Mostrando entradas con la etiqueta Christian Santana Hernández. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Christian Santana Hernández. Mostrar todas las entradas

viernes, 20 de noviembre de 2020

'Noches de naufragios', de Fabio Carreiro Lago

 Desde la última entrada del blog, se han sucedido un montón de eventos literarios, según los medios de comunicación. Para empezar por algo, los responsables de la editorial Pre-Textos han llorado y quejádose amargamente porque el agente de la última premio Nobel de Literatura ha roto el contrato con ellos. Muchos conspicuos miembros del mundillo han hecho suyo el llanto y se han solidarizado, rasgádose las vestiduras, y tal. Otras fuentes, en cambio, dicen que bien merecida está dicha ruptura por las malas prácticas de la editorial. Vayan Vds. a saber: la verdad está ahí fuera. 

Además, los responsables del Cabildo de Gran Canaria decidieron seguir gastando el dinero del presupuesto público en las cosas de la cultura para retomar un concurso literario en recuerdo de (o tomando como excusa a) Pérez Galdós (ya les avisé en su momento de que este año nos íbamos a hartar de Galdós, de panegíricos a Galdós, de hagiógrafos/as de Galdós, de comentarios cordiales a Galdós, etc.), que se lo ha llevado, o se lo ha ganado, o se lo han dado, a Santiago Gil, un autor muy querido de este blog. Si este premio se lo ha llevado una buena novela o, en cambio, otra más de las que nos acostumbra este autor, ya lo veremos cuando la publiquen, si es que algún feliz alineamiento cósmico no lo impide.

No menos importante es el Premio Cervantes, otorgado este año al poeta Francisco Brines, quien se ha apresurado a declarar en un alarde de originalidad que lo importante no es el premio, sino "la poesía". Resulta descorazonador asistir cada año al rapto de entusiasmo del literato/a galardonado, como si el pase definitivo al Parnaso lo concediese el Ministerio de Cultura o la Casa Real. Aparte del dinerillo, que tampoco está mal, aunque no suelan reconocerlo porque, ya se sabe, la cultura es cosa del espíritu y no de la cuenta corriente.

Por otro lado, un canario ha ganado otro premio, éste del enemigo público número uno de los/as escritores/as, editoriales y librerías, que es Amazon. Curiosa paradoja, sin duda. Ya sabemos que muchas personas no solo quieren escribir, no solo quieren vivir de lo que escriben, también quieren ser famosas, y no en ese orden. Cuando no haya librerías y todo lo venda Amazon, ya nos lamentaremos. También, como curiosidad, la antigua Viceconsejera de Cultura del Gobierno de Canarias, Dulce Xerach, que, además de escribir artículos bastante simplones sobre arquitectura en el cuadernillo cultural de La Provincia, escribe novelas policiacas, ha conseguido, por decirlo así, que una de ellas se haya convertido en cómic de la mano del "artista" Nebras Turdiade. Los medios de comunicación lo han considerado noticia, supongo que por lo original de la iniciativa.

Por último, se ha celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, un festival (otro) de novela negra titulado LPA Confidencial, dirigido por Mayte Martín, conocida en este blog por su deplorable novela La espiral del silencio. En este festival también participan otros autores reseñados en este blog como Alexis Ravelo, Leandro Pinto o Christian Santana, por ejemplo. Espero que a todos/as les haya ido muy bien, hayan pronunciado sesudos discursos aderezados con el oportuno chiste y que disfruten de las mieles de lo que sea que les depare el destino.

No me pregunten por qué me ha dado hoy por hacer de agenda cultural a posteriori...



En otro orden de cosas, es decir, la reseña que tanto tiempo llevan esperando, el turno le toca hoy al conjunto de relatos denominado Noches de naufragios, de Fabio Carreiro Lago, que un día vive en Tenerife, otro pernocta en Gran Canaria y otro tercero trabaja en Lanzarote: nuestro Gulliver local. No sabría decirles cómo llegué hasta él, aparte de que figura en el catálogo de la conocida editorial Baile del Sol, tan pródiga en publicaciones. El caso es que aquí estamos.

Pues bien, Noche de naufragios consta de cinco cuentos de variado interés y calidad. Los dos primeros no están nada mal, aceptablemente bien escritos, sin las habituales frases hechas ni tampoco los recurrentes cantos al yo lírico-filosófico del autor de turno. Además, los dos cuentos se leen bien, con una notable capacidad para sumergirnos en la geografía que, sin caer en la falacia patética, le otorga un contexto apropiado a lo narrado. Podría achacársele, no obstante, así al menos lo percibo yo, un deseo espurio por cierto efectismo argumental que en vez de conseguir un efecto catártico hace previsible el desenlace de los relatos. En el primero, El ángel del hogar, esto se hace evidente, debido a su brevedad, enseguida. En el segundo de ellos, más interesante, El naufragio de los sueños, cierto giro narrativo no necesario, casi al final, estropea, a mi juicio, una magnífica historia, que parte del tópico quesadiano del inglés/inglesa que viene a parar, en soledad, por esas cosas de la vida, a Canarias. 

En cambio, el tercer relato, La llave, a pesar de su inicio prometedor, se vuelve aburrido: la historia de la anciana sumida en el deterioro físico y mental, paralelo a la ruina de su caserón es, perdonen la fácil imagen, igual a la decadencia de la historia. La historia se vuelve plomiza por momentos para culminar en una relación psicológicamente desacertada de las lecturas de juventud de la protagonista, que se vuelve de lo más lúcida cuando hasta entonces habíamos contemplado y conocido a una mujer senil que confundía a unos trabajadores sociales con ángeles, que tenía basura por doquier y dejaba a las palomas volando a sus anchas dentro de su casa. Un relato fallido que merecería una revisión.

Además, se deja ver, en ciernes, una tendencia que luego se acentuaría en los restantes relatos, sobre todo en el cuarto (Cielo de verano) a ese defecto del que hemos dado cuenta en otras ocasiones: adjetivos y adverbios que se escriben solos, alegres compañeros de francachelas con sus compadres los sustantivos y verbos. Este cuarto relato, además, pretende ser una suerte de revisión amorosa de una pareja con aires existencialistas de indudable pobreza que se plasman en frases tan decepcionantes como "la vida es una carretera llena de curvas". Igualmente, esa mezcla de resentimiento sentimental con la lucha por el patrimonio arqueológico local no marida bien. Observo, además, una caída en el nivel de variedad léxica, como si aquella riqueza de los primeros cuentos se hubiera agotado.

El último relato, Hacia la isla, resulta interesante por lo que plantea, pero recae en los defectos ya aludidos de las malas compañías sustantivo-adjetivo y verbo-adverbio, tales como "mirada inquisitiva", "visitante inesperado", "miró arrobada", "besó galante" o comparaciones manoseadas como "cuello largo y delicado como un cisne", etc. Cierta pereza mental, tal vez, o dificultad en el despliegue de la capacidad lingüística del autor, quién sabe. Un cuento más trabajado hubiera pulido esos defectos y resaltado las virtudes. A pesar de todo esto, vale la pena leerlo, sobre todo por su potencialidad. Tal como está, podría complacer a un profesor de taller literario, pero nada más.

EN DEFINITIVA, me interesa el autor del segundo relato, y del último. Si aplica trabajo y reflexión a su quehacer literario, se puede concebir la esperanza de que pueda escribir una obra que valga la pena. Mimbres parece tener.


P.D. No menciono las erratas porque esa es tarea de la editorial.








sábado, 28 de diciembre de 2019

Lo mejor y lo peor de 2019

Aquí tienen, otro año más y ya van 3, la lista de lo mejor y de lo peor que he reseñado en el Polillas durante el año 2019. Lo positivo es que hay mucha más literatura de calidad que de la otra, de lo que me congratulo porque, a decir verdad, resulta una tarea harto irritante y a veces tediosa desgranar los defectos de tanta novela deplorable. 

Como sé que son Vds. algo morbosetes, a pesar del buenrollismo imperante, comenzaré por la lista de lo peor de 2019. A continuación, seguiré con lo mejor y, finalmente, como suelo hacer también, les mostraré los mejores libros de no ficción que he leído durante este año que fenece.

Vamos al lío:

LO PEOR DE 2019:

El podio ha resultado sencillo. Las tres novelas que aquí señalo han sido lo peor del año sin discusión interna por mi parte.

1) La espiral del silencio, de Mayte Martín (Ediciones Aguere-IDEA). Primera lectura del año y primera candidata a la peor de 2019. Una obra tan cargada de loables reivindicaciones y necesarias denuncias como deplorable en todos los aspectos en que se pueda analizar una novela, y hay unos cuantos. 

2) Caídos del suelo, de Ramón Betancor (Baile del Sol). Una novela que aspira a ser apasionante y que es apasionantemente detestable por caer en todos los clichés del lenguaje y de la construcción de personajes. De principiante.

3) El doble oscuro, de María Teresa de Vega (NACE). Con pretensiones de culta, intertextual y refinada, esta obra es insoportable y tediosa hasta decir basta. No la compre, no la mire siquiera, pase de largo.

MENCIONES ESPECIALES

Las siguientes obras, siendo mediocres, no suscitan tamaña sensación de devastación. Aun así, en aras de la pedagogía y, como dice Rafael Reig, "por razones de salud pública", vale la pena recordarlas: La ceguera del cangrejo, de Alexis Ravelo (Siruela). Sin llegar a hundirse en esas simas de insondable pobreza literaria y pretenciosidad pueril de La otra vida de Ned Blackbird, el autor perpetra otra novela en la que vuelve a lucir su pasmosa falta de estilo y la incapacidad de urdir una trama algo compleja sino es a base de empellones y exabruptos. Tampoco, Pacheco, de Christian Santana Hernández (Mercurio), da mucho más de sí. Es legible, al menos, aun con ese sesgo tan contemporáneo de escribir literatura teniendo en vista una película o un capítulo de serie de televisión, con todos los clichés a cuestas para que el lector/televidente no se confunda. Con A los que leen, Jonathan Allen (Aguere-IDEA) lo intenta de nuevo, y aunque el resultado es más digerible que el logrado con su anterior novela, El conocimiento, sigue poniendo a prueba la paciencia del lector sin ponerse a prueba él mismo, lo que parece un tanto injusto. Para acabar, Lazos de humo, de Ernesto Rodríguez Abad (Diego Pun): convencional es el primer adjetivo que se me viene a la cabeza. Una novela con potencialidades abortadas y un mal final la hacen olvidable del todo.








LO MEJOR DE 2019:

1) Magistral, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll & Jill). Crítica hiperbólica acerca del uso del lenguaje y acción sin compasión sobre él, el autor restriega al lector esta obra en la cara para que, a partir de su lectura, no contemple la literatura del mismo modo ni le queden ganas de hacerlo.

2) Corrección, de Thomas Bernhard (Alianza, traducción de Miguel Sáenz). Qué decir de Bernhard que no haya dicho ya en sus reseñas. Su voluntad de estilo, su capacidad taumatúrgica de sumergirnos en el mundo interior de sus personajes, un tanto delirantes y siempre obsesivos, y su discurso vitriólico e incendiario contra todo y contra todos le hacen a uno volverse casi un fan-hardcore.

3) La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori (Sexto Piso, traducción de José Aníbal Campos). Una obra grandiosa con la que el lector recorre ese mundo de ayer europeo del que escribió Stephan Zweig, atraviesa el nazismo austriaco, forzándonos a contemplar la gelidez de la muerte que anuncia, y nos hace arribar al París americanizado de los 50. Como dice Vicente Luis Mora, sólo le faltó haber sido escrita antes para convertirse en una obra maestra.

4) Momentos de la vida de un fauno, de Arno Schmidt (Debolsillo, traducción de Luis Alberto Bixio). Una mirada de un alemán, en apariencia corriente, a la sociedad nazi de su tiempo. Resistencia cotidiana de la única manera que se puede en un sistema totalitario, la interior, negándose a aceptar lo inaceptable.

5) Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo (Tusquets). La novela de un autor sobresalientemente dotado, sin duda. Divertida, inteligente, aguda y un algo más que la distingue de la mayoría.

6) Un rey sin diversión, de Jean Giono (Impedimenta, traducción de Isabel Núñez). Fascinante, misteriosa y hermosa. La indagación única del autor francés nos convence, por si lo dudábamos, de que la novela es un instrumento privilegiado para recorrer los laberintos morales del ser humano.

7) El santo al cielo, de Carlos Ortega Vilas (Dos Bigotes). Con esta única novela, ya forma parte del grupo de escasos narradores canarios que merecen consideración por mi parte. Una novela negra/detectivesca más, quizá, pero con estilo propio, personajes con poso y una escritura que alberga potencialidades de más y mejor. Llámenlo intuición.

8) La noche fenomenal, de Javier Pérez Andújar (Anagrama). Una novela loca, muy loca, que conjuga elementos kitsch como el ocultismo y lo paranormal con otros más formales como la utilización creativa del cliché, lo que tiene su mérito. Una trama desquiciada de un autor con talento.

9) Nunca más la noche, de Juan R. Tramunt (Baile del Sol). A pesar de una primera historia fallida, Tramunt remonta el vuelo y consigue inquietarnos y sorprendernos con unas historias bien escritas que conmocionan nuestro sentido común. 


NO FICCIÓN 

Aquí no hay clasificación que valga: todos estos libros son valiosos y variados en su temática. Omito los que ya comenté en la entrada Siete lecturas para el disenso, por no repetir, pero que pueden considerarse incluidos en esta lista:

- El eclipse de la fraternidad, de Antoni Domènech (Akal).
Injusticia epistémica, de Miranda Fricker (Herder, traducción de Ricardo García Pérez).
- La huida de la imaginación, de Vicente Luis Mora (Pre-Textos).
- Historia y sistema en Marx, de César Ruiz Sanjuán (Siglo XXI). 
- La izquierda, fin de (un) ciclo, de Ignacio Sánchez-Cuenca (Catarata).
- Barcelona, Madrid y el Estado, de Jacint Jordana (Catarata).
- Sobre El Político de Platón, de Cornelius Castoriadis (Trotta, traducción de Horacio Pons).
- Alta cultura descafeinada, de Alberto Santamaría (Siglo XXI).
- Walt Whitman ya no vive aquí, Eduardo Lago (Sexto Piso).
- Post-Democracy, de Colin Crouch (Polity).
- Inventing the People, de Edmund S. Morgan (Norton).
- Muros, de David Freyre (Turner, traducción de Eduardo Jordá).
- Democracia en suspenso, VV.AA (Casus-Belli, traducción de Tomás Fernánez Aúz y Beatriz Eguibar).
- Against the grain, de James C. Scott (Yale).
- Social origins of Dictatorship and Democracy, de Barrington Moore Jr. (Beacon).
- Caníbales y reyes, de Marvin Harris (Alianza, traducción de Horacio González Trejo).
- Ciudades rebeldes, de David Harvey (Akal, traducción de Juanmari Madariaga).
Tiempo de magos, de Wolfram Eilenberger (Taurus, traducción de Joaquín Chamorro Mielke).
Internados, de Erving Goffman (Amorrortu, traducción de María Antonia Oyuelo de Grant).
Melancolía de izquierda, de Enzo Traverso (Galaxia Gutenberg, traducción de Horacio Pons).
McMafia, de Misha Glenny (Península, traducción de Joan Trujillo Parra).
- Estado de inseguridad, de Isabell Lorey (Traficantes de sueños, traducción de Raúl Sánchez Cedillo).


Un saludo cordial a quienes me leen, en especial a los/las que no lo reconocen.





domingo, 14 de abril de 2019

'Pacheco', de Christian Santana Hernández

Hace poco se publicó una noticia en la que se informaba que una escuela de Barcelona había decidido retirar de su biblioteca destinada al parvulario unos 200 libros, muchos de ellos cuentos populares que casi todos/as hemos leído en alguna ocasión, como Caperucita Roja, Blancanieves, etc. Como era de esperar, numerosas voces justamente indignadas se alzaron en contra de esa decisión, porque, como todos sabemos, la dirección de un colegio público, con el apoyo de los padres/madres de los niños, no puede tomar iniciativas de este tipo sin contar con el beneplácito de los columnistas de los periódicos, de los tertulianos de las radios o de los responsables de las editoriales. También es una característica universal de los progenitores dejar que los niños lean o vean cualquier cosa que caiga ante sus ojos sin reparo alguno. Si lo hicieran, serían dignos de reproche por ejercer control ideológico, cosa que, como sabemos, solo se perpetra en regímenes democráticos, en especial cuando están gobernados por partidos de izquierdas.

Es de sentido común, además, que toda biblioteca, incluyendo las de parvularios, debe contar de manera obligatoria con un canon de libros dictados por la tradición, libros que alguien consideró alguna vez que se les denominaría clásicos. Que estos clásicos prosperaran y se publicaran una y otra vez bajo el régimen dictatorial de Franco y que solo se hayan problematizado hoy no hace más que reforzar la idea de que su calidad y sus valores son a prueba de cualquier reflexión argumentada sobre ellos. Ponerlos en cuestión sería, como no dejan de evidenciar muchas opiniones sobre la decisión de la escuela, la antesala de un escenario bradburiano con hoguera nazi o, más bien, estalinista, incluida.

Así pues, la derecha del espectro político, que, como bien sabemos, siempre vela por la pureza desideologizada de los libros de texto y la prensa de izquierda de los días alternos ha llegado a un consenso al respecto: los libros infantiles clásicos carecen de ideología alguna y sólo es ideológico pretender que sí la tienen. Por tanto, el culmen de la falta de ideología y, por tanto, de la normalidad democrática es dejar las cosas tal como están, porque, por si no lo sabían, estamos actualmente en la zona cero de la ideología. ¿Se lo creen? Yo tampoco.

En fin, una vez proclamada la neutralidad axiológica de este blog, pasemos a una novela que, según me han dicho fuentes bien informadas, ha disfrutado de cierto éxito local gracias al boca en boca.




Pacheco, novela del escritor grancanario Christian Santana Hernández, es un thriller policíaco-familiar condensado en una línea temporal que no llega a las 24 horas. Una muchacha aparece muerta en un pequeño pueblo andaluz, descubierta por el protagonista, Pacheco, un maduro guardia civil, viudo y a cargo de un hijo, Colacho. Para añadirle interés al asunto, ya que la novelística está llena de cadáveres encontrados de mala manera, Pacheco sospecha que es su hijo el asesino.

Los breves capítulos de esta novela (182 páginas) están titulados cada una por la hora en que se narran los acontecimientos. Narrador, por cierto, observador, con ramalazos de estilo indirecto libre, que se encarga de revelarnos cada uno de los pensamientos y sensaciones de la ordalía que sufre Pacheco y de su hijo, el sospechoso. Además, al asesinato se añade otra muerte por ahorcamiento de otro vecino del pueblo. A este escenario tremebundo le corresponde una narración acorde: ritmo rápido, creado a base de frases cortas y diálogos de frases breves; vocabulario sencillo y una estructura simple: las escenas se suceden una después de la otra en el tiempo, salvo en alguna ocasión en la que se intenta mezclar dos escenas espaciales diferentes con sus diálogos mezclados. O cuando a unos hechos del presente, sin ninguna marca que lo atestigüe, les sucede alguna corta retrospección. 

A decir verdad, el autor le va mejor cuando no se complica. Es decir, cuando narra yendo al grano sin desviarse ni gustarse. Entonces es cuando la historia tiene sus mejores momentos y la lectura se desliza fácil y con cierto interés. Lo malo ocurre cuando el autor se da cuenta y pretende adornarse con alguna elucubración sobre el mundo interior de los personajes o con alguna complicación técnica. También incurre en los típicos defectos de la frase hecha, de la escena típica o del sentimentalismo empalagoso, tan apreciados por nuestros talentos locales.


-Pacheco, ¿puede venir? -le pidió Sergio Villegas, de la Policía Judicial. 
-Dígame, Villegas. 
-Hemos encontrado estas latas de cerveza. Seguro que hay ADN. 
-Sin duda, pero es como buscar una aguja en un pajar, porque aquí vienen todos los jóvenes de la zona cada fin de semana, y lo más normal es que quien haya bebido en ellas no tenga nada que ver con el crimen. 
-Quizá, pero ha estado en un lugar que ahora es el escenario de un salvaje asesinato. 
-Cierto, pero entonces tendremos que detener a media comarca.-Posiblemente. (Pág. 42)


Más de un habitante de Almanzor era fruto de aquellos encuentros a la luz de la luna, tanto que los vecinos habían rebautizado el monte como el Materno. Para Pacheco y Julia era su paraíso. Habían pasado allí horas y horas charlando, escuchando música o simplemente contemplando el cielo con las manos entrelazadas y una sonrisa tonta. Tal vez por eso, él no había reunido fuerzas para regresar desde el accidente. (Pág. 92)

Era una bomba de relojería a punto de estallar. El más mínimo movimiento y todo volaría por los aires. Se convertiría en añicos, en pequeñas moléculas, átomos que pululan por la galaxia. Abandonó la cocina, sin preocuparse por cerrar el frigorífico, y volvió a por la pala. La cargó sobre su espalda y la dejó donde la había encontrado. (Pág. 102).

En realidad, se ocupaba de los dos Pacheco. Adoraba a su suegro. Jamás iba a olvidar que la cuidó como a una hija cuando su madre falleció. No tenía noticia alguna de su padre biológico, aunque no le importaba, porque quien la abandonó siendo bebé no merecía su interés, ni siquiera que llevara su apellido. Era, simplemente, Ana Belén Caballero, y nunca se sintió diferente. Tuvo en su madre el ejemplo de mujer coraje, una buena persona que se las valía de sobra por sí misma para cuidar de su hija. Hasta que una fría mañana de noviembre desapareció por culpa de una enfermedad que ocultó y por la que transitó con la misma dignidad y valentía con la que había afrontado toda su vida. (Pág. 133)


Por otro lado, la psicología de los personajes es torpe, por ser benévolo: no acabo de entender bien, por mucho que la describa, el desdén y el odio de Colacho respecto de su padre, Pacheco, por ser este el conductor en un accidente de coche que acabó con la muerte de su mujer y de otro hijo (madre y hermano de Colacho). De la lectura de la novela no se deduce tal responsabilidad, al menos hasta ese punto, y menos con lo que se nos informa más adelante.

En esta línea, la actitud de Pacheco resulta no solo ilógica a ratos, sino de profunda irracionalidad en su manera de enfrentarse a los hechos y de procesar los conocimientos que va adquiriendo a medida que se suceden los acontecimientos. Existen contradicciones en ambos personajes que no pueden excusarse o justificarse con la afirmación de que los seres humanos somos contradictorios: lo somos, pero los personajes de las novelas, de ser contradictorios, tendrían que serlo, valga la paradoja, coherentemente. Si no, caeríamos en la arbitrariedad, que no suele ser la mejor característica en una obra literaria. Hay alguna escena que roza lo inverosímil. Son defectos que se van pronunciando a medida que avanza la obra.

Así pues, además del perfilado deficiente de los personajes principales, tengo la sensación, quizá por ello, de ser una novela forzada a concluir con un desenlace que el lector es capaz de anticipar con facilidad. Una fatalidad anunciada profundamente insatisfactoria, amén de una suerte de Deus ex Machina final que tampoco añade nada a la trama por mucho que el autor pretenda de este modo cerrar el círculo de la historia. 

Es Pacheco, en definitiva, una novela lineal, con fallos en la construcción psicológica de los personajes y con una trama simple que sufre del defecto capital de la arbitrariedad. Asimismo, hay ciertos intentos fallidos en algunos capítulos que nos hace pensar en una serie cualquiera de televisión, como si hubiera querido trasplantar una narración visual a la novela. No obstante, se lee bien y entretiene lo suficiente para no detestarla por completo. En cambio, carece de trascendencia moral alguna que nos incite a reflexionar acerca de su contenido o de nosotros mismos.  Una novela, pues, insuficiente.