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jueves, 1 de junio de 2023

'La isla de los muchachos hermosos', de Pedro Flores

Para algunos, un mundo ideal sería aquel en el que cada cual recibiría según sus necesidades y daría según sus capacidades. Quizá no tan ideal para muchos, que prefieren creer que cada uno de nosotros ya recibe lo que se merece y da lo que le da la gana. Normalmente, esto último lo piensan aquellos/as a quienes les va bien, y en gran parte les va bien porque han heredado una posición en la que es más fácil que vaya bien. Qué triste resulta cuando esa visión del mundo la hace suya un paria que no tiene dónde caerse muerto.

En fin, debe de ser que tengo el ánimo un poco sombrío, a la par que reivindicativo, por el resultado de las elecciones. Me pregunto claro, cómo imaginar una sociedad futura donde la democracia tuviera un valor sustantivo y no meramente procedimental. En el caso de nuestra democracia representativa, el voto condensa muchas aspiraciones y deseos, prejuicios y resentimientos, a veces no pensados, si no irracionales. Cuando la participación de la ciudadanía se reduce normalmente sólo al acto de votar, puede ocurrir de todo, claro. Por eso, tal vez no sea del todo justo reprochar a los más pobres y marginados entre nosotros que hayan votado a un partido de derechas, conservadores del statu quo. O por qué aquellos y también la clase media se identifica antes con las cuitas o iniciativas de Juan Roig o de Amancio Ortega que con los problemas de sus conciudadanos/as. 

Claro está que la izquierda a la izquierda del PSOE se ha esforzado al máximo por destruirse a sí misma, de derrota en derrota hasta la derrota final. Hablo de los/las dirigentes y de su séquito, porque supongo que al electorado potencial poco lo importaba que Alberto Rodríguez fuera primero o segundo en la lista, o las rencillas que Noemí Santana mantuviera con los denominados pitistas (seguidores de Mery Pita, la anterior jefa del partido en Canarias, que posteriormente abandonó, pero sin renunciar a su escaño en el Congreso), etc.

Hace tiempo, además, que el declive de Podemos era visible, electoralmente hablando. La desintegración de los cuadros, por no hablar de los círculos, es anterior, y, al final, hasta parte de los dirigentes de mano de hierro (o de genuflexión férrea) se han ido marchando o les han ido largando. Los que tenemos memoria recordamos, por ejemplo, la dimisión de casi todos los miembros de la lista de Podemos al parlamento canario hace cuatro años, veinticuatro horas antes del cierre de candidaturas. Por otro lado, es posible, como factor añadido, que a Podemos sólo se le haya oído en los últimos meses por sus reivindicaciones feministas. No se confundan, estoy de acuerdo con esas políticas, pero a parte del electorado de izquierdas o de esos indecisos del nebuloso centro político le podría haber parecido que los beneficios en tales derechos ya estaban amortizados y la insistencia en ellos, por mucho que la realidad le diera la razón al partido, suscitara más irritación que simpatía, más cansancio que entusiasmo. Esto podría haber dado la razón, aunque indirectamente a los defensores de la "trampa de la diversidad", izquierdistas (al menos, se proclaman) que piensan que la única clase verdaderamente oprimida es la obrera, y que toda actividad política debe dirigirse por y para esa clase, desdeñando otros tipos de opresión como la femenina, étnica, etc., porque sus demandas -aseguran- solo le hacen el juego al capitalismo. Es decir, que son funcionales a él. Mi opinión, parafraseando a Axel Honneth, es que la izquierda debe hacer suyas todas las luchas contra la dominación y la explotación ya sean económicas, sexuales, étnicas o cualesquiera otras que menoscaben la autonomía y la dignidad de las personas.

También es cierto, que los medios de comunicación han estado más atentos a los desacuerdos en el Gobierno que a otra cosa, mostrando a Podemos casi siempre como el aguafiestas, como el elemento díscolo, discordante, problemático y poco fiable, sin capacidad de tener altura de Estado.

Se me ocurre pensar, en momentos de máxima melancolía, que, si la mayoría del pueblo votara lo que le conviene, hace tiempo que habrían dejado de organizarse elecciones.





La novela, grosso modo, cuenta la investigación de Jesús Arévalo acerca de la vida y obra de un tal Bebo Ríos, que murió en la carretera a los dieciocho años de edad, justo tras ganar un premio de poesía. El hallazgo por casualidad del poemario de Ríos motiva a Arévalo a comenzar una indagación que espera que resulte compensatoria tras su fracaso académico (consistente en no haber sido capaz de acabar la carrera de Filología) y que le suponga el reconocimiento del mundillo de las letras.

Bien podríamos comenzar, y casi acabarla, la reseña citando a un personaje, el poeta brasileño Paulo de Souza, quien, hablando de una obra en prosa de Bebo Ríos, titulada La isla de los muchachos hermosos, en un juego de espejos o de novela dentro de novela, afirmó: "(...) nada demasiado interesante, para ser sinceros". No obstante, y aunque no me considere prolijo en detalles por lo general, considero que hay dar las explicaciones pertinentes.

La novela no es demasiado interesante comenzando por el mismo argumento, que resulta un tanto visto, no solo de escritores/as, sino de artistas en general, ya sea por la investigación y develamiento de facetas ocultas de la vida del personaje de turno, ya como, en este caso, de su temprana, prematura muerte. O, quizá más interesante: el tema de cuantos Sócrates hay criando cerdos: es decir, cuánta gente no podrá o no ha podido desplegar sus capacidades por ser pobres, por estar explotados, por haber nacido en un contexto social en el que las oportunidades apenas existen. Esto podría perdonarse, claro, si el despliegue de la novela fuera brillante en sus aspectos lingüísticos (exuberancia verbal, estilo, etc.) como en los técnicos (construcción de la obra) o por un contenido fértil en ideas y sugerencias que desbordara ese estrecho cauce y consintiera en hablarnos de asuntos que nos conmovieran y, además, nos estimularan cognitivamente. 

Asimismo, los diálogos, sobre todo los que mantiene Bebo Ríos con su maestra Isabel, que es quien detecta la chispa de artista en él, me resultan tremendamente impostados. Me atrevo a sugerir que la insistencia del autor por adjetivar con "puto" y "cabrón/a" todo lo que piense el personaje Bebo resulta un factor importante. Pedro Flores señala, de manera iluminadora, en una entrevista, que las personas en las que se inspiró para esta novela "hablaban así". Quizá habría que recordar que transcribir el habla popular tal cual es, como si estuviera recogida en una grabadora, no suele dar buenos resultados. Por lo mismo, transcribir los hechos tal cual sucedieron suele acabar por convertirse en un ejercicio plúmbeo de naderías en su mayor parte. Siempre hay un proceso de recorte, selección y, por supuesto, de artificio para que, paradójicamente (o no tanto), lo que se cuente resulte verosímil y, sobre todo, convincente. Entiendo, pues, que el habla de los personajes carece en muchas ocasiones del necesario trabajo de invención para hacerlos naturales.

Puedo añadir que hay unos cuantos pasajes en que apenas hay sustantivo sin adjetivo, lo que resulta cargante, excesivo, como si Flores hubiera dado rienda suelta a su espíritu creador, pero en mal momento. A este respecto, he anotado numerosas metáforas bastante forzadas, que suelen corresponder a la voz de Bebo Ríos. Podríamos aceptar a regañadientes que no es Flores quien escribe así, sino Bebo, pero, de todos modos, irrita y desconcentra; también, los cambios de estilo en su relato, de coloquial-vulgar a elevado. La excusa no puede aplicarse de ningún modo al narrador de las pesquisas de Arévalo. Por cierto, a veces se habla de que tal o cual expresión es un tópico, pero aun así insiste en ella. No entiendo la razón. Si se es consciente, ¿para qué escribirlo?


Cuántas veces habría repasado ya, fatigado, que diría Borges, cada texto, cada uno de los versos como un dardo lanzado al pozo sin fondo del olvido (...) (Pág. 27)

En la calle, nos descojonamos, dentro de nuestros zapatos desgastados y sucios, como ogros rencorosos que hubieran cercenado las alas de un dragón volador. (Pág. 44)

Arrastrándose como un ciempiés gangoso (Pág. 46)

 El crepúsculo llameante y las dunas de arena casi blanca, que se mueven como paquidermos líquidos con el suave viento del mar son un mundo prístino, qué lindo adjetivo este, y abundante, tan distinto al nuestro de pisos diminutos y húmedos, escaleras con olor a meados y perros sarnosos tomando la sombra, espantando con el rabo tábanos del color del carbón, grandes como helicópteros. (Págs. 47-48)

Y le vino a la cabeza a Arévalo la piel de un tigre, un brutal animal dormido en la espesura de naftalina y abandono de una anciana avariciosa, un tigre que él volvería a la vida pasando sus dedos por la dormida piel, abriendo al mundo las fauces anquilosadas de sus carniceras páginas. Se recreó el hombre en el vértigo de su excesiva metáfora, y se relamió, si no como un tigre, al menos como un gato. (Pág. 51).

 Pero la de don José fue la primera, la que lo puso sobre el rastro, como un sabueso filológico que olisquea la ropa siempre usada, el sudor reincidente de la poesía. (Pág. 52) 

Para mí pedían siempre un refresco de naranja que yo me sentaba a beber fuera, en la acera, a la hora en que las chicharras llenan el aire del verano endémicos de esos andurriales con su letanía de violín herido. (Pág. 56)

A mí me gusta ir caminando, voy pensando en la escritura, en la poesía, este paisaje me resulta, como diría la vieja, inspirador, y no porque yo escriba poemitas sobre el paisaje, el sol o los cabrones lagartos grandes como hipopótamos que toman el calor de las piedras lisas, con las garras y los buches amarillos expuestos a la canícula, como la ofrenda antediluviana para un dios abrasador (Págs. 91-92) 

Después de su breve pero fructífera conversación telefónica con Paulo de Souza, una febrilidad mayor si cabe se apoderó de Jesús Arévalo en su tan tenaz como probablemente irrelevante empresa. Pero he aquí que se ha convertido ya nuestro hombre en siervo de su inercia investigadora, de su fantasía filológica, de su tendencia a la mitomanía, de sus ínfulas de free lance de la literatura. (Pág. 99) 

Ella bucea entonces por el intrincado y vibrante arrecife de su biblioteca, con sus patitas de rana, su arrugado cuello de tortuga, su talle de hipocampo, sus ojos de pejesapo. Busca por entre los libros, cuyos lomos desgastados por el uso son como los cascos oxidados de los pecios mortificados por las olas cuchilleras del bajío (...) (Pág. 129)

Yo soy una bicha lerda que repta por el fango sinuoso de su manglar recóndito y engulle un pajarraco zancudo y altanero, y el sabor de ese pájaro, trasegado sin conciencia a su insensato estómago tubular, acudirá a su lengua bífida muchos años más tarde, cuando, sin piel ya que mudar, casi no pueda arrastrarse por su pantano de mierda. (Pág. 143)

(...) y eran todavía las tres de la madrugada y la mañana era una anciana paquiderma que nunca llegaba al abrevadero del día. (Pág. 148)

 

Por otro lado, me produce perplejidad el narrador en tercera persona: no es solo que a veces hable en primera y otras en tercera del plural, porque podría entenderse que es un plural de modestia o aquel que se usa para incluir a los lectores, sino el tono. No es el neutral más corriente, con sus matices, sino que a veces toma partido, juzga. No se sabe quién es ni qué pretende, por qué nos cuenta la historia de Jesús Arévalo y de un poeta muerto hace tanto tiempo. Me pregunto, en definitiva, por qué he reparado en este narrador cuando en muchas otras novelas, haciendo lo mismo, la voz que cuenta pasa inadvertida. 

Por ejemplo:

Jesús Arévalo rememora los modestos sucesos de su búsqueda, que él pretende quijotesca, mientras que la guagua semivacía enfila la carretera paralela a la costa. (Pág. 51)

Recostado esa mañana en el cómodo asiento de la guagua, miraba, medio adormilado por el sol de octubre, aún cálido en la isla, el lomo de cocodrilo plateado y descomunal del mar, que, dicho sea de paso, a Jesús Arévalo nunca le había gustado demasiado, el mar, digo. (Pág. 85)

No hemos dado muchas noticias sobre la historia, características físicas o morales de Jesús Arévalo, ni lo haremos en demasía, pues poco importan, pero sí que dejaremos caer, cómo no, alguna anécdota, algún rasgo, que nos lleve a conocer, aunque solo sea someramente, al hombre que se ha embarcado en esta dudosa misión de rescate de un poeta furtivo y remoto. (Pág. 85)

Después de su breve pero fructífera conversación telefónica con Paulo de Souza, una febrilidad mayor si cabe se apoderó de Jesús Arévalo en su tan tenaz como probablemente irrelevante empresa. (Pág. 99) 

 

Los personajes secundarios están escasamente perfilados, apenas sombras. Los amigos de Bebo son casi todos parecidos, y uno tiene que revisar quién era quién cuando Arévalo los visita al cabo de los años. También, el juvenil amor de Bebo, Julia, no puede estar descrito de manera más negligente, con esos ojos "color verde gato", etc., repetidos en un par de ocasiones, por si nos hubiéramos olvidado. La maestra, doña Isabelita, caracterizada sobre todo a través del diálogo que mantiene con Ríos, no suscita apenas simpatía: resulta difícil describirla más envarada. Quizá sea Souza, el poeta brasileño, el que más se hace carne. Hasta Arévalo, el otro personaje central no genera más que una tibia empatía, de esas que no comprometen, como la que le profesamos al vecino al que le damos los buenos días, y a otra cosa.

Por otro lado, las breves menciones de aquel al mundillo literario no aportan tampoco nada apreciable ni escandaloso, y las reflexiones sobre la creación literaria, un esperable punto fuerte por ser Pedro Flores un conocido y laureado poeta, tal vez interesen a alguien. Preséntenmelo si llegan a conocerlo.

No es descartable que el escritor de La isla de los muchachos hermosos haya pecado de indolencia, de cierta laxitud en cuanto a su propia exigencia literaria en el caso que nos ocupa. Tal vez, algo se dice en la entrevista señalada, escribirla fuera más bien una tarea pendiente, y que poder publicarla le quitaría ese enojo. Señala: "No soy un novelista ni un narrador ni un escritor, sino un tipo al que en un momento dado le interesó contar la historia de un poeta ficticio". Le creo.

En otro orden de cosas, me interesa que se novelicen las disparidades sociales, la lamentable desigualdad en los puntos de partida vitales de las personas, la literatura (como cualquier otra cosa en la que se destaque) como primer peldaño para mejorar en la vida, el contentarnos con lo anterior y primar el talento y la excelencia en vez de la justicia, la dignidad y la redistribución, cosas así, entre otras. Flores escribe un par de apuntes al respecto, como, por ejemplo, en la página 43: "Nos habla de nuevo, como siempre, de los setenta, de las suecas ávidas de sol y de hombres oscuros y rudimentarios, tan distintos a aquellos suyos civilizados y correctísimos, de un mundo donde lo escabroso y lo miserable son un río subterráneo bajo el asfalto de la abundancia, tras el barniz de la opulencia". Me habría interesado mucho más esta novela si el autor se hubiese decidido a seguir por esa senda, eso sí, tras un profundo y minucioso pulimentado del estilo. No digo que todos los escritores en todas sus obras deban abogar por la emancipación de las clases oprimidas (que hay unas cuantas), pero sí constato que soy tendente a aburrirme con historias que meramente se empeñen en cartografiar el espacio sentimental personal. Hay que preguntarse por qué las cosas son como son, y no dar las cosas por sentado. Despertar del espejismo que supone creer que el mundo está dado así, y no construido. Injustamente construido.

En fin, que me desvío. Para mí, La isla de los muchachos hermosos es una novela mejorable en tantos aspectos que me pregunto si no habría sido mejor haberla reescrito por completo.



P.D. Por cierto, habría que prohibir la palabra rompecabezas a la hora de comentar la obra de que se trate, aun en el caso de que, efectivamente, fuese un libro de rompecabezas. También, que el entrevistador parafrasee la contraportada. Es triste o algo peor. También, como ya comentamos en aquella lejana reseña dedicada a aquel bodrio de El tren delantero del sin par Emilio González Déniz, decir que la obra de uno (o la del vecino, la de tu escritora favorita, etc.) es una "caja china" o un "collage" es una invitación al desprecio, porque uno (yo, al menos) tiende a pensar de inmediato que el autor se está excusando por su vagancia o por su incapacidad de estructurar con algo de lógica, si no con inteligencia, el material de que consta la obra.


P.D. Mes y medio después, Eduardo García Rojas hace una crítica casi entusiasta. 

jueves, 23 de marzo de 2023

'Los árboles', de Percival Everett

Cualquiera, digamos que artista para lo que nos concierne, podría sentirse tentado de recibir un premio de una institución pública con la excusa de que, como su dirección está a cargo de políticos, que, a su vez, han resultado elegidos en unas elecciones democráticas, la misma institución representa, aun indirectamente, a la ciudadanía. Así, el/la artista que recibe el galardón podría pensar, quizá con algo de mala conciencia y calculando los beneficios, que el premio se lo concede aquella.

No obstante, hay que ser un poco ingenuo para creer en esa transferencia casi mística de voluntades, en tal suerte de sucesivas reencarnaciones. Una vez elegidas, y hablamos aquí sólo de las personas a cargo de las instituciones culturales o de las que se relacionen aunque sea episódicamente con el mundillo artístico-cultural, hacen y deshacen según su santo parecer, y rara vez, si es que alguna, consultan a la ciudadanía sobre futuras decisiones. El concepto de política cultural democrática les resulta ajeno, y si no lo fuera, es probable que les repugnara.

De aquí, que si a nuestro/a artista le comunican que ha recibido un premio, honor o distinción, debería plantearse la posibilidad de que en vez de recibir un reconocimiento ciudadano en realidad va a ser uno político-partidista, y también sospechar que quizá el premio no le premia a él, sino a la institución que se lo concede o, peor aún, al partido o al político al frente de ella: una manera de recibir publicidad o promoción mediante el prestigio del premiado/a. Ejemplos, mil, ¿verdad? Claro que el/la artista puede pensar que le importa un comino todo lo anterior y lo que quiere es la pasta y la posible sinecura, provenga de donde provenga el trofeo, la condecoración y el cheque a su nombre.

Por tanto, y mientras no vivamos en una democracia no solo representativa, sino imperfectamente representativa, y mientras no vivamos en una sociedad mucho más justa e igualitaria que la actual, sin sus agudas desigualdades, estoy convencido de que el deber de un/a artista que pretenda ser algo más que "productor de contenidos" y aspirar a algo más que el agasajo mediático es rechazar todo honor o premio institucional público, como muestra y recordatorio, como reproche, de que no hacemos todo lo posible por nuestros semejantes. Por no hablar de los galardones de las instituciones o fundaciones privadas más conspicuas, sobre todo cuando están patrocinadas o sufragadas por entidades de las que abominamos a diario. Lo propongo como ideal normativo, claro está, que sé que es de casi imposible cumplimiento: cada uno/a tiene sus propias necesidades y angustias; económicas, sin ir más lejos.

Lo que me resulta intolerable, en definitiva, es ver a estos/as artistas recibir este o aquel premio como si fueran cachorros jadeantes a la vista de la galleta. A veces, resulta profundamente entristecedor contemplar sus expresiones de alegría, el brillo lacrimoso, la sonrisa sardónica, como si solo entonces hubiesen alcanzado algún tipo de Parnaso, el definitivo hito en su carrera, la confirmación final de su talento. Después, serán capaces de conceder entrevistas hablando, sin rubor, de su compromiso crítico con la sociedad, su solidaridad con los más desfavorecidos, etc., o de ejercer de intelectual desde la columna de un periódico o de tertuliano en una emisora. Lo que tampoco es óbice para que desprecien a "las masas", "la pérdida de valores" o cosas semejantes: "Y qué me dicen", bramarán estos artistas devenidos en intelectuales, "del totalitarismo woke", etc.

Casi prefiero a los más cínicos/as, que se limitan a mascullar: "El mundo es así" y no nos espetan jeremiadas insensatas e hipócritas.




Los árboles, de Percival Everett (y traducida por Javier Calvo) es una novela engañosa. No porque sostenga mentiras o algo así, sino que el inicial tono ligero y humorístico va dejando paso, aun sin desvanecerse del todo, a una narración de los abusos y asesinatos raciales en el sur de los Estados Unidos durante más de un siglo. Esa excavación histórica, tal despliegue genealógico del racismo visceral de ese país se concreta y desarrolla a partir de la llegada de unos policías encargados de la investigación de varios asesinatos (acompañados de elementos sorprendentes) en el pueblo de Money, Mississippi.

Esa aparente ligereza (predominio de los diálogos, ágiles, a menudo con una sola oración, ausencia de descripciones, protagonistas pintorescos, frases cortas en los párrafos tampoco extensos, y capítulos de pocas páginas, a veces, una o dos) evita, por un lado, que la narración en tercera persona se convierta en un mero tópico de denuncia antirracista. Por otro, logra que el lector, que podría sentirse remiso a afrontar este tipo de asuntos, se implique con una trama que resulta, a medida que se avance en la lectura, cada vez más oscura. Asimismo, con esa facilidad va inserta un veneno que solo se experimenta después, con el libro ya abandonado sobre la mesa. Una pastilla dulce que se devela como amarga una vez ingerida.

No obstante, y a pesar de los méritos que para mí sin duda los tiene, me quedo con la molesta sensación de que el desenlace de la trama o la solución escogida por el novelista para concluir (si se puede aplicar este verbo) la obra me resulta insatisfactoria para un asunto cuya gravedad, progresivamente, se ha ido incrementando como la oscuridad de un eclipse social que amenaza con no marcharse jamás.

Como dice el nunca excesivamente agudo (perdonen la construcción sintáctica) Emilio González Déniz, resulta fácil achacarle defectos a cualquier obra. Creo ver allí esa perspectiva popular, siempre errada, de considerar sagrada la obra (literaria, artística) ya canonizada, como, por ejemplo, El Quijote, cuando hasta grandes críticos y admiradores y estudiosos no dudan en señalar sus errores y defectos (véase, por ejemplo, El escritor que compró su propio libro, de Juan Carlos Rodríguez). También, esa idea del autor como genio, o geniecillo, dedicado a una hercúlea, noble, casi divina, misión, la de escribir, por lo cual el respeto debido consiste, al parecer, en no hacer crítica de su obra. No obstante, si eso no forma parte también de la tarea, del deber del crítico/reseñador/recensor/comentarista literario, no sé qué lo será.


-Mierda. Si hay algo que odio, son los asesinatos -dijo el sheriff Red Jetty-. Te pueden estropear el día entero. 

-¿Porque son un desperdicio de vidas? -le preguntó el forense, el reverendo Cad Fondle. Acababa de declarar muertos a Junior Junior y al cadáver negro sin identificar sin siquiera tocarlos. 

-No, es porque son un marrón. 

-Dejan mucha sangre -dijo Fondle. 

-La sangre me importa un cuerno. El problema es el puñetero papeleo. -Jetty señaló el suelo-. ¿Qué vas a hacer con las pelotas de Milam? 

-Dile a tus hombres que las guarden en una bolsa. No le veo demasiada utilidad a volver a cosérselas. Pero lo puede decidir el tipo de la funeraria junto con la familia. 

El sheriff Jetty se agachó, con cuidado de no apoyar la rodilla en el suelo; examinó el cadáver negro y le ladeó la cabeza. 

-¿Qué ves, Red? -preguntó Fondle. 

-¿No te suena de algo? 

-No le puedo ver la cara. Tiene demasiadas lesiones. Además, a mí me parecen todos iguales. (Pág. 24)


 Ed y Jim entraron en la comisaría mal iluminada. Los recibió una mujer alta y de hombros estrechos que llevaba unas gafas de ojo de gato sujetas con cadenilla. 

-¿Los puedo ayudar en algo? -les preguntó. 

-Venimos a ver al sheriff Jetty -dijo Jim. 

-Voy a ver si está. -Caminó hasta la puerta abierta de la oficina del sheriff y dijo-: Han venido dos hombres a verte. ¿Estás? 

-Pues supongo que ahora tengo que estar, ¿no? -dijo Jetty. Se asomó por la puerta. Se quedó un momento sorprendido por el aspecto de los hombres, pero se recuperó enseguida-. ¿Venís de Hattiesburg? 

-Soy el detective especial Jim Davis y éste es el detective especial Ed Morgan. Somos del MBI. 

-Detectives especiales -repitió Jetty. 

-Y no es sólo porque seamos negros -dijo Jim-. Aunque es una de las razones. 

Aquello descolocó a Jetty. La recepcionista, que se llamaba realmente y de nacimiento Hattie Berg, soltó una risilla brusca. (Págs.45-46)

 

Siguieron a Mama Z por un pasillo corto con las paredes cubiertas de fotos familiares hasta otra habitación. Había archivadores de altura media por todas las paredes y otros más bajos debajo de la única ventana. 

-¿Qué es esto? -preguntó Ed. 

-Los archivos -dijo Mama Z-. Son los archivos. Cuéntaselo, niña -le dijo a Gertrude. 

-Es casi todo lo que se ha escrito sobre todos los lichamientos perpetrados en los Estados Unidos de América desde 1913, el año en que nació Mama Z. 

-Un momento, dijo Jim-. Eso quiere decir que tiene usted... 

-Ciento cinco años, dijo ella. 

-¿Todos los linchamientos? -preguntó Ed. 

-Pocos faltarán -dijo Mama Z-. Antes me dedicaba a recorrerme todas las bibliotecas del estado y a leerme todos los periódicos. Ahora uso Internet. Debéis saber que yo considero linchamiento a las muertes por disparos de la policía. Sin ánimo de ofender. 

-No nos ofendemos -dijo Jim. 

-¿Por qué hace esto? -preguntó Ed. 

-Porque alguien tiene que hacerlo. Cuando me muera y se conozca este sitio, confío en que se convierta en un monumento a los muertos. 

A Gertrude se le llenaron los ojos de lágrimas. 

Jim Davis y Ed Morgan, que lo habían visto casi todo, habían disparado a gente y habían recibido disparos, habían visto muerte y dolor y habían matado en acto de servicio, se quedaron callados. Permanecieron allí de pie mirando la faz gris de los archivadores. Jim contó mentalmente. Había veintitrés. Los cajones se parecían a los de una morgue. (Págs. 124-125)


Volviendo a Los árboles, es de reseñar que cuenta con personajes carismáticos, en especial la pareja de policías inicial más una tercera investigadora, que se sumará con posterioridad, y que parecen de vuelta de todo. También, como contraparte, los personajes sureños blancos (por hablar a la manera anglosajona: esa teoría, esa manera de ver el mundo que es el de la gota de sangre), esa white trash o red necks tan citados últimamente, resultan convincentes, aunque, tal vez, demasiado estúpidos (es posible que la labor de la traducción resultara problemática: es decir, más de lo normal). En los últimos capítulos, todo hay que decirlo, aparecen de forma súbita nuevos personajes, sin demasiado peso, lo que resulta por momentos un tanto confuso y distrae la atención: otros puntos de tensión añadidos a los iniciales, tanto topográficos como étnicos, no favorecen, en este caso, la coherencia ni el clímax de la novela.

Todo esto hace que a esta obra, en mi opinión, aun siendo interesante, a ratos conmovedora y, repito, muy amena, le falte un punto de cocción, un poco de paciencia para que hubiera resultado más espesa, más contundente y con mayor cuajo. Esto es como todo: lo que se añade por un lado a veces se detrae de otro.

Para terminar, y por lo escrito anteriormente, se deduce que Los árboles es una novela política y social, de denuncia, aunque no nos demos demasiado cuenta al principio por su hábil camuflaje. Puede ocurrir incluso que los lectores y lectoras no norteamericanos/as no se den por aludidos/as y no se planteen otra cosa que una lectura detectivesca, divertida, amena y con un final un tanto mágico-rocambolesco. 

En cualquier caso, una novela recomendable.


P.D. Una reseña anglosajona, aquí.

miércoles, 6 de octubre de 2021

'Mediodía eterno', de Santiago Gil

Antes de entrar a escribir la reseña de la novela objeto de este artículo, no puedo evitar comentar con Vds. la tontería en forma de manifiesto que han firmado "escritores y periodistas" en relación con la erupción del volcán en la isla de La Palma y sus consecuencias. Lo he leído en la página de Eduardo García Rojas que, por lo habitual, se presta de manera ejemplar a dar espacio a este tipo de eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa. 

Aunque por lo general no me sorprende el surgimiento y proliferación de manifiestos a cuenta de cualquier cosa en la que, salvo excepciones, no haya que mancharse las manos ni ponerse en riesgo (cosa comprensible, pero no enaltecedora), en esta ocasión me llamaron la atención varias de sus características. Para empezar, la íntima mezcolanza, que por lo general casi nadie pone en cuestión, de los gremios firmantes ("escritores y periodistas"). Uno podría pensar en parejas o binomios más interesantes o exóticos (timplistas y escritores, escritoras y juezas, periodistas y futbolistas, zapateros y ópticos, corredores de seguros y atletas, patronas de yate y actores, etc.). Pero no, ya sabemos, y ejemplos tenemos a diario, de la casi pornográfica unidad de destino de periodistas y escritores. Todo periodista tiene un escritor dentro, y todo escritor, como García Márquez, lleva un periodista a hombros. Habría que hacer una estadística, algún estudio psicológico, pero no creo que nada en el oficio de periodista deba conducir a quien lo ejerza a escribir literatura. Otra cosa es que muchos periodistas culturales ansíen la fama, aunque sea por irradiación, del mundillo cultural que cubren con sus noticias y reportajes. 

El segundo asunto es la necesidad del manifiesto mismo. En principio, en nada ayuda a los que han sufrido la pérdida de enseres, casas, tierras y negocios la solidaridad discursiva de "escritores y periodistas". Lo ideal y lo esperable es que las administraciones públicas proporcionen cobijo, alimentos e indemnizaciones a las personas afectadas. Al fin y al cabo, para eso están, entre otras cosas. Es posible que me equivoque, pero me da la impresión de que la mejor muestra de solidaridad es vigilar al Estado para que cumpla con su deber en este trance con las personas afectadas. Sin que sirva de precedente, parece que así es. No obstante, este manifiesto de apoyo se clarifica por sí mismo, cuando nos damos cuenta de que este lamento en realidad se suscita por la suspensión del evento festivo-literario-sentimental que lleva celebrándose hace unos cuantos años en Los Llanos de Aridane. Pues muy bien, pienso: es natural lamentarse por lo que se nos ha quitado, y más aún cuando de esa enajenación sólo puede culparse a la Naturaleza.

El tercero es el vocabulario empleado: no bastaba decir que "escritores y periodistas" que han asistido o pensaban asistir a estas jornadas lamentan el desastre y la cancelación del evento, no: tenían que escribir literariamente porque, al fin y al cabo, quienes firman el manifiesto son "escritores y periodistas" y algo parecido a mi sugerencia sería árido, si no yermo, prueba indiciaria de burocratización mental y pensar rutinario. Así que, manos a la obra, se sacan frases como, para empezar: "El volcán ha estallado en nuestros ojos". En el tercer párrafo, se lisonjea a la población local con: "Es difícil explicar la hospitalidad de Los Llanos de Aridane: una hospitalidad tintada en las piedras de las plazas, en la fronda de las plataneras, en la mirada y en la sonrisa de tantas personas que nos llevan acogiendo estos años". A ver, ¿qué eso de "hospitalidad tintada en las piedras y en la fronda de las plataneras"? ¿Por qué no en el tronco de los árboles o en los goznes de las puertas? ¿O en los frontispicios y en el marco de las ventanas? Resulta de una cursilería tintada de literaturidad, para usar un palabro. Y claro que quien te acoge te sonríe, y más si vas a dejar dinero. En todo el complejo vacacional en que se ha convertido nuestra Comunidad, no es costumbre acoger a los turistas a base de gruñidos e imprecaciones. A los clientes se les sonríe y se les saluda siempre porque así funciona el negocio. No seré yo quien diga que hay que dejar sin sonrisas a los escritores y periodistas que dejen sus dineros, sea o no subvenciones públicas mediante, en Los Llanos de Aridane con la excusa de un festival, encuentro, evento, jornada, circo o rodeo. A este respecto, recuerdo cuando Las Palmas de GC optaba, de la mano del alcalde Saavedra y sus subordinados del partido, con la complacencia de la oposición, a un invento que se denomina Capital Cultural de la Unión Europea, o algo así. Al leer una noticia en un periódico local, no daba crédito a mis ojos cuando el periodista afirmaba que los vecinos del risco de San Nicolás "espontáneamente" habían salido a la calle para agasajar a los jueces provenientes de la lejana Europa con productos de la gastronomía canaria. Cosas de la promoción y de la espontaneidad del pueblo, que es un concepto este (el de pueblo) muy de usar y tirar.

Seguimos. El volcán, claro, no es solo un volcán, sino "un titán indomable" y la lava no solo destruye lo que se encuentra a su paso, sino que "también se arrastra sobre el eco de nuestros pasos en la isla". ¿Para qué escribir con naturalidad cuando se puede de manera ridícula? Además, no van a expresar, simplemente, su "solidaridad", valga lo que valga, sino que la "claman". No vaya a ser que no se les note comprometidos con la causa.

En fin, podrán acusarme de puntilloso y de improcedentemente susceptible, algo comprensible, pero es que me da por preguntarme por qué las cosas son como son y sobre todo por qué se hacen como se hacen. En cualquier caso, espero que no se enfaden demasiado los/las tropecientos firmantes, cuya sinceridad y compasión doy por supuestas, y sí, y mucho, a los redactores de este manifiesto.

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Escrito lo cual, pasamos, para endulzar el ambiente, con la siguiente novela, Mediodía eterno premio del guiniguadesco "Premio Internacional De Novela Benito Pérez Galdós", organizado y sufragado por el Cabildo Insular de Gran Canaria y su dependienta Casa Museo Pérez Galdós. Lo importante, claro, no es la inflación de mayúsculas, sino la dotación del premio, 15.000 euros y el compromiso de publicación y difusión de la novela premiada.




Grosso modo, en la novela se narra con voz en primera persona del pintor Jorge Oramas los últimos meses de su vida. Éste aprovecha para hacernos un resumen de toda su existencia: su niñez, la gente que conoció, la enfermedad que le aquejaba y, sobre todo, su vocación pictórica. En este sentido, es notable el esfuerzo del escritor por rellenar toda una vida (aunque fuera corta, pues Oramas murió a los 24 años) dados los escasos datos con los que podría haber contado. Puede apreciarse que el autor sabe colocar bien los signos ortográficos. En la edición tampoco se aprecian erratas ni anacolutos.

No obstante, por si disponen de poco tiempo y así se lo ahorro, quiero cortar de raíz las expectativas que tenga el público lector de esta reseña asegurándoles que lo que más me ha impresionado de Mediodía eterno es el trampantojo de la portada.

Así es. Santiago Gil García, su autor, después de haber sitiado y derribado nuestra paciencia en la última obra que reseñamos en el Polillas (El gran amor de Galdós) perfecciona su arte guerrero con esta novela premiada, asimismo, como señalé antes, en el Premio Benito Pérez Galdós. Todo empieza y acaba en Galdós, podríamos decir, parafraseando la canción de Ismael Serrano. Si en aquella, Gil decidió, y proclamó a quien quisiera oírle, que utilizar el punto de vista de la tercera persona era una gran idea, aquí toma, o mejor, suplanta, la voz de Jorge Oramas para ofrecernos su particular visión (la de Gil) de la vida, del amor, del arte y de lo que le caiga a las mientes. 

El peligro de usar la primera persona consiste en que, como creo que es el caso, la particular concepción de la vida, del arte, etc. del autor acaba siendo demasiado visible, opacando la del personaje histórico ficcionado. Ignoramos casi todo sobre el pintor canario, autor de pinturas emblemáticas del paisaje grancanario, pero sí conocemos algo más, y qué remedio, a Santiago Gil. Este autor se empeña a fondo, como ya hemos señalado en otras ocasiones, en perpetrar de manera solapada aforismos que pasa de contrabando como literatura, pero que solo consiguen irritar por el tono inevitablemente sentencioso y apodíctico resultante. Podría uno pensar que Gil pretende, a la manera de Baudelaire, al que cita, precisamente en las páginas 35 y 36, que su literatura sea todo el tiempo sublime, pero lo que logra es que sea, casi todo el tiempo, soporífera.

Como muestra, ya desde el inicio, las primeras líneas de la novela:


Los locos tienen alma. Me miran fijamente, también los que llegaron al mundo con las cabezas deformes y desproporcionadas, arrastrando silencios que nadie entiende, o dando gritos como si buscaran a alguien que los salvara en medio de la nada que habitan.

 

Me pregunto: ¿Quién había puesto en duda que los locos tienen alma? ¿O quién no? ¿Qué más da y por qué debería importar? ¿Tiene alguna significación para el desarrollo de la novela? NO. Mal comenzamos.


(...) pero intento que ese brillo sea sutil, porque lo bello es siempre sutil, sencillo, límpido sin alardes, como eran los ojos de Pepita cuando la veía venir a buscar a su hermano Felo a la Escuela Luján Pérez (...). (Pág. 15)


Otra afirmación, nada más comenzar, carente de sutileza. Es cuestionable que lo bello sea siempre "sutil" o "sencillo" o "límpido". Pueden defenderlo argumentando que no es Gil quien habla, sino Oramas. Sin duda, pero no es tanto el contenido de las afirmaciones o de las supuestas opiniones ficcionadas del pintor lo que me irrita sobremanera, sino el tono que es tan de Gil que casi no puede pertenecer, literariamente hablando, a nadie más. Además, esa manía en la que incurrirá de equiparar arte con belleza no es contemporánea de Oramas, tras las vanguardias de principio del siglo XX. Entre otros, Arthur C. Danto escribió sobre el retorno de la belleza en arte allá por 1993. Otro asunto es que sea la concepción personal del autor, que la ha injertado en su personaje. Ese quizá sea el problema de fondo: lo que nos ofrece Gil con su particular visión de Jorge Oramas es una visión del arte, de la vida y de la muerte que no amplía las fronteras de nuestro conocimiento ni de nuestra sensibilidad. No es sugerente, ni sugestiva ni estimulante.

Esto es solo el principio. Más aforismos:

"Quien escribe también se queda aunque se pudran sus huesos" (pág. 24). "(...) cuando uno persigue la belleza no hay dolor que detenga sus pasos" (pág. 25). "Ella no sabía que los niños que pierden a quienes más aman construyen cementerios dentro de su alma" (pág. 30). "(...) las islas son como venenos silenciosos, te matan con dulzura, con el rumor de las olas y con los espejismos de los horizontes, pero si no te vas lejos no te descubres a ti mismo." (pág. 37). "Los locos siempre se están escapando aun sabiendo que por muy lejos que vayan ya están encerrados dentro de sí mismos, condenados a su propio aislamiento." (pag.40). "La noche es la muerte, el final de la luz, y también el anticipo de lo que viene." (pág. 40). "Nosotros también somos seres de color que nos movemos en un gran lienzo blanco que acabará borrándose igual que los cuadros cuando pasen los años" (pág. 53). "La muerte nos vuelve igual que esos brillos que quedan en el fondo de la orilla o de los charcos" (pág. 87). "Mis cuadros tienen el mismo misterio que mi existencia" (pág. 92). "Nadie conoce nunca los pensamientos que no se escriben y que no se cuentan" (pág. 94)."El arte es otra cosa. El arte es la cercanía de los dioses, donde quizá somos esos dioses que no se reconocen en ninguna otra parte" (págs. 105-106). "Los otros humanos, los que morimos antes de los treinta años, casi somos fantasmas para los otros. Solo los niños son ángeles cuando mueren antes de seguir el vuelo de las mariposas que se alejan hacia la nada" (pág. 126).

Podría seguir ad aeternum, pero sería tedioso. Baste decir que con estas afirmaciones el escritor demuestra ser temerario porque dibuja a un Oramas absolutamente santiagogilizado. Es decir: temerario en sus afirmaciones, a veces de una obviedad de Perogrullo, y cursi en sus ensoñaciones. Sólo con este tipo de prosa, subrayada por la insistencia en la frase corta (esa sintaxis paratáctica que diría Sánchez Ferlosio) que en muchas ocasiones oscila entre un lirismo inapropiado y una banalidad exasperante, y que propicia un ritmo sincopado, valdría la pena mandar esta novela al cementerio de los libros olvidables que nunca debieron ser publicados.

Por otro lado, ya que estamos en faena, pueden señalarse más defectos. Por ejemplo, que el narrador se contradice, a veces en la misma página, como en la 12 cuando recordando a un profesor del colegio escribe: "Él no creía en ninguno de nosotros". Bien, pero ocho líneas más abajo: 


Él fue quien primero me dio un pincel. Vio que pintaba muy bien con plumilla y un día trajo pinturas y un pequeño lienzo y me dijo que pintara lo que quisiera. (...) Desde entonces no dejaba de traerme libros con láminas de la historia del arte. Fue él quien primero habló con Domingo Doreste mucho antes de que entrara en la Escuela Luján Pérez. (pags.12 y 13)


O, más adelante, afirma que él no pinta los ojos de una tal Pepita (de la que estaba secretamente o perdidamente enamorado; tal vez, locamente) como no pinta nada que esté en movimiento. Pero sí termina pintándolos transcurridas unas cuantas páginas. Asimismo, Oramas no deja de recordarnos que nació pobre y siguió siendo pobre toda la vida, apenas sin instrucción, pero aparte de nombrar a todos los artistas del momento, sin duda por el contacto con sus mecenas y amigos artistas, escucha a Mahler y a Brahms, emplea la palabra nasciturus (pág. 88), habla del budismo y llega a evocar la concepción del mundo panteísta de Spinoza, que como todos sabemos es un filósofo que se cita de continuo en la sobremesa. A mitad de la obra, Oramas nos narra varios episodios amorosos con una tal Cecilia, adicta al opio y acostumbrada a mezclarse con artistas, como los del grupo de Bloombury, lo queda muy fino y cosmopolita. Aquí, además, Gil vuelve a poner de manifiesto su escasa capacidad de convicción a la hora de construir relaciones entre personajes. Recuerdo a este respecto, de manera lacerante, su Gracias por el tiempo, de la que ya di cuenta.

También, el narrador tiene la tendencia a repetirse. Querría pensar que es un recurso retórico, pero lo cierto es que al principio resulta cargante y acaba siendo ridículo, sobre todo con la palabra "eterno". En la novela, parece que todo es eterno, no solo el mediodía. Agárrense: "Él dice que el arte cura y que nos vuelve eternos mientras creamos" (pág. 9). "Los colores de mis cuadros son los colores que aprendí a ver en aquel viaje, los llevo en mis genes y en los recuerdos que heredé de mis antepasados, ese mediodía eterno en donde la belleza jamás se acaba" (pág. 10). "Buscaba el dominio del color, necesitaba encontrar ese mediodía eterno de la isla de mis ancestros (...)." (pág. 11). "Quizá aquí también estoy loco, pero los enajenados viven siempre como si fueran napoleones o como si fueran eternos" (pág. 21). "(...) y entonces me acuerdo de aquel pintor francés que vivía en las calles del Puerto, de lo que me contaba cuando me decía que fuera siempre eterno en cada trazo, que siguiera la estela del poeta francés Baudelaire, y que fuera siempre sublime sin interrupción en todo lo que emprendiera (...) (pags. 35-36). "Si creo belleza, me eternizo, me siento dios (...) (pág. 47). "Miro mis propios cuadros y soy capaz de soñarme eterno en todo lo que detuve para siempre en un lienzo" (págs. 51-52). Ahora, en curiosa contradicción: "Nadie es eterno, pero a mí me gustaría saber que no voy a morir en breve" (pág. 53). Seguimos: "Me costó mucho subir aquellos senderos, pero creo que pocas veces he dado unos pasos tan importantes y tan eternos" (pág. 100). "El dice que ese amor es eterno porque se bañaron juntos en la poceta de los enamorados de Cienfuegos (...)" (pág. 108). "No tiene prisa esa tierra de volcanes, los volcanes se saben eternos" (pág. 114). "Realmente todos estamos condenados, pero como repito siempre esa condena parece de otro, parece que el que se va a morir es otro, que yo soy eterno, que es imposible que me muera (...)" (pág. 116). "Las personas sanas se creen siempre eternas" (pág. 126). "Nadie asume un final definitivo, un olvido sin retorno, una podredumbre eterna (...)" (pág. 133). "Una mañana azul es solo el anticipo de un mediodía eterno, tan eterno como la luz que ya vislumbro más allá de las negruras de la muerte" (pág. 144). 

No descarto que se me hayan escapado más eternidades. Entiendo que la intención del autor es mostrarnos el ansia del personaje por fijar los momentos que considera importantes, dada su previsible y próximo final por la tisis. Así, obviamente, se contrapone la eternidad a la muerte. Eso es una cosa y otra es evidenciar su escasa capacidad para ofrecernos un pensamiento más profundo, con más matices sobre una idea tan antigua como es la consciencia de la fugacidad de la vida, la inevitabilidad de la muerte, la aspiración a la inmortalidad, etc. Por no hablar de las cuatro o cinco ocasiones en las que se nos recuerda que la madre y hermana del pintor murieron de la misma enfermedad. O de que gracias a que sus mentores le proveyeron de pinceles y de lienzos pudo pintar porque era pobre; de que iba para barbero para traer dinero a su casa para el arte y la belleza se cruzaron en su camino, y qué bien la Escuela Luján Pérez, o de que el arte cura/sana a sus practicantes y receptores, etc. Durante muchas páginas tengo la sensación de que Mediodía eterno consiste meramente en una sucesión de bucles de diferente duración.

Añadamos a esta lista de reproches, el uso de expresiones manidas como "querer con locura" (págs. 93 y110), ofrecer "la mejor de las sonrisas", "jugar sus cartas" o "un artista tiene que estar un poco loco" (pág. 136). También, redundancias como "piélago marino" (pág. 26). Además, me he fijado que a partir de cierto momento cambia "tisis" por "bicho" lo que resulta en un bajón de estilo bastante incoherente. Son elementos negativos que si bien son aislados no contribuyen a enaltecer la prosa.

Siguiendo con el estilo, podríamos apostillar que Thomas Bernhard hacía de la repetición un elemento estético singular y característico de su obra. En cambio, Santiago Gil no hace de la repetición más que una exhibición de su falta de pulso artístico y quizá de imaginación. Una y otra vez vuelve sobre lo mismo, rueda que rueda en el aire, sin avanzar un centímetro salvo en acabar con nuestra paciencia.

Resumiendo, podríamos decir que el personaje de Jorge Oramas resulta poco creíble, que en la construcción del personaje histórico, aunque ficcionado, se exacerba la tendencia a suplantarlo (ya evidenciado, aunque no de modo tan flagrante, en su obra sobre Benito Pérez Galdós). Oramas parece un pelele aburrido, soso, repetitivo y lacrimógeno sin nada interesante que decir aunque emplee 135 páginas para ello. El resto, otras 43 páginas, se narra en tercera persona parte de la vida de Cecilia, en especial tras su marcha del sanatorio en el que había conocido a Oramas. Si algo puede decirse de esta parte es que consigue hacer soportable a la primera, lo que desafía toda lógica y abate cualquier esperanza. Por último (sí, parece que la novela se nos hace eterna), Gil añade una coda en la que nos informa de las experiencias vitales que le hicieron considerarse escritor y que finalmente le llevaron a publicar Mediodía eterno. Nada que añadir, salvo que la distancia, por mucho esfuerzo que se ponga, entre el deseo y la realidad es a veces gigantesca.

Hay algo más que me molesta: tengo la sensación de que el arte se presenta en esta novela (tal creo que es la concepción del autor) como solución de naturaleza redentora no solo a la angustia existencial y el temor a la muerte, sino también como una suerte de escape de carácter sociológico a las cuestiones de la pobreza o la desigualdad extremas. Hay, de vez en cuando, algún lamento de carácter social, alguna mención a ciertos segmentos sociales que abominaban del carácter igualitario que pretendía imprimir el gobierno republicano de aquella época. Pero, en general, tengo la sensación de que Santiago Gil considera más importante la salvación individual de carácter salvífico que cree que ofrece el arte o, lo que para él es lo mismo, la belleza. Considero que esta solución, por llamarla así, no solo traiciona un carácter romántico bastante desfasado, sino que evidencia también una característica de la pequeña burguesía, o clase media, que es la de aspirar a mejorar, o a ascender socialmente, o a conseguir la distinción cultural de las clases altas. Que esto fuera la concepción de Jorge Oramas es difícil de saber; que es la de Gil, lo tengo por más seguro.

Es una posibilidad nada descabellada, además, que el intento fallido de Santiago Gil de literaturizar las biografías de Pérez Galdós y de Oramas desanime a otras escritoras/es más dotadas/os de emprender tareas semejantes. No por el inalcanzable nivel de calidad, evidentemente, ni por el, a pesar de todo, encomiable esfuerzo de este escritor, sino más bien por la confusión que genera la recepción en los medios de comunicación: elogiar lo malo, el ensalzar lo fallido. Dado el nivel del "saludo" que autores entrañables en función de patriarcas como González Deniz o elogiadores avezados como Felipe Landín expelen a cada cosa que pare Gil (y también casi a cualquier otro/a consagrado), cualquier aspirante a escribir sentirá algo parecido al desánimo al intentar emular a este "titán indomable" de las letras canarias. Sobre todo (es lo que ocurre con las reseñas jabonosas), porque lo que se ensalza tiende a convertirse en modelo para las nuevas generaciones de potenciales escritores/as. Se olvidan, o nunca se les ha pasado por la mente, la responsabilidad que tienen con la comunidad de la que forman parte quienes tienen la posibilidad de hablar o escribir desde una tribuna pública. La aparición de Internet, con todas sus cosas negativas, ha abierto la posibilidad, junto con toda la morralla, de que surjan otros espacios que permitan otras voces, otros ámbitos donde se pueda desarrollar una crítica con vocación de serla.

CONCLUSIÓN: Otra obra inane, aburrida y superflua, además premiada en un certamen literario de una institución pública, y cuyo destino será llenar cajas de ejemplares en el fondo de un almacén. Ya que estamos, podríamos mandar ahí también a premios literarios como este que no tienen arraigo, interés ni utilidad, y que solo sirven para confundir.


P.D. (1) Otra reseña, con valoración muy distinta, aquí.

P.D. (2) Una entrevista con el autor en el que habla de la novela, la belleza, etc., aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA






martes, 22 de junio de 2021

'Paraguas rotos', de Luis Alberto Henríquez Hernández

No sé si es buena noticia, pero el ritmo de las publicaciones y presentaciones literarias está adquiriendo vigor pre-pandemia. Hace unos meses, nuestro añorado Emilio González Déniz publicó una novela que ya han elevado a los altares y más arriba, y unos días atrás, nuestra estrella local, Alexis Ravelo, sacó la número tropecientas de su personaje favorito (también le han hecho la oportuna entrevista jabonosa, a cargo de un hombre experto en esos menesteres espumosos). Las/os seguidores/as de ambos estarán contentos, consumirán sus novelas y harán loas a su maestría, a su bonhomía, a su pedagogía y a cualquier cosa que termine en -ía, etc. Hasta aquel buen hombre cuyas dotes de reseñador hagiográfico dimos cumplida cuenta como Jesús Ibrahim Chamali ha roto aguas con un libro de relatos. A buen seguro, por otro lado, que Santiago Gil estará preparando alguna cosa lírico-existencial de las suyas en la intimidad de su gabinete, indignado porque todo el mundo publica y él ya hace más de un mes que no. 

Como dicen algunos amantes de la Cultura con mayúsculas, que se publique mucho es positivo porque se crea patrimonio. Así, todo lo que tenga que ver con la Cultura es bueno porque es bueno si es Cultura, y viva la tautología; además, se ponen en valor la creatividad, la diversidad, la intertextualidad y demás conceptos fetiche. Ya saben que, para muchos, la Cultura, entendida como el disfrute de lo que les guste, nos hace mejores (en sentido moral e intelectual) y nos diferencia, por ejemplo, del plancton. 

Si a uno le gusta el teatro, pues entonces el teatro es la quintaesencia de la humanidad y el escenario es un espejo de las pasiones, crítica de la sociedad y venga con la catarsis; si a uno le gusta la ópera, pues nada a repantingarse en la butaca disfrutando de formar parte de una minoría selecta y exquisita, amante de los gorgoritos y de ponerse en pie a aplaudir, como si no hubiera mañana, a quienes se les acuse de abusar de mujeres; si a uno, en fin, gusta de leer versos o, peor aún, de escribirlos, no solo se regocijará al punto de la excitación por integrar la minoría de las minorías (lo cual proporciona el summum de la distinción) sino proclamará a los cuatro vientos la necesidad de la poesía para el feliz desenvolvimiento y progreso de la especie humana a pesar de estar formada de madera tan retorcida. Lo mismo puede aducirse para el ballet, los cuartetos de cuerda, la pintura, las instalaciones, los vídeos por ordenador, los grafiti o cualquier cosa que quepa imaginarse que se le etiquete como arte, y, mejor, si ha logrado ser aceptada en un museo o alguna institución de prestigio que la legitime. La que sea.

En realidad, resulta habitual proclamar como lo mejor o lo necesario a lo que uno se dedique o aquello por lo que uno sienta pasión o vicio. Cuando leemos, o lo intentamos, a Dulce Xerach, nos resulta meridiano que Xerach hipostasia la arquitectura: todo tiene que ver con la arquitectura, a los/las arquitectos/as no se le escucha bastante y la sociedad debería comprender su importancia, so pena de hundirse en la abyección. Cuando leemos la entrevista (casi a diario) en cualquier periódico local a un/a empresario/a o dirigente patronal, diríase que la humanidad carecería de sentido sin el liderazgo y la clarividencia de las personas empeñadas en sacarle partido a su capital y la plusvalía a sus trabajadores/as. Si uno/a es periodista, pues qué sería de la democracia, de la sociedad, y de la capa de ozono sin el periodismo, ya sea de investigación, ya de corta y pega. Y así con todo.

Lo señalo porque es un sesgo este que deberíamos tener en cuenta a la hora de blandir juicios y exhibir dogmatismos, a lo que somos tan dados los seres humanos y, dado el espacio del que nos ocupamos aquí, los aficionados y malvividores en distinto grado de la Literatura, del Arte y de todas esas cosas por las cuales hasta los más acendrados defensores del libre mercado piden hasta el hartazgo subvenciones a los poderes públicos.

Dicho lo cual, pasamos a una colección de cuentos publicada y presentada hará escasamente un mes o así: 


Ediciones Garoé, que conste.

Paraguas rotos es un conjunto de relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández cuyo leitmotiv es la idea de aniquilación, pero, por encima de todo, de la aniquilación propia. La mayoría de los relatos acaba con el protagonista, narrador en primera persona, enterrado o encerrado. Todo muy mal. Esto en sí no es ni positivo ni negativo: el autor tiene una concepción pesimista de la existencia que lo lleva a concluir sus historias de modo funesto. Lo que es negativo a mi entender es el tremendismo verbal que le lleva a decir en cinco frases lo que se puede en decir en una, sobre todo si tiene que ver con la corrupción o el desmembramiento. En cierto sentido (muy tangencial), me recuerda a Thomas Bernhard, aunque sólo en el concepto. Si uno lee al escritor austriaco, la misma palabra "aniquilación" está presente en casi todas las novelas, y, en muchas, escrita con profusión. Esa idea de acabamiento, de castigo de uno mismo, de llevarse al límite me parece que también está en los relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández, aunque en este caso, más como un acto de contrición de consecuencias físicas. Las similitudes acaban ahí, claro.

La estructura de los relatos es lineal: algo mueve al protagonista a iniciar un viaje (más corto o más largo), se envuelto envuelto en la bruma, la confusión y las alucinaciones fantasmagóricas y, finalmente acaba, por lo general de modo bastante abrupto, por no decir precipitado, de la peor manera. En este sentido, el lector a partir del segundo relato comienza a esperar que algo fatídico va a ocurrir de forma inevitable, pero ese sentimiento no logra generar más que cierta impaciencia, fomentada, además, por la tendencia del autor, como hemos dicho, al relleno verbal de naturaleza redundante. 

Por otro lado, en numerosas ocasiones, los símiles que emplea el autor si no son tópicos, se me antojan impertinentes, en los que semejanza entre los objetos comparados es tan lejana o arbitraria que la lectura se ve sacudida por la extrañeza, en el mejor de los casos, y por el rechazo, en el peor.

Pero esa noche el descanso me fue negado. Los remordimientos y el horror se lanzaron sobre mis sueños como una jauría de lobos negros sobre un cordero abandonado, sumiéndome en una vorágine de oscuras alucinaciones de las que no fui capaz de despertar. Asistí con pavor al proceso de descomposición del cuerpo de mi padre. Le vi hincharse como un sapo en celo. La expresión de su cara se deformó hasta el límite de sus tejidos y, a continuación, se abrió en canal y soltó una marabunta de gusanos y la larvas de insectos variados que se retorcieron unos sobre otros mientras luchaban por un pedazo de carne muerta de mi padre. La arcada ascendió hasta mi garganta sin náusea previa, una contracción espasmódica del estómago producida por aquella nauseabunda visión. Notaba cómo el azufre se combinaba con el hidrógeno y saturaba mi centro olfativo de un olor putrefacto y vomitivo. Acto seguido, el viejo fue licuándose. Tomó un aspecto húmedo, ambarino, absolutamente repulsivo. Sus labios aparecían inflados y retraídos, mostraban una sonrisa siniestra a través de la cual asomaban lombrices blancas y voraces (...). (Págs. 16-17, relato Los muertos también lloran)

 También, algún error causado por la homofonía como "desecha en lágrimas" (en vez de deshecha) (Pág. 49, del relato Que Dios me perdone), que un/a corrector/a atento debería haber corregido (en el caso de que esta novela haya contado con un profesional así). Seguimos:

Divagaba, conversando conmigo mismo, cuando me di cuenta de que a mi alrededor solo había árboles. Los troncos se cerraban unos al lado de los otros, como si fueran una legión de dacios a las órdenes de un emperador cruel. Mantuve la calma. Agucé el oído intentando localizar los sonidos humanos del pueblo para así poder orientarme en el bosque. 

Nada. 

Una brisa ligera movía las ramas y las hojas, y arriba, entre las copas de los árboles, los cuervos graznaban a la montaña avisando de la presencia de un extraño. No me atreví a dar un paso más. Tuve la sensación de que el bosque se estrechaba en torno a mí y me susurraba palabras que no comprendía. La niebla, escasa hasta hacía un rato, comenzó a arremolinarse a mi alrededor. Densa. Una violencia pasiva que me puso alerta. (Págs 53-54, relato Que Dios me perdone)

 

La ciudad me había recibido sin ninguna emoción particular y dándome una cachetada helada en la cara. Corría el mes de noviembre y en esa latitud del planeta, la metrópoli se comportaba conmigo tal y como haría una amante despechada que se viera traicionada por la presencia de una segunda amante. Aun así, sus encantos eran evidentes y destacaban incluso bajo el manto oscuro de la noche de mi llegada. Antes de irme a dormir, una vez alojado en el hotel, había repasado mis escasas notas preliminares y puesto en orden la secuencia de trasbordos que realizar en el transporte público subterráneo para llegar, a primera hora de la mañana siguiente, a la cita con Jacques. (Pág. 61, relato Sofocado)

 

En este mismo relato, el autor compara en apenas una páginas a los vagones del metro como "un pulmón de metal herrumbroso y agotado, insuficiente y disneico (pág. 66), "El tren me recordaba a un buceador" (misma página), "En lo que el tren se llenaba de nuevo y arrancaba, la mayoría de la corriente humana de la que formaba parte se había salido del apeadero. Como si hubieran vaciado la cisterna de un baño público" (misma página). Asimismo, los seres humanos que se desplazan por el subterráneo son "magma humano" (pág. 66), otras como "una familia de hámsteres" (pág. 67), o "una masa informe de individuos" (Pág. 68), "Hormigas atareadas" (misma página) o "cucarachas guiadas por antenas invisibles" (pág. 70). También, más adelante: "Atravesé la marabunta de gente que había en el mercadillo. Gusanos atareados que se acumulaban en torno a un cadáver en descomposición" (pág. 214, en el relato Reflejos macabros). Aparte del exceso de símiles y metáforas, la impresión que obtiene el lector (o lectora) de la visión de los seres humanos del autor es desconsoladora, y también un poco antigua, es decir, esa visión de la masa descerebrada, de reacciones animales, tan en boga en las primeras décadas del siglo XX en autores, entre otros, como Le Bon y Ortega y Gasset, y que, de cuando en cuando, asoma entre aristócratas del gusto, poetas laureados y políticos mezquinos por la que se niega humanidad a la humanidad.

Asimismo, aun a riesgo de ofrecer una interpretación también un tanto extrema, ese protagonista narrador en primera persona de los relatos, que apenas se relaciona con los demás, como una mónada encerrada en sí misma y la mayor parte del tiempo hostil con otras mónadas que aparecen en su discurrir, podría considerarse una metáfora del ser humano de nuestro tiempo, arrastrándose penosamente bajo el peso de un capitalismo de última hornada que sigue presionando con fuerza para destruir todo lo comunitario con el fin de apropiárselo y convertirlo en objeto de compraventa. También, para transformar a la sociedad en una constelación de individuos que solo se relacionen con los demás a través del mercado. Individuos aislados, fácilmente mensurables y etiquetados, en un entorno social degradado y en un contexto laboral cada vez más precarizado. Frente a ello, una consecuencia posible es la angustia de ese ser humano solitario y desamparado y, como dijimos, las fantasías de aniquilación propias y de los demás, algo que en el plano político suele venir entroncado con la aparición de movimientos de extrema derecha que se nutren del resentimiento, sobre todo, de lo que antes se llamaba pequeña burguesía y hoy, clase media.

En en estos relatos, la angustia está travestida con el ropaje de lo fantasmal y con el de la psicopatía y la locura. Sigamos con las citas:

Creo que me estoy volviendo loco. No es algo progresivo que hubiera estado gestándose como una enfermedad bacteriana. Ni poco a poco, como dice la canción o como ocurre cuando se tiene una erección por cortesía. No. Ha sido de repente. De sopetón he sabido, tan lúcida y cristalinamente como se refleja el sol en las pupilas dilatadas tras una noche de excesos, que mi cerebro no es como lo recordaba. (Pág. 79, del relato Rompecabezas, comecocos y otros juegos de la mente)

Como si mi cerebro estuviera hecho de piezas, miles de pequeñas piezas que encajan delicadamente para formar un complejo rompecabezas en tres dimensiones. (Pág. 84, del mismo relato)

 

Podríamos seguir con esos símiles fallidos: "como un panal fabricado por abejas obreras asalariadas por la parca" (pág.109, en Luto), o "le hice un aspaviento con la mano libre, como quien espanta las moscas que se alimentan de un trozo de carne podrida" o "la oscuridad se adueñó poco a poco del entorno, como el metal que se estrecha en torno al cuello de un condenado a morir a garrote vil" (pág. 174, en Copilul bisericii negre) o tópicos como "radiante como la luz al final del túnel" (pág. 109, Luto) o "Plana como la línea de un encefalograma plano en una sala de autopsias" (pág. 143, en Conciencia expandida). Dejémoslo ya.

En fin, estos relatos no pueden leerse como si su intención fuera causar miedo. No son cuentos de terror, propiamente dichos. La sangre a borbotones y los desmembramientos, así como los escalofríos y la lividez y el sudor frío no bastan. Recordemos, a este respecto, aquella novela de Leandro Pinto, Abismo, que adolecía del mismo defecto. El miedo que puede causar la lectura de Drácula, de Bram Stoker (objeto, por cierto, de una aguda lectura sociológica por Juan Carlos Rodríguez en La norma literaria) o en algunas de las mejores novelas de Stephen King no está al alcance de cualquiera, me temo. Más bien, repito, me parecen el trasunto de una necesidad de expiación o, al menos, de válvula de escape de las inquietudes del autor, cualesquiera que sean éstas.

EN DEFINITIVA, la impresión general de este volumen es la de un desahogo verbal, con algún relato que apunta maneras, a pesar de sus evidentes defectos, como, sobre todo, Sofocado, con su particular versión del flâneur, o también Luto y Reflejos macabros. Hay algo de literatura envejecida, de temática resobada, incluso fosilizada, no solo en los temas sino también en el estilo que hacen desdeñable este conjunto de narraciones. 

Resulta evidente que el autor ha querido escribir, y lo ha hecho con pasión, pero es dudoso que lo escrito es algo que él mismo hubiese deseado leer. Más bien, resulta una especie de terapia que si no hubiese tomado la forma literaria, habría sido darle puñetazos a un saco de boxeo o tirarle piedras a una galería de cristales para provocar el mayor estrépito posible. No dudo que Luis Alberto Henríquez se haya quedado a gusto. El problema es que el público lector, quizá, no. 

No obstante, y llámenme soñador si les apetece, creo que Luis Alberto Henríquez tiene algo, que limado, pulido y trabajado, podría transmutarse en historias dignas de atención. En principio, le aconsejaría abandonar la truculencia, quizá el género del horror; contenerse en el flujo verbal, estructurar mejor sus narraciones sin dejarse dominar por la impaciencia, y no cejar en el refinamiento del estilo. 

Ahí queda eso.



P.D. Otra reseña, más elogiosa que la mía, pero, eso sí, un tanto desganada, aquí.










martes, 20 de octubre de 2020

'Hormigón', de Thomas Bernhard

En esas fantasías semiinconscientes previas a la siesta, imagino una revista cultural escrita sólo a base de reseñas: reseñas de novelas, reseñas de poesía, reseñas de instalaciones, reseñas de pinturas, reseñas de arquitectura, reseñas de escultura... Incluso reseñas de conferencias (esta idea es de Javier Moreno) y, por qué no, reseñas de reseñas. Esto último, la verdad sea dicha, lo practico con cierta frecuencia, aunque tal vez menos de lo que resultaría necesario, tal es el nivel de degradación y postración en el que lleva sumida la crítica literaria (y las reseñas y las impresiones de lectura), por lo general, en nuestro país y en nuestra Comunidad.

De hecho, ya hace casi cuatro años fue la lectura de una reseña de aquella pésima novelita de González Déniz titulada El tren delantero la que me proporcionó el impulso definitivo para crear este blog. Hago hincapié en que fue la reseña, y no la novela, la que suscitó la indignación. Una novela puede ser mejor o peor, más o menos deplorable, más o menos pasable. A veces, incluso buena. Lo que no tiene un pase, ni informativa ni moralmente, es la reseña amical, maravillosista, buenrollista, de favor, de intercambio de dones o mercantil, que se resume en mentir al público lector y en callar lo que se debería decir.

Esta postura ya la conocen de sobra los seguidores/as del blog, y por ello no solo critico las creaciones literarias, sino que procuro incluir también a los/as reseñadores/as, con nombre y apellidos y los medios en que publican. De todos modos, soy consciente de que el campo cultural está estructurado de tal modo que es casi imposible que se pueda ejercer la crítica honesta de manera continuada. Aun así, hasta hoy, era de mal gusto criticar al que ejerce mal su labor: reseñadores de ocasión, escritores/as más o menos aturdidos/as o periodistas culturales tenían patente de corso para su adulación sin fundamento.

A este respecto, me viene a la memoria el reto que le planteaba Sócrates a su joven interlocutor Menéxeno, en el diálogo homónimo de Platón, en el que le aseguraba ser capaz de componer sobre la marcha un discurso fúnebre recordando fragmentos  de otros ya recitados. En este sentido, me veo perfectamente capaz de escribir una reseña empalagosa de esas que vemos con frecuencia en periódicos y cuadernillos culturales sin leer siquiera la obra a la que aluda. Sospecho, por otro lado, que esa es una práctica habitual, por vergonzosa que sea, de nuestros hagiógrafos y maravillosistas de la cultura.

En otro orden de cosas, González Déniz ha sacado novela, lo que será motivo de alegría para deudos y allegados. Leyendo la reseña de Felipe García Landín en el Canarias7, Emilio González Déniz ha vuelto a relucir maestría y magisterio, cómo no. Alexis Ravelo, también ha publicado. En su caso, estoy tentado de pensar que es una especie de manía, porque no acabamos de leer una novela (si tal fuera el caso) cuando ya nos ofrece la siguiente. No obstante, no llega a la producción estajanovista de Santiago Gil, quien a veces da la impresión de que publica más que escribe. Respecto de la novela de Ravelo, no he leído nada al respecto aún, pero imagino que no tardarán en volver a calificarlo de "maestro" o una tontada de esas.

Fantaseo, sin llegar a anhelarlo, con que tamaña dedicación se vea recompensada en todos los casos por el Premio Canarias de Literatura: se merecen los unos al otro.

Cráneos previlegiados.




Sin embargo, todo no va a ser tristeza, ira o indignación en la casa del reseñador. Con frecuencia, más de lo que da a entender, lee buenas novelas, como podrán comprobar Vds. mismos si repasan el historial de lecturas del Polillas. En especial, cuando ya cuenta con precedentes, como es el caso de la obra de Thomas Bernhard. Hoy, sin ir más lejos, comparto la lectura de Hormigón.

Esta es una novela de reducida extensión, de unas 103 páginas, pero tan reconcentrada, tan densa, tan bernhardiana que vale por una del doble, o por un millón de microrrelatos, tan de moda en los últimos tiempos, a tenor de los concursos literarios que los reclaman. En todo caso, no es de longitud ni de grosor de lo que vengo a hablar aquí, sino de esa capacidad del escritor austriaco de ir roturando el campo alrededor de las obsesiones y anhelos del protagonista. Una roturación lenta, profunda y constante con la que todo el terreno moral del protagonista se ve penetrado por el arado indagador del novelista. Mirado así, no sé si mi reflexión es más agrícola que sexual o viceversa.

En Hormigón, a poco que la lean con atención, verán temas y motivos que se desarrollarán más tarde en esa novela superior que es Tala, que sigue impresionándome. Imagino, creo que lo he dicho en alguna ocasión, que Bernhard es mal ejemplo para el aprendiz de escritor. Igual que Borges, con el que no tiene nada que ver. Ambos, sin embargo, hacen surgir el lado más mimético del lector que pretenda escribir, y por tanto su sombra cipresca (ahora que estamos conmemorando a Miguel Delibes) es demasiado acogedora, por mucho que las divagaciones y obsesiones del protagonista no inviten al descanso ni a la relajación, ni mucho menos.

Hagámonos cargo de que su prosa, traducida aquí por Miguel Sáenz, es repetitiva, masiva, gravitatoria, centrípeta y machacona, y al mismo tiempo, por todo eso, fascinante, con un ritmo implacable, quizá difícil de aprehender en muchas ocasiones. Una prosa difícil, es cierto, pero es posible que ciertas cosas no puedan expresarse de otro modo. El resultado sigue siendo demoledor.

Toda publicación es una tontería, y prueba de un desagradable rasgo de carácter. Editar la inteligencia es el más vergonzoso de los crímenes y yo no he vacilado en cometer varias veces ese crimen, el más vergonzoso de todos. Al fin y al cabo, ni siquiera fue la grosera necesidad de comunicarme, porque nunca he querido comunicar nada a nadie, con eso no tenía ninguna relación, fueron simples ansias de gloria y nada más. Qué suerte no haber editado Nietzsche y Schönberg, por no hablar de Reger, no me lo perdonaría. Si ya los otros miles y cientos de miles de escritos publicados me asquean, los propios me asquean de la forma más horrible. Pero no escapamos a la vanidad, a las ansias de gloria, entramos en ella, como si la necesitáramos, con la cabeza muy alta, aunque sabemos que nuestra forma de actuar es imperdonable y perversa. (Pág. 38)

Tener que seguir asqueándome de un desayuno hecho por mí mismo a otro desayuno, de una cena hecha por mí mismo a otra cena, de una decepción meteorológica a otra decepción. Tener que leer diariamente los periódicos y su porquería política local, su obtusa suciedad política y económica y ensayística. No poder sustraerme a esos periódicos y a sus asquerosos productos, porque, por otra parte, tengo que devorar diariamente con gran ansia esa suciedad de los periódicos, como si padeciera francamente una perversa gula periodística. No poder sustraerme en absoluto, aunque tenga la voluntad para ello, realmente la voluntad de sobrevivir, a todas esas suciedades públicas y publicadas, porque no puedo sustraerme a esa gula de ellas, a todas esas perversas historias de terror de la Ballhausplatz, donde un Canciller que se ha convertido en un peligro público da a sus idiotas de Ministros órdenes que son igualmente un peligro público. (Pág.71)


Los amigos de antes, o están muertos y han vivido una vida infeliz, se han vuelto locos antes de morir, o viven en alguna parte y no me interesan ya. Todos se han quedado atascados en sus ideas y, entretanto, se han hecho viejos, y en el fondo, aunque, como me consta, se debatan furiosamente aquí o allá, han renunciado. Si nos los encontramos, hablan como si no hubiera pasado el tiempo en los últimos decenios y hablan por lo tanto en el vacío. Hubo un tiempo en que realmente cultivé mis amistades, como suele decirse. Pero todo eso se rompió en algún momento y, prescindiendo de que, de cuando en cuando, leo en los periódicos algo de éste o de aquél, a los que en otro tiempo consideraba indispensables, alguna tontería, alguna insulsez, no sé ya nada de ellos. Casi todos han fundado una familia, como suele decirse, han hecho sus negocios y se han construido casas y han tratado de asegurarse por todas partes y, con el transcurso del tiempo, se han vuelto carentes de interés. No los veo ya y, si los veo, no tenemos nada más que decirnos. Uno insiste ininterrumpidamente en que es artista, otro, científico, un tercero, comerciante de éxito, y eso me pone ya malo, sólo con verlos y mucho antes aún de que abran la boca, de la que sólo brotan cosas triviales y, una y otra vez, sólo leídas y ninguna propia. (Pág. 92)


En manos de escritores/as menos dotados/as, o con menos oficio, todo podría haberse convertido en cháchara y verborrea yoísta, carente, por tanto, del menor interés. El talento, o lo que quiera que sea que Bernhard posee, lo transmuta en introspección valiosa, en espejo en el que en menor o mayor medida nos vemos y, me temo, nos rechazamos. El protagonista de la novela nos sumerge en las contradicciones y crueldades en las que recaemos una y otra vez. Eso, teniendo en cuenta que muy poca gente podría identificarse en modo alguno con él, atendiendo a sus características socioeconómicas o morales. No hay manera de salir indemne de la lectura de las obras de este escritor, ni siquiera esbozando una sonrisa de suficiencia.

En fin, diga Bernhard y diga horror a los puntos y aparte, diga hostilidad a los puntos y seguido; diga amor por las comas y las oraciones complejas y extensas. Diga discurso vitriólico, diga exceso e ira. Podría pensarse que el personaje público no era tan libertario, ni mucho menos, y que gustaba de recibir premios y honores de aquellas autoridades e instituciones que tanto decía detestar. Puede ser, pero no creo que importe demasiado a la hora de juzgar su literatura, que expresa el malestar de una generación del Estado de Bienestar centroeuropeo tanto como puede expresarlo ahora para los que solo hemos vivido sus restos, de entre los cuales parecen haber resurgido la intolerancia y el autoritarismo sin complejos

Sigamos adelante.