Mostrando entradas con la etiqueta Alexis Hernández Benítez. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Alexis Hernández Benítez. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Lo mejor y lo peor del Polillas en 2021

Este quince de diciembre debería sonar como el "Recuerden el 5 de noviembre" de la película V de Vendetta: una fecha con atmósfera explosiva, cargada de presagios, como suele decirse, cuando las expectativas están alimentadas con el temor a lo posible y el júbilo por la sorpresa. Un 15 de diciembre que marca el último artículo de Polillas al anochecer y el programa homónimo de Radio Guiniguada de 2021. Volveré, volverán, volveremos, en enero.

Que no se diga que no nos hemos esforzado por cambiar, aunque sea de manera mínima, casi meramente testimonial, el ambiente complaciente, a la vez que mezquino, del mundillo literario y editorial de Canarias. No será por falta de objetivos y de aspiraciones, por desmesurados que parezcan para nuestras posibilidades, que se basan simplemente en exponer y argumentar, con lo que, de vez en cuando, nos alcanza para convencer. Cierto es que la mayoría de los vicios y defectos son de naturaleza estructural, por lo que es poco probable, salvo un gran cambio en varios órdenes sociales, que la forma de presentar la literatura (y la cultura, entendida como el orden artístico) en las Islas (y en España) cambie de manera radical.

Sin embargo, como siempre, algo de espacio existe para la acción personal, para decantarse por una manera de estar en el mundo que no consista sólo en halagar al poderoso y en pisar al infeliz, en presentarse a los demás como un objeto entre objetos, como una calculadora de intereses. En fin, aspiremos a ser algo mejores, éticamente hablando. Total, por desear... ¿No habíamos convenido que el arte era "hijo de la libertad"?


En lo que comienza a ser una pequeña tradición, así quedan las listas de Polillas al anochecer:


Mejores novelas leídas en 2021

-Memorias de un antisemita, de Gregor von Rezzori.

-Existiríamos el mar, de Belén Gopegui.

-El viaje de las palabras, de Clara Usón.

-La hijuela, de Marcos Hormiga.

-Cuentos de otoño, de Agustín Díaz Pacheco.

-Desde la línea, de Joseph Ponthus.


Como ya he señalado en otras ocasiones, establecer una jerarquía es difícil, sobre todo cuando se trata de sopesar las virtudes de varias novelas tan distintas. No obstante, tengo claro que la obra de Rezzori está un escaloncito por encima de las demás. Llámenlo capricho personal. Por lo demás, ha sido un descubrimiento para mí Clara Usón. Habrá que leer alguna otra novela de esta autora. Agustín Díaz Pacheco cuenta con una larga trayectoria literaria, y a juzgar por la mayoría de los cuentos que se ofrecen en esta obra, quizás su conocimiento por el público debería ser más amplio. Otro descubrimiento narrativo ha sido la novela de Marcos Hormiga, sin duda. Estos autores, junto con Luis Junco, Juan R. Tramunt o Anelio Rodríguez Concepción, entre otros/as (seguro que he olvidado mencionar a alguien importantísimo, perdónenme) representan para mí la literatura en/de Canarias que debería perdurar, por muy poco mediáticos que sean. Ahí veo yo auténticas vetas de arte literario.  


                                   






Peores novelas leídas en 2021

-El Salón de los Espejos Mudos, de Sergio Constán.

-El informe Silvana, de Sabas Martín.

-De un país en llamas, Javier Hernández Velázquez.

-Mediodía eterno, de Santiago Gil.

-Alma reglamentaria, de Alexis Hernández Benítez.


Con la misma incapacidad de establecer una jerarquía, estas novelas tienen en común ser muy deficientes en numerosos aspectos, que ya hemos tratado en las reseñas correspondientes. Eso sí, podemos comentar diferentes aspectos de cada una de ellas. Por ejemplo, la particularidad de la novela de Sergio Constán es que fue la ganadora de un concurso literario. Si una novela tan insoportable hizo que le dieran un premio a su autor, no es de extrañar que muchos/as escritores/as alberguen fantasías descabelladas de fama y prestigio. La de Sabas Martín mostraba asomos de que el autor es capaz de escribir algo con sentido, pero por alguna razón esos destellos quedaron opacados bajo una prosa que en su mayor parte era deleznable. De Javier Hernández Velázquez, leí todo tipo de elogios, que, al menos en este caso, se demostraron infundados. Creo difícil escribir algo de peor calidad. Se demuestra, una vez más, que el encomio desmedido y el buenrollismo cultural no valen para nada. A Alexis Hernández le oí decir que esta obra le había llevado varios años: solo espero que no vuelva a gastar su esfuerzo en desempeños semejantes. De la de Santiago Gil ya di cuenta en su momento. Nada hay que añadir a un escritor que rueda cuesta abajo, cada vez que puede, por las barranqueras de la cursilería y que, en mi opinión, es víctima de su relevancia en el mundillo literario grancanario.

Por último, y no menos importante, y que sirve para comprobar el nivel de la cultura en el plano literario, hago una breve mención a los reseñadores que más se han prodigado. Antes, hay que decir que, dado el difuminamiento progresivo del cuadernillo cultural de La Provincia y El Día y su desaparición en Canarias7, casi no hay reseñas literarias que merezcan ese nombre. Citemos a Victoriano Santana Sanjurjo, que perpetra sus húmedos artículos esporádicamente en aquel cuadernillo, y a Felipe Landín, que ha publicado alguna reseña extra almibarada en el Canarias7. Aparte, Eduardo Rojas coordina un suplemento en el Diario de Avisos y cuenta con la página en Internet de El escobillón. Se le nota cómodo: cualquiera lo imaginaría escribiendo sus cosas en batín y zapatillas, y sentado sobre un cojincito. A veces se irrita contra algún político o algún nombramiento, pero, la mayor parte del tiempo, el mundillo cultural y las novedades literarias le parecen bien, y se le nota.

Respecto de los dos primeros, sirven como ejemplo de la crítica literaria en Canarias, que no es crítica y apenas literaria. Ante los ojos de ambos, se despliegan novelas a cuál más magnífica y consideran que los/as autores/as son a cuál más excepcional porque Canarias está llena de talento, mucho talento, muchísimo talento, tanto que no hay papel en el mundo presente ni futuro en el que imprimir tanta obra maestra. Todo es maravilla, hermosura, belleza, levitación, espuma y pompas de jabón que se elevan hasta el Parnaso y más allá. Su único futuro, claro está, será dejar tras de sí un rastro de lectores estafados, indignados, desengañados y, probablemente, con orzuelos porque no hay ojos que resistan tanto disparate.  

Para ofrecer un bosquejo de solución (un saludo a Ricardo Pérez), si yo fuera el propietario de un medio o el director (si este pudiera hacer algo por cuenta propia), renovaría por completo el suplemento o la sección, en su caso. Nada de "saludos" a la obra nueva, nada de confundir el fomento de la cultura con la amistad de tal escritor o de tal editora. Acabaría con las entrevistas estereotipadas, esas en que se le pregunta al autor o autora qué hay de biográfico en su novela, si escribe con bolígrafo o a ordenador, qué opina de los niveles de lectura, etc. Los/as colaboradores/as cobrarían por su trabajo (ningún suplemento ni ninguna página web pueden plantearse desafíos importantes solo a base de entusiasmo, que, por lo demás, se desvanece pronto) y, por tanto, se les exigiría, en este orden, honradez, complejidad y erudición. El medio, además, pagaría la asistencia al espectáculo: ni entradas gratuitas ni pases VIP. Ese espacio, además, no sería agenda de actos culturales, artísticos o de espectáculos proveídos por las instituciones públicas o privadas ni sería mera página para las notas de prensa de turno. Tampoco debería ser plataforma publicitaria encubierta de otra empresa (el habitual ejemplo de un periódico y una editorial que pertenecen al mismo grupo empresarial)

Asimismo, en papel la periodicidad puede ser mensual o, idealmente, semanal. En una página web, la renovación de los contenidos se revela como crucial, con esa misma periodicidad. Revistas que parecen seguir funcionando aún como Trasdemar o La Salamandra Ebria revelan a las claras las insuficiencias del voluntarismo como método de trabajo, y las fechas de los artículos son reveladoras de tales carencias.

Sería reflexión crítica, con un punto dadá y algo de mala leche. De tal modo que aspire a convertirse en una referencia cultural y popular, es decir, que, a pesar de su especialización, sea también motivo de comentario ciudadano generalizado e intergeneracional, por difícil que parezca. Si tenemos claro que los periódicos en general son negocios ruinosos, un poco de valentía tal vez les serviría para recuperar algo de prestigio, por inconcebible que suene. Con respecto a los programas culturales de radio y TV, lo poco que he oído y visto adolece de los mismos vicios que la prensa.

Además, creo que lo ideal para el público lector sería no disponer de un solo suplemento o espacio como el que describo, sino de varios, quizá dos por provincia. Otra cosa es que en Canarias dispongamos de un público lector que hiciera posible la sostenibilidad de proyectos semejantes. ¿Cuántos/as lectores/as hay en Canarias? ¿Cuántos/as compran más de un libro al mes? ¿Cuántos hay interesados en arte? ¿Cuántos/as pagarían por leer ese suplemento o revista cultural? La clave está en la suscripción de los/las lectores porque si se depende de la publicidad privada, se corre el riesgo de que los principales anunciantes presionen para que se publique a favor de sus intereses (o al menos, para que no se publique en contra); si se depende de subvención institucional, más o menos lo mismo. 


En fin, para no acabar este artículo con un sabor amargo, les propongo también los siguientes libros de no ficción, algunos ya comentados:


Lista de la no-ficción o de sí-todolodemás

1) La política contra el EstadoSobre la política de parte, de Emmanuel Rodríguez López.

2) La fuerza de los débiles, de Amador Fernández-Savater (Akal).

3) Los pocos y los mejores, de José Luis Moreno Pestaña (Akal).

4) El escritor que compró su propio librode Juan Carlos Rodríguez (Debate). 

5) La norma literariade Juan Carlos Rodríguez (Debate).

6) La literatura del pobrede Juan Carlos Rodríguez (Comares).

7) Tras la muerte del aura, de Juan Carlos Rodríguez (Universidad de Granada).

8) La cena de los notables, de Constantino Bértolo (Periférica).

9) ¿Quiénes somos?, de Constantino Bértolo (Periférica).

10) La crisis de la utopía, de Luciano Canfora (Anagrama).

11) Ethos y Polis, de Salvador Mas Torres.

12) Malos nuevos tiempos, de Hal Foster (Akal).

13) Miradas políticas en el país de las fantasías, de Yayo Aznar Almazán (Akal).

14) El Estado contra la democracia, de David Graeber (Errata Naturae; traducción de David Muñoz Mateos).

15) El derecho a la pereza, de Paul Lafargue (Maia ediciones; traducción de Javier Alvarado).

16) Del Arte y su obsolescencia, de Alberto Adsuara (Casimiro Libros).

17) Breve introducción a la teoría literaria, de Jonathan Culler (Austral; traducción de Gonzalo García).

18) Gastos, disgustos y tiempo perdido, de Rafael Sánchez Ferlosio (Penguin Random House)

19) ¿Tiene futuro el capitalismo?, VV.AA (Siglo XXI; traducción de Bertha Ruiz de la Concha)

20) La domesticación del arte, de Laurent Cauwel (Incorpore; traducción de Juan-Francisco Silvente).

21) Pensar la imagen, VV.AA (Ediciones/Metales Pesados).

22) Supervivencia de las luciérnagas, de Georges Didi-Huberman (Abada; traducción de Juan Calatrava).

23) La cámara lúcida, de Roland Barthes (Paidós; traducción de Joaquim Sala-Sanahuja.

24) Discurso sobre el horror en el arte, de Paul Virilio y Enrico Baj (Casimiro Libros; traducción de Giulio Scafa).

25) Lo que no se ve, de César Barrio (Archivos Vola).

26) El abuso de la belleza, de Arthur C. Danto (Paidós; traducción de Carles Roche).



P.D. A posteriori, echo en falta la presencia de escritoras canarias (o residentes). Procuraré que no ocurra lo mismo en 2022.

P.D. Otra lista, que todo/a lector/a debería tener en cuenta, aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA



domingo, 23 de mayo de 2021

'Alma reglamentaria', de Alexis HB

Por alguna razón algunos seres humanos creen que albergan la ilusión de escribir una novela, uno de tantos supuestos objetivos vitales que, a diferencia del coito y de la procreación, está lejos, pero muy lejos, de ser natural. Es decir, alguien nos ha enseñado que escribir una novela no sólo es guay sino que te convierte en otra cosa, no sé, en un artista, ese ser, ya se sabe, tocado por lo divino, fulgente y esplendoroso que te permite llevar guayabera aunque no seas García Márquez y vivas en Torrelodones.

Y así, ocurre lo que ocurre, que uno (o una) no escribe porque crea que tiene algo importante que decir a la comunidad de la que forma parte, ya sea local, nacional, mundial o cósmica, sino porque quiere ser. ¿Qué es el ser y cuáles son sus atributos?, nos preguntaríamos aristotélicamente. Ya he escrito de ello en otras ocasiones, así que no insistiré. Eso sí, tal ilusión distrae a muchas personas de hacer otras cosas que podrían serles más útiles, provechosas o simplemente divertidas. A ver: ¿Qué añade otra novela romántica, otra novela negra, otra novela de vampiros o zombis, otra novela histórica a la literatura? ¿Qué le aporta a su público? Por no hablar de que estoy harto de los/as escritores/as que quieran enseñarme su mundo interior, que por lo general es el mismo que el de la mayoría de la gente. No me interesa, para decirlo claro. Vilas, fuera, eres un ñoño. Cercas, exíliate interiormente: eres un pesado. No me apetece leer los sermones de escritores/as que, además, no suelen saber mucho de casi nada. Pérez-Reverte, no te levantes del sillón de orejas, enfádate con tu perros; Vargas Llosa, cada columna de opinión que escribes es una afrenta a algo o a alguien valioso. 

Escritoras y escritores noveles o no tanto, déjenlo ya. O si sienten una vocación auténtica (vayan Vds. a saber en qué consistirá eso) busquen al amigo o amiga inteligente que no le ríe la gracia. Al que sepa más que Vds, el que le señale cada error y cada tontería de su manuscrito. Después, vayan a un/a editor/a que sepa lo que se hace y no a un empresario/a que tiene una imprenta y mantiene una bonita relación con las consejerías/concejalías de Cultura de la miríada de administraciones públicas: esa persona amante de su oficio que no permitirá que una mediocridad se añada a las millones que se han publicado antes. Finalmente, si nada bueno ha ocurrido y su libro ha salido al mundo a pesar de todo, busquen a los/as críticos honrados/as. A aquellos/as que con mayor o menor conocimiento se permiten criticar con sinceridad, sin buscar su amistad ni la de la editora ni la del dueño del medio de comunicación. Lean sus críticas, sopesen los defectos que señalan. Enfádense, si quieren, injúrienlos/as, tal vez, pero reflexionen un rato: tal vez hayan acertado, ya sea por casualidad.

 Ni caso a los elogios, ni caso a esos escritores veteranos, tal vez algo famosos, y muy resabiados, con los que comparten de vez en cuando un almuerzo o una cena y por lo que se sienten honrados/as. Algunos parecen alimentarse de la admiración de los poco avisados.

Ni caso a los/las periodistas culturales que nunca dirán que su libro (sí, el de Vds.) es una porquería. No les interesan los artistas, lo que buscan es una red de contactos, tal vez una inversión simbólica a medio plazo.

Ni caso a los filólogos reconvertidos en apologetas con ganas de currículo. En el ámbito local, huyan como de la peste de los elogios de Victoriano Santana Sanjurjo, por ejemplo, y de especímenes similares. Sus ditirambos son el camino seguro a la inanidad literaria.




Todo esto viene a colación por la novela Alma reglamentaria, de Alexis Hernández Benítez, sufragada por crowdfunding. O sea, algo así como la autoedición pero sin que se la pague el propio autor/a, como ha sido costumbre hasta hace poco. Puede interpretarse el dichoso crowdfunding como un anticipo de futuros lectores que, sin haber leído la novela, otorgan confianza al autor. Más bien, creo, han pasado por caja amigos/as, deudos y allegados/as en diversas líneas de consanguinidad y afinidad, ya por solidaridad, ya por algún tipo de deuda moral.

No querría explayarme en una novela de un autor primerizo, pero las cien páginas que he leído están marcadas por un estilo deplorable, en el que la verborrea se hace pasar por vocabulario, y un abotargamiento de símiles y metáforas por creatividad o ingenio. Mucho adjetivo, mucha minuciosidad irritante, mucho tópico. Los diálogos son increíbles y resultan impostados y el protagonista narrador es uno por el que no se puede sentir sino repulsión. Además, cómo no, alguna reflexión sociológica falta de lecturas y sobrada de prejuicios. Nada que no hayamos visto antes en autores con muchas ganas de escribir y gritar a los cuatro vientos: "¡Mamá, soy escritor!" Eso sí, la portada mola.

Puede ser que haya crítica social, pero no la he visto en estas páginas. Puede que haya un develamiento de la profunda corrupción moral de las élites, para empezar, y del resto de la sociedad, pero no la he detectado. Puede que haya una radiografía nítida de nuestras miserias, pero no he leído nada que no haya visto en cualquier serie de TV. Puede que la novela posea una arquitectura de episodios y escenas magnífica, pero no he tenido paciencia de pasar de la página número cien. Es lo que ocurre en estos tiempos veleidosos, más aún cuando uno ya ronda la cincuentena y percibe que cada vez queda menos tiempo para desperdiciar.

Lo que voy a hacer, para que no me acusen de ensañamiento es ofrecer algunos extractos y ya deciden Vds:

 

El uso de dicha información se antojó un precio ridículo cuando la Jane callejera se dejó caer a mis brazos desde el árbol. Entonces nos presentamos en silencio; primero, las miradas, después, las mejillas. La posé en el suelo a desgana, me dio las gracias, nos reímos un poco de lo sucedido y se despidió al trote inquieto y lleno de vida que debía caracterizarla desde niña. "¿Y eso es todo?", le grité a su atractiva silueta de espalda. Se viró y contestó: "¿Qué más quieres, espantapolis? ¿Sientes que te debo algo?". "No se trata de mí. Se trata de nosotros y de la deuda que tenemos con esta noche. Acabamos de contraerla y si no la pagamos antes de que amanezca, puede que ya nunca podamos saldarla". Ella entornó sus enormes ojos, contuvo la sonrisa, y dijo: "Lo siento. Has malentendido las cosas". "Lo mejor que se puede hacer con las cosas es malentenderlas", repliqué. "Es la única forma de vivir de verdad. La única forma de salirse por la tangente, de romper con lo que se espera Es la única forma de disfrutar y divertirse. Las cosas bien entendidas son una mierda". 

Tras liberar la sonrisa de agrado, se encaminó hacia mí. Por millonésima vez, habían sido las palabras justas para la persona adecuada. (Pág. 18)


 Parecía un fumadero de opio y no debía oler muy distinto. En el ambiente había una mezcla provocativa de especias y nervio rancio, como el tufo que desprendería un mercado marroquí si ardiera entre las llamas de cócteles molotov fabricado con telas recortadas de sobaco de chilabas bereber y botellas usadas para hidratar los camellos mimados de algún jeque. La luz, casi ocre, era opresiva, y el mobiliario, en especial las cabinas, parecía hecho por algún niño que creyese jugar a indios y vaqueros y se hubiese construido un fuerte usando palés y tachas oxidadas. Un fuerte que hubiese resultado más inexpugnable si lo hubiese levantado con piezas de Lego y plastilina. (Pág. 33)


Entré a un persa y pedí algo barato para comer. Fuese lo que fuese aquello, lo empecé y lo terminé de pie en la acera opuesta al locutorio. Observaba la calle mientras me limpiaba salsas desconocidas de las comisuras de los labios. 

Se trataba de una calle activa y multirracial, característica de una zona portuaria y de una capital incapaz de albergar físicamente un barrio delimitado para cada etnia. Una mora vestida de rosa chillón dialogaba con una mujer ghanesa de traje amarillo que sostenía en equilibrio sobre la cabeza un bulto del tamaño de mi sofá. Dos vietnamitas varones, jóvenes e imberbes, se ofrecían bajo el sol de sobremesa, quizás por la falta de oportunidades o quizás por el sentimiento de culpabilidad que provocaba el exceso de ellas, siempre en comparación con las que había en Saigón donde sus madres y sus abuelas empezaron por necesidad la tradición familiar. Un verdulero griego chapurreaba a gritos el castellano para compensar la atención acaparada por el frutero andaluz y su verborrea simpática y más traducible (solo un poco más). Un indio lakota daba órdenes a unos yanquis que descargaban en su tienda un camión lleno de radiocasetes y otras antiguallas. Un cartero canario metía las cartas por debajo de la puerta de un edificio, sabedor de que era una molestia inútil tratar de acertar con la correspondencia de un bloque de vecinos sudamericanos en constante desahucio. Una pandilla de judíos adolescentes parapetada en un portal se mofaba de un crío árabe que corría delante de un pastor alemán sin la correa. La calle sufría el estrés de la auténtica globalización, la que germina de forma espontánea y sin opción el crisol de los suburbios, disolutos refractarios en un disolvente ácido; no la que nos quieren vender al mostrarnos un yuppie sueco cenando sonriente junto a una negra de facciones suaves y sajonas y traje de confección milanesa, arrodillados en un japonés de doscientos euros el palillo. (Págs. 47-48)


-Oye, hablando de perder el tiempo -dijo la mujer cuando la conversación ya era un fósil-. ¿Qué tal el otro día con Vane? ¿Cumpliste? 

-Por supuesto -contestó con esa desgana suya-. Tranquila, no sufrió. Todo acabó muy rápido. 

-¿Ah, sí? ¿Eres un eyaculador precoz de esos? 

-De los más precoces. Que yo sepa, me corro desde los seis años. 

La mujer soltó una carcajada que sonó como un remolque. Él se quedó tan ancho. Dejó la última mordida del dulce sobre la mesa y se limpió en la manga. Se marchó con el detalle alienígena de decirle que le llamase por si necesitaba algo. 

La mujer mantuvo la sonrisa. Tenía la boca de un rape escorbútico. 

-Qué hijo de puta -acabó por decir-. No es mal tío, ¿sabe? Parece aburrido pero es un cachondo de la hostia. Hace años hasta tenía su no sé qué. 

Puso la vista en el televisor y la atención en algún lugar muy lejano. Me pregunté si alguna vez había habido algo entre los dos y me convencí en el acto de que era imposible. Juntos en un colchón encontraría la misma química que una llanta de tractor y un yorkshire. 

Nos presentamos en condiciones, estrechamiento varonil de manos incluido. Se llamaba Linda. A todas luces, sus padres se precipitaron al ponerle el nombre y llevaban treinta años gastándonos una broma de mal gusto. (Págs. 49-50)


 Sobre la calle había caído la noche adulta como una bolsa de basura negra y arrugada. Viejos neones a media vela, varias prostitutas en la preferente sesión nocturna, olores a cenas baratas de sartén mezclándose al salir de las ventanas, gritos de matrimonios deshaciéndose a los pies de una cama o empezando a hacerse sobre ella, ofertas drogadictas de camellos que nunca hacían sus deberes de sexto de primaria, gente de mala vida susurrando trapicheos o trapicheando susurros. (Pág. 56)

 

Me sirvió otra birra sin que la pidiese y se fue a atender a la extranjera desconocida. Mi atención la siguió como un perrito faldero. Sentía una curiosidad insana por aquella clienta. 

Su cabello rubio pilsen caía momio hasta los hombros, una suavidad algo revuelta y descuidada que mantenía delante del rostro sin que pareciese molestarla. En el perfil facial que dejaba a la vista no había marca de expresión alguna, lo que se consigue siendo desde pequeña más dura que las piedras del camino o cicatrizándolas de adulta durante una huelga de sentimientos prolongada, protesta ante una vida trágica o trágicamente vacía. Su piel tenía las tonalidades albaricoque de la gente blanca que trabaja al sol, seguramente un sol de altura. Por el contrario, las pecas pálidas que tenía espolvoreadas alrededor de las ojeras eran genéticas. La mano que sujetaba su absenta seguía hablando de trabajo al sol, dureza y piedras. La otra estaba semioculta con una venda blanca y decía tanto o más por lo que callaba. Llevaba unas gafas de pasta transparente y sombras vainilla, con cristales grandes y circulares, un modelo sobre el que la moda había defecado hacía lustros (Pag. 60) 


En fin, para qué más, si yo ya no puedo.



P.D. En una adenda, Alexis HB agradece mucho y a todo dios, y escribe, entre otras cosas: "Gracias por la valentía de apostar por la creatividad, por la literatura sin especulaciones".