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martes, 1 de septiembre de 2026

Sovietistán, de Erika Fatland; y Villano en prácticas, de John Scalzi

¿Cuántos libros son demasiados? ¿Cuál es la cantidad de horas necesarias para leer todo lo que a uno le apetece o debe leer? ¿Cuánto se puede leer con aprovechamiento y cómo? ¿Es menester concentrarse en uno o dos géneros o pensar, como diría aquel personaje de Terencio, que "nada de lo humano me es ajeno" y darle a todo? Y si uno se dispersa, ¿puede de alguna manera ser capaz de que esos conocimientos y datos se solidifiquen en una enseñanza duradera? Es decir, ¿sirve leer de todo? ¿Qué es posible recordar? Dicho todo esto, ¿qué más da y por qué debería importar?

Lo anterior viene a cuento porque a finales de mes -o a principios, que viene a ser lo mismo- paso por mi librería de referencia a recoger los pedidos acumulados durante el mes anterior, mes en el que no he leído sino, tal vez, la mitad de lo que debería o que me había propuesto. Así pues, los libros de fondo de armario crecen sin tino, y, no con igual ritmo, los que uno lee. También, los que uno olvida, a veces, con pesar; otras, con alivio.

Enfermo de libros.




A todas estas, estoy a frenético ritmo de lectura, es un decir, con Sovietistán (Tusquets), de la trotamundos Erika Fatland, noruega por más señas, y que, al parecer, es, además de escritora, antropóloga social y periodista. Se dedica a viajar por ahí y contarnos después lo que ha vivido, padecido y aprendido. No está nada mal este libro, salvo un par de solecismos (en lo que llevo leído). Con cierta injusticia, vamos a achacárselo a su traductora, Dª Carmen Freixanet. Si no son suyos, que salga aquí y se defienda, como en la pág. 92 ("Merv está entre las ciudades oasis más bien conservadas) y en la 100 ("(...) comprendieron que una cúpula tan grande se derrumbaría con el primer terremoto, sino antes). No empaña la lectura, pero durante un segundo uno se pregunta en qué estaría pensando la traductora o la escritora (o ambas) cuando escribieron eso. 

Bueno, más allá de erratas y errores, el objetivo del viaje era conocer, como suele decirse, de primera mano, aquellas exrepúblicas soviéticas de Asia Central: Turkmenistán, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. También, ver la huella del régimen soviético, centralizador y planificador, en áreas donde lo que había imperado durante siglos (al menos) era el nomadismo. Yo, que estudié ruso y visité Moscú en un par de ocasiones durante unos meses, ciertas descripciones de la manera de pensar y de hacer me resultan familiares. Claro que ya ha pasado mucho tiempo y al igual que Moscú no es Aral, un ruso medio no es un kazajo medio (pequeña digresión para que no dejen de saber que yo también he tenido mis viajes). 

La autora combina, creo que con acierto, la vivencia o anécdota personal con bosquejos histórico-políticos de variada profundidad. En suma, uno aprende algo; conoce, bien que vicariamente, otras realidades, lo que no parece poco, en esta época de tweets y de reels. Y de juicios apodícticos sobre cualquier cosa.

Sovietistán suscita, en fin, un doble efecto: ganas de pillarse un avión y viajar a algún sitio excéntrico y exótico sobre la marcha y, al mismo tiempo, quedarse en casa tranquilamente mientras se disfruta del libro de viajes, porque lo que hay ahí fuera es como mínimo incómodo, si no desolado y terrible, aunque existan oasis de humanidad aquí y allá. Recomendable, y aún no he llegado a la mitad de las peripecias de esta señora por esos mundos exsoviéticos.





Por otro lado, dentro de este torrente de libros que estoy acumulando, y cambiando de género, acabo de leer una novela totalmente prescindible, pero que me ha tenido entretenido los dos días que he tardado en leerla: Villano en prácticas, del popular autor de ciencia ficción John Scalzi (traducción de Lluís Delgado), en Minotauro. La trama es absurda, no tiene ni pies ni cabeza: un periodista treintañero en paro se entera de que ha muerto su tío, con el que por supuesto no mantenía relación y hereda sus empresas, que tienen relación con tecnología y villanía avanzadísimas, por valor de miles de millones de dólares. Scalzi, por si no lo recuerdan (o por si no lo conocen) es el autor de La vieja guardia y sucesivas, y también de El fin del Imperio (y sucesivas). Es, por tanto, un autor conocido para los que gustan del género. El autor rescata de La vieja guardia un sentido del humor que había echado de menos en sus obras posteriores (salvo en la singular Redshirts), y que le sirve para mantener una historia endeble con personajes inverosímiles: se comunica con animales o, mejor, algunos animales se comunican con él. En todo caso, aquí, en suelo patrio, Pérez-Reverte escribió una novelita con perros que hablaban y reproducían roles humanos (algunos bastante rancios) y nadie se echó las manos a la cabeza. Alguno de estos personajes inverosímiles posee verdadero carisma.

En suma: no busquen aquí nada especialmente profundo, salvo alguna crítica a los ricos tecnológicos tipo Silicon Valley, o a los ricos en general, pero nada más. Además, no critica la exagerada acumulación de la riqueza en sí; más bien, la falta de mérito de muchos de esos millonarios, que la han alcanzado por herencia, lo cual debe de ser moralmente mejor que eliminar a la competencia o comprarla u obtener beneficios a cambio de una explotación más implacable de la mano de obra. Entiendo que para Scalzi un elevado índice de Gini debe producirle solo un encogimiento de hombros. Este es uno de los problemas que veo, salvo excepciones (se me ocurren así de pronto Ursula K. Le Guin o China Miéville), en la mayoría de la ciencia ficción moderna, sobre todo en esas sagas tan exitosas como la del mismo Scalzi o la de los autores que se agrupan bajo el nombre de James S.A. Corey: no son capaces de imaginar nada que no sea sino el capitalismo y tampoco de articular crítica alguna o posibilidad de desafiarlo. Nada hay más allá.

Eso sí, la novela funciona bien si se combina con una hamaca, una piscina (o litoral marítimo accesible) y una botellita de agua. O, como en mi caso, el binomio sofá/cama. Es decir, si tienen la sensación de disponer de todo el tiempo del mundo (aunque no sea verdad) y no ven la necesidad de que cada uno de sus actos en ese tiempo sea relevante ni de buscar un progreso moral o intelectual en cada cosa que leen. Entonces, sí.

Pensándolo bien, esta ristra de libros que voy acumulando resulta la mar de heteróclita. Supongo que sería mejor para profundizar en lo que sea mayor homogeneidad, pero, ya ven, cada uno es como es. Ya les iré contando por aquí otros libros interesantes a priori que estoy comenzando a leer de géneros variados y que prometo no abandonarlos en la estantería de pa luego. Unos acumulan millones, otros acumulamos libros.



P.D. (1) He encontrado una reseña de Sovietistán aquí y una entrevista general a la autora, aquí. Respecto a Villano en prácticas, reseñas aquí, aquí y aquí.

P.D. (2) El mismo día que publico este artículo, leo en La Provincia: "Una antología catapulta la poesía canaria al ámbito internacional". Se tiene uno que reír, por no llorar. Que no digo yo que los/las incluidos/as en la antología no sean poetas buenos, buenísimos o lo siguiente, no. Me refiero a esa manía periodística de la exageración, de la superlativización de todo lo que escriben, especialmente en Cultura y en Deportes (bonita pareja, por cierto). Bien es cierto que el periodista recoge el verbo del editor de la antología (Antonio Becerra resalta que este esfuerzo translingüístico "catapulta de alguna forma el libro hacia otros lectores"), pero la responsabilidad del titular es solo suya. Da la impresión de que, gracias a esta antología y su traducción al inglés, va a producirse un antes y un después en la poesía canaria y su repercusión en la literatura mundial. Como suele ocurrir, me temo, estas iniciativas de pretendida expansión cultural externa tienen como único fin algún tipo de repercusión interna.    

P.D. (3) (13 septiembre) Me animo a compartir con Vds. una frase que la autora desliza, por decirlo así, en la página 291: "Al igual que Pedro el Grande, Lenin soñó con dominar el mundo y conquistar la India". Si alguien tiene alguna referencia que respalde la afirmación de la autora en lo referente a Lenin, se lo agradecería. Tanto que quisiera "dominar el mundo" como "conquistar la India". Gracias.                                

domingo, 22 de octubre de 2023

'Redshirts', de John Scalzi

Hay ciertos momentos en los que uno -puede ser que Vds. se reconozcan en esta reflexión- se siente algo parecido a la acedía, y a resultas de ese extrañamiento producido por tal disgusto, lo que nos rodea lo procesamos de otra manera, no solo intelectual, sino también sensorialmente. Claro que esa melancolía requiere de matizaciones, tanto en las causas como en sus efectos. Como si se saliera de una caverna donde solo se veían sombras y ahora por fin la luz del sol iluminara los objetos de las que provenían aquellas.

Sin duda, esa nueva mirada y esas nuevas sensaciones pueden ser engañosas como las anteriores, pero aun así hay algo de liberador en tal extrañamiento, en ese salirse de burbuja que parecía contener todo lo importante. Así, de repente, y ciñéndonos al campo social más o menos específico de este blog, dejan de tener sentido todas esas presentaciones de novedades librescas, toda la cháchara literaria repleta siempre de los mismos lugares comunes, todo ese cansino buscarse-la-vida de gestores/as culturales, escritores/as, periodistas culturales, editores/as y concejales/as de cultura. Hagamos extensivo este hastío a todo el ámbito cultural, por supuesto. 

No es, en todo caso, un refugio -o una caída- en el contemptus mundi, sino más bien lo contrario: reordenar la visión, la forma de aproximarnos a las cosas, modificar el ángulo de la contemplación, y, sobre todo, ser capaz de actuar como si las cosas que uno hace importan, aunque no importen. A veces, hay que retirarse, aun sin moverse del sitio, por un tiempo y volver al cabo, con esperanza, al mundo, como esos niños pequeños que en la playa corren a traerle agua del mar a su madre.



Redshirts, por si quieren dejar de leer y dedicarse a literatura más seria y apodíctica, como la de Javier Cercas o más española, mucho español, con cojones de Pérez Reverte, es una novela de ciencia ficción, publicada en 2012 y en España en 2014 (traducción de Miguel Antón), de intención, al menos, en parte, paródica, y juguetona. El autor, John Scalzi, es un veterano con unas cuantas novelas publicadas y que ha recibido, según leo, numerosos premios de este género literario. 

Ya saben que rara vez revelo con minuciosidad la trama porque por un lado corro el riesgo de despojar de interés la novela al potencial público y por otro porque creo que para un análisis basta el argumento. El resumen podría ser: se sitúa la acción en el año 2456 y, ante la insólita mortandad entre los miembros de la tripulación de la nave interestelar Intrepid, en especial en las misiones de desembarco planetario, los protagonistas deciden investigar las causas antes de que sea demasiado tarde para ellos mismos y perezcan también de algún modo truculento.

Qué decir para no repetirme demasiado. Se nota que Scalzi es un escritor avezado en la construcción de historias y que, con sencillez, transporta al lector/a por todo un viaje a todas luces inverosímil. Lo hace, además, con gracia. Eso sí, puede reprochársele, quizá por la sensación de parodia del género en la que está inscrita Redshirts, que a los personajes les falta, en la mayoría de los casos, mayor definición. Por el mismo desarrollo de la trama, personajes que parecían importantes quedan opacados por otros que, en principio y por su papel, no parecían destinados a grandes cosas. Digamos que su personalidad se impone a pesar de su rol. No es tan raro que los personajes se escapen, por decirlo así, de las cadenas que tenía pensadas para ellos el autor o autora (el mismo Shakespeare, como podemos leer en la obra homónima de Harold Bloom, sin ir más lejos), pero en este caso el contraste no sirve tanto para reafirmar la obra como para que le reprochemos esta descompensación, que no le favorece.

Aunque solo sea como esbozo, no puedo sino señalar que, filosóficamente hablando, tampoco le veo ninguna indagación acerca de realidades futuras para ser una novela de ciencia ficción. Es, digamos, una novela de aventuras, semidetectivesca, una soap opera, con una estructura social humana incuestionada. Los usos y costumbres humanos son los de hoy en día, así que no hay nada llamativo ni que incite a pensar en ese aspecto.

No obstante, podría interpretarse que existe rebeldía en los personajes por su plan de descubrir el misterio de las muertes, que no se resignan a ser meros títeres manejados por un guion escrito por otros. En cualquier caso, su aspiración no pretende subvertir jerarquía alguna ni cambiar la ideología subyacente: solo pretenden seguir viviendo, que no es poco.


-Tengo entendido que ha pasado varios años en Forshan y que habla usted la lengua de allí -dijo Q'eeng-. Los cuatro dialectos, me refiero. 

-Así es, señor -dijo Dahl. 

-Estudié brevemente en la Academia -dijo Q'eeng, que carraspeó antes de añadir-: Aaachka faaachklalhach ghalall chkalalal. 

-Dahl mantuvo la misma expresión facial. Q'eeng acababa de intentar pronunciar con el tercer dialecto el tradicional saludo del cisma de la derecha "Te ofrezco el pan de la vida", pero tanto la estructura de la frase como el acento lo habían transmutado en "Violemos tartas juntos". Haciendo a un lado el hecho de que sería muy inusual que un miembro del cisma de la derecha hablase de forma voluntaria el tercer dialecto, que era el dialecto natal del fundador del cisma de la izquierda, y por tanto, la tradición dictaba evitarlo, violar mutuamente una tarta no constituía una práctica que se considerase aceptable en Forhan. (Pág. 27)

 

-¿Por qué quieres consultar los informes médicos del teniente Kerensky? -se interesó Hanson. 

-La semana pasada, Kerensky cayó víctima de la plaga respondió Dahl-. Se recuperó lo bastante rápido para encabezar una misión de desembarco, donde perdió la conciencia debido al ataque de una máquina. Se recuperó de nuevo con la rapidez necesaria para ligar con Maia hoy. 

-Para ser justos tenía un aspecto de pena -dijo Duvall. 

-Para ser justos probablemente tendría que haber muerto -dijo Dahl-. La plaga meroviana funde la piel de las personas sobre el huevo. Kerensky estaba a quince minutos de morir cuando se curó, ¿y una semana después ya lidera una misión de desembarco? Si normalmente se tarda eso en superar un resfriado fuerte, una bacteria carnívora... 

-Vamos, que tiene un sistema inmunológico que sería la envidia de cualquiera -dijo Duvall. 

-Dahl la miró con los ojos entornados mientras le tendía el teléfono. 

-En los últimos tres años, Kerensky ha encajado tres disparos, ha sufrido cuatro enfermedades mortales, ha sido aplastado por un montón de rocas, herido en un accidente de lanzadera, sufrido quemaduras cuando el panel de control del puente le explotó en la cara, experimentado una descompresión atmosférica parcial, padecido de inestabilidad mental inducida, encajado las mordeduras de dos animales venenosos y perdido el control de su propio cuerpo a manos de un parásito alienígena. Eso antes de la reciente plaga y nuestra misión de desembarco. 

 -También ha contraído tres enfermedades de transmisión sexual -señaló Duvall mientras repasaba el informe. 

-Disfruta de esa copa -le dijo Finn. 

-Creo que pediré penicilina sin hielo -dijo Duvall, devolviendo el teléfono a Dahl-. Resumiendo, que no tendría que andar por ahí vivito y coleando. (Pág. 66) 


La novela no significa, por tanto, una revolución copernicana en la escritura -Scalzi emplea un lenguaje sencillo, con mucho diálogo consistente en frases cortas: eso que suele adjetivarse como prosa ágil- ni en las bases (lo que quiera que signifique eso) del género, ni mucho menos. Queda, que tampoco está mal, una reflexión existencial posmoderna, digamos, acerca de qué es la realidad y, sobre todo, una novela muy amena y divertida. 

Esto último no es baladí. Si uno, como muchos de Vds., sin duda, se encuentra enfrascado/a en lecturas de todo tipo, algunas de ellas de cierta profundidad y objetivamente complicadas -no me refiero, precisamente, a la literatura histórica revisionista de la dictadura franquista o de la supuesta grandeza del imperio de los Austrias (qué bonitos son los mapas coloreados)-, encontrarse de cuando en cuando con otras más sencillas -al menos, en la superficie-, se agradece. No tanto por escapismo -quién puede escapar de las olas de calor o de las noticias de las guerras en las que siempre pierden los mismos, carne de cañón, o de las cookies que las empresas siembran en el ordenador, o de los ladridos furibundos de los perros del vecino del tercero llamado Francisco, en definitiva, "ser o no ser", etc.- como por el alivio ligeramente anestésico que comporta el mero placer de seguir hasta el final una historia interesante.

No todo tiene que ser voluminoso y denso. O profundo. A veces, es cierto, se consigue todo a la vez: cada escritor/a hace lo que puede.