concejal de Cultura o a un encargado de una librería (por muy del Cabildo que sea). Es posible, por el contrario, que, como escritor, sepa León Barreto la importancia de los pequeños detalles, y que el olvido de un día signifique el ostracismo para siempre. Así pues, eso me conduce a pensar que el mal endémico de nuestro mundillo artístico-literario local es esa dependencia casi absoluta (salvo alguna excepción) de las dádivas de las administraciones en forma de conferencias, viajes, cursos, firmas, sinecuras, etc., que no puede sino conducir a la sumisión política, intelectual y artística al poder y a quienes los ejerzan en ese momento. En demasiadas ocasiones, es más fácil criticar a Trump, a Rajoy o al capitalismo posfordista que a la consejera/consejero de Cultura del Gobierno de Canarias o al concejal/a de la misma área de cualquier ayuntamiento.

Dicho lo cual, pasamos a Las espiritistas de Telde.





El crítico Ricardo J. Pérez, en Dragaria, se atrevió a escribir, sobre un poemario: "No sé qué decir del poemario Alētheia del sur de Iván Cabrera Cartaya. Si me gustan los poemas o si no me gustan; si son buenos o no son buenos, eso menos." Lo singular no fue tanto esa duda posmoderna como la reacción del poeta cuyo poemario se reseñaba. En un hilo de Facebook mostró su indignación por lo que consideraba una falta de respeto, como mínimo. A continuación, claro, gran alboroto. Ya se sabe que en Canarias si el crítico es crítico, mal asunto. Incluso si la crítica es tibia, incluso si se acaba diciendo que no parece malo del todo el poeta de marras ("un poeta muy interesante"), igualmente se convierte en hereje, potencial galeote. En nuestra Comunidad, la única crítica posible en público es el ditirambo, por muy flatulento que sea. 

Saco a relucir lo anterior porque, según me adentraba en la lectura de Las espiritistas, y que conste que la comencé con buen ánimo y óptima disposición, no sabía si me estaba gustando o no. Hasta que, definitivamente, no. Ya pueden comenzar a rugir por la injusticia y el atropello, y el no hay derecho, hombre.

Vayamos a la novela, pues. Luis León Barreto se basa en unos aciagos y luctuosos hechos acaecidos en Telde, en los que se mezclaron curanderismo, superstición, ignorancia y enfermedad. La novela, en esencia, es la investigación por un periodista de ese crimen perpetrado en 1930, en el seno de una familia venida muy a menos tras el paso de las generaciones.

 A mi parecer, es una historia (o más bien tres) escrita de un modo un tanto atropellado, pero que al mismo tiempo consigue volverse aburrida. La parte digamos histórica, la narración de la decadencia de las sucesivas generaciones de los Van de Walle, interesa hasta cierto momento en que, quizá por el apuro en llegar al corazón de la trama, esta pierde solidez, los personajes dejan de tener cuerpo y personalidad y se quedan en meros nombres que, debido a lo anterior, confundimos unos con otros. No, precisamente, como en la saga de los Buendía en Cien años de soledad, cuya densidad narrativa no tiene nada que ver con la endeblez del relato de Barreto. Sin embargo, esta parte tiene su atractivo (con una riqueza verbal a ratos meritoria) de la que carece, por el contrario, la del escritor peninsular en destacamento, que se esfuerza por describir la capital y otras zonas de la isla con forzada verborrea. Por otro lado, la parte de las sesiones de curandería con el Cubano y la muerte de la niña Ariadna, aun con escenas potentes y bien descritas, da la impresión de surgir de la nada, pasando por alto cómo esa familia de rancio abolengo reniega de la medicina oficial y se entrega a prácticas de santería. El caso es que parece que tenemos que aceptarlo porque sí, lo que no suele ser buena estrategia en una novela (ni en casi nada). Además, aunque las tres historias deberían complementarse de manera natural, la impresión lectora que produce es de fricción, de crujido y de rechinamiento. Quizá falte pausa para enhebrar bien los planos de la narración y un punto de menor regodeo en el lenguaje. En todo caso, acepto el barroquismo, pero denme algo a cambio, por favor, pero que no sea ensimismamiento.

Podría entenderse que la creación del personaje Enrique López sirve al propósito de describir y analizar las complejidades de la sociedad canaria contempladas por un observador externo. Es todo un desafío, porque el autor, al ser canario, no sólo ha de hacer un extrañamiento sociológico-cultural para detectar esas peculiaridades que quiere poner de relieve, sino otro más: debe construir de modo convincente la visión de un madrileño, de un extranjero, al fin y al cabo. Sin embargo, este esfuerzo no logra su objetivo, y el personaje no consigue adquirir consistencia, se limita a ser un instrumento para amplificar la voz del autor, que, en realidad, tampoco tiene grandes cosas que decir. Es más grandilocuente que elocuente. A su lado, coloca a una nativa, Raquel, que apenas si es un sustantivo en las páginas, sin personalidad ni voz propia, mero remedo de Enrique, que no es más que remedo del propio Barreto. Sus excursiones investigadoras no suponen estímulos a la lectura, sino que acaban con la menguante paciencia del lector y los diálogos entre ellos parecen sacados de un repertorio de pensamientos trillados.

Un par de ejemplos:

Página 141.

Mientras trataba de reconstruir la historia casi cincuenta años más tarde Enrique López encontró temor. 
-Es normal: somos un pueblo cosmopolita que recibe al visitante, pero se recela de él -le había advertido Raquel. 
Aunque estaba acostumbrado a ganarse la confianza de sus fuentes, y a menudo lo conseguía, notaba que ciertas partes del relato se le escapaban. Todavía existía el producto lógico de los años de tabú en los cuales algunas cosas se habían extraviado. Por ejemplo, el afán de analizar para luego debatir y contrastar. 
-Estamos al final del siglo veinte -le replicó Enrique-. Son hechos muy conocidos, salieron en la prensa de la época. Incluso se publicaron en el extranjero. 
-No te asombres: ese afán de negar los acontecimientos y de no quererte comentar es una consecuencia de la civilización rural -insistió la joven-. Y de las invasiones, porque el enemigo siempre llega por el mar. 
Había venido por el agua pero se había quedado en aquella punta emergida del ubérrimo continente que llegaba hasta Egipto y habría sido cuna de ciudades donde florecieron las artes. Todo el subsuelo está todavía sometido a fuerzas descomunales y quizá en miles de años acaben de asomar a la superficie nuevas cumbres que confirmarán la teoría. Entonces las ruinas tragadas por el océano volverán a la luz. 
-De todas formas esto se parece a un sueño -dijo Enrique mientras conducía distraídamente-. Esa vegetación, ese transcurrir lento del tiempo, esa calidez. 
Cualquier forastero aprecia el clima más benigno que pudiera imaginarse sobre la faz del planeta. Nación de la fortuna cantada por los clásicos -pensaba. 
-Gente noble y trabajadora. Demasiado emocional quizá, por un maternalismo excesivo. y el que viene percibe que aquí todavía se pueden hacer las Américas -añadiría Raquel.


Página 154.


-Las Palmas es una ciudad-terraza como San Francisco, con condiciones espléndidas entre dos bahías. Eso dicen los arquitectos, aunque entre todos la hemos cortado a cachitos -dijo Raquel apoyada en la baranda metálica que da vueltas; puedes quedarte girando como un trompo en la terraza mientras contemplas el cielo y abajo la lámina sucia del agua, rompiéndose la luna en mil badajo. 
-Pero tiene fuerza. Y la isla desprende la misma sensación de paraíso que pudieras encontrar en el Caribe: la suavidad de la gente, la belleza del paisaje y la explosión de luz. La mejor terapia para quien viene de la gran ciudad, creeme (sic) -dijo él. 
-Quizá sea como un Ave Fénix dispuesta a remontar el vuelo en cualquier instante -añadió Raquel. 
Jardín y cloaca fabricados a toda prisa, sahumerios para ahuyentar el conocimiento de otros mundos allá donde el horizonte es línea tan finísima que nadie pudiera deducir si ha de convertirse en la entrada del cielo y del purgatorio (...).



Asimismo, hay que señalar (aunque supongo que, ya que es una obra de referencia en Canarias, alguien se habrá percatado antes) el irritante descuido en que incurre el autor en lo que se refiere a la coherencia en el uso de los tiempos gramaticales, por decirlo con suavidad.

Un par de ejemplos (la cursiva es mía):


Página 51.


-Pero yo sé de uno que se va a calentar pronto. ¿Te imaginas unas playas con sol, whisky de marca y unas chavalas de aquí te espero? -dice Santiago Areal, su vecino de mesa, especializado en documentación. 
-No caerá esa breva -responde Enrique cuando abre las gavetas, levanta la tapa de su máquina de escribir y coge la Hoja del Lunes para ver en qué lugar queda el Atlético. 
-Vaya partido el de ayer, eh -dijo Santiago-. Si es que pincháis en el peor momento.

Página 70.

Juan Camacho rociaba el cuarto con agua de colonia y esparcía incienso en los cuatro puntos cardinales, pedía le trajeran el azufre por si era preciso expulsarle ese invasor (...). 
También solicitó una escoba para golpearle en las piernas, y la cesta de costura con agujas y leznas. 
Mientras se colocaba a la cabecera, retuerce la cabellera de Francisca. 
-¡Sal, perro maldito! -dijo después de dar pases magnéticos ante sus ojos entreabiertos, cubierta sólo con un camisón de muselina. 
Mandó extender sus brazos y ponerle el crucifijo de marfil en el pecho, y una lámpara de aceite en la palma de la mano derecha. Luego pronunció con energía el mandato: 
-Malos espíritus, malos seductores, salid a doscientas leguas de estos alrededores. 
Pone los ojos en blanco y el desconocido se aleja, ya está volviendo en sí. Limpian la saliva de entre los dientes y Jacinto dice alabado sea Dios, rezan el Credo y al final abre los ojos, la besan, ríen con ella. 
-Está libre porque el mal se asustó al contemplar las dimensiones de nuestra fe -afirmó Juan Camacho-. Por eso ha preferido ir a posarse en otro cuerpo, lejos. 
-Pasó el peligro -insiste Jacinto-. Ya vamos estando protegidos. 
-Tendremos pruebas más difíciles -concluyó Juan Camacho-. Pero las iremos superando.

Etc., etc., desde el principio hasta el final. ¿Errores de principiante? ¿Intento poco convincente de experimentación? Recordemos que el autor tenía alrededor de 31 años cuando publicó la novela y, aunque la industria editorial española es algo más antigua, la figura del corrector es una rara avis, cuando no directamente un estorbo o una complicación. Tampoco se nos puede olvidar que hay párrafos en el que el diálogo señalado por guiones sigue sin ellos y reaparecen al final, como el del campesino y Enrique López, en las páginas 121-122 quizá aspirando a algo parecido al flujo de conciencia o a un estilo indirecto libre. ¿Menudencias? Quizá. ¿Se lo puede permitir una obra que aspire al rango de Literatura, de Arte? Eso ya es más que dudoso.

En todo caso, resulta una mirada poco complaciente con Canarias, con Gran Canaria, en particular, tanto respecto del pasado lejano como del momento en que se escribió, lo que demuestra, todo hay que decirlo, cierto valor, tan acostumbrados como estamos a la idealización empalagosa o a la glorificación banal. No es poco, es incluso encomiable, al igual que el trabajo de investigación previo, que habrá sido hercúleo, pero me temo que no suficiente.

En fin, una novela que avanza a trompicones, que se empeña en abreviar lo interesante y en alargar lo tedioso, que llega en ocasiones a ser insoportable, con cierta artificiosidad en el estilo. En ningún momento llega a satisfacer las expectativas que la fama precedente había suscitado.



P.D. (I) Es posible, volviendo al asunto del canon, que su inclusión en él (aunque no se sepa muy bien por quiénes, tema para debate), y lo señalo como mera posibilidad, podría venir dada por el contexto histórico en el que una joven democracia, por así llamarla, en Canarias necesitaba renovar y afirmar una identidad en exceso folclorizada por el franquismo y en el que jóvenes literatos en aquel entonces como Luis León Barreto, Emilio González Déniz o Juan Manuel García Ramos, entre otros, ofrecían una nueva mirada a la sociedad (las sociedades) de las Islas, y fueron así recompensados con premios y galardones de todo tipo. 

P.D. (II) Aquí, un artículo de Juan José Delgado sobre la novela, y aquí otro que habla de maestría y tal.













lunes, 27 de marzo de 2017

'El canto de la raposa', de Rafael Alonso Solís

Uno, que es de natural ignorante, no tenía idea de quién era el autor, ni la Fundación Pedro García Cabrera, que avalaba la novela en la presentación el pasado 17 de marzo en el Ateneo de La Laguna (a juzgar por el nombre, debe de ser un sitio ilustre, solemne y añejo: prometo visitarlo algún día). Además, acompañaron al autor Inmaculada Cabrera (directora de la cátedra Pedro García Cabrera), Lydia Vázquez (profesora de la Universidad del País Vasco) Ignacio Cestao (no, yo tampoco lo conozco) y Juan Manuel García Ramos, catedrático de Filología Española, además de periodista/columnista y político muy nacionalista el resto del tiempo. No se exagera si se dice que García Ramos es una de las personalidades con más presencia en el mundillo literario de nuestra Comunidad, él mismo Premio Canarias de Literatura en 2006. A veces, uno se pregunta por qué en estas presentaciones hay tanta gente acompañando al autor. Bueno, para ser sincero del todo, lo que me pregunto es por qué se organizan presentaciones de novelas. Y, puestos a ser puntillosos, por qué acude gente, por poco numerosa que sea, a ellas. 

En la solapa del libro y en alguna noticia en la prensa y en la red, se nos explica con detalle los numerosos logros científicos y la amplia carrera académica del autor de El canto de la raposa, lo que debe de ser, en buena lógica, consecuencia de su esfuerzo y justificado motivo de orgullo y satisfacción. Asimismo, se relacionan todos los premios literarios que ha ganado, etc. Es de suponer que la mención a todos esos premios y a la carrera científica de Alonso Solís se debe, sin duda, a que los editores están convencidos de que a nosotros, los lectores, nos interesan mucho esos detalles y que estamos dispuestos a admirar por anticipado al autor si conocemos dichos laureles. Cualquiera diría que es un esfuerzo por crear un público predispuesto.

Llámenme malpensado.  







En fin, la novela nos narra el nacimiento y desarrollo de un personaje psicópata que comienza a asesinar por gusto y más tarde abandona el amateurismo para dedicarse a ello de manera profesional, por aquello de reunir ocupación y vocación, que dicen que es lo mejor que hay para no sentirse explotado en nuestra sociedad capitalista. Eso significa que te explotan igual, pero, al menos, te sientes bien. Más adelante, en cierta etapa de su vida, este personaje decide conocer sus orígenes, representados por una fotografía discordante, por lo que emprenderá una investigación cuyo final no desvelaremos.

Si hay algo que caracteriza a esta novela son las enumeraciones, las sinonimias, las explicaciones, las yuxtaposiciones: un grado de detalle asombroso y exasperante por igual. Podrían ser la antesala de un estilo barroco, denso e hipnótico, tal vez fascinante. De esas novelas cuyas reseñadoras predispuestas pueden decir que han quedado "hechizadas", "encantadas", "presas de un sortilegio", "atrapadas", etc. Sin embargo, me temo, El canto de la raposa se limita a ser aburrida, muy aburrida, tremendamente aburrida, mortalmente aburrida. Y eso no se le hace a un lector predispuesto, amistoso, voluntarioso, manso y dócil o bien hostil, remiso, problemático, salvaje, caprichoso o perezoso: da igual, todos somos lectores.

Se trataba de decidir el cómo y el cuándo, de seleccionar las condiciones ambientales, la hora del día, la banda sonora, el color del cielo, la forma de las calles y la familiaridad del lugar en que se desarrollaría la acción. Lo de menos eran el sujeto de la misma, su sexo, su edad o el color de su piel, toda vez que mi propia seguridad constituía un elemento primordial y que no tenía preferencias marcadas por el resto de los componentes del suceso. En realidad, lo importante era echarme a la calle de una vez y comprobar que mi dominio del medio, mi capacidad para ordenar los acontecimientos y mi control sobre los diferentes elementos que conformaban el espacio escénico, eran suficientes para iniciar la representación.



Podía tomar una decisión trágica en cuestión de segundos y valorar de inmediato todos los aspectos relacionados con un movimiento de mi mano, un paso, una atención o una mirada sigilosa. Para mi sorpresa, comprobé que mi seguridad no dependía de una planificación exhaustiva, de un análisis rigurosos o de una preparación que incluyera el control de todos los elementos implicados en el suceso, sino que era fruto de mi intuición, de mis sensaciones, de mi instinto depredador y, a veces, de una conjunción de señales y acontecimientos que me llevaban inevitable y plácidamente al final. A veces cerraba los ojos y jugaba a adivinar el paso de una víctima por su olor, el sonido de sus pasos o un indefinible hormigueo que me recorría la piel en todas las direcciones.



Sabía que le quedaba poco tiempo, puede que unas horas, y había decidido acelerar los acontecimientos metiéndose de lleno en el paisaje y eligiendo su lugar en la representación. Y cuál era ese lugar llevaba finalmente aparejada la aceptación de su destino, la inclusión resignada y algo nazarena en un drama cósmico al que le dirigían los designios jerárquicos, las leyes de la mecánica celeste, el río de las letras, el gran teatro del mundo en adaptación libre para la radio, la televisión, la red de redes y las supuestas vías de comunicación no verbal que ya sospecharon los clásicos orientales y occidentales, y que cualquiera podía poner en marcha mediante la ingestión de pócimas mágicas, el castigo corporal, la meditación, la peripatética o el baile de los derviches.


Espero que sigan ahí y no hayan claudicado. Es así todo el tiempo. No es solo que las listas, las enumeraciones, los sinónimos, las yuxtaposiciones, etc. aburran, hastíen, por su minuciosidad fútil, sino que no se aprecia una palabra, una frase que destelle, que brille como Literatura, como Arte, en definitiva. Hay palabras grises, frías y anodinas. Hay frases, unas tras otras, pero no hay color, ni vida, ni muerte, me atrevería a decir. Hay párrafos, puntos y seguidos y apartes, y poco más. Hay mucha gramática, pero poca novela. Hay, en definitiva, un intento de aprehensión del mundo interior del personaje en cuestión y de la acción que se queda en verborrea, en palabrerío que, a duras penas, mantiene a flote la narración, que se empeña sin descanso en disuadir al lector de seguir leyendo. Quizá el autor ha llevado a cabo un esfuerzo hercúleo por transcribir literalmente la mente del protagonista y no tiene más remedio que ser aburrido porque las mentes prolijas y minuciosas no pueden ser más que aburridas, ya se cuenten en primera o en tercera persona. Concedámosle el beneficio de la duda. No obstante, la novela no se beneficia nada de este logro.

Para morir es necesario estar con vida, y para nacer es preciso prehabitar algún lugar silencioso y vacío, en el que no existen palabras ni sonidos, en el que la ocurrencia, el suceso, la gravedad y el movimiento, son inviables y la acción carece de sentido. Ninguna de las dos caras existe sin la otra, porque solo desde el otro lado se puede comprender cada aspecto complementario. La muerte es una especie de puerta al fondo de una sala de espera. La vida es un balcón colgado del vacío desde el que, si nos asomamos, se puede sospechar, y a veces contemplar, la existencia del otro lado, explicarlo, describirlo, soñarlo y ponerle música. Entre ambas latitudes solo hay una leve y sinuosa relación de continuidad, como si una estuviese amorosamente implicada en la otra y la alimentara desde su posición de privilegio, la pintase de colores, se las borrase de un golpe, los difuminase a través de un proceso de comunicación recíproca, y los hiciera multiplicarse en un caleidoscopio fugaz, eterno y deslumbrante.

Por ese deseo totalizador, señalemos que el autor alterna, como ya se ha señalado, la primera y la tercera persona alternativamente en los capítulos. Hay una voz introspectiva y otra descriptiva. El tono y el estilo son, sin embargo, los mismos, por lo que los trazos del dibujo de personajes no se complementan, sino que se solapan. Algunos llaman a esto rompecabezas, cómo no, aunque tengo la sensación de que ese concepto no aporta ningún valor explicativo sino exculpatorio. Leemos un capítulo tras otro y el interés que ya comenzó bajo se vuelve subterráneo.

Además, como todas las novelas que no llegan, tiene un aire, qué digo, una ráfaga, un remolino, una corriente, una ventolera a ya visto. Quizás a De Quincey, pero más a todas esas novelas de asesinos en serie, a todas esas series de televisión de asesinos en serie, a todas esas películas de asesinos en serie que parecen todas la misma. Que asesinos en serie, haberlos, haylos, pero en manos de nuestro autor el fenómeno psicópata y el fenómeno conspirativo quedan reducidos a pastiche. Supongo que es difícil ser original en tales asuntos, pero esto apenas puede considerarse una excusa. También aparece en determinado momento una asociación criminal que se pretende tan antigua como la Historia y que, según se nos dice, ha marcado a su modo invisible y sangriento, los acontecimientos políticos de las sociedades humanas, modelando estas según los designios, nunca explícitos, de esta cofradía. Pues muy bien: vivan el determinismo histórico y la producción central planificada.

En fin, como toda novela de asesinos, de asesinos en serie, de psycho-killers, se produce un desenlace con sorpresa final que incluye alguna cosa que no es lo que parecía y tal y que debería parecernos decisiva. El autor no carece de ingenio ni de vocabulario para sacar adelante la trama, pero, a todas luces, no ha resultado suficiente para suscitar la atención, el interés, del lector. Habría que preguntarse qué aporta una nueva novela sobre psicópatas asesinos, qué aporta esta novela al conocimiento del ser humano, qué añade a la Literatura.

Alonso Solís, en su presentación, afirmó (según se cita en uno de los enlaces arriba insertados) que pretendía "plantear al lector la verdad acerca de la vida", lo que parece un tanto rotundo y, ya que a estas alturas nos gustan tanto las enumeraciones, una aspiración maximalista, pretenciosa y, además, imposible, sólo al alcance, quizá, de un/a dios/a o ente omnipotente y omnisciente. Tengo la impresión, además, de que el autor no está en disposición de plantear la verdad a nadie, porque todos nos habremos marchado antes de que haya terminado.





P.D. Para no ejercer de spoiler, como se dice ahora,  o de simple aguafiestas he tratado, con un esforzado despliegue de sutileza e inteligencia, de no revelar lo que el autor, a pecho descubierto, cuenta en una entrevista hecha por la editorial en la que publica. Ellos sabrán.