lunes, 28 de diciembre de 2020

Las listas de 2020: lo peorcito y lo mejorcito

Aquí estamos, por fin, con las listas-resumen de fin de año 2020. Este es el artículo-pináculo, el culmen de doce meses de dedicación lectora algo masoquista, para qué voy a engañarles.

Así y todo, parece que fue ayer cuando comencé con el blog: era joven, ambidiestro, corría delante de los grises, militaba en un partido comunista-maoísta y no me depilaba las ingles. 

El párrafo anterior es falso.

2020 fue el año en que me di cuenta de que la competencia era la norma que debía presidir las relaciones sociales, y que la mejor manera de sobrevivir en un ecosistema económico como el nuestro era construirme un personal branding, crear una start-up en una incubadora de empresas, mejor si era subvencionada, buscar business-angels y practicar el elevator-pitch, así como el story-telling

Nada de esto es cierto. 

Desde entonces, no he hecho más que hacer amigos/as del mundillo cultural, que no han dejado de invitarme a todo tipo de saraos y festivales de dudosa reputación para que comparta mis insensateces entre canapé y canapé y me enfrasque en juegos de piernas bajo la mesa. Radios, teles y periódicos me importunan de continuo para que ilumine sus mediocres tertulias con mi carisma. Siempre pido un euro más de lo que cobra el/la colaborador/a con más caché. Algunas personas me llaman "ser de luz".

Todo esto también es falso. 

Dejémonos de bromas: 2020, en realidad, ha sido más sencillo, pandemia aparte. Fructífero tanto en número de lecturas como en calidad, y no solo hablo de ficción. Ya sea por que estoy afinando el ojo o porque he aprendido a huir de ciertos autores/as (a los que les he concedido más de una oportunidad) previendo que no me iban a traer nada bueno, lo cierto es que la lista de este año solo contiene tres libros que, sin duda, podríamos calificar de enemigos de lo bueno y de lo hermoso, como diría Platón.

Vamos allá:

Lo peorcito

1) La ternura del caníbal, de Víctor Álamo de la Rosa. Ed. Siete Islas.

Esta novela (al menos hasta donde llegué) no es mala, sino abominable. Diálogos impostados que causan vergüenza ajena, un argumento de película de la Cannon de los años 80, personajes, sobre todo el protagonista narrador, risibles y ridículos. Además, la promoción en los medios de la novela en la que se cantaban, una y otra vez, sus excelencias no puede sino provocar que el efecto de la lectura sea aún más esperpéntico. Mala hasta decir basta. La ternura del caníbal, junto con La espiral del silencio, de Mayte Martín, Caídos del suelo, de Ramón Betancor, y El tren delantero, de Emilio González Déniz son obras, por llamarlas así, que ejemplifican cómo no debe escribirse una novela, o una carta, o un recibo, o la lista de la compra: cómo no escribir, en general. 


2) El gran amor de Galdós, de Santiago Gil. Edic. La Palma.

Se le mima mucho a Santiago Gil. Imagino que el encanto personal y la conexión por tierra, mar y aire con los medios de comunicación tampoco juegan en contra a la hora de promocionar su hipertrofiada obra literaria. Ya Gracias por el tiempo era lo bastante mala como para imponer una cuarentena urgente y prevenir daños futuros, pero, no obstante, dado el año en que estamos y precedida por los elogios desmesurados (cómo no) de J. J. Armas Marcelo, pensé que había que concederle una segunda oportunidad. Craso error. No lo cometan Vds: me lo agradecerán.


3) Amores ciegos, de Marcos Rivero Mentado. Edic. El Drago.

Muy floja. Se le agradece el sentimiento vertido, pero es un ejercicio fracasado que nos hace recordar lo que pensaba Wilde de la sinceridad. No es cuestión de hacer sangre de un artista multidisciplinar y polifacético cuya incursión en la literatura, me temo, solo le valdrá para el currículo. Ya algunos buenos literatos hicieron desaparecer su primer libro o poemario, así que no debe avergonzarse si decide seguir esa escondida senda.







Como suele pasar con las buenas lecturas, establecer una clasificación es difícil, cuando no directamente arbitraria. No obstante, una lista que no esté encabezada por Bernhard casi no es lista. Peter Stamm, es un excelente escritor, así que tampoco escribo nada nuevo, y lo mismo, de Georges Simenon. Daniel Pennac en cierto modo me recuerda aquellos momentos de lectura febril de la infancia y adolescencia, de lo que me alegro. Por otro lado, sin ánimo de exhaustividad, me han maravillado tanto la lectura de Luis Rodríguez como, en otros registros, de Anelio Rodríguez Concepción. Finalmente, y pasando por alto el resto de títulos, nada desdeñables, incluyo a Andrea Abreu porque considero que su novela tiene valor, a pesar de que no haya gustado a gente cuyo criterio respeto casi más que el mío. Debo señalar, pero lo mismo puede decirse de novelas mucho peores como las ya mencionadas, que Panza de burro ni de lejos ha suscitado la aprobación unánime de público y crítica. Ya saben que en este mundo mediatizado solo existe aquello en lo que ponen el foco los medios de comunicación.

Lo mejorcito

1) Hormigón, de Thomas Bernhard (traducción de Miguel Sáenz). Ed. Alfaguara.

2) Monte a través, de Peter Stamm (traducción de José Aníbal Campos). Ed. Acantilado.

3) 8.38, de Luis Rodríguez. Ed. Candaya.

4) Historia de Mr. Sabas, domador de leones, y su admirable familia del Circo Totti, de Anelio Rodríguez Concepción. Ed. Pre-textos

5) El valle del Issa, de Czeslaw Milosz (traducción de Anna Rodón Klemensiewich). Ed. Tusquets.

6) La ballena, de Paul Gadenne (traducción de David M. Copé). Ed. Periférica.

7) Liberty Bar, de Georges Simenon(traducción de Núria Petit). Ed. Acantilado.

8) La felicidad de los ogros, de Daniel Pennac (traducción de Manuel Serrat Crespo). Ed. Debolsillo

9) Quédate este día y esta noche conmigo, de Belén Lopegui. Ed. Debolsillo.

10) Panza de burro, de Andrea Abreu. Editada por Sabina Urraca.


Y además:

- Ricardo Pérez se prodiga poco. Más bien poquísimo. Tiene un blog, 'Hablando de Literatura en Las Palmas (o argo así)', en el que, por ejemplo, este año solo ha escrito dos entradas. No obstante, es un lector sutil y un escritor ingenioso cuyos comentarios merecen la pena, bastante más interesantes que los que se pueden leer en los cuadernillos culturales de los periódicos locales o en las revistas literarias digitales. Además, tiene otro blog (cierta dispersión es una característica de este buen hombre) en el que deposita reflexiones más generales sobre asuntos varios que, con frecuencia, se salen de lo común. Un punto de vista singular, sin duda.


Los medios de comunicación

En lo que se refiere a reseñadores/as y periodistas culturales de los medios locales ("espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!"), no puedo resistirme a enviarles de nuevo un saludo cordial, agradecido por esa insistencia que muestran por cultivar el estilo lírico-pastoril, en la línea maravillosista y buenrollista que es seña de identidad de quienes comentan arte y literatura en Canarias. Les auguro una larga carrera reseñadora con entrada VIP a los grandes acontecimientos culturales o a lo que surja. Que sigan empeñándose en mostrarnos su entusiasmo por todo lo que huela a Cultura, sea alta, baja, popular, industrial, intermedia, triangular o elipsoide. Es posible que algún día estos/as amantes de lo bello lean una novela de un/a autor/a canario/a que les disguste o vean una obra de teatro deleznable, o asistan a una exposición que les decepcione, pero hasta entonces, engrosan (y fomentan) la nómina de personas empeñadas en levitar a poco que oigan "¡Arte!, ¡Cultura!, ¡Música!, ¡Literatura!". Como diría Víctor Lenore, no hacen sino mostrar, en definitiva, la cobardía del gremio.

Es posible que hagan falta periodistas que funcionen como intermediarios entre el gran público y los artistas. Que sean capaces de traducir y contextualizar, pero con criterio, además de críticos, si queremos que sean algo más que meros publicistas, que es lo que, al fin y al cabo, son ahora mismo, incluso con entusiasmo.

Por último, respecto del papel de la crítica en el mundo del Arte (lo mismo podría decirse del más acotado de la Literatura), Hal Foster se preguntaba ya hace unas décadas(*): "¿Cuál es el lugar de la crítica en una cultura visual que es eternamente administrada -desde un mundo artístico dominado por agentes de promoción con escasa necesidad de crítica hasta un mundo mediático de corporaciones de comunicación-y-entretenimiento sin ningún interés por nada-? ¿Y cuál el lugar de la crítica en una cultura política que es eternamente afirmativa, especialmente en medio de las guerras culturales que llevan a la derecha a amenazar con o lo tomas o lo dejas y a la izquierda a preguntarse dónde estoy en este cuadro?"

Esto es todo. Esperemos que 2021 sea mejor en todo y para todos. 



(*) FOSTER, HAL. El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo, Madrid: Akal, 2001, introducción, XII.





domingo, 20 de diciembre de 2020

'Marcia de Vermont', de Peter Stamm

 Entre tanta trilogía magufa o tostón amoroso-costumbrista de 500 páginas, resulta un alivio leer un cuento o un relato más o menos corto escrito por alguien competente. Ni siquiera una colección de ellos, sólo uno. Tal fue el caso de Ballena, de Paul Gadenne, o, el objeto de la reseña de hoy, Marcia de Vermont (traducido, una vez más, por el infatigable y admirable Aníbal Campos, como admirables son todos/as esos/as traductores/as que nos ayudan a que vislumbremos algo más allá de nuestro propio ombligo cultural), de Peter Stamm, un habitual de estas páginas. 

Como digo, un único cuento puede provocarnos ese shock benjaminiano, ese repentino resplandor en la noche oscura del alma, esa sacudida de nuestra inadvertida alienación. Seria ocioso recordar a tantos escritoras y escritores maestros del cuento, y también su innecesaria defensa frente a la novela, etc. Si hay algún debate serio suscitado por la literatura, no es ese.

En apenas 75 páginas, que además son casi de bolsillo y con tipografía de tamaño mediano, un relato puede seguir interrogándonos, o haciendo que nos interroguemos, sobre el paso del tiempo, que nos detengamos en la diferente perspectiva que sobre los mismos hechos pueden tener sus participantes, y que nos aferremos, con la melancolía consiguiente, casi inevitable, al recuerdo, a la memoria de cuando estaba todo por hacer y por hacernos, de cuando nos preguntábamos por el futuro y este no era sinónimo ni de decadencia ni de muerte.




Es probable que con Marcia de Vermont, Stamm no haya escrito su obra más redonda, que con ella no asegure su recuerdo como clásico. No obstante, las vacilaciones y mudanzas del personaje protagonista son asimilables por cualquier lector/a que sea algo consciente de sí mismo. Su argumento, el retorno de un artista (profesión que aquí, sospecho, contiene más connotaciones negativas que positivas) veinte años después a Nueva York, resulta en gran medida inverosímil por la acumulación de coincidencias un tanto forzadas o ad hoc. Aunque la realidad puede proporcionarnos casualidades más increíbles, no dejo de tener la sensación de que el desarrollo de la trama está al servicio, así lo veo yo, de destrascendentalizar descaradamente la importancia de los hitos biográficos propios, aquellos que considerábamos momentos liminales de nuestra existencia, en nuestro vano empeño de dotarla de sentido, de crear una narrativa que dé cuenta de ella como un todo estructurado con algún propósito. 


Era como si cada hecho, cada vivencia y cada aventura se hubieran llevado un fragmento de esa vida, como si en esa época fuésemos más nosotros mismos, por irracional e inmaduro que resultara nuestro comportamiento entonces. Había creído en el tópico según el cual una biografía es más rica cuanto más extensa, pero era todo lo contrario: cada decisión tomada destruía otros cientos de posibilidades. Al final llegábamos todos al mismo punto y nos disolvíamos en la nada. (Pág. 51)

 

"A diferencia de otras personas, yo no poseo recuerdos de mi infancia -afirmaba Marcia en aquel reportaje-. A veces pienso que mis únicos recuerdos son los que me he inventado en torno a las fotos de mi niñez. Tal vez esté inventándome mi propio pasado. Desconfío de mis recuerdos, pues también podrían ser ficción". (Pág. 57)


Pero cumple su objetivo: en el relato, más alegórico que simbólico, el personaje cierra, por decirlo así, el círculo de una experiencia que concluye (tanto hace veinte años como en el momento presente de la narración) en Navidad, como si fuera un trasunto del cuento de Charles Dickens, más que el moderno de Paul Auster. Un cuento, sin embargo, que tal vez no sea de redención, pero sí de reflexión sobre, como señalé antes, la memoria y sus fantasmas, y sobre las vivencias consideradas como bagaje, y más en esta época en la que el espíritu economicista posfordista que lo domina todo pone a la venta "experiencias" como si fueran mercaderías de supermercado con las que construir una personalidad, o, como dirían algunos/as vendedoras de crecepelo, una "marca personal".

Por otro lado, y como ya he señalado en otras ocasiones, como en referencia a su excelente novela Monte a través, Stamm posee un estilo depurado, entendiendo por esto el tendente a la frase corta y precisa, exenta en gran medida de adjetivación, prefiriendo las oraciones coordinadas y optando en escasa medida por la subordinación, sin que ello se encarne en una prosa árida, ni mucho menos. También, depurado, porque es reconocible y personal, habiendo alcanzado una manera propia, singular, de expresarse. Como tal, es una virtud, al menos en nuestra moderna concepción del arte y del artista.


Mi estudio estaba en una casa de madera pintada de blanco como las que se ven en las películas estadounidenses. Tenía una veranda con una mecedora y una mosquitera en la puerta principal. El inmueble se hallaba en un estado bastante ruinoso y necesitaba con urgencia una buena mano de pintura. Albergaba cuatro estudios, dos en la planta baja y otros dos en la planta superior. El llavero indicaba el número de mi estudio, situado en el piso de arriba, de modo que subí por una escalera que crujía a cada paso. El estudio consistía en una amplia habitación con una cama de matrimonio enorme y un colchón demasiado blando, un tresillo y un escritorio antiguo. Encima de una cómoda había un viejo televisor y, en un rincón del salón, una pequeña nevera, una cafetera y un microondas. Había incluso algunas provisiones: café molido, té negro, avena y una lata de sopa de fideos. Junto a la nevera, una puerta conducía al cuarto de baño, equipado con una pequeña bañera y un tendedero destartalado. La ventana estaba entreabierta, y se colaba un aire frío. (Pág. 31)

 

Estuvo nevando durante días. Me había pasado la mayor parte del tiempo en el estudio, contemplando una y otra vez el libro de Marcia, hasta el punto de que llegó a parecerme más real que el mundo circundante. Cuando por fin aclaró, ya nada me retuvo en la habitación. Di un paseo hacia el pueblo y, como hacía sol, me alejé por la carretera despejada de nieve. En un lugar del camino que discurría muy cerca del río, a pesar de no llevar botas, me acerqué torpemente a la orilla pisando la nieve. Una capa de hielo cubría la superficie, y en algunos puntos podía verse el agua fluyendo debajo. (Pág. 61)


En fin, en mi opinión, Marcia de Vermont podría haber dado para más. El personaje de Marcia me resulta más interesante que el del mismo protagonista, a pesar de que ella es solo recordada y leída. Es posible que el autor no estuviese tan interesado en desarrollar una biografía como la de introducirnos en su particular visión sobre la existencia humana. Tal vez, con el desplegar de Marcia, el relato podría habérsele ido de las manos y le hubiese obligado a escribir una novela con mayor complejidad. En este sentido, la narración en primera persona limita la posibilidades, pero es justo lo que el autor se propone para no desviarse del camino trazado.



viernes, 11 de diciembre de 2020

'Nuevos entrelazamientos', de Luis Junco

En un ritmo de producción sin par, henos aquí de nuevo, con el segundo artículo del Polillas de diciembre. Eso sí, sin manifiestos oceánico-isleños ni hipóstasis o fetichismos macaronésicos. Es lo que tiene ser simplemente un blog, y no un proyecto cultural de aspiraciones universalistas, pero, al fin y al cabo, de consecuencias quietistas. Lo bueno, quizá lo único, que tiene escribir reseñas de manera solitaria es que si transcurren dos semanas sin que se cuelgue un post, no ocurre nada. En cambio, si una revista digital no renueva contenidos casi a diario, mal asunto. Por no hablar del columnista de a diario, cuyo triste final es, tras una decena de artículos intentando fascinarnos con sus saberes de política de salón, acabar comentando la serie de televisión de moda o el último partido de su equipo de fútbol favorito.

En otro orden de cosas, un par de escritores canarios han hecho público el proyecto (no sabemos si por razones que tienen que ver con su particular idiosincrasia o simplemente porque les han convencido a macha martillo) de publicar en un libro sus artículos publicados en la prensa local en las últimas décadas, previendo que sería interesante para alguien. Es posible, no lo niego de manera tajante, que este rescate de hemeroteca suponga un hito importante en los estudios culturales o filológicos o periodísticos, y que sea libro de cabecera o de mesita de noche de nuestra intelectualidad local, si es que hay algo digno de ese nombre. Al menos, servirá para ponerle una rayita más al currículo de estos autores a la hora de pedir subvención a la concejalía o consejería de Cultura de turno.

En tercer lugar, no puedo evitar compartir con Vds. que detecto cierto elitismo intelectual, en especial entre los/las poetas y algún que otro escritor tardío por el que abominan del público lector que compra y lee poesía de cantautores o de influencers. Es decir, del público que no les compra a ellos/as. Incluso, hablan de "la masa", retrotrayéndonos a Ortega y Gasset y a toda esa nómina de autores empeñados en cantar las virtudes de una minoría ilustrada y en execrar a la mayoría ignorante, incluyéndose siempre, claro está, en la primera. Hay pocas cosas tan merecedoras de conmiseración que el ímprobo esfuerzo (¡que nunca tiene fin!) de algunos miembros de la pequeña burguesía o modesta clase media  por adquirir una pizca de la distinción que, por definición, solo posee, y solo concede, la minoría dominante. Lo llamativo, para mayor abundamiento, es que algunos se consideran de izquierdas o progresistas. Pero ya sabemos para qué sirve la autoadscripción ideológica en Sociología.

También se han concedido premios literarios aquí y allá, pero ya conocen mi opinión al respecto.




Vayamos a lo nuestro, la reseña de hoy: Nuevos entrelazamientos, de Luis Junco.

La impresión general que suscita la última novela de este autor es que impresiona tanto su arte de narrar como carga su metafísica cuántica. La necesidad que parece sentir Junco de subrayar los "entrelazamientos" y aparentes "casualidades", francamente, satura. En cambio, cuando logra olvidarse de ellas y se mete de lleno a contar o ficcionalizar sucesos históricos emerge un escritor de primera, como ya nos tiene acostumbrados en sus obras anteriores.

Es posible, no obstante, que ese empeño por hacernos maravillar por las aparentes causalidades vitales y entrecruzamientos genealógicos se deba a que, como escritor, a Luis Junco no le resulte suficiente con contar una historia (o varias), sino que necesita que lo narrado posea un sentido trascendente, en el sentido de que obedezca o pertenezca a un relato mayor y significativo. Mi intuición, y mi convicción en esta obra, es que la repetida explicitación no contribuye de manera positiva, sino lo contrario, a ejecutar de manera óptima tal proyecto literario. 

Así, pese a una lectura que por el excelente oficio de Junco es cautivadora, la impresión final es de dispersión, de cierta inconexión entre escenas. No dudo de que sobre el papel, en un esquema, en esa libreta de cuadritos y anillas cuya exhibición está de moda, esté todo atado y bien atado, pero para el lector resulta demasiado fragmentario. Quizá una visión de mayor amplitud que la mía pudiera corregir esta opinión. 

(...) Al cabo, le vi subiendo las escaleras del cadalso, seguido por dos oficiales. El verdugo ya estaba en su puesto, se había descubierto el bloque de madera y también el terrible instrumento de ejecución quedaba a los ojos del condenado. Este saludó a su verdugo con una cortesía que me pareció de otra realidad que no era la que yo estaba viviendo, y al tiempo que le daba una bolsa con monedas, intercambiaba con él unas palabras que no pude distinguir. Con la ayuda de los dos oficiales ayudantes se quitó el chaquetón, la peluca, y requirió el auxilio del propio verdugo para desanudar el cuello de la camisa. Después se arrodilló, colocó la cabeza en la hendidura del bloque y unió las manos para hacer una oración. (Pág. 51)

Ese "el más avanzado de los físicos modernos" al que se refería Enrique Hudson era sin duda Michael Faraday. Para este, el universo era un entrelazamiento intrincado de líneas de fuerza de todo tipo -eléctricas, magnéticas y seguramente otras aún desconocidas-. Los puntos en los que esas líneas se encontraban eran los puntos en los que percibimos la materia existente; sus átomos -hay que recordar que la estructura atómica como tal era en ese momento desconocida- eran solo los centros de esas fuerzas que se cruzaban en el espacio. Al ser afectadas, esas líneas de fuerza vibraban lateralmente y enviaban ondas de energía a lo largo de ellas, como ondulaciones a lo largo de una cuerda, a una velocidad muy rápida pero finita. La luz, sugirió, seguramente era una manifestación de esos movimientos ondulatorios. Esas vibraciones eran de las propias líneas de fuerza, no de supuestas sustancias como el éter, que se consideraba el medio a través del que se transmitía la luz. Faraday dudaba de que el éter existiera (Págs. 87-88)

Yo nunca había visto a personas de otra raza, milord. Aquellos hombres de largos cabellos, piel blanca y rojiza, de habla incomprensible y brusca me causaron un profundo espanto. Pensé que eran espíritus malignos, impresión que se acentuó cuando me llevaron a aquel monstruo de madera y arboladuras, un barco, el primero que veía en mi existencia, y que a mi entender se movía según la voluntad mágica de aquellos seres demoníacos. Pero sobre todas estas cosas, señor, el terror que me causaron derivaba del trato inhumano que desde el primer momento aplicaban a los esclavos negros que habíamos caído bajo su propiedad. Podréis fácilmente comprender, milord, la pena y angustia que padecí durante aquellos meses de mi esclavitud en África. La ausencia de los que más quería, la incertidumbre de no volver a verlos, en muchas ocasiones se me hacía insufrible. (Pág. 140)

No obstante lo anterior, es justo resaltar que cada una de la escenas es valiosa por sí misma, y que la notable impresión de los primeros Entrelazamientos se confirma en estos Nuevos entrelazamientos. Las andanzas de los rebeldes jacobitas, las de una esposa atribulada que rescata a su marido de una muerte segura o las aventuras y desventuras de un niño africano, entre otras, suscitan en este lector un añejo recuerdo a Stevenson o a Melville (sin el poso trágico de este último). Si hubiera que hacerle un reproche a esta novela, aparte de lo ya señalado, es que los personajes son un tanto planos, heroicos o malvados, sin apenas matices. Eso permite, claro, que la acción transcurra, digamos, limpia y rápida, con capacidad no desdeñable para conducirnos por donde el autor quiere, pero también que el relato adolezca de falta de profundidad moral. Siempre que esta se entienda como conocimiento íntimo de los personajes y no meros admonición o ensalzamiento.

Insisto en señalar que a pesar de mis objeciones, Luis Junco y este Nuevos entrelazamientos, están en un nivel superior a las novelas de otros/as autores mucho más conocidos/as, al menos a nivel local. El acceso a los medios de comunicación y el número de entrevistas no entabla una relación necesaria ni directa con la calidad de la obra literaria o artística. En este sentido, y salvo error por mi parte, Luis Junco no nos importuna de continuo en el espacio público, salvo su irregular participación en el blog de la editorial de la que forma parte, La Discreta. No hace falta que vuelva a nombrar a esa legión de afamados sin fundamento.

Concluyo: si han leído Entrelazamientos, le gustará Nuevos entrelazamientos, sin duda. Lo cual no obsta para que pudiéramos imaginar una novela más densa, tal vez más completa.







 

domingo, 6 de diciembre de 2020

Un montón heteróclito

 Contraviniendo mis propias predicciones y de manera extemporánea y, ya que estamos, estentórea, dedico este post no a la reseña anunciada, sino a un conjunto de obras que he venido a acabar este diciembre. Podría titularse también el post como "Entrelazamientos", en plan Luis Junco, con su idea de que la física cuántica sirve de explicación al anudamiento de trayectorias vitales en apariencia divergentes. 

En mi caso concreto, la explicación suele ser más simple: la atención a las notas de pie de página y a la bibliografía. Una obra te lleva a otra y así sucesivamente. Nada mágico hay en ello (ni tampoco nada cuántico, en apariencia), solo una lectura atenta, anotada y, sobre todas las cosas, agradecida. Claro está que la elección de mis lecturas está sesgada: política, democracia, arte, periodismo. Ya me gustaría saber de botánica, agricultura, matemáticas y otras ramas del saber, pero la mayoría de ellas las dejo para una futura reencarnación en que mi próximo yo consciente tenga a bien elegirlas.

1) The death of the artist, de William Deresiewicz. Convenientemente glosada por Esteban Hernández en este artículo, poco debería añadir. Quizá subrayar que el retrato de los/as artistas (centrado en los Estados Unidos, salvo alguna pequeña mención a la situación europea) es descorazonadora y sombría, absolutamente a merced de un mercado dominado por los gigantes tecnológicos que ejercen a la vez de cuasimonopolistas y de monopsonistas. El artista como empresario/a de sí mismo/a, avanzadilla de la degradación de las condiciones laborales de los/as trabajadores/as. Malos tiempos para la lírica y para casi todo, menos para los/as creadores/as de contenidos para series de tv.


2) Los nuevos perros guardianes, de Serge Halimi (Traductora: Graciela Vigo). A raíz de la lectura del Curso de Sociología General I, de Pierre Bourdieu, anoté un folio entero de posibles lecturas, entre las cuales se encuentra esta: una crítica acerba de las relaciones entre el poder político y los medios de comunicación en la Francia de Mitterrand. Una relación casi incestuosa, además de corrupta y escandalosa. Afortunadamente, Francia y España no se parecen en casi nada: aquí los medios son libres, objetivos e independientes, que no aceptan presiones del poder político ni de las grandes empresas, ni tampoco presionan ni chantajean a los poderes públicos para conseguir ventajas empresariales ni políticas para sus dueños. Como aquí, no se vive en ningún sitio.


3) La democracia ateniense, de Francisco Rodríguez Adrados. Una obra capital en los estudios sobre el mundo clásico en lengua española y una referencia básica para iniciarse sobre la cultura y la democracia atenienses. Esta obra, culta, profunda y amena, que dedica especial atención a la tragedia griega, está citada varias veces en el soberbio libro de José Luis Moreno Pestaña, Retorno a Atenas. De ahí, mi interés, que se vio refrendado tras su lectura. No obstante, La democracia ateniense, publicada  en 1966 y reeditada en 1975, requiere contextualización, pues es deudora de un marco de pensamiento que está obsoleto en algunas de sus afirmaciones. Para ello, recomiendo leer el clarificador artículo de José Luis Bellón Aguilera Pericles, caudillo de Atenas. Escolástica y creatividad en La democracia ateniense (1966-1975), de Francisco Rodríguez Adrados.



4) Política y República, de Jorge Álvarez Yágüez. Esta obra se centra en la obra política de Aristóteles y Maquiavelo, amén de una rápida visualización de autores renacentistas como Marsilio de Padua. Sobre todo, desmenuza y extrae de la obra aristotélica las claves de un pensamiento político republicano que luego sería retomado, y llevado a su extremo en algunos puntos, por Maquiavelo. Gracias a Dios, actualmente y dada la estabilidad de nuestro sistema político y la satisfacción generalizada de la ciudadanía, podemos contemplar estas reflexiones con cierto distanciamiento. Un libro lúcido a la hora de interpretar el pensamiento de estos dos autores, abundante en citas y referencias que no puede sino provocar el entusiasmo del interesado/a en estos asuntos, a pesar de su escasa actualidad.


5) El coraje de la verdad. El gobierno de sí y de los otros, II, de Michel Foucault (traducción de Horacio Pons). Las últimas clases del pensador francés (curso del Collège de France, 1983-1984) son otro despliegue de erudición y análisis que no puede sino mover al entusiasmo. Tomando como base el recorrido conceptual e histórico de la parresía (cuya primera parte se encuentra en las lecciones del año anterior, recogidas en el volumen El gobierno de sí y de los otros, en la misma editorial, Akal), Foucault procede a analizar el movimiento cínico en la Antigüedad hasta conectarlo con el primer ascetismo cristiano. Para un neófito en estas cuestiones, este curso resulta alumbrador, como poco. Por supuesto, proporciona un montón de referencias para quien quiera profundizar, más aún.



Y les seguiré contando en próximos artículos.

viernes, 20 de noviembre de 2020

'Noches de naufragios', de Fabio Carreiro Lago

 Desde la última entrada del blog, se han sucedido un montón de eventos literarios, según los medios de comunicación. Para empezar por algo, los responsables de la editorial Pre-Textos han llorado y quejádose amargamente porque el agente de la última premio Nobel de Literatura ha roto el contrato con ellos. Muchos conspicuos miembros del mundillo han hecho suyo el llanto y se han solidarizado, rasgádose las vestiduras, y tal. Otras fuentes, en cambio, dicen que bien merecida está dicha ruptura por las malas prácticas de la editorial. Vayan Vds. a saber: la verdad está ahí fuera. 

Además, los responsables del Cabildo de Gran Canaria decidieron seguir gastando el dinero del presupuesto público en las cosas de la cultura para retomar un concurso literario en recuerdo de (o tomando como excusa a) Pérez Galdós (ya les avisé en su momento de que este año nos íbamos a hartar de Galdós, de panegíricos a Galdós, de hagiógrafos/as de Galdós, de comentarios cordiales a Galdós, etc.), que se lo ha llevado, o se lo ha ganado, o se lo han dado, a Santiago Gil, un autor muy querido de este blog. Si este premio se lo ha llevado una buena novela o, en cambio, otra más de las que nos acostumbra este autor, ya lo veremos cuando la publiquen, si es que algún feliz alineamiento cósmico no lo impide.

No menos importante es el Premio Cervantes, otorgado este año al poeta Francisco Brines, quien se ha apresurado a declarar en un alarde de originalidad que lo importante no es el premio, sino "la poesía". Resulta descorazonador asistir cada año al rapto de entusiasmo del literato/a galardonado, como si el pase definitivo al Parnaso lo concediese el Ministerio de Cultura o la Casa Real. Aparte del dinerillo, que tampoco está mal, aunque no suelan reconocerlo porque, ya se sabe, la cultura es cosa del espíritu y no de la cuenta corriente.

Por otro lado, un canario ha ganado otro premio, éste del enemigo público número uno de los/as escritores/as, editoriales y librerías, que es Amazon. Curiosa paradoja, sin duda. Ya sabemos que muchas personas no solo quieren escribir, no solo quieren vivir de lo que escriben, también quieren ser famosas, y no en ese orden. Cuando no haya librerías y todo lo venda Amazon, ya nos lamentaremos. También, como curiosidad, la antigua Viceconsejera de Cultura del Gobierno de Canarias, Dulce Xerach, que, además de escribir artículos bastante simplones sobre arquitectura en el cuadernillo cultural de La Provincia, escribe novelas policiacas, ha conseguido, por decirlo así, que una de ellas se haya convertido en cómic de la mano del "artista" Nebras Turdiade. Los medios de comunicación lo han considerado noticia, supongo que por lo original de la iniciativa.

Por último, se ha celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, un festival (otro) de novela negra titulado LPA Confidencial, dirigido por Mayte Martín, conocida en este blog por su deplorable novela La espiral del silencio. En este festival también participan otros autores reseñados en este blog como Alexis Ravelo, Leandro Pinto o Christian Santana, por ejemplo. Espero que a todos/as les haya ido muy bien, hayan pronunciado sesudos discursos aderezados con el oportuno chiste y que disfruten de las mieles de lo que sea que les depare el destino.

No me pregunten por qué me ha dado hoy por hacer de agenda cultural a posteriori...



En otro orden de cosas, es decir, la reseña que tanto tiempo llevan esperando, el turno le toca hoy al conjunto de relatos denominado Noches de naufragios, de Fabio Carreiro Lago, que un día vive en Tenerife, otro pernocta en Gran Canaria y otro tercero trabaja en Lanzarote: nuestro Gulliver local. No sabría decirles cómo llegué hasta él, aparte de que figura en el catálogo de la conocida editorial Baile del Sol, tan pródiga en publicaciones. El caso es que aquí estamos.

Pues bien, Noche de naufragios consta de cinco cuentos de variado interés y calidad. Los dos primeros no están nada mal, aceptablemente bien escritos, sin las habituales frases hechas ni tampoco los recurrentes cantos al yo lírico-filosófico del autor de turno. Además, los dos cuentos se leen bien, con una notable capacidad para sumergirnos en la geografía que, sin caer en la falacia patética, le otorga un contexto apropiado a lo narrado. Podría achacársele, no obstante, así al menos lo percibo yo, un deseo espurio por cierto efectismo argumental que en vez de conseguir un efecto catártico hace previsible el desenlace de los relatos. En el primero, El ángel del hogar, esto se hace evidente, debido a su brevedad, enseguida. En el segundo de ellos, más interesante, El naufragio de los sueños, cierto giro narrativo no necesario, casi al final, estropea, a mi juicio, una magnífica historia, que parte del tópico quesadiano del inglés/inglesa que viene a parar, en soledad, por esas cosas de la vida, a Canarias. 

En cambio, el tercer relato, La llave, a pesar de su inicio prometedor, se vuelve aburrido: la historia de la anciana sumida en el deterioro físico y mental, paralelo a la ruina de su caserón es, perdonen la fácil imagen, igual a la decadencia de la historia. La historia se vuelve plomiza por momentos para culminar en una relación psicológicamente desacertada de las lecturas de juventud de la protagonista, que se vuelve de lo más lúcida cuando hasta entonces habíamos contemplado y conocido a una mujer senil que confundía a unos trabajadores sociales con ángeles, que tenía basura por doquier y dejaba a las palomas volando a sus anchas dentro de su casa. Un relato fallido que merecería una revisión.

Además, se deja ver, en ciernes, una tendencia que luego se acentuaría en los restantes relatos, sobre todo en el cuarto (Cielo de verano) a ese defecto del que hemos dado cuenta en otras ocasiones: adjetivos y adverbios que se escriben solos, alegres compañeros de francachelas con sus compadres los sustantivos y verbos. Este cuarto relato, además, pretende ser una suerte de revisión amorosa de una pareja con aires existencialistas de indudable pobreza que se plasman en frases tan decepcionantes como "la vida es una carretera llena de curvas". Igualmente, esa mezcla de resentimiento sentimental con la lucha por el patrimonio arqueológico local no marida bien. Observo, además, una caída en el nivel de variedad léxica, como si aquella riqueza de los primeros cuentos se hubiera agotado.

El último relato, Hacia la isla, resulta interesante por lo que plantea, pero recae en los defectos ya aludidos de las malas compañías sustantivo-adjetivo y verbo-adverbio, tales como "mirada inquisitiva", "visitante inesperado", "miró arrobada", "besó galante" o comparaciones manoseadas como "cuello largo y delicado como un cisne", etc. Cierta pereza mental, tal vez, o dificultad en el despliegue de la capacidad lingüística del autor, quién sabe. Un cuento más trabajado hubiera pulido esos defectos y resaltado las virtudes. A pesar de todo esto, vale la pena leerlo, sobre todo por su potencialidad. Tal como está, podría complacer a un profesor de taller literario, pero nada más.

EN DEFINITIVA, me interesa el autor del segundo relato, y del último. Si aplica trabajo y reflexión a su quehacer literario, se puede concebir la esperanza de que pueda escribir una obra que valga la pena. Mimbres parece tener.


P.D. No menciono las erratas porque esa es tarea de la editorial.








lunes, 9 de noviembre de 2020

'Historia de Mr. Sabas, domador de leones, y su admirable familia del Circo Totti', de Anelio Rodríguez Concepción

Entiéndase, insisto, que mi crítica literaria carece en absoluto de animosidad personal, primero, y sectorial, después. Comprendo el deseo que mueve al artista a vivir del fruto de su trabajo. También, que en los digitales tiempos en los que vivimos, el autor, aparte de ser autor, se ve obligado, salvo que su prestigio literario se haya cimentado, digamos, hace más de dos décadas, a convertirse en administrador de redes sociales como Facebook y Twitter, devenir instagramer, y colgar vídeos en YouTube, por citar las más conocidas. Además, tiene que esforzarse por llevarse bien con los guardianes del campo cultural que, en nuestro especial caso de comunidad macaronésica, son los periodistas culturales de los medios de comunicación (aunque atendiendo a su grado de autonomía real, mejor sería denominarlos pasos a nivel o algo semejante). Y decir sí a todo: conferencias, jornadas, charlas, excursiones, guateques, merendolas, cafés, tés y ejercicios espirituales a los que muchos preferirían no acudir si encontrasen la oportunidad. 

En los últimos tiempos, tanto para ganar un dinerillo para merendar como para crear un público o una audiencia, los escritores dan clases de escritura, enseñan el proceso de elaboración de su novela, exponen o legan los borradores de sus novelas, ejercen de prologuistas, fajilleros, pregoneros, y lo que haga falta etc. No es raro imaginar (ya se hace en el mundo anglosajón), la organización de reuniones informales con lectores a los que se les cobraría la posibilidad de departir en persona con el artista en cuestión («¿Escribe a mano o en un portátil? ¿A qué hora se levanta? ¿Qué consejos puede darme? ¿Cuándo le llega la inspiración?», etc.).

Desde siempre se ha sabido que decirle "no" al concejal de cultura podía significar la pérdida de un ingreso dentro de unos meses, cuando más falta hiciera, o negarse a escribir una reseña gratis o una colaboración sin cobrar en una tertulia de un medio de comunicación (qué más da de lo que se hable) implicaba que cuando sacara su próxima novela, no tendría, por decirlo así, preferencia. Hoy en día, el autor ya no puede permitirse vivir alejado del mundanal ruido, sino que debe esforzarse por estar en él de manera casi permanente, haciéndose ver, una y otra vez. Esa es otra razón que explica el porqué de que un mismo escritor publique tan seguido: debe evitar el olvido del público, aun a costa de la calidad de su trabajo. Y no olvidemos que todo artista tiene mucho menos de genio que de trabajo, menos de inspiración que de técnica, que se depura a base de horas de frente al papel o la pantalla del ordenador. Recordemos a este respecto, el ejemplo de Ión, en el diálogo homónimo de Platón.

Dura es la vida del artista, dura es la del escritor, al que no le basta esforzarse por crear, atenazado muchas veces por la duda y la sensación de incompetencia, sino que además tiene que ejercer de empresario de sí mismo y dedicar su tiempo y energías a labores más mundanas y desgastadoras. Eso puede dar como resultado que otros, menos avezados en la creación artística o literaria, pero que se sienten cómodos en las relaciones personales o disfrutan de posiciones de privilegio por disponer de capital social o simbólico obtengan una visibilidad desmesurada, al menos en relación con su destreza artística. 

Por desgracia es ya habitual leer los comentarios de autores/as a los que la editorial "anima" a incrementar sus seguidores en las redes sociales y a ejercer otras actividades de animación para sus fans. No seré yo el que escriba que el artista/escritora debe refugiarse en la misantropía y limitarse a mirar con desdén a los que compran libros (o cualquier cosa) a Amazon. Hoy es imposible que un escritor pueda comportarse como Pynchon y vivir bajo anonimato, o como Salinger, que podía permitirse fijar las condiciones de publicación incluso en lo que se refería a la portada de sus libros. Es un signo de nuestro época que un autor necesite pasar más tiempo vendiéndose que escribiendo o, simplemente, pasando el rato como quisiera en la intimidad.

Si la vida es difícil para los autores que publican dentro de un sello editorial, imagínense la enormidad del esfuerzo extraliterario para el escritor que pretenda autopublicarse. Recuerden que hace tiempo ya que vivimos en la era del "hágalo Vd. mismo", y si un escritor pretende llegar a alguien más que a sus familiares desprevenidos, debe funcionar igual que un pequeño negocio. Para muchos, una perspectiva desalentadora. Quizá nunca hubo una edad dorada, unos «buenos tiempos», pero todo apunta a que estos en los que vivimos ahora son peores a su manera.




Por comenzar a hablar ya de esta novela, Historia de Mr. Sabas
 me recuerda enormemente a aquella notable obra de Luis Junco, Entrelazamientos: ambas parten de un suceso de la vida real y proceden a literalizar la investigación subsiguiente y que, al menos en este caso, bordea la crónica periodística. Además, muy en la línea de las novelas pseudobiográficas o de autoficción como la infumable Ordesa, de Manuel Vilas, se pretende reforzar su "basado en hechos reales" con la aportación de fotografías, esquelas, artículos periodísticos, etc. En una era en la que ya estamos de vuelta del collage, del palimpsesto, de la intertextualidad y de toda suerte de posmodernidades, más me habría complacido, sin que esto suponga demérito de esta novela, una completa invención de trama y de fuentes, tal y como lo hacían Borges o Lovecraft, sin ir más lejos, y por citar a dos autores disímiles.

Parece que, tal y como nos lo cuenta el autor, Anelio Rodríguez Concepción, una anécdota suscitara el recuerdo de un suceso que había quedado mitificado en la memoria colectiva de Santa Cruz de La Palma, y que el autor pretendiera seguir el hilo para recuperar todo el ovillo histórico. En ese sentido, no tengo nada que objetar. Lo que me molesta, en general, y sobre todo a estas alturas, es que la pretendida alusión a la realidad que se menciona sobre todo en la cinematografía y en la literatura pueda otorgarle prestigio alguno a la obra concebida como artística. En absoluto creo que sea así.

No obstante, y para que esto no implique un reproche a esta novela, Historia de Mr. Sabas es una obra notable, con un alto nivel estilístico (salvo en un par de ocasiones en las que el autor se complace en agregar un tono campechano-coloquial al texto que no hace sino rebajarlo) y muy bien hilada. Aquella anécdota inicial, la muerte de un león que se había escapado (es el de la foto de la portada) da paso al relato que a pesar de (o por) su apego a lo verídico, llega a emocionar, al darnos cuenta, mediante indagaciones en hemerotecas, sucesivas entrevistas y la feliz intervención del azar, de las aventuras, desventuras y avatares varios de la familia circense a la que pertenecía el personaje del título y que recuerda a esa enmarañada red de parentesco que formaban los Buendía de Cien años de Soledad. Este recorrido vital conecta de un modo que me parece fascinante Canarias con México y Yugoslavia, pasando por Alemania, Italia o la Península. 


Y entonces, sin ser invocado, me rozó uno de esos tenues destellos de remembranza que conforme se acercan van alcanzando la consistencia del relámpago. Entreabrí la boca y entrecerré los párpados para centrarme en un recuerdo de la infancia, hasta ahora perdido o aletargado, caramba, un recuerdo cada vez menos difuso, una estampa que como por ensalmo superaba las veladuras del tiempo, la imagen en blanco y negro de varios hombres de uniforme posando junto a un león escarranchado con la lengua fuera, una fotografía colgada en la pared de un bar, sí, en concreto el quiosco de la plaza de San Pedro, en el cercano municipio de Breña Alta, y yo de pie mirándola desde abajo en silencio, con embeleso, como debiera mirarla un niño aficionado a los tebeos del Capitán Trueno. (Pág. 19)

 

Hasta que le llegó el turno a Yolandita, quien con aplomo y redaños impropios de su edad se explayó apretando el entrecejo: "Traigo esta flor para recordar al pobre Bubú, un león muy bueno que murió en este mismo lugar, fusilado por la Guardia Civil". Al público allí reunido le hizo gracia la salida del guion previsto, pero sólo los más viejos, abuelos y jubilados ociosos, conocedores del trasfondo de aquella mención, sintieron en el cogote un palmetazo de justicia poética mediante el cual recobraban algo de sí mismos que creían extinguido. Fue así como, sin ser consciente de ello, ni falta que hacía, Yolandita le dio nuevo sesgo, real de cabo a rabo, a la libre recreación de un castillo en el aire. Debiéramos intuir que no todo está perdido mientras de vez en cuando sigan obrándose milagros como éste. (Págs. 49-50)

 

Poco más tarde, honrándome con una confianza que raras veces se deposita en desconocidos, y menos en los que llegan de improviso, Lale y Cristina me mostraron como guías de excepción las instalaciones de las tres carpas y sus alrededores, desde los cuadros de luces con las correspondientes torretas hasta el alineamiento de caravanas, furgonetas y trailers en el solar de al lado, y en el mismo recorrido por aquella minúscula ciudadela tuvieron la gentileza de presentarme a cada artista que nos salía al paso en albornoz o en chándal, así como a cada utilero que por aquí y por allí daba retoques con herramientas de carpintería; y entretanto, como la cosa más natural del mundo, acaricié la cabeza de un osezno que tomaba leche de biberón, y me acerqué más de lo aconsejable a la jaula compartimentada de los tigres de Bengala y al terrero donde se solazaba un elefante justo a la hora de la ducha. Entre bufidos y olores de criatura salvaje, la sombra de un ángel en reposo parecía adueñarse de aquel espacio de márgenes difusos que en ningún momento, ni siquiera a media mañana, ni siquiera para sus moradores, podía resultar anodino. (Pág. 154)


Así, de un modo que ni resultado engolado ni empalagoso, el autor consigue mostrarnos un mundo del circo desmitificado, pero dotándole de un aura que, a pesar de todo, sigue siendo, a pesar del relato pormenorizado de las tareas, oficios y funciones de sus miembros, y a falta de otra palabra mejor, "mágico". Lo que no es poco, ni mucho menos. Además, un dato final revelado se muestra como un colofón sorprendente a una historia que había comenzado de manera trágica. Más discutibles son algunas de sus conclusiones, que no discutiré aquí por no develar el desenlace.

Por lo demás, Rodríguez Concepción ya forma parte para mí de esos escritores serios de nuestra Comunidad, junto con, por ejemplo y sin ánimo exhaustivo, Luis Junco y Juan R. Tramunt, quienes, además, no suelen ser pasto de entrevistas ni de reseñas. Lo cual, sin duda, ofrece un lado bueno, consistente en que su obra no sea devorada por la crítica mediocre empeñada en el ensalzamiento descorazonador. Lo malo, claro, es que no son tan conocidos por el gran público, consumidor de periódicos y sus suplementos, programas de radio, videos y demás baratija intelectual. Ojalá existiera un término medio, pero en la era de Internet, ahora como nunca, el 1% de lo publicado, que no tiene por qué ser lo mejor, se lleva el 99% de la atención y de las recompensas.



martes, 20 de octubre de 2020

'Hormigón', de Thomas Bernhard

En esas fantasías semiinconscientes previas a la siesta, imagino una revista cultural escrita sólo a base de reseñas: reseñas de novelas, reseñas de poesía, reseñas de instalaciones, reseñas de pinturas, reseñas de arquitectura, reseñas de escultura... Incluso reseñas de conferencias (esta idea es de Javier Moreno) y, por qué no, reseñas de reseñas. Esto último, la verdad sea dicha, lo practico con cierta frecuencia, aunque tal vez menos de lo que resultaría necesario, tal es el nivel de degradación y postración en el que lleva sumida la crítica literaria (y las reseñas y las impresiones de lectura), por lo general, en nuestro país y en nuestra Comunidad.

De hecho, ya hace casi cuatro años fue la lectura de una reseña de aquella pésima novelita de González Déniz titulada El tren delantero la que me proporcionó el impulso definitivo para crear este blog. Hago hincapié en que fue la reseña, y no la novela, la que suscitó la indignación. Una novela puede ser mejor o peor, más o menos deplorable, más o menos pasable. A veces, incluso buena. Lo que no tiene un pase, ni informativa ni moralmente, es la reseña amical, maravillosista, buenrollista, de favor, de intercambio de dones o mercantil, que se resume en mentir al público lector y en callar lo que se debería decir.

Esta postura ya la conocen de sobra los seguidores/as del blog, y por ello no solo critico las creaciones literarias, sino que procuro incluir también a los/as reseñadores/as, con nombre y apellidos y los medios en que publican. De todos modos, soy consciente de que el campo cultural está estructurado de tal modo que es casi imposible que se pueda ejercer la crítica honesta de manera continuada. Aun así, hasta hoy, era de mal gusto criticar al que ejerce mal su labor: reseñadores de ocasión, escritores/as más o menos aturdidos/as o periodistas culturales tenían patente de corso para su adulación sin fundamento.

A este respecto, me viene a la memoria el reto que le planteaba Sócrates a su joven interlocutor Menéxeno, en el diálogo homónimo de Platón, en el que le aseguraba ser capaz de componer sobre la marcha un discurso fúnebre recordando fragmentos  de otros ya recitados. En este sentido, me veo perfectamente capaz de escribir una reseña empalagosa de esas que vemos con frecuencia en periódicos y cuadernillos culturales sin leer siquiera la obra a la que aluda. Sospecho, por otro lado, que esa es una práctica habitual, por vergonzosa que sea, de nuestros hagiógrafos y maravillosistas de la cultura.

En otro orden de cosas, González Déniz ha sacado novela, lo que será motivo de alegría para deudos y allegados. Leyendo la reseña de Felipe García Landín en el Canarias7, Emilio González Déniz ha vuelto a relucir maestría y magisterio, cómo no. Alexis Ravelo, también ha publicado. En su caso, estoy tentado de pensar que es una especie de manía, porque no acabamos de leer una novela (si tal fuera el caso) cuando ya nos ofrece la siguiente. No obstante, no llega a la producción estajanovista de Santiago Gil, quien a veces da la impresión de que publica más que escribe. Respecto de la novela de Ravelo, no he leído nada al respecto aún, pero imagino que no tardarán en volver a calificarlo de "maestro" o una tontada de esas.

Fantaseo, sin llegar a anhelarlo, con que tamaña dedicación se vea recompensada en todos los casos por el Premio Canarias de Literatura: se merecen los unos al otro.

Cráneos previlegiados.




Sin embargo, todo no va a ser tristeza, ira o indignación en la casa del reseñador. Con frecuencia, más de lo que da a entender, lee buenas novelas, como podrán comprobar Vds. mismos si repasan el historial de lecturas del Polillas. En especial, cuando ya cuenta con precedentes, como es el caso de la obra de Thomas Bernhard. Hoy, sin ir más lejos, comparto la lectura de Hormigón.

Esta es una novela de reducida extensión, de unas 103 páginas, pero tan reconcentrada, tan densa, tan bernhardiana que vale por una del doble, o por un millón de microrrelatos, tan de moda en los últimos tiempos, a tenor de los concursos literarios que los reclaman. En todo caso, no es de longitud ni de grosor de lo que vengo a hablar aquí, sino de esa capacidad del escritor austriaco de ir roturando el campo alrededor de las obsesiones y anhelos del protagonista. Una roturación lenta, profunda y constante con la que todo el terreno moral del protagonista se ve penetrado por el arado indagador del novelista. Mirado así, no sé si mi reflexión es más agrícola que sexual o viceversa.

En Hormigón, a poco que la lean con atención, verán temas y motivos que se desarrollarán más tarde en esa novela superior que es Tala, que sigue impresionándome. Imagino, creo que lo he dicho en alguna ocasión, que Bernhard es mal ejemplo para el aprendiz de escritor. Igual que Borges, con el que no tiene nada que ver. Ambos, sin embargo, hacen surgir el lado más mimético del lector que pretenda escribir, y por tanto su sombra cipresca (ahora que estamos conmemorando a Miguel Delibes) es demasiado acogedora, por mucho que las divagaciones y obsesiones del protagonista no inviten al descanso ni a la relajación, ni mucho menos.

Hagámonos cargo de que su prosa, traducida aquí por Miguel Sáenz, es repetitiva, masiva, gravitatoria, centrípeta y machacona, y al mismo tiempo, por todo eso, fascinante, con un ritmo implacable, quizá difícil de aprehender en muchas ocasiones. Una prosa difícil, es cierto, pero es posible que ciertas cosas no puedan expresarse de otro modo. El resultado sigue siendo demoledor.

Toda publicación es una tontería, y prueba de un desagradable rasgo de carácter. Editar la inteligencia es el más vergonzoso de los crímenes y yo no he vacilado en cometer varias veces ese crimen, el más vergonzoso de todos. Al fin y al cabo, ni siquiera fue la grosera necesidad de comunicarme, porque nunca he querido comunicar nada a nadie, con eso no tenía ninguna relación, fueron simples ansias de gloria y nada más. Qué suerte no haber editado Nietzsche y Schönberg, por no hablar de Reger, no me lo perdonaría. Si ya los otros miles y cientos de miles de escritos publicados me asquean, los propios me asquean de la forma más horrible. Pero no escapamos a la vanidad, a las ansias de gloria, entramos en ella, como si la necesitáramos, con la cabeza muy alta, aunque sabemos que nuestra forma de actuar es imperdonable y perversa. (Pág. 38)

Tener que seguir asqueándome de un desayuno hecho por mí mismo a otro desayuno, de una cena hecha por mí mismo a otra cena, de una decepción meteorológica a otra decepción. Tener que leer diariamente los periódicos y su porquería política local, su obtusa suciedad política y económica y ensayística. No poder sustraerme a esos periódicos y a sus asquerosos productos, porque, por otra parte, tengo que devorar diariamente con gran ansia esa suciedad de los periódicos, como si padeciera francamente una perversa gula periodística. No poder sustraerme en absoluto, aunque tenga la voluntad para ello, realmente la voluntad de sobrevivir, a todas esas suciedades públicas y publicadas, porque no puedo sustraerme a esa gula de ellas, a todas esas perversas historias de terror de la Ballhausplatz, donde un Canciller que se ha convertido en un peligro público da a sus idiotas de Ministros órdenes que son igualmente un peligro público. (Pág.71)


Los amigos de antes, o están muertos y han vivido una vida infeliz, se han vuelto locos antes de morir, o viven en alguna parte y no me interesan ya. Todos se han quedado atascados en sus ideas y, entretanto, se han hecho viejos, y en el fondo, aunque, como me consta, se debatan furiosamente aquí o allá, han renunciado. Si nos los encontramos, hablan como si no hubiera pasado el tiempo en los últimos decenios y hablan por lo tanto en el vacío. Hubo un tiempo en que realmente cultivé mis amistades, como suele decirse. Pero todo eso se rompió en algún momento y, prescindiendo de que, de cuando en cuando, leo en los periódicos algo de éste o de aquél, a los que en otro tiempo consideraba indispensables, alguna tontería, alguna insulsez, no sé ya nada de ellos. Casi todos han fundado una familia, como suele decirse, han hecho sus negocios y se han construido casas y han tratado de asegurarse por todas partes y, con el transcurso del tiempo, se han vuelto carentes de interés. No los veo ya y, si los veo, no tenemos nada más que decirnos. Uno insiste ininterrumpidamente en que es artista, otro, científico, un tercero, comerciante de éxito, y eso me pone ya malo, sólo con verlos y mucho antes aún de que abran la boca, de la que sólo brotan cosas triviales y, una y otra vez, sólo leídas y ninguna propia. (Pág. 92)


En manos de escritores/as menos dotados/as, o con menos oficio, todo podría haberse convertido en cháchara y verborrea yoísta, carente, por tanto, del menor interés. El talento, o lo que quiera que sea que Bernhard posee, lo transmuta en introspección valiosa, en espejo en el que en menor o mayor medida nos vemos y, me temo, nos rechazamos. El protagonista de la novela nos sumerge en las contradicciones y crueldades en las que recaemos una y otra vez. Eso, teniendo en cuenta que muy poca gente podría identificarse en modo alguno con él, atendiendo a sus características socioeconómicas o morales. No hay manera de salir indemne de la lectura de las obras de este escritor, ni siquiera esbozando una sonrisa de suficiencia.

En fin, diga Bernhard y diga horror a los puntos y aparte, diga hostilidad a los puntos y seguido; diga amor por las comas y las oraciones complejas y extensas. Diga discurso vitriólico, diga exceso e ira. Podría pensarse que el personaje público no era tan libertario, ni mucho menos, y que gustaba de recibir premios y honores de aquellas autoridades e instituciones que tanto decía detestar. Puede ser, pero no creo que importe demasiado a la hora de juzgar su literatura, que expresa el malestar de una generación del Estado de Bienestar centroeuropeo tanto como puede expresarlo ahora para los que solo hemos vivido sus restos, de entre los cuales parecen haber resurgido la intolerancia y el autoritarismo sin complejos

Sigamos adelante.














sábado, 10 de octubre de 2020

Trasdemar

Vaya por delante que la creación de nuevos diarios o revistas siempre me suscita curiosidad y algo de esperanza. Es posible creer, aunque sea por un momento, que corre sangre fresca (que no necesariamente joven en edad) por las esclerotizadas venas de la sociedad civil, o de la sociedad a secas: temas nuevos, enfoques nuevos, críticas valientes y razonadas, argumentos inimaginados, redactoras/es y escritoras/es originales, etc. 

Sin embargo, en cuanto a la información periodística en general, salvo alguna excepción (en el ámbito español) como, en mi opinión, El Salto, la mayoría del periodismo digital tiene el nivel del periódico que dirige Inda, y cuyo nombre no vale la pena ni mencionar. En cuanto a la cultura y a la literatura, y ya nos quedamos en el perímetro local, la novedad se trastoca en ranciedad nada más nos asomamos a su contenido. Así ocurrió con Dragaria, la revista dirigida por el fallecido Manuel Almedia, que no aportó ni una sola idea nueva y así, me temo, pero me gustaría equivocarme, ocurrirá con Trasdemar, la nueva revista digital que pretende conectar los archipiélagos del mundo entre sí, o algo parecido.

Para ello, la revista ha establecido contacto con periodistas e intelectuales arrinconados e invisibilizados, seguramente por el carácter de denuncia de su obra, como, para citar solo a los más desconocidos, el exconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias y diputado del Parlamento de Canarias y premio Canarias, Juan Manuel García Ramos, el periodista, novelista, poeta y lo que surja, Santiago Gil, y la periodista cultural, ácida escritora de reseñas e iracunda crítica social Nora Navarro. ¿En serio?



Que no digo que la revista,  esta o cualquier otra, no invite o incluya en su contenido a quien le venga en gana, con mejores o peores razones, pero no deja de llamarme la atención lo pequeñísimo que es este mundillo en que todos parecen conocer a todos y los mismos llaman a los mismos para proveer de contenido (siempre parecido) para un público veleidoso y exiguo.

Sin embargo, hay algo que siempre me ha suscitado cierto pasmo en la creación de la miríada de revistas literarias, artísticas, culturales y periodísticas en general: al mismo tiempo que proclaman su novedad y su necesidad, invitan a sus páginas a las mismas figuras que llevan cardando la lana desde hace décadas o, si no es el caso, que ya disfrutan de tribuna en otros medios de comunicación. Así, es lamentablemente habitual, que las tertulias (por llamarlas así) en radios y televisiones estén compuestas por directores de otros medios o, en su defecto, de periodistas que ya disponen de sus propias columnas. Un círculo vicioso o una estructura que se retroalimenta y ante cuya visión y audición uno se echa las manos a la cabeza con frecuencia por la superficialidad, cuando no estupidez, en el abordaje de los asuntos que aparentan tratar.

En estos primeros momentos, no obstante, quiero pensar que si los creadores de la revista no tuvieron la precaución de hacerse con material antes de su publicación, no han tenido más remedio que buscar a toda prisa colaboraciones a diestro y siniestro, sin mucho criterio. Luego las han pedido a aquellas figurillas del campo artístico-literario local más conocidas y con supuesto prestigio. García Ramos, Gil y Navarro no son culpables de que se les busque; ni tampoco Cecilia Domínguez Luis, de que la entrevisten. Que su posición en el campo cultural incite a ello, que sea una solución fácil, es otro asunto. Una explicación alternativa es asegurar que lo que sale siempre es lo que hay, que no hay más. Ya me dirán Vds. si están de acuerdo. 

Por último, y volvemos a Trasdemar, en su "Manifiesto" aspira "a convertirse en referente crítico desde Canarias". Manifestar esa aspiración lo hacen todos, la práctica suele ser otra cosa. Déjenme que les manifieste que con estos mimbres iniciales, poco futuro crítico le auguro. Es llamativo que el único apartado que permanece vacío hasta el día que escribo esto (10 de octubre de 2020) sea el de "Reseñas". Ya me gustaría creer que la escasa influencia de mi blog, en su excéntrica posición, se transmutara en cierta parálisis laudatoria o hagiográfica en los medios, pero lo dudo. Más bien, imagino que es la sección más tediosa de toda revista o cuadernillo cultural que se precie, pues como la parte crítico-negativa suele orillarse con desdén, dedicarse a escribir panfletos empalagosos de obras lamentables no puede ser del gusto de casi nadie.

Por cierto, el manifiesto dice lo que dice todo manifiesto canario: mestizaje, insularidad, periferia, diversidad y una pizca de anticapitalismo del que no molesta. Por si quieren ahorrárselo.









miércoles, 23 de septiembre de 2020

'Exhalación', de Ted Chiang

La escritura a veces se vuelve una tarea penosa porque (esto es un lugar común) las palabras apenas aciertan a plasmar los sentimientos y las intuiciones que uno desearía poder comunicar. La oralidad, que también tiene esta dificultad, implica por su espontaneidad (salvo que sea un discurso preparado) menos esfuerzo, menos desgaste: solían evaporarse una vez dichas. Bueno, eso era antes. Ahora, en esta época todo se graba, se quiera o no, para difundirlo por las redes sociales o para hacer chantaje. Escribir una entrada de este blog de reseñas me lleva horas, mientras que leerlo les puede llevar apenas diez minutos como máximo. A esto, súmenle el tiempo que tardo en leer el objeto de la reflexión. Si siempre obtuviera placer estético e intelectual, no sería un costo, sino más bien una ganancia. En cambio, como bien saben, en demasiadas ocasiones la lectura de las obras que reseño aquí son más bien una tortura.

Digo todo lo anterior porque de vez en cuando (esto debería ser una buena noticia para las víctimas de mis críticas) me planteo la posibilidad de dejar de escribir estas reseñas, de cerrar este blog que en noviembre cumplirá cuatro años. En realidad, siempre he considerado el Polillas al anochecer como un servicio público. Si me han leído a lo largo de estos años, saben que albergo presuntuosidad con esta afirmación. No obtengo beneficio alguno: ni profesional ni social. A diferencia de otros críticos-blogueros, nunca albergué un plan b por el cual pudiera intercambiar mi supuesta influencia en las redes por algún tipo de ventaja. 

Este servicio público es, en realidad, muy simple: escribir con alguna argumentación lo que pienso sobre la literatura, sobre las novelas que me apetece leer y, en especial, medir la distancia que había entre las reseñas que leo y lo que opino. Respecto de la creación local y nacional, pretendo ir más allá del elogio encendido, del saludo empalagoso, de la hipóstasis de la literatura y de la cultura en lo que se refiere al ser humano y a la sociedad; reflexionar sobre el papel de los reseñadores/as, de los críticos/as, de los/as periodistas culturales, sobre nuestra propia posición como lectores/as (o escritores/as). En fin, siempre se ha tratado de cuestionar, aunque fuera de modo superficial, por qué algunas cosas son como son y de pensar cómo podrían o deberían ser, tal vez. 

No importa que los medios de comunicación sigan publicando las mismas chorradas, que las figuras del campo literario sigan hablando y escribiendo de libros "imprescindibles" o "necesarios", que todo sea maravillosismo y buenrollismo y amiguismo e intercambio de favores. No importa que los que tengan algo que decir, callen, que los malvados estén llenos de energía y los buenos estén agotados y esperen tiempos mejores. O simplemente que no sean capaces de superar su pusilanimidad. En la medida de las posibilidades de blogs como este, intento que se respete al público lector, y eso solo se puede hacer aplicando la parresía, el hablar franco y veraz en el campo literario y en el cultural. Y, si se tercia, en cualquier otro.

Seguimos:




Ted Chiang, según he leído aquí y allá, es un escritor de ciencia ficción que disfruta de gran prestigio. Ese prestigio se sustancia en haber ganado un montón de premios Hugo y Nebula y en que de un relato suyo se ideó la película La llegada, que a su vez obtuvo gran éxito de público y crítica. Yo mismo solía consultar la lista de premios Hugo y Nebula allá en mi tierna juventud, ya que eran referencias obligadas para cualquier lector del género con algo de afición. Debo reconocer que, a pesar de algunos títulos excelentes, a mi parecer la lista de títulos ya no comporta la misma seguridad de calidad que entre los años 50 y 80. También es cierto que no les presto la misma atención.

Pues bien, Exhalación es un conjunto de relatos, traducidos por Rubén Martín Giráldez (sí, el autor de Magistral), de variada temática y tono. También, de variado interés. Desde un relato de sabor oriental tipo las Mil y una noches, con narraciones enmarcadas, hasta una inmersión en el desarrollo de inteligencia artificial en mundos virtuales pasando por la reflexión sobre la repercusión en los seres humanos de artefactos y gadgets, de aire Black Mirror. Hay de todo y para todos.

En mi caso, el interés por los relatos fue decreciendo hasta dejar el último a medio leer. "No eres tú, soy yo", suele decirse en las rupturas sentimentales. Como la literatura es, entre otras cosas, también un tipo de relación así, son las palabras que me vienen a la mente. El punto de inflexión fue el relato central, el de mayor amplitud, que algunos han considerado el mejor, que aunque se lee bien, no me parece original en el objeto ni en el tratamiento. Inteligencias artificiales que se desarrollan tuteladas por humanos, que se implican emocionalmente con ellas. Antes, El comerciante y la puerta del alquimista me pareció magnífico y hermoso, por el lenguaje, la trama y las conclusiones, aunque creo que no solventa del todo los problemas inherentes a los viajes en el tiempo y a las paradojas temporales. En este caso, creo que da igual. Exhalación también me parece estupendo: corto, elegante en su tratamiento del lenguaje, con ciertos matices científicos, y sugerente. Lo que se espera de nosotros es una reflexión literalizada, sin más, sobre el libre albedrío. A otros lectores les ha parecido más de lo que me ha parecido a mí, no obstante.

Mi interés declina a partir de El ciclo de vida de los elementos del software, como ya señalé antes. Es el relato que no sé si se le hace grande o se le queda pequeño. Hay asuntos que quedan sin desarrollar, como las relaciones personales de los dos personajes humanos principales y una resolución con respecto a las IA que me parece prematura e incompleta. No me deja satisfecho, ni de lejos, aunque, repito, se lee con agrado. Después de un par de relatos, Ónfalo rompe la tendencia, y vale la pena subrayarlo, porque ofrece una visión religiosa de la ciencia y una visión científica de la Creación que me parecen singulares. El último, el que aún tengo a mitad, es un sondeo de las posibles consecuencias de la existencia de universos alternativos y de la interacción entre ellos.

En cualquier caso, Ted Chiang (y su traductor, Rubén Martín Giráldez) ofrece un lenguaje claro y preciso, no exento de sutileza y preciosismo cuando lo considera necesario. A este respecto, no tengo nada que reprochar, salvo que segundas lecturas me convenzan de lo contrario. Para terminar, me parece un conjunto de relatos irregular, aunque nunca deficiente. Para que me entiendan: son todos buenos, o más que buenos, pero no todos sobresalientes (como el primero, por ejemplo). Como lector, siempre deseo lo mejor.



P.D. Una reseña en vídeo, que no da vergüenza ajena, como suele ocurrir con los booktubers habituales, aquí. En medios tradicionales, he encontrado esta, y esta (con Rodrigo Fresán a los mandos) que ponen al libro y al autor por las nubes.











  



domingo, 13 de septiembre de 2020

'La ballena', de Paul Gadenne

 Las dos últimas semanas han sido muy valiosas: hemos descubierto, se ha caído el velo, que nosotros, los canarios (como los españoles, en general) no somos un pueblo acogedor ni hospitalario. Tampoco, sabio. Con ese tono paternalista con el que se dirigen a los gobernados y dominados, los que gobiernan y dominan, con la irrupción del turismo y la fabricación de nuestra comunidad como resort para los alemanes, británicos y escandinavos, fueron moldeando un relato vía medios de comunicación por el cual los/as canarios/as y Canarias eran afables, corteses y hospitalarios con los extranjeros: una manera de construir pueblo adecuado al nuevo negocio, al emergente cuasimonocultivo del que iban a depender los ingresos de una incipiente élite empresarial y al que se iba a adherir nuestro patriciado tradicional.

También hemos descubierto que cuando la xenofobia, el racismo y la aporofobia se manifiestan mediante un editorial de uno de los periódicos más importantes (que no es mucho decir) de nuestra Comunidad, todos aquellos que se desgañitan casi a diario (columnistas, intelectuales, políticos y artistas) criticando esto o aquello (muchas veces, con razón), sobre todo si se dirige contra conceptos o contra entidades lo bastante abstractas para no molestar a nadie concreto, enmudecieron de súbito. Tampoco, cuando esta alcaldesa o aquel alcalde se empeñaron en subrayar la "mala imagen" o "el deterioro" por haber alojado a inmigrantes irregulares en un complejo turístico, que se encontraba, a la sazón, vacío.

Es bastante posible, habría quizá que pensarlo con algo más de detenimiento, que, como decía aquel artista, España dé asco. Lo mismo podría aseverarse con respecto a Canarias, ese paraíso terrenal, esa Atlántida, ese Jardín de las Hespérides, esa plataforma continental y crisol de culturas, con ese pueblo, repetimos, tan amable, hospitalario, acogedor... y secularmente dominado, empobrecido, sometido, que a base de golpes y de servidumbre se ha vuelto tan mezquino y calculador -en gran proporción- como sus señores. Solo una voz, la del juez encargado de los CIE, Arcadio Díaz Tejera, se ha manifestado en contra de esta ola de indignación hipócrita. Deberían fijarse en él, en especial por su ubicuidad y por su facilidad de acceso a los medios, estos políticos, estos intelectuales, estos columnistas y estos artistas que padecemos.

(Cuando escribo estas líneas, el 12 de septiembre, leo lo siguiente, que puede marcar un cambio de tendencia. Lo que debería avergonzar aún más a los muditos/as: aquí)

En fin, que cada uno, cada una, que lea estas líneas, que alcance a reflexionar en qué medida se siente aludida/o, y si le importa.




Uno lee la palabra "ballena" y, la haya leído o no, recuerda de inmediato la novela de Hermann Melville. Y más, al ser la ballena de este relato (38 páginas) también un espécimen blanco, "como una cantera de mármol". Así se llama: "Ballena", escrito por el autor francés, Paul Gadenne, fallecido a mediados del siglo pasado y cuya vida y milagros ignoraba por completo. Llegué a este relato, a este autor, gracias a Joan Flores Constans (*) en cuyo blog (entrada del 20 de julio) se hacía mención a él. De su obra, al parecer, solo se ha traducido Ballena, versión de David M. Copé. Uno podría preguntarse no sólo por qué una editorial decide traducir a un autor casi desconocido en España, muerto hace casi 70 años. Y con un relato, ni siquiera con una novela. Sería interesante saberlo. Quizá haya sido una avanzadilla en terra incognita, una incursión en el proceloso mar editorial, un sondeo en la cámara de tortura de las reseñas en los medios de comunicación, yo qué sé.

En todo caso, 38 páginas pueden dar para mucho, sobre todo cuando uno se siente desbordante de creatividad pseudoliteraria y quiere señalar (o dar codazos) al gran público que uno tiene alma de escritor, aunque no escriba literatura. Es lo que podríamos llamar "hacer un noranavarro". Estoy recordando aquella reseña de Panza de Burro en el cuadernillo de La Provincia y aún se me eriza la piel. En fin, sigamos porque, aunque a nuestros exégetas, hagiógrafos y juglares del mundillo hayan unido esfuerzos, acordes y gemidos para proclamar que el Mesías literario canario ha llegado encarnado en Andrea Abreu, hay más literatura ahí fuera que vale la pena.

Yo interpreto Ballena como el fin del viaje de Moby Dick. Tras aquellas furiosas batallas contra el capitán Ahab y su barco ballenero, el leviatán embarranca en otro continente, en otro tiempo. Es ahora un mundo demasiado consciente de sí mismo, lejos ya de aquella modernidad pujante y vigorosa de un país como los Estados Unidos en plena expansión. La ballena acaba en una playa de Francia, en un continente existencialmente agotado y descreído. El narrador y su acompañante se acercan a la playa algunos días después de que les llegara la noticia de aquella inmensa bestia blanca.

El encuentro con algunos animales, magníficos y antiquísimos, como la ballena, o el elefante, del que Ángel Bonomini, por ejemplo, escribió otro relato inmortal como Los lentos elefantes de Milán, quizá por una genealogía que se remonta al principio de los tiempos (aunque lo mismo puede decirse de las medusas, pero no tienen el mismo encanto) nos produce pasmo, admiración y también melancolía. Es el paso del tiempo encarnado en animales casi mitológicos, y su muerte, como el de esa ballena blanca varada en una playa, es el recordatorio de la nuestra, y apunta a la muerte de todo lo viviente:


Habíamos creído ver simplemente un animal cubierto de arena: en realidad, contemplábamos un planeta muerto.

 

Para un lector avezado, además del gozo mismo de la lectura, las referencias literarias y bíblicas serán fuente de satisfacción y de curiosidad, sobre todo, como en cualquier texto bien escrito, porque no resultan redundantes o caprichosas, sino necesarias (aunque no tengan por qué). En la mejor tradición norteamericana del siglo XIX, cuando todos los escritores citaban de continuo las Escrituras, cuya lectura era parte integral de su formación intelectual. La lectura de este cuento invita a producir todo tipo de significaciones por la simbología suscitada por la ballena a lo largo de la Historia. Por no hablar del color blanco, que ya desde Edgar Allan Poe, literariamente al menos, sugiere connotaciones mórbidas, que en general suelen asociarse al negro. En mi caso, insisto que, aunque fuera escrita en otro tiempo, quizá por las circunstancias en las que vivimos ahora, no puedo sino pensar en el cansancio y el hastío de una civilización, en el de la especie humana al completo, descomponiéndose lentamente en un recodo del tiempo, en este planeta diminuto e insignificante que flota a la deriva.


Yacía sobre la arena con todo su peso muerto, como si se esforzara en desaparecer, como si a partir de aquel momento hubiese decidido formar parte de la tierra, como aquellos peñascos bajos y angulosos, como aquellas plantas enjutas y rígidas que había a nuestra espalda, incrustadas en el esquisto, y a las que la brisa ni siquiera conseguía hacer temblar. Pero los peñascos eran oscuros: ella era blanca, de un blanco opaco, como el blanco de la leche derramada. Ese blanco era el suyo. Un blanco sin luminosidad, un blanco helado, completamente replegado en sí mismo, que le daba la espalda a toda gloria con una resignación apenas patética. (Págs 24-25)


A mí, Ballena me ha convencido; Paul Gadenne es un escritor que a partir de esta lectura me interesa y confío, como confiaría un creyente liberal en las bondades del mercado colmador de necesidades y caprichos, en que la editorial Periférica o cualquier otra se pongan manos a la obra y traduzcan su obra. Aquí hay un lector.




(*) No deja de ser curioso como dos lectores de la misma obra, incluso en una tan breve como esta, la interpretan de manera tan diferente. A Joan Flores se le ocurren significados que no se me habían pasado por la cabeza. En todo caso, mis disquisiciones no se solapan con las suyas.