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domingo, 13 de septiembre de 2020

'La ballena', de Paul Gadenne

 Las dos últimas semanas han sido muy valiosas: hemos descubierto, se ha caído el velo, que nosotros, los canarios (como los españoles, en general) no somos un pueblo acogedor ni hospitalario. Tampoco, sabio. Con ese tono paternalista con el que se dirigen a los gobernados y dominados, los que gobiernan y dominan, con la irrupción del turismo y la fabricación de nuestra comunidad como resort para los alemanes, británicos y escandinavos, fueron moldeando un relato vía medios de comunicación por el cual los/as canarios/as y Canarias eran afables, corteses y hospitalarios con los extranjeros: una manera de construir pueblo adecuado al nuevo negocio, al emergente cuasimonocultivo del que iban a depender los ingresos de una incipiente élite empresarial y al que se iba a adherir nuestro patriciado tradicional.

También hemos descubierto que cuando la xenofobia, el racismo y la aporofobia se manifiestan mediante un editorial de uno de los periódicos más importantes (que no es mucho decir) de nuestra Comunidad, todos aquellos que se desgañitan casi a diario (columnistas, intelectuales, políticos y artistas) criticando esto o aquello (muchas veces, con razón), sobre todo si se dirige contra conceptos o contra entidades lo bastante abstractas para no molestar a nadie concreto, enmudecieron de súbito. Tampoco, cuando esta alcaldesa o aquel alcalde se empeñaron en subrayar la "mala imagen" o "el deterioro" por haber alojado a inmigrantes irregulares en un complejo turístico, que se encontraba, a la sazón, vacío.

Es bastante posible, habría quizá que pensarlo con algo más de detenimiento, que, como decía aquel artista, España dé asco. Lo mismo podría aseverarse con respecto a Canarias, ese paraíso terrenal, esa Atlántida, ese Jardín de las Hespérides, esa plataforma continental y crisol de culturas, con ese pueblo, repetimos, tan amable, hospitalario, acogedor... y secularmente dominado, empobrecido, sometido, que a base de golpes y de servidumbre se ha vuelto tan mezquino y calculador -en gran proporción- como sus señores. Solo una voz, la del juez encargado de los CIE, Arcadio Díaz Tejera, se ha manifestado en contra de esta ola de indignación hipócrita. Deberían fijarse en él, en especial por su ubicuidad y por su facilidad de acceso a los medios, estos políticos, estos intelectuales, estos columnistas y estos artistas que padecemos.

(Cuando escribo estas líneas, el 12 de septiembre, leo lo siguiente, que puede marcar un cambio de tendencia. Lo que debería avergonzar aún más a los muditos/as: aquí)

En fin, que cada uno, cada una, que lea estas líneas, que alcance a reflexionar en qué medida se siente aludida/o, y si le importa.




Uno lee la palabra "ballena" y, la haya leído o no, recuerda de inmediato la novela de Hermann Melville. Y más, al ser la ballena de este relato (38 páginas) también un espécimen blanco, "como una cantera de mármol". Así se llama: "Ballena", escrito por el autor francés, Paul Gadenne, fallecido a mediados del siglo pasado y cuya vida y milagros ignoraba por completo. Llegué a este relato, a este autor, gracias a Joan Flores Constans (*) en cuyo blog (entrada del 20 de julio) se hacía mención a él. De su obra, al parecer, solo se ha traducido Ballena, versión de David M. Copé. Uno podría preguntarse no sólo por qué una editorial decide traducir a un autor casi desconocido en España, muerto hace casi 70 años. Y con un relato, ni siquiera con una novela. Sería interesante saberlo. Quizá haya sido una avanzadilla en terra incognita, una incursión en el proceloso mar editorial, un sondeo en la cámara de tortura de las reseñas en los medios de comunicación, yo qué sé.

En todo caso, 38 páginas pueden dar para mucho, sobre todo cuando uno se siente desbordante de creatividad pseudoliteraria y quiere señalar (o dar codazos) al gran público que uno tiene alma de escritor, aunque no escriba literatura. Es lo que podríamos llamar "hacer un noranavarro". Estoy recordando aquella reseña de Panza de Burro en el cuadernillo de La Provincia y aún se me eriza la piel. En fin, sigamos porque, aunque a nuestros exégetas, hagiógrafos y juglares del mundillo hayan unido esfuerzos, acordes y gemidos para proclamar que el Mesías literario canario ha llegado encarnado en Andrea Abreu, hay más literatura ahí fuera que vale la pena.

Yo interpreto Ballena como el fin del viaje de Moby Dick. Tras aquellas furiosas batallas contra el capitán Ahab y su barco ballenero, el leviatán embarranca en otro continente, en otro tiempo. Es ahora un mundo demasiado consciente de sí mismo, lejos ya de aquella modernidad pujante y vigorosa de un país como los Estados Unidos en plena expansión. La ballena acaba en una playa de Francia, en un continente existencialmente agotado y descreído. El narrador y su acompañante se acercan a la playa algunos días después de que les llegara la noticia de aquella inmensa bestia blanca.

El encuentro con algunos animales, magníficos y antiquísimos, como la ballena, o el elefante, del que Ángel Bonomini, por ejemplo, escribió otro relato inmortal como Los lentos elefantes de Milán, quizá por una genealogía que se remonta al principio de los tiempos (aunque lo mismo puede decirse de las medusas, pero no tienen el mismo encanto) nos produce pasmo, admiración y también melancolía. Es el paso del tiempo encarnado en animales casi mitológicos, y su muerte, como el de esa ballena blanca varada en una playa, es el recordatorio de la nuestra, y apunta a la muerte de todo lo viviente:


Habíamos creído ver simplemente un animal cubierto de arena: en realidad, contemplábamos un planeta muerto.

 

Para un lector avezado, además del gozo mismo de la lectura, las referencias literarias y bíblicas serán fuente de satisfacción y de curiosidad, sobre todo, como en cualquier texto bien escrito, porque no resultan redundantes o caprichosas, sino necesarias (aunque no tengan por qué). En la mejor tradición norteamericana del siglo XIX, cuando todos los escritores citaban de continuo las Escrituras, cuya lectura era parte integral de su formación intelectual. La lectura de este cuento invita a producir todo tipo de significaciones por la simbología suscitada por la ballena a lo largo de la Historia. Por no hablar del color blanco, que ya desde Edgar Allan Poe, literariamente al menos, sugiere connotaciones mórbidas, que en general suelen asociarse al negro. En mi caso, insisto que, aunque fuera escrita en otro tiempo, quizá por las circunstancias en las que vivimos ahora, no puedo sino pensar en el cansancio y el hastío de una civilización, en el de la especie humana al completo, descomponiéndose lentamente en un recodo del tiempo, en este planeta diminuto e insignificante que flota a la deriva.


Yacía sobre la arena con todo su peso muerto, como si se esforzara en desaparecer, como si a partir de aquel momento hubiese decidido formar parte de la tierra, como aquellos peñascos bajos y angulosos, como aquellas plantas enjutas y rígidas que había a nuestra espalda, incrustadas en el esquisto, y a las que la brisa ni siquiera conseguía hacer temblar. Pero los peñascos eran oscuros: ella era blanca, de un blanco opaco, como el blanco de la leche derramada. Ese blanco era el suyo. Un blanco sin luminosidad, un blanco helado, completamente replegado en sí mismo, que le daba la espalda a toda gloria con una resignación apenas patética. (Págs 24-25)


A mí, Ballena me ha convencido; Paul Gadenne es un escritor que a partir de esta lectura me interesa y confío, como confiaría un creyente liberal en las bondades del mercado colmador de necesidades y caprichos, en que la editorial Periférica o cualquier otra se pongan manos a la obra y traduzcan su obra. Aquí hay un lector.




(*) No deja de ser curioso como dos lectores de la misma obra, incluso en una tan breve como esta, la interpretan de manera tan diferente. A Joan Flores se le ocurren significados que no se me habían pasado por la cabeza. En todo caso, mis disquisiciones no se solapan con las suyas.










lunes, 16 de marzo de 2020

'Qualityland', de Marc-Uwe Kling

Aun teniendo en cuenta la lista de novelas y de ensayos que compartí con Vds., el jueves pasado, en la última visita a mi librería de referencia, adquirí dos libros más. Uno de ellos, el que nos ocupará hoy, me lo encontré expuesto como novedad. No suelo hacerles mucho caso a las novedades, porque son los libros que se empeñan en que compremos a toda costa. Llámenme noísta, si quieren. Sin embargo, y esto es algo que hay que apreciar como positivo de las redes sociales, uno puede conocer, al menos de esta manera digital, a personas que son grandes proveedoras de bibliografía. Algún día haré una lista de los excelentes libros que han llegado a mis manos gracias a individuos como, por ejemplo, Joan Flores Constans, en Literatura, o Fernando Broncano, en Filosofía y Ciencias Sociales. Fue precisamente un comentario de Joan el que me suscitó la curiosidad suficiente como para decidirme por la novela de hoy.

Insisto: la generosidad es una de las mejores virtudes de los seres humanos. Que muchos no se atrincheren en sus conocimientos o en su formación de expertos y que los compartan con los demás arroja siempre un poco más de esperanza sobre nuestra capacidad para superar nuestro egoísmo, aun estando formados "de madera tan torcida". Como escribió Pico della Mirandola podemos elegir tanto descender al nivel de las bestias como ascender al de los dioses. Creo, con sinceridad, que en la mayoría de las situaciones podemos aspirar a ser, al menos, mejores personas. Apliquémonos en estos tiempos.





Aquellos/as que, como yo, que por sus estudios y por la azarosa concatenación de causas y efectos, han tenido que leer y estudiar sobre la democracia y los medios de comunicación, amén de la repercusión de Internet sobre ellos, encontrarán en este libro la plasmación literaria de muchos de los planteamientos que alertan sobre los peligros del neoliberalismo de última hornada, la de los datos personales.

Todos estamos al tanto, con mayor o menor grado de zozobra o (des)preocupación, de que la gratuidad de las redes sociales tiene como contrapartida el uso tanto de los datos personales como de nuestra actividad en aquellas por parte de la empresa dueña de la plataforma en cuestión. También, los buscadores y los programas gratuitos que se ofrecen aquí y allá, incluyendo los correos electrónicos. Si quieren saber algo más tienen, entre otros/as, toda la bibliografía de Evgeny Morozov (al español está traducido, que yo sepa, al menos Capitalismo big tech). Un apóstol patrio, más preocupado por la repercusión de las grandes empresas de Sillicon Valley en los medios de comunicación (control y manipulación) es Ekaitz Cancela, con su Despertar del sueño tecnológico y numerosos artículos al respecto en medios como La Marea o El Salto.

Asimismo, la posibilidad que tienen las empresas de ofrecer las noticias y productos que, a tenor de algoritmos secretos, más atractivos para el usuario, y la capacidad que tiene este de personalizar también las noticias que recibe pueden contribuir a modelar una burbuja informativa. Esta burbuja estaría formada por aquellas noticias e informaciones que solo confirmaran la visión del mundo que tiene el usuario. Esto es algo que se puede apreciar en Twitter o Facebook, donde lo normal es que uno se rodee de amigos o followers coincidentes ideológicamente. De esto han escrito muchos, pero me viene a la memoria un autor norteamericano al que podrían leer con provecho, Cass Sunstein (por ejemplo, su libro República.com).

¿Hasta que punto los perfiles que tienen las grandes compañías solo recogen las preferencias y los gustos de los usuarios/consumidores, y hasta que punto no son una especie de profecía autocumplida al ofrecer lo que cree que ellos desearían? ¿En qué medida la vida privada de aquellos deja de serlo o, mejor, cuándo deja de tener importancia cuando se trata de obtener beneficios?

Estas y otras preguntas se responden literariamente en esta distopía llena de ingenio y humor que es Qualityland. No diré que la prosa me haya fascinado, en la traducción de Carlos Andreu, pero la historia se lee bien, sin defectos. En todo caso, el autor la conduce con firmeza, sin bajones ni distracciones que no vienen a cuento, al servicio del contenido. En este sentido, es una novela ideológica, por cuanto me resulta evidente que lo que le interesa a Kling por encima de todo es mostrarnos las contradicciones sociales que comporta la apropiación sin control de nuestros datos por las grandes empresas tecnológicas, apurando un poco las tendencias ya presentes. Además, la aplicación de las leyes económicas a la política, contribuye a crear una sociedad de exacerbado desarrollo tecnológico, pero también de suma desigualdad.


-¿Por qué el problema es más grave de lo que creo? 
-Porque la red cambia. 
-¿Y eso que quiere decir? 
-Quiere decir que cada individuo vive en un mundo digital propio. La personalización no termina en los resultados de búsquedas, anuncios, noticias, películas y música. También las ofertas, los precios e incluso el diseño y la estructura de la red varían en función de quien contemple este espejito mágico, e incluso en función de cómo se sienta quien mira. Si estás caliente, tal vez te aparezcan sin parar anuncios de ladybots con un alto contenido erótico; si estás deprimido, querrán que te intereses por los psicofármacos; si tienes miedo, te ofrecerá los planos de una pistola de autoimpresión. Seguro que has oído el viejo dicho: "Cada cual vive su propio mundo". En el ámbito digital esto no es una simple figura retórica: hoy es literalmente cierto. Vives en tu propio mundo, un mundo que se adapta constantemente a ti. (Pág. 246).

Tony se lleva a Aisha a un lado. 
-Esto es una catástrofe -susurra-. El sector económico nos va a retirar su apoyo en masa. Yo siempre creía que su postura era un simple coqueteo. Claro que hay que coquetear con la redistribución de la riqueza, es lo que han hecho los partidos socialdemócratas desde siempre. ¡Pero nadie tenía intención de aplicar realmente esas medidas! ¡Esto es una locura! 
25,6 minutos más tarde, el último invitado se ha marchado ya. Aisha y un desesperado Tony están sentados a una mesa en un rincón. 
¡Esta ha sido seguramente la cena para recaudar fondos más corta de la historia" -exclama Tony. 
John se acerca a ellos. 
-¿Y bien? -pregunta-. Un éxito total, diría yo. 
-Ay, John -dice Tony, levantándose-. ¿Qué idiota te dio la directiva de actuar pensando en el bien común? ¿Fui yo? A lo mejor, ahora que te conozco, no fue una buena idea... -añade, y se marcha compungido. (Pág. 300)

La aparición de un androide superinteligente como aspirante presidencial ofrece el contrapunto lógico-cibernético a la irracionalidad humana. El autor muestra cómo la lógica emanada de una inteligencia artificial puede ser más humana que la lógica de aquellos destinada a dominar y a explotar a sus congéneres. Asimismo, muestra que en ese mundo, tal como el nuestro, la cooperación entre los muchos débiles puede triunfar, aunque sea momentáneamente, contra el poder, ya sea corporativo o gubernamental.

EN DEFINITIVA, una novela ágil, amena, con su gotita Black Mirror, divertida y cargada de significado (se nota -sin que se note- que el autor se ha documentado muy bien). Cuatrocientas cincuenta páginas que se leen en un par de sentadas, pero que dan para pensar mucho más. Las señales están por todos lados, solo hay que prestar atención.





jueves, 25 de abril de 2019

'La noche fenomenal', de Javier Pérez Andújar

Creo que el mayor defecto, siendo conmovedor, de una feria del libro es la ingenuidad. La de los visitantes que, aunque no compren ninguna novela, ensayo o poemario, acuden a las casetas y a las carpas con sincera devoción, como la de esos peregrinos que creen que entrando en contacto con la reliquia de algún modo se verán bendecidos o curados. Ese fenómeno, ya estudiado por Durkheim, se transmuta en nuestra edad, a ratos posmoderna, a ratos demasiado poco posmoderna, en la cercanía a la estrella mediática o artística, en un contacto como un beso o un apretón de manos, o en la más modesta, pero quizá más tangible, prueba caligráfica en forma de firma.


Con el advenimiento de Internet y de las redes sociales como Facebook o Twitter, ese admiración y el consiguiente deseo de aproximación se ha transubstanciado en aspiración de amistad en diverso grado y en fidelidad más o menos impertinente. Los escritores famosos (también en diversa escala), al igual que los deportistas y antaño los músicos son también, aparte de admirados, objeto de emulación. En un mundo en el que cada vez sobreviven menos certezas, el discurrir biográfico de la persona que ha disfrutado de algún tipo de éxito, se convierte en modelo a seguir, en ejemplo de vida. Ya no es tanto lo que escribe o cómo lo escribe, lo que importa más ahora es cómo consiguió tener éxito. Y no me refiero al esfuerzo en escribir, a su reflexión sobre el arte, la literatura, etc., sino que tipo de bolígrafo usa, si lo usa, qué horario tiene para escribir, si gusta de la vida bohemia o se encierra en un búnker, si prefiere garrapatear sus notas en una cafetería o toma apuntes mientras viaja, con qué música se relaja o emociona, si usa gel cuando se ducha o le vale con el champú y cosas por el estilo. Lo importante hoy es que suban al podio "los escritores que arrastran legiones de hardcore-fans", como se resaltaba con equivocado acierto en un lamentable artículo. Fan es el acortamiento de fan-ático/a, y los fanáticos no se suelen caracterizar por su racionalidad ni, por tanto, por su sutileza en la argumentación.

Sin llegar a ese extremo, que ya no lo es tanto pues está adquiriendo normalidad, los visitantes a las ferias de libros son, sin ánimo exhaustivo lo escribo, gente a la que, dejando de lado Internet, le gusta leer moderadamente (¿5-10 obras al año?), pero que, quizá por eso mismo, se acerca a los libros con ánimo reverencial, como consternada ante la santidad de la literatura, cuyos sacerdotes y sacerdotisas son, los escritores y escritoras que administran, por encargo editorial, la fe en la cultura

Así pues, por un lado, la ingenuidad logra sostener, aun a duras penas, la noción del mundo como maravilloso o como encantado, en el que la belleza, la verdad y la justicia brillan inmaculados como referentes a los que es posible acercarse, qué digo, de los que es posible empaparse entero. Por el contrario, y dado que a la industria cultural ninguno de esos tres conceptos le importa un bledo si no genera beneficios, lo más probable es que a los ingenuos les toque en suerte la mayor parte del tiempo una cantidad extraordinaria de mediocridades y decepciones que jamás se merecieron. De hecho, el panorama cultural español y canario se abastece de un surtido constante de banalidades y estupideces, por mucha necesariedad e imprescindibilidad que intenten colarnos en los medios de comunicación y en las redes.

Por último, y no menos importante, hay que recordar que Canarias, en concordancia con su nivel de vida, desigualdad, paro y abandono escolar, está a la cola, entre Andalucía y Extremadura, en índice de lectura. Después querremos milagros.

Y tras el sermón, la novela:






Hay novelas que le llegan a uno como el resultado de una pequeña labor de investigación: estás leyendo un libro, una revista o un blog y una cita singularmente oportuna te lleva a indagar sobre ella y su autor/a. O también puede ser una referencia que te lleva a otra, y a otra, y finalmente, te encuentras deseando leer esa novela, un antojo casi inexplicable que quizá solo pueda justificarse por mera codicia, aun intelectual. En otras, la lectura de la reseña de un blog como el de Joan Flores Constans es suficiente. Tal fue mi caso respecto de La noche fenomenal.

La noche fenomenal tiene como protagonistas a esos miembros de la especie humana denominados amantes de lo oculto. Y no me refiero al creyente habitual de las religiones institucionalizadas sino a aquellos creyentes en lo paranormal. Sí, esa gente que, pese a toda prueba o razonamiento científico, incluso pese a su prosaico deambular cotidiano, está convencida de la existencia de realidades paralelas, abducciones extraterrestres, fantasmas de ectoplasma variable, Yetis de distinto pelaje o maldiciones apocalípticas relacionadas con las pirámides guatemaltecas, entre otros misterios. 

Algunos miembros de esta tipología humana aciertan a reunirse en Barcelona y consiguen producir un programa de televisión llamado (de ahí el título) La noche fenomenal. No deja de ser, dentro de su común fijación, variopinta el conjunto de personajes que Javier Pérez Andújar introduce en la novela. Sin embargo, ahora me gustaría resaltar el uso del lenguaje del autor por el que figuras corrientes como la metáfora, la comparación o la aliteración se alternan con un enfoque en el detalle, cuando no en la nimiedad, que se encarna en esa manera de desvalijar el repertorio de frases hechas de nuestro idioma y en los monólogos y pensamientos de los personajes, lo que se corresponde de manera óptima con el planteamiento general de los discursos paranormales: atención casi obsesiva por el detalle, extrapolamientos insólitos y desquicie en la teoría general. Lo que también forma parte de ese sentido del humor del que está impregnada La noche fenomenal. Me recuerda a esa novela de Antonio Orejudo (al que, por cierto, se cita) que reseñé en este blog: Ventajas de viajar en tren, sobre todo en el deleite por las palabras.

Asimismo, la novela está plagada de intertextualidades y referencias a personajes históricos, artistas y obras varias, que son literalmente una enormidad, pero consigue sortear con gracia la pedantería e impertinencia en la que tan fácil es caer. Aquí, aparte de atinadas, contribuyen a la atmósfera de irrealidad, en muchas ocasiones hilarante, que atraviesa la trama. 



Bastaron pocos programas para que el bar Ski se constituyese en nuestro centro neurálgico. Su dueño, el señor Dimas, era gallego, y Gómez, el camarero, era filipino. Ambos iban de uniforme, camisa blanca y pantalones negros. El dueño no atendía las mesas, se quedaba como un icono ruso, allí en la barra. 
-Mirad, ¿conocéis wikileaks? Pues olvidaos, porque wikileaks está manipulado. Pero esto otro va a misa, esto de aquí viene de la deep web. 
A J.L. Hermosilla se le electrizaba el lunar de la mejilla siempre que descubría un caso de conspiración. Esa noche nos explicaba que la CIA ya había estado en Marte. Sacó un folio de una carpeta, pero como no era ese, lo guardó, sacó otro y volvió a cerrarla con las gomas. Gómez nos trajo otra ronda de piñas de cerveza, así se llamaba ese tipo de copa, y también trajo otro platito de almendritas saladas. El plato era pequeño, como de servicio de café, de modo que resultaba lógico llamarlo con el diminutivo; sin embargo las almendras eran normales. J.L. cogió un puñado y lo contempló sobre la palma de la mano antes de seguir contándonos lo que había descubierto. (Pág. 37)


Volvió a sonar el teléfono. Esta vez descolgué y habló una mujer:-Sí, señora, está usted llamando a La noche fenomenal. Pero ¿de qué tipo de fenómeno se trata? No, yo soy Javier. Sí, el que sale al final del programa. Pero no es de payaso de lo que hago, es de mago. Lo que hago es ilusionismo. No pasa nada. No, no, ese no es De Diego, el que dice usted es De Oña, el especialista en criaturas en la sombra. Y para las apariciones tiene que hablar con Socorro. Si quiere le tomo el recado; porque Socorro no va a venir hasta la tarde. ¡Ah! ¡Desapariciones! Una desaparición misteriosa. Pero ¿de una persona? Supongo que habrá hablado con la policía. Bueno, claro, si entró en el lavabo y no ha vuelto a salir, y dentro no hay nadie, sí que podría considerarse un fenómeno paranormal. Desde ayer tarde... Entiendo que se refiere al lavabo de su casa. ¿Y no oyó ruidos ni nada? Ya, me refería a ruidos misteriosos. Claro, en el lavabo de un restaurante sería diferente. No se preocupe, iré yo mismo a verla. También formo parte del equipo, señora. Muchas gracias por su llamada. Y por favor acuda sin falta a la policía. No la van a creer, pero todo apunta que esta vez van a tener que acabar dándonos la razón. Sí,para comprender, primero hay que creer, ese es nuestro lema. Claro, al revés también vale. (Págs. 50-51)

Mi madre había preparado de cena la pescadilla que se muerde la cola lo mismo que una serpiente ouroboros. Pero ella no estaba pensando en el samsara al freírla sino en comer. Era un plato que había hecho toda la vida. El eterno retorno, lo que no conoce ni principio ni fin, me miraba desde mi niñez con sus ojos muertos, blanquecinos, duros. Al ouroboros volvería a encontrármelo más tarde, en los días todavía malos, llenando la portada de un disco de Los Enemigos. 
-Te he puesto tres, ¿vas a querer más? -me dijo. 
-El tres es un número prudente. 
-¿A que no te imaginas quién me ha llamado esta tarde? 
-Dame una pista. 
-Cuando te lo diga te vas a quedar con las patas colgando. 
Llevaba la bata de estar por casa. Era violeta, como sus ojos, y tenía pinta de abrigar mucho. Se la había hecho ella y le puso botones grandes y ademas se anudaba a la cintura. Nunca se la ponía antes de la hora de la cena. 
-Bueno, pero dame una pista. 
-¡El señor Moreno! 
-¿Cecilio, el vecino que se murió el otro día? 
-¡El mismo! 
-¿Y qué quería? ¿Ha llegado bien? 
-Me ha tenido más de una hora al teléfono. Cómo se enrolla el tío. Es peor aún que cuando estaba vivo. (Pág. 172)


Reconozco que habría preferido que la novela discurriera en este ambiente de Cuarto Milenio dentro de cauces más realistas y haber propuesto así una reflexión o análisis de las credulidades varias del siglo XXI, unas ya antiguas, otras muy nuevas. Sin embargo, tras el giro fantástico que acontece tras no demasiadas páginas, uno termina por aceptar las nuevas reglas del juego y simplemente se relaja y disfruta, como en las fiestas en las que ya se entra con buen pie y se acaba sin camisa haciendo flexiones en la calle o en la otra punta de la ciudad con gente estrafalaria que resulta, solo en esos momentos, fascinante. En una fiesta de esas, de las que nos acordaremos toda la vida, la virtud más alabada no es la coherencia.

También es cierto que la trama se desquicia y termina por desleírse, como si sufriera el impacto de esa lluvia casi perenne que cae durante toda la historia. Además, llegado cierto momento, todos los personajes parecen expresarse del mismo modo, aun conservando sus personalidades, lo que no termina de resultar satisfactorio, aunque es posible que esta tremenda y bulliciosa fantasmagoría no precise de individualidades cortadas a cuchillo sino de un quehacer y un quepensar común que refleje una actitud, entre valerosa y desesperada, ante la vida y la muerte. Como dice uno de los protagonistas: "Por fin tenía la esperanza de pertenecer a algo y dejar de ser un solitario".