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miércoles, 8 de marzo de 2023

'Leche condensada', de Aida González Rossi

Un montón de cosas han ocurrido, alineado, conspirado y coaligado para mantenerme lejos de este blog (más de un mes), sin ir más lejos, la mudanza a una nueva vivienda. Como saben, este fenómeno migratorio (en este caso, intraterritorial) comporta un significativo aumento de la morosidad e inesperados picos de estrés. Por otro lado, tanto la preparación del programa de radio de periodicidad semanal como su abrupto cese de emisión no contribuyeron a apaciguar la mente de este que les escribe para una tarea como la lectura crítica de una novela, que, al fin y al cabo, exige concentración.

En otro orden de asuntos, digamos del mundillo, es digna de resaltar la entrevista-masaje que le dedicó el periodista cultural Victoriano Suárez en el Canarias7 al viceconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias, Juan Márquez. El titular ponía de relieve que Márquez pensaba reintegrarse al trabajo que tenía antes de su nombramiento político. Como ven, una noticia de dimensiones planetarias que da cuenta de un rigorismo moral que hubiera perturbado al mismo Kant. La entrevista, para quien le pudiera interesar (que cosas más locas ocurren), consistía en que el viceconsejero subrayara que la ciudadanía había sido, es y será el centro de las políticas culturales y que la ley que el parlamento canario había aprobado sin oposición a iniciativa suya era un gran avance, etc.

Estarán conmigo en que una ley aprobada así debe de ser muy laxa, flexible y poco afilada para que grupos de variadas y encontradas ideologías políticas y cosmovisiones se hubiesen puesto de acuerdo en aprobarla. Porque si el triunfo consiste en que el presupuesto en Cultura se "blinda", el truco será determinar el contenido de esas políticas culturales, por no hablar del significado mismo de "cultura" para el próximo partido que se encargue de esa consejería. Se deduce de lo anterior que, para Márquez, y por extensión para Podemos, el significado de cultura no es problemático y que lo que él y su partido entienden (y creen que los demás, también) que es cultura se impone como valioso por sí mismo, sin precisar por qué y en qué medida.

Que digo yo, además, que puestos a blindar presupuestos, podríamos blindar otros que asegurasen el acceso a la vivienda, a reducir las listas de espera en Sanidad o a una educación de calidad para todos, con independencia de la riqueza familiar, o a condiciones dignas de trabajo, etc. Pero qué sabré yo de cultura o de gestión de los asuntos públicos, que no soy músico, ni político ni, mucho menos, periodista cultural.

En fin, la ignorancia de siempre en odres nuevos (que de modo vertiginoso se han vuelto viejos). 




Ya me gustaría sentir el entusiasmo de la editora Sabina Urraca por sus escritoras protegidas, notar en mí la mirada enfebrecida como la que Nora Navarro dirige a Andrea Abreu, vibrar con el adjetivo "salvaje" cuando pienso en Panza de burro o ser sacudido por las oleadas de placer que algunas/os reseñadoras/os parecen haber experimentado tras leer Leche condensada, de Aida González Rossi. Ya me gustaría.

Sin embargo, nada de eso me ocurre: hemos hablado ya en otras ocasiones de Panza de burro y, por desgracia, en alguna más de Nora Navarro. De ellas no hablaremos hoy, sino de la mentada Leche condensada y el fracaso en la literatura moderna (es decir, de hace ya unos siglos) que es la repetición por la repetición, cuando uno de los valores supremos sigue siendo el de la originalidad. Otro asunto es el de la fórmula, pero cuya dimensión es, por encima de todo, el beneficio empresarial, el éxito de ventas, como los best-sellers

¿Y qué repite Leche condensada?: el concepto utilizado con cierto éxito por Andrea Abreu (y Sabina Urraca) consistente en utilizar conscientemente un lenguaje infantil-costumbrista, es decir, la variante dialectal canaria en su uso popular/coloquial. Entendamos, claro, que no pretende ser una transcripción fiel o fidedigna de cómo los hablantes canarios hablan en realidad, sino que construye un lenguaje con características propias literarias. Sin embargo, lo que en la obra de Abreu sorprende y constituye un vehículo apropiado para la narración en primera persona de las escenas de la protagonista (por momentos, conmovedoras), en la de González Rossi el lenguaje empleado en la narración en tercera persona muy pegada a la protagonista (estilo indirecto libre), en otras ocasiones en segunda persona, salpicado de flujo de conciencia aquí y allá, resulta cargante y acaba provocando una sensación crecientemente desagradable que podemos denominar sin temor como tedio.

Además, me atrevo a decir que en Leche condensada se nota más la carga poética de su autora (que en el caso de Abreu), que se empeña en ametrallarnos a metáforas como si tuviera algo que demostrar, algunas de las cuales, concedamos, son certeras, pero cuya sucesión despiadada (por ejemplo, alrededor de cinco páginas, de la 52 a la 56) nos induce a buscar la escalera de incendios más próxima. Ese lenguaje demasiado saturado, tal vez demasiado autotélico, se emplea para narrar el mundo interior de la protagonista, Aída, y de sus traumatizantes vivencias, que parecen no tener fin, entremezcladas con alusiones al videojuego Pokémon, algo que se ha subrayado como un alarde de originalidad y descaro, vayan Vds. a saber por qué.


Si algo ha aprendido Aída estas semanas, es su poder: cerrar los ojos y no existir, cerrar los ojos e imaginarse un programa de monólogos de Paramount Comedy en el que es ella quien habla, ella quien cuenta cualquier cosa que se le ocurra, ruidos, chispas llenándole la cabeza y saliéndole, las patas largas y brillantes y latiendo, por la boca. Historias, burrada tras burrada, ella aplaudida por un montón de público que no se para a mirarle unos agujeros que en ese caso le darían exactamente igual. Aída, sí, sí, Aída, la mejor, Aída, la que sabe cuánto falta para llegar a La Cruz de Tea solo viendo qué riscos hay para arriba, Aída, la salvajita, un día se atreverá a tocar la uña podrida de la abuela, un día a hacer parkour en el skatepark aunque haya una barbaridad de gente y hasta adolescentes bebiendo y dándose besos de tornillo, aunque se caiga y se enjedionde y eso la haga estar feliz, completa, aunque no lo entienda nadie y se crean que ella también está mala y la lleven otra vez al ambulatorio, aunque se haya encontrado unos boquetes que la hacen sentir que ya no solo cambia todo: también su cuerpo. Su poder es cerrar los ojos y, existiendo tanto dentro, no existir. 
Hasta que el labio se le rompe contra una piedra y lo siente hinchado y caliente y salado y los gemelos se asustan. 
Hasta que se recuperan, después de charlar unos minutos, y le llenan los pelos de tierra y le pica la cabeza.

Hasta que le escupen en los ojos. 
Hasta que la llaman bombona de butano, camping gas, Snorlax y la más fea del cumpleaños, ¿por qué nadie más se estaba riendo de ti, gorda? (Págs 20-21)

No son iguales. 
Aída es el huevo del arroz a la cubana: una sorpresa entre todo lo conocido, la saliva saliendo a chorros porque hay una textura nueva, tocarla es necesario y urgente, es como revolcarse en el cuadrado de sol de la huerta que siempre está a punto de arder. 
Moco es el plátano frito: manchándolo todo, volviéndolo todo pegajoso, dejando en todo la marca de su cuerpo que suda, se baba, estornuda, una vez se rompió un hueso y, cuando la gente de alrededor pensó que iba a empezar a hiperventilar, se tocó lo que salía. Y dijo parece un diente. Mordiéndome para escaparse. 
Aída es una mata de hinojo. 
Moco es un árbol que, cuanto más crece, más taponazos dan sus ramas en una ventana. 
Aída es un perro precioso. 
Moco es un gato preciosísimo. 
Aída es la gota de pis, se partió tanto el culo que sintió que se derretía, se le fue tanto la pinza que acabó botada en el suelo y no pudo parar, y se mordió los dedos y los labios y la lengua y aun así no hubo forma, gritó como un cochino y tuvo que irse corriendo y se bajó las bragas y vio ese lago absorbido por la tela y susurró ay mi madre y en el fondo, donde solo verse y tocarse ella, encontró una gota de satisfacción: fue tanto que me cambió. 
Moco es la caspa de la herida, se la arranca y se la traga cuando se queda solo, el mando de la play vibrándole en los dedos y él escarbándose y sacando una escama y ablandándola con la lengua. (Págs. 30-31)

Es ahora, la vida, la magia-jedionda-mágica. Es el lol, juas, jajaja, jaja, lolol, es fingir que se desmayan y botarse de espaldas sobre la arena del merendero del Médano y sentirse, ahí con los ojos todos engurruñados por el sol, como si estuvieran delante del ordenador: el merendero es un sitio, pero no es un sitio. Y nunca hay nadie. Piso de mochilas y chaquetas y desperdiguera de paquetes de papas vacíos y ciscos de esas mismas papas y gotas de flax rojos y azules y uñas mordidas y las pelusas que traen siempre dentro de los calcetines y hojas de libretas sujetas con piedras para que no vuelen y botellas que, sin líquido dentro, lo comprueban cada vez que se terminan una, no tintinean igual. Sol jartándoles los antebrazos de pecas y no están en ningún lugar, los ojos cerrados, el chorro de ron que Marta reparte dando vueltas sobre sí misma en medio del círculo formado por las bocas abiertas de las otras tres haciéndolas regañarse, en el merendero se sienten como cuando enciendes el ordenador y empiezas a escribirte burradas con alguien y ya no estás, de repente, donde se supone que estás, tú ya no eres tú, tú eres una tú que teclea lol y juas y no siente picores. Ansiedad. Es Chaxi gritando lol, jajaja, juas y Aída explicándoles su teoría y las amigas, serias durante un segundo que parece durar toda la tarde, asintiendo. (Págs. 59-60)

 

Sábado, 16.05: Saliendo de casa de la abuela para ir a casa de Yaiza, Aída se encuentra con la tía que vuelve a buscar a Moco. Le dice oh, ¿tú comiste al final aquí con tu primo, no te vino tu madre a recoger cuando acabamos de comprar las cosas para mañana o qué? Sí, es que quedé con una amiga. Y no me daba tiempo de bajar al Médano y subir. E íbamos a jugar a la game boy hasta que fuera la hora.
Sábado, 16.13: Toca los picos de las pencas como cuando era pequeña.

Sábado, 21.25: Yaiza y Aída se pasan las oreos masticadas de una boca a otra en la parada de la guagua. Están tan borrachas que quieren fundirse. Se clavan las uñas en los antebrazos. Se chupan mechones de pelo. Se estiran la ropa hasta casi romperla. Hoy descubren que solo solas, antes de que las otras lleguen y cuando las otras se van, pueden hacer estas cosas sin tener que explicar lo que les pasa.

Sábado, 15.30: Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te quiero.

Sábado, 21.30: Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te odio. (Pág. 77)


La consecuencia del aburrimiento, claro está, es que terminan por importarnos un pito los problemas y sufrimientos de los personajes, por no decir su mera existencia y las relaciones entre ellos. No por mucho utilizar canarismos como "jediondo", "jincar", "jalar", "jocico", "fisco" o coloquialismos como "partirse el culo" se logra que el discurso resulte más auténtico o sincero, ni impele a sentir algún tipo de empatía étnica, en el caso del público canario. Como ya he escrito en otras ocasiones, en la literatura no importa cuán importante, altruista, o ético sea el mensaje de fondo si la forma de expresarlo no termina de cuajar.

Me parece, en esta línea, que Aida González ha escrito una obra muy sentida, muy personal, sin que esto signifique necesariamente autobiográfica, con mucha energía, muy pegada a lo corporal, sin duda, pero que se ve lastrada tanto, repito, por un estilo atosigante como por una historia que no termina de interesar ni, por tanto, de conmover. Como suelo decir, uno le alaba el esfuerzo a la escritora, pero no el resultado.

Podríamos pensar que algo ha fallado en el taller de Urraca Sabina, o simplemente que su ojo comercial se ha vuelto birollo. Tal vez, lo de Panza de burro fue un churro. Churro exitoso, pero churro, al fin y al cabo, que no podía dejar tras de sí herederas. No obstante, solo falta una tercera escritora que se apunte a este carro para que alguien las califique de generación. ¿Quién se apunta?

Por mi parte, ya advertí en su momento que aquel estilo podía convertirse en un callejón sin salida: Leche condensada es su exacerbación.

Como dijo Robert Frost en su célebre poema:

Two roads diverged in a wood, and I
I took the less travelled by,
and that has made all the difference

Si Urraca y Abreu escogieron bien al internarse por el sendero menos transitado, ahora no sucede lo mismo con Aida González Rossi, porque ese sendero ya ha sido pisoteado hace relativamente poco. Es más, diría que todavía están húmedas las huellas del lenguaje de Abreu, cuyo estilo volvió loquísimo a parte del público peninsular español. Público que creyó descubrir literatura exótica en su propio país: ¿quizá reflejo de conciencia de metrópolis?

Es posible que me equivoque, pero creo que ese cartucho literario-comercial ya está quemado.

En definitiva, si quieren hacerme caso, no pierdan el tiempo con el realismo glandular-costumbrista de esta novela (yo mismo abandoné el intento allá por la página 80) y dense la oportunidad de leer buena literatura en cualquier otra parte. También puedo andar totalmente equivocado: elogiar no requiere explicaciones.
 


P.D. Otras reseñas, a cual más ditirámbica: 1, 2, 3. Una entrevista, entre otras, aquí. En RNE, aquí.
P.D. (2). Aquí, la de García Rojas (leída el 17/3/23).


domingo, 26 de julio de 2020

'Panza de burro', de Andrea Abreu

Aquí estamos de nuevo con lo que más nos gusta en este blog: la promoción en los medios de una novela. Ya saben Vds. la hermosa sensación, tal vez plenitud vital, tal vez mero placer físico, que nos proporciona leer a reseñadores/as, editores/as y autores/as en cuasi divina armonía al glosar virtudes, bondades y maravillas varias de la obra de que se trate.

En este caso, aupada por una reseña-elogio en La Provincia, otra en el diario.es/canariasahora, sendas entrevistas en La Provincia y en El Día, y otra en eldiario.es, precedido todo por otra reseña en Zenda y una extensa entrevista en Radio 3 ha llegado a conocimiento del mundillo literario Panza de burro, una de esas novelas de las que todo el mundo, a la fuerza ahorcan, habla y lee. Es, valga el símil, como saber quién es Belén Esteban aunque uno perjure que solo ve documentales de National Geographic. Es imposible, si uno está en el mundo, ignorar la existencia de determinados entes. Toda una fricción ontológica. 

Los medios de comunicación siempre ganan. No tanto por el contenido de lo que dicen, sino porque encuadran y enfocan, como es bien sabido. Se habla de lo que ellos elijan que se hable porque, salvo que vivamos en un pueblo pequeño, no hay otra manera de que la mayoría sepa de algo si no es bebiendo de una fuente común. Esta fuente común son los medios. Idealmente, son imprescindibles para una democracia sólida. La mayor parte del tiempo, empero, son sus principales corruptoras. Igual que la parresía es el hablar franco y verdadero que la democracia necesita, y que de ella brota, pero que puede corromperse en retórica como arte de adular y halagar la opinión de la mayoría, la función de filtrado y selección de los medios de comunicación puede desvirtuarse en manipulación y propaganda, como bien sabemos. Lo ideal sería que los medios de comunicación ejercieran una permanente serie de actos de parresía, pero a lo que asistimos es al despliegue faccioso de pseudoeventos, medias verdades y mentiras por doquier.

Los dos ejes en los que se basa la promoción de la novela son a) el idioma: la transcripción del habla popular canaria; y b) el cariz político que tal decisión implica. Ahí es nada, tanto porque son asuntos un tanto viejunos como por su actualidad, aunque parezca paradójico. Viejuno porque seguimos dándole vueltas al habla canaria y a las añejas pretensiones normativas emanadas desde Madrid de lo que es español correcto o incorrecto, el hablar "bien" o el hablar "mal", pero el asunto está zanjado académica y políticamente desde hace décadas. Otra cosa, y esta es su actualidad, que la percepción de diferentes calidades del idioma español/castellano y de los acentos haya pervivido en una concepción, digamos folk, tanto en la Península como entre nosotros mismos. 

Además, en nuestra Comunidad, un supuesto partido nacionalista ha estado en el poder más de 20 años, desarrollando diferentes políticas públicas de ensalzamiento de lo autóctono y de lo nuestro. Un conocido independentista, también académico, ha ocupado la Consejería de Educación, Cultura y Deportes. La TV Canaria, además de emitir westerns, produce algunos contenidos canarios, y sólo cuenta con locutores o conductores de programas que hablan en nuestra variante del español. Además, existe una Academia Canaria de la Lengua, se han editado varias colecciones de autores y autoras canarias patrocinadas por diferentes administraciones públicas , etc. No sé si podría hacer más y mejor, no sé si hay razón para seguir haciéndolo o no. Ignoro si la mayoría de la población ha hecho suyo o internalizado la cultura canaria, tal como la puedan entender y proyectar los políticos de turno, pero parece difícil afirmar que hay "una realidad que niega nuestra cultura". Defínanme "realidad" o, al menos, me gustaría que la autora hubiera sido más concreta. Si hay que ser subversivas, seámoslo a fondo.

Quizá hable de una cultura canaria dominada. Es decir, que dentro de nuestra misma Comunidad, exista una cultura popular que no permea el discurso oficial de la cultura, de la cultura canaria. Si es así, no puedo estar más de acuerdo con Andrea Abreu, puesto que el concepto de cultura emanado de las administraciones públicas, peninsulares o canarias, es uno que orilla el conflicto y la división, uno en el que imaginan, dulce desvarío, la feliz unión interclasista de la sociedad, dejando de lado desigualdades de todo tipo y una pobreza enquistada, que parece formar parte también de nuestra singularidad.

Es por ello que el concepto "nuestra cultura" está abierto a la discusión, porque a estas alturas puede considerarse tan nuestro el gofio como la pizzería de la esquina, el grupo folclórico como el centro comercial con su McDonald's dentro, el plato de carne de cabra y el sancocho como las piscinas cubiertas o Internet, las luchadas como el surf, los melodramáticos discursos de Ana Oramas en el parlamento nacional como las luchas sindicales de todos los días. Por no hablar de lo que Abreu entiende por "canario" (idioma canario), que puede ser las palabras que se usan en Tenerife, que no son todas las mismas que se emplean en otras islas, o ciertos usos fónicos como la aspiración de las -s finales en Gran Canaria, que no es propio de todo el archipiélago, o el mismo acento que varía de una isla a otra, de un municipio de una misma isla a otra, incluso dependiendo del barrio. Y qué ocurre con las 'h' aspiradas, díganme. 

En cambio, si lo que Abreu quiere poner de manifiesto es la distancia entre una cultura canaria oficial, reificada e hipostasiada por los partidos políticos que han ocupado el poder y su intelectualidad apoltronada, y una multiplicidad de formas culturales de expresión y de vida populares, estoy con ella.

 A fin de cuentas, puede ocurrir que todo este tosco análisis no sea más que la consecuencia de un clickbait, de un cebo, para que el titular nos indigne, excite, complazca o enfade y ejecutemos el supremo acto de conformismo posible, que es comprar el producto que se nos ofrece.

Aquí estamos todos, a fin de cuentas, a ver qué es Panza de burro.






Panza de burro, de Andrea Abreu, es la historia de una relación de amistad infantil, preadolescente, entre la narradora y su amiga Isora. Es decir, una narradora presente, y por tanto de visión y conocimiento imperfectos. Es de resaltar, algo que ya ha hecho desde el comentarista peninsular, pasando por su editora, hasta nuestros periodistas culturales locales, el lenguaje en la que está escrita la narración, que es una especie de transcripción del habla canaria con que se comunican en el pueblo donde viven los personajes. Claro está, modificada por las intenciones estilísticas de la autora. A este respecto, no tengo nada que objetar: ni soy fan de la RAE, con sus irritantes pretensiones normativas, ni estoy en contra de que cada uno se exprese como pueda o quiera, y más aún si lo que se pretende es crear una obra artística, como una novela. Que una escritora tenga voluntad de estilo me parece elogiable. Que sitúe su historia en el terruño propio, también.

Podríamos señalar cierta falta de coherencia en la elaboración de ese lenguaje, porque si el personaje, por ejemplo, no emplea el fonema /z/ como es propio del habla canaria, y la autora lo quiere indicar, lo lógico sería pensar que no lo empleará nunca. Así, en un par de ocasiones escribe "costrusión" o "dosientos", pero el resto del tiempo, no. Podríamos no ser tan radicales y pensar que la autora solo ha querido ofrecer aquí y allá pinceladas del 'habla', marcadores de la lengua que se imagina, pero que no quiere volver ininteligible el texto. De acuerdo, pero entonces cabría pensar que su propuesta no es tan radical como deja entrever en las entrevistas.

En todo caso, la intención de Abreu de forzar el lenguaje, digamos estándar, ya sea el español normativo, ya el habla canaria también normativizada, de estirarlo y extenderlo, de martillearlo y de onomatopeyizarlo me parece loable, qué digo, admirable, y propio de una escritora con ambición, que es lo menos que podemos pedir a alguien con pretensiones artístico-literarias con algo de calado. No obstante, en ciertos pasajes, el coloquialismo se transforma en algo parecido a un argot, que debe resultar incomprensible para muchos lectores. Por ese mismo motivo, es posible que llegue a fatigar.


Nos sentamos en la mesa y comenzamos a comer a la velocidad a la que se tiraban los chicos con las tablas de San Andrés. No había gomas al final de la cuesta. Los chorros de mojo deslizándose por nuestras barbillas, las trenzas aceitosas de meter los pelos dentro del plato, los dientes llenos de trozos de millo y orégano, cagadas de paloma blanca, como llamaba Isora a la comida de los dientes. Y mientras tragábamos yo ya sentía una tristeza como un estampido, una agonía en la boca del estómago, la boca seca como después de haber comido leche en polvo mesturada con gofio y azúcar. En verano no íbamos a poder salir del barrio, la playa estaba lejos. No éramos como las otras niñas que vivían en el centro del pueblo, nosotras vivíamos en medio del monte.
Isora se levantó de la silla y me dijo shit, vamos pal baño. (Pág. 24)

Nos pasamos toda la mañana preguntándole a la gente si nos llevaba pa San Marcos, pero nadie podía. Las viejas eran las únicas que parecía que querían acompañarnos porque estaban que no cagaban con Isora, pero ellas no tenían coche ni sabían conducir y la verdad no nos iban a acompañar caminando por la carretera porque eran casi tres horas de camino y la vereda era muy estrecha, los coches pasaban muy pegado. Pensamos en ir solas. Isora cogió las cosas y las metió dentro de una maleta: la tualla, la crema, los bañadores y unos bocadillos de chorizo revilla y queso. Desde el mostrador Chela nos escuchó los escorrozos en la parte de abajo de la venta porque Isora estaba buscando los tenis viejos y vino corriendo pabajo. Pa dónde carajos van ustedes quisiera saber yo. Pa la playa, bitch, le dijo Isora. Y Chela se quitó la chola de levantar pa lanzársela a la cabeza gritando pa la playa te voy a mandar yo volando, cachopuuuta! Yo me pegué a una de las estanterías donde estaban colocados los jugos lybis llenos de polvo y telas de araña. Isora se escondió detrás de las neveras de los congelados corriendo y empezó a repetir por lo bajito foquin bitch, foquin bitch, ojalás te mueras. Cheee, que está aquí esperando el hombre los duuulces, muchaaacha!, gritó una voz de vieja desde la puerta de la venta. Chela salió escopetada parriba con la chola todavía en la mano. (Págs. 47-48)

Y al terminar de estregarnos Isora me mandaba a rezar y yo bisebisebisé con los pantalones del chándal todos pintorriados de colores, como un arcoíris dentro de las piernas, un arcoíris que se elevaba por encima del límite del mar, allá abajo, donde las nubes se juntaban con el agua y ya todo era gris, y ya solo quedaban nuestros pepes latiendo como un corazón de mirlo debajo de la tierra, como una mata a punto de reventar el centro de la Tierra. (Págs 94-95)

Con la cara toda llena de churretones llegué corriendo a la altura de Isora. Se quedó mirándome y me dijo ojalá me hubiesen pintado a mí por el día de Candelaria. Parecía más calmada, rara, triste tal vez. Tenía los ojos en el sitio. La cadenita apoyada en el labio de abajo, tan apretada contra el cuello que casi le rajaba la piel. Miraba el piche todo el tiempo, le daba pataditas a las piedras del suelo y suspiraba. Se sacaba las bragas del culo y suspiraba. Llegamos hasta la puerta de abuela y se quedó quieta, con los brazos pegaditos al cuerpo, con los brazos rígidos como dos palos. Shit, tú eres mi amiga?, me  preguntó. Claro, tú eres mi amiga más jarrapa que tengo, le respondí. No, no, ahora en serio. Tú eres mi amiga de verdá?, siguió. Eeeeh, sí, yo soy tu amiga. Pasaron unos gatos amarillos corriendo por la carretera y los miramos, Suspiró de nuevo y se sacó las bragas. Tú crees que mi madre era guapa?, me dijo de repente. Sí, tu madre era muy guapa. En la foto de la mesilla de noche está superguapa. Sí, tenía el pelo como una baba, más liso que yo, me respondió. Y se dio la vuelta y se fue caminando por la calle pabajo. Y yo la observé descender en sisá, con esa especie de cojera que le daba rascarse el culo cada tres pasos. Ya a la altura del cruce se dio la vuelta, despacio, se dio la vuelta despacito como un hombre viejo con bastón y gorra de la ferretería Los Dos Caminos. Shit, acompáñame hasta cas Melva, por fa, que yo siempre te acompaño. (Pág. 124)


Más allá del uso del habla más o menos vernácula, no es desdeñable en absoluto el uso de metáforas y símiles trabajados, con capacidad incluso con ese lenguaje coloquial o vulgar de crear imágenes de gran belleza. Además, la literatura siempre implica transformación, por lo que comporta de eliminación y selección. Así que más allá de la fidelidad a un uso del lenguaje, más allá de la transcripción más o menos realista del habla, lo importante es si esas decisiones lingüísticas cumplen una función literaria y que sea la forma necesaria para que la historia cuaje. En ese sentido, creo que Abreu lo hace bien. La narración en primera persona nos sumerge en un mundo rural de gente de nivel socioeconómico modesto, indicado por los coloquialismos y vulgarismos que dotan la historia de una vivacidad a la que estoy poco acostumbrado con nuestros/as literatos/as locales, más dados a devaneos líricos-existenciales y a yoísmos de poca monta que a literatura con un pizco de calidad. 

Son estos personajes lo que dotan de un atractivo especial a Panza de burro, como Isora, la amiga de la narradora, depositaria de sus afectos y de sus anhelos, con esa incipiente sexualidad tan significativa a lo largo de toda la novela, y los numerosos personajes secundarios que salpican la historia, como Juanita Banana. Es, en este sentido, como Panza de burro más que re-crear, construye un mundo propio, autónomo y autorreferencial, por más que esté basado en las vivencias de la autora. Es, por tanto, un triunfo de su escritura que haya logrado crear ese ecosistema tan singular, esos personajes con esas visiones del mundo tan ligadas a unos patrones socioculturales de las que no son conscientes (como no lo suelen ser las personas en el mundo real). Es en ese sentido en el que puedo apreciar una labor política: la visibilización de aquellos de los que apenas leemos y casi nunca escuchamos, y que cuando se les enfoca es para resaltar el pintoresquismo que tendemos a atribuirles. Son aquellos/as que no cuentan, esa parte que, como dice Rancière, no tiene parte, que no cuenta para la asignación de puestos, para la distribución del poder social, siempre a la sombra, siempre bajo el mando, de los que sí cuentan.

En cuanto a la historia en sí, es más bien una sucesión de escenas. No es una historia en tres actos convencional de planteamiento-nudo-desenlace, con unidad de acción. Así, la novela puede interesar más a unos/as que a otros/as ya que a las dificultades de la lectura se le suma la dispersión argumental. Quizá la intención de la autora ha sido precisamente esta, la de hilar escenas dispares pero que apunten a uno o varios sentidos unificadores: la amistad, el sexo femenino preadolescente, la percepción del propio cuerpo, las relaciones familiares con los adultos, etc. Así, la escritora apunta a asuntos que, por la propia estructura de la novela, no alcanza a desarrollar. Es difícil, entiendo, señalar matices y desarrollar posibilidades latentes y al mismo tiempo mantener el vigor de la cadencia narrativa de Panza de burro.

PARA TERMINAR: olvidándonos de las reseñas palmeras por las que parece que cualquier novela, incluida esta, es un hallazgo artístico de resonancias interplanetarias constitutivo de hitos históricos, vale la pena leer Panza de burro. Una novela notable, que sin ser original en cuanto a la forma y al uso del lenguaje popular, sí demuestra una reflexión acerca de él y un trabajo de elaboración que se materializa en un convincente desafío lector. Además, ofrece un punto de vista singular con sus personajes, absolutamente convincentes, no exento de crítica social. En mi opinión, Abreu es una autora con personalidad literaria propia cuyo itinerario novelístico habrá que tener en cuenta a partir de ahora.





P.D. Otras reseñas, aquí y aquí
P.D. (2) aquí