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viernes, 21 de diciembre de 2018

'Ordesa', de Manuel Vilas

Hay dos reseñadoras que están causando furor en nuestra literatura local: la celebérrima Premio Canarias de Literatura Cecilia Domínguez Luis y la recién novelista y free-lance Mayte Martín, a la sazón colaboradora infatigable de la revista Dragaria. Ambas practican ese arte de reseñar la novela de que se trate escurriendo el bulto. Es decir, sospecho que no les gusta lo que han leído, pero noblesse obligue. El resultado es una reseña en la que desgranan la trama y dicen lo de muy de actualidad que es y cómo vamos a quedar epatados, transfigurados y de ahí hacia arriba. La primera desperdiga sus piropos insustanciales tanto en Dragaria como en ACL, la revista de la Academia Canaria de la Lengua, al menos; la segunda, que sepa, solo en Dragaria, que nació como una promesa y no ha hecho más que agonizar desde entonces. Eso sí, seguro que logran hacer muchos amigos en su tránsito cultural hacia la nada. Algo es algo.

Mi consejo: si alguna de las dos alaba una novela, un poemario, una película o, qué sé yo, una marca de galletas, no compren, huyan. Muy rápido, sin mirar atrás. Eso que hemos ganado, aunque sean consejos a los que haya que seguir a la inversa. No conozco nada que no les haya gustado, emocionado, impresionado o encantado. Son el recambio de Ibrahim Chamali, al que echo de menos, es un decir, en la actividad del elogio indiscriminado.

Vamos a lo nuestro. La novela que toca es:






Tenía que caer, no podía pasar de largo por mi vida, la novela española más celebrada en 2018, al menos por el aparato mediático de Prisa. Aunque, por lo que sé, Alfaguara no pertenece a ese conglomerado desde 2014, cuando Prisa vendió la editorial a Penguin Random House (que anteriormente eran Penguin, por un lado, y Random House, por otro: el fenómeno de las compras y fusiones editoriales merece una monografía). En todo caso, Ordesa resultó elegida por el suplemento cultural Babelia como la mejor novela de las cincuenta mejores novelas del año. Que no sea por no poner "mejor" todo el rato. O la más mejor.

Pues bien, la novela es un aceptable despliegue de hacerse pasar por buena. Se esfuerza mucho por parecer, sin duda. En realidad, no lo es. Por el contrario, considero que no es ni más ni menos que un ejercicio pretencioso de frase corta, normalmente sentenciosa, de corte apodíctico, que me hace recordar, fíjense Vds. al deplorable Santiago Gil de Gracias por el tiempo y al no menos lamentable David Llorente y su Madrid: frontera, dos ejercicios de impostura escrituril que habíamos logrado olvidar no sin esfuerzo y algún principio de indigestión. Ese aire de familia en el naufragio literario no deja de llamar la atención, dado que es la búsqueda de la originalidad y del estilo propio el leitmotiv del arte desde al menos el Romanticismo. Sin embargo, dado que no creo que se hayan influido entre sí, es posible llegar a la conclusión de que ciertas obras malas se parecen a su manera. De la peor manera.

Ordesa es el relato de la pérdida de los padres, el dolor consiguiente, la descripción del mundo como vacío y carente de sentido, y tal. Siento hablar con esta frivolidad, pero el tema, tan socorrido, requiere de una mirada y de una técnica de otro nivel para hacerlo literariamente interesante y artísticamente apetecible. A mí, la verdad, el relato del dolor por el dolor y la flagelación por la flagelación no me atrae por sí mismo. Hace falta algo más para salir del ensimismamiento vital, del regocijo por la llaga que supura, que, en este caso, no sirve de exutorio que le proporcione sentido.

De repente, mi apartamento me ha parecido que no valía el dinero que estoy pagando por él. Imagino que esa certidumbre es la prueba de madurez más obvia de una inteligencia humana bajo el peso del capitalismo. Pero gracias al capitalismo tengo casa. 
He pensado, como siempre, en la ruina económica. La vida de un hombre es, en esencia, el intento de no caer en la ruina económica. Da igual a qué se dedique, ese es el gran fracaso. Si no sabes alimentar a tus hijos, no tienes ninguna razón para existir en sociedad. (Pág. 15)


Con la muerte de mi padre comenzó el caos, porque quien sabía quién era yo y a la postre se podía responsabilizar de mi presencia y de mi existencia ya no estaba en este mundo. Tal vez esta sea una de las cosas más originales de mi vida. La única razón segura y cierta de que estés en este mundo reside en la voluntad de tu padre y en la de tu madre. Eres esa voluntad. La voluntad trasladada a la carne. 
Ese principio biológico de la voluntad no tiene carácter político. De ahí que me interese tanto, de que me emocione tanto. Si no tiene carácter político, eso significa que  ronda los caminos de la verdad. La naturaleza es una forma feroz de la verdad. La política es el orden pactado, está bien, pero no es la verdad. La verdad es tu padre y tu madre. 
Ellos te inventaron. 
Vienes del semen y del óvulo. 
Sin el semen y el óvulo no hay nada. 
Que luego tu identidad y tu existencia ocurran bajo un orden político no desbarata el principio de la voluntad, que es anterior al orden político; y es, además, un principio necesario, mientras que el orden político puede estar muy bien y todo lo que tú quieras, pero no es necesario. (Pág. 31)


Por tanto, en mi vida, como en tantas otras vidas, combatieron el platonismo y la promiscuidad. Y eso siempre daña. Pero al final un divorcio, en el capitalismo, acaba reducido a una lucha por el reparto del dinero. Porque el dinero es más poderoso que la vida y que la muerte y que el amor. 
El dinero es el lenguaje de Dios. 
El dinero es la poesía de la Historia. 
El dinero es el sentido del humor de los dioses. 
La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad. La verdad es un punto de vista que enseguida brilla por sí solo. La mayoría de la gente vive y muere sin haber presenciado la verdad. Lo cómico de la condición humana es que no necesita la verdad. Es un adorno la verdad, un adorno moral. 
Se puede vivir sin la verdad, pues la verdad es una de las formas más prestigiosas de la vanidad. (Pág. 77)


Se muere mejor si nadie sabe que estás vivo, no haces cargar con la pesadumbre de tu muerte a nadie, con papeles, llantos y funeral, con culpas y demonios. Quienes mejor mueren son quienes no sabían que estaban vivos. La vida o es social o es solo naturaleza, y en la naturaleza la muerte no existe. 
La muerte es una frivolidad de la cultura y de la civilización. (Pág. 86)


Como yo mandé quemar el cuerpo de mi padre, no tengo un sitio adonde ir para estar con él, de modo que me he creado uno: esta pantalla de ordenador. 
Quemar a los muertos es un error. No quemarlos también es un error. La pantalla del ordenador es el lugar donde está el cadáver ahora. Va envejeciendo la pantalla, pronto tendré que comprar otro ordenador. Las cosas no resisten como lo hacían antiguamente, cuando una nevera o una televisión o una plancha o un horno duraban treinta años, y este es un secreto de la materia; la gente no entierra electrodomésticos viejos, pero hay gente en este mundo que ha pasado más tiempo al lado de un televisor o una nevera que al lado de un ser humano.  
En todo hubo belleza. (Pág. 108)


Así, sin descanso, página tras página.

Además, aparte del dolor, la melancolía y todo eso, Vilas inserta aquí y allá reflexiones de corte sociológico que no aportan nada, ni siquiera en el plano cognitivo, sino que suponen una bajada de tensión estilística, sobre todo cuando uno había logrado, por fin, concentrarse en la lectura. Pero lo peor no está ahí, sino en la profundización, digamos, filosófica, que es el fundamento del libro: qué somos, por qué estamos en el mundo, por qué morimos. Es un asunto bien trillado, pero también lo bastante importante para que cualquier escritor deba interrogarse (en el cuarto de baño, bajo la cama con el peluche, desnudo en una acequia, en cualquier caso, en soledad) si está pertrechado del suficiente bagaje para emprender esa tarea, sobre todo cuando se enfoca de modo tan frontal. Mi conclusión es que Manuel Vilas no lo está. Lo que le gusta a Manuel Vilas, en realidad, son los aforismos. Otras prefieren llamarlo "hibridación genérica".

Por último, se puede resaltar que el personaje narrador, el propio autor, no consigue suscitar simpatía alguna. Su intimismo e introspección no consiguen provocar nada más que desdén. Sus reflexiones, que se pretenden cargadas en algunos casos de lirismo, en otras de ingenio y en otras últimas de sabiduría de poeta revenío solo producen irritación o aburrimiento. A veces, al mismo tiempo. Todo lo que revela, para hacerlo aún peor, es un profundo conformismo.

Me prometí, en todo caso, que llegaría al menos a la página 100: he cumplido de sobra. A partir de ahora, que esta novela la sufra otro.



P.D. Hay algunas reseñas que mantienen una opinión absolutamente contraria a la mía (aquí, aquí, aquí), y otras coincidentes (aquí o aquí) que  se muestran igual de irritadas. Es, por lo que se ve, una novela crispadora.







viernes, 7 de julio de 2017

'Casa de verano con piscina', de Herman Koch

Entiendo que, para muchos, la mejor crítica (si no la única posible) es el elogio desmedido. Solo así puede entenderse que los mismos escritores que propugnan una "crítica de verdad" en Canarias sean los mismos a los que le sienta fatal que se le aplique a ellos mismos cuando no consiste en elogios desmedidos. Creo que a pesar de las fotos en facebook de cenas multitudinarias o de reuniones regadas con cerveza, de cordiales encuentros con el Escritor Reconocido, o con el editor o la librera de turno en ferias del libro allende los mares, muchos/as de estos escritores/as no cuentan con verdaderos amigos. 

Un amigo te habría dicho que El tren delantero demuestra que una novela es algo más que unir de mala manera historias sueltas que uno tenía en un cajón, abandonadas gracias a Dios; que La otra vida de Ned Blackbird necesitaba un repaso a fondo en el estilo y en la lógica del argumento; que Gracias por el tiempo requería una reflexión profunda sobre el tono narrativo y, por qué no, sobre su misma existencia; que Puro cuento es pura impotencia sin altura literaria; por no hablar de La última homilía de Zacarías Martín o de El sepulcro vacío. Un amigo habría dicho, en definitiva: "Trabájalo más". Y más.

A este respecto, y cambiando de manifestación artística, recuerdo una tarde en la que asistí al estreno de una película canaria llamada Los días vacíos. Casi la totalidad del público asistente (amigos, familiares, actores y demás miembros del equipo de rodaje, y alguna despistada) prorrumpió en aplausos durante varios minutos a su término. No contentos con eso, algunos se levantaron y, mientras seguían aplaudiendo hasta que se les llagaron las manos, gritaban "¡Bravo!" una y otra vez con algo parecido al fervor. ¿Qué pensaría el director? ¿Qué la película flaqueaba por todos lados? ¿Que no sabía qué era peor, si el guión, tosco y errático, si las interpretaciones que iban de lo meramente aceptable hasta lo ridículo, si el lenguaje visual, que a veces parecía propio de un documental turístico y otras de una mala serie de televisión? No, pues lo lógico es pensar que si todo tu entorno te dice que lo has hecho cojonudo, lo creas.

Pues no.

Soy de la opinión que hay que ser parco en el elogio: nos hemos acostumbrado a que de cualquier cosa que no se diga que es obra maestra o genialidad pensemos que es una mierda. En una obra de teatro o representación operística, si el público no se levanta, aplaude y grita como poseso es que ha sido un espanto. Si los actores no se sienten obligados a salir tres o cuatro veces, mal asunto. Incluso en las tesis doctorales, si el doctorando no saca matrícula cum laude, es que su trabajo es malo. Eso tiene como consecuencia el fenómeno de la grima: grima en las reseñas, en las notas de lectura, en los suplementos literarios, en las revistas literarias, en los comentarios de los lectores-fans, etc. Todo es hiperbólico, ditirámbico, exagerado, ridículo.

¿A dónde hemos llegado?

Así, en mi personal esfuerzo por contrarrestar ese orden de cosas en los juicios que hago, si una novela me parece que está bien, no significa que me parezca mala, no: me parece que está bien. Eso es un elogio, ¿o me estoy perdiendo algo? Claro que hace falta en Canarias una crítica de verdad, si entendemos por ello no una Crítica que incluya mi novela o mis poemas en una nueva Antología Canaria para que me inmortalicen académicamente y yo lo vea, sino una crítica honrada. ¿Y qué es una crítica honrada? Simplemente, que consista en escribir públicamente lo que se piensa de verdad, con mejores o peores argumentos, que eso ya se discutirá. En serio, a mí no me ha resultado difícil.

Pasemos a la reseña de hoy: Casa de verano con piscina





Esta es una novela en la que la propensión a empatizar con el personaje principal y narrador, Marc Schlosser decae con rapidez si uno no se empeña en lo contrario, si uno se da cuenta de que no es obligatorio identificarse con él. En nuestro caso, es un médico que por sistema detesta a sus pacientes, un hombre al que, aunque no lo reconozca explícitamente, no tiene demasiaba buena opinión de las mujeres en general, salvo cuando su vanidad se siente halagada por la promesa de una conquista sexual. Es bastante parecido al español medio, me da la impresión, con sus especulaciones de por qué hombres y mujeres ligan, cuándo ligan, y con quiénes ligan. Se considera un téorico del comportamiento humano dada su condición de médico de cabecera, que, por lo que parece, le capacita de manera excepcional para emitir sus juicios sobre las miserias y servidumbres de las personas y de sus cuerpos. En realidad, un individuo normal, con valores de clase media de sociedad burguesa, respaldados por un biologicismo omnicomprensivo, pero que, eso sí, se codea con artistas y gente de postín.


La consulta de un médico de cabecera como la mía tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, te invitan continuamente a todas partes. Les parece que en cierto modo tienes que estar, aunque sea "en cierto modo". Inauguraciones, presentaciones de libros, estrenos de películas y obras de teatro... No pasa un día sin que te encuentres una invitación en el buzón. No existe la opción de no asistir. Si es un libro, aún puedes mentir y decir que vas por la mitad, que no quieres opinar hasta acabarlo. Pero el estreno de una obra de teatro es el estreno de una obra de teatro. Cuando se acaba tienes que decir algo. Es lo que se espera de ti, que digas algo. Nunca que digas lo que te ha parecido: eso jamás de los jamases. Lo que te ha parecido te lo guardas sabiamente para ti. Durante un tiempo lo intenté con clichés; clichés del tipo "Algunas cosas estaban bien", o "Y a vosotros, ¿qué os ha parecido?". pero con clichés no se conforman. Tienes que decir que te ha encantado, que les agradeces que te hayan brindado la posibilidad de presenciar ese estreno histórico.



Las mujeres simpáticas compensan su falta de atractivo corporal con talentos, innatos o no, en otros ámbitos. Por ejemplo, preparan todos los bocadillos de un guateque con más de cien invitados. O traen gorritos de fiesta y antifaces para todo el mundo. O llegan en una bici de reparto con más leña de la que se necesita para todas las estufas de la terraza. "Wilma es un encanto -comenta la gente-. ¡Qué agradable es! Nadie más hace algo así, ¿a quién se le habría ocurrido?" Claro que Wilma está demasiado pálida o demasiado delgada, o simplemente es demasiado fea, y todo el mundo se da cuenta, pero la pobre hace desinteresadamente tantas cosas encantadores al mismo tiempo que sería de desalmados comentarlo.



Aparte de lo de mi aspecto, debería explicar otra cosa sobre mí. Soy más gracioso que la mayoría de los hombres. En las listas de las cualidades masculinas más valoradas que publican las revistas, la mayoría de las mujeres responde "sentido del humor". Antes pensaba que era mentira. Una mentira para maquillar el hecho de que a la hora de la verdad siempre acabarían decantándose por George Clooney o Brad Pitt, pero ahora he entendido que no es así. No es que las mujeres que piden "sentido del humor" quieran pasarse la vida desternillándose con un hombre demasiado jocoso. Se refieren a otra cosa: el hombre tiene que ser "gracioso". Jocoso no, gracioso. En el fondo, todas las mujeres tienen miedo de, a la larga, acabar aburriéndose con los hombres demasiados guapos de este mundo. Con esos hombres que saben perfectamente lo guapos que son, que no han de esforzarse porque tienen a todas las mujeres que quieren, pero poco después de la noche de bodas ya se quedan sin temas de conversación. Llegan los bostezos de aburrimiento. Y es que también resulta agotador tener todo el día alrededor a un hombre que admira constantemente su propio aspecto. Un día tras otro. El tiempo se convierte en una carretera recta y larga que cruza un paisaje bonito pero aburrido. Un paisaje que nunca cambia.


Así, este observador de la vil humanidad se da cuenta en una fiesta de que el famoso actor de teatro y nuevo paciente de su consulta, Ralph Meier, ha deseado, con expresión lasciva que así lo demuestra, a su esposa, Caroline. Por supuesto, deplora ese sentimiento y le produce mucho asco. Sin embargo, su propio deseo hacia la mujer de Ralph, Judith, no le inspira el mismo reproche. Así somos, salvo excepciones, linces para los defectos ajenos y ciegos para los nuestros. 

Más adelante, el protagonista y su familia se encuentran, no del todo por azar, con Judith y Ralph cerca de la casa de veraneo de estos, que comparten con otra pareja amiga. De ahí el título. Ralph se nos aparece cada vez más detestable  y asqueroso. Marc, como un intrigante manipulador. A espaldas de ambos, Caroline y Judith parecen ajenas a las intenciones de sus maridos. Uno se pregunta si esto tiene que ser siempre así, que cada vez que haya hombres y mujeres, parejas de novios o casados, suponiendo heterosexualidad, o todas las posibilidades suponiendo que no, haya que estar en guardia por potenciales infidelidades o acosos sexuales. Si uno no puede estar, simplemente, hablando, mirando el cielo o pensando. Si uno tiene que estar de continuo rivalizando para captar la atención de una posible pareja para un folleteo o para evitar que el/la rival acapare toda la atención. Si todo tiene que ser sexual y freudiano, si no hay espacio para descansar de la sensibilidad genital y de fantasías sentimentales y operar, un rato sólo, con amigable racionalidad. Es que, si no, todo puede llegar a resultar muy cansino.

Por primera vez desde nuestra llegada a la casa, Judith y yo estábamos solos en un mismo lugar. La miré. Deslicé la mano por encima de la mesa, le cogí los dedos corazón y anular entre mi pulgar y mi dedo índice, y tiré suavemente de su mano.-Marc... -Dejó el cigarrillo en el cenicero, suspiró hondo, lanzó una ojeada hacia fuera y me miró-. No sé, Marc... No sé si...-Podemos ir a dar un paseo. O a la playa, en mi coche. No le solté los dedos. Acaricié el dorso de su mano. "Podría llevarla a alguna parte", pensé. No a la playa, sino hacia las colinas, por una de las muchas carreteritas tortuosas de arena que había a lo largo de la costa. Recordaba un aparcamiento casi desierto en un claro del bosque. Desde allí habíamos tardado más de una hora en alcanzar a pie una de las calas de Ralph. Pero no teníamos por qué ir hasta la playa. El aparcamiento ya bastaba.


El autor maneja bien el ritmo de la trama; el lector se pasa la mitad de la novela temiendo lo que se insinúa para que cuando los acontecimientos se precipitan y se produce el clímax se quede perplejo por lo inesperado. La evolución moral del protagonista, sobre todo, nos deja, por así decirlo, ante dilemas éticos que no sospechábamos. Estos constituyen, para mí, el valor de la novela: asumimos el comportamiento del protagonista, lo repudiamos, nos quedamos solo con aquellos que nos haría sentir mejor. En definitiva, reflexionamos sobre nosotros: vida, muerte, sexo, cónyuge, prole, culpa, respeto, inocencia.

Asimismo, me parece que la traductora, Maria Rosich, ha hecho un buen trabajo. Al menos, la versión en español ofrece un texto fluido que refleja las reflexiones de un hombre de ciencias (recordemos que Marc, el protagonista es médico), con un sesgo analítico, que no frío, pero con intención de minuciosidad. Las caracterizaciones de los personajes resultan acertadas, tanto en la descripción de sus acciones como en los diálogos, ofreciendo toda una galería de personajes que si bien, por un lado, son tipos, por otro también resultan humanos. Convincentes, en definitiva.

Solo me atrevería a poner un pero: hay en la estructura de la novela un recurso con el que el autor consigue construir la sorpresa final, también provocar la catarsis, en el lector. Es posible que pudiera llamarse a eso manipulación, quizá truco. No sé cómo lo verán Vds. Ya me cuentan.













martes, 2 de mayo de 2017

'Gracias por el tiempo', de Santiago Gil

Tras una corta, pero intensa campaña de promoción, que incluyó, al menos, una entrevista al autor y una reseña empalagosa antes de su publicación en Dragaria (revista literaria digital de reciente creación que amenaza con seguir fomentando el buenrollismo literario y con dejar la crítica para otro día, gracias), un panegírico del director del periódico local Canarias 7, una transcripción de las primeras páginas y una entrevista en el suplemento cultural del mismo periódico, parecía que había llegado, por fin, la novela que iba a poner patas arriba y manos en la cintura el panorama literario canario (no diré que universal) y que supondría la consagración definitiva y caleidoscópica de Santiago Gil. 

Sinceramente, le deseamos lo mejor, aunque, a nuestro parecer, no cumple con las expectativas. Es lo que ocurre con las promociones literarias, que no pueden ser sino desmedidas, pues su función no es la ofrecer una valoración crítica de la novela, sino conseguir que se haga conocida entre el gran público para que se venda. Conclusión: no hagan nunca ni puto caso.

En fin, volviendo a lo que nos ocupa, es bastante probable que incurramos en una exageración si calificamos al autor de Gracias por el tiempo como un escritor optimista. Llegamos a esa conclusión sin habernos leído otra novela que la presente y por los títulos de algunas de sus anteriores obras: Los años baldíos, Por si amanece y no me encuentras, Un hombre solo y sin sombra, Las derrotas cotidianas, Yo debería estar muerto o, el peor de todos, Cómo ganarse la vida con la literatura. Provocan escalofríos. Incluso sin conocimientos previos, parece que no son las lecturas adecuadas para personas aquejadas de depresión, de tristeza perenne o de dudas existenciales graves.

Con Gracias por el tiempo, Santiago Gil no hace una excepción.






Dos personajes, padre e hijo, nos narran su vida de forma introspectiva. Es una historia de esas que se suele decir con cierto tonillo melancólico de importación que son de perdedores. Sin embargo, uno pierde algo cuando antes lo tenía. En cambio, en Gracias por el tiempo, nos asalta la sensación de que estos personajes ya nacieron con un estigma funesto y el transcurso de la vida no ha hecho sino empeorar su desgracia. Quizá no seamos justos del todo: tuvieron breves destellos de felicidad, al menos el padre, que conoció el amor aunque de manera breve.

En la novela, dejémoslo claro desde el principio, se vierten muchas lágrimas. Los protagonistas nos cuentan que se han pasado la vida llorando y no tienen la menor intención de dejar de hacerlo. Llora que te llora. Y cuando acaban, hala, vuelta a llorar:


Lo vi llorar cuando abrió la puerta de la casa cueva. (pág. 26)


Mi padre nunca me ha contado lo que sueña. Algunas noches llora mientras duerme, pero nunca le digo nada cuando despierta. (pág. 28)


Jamás hemos hablado de las ausencias. Realmente nunca hemos hablado de casi nada. Cuando murió mi madre seguro que tuvo que llorar mucho. Yo no hubiera parado de llorar si hubiera estado en su lugar. (pág. 31)


Aquí no lloro. Durante casi toda mi vida me levanté llorando por la mañana. Maldecía mi soledad. Ni siquiera la presencia de mi hijo ahuyentaba aquellas lágrimas. Creo que él no me vio llorar, aunque a lo mejor me escuchaba sin que yo me diera cuenta. Echaba de menos a mi esposa. Todos los argumentos de mi vida futura estaban unidos a ella.(...) A lo mejor él también lloraba cuando yo no lo veía. (pág. 47)

Y hay más, pero para qué aburrirlos.

Aparte de llorar, los personajes principales, el padre y el hijo o viceversa, se pasan el día recordando y lamentándose. Cuando no lo hacen, ya saben, lloran; y cuando lo hacen, pues... también lloran. ¿Y el lector? No sé si llorarán Vds., pero no este que les escribe. Ese esfuerzo por lograr patetismo, que roza lo sensiblero, no consigue, al menos en mi caso, conmoverme. Tanto lo intenta el autor que corre el riesgo de saturar al lector con tanta tristeza y derrotismo sin solución, de tanto sentimiento de soledad sin esperanza. No es que la suerte de los protagonistas nos sea indiferente del todo, pero hay una distancia que no logra cerrarse.

La novela, corta como suele ser costumbre por estos pagos (99 páginas), está contada alternativamente por el hijo y por el padre. Aunque estos dos puntos de vista bien podrían ser uno porque se caracterizan ambos por la nostalgia, la soledad, la tristeza y, claro, el llanto por la madre/esposa muerta y su ausencia. El lenguaje es sencillo, a base de frases cortas, y, la mayor parte del tiempo, en un registro coloquial, que no vulgar.  Aunque no abunde en ellas, hay frases hechas, expresiones algo manidas y pensamiento corriente que no contribuyen a dar lustre a la prosa, tales como "pensión casi ridícula" (pág. 9), "mi ex mujer se había quedado con todo" (pág. 10), "no tengo ni idea de ordenadores", pág. 21), "fueron cayendo casi todos en la droga" (pág. 27), "una escritora de la que me hubiera enamorado perdidamente si hubiera tenido veinte años" (pág. 35), "se agarraban a un clavo ardiendo" (pág. 43), "Estaba perdidamente enamorado de la profesora del taller de escritura" (pág. 45), etc.

A veces, sin embargo, el autor no puede reprimir el poner en boca (o mente) de sus personajes cierto lirismo que pretende, suponemos, llegar a una sima más honda en las reflexiones. Padre e hijo reflexionan. Todo el tiempo. No hay una sola línea de diálogo: todo es rememoración, con algún momento de narración en presente. Sin embargo, dichas frases tienen algo de sentencioso, de conclusión definitiva que no satisface, más cercanas a aforismos no pedidos: "Casi todos terminamos buscando a nuestros ausentes en estrellas lejanas" (pág. 50), "Toda luz lejana es motivo de esperanza" (pág. 51), "Casi todos miramos al cielo buscando a nuestros muertos" (pág. 59), "Todos terminamos siendo imágenes al fondo de alguna pantalla", "Todos los que se suicidan se siguen cayendo eternamente al vacío" (pág. 69), "Tuve una caída tonta. Todas las caídas son tontas. También las del alma" (pág. 97) o "Casi siempre huimos de un desamor que luego el tiempo va disfrazando de literatura" (pág. 99). Afirmaciones discutibles, sin duda. Pero no solo eso; están en boca de personajes que carecen de autoridad alguna para dar rienda suelta a esas certezas.

En todo caso, el estilo sencillo, que no plantea grandes exigencias de concentración ni de vocabulario al lector, es adecuado a la historia. Los pensamientos de los personajes se develan en melancólica y angustiada simplicidad. Cierta uniformidad en la expresión en ambos podría haber provocado confusión, pero el uso de la cursiva en las partes correspondientes al padre lo conjura: un acierto que es a la vez síntoma de un defecto.

Respecto a la lectura moral, uno se pregunta cuál es la enseñanza, si es que hay alguna, o a qué conclusión pretende llegar el autor tras narrarnos las desgraciadas vidas de los personajes. El abuso, el desprecio, la pobreza y la muerte pululan a su alrededor cuando no los golpean o asfixian directamente. Son seres castigados y, lo peor, sometidos. Sólo la escritura logra, si no redimirlos, al menos ejercer de momentáneo paliativo a su desdicha. Sin embargo, como crítica social no logra cuajar, pues los mismos personajes acaban culpándose a sí mismos aun cuando el entorno haya sido cruel e implacable con ellos. Impregna su vida y sus acciones un fatalismo vital que es el reverso del conformismo. Son dos seres tan maltratados que su recorrido y aprendizaje vitales no logran dar lumbre a la rebeldía y al desafío social o político. Parecen predestinados a no dejar más huella que el rastro húmedo de un gusano sobre una hoja. Uno llega a preguntarse si Santiago Gil disfruta al machacar a sus personajes, si cierto sadismo no se esconde tras tanta melancolía y tanta lágrima. Si tras las peripecias de los personajes y sus andanzas, tras sus mudanzas y reflexiones no oculta un oscuro deseo de aniquilarlos. Puede ser que, en realidad, los deteste, y como un dios vengativo los obligue a peregrinar por un desierto infinito, sin posibilidad de redención. Puede que, dicho de otro modo, para Santiago Gil la vida no sea más que un valle de lágrimas, y solo eso.