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lunes, 28 de diciembre de 2020

Las listas de 2020: lo peorcito y lo mejorcito

Aquí estamos, por fin, con las listas-resumen de fin de año 2020. Este es el artículo-pináculo, el culmen de doce meses de dedicación lectora algo masoquista, para qué voy a engañarles.

Así y todo, parece que fue ayer cuando comencé con el blog: era joven, ambidiestro, corría delante de los grises, militaba en un partido comunista-maoísta y no me depilaba las ingles. 

El párrafo anterior es falso.

2020 fue el año en que me di cuenta de que la competencia era la norma que debía presidir las relaciones sociales, y que la mejor manera de sobrevivir en un ecosistema económico como el nuestro era construirme un personal branding, crear una start-up en una incubadora de empresas, mejor si era subvencionada, buscar business-angels y practicar el elevator-pitch, así como el story-telling

Nada de esto es cierto. 

Desde entonces, no he hecho más que hacer amigos/as del mundillo cultural, que no han dejado de invitarme a todo tipo de saraos y festivales de dudosa reputación para que comparta mis insensateces entre canapé y canapé y me enfrasque en juegos de piernas bajo la mesa. Radios, teles y periódicos me importunan de continuo para que ilumine sus mediocres tertulias con mi carisma. Siempre pido un euro más de lo que cobra el/la colaborador/a con más caché. Algunas personas me llaman "ser de luz".

Todo esto también es falso. 

Dejémonos de bromas: 2020, en realidad, ha sido más sencillo, pandemia aparte. Fructífero tanto en número de lecturas como en calidad, y no solo hablo de ficción. Ya sea por que estoy afinando el ojo o porque he aprendido a huir de ciertos autores/as (a los que les he concedido más de una oportunidad) previendo que no me iban a traer nada bueno, lo cierto es que la lista de este año solo contiene tres libros que, sin duda, podríamos calificar de enemigos de lo bueno y de lo hermoso, como diría Platón.

Vamos allá:

Lo peorcito

1) La ternura del caníbal, de Víctor Álamo de la Rosa. Ed. Siete Islas.

Esta novela (al menos hasta donde llegué) no es mala, sino abominable. Diálogos impostados que causan vergüenza ajena, un argumento de película de la Cannon de los años 80, personajes, sobre todo el protagonista narrador, risibles y ridículos. Además, la promoción en los medios de la novela en la que se cantaban, una y otra vez, sus excelencias no puede sino provocar que el efecto de la lectura sea aún más esperpéntico. Mala hasta decir basta. La ternura del caníbal, junto con La espiral del silencio, de Mayte Martín, Caídos del suelo, de Ramón Betancor, y El tren delantero, de Emilio González Déniz son obras, por llamarlas así, que ejemplifican cómo no debe escribirse una novela, o una carta, o un recibo, o la lista de la compra: cómo no escribir, en general. 


2) El gran amor de Galdós, de Santiago Gil. Edic. La Palma.

Se le mima mucho a Santiago Gil. Imagino que el encanto personal y la conexión por tierra, mar y aire con los medios de comunicación tampoco juegan en contra a la hora de promocionar su hipertrofiada obra literaria. Ya Gracias por el tiempo era lo bastante mala como para imponer una cuarentena urgente y prevenir daños futuros, pero, no obstante, dado el año en que estamos y precedida por los elogios desmesurados (cómo no) de J. J. Armas Marcelo, pensé que había que concederle una segunda oportunidad. Craso error. No lo cometan Vds: me lo agradecerán.


3) Amores ciegos, de Marcos Rivero Mentado. Edic. El Drago.

Muy floja. Se le agradece el sentimiento vertido, pero es un ejercicio fracasado que nos hace recordar lo que pensaba Wilde de la sinceridad. No es cuestión de hacer sangre de un artista multidisciplinar y polifacético cuya incursión en la literatura, me temo, solo le valdrá para el currículo. Ya algunos buenos literatos hicieron desaparecer su primer libro o poemario, así que no debe avergonzarse si decide seguir esa escondida senda.







Como suele pasar con las buenas lecturas, establecer una clasificación es difícil, cuando no directamente arbitraria. No obstante, una lista que no esté encabezada por Bernhard casi no es lista. Peter Stamm, es un excelente escritor, así que tampoco escribo nada nuevo, y lo mismo, de Georges Simenon. Daniel Pennac en cierto modo me recuerda aquellos momentos de lectura febril de la infancia y adolescencia, de lo que me alegro. Por otro lado, sin ánimo de exhaustividad, me han maravillado tanto la lectura de Luis Rodríguez como, en otros registros, de Anelio Rodríguez Concepción. Finalmente, y pasando por alto el resto de títulos, nada desdeñables, incluyo a Andrea Abreu porque considero que su novela tiene valor, a pesar de que no haya gustado a gente cuyo criterio respeto casi más que el mío. Debo señalar, pero lo mismo puede decirse de novelas mucho peores como las ya mencionadas, que Panza de burro ni de lejos ha suscitado la aprobación unánime de público y crítica. Ya saben que en este mundo mediatizado solo existe aquello en lo que ponen el foco los medios de comunicación.

Lo mejorcito

1) Hormigón, de Thomas Bernhard (traducción de Miguel Sáenz). Ed. Alfaguara.

2) Monte a través, de Peter Stamm (traducción de José Aníbal Campos). Ed. Acantilado.

3) 8.38, de Luis Rodríguez. Ed. Candaya.

4) Historia de Mr. Sabas, domador de leones, y su admirable familia del Circo Totti, de Anelio Rodríguez Concepción. Ed. Pre-textos

5) El valle del Issa, de Czeslaw Milosz (traducción de Anna Rodón Klemensiewich). Ed. Tusquets.

6) La ballena, de Paul Gadenne (traducción de David M. Copé). Ed. Periférica.

7) Liberty Bar, de Georges Simenon(traducción de Núria Petit). Ed. Acantilado.

8) La felicidad de los ogros, de Daniel Pennac (traducción de Manuel Serrat Crespo). Ed. Debolsillo

9) Quédate este día y esta noche conmigo, de Belén Gopegui. Ed. Debolsillo.

10) Panza de burro, de Andrea Abreu. Editada por Sabina Urraca.


Y además:

- Ricardo Pérez se prodiga poco. Más bien poquísimo. Tiene un blog, 'Hablando de Literatura en Las Palmas (o argo así)', en el que, por ejemplo, este año solo ha escrito dos entradas. No obstante, es un lector sutil y un escritor ingenioso cuyos comentarios merecen la pena, bastante más interesantes que los que se pueden leer en los cuadernillos culturales de los periódicos locales o en las revistas literarias digitales. Además, tiene otro blog (cierta dispersión es una característica de este buen hombre) en el que deposita reflexiones más generales sobre asuntos varios que, con frecuencia, se salen de lo común. Un punto de vista singular, sin duda.


Los medios de comunicación

En lo que se refiere a reseñadores/as y periodistas culturales de los medios locales ("espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!"), no puedo resistirme a enviarles de nuevo un saludo cordial, agradecido por esa insistencia que muestran por cultivar el estilo lírico-pastoril, en la línea maravillosista y buenrollista que es seña de identidad de quienes comentan arte y literatura en Canarias. Les auguro una larga carrera reseñadora con entrada VIP a los grandes acontecimientos culturales o a lo que surja. Que sigan empeñándose en mostrarnos su entusiasmo por todo lo que huela a Cultura, sea alta, baja, popular, industrial, intermedia, triangular o elipsoide. Es posible que algún día estos/as amantes de lo bello lean una novela de un/a autor/a canario/a que les disguste o vean una obra de teatro deleznable, o asistan a una exposición que les decepcione, pero hasta entonces, engrosan (y fomentan) la nómina de personas empeñadas en levitar a poco que oigan "¡Arte!, ¡Cultura!, ¡Música!, ¡Literatura!". Como diría Víctor Lenore, no hacen sino mostrar, en definitiva, la cobardía del gremio.

Es posible que hagan falta periodistas que funcionen como intermediarios entre el gran público y los artistas. Que sean capaces de traducir y contextualizar, pero con criterio, además de críticos, si queremos que sean algo más que meros publicistas, que es lo que, al fin y al cabo, son ahora mismo, incluso con entusiasmo.

Por último, respecto del papel de la crítica en el mundo del Arte (lo mismo podría decirse del más acotado de la Literatura), Hal Foster se preguntaba ya hace unas décadas(*): "¿Cuál es el lugar de la crítica en una cultura visual que es eternamente administrada -desde un mundo artístico dominado por agentes de promoción con escasa necesidad de crítica hasta un mundo mediático de corporaciones de comunicación-y-entretenimiento sin ningún interés por nada-? ¿Y cuál el lugar de la crítica en una cultura política que es eternamente afirmativa, especialmente en medio de las guerras culturales que llevan a la derecha a amenazar con o lo tomas o lo dejas y a la izquierda a preguntarse dónde estoy en este cuadro?"

Esto es todo. Esperemos que 2021 sea mejor en todo y para todos. 



(*) FOSTER, HAL. El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo, Madrid: Akal, 2001, introducción, XII.





martes, 11 de febrero de 2020

'Amores ciegos', de Marcos Rivero Mentado

Lo mejor que puede hacer uno en una tertulia, sobre todo si tiene que ver con el arte, es ser el disidente. Igual que lo que se dice sobre las timbas de póquer: "Hay un tonto al que se le despluma, y si no lo identificas significa que eres tú", lo mismo podría afirmarse de las tertulias de este tipo, pero con un ligero matiz: si no identificas al disidente, apresúrense a serlo Vds. Con eso se consiguen dos cosas: a) no les invitarán más, con lo que b) se ahorrarán la obligación de escuchar tonterías con pretensiones normativas.

Porque si hay un ámbito que se aleje de la situación ideal del habla es el de la tertulia cultural o artística o literaria. Sobre todo, por más que uno lo advierta, cada uno/a de los participantes lleva consigo su propia definición de cultura, de arte, de literatura, etc., con lo que suele ocurrir que mientras uno cree que está hablando de arte, otro está entendiendo economía política, y un tercero el éxtasis místico teresiano. Además, al igual que la literatura común suele estar anclada en el naturalismo decimonónico, la comunicación sobre los/las creadores en cualquier género artístico está hundida en el romanticismo más corriente, con sus trilladas ideas sobre el genio, la rebeldía, la naturaleza, etc.

"A menudas tertulias habrá asistido", podrán acusarme, con razón. Ignoro si hay otras mejores, espero que sí. Pero uno no sabe a qué atenerse cuando figuras públicas no tienen el menor reparo en hacer demostración de su ignorancia. Así, por ejemplo, el simpático y popular James Rhodes ha afirmado hace poco: "Bach y Mozart tenían dones que venían directamente de Dios. No soy creyente, pero simplemente no hay otra explicación posible de la profundidad del genio que mostraron", lo que no deja de ser una estupidez. Por el contrario, a las personas que escriben cosas originales sobre la creación artística, rara vez se les puede ver en los medios. 

Esto que describo, además, es común a todos los partidos políticos: en clave local, solo hay que oír al actual Viceconsejero de Cultura, Juan Márquez, con toda su buena intención; o, en general, a cualquier político sobre las virtudes civilizadoras del arte. Recordemos también al exministro, expresidente del Cabildo y exalcalde José Manuel Soria y su admiración (expresada con voz campanuda) por la "alta cultura". O a la concejala de cultura de turno del Ayuntamiento (el que sea), o a nuestro presidente del Cabildo, Antonio Morales, y sus periódicas exhortaciones a la cohesión social, ora por la vía de la cultura, ora por la del deporte profesional. O por la vía que venga bien en ese momento. Qué les voy a contar, pero no sigamos por ahí.





Marcos Rivero Mentado, según se nos advierte en una solapa de la portada, ha hecho de todo en el mundillo de la cultura: licenciado en Historia del Arte, gestor cultural, archivero, documentalista, museógrafo, catalogador de bienes culturales, comisario de exposiciones de artes visuales, amén de fotógrafo artístico. Además, "ha asistido a talleres de escritura creativa con algunos de los más destacados escritores y poetas canarios", cuyos nombres se omiten, quizá por pudor. Esto es, el artista Marcos Rivero es poliédrico, transversal y polifacético. Vamos, que le da a todo, lo mismo un pito que una pelota. Como ya se habrán imaginado, Rivero expande su imperio creativo a la literatura con esta colección de relatos, cuentos cortos o pasajes vitales denominada Amores ciegos. Recordemos que, tal vez como paso previo o ensayo, se había estrenado en la difunta Dragaria como ditirámbico reseñador de aquella infame novela de Mayte Martín, La espiral del silencio.

Pues bien, aunque no era difícil, el autor es mejor escribiendo que reseñando. Al menos, porque sus cuentos rezuman sinceridad. No obstante, parafraseando a Oscar Wilde, en literatura sinceridad significa poco, mientras que el estilo, casi todo. Tienen los relatos un punto de emoción que no es desdeñable, y en ese sentido, por momentos parece que Rivero está a punto de contarnos algo importante, algo valioso. Eros está presente de manera implícita en los primeros relatos: no es mera evocación o refocilamiento sexual, sino conocimiento. O mejor aún, descubrimiento, quizá anamnesis, de uno mismo. Esto es lo más interesante que puedo destacar de estos cuentos.

Lo peor, todo lo demás. Con esto quiero decir que, con pocas excepciones, los diálogos resultan impostados y artificiales, y la narración tiene menos de trabajo ficcional que de testimonio... construido a base de materiales muy poco nobles. Trabajo de primerizo que se derrumba bajo el peso de la propia ineptitud, por mucho fervor que le imprima y mucha empatía que sintamos. Volveré a repetirlo otra vez: desconfíen de la escritura fácil, duden de sí mismos/as cuando escriban y los folios salgan como si nada, uno tras otro: es muy probable que hayan escrito trivialidades. 

Además, me acucia la sensación de que el autor no domina el vocabulario que emplea, como si quisiera decir una cosa empleando la palabra equivocada. No solo "escuchar" por "oír", sino frases como "En aquellas dos semanas, el agotamiento era perpetuo" (pág. 25)  ¿Querría decir continuo? ¿Que no menguaba?, "nada presagiaba que estaba hasta el culo de drogas" ("¿presagiaba?" pág. 21) o "deambulaban pocas personas por allí" (pág. 49): ¿estaba pensando en pasaban?

Amores ciegos adolece de tantas frases cliché, de tanto sentimiento previsible, de tanto nombre con su adjetivo evidente, de tanto verbo con su adverbio rutinario que el verbo exasperar se que me queda pequeño. 

Un par de ejemplos:


Esteban se volvió misántropo, esquivo, intangible, se escondía del mundo por miedo, desarrolló un desmesurado papel de embaucador mentiroso, proclive al abandono, desaliñado, sucio y desmelenado. A veces, se metía en algún antro y acababa quien sabe dónde, ciego de anfetaminas, cerveza, speed o coca. Cada quince días iba al psiquiatra y le contaba lo que quería, nada presagiaba que estaba hasta el culo de drogas, algo le había comentado a su loquero, lo controlaba todo, siempre parecía mantener el control. Durante unos años fue cambiando de trabajo en Lanzarote, y en ninguno se le notaba su adicción. (Pág. 21)

-¿Has escuchado lo mismo que yo? ¿De dónde ha salido esa voz tan apabullante y marchita? -le pregunté a Pablo que todavía tenía la tez pálida, los ojos ensombrecidos y las manos temblorosas. 
-Sí, la he escuchado. Llegó del fondo de la habitación pero yo no vi nada que testimoniara una presencia. Créeme, es la primera vez que he sentido algo así. No sé si ha sido producto de algún fenómeno acústico extraño o estábamos tan concentrados en localizar las tomas que dimensionamos nuestro miedo oculto. Estos sitios siempre me dan pavor y al mismo tiempo me llenan de curiosidad -me espetó Pablo como si yo también hubiera ido a aquella casa con el miedo metido en el cuerpo, cuando en temas parapsicólogos siempre he sido muy escéptico. 
-Bueno, Pablo. No saquemos conclusiones de donde no las hay. Seguro que tiene una explicación racional o fenomenológica. Aún estoy asustado, te lo aseguro, pero lo que nos ha pasado tiene una base científica o quien sabe, alguien nos ha gastado una broma macabra. Sin lugar a dudas, escuchamos lo mismo y era la voz de una mujer, desencajada y alocada. 
-Mario, si no te importa, recojamos nuestro equipo y vámonos de aquí. Tengo mal cuerpo, la boca seca, necesito beber un vaso de agua. Gracias a que lo dejamos en la entrada pues si vuelvo a entrar en esa habitación, te juro que me da un síncope. 
-No te preocupes. Voy yo. Tú quédate aquí tranquilo. No tardo nada. Solo será un instante. Mientras tanto siéntate en ese muro de piedra y respira. (Pág. 46)

 Dejemos para otro día cuestiones básicas como el uso de las comas, el empleo de las tildes o las conjugaciones de los verbos. Del apartado de las erratas y solecismos debería encargarse la editorial, al menos una competente.

Estamos confinados dentro de nuestra propia humanidad, somos conscientes de que no podemos sentir el hambre como un león, ni ver nuestro entorno como una libélula. A veces, incluso nos cuesta ponernos en el lugar de otro ser humano. El artista-escritor se distingue, al menos en nuestra época, por la originalidad de su enfoque y por la singularidad de su estilo a la hora de tejer la urdimbre de las pasiones humanas, en su trabajo de iluminar nuestras virtudes y miserias. En este sentido, Amores ciegos constituye un fracaso rotundo, por mucho que pudiera haber servido de catarsis a su autor.





viernes, 11 de enero de 2019

'La espiral del silencio', de Mayte Martín

Resulta francamente vergonzoso ver cómo personas a las que uno tuvo la desgracia de conocer, obligado por tener que mantener algún tipo de trato profesional, laboral o social, y que se comportaron como verdaderas hijas de puta (no en sentido literal, sino en el común: malvadas, malas) van por ahí, sobre todo en las redes sociales y, las que pueden, en los medios de comunicación, dando consejos de vida y exhibiendo un talante progresista. Pasmoso, de rechinar los dientes. Mucha de la mala fama de lo progre proviene de esos ejercicios de hipocresía. En el espacio público es común que se defienda lo propio haciéndolo pasar por algo de interés común, y no menos hacerse pasar por abanderado de la justicia en general cuando se es injusto en particular.

En otro orden de cosas, la producción literaria no para, no para, y sus puestas de largo, también llamadas presentaciones, en librerías, casas-museo, caserones, casinos, bodegones y páramos desolados se anuncian como eventos culturales. Al fin y al cabo, se publicita como relevante lo que no es más que incitación a la compra. Uno tiene que ver de todo en esta vida para morir con impresión de hartazgo y apariencia de completitud. Además, de algo tiene que vivir un montón de gente dedicada a eso que llamamos cultura, que, la mayor parte del tiempo, no es más que, parafraseando a Alain Brossat, imposiciones de consenso, ideología de cohesión y ocultación del conflicto social. 

En fin, que me pierdo. Tiene el controvertido honor de ser causa de la primera reseña del año de este blog minoritario la siguiente novela:






Así es, La espiral del silencio: título homónimo de una obra de la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann y que versa, grosso modo, sobre el peso aplastante de la opinión mayoritaria en la sociedad sobre las disidentes, que suelen quedar acalladas. Es, como pueden apreciar, un concepto de uso común entre los sociólogos, teóricos de la comunicación y también para algunos periodistas, entre los que se incluye la autora (free-lance). El periodismo de investigación y sus riesgos constituyen el leitmotiv de la obra. Así, según se señala en la contraportada: "Es una novela que reivindica la libertad de expresión, y hace un guiño a la falta de protección de los profesionales de la comunicación en zonas de conflictos". Loable intención, sin duda.

No obstante, no bastan las buenas intenciones para escribir una novela aceptable. Si fuera así, todo sería más sencillo, porque miren que hay asuntos lamentables sobre los que escribir de nuestra desgraciada condición humana y del mundo en general. La espiral del silencio denuncia mucho, una y otra vez, pero como creación literaria resulta muy deficiente en todos los aspectos que uno pueda imaginarse. Me atrevería a decir, a tenor de lo leído, que incluso en aquellos ni siquiera sospechados.

En la novela se narra la investigación del asesinato de una periodista, Frida, presuntamente por un grupo de sicarios de ramificaciones internacionales, especializados en matar periodistas críticos con el poder: gobiernos, mafias, etc. Sobre esta base, la autora pretende lanzar un alegato a favor de la libertad de expresión, de prensa y de la democracia.

La novela está contada desde dos puntos de vista. El primero, el predominante, es el habitual de un narrador en tercera persona, enfocado en la personaje principal, Sandra que es criminóloga. Esta, acompañada de un amigo fotoperiodista, Nico, intentarán resolver las causas del asesinato y si es posible denunciar a sus perpetradores. El segundo punto de vista consiste en periódicos monólogos interiores de Sandra (en cursiva). En ambos casos, el estilo de Mayte Martín es deplorable: es posible que haya recorrido todos los senderos posibles que llevan al lugar común, a la frase hecha y al personaje manido, vistos y leídos un millón de veces.

Aparte de eso, no hay voluntad de estilo. No se percibe el menor esfuerzo por construir párrafos o frases con intención artística, por modesta que se pretenda esta. No hay condensación del pensamiento, aquilatamiento de la idea, pulimentado de la intuición. No hay literatura, no hay arte por ningún lado. Nada que la haga una novela que merezca la pérdida de tiempo en leerla, por insulsa que sea nuestra vida. No sé que es peor: los intentos de la autora por dotar de vida interior a la protagonista, las escenas de pretendido erotismo o los párrafos que denuncian la situación de los periodistas por el mundo. 

Normalmente, selecciono fragmentos que ejemplifiquen lo que afirmo, mis impresiones de lectura. En La espiral del silencio cualquier párrafo vale, todos son igual de insustanciales. Voy con algunos:


Sandra pensó que de haber sido periodista le hubiera encantado hacer todos esos reportajes... sintió cierta envidia al recordar la cantidad de veces que la acompañó a recoger premios... su amiga iba siempre guapísima con su pelo rizado rubio, sus escotes, sus zapatos de tacones para ocasiones especiales. Frida era una chica muy atractiva, quizá algo menuda, pero no le restaba interés... era muy coqueta, le gustaba llamar la atención, en verano con tops enseñando el ombligo y zapatillas planas con los dedos al aire, eso sí con pantalones, rara vez usaba trajes o faldas, pero no necesitaba enseñar las piernas porque se imaginaban bajo los pantalones de telas vaporosas. 
El día de su muerte llevaba unos vaqueros, una camisa blanca, botas de tacón y un minúsculo chaleco del mismo color... siempre con aquellos interminables escotes que dejaban ver en muchas ocasiones su ropa interior cara, de encajes y colores. Tenía poco pecho y solía usar sujetadores con relleno. Le gustaba mucho la ropa interior, le daba más importancia que lo que llevara encima, y no reparaba en gastos cuando se trataba de adquirir su lencería. Incluso en invierno se las apañaba para llevar escote. Le gustaban las mujeres guapas, era exigente con ello, además femeninas, como su mujer. Mercy es más alta y de mayor envergadura, pero sin duda también una mujer muy atractiva. De cabello castaño lacio, jamás por debajo de los hombros y siempre arreglada de peluquería, con una manicura y pedicura siempre impecables y una forma de vestir algo más recatada, más de trajes chaquetas, faldas rectas y blusas bien abrochadas, carecía del desparpajo insinuante de Frida, pero era muy guapa, se daba un aire a Olivia Wilde, algo que ella explotaba y por lo que se ganó el apodo de Trece. Dos mujeres muy guapas, sin duda y hacían buena pareja, se entendían a la perfección. (Págs. 21-23)
 Le sorprendió la actitud de Nico, y comprendió entonces que sí él como periodista estaba dispuesto a pasar por un cambio radical, es que su olfato iba más allá de la amistad con Frida, que era intensa, pero su interés por la verdad era lo más grande que poseía, lo que le hacía un ser especial, adorable. 
Nico afeitado, con corte de pelo y nuevo vestuario no parecía él... pero ella con pelo largo rubio, maquillada y minifalda... se miraban en el espejo y parecían realmente otras personas. Ella estaba acostumbrada a los cambios de imagen, los criminólogos y detectives muchas veces hacen cursos de maquillaje e imagen para poder pasar desapercibidos, pero nunca se le ocurrió ponerse melena larga y rubia nórdica... Pensó si los policías del aeropuerto los reconocerían, y rio en silencio. (Pág. 37)
Frida era una estrella, de esas personas que nacen con tanta luz, popular, habladora, risueña... siempre trataba de echar una mano a quienes no tenían su misma suerte. Divertida, despreocupada, aquella forma de ver la vida como una inmensa obra de arte. Decía que todos éramos parte de un cuadro, de una obra de teatro, personajes de novela, que todos éramos piezas de ajedrez, fichas de parchís, blancas de dominó, ases en la manga y comodines para el mundo. Me exasperaba a veces con su cierta dosis de cinismo e incluso nihilismo, a veces era la persona más creyente del mundo y acto seguido blasfemaba. Era feminista a muerte, pero a veces ofendía a algunas mujeres. Me decía que todos teníamos contradicciones, que somos aristas de un poliedro y no podemos tener opiniones irrefutables e inflexibles. Frida era mi amiga, esa es la palabra que la define, amigo, todo y nada... ausencia y a la vez tengo tanto de ella. Debo seguir mi instinto, sé que tengo que buscar más allá de la noticia que busca Nico, tengo que leer entre líneas, tengo que trazar un nexo común entre todos estos datos, debo encontrar mi propia línea de investigación. Voy a sacar la brújula interior, tiraré los dados marcados que ella dejó, solo debo encontrar las muescas. (Págs. 114-115).

Es así la novela hasta donde pude leer, como si a la autora le hubiera acometido un ataque de escritorrea y, con el entusiasmo de esos momentos, la hubiese excretado de un tirón. También es digno de reseñar su apego por los puntos suspensivos, que se vuelven de lo más irritante, por arbitrarios. "En busca del estilo sincopado" o algo así podríamos titular.

Un par de ejemplos:


Sandra no pudo continuar leyendo... buscó desesperada una botella de vino donde de sobra sabía que había... en el camino encontró una de tequila y eso le sirvió para que después de un par de tragos a pelo, sin comer, después del viaje y el cansancio acumulado por el insomnio le diera por llorar... llorar a moco tendido, llorar hasta desfigurar sus ojos hinchados, su nariz colorada... y encontró un hombro en el que llorar... unos brazos que la llevaron hasta el baño más cercano para vomitar, la bilis, la hiel... el dolor... 
Nico la metió en la ducha... la refrescó, la llevó hasta una habitación donde la metió en cama y dejó que durmiera. Buscó por la casa aspirinas, paracetamol, ibupofreno (sic)... algo que pudiera calmar la jaqueca que sabía iba a desencadenarse ... buscó comida, algo que preparar en una casa fantasma... una casa que tenía esculturas y cuadros hasta en los cuartos de baño, la cocina... parecía los bajos de un museo y un museo que él no conocía. (Págs 40-41)
El periodista mexicano y sus compañeros intentaban hacer un análisis profundo de la realidad del narcotráfico y el tráfico de armas, lo que les convertía en héroes nacionales... tenían un control exhaustivo de la situación... no solo de su país, sino que habían creado una organización internacional una red casi tan preparada como la de las mafias, en la que sus armas eran la información. Contactos con Colombia, Perú, Argentina, Paraguay... (Pág. 65).

Los diálogos, por seguir desmenuzando, son, en la línea que estamos apuntando, romos, toscos y, lo peor, previsibles. La novela comienza con uno entre Sandra y Mauri, un policía:


-Mauri déjame que te ayude con este caso, sabes lo importante que es para mí... 
-Precisamente por eso no puedo dejarte, estás demasiado implicada personalmente, sí que no me toques las pelotas y desaparece de mi vista, bastante tengo ya con aguantar a los jefazos. 
-Sé que es mucha presión, los medios, el colectivo de lesbianas, las feministas, la familia, y nosotras las amigas, pero por eso me necesitas más que nunca. Mi relación personal con ella puede ser positiva. Ha pasado una semana y ya estoy mejor, ahora puedo empezar a recomponer todo y ayudarte a buscar a quien la mató. 
-Sandra lárgate ya, te he dejado pasar por ser tú pero, estoy hasta los cojones de que venga todo el mundo a presionarme con esta historia. ¿Sabes la de llamadas telefónicas de locos y locas que recibimos al día que reivindican el asesinato o que llaman para decir que lo merecía, o que te preguntan si es verdad que ha muerto o forma parte de un programa televisivo? La gente está loca, Sandra, y tenemos que lidiar con eso cada día, lo que me faltaba encima aguantar a una detective privado... así que desaparece de mi vista, no has venido en buen momento.

Y solo otro más, para no abusar:


-¿Qué haces aquí Nico? 
-Tenemos que hablar 
-Con esa cara tan seria que me has puesto ¿no me dirás ahora que estás embarazado? 
-Esto es serio, San, muy serio... Vamos dentro y te lo explico. Sandra no sabía qué pensar ni cómo reaccionar a lo que Nico había dicho... le metía prisa para que recogiera las cosas más básicas que necesitara, que cogiera ropa y enseres necesarios, que no podía usar el móvil, ni el portátil... tenía que dejar atrás sus cosas, incluido su perro. 
-No sabemos cuánto nos va a llevar esto -decía Nico- pero, está claro que te va a costar, yo estoy acostumbrado a desaparecer. 
-Pero es que no entiendo nada, Nico, ¿que estemos en peligro, el que alguien quiera asesinarnos? 
-Te lo he explicado Sandra, ¿no me escuchás?, sé que estás en shock pero esto es lo que hay... Frida lo sabía... ella ha repartido pruebas entre tus archivos y los míos y ellos no tardarán en descubrirlo. 
-Ellos, ellos, ¿pero quiénes son ellos? 
-¿Y esa pistola? 
Si estamos en peligro como dices no les vamos a dar facilidades... esta es mi pistola... tengo un par de aerosoles de gas... 
-¿Pero estás loca? ¿Un arma? 
-Te recuerdo que tengo permiso de arma y que estoy capacitada para cualquier defensa personal... -casi aulló desesperada-. Ya tengo todo lo necesario, incluido mi maletín de espionaje. 
-No pienses que esto es una novela negra, esto es la pura realidad, nos enfrentamos a lo desconocido, pero quien sea o quienes sean, ya han matado a Frida y no van a dudar en hacerlo con nosotros que somos menos populares que ella. (Págs. 28-29)

Ya ni siquiera voy a nombrar los solecismos, para qué, o la falta de claridad o de criterio con el uso de las comas. Y el enorme aburrimiento que provoca su lectura. Todo es de un nivel ínfimo, tanto que hace grandes (exagero) a algunas novelas noir que he denostado en otras reseñas. Me di por vencido en la página 121. En definitiva, una novela terrible. 






P.D. Una reseña opuesta a la mía y publicada en Dragaria la pueden encontrar aquí, de Marcos Rivero Mentado. Otra, de la Premio Canarias de Literatura, poeta y novelista (esto último, en sus peores días), Cecilia  Domínguez Luis, también en Dragaria, aquí. Y aquí, del famoso opinador y novelista de historias que se ensamblan Emilio González Déniz. Las tres se parecen en lo que cuentan y sobre todo en lo que omiten.