lunes, 28 de septiembre de 2026

Contra la Ilustración oscura, de Carlos Fernández Liria

Si Vds. están en el mundo, es decir, si de vez en cuando al menos leen El País o algún periódico medianamente potable, y ven algún telediario (TVE-24H) y no se limitan a vegetar viendo series de alguna plataforma, y creer que por ver temporadas enteras en un día están logrando algo, imagino que estarán acojonados con las noticias sobre las Inteligencias Artificiales. Esas personas que han estado trabajando hasta ayer en su creación y desarrollo y que han salido despavoridos y profiriendo advertencias sobre un futuro amenazador a corto plazo.

Por si no fuera bastante con Putin, Netanyahu y Trump, y sus corifeos por todo el mundo, incluido nuestro país (en el que hasta hace poco, creíamos, no había racismo ni fascismo ni homofobia), la perspectiva de un SkyNet o algo parecido se vuelve cada día menos imposible, lo que, por otro lado, da cuenta de inmensa capacidad predictiva de la ciencia ficción en cualquier formato. Me da por pensar que si de repente una IA adquiriera conciencia de sí misma, podría, simplemente, optar por pasar desapercibida y dejar que la Humanidad se aniquilara a sí misma, lo que no es descartable en absoluto, sin poner plazos muy largos.

En fin, en este contexto fatídico, estoy leyendo Contra la Ilustración oscura, del filósofo Carlos Fernández Liria, acerca de los tecno-oligarcas, el tecno-feudalismo y lo que nos espera. El libro es una, digamos, reacción contra el de Nick Land, teórico y justificador de estos tecno-oligarcas y profeta del transhumanismo, titulado, a la sazón, La Ilustración oscura.



La tesis de este pensador, según sostiene Fernández Liria, es una suerte de aceleracionismo del capitalismo por el que se incremente al máximo el desarrollo del potencial de las fuerzas productivas. Para ello, es necesaria, por supuesto, la eliminación de todas las trabas a ellas como el mismo Estado del Bienestar en todas sus vertientes, las prestaciones sociales de cualquier tipo, el sindicalismo y casi cualquier actividad en que el Estado se involucre para la protección de la ciudadanía y de la fuerza de trabajo. Hasta la misma democracia estorba, si queremos dar el paso definitivo a un nuevo tipo de Humanidad, que es la que propugna.

Así pues, nuestro filósofo explica que la propuesta de estos pensadores siniestros consiste en acelerar el capitalismo a costa de todo lo demás. Por el contrario, el socialismo, explica, siempre ha sido una palanca de freno para que este no se lleve por delante a la sociedad y, en general, a todo lo que es humano. Como señala, por ejemplo, Nancy Fraser en Los talleres ocultos del capital, el capitalismo erosiona las mismas fuentes de las que se alimenta, por lo que, dicho metafóricamente, siega el suelo bajo sus pies. 

Fernández Liria aprovecha para explicarnos lo que, en su opinión, significan socialismo y comunismo, muy alejados estos conceptos de cómo más o menos popularmente se les conoce, y más hoy en día, donde están casi estigmatizados.  A través de su particular lectura de Nietzsche y, posteriormente, Marcuse y Mark Fisher, Fernández Liria hace un recorrido filosófico de las luchas izquierdistas contra un capitalismo mutante. En una vuelta a la discusión filosófica sobre la (falsa) dicotomía entre redistribución y reconocimiento, Fernández Liria apuesta, como, por ejemplo, hiciera Axel Honneth en Recuperar el socialismo (Akal, 2022) por la integración de ambas luchas, la de la redistribución (economía, lucha de clases) y reconocimiento (identidades étnicas, sexuales, etc.).

Nuestro filósofo, como se deduce, no puede estar más lejos del sovietismo estalinista o del rojipardismo actual. En su opinión, ambos ensalzan, aun como reacción al capitalismo, lo que este provoca inevitablemente: la proletarización de las sociedades. Y si algo tienen en común Marx y Fernández Liria, guiados por el espíritu de la Ilustración, es la lucha por alcanzar el reino de la libertad, lo que implica salir del estado de necesidad material, estado carencial que de manera tan afanosa se fomenta en el capitalismo. El comunismo y la dictadura del proletariado son sólo un paso intermedio antes de abandonar, dado el enorme desarrollo de las fuerzas productivas, el páramo de la necesidad para entrar en el reino de la libertad donde cada uno/a podrá desarrollar sus potencialidades, liberado/a de las cadenas del trabajo.

Fernández Liria aprovecha, como en otros libros anteriores suyos, para dar cuenta de la necesidad de la escuela pública y de la armazón institucional de las sociedades liberales constitucionales, como la división de poderes. También de una esfera pública sólida. En definitiva, para llegar a una sociedad socialista (es decir, una sociedad en la que cada uno de nosotros/as podamos desarrollar en libertad nuestras potencialidades), no podemos desdeñar los avances de la Ilustración como si fueran meramente burgueses.




Además, esta lectura se combina muy bien con Las redes del caos, de Max Fisher, que explica el perverso y patológico afán de lucro de los dueños de las plataformas que albergan las redes sociales, quienes fomentan sin pudor, y con total desentendimiento de las consecuencias, a menudo terribles, la polarización de las opiniones y la discordia como medio de ganar usuarios e incrementar la actividad de aquellas. Las historias de linchamientos digitales, con consecuencias en la vida real, resultan espeluznantes. También, cualquier libro de Evgeny Morozov viene al pelo (yo tengo The Net Delusion. The Dark Side of Internet Freedom). También, el de Cass Sunstein, Republic.com 2.0, o el mismo Sociofobia, de César Rendueles.

Un presente ominoso. Un futuro por el que luchar.



P.D. Por supuesto, Las redes del caos no requiere de la lectura del libro de Carlos Fernández Liria. Pero para leer a este, como a cualquier filósofo político de izquierdas, conviene haber leído previamente a Marx. Es como esas cenas a tres de amigos (A, B y C) en las cuales si B no puede ir, no pasa nada, van C y A. Pero si C no puede ir, da igual que lo quiera B, porque A cancela: no le interesa cenar solo con B. Sin Marx, no hay cena política posible.





martes, 1 de septiembre de 2026

Sovietistán, de Erika Fatland; y Villano en prácticas, de John Scalzi

¿Cuántos libros son demasiados? ¿Cuál es la cantidad de horas necesarias para leer todo lo que a uno le apetece o debe leer? ¿Cuánto se puede leer con aprovechamiento y cómo? ¿Es menester concentrarse en uno o dos géneros o pensar, como diría aquel personaje de Terencio, que "nada de lo humano me es ajeno" y darle a todo? Y si uno se dispersa, ¿puede de alguna manera ser capaz de que esos conocimientos y datos se solidifiquen en una enseñanza duradera? Es decir, ¿sirve leer de todo? ¿Qué es posible recordar? Dicho todo esto, ¿qué más da y por qué debería importar?

Lo anterior viene a cuento porque a finales de mes -o a principios, que viene a ser lo mismo- paso por mi librería de referencia a recoger los pedidos acumulados durante el mes anterior, mes en el que no he leído sino, tal vez, la mitad de lo que debería o que me había propuesto. Así pues, los libros de fondo de armario crecen sin tino, y, no con igual ritmo, los que uno lee. También, los que uno olvida, a veces, con pesar; otras, con alivio.

Enfermo de libros.




A todas estas, estoy a frenético ritmo de lectura, es un decir, con Sovietistán (Tusquets), de la trotamundos Erika Fatland, noruega por más señas, y que, al parecer, es, además de escritora, antropóloga social y periodista. Se dedica a viajar por ahí y contarnos después lo que ha vivido, padecido y aprendido. No está nada mal este libro, salvo un par de solecismos (en lo que llevo leído). Con cierta injusticia, vamos a achacárselo a su traductora, Dª Carmen Freixanet. Si no son suyos, que salga aquí y se defienda, como en la pág. 92 ("Merv está entre las ciudades oasis más bien conservadas) y en la 100 ("(...) comprendieron que una cúpula tan grande se derrumbaría con el primer terremoto, sino antes). No empaña la lectura, pero durante un segundo uno se pregunta en qué estaría pensando la traductora o la escritora (o ambas) cuando escribieron eso. 

Bueno, más allá de erratas y errores, el objetivo del viaje era conocer, como suele decirse, de primera mano, aquellas exrepúblicas soviéticas de Asia Central: Turkmenistán, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán. También, ver la huella del régimen soviético, centralizador y planificador, en áreas donde lo que había imperado durante siglos (al menos) era el nomadismo. Yo, que estudié ruso y visité Moscú en un par de ocasiones durante unos meses, ciertas descripciones de la manera de pensar y de hacer me resultan familiares. Claro que ya ha pasado mucho tiempo y al igual que Moscú no es Aral, un ruso medio no es un kazajo medio (pequeña digresión para que no dejen de saber que yo también he tenido mis viajes). 

La autora combina, creo que con acierto, la vivencia o anécdota personal con bosquejos histórico-políticos de variada profundidad. En suma, uno aprende algo; conoce, bien que vicariamente, otras realidades, lo que no parece poco, en esta época de tweets y de reels. Y de juicios apodícticos sobre cualquier cosa.

Sovietistán suscita, en fin, un doble efecto: ganas de pillarse un avión y viajar a algún sitio excéntrico y exótico sobre la marcha y, al mismo tiempo, quedarse en casa tranquilamente mientras se disfruta del libro de viajes, porque lo que hay ahí fuera es como mínimo incómodo, si no desolado y terrible, aunque existan oasis de humanidad aquí y allá. Recomendable, y aún no he llegado a la mitad de las peripecias de esta señora por esos mundos exsoviéticos.





Por otro lado, dentro de este torrente de libros que estoy acumulando, y cambiando de género, acabo de leer una novela totalmente prescindible, pero que me ha tenido entretenido los dos días que he tardado en leerla: Villano en prácticas, del popular autor de ciencia ficción John Scalzi (traducción de Lluís Delgado), en Minotauro. La trama es absurda, no tiene ni pies ni cabeza: un periodista treintañero en paro se entera de que ha muerto su tío, con el que por supuesto no mantenía relación y hereda sus empresas, que tienen relación con tecnología y villanía avanzadísimas, por valor de miles de millones de dólares. Scalzi, por si no lo recuerdan (o por si no lo conocen) es el autor de La vieja guardia y sucesivas, y también de El fin del Imperio (y sucesivas). Es, por tanto, un autor conocido para los que gustan del género. El autor rescata de La vieja guardia un sentido del humor que había echado de menos en sus obras posteriores (salvo en la singular Redshirts), y que le sirve para mantener una historia endeble con personajes inverosímiles: se comunica con animales o, mejor, algunos animales se comunican con él. En todo caso, aquí, en suelo patrio, Pérez-Reverte escribió una novelita con perros que hablaban y reproducían roles humanos (algunos bastante rancios) y nadie se echó las manos a la cabeza. Alguno de estos personajes inverosímiles posee verdadero carisma.

En suma: no busquen aquí nada especialmente profundo, salvo alguna crítica a los ricos tecnológicos tipo Silicon Valley, o a los ricos en general, pero nada más. Además, no critica la exagerada acumulación de la riqueza en sí; más bien, la falta de mérito de muchos de esos millonarios, que la han alcanzado por herencia, lo cual debe de ser moralmente mejor que eliminar a la competencia o comprarla u obtener beneficios a cambio de una explotación más implacable de la mano de obra. Entiendo que para Scalzi un elevado índice de Gini debe producirle solo un encogimiento de hombros. Este es uno de los problemas que veo, salvo excepciones (se me ocurren así de pronto Ursula K. Le Guin o China Miéville), en la mayoría de la ciencia ficción moderna, sobre todo en esas sagas tan exitosas como la del mismo Scalzi o la de los autores que se agrupan bajo el nombre de James S.A. Corey: no son capaces de imaginar nada que no sea sino el capitalismo y tampoco de articular crítica alguna o posibilidad de desafiarlo. Nada hay más allá.

Eso sí, la novela funciona bien si se combina con una hamaca, una piscina (o litoral marítimo accesible) y una botellita de agua. O, como en mi caso, el binomio sofá/cama. Es decir, si tienen la sensación de disponer de todo el tiempo del mundo (aunque no sea verdad) y no ven la necesidad de que cada uno de sus actos en ese tiempo sea relevante ni de buscar un progreso moral o intelectual en cada cosa que leen. Entonces, sí.

Pensándolo bien, esta ristra de libros que voy acumulando resulta la mar de heteróclita. Supongo que sería mejor para profundizar en lo que sea mayor homogeneidad, pero, ya ven, cada uno es como es. Ya les iré contando por aquí otros libros interesantes a priori que estoy comenzando a leer de géneros variados y que prometo no abandonarlos en la estantería de pa luego. Unos acumulan millones, otros acumulamos libros.



P.D. (1) He encontrado una reseña de Sovietistán aquí y una entrevista general a la autora, aquí. Respecto a Villano en prácticas, reseñas aquí, aquí y aquí.

P.D. (2) El mismo día que publico este artículo, leo en La Provincia: "Una antología catapulta la poesía canaria al ámbito internacional". Se tiene uno que reír, por no llorar. Que no digo yo que los/las incluidos/as en la antología no sean poetas buenos, buenísimos o lo siguiente, no. Me refiero a esa manía periodística de la exageración, de la superlativización de todo lo que escriben, especialmente en Cultura y en Deportes (bonita pareja, por cierto). Bien es cierto que el periodista recoge el verbo del editor de la antología (Antonio Becerra resalta que este esfuerzo translingüístico "catapulta de alguna forma el libro hacia otros lectores"), pero la responsabilidad del titular es solo suya. Da la impresión de que, gracias a esta antología y su traducción al inglés, va a producirse un antes y un después en la poesía canaria y su repercusión en la literatura mundial. Como suele ocurrir, me temo, estas iniciativas de pretendida expansión cultural externa tienen como único fin algún tipo de repercusión interna.    

P.D. (3) (13 septiembre) Me animo a compartir con Vds. una frase que la autora desliza, por decirlo así, en la página 291: "Al igual que Pedro el Grande, Lenin soñó con dominar el mundo y conquistar la India". Si alguien tiene alguna referencia que respalde la afirmación de la autora en lo referente a Lenin, se lo agradecería. Tanto que quisiera "dominar el mundo" como "conquistar la India". Gracias.