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jueves, 18 de julio de 2019

'El Doble Oscuro', de María Teresa de Vega

He estado leyendo de asuntos que poco o tangencialmente tienen que ver con Literatura: aun siendo un estimulante cognitivo, pienso que no podemos pedirle que nos provea de todo conocimiento. Ni tampoco que nos aplaque de toda otra curiosidad. Como habrán podido ver en mi entrada anterior y en la del quince de junio, a este crítico (o reseñador o anotador de impresiones de lectura) no le basta con la ficción (aunque no toda literatura es ficción). En realidad, creo que la especialización tiene el peligro de convertirse en un nicho, que, como sabemos, suele ser bastante estrecho.

Además, de vez en cuando hay que alejarse, coger aire, tomar perspectiva, olvidarse de ciertas cosas y, así, ser más proclive al extrañamiento: esa capacidad de interrogarnos por lo que consideramos natural o de sentido común, ese preguntarnos por lo que pocos se preguntan y suele darse por sentado. Así, en tal estado, me pregunto si la literatura actual, y pienso en la española y en la canaria en concreto, proporciona sentido o explicación a los tiempos actuales, si hay alguna obra en la que se transfigure nuestro Zeitgeist, o si no existe nada más que la lamentable repetición de una fórmula. Quizá haya que esperar décadas para volver la mirada y encontrarla. Quizá sea este vacío artístico que experimento nada más ni nada menos que lo que resume nuestra época.

Es por ello por lo que me interno en otras dimensiones del saber, y estoy tentado de considerar, tras la lectura de obras magníficas de historia, antropología, sociología o filosofía, que nuestra literatura se rezaga, se pierde en laberintos de banalidad y ensimismamiento, que es más mercadería que nunca y que parece atrapada en unas arenas movedizas de las que resultará casi imposible salir.







El Doble Oscuro es una novela que muestra sin pudor sus defectos desde el principio, lo que hace casi imposible acabarla. En estos tiempos de pluriempleo y de diversidad de tareas, hasta se agradece. María Teresa de Vega pretende, al menos con esta obra, ser lírica, elitista, intertextualista y sabia. No tengo nada en contra de dichas aspiraciones. Sin embargo, creo que en lo único en lo que consigue descollar es en escribir una novela tan aburrida que se vuelve insoportable enseguida.

Podrían pensar en que me solazo en la crítica despiadada, que me divierte zaherir a las/los escritoras/es. Nada más lejos del placer que la tortura que me supone leer algo que me disgusta y luego reflexionar sobre las causas del displacer, literariamente hablando. Digamos que me apresto a la actividad crítica con la mejor de las intenciones, con la expectativa de encontrarme con algo que mine mi creciente escepticismo. Sin embargo, una y otra vez me sale al paso el descuido, el amateurismo (entendiendo por tal una reflexión sobre la propia obra, una falta de criba respecto del pensamiento), las ínfulas, la falta de percepción de lo que constituye una obra artística.

En el caso que nos ocupa, los diálogos son impostados, la alegorización resulta antigua, por no escribir rancia, la narración en las distintas voces resulta confusa, espectral. Los monólogos interiores no consiguen ni una pizca que desarrolle mi empatía o suscite mi curiosidad. La trama, que emerge aquí y allá no resulta más que una excusa para divagar sobre el mundillo literario, la literatura y lo que le venga en gana a la autora. Para qué escribir más.


Después de revisar exhaustivamente sus datos, Higo Pico creyó encontrar al pérfido Caco. Tal vez no había podido acallar sus prejuicios, pero le pareció el candidato perfecto. Era un escritor mal encarado, egocéntrico y despótico, a él le caía mal, eso tenía que confesarlo, siempre poniendo pegas a los otros escritores, en parte o a la totalidad. El típico mandarín en el grupo de sus amistades. Escritor bien considerado por la crítica y un sector de los lectores, y de otras personas que no lo habían leído, porque eso suele pasar. Se apuntan a ese autor para estar en la onda y presumir de conocimiento. (Pág. 23)



Quizá algún olor delatara esa relativa paz, como dicen que exhalan los cadáveres de algunos santos, pensó Ariadna. Tal vez ya olvidara tantas cosas... como un día se le ocurriría a ella misma. Rut le había dicho: ¿cómo es posible que un día nos olvidemos de lo traspasado de belleza, por ejemplo, cómo es posible que lo oculte el olvido, que lo cierre como una roca a la cueva de Polifemo? Dentro de la cueva hay riquezas: quesos, pieles, corderos. También murciélagos que zumban y encarnan las obsesiones. Pero ahora, en su caso, ningún astuto Ulises, vilmente atrapado dentro, saldrá afuera por más que intente engañar con la piel de cordero sobre los hombros. El olvido no forma parte de ninguna aventura heroica, de ninguna victoria sobre la humillación que nos constituye como especie. (Pág. 27)


Pasifae se levanta, se atusa una especie de guayabera y dice:-¿Alguien sabe a quién pertenecen estos versos que desde esa mañana obstaculizan el transcurrir de mi inquieto cerebro -sí, es verdad, tantas veces acusado de disperso y excéntrico- y lo impiden ocuparse de asuntos de más enjundia y actualidad? -. Se adelantó unos pasos y declamó briosa: 

En lo profundo del mar 
Suspiraba un morrocoyo, 
Etcétera 

-Me suena que es de algún chino -dijo Zorba-. Pero no de hoy, sino de ayer, de aquellos de los aleros y los del trinar de oropéndolas. No de los actuales chinos polucionantes. 
-Es agradable este poemita. Sumamente. Tiene algo de oración -dice Pasifae-. Yo, confieso, quise ser el amorcillo rosa de la tacita enana de Verlaine. 
-¿Profesas en el convento del 'Sacro Vate'? 
-¿Dije eso? Mmm, tal vez. 
-Cuando hacemos u oímos poesía, nos instalamos en otra manera de vivir y respirar -dijo Ariadna con su voz suave y mesurada. 
-Vale -adujo Pasifae-. Es un ritual un tanto grotesco. Me refiero a cuando se los lee en voz alta. Esa exaltación un tanto estúpida y sonrojante, esas subidas que parece que se abalanzan hacia el público con el verso en la cresta de una ola amenazante... Quiero leer muda. Enroscarme en un silencio bien embridado. 
-Hay opiniones para todos los gustos, mijita. ¿Quién te proclamó portavoz de todos los paladares? -respondió, agrio, Perseo. 
-Bien -arguyó Zorba-, lo importante es que esta Casa, como Casa de la Poesía y como librería, quiere permanecer en su ser, que es la característica principal de todo Ser. 
-Sí, eso es de Spinoza -apuntó Perseo. (Págs. 30-31)

Y, bueno, el tono general es así, hasta donde he llegado. De Vega se gusta y le gusta gustarse. Imagino que habrá disfrutado inyectando su bagaje vital y cultural en El Doble Oscuro. Percibo que, sin demasiado soterramiento, se lee una crítica a la sociedad tinerfeña, al mundillo literario de allí y todo eso. Además, pronto resulta evidente que De Vega tiene muchas lecturas y que se siente cómoda con el lenguaje. A ese respecto, nada he de decir. Es su ejercicio literario lo que me resulta ajeno: no percibo apenas nada que me ancle a esta novela, ningún motivo por el que pueda apreciarla. Así que la abandoné sin remordimientos en la página 62. 

Para una reseña mucho más extensa, y diametralmente opuesta en su valoración, como suele ser habitual por estos pagos, aquí. Otra, de nuestra apreciada Cecilia Domínguez Luis, con alusión al puzle literario incluida, aquí.











viernes, 11 de enero de 2019

'La espiral del silencio', de Mayte Martín

Resulta francamente vergonzoso ver cómo personas a las que uno tuvo la desgracia de conocer, obligado por tener que mantener algún tipo de trato profesional, laboral o social, y que se comportaron como verdaderas hijas de puta (no en sentido literal, sino en el común: malvadas, malas) van por ahí, sobre todo en las redes sociales y, las que pueden, en los medios de comunicación, dando consejos de vida y exhibiendo un talante progresista. Pasmoso, de rechinar los dientes. Mucha de la mala fama de lo progre proviene de esos ejercicios de hipocresía. En el espacio público es común que se defienda lo propio haciéndolo pasar por algo de interés común, y no menos hacerse pasar por abanderado de la justicia en general cuando se es injusto en particular.

En otro orden de cosas, la producción literaria no para, no para, y sus puestas de largo, también llamadas presentaciones, en librerías, casas-museo, caserones, casinos, bodegones y páramos desolados se anuncian como eventos culturales. Al fin y al cabo, se publicita como relevante lo que no es más que incitación a la compra. Uno tiene que ver de todo en esta vida para morir con impresión de hartazgo y apariencia de completitud. Además, de algo tiene que vivir un montón de gente dedicada a eso que llamamos cultura, que, la mayor parte del tiempo, no es más que, parafraseando a Alain Brossat, imposiciones de consenso, ideología de cohesión y ocultación del conflicto social. 

En fin, que me pierdo. Tiene el controvertido honor de ser causa de la primera reseña del año de este blog minoritario la siguiente novela:






Así es, La espiral del silencio: título homónimo de una obra de la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann y que versa, grosso modo, sobre el peso aplastante de la opinión mayoritaria en la sociedad sobre las disidentes, que suelen quedar acalladas. Es, como pueden apreciar, un concepto de uso común entre los sociólogos, teóricos de la comunicación y también para algunos periodistas, entre los que se incluye la autora (free-lance). El periodismo de investigación y sus riesgos constituyen el leitmotiv de la obra. Así, según se señala en la contraportada: "Es una novela que reivindica la libertad de expresión, y hace un guiño a la falta de protección de los profesionales de la comunicación en zonas de conflictos". Loable intención, sin duda.

No obstante, no bastan las buenas intenciones para escribir una novela aceptable. Si fuera así, todo sería más sencillo, porque miren que hay asuntos lamentables sobre los que escribir de nuestra desgraciada condición humana y del mundo en general. La espiral del silencio denuncia mucho, una y otra vez, pero como creación literaria resulta muy deficiente en todos los aspectos que uno pueda imaginarse. Me atrevería a decir, a tenor de lo leído, que incluso en aquellos ni siquiera sospechados.

En la novela se narra la investigación del asesinato de una periodista, Frida, presuntamente por un grupo de sicarios de ramificaciones internacionales, especializados en matar periodistas críticos con el poder: gobiernos, mafias, etc. Sobre esta base, la autora pretende lanzar un alegato a favor de la libertad de expresión, de prensa y de la democracia.

La novela está contada desde dos puntos de vista. El primero, el predominante, es el habitual de un narrador en tercera persona, enfocado en la personaje principal, Sandra que es criminóloga. Esta, acompañada de un amigo fotoperiodista, Nico, intentarán resolver las causas del asesinato y si es posible denunciar a sus perpetradores. El segundo punto de vista consiste en periódicos monólogos interiores de Sandra (en cursiva). En ambos casos, el estilo de Mayte Martín es deplorable: es posible que haya recorrido todos los senderos posibles que llevan al lugar común, a la frase hecha y al personaje manido, vistos y leídos un millón de veces.

Aparte de eso, no hay voluntad de estilo. No se percibe el menor esfuerzo por construir párrafos o frases con intención artística, por modesta que se pretenda esta. No hay condensación del pensamiento, aquilatamiento de la idea, pulimentado de la intuición. No hay literatura, no hay arte por ningún lado. Nada que la haga una novela que merezca la pérdida de tiempo en leerla, por insulsa que sea nuestra vida. No sé que es peor: los intentos de la autora por dotar de vida interior a la protagonista, las escenas de pretendido erotismo o los párrafos que denuncian la situación de los periodistas por el mundo. 

Normalmente, selecciono fragmentos que ejemplifiquen lo que afirmo, mis impresiones de lectura. En La espiral del silencio cualquier párrafo vale, todos son igual de insustanciales. Voy con algunos:


Sandra pensó que de haber sido periodista le hubiera encantado hacer todos esos reportajes... sintió cierta envidia al recordar la cantidad de veces que la acompañó a recoger premios... su amiga iba siempre guapísima con su pelo rizado rubio, sus escotes, sus zapatos de tacones para ocasiones especiales. Frida era una chica muy atractiva, quizá algo menuda, pero no le restaba interés... era muy coqueta, le gustaba llamar la atención, en verano con tops enseñando el ombligo y zapatillas planas con los dedos al aire, eso sí con pantalones, rara vez usaba trajes o faldas, pero no necesitaba enseñar las piernas porque se imaginaban bajo los pantalones de telas vaporosas. 
El día de su muerte llevaba unos vaqueros, una camisa blanca, botas de tacón y un minúsculo chaleco del mismo color... siempre con aquellos interminables escotes que dejaban ver en muchas ocasiones su ropa interior cara, de encajes y colores. Tenía poco pecho y solía usar sujetadores con relleno. Le gustaba mucho la ropa interior, le daba más importancia que lo que llevara encima, y no reparaba en gastos cuando se trataba de adquirir su lencería. Incluso en invierno se las apañaba para llevar escote. Le gustaban las mujeres guapas, era exigente con ello, además femeninas, como su mujer. Mercy es más alta y de mayor envergadura, pero sin duda también una mujer muy atractiva. De cabello castaño lacio, jamás por debajo de los hombros y siempre arreglada de peluquería, con una manicura y pedicura siempre impecables y una forma de vestir algo más recatada, más de trajes chaquetas, faldas rectas y blusas bien abrochadas, carecía del desparpajo insinuante de Frida, pero era muy guapa, se daba un aire a Olivia Wilde, algo que ella explotaba y por lo que se ganó el apodo de Trece. Dos mujeres muy guapas, sin duda y hacían buena pareja, se entendían a la perfección. (Págs. 21-23)
 Le sorprendió la actitud de Nico, y comprendió entonces que sí él como periodista estaba dispuesto a pasar por un cambio radical, es que su olfato iba más allá de la amistad con Frida, que era intensa, pero su interés por la verdad era lo más grande que poseía, lo que le hacía un ser especial, adorable. 
Nico afeitado, con corte de pelo y nuevo vestuario no parecía él... pero ella con pelo largo rubio, maquillada y minifalda... se miraban en el espejo y parecían realmente otras personas. Ella estaba acostumbrada a los cambios de imagen, los criminólogos y detectives muchas veces hacen cursos de maquillaje e imagen para poder pasar desapercibidos, pero nunca se le ocurrió ponerse melena larga y rubia nórdica... Pensó si los policías del aeropuerto los reconocerían, y rio en silencio. (Pág. 37)
Frida era una estrella, de esas personas que nacen con tanta luz, popular, habladora, risueña... siempre trataba de echar una mano a quienes no tenían su misma suerte. Divertida, despreocupada, aquella forma de ver la vida como una inmensa obra de arte. Decía que todos éramos parte de un cuadro, de una obra de teatro, personajes de novela, que todos éramos piezas de ajedrez, fichas de parchís, blancas de dominó, ases en la manga y comodines para el mundo. Me exasperaba a veces con su cierta dosis de cinismo e incluso nihilismo, a veces era la persona más creyente del mundo y acto seguido blasfemaba. Era feminista a muerte, pero a veces ofendía a algunas mujeres. Me decía que todos teníamos contradicciones, que somos aristas de un poliedro y no podemos tener opiniones irrefutables e inflexibles. Frida era mi amiga, esa es la palabra que la define, amigo, todo y nada... ausencia y a la vez tengo tanto de ella. Debo seguir mi instinto, sé que tengo que buscar más allá de la noticia que busca Nico, tengo que leer entre líneas, tengo que trazar un nexo común entre todos estos datos, debo encontrar mi propia línea de investigación. Voy a sacar la brújula interior, tiraré los dados marcados que ella dejó, solo debo encontrar las muescas. (Págs. 114-115).

Es así la novela hasta donde pude leer, como si a la autora le hubiera acometido un ataque de escritorrea y, con el entusiasmo de esos momentos, la hubiese excretado de un tirón. También es digno de reseñar su apego por los puntos suspensivos, que se vuelven de lo más irritante, por arbitrarios. "En busca del estilo sincopado" o algo así podríamos titular.

Un par de ejemplos:


Sandra no pudo continuar leyendo... buscó desesperada una botella de vino donde de sobra sabía que había... en el camino encontró una de tequila y eso le sirvió para que después de un par de tragos a pelo, sin comer, después del viaje y el cansancio acumulado por el insomnio le diera por llorar... llorar a moco tendido, llorar hasta desfigurar sus ojos hinchados, su nariz colorada... y encontró un hombro en el que llorar... unos brazos que la llevaron hasta el baño más cercano para vomitar, la bilis, la hiel... el dolor... 
Nico la metió en la ducha... la refrescó, la llevó hasta una habitación donde la metió en cama y dejó que durmiera. Buscó por la casa aspirinas, paracetamol, ibupofreno (sic)... algo que pudiera calmar la jaqueca que sabía iba a desencadenarse ... buscó comida, algo que preparar en una casa fantasma... una casa que tenía esculturas y cuadros hasta en los cuartos de baño, la cocina... parecía los bajos de un museo y un museo que él no conocía. (Págs 40-41)
El periodista mexicano y sus compañeros intentaban hacer un análisis profundo de la realidad del narcotráfico y el tráfico de armas, lo que les convertía en héroes nacionales... tenían un control exhaustivo de la situación... no solo de su país, sino que habían creado una organización internacional una red casi tan preparada como la de las mafias, en la que sus armas eran la información. Contactos con Colombia, Perú, Argentina, Paraguay... (Pág. 65).

Los diálogos, por seguir desmenuzando, son, en la línea que estamos apuntando, romos, toscos y, lo peor, previsibles. La novela comienza con uno entre Sandra y Mauri, un policía:


-Mauri déjame que te ayude con este caso, sabes lo importante que es para mí... 
-Precisamente por eso no puedo dejarte, estás demasiado implicada personalmente, sí que no me toques las pelotas y desaparece de mi vista, bastante tengo ya con aguantar a los jefazos. 
-Sé que es mucha presión, los medios, el colectivo de lesbianas, las feministas, la familia, y nosotras las amigas, pero por eso me necesitas más que nunca. Mi relación personal con ella puede ser positiva. Ha pasado una semana y ya estoy mejor, ahora puedo empezar a recomponer todo y ayudarte a buscar a quien la mató. 
-Sandra lárgate ya, te he dejado pasar por ser tú pero, estoy hasta los cojones de que venga todo el mundo a presionarme con esta historia. ¿Sabes la de llamadas telefónicas de locos y locas que recibimos al día que reivindican el asesinato o que llaman para decir que lo merecía, o que te preguntan si es verdad que ha muerto o forma parte de un programa televisivo? La gente está loca, Sandra, y tenemos que lidiar con eso cada día, lo que me faltaba encima aguantar a una detective privado... así que desaparece de mi vista, no has venido en buen momento.

Y solo otro más, para no abusar:


-¿Qué haces aquí Nico? 
-Tenemos que hablar 
-Con esa cara tan seria que me has puesto ¿no me dirás ahora que estás embarazado? 
-Esto es serio, San, muy serio... Vamos dentro y te lo explico. Sandra no sabía qué pensar ni cómo reaccionar a lo que Nico había dicho... le metía prisa para que recogiera las cosas más básicas que necesitara, que cogiera ropa y enseres necesarios, que no podía usar el móvil, ni el portátil... tenía que dejar atrás sus cosas, incluido su perro. 
-No sabemos cuánto nos va a llevar esto -decía Nico- pero, está claro que te va a costar, yo estoy acostumbrado a desaparecer. 
-Pero es que no entiendo nada, Nico, ¿que estemos en peligro, el que alguien quiera asesinarnos? 
-Te lo he explicado Sandra, ¿no me escuchás?, sé que estás en shock pero esto es lo que hay... Frida lo sabía... ella ha repartido pruebas entre tus archivos y los míos y ellos no tardarán en descubrirlo. 
-Ellos, ellos, ¿pero quiénes son ellos? 
-¿Y esa pistola? 
Si estamos en peligro como dices no les vamos a dar facilidades... esta es mi pistola... tengo un par de aerosoles de gas... 
-¿Pero estás loca? ¿Un arma? 
-Te recuerdo que tengo permiso de arma y que estoy capacitada para cualquier defensa personal... -casi aulló desesperada-. Ya tengo todo lo necesario, incluido mi maletín de espionaje. 
-No pienses que esto es una novela negra, esto es la pura realidad, nos enfrentamos a lo desconocido, pero quien sea o quienes sean, ya han matado a Frida y no van a dudar en hacerlo con nosotros que somos menos populares que ella. (Págs. 28-29)

Ya ni siquiera voy a nombrar los solecismos, para qué, o la falta de claridad o de criterio con el uso de las comas. Y el enorme aburrimiento que provoca su lectura. Todo es de un nivel ínfimo, tanto que hace grandes (exagero) a algunas novelas noir que he denostado en otras reseñas. Me di por vencido en la página 121. En definitiva, una novela terrible. 






P.D. Una reseña opuesta a la mía y publicada en Dragaria la pueden encontrar aquí, de Marcos Rivero Mentado. Otra, de la Premio Canarias de Literatura, poeta y novelista (esto último, en sus peores días), Cecilia  Domínguez Luis, también en Dragaria, aquí. Y aquí, del famoso opinador y novelista de historias que se ensamblan Emilio González Déniz. Las tres se parecen en lo que cuentan y sobre todo en lo que omiten.






























viernes, 21 de diciembre de 2018

'Ordesa', de Manuel Vilas

Hay dos reseñadoras que están causando furor en nuestra literatura local: la celebérrima Premio Canarias de Literatura Cecilia Domínguez Luis y la recién novelista y free-lance Mayte Martín, a la sazón colaboradora infatigable de la revista Dragaria. Ambas practican ese arte de reseñar la novela de que se trate escurriendo el bulto. Es decir, sospecho que no les gusta lo que han leído, pero noblesse obligue. El resultado es una reseña en la que desgranan la trama y dicen lo de muy de actualidad que es y cómo vamos a quedar epatados, transfigurados y de ahí hacia arriba. La primera desperdiga sus piropos insustanciales tanto en Dragaria como en ACL, la revista de la Academia Canaria de la Lengua, al menos; la segunda, que sepa, solo en Dragaria, que nació como una promesa y no ha hecho más que agonizar desde entonces. Eso sí, seguro que logran hacer muchos amigos en su tránsito cultural hacia la nada. Algo es algo.

Mi consejo: si alguna de las dos alaba una novela, un poemario, una película o, qué sé yo, una marca de galletas, no compren, huyan. Muy rápido, sin mirar atrás. Eso que hemos ganado, aunque sean consejos a los que haya que seguir a la inversa. No conozco nada que no les haya gustado, emocionado, impresionado o encantado. Son el recambio de Ibrahim Chamali, al que echo de menos, es un decir, en la actividad del elogio indiscriminado.

Vamos a lo nuestro. La novela que toca es:






Tenía que caer, no podía pasar de largo por mi vida, la novela española más celebrada en 2018, al menos por el aparato mediático de Prisa. Aunque, por lo que sé, Alfaguara no pertenece a ese conglomerado desde 2014, cuando Prisa vendió la editorial a Penguin Random House (que anteriormente eran Penguin, por un lado, y Random House, por otro: el fenómeno de las compras y fusiones editoriales merece una monografía). En todo caso, Ordesa resultó elegida por el suplemento cultural Babelia como la mejor novela de las cincuenta mejores novelas del año. Que no sea por no poner "mejor" todo el rato. O la más mejor.

Pues bien, la novela es un aceptable despliegue de hacerse pasar por buena. Se esfuerza mucho por parecer, sin duda. En realidad, no lo es. Por el contrario, considero que no es ni más ni menos que un ejercicio pretencioso de frase corta, normalmente sentenciosa, de corte apodíctico, que me hace recordar, fíjense Vds. al deplorable Santiago Gil de Gracias por el tiempo y al no menos lamentable David Llorente y su Madrid: frontera, dos ejercicios de impostura escrituril que habíamos logrado olvidar no sin esfuerzo y algún principio de indigestión. Ese aire de familia en el naufragio literario no deja de llamar la atención, dado que es la búsqueda de la originalidad y del estilo propio el leitmotiv del arte desde al menos el Romanticismo. Sin embargo, dado que no creo que se hayan influido entre sí, es posible llegar a la conclusión de que ciertas obras malas se parecen a su manera. De la peor manera.

Ordesa es el relato de la pérdida de los padres, el dolor consiguiente, la descripción del mundo como vacío y carente de sentido, y tal. Siento hablar con esta frivolidad, pero el tema, tan socorrido, requiere de una mirada y de una técnica de otro nivel para hacerlo literariamente interesante y artísticamente apetecible. A mí, la verdad, el relato del dolor por el dolor y la flagelación por la flagelación no me atrae por sí mismo. Hace falta algo más para salir del ensimismamiento vital, del regocijo por la llaga que supura, que, en este caso, no sirve de exutorio que le proporcione sentido.

De repente, mi apartamento me ha parecido que no valía el dinero que estoy pagando por él. Imagino que esa certidumbre es la prueba de madurez más obvia de una inteligencia humana bajo el peso del capitalismo. Pero gracias al capitalismo tengo casa. 
He pensado, como siempre, en la ruina económica. La vida de un hombre es, en esencia, el intento de no caer en la ruina económica. Da igual a qué se dedique, ese es el gran fracaso. Si no sabes alimentar a tus hijos, no tienes ninguna razón para existir en sociedad. (Pág. 15)


Con la muerte de mi padre comenzó el caos, porque quien sabía quién era yo y a la postre se podía responsabilizar de mi presencia y de mi existencia ya no estaba en este mundo. Tal vez esta sea una de las cosas más originales de mi vida. La única razón segura y cierta de que estés en este mundo reside en la voluntad de tu padre y en la de tu madre. Eres esa voluntad. La voluntad trasladada a la carne. 
Ese principio biológico de la voluntad no tiene carácter político. De ahí que me interese tanto, de que me emocione tanto. Si no tiene carácter político, eso significa que  ronda los caminos de la verdad. La naturaleza es una forma feroz de la verdad. La política es el orden pactado, está bien, pero no es la verdad. La verdad es tu padre y tu madre. 
Ellos te inventaron. 
Vienes del semen y del óvulo. 
Sin el semen y el óvulo no hay nada. 
Que luego tu identidad y tu existencia ocurran bajo un orden político no desbarata el principio de la voluntad, que es anterior al orden político; y es, además, un principio necesario, mientras que el orden político puede estar muy bien y todo lo que tú quieras, pero no es necesario. (Pág. 31)


Por tanto, en mi vida, como en tantas otras vidas, combatieron el platonismo y la promiscuidad. Y eso siempre daña. Pero al final un divorcio, en el capitalismo, acaba reducido a una lucha por el reparto del dinero. Porque el dinero es más poderoso que la vida y que la muerte y que el amor. 
El dinero es el lenguaje de Dios. 
El dinero es la poesía de la Historia. 
El dinero es el sentido del humor de los dioses. 
La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad. La verdad es un punto de vista que enseguida brilla por sí solo. La mayoría de la gente vive y muere sin haber presenciado la verdad. Lo cómico de la condición humana es que no necesita la verdad. Es un adorno la verdad, un adorno moral. 
Se puede vivir sin la verdad, pues la verdad es una de las formas más prestigiosas de la vanidad. (Pág. 77)


Se muere mejor si nadie sabe que estás vivo, no haces cargar con la pesadumbre de tu muerte a nadie, con papeles, llantos y funeral, con culpas y demonios. Quienes mejor mueren son quienes no sabían que estaban vivos. La vida o es social o es solo naturaleza, y en la naturaleza la muerte no existe. 
La muerte es una frivolidad de la cultura y de la civilización. (Pág. 86)


Como yo mandé quemar el cuerpo de mi padre, no tengo un sitio adonde ir para estar con él, de modo que me he creado uno: esta pantalla de ordenador. 
Quemar a los muertos es un error. No quemarlos también es un error. La pantalla del ordenador es el lugar donde está el cadáver ahora. Va envejeciendo la pantalla, pronto tendré que comprar otro ordenador. Las cosas no resisten como lo hacían antiguamente, cuando una nevera o una televisión o una plancha o un horno duraban treinta años, y este es un secreto de la materia; la gente no entierra electrodomésticos viejos, pero hay gente en este mundo que ha pasado más tiempo al lado de un televisor o una nevera que al lado de un ser humano.  
En todo hubo belleza. (Pág. 108)


Así, sin descanso, página tras página.

Además, aparte del dolor, la melancolía y todo eso, Vilas inserta aquí y allá reflexiones de corte sociológico que no aportan nada, ni siquiera en el plano cognitivo, sino que suponen una bajada de tensión estilística, sobre todo cuando uno había logrado, por fin, concentrarse en la lectura. Pero lo peor no está ahí, sino en la profundización, digamos, filosófica, que es el fundamento del libro: qué somos, por qué estamos en el mundo, por qué morimos. Es un asunto bien trillado, pero también lo bastante importante para que cualquier escritor deba interrogarse (en el cuarto de baño, bajo la cama con el peluche, desnudo en una acequia, en cualquier caso, en soledad) si está pertrechado del suficiente bagaje para emprender esa tarea, sobre todo cuando se enfoca de modo tan frontal. Mi conclusión es que Manuel Vilas no lo está. Lo que le gusta a Manuel Vilas, en realidad, son los aforismos. Otras prefieren llamarlo "hibridación genérica".

Por último, se puede resaltar que el personaje narrador, el propio autor, no consigue suscitar simpatía alguna. Su intimismo e introspección no consiguen provocar nada más que desdén. Sus reflexiones, que se pretenden cargadas en algunos casos de lirismo, en otras de ingenio y en otras últimas de sabiduría de poeta revenío solo producen irritación o aburrimiento. A veces, al mismo tiempo. Todo lo que revela, para hacerlo aún peor, es un profundo conformismo.

Me prometí, en todo caso, que llegaría al menos a la página 100: he cumplido de sobra. A partir de ahora, que esta novela la sufra otro.



P.D. Hay algunas reseñas que mantienen una opinión absolutamente contraria a la mía (aquí, aquí, aquí), y otras coincidentes (aquí o aquí) que  se muestran igual de irritadas. Es, por lo que se ve, una novela crispadora.







jueves, 25 de enero de 2018

'Malaquita', de Juan-Manuel García Ramos

La presente obra forma parte de esos títulos, al parecer emblemáticos, de la literatura canaria que figuran en todas las antologías y estudios, pero que nadie ha leído (o no recuerda haberlos leído). Por si resulta de interés, el filósofo José Luis Aranguren la presentó en 1981 y es su prologuista. Afirmó haberla leído, lo que ya es mucho más de lo que confiesan los reseñistas-amigos del hoy por ti, mañana por mí.

En todo caso, Malaquita formó parte de una colección denominada Biblioteca Básica Canaria, editada por la Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias. Así, uno tiende a pensar que si Malaquita está incluida en esa Biblioteca Básica, será porque alguien (el comité experto) la consideró parte del canon canario de literatura, vamos, de las obras imprescindibles. Los cánones, como también sabrán, no los hace nadie, provienen directamente del aire y de la tierra, cuando no del ser idiosincrático de la comunidad eterna, etc. 


Lo llamativo del caso, que a lo mejor no lo es tanto, es que el director de dicha Biblioteca Básica era... Juan-Manuel García Ramos. Quizá porque el Consejero de Cultura era... Juan-Manuel García Ramos. Lo más probable es que todo sea casualidad, y que la comisión independiente encargada de la selección de obras que formarían parte de esa colección no tuviese más remedio que elegir Malaquita por su intrínseco valor literario, fuese quien fuese el consejero de turno. Hay que señalar, además, que a nuestro autor se le concedió en 2006 el Premio Canarias de Literatura. Al igual que a nuestra apreciada Cecilia Domínguez Luis en 2015.


Pero, bueno, eran otros tiempos: 1991. Ya se sabe cómo se las gastaban en aquel entonces. No como ahora, tiempo en que los artistas jamás ocuparían cargos institucionales (ni políticos, ni culturales, ni político-culturales) desde los cuales fraguar su imprescindibilidad histórica, ni los escultores consagrados (según ellos) crearían fundaciones financiadas por el Ayuntamiento, que también tendría la obligación de comprar las esculturas del escultor consagrado para instalarlas en la sede de la fundación que también sería un espacio público (por ejemplo, un castillo), ni los reseñadores de los periódicos locales serían amigos de los autores de las obras que reseñan ni los/as escritores/as serían también reseñadores y Dios mío qué promiscuidad de libros, artículos, reseñas, elogios, ditirambos, maravillosismos, y qué hay de lo mío, y que quiero vivir de mi arte, páguenmelo entre todos, etc., etc... Hemos avanzado, sin duda, lo que resulta todo un alivio.







En lo que se refiere a la novela, no sé si la pertenencia a lo que se llama la Nueva Narrativa Canaria o el contexto histórico-social-literario de la época en la que se escribió (experimentalismo, estética marginal-realismo sucio-compromiso social-feísmo-lo que sea) influyó en el aquel entonces joven escritor. El caso es que se nota que hay cuajo, que aquel joven Juan-Manuel tenía mimbres para escribir algo inteligible, que quizá tenía ideas que compartir con el resto del mundo. Al fin y al cabo, se ha dedicado a la filología de forma profesional toda su vida y la corrección técnica se le da por supuesta.

Sin embargo, la novela es insoportable. Personalizándola, diríamos que se comporta como una enemiga con ínfulas (literarias) que te desalienta cada vez que le sigues el paso, que te disuade de seguir la trama cuando parecía que habías cogido el hilo (el que fuera), que parece pretender que el lector haga un esfuerzo de reunir los trozos de introspección que el autor tiene a bien diseminar aquí y allá, supuestamente como parte de un plan maestro. Aranguren, el muy cachondo, en un rasgo de humor, nos señala en el prólogo: "Su lectura e interpretación, como la de toda auténtica hermenéutica, ha de ser circular". En mi opinión, esa tarea hermenéutica no significa más que "búscate la vida si quieres entender algo". Otros quizá la denominarían "complejo artefacto literario", "literatura arquitectónica", "experimentalista" o "rompecabezas literario". Los eufemismos, como la mala leche, son la sal de la vida.

La novela, en fin, es una sucesión de narraciones en tercera persona, monólogos introspectivos de los personajes, fragmentos de diarios y de cartas, y de diálogos que nos introducen en la vida de una vieja prostituta, Dolita, en la de un joven, Ernesto, y en su relación sexual-sentimental resultante. De telón de fondo, la pobreza y la marginalidad que los rodea, la miseria moral de la sociedad, etc.

No obstante, enloquecida por las fatigosas marchas urbanas al sol, sólo atenuadas por las intermitentes entradas a los zaguanes y tiendas en los que rara vez era atendida, contaban que la descubrían ofreciendo sus menopáusicos encantos a los estudiantes mañaneros, los empleados de mostrador, los repartidores de diarios y leche, ávidos, algunos todavía, de descubrir secretos femeninos en su sexo amoratado por los combates, en sus pechos albeados por el roperío sudoso de las caminatas. Sin frases de otro gusto, sin descender a la oferta verbal desprestigiada: sólo recogía con cariño uno de sus pechos del sujetador ancestral y, resguardada de otras vistas, lo presentaba sonriente al muchacho de turno, o en otras ocasiones, abierto su abrigo, aparecía con una mano introducida en sus inmensas bragas negras, con sus ropas recogidas a esa altura, dejando ver sus torneados muslos blanquecinos, enmarañada pelusilla encanecida de su pubis. (pág. 22)

(...) 
-No llore, mujer, no llore. No me ve a mí resignada ya, jesús. 
-Ay, doña Amalia... 
-Pues como le decía, el veterinario primero la edad, luego si no conocía a  los padres. Mire usted, no los voy a conocer: de la misma calle, los de los Martos, que usted se tiene que acordar del gato como negro, agrisado, peludo, que siempre estaba en la ventana con la que le quedó soltera, Inesita... 
-¿La del parche en el ojo...? 
-Sí, pero eso fue después. Ya era mamá muerta. 
-Pues que no me preocupara, unas pastillas como blancas, rosadas, como el carmín flojito que viene ahora, pues que se las desliera en leche, bueno él dijo en agua pero yo aprovecho y tempranito en la leche... Un día, otro día y mi hija, nada. Triste, sabe y como desganada, por todo, la cabecita entre las piernas y por las tardes frío, yo la notaba como erizada, que en los gatos es fácil notarlo y más en ésta la pobre que tenía un pelo tupido, grueso...Ay quiere usted saber, las veces que lo he contado y siempre como una congoja, una pena tan grande. Que la echa uno de menos, fue muchos años a cuenta de mimos y compañía, animal más cariñoso, todo el que pasaba tenía que ver con ella, hasta esos obreros de campo que pasan temprano, si habrán visto gatos, y siempre una caricia y ella lelita... (pág. 54)


Octavo día. Por la mañana, el cernícalo en el rastrojo le sigue los pasos a algún ratoncillo y se mantiene voloteando inalterable a los rafagazos del viento gris... En una esquina, otro rebajado se cose sus pantalones extrañado en el uso que tiene que hacer de la aguja. Tumbado en la litera, fumando un cigarrillo que se ha ido consumiendo sobre su pecho, oye a lo lejos las órdenes de desfile, voces dispares que llegan a sus oídos mezcladas con canto de capirotes y aullidos de guirres lagarteros, con un vaho enervante de calor sudado y cocinero que termina por invadir el hangar reconvertido. 
Desde el camastro infame, ella va apareciendo tras la somnolencia, el hedor y el malestar, ansias de lejanía, su perfil masculinizado, unos dientes blancos y dispuestos con maestría, las pecas que aclaraban su tez, los trajes largos de las medianoches remangados con aquella espontaneidad suya, sus frases incoherentes que lo cautivaban, el trajinar impetuoso de las abuelas abajo: sus habladurías, el perfume desconsoladores en sus ausencias, el primer beso del zaguán, sus arrebatos en la entrega (...). (pág. 64)

Dice García-Ramos que la novela surgió de una imagen:


Malaquita es una historia de amor que alcancé a a adivinar a través de una mirada. Un adolescente y una anciana se observan y se descubren en sus mutuas orfandades.
Cosas peores se han visto, está claro. Y razones más estrafalarias, también.

Parecer ser que, según escribe Francisco Juan Quevedo García en Constantes de la narrativa canaria de los setenta (1995): "El novelista examina el otro lado de la esfera social, y expone una realidad que, aunque oculta tras la imagen de la superficie, aclara las distintas formas de existencia".  Asimismo, según el autor, se hace patente el uso de un lenguaje que correspondería al habla de los sectores más marginales "con la función de alcanzar la verosimilitud". 
Queda dicho, aunque lo cierto es que la novela se ha vuelto decrépita mientras tanto, si es que no nació así, de tal manera que una novela coetánea como Las espiritistas de Telde a su lado se convierte en epítome de la modernidad tardocapitalista.

No digo yo que no tenga su trascendencia filológica e, incluso, de denuncia social; pero no sé si al lector le debe importar. Es más, quizá deba figurar Malaquita en una antología de literatura (canaria) como un compendio de técnicas narrativas, como experimento literario, aunque fallido. Sin embargo, me permito dudar que se convierta en una de esas obras que la comunidad haga suya, por ilegible, por pretenciosa, por imposible. No hay frase corta ni sustantivo con adjetivo: un aire de familia degenerada de aquella literatura latinoamericana con la que se le ha querido emparentar. Un enrevesamiento que se pretende barroco y que se queda en piñata parca en caramelos.


Tengo la impresión de que el autor no tiene en cuenta al lector en ningún momento, ni siquiera al lector más o menos inteligente, más o menos culto. Que García-Ramos pretendía consumar una especie de onanismo literario con la que considerar esta obra como artística, sin mayor interés comunicativo, quizá como ejercicio expresivo para sí mismo o para un círculo de entendidos, pero no destinada al público lector. En mi caso, confieso que la abandoné para siempre en la página 66. 

Si se animan a leerla, y resisten, ya me contarán el resto.





















jueves, 16 de febrero de 2017

Estado de la cuestión y alguna cosa más

A la espera de nuevas lecturas y sus correspondientes reseñas, he decidido compartir con Vds. una breve reflexión sobre la tarea del reseñador bloguero. Con estas trece primeras novelas, me he dado cuenta de que el trabajo del reseñador literario es más duro de lo que parecía en un principio. ¿Por qué? Pues porque me identifico con aquel personaje de Ampliación del campo de batalla que decía: "Ojalá se me hubiera dado una vida sólo para leer" (ya me perdonarán la tilde en sólo, pero soy de la generación del Spectrum 48k, y esta madurez se plasma en que hay pequeñas batallas que uno no deja de librar, aunque transija de vez en cuando). No sabía entonces, pero sí ahora, que el reseñador no sólo lee libros buenos, no sólo lee libros de los que se convence que son buenos so pena de caer en el ostracismo del mal gusto, sino que por fuerza lee libros mediocres, malos y aún peores a los que jamás se habría acercado de otro modo. Llámenle a eso olfato o, si quieren, pre-juicios.

En todo caso, estas trece reseñas dan cuenta de libros cuya calidad, a mi entender, es de lo más dispar. Eso sí, los autores masculinos son abrumadora mayoría (12 a 1). Espero compensar esa proporción en los próximos días. Haciendo otra división, esta vez étnico-comunitaria, se puede ver que 7 corresponden a autores canarios, 3 a rusos, y 1 a un canadiense, a un austriaco y a un checo. Esa era mi intención desde un principio: dedicarle especial atención, pero no exclusiva, a la literatura escrita por canarios.

El balance es desalentador. Si excluimos, por considerarlo ya un clásico a Alonso Quesada, nos queda que, de los autores canarios reseñados, sólo Luis Junco, con su Entrelazamientos, da la talla. Las razones ya las he explicado en su reseña correspondiente. Sin ser una obra maestra, que no lo es, sí es una novela digna de ser leída. No puede decirse lo mismo de El sepulcro vacío, de Cecilia Domínguez, que, además de adolecer de una estructura confusa y de errores de incardinación temporal de la trama, suscita un aburrimiento insuperable. De hecho, es la única que no he terminado, una vez que reconocí que constituía una tarea superior a mis fuerzas. Por otro lado, Las calmas aparentes, de Federico J. Silva y La otra vida de Ned Blackbird, de Alexis Ravelo aspiraban a ser algo. Sin embargo, no han entrado en el reino de la ontología, sino que se han quedado en la cuneta de la historia. Seguramente hay destinos peores. Vs, de Sergio Barreto es una historia que sabe a ya leída muchas veces, y su estilo irrita que da (dis)gusto. Por último, de El tren delantero, de Emilio González Déniz, ya he señalado que es una tomadura de pelo completa. Debería estudiarse en la Universidad como ejemplo de escritura torpe y pretenciosa. Ya la primera frase le pone a uno el corazón en un puño: "Mi manera de vivir se aleja mucho de lo que se acepta socialmente". Joder, que estamos en 2017 (2016 cuando se publicó la cosa).

Hago constar que estas reseñas no implican un juicio a su trayectoria. Son críticas a una obra concreta, y me he esforzado por señalar y argumentar tanto sus defectos como sus virtudes. Que en algunos casos la novela (o lo que sea) suponga una nueva cima literaria o un desgraciado baldón es responsabilidad casi exclusiva de ellos/as.

Todos estos autores disfrutan de (cierta) fama y han ganado/recibido numerosos premios, seguramente por su obra anterior. Alexis Ravelo, por ejemplo, goza de reconocimiento nacional por sus novelas negras. Emilio González Déniz posee premios de todo tipo y disfruta de la admiración de numerosos seguidores. Cecilia Domínguez Luis, que es Premio Canarias 2015; Federico J. Silva, que ha ganado el premio Tomás Morales y el Ciudad de las Palmas de poesía, por lo que he leído; y Sergio Barreto (premio de novela Benito Pérez Armas, entre otros) son reconocidos poetas que en sus ratos libres se dedican a la prosa. Quizá el autor menos popular es, curiosamente, Luis Junco, aunque también ha recibido premios, etc. Con sus más y sus menos, todos han disfrutado en una época u otra del calor institucional en forma de patrocinios, cursos, conferencias, ediciones, etc. Lo cual no es necesariamente malo.

Quizá es difícil ser un/a escritor/a rebelde y vivir de la escritura. Quizá es que las administraciones públicas son entes neutros que apoyan la Literatura por su valor intrínseco (cualquiera que sea). Quizá es que cuando arrecia la vanidad, desaparecen los escrúpulos. Sin premios, además, parece que no eres nadie. Soy de la opinión que depender de los caprichos del concejal/consejero de turno no puede ser bueno para el artista, pero quizá estoy equivocado. Al igual que tampoco me parece saludable carecer de amigos que te señalen cuándo escribes tonterías o de un familiar jocoso que te ridiculice cuando crees que eres la leche.

Insisto en que habría que preguntarse por la razón de ser de los premios. En especial,de los premios otorgados por las administraciones públicas. Nadie los cuestiona, y ahí están todos esos artistas que por la mañana levitan entregados a la creación y por la tarde se pegan hostias por conseguir el premio de marras. O esos que una vez que lo han ganado/recibido, suspiran y exclaman, entre aliviados y enfadados: "¡Me lo merecía!" o "Ya era hora". 

Asimismo, creo que cualquier reseñador/a con un mínimo de honradez debería tomarse en serio su tarea. Debería darse cuenta de que si la gente lo/la lee es porque espera un guía: alguien que, con su sincera opinión, ya sea por tiempo, lecturas o estudios sea capaz de hacer juicios y de argumentarlos. Lo que no puede ser, lo que es escandaloso, lo que resulta indignante, es que el/la reseñador/a mienta. Que, además, hurte al lector la información de que es amiga del escritor o su primo hermano, o que pertenece al mismo sello editorial, o que le debe un favor, etc. O, simplemente, el miedo a quedar mal. Hacer que el lector acuda engañado a la librería a comprar el librito recomendado es, simplemente, de sinvergüenzas.

Qué triste todo.








martes, 17 de enero de 2017

'El sepulcro vacío', de Cecilia Domínguez

¿Qué nos recuerda el título de esta novela? Si han seguido la estela de mis reseñas, la respuesta la encontrarán rápidamente: sí, Entrelazamientosla novela de Luis Junco, nos narraba las pesquisas de un investigador aficionado cuyo biografía se encontraba entrelazada con los marqueses de la Quinta Roja. El sepulcro vacío se refiere al sepulcro que la marquesa mandó construir para su hijo, el marqués, a quien por masón la Iglesia le había negado entierro en el camposanto. No obstante lo cual, al final los restos del marqués nunca encontraron acomodo en el sepulcro de la Quinta Roja sino en el panteón familiar.

Casualidades al margen (algo que Luis Junco negaría con vehemencia), me resulta curioso que haya acabado leyendo dos novelas que, en parte, tratan sobre el mismo asunto y que se publicaran con escaso margen (la novela de esta reseña en 2015 y Entrelazamientos en 2016). Por esa razón, me pregunto cuál será el lugar y la influencia en el imaginario colectivo tinerfeño de estos marqueses tan novelados cuya existencia resulta tan ignorada, sin aparentes consecuencias, para el resto del mundo.






La escritora, Cecilia Domínguez, es poeta y novelista. Parece una constante entre los escritores/as de Canarias el pluriempleo literario. Pues aunque pudiera parecer lo contrario, poesía y novela apenas tienen que ver, salvo que se utilizan palabras. Pero, en fin, supongo que otros verán perfectamente natural pasar del verso a la frase y del mundo interior personal al descubrimiento de nuevas regiones de la naturaleza humana (que es mi concepción de lo que debe conseguir una novela). Tengo la impresión, llámenme mala persona, de que parece que lo que pretenden estos poetas metidos a novelistas (no significa que sea el caso de la autora) es ampliar su nicho de mercado. O, quizá, y no es incompatible con lo anterior, que su genialidad no se puede contener en poemarios que solo leen unos pocos escogidos (por la poesía, se entiende).

En cuanto al ego, Cecilia Domínguez debe de tenerlo colmado, pues le otorgaron el mismo año de publicación de esta novela, 2015, el premio Canarias de Literatura (30.000 euracos de nada, sin contar con Hacienda), aparte de ser miembro de la Academia Canaria de la Lengua desde 2011 (sí, hay una Academia Canaria de la Lengua). Le dejo a ustedes la consideración sobre el valor y el prestigio de dicho premio. Una nota curiosa es que desde su creación en 1984 hasta 1991 se concedía de forma anual. Posteriormente, de 1991 a 1997, cada dos. Por último, a partir de ese último año se da cada 3. La posibilidad de que se acabasen las/los autoras/es dignas/os de recibir tal galardón parece haber sido una razón importante para esta ampliación de los lapsos, lo que ha motivado furibundas protestas como esta. Canarias es un rico e inagotable vergel, en todo caso. Por otro lado, y como se lee aquí, la concesión del premio a veces suscita bonitas anécdotas de solidaridad isleña. 

 Lo que no parece haberse planteado nunca, por muy raro que parezca, es la necesidad de un premio institucional de estas características. Como suele plantearse en numerosas ocasiones, tanto los premios provenientes de instituciones públicas como privadas tienen como velado objetivo otorgar prestigio no a quienes reciben el premio (que también) sino a quien lo concede. No nos sorprendería que en relación con este fin volvieran a ampliar el interregno interpremios para que coincidiera con el ciclo electoral. Siempre he pensado que el mayor premio que puede recibir un novelista es el reconocimiento de sus lectores, que a veces se materializa en ventas, a veces, no. Puede que esté equivocado.

Dicho lo cual, El sepulcro vacío muestra, de nuevo, esa escritura plana que no crea personajes de verdad. Todos sabemos que la novela es ficción, pero no estaría mal que se esforzaran por crear la ilusión de que existen los personajes que la pueblan, al menos mientras leemos. La diferencia entre una novela tremenda como Las correcciones (por citar una moderna) y una novela que no lo es como El sepulcro vacío no consiste en el interés intrínseco de las historias de una y otra sino, sobre todo, en la presencia de los personajes. Exagerando, podemos decir que en una hay personajes y, en la otra, meros nombres.  En una se nos habla de todos nosotros y en otra, de cosas que pasan.

Sin embargo, el problema mayor de la novela es que aburre. Eso sí, no es pretenciosa. Aunque uno no sabe bien si es por falta de recursos o por falta de ganas. Ciertas transiciones temporales son abruptas y evidencian cierta prisa por llegar a lo que la autora tiene interés en contar. No obstante, y aunque la novela requiere de elipsis (como el teatro o el cine) también es cierto que, como decía Nabokov, el arte está "en los divinos detalles". 

Todas le parecían hermosas, y, sobre todo, una de ellas llamó su atención. Era una muchacha morena, de ojos grises y vivos que a él se le antojó diferente a las demás. Y esta es Andrea de Alfaro. Ella le sonrió y, al estrechar su mano Pablo creyó notar un ligero temblor que luego quiso achacar al aire de otoño que ya empezaba a hacerse sentir. 
La mansión seguía esperándolo. 
Se encontraban bajo una marquesina que había en el centro de una plaza frente a la casa donde Andrea recibía clases de francés. No eran encuentros furtivos, pero los dos sabían que era un buen lugar, sobre todo porque no estaba cerca de donde vivía cada uno.


Pim, pam, ya son novios, para qué molestarse, que hay prisa por llegar a la acción principal. Por no hablar, también, de cierta pobreza expresiva y que es nota predominante en toda la novela. De una frase a otra pasan meses, de repente. Además, hay saltos al pasado en mitad de la narración que quizá pretenden aclarar algún punto del presente de la novela, pero que resultan innecesarios y que dan la impresión de que están mal colocados. Así, por ejemplo, cuando se nos cuenta que Matías, el jardinero, huye para escapar de las preguntas de Pablo, el joven marqués. Capítulos más tarde, aparece en el sur de Tenerife, en una zafra en la finca de un amigo.  Inmediatamente a continuación, todo el proceso de su huida. A estas alturas, no se puede ser un fanático de la unidad de tiempo y lugar y volver a Aristóteles. Pero todo tiene que tener una intención, que contribuya al desenvolvimiento de la narración o a determinada finalidad expresiva. En esta novela, sospecho que algo no anda bien en la estructura narrativa.

Además, y esto es ya manía personal, comienza a irritarme en estas lecturas la constante de que los personajes femeninos nunca tienen los ojos marrones: suelen ser de color miel (como si no hubiera tonalidades en la miel), azules o grises. Pero nunca marrones. Los ojos marrones están prohibidos, por favor. Si son marrones no se les nombra, para qué, son ojos normales. Pero ¿qué importancia tiene que sean grises como las nubes de lluvia, azules como el mar o rojos como el pimentón? Me da que nada. 

Tampoco me importa que los diálogos se sucedan en el mismo párrafo sin que nada distinga una voz de otra. Al fin y al cabo, son licencias literarias. No es que se pretenda castigar al lector, por Dios, sino que le exige atención para que no se le vaya el hilo. O bien, es una modernez que prescinde de rígidos convencionalismos y tal. ¿No lo hizo Saramago? Pues adelante. Eso sí, para salvarnos del caos total, coloca entre comillas bajas los pensamientos. Lo que molesta de verdad, en cualquier caso, es que los diálogos sean anodinos y la narración, banal:

Se dio cuenta de que, al menos, las plantas y la pintura eran para su madre un alivio para la carga de sus días, una fuente de equilibrio y hasta de cierto placer, aparte de que le transmitía la seguridad de que aún podía controlar ciertas cosas de su vida. Tú siempre has tenido buena mano para las plantas, igual que para la pintura. Ya me lo aseguraban abuela Eulalia y Matías. A propósito de tu abuela, dentro de poco cumplirás veinte años y, aparte de que tendrás que empezar la carrera e ir a la ciudad de Aguere a estudiar, lo que no creas que no me preocupa, tendrás que prepararte porque cuando menos lo esperes, serás dueño y señor de la casona ¿Y qué piensas hacer? La voz sonó tan ansiosa que Pablo hubiera querido prometerle que se quedaría allí con ella. No lo hizo, aunque deseó mitigar sus temores. Aún no lo sé, madre, pero no pienses que te voy a dejar sola. No sé, Pablo, los hijos ya se sabe, cuando se hacen mayores. Además yo no volveré a vivir en esa casa, lo sabes muy bien.

La llegada de Pablo, acompañado de Andrea la salvó de nuevos comentarios. «Seguro que me iba a hablar de lo demasiado liberal y poco religiosa que es esa familia y no sé cuántas cosas más». Buenas tardes, sobrino, precisamente estábamos hablando de ti y de tu viaje. Imagino que esta señorita es Andrea. Encantada, soy Berta, la tía de Pablo. Isabel me ha estado hablando muy bien de ti. Pablo miró a su madre que lo reprendía por no haber presentado a su novia con mayor premura. Déjalo, mujer. Si apenas le ha dado tiempo. Fueron unos instantes embarazosos que él pretendió aliviar preguntando por su primo. Seguía con el mismo problema con los idiomas, por lo que este año le habían prometido un viaje a Londres si conseguía aprobarlos. Si hubiéramos sabido que te ibas a París... El estaría encantado de acompañarte. me imagino que dominas el francés ¿no? Andrea notó que Pablo hacía verdaderos esfuerzos para no responderle una impertinencia, e intervino. Londres es una ciudad preciosa, seguro que a su hijo le gustará y le vendrá muy bien para reforzar su inglés. Sí, desde luego, querida, y espero que tengas razón y David regrese hablando un inglés perfecto.


Quizá todo lo anterior sean tonterías, minucias que no desmerezcan la novela en su conjunto. En todo caso, está por demostrar que aporten algo.

En fin, en mi vida anterior, y siendo liberal en el derroche de tiempo, habría abandonado el libro sobre la página 20. Ahora que cargo con la responsabilidad que supone un público, me he esforzado por continuar, buscando algo notable que comentarles. 

En la página 112, desistí, que una cosa es paciencia, y otra, temeridad en el aburrimiento.