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viernes, 2 de diciembre de 2022

'Reparación del horizonte', de Víctor Álamo de la Rosa

Uno tiene la impresión, y me perdonarán (qué remedio les queda) la próxima vanagloria, que se hace más por la cultura en un blog de crítica como este o en el programa de radio homónimo que toda la panoplia institucional de actos, presentaciones y jornadas. Digo "más" porque no quiero decir que esos actos institucionales no sirvan para nada, que sí, sino que aquellos espacios que fomentan la crítica y la reflexión son más fértiles culturalmente que aquellos en los que la ciudadanía se limita a consumir.

Aun así, resulta fatigoso en algunas ocasiones y desalentador en otras tantas, comprobar cómo en los turnos de preguntas o en los debates en los que a la ciudadanía se le deja participar algunas personas son incapaces de sostener un diálogo educado y con vocación de aprendizaje. No debería sorprendernos: tan acostumbrados y resignados estamos a nuestro pasivo papel de consumidores y de subordinados políticos que la ocasión de participar de algún modo o de expresarnos en la esfera pública a veces se considera solo como posibilidad de lucimiento y tiene como consecuencia la ebriedad (para quien no sea tímido) del solipsismo. 

En el mundillo de la cultura, al menos en el caso de Canarias, la aportación del público se limita casi siempre a la de ser fan, más o menos entregado/a, a la causa de mostrar su admiración sin límites por el escritor o escritora, músico/a, actor/actriz, artista en general. Esta situación se agrava con las redes sociales, donde ese público tiene la posibilidad, casi inédita en otros momentos civilizatorios, de dirigirse a y ser respondido por el/la artista. Podría pensarse que esta posibilidad podría utilizarse no solo para el elogio, pero ya sabemos de sobra que cualquier tipo de crítica, objeción o sugerencia se suele considerar por sistema de mal gusto o algo parecido.

Sólo a regañadientes la crítica pública se acepta públicamente, sólo cuando se considera al crítico como guardián del campo cultural, sólo cuando se piensa que su aceptación o desaprobación puede comportar consecuencias en cuanto al prestigio del autor o promoción de su obra. En los demás casos, la crítica negativa es una falta de respeto, una falta de educación, un lamentable ejercicio de vanidad, la expresión de maldad congénita, etc.

Es el caso, sin ir más lejos, de la crítica de Eduardo García Rojas a la colección de cuentos de Nicolás Melini que lleva el título de Talón. Como deben saber, este crítico publica en el periódico provincial Diario de Avisos y coordina su suplemento cultural. Melini, al considerar que esta crítica negativa (entre nosotros, no demasiado) hace a García Rojas "valiente" por escribirla, no hace sino invertir, de modo ladino, los polos de la relación de fuerzas en cuanto influencia (al menos provincial) se refiere. 

Melini tiene en cuenta que García Rojas es un guardián del campo literario en Santa Cruz de Tenerife y, por lo tanto, se ve en la tesitura de elogiarlo dulcemente aunque le atice. Además, este elogio de la crítica negativa ("la única crítica negativa seria en Canarias") del crítico tinerfeño también se puede leer en comparación con el silencio de Melini respecto de la crítica de este blog, publicada quince días antes y de la que tenía conocimiento cierto. Así pues, por lo que se deduce, no la considera "seria".

Todo esto viene a cuento no a causa de que que Melini, líbreme Dios, sea para mí un escritor cuyo respeto anhele, o de que se comparta mi artículo o no, de que se me nombre o no, sino de lo que ejemplifica de secular desprecio por la crítica artística/literaria en la composición integral de la cultura, por no hablar de la asunción de jerarquías no cuestionadas y del papel del artista y de su relación con el/la crítico/a. A ver cuándo nos damos cuenta de que, sin crítica, no hay cultura, sino batiburrillo informe; de que la crítica la ejercemos queramos o no, nos demos cuenta o no. De que no hay juicio, selección, filtrado o discernimiento sin crítica. Que es rotundamente falso que la crítica de la obra artística, que de por sí tiene dimensión pública, haya que manifestarla en privado si es negativa mientras que solo el elogio debe expresarse en público. Asimismo, más les valdría a los/as artistas (y a sus fans) respetar la función de esta y el papel de los críticos/as por sí mismos y no estar besando siempre la mano del poderoso.




Y como de crítica literaria va este blog, hoy tenemos la colección de relatos (y alguna mini-cosa) titulada Reparación del horizonte, de Víctor Álamo de la Rosa, a quien ya tuvimos por aquí con aquella novela execrable titulada La ternura del caníbal. Di buena cuenta de ella porque no se puede publicar una novela como esta: imposible de leer y menos de terminar, por si no la recuerdan. 

En fin, con esta colección de relatos, aun siendo mejor que la novela (cualquier cosa es mejor que ella) confirma lo que el mismo Álamo de la Rosa señala en una entrevista: "Por ahora, siento que me he quedado sordo" (respecto de la literatura). Y no porque estos relatos sean extremadamente malos, sino porque denotan cansancio, si no hastío; a veces, incluso, me transmiten aburrimiento, eso sí, con espasmos de algo que podría haber sido y no llegó a ser. Cuentos de temática variada, de interés oscilante y con la peculiaridad de que casi todos los finales podían haber sido mejor resueltos. Siquiera con algo de oficio y no de modo tan negligente.

Aparte, el estilo. Tiene sus momentos apreciables, sí, pero molestan los habituales resabios, tan típicos por otro lado de nuestra fauna local autoril, y también la insistencia en escribir clichés (que incluso reconoce varias veces a lo largo de estos cuentos), que conducen a que la prosa se desplome en demasiadas ocasiones. Clichés no solo de expresión, sino también de pensamiento. Digamos que expresan la pereza del pensamiento, por resumir. No sé si puede decir algo peor de un escritor. Creo adivinar aquí y allá, una chispa: una chispa que no prende, es de lamentar, un deseo que no se plasma en un relato no digo ya redondo sino estimable. Un solo cuento me habría bastado (como es el caso de otros/as escritores que han pasado por aquí) para considerar que me encontraba frente a literatura y no ante un ejercicio expresivo, ante un pasatiempo o ante otra línea de currículum.


Y observar, dentro de esa panorámica surrealista que es la imaginación de un niño, esa isla desierta que, sin embargo, estaba multitudinariamente habitada por piratas con espadas y pistolas, pero también por superhéroes voladores y, siempre en caso de apuros, por el lobo feroz (el lobo siempre era feroz), calamares gigantes (¿de dónde habrá sacado eso?), un tigre, una cebra y una serpiente y, sobre todo, siempre amenazantes, siempre poderosos, los tiburones, hordas de escualos siempre dispuestos al juego. 

Y no y no y no. 

Esto, me di cuenta rápido, era mucho más peligroso de lo que parecía. Mucho. Corté de raíz todos los juegos que implicaran cuentos, narraciones, elipsis, prolepsis, analepsis, personajes, tramas y, además, para lograr que los repudiaras, te puse en el iPad el vídeo que narra cómo Don Quijote acabó flaco y loco, feo y arrugado, pobre diablo, un hazmerreír aupado a un caballo de madera, donnadie de los donnadies a ojos de todo el mundo (Pág. 15)


El oído de Clara, por su parte, cobró vida propia. Desde que nació, debió dar un paso al frente para convertirse en el principal de sus sentidos porque, cuando abandonó el orfanato, ya se manejaba a la perfección en español, inglés, alemán, francés e italiano, con esa prodigiosa facilidad para los idiomas que casi sin querer le regalaron las monjas. Desde que era un bebé, se acostumbró a oír a sor Simone en francés y a sor Gerta, quien le habló siempre en ese alemán suyo del centro de Berlín; también a sor Candelaria, con quien conversaba en el español atlántico y dulzón de Tenerife. El italiano cantarín de la Lombardía se lo inculcó sor Isotta, quien le hablaba a menudo de los hermosos lagos de su región, mientras que el más puro inglés lo escuchó de sor Angelica, quien, rígida como solo saben ser los ingleses, siempre le recriminaba su tendencia a la pronunciación norteamericana por culpa de las películas de Hollywood que la televisión brasileña pasaba una y otra vez solo con subtítulos, ignorando las ortodoxas prudencias lingüísticas de la hermana, una monja con larga cara de institutriz británica, pero más buena que el pan, que había salido del centro de la aristocracia londinense para enterrar sus días en aquel orfanato en torno al que crecía la descomunal favela de la Baixada. (Pág. 41)


Se desabrocha el cielo y ya no llueve, sino que el mundo entero parece desplomarse con prisa, diluyéndose, haciéndose solo agua que corre y corre anegando la ciudad porque ha olvidado su memoria, porque no reconoce alcantarillas ni desagües ni presas ni cauces ni barrancos. Solo piensa en correr. Correr y escuchar el mundo porque ha venido a desordenarlo, a recordarnos que todo está al revés. 

Me aburro. 

Aquí dentro. 

Más solo que la una. 

Y, sin embargo, de pronto suena la campanilla de la farmacia. Alguien ha entrado. Y me llevo un susto de mil pares porque habría apostado mi brazo derecho a que hoy no vendría nadie, ni el Tato, que todo el mundo en su sano juicio haría caso a las recomendaciones gubernamentales. Mejor en casita, viendo la tele, porque ya nadie se acuerda de leer. (Pág. 89)


Ni por la forma ni por el fondo, ni por el estilo ni por el asunto, estos cuentos merecen gran análisis, infectados como están por tamaña mezcla de languidez y desidia, también por la negligencia propia de quien es demasiado complaciente consigo mismo y no tiene quien le corrija. Quizá por la falta de estímulos que le induzcan a esforzarse por escribir algo valioso.

Por último, según parece, esta mediocre colección de relatos ha sido merecedora, por mor de esta prodigalidad institucional tan nuestra, de un galardón del Gobierno de Canarias en 2021 y de figurar en la colección Agustín Espinosa de Narrativa. No sé para qué sirve pertenecer a esa colección, salvo para presumir (y si es con obras así, tampoco). En cualquier caso, imagino que los criterios de inclusión de las obras deben de ser bastante relajados.

P.D. He encontrado una reseña elogiosa de Jorge Fonte, pero no está en la red. No se la pierdan (Canarias7, página 61, del 16/10/22) porque es abominable. Y otra aquí más normalita, pero siempre con la admiración incondicional por principio. 


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA


P.D. Una reseña posterior, de enero de 2023, aquí.

sábado, 12 de febrero de 2022

'Traficante de historias', de Juan R. Tramunt

Supongo que no les importará demasiado que me salte el orden de lecturas y que anteponga la novela Traficante de historias, de Juan R. Tramunt a Nevada, de Claire Vaye Watkins. Las diversas ocupaciones de la vida y la indolencia que asalta a veces como una lluvia inesperada me han llevado a posponer la publicación de los artículos del blog. También, es cierto, la oralidad que supone la radio y la obligación de producir un programa cada semana han influido. Lo primero, porque de algún modo tiendo a pensar que el trabajo ya está hecho al comentar la obra en el programa; lo segundo, porque el ritmo, aunque pudiera no parecerlo, no admite apenas interrupciones o dilaciones. Si estas surgen, retomar la actividad siempre se hace con demora y lentitud.

Además, y volviendo a la decisión inicial de priorizar la reseña de Traficante de historias, la historia que cuenta Juan R. Tramunt tiene que ver con nosotros de una manera más directa y cotidiana, mientras que los relatos de Claire Vaya Watkins son, pese al título, de naturaleza más general. Relatos notables, les adelanto, y que bien merecerán su atención.




Esta novela cuenta una historia de inmigración, una de tantas miles que se gestan cada año, cada mes. Lo singular, si se puede denominar así, es que es vivida y narrada, fundamentalmente, a través de un personaje canario, de clase media, profesor de instituto, por más señas: Tobías Arencibia..

A raíz de la muerte de su novia, Tobías experimenta una suerte de crisis vital por la que decide que sus conocimientos serían mejor aprovechados si abandonara su plaza en el instituto y comenzar a dar clases de español en un centro de internamiento de inmigrantes. Es entonces cuando comienza esta aventura, que le llevará de Canarias a diversos países de África, motivado por su amistad con uno de los integrantes del centro, Seydú Mahamane Keita. Seydú le había ayudado de modo inestimable en la puesta en escena de una obra de teatro que pretendía retratar el momento en que unos inmigrantes intentaban cruzar la frontera para entrar en territorio español.

A partir de la representación, se forja aquella amistad entre Tobías y Seydú. El segundo le relata al primero su odisea personal, las motivaciones que le llevaron, como a Tobías, a abandonar una vida más o menos cómoda y embarcarse por su país con una furgoneta llena de libros. Pretendía que la gente los leyera y, si no eran capaces, él se ofrecía a contar las historias que contenían, si no a contar otras nuevas. Un cruce entre propagandista cultural moderno y rapsoda antiguo. 

Tiempo después del retorno de Seydú a su país, a Tobías le llega una larga carta de éste que le pone al tanto de su situación. Una dolencia cardiaca le impide seguir con sus viajes y le ha obligado a dejar su furgoneta en un lugar remoto. Tobías decide visitar a su amigo y traerle de vuelta el vehículo con sus libros.

Ya el resto lo leen Vds. de primera mano.

Vayamos al desmenuzamiento. Para comenzar, la obra es más que digna. En este país, en este archipiélago canario, decir que algo "es bueno" o "está bien" significa, a efectos prácticos, que algo es malo. Peripecias de la lengua y de su sentido. Si realmente algo está bien, uno tiene que usar el superlativo. No hay espacio para apreciaciones intermedias. Lo explico en la siguiente tabla:


                                Ámbito íntimo          Ámbito público

Valoración                 Muy deficiente    Subvencionable/Autor, joven promesa

                                     Malo                 Elogiable/Autor de primera línea

                                     Regular             Notable/Autor es un maestro                                                                                     traducido al rumano y al albanés

                                     Bueno                    Sobresaliente/Autor genial

                                 Muy bueno          Obra maestra/Autor universal-¡Premio                                                                        Canarias ya! Casa Museo, efigies. 


Abundando en esto, a la inversa, si uno en el ámbito público utiliza un adjetivo queriendo expresar su significado recto, se traducirá así por los receptores del mensaje:

"Buena"---se traducirá, se entenderá como mediocre.

"Notable"----se traducirá por un quiero y no puedo

"Sobresaliente"---se traducirá por buena

"Obra Maestra---se traducirá por habrá que leerla.

Así, si digo que Traficante de historias es una buena novela, lo más probable es que entiendan Vds. que me ha parecido regular. Es lo que tiene la inflación de adjetivos, la hiperbolización del elogio, la sacralización de lo mediano. Se ve de manera visual y auditiva en el teatro, por ejemplo: si al público le ha gustado la obra, no hay que quedarse en silencio. Admitamos que hay que aplaudir para que los actores, aparte de cobrar por la entrada, sientan el gustirrinín del reconocimiento público; pero en España no basta con aplaudir cinco segundos de manera discreta, no. Hay que partirse las manos hasta que sangren y se quiebren las falanges, y hacer salir a los actores siete veces; mejor si se les jalea con gritos de "¡Bravo, bravo!". Y eso para una obra normalita. No les digo nada de la ópera: si sale Plácido Domingo, hay que, además, quedarse en pie un cuarto de hora y abjurar a voces del feminismo castrador.

Lo que quiero decir es que esta obra, con sus defectos, está bien, que merece ser leída. Es mucho más de lo que puedo decir de la mayoría de las novelas que por aquí he analizado, y que en muchísimas ocasiones han sido ensalzadas hasta el empalago más denigrante..

Ya que estamos, vayamos con los defectos:

La editorial se jacta/enorgullece de tener un equipo de "cuatro profesoras de Literatura" en cuyas manos está aceptar los manuscritos. También cuenta con "dos correctores distintos". Ya vimos en La ternura del caníbal, del ínclito Víctor Álamo de la Rosa, que ese orgullo carecía de fundamento, al menos en ese caso (espero que no vuelvan a pedirme el curriculum vitae para que puedan "valorar mi formación y experiencia").

 En Traficante de historias, lo que se echa de menos, en varias ocasiones, es la presencia, siempre necesaria, de la correctora (aunque figure en la segunda página del interior del libro). He apreciado, al menos una vez, una coma entre el sujeto de la oración y el verbo, construcciones en las que una oración subordinada aparece como complento del nobmre cuando lo correcto era el relativo "cuyo". Además, hay ciertas repeticiones, algunas elecciones de adjetivos, varios sintagmas prescindibles o esa práctica tan periodística de eliminar los adjetivos ordinales a partir del décimo. El mismo estilo de estas primeras decenas de páginas se corresponde más bien con uno alicaído y rutinario, propio de los periódicos. Fenómenos y prácticas que no deberían haber escapado a la atención de una correctora profesional. O, al menos, atenta.

Además, sobre todo en las primeras veinte páginas, el estilo de la novela vuela bajo, como el grajo y el frío del carajo. Como si al autor le costara calentar la muñeca, pero, en frío, tuviera ganas de llegar al meollo de la historia. Un editor atento tendría que habérselo hecho notar. ¿Para qué conformarnos?, me pregunto.

Lista de ejemplos:

Cuando su novia, Silvia, con sus padres y su hermano, de regreso de su útimo viaje de soltera en familia, embarcó en aquel fatídico vuelo de Madrid a Gran Canaria, de un plumazo la vida que Tobías veía enfilada cambió, y el esperado auncio de boca concidiendo con su treinta cumpleaños se trastocó en pedir la excedencia como funcionario y aceptar el puesto de docente en un centro de emigrantes, lejos de compañeros y alumnos condescendientes. (Pág. 18)

Lo que aquellos pergaminos contuvieran, podría ser tan importante o más que cualquiera de los libros que se apilaban en la biblioteca ambulante (...) (Pág. 48)

Además, a excepción de Seydú, aquella gente era bastante joven, y una vez más Tobías tenía que hacerse el reproche personal de no conocer la realidad de buena parte de la juventud africana. (Pág. 53)

Esa isla es un hermoso lugar del que conviene no olvidar nunca lo que significó. (Pág. 109)

Como suele ocurrir, sus clases dirigentes, peleles de lo que se decida en el Palacio del Elíseo, disfrutan de grandes privilegios que el pueblo llano ni siquiera puede pensar en ellos. (Pág. 113)

 Siento algo vergüenza de haber nacido en unas islas africanas (...) (Pág. 128)

A medida que avanzaba el día, perdía la esperanza de que apareciera alguien. Se intentaba sobreponer buscándole alguna lógica a su situación, a la de las otras personas que, supuestamente, paraban por allí. A medida que avanzaba el día podría aparecer alguien, pero esa posibilidad desaparecería totalmente al oscurecer porque nadie -suponía- se aventuraría a circular en aquel terreno carente de toda señalización, y con el riesgo de meter el vehículo en una zanja o algo peor. (Pág. 141)

Nadie mencionó los secuestros, y Tobías no quiso añadir más "condecoraciones" a aquel personaje del que volvía a precisar sus servicios. (Pág. 167)

Supuso que se turnaban en vigilar las pocas pertenecías con que viajaban. (Pág. 168)

Le venían sensaciones parecidas a las vividas en su primera juventud, donde más de una vez pernoctó en solitario en el pinar de Tamadaba y otros lugares de la isla. (Pág. 186)

Solamente, Silvia había mostrada interés por esas experiencias y quiso compartir las sensaciones que un Tobías algo escéptico le contaba cuando la conoció. (Págs. 186-187)


Quizá sea pedir demasiado, pero hay conceptos que hace tiempo que ya no se utilizan, al menos en las ciencias, como el de "raza" referido a los seres humanos. Que haya variadades fenotípicas motivadas por la relativa separación entre grupos humanos a lo largo del tiempo junto con su aclimatación a las distintas zonas geográficas del planeta no califica para establecer una separación genética que vendría dada por aquellas características físicas externas. También, decir "hombre blanco" o "negro" aclara poco, salvo, tal vez, para los supremacistas anglosajones. Por otro lado, se prefiere utilizar etnias para distinguir comunidades culturales o sociedades. Al igual que hablar de África, en general, como si las realidades de todo tipo de, digamos Argelia, pudieran corresponderse con las de Egipto, Chad, Congo, Mali, Etiopía, o Lesoto. Diría que utilizar estos términos de alguna manera contradice la intención de Tramunt, que, me atrevo a suponer, pretende quitar el velo que cubre la visión simplista, cuando no directamente xenófoba, de muchos/as canarios/as (y españoles/as, en general) sobre la arribada de inmigrantes a nuestras costas.

Quiero añadir que me resulta débil el intento de explicar la inmigración con ese repetido "no hay trabajo", que soslaya la integración relativamente reciente de numerosas comunidades al sistema capitalista, cuando no la explotación colonial y su esquilmante herencia. Asimismo, una vez integrados en la economía mundial, muchos de estos países africanos desempeñan un papel subordinado, limitado a permitir la extracción de materias primas destinados a los países del denominado primer mundo. En ocasiones, incluso, se elabora toda una estrategia destinada a socavar la instauración efectiva de estados fuertes y consolidados, porque es más sencillo y más barato lidiar con los denominados estados fallidos o con cualquiera de las facciones que se disputan el poder en esas regiones. Como digo, un asunto que dispone de una bibliografía enorme, y que no se puede solventar literariamente con trazo tan grueso.

Aunque hay numerosas obras en la denominada literatura poscolonial en las que se aborda la migración desde el punto de vista del/la viajero/a, con autores/as distinguidos/as ya por el reconocimiento occidental, no deja de tener interés esta novela, vista desde el punto de vista de un occidental, aun su periférica situación. Juan R. Tramunt, a pesar de los titubeos iniciales y quizá falto de una justificación psicológica más convincente para las motivaciones de Tobías, elabora una aventura que a cada página que pasa se vuelve más emocionante, trágica e, incluso, bella. Las andanzas de Tobías narradas en tercera persona no omnisciente, centrada en él, despliega un buen número de relaciones que se complejizan, ya desde su primer encuentro con Seydú. A estas alturas, el lenguaje ya ha adquirido vigor. El autor se mueve con firmeza y confianza adentrándonos con él en la historia.

Además, el mismo Tobías cambia, lo que convierte a esta aventura en una especie de novela de formación. Algo, que si no me equivoco, ocurría también con las andanzas del protagonista principal de Anturios en el salón. Su creciente comprensión del sufrimiento de las personas que se ven obligadas a emigrar en circunstancias arriesgadas y en condiciones penosas es también la nuestra. Esos padecimientos, que acaba sintiendo en primera persona, amplían su visión de este fenómeno de un modo singular, de un modo que jamás podría haber alcanzado antes. Algo de esa comprensión, vendría bien a muchos cuando ante el lamentable espectáculo hace unos meses del puerto de Arguineguín, hablan de "invasión", de "inseguridad", etc. En este sentido, la novela de Tramunt me parece eficaz, aparte de bien estructurada y bien narrada.


Anotó en su cuaderno de viaje: "Siento algo (de) vergüenza de haber nacido en unas islas africanas, disponer de ciertas condiciones que me permitieron en el pasado viajar a países lejanos, y, sin embargo, desconocer estas tierras maravillosas que se extienden a pocos kilómetros de nuestro hogar, saber tan poco de sus gentes, afanadas en sobrevivir. he vivido toda la vida de espaldas a su realidad y la estoy descubriendo casi por puro azar, a la vez que hago firme mi compromiso de conocerla mejor". (Pág. 128)

 

También hay que resaltar que, a pesar de su insistencia en el concepto hombre blanco, no establece una división maniquea entre blancos y negros o entre europeos (incluyendo a los canarios) y africanos. Hay una gama de grises que resulta verosímil y convincente en la caracterización en los personajes. Los diálogos, así mismo, no son abundantes pero cumplen bien su función de resaltar las acciones y la moralidad de quienes hablan. 

Por último, quizá el autor podría haberse detenido más en la descripción física del paisaje y de los entornos urbanos que atraviesa el protagonista. Salvo la vívida escena del ferrocarril, los parajes que describe son un tanto evanescentes, opacios. Sin suponer un menoscabo a la novela, creo que podría haberse detenido un poco en el ambiente para resaltar la inmersión de Tobías en su aventura, para perfilar aún más esas vidas llevadas al límite.

Conclusíón: A veces, hay que detenerse en los defectos de una novela para apreciar mejor su alcance y, sobre todo, sus posibilidades. Repito que, con algunas correciones, Traficante de historias podría haber sido todavía mejor. Aun así, destaca en el panorama literario, repleto de obras tan autocomplacientes como carentes de interés alguno. Como en su novela anterior o en los relatos de Nunca más la noche, Tramunt nos proporciona buenos motivos para leer y para pensar. Recomendable.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA

lunes, 28 de diciembre de 2020

Las listas de 2020: lo peorcito y lo mejorcito

Aquí estamos, por fin, con las listas-resumen de fin de año 2020. Este es el artículo-pináculo, el culmen de doce meses de dedicación lectora algo masoquista, para qué voy a engañarles.

Así y todo, parece que fue ayer cuando comencé con el blog: era joven, ambidiestro, corría delante de los grises, militaba en un partido comunista-maoísta y no me depilaba las ingles. 

El párrafo anterior es falso.

2020 fue el año en que me di cuenta de que la competencia era la norma que debía presidir las relaciones sociales, y que la mejor manera de sobrevivir en un ecosistema económico como el nuestro era construirme un personal branding, crear una start-up en una incubadora de empresas, mejor si era subvencionada, buscar business-angels y practicar el elevator-pitch, así como el story-telling

Nada de esto es cierto. 

Desde entonces, no he hecho más que hacer amigos/as del mundillo cultural, que no han dejado de invitarme a todo tipo de saraos y festivales de dudosa reputación para que comparta mis insensateces entre canapé y canapé y me enfrasque en juegos de piernas bajo la mesa. Radios, teles y periódicos me importunan de continuo para que ilumine sus mediocres tertulias con mi carisma. Siempre pido un euro más de lo que cobra el/la colaborador/a con más caché. Algunas personas me llaman "ser de luz".

Todo esto también es falso. 

Dejémonos de bromas: 2020, en realidad, ha sido más sencillo, pandemia aparte. Fructífero tanto en número de lecturas como en calidad, y no solo hablo de ficción. Ya sea por que estoy afinando el ojo o porque he aprendido a huir de ciertos autores/as (a los que les he concedido más de una oportunidad) previendo que no me iban a traer nada bueno, lo cierto es que la lista de este año solo contiene tres libros que, sin duda, podríamos calificar de enemigos de lo bueno y de lo hermoso, como diría Platón.

Vamos allá:

Lo peorcito

1) La ternura del caníbal, de Víctor Álamo de la Rosa. Ed. Siete Islas.

Esta novela (al menos hasta donde llegué) no es mala, sino abominable. Diálogos impostados que causan vergüenza ajena, un argumento de película de la Cannon de los años 80, personajes, sobre todo el protagonista narrador, risibles y ridículos. Además, la promoción en los medios de la novela en la que se cantaban, una y otra vez, sus excelencias no puede sino provocar que el efecto de la lectura sea aún más esperpéntico. Mala hasta decir basta. La ternura del caníbal, junto con La espiral del silencio, de Mayte Martín, Caídos del suelo, de Ramón Betancor, y El tren delantero, de Emilio González Déniz son obras, por llamarlas así, que ejemplifican cómo no debe escribirse una novela, o una carta, o un recibo, o la lista de la compra: cómo no escribir, en general. 


2) El gran amor de Galdós, de Santiago Gil. Edic. La Palma.

Se le mima mucho a Santiago Gil. Imagino que el encanto personal y la conexión por tierra, mar y aire con los medios de comunicación tampoco juegan en contra a la hora de promocionar su hipertrofiada obra literaria. Ya Gracias por el tiempo era lo bastante mala como para imponer una cuarentena urgente y prevenir daños futuros, pero, no obstante, dado el año en que estamos y precedida por los elogios desmesurados (cómo no) de J. J. Armas Marcelo, pensé que había que concederle una segunda oportunidad. Craso error. No lo cometan Vds: me lo agradecerán.


3) Amores ciegos, de Marcos Rivero Mentado. Edic. El Drago.

Muy floja. Se le agradece el sentimiento vertido, pero es un ejercicio fracasado que nos hace recordar lo que pensaba Wilde de la sinceridad. No es cuestión de hacer sangre de un artista multidisciplinar y polifacético cuya incursión en la literatura, me temo, solo le valdrá para el currículo. Ya algunos buenos literatos hicieron desaparecer su primer libro o poemario, así que no debe avergonzarse si decide seguir esa escondida senda.







Como suele pasar con las buenas lecturas, establecer una clasificación es difícil, cuando no directamente arbitraria. No obstante, una lista que no esté encabezada por Bernhard casi no es lista. Peter Stamm, es un excelente escritor, así que tampoco escribo nada nuevo, y lo mismo, de Georges Simenon. Daniel Pennac en cierto modo me recuerda aquellos momentos de lectura febril de la infancia y adolescencia, de lo que me alegro. Por otro lado, sin ánimo de exhaustividad, me han maravillado tanto la lectura de Luis Rodríguez como, en otros registros, de Anelio Rodríguez Concepción. Finalmente, y pasando por alto el resto de títulos, nada desdeñables, incluyo a Andrea Abreu porque considero que su novela tiene valor, a pesar de que no haya gustado a gente cuyo criterio respeto casi más que el mío. Debo señalar, pero lo mismo puede decirse de novelas mucho peores como las ya mencionadas, que Panza de burro ni de lejos ha suscitado la aprobación unánime de público y crítica. Ya saben que en este mundo mediatizado solo existe aquello en lo que ponen el foco los medios de comunicación.

Lo mejorcito

1) Hormigón, de Thomas Bernhard (traducción de Miguel Sáenz). Ed. Alfaguara.

2) Monte a través, de Peter Stamm (traducción de José Aníbal Campos). Ed. Acantilado.

3) 8.38, de Luis Rodríguez. Ed. Candaya.

4) Historia de Mr. Sabas, domador de leones, y su admirable familia del Circo Totti, de Anelio Rodríguez Concepción. Ed. Pre-textos

5) El valle del Issa, de Czeslaw Milosz (traducción de Anna Rodón Klemensiewich). Ed. Tusquets.

6) La ballena, de Paul Gadenne (traducción de David M. Copé). Ed. Periférica.

7) Liberty Bar, de Georges Simenon(traducción de Núria Petit). Ed. Acantilado.

8) La felicidad de los ogros, de Daniel Pennac (traducción de Manuel Serrat Crespo). Ed. Debolsillo

9) Quédate este día y esta noche conmigo, de Belén Gopegui. Ed. Debolsillo.

10) Panza de burro, de Andrea Abreu. Editada por Sabina Urraca.


Y además:

- Ricardo Pérez se prodiga poco. Más bien poquísimo. Tiene un blog, 'Hablando de Literatura en Las Palmas (o argo así)', en el que, por ejemplo, este año solo ha escrito dos entradas. No obstante, es un lector sutil y un escritor ingenioso cuyos comentarios merecen la pena, bastante más interesantes que los que se pueden leer en los cuadernillos culturales de los periódicos locales o en las revistas literarias digitales. Además, tiene otro blog (cierta dispersión es una característica de este buen hombre) en el que deposita reflexiones más generales sobre asuntos varios que, con frecuencia, se salen de lo común. Un punto de vista singular, sin duda.


Los medios de comunicación

En lo que se refiere a reseñadores/as y periodistas culturales de los medios locales ("espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!"), no puedo resistirme a enviarles de nuevo un saludo cordial, agradecido por esa insistencia que muestran por cultivar el estilo lírico-pastoril, en la línea maravillosista y buenrollista que es seña de identidad de quienes comentan arte y literatura en Canarias. Les auguro una larga carrera reseñadora con entrada VIP a los grandes acontecimientos culturales o a lo que surja. Que sigan empeñándose en mostrarnos su entusiasmo por todo lo que huela a Cultura, sea alta, baja, popular, industrial, intermedia, triangular o elipsoide. Es posible que algún día estos/as amantes de lo bello lean una novela de un/a autor/a canario/a que les disguste o vean una obra de teatro deleznable, o asistan a una exposición que les decepcione, pero hasta entonces, engrosan (y fomentan) la nómina de personas empeñadas en levitar a poco que oigan "¡Arte!, ¡Cultura!, ¡Música!, ¡Literatura!". Como diría Víctor Lenore, no hacen sino mostrar, en definitiva, la cobardía del gremio.

Es posible que hagan falta periodistas que funcionen como intermediarios entre el gran público y los artistas. Que sean capaces de traducir y contextualizar, pero con criterio, además de críticos, si queremos que sean algo más que meros publicistas, que es lo que, al fin y al cabo, son ahora mismo, incluso con entusiasmo.

Por último, respecto del papel de la crítica en el mundo del Arte (lo mismo podría decirse del más acotado de la Literatura), Hal Foster se preguntaba ya hace unas décadas(*): "¿Cuál es el lugar de la crítica en una cultura visual que es eternamente administrada -desde un mundo artístico dominado por agentes de promoción con escasa necesidad de crítica hasta un mundo mediático de corporaciones de comunicación-y-entretenimiento sin ningún interés por nada-? ¿Y cuál el lugar de la crítica en una cultura política que es eternamente afirmativa, especialmente en medio de las guerras culturales que llevan a la derecha a amenazar con o lo tomas o lo dejas y a la izquierda a preguntarse dónde estoy en este cuadro?"

Esto es todo. Esperemos que 2021 sea mejor en todo y para todos. 



(*) FOSTER, HAL. El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo, Madrid: Akal, 2001, introducción, XII.





domingo, 7 de junio de 2020

'La ternura del caníbal', de Víctor Álamo de la Rosa

Creo que ya está bien de tomar el pelo a la gente. En especial, por lo que nos atañe, al público lector. Acepto que no todos los escritores y escritoras pueden convertirse en maestros del lenguaje y pioneros del pensamiento, pero al menos deberían aspirar a ser esforzados aprendices. Lo que resulta un baldón para todas esas personas que sí se empeñan en esa tarea, lo que constituye una estafa para el público, es que a productos aborrecibles se les denomine "joyas de la literatura" y a sus autores, "orfebres". Lo que hay que tener es un mínimo de vergüenza y dejar de menospreciar a la comunidad lectora. En Canarias, no es que los periodistas culturales y los medios de comunicación pongan el listón bajo, es que carecen de él. No miden las consecuencias de su mala fe y no están a la altura de la responsabilidad comunicativa que poseen. Abdican de su oficio a diario.

Una novela como La ternura del caníbal, de Víctor Álamo de la Rosa, nunca debió haber salido de la imprenta. Al menos, sin profundas correcciones tanto en el estilo como en la historia en sí. Los editores de estilo, qué digo, los/las editores (de obra de ficción) desaparecieron del planeta hace casi tanto tiempo como los dinosaurios, y las huellas de ese cataclismo son perceptibles aún. No es desdeñable tampoco el efecto perverso que pueden ocasionar, con la excusa del patrimonio, las subvenciones de nuestras administraciones públicas a las editoriales locales para que promuevan la literatura canaria. Así, aquellas, no atenazadas por la búsqueda de negocio rentable ni estimuladas tampoco por el objetivo de ofrecer literatura de calidad, se limitan a mandar lo que sea a la imprenta, que es tarea de bastante poca enjundia y menor complejidad. Eso sí, patrimonio, un montón. Al final de la cadena de intereses y vanidades, el maltratado público lector se gasta 16,83 euros en un libro que no vale nada.




Esta obra distópica, en la línea de la lamentable moda que llevamos sufriendo en España unos cuantos años (recuérdese, por ejemplo, la floja Rendición, de Ray Loriga, la insufrible Madrid: frontera, de David Llorente o, en nuestro terruño, la olvidable Evanescencia, de Manuel Almeida), ribeteada con apuntes de crítica social más o menos facilona (de esas de chaise-longue), nos cuenta la eclosión del canibalismo en la sociedad (futura) entre las aventuras y desventuras de los protagonistas. El interés, como suele suceder, no radica tanto en la originalidad del tema, mutación del género zombi, como en el posible mensaje que pueda contener y, claro, en el estilo.

Desengáñense, ni el mensaje (el embrutecimiento social metamorfoseado en canibalismo por la polarización social sustentada por las agudas diferencias económicas, además del consabido Estado policial/dictatorial) posee algo que pueda enarcarnos una ceja, ni el estilo (un caprichoso exhibicionismo de facilidad literaria tanto más deplorable por cuanto empalaga y aburre sin freno) proporcionan algo valioso. 

Lo que perpetra Álamo de la Rosa con el lenguaje debería ser enseñado en los talleres de literatura, además de alguna clase magistral en la Universidad, por lo que tiene de enseñanza negativa: el desprecio por la frase pulida, por la síntesis semántica, por la continencia textual. En cambio, el autor desparrama párrafos hinchados de verborrea manida, "retahílas" de frases hechas y andanadas de pensamiento rutinario que pretende pasar por moralmente vivaz en algunos momentos y, en otros, como agudo pensamiento sociológico. Para, al fin y al cabo, contar una historia que hasta donde pude llegar se apuntala sobre la precaria y agostada imaginación del autor, cuyo protagonista está aún más pagado de sí mismo, lo que ya es difícil. 

En esta línea, los diálogos son banales y la información que rezuman solo suscitan hastío, las descripciones eróticas son para esconder la cabeza bajo una piedra y el bosquejo de los personajes son de una miseria literaria que asombra. Asimismo, en las escenas combina la omisión de aspectos que podrían haber hecho interesante la novela con la minuciosidad en la descripción de otros absolutamente superfluos. Esta ordalía de lectura me recuerda a algunas de las lamentables obras que por aquí han pasado. 

Ejemplos que hablan por sí solos

Aquella mañana se había afeitado como de costumbre. Después se había duchado y se había acomodado frente al espejo para peinarse con gomina, cepillarse los dientes, masajear la piel de la cara con su carísimo prodigio de crema antiarrugas y darse la aprobación general, oír su propia ovación, aplaudan, aplaudan, siempre tras retocarse el nudo de la corbata. Como cada día de estos veinte años. Con esa puntualidad suiza. Con ese rigor minucioso que impedía la rebelión de algunos pelillos de su barba o de su bigote. La precisión de su hojilla de afeitar, laminada por seis cuchillas afiladas, siempre cumplía con el deber del apurado perfecto. Así fue ayer y así fue hoy, porque la rutina no tiene nada de malo. Nada. Al contrario, sirve para apuntalarnos el día a día e impedir que se abran huecos con dudas, huecos donde naufragar, huecos. (Págs. 14-15)

Ahora que lo pienso la aparición de Melany y mi repentino interés por ella no tuvieron que ver con su aspecto, como me había ocurrido con la larga retahíla de mis novias anteriores. Siempre he ligado por impulso, tras fijarme en la beldad que destaca, y mis calculados pasos de mujeriego hacían el resto. Un poco de cara dura, algo de cháchara simpática e intrascendente y, con escasos desaires, al poco tiempo de conversación sabía que mi objetivo me acabaría dando su número de teléfono. Solo ese hecho garantizaba que la mitad del camino hacia la conquista había sido satisfactoriamente recorrido. Es cierto. Siempre he tenido facilidad para ligar, aunque no soy ni especialmente apuesto ni mucho menos rico, dos cualidades, ser muy guapo y ser muy rico, que no deberían contar a la hora de competiciones de cortejo. Es lo que pienso y, aunque estoy seguro de que muchas mujeres tacharían de machista esta observación, es una verdad como una catedral. ¿Se dice como una catedral o como un templo? (Págs. 33-34)

-No imaginaba que fueras experta en bicicletas. 
-Me gusta conocer la máquina que monto. 
Dudé si conceder o no segundas intenciones a sus últimas palabras, pero me emocionó su desparpajo y se despertó dentro de mí el calor de una resolución y una brizna de lujuria. 
-Vale, de acuerdo, ¿te viene bien pasado mañana, a las ocho y media? 
-Tengo que mirar mi agenda. No, es broma. Me viene estupendo, genial. 
-Puedo recogerte en tu casa, si te parece. 
-¿Recuerdas la dirección? 
-Sí, con toda nitidez. Calle de la Revolución, número 43. 
-Buena memoria. Pues hasta pasado mañana, entonces. 
-De acuerdo. 
-Gracias de nuevo. 
-De nada, de nada. Chao. 
-Chao. (Págs. 54-55)

El sistema nos permite tener sueños, pero no para calmar nuestro instinto de progreso social sino para atemperarlo y sujetarlo, y, en realidad, quedarnos solo en el sueño, en la simple idea del sueño, sin pasar a la acción, a la búsqueda activa. Sin organizarnos. Sin comportarnos como abejas en busca de un panal mayor, un lugar donde al menos puedan caber sueños más amplios. Así es. Así funciona. Y yo pongo mi dedo en el control de presencia y soporto las injusticias de mis jefes y bajo la cabeza y miro para otro lado y pienso en el salario y no me siento orgulloso y pienso en mi pequeño apartamento y después pienso en el reino de la exclusión que son las cuatro torres. Altas, siempre recordándonos nuestro final si nos salimos del sistema. (Pág. 59-60).

-Soy yo -dijo, y ya al besarnos con saludo las mejillas puede sentir mi cara contra el colchón de sus cabellos y la fragancia agradable que exhalaba su pelo. 
-Es que no te recordaba así. 
Volvió a sonreír. 
-Milagros de peluquería -dijo, con mohín de coquetería zalamera. 
¿Aparcaste la moto? 
-Sí, ahí mismo -señalé. 
-Pues vamos mejor caminando. El restaurante que he pensado está aquí cerca, casi a la vuelta de la esquina. Así el casco no me aplastará el pelo -bromeó. 
-Claro, de acuerdo. Esos rizos se merecen toda la libertad -dije, dejando claro que yo también sabía hacer bromas. 
Caminamos, sin tocarnos o rozarnos, uno junto al otro. 
-¿Qué tal tu día? 
-Bien, normal, sin novedad en el frente. 
Tengo que describirla, es perentorio que lo haga, pero preferiré hacerlo dentro de un momento, cuando lleguemos al restaurante y Melany se quite la gabardina color caramelo que la envuelve hasta las rodillas. Entonces seré más preciso y pintaré mejor. Con más luz, más colores, mejor paleta. (Págs. 70-71)
 
No los atormentaré más. Yo mismo, en la página 112, decidí que ya había cumplido con mi deber de lector-reseñador más que de sobra. Lo dicho, pasen de largo, y hagan algo, si no útil, al menos que les sea satisfactorio. Leer esta novela no será ni una cosa ni la otra. Sin duda, La ternura del caníbal es favorita a ser la peor novela que haya (medio) leído este año.

Álamo de la Rosa es un autor reconocido en Canarias. Al menos, como ocurre también con otros escritores ya reseñados en este blog, en lo que se refiere a su presencia mediática. Sin duda, esta novela, no contribuirá a auparle al Olimpo de los clásicos literarios, aunque él mismo considere que es "muy completa". Prometo, no obstante, pero sin solemnidad, leer su novela Terramores, que es la que, al parecer, ha suscitado mayor respeto (aunque ya no sabemos a quién ni por qué), porque ningún respeto hay que sentir por La ternura del caníbal. Es posible que antaño hubiera un escritor, no obstante.

Llegados a cierto punto, el lector tiene derecho a enfadarse porque la atmósfera literario-cultural en Canarias carece de oxígeno. A este paso, tendremos que seguir viviendo de Galdós y de Quesada cien años más, porque si estos son los autores a los que se encumbra, a los que se toma por modelos, apañados vamos.




P.D. Otras opiniones totalmente diferentes a la mía y una entrevista: