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viernes, 24 de noviembre de 2023

Lecturas varias sin vaselina

Como ya saben, gente de bien, porque ya se lo he anunciado, el Polillas se ocupará menos de las novedades -en su mayoría, irrisorias- de la edición en Canarias -por simple tedio y un punto de desesperación- y más de reportarles lecturas varias, en especial de materias que no sean ficción. Es decir, de casi todo. Esto debería alegrarles, en principio, salvo que el escapismo sin sentido sea la única vía a sus problemas y se contenten con poco.

Así pues, sin vaselina ni nada, les lanzo con ánimo conciliatorio los siguientes libros con los que me hecho recientemente: 

Retóricas de la intransigencia, de Albert O. Hirschmann.

La democracia griega y sus intérpretes en la tradición occidental, de varios autores. Coordinado por César Fornis, Laura Sancho Rocher y Manel García Sánchez

La política en el ocaso de la clase media, Emmanuel Rodríguez.

Además, he rescatado de la sima del olvido Hecho y por hacer, de Cornelius Castoriadis.

También, por recomendación del librero de mi ahora segunda librería de referencia, dos ensayos del filósofo catalán, Joan-Carles Mèlich, de cuya existencia no había tenido conocimiento hasta el otro día, a la sazón La experiencia de la pérdida y La condición vulnerable. Ya les contaré, pero sine die.

Retóricas de la intransigencia consiste en un estudio de los discursos de corte conservador y reaccionario ante revoluciones, reformas o medidas de carácter progresista cuyos efectos se tienden a minimizar, a criticar por su efecto contrario o a deplorar por sus consecuencias devastadoras. Serían la retórica de la futilidad, la retórica del efecto perverso y la retórica del riesgo, respectivamente, con combinaciones entre sí. Todo, tomando como base la conocida conferencia de T.H. Marshall Ciudadanía y clase social sobre las fases históricas de ampliación de derechos en Gran Bretaña (y que se puede extrapolar hasta cierto punto al resto de Occidente). Cuando uno ha leído también La mente reaccionaria, de Corey Robin, encuentra fácilmente puntos de contacto entre ambas obras

Todavía no he comenzado el libro de Emmanuel Rodríguez, autor que recomiendo por sus estudios, precisamente, sobre la clase media (recuerden, sin ir más lejos, El efecto clase media). Ahora que el partido político Podemos parece estar a punto de implosionar, tiene un punto nostálgico revisar esa España -que ahora parece tan lejana- del 15-M y compararla con la de ahora. Lo que somos y lo que podíamos haber sido. 

Con respecto a La democracia griega, llegué a su conocimiento por medio del filósofo José Luis Moreno Pestaña -que participa con un artículo-, gran parte de cuya obra he dado cuenta en este blog, en especial Retorno a Atenas y Los pocos y los mejores. Temáticas heteróclitas, pero con el trasfondo de la democracia ateniense y su confrontación con el tipo de democracia en que vivimos en la actualidad, la representativa.

En su momento leí La institución imaginaria de la sociedad, de Castoriadis, que, a pesar de mi profunda ignorancia, me resultó bastante fecunda. Hoy, con más conocimientos, y teniendo en cuenta la admiración que también que le profesa Moreno Pestaña, he vuelto a él. El magnífico comentario a El Político, de Platón (Sobre El Político de Platón), por Castoriadis ya había hecho mucho al respecto, todo hay que decirlo. Veremos cómo resulta este Hecho y por hacer.



Por último, he recordado que tengo por aquí un libro recomendado por el sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca en varios artículos, Práctica democrática e inclusión, de Robert M. Fishman. En él se compara, al parecer, la evolución política de Portugal y España desde el momento en que cayó/transicionó la dictadura en ambos países en los años 70 del siglo pasado. 




En otro orden de cosas, me siguen suscitando estupor los artículos de algunos periodistas culturales -o lo que surja- cuando aseguran que una compañía de teatro "a buen seguro" va a proporcionar a los espectadores una gran satisfacción al ver la obra, o cuando anuncian con qué canciones el cantante X "va a deleitar" al público, etc. El buenrollismo de espíritu carpetovetónico que no falte, curiosa, si no aporéticamente, en esta era postposmoderna. También podemos considerarlo como el eterno retorno a lo mismo o cómo atragantarnos con nuestro propio vómito una y otra vez.

A mi entender, tener personalidad cultural no significa quedarnos arrobados cuando alguien de fuera pretende halagarnos diciendo simplezas como "En Canarias hay mucho talento" y frases del estilo que, en realidad, solo sirven para agravar una complacencia miope. Esta personalidad cultural, si tal cosa nos interesara, se hace a base de trabajo, el talento que se tenga (poco, mucho o 3/4), mucha intolerancia a la tontería y al ensimismamiento y, sobre todo, una crítica honrada e implacable que nos ponga en guardia. Por no hablar -que quizá es lo más importante- de cierta prosperidad económica que permita la formación de un humus artístico e intelectual que, a su vez, posibilite el surgimiento de artistas, escritores/as, filósofos y demás gente de dudoso vivir.

Provincianismo es admirar lo de fuera por ser de fuera; pensar que lo que dice un canario vale más porque viva en Madrid y salga por la tele; es, también, manifestar que se admira hasta el empalago y el consiguiente lavado de estómago cualquier cosa que haga un/o canario/a por la circunstancia, producto del azar, de haber nacido o vivir en Canarias. Es creer que los periodistas locales no tienen por qué tener talento (mucho, poco o 3/4) ni ética para escribir de cultura porque, total, para elogiar sin tino no hace falta saber de nada y aquí nos conocemos todos (pronto, una IA sustituirá a esta tropa).


P.D. El otro día, en el suplemento del periódico El País pusieron a caldo la novela ganadora del premio Planeta, atribuyendo la responsabilidad al jurado y exonerando a la escritora. Bien hecho. A pesar de la trayectoria ignominiosa de este premio, algunos/as se escandalizaron de que estas cosas ocurrieran (entendiendo por ello que se premiaran novelas buenas, malas o peores por la fama o atractivo del escritor o escritora). Es decir, no habían comprendido la naturaleza comercial del evento. Otros se escandalizaron o se enfadaron porque había gente que aún se escandalizara por ello. Otros, todavía más pasados de rosca, como yo mismo, nos escandalizamos de que otros/as se hubieran escandalizado de que los primeros/as se escandalizaran. Un sindiós.


jueves, 13 de julio de 2023

Aurea mediocritas

 Todavía expectantes no solo por el futuro desenlace de las próximas elecciones generales sino, en lo que se refiere a nuestro terruño, por la composición de la jerarquía institucional en Cultura, los miembros del mundillo canario andan muditos, algunos cariacontecidos, otros esperanzados, quizá. De todos/as es conocido que al igual que la aspiración húmeda del periodista canario es formar parte del gabinete de una consejería o de un ayuntamiento, la de un miembro de la república canaria de las letras es la de disfrutar de algún tipo de sinecura, de un lugar en el Pritaneo local. Padezco la ominosa sensación de que el mundillo cultureta local está  aguardando los movimientos políticos a nivel nacional, para saber hacia dónde va la ola. Es decir, algo así como aquel que sintiera el prurito de manifestar crítica política a algún partido, hubiera decidido postergarla, no fuera a ser que aquel alcance poder el 23 de julio. Hay en juego subvenciones, ayudas, nombramientos, etc.

Por cierto, me resulta llamativo cómo aquellos hombres, que de repente se mostraron iracundos por la eclosión de una supuesta cultura de cancelación (iracundia que expelían desde grandes medios de comunicación, no lo olvidemos) se muestren tímidos y melifluos ante la censura institucional sin tapujos. Supongo que es otra de esas equidistancias que, en realidad, no son sino consentimiento de la barbarie.

No obstante, digo yo si no será una explicación de lo anterior, los indignados por el auge del feminismo y de la igualdad suelen ser escritores cuyo caudal creativo parece definitivamente agostado. Antiguas glorias, o que se quedaron en el camino, han apostado, por lo que se ve, por reconvertirse en opinadores malhumorados o en gestores culturales de lo que surja. Toda esta gente tiene todos los vicios y virtudes de la clase media, que podrían resumirse, a grandes rasgos en algo así como que mientras al individuo no le vaya del todo mal, se congratula en la aurea mediocritas; en la perenne siesta intelectual, que se confunde con tolerancia, incluso con generosidad; pero a poco que las cosas empeoren, o sienta que empeoran, encuentra dentro de sí mismo una infinita capacidad de resentimiento y hostilidad hacia los que considere sus inferiores, cabezas de turco.

En fin, ya hablaremos después de las elecciones y el panorama esté algo más despejado.

Por otro lado (ya saben que no me gusta escribir de política) podría compartir con Vds. mis nuevas adquisiciones:

-La originalidad de las vanguardias y otros mitos modernos, de Rosalind Krauss (traducción de Adolfo Gómez Cedillo).

-Todo lo que entró en crisis. Escenas de clase y crisis económica, editado por José Luis Moreno Pestaña y Jorge Costa.

-Historia falsa y otros escritos, de Luciano Canfora.

-Bisutería auténtica, de Daniel María.

-Teología política, de Carl Schmitt (traducción de Jorge Navarro Pérez, y epílogo de José Luis Villacañas).

Leído ya El 18 Brumario, de Karl Marx, con esa magnífica introducción de Clara Ramas. Por muy recurrente que sea lo de "actualidad" aquí se cumple. Léanlo y verán. Un libro clarividente y que se anticipa, entre otras virtudes, a los posteriores estudios sobre el populismo. A punto de acabar El hilo de oro, de David Hernández, puedo decir que, por un lado, impresiona la cantidad de bibliografía que uno puede sacar de este libro y la gran erudición de su autor. Por otro lado, su insistencia en el punto medio y de la moderación me irrita un poco, políticamente hablando. Es posible que la moderación no sea buena en todo momento y para todos, que solo lo sea para el que tiene mucho (o algo) que perder, pero no para los que no. En especial, para aquellos que luchan por reivindicar derechos, básicos, en muchas ocasiones. Como bien se sabe, estos se conquistan, se arrancan. Raro es que se concedan graciosamente por quien tenga la potestad o el poder. No ceder el asiento a una persona blanca en Alabama en 1955 tal vez no era un ejercicio de moderación en aquella época para protestar por la discriminación racial. Tal vez, Martin Luther King no era en absoluto un moderado. O, algo más cercano, los campesinos que en Agüimes se alzaron con violencia contra la pretensión de un noble de ocupar las tierras comunales tampoco lo eran. Citen su ejemplo preferido.

Por otro lado, y perdonen la superficialidad de mi impresión, las partes que dedica al papel de la mujer en la Antigüedad parecen congruentes con esa visión revisionista que les atribuye un papel destacado y en igualdad con los varones porque tal o cual mujer figuran en los mitos, en la literatura o porque una mujer tuvo un papel protagonista en la política, etc. Como si en la época de los Reyes Católicos, hubiese igualdad entre los sexos en Castilla porque reinaba Isabel. Asimismo, citar el 12 de octubre como la conmemoración de "una gesta indiscutible" tiene también un tufillo eurocentrista bastante decepcionante. Mi impresión es que esta obra termina por dejar a uno bastante escamado. Con lo bien que fue hasta los 3/4...




De los títulos referenciados, ya he entrado a empellones con el libro de Canfora (historiador del mundo antiguo, recuerden El mundo de Atenas, por ejemplo), que es, entre otros asuntos, una crítica al orden político italiano (y occidental) tras la crisis de 2008, y la referencia clásica a conceptos como poder, liderazgo, etc. Otro erudito. Asimismo, Todo lo que entró en crisis, con respecto a ese momento liminal histórico que fue 2008, pretende, a la manera de Bourdieu con La miseria del mundo, realizar una síntesis de análisis y entrevista de las consecuencias de la degradación de las condiciones laborales y de vida de muchos sectores de la población después de aquel fatídico año. Como también hiciera el sociólogo Richard Sennet en La corrosión del carácter. Ganas de comenzar con él.

Con respecto al libro de Krauss, llevo un par de capítulos, y lo cierto es que esta crítica de arte demuestra un nivel de análisis altísimo. De lo poco que sé del mundillo académico del arte, ella y Hal Foster son referencias inexcusables para quien quiera aprender algo de este ámbito del conocimiento y creatividad humanos. Una gozada, qué quieren que les diga. 

Poco llevo leído del libro de Daniel María, y pospongo, pues, los comentarios a una futura reseña (espero que pronto).

Teología política es donde se enuncia, creo que por primera vez: "Soberano es quien decide sobre el estado de excepción". De hecho, este libro comienza así. Es de esas lagunas que, por fin, uno se decide a rellenar y dejarse ya de referencias o glosas. Ya era hora. Para quien se interese por la política, esta obra de Schmitt y Sobre el parlamentarismo son muy importantes. Buenas críticas, pésimas soluciones. 

En fin, tengo como trescientos libros candidatos a destrozarme la cuenta corriente. Imagino que moriré sin haber leído gran parte de ellos. Pero de qué se compone la vida si no es de sueños. Pero sobre todas las demás, la gran duda que se me presenta es: ¿vale la pena a estas alturas de la vida estudiar griego clásico?


lunes, 26 de septiembre de 2022

Las bien merecidas vacaciones

Es bastante probable, cuando escriba estas líneas, que lleven Vds. tiempo embruteciéndose en su puesto de trabajo, que es de lo que trata la explotación y la captación de la plusvalía por el empresariado. Si Vd. es funcionario/a, no se preocupe, igual no le explotan, pero es posible que se embrutezca de todos modos. Salvo, quizá, si pertenece a la llamada nobleza de Estado. Bórrese todo lo anterior si está Vd. sin trabajo y no vive de rentas, que no está la cosa para frivolidades.

En todo caso, siempre imaginamos escenarios más felices, más acordes con nuestros deseos y pasiones, que no sabemos de dónde vienen si no es de una psique zarandeada por los imprevistos, avatares y ordalías de la vida. Puede que seamos como esa gente que dice haber sentido una vocación y no pudo cumplirla o hacer carrera de ella, o esa otra que nunca tuvo la menor oportunidad para llevar una vida digna, ni mucho menos lograda. Hay otra que muestra un semblante de puro aplomo, que nos asegura que no se ha visto zarandeada jamás, que el curso de su vida siempre ha sido rectilíneo, según un plan previsto desde la concepción. Hagamos lo que podamos y, sobre todo, intentemos ser compasivos con el prójimo.

Divago, pero, para resumir, debo reconocerles que sigo aún disfrutando de mis bien merecidas vacaciones, y en esta ocasión apenas he leído nada de ficción, por lo que poco puedo aconsejarles como suelo hacer en el trimestre veraniego. No obstante, ya me estoy pertrechando de material literario autóctono y extranjero (por establecer una dualidad que no es sino una fruslería en la mayoría de los contextos) para comenzar con fuerza la temporada 2022/2023, ya aquí, ya en el Polillas de Radio Guiniguada. Más allá de esto, soy incapaz de prever o predecir nada.


 

                                                                                                                  

Por otro lado, en el poco tiempo de que he podido disponer este agosto-septiembre, sí que he estado leyendo ensayos de variado pelaje y textura, como Talar madera. Naturaleza y límite en el pensamiento griego antiguo, de Aida Míguez Barciela, de la editorial LaOficina, y que, contra lo que pudiera parecer, es de lo más denso, pero al mismo tiempo (y no es una paradoja, ni siquiera una aporía), de lo más interesante. Y esto lo dice uno que no tiene conocimientos de griego clásico. Un aire a Felipe Martínez Marzoa, creo yo, y que en general impregna a toda la academia de nuestro país respecto del mundo griego y romano. Hablando de epígonos de este filósofo, hace poco leí también Metateoría de la política moderna (también, de LaOficina), de Guillermo Villaverde, creo que con provecho: un análisis filosófico de la teoría del contrato social desde Hobbes hasta la actualidad y su confrontación con el derecho natural medieval y su resurrección en la actualidad con la Carta de los Derechos Humanos.


   

                                                                                                              

También, y directamente relacionados entre sí, la colección de ensayos editada por José Luis Moreno Pestaña que versan sobre las clases que impartió Michel Foucault en el Collège de France (un auténtico lujazo), titulada Ir a clase con Foucault (Siglo XXI) y, acuciado por este libro, porque saben que soy muy envidioso bibliográficamente hablando, Lecciones sobre la voluntad de saber y El saber de Edipo (Akal, traducción de Horacio Pons), del ínclito filósofo francés. Precisamente es Moreno Pestaña en el primer libro quien se encarga de glosar este volumen con su correspondiente ensayo. Su mérito estriba en explicarnos y, lo que no es de menor valía, hacer interesante, los apuntes, un tanto áridos, de Foucault. Lo peor de Ir a clase con Foucault es que, así a ojo, hacernos con todos los volúmenes del Collège y algo de bibliografía secundaria puede abocarnos a la bancarrota y al concurso personal en el juzgado de Primera Instancia.

   


                                                                                                        
Asimismo, sigo leyendo pasito a pasito, un tanto suavecito, Homo Faber. Historia intelectual del trabajo 1675-1945, una monografía de más de 700 páginas, de Fernando Díez Rodríguez, una historia de los pensadores que reflexionaron acerca del concepto trabajo. También en Siglo XXI. Tarea hercúlea, sin duda, pero aprender, aprendo, que es de lo que se trata. De esos libros que un estudiante de la UNED podría aprender a temer, dado su tamaño y prolijidad, pero que ahorra tiempo al lector no tan especialista al reunir en un volumen a tantos pensadores y corrientes económicas, siempre en relación con el trabajo.

También en el terreno histórico, una obra, algo más ligera, es 1491, de Charles C. Mann. Una historia de las Américas antes de Colón, de Charles C. Mann (Capitán Swing, traducción de Miguel Martínez-Lage y Federico Corriente). Aquí el autor intenta narrarnos la historia de los pueblos, naciones e imperios que habitaban, peleaban y se expandían, junto con sus costumbres sociales, políticas y alimentarias (con su repercusión en el ecosistema), en América antes de la llegada de Cristóbal Colón y la posterior horda de aventureros europeos y los virus que trajeron con ellos y con sus animales. Más de un lugar común se pone en entredicho. Imagino que a los/las españolistas nostálgicos de imperios y supuestas glorias conquistadoras no les hará demasiada gracia.




Por último, les confieso que, para afianzar conceptos, he vuelto a leer esa obra magnífica que es Los mecanismos de la ficción, de James Wood (Taurus, traducción de Ana Herrera). Oigan: aún mejor que la primera vez (hubo prolegómenos). He conseguido subrayar y anotar más y mejor, lo que parecía difícil. Un libro indispensable para el/la aspirante a novelista, para el crítico y, no les quepa duda, para el público lector, que además podrá apuntar unas cuantas novelas más que podrían habérsele escapado. Hasta ahora, he sido poco de releer, pero dada la experiencia, creo que practicaré más esa costumbre (que siempre había leído de gente sabia, por lo que no me sentía aludido).

Esto es todo, que no es poco. 



miércoles, 13 de octubre de 2021

'De un país en llamas', de Javier Hernández Velázquez

 He de confesarles (lo escribo así, soslayando su posible desinterés por mis actividades) que la semana pasada, el día de la inauguración, decidí entrar en el recinto de la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, en esa explanada del Parque Santa Catalina. Estuve allí escasamente hora y media, pero valieron por muchas más. Es lo que tiene asistir a de modo consecutivo a dos promociones de libros (no presentaciones, porque ambas novelas llevaban ya meses publicadas, con todo su carrusel de charlas, entrevistas, puestas de largo y demás actos festivos a los que suele añadírseles el siempre pertinente adjetivo de cultural).

En concreto, ya que seguro que les tienta la curiosidad, estuve escuchando las explicaciones de Alexis Hernández Benítez por su novela Alma reglamentaria, y a Luis Alberto Henríquez por su colección de cuentos titulada Paraguas rotos. A nivel discursivo, el Sr. Hernández, seguramente por la práctica adquirida por el ejercicio de su actividad como profesor, se desempeñó con soltura y cierta gracia. A pecho descubierto, en soledad, entretuvo a la audiencia durante más de media hora (audiencia compuesta, como se vio al final, casi de manera exclusiva de colegas, amigos/as y familiares). El Sr. Henríquez prefirió la opción dialogada. Así que el rato que estuvo allí sentado contó con la muleta de un entrevistador bienintencionado que no le hizo ni una pregunta interesante, no fuera a tener un mal día. No obstante, el escritor hizo lo que pudo con sus respuestas, que tampoco fueron un alarde de ingenio, pero es que estos lugares tampoco invitan precisamente ni al destape ni al desparrame. 


Parque de Santa Catalina, un marco incomparable donde la ciudadanía festeja la Cultura, etc.

Me cuentan, a propósito de la feria, que varios escritores programados para el espacio más pijo, es decir, en una sala en el interior del museo Elder (no en las carpas plebeyas del exterior) no asistieron, sin que hayan trascendido las razones. Que yo sepa, faltaron a la cita anunciada en el programa oficial Kiko Amat, Víctor Manuel Álamo de la Rosa y Miqui Otero. Por otro lado, a Selena Milán, una influencer (me han chivado que influye sobre todo a adolescentes) se le comunicó un cambio de hora de su charla (de las 18:00 a las 19:00) sobre la marcha, según dijo ella misma a través de Instagram.

Tampoco creo que estas irregularidades, aunque molestas para el visitante que pretenda saciar su idolatría respecto de una figura literaria, perjudiquen eso que llaman cultura. Soy de los que piensan que la cultura es menos patrimonio material o exhibición de mercancías u objetos que relación entre las personas de una comunidad. Que una feria dedicada, más o menos, al libro y a las editoriales adolezca de fallos de organización en nada daña la cultura, entendida ésta como humus de costumbres y saberes que, junto con las condiciones materiales concretas, propician las condiciones de posibilidad para que determinadas personas creen obras de lo que ahora llamamos Literatura, o, en general, arte. Tampoco oí nunca que un lector sufriera un daño mental o moral irreparable ni irreversible por la ausencia de su escritor/a favorita a su cita promocional. En general, como escribió Sánchez Ferlosio, los actos culturales se justifican a sí mismos, es decir, por su propia existencia. Es más, me atrevería a decir que para la clase política gobernante, independientemente de su filiación partidista, los actos culturales son más importantes que la misma cultura, porque el acto cultural lo pueden crear y controlar; y asimilar la cultura en general al acto cultural (y que la ciudadanía lo crea así) es un modo estupendo de control social (o, al menos, de intentarlo).

Para acabar con este apartado, el último día, el 12 de octubre, reincidí (después de una ardua recuperación del ánimo) y volví a la carpa para oír a Jesús Ibrahim Chamali, quien, en diálogo con la editora de su libro de relatos, me sorprendió para bien. Chamali, a quien he criticado por su buenismo reseñador en la época de aquella fallida revista literaria digital, Dragaria, mostró una compostura y modestia dignas de reseñar. Asimismo, sus comentarios no me ocasionaron el habitual tedio, sino que resultaron sorprendentemente interesantes. Sólo hay que esperar (ya sé que no pido poco) que sus relatos estén a la misma altura.

Vayamos ahora a la nuestro. La crítica va a recaer en esta ocasión en la última novela del escritor tinerfeño Javier Hernández Velázquez: De un país en llamas.



Francamente, la novela me parece bastante floja, tanto en el plano estilístico como en el conceptual. Más allá de una dicotomía siempre insuficiente entre forma y contenido, la pobreza del lenguaje empleado por el autor no puede tener más futuro que la corrupción de cualquier argumento que se le hubiera ocurrido, por más brillante (no es el caso) y ambicioso que hubiera sido su diseño. Vayamos a ello, camaradas.

La novela consta de un primer plano temporal situado en el pasado, a modo de introducción, en Estados Unidos, que es donde se gesta el gran plan de ocupar las instituciones políticas, vaya Vd. a saber por qué, de Canarias. Luego, nos encontramos ya en la actualidad, en nuestra Comunidad. Se narra todo en tercera persona, con la única excepción de la voz de Mat Fernández, el detective protagonista, que lo hace en primera. No es un esquema demasiado complicado, y la alternancia de voces permite dar primacía a este personaje, evidentemente, que reúne en sí todos los tópicos del investigador privado. También hay un matarife asiático que es la personificación de la maldad y con el que, claro está, el detective mantendrá un encuentro final decisivo y tal.

El autor, en mi opinión, carece de voluntad de estilo. La novela está hecha a base de paletadas de párrafos unos sobre otros sin el menor cuidado: frases hechas, pensamiento trillado, combinaciones adjetivo+sustantivo y adverbio+verbo que se ven venir desde un kilómetro, etc. Tal vez haya pensado que una vez bosquejada la historia, junto con cierto progreso en las vicisitudes de los personajes darían lugar a una narración con principio, desarrollo y final. No dudo de que uno percibe esta gran cantidad de páginas (287) como un producto unitario al que se le puede denominar novela; sin embargo, más bien parece un tosco producto narrativo, mera fórmula encuadrable dentro de un género, el negro, que se adecua bien a este tipo de montajes desparejos. El batiburrillo creado a base de política, corrupción y mafia pretende construir una historia compleja, pero se queda simplemente en inverosímil (que es asunto independiente de que la realidad sea así o asá, tal y como el autor la pretenda reflejar o no) y la verborrea termina por ahogarlo todo.

Además, los diálogos no solo son impostados, sino que cuando no son vulgares, resultan in-creíbles. A veces, incluso dan la impresión de que los interlocutores no se escuchan, sino que monologan uno después del otro, peroratas entrecortadas que se suceden porque sí. Estos mismos personajes, además, por mucha profundidad que les quiera atribuir el autor, no hacen más que sermonearnos con sabiduría de pacotilla y frases enigmáticas de adivina de feria (volvemos a ese manía apotegmática que ya señalé en la última crítica), que lo mismo valen para un dilema existencial que para una tortilla de papas. La impresión que me producen todos los personajes, desde Mario Chinea, pasando por Hugo o Diana, el malvado asiático y acabando por Mat Fernández es la de erigirse como meras figuras de yeso, tan huecas que no hay manera de que cobren solidez ni humanidad. Las múltiples referencias intertextuales, cinematográficas, musicales, deportivas (y de lo que le surgiera al escritor cuando entró en trance creador) son tan arbitrarias y pretenciosas que no me provocan sino disgusto.

Ejemplos de lo escrito:

Toda fábula tiene algo de verdad. Aunque, a fuerza de acariciarla, acabe por morder. Don Mario fue un personaje indescifrable. ¿Qué importancia pudo tener su nombre? Un nombre es la primera seña de identidad. Cada persona tiene una historia. Cada historia oculta una crónica de engaños y un hombre no es nadie frente a la leyenda. Él lo aprendió a su pesar. Resultó fundamental la toma de decisiones, así que escribió la historia que más le convino. Si la contaba bien las masas le seguirían hasta las llamas y agradecerían las quemaduras. Urdió un buen relato, que la gente creyó como dogma de fe. Lo contó tantas veces que se volvió auténtico, como si todas y cada una de las personas que lo escucharon hubieran estado presentes cuando pasó. El poder no podía solo ser impuesto, debía nutrirse del consenso. (Pág. 17)


Miró a través de la ventana. Desde el mediodía la nieve formó unas sucias manchas sobre el asfalto; luego fue cuajando y extendiéndose hasta convertirse en una blanca alfombra de postal navideña. Pidió un whisky. Se había tomado dos cuando ella llegó. Una visión soberbia. Llevaba un traje verde ajustado con un escote más bajo que la moral de los Rolling Stones. Existían dos tipos de mujeres: sexis y frágiles. En su ambiente se estilaba la exhibición de tipas débiles y dependientes, a la espera de un príncipe azul que las salvara. La mujer que se acercaba iba a contracorriente. 

-Siéntese, por favor. Representa una alegría volver a verla. Me sorprende que viniera. 

-Nadie sabe por qué hace las cosas, no soy una excepción. 

-Me basta con que esté aquí, sea cual sea el motivo. 

El camarero debía de conocerla y trajo una copa de burdeos. Tomó un sorbo, depositó la copa sobre la mesa y la acarició. 

-Espero que le guste el local, porque pagará usted. Valoramos la misión que tiene encomendada. El señor Foster cerró su vuelo a Tenerife, vía Madrid, para mañana. No es prudente, ni inteligente, quedarse más tiempo en Seattle. 

-Nadie me ha acusado nunca de ser inteligente. ¿Usted también quiere que me vaya?  

-Es usted un hombre difícil de descifrar, señor Chinea. 

-Cuando lo descubra, hágamelo saber... 

-Ja, ja, será usted el primero en saberlo. (Pág. 42)


Volví a la realidad. La anemia de mi cuenta corriente me pegó una bofetada. Solo tenía el caso de doña Pura, una señora de edad provecta que fue vecina de la familia. Ahora vivía en Valleseco y me había dejado un mensaje de WhatsApp en el móvil. El estado de inacción y de encefalograma plano de una Santa Cruz zombi me hizo dar una vuelta y coger algo de aire nocturno. Este lugar, como una vez leí a un columnista poner negro sobre blanco, siempre ha sido un sitio esquizofrénico. Un pueblo que cree ser una ciudad y una ciudad con una maniática e injustificable nostalgia de ser un pueblo. (Pág. 48)


-Necesitamos su ayuda. 

-Estoy jubilado y separado de la política activa. 

-Sigue siendo el presidente honorífico del partido. Por favor, están dilapidando su legado. El trabajo de toda su vida se está desmoronando. 

-Es una forma de verlo. El mundo pasa por delante de nuestras narices y nuestros parlamentos se convierten en espejos del repliegue. El nacionalismo fue un gran invento. No era fácil, pero lo hicimos funcionar. Sin embargo, esa etapa concluyó. Hubo unas elecciones que reflejaron un cansancio de la ciudadanía. El agotamiento, después de un cuarto de siglo de gobiernos nacionalistas. Hay que aceptarlo, respetarlo y desearle mucha suerte al nuevo presidente del Gobierno de Canarias. 

-El presidente canario habla de curvas y de rectas. Parece que desea hacer didáctica con nosotros y enseñarnos geometría y matemáticas. Su consejera de los parados de Canarias ha señalado que la curva de destrucción de empleo se ha aplanado, lo que, en su opinión, significa que hay reactivación económica. Si consideramos que Canarias tiene doscientos cuarenta mil parados y otros tantos congelados en los ERTE, es lógico que la curva esté plana. Tal vez lo que esté mirando la señora es la recta, sin latido, del electrocardiograma de la economía de las islas (...).  

-Félix sabrá dominar la situación. Él sabe que está en la cima de un gran puerto. En su Alpe d'Huez personal. Lo llevamos nosotros a través de veintiuna curvas de herradura. Ahora le toca gestionar el descenso. Si la bajada le domina, se caerá él y su Gobierno. Siempre me gustó el ciclismo, hubo una época en que los cascos no eran obligatorios. En carrera no se ve nada, pero, los veas o no, los precipicios están ahí. Y si te caes bajando, da igual el caso, necesitarás un paracaídas.

-¿Y el futuro? 

-Sobre el futuro político del partido que creé, lo que debe hacer es reflexionar, fortalecerse y hacer una oposición adecuada. Dentro de toda verdad hay una duda, dentro de todo sí hay un pequeño no y dentro de todo no hay un pequeño sí. Busquemos los noes y los síes en este laberinto en el que nos colocaron los últimos comicios. Nuestros representantes no vieron las orejas del lobo: lo que ven, ahora mismo, son sus dientes. (Págs. 55-56) 

 

Bienvenido al puerto deportivo de Radazul, reza el cartel. Aparcó su Tesla Model S rojo en la avenida costera. Los 82.000 euros que le costó eran una ganga. Empujó la puerta a través de su tirador de zinc pulido para cerrar el vehículo. Luego automáticamente se cerró. Inspiró la brisa marina. Echaba de menos el salitre adherido a su piel. Cerró los ojos y se encomendó al poeta uruguayo Mario Benedetti: algunas cosas del pasado desaparecieron, pero otras abren una brecha al futuro y son las que quiero rescatar. El tiempo en el reloj de Nora no tiene memoria. Es un presente continuo sin pasado ni futuro. Desde que conoció a Mario, ¿cuál había sido su relación afectiva? Vivía en una penumbra. Allí estaba ella. Con el embarcadero a sus pies y el barco flotando con una breve oscilación: la incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar. Cerró las páginas de su poemario mental y se dispuso a avanzar hacia el presente, una realidad transfigurada en un manojo de problemas. Aunque, antes, elevó una última plegaria: gracias, Señor, por traerme a donde no quería venir. (Págs. 67-68)


-Veo que recibió el mensaje de mi colaborador. Tengo que reconocerle que me ha sorprendido que aceptara tan fácilmente este encuentro. ¿No sabe quién soy? 

-Sí. Acabemos con este dramático suspense y dígame por qué estoy aquí, ya que alguien a quien conozco predijo que me llamaría, como así ha sucedido. 

-Hay personas que buscan venganza. Tenga cuidado y haga las preguntas adecuadas. 

-¿Venganza? ¿Por qué? 

-Cuando una idea está a punto de desaparecer se actúa con desesperación. La venganza acojona. En especial la de una mujer que entiendo que es la que le informó que lo llamaría. voy a intentar explicarme. Vayamos por partes. Mi vida ha sido afortunada. He trabajado mucho. Medio siglo después de ver nacer la democracia y después la autonomía y ser presidente de mi tierra, pude ser ministro, pero renuncié por Canarias. Hace años decidí retirarme del escenario político. Sin embargo, estos días me he sorprendido de tener aún la tentación de hacer planes de futuro. 

Solo faltaba que Elton John cantara su I'm Still Standing: sigo de pie. No sabes cómo es que tu sangre se congele como el hielo del invierno. Y hay una fría y solitaria luz que brilla desde ti. Terminarás como la ruina que ocultas bajo la máscara que usas... 

-¡Cómo somos las personas, señor Fernández! 

-Llámeme Mat. 

-Mat, siempre pensamos en el porvenir; miro mi agenda y digo: "¿Pero esto tiene sentido?". Y seguimos cacareando sobre el futuro de Canarias (...). (Pág. 115) 

  

Etc., todo es igual de rutinario, de lenguaje trillado y de ideas manoseadas. Si un novelista del género negro pretende iluminar zonas oscuras del alma humana y denunciar la corrupción política y económica debe hacerlo, sin duda, bastante mejor.

Asimismo, y lo que en esta reseña me parece lo más relevante, la visión de la política que tiene el autor parece sacada de tertulias de televisión o de películas de sobremesa. Los diálogos y pensamientos relacionados con este ámbito huelen a columna de opinador de a diario, más preocupado por el último cotilleo partidista que por una interrogación sobre la política (algo que, por lo demás, ni imagina). Es, digo, una visión roma, tosca y gruesa, basada en algo que suele entenderse como liderazgo presciente y al que se añaden los dimes y diretes de las camarillas de los partidos y la omnipresencia de la plutocracia. La ciudadanía siempre desempeña en la novela un papel pasivo, cercano al concepto de masa tan habitual en el vocabulario de las élites políticas y culturales, que, normalmente, aunque no lo sepan, lleva a arrimarse a postulados de la extrema derecha. No digo que el autor sea de esa corriente política o su pensamiento personal sea reaccionario, sino que advierto contra el uso que, en general, se hace de los conceptos, a la ligera, sin reflexionar acerca de su significado. La política así concebida y la razón de estado (aunque sea del poder autonómico) articulan una visión de la política estrecha de miras, conservadora y fiada a las élites ya instaladas en el poder. Por no hablar de que el autor, para no mencionar siglas concretas (PSOE, CC, NC, PP, Podemos) introduce en el discurso de sus personajes esos términos vagos tales como "la izquierda" o "la derecha", lo que no contribuye a afinarlo.

Por otro lado, y aunque no sea del todo culpable de albergar esa concepción elitista y partidista de la política (por haber crecido en esta cultura tan nuestra en la que parece que solo es posible la democracia representativa, sin imaginarse siquiera otras posibilidades, no solo teóricas, como la democracia directa, deliberativa, asamblearia, presupuestos participativos, paneles de ciudadanos, el método del sorteo para la elección de cargos, etc.), verdadero fetichismo político (en la acepción empleada por el filósoso político José Luis Moreno Pestaña en su obra Los pocos y los mejores), el autor, al proyectarla en una novela, no hace sino acrecentar y fijarla en la mente de los/as lectores/as, reproduciéndola en su uso común. A veces, aun del género noir, un escritor debería no solo documentarse sobre prácticas criminales y ciencia forense. Lo bueno, en este caso, es que la novela resulta tan endeble en todos los aspectos que pueda uno analizarla que es dudoso que produzca una impresión duradera en el público.

EN FIN, una mala novela la escribe cualquiera, y no debería preocuparnos demasiado. Autores canónicos han escrito al menos una vez cosas de las que se avergonzaron más tarde: es un proceso de aprendizaje del que nadie está exento. Javier Hernández Velázquez, al menos con ésta (no he leído las anteriores), incurre en tantos errores flagrantes que la valoración no puede ser sino negativa. 



P.D. Si Vds., lectores y lectoras, que son a quienes me dirijo, leen alguna reseña entusiasta sobre esta obra, les sugeriría que compraran De un país en llamas, la leyeran y luego juzgaran. Eso sí, dejen sus comentarios donde pueda leerlos.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA












domingo, 6 de diciembre de 2020

Un montón heteróclito

 Contraviniendo mis propias predicciones y de manera extemporánea y, ya que estamos, estentórea, dedico este post no a la reseña anunciada, sino a un conjunto de obras que he venido a acabar este diciembre. Podría titularse también el post como "Entrelazamientos", en plan Luis Junco, con su idea de que la física cuántica sirve de explicación al anudamiento de trayectorias vitales en apariencia divergentes. 

En mi caso concreto, la explicación suele ser más simple: la atención a las notas de pie de página y a la bibliografía. Una obra te lleva a otra y así sucesivamente. Nada mágico hay en ello (ni tampoco nada cuántico, en apariencia), solo una lectura atenta, anotada y, sobre todas las cosas, agradecida. Claro está que la elección de mis lecturas está sesgada: política, democracia, arte, periodismo. Ya me gustaría saber de botánica, agricultura, matemáticas y otras ramas del saber, pero la mayoría de ellas las dejo para una futura reencarnación en que mi próximo yo consciente tenga a bien elegirlas.

1) The death of the artist, de William Deresiewicz. Convenientemente glosada por Esteban Hernández en este artículo, poco debería añadir. Quizá subrayar que el retrato de los/as artistas (centrado en los Estados Unidos, salvo alguna pequeña mención a la situación europea) es descorazonadora y sombría, absolutamente a merced de un mercado dominado por los gigantes tecnológicos que ejercen a la vez de cuasimonopolistas y de monopsonistas. El artista como empresario/a de sí mismo/a, avanzadilla de la degradación de las condiciones laborales de los/as trabajadores/as. Malos tiempos para la lírica y para casi todo, menos para los/as creadores/as de contenidos para series de tv.


2) Los nuevos perros guardianes, de Serge Halimi (Traductora: Graciela Vigo). A raíz de la lectura del Curso de Sociología General I, de Pierre Bourdieu, anoté un folio entero de posibles lecturas, entre las cuales se encuentra esta: una crítica acerba de las relaciones entre el poder político y los medios de comunicación en la Francia de Mitterrand. Una relación casi incestuosa, además de corrupta y escandalosa. Afortunadamente, Francia y España no se parecen en casi nada: aquí los medios son libres, objetivos e independientes, que no aceptan presiones del poder político ni de las grandes empresas, ni tampoco presionan ni chantajean a los poderes públicos para conseguir ventajas empresariales ni políticas para sus dueños. Como aquí, no se vive en ningún sitio.


3) La democracia ateniense, de Francisco Rodríguez Adrados. Una obra capital en los estudios sobre el mundo clásico en lengua española y una referencia básica para iniciarse sobre la cultura y la democracia atenienses. Esta obra, culta, profunda y amena, que dedica especial atención a la tragedia griega, está citada varias veces en el soberbio libro de José Luis Moreno Pestaña, Retorno a Atenas. De ahí, mi interés, que se vio refrendado tras su lectura. No obstante, La democracia ateniense, publicada  en 1966 y reeditada en 1975, requiere contextualización, pues es deudora de un marco de pensamiento que está obsoleto en algunas de sus afirmaciones. Para ello, recomiendo leer el clarificador artículo de José Luis Bellón Aguilera Pericles, caudillo de Atenas. Escolástica y creatividad en La democracia ateniense (1966-1975), de Francisco Rodríguez Adrados.



4) Política y República, de Jorge Álvarez Yágüez. Esta obra se centra en la obra política de Aristóteles y Maquiavelo, amén de una rápida visualización de autores renacentistas como Marsilio de Padua. Sobre todo, desmenuza y extrae de la obra aristotélica las claves de un pensamiento político republicano que luego sería retomado, y llevado a su extremo en algunos puntos, por Maquiavelo. Gracias a Dios, actualmente y dada la estabilidad de nuestro sistema político y la satisfacción generalizada de la ciudadanía, podemos contemplar estas reflexiones con cierto distanciamiento. Un libro lúcido a la hora de interpretar el pensamiento de estos dos autores, abundante en citas y referencias que no puede sino provocar el entusiasmo del interesado/a en estos asuntos, a pesar de su escasa actualidad.


5) El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros, II, de Michel Foucault (traducción de Horacio Pons). Las últimas clases del pensador francés (curso del Collège de France, 1983-1984) son otro despliegue de erudición y análisis que no puede sino mover al entusiasmo. Tomando como base el recorrido conceptual e histórico de la parresía (cuya primera parte se encuentra en las lecciones del año anterior, recogidas en el volumen El gobierno de sí y de los otros, en la misma editorial, Akal), Foucault procede a analizar el movimiento cínico en la Antigüedad hasta conectarlo con el primer ascetismo cristiano. Para un neófito en estas cuestiones, este curso resulta alumbrador, como poco. Por supuesto, proporciona un montón de referencias para quien quiera profundizar, más aún.



Y les seguiré contando en próximos artículos.

viernes, 14 de agosto de 2020

Lecturas imprescindibles porque la cultura nos eleva y bla, bla.

 Mientras sigo leyendo al polaco (en pequeñas dosis) me he preguntado si no sería mejor escribir un post, antes de la futura reseña, que calmara las ansias de mis lectores por descubrir algo nuevo de mi alforja mágica de ocurrencias, un artículo que, metafóricamente hablando, saciara su hambre de alimento espiritual. Algo, en definitiva, que hiciera este mes de agosto menos un páramo solo ocupado por el virus maléfico y más un vergel cultural que nos hiciera mejores y más fuertes. Y muy cohesionaditos, como les gustaría a nuestra clase política. A este respecto, es ejemplarizante la reciente entrevista a Marco González, alcalde de Puerto de la Cruz (Tenerife).

En estas, pues, estoy, por lo que a continuación les presento una lista de mis lecturas actuales, completadas o no. Son, como dirían nuestris queridis amiguis de los medios de comunicación, "imprescindibles", "fundamentales", "necesarios", "de obligada lectura", etc. Bueno, en serio, muchos son títulos clásicos de su ámbito de conocimiento (y del conocimiento en general). Otros, si no lo son, valen la pena igual, tal y como puedo calificarlos a la luz de mi magra inteligencia, ya natural, ya cristalizada por años de lectura. Esta es, vale la pena señalarlo, una lista heterogénea, heteróclita, transversal e interdisciplinar, tal vez poliédrica, sin ánimo exhaustivo y es probable que caprichosa, producto tanto de la memoria como del estado de ánimo de estos días (muy bueno, en general). No espero que me la agradezcan de antemano; tan solo si algún libro les complace.


-Conversaciones sobre la escritura. Ursula K. Le guin. Con David Naimon (Alpha Decay, con traducción de Núria Molines). Libro de fino grosor, uno se pregunta antes de comenzar a leer si valen la pena los 15 euros por las menos de cien páginas de texto, que es la transcripción de tres entrevistas hechas a la escritora (fallecida hace poco más de dos años-2018). No sé cómo se mide esa relación euros/contenido, pero lo que sí sé es que está muy bien la segunda parte de este binomio. Consideraciones sobre literatura en general y la ciencia ficción en concreto, sobre el feminismo, la poesía y el ensayo y otros asuntos se articulan respecto de preguntas, en general, inteligentes. Es posible, incluso, que los aspirantes a escribir aprendan algo con las reflexiones de la Sra. K. Le Guin porque cada cosa que dice es importante. Por ejemplo, sobre el uso del punto de vista en la narración. Por cierto, a estas alturas me vengo a enterar de que tanto su madre como su padre eran antropólogos reconocidos. 


-El mundo de Atenas, de Luciano Canfora (Anagrama, traducción de Edgardo Dobry). Libro sobre la Atenas clásica con algunas tesis de intención polémica, al que cita J.L. Moreno Pestaña en su libro Retorno a Atenas, en especial por el papel desempeñado por Tucídides en las conjuras oligárquicas en Atenas. Ameno, interesante, minucioso y cargado de bibliografía, esta monografía  reconstruye la democracia ateniense, la guerra del Peloponeso, prestando especial atención al suceso de Milo, y la insatisfacción de parte de la oligarquía por el, a su parecer, injusto papel político al que ha sido relegada. Un papel que podría estar encarnado por Calicles, en el diálogo Gorgias de Platón: Los más poderosos, los más fuertes son los que deben gobernar. Tras un último intento oligarca, el golpe de 404 (régimen de los Treinta Tiranos), Atenas no dejará de ser gobernada democráticamente hasta su derrota a manos de Macedonia.


-Antes o después que el anterior, propongo que lean  El gobierno de sí y de los otros, de Michel Foucault (Akal, traducción de Horacio Pons) que se centra sobre todo en el hablar franco y veraz, la parresía, en democracia (que es la parte que más nos puede interesar) y en monarquías o imperios. Foucault estudia las tragedias Edipo Rey (Sófocles), Ion, Orestes (Eurípides), junto con otros textos de Platón como el Gorgias. Si leen estas tragedias al mismo tiempo, ganarán en claridad. Aunque, como dice JL Moreno Pestaña, la visión que da Foucault de la democracia está muy vinculada a la de Hannah Arendt, sobre todo en su concepción de un régimen de competencia aristocrática por el poder, sin tener en cuenta los mecanismos institucionales que prevenían con bastante eficacia el excesivo poder personal, no deja de ser un estudio brillante y sugerente sobre el poder de la palabra en el espacio público. Como también señala Moreno Pestaña, mejor leerlo teniendo al lado la obra de Castoriadis y de Rancière.


-Como complemento a la obra de Foucault (que son sus lecciones en el Collège de France), en especial respecto de Edipo Rey, les recomendaría (muy vivamente) lo que he hecho yo: hacerme con el libro Oedipus At Thebes, de Bernard M.W. Knox para comprender gracias a un reputado especialista las múltiples posibilidades de interpretación de esta obra, y no quedarnos con la más o menos canónica de la "tragedia del destino", o la imposibilidad de escapar a este, que es como se suele entender normalmente. Si no la habían leído antes, es una buena oportunidad para hacerlo. Si ya la habían leído o visto representada, la monografía de Bernard Knox les dará que pensar, y mucho, porque las propuestas de interpretación de este autor amplían nuestra capacidad de entender la obra desde múltiples perspectivas, que se exponen con tal naturalidad que uno no entiende cómo no cayó en la cuenta antes. Y es que la democracia ateniense no se entiende sin las tragedias.

Ya que estamos metidos de lleno con los griegos, hay dos libros que les irían bien para desterrar la idea de que los atenienses podían permitirse la democracia porque tenían un montón de esclavos de los que se servían para no tener que trabajar y así cotillear en el ágora y votar en el Pnyx: Peasant-Citizen & Slave. The Foundation of Athenian Democracy, de Ellen Meiksins Wood y El nacimiento de la política, de Moses I. Finley (Crítica, traducción de Teresa Sempere), entre otros. 

                                                                                

                                                            

Dejando de lado a los atenienses, tengo sin terminar (pero muy avanzados) tres libros sobre distintos asuntos como son la legitimidad en democracia (Legitimidad. Los cimientos del Estado social, democrático y de derecho, en Akal), qué entendemos por caridad y si es algo que admirar (Contra la caridad. En defensa de la renta básica, en Icaria (traducción de Daniel Escribano)), y una colección de artículos antropológicos sobre la sociedad, el poder y el Estado (La sociedad contra el Estado (Virus Editorial, traducción de Paco Madrid)). Este, escrito por Pierre Clastres, ya es un libro canónico, por cierto. Quizá comenzaría primero por él. Después, probablemente, con el de Luis Alegre y Clara Serrano. Y terminaría con el de Daniel Raventós y Julie Wark. Por cierto, pueden acompañar este último con el de Linsey McGoey: There is no such thing as a free gift. ¡Tiembla, Amancio!

 

                 


  

                             


¡Y eso es todo, amiguis!