sábado, 8 de agosto de 2026

Los Diarios de Matabot, de Martha Wells

 Hay algo de insoportable en la sobreexposición personal que nos ha traído el ya maduro Youtube y, después, el resto de las redes mal llamadas sociales: la presencia permanente en la pantalla del/la youtuber, instagrammer, tiktoker o cualquiera de esos/as influencers que nacen, crecen, se reproducen pero apenas mueren en Internet. Me atrevería a sugerir que la influencia de los/las influenciadores/as se ha trasladado a la televisión en el otrora prestigioso formato de los documentales: hace, 20 o 30 años estos se centraban en lo que se quería documentar: el interés versaba en lo investigado, en lo descubierto, en lo que se quería sacar a la luz o en el personaje que se quería mostrar o analizar. La presencia del periodista o investigador solía ser escasa, algún plano al principio o al final. Hoy en día, parece que lo importante no es el asunto en sí, sino la persona que lo cuenta, de una manera que no dudo en calificar, al menos para mi sensibilidad, de abusiva.

 Lo malo es que esto no ocurre en asuntos más o menos frívolos (depende de para quién) como la ropa de temporada y los consejos de los/las personal shoppers, los deportes, las marcas de maquillaje o las criptomonedas, sino en asuntos (algo) menos livianos como las traducciones literarias, la Historia o el Arte, o, en fin, la política. En este último tema, la sensación que me produce por lo habitual es que, en el caso de entrevistas, el/la entrevistador/a pretende tener un protagonismo semejante al/la entrevistado/a porque, claro, no es una entrevista al uso, sino un diálogo, que es entre iguales. Como si el personaje entrevistado o el tema tratado cobraran interés no por ellos o por sus ideas en sí, sino porque el influencer (o el/la periodista de renombre) ha decidido prestarles, graciosamente, su atención. Como si este poseyera un aura que se proyecta sobre aquellos.

En general, me resulta fastidioso contemplar a un aficionado, señor o señora, largar una hora de perorata con la cámara enfocada en su persona. Y dentro de lo malo, lo peor, hasta el punto de suscitarme un sentimiento de repulsión, es ese plano detalle del rostro para destacar la inminencia de una sentida confesión... Supongo que es mucho más trabajoso un trabajo de edición en el que se incluyan imágenes y vídeos que limitarse a grabarse el careto y sólo cortar de vez en cuando para acelerar el ritmo. A veces, cuando, a pesar de todo, lo que se dice me parece interesante, quito la imagen y solo escucho.

En cualquier caso, y como opiniones habrá de todo tipo, me limito a cumplir con mi deber al compartir con Vds. mi extrañeza y mi extrañamiento.






En otro orden de cosas, centrándonos en la literatura, me pregunto por qué tiene tanto éxito entre el público lector de ciencia ficción la serie Matabot, de la escritora Martha Wells, en Hidra Ediciones (traducción de Carlos Loscertales). Aventuro: un lenguaje sencillo, una trama lineal, un poquito de acción... La combinación funciona bien, y aunque no puedo declararme un rendido admirador, sí que leo la serie de novelas (llevo tres) con interés, incluso con un poco de avidez en determinados momentos. El personaje principal es un hierático y escurridizo androide de seguridad (poco interesado en la sobreexposición) que ha adquirido conciencia y que, a pesar de eso mismo, es proclive a ayudar a los humanos en apuros gracias a sus sobresalientes habilidades. Como ven, nada nuevo bajo el sol. También ayuda que las historias sean relativamente cortas, unas 180 páginas cada una, y no esos ladrillos de minuciosas genealogías, llenos de magia, sexo y traiciones varias. A veces, "un libro largo es un largo aburrimiento".

Podría pensarse que el protagonista, el androide, es un robot demasiado humano. Tal vez, pero los humanos no podemos salir de nosotros mismos, ni siquiera las escritoras de sci-fi. La capacidad de imaginar un sistema informático-robótico consciente y que tuviese capacidades y valores no humanos, incluso por negación, resulta una imposibilidad ínsita. Un esfuerzo en ese sentido lo llevó a cabo, no obstante, China Mièville en una novela (también de ciencia-ficción, claro), Embassytown, que reseñé aquí, en relación con la (in)capacidad de comunicarnos con alienígenas. También podría aducirse que un robot/androide, al ser diseñado por humanos, portaría también, de manera necesaria, si no valores, al menos sí procedimientos humanos: sería comprensible

A la sazón, un defecto conceptual de la trilogía (cómo no) de Los tres cuerpos, de Cixin Liu consistía, para mí, en precisamente eso, que los alienígenas pensaban y actuaban como seres humanos de un modo que bordeaba la simpleza. A estas alturas de la vida, y de la literatura del género, uno no puede sino pedir un poco más de complejidad.

Por otro lado, con el progresivo perfeccionamiento de lo que se ha venido en llamar inteligencia artificial (que en la literatura del género viene de lejos: recuerdo, sin pensarlo mucho, Neuromante, de Gibson, El juego de Ender de Scott Card o, yendo un poco más atrás, la serie Robot, de Asimov), esta tendrá cada vez más un papel central en la ciencia ficción, por si lo que se venía escribiendo hasta ahora fuera poco. Quizá la originalidad en una futura novela sea que no haya una IA cuasi omnipotente pululando por ahí, por no hablar de las series de TV, las películas o los videojuegos.

Un tema, vamos.

Volviendo al estilo, la escritora no muestra ninguna intención de ser preciosista o de dejar algún tipo de impronta estética. Dado que se narra desde el punto de vista del androide de seguridad, sería bastante inverosímil que este se expresara en dísticos elegíacos o que sus reflexiones tuvieran la profundidad de las de Montaigne. Así pues, es un lenguaje referencial, subordinado a una trama que tampoco es un acertijo envuelto en un misterio. No esperen, tampoco, una arquitectura narrativa ambiciosa o complicada. 

De todos modos, aunque lleguemos a la conclusión de que no es gran literatura, que no es, qué sé yo, por su escritura o por sus ideas, un Lem o unos Strugatski, o un Dick, o una Le Guin o una McMaster Bujold, sí que es una literatura correcta y, hasta donde soy capaz de apreciar, narrativamente coherente y sin caídas de estilo, esto último tan propio de escritores/as pretenciosos/as o noveles. Como suele decirse, Wells tiene oficio: muestra sus virtudes y oculta sus insuficiencias. 

En definitiva, como alivio o descanso de otras tareas intelectuales más exigentes, bien.