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viernes, 26 de abril de 2024

Fondo de armario

Acaba abril, y los artículos de Elsa López son tan irrelevantes como siempre. Produce cierta tristeza comprobar que el único artículo que tuvo algo de repercusión se caracterizó por arremeter de manera lamentable contra unos artistas que no encajaban en su definición de lo que es ser hombre o mujer, espetando algún insulto que otro para evitar sutilezas. Era tan aberrante que no lo aceptó el propio periódico en que, curiosamente, sigue colaborando de manera habitual y que, como casi todos, publica cualquier cosa mientras no tenga que pagarlo. Algunos, no obstante, y contra toda evidencia, la consideran como un "faro ante tanta penumbra". Saco a colación a esta señora por ser la última Premio Canarias de Literatura y por asumir lo que piensa mucha gente: que, por haber recaído en ella un premio literario, lo que tenga que decir sobre asuntos ajenos a la literatura resultará de interés.

Dado que no es así, pasemos a otra cosa.

Les será más o menos interesante saber que este mes de abril, en lo que a mí respecta, se ha caracterizado por la cantidad de libros que han llegado a mis manos, la mayoría en detrimento de mi cuenta corriente y algún otro como obsequio amical, que todavía quedan amigos de esos. A la sazón, son los siguientes:




-La reconquista, ¿la reconquista?, la reconquista, editado por David Porrinas.

-Ni una, ni grande, ni libre, de Nicolás Sesma.

-De cine, aventuras y extravíos, de Eugenio Trías.

-Filosofía para una vida peor, de Oriol Quintana.

-La vista desde las estrellas, de Cixin Liu.

-El orden de los acontecimientos, de Miguel Morey.

Un poco de varias áreas del conocimiento, como ven. En especial, me interesan los de la historia de España, dado la ola revisionista de los últimos años. Ya les contaré.

Es, como podrán imaginar, un esfuerzo baldío para intentar abarcar lo pasado y lo presente, vano empeño para comprender el mundo, efímera ilusión por comprender el mundo. Si a estos les unimos los que compartí con Vds. en el pasado artículo, se harán cabal idea del luminoso y estudioso futuro lector que me espera. Por no hablar de lo insoportable que me voy a poner, palillo de dientes mediante.

Por otro lado, han salido publicados dos libros que me han despertado cierto gusanillo: Arenas blancas, de Juan R. Tramunt, y, vayan Vds. a saber por qué, Reguetón, de Luis León Barreto. En cualquier caso, toda lectura y análisis consiguiente quedan pospuestos para después de la primera quincena de mayo, comenzando por el ya mentado Barrio chino. Asuntos más urgentes reclaman mi atención, como son los participios griegos. Voy acumulando lecturas para sobrellevar la resaca estudiantil.

Dentro de poco, por cierto, será la feria del libro en LPGC, abierta ya la veda en nuestra Comunidad. La verdad es que poco interés me despierta, salvo el atávico goce que supone el caminar en compañía de otros seres humanos dando vueltas sin tino como si buscáramos algo inencontrable: tal vez la gracia del Arte con mayúscula, o quizá el roce salvífico con el Autor/Autora. Pero, de verdad, incluso como ritual carece de atractivo. Quizá sea posible regenerar la feria, pero me pregunto si una feria es regenerable: tal vez lo que ofrezca es lo único que puede ofrecer, y si ofreciera otra cosa, no alcanzaría los objetivos que tiene toda feria (de libros o de lo que sea), que no es sino vender. En todo caso, ya es un asunto que me ha dejado de interesar, si bien es cierto que nunca me resultó especialmente polémico, salvo sus sempiternos problemas de organización.

Eso es todo por ahora.


martes, 11 de diciembre de 2018

'Mientras agonizo', de William Faulkner

Diciembre: mes sonoro, como avalancha desde montañas inhabitadas. También es el mes de las novedades literarias de toda ralea y condición. Ya sean ricos o pobres, famosos o desconocidos, mediocres o más aún, autores y editores de lo más variopinto unen sus fuerzas para lanzar en estas fechas su última mercadería. Quién viera a esos autores de tercera fila, enfundados en su pulóver de cuello redondo, apresurar su ritmo de escritura, quizá hasta convertirse en febril, para acabar a tiempo. ¡Ay, las galeradas!: Diciembre, diciembre, qué pronto me llegas. Me los imagino mirando desde la ventana a un horizonte de azoteas, cuando no al edificio de enfrente, con ensoñación, digamos, entre melancólica y esperanzada, momento sublime interrumpido solo por el barboteo de las tripas. 

No logro visualizarlos, sin embargo, conscientes de su mediocridad irremediable, de su vanidad de adosado; tampoco, que de repente, aunque solo fuera por una vez, experimentando una lucidez resplandeciente que rasgara ese velo respecto de una escritura que jamás podrá "devanarse a sí misma en loco empeño" y que solo será capaz de reptar lenta, pesada y babeantemente hacia el olvido, quizá encarnado en la trituradora de papel.

Pero así es diciembre, el mes de la ilusión: un amigo sincero es lo único que les haría falta a muchos para advertirles de que su verdadera vocación es la maqueta y la sinecura, y que la escritura representa solo una excusa para encaramarse a otra altura desde la que lanzarse a honores y reconocimientos institucionales, porque la estima popular jamás la alcanzarán. Todo su esfuerzo se centra en llegar a ser, como diría Luis León Barreto, "cortesanos".

También puede diciembre ser el mes del descubrimiento, pero eso está reservado solo a aquellos que están preparados para el aprendizaje, equipados con bagaje crítico y siempre con la disposición necesaria para experimentar sorpresas estéticas, cognitivas y morales. ¿Una minoría? Todos formamos parte de alguna.






Así pues, esta reseña va dedicada a una novedad de 1930 de la mano de un autor ya experimentado, comprometido con la experimentación literaria y con la indagación del alma humana: William Faulkner.

 Faulkner es de esos autores más conocidos que leídos, tal es mi impresión, entre los lectores. Esto es así porque no es un autor complaciente con el público, no proporciona narraciones cautivadoras a priori ni el estilo es el más indicado para el lector distraído o para un Premio Planeta. Faulkner no quiere seducir, es decir, no pretende amoldarse al gusto ya constituido de lectores conformistas, aunque sea la generalidad. Más bien, pretende mostrar lo que no se quiere ver, y por eso es un novelista de primera categoría: ilumina la oscuridad en la que se gestan los motivos de las acciones perpetradas por los seres humanos, a menudo tan viles, a veces tan heroicos.

Así pues, Mientras agonizo es de esas novelas que hay que descubrir, redescubrir, revisitar (como dicen los cursis, pero que conste que yo también he usado ese palabro, lo reconozco) y volver a recordar. Personajes tallados a martillo y cincel, pero expresados con la finura de un dibujante. Diálogos secos, duros, sin una palabra de más. Pareciera que no hay escritor detrás de la historia (marido e hijos de una recién muerta, Addie Brunden, quieren cumplir con su deseo de enterrarla en el pueblo donde yacen los familiares de esta, a 60 km de distancia), sino que la historia cobra vida por sí misma, como si además no hubiera otro modo de contarla, como si no hubiera otras posibilidades salvo la plasmada en el papel: una acotación en bisel sin fisuras de la que emerge una realidad paralela tan convincente como la misma vida.



Me sigue, muge. Luego el aire caliente, muerto, pálido me vuelve a soplar en la cara. Si él quisiera, podría arreglarlo todo. Y ni siquiera lo sabe. Podría hacerlo todo por mí si lo supiera. La vaca resopla en mis caderas y espalda su aliento caliente, dulce, jadeante, quejumbroso. El cielo se ha posado en la ladera, sobre los secretos brotes. Más allá del cerro relámpagos tiñen la parte de arriba y se desvanecen. Aire muerto envuelve a la tierra muerta en la oscuridad muerta, y fuera de la vista envuelve a la tierra muerta. El aire muerto y caliente pesa sobre mí, y me alcanza por debajo de la ropa. Yo dije: No sabes lo que es estar preocupado. Yo no sé lo que es. No sé si me preocupo o no. Si puedo o no. No sé si puedo llorar o no. No sé si lo he intentado o no. Me siento como una semilla silvestre húmeda encima de la tierra caliente y ciega. (Pág. 59)

Se pone a llover. Las primeras gotas, dispersas, repentinas, recorren rápidamente las hojas y caen al suelo con un largo suspiro, como liberadas de una incertidumbre insoportable. Son como grandes perdigones, calientes igual que si las hubiera disparado una escopeta; se deslizan por el farol con un siseo maligno. Padre levanta la cara, boquiabierto, el cerco negro y húmedo del rapé emplastado a lo largo de la base de sus encías; desde detrás de su boca abierta por el asombro suelta palabras entrecortadas, como si llegaran desde más allá del tiempo, acerca de esta afrenta definitiva. Cash mira al cielo, luego al farol. La sierra no ha callado, el resplandor móvil de sus dientes no se ha interrumpido. (Pág. 68)


Luego habíamos cruzado y nos quedamos allí quietos, mirando a Cash que hacía dar la vuelta a la carreta. Les vimos cómo retrocedían camino abajo hasta donde el sendero se desviaba hacia el cauce. Al cabo de un rato la carreta se había perdido de vista. 
-Será mejor que bajemos al vado y estemos preparados para ayudarles -dije yo. 
-Le di mi palabra -dijo Anse-. Para mí eso es algo sagrado. Sé que usted no lo valora, pero ella le bendecirá desde el cielo. 
-Bueno, creo que tendrán que terminar de rodear la tierra antes de que se arriesguen a meterse en el agua -dije yo-. Vamos. 
-Es el retroceder -dije yo-. No da buena suerte retroceder. 
Estaba allí de pie, encorvado, mohíno, mirando el desierto camino de más allá del puente que se balanceaba y estremecía. Y esa chica, también, con la cesta del almuerzo colgada del brazo y el paquete debajo del otro. Como si fuera a la ciudad. Decididos a ello. Se enfrentarían al fuego y a la tierra y al agua y a lo que sea con tal de comer una bolsa de plátanos. 
-Deberían esperar un día -dije yo-. La riada disminuirá algo por la mañana. Puede que esta noche no llueva. Ya no puede crecer más. 
-Se lo prometí -dice él-. Ella confía en mi palabra. (Pág. 118)


Por la tarde cuando terminaba la escuela y se había marchado el último niño sorbiéndose los mocos, en vez de irme a casa iba colina abajo hasta el manantial donde podía odiarles con tranquilidad. Entonces allí se estaba en silencio y el agua brotaba y se marchaba tranquilamente y el sol se colaba oblicuo tranquilamente por entre los árboles y olía tranquilamente a hojas húmedas y medio podridas y a tierra nueva; en especial a principios de primavera, que era cuando era peor.(...) Siempre andaba buscando ocasión de encontrarles en falta para así pegarles. Cuando la vara caía, la sentía en mi carne; cuando les levantaba verdugones y cardenales en la piel, era mi sangre la que corría, y a cada palo pensaba: ¡Ahora sabéis quién soy yo! Ahora soy algo en vuestras vidas secretas y egoístas, yo que he señalado vuestra sangre con la mía para siempre. (Pág. 144)



Por tanto, no es una novela fácil, como ya hemos apuntado, pero quién dijo que lo fácil es sinónimo de bueno. A veces, gusta más lo que se consigue con esfuerzo, la recompensa que se obtiene, mejor, que se va obteniendo, a medida que se progresa en la lectura, cuando en esta narración narrada desde diversos puntos de vista, desde distintas voces, con esas digresiones temporales y cambios de lugar tan faulknerianos, la sequedad y el barroquismo, la sencillez y el lirismo se funden en la mente. Esta sí que es una novela en la que el lector "ensambla" partes (puntos de vista) para llegar a una unidad superior. Un proceso en que es sencillo sumirse, un rato al menos, en la confusión si no se lee con la atención que merece. 

 No obstante, tampoco quiero dar a entender que se necesita un doctorado en Filología para leerla (o estudiarla) con placer. Sólo que no esperen una novela lineal de aventuras o de novela negra con héroes y villanos claramente delineados o de estilo sencillo con frases sujeto+verbo+predicado y vuelta a empezar. También es aceptable que a uno no le deleite el estilo de este escritor, siempre que, como en todo, uno sea capaz de explicar el por qué y no se quede en la excusa del mero gusto, por perezoso. 

En este pueblo, en definitiva, estimamos mucho a Faulkner.



P.D. El traductor es Mariano Antolín Rato, que debe haber trabajado lo que no está escrito para traducir a Faulkner.


domingo, 12 de agosto de 2018

'Abismo', de Leandro Pinto

Tras mi desastroso, por tedioso, encuentro con el penúltimo clásico de la literatura canaria, Los puercos de Circe, de Luis Alemany, decidí cambiar de género de un modo extremo. Así soy yo, un tarambana literario sin oficio ni beneficio. Lo cierto es que mis experiencias con esa literatura setentera canaria han sido paupérrimas, profundamente decepcionantes. Recordemos, si no, Malaquita o, en menor medida, Las espiritistas de Telde

¿Por qué en unos casos decidí escribir reseñas y en el último, no? Quizá porque en los dos primeros casos consideré que era necesario escribirlas, en ese momento concreto, y ya, no. Y la menguante paciencia, claro está, que es un factor que no hay que minimizar. A fin de cuentas, estoy muy a favor de desacralizar. Oigan, ¿por qué demonios hay que leer El Quijote todos los años públicamente en actos institucionales? ¿Por qué nos tiene que gustar? ¿Quién dicta el gusto? Imagínense, no es mucho imaginar, que ocurriera algo parecido, por iniciativa del Gobierno de Canarias o del Cabildo, con, por ejemplo, la Comedia del Recibimiento Y lo mismo con Benito Pérez Galdós. No sé qué pensaría este buen señor y prolífico novelista de que lo hubieran institucionalizado en su ciudad natal, de tal modo que casi parece un santo ante el que ofrecer exvotos. En vez de estudios galdosianos, parecen hagiografías galdosianas. Solo señalo que es muy posible que no todas sus novelas fueran magníficas. Tal vez solo unas cuantas. Que como dramaturgo no era sobresaliente. Ni siquiera Electra, por mucho escándalo y conmoción política que ocasionase en su tiempo. Que también es posible que si no hubiera tanta gente viviendo de Galdós para "perpetuar su legado" quizá se le leería de otro modo. Es posible que hasta más, porque, al menos en mi caso, no hay nada como que un autor reciba la bendición oficial para considerarlo sospechoso. 

Al menos, Galdós no es culpable: ya estaba bastante muerto cuando comenzó el proceso de momificación. En cambio, tenemos otros artistas que no esperan a morirse: ellos mismos negocian con las instituciones políticas todos los detalles del embalsamamiento, y mejor si reciben algún dinerillo público mientras tanto, cuando no una fundación y un castillo en La Isleta o la restauración de su propia casa en Agaete.

Luego está, merece una entrada aparte, el político cuyo nivel más alto de abstracción consiste en intuir el concepto de cohesión social, que a su modo se resume en que por apoyar a la luminaria local, por gracia de birlibirloque se unirá a la población sentimentalmente de algún modo u otro. No hay nada como la cohesión. Puede ser que el paro, la pobreza, la desigualdad la degradación de la escuela y sanidad públicas, la contaminación y otras menudencias hagan estragos en la población, pero nada como un equipo de fútbol o de baloncesto y un poco de cultura y festejos para que alejemos el espectro de la anomia social, para que todos hagamos piña, para que nos sintamos cohesionados. 

No pueden ser sino estúpidos o malvados. 

Pues con la literatura setentera canaria tengo la misma impresión que la de encontrarme ante una hornacina: aquellos jóvenes autores, merced a sus posiciones de poder y prestigio, tanto en la política oficial como en los medios de comunicación, no han dejado de tutelar la opinión pública literaria para ocupar aquella. Es posible, y solo digo posible, que su autopromoción mediante recursos que no estaban a disposición de otros menos afortunados o astutos haya sido la causa de que hoy en día sigamos hablando y escribiendo de ellos y de su obra. Es posible, y solo digo posible, que la producción novelesca canaria haya sido en general bastante mediocre, al menos la de estos autores, pues de la invisible no puedo hablar. ¿Quién lee hoy a Juan-Manuel García Ramos? ¿Quién, a Luis León Barreto? ¿Quién, a J.J. Armas Marcelo? ¿Quién, a Emilio González Déniz? ¿A quién importa lo que escriba Juan Cruz? Por citar unos cuantos, quizá los más preocupados por sí mismos. La pregunta no es solo si han dejado huella literaria, si abrieron el campo literario con su perspicaz observación, con su originalidad narrativa o con su insólito ángulo de visión, sino también si aportaron algo a la comprensión del ser humano, que parece que es lo más importante que puede aportar la literatura.

En fin, vayamos a lo nuestro:






En esta ocasión, tenemos Abismo, de Leandro Pinto. Se anuncia como una novela de horror o terror o algo parecido. Sin embargo, salvo un truculento, desagradable y pormenorizado relato de una relación de muy malos tratos, que bien podría considerarse terrorífica, nada parece sobrenaturalmente escalofriante al principio. Dado que la contraportada del libro comenta algo de "locura y horror absolutos", es legítimo que considerara que hasta el primer tercio del libro (que no es muy largo, unas 150 páginas) mis expectativas se estaban viendo frustradas.

Esta primera parte es, digamos, de corte realista. Dentro de los parámetros de todo simulacro de la vida, la protagonista piensa, come, bebe y habla como una persona normal que, en determinado momento, conoce a otro protagonista: un policía que la seduce y luego la viola, la folla y la apalea con variable intensidad y frecuencia. La protagonista se excita, según ella misma, por este tipo de ritual sexual. A continuación, tras el previsible suceso luctuoso, comienza lo macabro de verdad: hay muertos en proceso de descomposición que actúan como si estuvieran muy vivos en el manicomio a donde la envían. O parece que la envían. Después pasan cosas, todas muy desagradables, sin duda.

Sin embargo, Leandro Pinto tenía la intención de escribir una novela de terror, no simplemente una novela desagradable por los litros de sangre derramada o los kilos de carne putrefacta. Ese es el problema: miedo, miedo, lo que se dice miedo, no causa. Apunto una razón para ese fracaso: los hechos se narran no solo en su crudeza, sino, digamos, de frente, sin dejar espacio, resquicio siquiera, para la duda, para la inquietud ni la zozobra. El argumento en sí, aunque tampoco sea la cumbre de la originalidad, habría valido, pero quizá la ausencia de ambigüedad (y eso que el punto de vista de la narración, en primera persona, podría haber contribuido fácilmente a esa bifurcación entre, digamos, la realidad y el punto de vista del personaje) sea uno de los motivos. Con una construcción psicológica más fina, la narración podría haberse beneficiado de ella. Sin embargo, la protagonista no para de contar y contar con todo tipo de detalle lo que ocurre. Pasan cosas, luego otras, y así hasta el final. A veces, incluso, aburre, aunque la mayor parte del tiempo se lee sin demasiado esfuerzo.

Asimismo, en cuanto a la construcción del personaje principal, dado que la narradora, Cristina Villar, es una joven de lo más común, me pregunto cómo puede describir o comparar cosas de las que difícilmente tendría experiencia alguna. Al menos, que concuerde con lo que nos cuenta de ella. Por ejemplo:


Otra cosa era el olor: una peste viciada que hacía pensar en osarios seculares, en criptas abiertas a los ojos humanos tras un conjunto maléfico, en bóvedas mortuorias profanadas por la avidez necrófaga, en tumbas removidas con palas y picos, en ataúdes rotos que desprenden su pestilencia gaseosa en un espacio cerrado. Olía a cementerio y a crisantemos podridos. A coronas de flores carcomidas por la intemperie y el paso del tiempo. A pétalos resecos y crujientes. A mortajas humedecidas por los fluidos de la muerte. A cirios a medio derretir. (pág. 81)

Salvo que, repito, la protagonista se dedicara a algo así como profanadora de tumbas, fuera Bram Stoker o alguien parecido, es dudoso que hubiera podido escribir ese párrafo. Aquí, en cambio, un narrador en tercera persona, exterior al personaje, sí que hubiera podido escribirlo, sin extrañeza para el lector. Esta extrañeza provoca, claro está, un distanciamiento que tampoco contribuye al clima que se pretende crear.

Por otro lado, aunque el autor hace gala de un vocabulario amplio, a veces incurre en imprecisiones semánticas, como, por ejemplo, denominar "fechoría" a un crimen o asesinato, o "psíquico" por "psicológico". O considerar sinónimos "observar" y "contemplar", y más. También choca que denomine a un centro psiquiátrico "manicomio", pero en la misma frase utilice "centro penitenciario" en vez de cárcel, o que escriba "la típica lluvia de invierno", o el uso profuso de "cierto", que hace que llegue a odiar el adjetivo. También, cómo no, algunos latiguillos en la expresión tipo "la tragedia nos golpeó con dureza", "lobo con piel de cordero", "pozo de sufrimiento", "piernas como columnas dóricas" (¿por qué no jónicas o corintias, o románicas?), "estampido ensordecedor", "silencio sepulcral", etc. También el tópico encuentra su topos al describir el manicomio:


"Era una casa de tres plantas con altillo, amplia y antigua, de aspecto casi amenazador. Se erguía firme y orgullosa bajo la lluvia torrencial, como un castillo medieval en medio de una colina. Sus ventanas enrejadas parecían ojos amenazadores, con unos aleros de teja gruesa que semejaban unas cejas pobladas, de talante opresor. Era, en cualquier caso, una construcción señorial, una de esas casas que inspiran respeto por su aspecto de edificación encantada, y en cuyas habitaciones una imagina oscuras liturgias, ritos satánicos, suicidios sangrientos, infortunados accidentes mortales". (pág. 74) 

Aparte de esta descripción, que habremos leído y visto dos millones de veces, uno vuelve a sentir extrañeza por cómo Cristina Villar podría tener experiencia alguna de "oscuras liturgias" y de "ritos satánicos", como ya señalé antes. Finalmente, la conclusión moral al término de la novela tampoco me resulta convincente. Después de todos los avatares de la protagonista, el lector se queda huérfano de emociones, vacío de interpretaciones. Quizá es lo peor que se pueda decir, si uno aspira a que la literatura sea más que entretenimiento. Creo que no basta con sentir el impulso, las ganas o la pasión de escribir. Hay que responder también a la pregunta de para qué.

Como conclusión, me da la impresión de que el autor, de un modo u otro, quizá sin ni siquiera ser consciente, rinde homenaje a la literatura (y cinematografía) de terror que le precede, pero sin ser capaz de añadir nada nuevo: una trama o una perspectiva original que fuera capaz de tocar esos resortes de la mente humana capaces de sumirnos en el miedo o, ya que hablamos de literatura, de gozar en el miedo. Su ritmo narrativo se mantiene firme y no desfallece, lo que está bien, pero sin duda no es suficiente. Tiene ante sí un proceso de depuración estilística que no debería demorar y un afinamiento en el punto de vista narrativo que también considero urgente si es que quiere que sus historias adquieran mayor solidez y también mayor sutileza. Energía no le falta, desde luego.












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sábado, 9 de junio de 2018

La crítica, la perseverancia y Màxim Huerta

Leyendo en un periódico local, el pasado viernes las declaraciones de un dramaturgo, me encontré con estas palabras: "Antes, era crítico el que escribía en un periódico, hoy con Internet lo es cualquiera". Entiendo que era la expresión de una queja, un lamento no mera descripción de la actualidad. Era, quizá, la nostalgia por un tiempo en que todo estaba un poco mejor ordenado: la creación, la producción, la distribución y la crítica. Esos tiempos han pasado, para lo bueno y para lo malo.

Es cierto que la posibilidad que ofrece Internet de publicar lo que uno desee efectivamente democratiza la esfera pública. De eso no se puede dudar: hasta su advenimiento, los medios de comunicación eran los exclusivos guardianes de dicho espacio y propagadores por excelencia de la opinión pública, a cuya formación contribuían desde una posición de fuerza. Medios, no olvidemos, que solo eran posible con una aportación intensiva de capital: instalaciones, máquinas, materias primas, además de trabajadores en distintos ámbitos: impresores, linotipistas, teclistas, fotógrafos, periodistas, etc.

Hoy en día, aunque solo hasta cierto punto, no es así. Internet democratiza, es cierto, pero solo en la posibilidad de presentar al público, sin necesidad de grandes inversiones de capital, por ejemplo, un blog con opiniones propias sobre cualquier asunto. Por otro lado, también es cierto que unos cuantos blogs (de la temática que sea) reciben más visitas que todo el resto junto. Además, los medios de comunicación tradicionales tienen casi sin excepción su propia página web, con lo que el lector habitual de la prensa de papel puede encontrar sus cabeceras favoritas en la red. Asimismo, esos cuantos blogs/páginas que disfrutan de prestigio y esos medios de comunicación ya conocidos, por la propia arquitectura de la red y de los buscadores retroalimentan su posición de liderazgo. Es decir: una página que recibe miles/cientos de miles/millones de visitas aparecerá en las primeras páginas del buscador y tendrá más enlaces, lo que provocará que más nuevas visitas se unan a las anteriores. Además, hay que señalar que tampoco el capital ha desaparecido: cuantos más medios se disponga para elaborar una página web o un blog más atractivo será para el público potencial: el llamado coste del primer ejemplar, que antes, obviamente, solo se aplicaba a productos físicos.



En los regímenes comunistas, las sufridas ciudadanas hacen largas colas para proveerse de los alimentos básicos.


El lado positivo, teniendo claro lo expuesto, es que, en cualquier caso, el monopolio se ha visto desafiado, aunque mantiene la posición de privilegio. Algo es algo. Así, por ejemplo, en el ámbito local, y en lo que nos interesa, que es la literatura, habría sido casi imposible encontrarse con críticas u opiniones como las que llevo exponiendo en este blog desde hace año y medio. Vendettas aisladas aparte o riñas insólitas entre escritores (recuerdo una entre un poeta ahora muy popular y una catedrática de Filología de la ULPGC, aunque antes de Internet, y esta protesta, que casi enternece, de Luis León Barreto, publicada en su propio blog), lo habitual, lo sistémico haya sido la oda a la riqueza literaria archipielágica, el ditirambo a cualquier cosa que se publique en las Islas y el buenrollismo bucólico-pastoril de puertas hacia afuera entre escritoras y escritores de segunda, tercera o última fila. Si fuéramos a hacer caso a la TV Canaria (también a su radio o a cualquier emisora de las Islas) o a la prensa local, Canarias estaría poblada por gigantes de la Literatura, cuando no de promesas rutilantes a la que les aguardaría un no menos brillante porvenir. Rodeados, eso sí, de hardcore-fans o de lectores rendidos a su genio. En un plano cultural general, es lo que Javier Moreno Barreto ha acuñado como maravillosismo, fenómeno omniabarcador y sumamente incluyente: lo incluye todo y a todos y viva la canariedad y lo nuestro, y si de paso cae alguna subvención, mejor. Pero de eso ya se ha hablado en este blog (y en este) de modo reiterado.

Tradicionalmente, y tal como han señalado, entre otros, Pierre Bourdieu, la función del crítico en el campo cultural estaba bien delineada, y no era precisamente negativa. El crítico, tanto literario como de arte, protegía, cuidaba, patrocinaba y, en definitiva, actuaba de mentor de artistas y escritores a los que el gusto predominante de la época solía marginar. Así, el crítico de arte/literario/editor/marchante contribuía a modelar esa esfera pública, fomentando nuevas expresiones y perspectivas artísticas a las que no estaba acostumbrado el público de la época. Esa crítica se hacía, como es obvio, desde revistas especializadas, suplementos de los grandes medios o desde su propia columna de opinión. Es curioso cómo en España, con las consabidas excepciones, lo que ha predominado es la promoción descarada de los autores que publican en una editorial perteneciente al mismo conglomerado mediático propietario del medio de comunicación o el interesado apoyo mutuo de escritores/as-reseñadores/as en su esforzado deambular hacia la esquiva gloria. En el ámbito local, sencillamente, a estas alturas y hablando con franqueza, doy por sentado que la crítica desde un medio de comunicación tradicional deviene imposible o, en el mejor de los casos, efímera. Demasiados intereses entrecruzados, demasiados favores y demasiadas deudas. No es por nada que, como reacción defensiva, estos medios se pasen día sí y día también escribiendo sobre la pérdida de calidad periodística que suponen los medios alternativos (es decir, todos los que no sean ellos en Internet).


Un mundo sin rostro. Si amplían la foto, hay sorpresa.


Es por eso por lo que, por pura indignación y por intentar que la esfera pública fuera algo diferente, por intentar cambiar un poco las cosas, creé el Polillas. Nadie podrá llamar a un director para quejarse de la crítica ni para intentar expulsarme del medio, y como no pertenezco al mundillo literario, nadie tendrá la posibilidad de seducirme con favores ni chantajearme con amenazas. Como máximo, me escribirán para reprocharme de mejor o peor manera la crítica recibida, lo que, por otro lado, me parece bien. Lo cierto es que en este año y medio, las comunicaciones directas que he recibido  (incluidos algunas/os autoras/es reseñados) han sido casi siempre corteses, cuando no elogiosas. Otra cosa es que lo hagan público, pero entiendo que tampoco está el mundo para heroicidades en lo cotidiano, aunque soy dado a pensar que, en numerosos casos, el peligro proviene del exceso de imaginación y de las aspiraciones sin fundamento.

Podrán preguntarse qué tiene de extraordinario este blog, qué de talentoso. Les adelanto que nada: lo realmente extraordinario es que sea extraordinario, es decir: raro, insólito, que incluso sea original... Lo que de verdad debería extrañarles es cómo toda esa gente extraordinaria con extraordinario talento para la escritura, con extraordinaria capacidad para la crítica, cómo todas esas generaciones de extraordinarios filólogos criados en nuestras dos extraordinarias universidades hayan sido incapaces o no hayan tenido la voluntad de gestar un solo medio crítico de verdad, una sola plataforma que arramblara con todo y con todos, que develara la profunda y pegajosa podredumbre literaria y moral que anida en esta república de las letras y de la industria cultural en general (excepción que yo conozca: el mentado Javier Moreno en su columna de crítica de música clásica en el Canarias7, fulminada hace ya años).

Por supuesto, que la crítica debe aplicarse a todo. Un blog de crítica literaria, o, si quieren considerarlo así, de impresiones subjetivas de lectura, es tan merecedor de crítica y de reproches en cuanto a su contenido como el libro objeto de las reseñas. Lo importante, creo yo, es que nos acostumbremos a ella, a la crítica, por muy acerba que nos parezca.

Está por ver que los/as escritores/as de cierta relevancia, proyección o reconocimiento, tan acostumbrados al almíbar, al intercambio de favores (qué bonita es la amistad) y a un ambiente periodístico-cultural exageradamente condescendiente, y también los diletantes, los/as jóvenes, los treintañeros/as que comienzan a angustiarse, y en general todos los aspirantes a suceder a los primeros sean capaces de aceptarla. ¿O acaso son tan débiles, tan frágiles, su literatura tan pobre, tan escuálida, tan mediocre que no soporta la mínima inspección, la menor revisión? 

No duden de mi perseverancia.



P.D. Gran parte del mundillo artístico-literario y del opinador de la cultura, en general, ha reaccionado de modo un tanto agreste contra el nombramiento de Màxim Huerta como Ministro de Cultura. Varias cosas, al respecto: a) Escribir buenas novelas, o muy malas, no le capacita o incapacita a uno/a para un cargo público, salvo que entre los requisitos del cargo conste la obligación de haber escrito un par de obras maestras. Tampoco creo que hasta ahora sea excluyente haber estado en un programa de TV infame ni da puntos haber presentado un telediario; b) Dado que no es abogado del Estado, notario o haya pasado alguna oposición de esas, ni tampoco ha ganado el Nobel, parece que el Sr. Huerta no suscita demasiado respeto, por lo que intuyo que muchas personas del mundillo cultural, más o menos progres o cercanas al PSOE, habrán pensado: "¿Por qué él y no yo?", con el consiguiente resentimiento; c) Ignoramos todos los grandes planes para la cultura que tienen el PSOE y el Sr. Huerta, así que será mejor juzgar su labor durante o después. Al pobrecillo no le ha dado tiempo ni a elegir ambientador para el despacho; d) La gran pregunta, por muy escandalosa que pueda parecer, es si en realidad necesitamos Ministerio de Cultura. Otra buena pregunta es para qué

Respecto de d), cada día que pasa se refuerza mi convicción de que a eso que llaman cultura se le crea un ministerio y se le destinan fondos del erario cuando el Estado y la sociedad se dan por vencidos, por derrotados definitivamente, me atrevería a decir, respecto a asuntos de la máxima importancia en un país que se dice democrático: 1ª) La pobreza; 2º) La desigualdad. En ellos están subsumidas las diferencias respecto del acceso a la Educación y a la Sanidad, sin ir más lejos; y la existencia del paro y de la precariedad laboral. Así, una gran parte de la población está marginada y excluida, sin perspectivas de futuro y con un presente miserable. Frente a eso, frente a las condiciones de vida de nuestros compatriotas, de nuestros paisanos y de nuestros vecinos (por no hablar de la posibilidad de llevar a cabo planes de futuro que vayan más allá de la mera subsistencia), todas esas preocupaciones sobre gestión cultural, industrias culturales, red de museos, estado de la ópera y de los festivales de música, etc. (así también podríamos criticar del mismo modo todo ese gasto militar opaco  y exagerado, por ejemplo), dan la impresión de ser nimiedades, bagatelas, asuntos que tienen más de vergonzosa propaganda institucional y política (que se plasman en ese vocabulario de marketing tipo marca España, marca Canarias, marca Gran Canaria, etc.) que de genuina preocupación por las necesidades de los ciudadanos/as (y de los no ciudadanos/as). Ya está bien de preocuparnos por que Gran Canaria (o Tenerife, o cualquier ínsula Barataria) se sitúe en el mapa mundial del nosequé o creernos que esa otra fundación cultural chirinesca o aquel lírico zoológico de peces será "tractor de la economía" y del más allá. Cultura va a haber siempre, se quiera o no, lo apoye el gobierno de turno o no, haya suplementos en los periódicos oligárquicos o no. Lo que no tiene por qué haber son ministerios de cultura, secretarías de estados de cultura, funcionarios de la cultura, propagandistas de la cultura, gestores de la cultura, ni paniaguados de la cultura. Un escándalo, ese sí cultural, al que nos hemos acostumbrado.

Es evidente que el asunto no se resuelve en un par de párrafos. Respecto del asunto de la cultura, de la industria cultural, del papel del artista, etc., por no hablar del papel económico del arte en la generación de valor en el mercado, en el planeamiento urbanístico y la gentrificación, etc., se han escrito cientos de monografías desde diversos puntos de vista de distintas disciplinas. Yo me limito a hacerles partícipes de un extrañamiento que practico con frecuencia, ese cuestionar la existencia de lo existente, de lo que damos por sentado. En ese sentido, el papel simbólico de la cultura es redundantemente significativo.


jueves, 7 de septiembre de 2017

'Las espiritistas de Telde', de Luis León Barreto

Como habrán podido apreciar, en este blog no siento especial urgencia por comentar las novedades editoriales ni me veo impelido a seguir la corriente de modas o géneros. Por el contrario, me gusta tener un ojo en la actualidad y otro en el pasado, sobre todo en aquellas obras de las que siempre oí hablar y nunca me decidí a leer, ya sea por llevar la contraria o por simple pereza. No obstante, en este momento de la vida, me gusta abordar, en ocasiones, obras clásicas o que pertenezcan, por lo que sea, al repertorio de lecturas obligadas si se quiere conocer la literatura canaria, española, mundial, etc. Tal es el caso de Las inquietudes del Hall o, como es el caso de esta reseña, de Las espiritistas de Telde. 

Suele ser común que determinadas obras, una vez entran a formar parte del canon literario, se blinden ante toda crítica. En algunos casos, no es que resulten invulnerables, sino que, simplemente, no se vuelve a hablar de ellas y caen en un olvido apacible. Ante otras, solo cabe el elogio o un silencio que a veces aparenta ser respetuoso, aunque no hayan sido leídas por casi nadie. Así pues, surgen varias cuestiones respecto de un canon: ¿es el resultado del poso histórico que ha dejado el consenso más o menos generalizado de críticos y lectores? ¿Es producto del esfuerzo de medios de comunicación afines al escritor de turno, por lo que es posible que no dure más que unas décadas? ¿Son, en relación con lo anterior, todos los cánones mera cristalización de relaciones de poder en el mundillo literario-cultural? ¿Cuál es el papel de las administraciones públicas? ¿Qué pintamos los lectores en todo esto?

Es difícil negar que la obra que nos ocupa esta vez, Las espiritistas de Telde, forme parte del canon literario canario, aunque tal vez sea por mera insistencia. El mismo autor, posiblemente uno de los novelistas más entrevistados de Canarias, se encarga de recordárnoslo cada vez que puede, orgulloso como está de la novela, traducida, según sus propias palabras a cinco idiomas: "Las espiritistas le debo mucho; se ha publicado ocho veces en español y tiene cinco traducciones: rumano, alemán, inglés, italiano y francés." 

Nada que objetar: forma parte del sentido común local que, en Canarias, si a un/a escritor/a no se le ha traducido alguna vez al rumano, no es nadie. Diría que Rumanía posee ese punto exótico (hispanocéntricamente hablando) que otorga prestigio en tertulias resabiadas y en suplementos culturales con ínfulas. Como si el inglés o el francés fueran demasiado normales. Por otro lado, y a título de curiosidad, Luis León Barreto, aparte de los posibles méritos de una obra sin duda ingente, se colocó en el centro de la esfera pública (cultural y canaria, lo que significa que es muy pequeñita) hace unos años cuando declaró que las instituciones públicas no lo apreciaban mucho (no lo habían convocado para una firma de libros en la Librería del Cabildo de Gran Canaria) a pesar de que él era quien era. Provocó gran regocijo entre sus compañeros escritores, que se apresuraron a desmentir que se odiaran, ni mucho menos. Algunos, incluso, como Alexis Ravelo le ofrecieron su silla, etc. Mucho amor, en definitiva, y aquí no ha pasado nada.

Esto viene a colación porque me pregunto en qué medida y por qué un novelista (o artista en general) debería sentirse ofendido por la poca atención que le pueda dispensar el Cabildo o cualquier otra instancia político-administrativa. Digo yo, además, que si se es mundialmente famoso (incluso en Rumanía), poca importancia debería prestarse a los tejemanejes de un concejal de Cultura o a un encargado de una librería (por muy del Cabildo que sea). Es posible, por el contrario, que, como escritor, sepa León Barreto la importancia de los pequeños detalles, y que el olvido de un día signifique el ostracismo para siempre. Así pues, eso me conduce a pensar que el mal endémico de nuestro mundillo artístico-literario local es esa dependencia casi absoluta (salvo alguna excepción) de las dádivas de las administraciones en forma de conferencias, viajes, cursos, firmas, sinecuras, etc., que no puede sino conducir a la sumisión política, intelectual y artística al poder y a quienes los ejerzan en ese momento. En demasiadas ocasiones, es más fácil criticar a Trump, a Rajoy o al capitalismo posfordista que a la consejera/consejero de Cultura del Gobierno de Canarias o al concejal/a de la misma área de cualquier ayuntamiento.

Dicho lo cual, pasamos a Las espiritistas de Telde.





El crítico Ricardo J. Pérez, en Dragaria, se atrevió a escribir, sobre un poemario: "No sé qué decir del poemario Alētheia del sur de Iván Cabrera Cartaya. Si me gustan los poemas o si no me gustan; si son buenos o no son buenos, eso menos." Lo singular no fue tanto esa duda posmoderna como la reacción del poeta cuyo poemario se reseñaba. En un hilo de Facebook mostró su indignación por lo que consideraba una falta de respeto, como mínimo. A continuación, claro, gran alboroto. Ya se sabe que en Canarias si el crítico es crítico, mal asunto. Incluso si la crítica es tibia, incluso si se acaba diciendo que no parece malo del todo el poeta de marras ("un poeta muy interesante"), igualmente se convierte en hereje, potencial galeote. En nuestra Comunidad, la única crítica posible en público es el ditirambo, por muy flatulento que sea. 

Saco a relucir lo anterior porque, según me adentraba en la lectura de Las espiritistas, y que conste que la comencé con buen ánimo y óptima disposición, no sabía si me estaba gustando o no. Hasta que, definitivamente, no. Ya pueden comenzar a rugir por la injusticia y el atropello, y el no hay derecho, hombre.

Vayamos a la novela, pues. Luis León Barreto se basa en unos aciagos y luctuosos hechos acaecidos en Telde, en los que se mezclaron curanderismo, superstición, ignorancia y enfermedad. La novela, en esencia, es la investigación por un periodista de ese crimen perpetrado en 1930, en el seno de una familia venida muy a menos tras el paso de las generaciones.

 A mi parecer, es una historia (o más bien tres) escrita de un modo un tanto atropellado, pero que al mismo tiempo consigue volverse aburrida. La parte digamos histórica, la narración de la decadencia de las sucesivas generaciones de los Van de Walle, interesa hasta cierto momento en que, quizá por el apuro en llegar al corazón de la trama, esta pierde solidez, los personajes dejan de tener cuerpo y personalidad y se quedan en meros nombres que, debido a lo anterior, confundimos unos con otros. No, precisamente, como en la saga de los Buendía en Cien años de soledad, cuya densidad narrativa no tiene nada que ver con la endeblez del relato de Barreto. Sin embargo, esta parte tiene su atractivo (con una riqueza verbal a ratos meritoria) de la que carece, por el contrario, la del escritor peninsular en destacamento, que se esfuerza por describir la capital y otras zonas de la isla con forzada verborrea. Por otro lado, la parte de las sesiones de curandería con el Cubano y la muerte de la niña Ariadna, aun con escenas potentes y bien descritas, da la impresión de surgir de la nada, pasando por alto cómo esa familia de rancio abolengo reniega de la medicina oficial y se entrega a prácticas de santería. El caso es que parece que tenemos que aceptarlo porque sí, lo que no suele ser buena estrategia en una novela (ni en casi nada). Además, aunque las tres historias deberían complementarse de manera natural, la impresión lectora que produce es de fricción, de crujido y de rechinamiento. Quizá falte pausa para enhebrar bien los planos de la narración y un punto de menor regodeo en el lenguaje. En todo caso, acepto el barroquismo, pero denme algo a cambio, por favor, pero que no sea ensimismamiento.

Podría entenderse que la creación del personaje Enrique López sirve al propósito de describir y analizar las complejidades de la sociedad canaria contempladas por un observador externo. Es todo un desafío, porque el autor, al ser canario, no sólo ha de hacer un extrañamiento sociológico-cultural para detectar esas peculiaridades que quiere poner de relieve, sino otro más: debe construir de modo convincente la visión de un madrileño, de un extranjero, al fin y al cabo. Sin embargo, este esfuerzo no logra su objetivo, y el personaje no consigue adquirir consistencia, se limita a ser un instrumento para amplificar la voz del autor, que, en realidad, tampoco tiene grandes cosas que decir. Es más grandilocuente que elocuente. A su lado, coloca a una nativa, Raquel, que apenas si es un sustantivo en las páginas, sin personalidad ni voz propia, mero remedo de Enrique, que no es más que remedo del propio Barreto. Sus excursiones investigadoras no suponen estímulos a la lectura, sino que acaban con la menguante paciencia del lector y los diálogos entre ellos parecen sacados de un repertorio de pensamientos trillados.

Un par de ejemplos:

Página 141.

Mientras trataba de reconstruir la historia casi cincuenta años más tarde Enrique López encontró temor. 
-Es normal: somos un pueblo cosmopolita que recibe al visitante, pero se recela de él -le había advertido Raquel. 
Aunque estaba acostumbrado a ganarse la confianza de sus fuentes, y a menudo lo conseguía, notaba que ciertas partes del relato se le escapaban. Todavía existía el producto lógico de los años de tabú en los cuales algunas cosas se habían extraviado. Por ejemplo, el afán de analizar para luego debatir y contrastar. 
-Estamos al final del siglo veinte -le replicó Enrique-. Son hechos muy conocidos, salieron en la prensa de la época. Incluso se publicaron en el extranjero. 
-No te asombres: ese afán de negar los acontecimientos y de no quererte comentar es una consecuencia de la civilización rural -insistió la joven-. Y de las invasiones, porque el enemigo siempre llega por el mar. 
Había venido por el agua pero se había quedado en aquella punta emergida del ubérrimo continente que llegaba hasta Egipto y habría sido cuna de ciudades donde florecieron las artes. Todo el subsuelo está todavía sometido a fuerzas descomunales y quizá en miles de años acaben de asomar a la superficie nuevas cumbres que confirmarán la teoría. Entonces las ruinas tragadas por el océano volverán a la luz. 
-De todas formas esto se parece a un sueño -dijo Enrique mientras conducía distraídamente-. Esa vegetación, ese transcurrir lento del tiempo, esa calidez. 
Cualquier forastero aprecia el clima más benigno que pudiera imaginarse sobre la faz del planeta. Nación de la fortuna cantada por los clásicos -pensaba. 
-Gente noble y trabajadora. Demasiado emocional quizá, por un maternalismo excesivo. y el que viene percibe que aquí todavía se pueden hacer las Américas -añadiría Raquel.


Página 154.


-Las Palmas es una ciudad-terraza como San Francisco, con condiciones espléndidas entre dos bahías. Eso dicen los arquitectos, aunque entre todos la hemos cortado a cachitos -dijo Raquel apoyada en la baranda metálica que da vueltas; puedes quedarte girando como un trompo en la terraza mientras contemplas el cielo y abajo la lámina sucia del agua, rompiéndose la luna en mil badajo. 
-Pero tiene fuerza. Y la isla desprende la misma sensación de paraíso que pudieras encontrar en el Caribe: la suavidad de la gente, la belleza del paisaje y la explosión de luz. La mejor terapia para quien viene de la gran ciudad, creeme (sic) -dijo él. 
-Quizá sea como un Ave Fénix dispuesta a remontar el vuelo en cualquier instante -añadió Raquel. 
Jardín y cloaca fabricados a toda prisa, sahumerios para ahuyentar el conocimiento de otros mundos allá donde el horizonte es línea tan finísima que nadie pudiera deducir si ha de convertirse en la entrada del cielo y del purgatorio (...).



Asimismo, hay que señalar (aunque supongo que, ya que es una obra de referencia en Canarias, alguien se habrá percatado antes) el irritante descuido en que incurre el autor en lo que se refiere a la coherencia en el uso de los tiempos gramaticales, por decirlo con suavidad.

Un par de ejemplos (la cursiva es mía):


Página 51.


-Pero yo sé de uno que se va a calentar pronto. ¿Te imaginas unas playas con sol, whisky de marca y unas chavalas de aquí te espero? -dice Santiago Areal, su vecino de mesa, especializado en documentación. 
-No caerá esa breva -responde Enrique cuando abre las gavetas, levanta la tapa de su máquina de escribir y coge la Hoja del Lunes para ver en qué lugar queda el Atlético. 
-Vaya partido el de ayer, eh -dijo Santiago-. Si es que pincháis en el peor momento.

Página 70.

Juan Camacho rociaba el cuarto con agua de colonia y esparcía incienso en los cuatro puntos cardinales, pedía le trajeran el azufre por si era preciso expulsarle ese invasor (...). 
También solicitó una escoba para golpearle en las piernas, y la cesta de costura con agujas y leznas. 
Mientras se colocaba a la cabecera, retuerce la cabellera de Francisca. 
-¡Sal, perro maldito! -dijo después de dar pases magnéticos ante sus ojos entreabiertos, cubierta sólo con un camisón de muselina. 
Mandó extender sus brazos y ponerle el crucifijo de marfil en el pecho, y una lámpara de aceite en la palma de la mano derecha. Luego pronunció con energía el mandato: 
-Malos espíritus, malos seductores, salid a doscientas leguas de estos alrededores. 
Pone los ojos en blanco y el desconocido se aleja, ya está volviendo en sí. Limpian la saliva de entre los dientes y Jacinto dice alabado sea Dios, rezan el Credo y al final abre los ojos, la besan, ríen con ella. 
-Está libre porque el mal se asustó al contemplar las dimensiones de nuestra fe -afirmó Juan Camacho-. Por eso ha preferido ir a posarse en otro cuerpo, lejos. 
-Pasó el peligro -insiste Jacinto-. Ya vamos estando protegidos. 
-Tendremos pruebas más difíciles -concluyó Juan Camacho-. Pero las iremos superando.

Etc., etc., desde el principio hasta el final. ¿Errores de principiante? ¿Intento poco convincente de experimentación? Recordemos que el autor tenía alrededor de 31 años cuando publicó la novela y, aunque la industria editorial española es algo más antigua, la figura del corrector es una rara avis, cuando no directamente un estorbo o una complicación. Tampoco se nos puede olvidar que hay párrafos en el que el diálogo señalado por guiones sigue sin ellos y reaparecen al final, como el del campesino y Enrique López, en las páginas 121-122 quizá aspirando a algo parecido al flujo de conciencia o a un estilo indirecto libre. ¿Menudencias? Quizá. ¿Se lo puede permitir una obra que aspire al rango de Literatura, de Arte? Eso ya es más que dudoso.

En todo caso, resulta una mirada poco complaciente con Canarias, con Gran Canaria, en particular, tanto respecto del pasado lejano como del momento en que se escribió, lo que demuestra, todo hay que decirlo, cierto valor, tan acostumbrados como estamos a la idealización empalagosa o a la glorificación banal. No es poco, es incluso encomiable, al igual que el trabajo de investigación previo, que habrá sido hercúleo, pero me temo que no suficiente.

En fin, una novela que avanza a trompicones, que se empeña en abreviar lo interesante y en alargar lo tedioso, que llega en ocasiones a ser insoportable, con cierta artificiosidad en el estilo. En ningún momento llega a satisfacer las expectativas que la fama precedente había suscitado.



P.D. (I) Es posible, volviendo al asunto del canon, que su inclusión en él (aunque no se sepa muy bien por quiénes, tema para debate), y lo señalo como mera posibilidad, podría venir dada por el contexto histórico en el que una joven democracia, por así llamarla, en Canarias necesitaba renovar y afirmar una identidad en exceso folclorizada por el franquismo y en el que jóvenes literatos en aquel entonces como Luis León Barreto, Emilio González Déniz o Juan Manuel García Ramos, entre otros, ofrecían una nueva mirada a la sociedad (las sociedades) de las Islas, y fueron así recompensados con premios y galardones de todo tipo. 

P.D. (II) Aquí, un artículo de Juan José Delgado sobre la novela, y aquí otro que habla de maestría y tal.