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viernes, 16 de junio de 2023

'La casa de mi padre', de Pablo Acosta

A veces, se juntan demasiadas lecturas. Al menos en mi caso, suelen ser de lo más dispar en cuanto a género y temática. Por ejemplo: Salidas de caverna, de Hans Blumenberg, sobre el mito de la caverna en La República de Platón. O El legado de Humboldt, de Saul Bellow. O Rompiendo algo, de Belén Gopegui. Por qué no, Ciudad Mori, de Sergio Mayor. También, Leopardo negro, lobo rojo, de Marlon James. Finalmente, La casa de mi padre, de Pablo Acosta. Esto es lo que llevo leyendo desde nuestro último encuentro. Cuando termine de escribir este artículo, no sería de extrañar que hubiese incorporado algún otro título más o menos extravagante.

A este respecto, he acabado, al menos, la colección de artículos y ponencias de Gopegui, libro que para todo aquel que no se plantee sólo escribir sino para qué en nuestros tiempos debería ser lectura forzosa¡. No sería extraño que cambiara su punto de vista (si es que tenía alguno) sobre la función o funciones de la literatura y del arte en general. Si no es así, al menos, resultará zarandeado. Ante las tesis de Gopegui uno se siente obligado a tener una posición, ya sea a favor o en contra. Obligado a pensar: si uno no escribe contra, ¿escribe a favor? En todo caso, el libro resultará útil para todos aquellos habitantes de la República de las Letras que abogan por la estricta separación entre política (o, al menos, su concepción de la política) y arte (lo mismo: según lo que entiendan por ello). 


La escritora trató de aprender de cuanto había leído, visto y escuchado y llegó a una conclusión. Se dijo, y dijo también a los demás, que ella no escribía por qué sino para qué. Poco a poco fue elaborando una teoría que la calmaba. La teoría rezaba más o menos como sigue: "Escribir novelas es un modo de representar la realidad, es componer historias que podrían haber sucedido y componer a la vez el mundo en que podrían haber sucedido. Componer, en fin, una realidad paralela que, entre otras cosas, nos permita establecer una comparación. Para eso escribo, pretendo construir una posición que nos faculte para mirar nuestro mundo no sólo como algo dado, inamovible, inevitable, sino también como un proyecto que se realiza a través de cada acto, de cada elección". (Pág. 227)


Ese empeño por ser apolítico en términos artísticos es lo que convierte a los artistas (muchos de los cuales se califican a sí mismos de "progresistas", de "izquierdas", etc.), en palabras de Gopegui, en "vanguardia flotante". "Prefieren ser la vanguardia de nada antes que la retaguardia de algo imperfecto, pero real" (pág. 285). Aquí lo dejo.

En otro orden de cosas, permítanme que les recuerde que dentro de nada volverá a abrir la feria de libros de Las Palmas de G.C. No por nada especial, sino porque es esta ciudad donde vivo, y desplazarme a otros lugares como Agaete o Telde, mucho menos a otra isla, para eventos similares se me antoja tarea imposible, un ocho mil sin oxígeno. Me imagino como Sócrates, que apenas salió de Atenas (para servir como hoplita). En realidad, sólo soy muy gandul.

En fin, acabada la deplorada regencia de Jorge Balbás, por fin han revelado la identidad de los miembros del nuevo equipo. También, los escritores y escritoras (o gente famosilla, en general) que vendrán, firmarán, hablarán, decepcionarán o cancelarán a última hora. Habrá que ver a quién se le otorgará tratamiento VIP (carpa Alexis Ravelo) y quién el de común. La mayoría, claro, se limitará a poner morritos frente a los ejemplares de su novela sentado en una silla. Por lo menos, acarícienles el lomo. Salúdenles, denles una galletita.

A la sazón, sería injusto afirmar que las ferias de libros (en realidad, solo me refiero a la feria del libro de Las Palmas GC) me decepcionan, porque, de entrada, nada espero. Cuando voy, encuentro lo que ya me imaginaba: casetas con los mismos libros, presentaciones entusiastas y predecibles, gente paseando con ligero desinterés, el parque de los perros en San Telmo lleno de esas bestias, etc. En las ciudades de provincias cualquier cosa que sea gratis reúne a muchas personas ociosas o que encuentran una oportunidad para salir, mas brevemente, de su marasmo vital. Por otro lado, sé que hay letraheridos (Juan Cruz, un saludo) entre Vds. que se vuelven locos por saludar al escritor o escritora de turno, ya sea por genuina admiración, ya sea por ver si se pega el aura de la fama, el fetichismo de conseguir la firma del ejemplar de su último libro... Recuerdo que una vez vino Vargas Llosa a nuestra ciudad y hasta los más izquierdistas de nuestros periodistas le llamaban, con empalagosa devoción, "maestro". 

No olviden, empero, que es una feria de libros, no una feria de la literatura. Así que podemos ser breves y comedidos en la indignación si un/a youtuber viene a promocionar su libro de consejos sobre maquillaje o un presentador de la tele quiera contarnos también en ese formato cómo superó la enfermedad X (elija la que quiera) o cualquier variación delirante sobre asuntos triviales. Eso sí, ojalá esas birrias sirvieran, como compensación, para que la organización se animara a traer a escritores/as interesantes. Claro, aquí está el problema: defínanme "interesante".

En mis fantasías, el dueño de mi librería también lee a Proust, a McCarthy y a Coetzee cuando no tiene clientes, lee a Hierro en el retrete y los fines de semana se dedica a repasar a Foucault y Bourdieu.




En lo que al libro de hoy respecta, La casa de mi padre, del tinerfeño, bien que residente en Barcelona, Pablo Acosta, viene precedida por una reseña entusiasta del voraz y omnívoro Eduardo García Rojas. Sabemos que García Rojas, salvo alguna excepción llamativa, tiende a la acritud crítica sólo cuando se dirige a los cargos políticos culturales, en especial, a Juan Márquez (de quien alguien pensó que valía para el cargo porque era músico, ya ven), lo que me parece muy bien. En lo que se refiere a las obras literarias, suele ser más blandito. Cada uno es como es.

Pues bien, La casa de mi padre no es una novela, ya nos advierte el autor. Más bien, es un viaje literario introspectivo para, como se solía decir durante un tiempo con esa expresión tremebunda, exorcizar sus demonios interiores, o, también, algo más laica, lidiar/ajustar cuentas con su pasado. En este caso, representado sobre todo por su padre. Esto no debería hacer retroceder al crítico o empujarle a caer en la tentación de utilizar el cuchillo de la margarina en vez del de la carne. Por mucho desgarramiento sentimental que se muestre, por mucha empatía que uno pueda sentir por el sufrimiento ajeno, por las variadas ordalías espirituales que haya superado, el autor no ha escrito una obra para sí mismo y guardado en el cajón, ya más sereno de espíritu por haber expulsado a Belcebú, sino que la ha, fíjense, publicado.

Resonancias bíblicas tiene el título, no obstante (Juan 14:1-3), pero lo que nos importa es que no se puede negar que el autor posee un estilo propio, un idiolecto concentrado, rítmico y, por momentos, repetitivo, lo que viene bien a ese intimismo por momentos ligeramente opresivo. Salvo alguna expresión, la prosa tiene altura, sin ser compleja, y es de lectura sencilla.

Por otro lado, el narrador en primera persona se dirige, en principio, a nosotros, como guía de un recorrido doméstico corto en extensión, largo en duración. A veces, nos sustituye por su padre, que es añorado y vituperado. Su muerte es un hito vital que propicia esta narración o, más bien, recapitulación.


Quiero extraerla de mi mente, montarla como un juguete recio, sin resquicios, tabla a tabla del parqué, esquina a esquina manchada, en estas páginas. Si esto no es un libro, es decir una novela, es porque no conozco la trama (no hay una trama), ni las motivaciones de los personajes (no hay personajes), y todo esto no son tan solo trucos de un narrador en primera persona. Así, muchas de las historias que contendrá nos llevará a callejones sin salida, porque en ellos me encuentro yo tantas veces, y mi vida no es un videojuego en el que tengas que mover un ladrillo del muro para que una puerta se abra (Págs. 11-12)


Hace años se inundó la casa de mi padre. Sin avisar, un día, cayó una tromba impensable sobre la isla y por fin la gente, al reventar de las alcantarillas, pudo echarse a la calle como tantas veces habían visto en los reportajes. Sacaron los botes hinchables del trastero para ir al rescate de viejas que venían de la compra, se habían quedado de agua hasta los sobacos y esperaban atascadas en rotondas. Los coches flotaron y se dejaron bogar hacia el mar; primero suaves nenúfares por las carreteras, después kayaks embravecidos rodando por los barrancos... (Pág. 17)


Hagamos algo. Mostraré dos imágenes del estudio que me vinieron en sueños. Primero, como en un juego, saldremos y volveremos a entrar. Miraremos lo que soñé un día, volveremos a salir y al entrar por segunda vez ya nos quedaremos allí, buscando objetos para fijar la memoria. ¿Estamos preparados? Mantendremos los ojos abiertos o no, da igual, porque mi padre aparecerá y tendremos que mirarlo con unos ojos o con otros pues mi padre en el estudio es. Y tenemos que mirarlo. Cogemos la manilla dorada, la presionamos hacia abajo. (Pág. 41).

 

El estudio queda atrás, enfilamos el pasillo. Es de día: a mitad de recorrido hay una ventana. Entra una luz inconcreta de patio de luces que se extiende como una mancha por la pared de la izquierda. Esa pared se divide en dos aglomeraciones colgadas: desde el recibidor hasta la mitad del chorro de luz, la colección de mariposas disecadas de mi padre (siempre fue un coleccionista a rachas: todo durante unos años y nada en adelante). Alas brillantes o ya cuarteadas, con el eje de extraterrestre seco, con la careta de gas del gusano microscópica, invisible, pero que imaginamos agujereada, deshaciéndose polvorosa. (Pág. 55)


Pero la lectura de La casa de mi padre no tarda en cansar. Ese recorrido habitación por habitación, que suscita recuerdos de momentos vividos con su padre y sueños, que provoca emociones y reflexiones, pronto se vuelve letárgico porque el interés decae tras unas cuantas páginas. Es posible que esto se deba, a que carece de la densidad y riqueza verbal de, por ejemplo, Georges Perec en su novela, también topográfica, La vida instrucciones de uso (y las mil y una historias que despliega el escritor francés, que toma como referencia las estancias de un edificio de viviendas). Además, esta historia es tan autocontenida, tan firme y sólida en su desarrollo (lo que debería ser una virtud) que, de modo paradójico, tiene como consecuencia la falta de capacidad de salir de sí misma, de relacionarse con nosotros, los lectores.

Me explico: creo que la razón principal de que, a medida que se avanza, uno se pregunte por qué debería interesar este asunto personal, los problemas del narrador con su padre, su obsesión por él, consiste en que estos no adquieren grandeza ni trascendencia más allá de la vida privada del escritor-narrador. No aprecio ni en la figura del padre ni en la del hijo elementos para admirar, asombrarme o detestar, nada ejemplificador, nada que me suscite una reflexión especial. 

Ya digo que tanto el dolor, el gozo como las buenas intenciones no bastan para conformar una novela aceptable (o unas memorias, si se quiere), ni mucho menos para que la crítica deba soslayar las imperfecciones. Aun así, podría haberme sentido conmovido por esta relación paterno-filial, lo cual ya habría sido algo valioso, pero tal sentimiento, lamentablemente, no llega nunca. 

Además, y es algo que se explicita dentro de la obra, a veces da la impresión de haberse construido con retales: un texto de aquí, otro texto de allá (esa rememoración de los sueños) y qué bien encaja todo, lo que ahonda, a mi juicio, en ese distanciamiento emocional:


Al principio, cuando me fui de las islas dolorido por tantas cosas (un amor obsesionante dejado allá, mi padre aún caliente en el cementerio y yo usando su dinero para continuar mis estudios en Barcelona), me compré mi primer portátil y creé un archivo que se llamaba La casa de mi padre. En él fui escribiendo durante más de diez años mis recuerdos, los sueños relacionados con él que iba teniendo, conversaciones ficticias que se iban por un sumidero. Esas páginas estaban llenas de ira y de una incomprensión que solo deseaba saber. (Pág. 88)

 

Aun así, esta obra merece consideración. Percibo una voluntad seria de creación literaria, por no hablar del mentado estilo propio del que hablé al principio una voz singular, sin duda. Es posible que mi falta de empatía no se corresponda con la de otros lectores y que lo que a mí me resulta indiferente, hasta el punto del aburrimiento, a otros/as les suscite grados variables de interés.


P.D. Otra reseña más, aparte de la de García Rojas, aquí.


jueves, 16 de junio de 2022

'Supersaurio', de Meryem El Mehdati

No he podido evitar el oír (y ver) las declaraciones de la concejala del ramo sobre el premio de poesía de Las Palmas de Gran Canaria. No solo, según ella, que el que se lo hubieran concedido a una mujer lo pusiera "en valor", como si en caso de que lo hubiese ganado un hombre lo habría depreciado, sino que, claro, el premio había puesto a la ciudad no en el mapa mundial, sino en esta ocasión "en el panorama de la Cultura". En el panorama

En el primer caso, se entiende lo que quiere decir, aunque lo diga mal, claro, que para eso es una política profesional que cree que tiene bien aprendido el guión. En el segundo, es la típica tontería-cliché-chorrada que suelen proferir nuestros representantes cuando un/a periodista, por razones que se me escapan, se les acerca con un micrófono para recoger declaraciones. Ya saben, ese acto periodístico rutinario con el que ya se sabe que el interlocutor no va a aportar nada significativo, pero o bien rellena papel en el periódico o bien tiempo en el telediario.

Tras estas profundas (y breves) reflexiones, que harán tambalear las convicciones de muchas/os, comencemos con lo que nos ha traído aquí hoy:



Sin saber nada, porque ya saben que yo nunca me entero de nada y que todo me cae casi siempre como por casualidad, me encontré con un ataque a la autora, Meryem El Mehdati, en un hilo de Facebook. Eso sí, bien defendida, por uno de nuestros lectores/oyentes más fieles. Ataque que no tenía que ver con el estilo, la prosa, etc., sino con etnicidades como que la escritora no era "canaria de verdad", que era una "mora" y cosas de ese nivel. Como ya me conocen Vds., lo primero que hice fue pedir la novela a mi (todavía) librería de referencia, solo por joder a esos energúmenos. Y aquí estamos.

Pues bien, y a riesgo de que este blog comience a caer en desgracia, Supersaurio, de Meryem El Mehdati ha sido en lo que llevamos de año una de las sorpresas literarias más interesantes y potentes. No es perfecta, claro, pero incluso sus imperfecciones tienen su gracia, lo que a estas alturas y con lo que ha pasado por aquí tiene su relevancia.

La novela narra las vicisitudes, primero, de una becaria, que es, para mí, la parte más interesante de la novela, que enlaza muy bien con la literatura de la precariedad, como aquella Existiríamos el mar, de Belén Gopegui que tanto ensalcé y tanto recuerdo o, incluso, con la novela obrera, y más cruda, de Desde la línea, de Joseph Ponthus (recordemos, también, La literatura del pobre, de Juan Carlos Rodríguez); y, segundo, su existencia como contratada, sueldo fijo y amorío, etc., que aun manteniendo el nivel no me suscita el mismo entusiasmo. Quizá sea porque la vida de una becaria, último eslabón de la cadena alimenticia de una cadena de supermercados ofrece el interés de ver ese lado oscuro del que no suele hablarse. Quizá, porque la consecución del objetivo del empleo quizá no hace, aunque no lo pretenda, sino justificar su experiencia anterior, en una suerte de demostración de ese meritaje que viene a decir que si lo vales, lo consigues. De lo que se deduce que si no lo consigues eres una mierda. 

Uno de las falacias de la meritocracia, consiste en eso: puede haber muchos/as que valgan pero solo unos/as poco/as lo consiguen por circunstancias, a veces, de lo más singular y ajena a la valía. ¿Significa acaso que aquellos que no lo consiguieron (porque no había sitio para todos/as) no lo merecían? También, que suele contraponerse la persona esforzada a la haragana, no siendo el mundo ni de lejos tan dicotómico. Por no hablar de las diferentes posiciones de partida, etc. Aun así, todavía hay bobos que "creen en la excelencia", como si esta fuera un concepto indiscutido que no hay que problematizar, sino en el que tener fe.

En fin, volviendo a la nuestro, la sucesión de escenas que conforman la novela, titulada cada una de ellas con el mes y el año, consigue ser dramática, emotiva y cómica, no necesariamente de manera simultánea. El uso del lenguaje de la autora es despreocupado, potente, con un desparpajo de quien lleva escribiendo mucho tiempo y lo hace suyo. Narrada en primera persona, el personaje, la propia autora, se revela como un ser singular: una mujer frustrada, resentida y resignada a la vez, que afronta un empleo, más bien una formación como becaria, que, como suele ocurrirle a gran parte de los licenciados/graduados de nuestro país no solo refleja la devaluación de los títulos universitarios y la así llamada sobrecualificación para determinadas actividades laborales, sino el derrumbe del sueño de clase media aspiracional, que consiste en una continuidad lógica entre el esfuerzo académico, el puesto de trabajo bien pagado y la consiguiente propiedad inmobiliaria. En este caso, es la chica para todo de la sección administrativa de la cadena de super/hipermercados, que, como se indica en la novela, está por encima, jerárquicamente, de la parte del servicio de cara al público: cajeras/os, reponedores/as, etc.

Aunque, como digo, está narrada en primera persona, la novelista logra evitar el ensimismamiento banal de tanto/a autor/a local y nacional, ya sea autobiográfico, ya biografía ficcionada, ya lo que sea. No son escasas las ocasiones en las que, con excusa de una narración, se nos endilgan experiencias vitales de lo más anodino y, a la vez, de lo más pretencioso, algo así como una eutrofización de la narración por exceso de solipsismo. Hagan un repaso al blog y no tardarán en encontrar ejemplos. Este es uno de los logros de Supersaurio, que una vida por lo demás bastante corriente se vuelva, si no paradigmática, al menos ejemplificadora de un estado de cosas, de una situación económica y social cuya degradación parecemos advertir casi todos/as.

Hay que señalar, además, que, a diferencia de Andrea Abreu y su Panza de burro, Meryem El Mehdati no construye un dialecto a base de supuesta habla popular y canarismos. Más bien, el suyo es un español más bien estándar, pero actualizado con el habla del mundo juvenil y veinteañero (del que ella forma parte) vinculado estrechamente con las redes sociales en Internet. Mientras Panza de burro mezclaba de modo convincente una especie de costumbrismo redivivo con el fenómeno (largo fenómeno, sin duda) del turismo, El Mehdati combina esa canariedad de la modernidad líquida, cuyo telón de fondo kitsch es la combinación de turismo y supermercados, con sus raíces marroquíes. El resultado, durante la mayor parte de la novela, es sorprendente y estimulante. Alguna vez, cae en algún pensamiento trillado, pero no son numerosos los casos y no empañan esa forma de ver la vida que sin ser insólita, sí resulta singular.


-Pensaba que vuestros nombres siempre tenían algún tipo de significado, así como... Profundo. En la carrera tuve un amigo que se llamaba Badr, un tío cojonudo. Su nombre significaba... 

Vuestros nombres, dice. El muy soplapollas. Sonrío.

-Bueno, una fase lunar, creo, por eso pensaba que tu nombre significaría algo. 

Badr significa luna llena. 

-Ahora me hiciste dudar -miento-. Preguntaré a mis padres esta tarde, quizá esté equivocada yo. 

-Sí, sí, pregúntales. Es que algo tiene que significar, vaya. Pero el sí que bebía, eeeh. 

Amaga darme un codazo amistoso. Durante un segundo deseo ser desollada viva. 

-Bueno, ya sabe -finjo la risa-. No porque mis amigos se tiren por una ventana tengo que ir yo y hacer lo mismo. 

Yo no quería venir a esto. Uno de los conceptos más cargantes del trabajo corporativo es el concepto "afterwork". No tiene sentido, es ridículo. Echas nueve horas o más al día en una oficina y luego sales de allí y te vas a un bar de copas a tomarte algo... con esas mismas personas con las que estuviste trabajando todo el día para "desconectar" del trabajo a pesar de que la mayoría de las conversaciones que se tiene allí es sobre trabajo. (Pág. 20)


Yo creo en el famoso clic. Conoces a alguien, le miras, te mira, todo encaja. Tú dices: "Mundo". Él sonríe y añade: "Na tu ral". Tinder se me hace aburrido. En general, los hombres me parecen aburridos. Los que no me aburren me dan miedo. Jose, 33. "Le diremos a nuestros hijos que nos conocimos en un museo." Pedro, 29. "Crossfit, birras y El club de la lucha." Matías, 31. "Jazz, crossfit y atardeceres." Son todos la misma persona. Hay una parte de mí que comprende que los seres humanos nos imitamos entre nosotros para no parecer unos auténticos psicópatas porque la personalidad se suele castigar, sobre todo si eres una mujer. Buscar el amor es como ir a una entrevista de trabajo, supongo. Ahora todo el mundo busca el amor, me da pena, me da pánico. No eres tú del todo, mientes un pisco, quieres que te elijan, swipe right. Cuando lees "Jazz, crossfit y atardeceres" entiendes que el otro está haciéndote saber que es igual que los demás, no hay algo de ingenio o de inventiva. No pasa nada. Swipe left, pero el siguiente tipo de más de treinta años que está calvo y que le pone cero ganas a lo de sacarse selfies. No tienes problema con los calvos, pero ahora mismo no son tu tipo, tienes veinticinco años. Sigues siendo superficial. El siguiente solo tiene una foto de su torso desnudo. El siguiente se define como "dominante" y busca sumisa. El siguiente no tiene una sola foto en la que no esté rodeado de niños africanos. Borras la app, ya no crees en el amor. Lo peor de Tinder es que hace que me sienta muy vulnerable de una forma que no sé explicar. Lo primero que te suelta un señor si no le respondes a sus mensajes al instante es que para qué coño hicieste match con él para empezar, pedazo de puta. Tampoco eres tan guapa. Está cansado de divas. Esa hostilidad tan gratuita y tan repentina da miedo, hola guapa y que te follen puta guarra son las caras de una moneda que tiras al aire y a ver qué cae. Al menos, el Joker tiene motivos para estar zumbado. (Págs. 38-39)


La jefa de Recursos Humanos, Macarena, llega por fin. Tiene que comunicarnos algo importantísimo. Está muy seria. Hay algo en el gesto de su cara que me hace mucha gracia de repente. Parece que va a vomitar si abre la boca. Lo reconozco porque es la misma expresión que suele quedárseme cuando he de decir algo que no sé cómo verbalizar. Me pellizco un muslo para no reírme. Omar arquea las cejas. Le imito. Pienso en Pacho Herrera, de Narcos. Tengo miedo real a que se me escape una carcajada. "Siento mucho tener que ser yo la que dé la noticia" oigo que dice Macarena. "Sé que muchos de vosotros habéis estado oyendo rumores estos días sobre un ERE. No va a haber ERE, pero sí se va a recortar el número de cajeras." Todo el mundo se calla a la vez. Ya no hay nada que temer. Alguien se ríe en las primeras filas, no sé si de alivio o por qué. Las cajeras pertenecen a otra especie, la especie "Haber estudiado". No le importan a nadie. (Pág. 45)


Además, los diálogos son verosímiles, cortos y dinámicos; los personajes, incluso los que apenas pasan por ahí, son sólidos y creíbles, se perfilan autónomos, con vida propia: singular muestra de humanidad en un entorno que va de Puerto Rico a Las Palmas GC y de Las Palmas GC a Casablanca. La ultramodernidad periférica en una cáscara de nuez.

EN DEFINITIVA: Supersaurio es una novela notable, que muestra una escritora de indudable talento. Algo se mueve en la literatura canaria, así que estemos atentos. Los/as de Blackie Books han estado listos/as.



POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA



miércoles, 15 de diciembre de 2021

Lo mejor y lo peor del Polillas en 2021

Este quince de diciembre debería sonar como el "Recuerden el 5 de noviembre" de la película V de Vendetta: una fecha con atmósfera explosiva, cargada de presagios, como suele decirse, cuando las expectativas están alimentadas con el temor a lo posible y el júbilo por la sorpresa. Un 15 de diciembre que marca el último artículo de Polillas al anochecer y el programa homónimo de Radio Guiniguada de 2021. Volveré, volverán, volveremos, en enero.

Que no se diga que no nos hemos esforzado por cambiar, aunque sea de manera mínima, casi meramente testimonial, el ambiente complaciente, a la vez que mezquino, del mundillo literario y editorial de Canarias. No será por falta de objetivos y de aspiraciones, por desmesurados que parezcan para nuestras posibilidades, que se basan simplemente en exponer y argumentar, con lo que, de vez en cuando, nos alcanza para convencer. Cierto es que la mayoría de los vicios y defectos son de naturaleza estructural, por lo que es poco probable, salvo un gran cambio en varios órdenes sociales, que la forma de presentar la literatura (y la cultura, entendida como el orden artístico) en las Islas (y en España) cambie de manera radical.

Sin embargo, como siempre, algo de espacio existe para la acción personal, para decantarse por una manera de estar en el mundo que no consista sólo en halagar al poderoso y en pisar al infeliz, en presentarse a los demás como un objeto entre objetos, como una calculadora de intereses. En fin, aspiremos a ser algo mejores, éticamente hablando. Total, por desear... ¿No habíamos convenido que el arte era "hijo de la libertad"?


En lo que comienza a ser una pequeña tradición, así quedan las listas de Polillas al anochecer:


Mejores novelas leídas en 2021

-Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori.

-Existiríamos el mar, de Belén Gopegui.

-El viaje de las palabras, de Clara Usón.

-La hijuela, de Marcos Hormiga.

-Cuentos de otoño, de Agustín Díaz Pacheco.

-Desde la línea, de Joseph Ponthus.


Como ya he señalado en otras ocasiones, establecer una jerarquía es difícil, sobre todo cuando se trata de sopesar las virtudes de varias novelas tan distintas. No obstante, tengo claro que la obra de Rezzori está un escaloncito por encima de las demás. Llámenlo capricho personal. Por lo demás, ha sido un descubrimiento para mí Clara Usón. Habrá que leer alguna otra novela de esta autora. Agustín Díaz Pacheco cuenta con una larga trayectoria literaria, y a juzgar por la mayoría de los cuentos que se ofrecen en esta obra, quizás su conocimiento por el público debería ser más amplio. Otro descubrimiento narrativo ha sido la novela de Marcos Hormiga, sin duda. Estos autores, junto con Luis Junco, Juan R. Tramunt o Anelio Rodríguez Concepción, entre otros/as (seguro que he olvidado mencionar a alguien importantísimo, perdónenme) representan para mí la literatura en/de Canarias que debería perdurar, por muy poco mediáticos que sean. Ahí veo yo auténticas vetas de arte literario.  


                                   






Peores novelas leídas en 2021

-El Salón de los Espejos Mudos, de Sergio Constán.

-El informe Silvana, de Sabas Martín.

-De un país en llamas, Javier Hernández Velázquez.

-Mediodía eterno, de Santiago Gil.

-Alma reglamentaria, de Alexis Hernández Benítez.


Con la misma incapacidad de establecer una jerarquía, estas novelas tienen en común ser muy deficientes en numerosos aspectos, que ya hemos tratado en las reseñas correspondientes. Eso sí, podemos comentar diferentes aspectos de cada una de ellas. Por ejemplo, la particularidad de la novela de Sergio Constán es que fue la ganadora de un concurso literario. Si una novela tan insoportable hizo que le dieran un premio a su autor, no es de extrañar que muchos/as escritores/as alberguen fantasías descabelladas de fama y prestigio. La de Sabas Martín mostraba asomos de que el autor es capaz de escribir algo con sentido, pero por alguna razón esos destellos quedaron opacados bajo una prosa que en su mayor parte era deleznable. De Javier Hernández Velázquez, leí todo tipo de elogios, que, al menos en este caso, se demostraron infundados. Creo difícil escribir algo de peor calidad. Se demuestra, una vez más, que el encomio desmedido y el buenrollismo cultural no valen para nada. A Alexis Hernández le oí decir que esta obra le había llevado varios años: solo espero que no vuelva a gastar su esfuerzo en desempeños semejantes. De la de Santiago Gil ya di cuenta en su momento. Nada hay que añadir a un escritor que rueda cuesta abajo, cada vez que puede, por las barranqueras de la cursilería y que, en mi opinión, es víctima de su relevancia en el mundillo literario grancanario.

Por último, y no menos importante, y que sirve para comprobar el nivel de la cultura en el plano literario, hago una breve mención a los reseñadores que más se han prodigado. Antes, hay que decir que, dado el difuminamiento progresivo del cuadernillo cultural de La Provincia y El Día y su desaparición en Canarias7, casi no hay reseñas literarias que merezcan ese nombre. Citemos a Victoriano Santana Sanjurjo, que perpetra sus húmedos artículos esporádicamente en aquel cuadernillo, y a Felipe Landín, que ha publicado alguna reseña extra almibarada en el Canarias7. Aparte, Eduardo Rojas coordina un suplemento en el Diario de Avisos y cuenta con la página en Internet de El escobillón. Se le nota cómodo: cualquiera lo imaginaría escribiendo sus cosas en batín y zapatillas, y sentado sobre un cojincito. A veces se irrita contra algún político o algún nombramiento, pero, la mayor parte del tiempo, el mundillo cultural y las novedades literarias le parecen bien, y se le nota.

Respecto de los dos primeros, sirven como ejemplo de la crítica literaria en Canarias, que no es crítica y apenas literaria. Ante los ojos de ambos, se despliegan novelas a cuál más magnífica y consideran que los/as autores/as son a cuál más excepcional porque Canarias está llena de talento, mucho talento, muchísimo talento, tanto que no hay papel en el mundo presente ni futuro en el que imprimir tanta obra maestra. Todo es maravilla, hermosura, belleza, levitación, espuma y pompas de jabón que se elevan hasta el Parnaso y más allá. Su único futuro, claro está, será dejar tras de sí un rastro de lectores estafados, indignados, desengañados y, probablemente, con orzuelos porque no hay ojos que resistan tanto disparate.  

Para ofrecer un bosquejo de solución (un saludo a Ricardo Pérez), si yo fuera el propietario de un medio o el director (si este pudiera hacer algo por cuenta propia), renovaría por completo el suplemento o la sección, en su caso. Nada de "saludos" a la obra nueva, nada de confundir el fomento de la cultura con la amistad de tal escritor o de tal editora. Acabaría con las entrevistas estereotipadas, esas en que se le pregunta al autor o autora qué hay de biográfico en su novela, si escribe con bolígrafo o a ordenador, qué opina de los niveles de lectura, etc. Los/as colaboradores/as cobrarían por su trabajo (ningún suplemento ni ninguna página web pueden plantearse desafíos importantes solo a base de entusiasmo, que, por lo demás, se desvanece pronto) y, por tanto, se les exigiría, en este orden, honradez, complejidad y erudición. El medio, además, pagaría la asistencia al espectáculo: ni entradas gratuitas ni pases VIP. Ese espacio, además, no sería agenda de actos culturales, artísticos o de espectáculos proveídos por las instituciones públicas o privadas ni sería mera página para las notas de prensa de turno. Tampoco debería ser plataforma publicitaria encubierta de otra empresa (el habitual ejemplo de un periódico y una editorial que pertenecen al mismo grupo empresarial)

Asimismo, en papel la periodicidad puede ser mensual o, idealmente, semanal. En una página web, la renovación de los contenidos se revela como crucial, con esa misma periodicidad. Revistas que parecen seguir funcionando aún como Trasdemar o La Salamandra Ebria revelan a las claras las insuficiencias del voluntarismo como método de trabajo, y las fechas de los artículos son reveladoras de tales carencias.

Sería reflexión crítica, con un punto dadá y algo de mala leche. De tal modo que aspire a convertirse en una referencia cultural y popular, es decir, que, a pesar de su especialización, sea también motivo de comentario ciudadano generalizado e intergeneracional, por difícil que parezca. Si tenemos claro que los periódicos en general son negocios ruinosos, un poco de valentía tal vez les serviría para recuperar algo de prestigio, por inconcebible que suene. Con respecto a los programas culturales de radio y TV, lo poco que he oído y visto adolece de los mismos vicios que la prensa.

Además, creo que lo ideal para el público lector sería no disponer de un solo suplemento o espacio como el que describo, sino de varios, quizá dos por provincia. Otra cosa es que en Canarias dispongamos de un público lector que hiciera posible la sostenibilidad de proyectos semejantes. ¿Cuántos/as lectores/as hay en Canarias? ¿Cuántos/as compran más de un libro al mes? ¿Cuántos hay interesados en arte? ¿Cuántos/as pagarían por leer ese suplemento o revista cultural? La clave está en la suscripción de los/las lectores porque si se depende de la publicidad privada, se corre el riesgo de que los principales anunciantes presionen para que se publique a favor de sus intereses (o al menos, para que no se publique en contra); si se depende de subvención institucional, más o menos lo mismo. 


En fin, para no acabar este artículo con un sabor amargo, les propongo también los siguientes libros de no ficción, algunos ya comentados:


Lista de la no-ficción o de sí-todolodemás

1) La política contra el EstadoSobre la política de parte, de Emmanuel Rodríguez López.

2) La fuerza de los débiles, de Amador Fernández-Savater (Akal).

3) Los pocos y los mejores, de José Luis Moreno Pestaña (Akal).

4) El escritor que compró su propio librode Juan Carlos Rodríguez (Debate). 

5) La norma literariade Juan Carlos Rodríguez (Debate).

6) La literatura del pobrede Juan Carlos Rodríguez (Comares).

7) Tras la muerte del aura, de Juan Carlos Rodríguez (Universidad de Granada).

8) La cena de los notables, de Constantino Bértolo (Periférica).

9) ¿Quiénes somos?, de Constantino Bértolo (Periférica).

10) La crisis de la utopía, de Luciano Canfora (Anagrama).

11) Ethos y Polis, de Salvador Mas Torres.

12) Malos nuevos tiempos, de Hal Foster (Akal).

13) Miradas políticas en el país de las fantasías, de Yayo Aznar Almazán (Akal).

14) El Estado contra la democracia, de David Graeber (Errata Naturae; traducción de David Muñoz Mateos).

15) El derecho a la pereza, de Paul Lafargue (Maia ediciones; traducción de Javier Alvarado).

16) Del Arte y su obsolescencia, de Alberto Adsuara (Casimiro Libros).

17) Breve introducción a la teoría literaria, de Jonathan Culler (Austral; traducción de Gonzalo García).

18) Gastos, disgustos y tiempo perdido, de Rafael Sánchez Ferlosio (Penguin Random House)

19) ¿Tiene futuro el capitalismo?, VV.AA (Siglo XXI; traducción de Bertha Ruiz de la Concha)

20) La domesticación del arte, de Laurent Cauwel (Incorpore; traducción de Juan-Francisco Silvente).

21) Pensar la imagen, VV.AA (Ediciones/Metales Pesados).

22) Supervivencia de las luciérnagas, de Georges Didi-Huberman (Abada; traducción de Juan Calatrava).

23) La cámara lúcida, de Roland Barthes (Paidós; traducción de Joaquim Sala-Sanahuja.

24) Discurso sobre el horror en el arte, de Paul Virilio y Enrico Baj (Casimiro Libros; traducción de Giulio Scafa).

25) Lo que no se ve, de César Barrio (Archivos Vola).

26) El abuso de la belleza, de Arthur C. Danto (Paidós; traducción de Carles Roche).



P.D. A posteriori, echo en falta la presencia de escritoras canarias (o residentes). Procuraré que no ocurra lo mismo en 2022.

P.D. Otra lista, que todo/a lector/a debería tener en cuenta, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA



jueves, 21 de octubre de 2021

'Existiríamos el mar', de Belén Gopegui

Alguna vez he mencionado el tinglado este de los premios literarios. De los premios, en general. Con las excepciones de rigor (que puede que promuevan efectivamente el objetivo explícito: dar a conocer a buenos/as escritores o artistas, reconocer o contribuir a reconocer a un/a artista que por esa concatenación de azar y capricho del mercado estaba escondido/a a la vista del público, etc.), por lo general los premios sirven al nada loable propósito de favorecer la imagen de la institución (pública o privada) que concede el premio o, simplemente, unido a lo anterior, premiarse a sí misma. Qué son si no los Oscar o los Goya: los miembros de la Academy of Motion Pictures Arts and Sciences en los Estados Unidos o los de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas de España son los que votan qué película (que han producido, dirigido, interpretado, etc., esos mismos miembros) o qué apartado de alguna película les ha gustado más. Algo similar puede decirse de los Nobel. Hay una academia sueca del ramo cuyos miembros votan lo que les gusta. Huelga decir que es necesario que hayan leído lo que votan, lo que significa que la obra de esa persona candidata debe estar traducida al sueco, (imagino que al inglés también) como mínimo. Además, los partidarios de ese autor o autora, creo, deben de conformar algún tipo de lobby para influir al comité designado para hacer llegar al jurado su obra.  

Es decir, no está previsto ningún mecanismo de infalibilidad o de omnisciencia, no hay afán totalizador, sencillamente porque no puede haberlo. Por tanto, las quejas de los/las fans sobre que una elección ha sido "injusta" no dejan de ser sino una falacia o mero resentimiento dado que la realidad no se ajusta a sus deseos, por estrambóticos que sean. Un premio es injusto cuando a sabiendas se elige una obra peor sobre otra mejor. En el caso de la extensa obra de grandes (o menos grandes escritores) quejarse, incluso con amargura y artículo en el ABC, por que la elección haya recaído en un tanzano residente en Inglaterra y no, digamos, en Javier Marías denota, como no podía ser menos, la arbitrariedad del gusto. Pero, como tal arbitrariedad, demandar que unos señores en Suecia le den su premio (o a los que se les ha atribuido esta prerrogativa) al escritor que le gusta a uno/a resulta como mínimo exagerado y un tanto histriónico. Además, si se duda de que haya concurrido solo el sopesamiento de valores literarios en la otorgación de este premio, como a veces se hace notar, me pregunto entonces, si tanto se ha depreciado, qué valor tendría que se lo dieran al escritor o escritora favorito. En tal caso, otra persona podría aducir la misma inquietud y proyectar las mismas sospechas al respecto. A no ser que se afirmara que solo en ese caso concurrieron únicamente las virtudes literarias. A todo esto, me viene ahora a la memoria de la frase de Cela sobre el Cervantes. 

Por otro lado, las últimas risas, mofas y befas respecto de los premios literarios han recaído en el Planeta. En serio, es posible que no haya certamen literario (por llamarlo así) más desprestigiado y más carente de todo interés puramente artístico en el mundo, y es posible que no haya certamen literario más anunciado, narrado y posteriormente más comentado que este en todos los medios de comunicación, lo que luego se desborda en las redes sociales, cenáculos literarios y grupitos de escritores/as apretujados en torno a una mesa en la calle Mendizábal. Es evidente que "dotarlo" de un millón de euros llama la atención, pero creo que su trascendencia va más allá del dinero. Barrunto que tiene que ver con que la empresa editorial y el conglomerado comunicativo que hay detrás y su cosmovisión ideológica de algún modo eclosionan visiblemente en esta ceremonia de autopromoción donde se reúnen elites políticas y económicas, y a cuya mesa invitan a literatos/as más o menos reveníos. En este caso, para mayor escándalo, tanto para los puritanos de izquierda como de derecha, la escritora galardonada resultó que estaba constituida por tres señores que casi pasaban por allí. Además, y como bien señala Antonio Bordón en un artículo al respecto en su blog, si queda claro que el premio Planeta siempre fue una engañifa, al menos los escritores que aceptaban participar en la componenda no estaban en absoluto carentes de prestigio ni de talento: comparar aquellos con estos de ahora nos hace preguntarnos (si este premio actúa, utilizando una metáfora bastante usada, como termómetro del nivel promedio de la literatura en nuestro país) en qué medida estamos bailando sobre un cadáver.

Por supuesto, podemos aducir que la literatura que interesa no tiene por qué acudir a certámenes, galardones ni premios, y que sigue vigente aquella distinción de Bourdieu, tan de siglo XIX, entre los autores que aspiran al reconocimiento de sus pares y los que escriben para el reconocimiento del mercado. Cada escritor/a vive en encrucijadas de disponibilidad de tiempo, de dinero, de espacio: unos se venderán por un bocadillo de chopped, a otros no les hará falta porque ya lo hacen gratis y unos terceros habrá que valoren la posibilidad de no renunciar a sí mismos. Es fácil llegar a la conclusión de que la balanza está absolutamente desequilibrada, pero... 






Yo espero que a Belén Gopegui no le ofrezcan (porque de eso se trata, de un ofrecimiento, según la abundante literatura planetaria al respecto) jamás el Planeta. En caso de que así fuera, también espero que a Gopequi no se le ocurra aceptarlo. Sería algo así como la encarnación del derrumbamiento de la esperanza y la erección de un nuevo ídolo del cinismo. Porque, a tenor al menos de las dos obras que he leído de esta autora, su literatura representa la antítesis de los valores comerciales que tanto promueve y festeja aquella editorial.

Existiríamos el mar narra la historia de un grupo de recién cuarentones (o cuarentañeros) no relacionados por consanguinidad ni intimidad erótica que, a falta de otras posibilidades, viven juntos en un piso. Todos viven de sueldos magros, trabajan en empleos insatisfactorios y, quizá sea lo más singular, albergan sueños, aun a pequeña escala, de emancipación. Pero una emancipación que no solo está centrada en el yo, sino que aspira a ser extensiva. Esto se personaliza en dos de los protagonistas, que ejercen de delegados sindicales en sus empresas ("sindicatos no oficialistas", por lo que supongo que no serán los grandes CC.OO ni UGT).

No es, no se engañen, una historia de grandes gestas proletarias ni de batallas laborales teñidas con la sangre de mártires, semilla de marxistas. Dentro de lo que cabe, sus trabajos no implican embrutecimiento extremo ni deterioro físico exacerbado. Es más, podríamos asegurar que quien más sufre la precariedad y la falta de medios es Jara, la única protagonista en paro, que, como máxima rebeldía ante su situación, en cierto momento decide desaparecer y mudarse a otra región. Sin embargo, los cinco personajes no dejan de pensar, pensarse y hablar unos con otras sobre este mundo que se empeña en bonificar a unos y dejar a la intemperie a otros. Donde unos son capaces de ejercer todos los derechos y otros, no. Donde unos confunden la realidad y el deseo porque la realidad de la explotación y de la angustia por llegar a fin de mes no está presente en sus vidas y otras viven en la desazón permanente.

Por otro lado, señalemos que la escritora no muestra un léxico apabullante. Es decir, el vocabulario es accesible para casi cualquier lector. La sintaxis, en cambio, requiere en muchas ocasiones de segundas lecturas. Es así como pensamientos de cierta complejidad están expresados de manera sencilla, lo que es más difícil de lo que parece. La escritora evita con su peculiar estilo la petulancia en la que desbarran otros/as autores/as más dados/as a imprimir sublimidad y espiritualidad a cada frase que pueden. La narración en tercera persona, aunque a veces es difícil, como suele ocurrir en escritoras bien pertrechadas, distinguirla del estilo indirecto libre, refuerza el objetivo, nada oculto, de la autora por reforzar su mensaje. Entiéndase esto no como escritura panfletaria o de tesis, sino como su empeño por mostrarnos ese lado oculto de las cosas aparentemente sencillas, triviales o no pensadas en las relaciones humanas. Devela los vicios y los automatismos de una vida poco lograda por circunstancias que escapan en gran parte a las intenciones y deseos de los protagonistas.


A veces cruza por su mente el rayo, la noticia, el lance que fulmina a una persona amada o a ellos mismos. Muchos viven en un azar que es solo abuso del poder de sus no tan semejantes, y se preguntan si les despedirán mañana o si tendrán recursos para mantener su vida. En algún momento, la mayoría sueña con el buen azar, con la buena aventura no esperada. Y en general y sobre todo, se tambalean y hacen como que no lo saben, como que no hay abismos a los dos lados de la acera, y ríen con la caída ridícula porque solo fue fantásticamente ridícula. Conocen la angustia de no llegar a tiempo a donde, sin embargo, al parecer no les esperan. Para designar lo muy bueno utilizan a veces nombres de lo imposible: esto es fabuloso, esto es fantástico. Pese a todo, no es raro que asientan ante una melodía, o que, tras ver a dos personas caminando juntas, con una gratitud maravillada sonrían al azar que les hace estar vivos. (Pág. 108)

¿Debería preguntarle cómo era su madre? ¿Debería proponer a Mariana ir a tomar un café? Ni idea. Solo se le ocurre hablarle de la precisión, de lo borroso, de lo difícil que es encontrar el término medio, de que la vida pasa muy deprisa y a la vez muy lentamente, de que le gustaría conformarse con las pequeñas emociones pero no puede, no sabe, no es capaz de construir una aduana para ordenar el paso de lo que la aturde, esa desorganización, esa tristeza, los agujeros del sufrimiento que se pueden reabrir y no siempre por azar. Le gustaría explicarle que cuando se le hace un nudo en la cabeza no es porque esté sintiéndose Juana de Arco, sino porque tropieza en cada acto menor, como no poder invitar a una caña, no creer en el consuelo y no saber decir las palabras. No está dispuesta a aceptar un paro inaceptable y puede que eso acarree mayores inconvenientes y caos en su entorno de lo que ocasionaría su conformismo. Pero aunque nadie pueda decir si en verdad somos libres para querer lo que queremos, hay una libertad a la que Jara no renuncia no la de lo hipotético, lo que hubiera podido pasar, sino la del qué haré ahora y el hasta qué punto puedo tratar de empujar los límites injustos que me imponen los más fuertes (...). (Págs. 147-148)

La voz y la intensidad suben ahora al borde del tejado del hostal, allí se sientan, con sus piernas ficticias colgando. En lugar de echar a suertes su papel en la historia, la voz expone su caso. Algunas historias, dice, requieren no transitar por los límites de lo insoportable y lo extraordinario. En los momentos ordinarios, la chapuza vital, el impulso de la justicia y la llamada de lo lejano encuentran un peso tal vez equivalente; los humanos tratan de responder como mejor saben a esa tríada, hay momentos espléndidos que, como grandes robles, extienden sus copas, hay caídas y tiempo de pena, hay intentos perfectos si bien no logrados y un discurrir a través de los días con afecto atento, un discurrir a veces intrincado, un poco lóbrego y sobrecogedor, a veces espacioso y al borde del mar. Y esta es la vida sin sus desafueros, también cuenta, y también forma parte del camino. (Pág. 246)


No es una novela, entiéndase, lacrimógena o simplemente deprimente. Más bien, la sensación que me suscita es justo todo lo contrario: la rebeldía a pesar del inoportuno desfallecimiento; la dignidad como bandera a pesar de la bota que amenaza por pisotearla, la ensoñación (si se quiere, utópica) de que es posible otro modo de organizar la sociedad, de hacerla mejor, para que quepa todo el mundo, la alegría de poner el corazón en los pequeños detalles. En algún momento Gopegui cae en el error de usar algún personaje como mera envoltura para propinarnos un discurso. Esto es error cuando se nota, claro, porque decir que los personajes actúan solo por cuenta propia es un disparate ontológico, aunque se entienda lo que se quiera decir. No obstante, los personajes se recuperan, y ciertamente se desarrollan pensando y sobre todo hablando, como decía Harold Bloom que hacían los personajes de Shakespeare. No entraré yo en comparaciones fantásticas, pero también los personajes de Existiríamos el mar siguen vivos y dialogando en nuestra mente una vez acabada la novela. 

Ya sea porque sus circunstancias vitales descritas en la novela se asemejan de un modo u otro a las nuestras, ya por todo lo contrario, porque nos creemos que flotamos en una altura olímpica respecto de ese tipo de problemas, el discurrir de Jara, Hugo, Ramiro, Camelia o Lena nos interroga sobre nosotros mismos, sobre lo que pensamos acerca de asuntos tan humanos como la injusticia, la explotación, la valía y la pobreza, sobre ese concepto ya tan manido como la solidaridad de clase y sobre todo nos interroga acerca de nuestra posición en el mundo y de cuál es nuestra actitud y nuestras acciones acerca de aquellos. 

EN DEFINITIVA, una obra valiosa que, por si uno las albergara, despeja toda duda sobre la pertinencia del género novelesco en nuestros días. No solo deleita, sino que sirve.







miércoles, 15 de julio de 2020

'Quédate este día y esa noche conmigo', de Belén Gopegui

Leyendo los artículos de Nora Navarro en la hojilla cultural de La Provincia, uno se da cuenta de las inmensas dificultades del ejercicio de su profesión. Dificultades de deslinde, precisaría yo, entre la actividad por la que cobra, periodista del medio en cuestión, especializada en eso que suele llamarse Cultura (pero que mañana mismo puede pasar a Deportes o a Sociedad), y su afición por escribir artículos en los que plasma sus impresiones de lectura de una obra determinada. Podríamos señalar que el trabajo de periodista cultural no incluye, ni mucho menos, la actividad de reseñadora, más bien la repele, porque los intereses son divergentes.

Me explico: como periodista (cultural), Navarro puede y debe conocer a escritoras/es, artistas, editores/as, galeristas, agentes, representantes, concejales/as y consejeras/es, gerentes de instituciones culturales y demás gente del mundillo artístico-cultural de mejor o peor vivir. En ese sentido, unas buenas relaciones en las que además de empatía y simpatía pueden intercambiarse favores veniales conforman la actividad cotidiana de cualquier periodista. En cambio, como reseñadora, Navarro podría encontrarse ante una obra que considerara detestable, o que le gustase regular (lo mismo podría aplicarse a un/a crítico de arte). Es aquí cuando su opinión como reseñadora-crítica podría entrar en colisión con su actividad como periodista cultural. ¿No le importará molestar a la autora? ¿Y a la editora? ¿O con la consejería/concejalía que subvenciona la obra o que le ha concedido un premio? ¿Y si dentro de un tiempo tiene que entrevistar a alguna de las partes implicadas? ¿O pedirle un favor porque alguna de ellas conoce a alguien que le interesa? Menudo dilema: su opinión de lectura puede perjudicar el ejercicio de su profesión. ¿Qué hará, entonces, "luchar contra un piélago de calamidades" y emitir su opinión sincera e informada o, siendo "más descansado para el ánimo", escribirá lo que sabe que le beneficiará o que, al menos, no le ocasionará contrariedades?

Ignoro cuál es la respuesta particular de esta periodista y de aquellos/as en posición similar a la suya, pero sí que parece que es general, y hasta cierto punto lógico, que la mayoría se decante por "no cerrarse puertas". Dicho de otra manera: una manera de esquivar el dilema es reseñar sólo aquello que les gusta. O decir(se) que es eso lo que hacen. Además, no es descabellado pensar que, aun siendo socialmente casi irrelevante, esta posición en un medio consolidado como un periódico local otorga cierto status de "conseguidor(a)". Es decir, dentro de ciertos límites, puede ejercer el poder de decidir qué obra se visibiliza para el mundillo lector. Aunque en cuanto a número de lectores, su influencia social sea reducida, su prestigio dentro del mundillo artístico es consistente por ser esa especie de portero/a del campo cultural al que, sobra decirlo, no todos/as tienen acceso. Quizá sea poca cosa para nosotros, pero para algunas personas eso no tiene precio.

Estos dilemas son extrapolables, claro está, a la crítica teatral, musical, pictórica, escultórica, cinematográfica, etc. Al fin y al cabo, no deja de constituir un conflicto de intereses, pues se corresponde con actividades diferentes que concurren en la misma persona o profesión. Problema grave que sólo puede ser resuelto mediante la necesaria división de funciones entre el/la periodista cultural y el reseñador/a, además de un plus ético que vamos a dar por supuesto. El medio de comunicación, en consecuencia, tendría que contratar a una persona específica o, por el contrario, evitar publicar reseñas en absoluto. Pero, ¿cómo resistirse a ser influyente?









En otro orden de cosas, la novela que hoy traigo aquí tiene el hermoso título de Quédate este día y esa noche conmigo, de Belén Gopegui. Novela de historias enmarcadas cuya singularidad es que toma como forma principal una carta de solicitud de empleo a Google, (es decir, a Alphabet, que es la corporación matriz).  Pero es una solicitud peculiar en todos los aspectos por ser obra de dos personas (los protagonistas, Olga, que es una especie de mentora, y Mateo, joven y, por tanto, novicio), por el formato (una narración en el que se combinan la segunda y la tercera persona) y por la extensión (más de cincuenta mil palabras: la novela, en sí, casi en su totalidad). 

Como es evidente, todo este artificio metodológico es la forma en que la autora construye esta novela dividida en dos partes, con una introducción, ambas, por el receptor de la solicitud en Google, y con la que pretende darnos cuenta de un montón de asuntos de relevancia moral y social, que es lo que la convierte en estimable. Gopegui sabe ir más allá de los lugares comunes gracias a un conocimiento bastante profundo de las repercusiones del dominio de las grandes compañías especializadas en big data y en el control de los usuarios. Resulta un signo de los tiempos que esa carta, esa solicitud con carácter de manifiesto, vaya dirigida a una gran empresa, como antes era dirigida al césar o al rey. O como dice en la reseña a la que enlazo más abajo (*), a Dios. También podemos pensar que en un mundo en el que la opinión de los individuos no cuenta nada (si es que alguna vez contó) solo es relevante su huella digital o sus hábitos mensurables para poder comerciar con ellos o convertirlo en target de alguna campaña de marketing. Según algunos autores, esta reconducción del capital desde las manufactura a los datos, igual que a las finanzas, es un signo de la veracidad de la teoría de la caída tendencial de la tasa de ganancia del capital (véase, por ejemplo, La tragedia de nuestro tiempo, de Andrés Piqueras). En cualquier caso, el demos solo es tomado en cuenta como objeto de manipulación y de extracción de renta.

No obstante, Gopegui va más allá de la novela de tesis, de la mera ejemplificación en clave literaria de una teoría o de una visión. En la novela se encarnan problemas y dilemas morales y vitales que experimentan (o podrían experimentar) los seres humanos en unas circunstancias específicas. En este caso, una sociedad de capitalismo posfordista, casi inmaterial, de disolución de lazos humanos y de fulgurante atomización social. O sea, la nuestra. La injusticia de fondo que acompaña y es causa de la desigualdad social en ascenso y la permanencia del vínculo entre empleo y valía junto con la cada vez mayor dificultad para acceder a lo primero ocasiona innumerables problemas psicológicos y sociales que encuentran su reflejo en las trayectorias personales erráticas y precarias, por no decir algo peor, de innumerables individuos. Hasta qué punto podemos identificarnos o no con los personajes es cuestión de cada uno, es evidente, pero me atrevo a señalar que las reflexiones de los protagonistas enlazarán en un punto u otro con las nuestras, a poco que hayamos sido capaces de hacerlas y no nos hayamos suicidado después. Esto, que considero virtud, puede hacer que algunos abandonen la lectura. 

No obstante, contra el cálculo y el determinismo logaritmizado, los personajes se preguntan y reflexionan sobre qué nos hace humanos, específicamente humanos, y no máquinas o robots. En qué medida somos programados o moldeados por los genes y la cultura o en cuál es posible que triunfe la voluntad. Cuál es, en definitiva, la capacidad de tener libre albedrío, con su casi infinita serie de consecuencias. En este sentido, Olga y Mateo, pese a su proyecto común plantean preguntas y formulan objeciones desde posiciones vitales y morales diferentes y, a veces, opuestas. Un debate ante el que el público lector tiene difícil mantenerse al margen, pese a la posibilidad de ir decantándose en momentos distintos por opciones contradictorias.

En este contexto de densas implicaciones sociales y morales, Gopegui es capaz, a pesar de todo, de sacar brillo a la lengua. Consigue, al mismo tiempo, evitar la mayor parte del tiempo que la literatura ceda terreno a la moralina. En mi opinión, un mérito nada desdeñable pues este error de modo simultáneo restaría verosimilitud a la historia y credibilidad a las reflexiones subyacentes. Solo podría señalar como objetable el tono de algunos diálogos, que comienzan un tanto acartonados. Es decir, no surgen (no dan la impresión de surgir), digamos, de manera natural, sino que se notan creados ex profeso, de manera artificiosa.


Mateo tiene veintidós años y vive una moderada vida secreta desde hace tres. Claro, vas a decir que descrees del secreto. Es casi imposible ahora que tanto tú como las nuevas plataformas etiquetan, ubican y terminan por fraguar un mismo perfil para la familia, amigos y amigas, jefes. Sin embargo, los seres humanos se encienden en secreto, florecen en la oscuridad, maduran en secreto. (Pág. 27)

El estudio, en cambio, ha producido la siguiente conclusión: el paro hace que se rompa algo; eso que se rompe provoca en la persona parada una incapacidad para comprender tanto el valor del mérito como la retribución según el mérito. Los autores del estudio dicen que las personas en paro se han vuelto incapaces de comprender algo que es real. Olga y Mateo le dan la vuelta: no se les estropea la capacidad de comprensión: más bien se les enmienda. Como una operación o unas gafas, el paro corrige la visión borrosa de los parados. Esa silueta que de lejos tenía forma de meritocracia, ahora es simplemente una mancha en la pared, Superman no va a venir y soñar cansa. (Pág. 49)

Cuando Mateo mira a la chica haciendo como que mira su móvil, piensa en toda esa monotonía, ese cansancio, ese no estar en otra parte y no tener ni un sombrero ni un caballo ni una nube, ese abrir el puesto antes de que sus horas de trabajo empiecen a estar remuneradas, cerrarlo, limpiar y echar las cuentas y colocar las cosas cuando ya su jornada supuestamente ha terminado, el insecticida, el servicio sin espacio para cerrar la puerta, el desinfectante, soportar las bromas pesadas del jefe, su presión los días en que se ha vendido poco, esas mañana cuando, pese a no haber dormido apenas pues algo le ha sentado mal y aún tiene el estómago revuelto, debe sin embargo volver al mismo olor, reprimir la náusea si no quiere perder el trabajo; y el miedo, y el desconsuelo de saber que siente miedo de que puedan echarla de un sitio así. Mateo se pregunta si eso que es padecimiento o dolor podría ser también una especie de entrenamiento. Entrenarse para evitar que vuelva a suceder. Entrenarse como si cada día al salir de casa la chica o él se toparan de frente con la pintada que conocen aun sin haberla visto nunca: "No tienes la menor oportunidad, pero aprovéchala". (Pág. 57)
 
¿Qué dicen los seres humanos, Google, cuando dicen "yo"? ¿Quién les dio sus recuerdos? Nadie gobierna sus naves. Hojas mecidas por el viento, el rumor de la sangre, el latido, el golpe de la ola, lamer la arena e irse una y otra vez. (Pág. 88) 

 
En definitiva, una novela seria, una novela moral (¿hay acaso novela digna de ese nombre si no lo es?) que nos sale al encuentro a cada paso (qué hemos sido, qué seremos, qué hemos hecho y qué haremos), vestida con una prosa eficaz, brillante en momentos puntuales. 

Aun habiendo escrito todo esto, quedando claro que la recomiendo, siento que algo importante se me queda atrás. Léanla, entablemos un diálogo y quizá así le pidamos trabajo a Microsoft.