Mostrando entradas con la etiqueta Juan Carlos Rodríguez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Carlos Rodríguez. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de noviembre de 2023

La crítica en tiempos de barbarie

Valgan estas líneas como expresión de un estado de ánimo, como reacción al mundo humano, que con el paso del tiempo comprendo cada vez menos. O que se me presenta cada vez más complicado de asumir, al menos en su parte de maldad y de desprecio por nuestros congéneres y por la naturaleza en su conjunto. En ningún caso, como esbozo de una teoría.

Sin duda, había que preguntarse por qué escribir después de Auschwitz, y de Hiroshima y Nagasaki. También, hoy, para qué escribir reseñas cuando hay tanta guerra y tanta muerte desgarradora y criminal cada día, como en Ucrania o en Gaza. O los innumerables conflictos en África que, por ser África y seguramente por otras razones vergonzosas, no aparecen en los medios de comunicación. Serían incontables las guerras y los muertos tras 1945. Infinitos antes. Tiempos de barbarie son todos: no dejan de serlo porque creamos que estamos a salvo.

Cómo ser feliz uno cuando no tan lejos la tierra arde y la gente muere a miles y aparecen fosas comunes como malas hierbas tras un día de lluvia. Cómo, cuando nos parece una gran decisión cambiar de serie de Movistar a HBO, mientras cientos de emigrantes se apiñan en cáscaras de nuez para cruzar el mar y muchos/as acaban como alimento para los peces.

Qué cerca estamos de la barbarie. Ocurre todos los días que un poder arbitrario y sin corazón arrastra a seres humanos (y a los animales) a una trituradora de carne, a un embudo de sangre y bilis. El mundo como un camposanto permanentemente bombardeado en el que los cuerpos abiertos en canal cuelgan de los nichos y los huesos quebrados y las vísceras se desparraman con abigarrada promiscuidad. Las hendidas calaveras nos miran con sus cuencas embarradas y preguntan por qué, joder.

Aquí estoy yo, pues, haciéndome estas preguntas, sin la imaginación suficiente para hacer algo que mitigue esta punzada en la conciencia. Sin poder individual, sin mirada olímpica que sopese y evalúe cada uno de los matices de la realidad, no puedo sino conformarme con mi mediocridad existencial, también con esta apariencia de seguridad en la que circunstancias, casi todas ajenas a mi posible mérito, me han instalado.

En mi silloncito, con el café a mano, rodeado de libros: parece la única realidad posible.


En otro orden de cosas, llevamos una semana teniendo a la ultraderecha, compañera natural de la derecha y no solo por metonimia, protestando, envuelta en la bandera nacional, contra un concepto a las puertas del PSOE. Es evidente que el concepto se hará letra y ley para llegar a un acuerdo político con la derecha independentista catalana, (que no era demasiado independendista hasta hace 10 años). Pero de eso se ha escrito mucho ya. Si la política democrática era el medio para evitar la violencia entre grupos humanos con proyectos políticos y sociales diferentes, no parece demasiado reprochable lo que se está gestando (en estos momentos, cuando estoy a punto de sacar el artículo, se ha registrado ya en el Congreso la propuesta de la ley). 

Dice Juan Carlos Rodríguez que Brecht se preguntaba -le reconcomía- por qué la disolución del mundo pequeñoburgués creaba nazis, por qué tanta gente aceptaba el sistema que los explotaba. En nuestros días, nos preguntaríamos por qué tanta gente humilde vota VOX o PP, que abogan abiertamente por privilegiar a los ya privilegiados y al capital -normalmente con la excusa de que su bonanza será la bonanza de los de abajo- y penalizar las rentas del trabajo, es decir, a casi todos nosotros/as.

No obstante, el PSOE, que ahora parece casi épico resistiendo a las hordas nostálgicas del franquismo y del imperio de los Austrias, siempre ha sido connivente con el sistema capitalista -como buen partido socialdemócrata- y si no lo ha promovido activamente sí ha sido también complaciente con lo que Corey Robin considera una característica de la mente conservadora -o reaccionaria-, el popularizar los privilegios. Por ello se entiende la posibilidad de que uno, independientemente de su clase social, posea algún privilegio -o sea capaz de tenerlo o ejercerlo- respecto de otra persona o grupo de personas, ya sea por riqueza, etnicidad, género o ciudadanía. Lo traduzco como el rico frente a los pobres -o frente a las clases medias-, el hombre frente a la mujer, el payo frente al gitano, el español frente al extranjero sudamericano, magrebí o subsahariano, etc. En un contexto más familiar y, por tanto, casi desapercibido, aceptamos que haya palcos en recintos de naturaleza pública, como en los teatros dependientes de cualquier institución pública; o zonas exclusivas en los grandes conciertos. O, en los aeropuertos, zonas VIP, asientos business, y el resto para los comunes; tenemos, además, copago para no hacer cola.

¿Y cómo que asientos reservados para las autoridades? ¿Por qué lo consideramos como algo natural y no como una excepción?

Por no hablar del poder estratificador del dinero: Educación y Sanidad. Vivienda. No hay mejor disolvente de una comunidad humana.

Todo nos parece normal. La desigualdad social está normalizada en nuestra democracia representativa.

Entonces, cómo hacer crítica literaria de un modo que no considere la literatura como un compartimento estanco, como una habitación aislada del mundo, mientras los cristales de las ventanas tiemblan con el sonido de las bombas, el techo amenaza con desplomarse sobre nuestras cabezas y la sangre de las víctimas se extiende por todo el planeta. Cómo escribir crítica sin mencionar todas las insidiosas -o abiertas- y lacerantes formas de desigualdad dentro de un país y entre los países.

Crítica de un modo que no sea divagación de estética o de técnicas narrativas; o se limite a enumerar los solecismos y los lugares comunes. Todo esto sin caer tampoco en el discurso de acompañamiento que se limite a elogiar al autor o autora y a alucinar con hermenéuticas del texto hasta el paroxismo. Para que nos entendamos, hay mucho cretino suelto convencido de la performatividad de sus elogios.

Una crítica que no se considere simple otorgadora de diplomas de calidad, que por mero efecto inflacionario pierden valor nada más se emiten; que no sea muñidora de organizaciones editoriales ni festejadora de campañas institucionales y, lo peor, que asuma motu proprio el papel de lubricante del mercado. Una crítica que se considere menos literatura -quizá que se considere así en absoluto- que filosofía. Una crítica, en definitiva, que haga algo en el mundo.

Porque menudo mundo este.




miércoles, 1 de noviembre de 2023

7 años

Este blog va a cumplir 7 años (noviembre 2016) y lo anuncio ya porque siempre olvido los aniversarios. Surgió con la intención, como muchos saben, de, si no poner freno a tanto desvarío reseñador (este objetivo resulta imposible en nuestras condiciones, y la explicación ya la he trasladado en otro artículo), al menos para que quedara constancia de que no todo el mundo pensaba igual o se conformaba con el enfoque publicístico-amical-reseñador que es -y será- la norma en los medios de comunicación, ya hablemos de prensa, radio, televisión o Internet. 

Aunque la tarea haya resultado fatigosa, a veces, tediosa, con ella he disfrutado de momentos de regocijo, en especial cuando conseguía enterarme de las reacciones de los/as escritores, editores/as o periodistas culturales, francamente indignados/as por el atrevimiento que suponía que una persona ajena al mundillo hubiese escrito reseñas negativas no solo de obras literarias sino también de su propio trabajo. ¿Quién había dicho que no se podía criticar la crítica?

En realidad, me parece que si contrastamos tanto mis objetivos como sus consecuencias todo palidece ante ese fondo de barbarie que nos rodea en la actualidad, en especial con lo que lleva ocurriendo en Gaza y en Ucrania (por no hablar de otros conflictos sangrientos por todo el planeta). Quizá haya que tomarlo todo con cierto relativismo vital, que no moral, y no enfadarnos tanto (me incluyo) cuando discutimos respecto del papel de la crítica, la cultura institucionalizada y cosas así..

Por otro lado, y respecto de ciertas lecturas que no he terminado de digerir, no consigo entender que incluso críticos literarios de prestigio justifiquen el endulzamiento de las críticas por la consideración de "saber en dónde se trabaja". Entiendo que, a diferencia de otros planos sociales y vitales donde el maniqueísmo no es aconsejable ni prudente ni necesario, en la crítica de la que estamos hablando solo cabe la honradez completa. Cualquier otro tipo de sesgos conscientes empañan, cuando no prostituyen, esta tarea. Mejor no hacer crítica alguna que hacer una crítica amigable o neutra porque resulte que el libro en cuestión lo edita una empresa de la propietaria del medio de comunicación. O que el/la novelista sea, por ejemplo, amigo/a del director/a. Porque, desde el momento en que se transige, ¿cuándo podrá volver a confiar el público en este/a reseñador/a? Una vez cometida esa primera falta de honradez, ¿le será cada vez más fácil convertirse en un/a mentiroso/a a sueldo? A este pecado original no le encuentro bautizo posible.

Sigamos con la República de las Letras...

UN LIBRO: Ya glosé en su día la extraordinaria obra de Juan Carlos Rodríguez con El escritor que compró su propio libro, sobre la figura de Cervantes y El Quijote. Ahora, me he leído en dos vuelos de avión y un par de sesiones de lectura uno de sus últimos libros: De qué hablamos cuando hablamos de marxismo. En él, no solo habla de marxismo y de sus posibles malinterpretaciones, incluyendo la degenerada y criminal vía estalinista, sino también de figuras filosóficas como Althusser o de la obra de Bertolt Brecht. Agudo y sabio, Juan Carlos Rodríguez, ya me habría gustado conocerlo. Un libro para quienes se resisten a pensar que el capitalismo no es sinónimo de realidad.




OTRO LIBRO: Ya le había echado el ojo hacía unos cuantos años, antes siquiera de que fuera traducido, cuando recién había acabado el doctorado. Pero, por unas circunstancias o por otras, incluyendo el momentáneo olvido o la decepcionante constatación de que todo presupuesto es limitado, había postergado su adquisición hasta hace unos días. Ya traducido, el libro es una lúcida indagación de las características de las teorías filosóficas, políticas y económicas reaccionarias y de quienes las blanden como freno ante la corrupción moral de los nuevos tiempos. Básicamente, se trata del contraataque de los pensadores conservadores, como, en especial, Edmund Burke, Nietzsche o los representes de la escuela austriaca de economía ante la irrupción de protestas y demandas contra la jerarquía social. Una lectura también que, por momentos, apasiona.


EL TERCERO: Ya lo había anunciado en el artículo anterior a este, pero ya tengo en mis fornidas manos Lo Posthumano, de Rosi Braidotti, que, a tenor de lo que llevo leído, explica con cierto detalle la crítica al humanismo filosófico y la reacción antihumanista que le han llevado a formular una tercera posibilidad que es, precisamente, el posthumanismo. De qué se trate ese posthumanismo ya se lo explicaré en otro momento. Por ahora, buena prosa y buena pedagoga.




Para terminar: Es posible que en lo sucesivo se encuentren aquí con menos reseñas de literatura y más artículos de índole divulgativa. Esto es así porque estoy enfrascado en estudiar lenguas clásicas y pensando en abordar El Capital como se merece. Todo sea por decir, cuando alguien me pregunte cualquier cosa: "Estaba leyendo a Platón en griego cuando..."

(Cerrada ovación, gente en pie golpeándose una palma de la mano con la otra. Rostros enrojecidos. Desmayos. Música de El fantasma de la ópera, etc.)



miércoles, 21 de julio de 2021

Más libros, que no falten

Compartiré con Vds. que después de la reseña de La paja en el ojo de Dios, pero no por su causa, creo, las visualizaciones del Polillas se han multiplicado. Así, el número de visitas, cuando aún no ha terminado julio, es el máximo en la historia del blog, nacido en noviembre del ya lejano, antiquísimo, 2016. De todos modos, imagino que será algo puntual y que luego el blog volverá a unos niveles más normales, que, como dirían los economistas, son "de crecimiento lento, pero sostenido".

Debido a circunstancias varias, entre las cuales la no menos importante ha sido mi indecisión, no he podido leer, ya que ni siquiera escoger, otra obra este mes para reseñar, analizar y meter un poco el dedo en el ojo. No obstante, dado este pequeño impasse de lecturas específicas para el blog, he considerado conveniente actualizar mi lista de lecturas para que Vds., ávidos de curiosear bibliotecas ajenas, le echen un vistazo, por si fuera de su interés. 

Sin embargo, pronto retomaré las lecturas de ficción cuyo análisis suscita sumo placer a mi público lector, con especial atención a las obras patrias que tanto patrimonio crean y tantos beneficios intangibles nos procuran. 

Capítulo aparte merecería nuestro viceconsejero de Cultura, Juan Márquez, porque, entre otros asuntos, su concepción de la cultura y del arte es indistinguible de sus predecesores, con los que imagino que está políticamente confrontado, así como, si ese concepto ha llegado a conocerlo, del arte público, o simplemente de una visión democrática de la cultura que no signifique solo regar con subvenciones a todo aquel que agite la bandera del arte. Para Juan Márquez, cultura es también cohesión social, apaciguamiento del conflicto social, digan lo que digan Maquiavelo, Gluckmann, Bourdieu y quienes se le pongan por delante, y construir palacios de congresos en todas las islas del archipiélago canario. Digo yo que por qué no, si de verdad queremos extender la cultura al máximo, en cada municipio: ¿es que acaso es un elitista cultural

También el buen hombre ha tenido a bien, desde su viceconsejería, convocar un ¿concurso? ¿premio? para que aquellos que lo estimen adecuado envíen sus manuscritos para que los elegidos/as reciban a cambio unos euritos (atención a los criterios de valoración en las bases). Así, crearán colecciones de forma espontánea, ex nihilo. Donde antes había un solar, ahora crecerá un vergel: adanismo cultural del bueno. Lo hace, además, para "fomentar la actividad literaria", que, como todo el mundo sabe, es buena en sí y para sí y para todo lo que le rodea. Es posible que a Juan Márquez en Podemos lo consideraran experto en Cultura y Espectáculos porque es licenciado en Música, y lo primero, naturalmente, se deduce de lo segundo.

Volvamos a lo que de verdad es tangible. Aquí va la pequeña lista:


1) La política contra el EstadoSobre la política de parte, de Emmanuel Rodríguez López

Una obra de filosofía e historia política que se interroga sobre la génesis, desarrollo y vigencia de conceptos tales como "autodeterminación", "revolución", "socialismo", "política" o "Estado" en el marco de sociedades profundamente divididas y bajo un régimen económico capitalista. Autores como Marx, Lenin, Kelsen, Gramsci, Althusser, Poulantzas, Kropotkin o Rancière salpican las discusiones téoricas y los análisis de la praxis revolucionaria o reformista que se han venido desarrollando en la izquierda a lo largo de los dos últimos siglos, que son precisamente los del advenimiento del capitalismo y de la sociedad burguesa. Erudición, agudeza y crítica se combinan, a mi entender, con brillantez en este tratado.


La razón del desastre estaba ya en la consigna de 1917: "Todo el poder para los soviets", pero solo hasta que el partido se hubiera hecho con los órganos del Estado, hasta que el partido se hubiera hecho con el control de los instrumentos de coordinación de los propios soviets. Entonces, finalmente, el poder de los soviets y el poder del partido coincidirían; y entonces los primeros se volverían completamente prescindibles. La transición se produjo muy rápido. Tras la progresiva eliminación de los otros partidos de la democracia soviética (mencheviques, social-revolucionarios, anarquistas), los soviets, dominados exclusivamente por los bolcheviques, quedaron como organismos inanes frente a la rápida expansión de los órganos políticos del Estado. (Pág. 36)



2) La literatura del pobre, de Juan Carlos Rodríguez.

Este autor, que ya me había dejado patidifuso con su obra La norma literaria, vuelve a ejercer un análisis penetrante, estimulante y erudito, en esta ocasión con la figura del pobre en la literatura del Siglo de Oro, en especial, de La Celestina, el Lazarillo de Tormes, el Guzmán de AlfaracheEl Quijote. No diré que sea todo el tiempo una lectura fácil, pues uno debe, como en toda obra escrita con cierta sistematicidad, aprehender los principales conceptos -a veces creados ex profeso- para poder avanzar -y aprender- en la comprensión de la tesis del autor. No solo la reverberación del abandono del feudalismo en el siglo XVI y el surgimiento del incipiente capitalismo, sino su profunda imbricación con los cambios sociales y de mentalidad son la base argumental de Rodríguez respecto de la literatura de aquella época, en especial en la figura del pobre: sirviente, criado, etc., y su relación con las clases detentadoras del poder y de la riqueza. Un gustazo y un montón de conocimientos. Quién puede pedir más.


Lo espinoso del asunto consiste en esta cuestión clave: ¿dónde y cómo acaba la pobreza como enunciación social y dónde y cómo comienza la pobreza como enunciación literaria? Hay que partir de la base de que en el ámbito de la pobreza entra todo: desde la renuncia al mundo a la miseria real en el mundo; desde la distorsión moral ya desde niños a la añagaza o el fingimiento absoluto; desde el crimen o la delincuencia a la patada en el trasero que recibe Mozart por no querer someterse a su señor; desde el ladrón que no cree en el pecado hasta el arrepentido que cree en él; desde la explotación al explotado; desde el niño, de nuevo, al adulto ya herido para siempre... Cuando la pobreza se empieza a convertir no en una cuestión humana o religiosa sino en una cuestión social, empiezan a desaparecer sus límites. Y de ahí la diversidad de sentido.

Pues no olvidemos que el sentido es el límite. (Pág. 39)





3) Las nubes, de Aristófanes

Siguiendo con los clásicos, Aristófanes ha vuelto a ser objeto de lectura de un servidor con Las nubes, de la que he disfrutado no solo como interesado (ávidamente) en la Atenas clásica, sino como mero lector. Una comedia cuyo humor salta por encima de los siglos con total impunidad. A mí me encanta ese:


ESTREPSÍADES. ¡Sócrates! ¡Socratito! 

SÓCRATES: ¿Por qué me reclamas, oh ser efímero?

 

O aquel:


CORIFEO. (...) se suele decir que las malas decisiones 

son lo propio de esta ciudad, pero que siempre que cometéis 

una equivocación los dioses la vuelven a vuestro favor.

 

En una historia en la que un hombre, Estrepsíades, acosado por los acreedores, cree que aprendiendo el arte de la retórica de los sofistas logrará librarse de aquellos, con consecuencias lastimosas. Léanla, no se arrepentirán.




4) Historia de una novela, de Thomas Wolfe (traducción de Juan Cárdenas).

Esta es el relato en primera persona del proceso de escritura de las novelas de Thomas Wolfe, autor de obras como el Ángel que nos mira y, sobre todo, La feria de octubre. Para aquellos que no las han leído, como es mi caso, es difícil reprimir la urgencia de lanzarse a la calle y asaltar la librería más cercana (o la de referencia). Es tal la pasión con la que Wolfe describe su proceso creativo, o, mejor, llamémosle obsesión o compulsión, que durante algunos instantes se contagia tal febril actividad, aunque solo sea en los vaivenes del pensamiento. Para las/los escritoras/es en ciernes, les aviso de que guarda en su interior varias reflexiones que podrían considerarse lecciones de vida en lo que respecta al oficio, tal vez desde una perspectiva romántica, casi herderiana, pero nada desdeñables. Son apenas 90 páginas muy bien empleadas.

No puedo decir realmente que el libro estuviera ya escrito. Fue algo que se apoderó de mí, que tomó posesión de mí, y antes de que pudiera acabarlo -esto es, antes de que finalmente emergiera de esa experiencia con la primera parte terminada-, tuve la impresión de que el libro casi había acabado conmigo. Fue exactamente como si esta gran tormenta negra de la que he hablado antes hubiera descargado y, entre el resplandor de los relámpagos, hubiera vomitado desde sus profundidades una inundación torrencial, ingobernable. A su paso, la riada lo había arrasado todo, lo había arrastrado todo, como sucede cuando un caudaloso río se desborda. Todo, incluido yo mismo. (Pág. 43)





5) La fuerza de los débiles, de Amador Fernández-Savater

Es posible que este libro, junto con el de Emmanuel Rodríguez López y los de José Luis Moreno Pestaña (Los pocos y los mejores y Retorno a Atenas) sean de lo mejor que he leído de filosofía política por autores españoles en los últimos tiempos. Una singular mirada, la de Fernández-Savater, que analiza el poder y el conflicto desde la perspectiva de los débiles, esto es, desde una perspectiva que debe ser guerrillera. Con este prisma, analiza el 15M, el surgimiento de Podemos y el marco político contra el que se rebelan. Las virtudes y errores de un movimiento popular y asambleario que cambió los usos y costumbres de la política española desde la modélica Transición y la creación del denominado régimen del 78, que no tardó en aplicar, no obstante, sus anticuerpos políticos y mediáticos. Un libro importante.


La democracia y la paz civil no son "lo otro" de la guerra, sino una tregua. En esa tregua no desaparecen las violencias y las amenazas que aseguran diariamente el orden de la propiedad y los privilegios, sino que se reacomodan y funcionan distinto. La ilusión de una política sin fuerza lleva a respetar el consenso como marco de juego exclusivo donde moverse. La ilusión de una fuerza sin política lleva a pensar que hay que oponer a la fuerza de los fuertes una fuerza idéntica en respuesta. Por un lado se pierde de vista el problema de la fuerza, por otro se piensa solo en clave de la fuerza de los fuertes. (Pág. 63)





sábado, 29 de mayo de 2021

Actualizaciones librescas

Ya saben que soy un ser humano tendente a la amabilidad y, sobre todo, a la generosidad (con esto, intento asegurarme de que dejen de sospechar que soy una Inteligencia Artificial que funciona sobre la base de un algoritmo de Alphabet, la dueña de la plataforma en que se alberga este blog) y es por eso por lo que, de vez en cuando, me gusta anotar aquí mis últimas lecturas, por si fuera de su interés o, tal vez, motivo para el escarnio.

A veces, ya saben, es bueno retirarse un poco de la actualidad, del presente apremiante, de la lectura de los periódicos y de la discusión político-moral con el taxista de turno. Tal vez, incluso, someterse uno a escrutinio, revisar el propio comportamiento con los demás y, por encima de todo, dejar de ser, a toda costa, productivo.

En fin, después de aquel artículo sobre la literatura clásica, he seguido en esa línea con las comedias de Aristófanes, al que todo los enterados conocen y, por supuesto, han leído con delectación. Esto ha sido así tras interesarme por un libro de Luciano Cánfora, La crisis de la utopía, en el que constata y desarrolla la rivalidad y el mutuo zaherimiento entre comediógrafos y filósofos, entre Aristófanes y Platón, que se revela de modo especialmente lacerante en Las Asambleístas, que es una respuesta al proyecto de construcción de una sociedad utópica de inspiración espartana presente en La República, de Platón. Canfora, al igual que en El mundo de Atenas, es minucioso siempre y sarcástico cuando encuentra la ocasión.

De paso, claro, he seguido con Los pájaros y Las ranas. Aristófanes, como verdadero demócrata, no ocultaba, ni mucho menos, lo que de criticable tenía la democracia de su tiempo. Más bien, se ensañaba.


                                                                                                                      
                             


No es nada fácil ser culto para destacar en el mundo de las letras: habría que leer mucho, no solo leerse a uno mismo y a los amiguis. No vale, tampoco, leer a un solo autor, mejor si no lo conoce casi nadie, hasta volverse casi un especialista con el objetivo de introducirlo en cualquier conversación, venga a cuento o no, para que aquella gire en torno a lo que uno sabe. No pasa nada por revelar nuestra ignorancia: con suerte, aprenderemos algo, aparte de humildad.

Creo que es importante no leer sólo literatura. Me resulta lastimosamente habitual aburrirme con ensayos de escritores cuyas referencias son solo literarias o, a lo sumo, anécdotas de la vida de otros escritores. Un círculo vicioso exasperante y tedioso, un muermo. 

Sigamos: no puedo dejar de recomendarles La norma literaria, de Juan Carlos Rodríguez. Un libro (que me ha parecido extraordinario) que, abominando de la concepción de la Literatura como un campo autónomo, si no independiente, no cesa de suministrar contexto social, políticos y filosófico, tanto a las sucesivas escuelas lingüísticas "desde Saussure a Chomsky" como a los fenómenos literarios como el teatro burgués, las vanguardias o la Generación del 27, entre otros. No sé si será "necesario" este libro para cualquier persona interesado en profundizar en la literatura (con atención especial a la española), pero está cerca de serlo. Librazo.

     

                                                                                                                           
Por otro lado, estoy comenzando (llevo tres capítulos) un libro sobre lo que nosotros, en nuestra época, llamamos "arte" griego de la época arcaica y clásica, del famoso historiador Robin Osborne, que se titula precisamente así: Archaic and Classical Greek Art. Un arte que, como ya sabrán, era inseparable de su función, ya fuera religiosa, funeraria, política o social. La contemplación, aunque no sea directa, sino por fotografía, de los objetos de aquellas sociedad son un complemento delicioso (al menos en mi caso, ese es el adjetivo que me ha venido a la cabeza) a toda la literatura histórica y política sobre aquella civilización. 


 


Asimismo, y preparando ya la transición hacia otras épocas, que no todo va a ser Atenas, tengo en mi poder ya, con solo algunas páginas leídas, tres libros cuyo comentario espero hacer en no lejana fecha, como son Sabios y necios. Una aproximación a la filosofía helenística, de Salvador Mas; Pensamiento romano, del mismo autor; y
 La razón de Roma, de Claudia Moatti.


            


                                                                                                                                                     
Ya me gustaría leer más, leer durante más tiempo, pero a veces, simplemente, no me apetece. Uno no querría ser Funes, pero sí que deja cierta amargura constatar, una y otra vez, que tras tanta lectura solo un residuo permanece, y de modo inconstante, en la memoria. "Ubaldo, el de ágiles ojos, pero corta memoria", podría satirizarse. Es lo que hay.