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lunes, 9 de enero de 2023

'Nunca preguntes su nombre a un pájaro', de Andrés Ibáñez

Andrés Ibáñez, para mí, no ha sido más que un nombre. Más bien, un nombre y un apellido que firmaron unas cuantas críticas magníficas (eso me pareció en su momento) en el suplemento cultural del ABC. Es imposible que sea así, pero fantaseo con frecuencia con la posibilidad de que de los artistas y literatos solo supiéramos eso: un nombre y un apellido (tal vez, dos). Digo que es imposible porque en nuestra sociedad del espectáculo, extremadamente competitiva, esa posibilidad no se toma en consideración, y si surge es por motivos espurios, relacionados también con la promoción de una carrera, de una obra (como el caso de los tres escritores que se ocultaban bajo el nombre de Carmen Mola). Resulta imprescindible acompañar el mensaje, el texto, la obra, con una cara, con una foto y su entrevista, empeñados como sociedad en ver en todo/a artista una luminaria, un faro iluminador de certezas, o, como mínimo, una confirmación de nuestros puntos de vista y de nuestras supersticiones. A veces, un artista puede convertirse en un intelectual, cierto, pero no es una relación necesaria.

 Me sobra, siempre, la fanfarria del espectáculo. Hoy en día, además, con Internet, se exacerba esta promiscuidad, esa cercanía cuyo carácter forzado resulta demasiado evidente. En el mundo de la literatura, hasta los mismos críticos se se dejan encarnar en fotos, en entrevistas, en declaraciones altisonantes sobre su propia obra, profieren elogios de sí mismos que habrían causado vergüenza ajena en otras épocas, no mejores, pero sí más pudorosas. No se resignan a la simple sombra, quieren ser el espantapájaros en la tierra sembrada, el cenador en el jardín, la veleta en el campanario. 

Un nombre y un apellido, tal vez dos, es todo lo que necesitamos, en realidad, para una novela, un libro de poemas, un cuadro, una escultura o una instalación.  Tal vez, ni siquiera. "¡No quiero conocerte!", exclamo, para salir del estupor.

Pareciera que en este mundo de apariencias, de hechos que devienen fantasmagoría, de realidades evanescentes, de trampantojos mediáticos, necesitamos aferrarnos a la imagen, si no a la carnalidad, a la presencia física para dar consistencia al arte y a la política. Seguimos buscando al líder de masas en el representante político, al gran hombre (o mujer), al mesías, al pastor de los corderos, igual que nos esforzamos por encontrar en el artista al sacerdote, al brujo, al hechicero, al mago, curiosamente en una sociedad en la que el arte se piensa, sobre todo, como mero consumo, devenido mercancía, y la mayor parte del tiempo solo mercancía; y la política como espectáculo galvanizador de emociones, y solo emociones. Arte y política como punto de fuga de una sociedad de clases medias que, de no preguntarse por sí misma, por su razón de existir, añora un pasado en el que no existía creyendo que así encontrará un lugar en el futuro. 

Al final, toda esta galería de vanidades, toda esta excrecencia que es el mundillo del arte se derrumbará y sus fragmentos no serán sino cáscaras huecas que generaciones posteriores pisotearán ajenas a los chasquidos de su inanidad.

En mi caso, prefiero ir al encuentro de las creaciones artísticas como si me dispusiera a experimentar un rito de paso, incluso con escarificaciones, si es menester. No me resigno a ser solo espectador, fila y columna de la butaca, simple acumulador de datos culturales para la posterior exhibición de la distinción. Qué aburrimiento, qué desesperanza.

Todo esto viene a cuento, sin venir a cuento, de la novela de hoy, Nunca preguntes su nombre a un pájaro, de Andrés Ibáñez.




Es esta una novela sorprendente: al principio, podemos pensar que es la historia de un escritor -un tal Horst- atormentado que se ha aislado voluntariamente en una casa grande en un valle remoto en Delaware (Estados Unidos, costa este), luego, tal vez, sospechamos que sufra algún tipo de psicosis. Cuando estamos asentados en ese escenario, la novela se transforma en una historia, un tanto desleída, de terror y misterio, como alguna de Stephen King (al que menciona, por cierto, y cuyas tremendas descripciones de los paisajes de Nueva Inglaterra recuerdan a las de Andrés Ibáñez en esta novela) o de John Connolly. 

Al final de todos estos avatares, la novela puede leerse simbólicamente, como una alegoría: la elección entre la vida o la muerte, entre la dignidad y el éxito, entre el amor y el egoísmo. Una elección mefistofélica que no termina de cuajar argumentalmente, por mucho que la lectura sea placentera la mayor parte del tiempo y se lea con interés. Es decir, para precisar, la novela, si nos enfocamos en el estilo, está muy bien escrita, con escenas a un grandísimo nivel. Subrayaría las descripciones del entorno rural y el barruntar interno del personaje principal cuyo recorrido angustiado es la base de esta novela, escrita en tercera persona, muy pegado al protagonista, en estilo indirecto libre. Pero le falta algo para terminar de ser convincente.

No están tan bien delineados los personajes secundarios -ni siquiera, en mi opinión, el personaje malvado-, y los diálogos no son lo mejor que haya leído. En alguna ocasión, rozan -sin alcanzarla- cierta banalidad que baja un punto el tono de la obra. Las diferentes esferas del mundo inventado de Nunca preguntes su nombre a un pájaro las siento distantes entre sí: Eva, la mujer de su hermano, Clive; Winslow Patrick, el escritor muerto en cuya casa vive alquilado Horst; el vecino pescador de anguilas, Willard; la suspicaz vendedora de libros y la leyenda local de la que emerge el Rey Amarillo, también llamado Matt Signorelli, y su amigo el indio, Kenny. Las partes confluyen, pero no consigue Ibáñez crear un conjunto armónico y de lógica necesaria. Los sucesos parecen ocurrir un tanto por que sí. En este sentido, repito, la novela se revela imperfecta.

Podría reprocharse, además, que el clímax argumental carece de la densidad narrativa que habría merecido. Le falta a la historia mayor contexto, mayor profundización genealógica de los personajes y del entorno para que hubiera sido más verosímil, tal vez más aterradora la encrucijada que se le presenta a Horst.


¡El viejo Winslow Patrick! Era asombroso cómo los autores de su generación, incluso aquellos que tenían una obra comparativamente breve y poco ambiciosa, habían logrado causar tanto revuelo. Ahora las cosas eran más complicadas, el mercado se había vuelto loco, la literatura se había llenado de géneros que lo devoraban todo y que creaban extrañas tribus de lectores mutuamente excluyentes. Escribir es matar, le había dicho Patrick mostrándole un faisán con un agujero de bala en el pecho. ¿Esto era algo que hubiera dicho Hemingway? Su amigo Ohle le recordó que Heimito von Doderer había dicho algo parecido alguna vez: que para ser escritor es necesario haber matado, aunque Heimito se refería a la Primera Guerra Mundial y no a disparar a los pájaros. Pero lo que había dicho Patrick era diferente: algo más crudo, quizá, aunque quizá se tratara de una simple metáfora. ¿Matar qué? ¿Matar a quién? (Pág. 17)

 

El Delaware traza una amplia curva entre masas de bosque, y no es tan ancho por allí como se hará unas millas más abajo, donde se abre en brazos e islas. Tampoco es un río muy profundo. Un río joven, espléndido en su urgencia plateada, sonoro como un palo de lluvia amazónico, del color metálico y argentéreo de las nubes. Horst descubre enseguida al viejo Willard casi en el centro del río con el agua por encima de la cintura. Lleva un traje impermeable y una capucha de marino, y se afana moviendo piedras, las oscuras lajas de pizarra del fondo del río, con las que lleva desde el verano construyendo una trampa para anguilas. Visto desde la altura a la que se encuentra Horst, el trabajo de Willard en medio de la soledad de la naturaleza tiene algo de épico, la grandeza intimidante de un monumento neolítico. El viejo marino de largas barbas blancas, tocado con su largo capuchón de lona calafateada, le recuerda a uno de esos sombríos personajes de Melville. Un patriarca en medio de la soledad. (Pág. 28)


-Tienes que tranquilizarte, muchacho -dice el viejo-. Te veo muy alterado. ¿Estás metido en algún lío, Horst? 

-No lo sé, la verdad -dice Horst. 

-No es bueno andar metido en lío -dice Willard rascándose la barba con gesto pensativo y abandonando, por el momento, su cesta-. Te lo dice un experto en el tema. 

-A veces los líos le buscan a uno -dice Horst. 

-Eso no es cierto -dice Willard-. Nunca es cierto. 

-¿Eso no es cierto? 

-Si tú crees que es cierto, entonces será cierto. Tú has estudiado en la universidad, no eres un batracio ignorante como yo. Pero en mi experiencia uno siempre se busca los lío en que se mete. Oh, sí, por Golly. Y con poderosa constancia y tesón, además. 

-Es simplemente un tipo que se presentó ayer en mi casa. Un tipo raro, nada más. 

-Entiendo -dice Willard frunciendo el ceño como haría un matemático al enfrentarse a un enigma insoluble. 

-No me gustó su aspecto, y me pregunté si acaso tú no le habrías puesto los ojos encima alguna vez. O si habrías oído su nombre. No sé si es de por aquí. 

-A lo mejor es el Rey Amarillo -dice Willard riendo. 

-¿Cómo dices? 

-El Rey Amarillo. 

-¿Qué es eso del Rey Amarillo? -pregunta Horst sintiendo que el terror le invade de nuevo. 

-Vive en lo más profundo del bosque. Allí en algún lugar, hay un túnel profundo o mejor, no, mejor dicho, un pozo profundo, muy profundo, y en lo más hondo de este pozo hay una cueva subterránea donde se encuentra la ciudad de Carcosa. El Rey Amarillo es el rey de esta ciudad subterránea, y de vez en cuando asciende por el pozo y asoma su cabeza por nuestro mundo. Pero es fácil reconocerle, porque tiene una cornamenta amarilla. Tiene cuernos, como un ciervo. Cuernos amarillos. (Págs. 104-105)

 

 Los escritores no son grandes leones dorados de la llanura, le dice entonces a Winslow Patrick. Los escritores son los antílopes. Son el feo ñu que regurgita su bolo de hierbajos mientras se gira a todas partes, el extraño okapi fucsia y anaranjado que mordisquea amargas hojas de acacia y dobla su largo cuello con miedo a ser descubierto en la sombra donde se oculta. Son el conejo aterrado, la liebre que eriza sus orejas ridículas en medio de las altas hierbas salpicadas de corimbos y oscuras mariposas. ¿Qué es lo que une a Kafka, a Hawthorne, a Poe, a Proust, a Carver, más que el terror profundo y cerval al acto de estar vivo, a la necesidad de esta ceremonia continua de exposición y desafío que ninguno de nosotros ha elegido, a este despliegue de trofeos de caza en el que ninguno de nosotros firmó para participar? No valemos para el servicio, no somos aptos, pero a pesar de todo nos hacen soldados, nos envían al frente. (Pág. 112)

 

Es, como dije al principio, una novela sorprendente, aunque tal vez mejor sería aplicar el adjetivo desconcertante. Guarda esta obra el germen de una novela grande pero tengo la impresión de que la estructura que Ibáñez ha creado aquí no está a la altura de su estilo, con frases y párrafos magníficos. También tiene la capacidad de devolvernos el placer de leer una historia -lo que en muchas ocasiones echo en falta en otras narraciones de autores afamados- y de asomarnos a lo perturbador de la naturaleza como entorno y del laberinto espeluznante de la psique -alma- humana, y de la interacción entre ambas. Una interacción fatídica, desde luego, que me recuerda tanto a Joseph Conrad como al ya mentado Stephen King. 

Para finalizar, Nunca preguntes su nombre a un pájaro, pesar de sus imperfecciones, es singular y muestra a un gran escritor: merece ser leída. Hay muchas novelas inferiores a esta que han gozado de mucha más fanfarria mediática, pero esa es la historia de siempre. Como dice Horst: "La vida de un escritor es una sucesión de humillaciones".


 





martes, 22 de junio de 2021

'Paraguas rotos', de Luis Alberto Henríquez Hernández

No sé si es buena noticia, pero el ritmo de las publicaciones y presentaciones literarias está adquiriendo vigor pre-pandemia. Hace unos meses, nuestro añorado Emilio González Déniz publicó una novela que ya han elevado a los altares y más arriba, y unos días atrás, nuestra estrella local, Alexis Ravelo, sacó la número tropecientas de su personaje favorito (también le han hecho la oportuna entrevista jabonosa, a cargo de un hombre experto en esos menesteres espumosos). Las/os seguidores/as de ambos estarán contentos, consumirán sus novelas y harán loas a su maestría, a su bonhomía, a su pedagogía y a cualquier cosa que termine en -ía, etc. Hasta aquel buen hombre cuyas dotes de reseñador hagiográfico dimos cumplida cuenta como Jesús Ibrahim Chamali ha roto aguas con un libro de relatos. A buen seguro, por otro lado, que Santiago Gil estará preparando alguna cosa lírico-existencial de las suyas en la intimidad de su gabinete, indignado porque todo el mundo publica y él ya hace más de un mes que no. 

Como dicen algunos amantes de la Cultura con mayúsculas, que se publique mucho es positivo porque se crea patrimonio. Así, todo lo que tenga que ver con la Cultura es bueno porque es bueno si es Cultura, y viva la tautología; además, se ponen en valor la creatividad, la diversidad, la intertextualidad y demás conceptos fetiche. Ya saben que, para muchos, la Cultura, entendida como el disfrute de lo que les guste, nos hace mejores (en sentido moral e intelectual) y nos diferencia, por ejemplo, del plancton. 

Si a uno le gusta el teatro, pues entonces el teatro es la quintaesencia de la humanidad y el escenario es un espejo de las pasiones, crítica de la sociedad y venga con la catarsis; si a uno le gusta la ópera, pues nada a repantingarse en la butaca disfrutando de formar parte de una minoría selecta y exquisita, amante de los gorgoritos y de ponerse en pie a aplaudir, como si no hubiera mañana, a quienes se les acuse de abusar de mujeres; si a uno, en fin, gusta de leer versos o, peor aún, de escribirlos, no solo se regocijará al punto de la excitación por integrar la minoría de las minorías (lo cual proporciona el summum de la distinción) sino proclamará a los cuatro vientos la necesidad de la poesía para el feliz desenvolvimiento y progreso de la especie humana a pesar de estar formada de madera tan retorcida. Lo mismo puede aducirse para el ballet, los cuartetos de cuerda, la pintura, las instalaciones, los vídeos por ordenador, los grafiti o cualquier cosa que quepa imaginarse que se le etiquete como arte, y, mejor, si ha logrado ser aceptada en un museo o alguna institución de prestigio que la legitime. La que sea.

En realidad, resulta habitual proclamar como lo mejor o lo necesario a lo que uno se dedique o aquello por lo que uno sienta pasión o vicio. Cuando leemos, o lo intentamos, a Dulce Xerach, nos resulta meridiano que Xerach hipostasia la arquitectura: todo tiene que ver con la arquitectura, a los/las arquitectos/as no se le escucha bastante y la sociedad debería comprender su importancia, so pena de hundirse en la abyección. Cuando leemos la entrevista (casi a diario) en cualquier periódico local a un/a empresario/a o dirigente patronal, diríase que la humanidad carecería de sentido sin el liderazgo y la clarividencia de las personas empeñadas en sacarle partido a su capital y la plusvalía a sus trabajadores/as. Si uno/a es periodista, pues qué sería de la democracia, de la sociedad, y de la capa de ozono sin el periodismo, ya sea de investigación, ya de corta y pega. Y así con todo.

Lo señalo porque es un sesgo este que deberíamos tener en cuenta a la hora de blandir juicios y exhibir dogmatismos, a lo que somos tan dados los seres humanos y, dado el espacio del que nos ocupamos aquí, los aficionados y malvividores en distinto grado de la Literatura, del Arte y de todas esas cosas por las cuales hasta los más acendrados defensores del libre mercado piden hasta el hartazgo subvenciones a los poderes públicos.

Dicho lo cual, pasamos a una colección de cuentos publicada y presentada hará escasamente un mes o así: 


Ediciones Garoé, que conste.

Paraguas rotos es un conjunto de relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández cuyo leitmotiv es la idea de aniquilación, pero, por encima de todo, de la aniquilación propia. La mayoría de los relatos acaba con el protagonista, narrador en primera persona, enterrado o encerrado. Todo muy mal. Esto en sí no es ni positivo ni negativo: el autor tiene una concepción pesimista de la existencia que lo lleva a concluir sus historias de modo funesto. Lo que es negativo a mi entender es el tremendismo verbal que le lleva a decir en cinco frases lo que se puede en decir en una, sobre todo si tiene que ver con la corrupción o el desmembramiento. En cierto sentido (muy tangencial), me recuerda a Thomas Bernhard, aunque sólo en el concepto. Si uno lee al escritor austriaco, la misma palabra "aniquilación" está presente en casi todas las novelas, y, en muchas, escrita con profusión. Esa idea de acabamiento, de castigo de uno mismo, de llevarse al límite me parece que también está en los relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández, aunque en este caso, más como un acto de contrición de consecuencias físicas. Las similitudes acaban ahí, claro.

La estructura de los relatos es lineal: algo mueve al protagonista a iniciar un viaje (más corto o más largo), se envuelto envuelto en la bruma, la confusión y las alucinaciones fantasmagóricas y, finalmente acaba, por lo general de modo bastante abrupto, por no decir precipitado, de la peor manera. En este sentido, el lector a partir del segundo relato comienza a esperar que algo fatídico va a ocurrir de forma inevitable, pero ese sentimiento no logra generar más que cierta impaciencia, fomentada, además, por la tendencia del autor, como hemos dicho, al relleno verbal de naturaleza redundante. 

Por otro lado, en numerosas ocasiones, los símiles que emplea el autor si no son tópicos, se me antojan impertinentes, en los que semejanza entre los objetos comparados es tan lejana o arbitraria que la lectura se ve sacudida por la extrañeza, en el mejor de los casos, y por el rechazo, en el peor.

Pero esa noche el descanso me fue negado. Los remordimientos y el horror se lanzaron sobre mis sueños como una jauría de lobos negros sobre un cordero abandonado, sumiéndome en una vorágine de oscuras alucinaciones de las que no fui capaz de despertar. Asistí con pavor al proceso de descomposición del cuerpo de mi padre. Le vi hincharse como un sapo en celo. La expresión de su cara se deformó hasta el límite de sus tejidos y, a continuación, se abrió en canal y soltó una marabunta de gusanos y la larvas de insectos variados que se retorcieron unos sobre otros mientras luchaban por un pedazo de carne muerta de mi padre. La arcada ascendió hasta mi garganta sin náusea previa, una contracción espasmódica del estómago producida por aquella nauseabunda visión. Notaba cómo el azufre se combinaba con el hidrógeno y saturaba mi centro olfativo de un olor putrefacto y vomitivo. Acto seguido, el viejo fue licuándose. Tomó un aspecto húmedo, ambarino, absolutamente repulsivo. Sus labios aparecían inflados y retraídos, mostraban una sonrisa siniestra a través de la cual asomaban lombrices blancas y voraces (...). (Págs. 16-17, relato Los muertos también lloran)

 También, algún error causado por la homofonía como "desecha en lágrimas" (en vez de deshecha) (Pág. 49, del relato Que Dios me perdone), que un/a corrector/a atento debería haber corregido (en el caso de que esta novela haya contado con un profesional así). Seguimos:

Divagaba, conversando conmigo mismo, cuando me di cuenta de que a mi alrededor solo había árboles. Los troncos se cerraban unos al lado de los otros, como si fueran una legión de dacios a las órdenes de un emperador cruel. Mantuve la calma. Agucé el oído intentando localizar los sonidos humanos del pueblo para así poder orientarme en el bosque. 

Nada. 

Una brisa ligera movía las ramas y las hojas, y arriba, entre las copas de los árboles, los cuervos graznaban a la montaña avisando de la presencia de un extraño. No me atreví a dar un paso más. Tuve la sensación de que el bosque se estrechaba en torno a mí y me susurraba palabras que no comprendía. La niebla, escasa hasta hacía un rato, comenzó a arremolinarse a mi alrededor. Densa. Una violencia pasiva que me puso alerta. (Págs 53-54, relato Que Dios me perdone)

 

La ciudad me había recibido sin ninguna emoción particular y dándome una cachetada helada en la cara. Corría el mes de noviembre y en esa latitud del planeta, la metrópoli se comportaba conmigo tal y como haría una amante despechada que se viera traicionada por la presencia de una segunda amante. Aun así, sus encantos eran evidentes y destacaban incluso bajo el manto oscuro de la noche de mi llegada. Antes de irme a dormir, una vez alojado en el hotel, había repasado mis escasas notas preliminares y puesto en orden la secuencia de trasbordos que realizar en el transporte público subterráneo para llegar, a primera hora de la mañana siguiente, a la cita con Jacques. (Pág. 61, relato Sofocado)

 

En este mismo relato, el autor compara en apenas una páginas a los vagones del metro como "un pulmón de metal herrumbroso y agotado, insuficiente y disneico (pág. 66), "El tren me recordaba a un buceador" (misma página), "En lo que el tren se llenaba de nuevo y arrancaba, la mayoría de la corriente humana de la que formaba parte se había salido del apeadero. Como si hubieran vaciado la cisterna de un baño público" (misma página). Asimismo, los seres humanos que se desplazan por el subterráneo son "magma humano" (pág. 66), otras como "una familia de hámsteres" (pág. 67), o "una masa informe de individuos" (Pág. 68), "Hormigas atareadas" (misma página) o "cucarachas guiadas por antenas invisibles" (pág. 70). También, más adelante: "Atravesé la marabunta de gente que había en el mercadillo. Gusanos atareados que se acumulaban en torno a un cadáver en descomposición" (pág. 214, en el relato Reflejos macabros). Aparte del exceso de símiles y metáforas, la impresión que obtiene el lector (o lectora) de la visión de los seres humanos del autor es desconsoladora, y también un poco antigua, es decir, esa visión de la masa descerebrada, de reacciones animales, tan en boga en las primeras décadas del siglo XX en autores, entre otros, como Le Bon y Ortega y Gasset, y que, de cuando en cuando, asoma entre aristócratas del gusto, poetas laureados y políticos mezquinos por la que se niega humanidad a la humanidad.

Asimismo, aun a riesgo de ofrecer una interpretación también un tanto extrema, ese protagonista narrador en primera persona de los relatos, que apenas se relaciona con los demás, como una mónada encerrada en sí misma y la mayor parte del tiempo hostil con otras mónadas que aparecen en su discurrir, podría considerarse una metáfora del ser humano de nuestro tiempo, arrastrándose penosamente bajo el peso de un capitalismo de última hornada que sigue presionando con fuerza para destruir todo lo comunitario con el fin de apropiárselo y convertirlo en objeto de compraventa. También, para transformar a la sociedad en una constelación de individuos que solo se relacionen con los demás a través del mercado. Individuos aislados, fácilmente mensurables y etiquetados, en un entorno social degradado y en un contexto laboral cada vez más precarizado. Frente a ello, una consecuencia posible es la angustia de ese ser humano solitario y desamparado y, como dijimos, las fantasías de aniquilación propias y de los demás, algo que en el plano político suele venir entroncado con la aparición de movimientos de extrema derecha que se nutren del resentimiento, sobre todo, de lo que antes se llamaba pequeña burguesía y hoy, clase media.

En en estos relatos, la angustia está travestida con el ropaje de lo fantasmal y con el de la psicopatía y la locura. Sigamos con las citas:

Creo que me estoy volviendo loco. No es algo progresivo que hubiera estado gestándose como una enfermedad bacteriana. Ni poco a poco, como dice la canción o como ocurre cuando se tiene una erección por cortesía. No. Ha sido de repente. De sopetón he sabido, tan lúcida y cristalinamente como se refleja el sol en las pupilas dilatadas tras una noche de excesos, que mi cerebro no es como lo recordaba. (Pág. 79, del relato Rompecabezas, comecocos y otros juegos de la mente)

Como si mi cerebro estuviera hecho de piezas, miles de pequeñas piezas que encajan delicadamente para formar un complejo rompecabezas en tres dimensiones. (Pág. 84, del mismo relato)

 

Podríamos seguir con esos símiles fallidos: "como un panal fabricado por abejas obreras asalariadas por la parca" (pág.109, en Luto), o "le hice un aspaviento con la mano libre, como quien espanta las moscas que se alimentan de un trozo de carne podrida" o "la oscuridad se adueñó poco a poco del entorno, como el metal que se estrecha en torno al cuello de un condenado a morir a garrote vil" (pág. 174, en Copilul bisericii negre) o tópicos como "radiante como la luz al final del túnel" (pág. 109, Luto) o "Plana como la línea de un encefalograma plano en una sala de autopsias" (pág. 143, en Conciencia expandida). Dejémoslo ya.

En fin, estos relatos no pueden leerse como si su intención fuera causar miedo. No son cuentos de terror, propiamente dichos. La sangre a borbotones y los desmembramientos, así como los escalofríos y la lividez y el sudor frío no bastan. Recordemos, a este respecto, aquella novela de Leandro Pinto, Abismo, que adolecía del mismo defecto. El miedo que puede causar la lectura de Drácula, de Bram Stoker (objeto, por cierto, de una aguda lectura sociológica por Juan Carlos Rodríguez en La norma literaria) o en algunas de las mejores novelas de Stephen King no está al alcance de cualquiera, me temo. Más bien, repito, me parecen el trasunto de una necesidad de expiación o, al menos, de válvula de escape de las inquietudes del autor, cualesquiera que sean éstas.

EN DEFINITIVA, la impresión general de este volumen es la de un desahogo verbal, con algún relato que apunta maneras, a pesar de sus evidentes defectos, como, sobre todo, Sofocado, con su particular versión del flâneur, o también Luto y Reflejos macabros. Hay algo de literatura envejecida, de temática resobada, incluso fosilizada, no solo en los temas sino también en el estilo que hacen desdeñable este conjunto de narraciones. 

Resulta evidente que el autor ha querido escribir, y lo ha hecho con pasión, pero es dudoso que lo escrito es algo que él mismo hubiese deseado leer. Más bien, resulta una especie de terapia que si no hubiese tomado la forma literaria, habría sido darle puñetazos a un saco de boxeo o tirarle piedras a una galería de cristales para provocar el mayor estrépito posible. No dudo que Luis Alberto Henríquez se haya quedado a gusto. El problema es que el público lector, quizá, no. 

No obstante, y llámenme soñador si les apetece, creo que Luis Alberto Henríquez tiene algo, que limado, pulido y trabajado, podría transmutarse en historias dignas de atención. En principio, le aconsejaría abandonar la truculencia, quizá el género del horror; contenerse en el flujo verbal, estructurar mejor sus narraciones sin dejarse dominar por la impaciencia, y no cejar en el refinamiento del estilo. 

Ahí queda eso.



P.D. Otra reseña, más elogiosa que la mía, pero, eso sí, un tanto desganada, aquí.










miércoles, 26 de julio de 2017

'Rey de Picas', de Joyce Carol Oates

A este paso, público lector, acabaré reconociendo que las reseñas que me producen mayor satisfacción son aquellas en las que más me extiendo sobre mis gustos y manías particulares, en vez de la novela en sí. Otro asunto es que ustedes, lectores, coincidan conmigo. Pero eso ya lo decidirán, si es posible, en público y con aspavientos que no dejen lugar a la duda. Así, por ejemplo, leer a Val McDermid, anteriormente a Jim Thompson y ahora a Joyce Carol Oates, produce sensaciones e impresiones bien distintas aunque, aparentemente, todos sean escritores, al menos a tiempo parcial y con contrato en diferido, de novela negra. Aquí entraríamos de nuevo en el espinoso asunto de los géneros, su definición y delimitación. Ni siquiera en todas las novelas hay cadáveres, como en Hijo de la ira (bien es cierto que se muere un bebé, aunque accidentalmente). ¿Es novela negra Hijo de la ira? ¿Sí? ¿No? ¿Nunca lo fue y soy un ignorante? ¿Nos importa un comino, a fin de cuentas? 

En todo caso, en Literatura, lo que importa no es el género de la novela, precisamente, sino otras cosas, como el placer que nos produce la lectura, la sensación de encontrarnos con algo singular, extraordinario, que parece hablarnos a nosotros personalmente, también la fuerza y la belleza del estilo de la escritura en sus casi infinitas manifestaciones o la inteligencia, el ingenio y la sensibilidad en el desarrollo del argumento de la novela y en el despliegue de la trama. Esas obras que, al mirar atrás, siguen brillando en la bruma equívoca de los recuerdos. Esas novelas que exploran regiones antes desconocidas para nosotros, que ponen palabras a intuiciones apenas formadas, a sentimientos turbios, a veces enigmáticos, que estaban aún por descifrar, esos acontecimientos humanos que parece que ya no se pueden nombrar de otra manera, esos personajes en los que cuaja, valga la paradoja, la realidad, pese a no ser reales. Ese mundo ficticio autocontenido, autorreferencial que, sin embargo, y es otra paradoja, se crea a base de referencias a la realidad, como bien señala Eagleton.

Y, bueno, sirva lo anterior para presentar la reseña de Rey de Picas, de Joyce Carol Oates. 






Rey de Picas es, a mi entender, y creo que soy original en este punto, una sátira de la novela negra y del escritor de misterio norteamericano, a más señas y en la tipología sociológica anglosajona, hombre y blanco (y protestante, vamos, lo que suele resumirse por WASP). Además, toma como modelo las novelas de Stephen King, no tanto en su elementos fantasmagóricos y sobrenaturales como en su tendencia a presentar como protagonista de sus novelas a un trasunto de él mismo y en ciertos rasgos estilísticos, como ese recurso a la cursiva un tanto desmedido. No soy un admirador incondicional de King, pero me vienen a la memoria, por ejemplo, Un saco de huesos o, claro, El resplandor. Que no sea fan de King no significa que lo desprecie o algo parecido. Me parece un escritor extraordinario. Sencillamente, nunca tuve ánimo para seguir el paso casi vertiginoso de su producción. Su Mientras escribo me parece, por cierto, muy interesante. La reflexión que allí hace sobre la génesis y proceso de su escritura me resulta más reveladora y sugerente que, por ejemplo, el De qué hablo cuando hablo de escribir, de Murakami, por hablar de otro autor famoso-superventas.

Joyce Carol Oates es mujer, lo que en este caso no es baladí: aprovecha la novela para cargar contra los clichés, no solo literarios, de la novela negra en su país. Así, el personaje principal y narrador de la historia, Andrew J. Rush, es el escritor norteamericano de éxito (aunque no tanto como Stephen King), satisfecho de sí mismo y de lo que ha conseguido, con su vida aplacible y su familia al uso. Su némesis está representada por una mujer entrada en años, C. W. Haider, al parecer bastante desquiciada, que se dedica a demandar a todos los escritores famosos como al mismo Stephen King, o a John Updike y otros, por haber plagiado, cuando no robado directamente, colándose en casa, su propia obra. Por lo que se cuenta, esta mujer intentó desarrollar una carrera literaria propia, pero, aunque sigue escribiendo, jamás alcanzó éxito alguno. Es evidente que la vieja está chalada, pero a medida que el protagonista comienza a indagar en la vida de esta mujer, las cosas comienzan a no estar tan claras.

Por otro lado, Andrew lleva una doble vida, literariamente hablando. Con un pseudónimo (sí, Rey de Picas), escribe otras novelas, que se alejan mucho de las que publica con su verdadero nombre: estas son prístinas e inteligentes novelas policíacas en las que siempre se cumple el ideal de justicia poética. Las de Rey de Picas son, por lo que se deduce, más aviesas, más siniestras, más gore, con una perversidad que llega a producir repugnancia. Sin embargo, aunque alejadas de las cifras de ventas de de Andrew J. Rush, Rey de Picas no deja de ganar lectores. 


A todos esos esnobs, intelectuales de la literatura, que se burlan de las restricciones de nuestro género (incluida mi querida hija Julia, a quien adoro), les resultaría muy difícil escribir una novela de misterio que tuviera éxito: una novela en la que se persiguiera al mal hasta echarle el guante y acabar con él; y en la que se alcanzara una conclusión clara y sin ambigüedades.Los finales de las novelas de Rey de Picas eran más crueles que los de Andrew J. Rush, al ser al mismo tiempo más primitivos. había demasiada maldad derramándose sobre todas las cosas como para que fuese posible limpiarla sin dejar rastro, y en la mayoría de los casos moría todo el mundo o, más bien, se mataba a todo el mundo.


A mi entender, Oates no ha pretendido escribir una novela negra como tal, sino, en principio, algo más interesante: escarnecer las convenciones sociales y literarias del mundillo literario y editorial y señalar la discriminación a la que se ha sometido a las mujeres que pretendían progresar como artistas. No es suficiente con una habitación propia, al parecer. Esta discriminación la sufre no solo C.W. Haider, sino también la mujer de Rush, Irina, de talento superior al de su marido, pero cuya producción fue desdeñada por las editoriales y tuvo que resignarse a ser la revisora de la obra de Andrew. En cierto momento, tras años de frustración le llega a acusar de haberle robado las ideas


La señora Haider estaba cada vez más fuera de sí. La boina se le había caído y su aire de superioridad se desvanecía. El juez Carson, cuya actitud cortés la demandante no había agradecido, dándola por sentada, no se mostraba ya tan indulgente y la interrumpía utilizando el mazo y retirándole repetidamente la palabra, insistiendo en que permitiera hablar a Grossman. La señora Haider, sin embargo, parecía incapaz de dejar argumentar al abogado, como si estuviera poseída por un demonio:
-¡No! ¡No, no! ¡Se trata de mis escritos, señor mío! También yo soy escritora... ¡escritora en prosa y en verso! ¡Ese hombre es culpable de allanamiento de morada... durante años! Se trata de mis memorias más preciadas, su señoría, porque todo eso me ha sucedido a mí. El plagiario me arrebata los recuerdos más preciados, cosas que me han sucedido a mí y a mi familia, y las tergiversa convirtiéndolas en ficción, pero no han sucedido en absoluto de esa manera, sino que son una infame MENTIRA.


Sentí un estremecimiento de amor por mi esposa de tantos años. mi querida Irina, la que se había enamorado de "Andy Rush", tan inferior a ella, ¿cómo no se había dado cuenta? 
Durante todos aquellos años había conseguido engañarla. 
Mi carrera, no la suya. ¿Por qué Irina Kacinzk no había luchado con más convicción, por qué se había sometido a mí?


Justo con las mismas palabras con las que le acusa también, demanda judicial mediante, C. W. Haider. Dos mujeres escritoras, dos mujeres de carrera literaria frustrada, sepultadas por el trato de favor que se dispensa a los hombres. Andrew, escritor de éxito, de talento mediano, aparentemente tolerante y bienhumorado, esconde, en realidad, a un hombre cínico, jactancioso, racista, clasista y machista que teme descubrirse a cada paso que da. Es posible que todos tengamos un cabronazo dentro que pugna por abrirse paso en la vida por encima de quien sea. Rey de Picas, este otro yo del protagonista y narrador, le susurra, por decirlo así, ideas de lo más retorcidas, que se agudizarán, a raíz de la demanda presentada por Haider contra él. El protagonista experimenta algo parecido a una obsesión respecto a esta mujer, lo que desencadenará una serie de acontecimientos que no develaré para no fastidiarles.

A esta lectura podemos añadir otra más: Oates escenifica una reflexión sobre la materia prima del escritor que no solo utiliza sus recuerdos personales, sino que, como un ladrón en la noche, asalta las mentes en las que están guardados los recuerdos y secretos ajenos, sin parar en mientes ni albergar escrúpulos, incluidos (y sobre todo) los de su propia familia y amigos, para construir sus ficciones. Una tarea que para el/la escritor/escritora puede ser gratificante (y beneficiosa), pero que para quienes se ven reconocidos/as en sus obras puede no verse como un halago o un reconocimiento, sino más bien como un robo y un insulto.

No obstante, a pesar de la riqueza de las posibles lecturas que pueden hacerse de esta novela, tengo la impresión de que la escritora ha ido demasiado rápido para armar de un modo narrativamente eficiente los mensajes anteriores. En mi opinión, todo se sucede demasiado deprisa, lo que no contribuye a la verosimilitud. El comportamiento del protagonista muta con demasiada velocidad. Los acontecimientos se precipitan cuando es posible que un desarrollo algo más pausado, más matizado habría dotado a la novela de mayor equilibro, incluso habría contribuido a aposentar los distintos argumentos críticos. Por esa misma rapidez, los personajes familiares aparecen demasiado borrosos, especialmente el de su hija, filóloga, con la que podría haber profundizado en la sátira del mundillo literario y del género; e incluso su mujer, que, también en su papel de artista reprimida, podría haber tenido mayor trascendencia, apenas adquiere consistencia. El mismo protagonista, a ratos, Jekyll; a ratos, Hyde, muestra también un lado raskolnikoviano que podría haber dado más de sí. Igual de precipitado es el desenlace. Y decepcionante también, añado. Que digo yo que si alguien se ha tomado la molestia de escribir una novela bien podría preocuparse de darle un cierre digno, no cualquier cosa. 

Que se lo digan también a Ray Loriga, por favor.