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miércoles, 13 de octubre de 2021

'De un país en llamas', de Javier Hernández Velázquez

 He de confesarles (lo escribo así, soslayando su posible desinterés por mis actividades) que la semana pasada, el día de la inauguración, decidí entrar en el recinto de la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, en esa explanada del Parque Santa Catalina. Estuve allí escasamente hora y media, pero valieron por muchas más. Es lo que tiene asistir a de modo consecutivo a dos promociones de libros (no presentaciones, porque ambas novelas llevaban ya meses publicadas, con todo su carrusel de charlas, entrevistas, puestas de largo y demás actos festivos a los que suele añadírseles el siempre pertinente adjetivo de cultural).

En concreto, ya que seguro que les tienta la curiosidad, estuve escuchando las explicaciones de Alexis Hernández Benítez por su novela Alma reglamentaria, y a Luis Alberto Henríquez por su colección de cuentos titulada Paraguas rotos. A nivel discursivo, el Sr. Hernández, seguramente por la práctica adquirida por el ejercicio de su actividad como profesor, se desempeñó con soltura y cierta gracia. A pecho descubierto, en soledad, entretuvo a la audiencia durante más de media hora (audiencia compuesta, como se vio al final, casi de manera exclusiva de colegas, amigos/as y familiares). El Sr. Henríquez prefirió la opción dialogada. Así que el rato que estuvo allí sentado contó con la muleta de un entrevistador bienintencionado que no le hizo ni una pregunta interesante, no fuera a tener un mal día. No obstante, el escritor hizo lo que pudo con sus respuestas, que tampoco fueron un alarde de ingenio, pero es que estos lugares tampoco invitan precisamente ni al destape ni al desparrame. 


Parque de Santa Catalina, un marco incomparable donde la ciudadanía festeja la Cultura, etc.

Me cuentan, a propósito de la feria, que varios escritores programados para el espacio más pijo, es decir, en una sala en el interior del museo Elder (no en las carpas plebeyas del exterior) no asistieron, sin que hayan trascendido las razones. Que yo sepa, faltaron a la cita anunciada en el programa oficial Kiko Amat, Víctor Manuel Álamo de la Rosa y Miqui Otero. Por otro lado, a Selena Milán, una influencer (me han chivado que influye sobre todo a adolescentes) se le comunicó un cambio de hora de su charla (de las 18:00 a las 19:00) sobre la marcha, según dijo ella misma a través de Instagram.

Tampoco creo que estas irregularidades, aunque molestas para el visitante que pretenda saciar su idolatría respecto de una figura literaria, perjudiquen eso que llaman cultura. Soy de los que piensan que la cultura es menos patrimonio material o exhibición de mercancías u objetos que relación entre las personas de una comunidad. Que una feria dedicada, más o menos, al libro y a las editoriales adolezca de fallos de organización en nada daña la cultura, entendida ésta como humus de costumbres y saberes que, junto con las condiciones materiales concretas, propician las condiciones de posibilidad para que determinadas personas creen obras de lo que ahora llamamos Literatura, o, en general, arte. Tampoco oí nunca que un lector sufriera un daño mental o moral irreparable ni irreversible por la ausencia de su escritor/a favorita a su cita promocional. En general, como escribió Sánchez Ferlosio, los actos culturales se justifican a sí mismos, es decir, por su propia existencia. Es más, me atrevería a decir que para la clase política gobernante, independientemente de su filiación partidista, los actos culturales son más importantes que la misma cultura, porque el acto cultural lo pueden crear y controlar; y asimilar la cultura en general al acto cultural (y que la ciudadanía lo crea así) es un modo estupendo de control social (o, al menos, de intentarlo).

Para acabar con este apartado, el último día, el 12 de octubre, reincidí (después de una ardua recuperación del ánimo) y volví a la carpa para oír a Jesús Ibrahim Chamali, quien, en diálogo con la editora de su libro de relatos, me sorprendió para bien. Chamali, a quien he criticado por su buenismo reseñador en la época de aquella fallida revista literaria digital, Dragaria, mostró una compostura y modestia dignas de reseñar. Asimismo, sus comentarios no me ocasionaron el habitual tedio, sino que resultaron sorprendentemente interesantes. Sólo hay que esperar (ya sé que no pido poco) que sus relatos estén a la misma altura.

Vayamos ahora a la nuestro. La crítica va a recaer en esta ocasión en la última novela del escritor tinerfeño Javier Hernández Velázquez: De un país en llamas.



Francamente, la novela me parece bastante floja, tanto en el plano estilístico como en el conceptual. Más allá de una dicotomía siempre insuficiente entre forma y contenido, la pobreza del lenguaje empleado por el autor no puede tener más futuro que la corrupción de cualquier argumento que se le hubiera ocurrido, por más brillante (no es el caso) y ambicioso que hubiera sido su diseño. Vayamos a ello, camaradas.

La novela consta de un primer plano temporal situado en el pasado, a modo de introducción, en Estados Unidos, que es donde se gesta el gran plan de ocupar las instituciones políticas, vaya Vd. a saber por qué, de Canarias. Luego, nos encontramos ya en la actualidad, en nuestra Comunidad. Se narra todo en tercera persona, con la única excepción de la voz de Mat Fernández, el detective protagonista, que lo hace en primera. No es un esquema demasiado complicado, y la alternancia de voces permite dar primacía a este personaje, evidentemente, que reúne en sí todos los tópicos del investigador privado. También hay un matarife asiático que es la personificación de la maldad y con el que, claro está, el detective mantendrá un encuentro final decisivo y tal.

El autor, en mi opinión, carece de voluntad de estilo. La novela está hecha a base de paletadas de párrafos unos sobre otros sin el menor cuidado: frases hechas, pensamiento trillado, combinaciones adjetivo+sustantivo y adverbio+verbo que se ven venir desde un kilómetro, etc. Tal vez haya pensado que una vez bosquejada la historia, junto con cierto progreso en las vicisitudes de los personajes darían lugar a una narración con principio, desarrollo y final. No dudo de que uno percibe esta gran cantidad de páginas (287) como un producto unitario al que se le puede denominar novela; sin embargo, más bien parece un tosco producto narrativo, mera fórmula encuadrable dentro de un género, el negro, que se adecua bien a este tipo de montajes desparejos. El batiburrillo creado a base de política, corrupción y mafia pretende construir una historia compleja, pero se queda simplemente en inverosímil (que es asunto independiente de que la realidad sea así o asá, tal y como el autor la pretenda reflejar o no) y la verborrea termina por ahogarlo todo.

Además, los diálogos no solo son impostados, sino que cuando no son vulgares, resultan in-creíbles. A veces, incluso dan la impresión de que los interlocutores no se escuchan, sino que monologan uno después del otro, peroratas entrecortadas que se suceden porque sí. Estos mismos personajes, además, por mucha profundidad que les quiera atribuir el autor, no hacen más que sermonearnos con sabiduría de pacotilla y frases enigmáticas de adivina de feria (volvemos a ese manía apotegmática que ya señalé en la última crítica), que lo mismo valen para un dilema existencial que para una tortilla de papas. La impresión que me producen todos los personajes, desde Mario Chinea, pasando por Hugo o Diana, el malvado asiático y acabando por Mat Fernández es la de erigirse como meras figuras de yeso, tan huecas que no hay manera de que cobren solidez ni humanidad. Las múltiples referencias intertextuales, cinematográficas, musicales, deportivas (y de lo que le surgiera al escritor cuando entró en trance creador) son tan arbitrarias y pretenciosas que no me provocan sino disgusto.

Ejemplos de lo escrito:

Toda fábula tiene algo de verdad. Aunque, a fuerza de acariciarla, acabe por morder. Don Mario fue un personaje indescifrable. ¿Qué importancia pudo tener su nombre? Un nombre es la primera seña de identidad. Cada persona tiene una historia. Cada historia oculta una crónica de engaños y un hombre no es nadie frente a la leyenda. Él lo aprendió a su pesar. Resultó fundamental la toma de decisiones, así que escribió la historia que más le convino. Si la contaba bien las masas le seguirían hasta las llamas y agradecerían las quemaduras. Urdió un buen relato, que la gente creyó como dogma de fe. Lo contó tantas veces que se volvió auténtico, como si todas y cada una de las personas que lo escucharon hubieran estado presentes cuando pasó. El poder no podía solo ser impuesto, debía nutrirse del consenso. (Pág. 17)


Miró a través de la ventana. Desde el mediodía la nieve formó unas sucias manchas sobre el asfalto; luego fue cuajando y extendiéndose hasta convertirse en una blanca alfombra de postal navideña. Pidió un whisky. Se había tomado dos cuando ella llegó. Una visión soberbia. Llevaba un traje verde ajustado con un escote más bajo que la moral de los Rolling Stones. Existían dos tipos de mujeres: sexis y frágiles. En su ambiente se estilaba la exhibición de tipas débiles y dependientes, a la espera de un príncipe azul que las salvara. La mujer que se acercaba iba a contracorriente. 

-Siéntese, por favor. Representa una alegría volver a verla. Me sorprende que viniera. 

-Nadie sabe por qué hace las cosas, no soy una excepción. 

-Me basta con que esté aquí, sea cual sea el motivo. 

El camarero debía de conocerla y trajo una copa de burdeos. Tomó un sorbo, depositó la copa sobre la mesa y la acarició. 

-Espero que le guste el local, porque pagará usted. Valoramos la misión que tiene encomendada. El señor Foster cerró su vuelo a Tenerife, vía Madrid, para mañana. No es prudente, ni inteligente, quedarse más tiempo en Seattle. 

-Nadie me ha acusado nunca de ser inteligente. ¿Usted también quiere que me vaya?  

-Es usted un hombre difícil de descifrar, señor Chinea. 

-Cuando lo descubra, hágamelo saber... 

-Ja, ja, será usted el primero en saberlo. (Pág. 42)


Volví a la realidad. La anemia de mi cuenta corriente me pegó una bofetada. Solo tenía el caso de doña Pura, una señora de edad provecta que fue vecina de la familia. Ahora vivía en Valleseco y me había dejado un mensaje de WhatsApp en el móvil. El estado de inacción y de encefalograma plano de una Santa Cruz zombi me hizo dar una vuelta y coger algo de aire nocturno. Este lugar, como una vez leí a un columnista poner negro sobre blanco, siempre ha sido un sitio esquizofrénico. Un pueblo que cree ser una ciudad y una ciudad con una maniática e injustificable nostalgia de ser un pueblo. (Pág. 48)


-Necesitamos su ayuda. 

-Estoy jubilado y separado de la política activa. 

-Sigue siendo el presidente honorífico del partido. Por favor, están dilapidando su legado. El trabajo de toda su vida se está desmoronando. 

-Es una forma de verlo. El mundo pasa por delante de nuestras narices y nuestros parlamentos se convierten en espejos del repliegue. El nacionalismo fue un gran invento. No era fácil, pero lo hicimos funcionar. Sin embargo, esa etapa concluyó. Hubo unas elecciones que reflejaron un cansancio de la ciudadanía. El agotamiento, después de un cuarto de siglo de gobiernos nacionalistas. Hay que aceptarlo, respetarlo y desearle mucha suerte al nuevo presidente del Gobierno de Canarias. 

-El presidente canario habla de curvas y de rectas. Parece que desea hacer didáctica con nosotros y enseñarnos geometría y matemáticas. Su consejera de los parados de Canarias ha señalado que la curva de destrucción de empleo se ha aplanado, lo que, en su opinión, significa que hay reactivación económica. Si consideramos que Canarias tiene doscientos cuarenta mil parados y otros tantos congelados en los ERTE, es lógico que la curva esté plana. Tal vez lo que esté mirando la señora es la recta, sin latido, del electrocardiograma de la economía de las islas (...).  

-Félix sabrá dominar la situación. Él sabe que está en la cima de un gran puerto. En su Alpe d'Huez personal. Lo llevamos nosotros a través de veintiuna curvas de herradura. Ahora le toca gestionar el descenso. Si la bajada le domina, se caerá él y su Gobierno. Siempre me gustó el ciclismo, hubo una época en que los cascos no eran obligatorios. En carrera no se ve nada, pero, los veas o no, los precipicios están ahí. Y si te caes bajando, da igual el caso, necesitarás un paracaídas.

-¿Y el futuro? 

-Sobre el futuro político del partido que creé, lo que debe hacer es reflexionar, fortalecerse y hacer una oposición adecuada. Dentro de toda verdad hay una duda, dentro de todo sí hay un pequeño no y dentro de todo no hay un pequeño sí. Busquemos los noes y los síes en este laberinto en el que nos colocaron los últimos comicios. Nuestros representantes no vieron las orejas del lobo: lo que ven, ahora mismo, son sus dientes. (Págs. 55-56) 

 

Bienvenido al puerto deportivo de Radazul, reza el cartel. Aparcó su Tesla Model S rojo en la avenida costera. Los 82.000 euros que le costó eran una ganga. Empujó la puerta a través de su tirador de zinc pulido para cerrar el vehículo. Luego automáticamente se cerró. Inspiró la brisa marina. Echaba de menos el salitre adherido a su piel. Cerró los ojos y se encomendó al poeta uruguayo Mario Benedetti: algunas cosas del pasado desaparecieron, pero otras abren una brecha al futuro y son las que quiero rescatar. El tiempo en el reloj de Nora no tiene memoria. Es un presente continuo sin pasado ni futuro. Desde que conoció a Mario, ¿cuál había sido su relación afectiva? Vivía en una penumbra. Allí estaba ella. Con el embarcadero a sus pies y el barco flotando con una breve oscilación: la incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar. Cerró las páginas de su poemario mental y se dispuso a avanzar hacia el presente, una realidad transfigurada en un manojo de problemas. Aunque, antes, elevó una última plegaria: gracias, Señor, por traerme a donde no quería venir. (Págs. 67-68)


-Veo que recibió el mensaje de mi colaborador. Tengo que reconocerle que me ha sorprendido que aceptara tan fácilmente este encuentro. ¿No sabe quién soy? 

-Sí. Acabemos con este dramático suspense y dígame por qué estoy aquí, ya que alguien a quien conozco predijo que me llamaría, como así ha sucedido. 

-Hay personas que buscan venganza. Tenga cuidado y haga las preguntas adecuadas. 

-¿Venganza? ¿Por qué? 

-Cuando una idea está a punto de desaparecer se actúa con desesperación. La venganza acojona. En especial la de una mujer que entiendo que es la que le informó que lo llamaría. voy a intentar explicarme. Vayamos por partes. Mi vida ha sido afortunada. He trabajado mucho. Medio siglo después de ver nacer la democracia y después la autonomía y ser presidente de mi tierra, pude ser ministro, pero renuncié por Canarias. Hace años decidí retirarme del escenario político. Sin embargo, estos días me he sorprendido de tener aún la tentación de hacer planes de futuro. 

Solo faltaba que Elton John cantara su I'm Still Standing: sigo de pie. No sabes cómo es que tu sangre se congele como el hielo del invierno. Y hay una fría y solitaria luz que brilla desde ti. Terminarás como la ruina que ocultas bajo la máscara que usas... 

-¡Cómo somos las personas, señor Fernández! 

-Llámeme Mat. 

-Mat, siempre pensamos en el porvenir; miro mi agenda y digo: "¿Pero esto tiene sentido?". Y seguimos cacareando sobre el futuro de Canarias (...). (Pág. 115) 

  

Etc., todo es igual de rutinario, de lenguaje trillado y de ideas manoseadas. Si un novelista del género negro pretende iluminar zonas oscuras del alma humana y denunciar la corrupción política y económica debe hacerlo, sin duda, bastante mejor.

Asimismo, y lo que en esta reseña me parece lo más relevante, la visión de la política que tiene el autor parece sacada de tertulias de televisión o de películas de sobremesa. Los diálogos y pensamientos relacionados con este ámbito huelen a columna de opinador de a diario, más preocupado por el último cotilleo partidista que por una interrogación sobre la política (algo que, por lo demás, ni imagina). Es, digo, una visión roma, tosca y gruesa, basada en algo que suele entenderse como liderazgo presciente y al que se añaden los dimes y diretes de las camarillas de los partidos y la omnipresencia de la plutocracia. La ciudadanía siempre desempeña en la novela un papel pasivo, cercano al concepto de masa tan habitual en el vocabulario de las élites políticas y culturales, que, normalmente, aunque no lo sepan, lleva a arrimarse a postulados de la extrema derecha. No digo que el autor sea de esa corriente política o su pensamiento personal sea reaccionario, sino que advierto contra el uso que, en general, se hace de los conceptos, a la ligera, sin reflexionar acerca de su significado. La política así concebida y la razón de estado (aunque sea del poder autonómico) articulan una visión de la política estrecha de miras, conservadora y fiada a las élites ya instaladas en el poder. Por no hablar de que el autor, para no mencionar siglas concretas (PSOE, CC, NC, PP, Podemos) introduce en el discurso de sus personajes esos términos vagos tales como "la izquierda" o "la derecha", lo que no contribuye a afinarlo.

Por otro lado, y aunque no sea del todo culpable de albergar esa concepción elitista y partidista de la política (por haber crecido en esta cultura tan nuestra en la que parece que solo es posible la democracia representativa, sin imaginarse siquiera otras posibilidades, no solo teóricas, como la democracia directa, deliberativa, asamblearia, presupuestos participativos, paneles de ciudadanos, el método del sorteo para la elección de cargos, etc.), verdadero fetichismo político (en la acepción empleada por el filósoso político José Luis Moreno Pestaña en su obra Los pocos y los mejores), el autor, al proyectarla en una novela, no hace sino acrecentar y fijarla en la mente de los/as lectores/as, reproduciéndola en su uso común. A veces, aun del género noir, un escritor debería no solo documentarse sobre prácticas criminales y ciencia forense. Lo bueno, en este caso, es que la novela resulta tan endeble en todos los aspectos que pueda uno analizarla que es dudoso que produzca una impresión duradera en el público.

EN FIN, una mala novela la escribe cualquiera, y no debería preocuparnos demasiado. Autores canónicos han escrito al menos una vez cosas de las que se avergonzaron más tarde: es un proceso de aprendizaje del que nadie está exento. Javier Hernández Velázquez, al menos con ésta (no he leído las anteriores), incurre en tantos errores flagrantes que la valoración no puede ser sino negativa. 



P.D. Si Vds., lectores y lectoras, que son a quienes me dirijo, leen alguna reseña entusiasta sobre esta obra, les sugeriría que compraran De un país en llamas, la leyeran y luego juzgaran. Eso sí, dejen sus comentarios donde pueda leerlos.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA












martes, 22 de junio de 2021

'Paraguas rotos', de Luis Alberto Henríquez Hernández

No sé si es buena noticia, pero el ritmo de las publicaciones y presentaciones literarias está adquiriendo vigor pre-pandemia. Hace unos meses, nuestro añorado Emilio González Déniz publicó una novela que ya han elevado a los altares y más arriba, y unos días atrás, nuestra estrella local, Alexis Ravelo, sacó la número tropecientas de su personaje favorito (también le han hecho la oportuna entrevista jabonosa, a cargo de un hombre experto en esos menesteres espumosos). Las/os seguidores/as de ambos estarán contentos, consumirán sus novelas y harán loas a su maestría, a su bonhomía, a su pedagogía y a cualquier cosa que termine en -ía, etc. Hasta aquel buen hombre cuyas dotes de reseñador hagiográfico dimos cumplida cuenta como Jesús Ibrahim Chamali ha roto aguas con un libro de relatos. A buen seguro, por otro lado, que Santiago Gil estará preparando alguna cosa lírico-existencial de las suyas en la intimidad de su gabinete, indignado porque todo el mundo publica y él ya hace más de un mes que no. 

Como dicen algunos amantes de la Cultura con mayúsculas, que se publique mucho es positivo porque se crea patrimonio. Así, todo lo que tenga que ver con la Cultura es bueno porque es bueno si es Cultura, y viva la tautología; además, se ponen en valor la creatividad, la diversidad, la intertextualidad y demás conceptos fetiche. Ya saben que, para muchos, la Cultura, entendida como el disfrute de lo que les guste, nos hace mejores (en sentido moral e intelectual) y nos diferencia, por ejemplo, del plancton. 

Si a uno le gusta el teatro, pues entonces el teatro es la quintaesencia de la humanidad y el escenario es un espejo de las pasiones, crítica de la sociedad y venga con la catarsis; si a uno le gusta la ópera, pues nada a repantingarse en la butaca disfrutando de formar parte de una minoría selecta y exquisita, amante de los gorgoritos y de ponerse en pie a aplaudir, como si no hubiera mañana, a quienes se les acuse de abusar de mujeres; si a uno, en fin, gusta de leer versos o, peor aún, de escribirlos, no solo se regocijará al punto de la excitación por integrar la minoría de las minorías (lo cual proporciona el summum de la distinción) sino proclamará a los cuatro vientos la necesidad de la poesía para el feliz desenvolvimiento y progreso de la especie humana a pesar de estar formada de madera tan retorcida. Lo mismo puede aducirse para el ballet, los cuartetos de cuerda, la pintura, las instalaciones, los vídeos por ordenador, los grafiti o cualquier cosa que quepa imaginarse que se le etiquete como arte, y, mejor, si ha logrado ser aceptada en un museo o alguna institución de prestigio que la legitime. La que sea.

En realidad, resulta habitual proclamar como lo mejor o lo necesario a lo que uno se dedique o aquello por lo que uno sienta pasión o vicio. Cuando leemos, o lo intentamos, a Dulce Xerach, nos resulta meridiano que Xerach hipostasia la arquitectura: todo tiene que ver con la arquitectura, a los/las arquitectos/as no se le escucha bastante y la sociedad debería comprender su importancia, so pena de hundirse en la abyección. Cuando leemos la entrevista (casi a diario) en cualquier periódico local a un/a empresario/a o dirigente patronal, diríase que la humanidad carecería de sentido sin el liderazgo y la clarividencia de las personas empeñadas en sacarle partido a su capital y la plusvalía a sus trabajadores/as. Si uno/a es periodista, pues qué sería de la democracia, de la sociedad, y de la capa de ozono sin el periodismo, ya sea de investigación, ya de corta y pega. Y así con todo.

Lo señalo porque es un sesgo este que deberíamos tener en cuenta a la hora de blandir juicios y exhibir dogmatismos, a lo que somos tan dados los seres humanos y, dado el espacio del que nos ocupamos aquí, los aficionados y malvividores en distinto grado de la Literatura, del Arte y de todas esas cosas por las cuales hasta los más acendrados defensores del libre mercado piden hasta el hartazgo subvenciones a los poderes públicos.

Dicho lo cual, pasamos a una colección de cuentos publicada y presentada hará escasamente un mes o así: 


Ediciones Garoé, que conste.

Paraguas rotos es un conjunto de relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández cuyo leitmotiv es la idea de aniquilación, pero, por encima de todo, de la aniquilación propia. La mayoría de los relatos acaba con el protagonista, narrador en primera persona, enterrado o encerrado. Todo muy mal. Esto en sí no es ni positivo ni negativo: el autor tiene una concepción pesimista de la existencia que lo lleva a concluir sus historias de modo funesto. Lo que es negativo a mi entender es el tremendismo verbal que le lleva a decir en cinco frases lo que se puede en decir en una, sobre todo si tiene que ver con la corrupción o el desmembramiento. En cierto sentido (muy tangencial), me recuerda a Thomas Bernhard, aunque sólo en el concepto. Si uno lee al escritor austriaco, la misma palabra "aniquilación" está presente en casi todas las novelas, y, en muchas, escrita con profusión. Esa idea de acabamiento, de castigo de uno mismo, de llevarse al límite me parece que también está en los relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández, aunque en este caso, más como un acto de contrición de consecuencias físicas. Las similitudes acaban ahí, claro.

La estructura de los relatos es lineal: algo mueve al protagonista a iniciar un viaje (más corto o más largo), se envuelto envuelto en la bruma, la confusión y las alucinaciones fantasmagóricas y, finalmente acaba, por lo general de modo bastante abrupto, por no decir precipitado, de la peor manera. En este sentido, el lector a partir del segundo relato comienza a esperar que algo fatídico va a ocurrir de forma inevitable, pero ese sentimiento no logra generar más que cierta impaciencia, fomentada, además, por la tendencia del autor, como hemos dicho, al relleno verbal de naturaleza redundante. 

Por otro lado, en numerosas ocasiones, los símiles que emplea el autor si no son tópicos, se me antojan impertinentes, en los que semejanza entre los objetos comparados es tan lejana o arbitraria que la lectura se ve sacudida por la extrañeza, en el mejor de los casos, y por el rechazo, en el peor.

Pero esa noche el descanso me fue negado. Los remordimientos y el horror se lanzaron sobre mis sueños como una jauría de lobos negros sobre un cordero abandonado, sumiéndome en una vorágine de oscuras alucinaciones de las que no fui capaz de despertar. Asistí con pavor al proceso de descomposición del cuerpo de mi padre. Le vi hincharse como un sapo en celo. La expresión de su cara se deformó hasta el límite de sus tejidos y, a continuación, se abrió en canal y soltó una marabunta de gusanos y la larvas de insectos variados que se retorcieron unos sobre otros mientras luchaban por un pedazo de carne muerta de mi padre. La arcada ascendió hasta mi garganta sin náusea previa, una contracción espasmódica del estómago producida por aquella nauseabunda visión. Notaba cómo el azufre se combinaba con el hidrógeno y saturaba mi centro olfativo de un olor putrefacto y vomitivo. Acto seguido, el viejo fue licuándose. Tomó un aspecto húmedo, ambarino, absolutamente repulsivo. Sus labios aparecían inflados y retraídos, mostraban una sonrisa siniestra a través de la cual asomaban lombrices blancas y voraces (...). (Págs. 16-17, relato Los muertos también lloran)

 También, algún error causado por la homofonía como "desecha en lágrimas" (en vez de deshecha) (Pág. 49, del relato Que Dios me perdone), que un/a corrector/a atento debería haber corregido (en el caso de que esta novela haya contado con un profesional así). Seguimos:

Divagaba, conversando conmigo mismo, cuando me di cuenta de que a mi alrededor solo había árboles. Los troncos se cerraban unos al lado de los otros, como si fueran una legión de dacios a las órdenes de un emperador cruel. Mantuve la calma. Agucé el oído intentando localizar los sonidos humanos del pueblo para así poder orientarme en el bosque. 

Nada. 

Una brisa ligera movía las ramas y las hojas, y arriba, entre las copas de los árboles, los cuervos graznaban a la montaña avisando de la presencia de un extraño. No me atreví a dar un paso más. Tuve la sensación de que el bosque se estrechaba en torno a mí y me susurraba palabras que no comprendía. La niebla, escasa hasta hacía un rato, comenzó a arremolinarse a mi alrededor. Densa. Una violencia pasiva que me puso alerta. (Págs 53-54, relato Que Dios me perdone)

 

La ciudad me había recibido sin ninguna emoción particular y dándome una cachetada helada en la cara. Corría el mes de noviembre y en esa latitud del planeta, la metrópoli se comportaba conmigo tal y como haría una amante despechada que se viera traicionada por la presencia de una segunda amante. Aun así, sus encantos eran evidentes y destacaban incluso bajo el manto oscuro de la noche de mi llegada. Antes de irme a dormir, una vez alojado en el hotel, había repasado mis escasas notas preliminares y puesto en orden la secuencia de trasbordos que realizar en el transporte público subterráneo para llegar, a primera hora de la mañana siguiente, a la cita con Jacques. (Pág. 61, relato Sofocado)

 

En este mismo relato, el autor compara en apenas una páginas a los vagones del metro como "un pulmón de metal herrumbroso y agotado, insuficiente y disneico (pág. 66), "El tren me recordaba a un buceador" (misma página), "En lo que el tren se llenaba de nuevo y arrancaba, la mayoría de la corriente humana de la que formaba parte se había salido del apeadero. Como si hubieran vaciado la cisterna de un baño público" (misma página). Asimismo, los seres humanos que se desplazan por el subterráneo son "magma humano" (pág. 66), otras como "una familia de hámsteres" (pág. 67), o "una masa informe de individuos" (Pág. 68), "Hormigas atareadas" (misma página) o "cucarachas guiadas por antenas invisibles" (pág. 70). También, más adelante: "Atravesé la marabunta de gente que había en el mercadillo. Gusanos atareados que se acumulaban en torno a un cadáver en descomposición" (pág. 214, en el relato Reflejos macabros). Aparte del exceso de símiles y metáforas, la impresión que obtiene el lector (o lectora) de la visión de los seres humanos del autor es desconsoladora, y también un poco antigua, es decir, esa visión de la masa descerebrada, de reacciones animales, tan en boga en las primeras décadas del siglo XX en autores, entre otros, como Le Bon y Ortega y Gasset, y que, de cuando en cuando, asoma entre aristócratas del gusto, poetas laureados y políticos mezquinos por la que se niega humanidad a la humanidad.

Asimismo, aun a riesgo de ofrecer una interpretación también un tanto extrema, ese protagonista narrador en primera persona de los relatos, que apenas se relaciona con los demás, como una mónada encerrada en sí misma y la mayor parte del tiempo hostil con otras mónadas que aparecen en su discurrir, podría considerarse una metáfora del ser humano de nuestro tiempo, arrastrándose penosamente bajo el peso de un capitalismo de última hornada que sigue presionando con fuerza para destruir todo lo comunitario con el fin de apropiárselo y convertirlo en objeto de compraventa. También, para transformar a la sociedad en una constelación de individuos que solo se relacionen con los demás a través del mercado. Individuos aislados, fácilmente mensurables y etiquetados, en un entorno social degradado y en un contexto laboral cada vez más precarizado. Frente a ello, una consecuencia posible es la angustia de ese ser humano solitario y desamparado y, como dijimos, las fantasías de aniquilación propias y de los demás, algo que en el plano político suele venir entroncado con la aparición de movimientos de extrema derecha que se nutren del resentimiento, sobre todo, de lo que antes se llamaba pequeña burguesía y hoy, clase media.

En en estos relatos, la angustia está travestida con el ropaje de lo fantasmal y con el de la psicopatía y la locura. Sigamos con las citas:

Creo que me estoy volviendo loco. No es algo progresivo que hubiera estado gestándose como una enfermedad bacteriana. Ni poco a poco, como dice la canción o como ocurre cuando se tiene una erección por cortesía. No. Ha sido de repente. De sopetón he sabido, tan lúcida y cristalinamente como se refleja el sol en las pupilas dilatadas tras una noche de excesos, que mi cerebro no es como lo recordaba. (Pág. 79, del relato Rompecabezas, comecocos y otros juegos de la mente)

Como si mi cerebro estuviera hecho de piezas, miles de pequeñas piezas que encajan delicadamente para formar un complejo rompecabezas en tres dimensiones. (Pág. 84, del mismo relato)

 

Podríamos seguir con esos símiles fallidos: "como un panal fabricado por abejas obreras asalariadas por la parca" (pág.109, en Luto), o "le hice un aspaviento con la mano libre, como quien espanta las moscas que se alimentan de un trozo de carne podrida" o "la oscuridad se adueñó poco a poco del entorno, como el metal que se estrecha en torno al cuello de un condenado a morir a garrote vil" (pág. 174, en Copilul bisericii negre) o tópicos como "radiante como la luz al final del túnel" (pág. 109, Luto) o "Plana como la línea de un encefalograma plano en una sala de autopsias" (pág. 143, en Conciencia expandida). Dejémoslo ya.

En fin, estos relatos no pueden leerse como si su intención fuera causar miedo. No son cuentos de terror, propiamente dichos. La sangre a borbotones y los desmembramientos, así como los escalofríos y la lividez y el sudor frío no bastan. Recordemos, a este respecto, aquella novela de Leandro Pinto, Abismo, que adolecía del mismo defecto. El miedo que puede causar la lectura de Drácula, de Bram Stoker (objeto, por cierto, de una aguda lectura sociológica por Juan Carlos Rodríguez en La norma literaria) o en algunas de las mejores novelas de Stephen King no está al alcance de cualquiera, me temo. Más bien, repito, me parecen el trasunto de una necesidad de expiación o, al menos, de válvula de escape de las inquietudes del autor, cualesquiera que sean éstas.

EN DEFINITIVA, la impresión general de este volumen es la de un desahogo verbal, con algún relato que apunta maneras, a pesar de sus evidentes defectos, como, sobre todo, Sofocado, con su particular versión del flâneur, o también Luto y Reflejos macabros. Hay algo de literatura envejecida, de temática resobada, incluso fosilizada, no solo en los temas sino también en el estilo que hacen desdeñable este conjunto de narraciones. 

Resulta evidente que el autor ha querido escribir, y lo ha hecho con pasión, pero es dudoso que lo escrito es algo que él mismo hubiese deseado leer. Más bien, resulta una especie de terapia que si no hubiese tomado la forma literaria, habría sido darle puñetazos a un saco de boxeo o tirarle piedras a una galería de cristales para provocar el mayor estrépito posible. No dudo que Luis Alberto Henríquez se haya quedado a gusto. El problema es que el público lector, quizá, no. 

No obstante, y llámenme soñador si les apetece, creo que Luis Alberto Henríquez tiene algo, que limado, pulido y trabajado, podría transmutarse en historias dignas de atención. En principio, le aconsejaría abandonar la truculencia, quizá el género del horror; contenerse en el flujo verbal, estructurar mejor sus narraciones sin dejarse dominar por la impaciencia, y no cejar en el refinamiento del estilo. 

Ahí queda eso.



P.D. Otra reseña, más elogiosa que la mía, pero, eso sí, un tanto desganada, aquí.










viernes, 21 de diciembre de 2018

'Ordesa', de Manuel Vilas

Hay dos reseñadoras que están causando furor en nuestra literatura local: la celebérrima Premio Canarias de Literatura Cecilia Domínguez Luis y la recién novelista y free-lance Mayte Martín, a la sazón colaboradora infatigable de la revista Dragaria. Ambas practican ese arte de reseñar la novela de que se trate escurriendo el bulto. Es decir, sospecho que no les gusta lo que han leído, pero noblesse obligue. El resultado es una reseña en la que desgranan la trama y dicen lo de muy de actualidad que es y cómo vamos a quedar epatados, transfigurados y de ahí hacia arriba. La primera desperdiga sus piropos insustanciales tanto en Dragaria como en ACL, la revista de la Academia Canaria de la Lengua, al menos; la segunda, que sepa, solo en Dragaria, que nació como una promesa y no ha hecho más que agonizar desde entonces. Eso sí, seguro que logran hacer muchos amigos en su tránsito cultural hacia la nada. Algo es algo.

Mi consejo: si alguna de las dos alaba una novela, un poemario, una película o, qué sé yo, una marca de galletas, no compren, huyan. Muy rápido, sin mirar atrás. Eso que hemos ganado, aunque sean consejos a los que haya que seguir a la inversa. No conozco nada que no les haya gustado, emocionado, impresionado o encantado. Son el recambio de Ibrahim Chamali, al que echo de menos, es un decir, en la actividad del elogio indiscriminado.

Vamos a lo nuestro. La novela que toca es:






Tenía que caer, no podía pasar de largo por mi vida, la novela española más celebrada en 2018, al menos por el aparato mediático de Prisa. Aunque, por lo que sé, Alfaguara no pertenece a ese conglomerado desde 2014, cuando Prisa vendió la editorial a Penguin Random House (que anteriormente eran Penguin, por un lado, y Random House, por otro: el fenómeno de las compras y fusiones editoriales merece una monografía). En todo caso, Ordesa resultó elegida por el suplemento cultural Babelia como la mejor novela de las cincuenta mejores novelas del año. Que no sea por no poner "mejor" todo el rato. O la más mejor.

Pues bien, la novela es un aceptable despliegue de hacerse pasar por buena. Se esfuerza mucho por parecer, sin duda. En realidad, no lo es. Por el contrario, considero que no es ni más ni menos que un ejercicio pretencioso de frase corta, normalmente sentenciosa, de corte apodíctico, que me hace recordar, fíjense Vds. al deplorable Santiago Gil de Gracias por el tiempo y al no menos lamentable David Llorente y su Madrid: frontera, dos ejercicios de impostura escrituril que habíamos logrado olvidar no sin esfuerzo y algún principio de indigestión. Ese aire de familia en el naufragio literario no deja de llamar la atención, dado que es la búsqueda de la originalidad y del estilo propio el leitmotiv del arte desde al menos el Romanticismo. Sin embargo, dado que no creo que se hayan influido entre sí, es posible llegar a la conclusión de que ciertas obras malas se parecen a su manera. De la peor manera.

Ordesa es el relato de la pérdida de los padres, el dolor consiguiente, la descripción del mundo como vacío y carente de sentido, y tal. Siento hablar con esta frivolidad, pero el tema, tan socorrido, requiere de una mirada y de una técnica de otro nivel para hacerlo literariamente interesante y artísticamente apetecible. A mí, la verdad, el relato del dolor por el dolor y la flagelación por la flagelación no me atrae por sí mismo. Hace falta algo más para salir del ensimismamiento vital, del regocijo por la llaga que supura, que, en este caso, no sirve de exutorio que le proporcione sentido.

De repente, mi apartamento me ha parecido que no valía el dinero que estoy pagando por él. Imagino que esa certidumbre es la prueba de madurez más obvia de una inteligencia humana bajo el peso del capitalismo. Pero gracias al capitalismo tengo casa. 
He pensado, como siempre, en la ruina económica. La vida de un hombre es, en esencia, el intento de no caer en la ruina económica. Da igual a qué se dedique, ese es el gran fracaso. Si no sabes alimentar a tus hijos, no tienes ninguna razón para existir en sociedad. (Pág. 15)


Con la muerte de mi padre comenzó el caos, porque quien sabía quién era yo y a la postre se podía responsabilizar de mi presencia y de mi existencia ya no estaba en este mundo. Tal vez esta sea una de las cosas más originales de mi vida. La única razón segura y cierta de que estés en este mundo reside en la voluntad de tu padre y en la de tu madre. Eres esa voluntad. La voluntad trasladada a la carne. 
Ese principio biológico de la voluntad no tiene carácter político. De ahí que me interese tanto, de que me emocione tanto. Si no tiene carácter político, eso significa que  ronda los caminos de la verdad. La naturaleza es una forma feroz de la verdad. La política es el orden pactado, está bien, pero no es la verdad. La verdad es tu padre y tu madre. 
Ellos te inventaron. 
Vienes del semen y del óvulo. 
Sin el semen y el óvulo no hay nada. 
Que luego tu identidad y tu existencia ocurran bajo un orden político no desbarata el principio de la voluntad, que es anterior al orden político; y es, además, un principio necesario, mientras que el orden político puede estar muy bien y todo lo que tú quieras, pero no es necesario. (Pág. 31)


Por tanto, en mi vida, como en tantas otras vidas, combatieron el platonismo y la promiscuidad. Y eso siempre daña. Pero al final un divorcio, en el capitalismo, acaba reducido a una lucha por el reparto del dinero. Porque el dinero es más poderoso que la vida y que la muerte y que el amor. 
El dinero es el lenguaje de Dios. 
El dinero es la poesía de la Historia. 
El dinero es el sentido del humor de los dioses. 
La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad. La verdad es un punto de vista que enseguida brilla por sí solo. La mayoría de la gente vive y muere sin haber presenciado la verdad. Lo cómico de la condición humana es que no necesita la verdad. Es un adorno la verdad, un adorno moral. 
Se puede vivir sin la verdad, pues la verdad es una de las formas más prestigiosas de la vanidad. (Pág. 77)


Se muere mejor si nadie sabe que estás vivo, no haces cargar con la pesadumbre de tu muerte a nadie, con papeles, llantos y funeral, con culpas y demonios. Quienes mejor mueren son quienes no sabían que estaban vivos. La vida o es social o es solo naturaleza, y en la naturaleza la muerte no existe. 
La muerte es una frivolidad de la cultura y de la civilización. (Pág. 86)


Como yo mandé quemar el cuerpo de mi padre, no tengo un sitio adonde ir para estar con él, de modo que me he creado uno: esta pantalla de ordenador. 
Quemar a los muertos es un error. No quemarlos también es un error. La pantalla del ordenador es el lugar donde está el cadáver ahora. Va envejeciendo la pantalla, pronto tendré que comprar otro ordenador. Las cosas no resisten como lo hacían antiguamente, cuando una nevera o una televisión o una plancha o un horno duraban treinta años, y este es un secreto de la materia; la gente no entierra electrodomésticos viejos, pero hay gente en este mundo que ha pasado más tiempo al lado de un televisor o una nevera que al lado de un ser humano.  
En todo hubo belleza. (Pág. 108)


Así, sin descanso, página tras página.

Además, aparte del dolor, la melancolía y todo eso, Vilas inserta aquí y allá reflexiones de corte sociológico que no aportan nada, ni siquiera en el plano cognitivo, sino que suponen una bajada de tensión estilística, sobre todo cuando uno había logrado, por fin, concentrarse en la lectura. Pero lo peor no está ahí, sino en la profundización, digamos, filosófica, que es el fundamento del libro: qué somos, por qué estamos en el mundo, por qué morimos. Es un asunto bien trillado, pero también lo bastante importante para que cualquier escritor deba interrogarse (en el cuarto de baño, bajo la cama con el peluche, desnudo en una acequia, en cualquier caso, en soledad) si está pertrechado del suficiente bagaje para emprender esa tarea, sobre todo cuando se enfoca de modo tan frontal. Mi conclusión es que Manuel Vilas no lo está. Lo que le gusta a Manuel Vilas, en realidad, son los aforismos. Otras prefieren llamarlo "hibridación genérica".

Por último, se puede resaltar que el personaje narrador, el propio autor, no consigue suscitar simpatía alguna. Su intimismo e introspección no consiguen provocar nada más que desdén. Sus reflexiones, que se pretenden cargadas en algunos casos de lirismo, en otras de ingenio y en otras últimas de sabiduría de poeta revenío solo producen irritación o aburrimiento. A veces, al mismo tiempo. Todo lo que revela, para hacerlo aún peor, es un profundo conformismo.

Me prometí, en todo caso, que llegaría al menos a la página 100: he cumplido de sobra. A partir de ahora, que esta novela la sufra otro.



P.D. Hay algunas reseñas que mantienen una opinión absolutamente contraria a la mía (aquí, aquí, aquí), y otras coincidentes (aquí o aquí) que  se muestran igual de irritadas. Es, por lo que se ve, una novela crispadora.







lunes, 5 de junio de 2017

'Interregno', de Roberto A. Cabrera

Después de un lapso algo más largo de lo habitual (aunque no mucho más), estamos aquí para constatar, una vez más, y ya van unas cuantas, la enorme distancia que separa el mundillo de los/as reseñadores/as de la experiencia literaria de un lector poco acostumbrado al engaño o al maravillosismo. Digamos un lector medio, que toca todos los palos, que no siente especial aversión por ningún género (llamémosle noir, llamémosle sci-fi) y que tiene entre sus lecturas una razonable proporción de cervantes, shakespeares, tolstois, dostoievskis, faulkners, hemingways, unamunos, mccarthys, chandlers, chéjovs, carvers, barojas, bradburis, ballards, philipkdicks, galdoses, chestertons, greenes, stevensons, austens, bröntes, yourcenars, íbsenes, stendhals, flauberts, paveses, zweigs, walzers, woolfs, borgeses, cortázares, etc., etc., por citar solo algunos/as de los/as novelistas, cuentistas o dramaturgos más canónicos. Este lector, de natural confiado, tiende a pensar que el reseñador ha disfrutado de un volumen de lecturas comparable, como mínimo. Sinceramente, espera que más. Espera también que, dado que no tiene mucho tiempo para estar al día de todas las novedades literarias y que tiene casi agotados los grandes nombres, el reseñador del suplemento cultural de su periódico favorito o el de ese programa de televisión en La2, o ese periodista que tiene una página en Internet, lo guíe con honradez, ya que con sabiduría sea quizá mucho pedir.

En esas estamos todavía. Sin embargo, mi experiencia como lector ha sido (y sigue siendo) nefasta tanto en lo que se refiere la literatura española, en general, como a la canaria, en particular. Casi cuarenta años dando por sentado que Almudena Grandes, Javier Cercas, Javier Marías o Muñoz Molina no sólo eran buenos, sino geniales y que yo, al aburrirme al leerlos, al no interesarme ni su estilo ni sus temas, era el singular. Busquen, busquen las reseñas y lean, lean. Ya me contarán.

Lo mismo ocurre en Canarias. No sé si por un confuso sentimiento de identidad pervertido en conformismo o por una constatación de que, como ha dicho Emilio González Déniz, "no tenemos ningún Vargas Llosa" ni lo tendremos, el caso es que, de modo paradójico, a juzgar por los/as reseñadores/as de literatura canaria, siempre tan amables con lo nuestro, las obras maestras invaden las estanterías, abarrotan las vitrinas, salen disparadas por la presión del número y la escasez del espacio de las librerías a la calle, golpeando, sin reparar en sexo, credo o filiación política, las testas de los transeúntes, en una singular encarnación del concepto "irradiación de cultura", muy a lo Chirino, por cierto.

Esto quizá vaya más allá del "sólo reseño cosas que me gustan", "no hay nada de malo en reseñar a un amigo cuya obra sinceramente admiro" o "reséñame bien que luego te reseño bien yo a ti". Es posible que tengamos instalado tanto en el módulo del gusto como en el de la honradez una actualización que nos impide detectar los defectos en la obra de los autores/as canarios/as y, por ende, escribir sobre ellos/as. Esa actualización, sobra decirlo, ejerce una influencia irresistible en el código de las buenas maneras así como en el estado de nuestra literatura, condenada a una mediocridad que espanta. Esta mediocridad se vuelve casi insuperable, ya que el canon que se ofrece como ejemplar es un batiburrillo de pretenciosidades y feria de las vanidades que aplastaría a cualquiera que no disponga de un talento excepcional.

Todo esto viene a cuento no sólo por la reseña de González Déniz sobre la última ¿novela?, ¿paño de lágrimas?, ¿sesudo análisis sociológico de las víctimas del capitalismo financiero? de Santiago Gil, que podríamos encuadrar con generosidad bajo el epígrafe "Es mi amigo y qué" (me temo que su capacidad de reseñador es la misma que la de escritor en El tren delantero) y que sigue, por cierto, la delirante estela de Ibrahim Chamali en Dragaria, sino que es una constante que se repite en cada lanzamiento (por decirlo así) de cada nueva cosa con páginas y portada que algunos llaman novela; otros, cuentos; y los de más allá, yoquesés.

El último menosprecio al lector ocupado e ingenuo lo constituyen las reseñas que se perpetran aquí y aquí. También, aunque es más bien un lavarse la manos, aquí. La novela en cuestión es Interregno. Pasión e instante en la vida de Humberto Laredo, fotógrafo, de Roberto A. Cabrera.








Esto va más allá del gusto personal, de la subjetividad, de la biografía particular de cada uno o de si soy zurdo o diestro. Si uno aborda una novela para reseñarla tiene que exponer sus virtudes y sus miserias, en caso de que se disponga de la capacidad crítica necesaria para ello. Si no, uno se vuelve en un mero propagandista, quizá en un amable vendedor, de esos que no dan mucho la lata, pero cuya tarjeta acaba en tu bolsillo. Lo más probable es que si uno persiste en esa actitud acabe siendo, como creo que es el caso en que nos ocupa, en un simple apuntador de la agenda comercial de editores y libreros. No digo que no sea una ocupación digna, pero que no ejerce la labor de reseñador, de eso no albergo la menor duda. Además, no se le hace ningún favor ni al escritor, en particular, que persistirá en sus errores creyéndolos grandes cimas estilísticas, ni a la literatura canaria (o hecha en Canarias) o española. Si encumbramos medianías como prodigios literarios y a obras mediocres como maestras, ¿qué ocurrirá cuando nos encontremos con algo realmente valioso? ¿Nos faltarán manos para aplaudir? ¿Tendrán que salir los actores no tres, sino treinta veces al escenario? ¿Habrá que inventar un nuevo término, tal como "súper-mega-obra requetemaestra? Volvamos al principio: ¿Por qué nos conformamos con lo mínimo sólo porque sea de aquí? ¿No nos merecemos nada mejor?

Interregno es una novela prescindible. Eso para empezar, y casi para acabar. Consiste en una sucesión de escenas deslavazadas, la mayoría de las cuales no suponen un avance argumental ni un desarrollo psicológico o existencial de los personajes. Prueben a intercambiar capítulos y verán que no tiene efecto alguno sobre la trama. Descripciones minuciosas que no nos aportan nada, irritantes a más no poder, que aparecen por capricho, como si el autor quisiera convencernos de su ingenio, de su capacidad de observación, de su clarividencia descriptiva. Aquí dos citas, y disculpen: son necesarias:


Humberto se dirigió a la pecera con el sobre de las fotos. El espacio que media entre el cuarto oscuro y la pecera puede recorrerse de diversas maneras. Una bien propia y no despreciada por Humberto consiste en salvar la distancia en línea recta sin distraer la mirada ni a izquierda ni a derecha. Otra forma de encaminar los pasos es ensayando una suerte de zigzag azaroso que consiste en desviarse cada vez que se tropieza o se cruza con alguien, bien a la izquierda bien a la derecha (esto último por turnos). Claro que esta manera de avanzar (la preferida por Humberto cuando sufre uno de esos días que él califica "de subsuelo") puede producir situaciones paradójicas (léase: desear llegar hasta una puerta y alejarse cada vez más, y no por decisión propia sino porque una cadena de encuentros con el personal deambulante desvía los pasos de acá para allá, dificultando la tarea de llegar adonde nos habíamos propuesto ir (¿se entiende?). Pero no crea el lector que nuestro héroe se atiene escrupulosamente a su sistema. Con frecuencia, sucede que los azares se vuelven insidiosos y hacen perder la esperanza de llegar alguna vez a la puerta de la pecera. Entonces, Humberto escoge entre dos salidas (ambas igualmente honorables): la primera, expedita, consiste en enfilar los pasos hacia la pecera, ensayando la línea más corta; la segunda, una versión desnaturalizada del modus operandi que limita la observancia a trechos. Así pone a salvo Humberto sus intereses profesionales y defiende, de paso, la salud de sus facultades mentales ante quien osara ponerla en duda, de palabra o mediante gesto circular ensayado por el índice ante unas sienes. (págs. 25-26) 


García frunce los labios y alza una ceja y luego la otra (y es admirable esa acrobacia, harto difícil según puede el lector comprobar por sí mismo.) El imberbe Aparicio, como corresponde a su juventud, que le impide emular la pose estoico-rumiante de su colega, ya da muestras de impaciencia. "Y qué mierda hacemos ahora?". "Probemos suerte arriba"., dice García. "Hay que consultar esto". Y Aparicio eleva los ojos, lentamente, hacia el techo mientras se pone en pie armonizando el movimiento ascendente del cuerpo con el de los ojos, que se acompasaban con el mismo tempo più lento. Y de pronto la pecera se inmoviliza y brota ante los ojos de nuestro héroe un cuadro místico del que cabría lamentar la penosa caída de los brazos de Aparicio, que estropea el conjunto. Es de obligado buen gusto, de rigor incluso, como se sabe, elevarlos con gracia, al menos hasta que las extremidades superiores, con las palmas abiertas hacia arriba, los dedos ligeramente separados -y flexionados apenas el anular y el meñique-, alcancen la altura de las orejas (...). (págs. 41-42)

Y sigue un rato más, no crea, que entusiasmo por escribir no le falta al autor.

O la escena en la que el protagonista se hace una paja pensando en Matilde, que no transcribo por si hay menores leyendo.

O en la que a Matilde le dan diarreas, que no transcribo porque la paciencia aunque grande, no es infinita. 

Dios mío, por qué.


Además, los diálogos: insufribles entre el protagonista Humberto y Natividad (por ejemplo, el de las páginas 34-37). O con Saturnino, la voz de la honradez y de la experiencia. Pero aún peor es el diálogo de Humberto con la hija de Natividad, con la que (creo) pretende resaltar la inteligencia de la niña, pero no lo consigue en absoluto. Sólo hace que nos preguntemos por la inteligencia del autor. O, al menos, por su esfuerzo: ¿fue un rapto de genialidad? ¿A qué miraba mientras lo escribía? ¿Le quedó bien el caldo de papas mientras lo ideaba? Terrible:


-Tú eres un tonto. Todos los novios de mamá han sido tontos. Pero tú eres el más tonto. El campeón de los tontos. 
-¿Y si te bajo las braguitas y te sacudo el culete? 
-No puedes.-¿Y eso por qué? 
-Ya te lo he dicho. Eres un tonto. Los demás eran tontos falsos. Tú eres un tonto verdadero. 
-Eres un encanto. Estoy conmovido. 
-Porque eres tonto. 
-¿Has dormido bien? 
-Sí. 
-¿Desayunas? 
-Todavía no. 
-Vaya, yo tomaré un café. ¿Adónde dices que fue tu mamá? 
-No sé. Ella va y viene. Es así. Es tonta. 


Así dos páginas y pico más, en lo que supongo que será un despliegue de agudeza por ambas partes que se queda, siento decirlo, en una tarea pendiente para el autor: la de estudiar más el arte del diálogo en la novela. Siempre digo que hay que tener proyectos en la vida. Cuantos más, mejor. Fíjense, en cambio, lo que escribe una reseñadora: "Roberto A. Cabrera domina el uso del diálogo con gran maestría para dejar que sea el propio lector el que se haga una idea de cómo es cada personaje". Ya les digo, lean y juzguen. Si quieren buenos diálogos con niños, me vienen a la memoria Saroyan y Salinger, sin ir más lejos.

Por otro lado, y no menos importante, la descripción del periódico y de los empleados se pretende burlesca, expresionista, gogoliana tal vez, pero quedan, a pesar de su evidente esfuerzo, en caricaturas que no inducen ni a la risa ni a la reflexión. Meras excusas para parrafadas y naderías mentales tanto de Humberto como de esa voz, que se pretende juguetona y desengañada, sí, la del propio novelista. Los jefes son muy malos, el Opus Dei también. Ya lo sabíamos, a otra cosa. 

Asimismo, se mantiene a lo largo de la novela un diálogo constante del autor con el lector que, contra lo que le pudiera parecer al primero, no la hace más honda o metaliteraria, sino que la aligera, la hace presa de una mundanidad quizá deseada, por su empeño en mostrarnos cómo una vida vulgar y corriente se desenvuelve vulgar y corriente, pero que nos hace preguntarnos tres cosas: a) Por qué hicimos caso a los reseñadores; b) por qué la compramos; c) por qué tenemos que seguir leyéndola si nada nos enseña ni nada nos cuestiona. Hay quien escribe, no se lo pierdan, lo siguiente: "El libro, más que golpear, sacude al lector y le obliga a que se mire en el espejo e intente reconocer la imagen que tiene de sí mismo..."

"Más que golpear, sacude". Me quedaré pensando en eso un rato, lo prometo.

Más bien, quienes deberían mirarse en el espejo, un buen rato, son el autor de esta novela y los reseñadores que la han alabado, aunque sea un poquito. Un proyecto literario, qué digo, artístico, sin pretensiones de grandeza forjadas en el yunque del trabajo y la exigencia, no es proyecto, ni literatura, ni nada. Es, que me perdone a quien ofenda, un ejercicio de vanidad travestido en creación literaria. Publicar, por lo que parece, no es tarea complicada. Imagino que las editoriales necesitan estar constantemente ofreciendo productos nuevos a sus lectores-consumidores y que los editores no ejercen su oficio, el de editar, y se limitan a publicar. Sin embargo, tanto el autor como la editorial, al igual que el reseñador amable o maravillosista deben de sufrir tanto más desprestigio cuanto más exigente sea el lector.

En definitiva, Interregno es de esos productos, por llamarlo amablemente, que logran cabrearme. Otra vez. Me recuerda a algunas predecesoras reseñadas en este blog que también fueron elogiosamente glosadas en prensa, radio, tv e Internet como La última homilía de Zacarías MartínLa otra vida de Ned Blackbird, Vs. y El tren delantero. Nada quedará de ellas pasadas las promociones. Nadie hablará de ellas... salvo que nada mejor se escriba en el futuro. Sin embargo, eso es justamente lo que ocurrirá si seguimos alabando lo vituperable y elogiando lo despreciable.