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jueves, 18 de noviembre de 2021

'Garajado', de Ernesto Rodríguez Abad

El pasado 14 de noviembre, estaba yo perdiendo el tiempo un rato en Twitter cuando apareció ante mis ojos el siguiente tweet: 


🗣¡Comunicado oficial! Nos está llegando información de que algunos de nuestros colaboradores venden los libros que les regalamos para reseñar a través de sitios como Wallapop. Esos libros son gratuitos y está prohibida su venta. Abrimos hilo...



Y sigue hilo:

Ediciones Arcanas

Ni siquiera nosotros podemos venderlos, ya que son exclusivamente para promoción. Para nuestros colaboradores actuales y futuros, si una vez leído el libro no os gusta o no lo queréis conservar porque no tenéis espacio o por cualquier otra razón
lo podéis regalar a alguien para que lo aproveche o donar a bibliotecas públicas o de institutos, pero en ningún caso venderlo. Nos parece una falta de ética vender algo que se usa exclusivamente para promoción.


Todo esto suscita numerosas cuestiones. Por ejemplo: ¿Qué es un "colaborador" de una editorial? ¿Qué significa que "un colaborador" escriba reseñas sobre el libro regalado? ¿En eso se sustancia el verbo colaborar? Y también: ¿Qué nivel de cutredad hay que tener encima para que este "colaborador" decida vender los libros regalados para sacarse un dinerillo? ¿Cuándo hemos normalizado esta indecencia?

Además, fíjense que pronto pasamos de "escribir reseñas" a "promoción", con lo cual queda develada la verdadera intención de esta práctica dadivosa. Mi opinión es que, entre líneas, se puede leer: "Si te regalo un libro, colaborador, es para que, no haría falta decirlo, le dediques elogios y bienaventuranzas en tu espacio". Por lo que se ve, una práctica normalizada.

No olvidemos el nivel de desprestigio que soportan los medios de comunicación y, por sus propios merecimientos, los cuadernillos dedicados al arte y la literatura. Los periodistas culturales serios han sido los grandes damnificados, claro, sustituidos en su gran mayoría por "colaboradores/as" que habitualmente no cobran y, que, por tanto, buscan su recompensa en forma de presencia mediática o ese tipo de meritaje que consiste en estar siempre para que te llame quien sea. La esperanza que los/as anima es encontrar una suerte de olla llena de monedas de oro al final del arcoíris. A esto, añadámosle Internet y la eclosión de espacios (paginas web, blogs, redes sociales) que han medrado y que tanto han contribuido a la precarización de los espacios culturales tradicionales en los medios como se han beneficiado del desprestigio que estos mismos se habían procurado con sus prácticas cuando eran todopoderosos. 

Es por ello por lo que cuando algún/a autor/a me ha ofrecido gratis algún libro suyo, siempre me he negado, y si alguna editorial lo bastante despistada se le ocurriera hacerme una propuesta de colaboración, la mandaría a tomar viento, como poco. La libertad que da comprar un libro es que como comprador tengo todo el derecho a criticar su contenido, si tal es mi deseo. El dinero duele, sobre todo cuando se gasta en algo que uno considera que es de mala calidad. Es de lamentar que mi actitud, que considero la única lógica para un reseñador cuyo capital consiste en el conocimiento de la materia y en la honradez en el juicio, no sea la norma. Me asombra, aunque sea práctica corriente, que un reseñador publique en algún suplemento un análisis de una novela no publicada. Imagino que la editorial le habrá facilitado un ejemplar para esa reseña. Se deduce que si la editorial incurre en esta operación no es para que el reseñador de turno realice un análisis cuidadoso y argumentado que tenga como resultado una crítica negativa. Llámenme suspicaz.





Garajado, del escritor tinerfeño Ernesto Rodríguez Abad, tiene como argumento la huida de un joven sindicalista de la CNT tras lo que parece ser la caída de la República en Canarias, aunque no se mencione de modo explícito. Así, durante gran parte de la novela, el protagonista principal vive su huida como un proceso en el que se dan de modo sucesivo la revelación, el desafío y el desaliento ante un poder incansable en su búsqueda, simbolizada por la Guardia Civil y, posteriormente, el somatén.

La novela posee el interés, aunque sea tema ya tratado tanto en la novelística como en la filmografía de nuestro país, de recordarnos y de revelarnos (ahora que nos creemos instalados eternamente en un sistema que, aunque de manera imperfecta, protege los derechos individuales propios de una sociedad abierta y democrática) la posibilidad de que, más o menos de repente, nos encontremos en el lado equivocado de la Historia o, expresado de modo más primario, en el bando perdedor como resultado de una crisis o conflicto como ocurrió para muchas personas con el golpe de estado fascista de 1936 en España y, en particular, en Canarias.

No obstante sus posibilidades argumentales y dramáticas y con un uso del lenguaje que por lo general es suficiente para sus objetivos, la novela no logra elevarse más allá de ser un relato reconcentrado de esa huida y escondite del protagonista. Los personajes que aparecen solo ofrecen breves destellos de sus posibilidades. Están bien, en cuanto a que muestran su propia personalidad, pero el autor no les da carrete, no es capaz o no tiene el deseo de que se desarrollen. Tanto la hermana Rosaura como Chona, María la niña, Daniel Calmita o Maribel, el cura o ese personaje siniestro del somatén, todos ofrecen un atractivo indudable que el autor logra imprimir en unas pocas líneas. Estoy seguro de que un mayor desarrollo de estos y su imbricación argumental habrían contribuido a crear una novela no solo mucho más extensa y completa, sino también más fina en cuanto a la creación de un universo de caracteres de esa Canarias, de esa isla innombrada, bajo la incipiente dictadura.

También podríamos señalar que, no obstante su terrible situación, el protagonista, perseguido por el Estado y forzado así a una misantropía involuntaria, se encuentra arropado por la complicidad no sólo de la familia, sino también de buena parte de los vecinos, ofreciendo, por tanto, una visión sesgada (de forma favorable) de la sociedad de aquella época. ¿Cuántos de nosotros no seríamos cómplices de un nuevo estado de cosas? ¿Cuántos apoyaríamos con nuestro silencio y pasividad a un régimen autoritario o totalitario? ¿Cuántos, incluso, nos reconvertiríamos de ciudadanos demócratas a súbditos anhelosos de servir? ¿Cuántas traiciones, grandes y pequeñas, no se cometieron, no se cometerían? Cierto maniqueísmo desnivelado en la construcción de personajes nos hurta estas preguntas difíciles.

Asimismo, aunque el lenguaje empleado es un tanto reconcentrado, por no decir repetitivo, ya que los monólogos del personaje, o tal como nos los relata el narrador en tercera persona tienden a incidir en lo mismo ya sea en los sentimientos ya en el vocabulario. En cierto momento, se nos informa de que han pasado años, pero tengo la impresión de que el personaje solo ha cambiado en que está más amargado. Los hechos externos como su emparejamiento con una mujer con la que tiene una hija también nos informan del paso del tiempo, pero la sensación que tenemos es de una estampa repetida apenas con alguna variación. También, hay asomos de cursilería en algún momento y, en otros, escasos, menos mal, parece que hay un empeño en ser grandilocuente o intenso sin que la semántica acompañe. Los diálogos son hechos a base de frases cortas cuando no de una o dos palabras. Alguna frase desentona, pero por lo general, salvan bien las escenas. 


Nadó muy despacio para no levantar ondas ni hacer ruido. Trepó como un lagarto pegado a las rocas. Lento, para no atraer la mirada de aquellos que, a lo lejos, andaban entre los callaos grandes. Al fin llegó a la cueva. Entró y se vistió sin secarse. La ropa húmeda se pegaba a la piel. Sintió frío. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Oyó una risa alegre a lo lejos. Tenía hambre y las ganas de fumar lo ponían algo nervioso. Se le había acabado el tabaco. Se agachó y buscó algo de comer en la caja de cartón que estaba a sus pies. No comprendía su reacción, pero los nervios aguzaban el hambre. Mordió con fuerza y rabia unos tomates algo verdes, que era lo único que le quedaba. El rostro no expresaba nada. Sus ojos se agrandaron. Eran como faros que reaccionaban ante el peligro. Parecía un gato al acecho olfateando, crispado, presintiendo la amenaza. Se agazapó contra las rocas picudas de la pared de la cueva. Llegaron hasta él nuevas risas y palabras sueltas. Los buscadores de burgados se acercaban. Aguantó la respiración. Tragó el último trozo de tomate que masticaba. Le temblaban las manos. Musitó unas palabras casi imperceptibles. (Pág. 51)


¡Señora! 

No des voces. 

Que vengo cansada... 

No grites. 

Todo el día del coro al caño, del caño al coro, del coro al caño, del caño... 

Mira que te vas a equivocar... 

Del coro al caño, del caño al coro, del coro al coño. 

¡No te lo dije! 

No habrá oído algo que no supiera. 

¡Mujer! 

¡Vamos! Ayúdeme a cazar a estos salvajes. 

Voy. 

Luego tenía que ayudarla a atrapar a los pequeños como si fueran conejos y quitarles la ropa lo mismo que se despelleja a una pieza de caza. (Pág. 69) 


Ella le había regalado los únicos momentos dulces de aquel tiempo tortuoso que le había tocado vivir. Disfrutaban el momento como si no hubiese posibilidades de pensar en el mañana. Atrás quedaban sufrimientos, dudas, miedos. 

La expresión de la cara cambió a un rictus serio. Estaba en el presente, en medio de la desértica costa. No se podía hacer planes a largo plazo. Dejó los sueños apartados y se sumergió en el presente, en la realidad. 

Todo era diferente. Acababa de tener su primera hija. La vida había cambiado. Se complicaban las cosas. Ya no tenía que pensar solo en ellos dos. Eran tres. Mareaba la situación, igual que cuando navegaba sobre la barcaza de algún pescador inexperto. Una hija suya y de ella, una hija de la libertad. Una hija sin papeles. 

Se había enterado la tarde anterior. Encontró el rudimentario dibujo de un bebé en un papel, bajo una piedra, donde ella antes le dejaba mensajes de amor como una flor seca, una hoja o una pluma de pájaro. (Pág. 85)


Hay que decir que la novela es corta y no aburre. Quizá demasiado corta, según lo que expresé antes. El final es quizá demasiado abrupto, quizá no inconsecuente con el desarrollo de los acontecimientos (sobre todo, el amor de la mujer y el nacimiento de la hija), pero hecho en falta mayor granulación moral y sentimental para que después de habernos tenido huyendo y escondiéndonos con él, demasiado de repente a mi entender, toma una decisión que pone en duda todo el propósito que lo había venido animando hasta entonces.

Esta última decisión nos hace preguntarnos por el sentido no solo de aquella primera, sino (y quizá este preguntarnos sea lo mejor de la novela, pero pienso que cualquier novela con esta temática lo suscitaría) el valor de la rebeldía, pero también el que tienen las meras acciones individuales ante un poder mucho mayor y despiadado, y que por lo general suelen acabar en fracaso. Asimismo, el cómo es posible hacer frente a un poder casi omnímodo, si no es desde planteamientos colectivos. Y si esto es así, qué condiciones se requerirían. Y aún más, si nosotros, los habitantes de esta isla o de aquella, de esta Comunidad, de este país seríamos capaces de unirnos frente a la barbarie. Las conclusiones a que apunta la novela son desalentadoras.

EN DEFINITIVA,  a Garajado le falta ambición y trascendencia en cuanto a la posibilidad de ahondar en la brutalidad del poder, la rebelión individual y la mansedumbre colectiva. Tampoco destaca por su innovación lingüística ni por su planteamiento, aunque este conformismo literario es una constante de la creación literaria local, tal y como hemos venido viendo en el blog. Además, los personajes secundarios, aunque aporten algo de contexto, quedan desgajados de la acción principal de manera arbitraria. Una novela que podría haber sido interesante, pero que resulta, al fin y al cabo, insuficiente.



P.D. Otra reseña, esta sí, exquisita, de Juan Cruz, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA














lunes, 23 de diciembre de 2019

'Lazos de humo', de Ernesto Rodríguez Abad

Se acaba el año, malbien que nos pesealegre, y frente a la lábil resignación que nos produce constatar que no hemos hecho apenas nada digno de ser conservado en las tablas de la memoria surge, de nuevo, engañosa, la perspectiva del inicio, del principio, del plan que dotará de sentido la vida a partir de ahora. Siempre es tarde y nunca es suficiente, podría ser el epitafio de todos nosotros. Salvo en las películas, series de televisión y Tele5, donde los sueños se hacen realidad porque si te empeñas lo suficiente cumplirás todo aquello que te has propuesto. Cómo soportar, si no, la miseria del mundo que se acumula frente a nosotros.

Es también la época de ponernos un poco melancólicos e intentar escribir cosas clicheprofundas y sublixtencialistas, pero seamos conscientes de que no vamos a ganar el premio a la mejor composición original, ni mucho menos. Golpeémonos la frente: propongo que desentonemos desde nuestro lugar en el coro. Sí, desde ese que creemos que hemos elegido y en el que nos hemos acomodado.

Ay, pediría que, ya que en este momento están sentadas o tumbados leyendo estas líneas, se levantaran y prorrumpieran en un fuerte aplauso dedicado a Alexis Ravelo, porque gracias a él una obra desconocida, por tanto ignorada, por tanto sin editar, por tanto sin haber sido prologada ni comentada jamás, escrita por un autor desconocido, por tanto ignorado, por tanto nunca editado, por tanto sin haber sido jamás objeto de artículo o estudio alguno, ha sido arrancada de las tinieblas del olvido, qué digo, de la inexistencia, incluida en el catálogo de Siruela, una editorial nacional y de prestigio para que los lectores por fin podamos tener acceso a ella. Ambos, Ravelo como conseguidor y prologuista, y Siruela como editorial, han puesto en el mapa de la literatura a Crimen y a su autor, un tal Agustín Espinosa. Antes, era imposible. Ahora, el cielo es el límite. Otro aplauso: no escatimemos. Se lo merecen por rescatar una obra que ahora sí forma parte del patrimonio no meramente canario, sino español. Gracias a esta iniciativa, Crimen ocupará el lugar que se merece.


Por el contrario, abucheemos, ya que hemos entrado en calor y nos arden las manos, a todos aquellos/as que pudieran sospechar que no es Espinosa ni sus lectores quienes deberían agradecer a Alexis Ravelo que lo hiciera emerger de la insignificancia, sino a la inversa, ya que sería este quien, subido a sus hombros, pretendería beneficiarse de su aura (es posible que en una sola de las páginas de Crimen haya más literatura de calidad que en toda la obra junta y bien apretada de su prologuista). Que no sería Alexis Ravelo quien "ha sido generoso con Agustín Espinosa" como afirma Santiago Gil, sino que la generosidad, póstuma, se la habría apropiado el primero del segundo, por mucha "bonhomía de hombre bueno" que le haya atribuido. 

Abucheemos, además, a aquellos que recuerdan, entre otras, la edición de Biblioteca Golpe de Dados, prologada por Eugenio Padorno, un don nadie, que, además, cuesta 10,81 euros, frente a los 17,26 euros de Siruela, prologada por Ravelo. Buuuu.

El mundo está lleno de desagradecidos y de noístas que no saben apreciar el progreso. Acabemos con ellos, disentidores espurios, hez de la sociedad.


En fin, volvamos a nuestros asuntos ordinarios. 

Para cerrar el año 2019 en el apartado de las reseñas, hoy tenemos 'Lazos de humo' de Ernesto Rodríguez Abad.




Lazos de humo fue la penúltima "novedad" reseñada en Dragaria antes del cese de su actividad como propagadora y abanderada del buenrollismo literario. De ello, ya escribí aquí.

Para entrar en materia, lo mejor que se puede escribir de la novela es que está escrita con corrección. Las comas y los puntos están bien puestos, así que al menos uno puede leer de corrido. Asimismo, el argumento, a priori, cuenta con elementos atractivos, como la figura del contador de historias, la industria del tabaco en Canarias o la aspiración a abrirse paso en la sociedad franquista de los 50-60 de las mujeres en La Palma, es decir, en la periferia de la periferia de un país periférico.

No obstante, los defectos coartan las potencialidades de la historia. Los clichés son, como ya señalamos en la anterior reseña de Jonathan Allen, los que se refieren al adjetivo típico que acompaña al sustantivo. Sin duda, facilita la lectura, pues el lector o lectora ya sabe lo que va a continuación: ideal para los que tienen prisa, sin duda. A veces, sin embargo, la lectura fácil implica que la escritura ha sido simple, aun no siéndolo el vocabulario: "rabia contenida", "ilustre visitante", "labios húmedos", "labios carnosos", "cabellos dorados", "contabilidad aburrida", "aromas voluptuosos y sensuales", "carcajada sonora", etc. 

También, cierta cursilería en las expresiones, como que la protagonista quiere "volar", refiriéndose a sus ansias de libertad, o "beberse la ciudad", en la primera impresión de esta. O un erotismo algo rancio, quizá paralelo a la época en la que está ambientada la novela, finales de los 50 y primeros de los 60. Además, la trama avanza a tijeretazos, esquemática en extremo, con escenas cortas que pretenden ser significativas para ahorrarse un desarrollo que no debería haberse escatimado. No sé si el historial del autor, Ernesto Rodríguez Abad, como cuentista ha influido, en este caso de manera perniciosa, en Lazos de humo. Asimismo, percibo una tendencia a personalizar la naturaleza, falacia patética demasiado esperable, convencional


Las calles estaban agitadas. Grupos de gente caminaban por la avenida marítima en dirección al muelle. Reían y hablaban animados.El sol y el mar la embriagaban. Caminó siguiendo a la multitud. La curiosidad la guiaba. Quería verlo todo, conocer gente, volar. 

El muelle estaba abarrotado. Se abrió paso a empellones, arrastrando la maleta remendada. Se ponía de puntillas para tratar de ver por encima de las cabezas. Sin darse cuenta apoyó la mano, para no perder el equilibrio, en el hombro de un muchacho que estaba delante de ella. Él volvió la cabeza de rizos rubios. Los ojos azules se clavaron en los de ella. Se ruborizó y un ligero temblor lo recorrió desde los pies. Carraspeó y se animó a hablarle. (Pág. 28)


Lea remataba sus cantos con un cierto aire de mutis teatral. Los tabaqueros que le hacían los coros callaban como orquesta disciplinada. 
Ella movió su trenza algo desordenada. Los cabellos dorados se desprendieron y revolotearon libres. Un leve sudor perlaba la frente y los pómulos. Despalillaba las hojas secas del tabaco mientras susurraba las notas de la melodía que había cantado. Los dedos ágiles y lánguidos, como porcelanas transparentes, trabajaban con rapidez; se diría que pensaban por sí mismos, que tenían autonomía y vida. De pronto paró y explotó en una carcajada sonora, descarada, persiguiendo a manotazos los residuos secos que se desprendían del tabaco. Recordó las palabras repetidas por su abuela: "No rías de esa forma, eso solo lo hacen las mujeres descaradas. El mal entra siempre por la boca".
Álvaro no podía apartar los ojos de los senos blanquecinos que se entreveían por el escote de su blusa desabotonada. Los labios rojizos y sensuales de la muchacha lo cautivaban. Aquella carcajada sonora y estridente lo excitaba. Despertaba todos los instintos dormidos. Aquella risa que espantaba las palomas posadas en el techo de la fábrica se metía dentro de él, lo provocaba. (Págs. 55-56)

La fábrica vacía se llenó de sombras y de rumores vagos. Un gato pardusco merodeaba entre las hojas del secadero. Se rascaba el lomo contra las paredes rugosas. Ronroneaba mimoso. En la calle las ráfagas ariscas del viento incesante golpeaban las puertas y ventanas, ululaban tratando de atravesar las rendijas y los resquicios de las maderas mal selladas. Traían hasta la estancia en penumbras los rumores del pueblo. Las voces y las habladurías insistían en traspasar los límites del espacio humano, de la intimidad necesaria para respirar. El viento cuchicheaba impertinente y malévolo. 
Un candil encendido en la mesa de los trabajadores llenaba de medias luces y sombras grotescas la estancia. Todo parecía un gran escenario de teatro chinesco: deforme y desgarbado. La realidad se proyectaba multiplicada en mil formas deshumanizadas en las tejas, en las paredes, en las cajas amontonadas. (Pág. 67)

Por otro lado, los personajes parecen más bien alegorías (La Libertad, La Maldad, El Despecho, El Demiurgo...) que personajes reales. Si no nos gusta este último adjetivo, preciso que les falta complejidad, vida interior. El narrador nos cuenta sus pensamientos y sentimientos, pero aun así se nos presentan rígidos, sin progreso o decadencia perceptibles. No son incoherentes, lo que no está mal, pero es que las alegorías no suelen serlo. Esta sensación de tentetieso, se ve agudizada por los diálogos, que parecen sacados, como dice Álvaro, el dueño de la fábrica de tabaco, "de novela". Es decir, artificiales. Pues si lo nota, para qué los escribe así, pensarán Vds., con razón. 


Ismael esbozó un gesto de ironía. Sabía defenderse en inglés, pero no logró descifrar el resto de la conversación. Las voces se mezclaban en una algarabía ininteligible. Aguzó el oído para ordenar los retazos de palabras que llegaban hasta él. Distinguió el diálogo de dos hombres que a su lado comentaban algunas de las vicisitudes de la inesperada visita. 
-¿Te has dado cuenta de algo? 
-¿Qué? 
-No ha venido el alcalde. 
-Ni ninguna autoridad. 
-Dicen que es por la guerra. 
-¿Qué guerra? 
-La tensión política de Europa. 
-¿La guerra fría? 
-Es que Churchill representa a los aliados. 
-Y ya se sabe, España... 
-Era o es de otro bando. 
-¡La política! 
-Los políticos y sus prohibiciones. Sus intereses. 
-¿Lo prohibieron? 
-Eso parece. 
-La España oscura. 
-La España gris. 
-La intransigente.(Págs. 31-32)

Lea cogió un montecristo. Lo llevó hasta sus labios carnosos y brillantes. Álvaro la miraba asombrado. 
-¿Qué haces? 
-Sentir el humo dentro de mí. 
-¿Qué pretendes? Estás un poco loca. 
-Ya te dije que un día aprendería a fumar. 
-¿Por qué? 
-Quiero sentir, quiero hacer lo que me venga en gana. 
-No logro entenderte. No consigo seguir tus pensamientos desordenados. 
-No hace falta. Los hombres necesitan tenerlo todo controlado. Tienes un pensamiento demasiado lógico. Yo quiero volar... (Pág. 73)


Lo que me pregunto, más allá de los defectos señalados, es la necesidad de escribir una novela así hoy en día. No me refiero solo a la forma, convencional por lo demás, sino sobre todo que la denuncia de la pacatería, mojigatería, gazmoñería, etc de la España/Canarias/La Palma de aquella época no aporta nada nuevo, no nos dice nada que no sepamos ya. Tampoco la novela se erige como metáfora o símbolo de problemas presentes especialmente acuciantes. No capto la relevancia moral o cognitiva de esta obra. Por lo que se ve, el mundo está lleno de personas que quieren escribir su novela. Harían bien en preguntarse qué aportan, aparte de su desahogo expresivo. 

Eso sí, Lazos de humo puede leerse con agrado por aquellos/as que valoran por encima de todo la facilidad en la lectura y que esta confirme sus expectativas sintácticas, semánticas, morales y cognitivas. En definitiva, una obra que pese a su afán por realzar la libertad de acción y la autonomía personal de sus personajes no deja de ser un producto trillado y sin ambiciones estéticas, una muestra más de conformismo literario que no lleva a ninguna parte.