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jueves, 7 de abril de 2022

'Cuadernos del Subtrópico Norte', de Marcos Dosantos

La semana ha sido pródiga con la cultura. Hablando con propiedad, el pródigo ha sido el Gobierno de Canarias, que con su vicepresidente Román Rodríguez en labores de captador de patrimonio, ha tenido a bien comprar 26 cuadros del artista canario conocido como Pepe Dámaso. Pepe Dámaso es conocido por su largo recorrido artístico, más o menos admirado, y, sobre todo, por su empeño en que alguna institución pública hiciera de una casa suya una casa-museo. Una casa-museo dedicada a él y a su obra, claro, porque la mayoría de sus paisanos somos culpables de no haber experimentado lo suficiente los espirituales placeres que debe suscitar su obra artística. En todo caso, objetivo conseguido, finalmente, con un acuerdo de Dámaso con el Cabildo y el Ayuntamiento de Agaete: ¿Quién es el más listo de la clase? 

El gobierno canario gastará, al parecer, un total de 227.000 euros del erario en engrosar "patrimonio". Quién ha decidido qué es patrimonio, qué obra merece encuadrarse bajo ese concepto, y por qué es necesario que el gasto público se dedique a acumularlo son preguntas que siempre parecen impertinentes, así que la mayor parte del tiempo carecen de respuesta explícita, salvo cierta mención a aquellos "beneficios intangibles" de gobierne quien gobierne, a derecha o a izquierda. La mera mención del concepto de patrimonio bastaría para despejar dudas y eliminar inquietudes.

Según se lee en la noticia, han sido unos anónimos y diligentes "técnicos" los encargados de que se haya tramitado con éxito este movimiento irradiador de cultura. Irradiación que, al fin y al cabo, beneficiará hasta al último de los/las canarios/as, sea de Ciudad Jardín, sea de La Paterna, sea Gran Canaria, sea de La Gomera, pasando por La Graciosa, pero en especial, y sobre todo, a Pepe Dámaso. De cuya obra se dice en esta noticia no firmada (por lo que imagino que será la transcripción de la nota de prensa del Gobierno): "ahonda en las raíces más profundas de la identidad canaria". Solo con esta frase podrían escribirse varias tesis doctorales que polemizarían unas con otras hasta el enconamiento más cruento, pero aquí, en este paraíso de la Cultura, todo es autoevidente y cristalino.

Ya que comentamos esta hazaña político-artística, cómo no recordar una operación parecida, aunque bastante más onerosa, que fue la realizada con Martín Chirino, el Castillo de La Luz y la compra por el Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, dirigido entonces por Juan José Cardona, de parte del legado de este artista. Primero a él mismo y luego, a sus herederos, no se fuera a perder algo por el camino. No obstante, la decisión final no corresponde nunca a técnico alguno, sino a los representantes políticos en las instituciones. Ya hemos hablado bastante en otros artículos del uso del arte y de la cultura como herramientas de pacificación y de cohesión sociales, de la concepción de la cultura como un espacio supuestamente a-politizado y des-clasado, o con la potencialidad de construirlo así.

En fin, podremos seguir a la cola de todos los indicadores y a la cabeza de las peores lacras sociales, pero a los canarios no les faltará cultura, aunque ni la quieran ni la pidan y, probablemente, no les haga falta. Al menos, tal y como se concibe desde las consejerías, viceconsejerías y concejalías de turno. Ya les digo, da igual que el alcalde de LPGC sea Cardona o Saavedra (póngase cualquier alcalde o alcaldesa de cualquier ciudad o pueblo de Canarias); da igual que en el Gobierno esté Paulino Rivero, Román Rodríguez, José Soria, Dulce Xerach o Juan Márquez: su concepción de la cultura es exactamente la misma e idéntico su dirigismo. El Gobierno decide qué es cultura, quién es artista, qué debe gustarle a la ciudadanía, y cómo se recompensa a los/as cooperadores/as necesarios/as.



Hay otro personaje canario singular, residente en Madrid, de cierto renombre y, sobre todo, ubicuidad, al que habría que dedicarle otra casa-museo, castillo o palacete en vida: Juan Cruz. Este mentor de almas literarias, sobre todo si son de la provincia de Santa Cruz de Tenerife, concita la aprobación generalizada de todo el mundillo (o mercado) de las Letras, al menos el que vocea en los medios de comunicación. No hay sarao literario de cierta importancia, no hay iniciativa cultural de algún vuelo, no hay talento poético-narrativo emergente que no goce, de algún modo u otro, con su participación o aprobación. Cando no está en ello, tiene a bien compartir por escrito su nostalgia edénica y sus recuerdos dorados de juventud periodística, por si a alguien le interesara. 

En esta ocasión, actúa de apoderado de Marcos Dosantos, autor de la colección de cuentos titulada Cuadernos del Subtrópico Norte. Lo hace mediante una introducción a medio camino entre el almíbar y el empalago, o quizá el camino esté de sobra completado, finalizando en una inmensa bola de algodón de azúcar. Sea como fuere, es bastante posible que Juan Cruz sea sincero en su apreciación sobre esta obra, lo que, en definitiva, nos sitúa ante un escenario dulcemente escalofriante. 

Digo esto porque, pese a Juan Cruz, Cuadernos del Subtrópico Norte (que no son cuadernos, sino uno solo lleno de cuartillas a veces a medio rellenar) es una obra evidentemente de autor primerizo en la que se aprecia a partes iguales entusiasmo y verborrea. Me hace recordar a la figura de un niño relamido y sabelotodo, ese que al principio nos hace gracia pero que a los cinco minutos queremos mandarlo a paseo por vía de urgencia. 

Aquí y allá, es cierto, hay alguna frase, algún diálogo, que sí da pistas de la posibilidad de un escritor, pero no es suficiente para sofocar el creciente tedio, y la consiguiente irritación, que embarga y oprime tras leer algunos de estos cuentos, a veces minicuentos, a veces yo qué sé. Es posible que haya algún relato que valga la pena, pero la mayoría son tan insustanciales que le quitan a uno las ganas de descubrirlo. Para elevar a categoría artística escenas de la vida cotidiana o hacer significativos momentos que, en principio, no lo parecen se precisa de un uso del lenguaje y de una hondura del pensamiento de los que carece, al menos de momento, Dosantos.

Así, nuestro autor de hoy a veces parece seguir la estrecha senda de Andrea Abreu que nos interna por el coloquialismo y el vulgarismo canario como seña de identidad, pero en otras ocasiones lo abandona y plantea un uso del lenguaje más estándar. Supongo que, como sostengo, la primera opción conduce a un callejón sin salida literario, y que la experimentación en la literatura canaria no debe consistir solo en la glorificación de la falta de matices del hablante corriente al expresarse. Al fin y al cabo, la literatura implica una estilización (o una profundización) del idioma y la transcripción del habla supone una limitación consciente de aquél. Puede tener valiosos efectos expresivos en determinados momentos, pero me resulta difícil imaginar una literatura basada en ella.


Soy conejera, pero mi abuela Candelaria me llamaba Gran Canaria porque "fuertes muslos tiene la niña pal fisco tetas". 

Fue el insulto más poético con el que crecí, eso se lo concedo. 

Sebosa, bocanegra, cachalote, y un sinfín de cumplidos no pedidos por cercanos y desconocidos fueron la banda sonora de mi crianza. 

Yo quería ser periodista, como mi primo Nauzet, pero las niñas de mi clase decidieron por consenso que sería la foca del Loro Parque pa mojar a los guiris con mis aletas. 

La peor era la Yésica, perfecta niña Profident cuando las monjas dominicanas entraban en la clase, pero tremenda hija de puta entre mates y plástica. Se me acercaba, me tiraba el estuche al suelo y me gritaba "agáchate si puedes, gorda jedionda". (Pág. 27, Manifiesto de la gorda jedionda) 


¿Qué papel juega el aguacate en el transfeminismo postcolonial? No lo sé, pero alguien debería poner el aguacate encima de la mesa. Poner el aguacate encima de la mesa como acto político-gastronómico. Política pop agroalimentaria. Andy Warhol en Masterchef - La Gomera machacando el mortero bajo la atenta mirada de doña Efigenia. 

¿Qué habría sido de la humanidad si quienes tomaban las grandes decisiones lo hubieran hecho después de haberse comido un aguacate? ¿Sería nuestro mundo más justo, menos desigual, más próspero? Tengo cero unidades de evidencia que respalden este dilema contrafáctico. También creo que todo el mundo está de acuerdo en que tengo razón. (Pág. 61, Elogio del aguacate)


-Me fascina tu cuerpo, tu olor, me atrapa tu feminidad mística -le decía Matías mientras le daba tímidos besos en el hombro y en el cuello. 

-Eres un encantador de serpientes. 

-Y tú eres mi cobra favorita -le suspiró al oído, antes de hacerle el amor por primera vez. Al principio fue muy delicado. Se dio cuenta de que Victoria era un animal herido. Pero algo en ella decidió que era el momento de entregarse. Y entonces la pasión la desbordó. Su dolor se unió con el placer y sus lágrimas se mezclaron con su piel hasta que el amanecer despidió la noche más corta de su vida. 

-¿Y qué pasó? ¿Qué fue de Matías? 

-Como en toda historia de amor verdadero, lo nuestro se acabó. Llevábamos dos años queriéndonos entregadamente y sin separarnos ni un momento. Recuerdo con especial cariño un viaje que hicimos juntos a Casablanca, donde yo tenía que resolver algunos asuntos y él se comportó como un auténtico galán. El tiempo fue pasando y la llama de la pasión, sencillamente se apagó. Fue una muerte natural. (Pág. 110, A cambio de chocolate) 


Frases hechas, expresiones manidas, tópicos anodinos del lenguaje aparecen aquí y allá, como otra muestra más de unas capacidades literarias aún por formar. También los relatos muestran una oscilación entre el apunte potencialmente interesante y la banalidad más exhibicionista. Falta desarrollo en los personajes y tensión en las escenas. Carencias que se intentan evitar mediante el recurso de una galería de imágenes descritas con supuesto ingenio y de la escritura de tramas breves. Dicho sea de paso, la eclosión de minicuentos, microrrelatos y de libros de aforismos me parece un síntoma revelador del panorama literario actual, en que el muchos/as quieren ser fenómenos de manera natural, como si fueran el producto más acabado del espíritu de los tiempos, pero sin molestarse demasiado.

Se corre, pues, el peligro de agostar aún antes de que llegue a su maduración la posibilidad de que un/a escritor/a cree algo digno de ser leído. En nada favorece a un autor bisoño que se califique su obra, todavía impúber, de "deslumbrante" o de cualquier otra majadería por el estilo. Si se quiere ser mentor, si se quiere ayudar, la crítica, aun inmisericorde, ayuda más al desarrollo del talento en ciernes que el elogio inmerecido, que solo contribuye a la autocomplacencia, a la consiguiente pereza y, finalmente, al entumecimiento de las facultades.



P.D. Una reseña en la que la poeta Elsa López nos insta a emocionarnos con esta obra, aquí. Otra, en la que Eduardo García Rojas nos dice que el autor "pisa fuerte", aquí.


jueves, 18 de noviembre de 2021

'Garajado', de Ernesto Rodríguez Abad

El pasado 14 de noviembre, estaba yo perdiendo el tiempo un rato en Twitter cuando apareció ante mis ojos el siguiente tweet: 


🗣¡Comunicado oficial! Nos está llegando información de que algunos de nuestros colaboradores venden los libros que les regalamos para reseñar a través de sitios como Wallapop. Esos libros son gratuitos y está prohibida su venta. Abrimos hilo...



Y sigue hilo:

Ediciones Arcanas

Ni siquiera nosotros podemos venderlos, ya que son exclusivamente para promoción. Para nuestros colaboradores actuales y futuros, si una vez leído el libro no os gusta o no lo queréis conservar porque no tenéis espacio o por cualquier otra razón
lo podéis regalar a alguien para que lo aproveche o donar a bibliotecas públicas o de institutos, pero en ningún caso venderlo. Nos parece una falta de ética vender algo que se usa exclusivamente para promoción.


Todo esto suscita numerosas cuestiones. Por ejemplo: ¿Qué es un "colaborador" de una editorial? ¿Qué significa que "un colaborador" escriba reseñas sobre el libro regalado? ¿En eso se sustancia el verbo colaborar? Y también: ¿Qué nivel de cutredad hay que tener encima para que este "colaborador" decida vender los libros regalados para sacarse un dinerillo? ¿Cuándo hemos normalizado esta indecencia?

Además, fíjense que pronto pasamos de "escribir reseñas" a "promoción", con lo cual queda develada la verdadera intención de esta práctica dadivosa. Mi opinión es que, entre líneas, se puede leer: "Si te regalo un libro, colaborador, es para que, no haría falta decirlo, le dediques elogios y bienaventuranzas en tu espacio". Por lo que se ve, una práctica normalizada.

No olvidemos el nivel de desprestigio que soportan los medios de comunicación y, por sus propios merecimientos, los cuadernillos dedicados al arte y la literatura. Los periodistas culturales serios han sido los grandes damnificados, claro, sustituidos en su gran mayoría por "colaboradores/as" que habitualmente no cobran y, que, por tanto, buscan su recompensa en forma de presencia mediática o ese tipo de meritaje que consiste en estar siempre para que te llame quien sea. La esperanza que los/as anima es encontrar una suerte de olla llena de monedas de oro al final del arcoíris. A esto, añadámosle Internet y la eclosión de espacios (paginas web, blogs, redes sociales) que han medrado y que tanto han contribuido a la precarización de los espacios culturales tradicionales en los medios como se han beneficiado del desprestigio que estos mismos se habían procurado con sus prácticas cuando eran todopoderosos. 

Es por ello por lo que cuando algún/a autor/a me ha ofrecido gratis algún libro suyo, siempre me he negado, y si alguna editorial lo bastante despistada se le ocurriera hacerme una propuesta de colaboración, la mandaría a tomar viento, como poco. La libertad que da comprar un libro es que como comprador tengo todo el derecho a criticar su contenido, si tal es mi deseo. El dinero duele, sobre todo cuando se gasta en algo que uno considera que es de mala calidad. Es de lamentar que mi actitud, que considero la única lógica para un reseñador cuyo capital consiste en el conocimiento de la materia y en la honradez en el juicio, no sea la norma. Me asombra, aunque sea práctica corriente, que un reseñador publique en algún suplemento un análisis de una novela no publicada. Imagino que la editorial le habrá facilitado un ejemplar para esa reseña. Se deduce que si la editorial incurre en esta operación no es para que el reseñador de turno realice un análisis cuidadoso y argumentado que tenga como resultado una crítica negativa. Llámenme suspicaz.





Garajado, del escritor tinerfeño Ernesto Rodríguez Abad, tiene como argumento la huida de un joven sindicalista de la CNT tras lo que parece ser la caída de la República en Canarias, aunque no se mencione de modo explícito. Así, durante gran parte de la novela, el protagonista principal vive su huida como un proceso en el que se dan de modo sucesivo la revelación, el desafío y el desaliento ante un poder incansable en su búsqueda, simbolizada por la Guardia Civil y, posteriormente, el somatén.

La novela posee el interés, aunque sea tema ya tratado tanto en la novelística como en la filmografía de nuestro país, de recordarnos y de revelarnos (ahora que nos creemos instalados eternamente en un sistema que, aunque de manera imperfecta, protege los derechos individuales propios de una sociedad abierta y democrática) la posibilidad de que, más o menos de repente, nos encontremos en el lado equivocado de la Historia o, expresado de modo más primario, en el bando perdedor como resultado de una crisis o conflicto como ocurrió para muchas personas con el golpe de estado fascista de 1936 en España y, en particular, en Canarias.

No obstante sus posibilidades argumentales y dramáticas y con un uso del lenguaje que por lo general es suficiente para sus objetivos, la novela no logra elevarse más allá de ser un relato reconcentrado de esa huida y escondite del protagonista. Los personajes que aparecen solo ofrecen breves destellos de sus posibilidades. Están bien, en cuanto a que muestran su propia personalidad, pero el autor no les da carrete, no es capaz o no tiene el deseo de que se desarrollen. Tanto la hermana Rosaura como Chona, María la niña, Daniel Calmita o Maribel, el cura o ese personaje siniestro del somatén, todos ofrecen un atractivo indudable que el autor logra imprimir en unas pocas líneas. Estoy seguro de que un mayor desarrollo de estos y su imbricación argumental habrían contribuido a crear una novela no solo mucho más extensa y completa, sino también más fina en cuanto a la creación de un universo de caracteres de esa Canarias, de esa isla innombrada, bajo la incipiente dictadura.

También podríamos señalar que, no obstante su terrible situación, el protagonista, perseguido por el Estado y forzado así a una misantropía involuntaria, se encuentra arropado por la complicidad no sólo de la familia, sino también de buena parte de los vecinos, ofreciendo, por tanto, una visión sesgada (de forma favorable) de la sociedad de aquella época. ¿Cuántos de nosotros no seríamos cómplices de un nuevo estado de cosas? ¿Cuántos apoyaríamos con nuestro silencio y pasividad a un régimen autoritario o totalitario? ¿Cuántos, incluso, nos reconvertiríamos de ciudadanos demócratas a súbditos anhelosos de servir? ¿Cuántas traiciones, grandes y pequeñas, no se cometieron, no se cometerían? Cierto maniqueísmo desnivelado en la construcción de personajes nos hurta estas preguntas difíciles.

Asimismo, aunque el lenguaje empleado es un tanto reconcentrado, por no decir repetitivo, ya que los monólogos del personaje, o tal como nos los relata el narrador en tercera persona tienden a incidir en lo mismo ya sea en los sentimientos ya en el vocabulario. En cierto momento, se nos informa de que han pasado años, pero tengo la impresión de que el personaje solo ha cambiado en que está más amargado. Los hechos externos como su emparejamiento con una mujer con la que tiene una hija también nos informan del paso del tiempo, pero la sensación que tenemos es de una estampa repetida apenas con alguna variación. También, hay asomos de cursilería en algún momento y, en otros, escasos, menos mal, parece que hay un empeño en ser grandilocuente o intenso sin que la semántica acompañe. Los diálogos son hechos a base de frases cortas cuando no de una o dos palabras. Alguna frase desentona, pero por lo general, salvan bien las escenas. 


Nadó muy despacio para no levantar ondas ni hacer ruido. Trepó como un lagarto pegado a las rocas. Lento, para no atraer la mirada de aquellos que, a lo lejos, andaban entre los callaos grandes. Al fin llegó a la cueva. Entró y se vistió sin secarse. La ropa húmeda se pegaba a la piel. Sintió frío. Un escalofrío le recorrió la columna vertebral. Oyó una risa alegre a lo lejos. Tenía hambre y las ganas de fumar lo ponían algo nervioso. Se le había acabado el tabaco. Se agachó y buscó algo de comer en la caja de cartón que estaba a sus pies. No comprendía su reacción, pero los nervios aguzaban el hambre. Mordió con fuerza y rabia unos tomates algo verdes, que era lo único que le quedaba. El rostro no expresaba nada. Sus ojos se agrandaron. Eran como faros que reaccionaban ante el peligro. Parecía un gato al acecho olfateando, crispado, presintiendo la amenaza. Se agazapó contra las rocas picudas de la pared de la cueva. Llegaron hasta él nuevas risas y palabras sueltas. Los buscadores de burgados se acercaban. Aguantó la respiración. Tragó el último trozo de tomate que masticaba. Le temblaban las manos. Musitó unas palabras casi imperceptibles. (Pág. 51)


¡Señora! 

No des voces. 

Que vengo cansada... 

No grites. 

Todo el día del coro al caño, del caño al coro, del coro al caño, del caño... 

Mira que te vas a equivocar... 

Del coro al caño, del caño al coro, del coro al coño. 

¡No te lo dije! 

No habrá oído algo que no supiera. 

¡Mujer! 

¡Vamos! Ayúdeme a cazar a estos salvajes. 

Voy. 

Luego tenía que ayudarla a atrapar a los pequeños como si fueran conejos y quitarles la ropa lo mismo que se despelleja a una pieza de caza. (Pág. 69) 


Ella le había regalado los únicos momentos dulces de aquel tiempo tortuoso que le había tocado vivir. Disfrutaban el momento como si no hubiese posibilidades de pensar en el mañana. Atrás quedaban sufrimientos, dudas, miedos. 

La expresión de la cara cambió a un rictus serio. Estaba en el presente, en medio de la desértica costa. No se podía hacer planes a largo plazo. Dejó los sueños apartados y se sumergió en el presente, en la realidad. 

Todo era diferente. Acababa de tener su primera hija. La vida había cambiado. Se complicaban las cosas. Ya no tenía que pensar solo en ellos dos. Eran tres. Mareaba la situación, igual que cuando navegaba sobre la barcaza de algún pescador inexperto. Una hija suya y de ella, una hija de la libertad. Una hija sin papeles. 

Se había enterado la tarde anterior. Encontró el rudimentario dibujo de un bebé en un papel, bajo una piedra, donde ella antes le dejaba mensajes de amor como una flor seca, una hoja o una pluma de pájaro. (Pág. 85)


Hay que decir que la novela es corta y no aburre. Quizá demasiado corta, según lo que expresé antes. El final es quizá demasiado abrupto, quizá no inconsecuente con el desarrollo de los acontecimientos (sobre todo, el amor de la mujer y el nacimiento de la hija), pero hecho en falta mayor granulación moral y sentimental para que después de habernos tenido huyendo y escondiéndonos con él, demasiado de repente a mi entender, toma una decisión que pone en duda todo el propósito que lo había venido animando hasta entonces.

Esta última decisión nos hace preguntarnos por el sentido no solo de aquella primera, sino (y quizá este preguntarnos sea lo mejor de la novela, pero pienso que cualquier novela con esta temática lo suscitaría) el valor de la rebeldía, pero también el que tienen las meras acciones individuales ante un poder mucho mayor y despiadado, y que por lo general suelen acabar en fracaso. Asimismo, el cómo es posible hacer frente a un poder casi omnímodo, si no es desde planteamientos colectivos. Y si esto es así, qué condiciones se requerirían. Y aún más, si nosotros, los habitantes de esta isla o de aquella, de esta Comunidad, de este país seríamos capaces de unirnos frente a la barbarie. Las conclusiones a que apunta la novela son desalentadoras.

EN DEFINITIVA,  a Garajado le falta ambición y trascendencia en cuanto a la posibilidad de ahondar en la brutalidad del poder, la rebelión individual y la mansedumbre colectiva. Tampoco destaca por su innovación lingüística ni por su planteamiento, aunque este conformismo literario es una constante de la creación literaria local, tal y como hemos venido viendo en el blog. Además, los personajes secundarios, aunque aporten algo de contexto, quedan desgajados de la acción principal de manera arbitraria. Una novela que podría haber sido interesante, pero que resulta, al fin y al cabo, insuficiente.



P.D. Otra reseña, esta sí, exquisita, de Juan Cruz, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA














viernes, 12 de febrero de 2021

Un batiburrillo griego

Es posible que se sorprendan si, leyendo a Esquilo, en concreto su trilogía trágica Orestiada, encuentran a una antecesora de Lady Macbeth, en el personaje de Clitemestra, la esposa de Agamenón, el vencedor de Troya. Lo saco a colación, porque a veces tengo la sensación de que mi formación literaria ha ido en contra de la flecha del tiempo. Aquellos clásicos griegos y romanos, fuente o base de gran parte de nuestra cultura, han sido relegados a la oscuridad salvo en ocasionales glosas y citas dispersas. Así, no pensé, cuando en su momento leí Macbeth, que Lady Macbeth era un eco de Clitemnestra. Independientemente de si Shakesperare había leído a Esquilo o no, mi conocimiento alcanzaba solo al primero. Ver para creer, pensarán con razón, mientras se rasgan las vestiduras.

No hace tanto tiempo, una persona no era culta si no sabía latín. Antes, si no sabía griego clásico. En el ámbito académico anglosajón, una persona que no sabe griego (no el moderno) recibe el apelativo de "greekless", creo que con ánimo despectivo o condescendiente. Hoy en día, no existen criterios que gocen de respaldo social generalizado para determinar quién es culto. Lo que hay -y siempre ha habido- son criterios de clase. Aunque, a decir verdad, en nuestra época a casi nadie le importa, salvo a esa especie humana denominada gestor/a cultural, experta, en realidad, en relaciones humanas y captación de patrocinios y, por supuesto, a aquellos que abominan de "la masa". Masa de la que ellos/as no forman parte, por supuesto: excrecencia monádica, en todo caso. Quizá sea mejor así, porque es fácil abominar de los supuestos incultos si uno/a ha tenido todas las posibilidades para leer, estudiar y llevar una vida con tiempo libre y ellos/as, no.

Volviendo al asunto griego, les confieso que, quizá por el hastío que representa la producción literaria patria y local en su mayor parte, y también por motivos de investigación intelectuales, he dirigido la mirada a los griegos. Si, como ya comenté hace algún tiempo, Sófocles y su Edipo, Rey (quien, en realidad, no era rey, sino tirano) fueron, vía Foucault y su estudio de la parresía, el objeto de mi lectura, después fueron Eurípides y su Ion, y ahora, como señalé más arriba, Esquilo: la Orestíada, Los persas y Prometeo encadenado. Lo mismo puede decirse de Platón, de quien uno puede disfrutar tanto por su contenido filosófico como literario. Quién me iba a decir a mí, no hace tanto tiempo, que lo leería con placer. En general, tengo la sensación de que voy dando tumbos en la vida, sí, pero en ocasiones uno de esos tumbos me acerca a algo valioso de lo que ya no puedo prescindir en adelante. 

Si uno quiere saber algo de la Grecia clásica, de su democracia, no puede sino conocer también su mentalidad, su visión del mundo, cambiante, por acotar el periodo más conocido, desde Salón hasta la derrota ante las armas macedonias, y que se plasma de manera nítida en la tragedia y en la comedia. Además, por supuesto, en los diálogos de Platón, en los escritos políticos y éticos de Aristóteles y en otros textos como La Constitución de los Atenienses, de paternidad dudosa (se le suele denominar a su autor el Viejo Oligarca) o de Tucídides y Jenofonte, entre otros. Bien es cierto que todos estos autores exhibían en sus escritos su visión profundamente antidemocrática de cómo debía organizarse una polis. Así pues, uno puede comenzar con política y acabar leyendo tragedia, o viceversa. Esa división bastante nítida para nosotros entre política y literatura resultaba inexistente para los atenienses, y los griegos, en general, pues ni siquiera nuestra concepción del arte sería inteligible para ellos. En fin, nada que no se sepa.

           
                                                           
           

Es interesante saber, además, respecto del teatro en Atenas, que en sus festivales dramáticos se erigía en vencedora no aquella obra por la que hubiese votado un comité compuesto por Juan-Manuel García Ramos, Juan Cruz y un/a tercero/a cualquiera, sino por la misma ciudadanía que había asistido a las representaciones. Era, por tanto, un premio del máximo prestigio, ausente experto alguno, en el que el componente democrático era esencial, en consonancia con el espíritu de casi todas las instituciones de la polis. Recordemos también que los jurados de los juicios y la composición del Consejo que preparaba los asuntos para ser debatidos en la Asamblea estaban, asimismo, formado por ciudadanos seleccionados por sorteo (que voluntariamente se habían postulado para ello), por lo que cualquiera podía formar parte de la administración, aunque fuera por un periodo breve. Solo los estrategos, los generales, y más tarde el tesorero de la ciudad resultaban elegidos por votación. Para los asuntos que no requerían saber técnico-especializado, el sorteo; para los que sí, la elección. Se consideraba, pues, que el sorteo era más democrático y la elección, más aristocrática.



En fin, lo que les quiero transmitir es que se puede apreciar la obra de aquellos griegos sin ser especialista ni académico, y que por mucho que sepamos de terceros que estamos influidos por ellos, etc., no hay nada mejor que ir directamente a su legado, sin más intermediarios que una buena traducción o, en su caso, un/a buen/a comentarista, que hay muchos/as y buenos/as. Por ejemplo, en la actualidad estoy enfrascado en la lectura de Democracy. A life, de Paul Cartledge o Ethos y Pólis: Una historia de la filosofía práctica en la Grecia clásica, de Salvador Mas Torres.


    

En este sentido, una relectura de El Banquete, de Platón bajo el confortable manto de Giovanni Reale en su obra Eros, el demonio mediador vale mucho la pena, por mencionar otro. O aquel libro de Cornelius Castoriadis que, en su momento cité en algún artículo: Sobre El Político de Platón.



                                                                                                                     

En fin, comprendo que se pueda percibir este artículo como un tanto ingenuo, en tanto en cuanto muchos/as de ustedes estarán de sobra familiarizados con su objeto. No obstante, mi propósito ha consistido desde un principio en hacerles partícipes de lo que supone para mí un descubrimiento de esta naturaleza en un estadio ya avanzado de la vida, lo que me ha hecho cuestionar -una vez más- mi educación y mis preferencias a lo largo de aquella. 

Añadamos, ya hablando de forma general, la formación literaria de nuestros/as escritores/as. Si Thoreau, Emerson, Hawthorne, Melville, Dickinson y otros/as grandes de la literatura estadounidense del siglo XIX escribían sobre la base de un conocimiento profundo de las Escrituras, me pregunto si a estas alturas de siglo XXI se puede escribir sin saber nada no solo de la Biblia ni de las autores grecorromanos, sino si se puede abordar un proyecto literario sin un mínimo de erudición que consista en algo más que en series de TV, alguna lectura en diagonal de Arturo Pérez Reverte y el recuerdo adolescente e inefable de H.P. Lovecraft. 

Por otro lado, ¿puede uno/a escribir, estando situado dentro del marco de una cultura, sin conocer la obra de las generaciones anteriores que contribuyeron a engrosar el acervo de esa misma cultura? ¿Necesita un escritor canario conocer a Cairasco de Figueroa, a Alonso Quesada, a Josefina de la Torre o a Víctor Ramírez? ¿Esas sombras de antaño pueden quedar atrás sin que nos alcancen? En definitiva, ¿hay lecturas indispensables del pasado para que la obra potencial de nuestro presente resuene, a su vez, en la posteridad?






sábado, 18 de mayo de 2019

'Caídos del suelo', de Ramón Betancor

El otro día descubrí por qué eran tan buenos los cuentos de George Saunders. Era algo tan simple que tenía que ser verdad. A su vez, explicaba por qué cierta prosa resulta tan banal y aburrida, como mucha que hemos comentado aquí. Pues bien, me di cuenta no de que cada palabra o frase fuese necesaria, como suele decirse, no. Bien podría el autor haber elegido otras, otras expresiones, otros giros. De lo que me di cuenta fue que nada de lo que escribía era previsible, lo que no significa que fuera imprevisible.

Sigo abundando en el asunto: las novelas que he vituperado aquí tienen como característica no solo el tópico, la frase hecha, tipo "la amaba con locura", "era una caja de sorpresas", "el café sabía horrible", "tenía los ojos de color miel", "la natación es un deporte muy completo", "caen tres gotas y se pone todo verde", etc, sino la previsibilidad de las acciones y de los sentimientos que transmite el autor/a, por un lado; y la anticipación por parte del lector de la palabra, de la frase e incluso de la reflexión siguiente, por otro. Funesta conjunción de forma y contenido. Conclusión: el tedio.

Más allá de la supuesta experimentación con el lenguaje de Saunders y de tantos otros, la revelación que experimenté al leer por segunda vez sus cuentos estaba en concordancia además con esa máxima cognitiva que hemos apuntado durante toda la vida de este blog: una buena novela nos enseña aspectos nuevos del ser humano, ilumina áreas apenas vislumbradas, nos conduce por túneles excavados sobre la marcha hacia quién sabe qué nuevas zonas de nosotros mismos. Es el resplandor del rayo en la noche oscura. Esa es una de las características fundamentales del buen novelista (y del buen poeta, por descontado). 

Esto viene a cuento por la siguiente novela:







Caídos del suelo, de Ramón Betancor, me fue sugerida por un seguidor de Twitter, quien, con cierto tono indignado, se preguntaba y me preguntaba que cómo era posible que se me hubiera "escapado" (que no la hubiera reseñado, entiendo), dado que pertenecía a la "famosa trilogía Reino del Suelo", "y encima editada por Baile del Sol". Dado que no revelo su identidad, espero que no le molesten las citas literales. Saben quienes se atreven a pasar por el Facebook o el Twitter del Polillas que soy proclive a solicitar consejos y sugerencias. Pues bien, de aquellos polvos, estos lodos

En cualquier caso, ignoraba que esta trilogía fuera tan famosa ni que la editorial gozara de tanto prestigio. Aunque dado el nivel de la crítica literaria en estas tierras, en la que todo es "necesario", "maravilloso", "excelente" y "prestigioso", no es de extrañar que, entre tanto deslumbramiento, este libro, esta trilogía y esta editorial no figurasen en el primer lugar de mis desvelos. Aun así hay que señalar que todo un Juan Cruz (alias el omnipresente) fue el encargado de presentar esta novela en la capital del Reino y el no menos ubicuo Santiago Gil, en Las Palmas de Gran Canaria.

Caídos del suelo es pues la primera novela de la trilogía mencionada, publicada en 2013. Según leo, comenzó siendo un relato interactivo por Internet y parece ser que después Ramón Betancor se animó a escribir la novela (o era un truco publicitario para venderla que le salió bien), y de ahí para arriba, lo que se ha sustanciado en dos obras más, como se ha dicho, y le ha granjeado el status de escritor en el mundillo literario. Pretende ser esta novela un relato mefistofélico sobre el ascenso a estrella literaria nacional y parte del extranjero de un joven, Mario Rojas, el Fausto local, que bien podría imaginarse sin mucho esfuerzo como el trasunto del autor. Y si no lo es, carece de importancia. 

Para ir al grano: esta novela tiene un gran problema (y a eso se debe el excurso de hoy): la superfluosidad. Le sobran páginas, le sobran palabras, le sobran tópicos y frases hechas. Le sobra, en definitiva, la mentada previsibilidad. Se podría hacer una lista inmensa de lo anterior si me poseyera el ánimo exhaustivo, pero a estas alturas del Polillas ya pueden hacerse una idea. Vayamos entonces solo con una pequeña muestra:


a) Frases hechas y topicazos:

"Jugar con las cartas marcadas", pág. 13; "brillar por su ausencia", "puñado de sensaciones encontradas", "guardaban celosamente" "por encima del bien y del mal", pág. 17; "contados con los dedos de una mano", "sumaba puntos", pág. 18; "imagen cuidadosamente desaliñada", "perfectamente despeinado", pág. 22, "magnetismo irresistible", pág. 24; "devorar mi novela", pág. 53, "nos fundimos en un abrazo", pág. 90 etc., etc.

b) Las descripciones de los personajes son en variada proporción manidas, rebuscadas y cursis, tipo:


Su dueño era un hombre tranquilo, amable e irónico, oculto detrás de una barriga orgullosa y una frente despoblada de todo menos de ideas. Tendría unos cincuenta años. Tras su oscuro bigote vikingo se escondía una boca capaz de sorprender al más ingenioso y, sobre todo, al más presuntamente ingenioso. Era lo que se dice, un tipo grande, listo y feliz. (Pág. 17)


Nuestra chica se llamaba Lucía Oliver y era preciosa por dentro y por fuera. Estilizada, elegante y con los ojos de un color sorprendentemente indefinido a medio camino entre el verde y el azul. Su piel, transparente durante el largo invierno de La Laguna, se teñía esos primeros días estivales de un leve bronceado que embellecía las suaves formas de su rostro, resaltando una melena rubia que casi siempre llevaba amordazada en una coleta a medio hacer. (Pág. 21)


El tercer vértice de ese triángulo era yo: Mario Rojas. Un tipo normal, de una estatura normal y con un color de ojos normal. De esos que ves y no miras o que miras y no ves. Ni alto ni bajo ni gordo ni flaco ni triste ni entero... Lo más característico de mi físico era una eterna barba de tres días que achacaba a la pereza que me producía afeitarme, pero que en realidad formaba parte de una imagen cuidadosamente desaliñada que, junto a mi pelo perfectamente despeinado, buscaba tener esa pinta de escritor progre y maldito que me encantaba aparentar. (Pág. 22)


Miguel era sólo un par de años más joven que yo. Aunque nos parecíamos físicamente, él era un poco más bajo de estatura e infinitamente más alto de energía. Además, poseía ese magnetismo irresistible que sólo tienen quienes saben tenerlo... y mantenerlo. Por esa época, mi hermano menor había desarrollado una inagotable habilidad para viajar en el tiempo sin apenas despeinarse. Compaginaba sus estudios con un trabajo de media jornada en una pequeña agencia de viajes del centro de la ciudad. Durante mi estancia en Tenerife, ayudaba a mi madre con la casa y la comida. Y, por si fuera poco, aún tenía tiempo para refrescarse, buceando habitualmente bajo las faldas de sus innumerables novias de media noche y media cama. (Pág. 25).

Irene era desconexión y paz, pero también deseo e intriga. Morena y dueña de un cuerpo pequeño en el que cabían todas las curvas en las que deseaba estrellarme cada noche, tenía el pelo largo, lacio y tan negro como el alquitrán recién vertido en una nueva autopista. Una melena que le partía la frente en dos en la frontera del flequillo más simétrico que he visto en mi vida y que, al mismo tiempo, se escurría a cada lado de una cara tan redonda como el mundo. Un rostro seductor iluminado por unos ojos verdes en los que podría haberme pasado siglos buceando para encontrar la fuente de tanta vida. (Pág. 26)


Ella, por su parte, recopilaba en su imagen sobriedad, distinción y sexualidad a partes iguales. Llevaba una americana negra por debajo de la cintura y una minifalda ajustada, del mismo color, que te invitaba a soñar con unas piernas perfectas e interminables. Kilométricas. Unas extremidades inferiores muy superiores a la media. Sugerentes. Seductoras. Unas piernas infinitas que cruzaba y descruzaba con la desenvoltura de quien sabe que camina sobre dos armas de destrucción masiva. Dos reclamos para el amor y la guerra capaces de hipnotizar a un ejército entero y hacerle saltar desde un precipicio con sólo insinuarle que ése es el precio que hay que pagar para llegar hasta ella. Transmitía tanta seguridad como certidumbre. Tanta intriga como deseo. Lo curioso, es que me resultaba extrañamente familiar. (Págs. 76-77)


c) Diálogos impostados, sin naturalidad alguna, con frecuencia demasiado explicados, y con esa manía de citar el nombre del interlocutor, como en la ficción anglosajona:


-¿Qué ha pasado antes, Ray? -le pregunté de repente mirándolo a los ojos, sin preámbulos-. ¿Qué coño ha pasado antes y quién cojones era ese tipo? 
-No quieras saberlo, Mario. En serio. Son cosas mías. Nada importante o que no pueda arreglar yo solo -lo dijo en un tono tan neutro que lo único que logró fue incrementar mi curiosidad.
-¿En serio? -insistí-. ¿Estás seguro de que es algo que puedas arreglar tú solo? Porque a mí no me ha dado esa impresión. Que yo sepa, ese viejo amigo, como tú lo llamas, no es de los que suelen pasar por El Traste. 
-Escucha, Mario. Lamento la escena y lamento que te pudieras llevar una impresión extraña o equivocada de la situación... -me dijo con la voz apagada. 
-No me he llevado ninguna impresión, Ray -lo interrumpí-. Ni equivocada ni cierta. De hecho, estoy esperando a que me expliques lo que ha pasado antes para saber de qué coño va todo esto. Llámame entrometido, pero tengo la mala costumbre de preocuparme por mis amigos. 
-Entiendo que te preocupes porque eres escritor y en tu cabeza se permiten ciertas paranoias e irrealidades -me dijo en tono de burla, sonriendo de una forma en la que dejaba claro que ni a él mismo le parecía gracioso ese comentario-. Pero olvida lo que viste y no les des más vueltas. Sólo era una persona a la que hacía una vida que no veía. Nada más. (Págs 32-33)

-Bueno, pues eso -continuó-. Resulta que esta mañana, mientras desayunaba, no me podía creer lo que estaba leyendo en el maldito periódico. El cabrón de Mario está en Madrid... 
-Vivo en Madrid, Jotas -interrumpí-. Nos hemos escrito al menos veinte o treinta cartas estos últimos años. 
-Lo sé, Mario -pareció molestarse-. Pero sólo tenía el número de un apartado postal que me facilitó tu madre después de que la pobre mujer se rindiera tras mi insistencia enfermiza. No sé si sabes que estuve dándole el coñazo durante un año entero, día sí y día también. Antes, lo recordarás, cuando estuviste viviendo en París y en no sé cuántos sitios más, para escribirte tenía que darle las cartas a ella. Creo que ni los presos políticos pasan tantos trámites y filtros para recibir su correspondencia. 
-No estoy orgulloso de eso, Jotas -le dije resignado-. Pero créeme, tenía mis motivos. 
-Bueno, eso ahora da igual -volvió a cambiar el tono como por arte de magia, restándole importancia a los reproches guardados durante tanto tiempo en los bolsillos de su memoria-. El caso es que esta ciudad es demasiado grande como para buscarte puerta por puerta. Además, tú tampoco querías que lo hiciéramos, ¿no es así? Me refiero a Lucía y a mí. Y lo hemos respetado. 
-Y yo lo agradezco -le confesé-. Ya te he dicho que tenía mis razones. Quizá algún día pueda contártelas. Sólo te digo que sé que me entenderías. 
-Entre amigos, las explicaciones sobran -me dijo como con ganas de cerrar ese capitulo-. Ni yo te las he pedido ni pretendo que tú me las des. No te he llamado por eso. (Pág. 87).

El estilo en general es plano, una prosa verborreica, que cuando aspira a ser sentimental se vuelve cursi y relamida, y cuando quiere ser filosófica no es sino pretenciosa y banal. Se empeña Betancor en explicar cuando solo debería mostrar, y en ocultar todo lo que valdría la pena leer. Uno se aburre y se vuelve a aburrir cuando la historia pretende estar llena de sueños, ambiciones, misterios y peligros. No hay mundo tras las frases y los párrafos, no hay vida ni color. No hay, triste es escribirlo, literatura con sentido artístico.

Con ánimo generoso, se la puede considerar una novela de principiante, que quizá case bien con lo que es, una primera novela. Es de desear (y de esperar) que el autor haya enmendado sus numerosos errores y, sobre todo, su enfoque en las otras dos novelas de "la famosa trilogía". Yo, en esta, me he rendido en la página 107 porque la vida se escapa y a estas alturas hay que saber administrar los esfuerzos. Mejores novelas aguardan sobre la mesa, sin duda.



P.D. He encontrado estas dos reseñas, por si quieren leer otros puntos de vista: Aquí, aquí. Y la presentación de Santiago Gil, aquí.