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viernes, 12 de febrero de 2021

Un batiburrillo griego

Es posible que se sorprendan si, leyendo a Esquilo, en concreto su trilogía trágica Orestiada, encuentran a una antecesora de Lady Macbeth, en el personaje de Clitemestra, la esposa de Agamenón, el vencedor de Troya. Lo saco a colación, porque a veces tengo la sensación de que mi formación literaria ha ido en contra de la flecha del tiempo. Aquellos clásicos griegos y romanos, fuente o base de gran parte de nuestra cultura, han sido relegados a la oscuridad salvo en ocasionales glosas y citas dispersas. Así, no pensé, cuando en su momento leí Macbeth, que Lady Macbeth era un eco de Clitemnestra. Independientemente de si Shakesperare había leído a Esquilo o no, mi conocimiento alcanzaba solo al primero. Ver para creer, pensarán con razón, mientras se rasgan las vestiduras.

No hace tanto tiempo, una persona no era culta si no sabía latín. Antes, si no sabía griego clásico. En el ámbito académico anglosajón, una persona que no sabe griego (no el moderno) recibe el apelativo de "greekless", creo que con ánimo despectivo o condescendiente. Hoy en día, no existen criterios que gocen de respaldo social generalizado para determinar quién es culto. Lo que hay -y siempre ha habido- son criterios de clase. Aunque, a decir verdad, en nuestra época a casi nadie le importa, salvo a esa especie humana denominada gestor/a cultural, experta, en realidad, en relaciones humanas y captación de patrocinios y, por supuesto, a aquellos que abominan de "la masa". Masa de la que ellos/as no forman parte, por supuesto: excrecencia monádica, en todo caso. Quizá sea mejor así, porque es fácil abominar de los supuestos incultos si uno/a ha tenido todas las posibilidades para leer, estudiar y llevar una vida con tiempo libre y ellos/as, no.

Volviendo al asunto griego, les confieso que, quizá por el hastío que representa la producción literaria patria y local en su mayor parte, y también por motivos de investigación intelectuales, he dirigido la mirada a los griegos. Si, como ya comenté hace algún tiempo, Sófocles y su Edipo, Rey (quien, en realidad, no era rey, sino tirano) fueron, vía Foucault y su estudio de la parresía, el objeto de mi lectura, después fueron Eurípides y su Ion, y ahora, como señalé más arriba, Esquilo: la Orestíada, Los persas y Prometeo encadenado. Lo mismo puede decirse de Platón, de quien uno puede disfrutar tanto por su contenido filosófico como literario. Quién me iba a decir a mí, no hace tanto tiempo, que lo leería con placer. En general, tengo la sensación de que voy dando tumbos en la vida, sí, pero en ocasiones uno de esos tumbos me acerca a algo valioso de lo que ya no puedo prescindir en adelante. 

Si uno quiere saber algo de la Grecia clásica, de su democracia, no puede sino conocer también su mentalidad, su visión del mundo, cambiante, por acotar el periodo más conocido, desde Salón hasta la derrota ante las armas macedonias, y que se plasma de manera nítida en la tragedia y en la comedia. Además, por supuesto, en los diálogos de Platón, en los escritos políticos y éticos de Aristóteles y en otros textos como La Constitución de los Atenienses, de paternidad dudosa (se le suele denominar a su autor el Viejo Oligarca) o de Tucídides y Jenofonte, entre otros. Bien es cierto que todos estos autores exhibían en sus escritos su visión profundamente antidemocrática de cómo debía organizarse una polis. Así pues, uno puede comenzar con política y acabar leyendo tragedia, o viceversa. Esa división bastante nítida para nosotros entre política y literatura resultaba inexistente para los atenienses, y los griegos, en general, pues ni siquiera nuestra concepción del arte sería inteligible para ellos. En fin, nada que no se sepa.

           
                                                           
           

Es interesante saber, además, respecto del teatro en Atenas, que en sus festivales dramáticos se erigía en vencedora no aquella obra por la que hubiese votado un comité compuesto por Juan-Manuel García Ramos, Juan Cruz y un/a tercero/a cualquiera, sino por la misma ciudadanía que había asistido a las representaciones. Era, por tanto, un premio del máximo prestigio, ausente experto alguno, en el que el componente democrático era esencial, en consonancia con el espíritu de casi todas las instituciones de la polis. Recordemos también que los jurados de los juicios y la composición del Consejo que preparaba los asuntos para ser debatidos en la Asamblea estaban, asimismo, formado por ciudadanos seleccionados por sorteo (que voluntariamente se habían postulado para ello), por lo que cualquiera podía formar parte de la administración, aunque fuera por un periodo breve. Solo los estrategos, los generales, y más tarde el tesorero de la ciudad resultaban elegidos por votación. Para los asuntos que no requerían saber técnico-especializado, el sorteo; para los que sí, la elección. Se consideraba, pues, que el sorteo era más democrático y la elección, más aristocrática.



En fin, lo que les quiero transmitir es que se puede apreciar la obra de aquellos griegos sin ser especialista ni académico, y que por mucho que sepamos de terceros que estamos influidos por ellos, etc., no hay nada mejor que ir directamente a su legado, sin más intermediarios que una buena traducción o, en su caso, un/a buen/a comentarista, que hay muchos/as y buenos/as. Por ejemplo, en la actualidad estoy enfrascado en la lectura de Democracy. A life, de Paul Cartledge o Ethos y Pólis: Una historia de la filosofía práctica en la Grecia clásica, de Salvador Mas Torres.


    

En este sentido, una relectura de El Banquete, de Platón bajo el confortable manto de Giovanni Reale en su obra Eros, el demonio mediador vale mucho la pena, por mencionar otro. O aquel libro de Cornelius Castoriadis que, en su momento cité en algún artículo: Sobre El Político de Platón.



                                                                                                                     

En fin, comprendo que se pueda percibir este artículo como un tanto ingenuo, en tanto en cuanto muchos/as de ustedes estarán de sobra familiarizados con su objeto. No obstante, mi propósito ha consistido desde un principio en hacerles partícipes de lo que supone para mí un descubrimiento de esta naturaleza en un estadio ya avanzado de la vida, lo que me ha hecho cuestionar -una vez más- mi educación y mis preferencias a lo largo de aquella. 

Añadamos, ya hablando de forma general, la formación literaria de nuestros/as escritores/as. Si Thoreau, Emerson, Hawthorne, Melville, Dickinson y otros/as grandes de la literatura estadounidense del siglo XIX escribían sobre la base de un conocimiento profundo de las Escrituras, me pregunto si a estas alturas de siglo XXI se puede escribir sin saber nada no solo de la Biblia ni de las autores grecorromanos, sino si se puede abordar un proyecto literario sin un mínimo de erudición que consista en algo más que en series de TV, alguna lectura en diagonal de Arturo Pérez Reverte y el recuerdo adolescente e inefable de H.P. Lovecraft. 

Por otro lado, ¿puede uno/a escribir, estando situado dentro del marco de una cultura, sin conocer la obra de las generaciones anteriores que contribuyeron a engrosar el acervo de esa misma cultura? ¿Necesita un escritor canario conocer a Cairasco de Figueroa, a Alonso Quesada, a Josefina de la Torre o a Víctor Ramírez? ¿Esas sombras de antaño pueden quedar atrás sin que nos alcancen? En definitiva, ¿hay lecturas indispensables del pasado para que la obra potencial de nuestro presente resuene, a su vez, en la posteridad?






jueves, 25 de enero de 2018

'Malaquita', de Juan-Manuel García Ramos

La presente obra forma parte de esos títulos, al parecer emblemáticos, de la literatura canaria que figuran en todas las antologías y estudios, pero que nadie ha leído (o no recuerda haberlos leído). Por si resulta de interés, el filósofo José Luis Aranguren la presentó en 1981 y es su prologuista. Afirmó haberla leído, lo que ya es mucho más de lo que confiesan los reseñistas-amigos del hoy por ti, mañana por mí.

En todo caso, Malaquita formó parte de una colección denominada Biblioteca Básica Canaria, editada por la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias. Así, uno tiende a pensar que si Malaquita está incluida en esa Biblioteca Básica, será porque alguien (el comité experto) la consideró parte del canon canario de literatura, vamos, de las obras imprescindibles. Los cánones, como también sabrán, no los hace nadie, provienen directamente del aire y de la tierra, cuando no del ser idiosincrático de la comunidad eterna, etc. 


Lo llamativo del caso, que a lo mejor no lo es tanto, es que el director de dicha Biblioteca Básica era... Juan-Manuel García Ramos. Quizá porque el Consejero de Cultura era... Juan-Manuel García Ramos. Lo más probable es que todo sea casualidad, y que la comisión independiente encargada de la selección de obras que formarían parte de esa colección no tuviese más remedio que elegir Malaquita por su intrínseco valor literario, fuese quien fuese el consejero de turno. Hay que señalar, además, que a nuestro autor se le concedió en 2006 el Premio Canarias de Literatura. Al igual que a nuestra apreciada Cecilia Domínguez Luis en 2015.


Pero, bueno, eran otros tiempos: 1991. Ya se sabe cómo se las gastaban en aquel entonces. No como ahora, tiempo en que los artistas jamás ocuparían cargos institucionales (ni políticos, ni culturales, ni político-culturales) desde los cuales fraguar su imprescindibilidad histórica, ni los escultores consagrados (según ellos) crearían fundaciones financiadas por el Ayuntamiento, que también tendría la obligación de comprar las esculturas del escultor consagrado para instalarlas en la sede de la fundación que también sería un espacio público (por ejemplo, un castillo), ni los reseñadores de los periódicos locales serían amigos de los autores de las obras que reseñan ni los/as escritores/as serían también reseñadores y Dios mío qué promiscuidad de libros, artículos, reseñas, elogios, ditirambos, maravillosismos, y qué hay de lo mío, y que quiero vivir de mi arte, páguenmelo entre todos, etc., etc... Hemos avanzado, sin duda, lo que resulta todo un alivio.







En lo que se refiere a la novela, no sé si la pertenencia a lo que se llama la Nueva Narrativa Canaria o el contexto histórico-social-literario de la época en la que se escribió (experimentalismo, estética marginal-realismo sucio-compromiso social-feísmo-lo que sea) influyó en el aquel entonces joven escritor. El caso es que se nota que hay cuajo, que aquel joven Juan-Manuel tenía mimbres para escribir algo inteligible, que quizá tenía ideas que compartir con el resto del mundo. Al fin y al cabo, se ha dedicado a la filología de forma profesional toda su vida y la corrección técnica se le da por supuesta.

Sin embargo, la novela es insoportable. Personalizándola, diríamos que se comporta como una enemiga con ínfulas (literarias) que te desalienta cada vez que le sigues el paso, que te disuade de seguir la trama cuando parecía que habías cogido el hilo (el que fuera), que parece pretender que el lector haga un esfuerzo de reunir los trozos de introspección que el autor tiene a bien diseminar aquí y allá, supuestamente como parte de un plan maestro. Aranguren, el muy cachondo, en un rasgo de humor, nos señala en el prólogo: "Su lectura e interpretación, como la de toda auténtica hermenéutica, ha de ser circular". En mi opinión, esa tarea hermenéutica no significa más que "búscate la vida si quieres entender algo". Otros quizá la denominarían "complejo artefacto literario", "literatura arquitectónica", "experimentalista" o "rompecabezas literario". Los eufemismos, como la mala leche, son la sal de la vida.

La novela, en fin, es una sucesión de narraciones en tercera persona, monólogos introspectivos de los personajes, fragmentos de diarios y de cartas, y de diálogos que nos introducen en la vida de una vieja prostituta, Dolita, en la de un joven, Ernesto, y en su relación sexual-sentimental resultante. De telón de fondo, la pobreza y la marginalidad que los rodea, la miseria moral de la sociedad, etc.

No obstante, enloquecida por las fatigosas marchas urbanas al sol, sólo atenuadas por las intermitentes entradas a los zaguanes y tiendas en los que rara vez era atendida, contaban que la descubrían ofreciendo sus menopáusicos encantos a los estudiantes mañaneros, los empleados de mostrador, los repartidores de diarios y leche, ávidos, algunos todavía, de descubrir secretos femeninos en su sexo amoratado por los combates, en sus pechos albeados por el roperío sudoso de las caminatas. Sin frases de otro gusto, sin descender a la oferta verbal desprestigiada: sólo recogía con cariño uno de sus pechos del sujetador ancestral y, resguardada de otras vistas, lo presentaba sonriente al muchacho de turno, o en otras ocasiones, abierto su abrigo, aparecía con una mano introducida en sus inmensas bragas negras, con sus ropas recogidas a esa altura, dejando ver sus torneados muslos blanquecinos, enmarañada pelusilla encanecida de su pubis. (pág. 22)

(...) 
-No llore, mujer, no llore. No me ve a mí resignada ya, jesús. 
-Ay, doña Amalia... 
-Pues como le decía, el veterinario primero la edad, luego si no conocía a  los padres. Mire usted, no los voy a conocer: de la misma calle, los de los Martos, que usted se tiene que acordar del gato como negro, agrisado, peludo, que siempre estaba en la ventana con la que le quedó soltera, Inesita... 
-¿La del parche en el ojo...? 
-Sí, pero eso fue después. Ya era mamá muerta. 
-Pues que no me preocupara, unas pastillas como blancas, rosadas, como el carmín flojito que viene ahora, pues que se las desliera en leche, bueno él dijo en agua pero yo aprovecho y tempranito en la leche... Un día, otro día y mi hija, nada. Triste, sabe y como desganada, por todo, la cabecita entre las piernas y por las tardes frío, yo la notaba como erizada, que en los gatos es fácil notarlo y más en ésta la pobre que tenía un pelo tupido, grueso...Ay quiere usted saber, las veces que lo he contado y siempre como una congoja, una pena tan grande. Que la echa uno de menos, fue muchos años a cuenta de mimos y compañía, animal más cariñoso, todo el que pasaba tenía que ver con ella, hasta esos obreros de campo que pasan temprano, si habrán visto gatos, y siempre una caricia y ella lelita... (pág. 54)


Octavo día. Por la mañana, el cernícalo en el rastrojo le sigue los pasos a algún ratoncillo y se mantiene voloteando inalterable a los rafagazos del viento gris... En una esquina, otro rebajado se cose sus pantalones extrañado en el uso que tiene que hacer de la aguja. Tumbado en la litera, fumando un cigarrillo que se ha ido consumiendo sobre su pecho, oye a lo lejos las órdenes de desfile, voces dispares que llegan a sus oídos mezcladas con canto de capirotes y aullidos de guirres lagarteros, con un vaho enervante de calor sudado y cocinero que termina por invadir el hangar reconvertido. 
Desde el camastro infame, ella va apareciendo tras la somnolencia, el hedor y el malestar, ansias de lejanía, su perfil masculinizado, unos dientes blancos y dispuestos con maestría, las pecas que aclaraban su tez, los trajes largos de las medianoches remangados con aquella espontaneidad suya, sus frases incoherentes que lo cautivaban, el trajinar impetuoso de las abuelas abajo: sus habladurías, el perfume desconsoladores en sus ausencias, el primer beso del zaguán, sus arrebatos en la entrega (...). (pág. 64)

Dice García-Ramos que la novela surgió de una imagen:


Malaquita es una historia de amor que alcancé a a adivinar a través de una mirada. Un adolescente y una anciana se observan y se descubren en sus mutuas orfandades.
Cosas peores se han visto, está claro. Y razones más estrafalarias, también.

Parecer ser que, según escribe Francisco Juan Quevedo García en Constantes de la narrativa canaria de los setenta (1995): "El novelista examina el otro lado de la esfera social, y expone una realidad que, aunque oculta tras la imagen de la superficie, aclara las distintas formas de existencia".  Asimismo, según el autor, se hace patente el uso de un lenguaje que correspondería al habla de los sectores más marginales "con la función de alcanzar la verosimilitud". 
Queda dicho, aunque lo cierto es que la novela se ha vuelto decrépita mientras tanto, si es que no nació así, de tal manera que una novela coetánea como Las espiritistas de Telde a su lado se convierte en epítome de la modernidad tardocapitalista.

No digo yo que no tenga su trascendencia filológica e, incluso, de denuncia social; pero no sé si al lector le debe importar. Es más, quizá deba figurar Malaquita en una antología de literatura (canaria) como un compendio de técnicas narrativas, como experimento literario, aunque fallido. Sin embargo, me permito dudar que se convierta en una de esas obras que la comunidad haga suya, por ilegible, por pretenciosa, por imposible. No hay frase corta ni sustantivo con adjetivo: un aire de familia degenerada de aquella literatura latinoamericana con la que se le ha querido emparentar. Un enrevesamiento que se pretende barroco y que se queda en piñata parca en caramelos.


Tengo la impresión de que el autor no tiene en cuenta al lector en ningún momento, ni siquiera al lector más o menos inteligente, más o menos culto. Que García-Ramos pretendía consumar una especie de onanismo literario con la que considerar esta obra como artística, sin mayor interés comunicativo, quizá como ejercicio expresivo para sí mismo o para un círculo de entendidos, pero no destinada al público lector. En mi caso, confieso que la abandoné para siempre en la página 66. 

Si se animan a leerla, y resisten, ya me contarán el resto.