Mostrando entradas con la etiqueta Vs.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vs.. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de agosto de 2017

'La víspera de casi todo', de Víctor del Árbol

Conocida es, a poco que uno lea sobre el mundillo literario en Canarias y en España, la credibilidad casi nula de los premios literarios, tanto sean privados como públicos, tanto nuevos como antiguos, tanto compuestos por un jurado de nombres ilustres como de ilustres desconocidos. En el concepto de premio literario viene incluido, aunque Vds. todavía lo ignoren, el sema de autopromoción: se trata de dar lustre a quien concede el premio y no tanto (o no importa, en realidad) a quien lo reciba. Es una práctica común de las editoriales en nuestro país, sea dicho de paso. También de una cantidad nada despreciable de ayuntamientos y de comunidades autónomas, lo que es algo más sorprendente.

No obstante lo cual, dichas concesiones sobresalen como hitos en el espacio público y, a falta de mayores y mejores indagaciones sobre novelística local o patria, uno se ve tentado a prestarles demasiada atención, alimentando, por tanto, el círculo vicioso. Así ocurrió con la execrable Madrid: frontera, con la desleída Rendición o con la irritante Vs., y así sucede de nuevo con la última novela del muy laureado, aquí y allende las fronteras, Víctor del Árbol: La víspera de casi todo.

Es por ello legítimo, como ya he señalado, que se me acuse de fomentar el vicio del que acuso a la industria cultural. En mi descargo sólo puedo aducir que eso es cierto hasta el momento en que compro la novela. A partir de entonces, se somete, como cualquier otra, sin consideración de honores o jerarquías, a mi juicio de lector. No obstante, y como en parte me considero culpable de lo que execro, solo puedo encomendarme a la buena fe que me ha animado hasta ahora.








A lo largo de este blog he manifestado mi convicción de que es más sencillo reseñar una novela que considero mala que una buena. Al hablar de una buena, parece que acuden a la mente solo frases banales, elogios de escritor a sueldo o frases de suplemento cultural venido a menos. Sin embargo, quizá como excepción, justo lo contrario me ha suscitado la lectura de La víspera de casi todo

Es tan mala que cuesta trabajo tomarla en serio, y más trabajo aún cuesta escribir una reseña que no sea un mero un listado de citas deplorables. Pero un premio es un premio, aunque sea el Nadal, y además Víctor del Árbol se ha ganado, al parecer, gran prestigio en Francia, que por algo será. Ya se sabe que Francia tiene glamour y España, chorizos y mala hostia. Así que cierta obligación me impongo por los lectores de este blog, pero hasta la página 133, en la que he decidido plantarme de manera irrevocable. 

Vamos a ello, pues, con algunas observaciones que imagino que podrán extrapolarse al conjunto de la novela.


La escena de la pistola en la boca

Es posible, no digo que no, que todas las personas poseedoras de armas de fuego se hayan puesto alguna vez el cañón en la boca. Sobre todo, cuando pasaban por malos momentos y, especialmente, los policías (en cualquier versión). Uno tiene la impresión de que ya sea en el cine o en la literatura, si un policía no está amargado, atormentado o desesperado por las injusticias de la vida, por los pecados de su pasado y por la corrupción del sistema, no es un policía creíble. Ello conduce, como conclusión inevitable, a que esté tentado de suicidarse un par de veces al mes. De ahí la famosa escena del me pongo el cañón del arma reglamentaria en la boca porque me siento muy mal y quiero acabar con todo pero al final, uy que momento de tensión que se corta con un cuchillo, la retiro porque, al fin y  al cabo, tengo cosas pendientes. La particularidad de Germinal Ibarra, el personaje policía consiste en que lo hace todas las noches. Pues muy bien, si el autor lo dice...


Contiene la respiración, aprieta los párpados, busca con el índice el gatillo. Presiona -nunca lo suficiente- y retrocede, en una macabra danza que le destroza los nervios. "¡Hazlo de una puta vez!", grita dentro de su cabeza. Y, sin embargo, también esta noche lo vence la imposibilidad. Deja caer la pistola entre las piernas con un grito mudo. Una desesperación sin final. "Cobarde, eres un maldito cobarde".

Que es muy posible que muchos policías se hayan suicidado con su pistola, que otros tantos hayan protagonizado momentos parecidos al citado, pero como escena literaria (o fílmica) no es sino un TOPICAZO mil veces repetido. Por no hablar ahora de los recursos estilísticos ("grito mudo").


Esos diálogos imposibles


Víctor del Árbol tiene dotes para la verborrea, de eso no puede dudarse ni por un momento. Es posible, no he leído sus anteriores novelas (aclamadas por la crítica especializada, según parece, y seguido por numerosos lectores), que toda esa energía la haya canalizado de tal modo que hubiera conseguido crear anteriormente novelas con estilo propio, incluso dignas de aprecio. En el caso que nos ocupa, rotundamente no. Por ejemplo, los diálogos: tan poco creíbles, tan poco naturales en boca de sus personajes que uno debe leerlos de derecha a izquierda y de abajo arriba para confirmar que les pertenecen. Y ni aún así.

Primer ejemplo: el diálogo que mantiene Germinal con una prostituta. Atención, porque antes el autor ha descrito así a las profesionales del sexo: "Las mujeres de aquel antro parecen lo que son: fantasmas de carnes magras pintarrajeadas de un modo ridículo y triste". Escoge a una llamada Ave del Paraíso y, tras una sesión masturbatoria protagonizada por esta mujer, ven por la tele que han disparado a una persona y están recogiendo su cuerpo. En su vestimenta hay un libro de poesía (págs 29 y 30):


-Como si los muertos no tuviesen derecho a leer -murmura Ibarra. 
-No deberían mover el cuerpo de esa manera. Sin delicadeza -musita Ave del Paraíso, que ha aparecido vestida y secándose el cabello con una toalla. Los ojos, de nuevo preparados para la guerra, resbalan sobre las imágenes con emoción escrutadora. 
-Le han disparado un calibre de nueve milímetros a bocajarro en la nuca. ¿Qué más da cómo lo muevan? Estaba muerto antes de caer al suelo. 
Ave del Paraíso observa el rostro del inspector, el pelo tachonado de canas, la sombra de barba alrededor de la boca, los pómulos prominentes. Tiene unos bonitos ojos azules. Lástima que sean tan duros al mirar. 
-¿No te interesa quién era ese hombre, su historia? 
Ibarra se rasca el mentón con la uña del pulgar, observando las imágenes del televisor como algo ajeno a él. 
-Todos tenemos nuestra historia, pero esencialmente me ciño a lo más razonable para resolver el caso. Luego procuro olvidarme. 
Ella sonríe como lo hacen ciertos animales nocturnos, con cautela. 
-"Razonable"; una palabra que no implica demasiado compromiso. 
-Pero implica experiencia -dice Ibarra. -Le han disparado y está muerto. Eso es lo que cuenta -afirma con la lógica incompleta de la causa y el efecto. Aunque no es su intención, resulta desagradablemente cínico. Ave del Paraíso lo escruta con un punto de suspicacia. 
-No te cae muy bien la especie humana, ¿verdad? 
Ibarra se encoge de hombros. Piensa en Carmela y en sus clases de yoga. 
-Oye, seguro que hay alguien esperando a que vayas a cogerle la mano y le des consuelo.

Aparte de la manía tan común de no dejar nada a la imaginación al lector ("lo escruta con suspicacia", "resulta desagradablemente cínico") y de las comparaciones confusas ("sonríe como lo hacen ciertos animales nocturnos"), el diálogo resulta poco creíble, impostado, mero intercambio de palabras sin hálito vital. Germinal Ibarra igual podría haber estado hablando con una monja o con el cartero. En todo caso, personajes sin sustancia. 

Pero casi una cumbre en el género del diálogo increíble es el de la pág. 65. Una de las protagonistas aparece en el hospital en muy mal estado, como si le hubieran dado una paliza. Cuando recupera la consciencia pide ver a Germinal. 

-¿Qué te ha pasado? -le pregunta, tratando de apartar de su cabeza aquella mañana de hace tres años, que lo atormenta desde entonces. Eva Malher inspira con fuerza y parpadea; al hacerlo, atrapa un instante que flotaba en su pupila. 
-Durante un tiempo soñé que podría ser otra, que podría empezar de nuevo. Conduje hasta donde el mundo termina, cambié de nombre y de color de pelo. Pero no valió de nada. Daba igual llamarse Eva, Elvira o Paola, o tener el pelo rojizo o negro. Mi naturaleza se había agazapado dentro de esa invención mía esperando el momento de volver. Y mi sueño se acabó. 
Ibarra la contempla detenidamente. 
-Los sueños solo sirven para despertar de ellos -le dice finalmente. 
Eva asiente y le estrecha débilmente la mano. Se mueve en la cama. Quiere incorporarse y él la ayuda. Coloca los almohadones en su nuca. Le aparta un mechón de cabello en la frente. 
-Tratamos de huir de nuestro destino sin darnos cuenta de que nos dirigimos hacia él -concluye ella.


De verdad, la filosofía de baratillo es algo que debería estar prohibido, pero no por los talleres de escritura que abundan por ahí y con el que se ganan un honrado dinero escritores de segunda fila, sino por el Ministerio de Sanidad. Lo que deberían saber todos estos novelistas que creen escribir cuando no hacen más que repetir lo ya repetido es que salvo que quieran dar a entender que un personaje es un mentecato o un simple, el poner en su boca topicazos o, lo que es lo mismo, sentencias grandilocuentes no hace más que hacerlos poco creíbles, huecos, vacíos, meras sombras y desesperar, por ende, al lector. Y no hablemos de esos ramalazos de soy escritor y que se note, como el "atrapa un instante que flotaba en su pupila". Dios mío. 

Más adelante, página 91, se entabla este diálogo entre dos jóvenes de Costa da Morte:


Con una pereza inventada -pues, en el fondo, verla era como recuperar una mitad de sí mismo-, Daniel abrió el pestillo. 
-¿Cuánto tiempo llevas ahí? 
Ella puso teatralmente los ojos en blanco. 
-Desde que Noé empezó a construir el arca. Pensé que nunca aparecerías. 
-No me encuentro muy bien. 
-No te veo a las puertas de la muerte -se burló Martina. Ella era la única que lo trataba como alguien normal. Tanto, que a veces Daniel tenía que recordarle que no lo era. 
-Hace una semana que no duermo. -Tuvo que abrir un poco más la ventana para que ella lo observara bien. 
Martina le dedicó una mirada despectiva. 
-En la antigua Esparta te hubiesen abandonado a la intemperie nada más nacer. 
Normalmente, la ferocidad de Martina no impresionaba a Daniel. Pero, a veces, incluso él se asustaba de su desprecio hacia todo y hacia todos. 
-Por suerte para mí, ya no estamos en la vieja Esparta.

Es difícil encontrar diálogos más tediosos. Hay otros, como entre estos mismos ¿personajes? en las páginas 105 y 106, o el de Germinal con una doctora, páginas 126-129. Pero ya creo que les habrá quedado claro que de estos diálogos no sale uno indemne.



El estilo, tal y como el autor lo entiende

En esta novela, Víctor del Árbol, como ya he apuntado, no hace más que soltarnos perlas estilísticas, escenas-tópico, diálogos-tópico, todo falso y vacuo, y sin descanso. Hay momentos en que hace rechinar los dientes de la cursilería o del empalago. Y eso que estamos ante una novela que comienza con una muerte (más bien, dos). Una novela "negra como la tinta", que diría David Llorente. Es difícil mantener la compostura como lector y aún menos como reseñador. Parafraseando a Benjamin, uno se encuentra en "un lugar imposible".


Página 42: 


La boca era hermosa cuando permanecía estática, pero perturbadora cuando gesticulaba, al borde de un chasquido triste. Los pómulos, pronunciados y arrogantes, casi masculinos, contribuían a la dureza de sus ojos, ni muy grandes ni muy pequeños, de un color oscuro que se acercaba al de los botones de un peluche y que, a veces, no muy a menudo, brillaban como el cuarzo. En esos ojos cabían todas las metáforas pero ninguna se les acercaba; eran laberínticos, una red de trampas que impedía a los demás saber qué pensaba.

Así que Vds. sabrán si hemos ganado en claridad (es una descripción de un personaje central) con lo de "al borde de un chasquido triste", los ojos "ni muy grandes ni muy pequeños", o sea, medianos o normales, en los que "cabían todas las metáforas": es decir, metáforas profundas y superficiales, poéticas y prosaicas, espirituales y groseras, inteligentes y simplonas. Todas las metáforas, PERO TODAS. Además, "Una red de trampas". Tanta palabra, tanta metáfora y nos quedamos, nosotros sí, en medio de un laberinto banal hecho a base de verborrea mediocre y lirismo de rebajas de verano.

Venga, más de ojos, página 59:

-Y ¿qué fotografía? -preguntó Daniel, interviniendo de repente en la conversación. Sus ojos eran como las bolas de un adivino que conoce el pasado, el presente y el futuro. Aquella mirada crujió como una caña que se quiebra en la mente de Paola que, incomodada, apartó la vista.

No sé qué deja más perplejo, esos ojos omniscientes de adivino a tiempo completo o "la caña que se quiebra en la mente". Es que uno se queda transido de impotencia, entre frustrado y desalentado, por ser incapaz de imaginarse, qué digo, por ser incapaz de comprender qué pretende el escritor transmitirnos con sus arabescos verbales, que vedan, ese es el problema, cualquier representación humana.

Sigo un poco más, pero me limito a poner en cursiva lo que me ha desagradado, en ocasiones profundamente.

Página 70, descripción de la hija de Paola/Eva Malher:


Amanda hacía pensar al hombrecillo en cierta fotografía de Audrey Hepburn que llevaba encima el día que Ibarra lo detuvo. Una fotografía de Dennis Stock para Magnum Photos en la que ella aparece dentro de un vehículo, con el antebrazo apoyado en la ventanilla y la cabeza recostada, contemplando algo hacia abajo. Amanda era una niña llena de sueños, en cierto modo un anticipo de la Hepburn que hubiera podido llegar a ser un día. Esos sueños aleteaban entre sus pestañas, atrapados e impacientes por hacerse realidad. La niña hablaba moviendo las manos como aspas de un molino mientras su madre asentía un poco ruborizada, como si el entusiasmo de su hija la incomodase, tanto como la entusiasmaba.

Página 99:


La marcha de Oliverio supuso muchas otras cosas. La Pecosa redobló los esfuerzos, abusaba de ella misma de un modo temerario, cumplía horas extras y dobles turnos, y seguía gastando el dinero que, apenas entraba, se iba en cordones de soldadura que no soldaban más que su propio infierno. A veces, se encerraba en el cuartucho del sótano que hacía las veces de dormitorio, y Mauricio la oía llorar. El llanto de la Pecosa era tenaz, gris, hermoso y temible. Invencible.

Página 110: 

-¿En qué puedo ayudarle? -Su voz era limpia, digna pero ya en desuso, una voz impostada en la que seguramente nadie creería cuando contase las historias que, sin duda, había vivido la dama. A pesar de ello, algo en su expresión hablaba de un sufrimiento que no había sido vencido, que seguía ahí, detrás de su bonita blusa floreada, de sus labios levemente pintados, de su permanente, conservadoramente elegante. Pero, de alguna manera, ese sufrimiento no la había destruido. 
Mauricio se descubrió la cabeza y le tendió la mano. Ella la estrechó sin emoción ni disgusto. 
-Me llamo Mauricio Luján. Llamé hace un rato para anunciarle mi visita. Quería hablar con don Horacio. 
A la mujer no le pasó por el alto el cuidado del anciano al dejar las palabras dobladas y cuidadosamente depositadas en el aire, con un respeto litúrgico.

Página 117:


 El anciano pagó el ramo sin aceptar el cambio de vuelta. Ella le dio las gracias y aún retocó un poco el papel que lo envolvía con expresión de niña insatisfecha. Debía de ser perfeccionista.

Y no crean que he tenido que rebuscar. Las tonterías como las anteriores no solo abundan, es que saltan al encuentro de uno como avispas enloquecidas, una vez tras otra: un desastre estilístico, un naufragio artístico. Disculparán, en todo caso, la profusión de citas, pero creo que venían al caso. Explican, en gran medida mi renuncia a seguir leyendo.

En fin, supongo que detrás de todo este palabrerío insano hay una historia. En algún momento, es de esperar, la multiplicidad de personajes y de narraciones quedará ensamblada, piezas de un puzzle ya tal, nos sorprenderá un final inesperado o truculento y, pimpampum, a otra cosa. El caso es que, sin estilo, o con ese estilo, digamos, de cartón piedra y aglomerado, no hay historia que se sostenga, no hay proyecto literario válido. En definitiva, un gran fracaso. 














lunes, 5 de junio de 2017

'Interregno', de Roberto A. Cabrera

Después de un lapso algo más largo de lo habitual (aunque no mucho más), estamos aquí para constatar, una vez más, y ya van unas cuantas, la enorme distancia que separa el mundillo de los/as reseñadores/as de la experiencia literaria de un lector poco acostumbrado al engaño o al maravillosismo. Digamos un lector medio, que toca todos los palos, que no siente especial aversión por ningún género (llamémosle noir, llamémosle sci-fi) y que tiene entre sus lecturas una razonable proporción de cervantes, shakespeares, tolstois, dostoievskis, faulkners, hemingways, unamunos, mccarthys, chandlers, chéjovs, carvers, barojas, bradburis, ballards, philipkdicks, galdoses, chestertons, greenes, stevensons, austens, bröntes, yourcenars, íbsenes, stendhals, flauberts, paveses, zweigs, walzers, woolfs, borgeses, cortázares, etc., etc., por citar solo algunos/as de los/as novelistas, cuentistas o dramaturgos más canónicos. Este lector, de natural confiado, tiende a pensar que el reseñador ha disfrutado de un volumen de lecturas comparable, como mínimo. Sinceramente, espera que más. Espera también que, dado que no tiene mucho tiempo para estar al día de todas las novedades literarias y que tiene casi agotados los grandes nombres, el reseñador del suplemento cultural de su periódico favorito o el de ese programa de televisión en La2, o ese periodista que tiene una página en Internet, lo guíe con honradez, ya que con sabiduría sea quizá mucho pedir.

En esas estamos todavía. Sin embargo, mi experiencia como lector ha sido (y sigue siendo) nefasta tanto en lo que se refiere la literatura española, en general, como a la canaria, en particular. Casi cuarenta años dando por sentado que Almudena Grandes, Javier Cercas, Javier Marías o Muñoz Molina no sólo eran buenos, sino geniales y que yo, al aburrirme al leerlos, al no interesarme ni su estilo ni sus temas, era el singular. Busquen, busquen las reseñas y lean, lean. Ya me contarán.

Lo mismo ocurre en Canarias. No sé si por un confuso sentimiento de identidad pervertido en conformismo o por una constatación de que, como ha dicho Emilio González Déniz, "no tenemos ningún Vargas Llosa" ni lo tendremos, el caso es que, de modo paradójico, a juzgar por los/as reseñadores/as de literatura canaria, siempre tan amables con lo nuestro, las obras maestras invaden las estanterías, abarrotan las vitrinas, salen disparadas por la presión del número y la escasez del espacio de las librerías a la calle, golpeando, sin reparar en sexo, credo o filiación política, las testas de los transeúntes, en una singular encarnación del concepto "irradiación de cultura", muy a lo Chirino, por cierto.

Esto quizá vaya más allá del "sólo reseño cosas que me gustan", "no hay nada de malo en reseñar a un amigo cuya obra sinceramente admiro" o "reséñame bien que luego te reseño bien yo a ti". Es posible que tengamos instalado tanto en el módulo del gusto como en el de la honradez una actualización que nos impide detectar los defectos en la obra de los autores/as canarios/as y, por ende, escribir sobre ellos/as. Esa actualización, sobra decirlo, ejerce una influencia irresistible en el código de las buenas maneras así como en el estado de nuestra literatura, condenada a una mediocridad que espanta. Esta mediocridad se vuelve casi insuperable, ya que el canon que se ofrece como ejemplar es un batiburrillo de pretenciosidades y feria de las vanidades que aplastaría a cualquiera que no disponga de un talento excepcional.

Todo esto viene a cuento no sólo por la reseña de González Déniz sobre la última ¿novela?, ¿paño de lágrimas?, ¿sesudo análisis sociológico de las víctimas del capitalismo financiero? de Santiago Gil, que podríamos encuadrar con generosidad bajo el epígrafe "Es mi amigo y qué" (me temo que su capacidad de reseñador es la misma que la de escritor en El tren delantero) y que sigue, por cierto, la delirante estela de Ibrahim Chamali en Dragaria, sino que es una constante que se repite en cada lanzamiento (por decirlo así) de cada nueva cosa con páginas y portada que algunos llaman novela; otros, cuentos; y los de más allá, yoquesés.

El último menosprecio al lector ocupado e ingenuo lo constituyen las reseñas que se perpetran aquí y aquí. También, aunque es más bien un lavarse la manos, aquí. La novela en cuestión es Interregno. Pasión e instante en la vida de Humberto Laredo, fotógrafo, de Roberto A. Cabrera.








Esto va más allá del gusto personal, de la subjetividad, de la biografía particular de cada uno o de si soy zurdo o diestro. Si uno aborda una novela para reseñarla tiene que exponer sus virtudes y sus miserias, en caso de que se disponga de la capacidad crítica necesaria para ello. Si no, uno se vuelve en un mero propagandista, quizá en un amable vendedor, de esos que no dan mucho la lata, pero cuya tarjeta acaba en tu bolsillo. Lo más probable es que si uno persiste en esa actitud acabe siendo, como creo que es el caso en que nos ocupa, en un simple apuntador de la agenda comercial de editores y libreros. No digo que no sea una ocupación digna, pero que no ejerce la labor de reseñador, de eso no albergo la menor duda. Además, no se le hace ningún favor ni al escritor, en particular, que persistirá en sus errores creyéndolos grandes cimas estilísticas, ni a la literatura canaria (o hecha en Canarias) o española. Si encumbramos medianías como prodigios literarios y a obras mediocres como maestras, ¿qué ocurrirá cuando nos encontremos con algo realmente valioso? ¿Nos faltarán manos para aplaudir? ¿Tendrán que salir los actores no tres, sino treinta veces al escenario? ¿Habrá que inventar un nuevo término, tal como "súper-mega-obra requetemaestra? Volvamos al principio: ¿Por qué nos conformamos con lo mínimo sólo porque sea de aquí? ¿No nos merecemos nada mejor?

Interregno es una novela prescindible. Eso para empezar, y casi para acabar. Consiste en una sucesión de escenas deslavazadas, la mayoría de las cuales no suponen un avance argumental ni un desarrollo psicológico o existencial de los personajes. Prueben a intercambiar capítulos y verán que no tiene efecto alguno sobre la trama. Descripciones minuciosas que no nos aportan nada, irritantes a más no poder, que aparecen por capricho, como si el autor quisiera convencernos de su ingenio, de su capacidad de observación, de su clarividencia descriptiva. Aquí dos citas, y disculpen: son necesarias:


Humberto se dirigió a la pecera con el sobre de las fotos. El espacio que media entre el cuarto oscuro y la pecera puede recorrerse de diversas maneras. Una bien propia y no despreciada por Humberto consiste en salvar la distancia en línea recta sin distraer la mirada ni a izquierda ni a derecha. Otra forma de encaminar los pasos es ensayando una suerte de zigzag azaroso que consiste en desviarse cada vez que se tropieza o se cruza con alguien, bien a la izquierda bien a la derecha (esto último por turnos). Claro que esta manera de avanzar (la preferida por Humberto cuando sufre uno de esos días que él califica "de subsuelo") puede producir situaciones paradójicas (léase: desear llegar hasta una puerta y alejarse cada vez más, y no por decisión propia sino porque una cadena de encuentros con el personal deambulante desvía los pasos de acá para allá, dificultando la tarea de llegar adonde nos habíamos propuesto ir (¿se entiende?). Pero no crea el lector que nuestro héroe se atiene escrupulosamente a su sistema. Con frecuencia, sucede que los azares se vuelven insidiosos y hacen perder la esperanza de llegar alguna vez a la puerta de la pecera. Entonces, Humberto escoge entre dos salidas (ambas igualmente honorables): la primera, expedita, consiste en enfilar los pasos hacia la pecera, ensayando la línea más corta; la segunda, una versión desnaturalizada del modus operandi que limita la observancia a trechos. Así pone a salvo Humberto sus intereses profesionales y defiende, de paso, la salud de sus facultades mentales ante quien osara ponerla en duda, de palabra o mediante gesto circular ensayado por el índice ante unas sienes. (págs. 25-26) 


García frunce los labios y alza una ceja y luego la otra (y es admirable esa acrobacia, harto difícil según puede el lector comprobar por sí mismo.) El imberbe Aparicio, como corresponde a su juventud, que le impide emular la pose estoico-rumiante de su colega, ya da muestras de impaciencia. "Y qué mierda hacemos ahora?". "Probemos suerte arriba"., dice García. "Hay que consultar esto". Y Aparicio eleva los ojos, lentamente, hacia el techo mientras se pone en pie armonizando el movimiento ascendente del cuerpo con el de los ojos, que se acompasaban con el mismo tempo più lento. Y de pronto la pecera se inmoviliza y brota ante los ojos de nuestro héroe un cuadro místico del que cabría lamentar la penosa caída de los brazos de Aparicio, que estropea el conjunto. Es de obligado buen gusto, de rigor incluso, como se sabe, elevarlos con gracia, al menos hasta que las extremidades superiores, con las palmas abiertas hacia arriba, los dedos ligeramente separados -y flexionados apenas el anular y el meñique-, alcancen la altura de las orejas (...). (págs. 41-42)

Y sigue un rato más, no crea, que entusiasmo por escribir no le falta al autor.

O la escena en la que el protagonista se hace una paja pensando en Matilde, que no transcribo por si hay menores leyendo.

O en la que a Matilde le dan diarreas, que no transcribo porque la paciencia aunque grande, no es infinita. 

Dios mío, por qué.


Además, los diálogos: insufribles entre el protagonista Humberto y Natividad (por ejemplo, el de las páginas 34-37). O con Saturnino, la voz de la honradez y de la experiencia. Pero aún peor es el diálogo de Humberto con la hija de Natividad, con la que (creo) pretende resaltar la inteligencia de la niña, pero no lo consigue en absoluto. Sólo hace que nos preguntemos por la inteligencia del autor. O, al menos, por su esfuerzo: ¿fue un rapto de genialidad? ¿A qué miraba mientras lo escribía? ¿Le quedó bien el caldo de papas mientras lo ideaba? Terrible:


-Tú eres un tonto. Todos los novios de mamá han sido tontos. Pero tú eres el más tonto. El campeón de los tontos. 
-¿Y si te bajo las braguitas y te sacudo el culete? 
-No puedes.-¿Y eso por qué? 
-Ya te lo he dicho. Eres un tonto. Los demás eran tontos falsos. Tú eres un tonto verdadero. 
-Eres un encanto. Estoy conmovido. 
-Porque eres tonto. 
-¿Has dormido bien? 
-Sí. 
-¿Desayunas? 
-Todavía no. 
-Vaya, yo tomaré un café. ¿Adónde dices que fue tu mamá? 
-No sé. Ella va y viene. Es así. Es tonta. 


Así dos páginas y pico más, en lo que supongo que será un despliegue de agudeza por ambas partes que se queda, siento decirlo, en una tarea pendiente para el autor: la de estudiar más el arte del diálogo en la novela. Siempre digo que hay que tener proyectos en la vida. Cuantos más, mejor. Fíjense, en cambio, lo que escribe una reseñadora: "Roberto A. Cabrera domina el uso del diálogo con gran maestría para dejar que sea el propio lector el que se haga una idea de cómo es cada personaje". Ya les digo, lean y juzguen. Si quieren buenos diálogos con niños, me vienen a la memoria Saroyan y Salinger, sin ir más lejos.

Por otro lado, y no menos importante, la descripción del periódico y de los empleados se pretende burlesca, expresionista, gogoliana tal vez, pero quedan, a pesar de su evidente esfuerzo, en caricaturas que no inducen ni a la risa ni a la reflexión. Meras excusas para parrafadas y naderías mentales tanto de Humberto como de esa voz, que se pretende juguetona y desengañada, sí, la del propio novelista. Los jefes son muy malos, el Opus Dei también. Ya lo sabíamos, a otra cosa. 

Asimismo, se mantiene a lo largo de la novela un diálogo constante del autor con el lector que, contra lo que le pudiera parecer al primero, no la hace más honda o metaliteraria, sino que la aligera, la hace presa de una mundanidad quizá deseada, por su empeño en mostrarnos cómo una vida vulgar y corriente se desenvuelve vulgar y corriente, pero que nos hace preguntarnos tres cosas: a) Por qué hicimos caso a los reseñadores; b) por qué la compramos; c) por qué tenemos que seguir leyéndola si nada nos enseña ni nada nos cuestiona. Hay quien escribe, no se lo pierdan, lo siguiente: "El libro, más que golpear, sacude al lector y le obliga a que se mire en el espejo e intente reconocer la imagen que tiene de sí mismo..."

"Más que golpear, sacude". Me quedaré pensando en eso un rato, lo prometo.

Más bien, quienes deberían mirarse en el espejo, un buen rato, son el autor de esta novela y los reseñadores que la han alabado, aunque sea un poquito. Un proyecto literario, qué digo, artístico, sin pretensiones de grandeza forjadas en el yunque del trabajo y la exigencia, no es proyecto, ni literatura, ni nada. Es, que me perdone a quien ofenda, un ejercicio de vanidad travestido en creación literaria. Publicar, por lo que parece, no es tarea complicada. Imagino que las editoriales necesitan estar constantemente ofreciendo productos nuevos a sus lectores-consumidores y que los editores no ejercen su oficio, el de editar, y se limitan a publicar. Sin embargo, tanto el autor como la editorial, al igual que el reseñador amable o maravillosista deben de sufrir tanto más desprestigio cuanto más exigente sea el lector.

En definitiva, Interregno es de esos productos, por llamarlo amablemente, que logran cabrearme. Otra vez. Me recuerda a algunas predecesoras reseñadas en este blog que también fueron elogiosamente glosadas en prensa, radio, tv e Internet como La última homilía de Zacarías MartínLa otra vida de Ned Blackbird, Vs. y El tren delantero. Nada quedará de ellas pasadas las promociones. Nadie hablará de ellas... salvo que nada mejor se escriba en el futuro. Sin embargo, eso es justamente lo que ocurrirá si seguimos alabando lo vituperable y elogiando lo despreciable.





lunes, 19 de diciembre de 2016

'Vs.', de Sergio Barreto

Antes de comenzar con esta reseña, creo que es obligado hacer un reconocimiento a la gente que se dedica a escribir: el esfuerzo de darle a las teclas para formar palabras y frases durante cientos (miles) de páginas con la voluntad de crear una historia. Hasta al peor de los escritores/as debería concedérsele el mérito que supone ese desempeño, cuyo resultado carece, en muchas ocasiones, de valor artístico alguno. Digamos que esa es la base de cualquier blog de reseñas, y a partir de ahí, de ese reconocimiento, puede comenzar la crítica. 

Esta novela, Vs., ganó el premio Benito Pérez Armas (de la Fundación Cajacanarias), de rancia raigambre en Santa Cruz de Tenerife, sobre todo por el premio, que es de 12.000 euros. El jurado estaba compuesto por Juan José Delgado, Juan Cruz Ruiz, Juan-Manuel García Ramos, Nilo Palenzuela y Cecilia Domínguez. Casi nada.




Bien. Comencemos señalando que en Vs., al menos, hay una historia. Podría no haberla. Ojo, que no desdeñaría que el virtuosismo o la singularidad de la forma nos absorbiera de tal forma que la trama fuera lo de menos. No es este el caso. Alabemos al menos como una virtud que el autor tiene algo que contarnos.

Pues bien, en la novela se narra que, a la muerte de su antiguo jefe, Viejo Araña, cuatro ex-empleados, que también eran amigos entre sí, se reúnen después de siete años para meterle mano a sus pertenencias. Según se infiere, era un individuo detestable. Como prueba de ello se cuenta que mató a su caballo, Obsidiana, por capricho, en un acto de brutalidad irracional. Este grupo salvaje no encuentra nada a lo que echar mano en esa casucha ruinosa llena de basura. Eso sí, se llevan su coche y unos uniformes que encuentran en unos cajas en el cobertizo. Así se pasan 29 páginas de las 200 que tiene la novela, y buena parte de mi paciencia. Esos cuatro personajes son el propio narrador, Mediacara, Marcelo y Octavio. El narrador no tiene nombre, pero tampoco nos importa; Mediacara es un tipo con la mitad de la cara quemada (lo pillan, ¿verdad?) y en los estertores de la novela también se dirigen a él por su verdadero nombre, Aldo; Marcelo es, también, "nuestro indio" (un nativo de esa llanura muy polvorienta, desolada y tal, llamada Cicatuac de pretensiones míticas) cuando el narrador se cansa del nombre, aunque a partir de la pág. 70 les sirve Polaco o Polaquito; y luego está el líder carismático weberiano, el tal Octavio, al que el narrador, al parecer, le profesa una secreta admiración, ya que no para de denominarle como "nuestro tipo duro", "nuestro cowboy" o "nuestro vaquero". A veces, incluso, por su apellido, Vargas. Cuando digo que no para, es que no lo hace. Se ve que el simple nombre "Octavio" no caracterizaba al personaje, así que Sergio Barreto decidió transferir al narrador-participante de la historia la pesada tarea de la connotación. ¿Cargante? Pues sí.

Sigamos. Como no encuentran nada de valor, salvo el coche (un Mercedes, dato vital) al que llaman Obsidiana (como el caballo), y cuatro uniformes militares, se plantean dudas existenciales. Sin embargo, como Marcelo ha creído recordar que en un puticlub (el Cráter) el dueño invita a los soldados, pues nada, deciden marcharse a ese lugar a aliviar sus frustración de ladrones sobrevenidos. Sergio Barreto, que también (o sobre todo) es poeta, debe de ser admirador de Kavafis, pues como ese lugar está donde Jesús perdió la sandalia, la tropa siempre está en camino y les pasan cosas terribles durante el viaje, que les recuerdan cosas del pasado, les revelan dimensiones hasta ahora ocultas de su personalidad y tal. Un bildungsroman breve, un On the road cortito sin Dean Moriarty, que todo no puede ser.

La novela, sin embargo, salvo ocasionales destellos, aquí y allá, normalmente relacionados con algún estallido de violencia (uno sospecha que precisamente esa violencia se inserta para que uno no se rinda al tedio e ice la bandera blanca), va aburriendo cada vez más, cada vez más deprisa. Porque hay algo de impostado en toda ella: la llanura, de telón de fondo telúrico en plan es un personaje más, los protagonistas que pululan por ella, los diálogos y el monólogo interior del narrador... Hasta la trama misma nos parece sucedánea, como el trasunto de otras tramas ya leídas. Como la colonia vieja de la que nunca decidimos desprendernos. Así, uno parece oler un poco de Meridiano de Sangre, otro poco de Viaje al fin de la noche, otro poco más de Bailaré sobre vuestras tumbas, y ya, si nos entusiasmamos, El corazón de las tinieblas. Pero no se exciten demasiado, es un olor desleído, fermentado, que no atrae sino que repele.

Lo peor de todo, propio de las novelas quiero y no puedo, ocurre cuando el autor se pone filosófico y les hace decir a sus personajes (en este caso, el narrador) tonterías de adolescentes en camino hacia su primer coma etílico:


El bourbon formó un pequeño charco bajo la lengua que, una vez en descenso por el esófago, ardió para inundar el estómago como si fuera napalm. ¿Vale la pena morir por esto?, pensé, pensando, a su vez, en Viejo Araña y su alcoholismo irredento. Por supuesto que vale, siempre vale la pena morir por algo, aunque se trate de una gilipollez, me dije, sí, sí que vale la pena, confirmé para mí, al fin y al cabo hay gente que la diña por nada, que desaparece y se funde a lo que son, a esa niebla contra la que han luchado a lo largo de su vida.


Aunque mi forma de pensar contradiga a la todopoderosa sabiduría de los anuncios nunca me ha gustado conducir. Además soy un borracho. Ir trompa y tener el poder de varias toneladas de chatarra que circulan a toda hostia y con cuatro tíos dentro cuyas vidas dependen de la destreza de un trompa, aunque pueda transmitir, en un  primer momento, sensación de poder; luego eso, la sensación de poder, se va al garete y queda algo así como vacío y miedo y una idea de responsabilidad demasiado grande para un borracho. Uno se funde con el coche. Forma parte del cacharro y, de algún modo, pierde un poco de humanidad. Se convierte en la única pieza verdaderamente frágil.

Otra cosa que saca de quicio es que este narrador innominado expresa esos pensamientos de soledad de fin de año con un lenguaje que a veces es lírico-pastoril y otras propio de un empleado de matadero (su actual oficio). Por qué, hombre, por qué.


Se trata, el Cráter, de uno de esos locales con rótulos de neón en la fachada y enormes gorilas con cara de gilipollas en la puerta. (...) Las rameras que desfilan por el Cráter son capaces de hacer lo que sea por dinero. Desde dejarse prolapsar el recto con succionadores hasta montárselo con un equipo de fútbol. Por un puñado de billetes llevan a los clientes de la mano hasta habitaciones forradas de terciopelo rojo.

Además, dispone, porque sí, de un vocabulario y de conocimientos superiores a los de sus compañeros. Incluso, en repetidas (demasiadas) ocasiones, se disculpa por ello, no fuera a ser que lo tomáramos por un mindundi pretencioso. Sin embargo, algo no cuadra: ¿Terminó la EGB? ¿Se matriculó en la Universidad en Ingeniería de Minas? ¿Era lector autodidacta? ¿Veía Saber y Ganar? ¿O era la vida salvaje del llano que le había otorgado infinita sabiduría y las respuestas del Trivial? El llano llanea, seguro. Nada se explica, sin embargo, sólo se nos dice que fue empleado del muerto (al que odiaban mucho) y que ahora trabaja matando vacas, lo que le embrutece, y tal. 

Bueno, la novela avanza o lo que sea y tras algún episodio gore, surgen más reflexiones sobre la vida, la muerte, sigue pasando alguna cosa que otra, después algún giro inesperado, más sangre, luego el sexo, más consejos prudenciales por si los echábamos de menos, tampoco falta la crítica al capitalismo, venga el llano otra vez, etc. 

¿Que si hay cosas buenas? A veces, alguna descripción no nos hace bostezar y, en cambio, nos permite entrever ese mundo eternamente salvaje y polvoriento. También, cuando el autor (o su alter ego) se olvida de sí mismo, la narración se vuelve, incluso, interesante. Dura poco, pero son bosquejos de algo que, a pesar de no ser nada original ni profundo, podría haber sido una historia pasable con un poco más de estilo, con personajes mejor delineados, con algo más de concentración

No todo tiene que ser original ni profundo.

Conclusión: no digo yo que no haya lectores a quienes les pueda entretener (lo que no es poco), pero, a un servidor, los descansos en la lectura se le hacían cada vez más largos y urgentes. Me pregunté, lo confieso, en este temprano estadio de mi ejercicio como reseñador, qué necesidad tenía yo de leer novelas así, si no me estaba "devanando a mí mismo en loco empeño". Esa debe ser, a buen seguro, la periódica ordalía de los críticos profesionales, quienes a partir de ahora me suscitan genuinos sentimientos de compasión (solo un poco). Me planteé en serio dejar la novela a algo menos de la mitad y darla por terminada, porque, ¿qué más podría pedírseme? A pesar de todo, tozudo como un llanero de Cicatuac, decidí continuar porque creí que sería más honrado publicar esta reseña si me la leía entera.

 No tiene por qué volver a ocurrir.

El jurado del premio Benito Pérez Armas declaró en la concesión: "Ha nacido un narrador". Mi conclusión de Vs., sin embargo, es otra: una novela con evidentes fallos de estilo, cuya trama se sostiene a duras penas, con lagunas, y que, en todo caso, parece hecha por alguien que está orgulloso de los muchos libros que ha leído y de toda la música que ha escuchado, y quiere que los demás lo sepan. 

Si este es el parto de Sergio Barreto como narrador, muy prematuro nos ha salido.