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viernes, 4 de marzo de 2022

'Maestros antiguos', de Thomas Bernhard

Es posible que me haya ganado cierta fama de provocador. También, tal vez, de injusto, en especial para aquellos que consideran que lo justo es considerar que escribir y publicar merecen siempre alabanza, cuando no reverencia. Sin embargo, y como suele decirse, la realidad es más asombrosa que la ficción, o, al menos, avanza a marchas forzadas para igualarse a las elaboraciones más trastornadas de nuestra imaginación. Así, en lo que al mundillo literario se refiere, he leído reseñas empalagosas hasta el asco escritas por amigas/os del autor o autora, encumbramientos de supuestos maestros/as que carecían de la menor habilidad narrativa, entrevistas en las que un editor entrevistaba a un escritor que publicaba en la editorial del primero (sin que, por supuesto, jamás se informara al público lector de estos detalles), y cosas de este jaez.

Lo que no había visto, hasta el pasado sábado 26 de febrero, es que un autor reseñara su propia obra en un suplemento cultural. En este caso (por ahora único, pero que imagino que, una vez franqueado este límite, lo que representa una tragedia se repetirá, tal vez, como farsa), se trata, lo que no es casualidad, del actual decano de los reseñadores-golosina, Victoriano Santana Sanjurjo. El hombre se esfuerza durante dos páginas, que graciosamente le ha regalado el suplemento de La Provincia/El Día, en glosar su última obra, que parece ser una colección de reflexiones y pensamientos sobre asuntos varios que le han interesado y tal.

Este fenómeno tiene su enjundia porque, desde un punto de vista empresarial, advierto que el sombrío presente de los suplementos culturales se caracteriza por asegurar el abaratamiento de sus contenidos. Sabiendo que los periódicos de papel no reportan beneficios monetarios directos, sino influencia en otros ámbitos, salta a la vista la lógica de incurrir en los menores costes posibles. Si en tiempos ya antiguos se pagaba al reseñador o reseñadora de turno para que analizara una obra, más tarde, sobre todo a partir de la crisis surgida en el periodo 2008-2010 en adelante, se pasó a que se sobreentendiera que el pago se materializaba en capital simbólico. Es decir, que los individuos interesados solicitaban al periódico que publicara sus reseñas gratis, dándose por recompensados con la lectura de su nombre y apellidos. También, se aprovechó a los periodistas de la casa, más o menos especializados en Cultura, o simplemente que estaban en el lugar inadecuado en el peor momento, para que ampliaran sus funciones habituales y se convirtieran en sobrevenidos analistas de literatura y arte en general. El último paso, lógico como ya he dicho, es que los/as mismos/as autores/as se reseñen a sí mismos. Así, no solo se ahorra dinero, sino esfuerzo y tiempo. Al parecer, todo el mundo sale ganando. Menos el público lector, claro, pero qué más da.

Desde un punto de vista cultural, recalco, lo significativo no es que el Sr. Santana Sanjurjo haya perpetrado su propia reseña, sino por lo que representa: lo que antes venía haciéndose en la sombra, entrevistador/a, reseñador/a o pseudónimo mediante, se exhibirá ahora en toda su crudeza. Sin duda, todo este montaje reseñador se volverá todavía más insufrible. Al menos, ya nadie se llevará a engaño. Todo tiene su lado bueno.




Como lenitivo a la desvergüenza del mundillo cultural canario, si tal cosa, en realidad, puede denominarse como refiriéndonos a algo consistente, no ya objetivo (me refiero al mundillo literario, pero también a la industria cultural canaria), hoy comparto con Vds. la lectura de Maestros antiguos, de Thomas Bernard, un autor al que he reseñado alguna vez y que siempre me proporciona un refugio literario sin par.

Algo tiene el estilo del escritor austriaco que a pesar de su regodeo en la repetición, en el martilleo constante de los mismos conceptos y términos, no podemos dejar de prestarle atención y sentir un placer que quizás raye en lo masoquista. Para un/a lector/a novato/a o acostumbrado solo a las narraciones de estilo naturalista con su división en presentación-nudo-desenlace, la mayor parte de las obras de Bernhard deben resultarle incomprensibles y tediosas en distinta y subjetiva proporción.

Aun así, para el público lector reticente, intento buscar una metáfora o un símil para explicar el método del escritor austriaco: como una melodía que sonara igual una y otra vez, o casi, y así, lentamente, nos llevara hasta otra nueva o hasta su finalización. O como las fotografías de un satélite artificial que hiciera miles de fotografías en cuestión de minutos de una misma zona, de todo su giro alrededor del cuerpo celeste. Así, cada una sería casi exactamente igual que la anterior. No obstante, y a semejanza de una teoría inductiva, sacaríamos una conclusión, o llegaríamos a una revelación, después del relato repetitivo (¡pero cómo son esas repeticiones!) de un concepto, idea o visión.

En cuanto al contenido, Bernhard no decepciona, si es que esas eran nuestras expectativas, en cargar contra todo y contra todos: Austria, Viena, lo que no es Viena en Austria, los austriacos, los historiadores del arte, la cultura, los políticos, la Iglesia Católica, los pintores... ¡hasta los retretes y las costumbres higiénicas de Austria! Para mí, me resulta todo muy divertido, aunque no creo que fuera la diversión lo que motivara a este escritor. Su iconoclastia, real o fingida, es un rasgo característico de casi todas sus obras.


Los historiadores del arte son los verdaderos aniquiladores del arte, dijo Reger. Los historiadores del arte parlotean de arte hasta que, a fuerza de parlotear, lo matan. Los historiadores de arte matan el arte a fuerza de parlotear. Dios mío, pienso a menudo, sentado aquí en el banco, cuando los historiadores del arte pasan empujando a sus desvalidos rebaños, qué pena todos esos seres humanos, a los que precisamente esos historiadores del arte apartarán del arte, los apartarán para siempre, dijo Reger. La ocupación de los historiadores de arte es la peor ocupación que existe, y un historiador de arte charlatán, y al fin y al cabo sólo hay historiadores de arte charlatanes, debiera ser expulsado a latigazos, expulsado del mundo del arte a latigazos, dijo Reger, debieran ser expulsados del mundo del arte todos los historiadores de arte, porque los historiadores de arte son los verdaderos aniquiladores del arte y no debiéramos dejar que los historiadores de arte aniquilasen el arte en calidad de historiadores de arte. (Pág. 28)


Los llamados Maestros Antiguos sólo sirvieron siempre al Estado o a la Iglesia, lo que viene a ser lo mismo, así Reger una y otra vez, a un emperador o a un papa, a un duque o a un arzobispo. Así como el llamado hombre libre es una utopía, el llamado artista libre ha sido siempre una utopía, una locura, así Reger a menudo. Los artistas, los llamados grandes artistas, así Reger, pienso, son además los más faltos de escrúpulos de los hombres, mucho más faltos de escrúpulos aún que los políticos. Los artistas son los más hipócritas, todavía mucho más hipócritas que los políticos, así pues, los artistas del arte son todavía mucho más hipócritas que los artistas del Estado, vuelvo a oír ahora a Reger. Ese arte, al fin y al cabo, se dirige siempre al todopoderoso y al poderoso y se aparta del mundo, así Reger a menudo, ésa es su abyección. Miserable es ese arte y nada más, oigo decir ahora a Reger ayer, mientras lo observo hoy desde la Sala Sebastiano. (Págs 47-48)


(...) sabe, eso es en Viena, donde realmente todos los lavabos están más descuidados que en ninguna otra gran ciudad de Europa, una rareza, encontrar unos lavabos en los que no se le revuelva a uno el estómago y en los que no haya que taparse todo el tiempo, mientras se está en ellos, los ojos y las narices; los lavabos vieneses son en conjunto un escándalo, ni siquiera en la parte baja de los Balcanes se encuentran lavabos tan descuidados, dijo, Viena no es más que un escándalo de lavabos, hasta en los hoteles más famosos de la ciudad se encuentran lavabos escandalosos, los retretes más asquerosos se encuentran en Viena, más asquerosos que en cualquier otra ciudad, cuando uno tiene necesidad de hacer aguas se lleva la gran sorpresa. Viena es muy superficialmente famosa por su ópera, pero realmente temida y execrada por sus escandalosos lavabos. Los vieneses, incluso los austriacos en general, no tienen una cultura de lavabos, en todo el mundo no se encuentran unos retretes tan sucios y malolientes, dijo Reger. Tener que ir a los lavabos en Viena es la mayoría de las veces una catástrofe, en ellos, si no se es acróbata, se mancha uno, y el hedor que hay en ellos es tan grande que a menudo se queda en la ropa durante semanas. En general, dijo Reger, los austriacos son sucios, no hay habitantes de gran ciudad europea que sean más sucios, lo mismo que es sabido también que las viviendas europeas más sucias son las viviendas vienesas, las viviendas vienesas son todavía mucho más sucias que los lavabos vieneses. (Págs. 116-117)

 

Y los escritores austriacos en conjuto no tienen absolutamente nada que decir y ni siquiera saben escribir lo que no tienen que decir. Ninguno de esos escritores austriacos de hoy sabe escribir, todos se sacan de la manga una literatura de epógonos repulsivosentimental, dijo Reger, y escriben, escriban donde escriban, únicamente basura, escriben basura estiria y salzburguesa y carintia y burguenlandesa y bajoaustriaca y altoaustriaca y tirolesa y voralberguiana, y amontonan esa basura desvergonzadamente y con avidez de gloria entre las tapas de sus libros, así Reger. Están en sus viviendas municipales de Viena o cabañas de ocasión y confusión de Carintia o en los patios interiores de Estiria y escriben basura, la basura epigonal, apestosa y sin cabeza ni espíritu de los escritores austriacos, dijo Reger, en la que la patética tontería de esa gente apesta al cielo, así Reger. Sus libros no son más que la basura de dos y hasta de tres generaciones, que nunca aprendieron a escribir porque nunca aprendieron a pensar, una basura epigonal totalmente sin espíritu y que finge la filosofía y el terruño es lo que todos esos escritores escriben, dijo Reger. Todos esos libros de esos escritores más o menos asquerosamente oportunistas oficiales no son otra cosa que libros plagiados, dijo Reger, cada una de sus líneas es una línea robada, cada palabra una palabra arrebatada. (Págs. 155-156)

 

Aun así, en algún momento, aunque solo sea en una frase, nos sugiere que ni Austria, ni las demás personas son tan terribles. Como si hubiera necesitado una purga que lo eliminara todo salvo lo valioso, lo único realmente valioso.


Aborrecemos a los hombres y, sin embargo, queremos estar con ellos, porque sólo con los hombres y entre ellos tenemos una oportunidad de seguir viviendo y no volvernos locos. La verdad es que la soledad no la soportamos tanto tiempo, así Reger, creemos que podemos estar solos, creemos que podemos estar abandonados, nos convencemos de que podemos seguir adelante solos, así Reger, pero es una quimera. Creemos poder arreglárnoslas sin los hombres, en efecto, creemos incluso poder arreglárnoslas sin nadie y al fin y al cabo nos imaginamos que sólo tenemos una oportunidad si estamos solos con nosotros mismos, pero eso es una quimera. Sin hombres no tenemos la menor oportunidad de sobrevivir, dijo Reger, por muchos que sean los Grandes Ingenios y por muchos los Maestros Antiguos que hayamos tomado por compañeros, no sustituyen a nadie, así Reger, al final nos dejan solos todos esos, así llamados, Grandes Ingenios y esos, así llamados, Maestros Antiguos y vemos por añadidura que esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos se burlan de nosotros de la forma más innoble y comprobamos que con todos esos Grandes Ingenios y con todos esos Grandes Maestros sólo hemos existido siempre en una relación de burla. (Págs. 204-205)


En fin, puede que Vds. no tengan el ánimo para literatura atrabiliaria, aunque tampoco afirmaría que la novela les vaya a suscitar violentas pasiones en el ánimo. A estas alturas, seguro que habrán leído cosas más terribles. No obstante, este conjunto de imprecaciones valen menos, quizá, por a quiénes van dirigidas como por el modo (el estilo) en que se han escrito. Al final, Bernhard convence aunque no se esté de acuerdo con él. Yo les aconsejaría que se hicieran con la novela, al igual que con las otras obras de este escritor y de las que he escrito en el blog. 





martes, 22 de junio de 2021

'Paraguas rotos', de Luis Alberto Henríquez Hernández

No sé si es buena noticia, pero el ritmo de las publicaciones y presentaciones literarias está adquiriendo vigor pre-pandemia. Hace unos meses, nuestro añorado Emilio González Déniz publicó una novela que ya han elevado a los altares y más arriba, y unos días atrás, nuestra estrella local, Alexis Ravelo, sacó la número tropecientas de su personaje favorito (también le han hecho la oportuna entrevista jabonosa, a cargo de un hombre experto en esos menesteres espumosos). Las/os seguidores/as de ambos estarán contentos, consumirán sus novelas y harán loas a su maestría, a su bonhomía, a su pedagogía y a cualquier cosa que termine en -ía, etc. Hasta aquel buen hombre cuyas dotes de reseñador hagiográfico dimos cumplida cuenta como Jesús Ibrahim Chamali ha roto aguas con un libro de relatos. A buen seguro, por otro lado, que Santiago Gil estará preparando alguna cosa lírico-existencial de las suyas en la intimidad de su gabinete, indignado porque todo el mundo publica y él ya hace más de un mes que no. 

Como dicen algunos amantes de la Cultura con mayúsculas, que se publique mucho es positivo porque se crea patrimonio. Así, todo lo que tenga que ver con la Cultura es bueno porque es bueno si es Cultura, y viva la tautología; además, se ponen en valor la creatividad, la diversidad, la intertextualidad y demás conceptos fetiche. Ya saben que, para muchos, la Cultura, entendida como el disfrute de lo que les guste, nos hace mejores (en sentido moral e intelectual) y nos diferencia, por ejemplo, del plancton. 

Si a uno le gusta el teatro, pues entonces el teatro es la quintaesencia de la humanidad y el escenario es un espejo de las pasiones, crítica de la sociedad y venga con la catarsis; si a uno le gusta la ópera, pues nada a repantingarse en la butaca disfrutando de formar parte de una minoría selecta y exquisita, amante de los gorgoritos y de ponerse en pie a aplaudir, como si no hubiera mañana, a quienes se les acuse de abusar de mujeres; si a uno, en fin, gusta de leer versos o, peor aún, de escribirlos, no solo se regocijará al punto de la excitación por integrar la minoría de las minorías (lo cual proporciona el summum de la distinción) sino proclamará a los cuatro vientos la necesidad de la poesía para el feliz desenvolvimiento y progreso de la especie humana a pesar de estar formada de madera tan retorcida. Lo mismo puede aducirse para el ballet, los cuartetos de cuerda, la pintura, las instalaciones, los vídeos por ordenador, los grafiti o cualquier cosa que quepa imaginarse que se le etiquete como arte, y, mejor, si ha logrado ser aceptada en un museo o alguna institución de prestigio que la legitime. La que sea.

En realidad, resulta habitual proclamar como lo mejor o lo necesario a lo que uno se dedique o aquello por lo que uno sienta pasión o vicio. Cuando leemos, o lo intentamos, a Dulce Xerach, nos resulta meridiano que Xerach hipostasia la arquitectura: todo tiene que ver con la arquitectura, a los/las arquitectos/as no se le escucha bastante y la sociedad debería comprender su importancia, so pena de hundirse en la abyección. Cuando leemos la entrevista (casi a diario) en cualquier periódico local a un/a empresario/a o dirigente patronal, diríase que la humanidad carecería de sentido sin el liderazgo y la clarividencia de las personas empeñadas en sacarle partido a su capital y la plusvalía a sus trabajadores/as. Si uno/a es periodista, pues qué sería de la democracia, de la sociedad, y de la capa de ozono sin el periodismo, ya sea de investigación, ya de corta y pega. Y así con todo.

Lo señalo porque es un sesgo este que deberíamos tener en cuenta a la hora de blandir juicios y exhibir dogmatismos, a lo que somos tan dados los seres humanos y, dado el espacio del que nos ocupamos aquí, los aficionados y malvividores en distinto grado de la Literatura, del Arte y de todas esas cosas por las cuales hasta los más acendrados defensores del libre mercado piden hasta el hartazgo subvenciones a los poderes públicos.

Dicho lo cual, pasamos a una colección de cuentos publicada y presentada hará escasamente un mes o así: 


Ediciones Garoé, que conste.

Paraguas rotos es un conjunto de relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández cuyo leitmotiv es la idea de aniquilación, pero, por encima de todo, de la aniquilación propia. La mayoría de los relatos acaba con el protagonista, narrador en primera persona, enterrado o encerrado. Todo muy mal. Esto en sí no es ni positivo ni negativo: el autor tiene una concepción pesimista de la existencia que lo lleva a concluir sus historias de modo funesto. Lo que es negativo a mi entender es el tremendismo verbal que le lleva a decir en cinco frases lo que se puede en decir en una, sobre todo si tiene que ver con la corrupción o el desmembramiento. En cierto sentido (muy tangencial), me recuerda a Thomas Bernhard, aunque sólo en el concepto. Si uno lee al escritor austriaco, la misma palabra "aniquilación" está presente en casi todas las novelas, y, en muchas, escrita con profusión. Esa idea de acabamiento, de castigo de uno mismo, de llevarse al límite me parece que también está en los relatos de Luis Alberto Henríquez Hernández, aunque en este caso, más como un acto de contrición de consecuencias físicas. Las similitudes acaban ahí, claro.

La estructura de los relatos es lineal: algo mueve al protagonista a iniciar un viaje (más corto o más largo), se envuelto envuelto en la bruma, la confusión y las alucinaciones fantasmagóricas y, finalmente acaba, por lo general de modo bastante abrupto, por no decir precipitado, de la peor manera. En este sentido, el lector a partir del segundo relato comienza a esperar que algo fatídico va a ocurrir de forma inevitable, pero ese sentimiento no logra generar más que cierta impaciencia, fomentada, además, por la tendencia del autor, como hemos dicho, al relleno verbal de naturaleza redundante. 

Por otro lado, en numerosas ocasiones, los símiles que emplea el autor si no son tópicos, se me antojan impertinentes, en los que semejanza entre los objetos comparados es tan lejana o arbitraria que la lectura se ve sacudida por la extrañeza, en el mejor de los casos, y por el rechazo, en el peor.

Pero esa noche el descanso me fue negado. Los remordimientos y el horror se lanzaron sobre mis sueños como una jauría de lobos negros sobre un cordero abandonado, sumiéndome en una vorágine de oscuras alucinaciones de las que no fui capaz de despertar. Asistí con pavor al proceso de descomposición del cuerpo de mi padre. Le vi hincharse como un sapo en celo. La expresión de su cara se deformó hasta el límite de sus tejidos y, a continuación, se abrió en canal y soltó una marabunta de gusanos y la larvas de insectos variados que se retorcieron unos sobre otros mientras luchaban por un pedazo de carne muerta de mi padre. La arcada ascendió hasta mi garganta sin náusea previa, una contracción espasmódica del estómago producida por aquella nauseabunda visión. Notaba cómo el azufre se combinaba con el hidrógeno y saturaba mi centro olfativo de un olor putrefacto y vomitivo. Acto seguido, el viejo fue licuándose. Tomó un aspecto húmedo, ambarino, absolutamente repulsivo. Sus labios aparecían inflados y retraídos, mostraban una sonrisa siniestra a través de la cual asomaban lombrices blancas y voraces (...). (Págs. 16-17, relato Los muertos también lloran)

 También, algún error causado por la homofonía como "desecha en lágrimas" (en vez de deshecha) (Pág. 49, del relato Que Dios me perdone), que un/a corrector/a atento debería haber corregido (en el caso de que esta novela haya contado con un profesional así). Seguimos:

Divagaba, conversando conmigo mismo, cuando me di cuenta de que a mi alrededor solo había árboles. Los troncos se cerraban unos al lado de los otros, como si fueran una legión de dacios a las órdenes de un emperador cruel. Mantuve la calma. Agucé el oído intentando localizar los sonidos humanos del pueblo para así poder orientarme en el bosque. 

Nada. 

Una brisa ligera movía las ramas y las hojas, y arriba, entre las copas de los árboles, los cuervos graznaban a la montaña avisando de la presencia de un extraño. No me atreví a dar un paso más. Tuve la sensación de que el bosque se estrechaba en torno a mí y me susurraba palabras que no comprendía. La niebla, escasa hasta hacía un rato, comenzó a arremolinarse a mi alrededor. Densa. Una violencia pasiva que me puso alerta. (Págs 53-54, relato Que Dios me perdone)

 

La ciudad me había recibido sin ninguna emoción particular y dándome una cachetada helada en la cara. Corría el mes de noviembre y en esa latitud del planeta, la metrópoli se comportaba conmigo tal y como haría una amante despechada que se viera traicionada por la presencia de una segunda amante. Aun así, sus encantos eran evidentes y destacaban incluso bajo el manto oscuro de la noche de mi llegada. Antes de irme a dormir, una vez alojado en el hotel, había repasado mis escasas notas preliminares y puesto en orden la secuencia de trasbordos que realizar en el transporte público subterráneo para llegar, a primera hora de la mañana siguiente, a la cita con Jacques. (Pág. 61, relato Sofocado)

 

En este mismo relato, el autor compara en apenas una páginas a los vagones del metro como "un pulmón de metal herrumbroso y agotado, insuficiente y disneico (pág. 66), "El tren me recordaba a un buceador" (misma página), "En lo que el tren se llenaba de nuevo y arrancaba, la mayoría de la corriente humana de la que formaba parte se había salido del apeadero. Como si hubieran vaciado la cisterna de un baño público" (misma página). Asimismo, los seres humanos que se desplazan por el subterráneo son "magma humano" (pág. 66), otras como "una familia de hámsteres" (pág. 67), o "una masa informe de individuos" (Pág. 68), "Hormigas atareadas" (misma página) o "cucarachas guiadas por antenas invisibles" (pág. 70). También, más adelante: "Atravesé la marabunta de gente que había en el mercadillo. Gusanos atareados que se acumulaban en torno a un cadáver en descomposición" (pág. 214, en el relato Reflejos macabros). Aparte del exceso de símiles y metáforas, la impresión que obtiene el lector (o lectora) de la visión de los seres humanos del autor es desconsoladora, y también un poco antigua, es decir, esa visión de la masa descerebrada, de reacciones animales, tan en boga en las primeras décadas del siglo XX en autores, entre otros, como Le Bon y Ortega y Gasset, y que, de cuando en cuando, asoma entre aristócratas del gusto, poetas laureados y políticos mezquinos por la que se niega humanidad a la humanidad.

Asimismo, aun a riesgo de ofrecer una interpretación también un tanto extrema, ese protagonista narrador en primera persona de los relatos, que apenas se relaciona con los demás, como una mónada encerrada en sí misma y la mayor parte del tiempo hostil con otras mónadas que aparecen en su discurrir, podría considerarse una metáfora del ser humano de nuestro tiempo, arrastrándose penosamente bajo el peso de un capitalismo de última hornada que sigue presionando con fuerza para destruir todo lo comunitario con el fin de apropiárselo y convertirlo en objeto de compraventa. También, para transformar a la sociedad en una constelación de individuos que solo se relacionen con los demás a través del mercado. Individuos aislados, fácilmente mensurables y etiquetados, en un entorno social degradado y en un contexto laboral cada vez más precarizado. Frente a ello, una consecuencia posible es la angustia de ese ser humano solitario y desamparado y, como dijimos, las fantasías de aniquilación propias y de los demás, algo que en el plano político suele venir entroncado con la aparición de movimientos de extrema derecha que se nutren del resentimiento, sobre todo, de lo que antes se llamaba pequeña burguesía y hoy, clase media.

En en estos relatos, la angustia está travestida con el ropaje de lo fantasmal y con el de la psicopatía y la locura. Sigamos con las citas:

Creo que me estoy volviendo loco. No es algo progresivo que hubiera estado gestándose como una enfermedad bacteriana. Ni poco a poco, como dice la canción o como ocurre cuando se tiene una erección por cortesía. No. Ha sido de repente. De sopetón he sabido, tan lúcida y cristalinamente como se refleja el sol en las pupilas dilatadas tras una noche de excesos, que mi cerebro no es como lo recordaba. (Pág. 79, del relato Rompecabezas, comecocos y otros juegos de la mente)

Como si mi cerebro estuviera hecho de piezas, miles de pequeñas piezas que encajan delicadamente para formar un complejo rompecabezas en tres dimensiones. (Pág. 84, del mismo relato)

 

Podríamos seguir con esos símiles fallidos: "como un panal fabricado por abejas obreras asalariadas por la parca" (pág.109, en Luto), o "le hice un aspaviento con la mano libre, como quien espanta las moscas que se alimentan de un trozo de carne podrida" o "la oscuridad se adueñó poco a poco del entorno, como el metal que se estrecha en torno al cuello de un condenado a morir a garrote vil" (pág. 174, en Copilul bisericii negre) o tópicos como "radiante como la luz al final del túnel" (pág. 109, Luto) o "Plana como la línea de un encefalograma plano en una sala de autopsias" (pág. 143, en Conciencia expandida). Dejémoslo ya.

En fin, estos relatos no pueden leerse como si su intención fuera causar miedo. No son cuentos de terror, propiamente dichos. La sangre a borbotones y los desmembramientos, así como los escalofríos y la lividez y el sudor frío no bastan. Recordemos, a este respecto, aquella novela de Leandro Pinto, Abismo, que adolecía del mismo defecto. El miedo que puede causar la lectura de Drácula, de Bram Stoker (objeto, por cierto, de una aguda lectura sociológica por Juan Carlos Rodríguez en La norma literaria) o en algunas de las mejores novelas de Stephen King no está al alcance de cualquiera, me temo. Más bien, repito, me parecen el trasunto de una necesidad de expiación o, al menos, de válvula de escape de las inquietudes del autor, cualesquiera que sean éstas.

EN DEFINITIVA, la impresión general de este volumen es la de un desahogo verbal, con algún relato que apunta maneras, a pesar de sus evidentes defectos, como, sobre todo, Sofocado, con su particular versión del flâneur, o también Luto y Reflejos macabros. Hay algo de literatura envejecida, de temática resobada, incluso fosilizada, no solo en los temas sino también en el estilo que hacen desdeñable este conjunto de narraciones. 

Resulta evidente que el autor ha querido escribir, y lo ha hecho con pasión, pero es dudoso que lo escrito es algo que él mismo hubiese deseado leer. Más bien, resulta una especie de terapia que si no hubiese tomado la forma literaria, habría sido darle puñetazos a un saco de boxeo o tirarle piedras a una galería de cristales para provocar el mayor estrépito posible. No dudo que Luis Alberto Henríquez se haya quedado a gusto. El problema es que el público lector, quizá, no. 

No obstante, y llámenme soñador si les apetece, creo que Luis Alberto Henríquez tiene algo, que limado, pulido y trabajado, podría transmutarse en historias dignas de atención. En principio, le aconsejaría abandonar la truculencia, quizá el género del horror; contenerse en el flujo verbal, estructurar mejor sus narraciones sin dejarse dominar por la impaciencia, y no cejar en el refinamiento del estilo. 

Ahí queda eso.



P.D. Otra reseña, más elogiosa que la mía, pero, eso sí, un tanto desganada, aquí.










martes, 20 de octubre de 2020

'Hormigón', de Thomas Bernhard

En esas fantasías semiinconscientes previas a la siesta, imagino una revista cultural escrita sólo a base de reseñas: reseñas de novelas, reseñas de poesía, reseñas de instalaciones, reseñas de pinturas, reseñas de arquitectura, reseñas de escultura... Incluso reseñas de conferencias (esta idea es de Javier Moreno) y, por qué no, reseñas de reseñas. Esto último, la verdad sea dicha, lo practico con cierta frecuencia, aunque tal vez menos de lo que resultaría necesario, tal es el nivel de degradación y postración en el que lleva sumida la crítica literaria (y las reseñas y las impresiones de lectura), por lo general, en nuestro país y en nuestra Comunidad.

De hecho, ya hace casi cuatro años fue la lectura de una reseña de aquella pésima novelita de González Déniz titulada El tren delantero la que me proporcionó el impulso definitivo para crear este blog. Hago hincapié en que fue la reseña, y no la novela, la que suscitó la indignación. Una novela puede ser mejor o peor, más o menos deplorable, más o menos pasable. A veces, incluso buena. Lo que no tiene un pase, ni informativa ni moralmente, es la reseña amical, maravillosista, buenrollista, de favor, de intercambio de dones o mercantil, que se resume en mentir al público lector y en callar lo que se debería decir.

Esta postura ya la conocen de sobra los seguidores/as del blog, y por ello no solo critico las creaciones literarias, sino que procuro incluir también a los/as reseñadores/as, con nombre y apellidos y los medios en que publican. De todos modos, soy consciente de que el campo cultural está estructurado de tal modo que es casi imposible que se pueda ejercer la crítica honesta de manera continuada. Aun así, hasta hoy, era de mal gusto criticar al que ejerce mal su labor: reseñadores de ocasión, escritores/as más o menos aturdidos/as o periodistas culturales tenían patente de corso para su adulación sin fundamento.

A este respecto, me viene a la memoria el reto que le planteaba Sócrates a su joven interlocutor Menéxeno, en el diálogo homónimo de Platón, en el que le aseguraba ser capaz de componer sobre la marcha un discurso fúnebre recordando fragmentos  de otros ya recitados. En este sentido, me veo perfectamente capaz de escribir una reseña empalagosa de esas que vemos con frecuencia en periódicos y cuadernillos culturales sin leer siquiera la obra a la que aluda. Sospecho, por otro lado, que esa es una práctica habitual, por vergonzosa que sea, de nuestros hagiógrafos y maravillosistas de la cultura.

En otro orden de cosas, González Déniz ha sacado novela, lo que será motivo de alegría para deudos y allegados. Leyendo la reseña de Felipe García Landín en el Canarias7, Emilio González Déniz ha vuelto a relucir maestría y magisterio, cómo no. Alexis Ravelo, también ha publicado. En su caso, estoy tentado de pensar que es una especie de manía, porque no acabamos de leer una novela (si tal fuera el caso) cuando ya nos ofrece la siguiente. No obstante, no llega a la producción estajanovista de Santiago Gil, quien a veces da la impresión de que publica más que escribe. Respecto de la novela de Ravelo, no he leído nada al respecto aún, pero imagino que no tardarán en volver a calificarlo de "maestro" o una tontada de esas.

Fantaseo, sin llegar a anhelarlo, con que tamaña dedicación se vea recompensada en todos los casos por el Premio Canarias de Literatura: se merecen los unos al otro.

Cráneos previlegiados.




Sin embargo, todo no va a ser tristeza, ira o indignación en la casa del reseñador. Con frecuencia, más de lo que da a entender, lee buenas novelas, como podrán comprobar Vds. mismos si repasan el historial de lecturas del Polillas. En especial, cuando ya cuenta con precedentes, como es el caso de la obra de Thomas Bernhard. Hoy, sin ir más lejos, comparto la lectura de Hormigón.

Esta es una novela de reducida extensión, de unas 103 páginas, pero tan reconcentrada, tan densa, tan bernhardiana que vale por una del doble, o por un millón de microrrelatos, tan de moda en los últimos tiempos, a tenor de los concursos literarios que los reclaman. En todo caso, no es de longitud ni de grosor de lo que vengo a hablar aquí, sino de esa capacidad del escritor austriaco de ir roturando el campo alrededor de las obsesiones y anhelos del protagonista. Una roturación lenta, profunda y constante con la que todo el terreno moral del protagonista se ve penetrado por el arado indagador del novelista. Mirado así, no sé si mi reflexión es más agrícola que sexual o viceversa.

En Hormigón, a poco que la lean con atención, verán temas y motivos que se desarrollarán más tarde en esa novela superior que es Tala, que sigue impresionándome. Imagino, creo que lo he dicho en alguna ocasión, que Bernhard es mal ejemplo para el aprendiz de escritor. Igual que Borges, con el que no tiene nada que ver. Ambos, sin embargo, hacen surgir el lado más mimético del lector que pretenda escribir, y por tanto su sombra cipresca (ahora que estamos conmemorando a Miguel Delibes) es demasiado acogedora, por mucho que las divagaciones y obsesiones del protagonista no inviten al descanso ni a la relajación, ni mucho menos.

Hagámonos cargo de que su prosa, traducida aquí por Miguel Sáenz, es repetitiva, masiva, gravitatoria, centrípeta y machacona, y al mismo tiempo, por todo eso, fascinante, con un ritmo implacable, quizá difícil de aprehender en muchas ocasiones. Una prosa difícil, es cierto, pero es posible que ciertas cosas no puedan expresarse de otro modo. El resultado sigue siendo demoledor.

Toda publicación es una tontería, y prueba de un desagradable rasgo de carácter. Editar la inteligencia es el más vergonzoso de los crímenes y yo no he vacilado en cometer varias veces ese crimen, el más vergonzoso de todos. Al fin y al cabo, ni siquiera fue la grosera necesidad de comunicarme, porque nunca he querido comunicar nada a nadie, con eso no tenía ninguna relación, fueron simples ansias de gloria y nada más. Qué suerte no haber editado Nietzsche y Schönberg, por no hablar de Reger, no me lo perdonaría. Si ya los otros miles y cientos de miles de escritos publicados me asquean, los propios me asquean de la forma más horrible. Pero no escapamos a la vanidad, a las ansias de gloria, entramos en ella, como si la necesitáramos, con la cabeza muy alta, aunque sabemos que nuestra forma de actuar es imperdonable y perversa. (Pág. 38)

Tener que seguir asqueándome de un desayuno hecho por mí mismo a otro desayuno, de una cena hecha por mí mismo a otra cena, de una decepción meteorológica a otra decepción. Tener que leer diariamente los periódicos y su porquería política local, su obtusa suciedad política y económica y ensayística. No poder sustraerme a esos periódicos y a sus asquerosos productos, porque, por otra parte, tengo que devorar diariamente con gran ansia esa suciedad de los periódicos, como si padeciera francamente una perversa gula periodística. No poder sustraerme en absoluto, aunque tenga la voluntad para ello, realmente la voluntad de sobrevivir, a todas esas suciedades públicas y publicadas, porque no puedo sustraerme a esa gula de ellas, a todas esas perversas historias de terror de la Ballhausplatz, donde un Canciller que se ha convertido en un peligro público da a sus idiotas de Ministros órdenes que son igualmente un peligro público. (Pág.71)


Los amigos de antes, o están muertos y han vivido una vida infeliz, se han vuelto locos antes de morir, o viven en alguna parte y no me interesan ya. Todos se han quedado atascados en sus ideas y, entretanto, se han hecho viejos, y en el fondo, aunque, como me consta, se debatan furiosamente aquí o allá, han renunciado. Si nos los encontramos, hablan como si no hubiera pasado el tiempo en los últimos decenios y hablan por lo tanto en el vacío. Hubo un tiempo en que realmente cultivé mis amistades, como suele decirse. Pero todo eso se rompió en algún momento y, prescindiendo de que, de cuando en cuando, leo en los periódicos algo de éste o de aquél, a los que en otro tiempo consideraba indispensables, alguna tontería, alguna insulsez, no sé ya nada de ellos. Casi todos han fundado una familia, como suele decirse, han hecho sus negocios y se han construido casas y han tratado de asegurarse por todas partes y, con el transcurso del tiempo, se han vuelto carentes de interés. No los veo ya y, si los veo, no tenemos nada más que decirnos. Uno insiste ininterrumpidamente en que es artista, otro, científico, un tercero, comerciante de éxito, y eso me pone ya malo, sólo con verlos y mucho antes aún de que abran la boca, de la que sólo brotan cosas triviales y, una y otra vez, sólo leídas y ninguna propia. (Pág. 92)


En manos de escritores/as menos dotados/as, o con menos oficio, todo podría haberse convertido en cháchara y verborrea yoísta, carente, por tanto, del menor interés. El talento, o lo que quiera que sea que Bernhard posee, lo transmuta en introspección valiosa, en espejo en el que en menor o mayor medida nos vemos y, me temo, nos rechazamos. El protagonista de la novela nos sumerge en las contradicciones y crueldades en las que recaemos una y otra vez. Eso, teniendo en cuenta que muy poca gente podría identificarse en modo alguno con él, atendiendo a sus características socioeconómicas o morales. No hay manera de salir indemne de la lectura de las obras de este escritor, ni siquiera esbozando una sonrisa de suficiencia.

En fin, diga Bernhard y diga horror a los puntos y aparte, diga hostilidad a los puntos y seguido; diga amor por las comas y las oraciones complejas y extensas. Diga discurso vitriólico, diga exceso e ira. Podría pensarse que el personaje público no era tan libertario, ni mucho menos, y que gustaba de recibir premios y honores de aquellas autoridades e instituciones que tanto decía detestar. Puede ser, pero no creo que importe demasiado a la hora de juzgar su literatura, que expresa el malestar de una generación del Estado de Bienestar centroeuropeo tanto como puede expresarlo ahora para los que solo hemos vivido sus restos, de entre los cuales parecen haber resurgido la intolerancia y el autoritarismo sin complejos

Sigamos adelante.














domingo, 27 de octubre de 2019

'Corrección', de Thomas Bernhard

Vivir con la literatura puede no ser sencillo. A veces, se convierte en una forma de ocupación profesional o semiprofesional que le sustrae a su ejecutante mucho tiempo y le obliga a realizar sobreesfuerzos. En cambio, vivir de la literatura es una tarea poco menos que imposible salvo para una minoría. Y si añadimos el adverbio exclusivamente, entendiendo por tal vivir de la venta de la propia obra, aún más. No hay en esta reflexión ningún propósito normativo. Un literato puede trabajar toda la vida en el Ayuntamiento de Madrid como, por ejemplo, Luis Mateo Díez, escribir con normalidad y, lo que quizá sea más importante, publicar con regularidad. Para él, este trabajo de funcionario le proporciona independencia para escribir lo que le dé la gana. Otros podrían opinar que vivir de lo que se escribe es lo que proporciona tiempo para desarrollar una obra literaria de calidad.

En España, lo corriente es que escritores y escritoras combinen su actividad artística con un trabajo u oficio de cualquier tipo. Si no, dan clases de escritura o sobreviven de subvenciones encubiertas a base de charlas, talleres y demás quincalla que tienen a bien proporcionar aquellas administraciones con ínfulas culturales. Al fin y al cabo, los tiempos de la bohemia que implicaban un rechazo del sistema (económico, social, político) han quedado muy atrás, y lo que queda es una vaga reminiscencia del concepto romántico del autor como genio y una muy firme versión secularizada del concepto calvinista del éxito como demostración de la propia valía (en nuestros tiempos y en la jerga coaching: marca personal).

Podríamos resumir todo lo anterior es que los/las escritores/as se ganan la vida como pueden. Dada la fragmentación del mercado en lengua española, aquellos y aquellas escriben lo que pueden y viven como les dejen. Más o menos como siempre, y con los matices que la sociedad neoliberal y la web 2.0, íntimamente imbricadas, caracterizan nuestro tiempo. En clave local, tenemos la presencia personal constante en las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram, Youtube, etc.) y, en los casos más conspicuos, en las tribunas mediáticas tradicionales (prensa y radio, sobre todo, más alguna aparición en la televisión autonómica) y el apadrinamiento por algún partido político (todos tienen su grupito de artistas). Eso, los más populares, porque el desarrollo del mercado de publicaciones para "aprender a escribir una novela" ha conseguido que muchas personas alberguen la fantasía doppelgänger de que existe un/a escritor/a dentro a la espera de que se produzca el ansiado reconocimiento, ya sea con obra o sin ella. Estoy seguro de que el Ayuntamiento de mis lectores está lleno de novelistas a tiempo parcial.




Estas reflexiones vienen a propósito de la lectura de Corrección, de Thomas Bernhard. Más bien, por el autor, que supo combinar muy bien una obra en la que rechazaba, y odiaba, a Austria, a Viena, a la clase política y a los artistas con la aceptación de premios literarios en su país provenientes de aquellos a quienes mismo criticaba con tanta ferocidad. Podemos interpretarlo como  su victoria sobre los prejuicios político-literarios del mundillo literario o como cierta doblez de carácter moral de la que muy pocos escritores y artistas parecen haber escapado, ya a su pesar, ya con abierto gozo. Recordemos, sin ir más lejos, a Camilo José Cela y sus declaraciones sobre el premio Príncipe de Asturias o a Javier Cercas respecto del Planeta. Algo tiene el reconocimiento institucional (público como el primero o privado como el segundo), alguna calidad superior al aprecio de los lectores, y no solo en lo que respecta al beneficio monetario, que tuerce las voluntades aparentemente más inflexibles.

No obstante lo cual, e independientemente de ello, tengo que decir (y no es la primera vez), que las obras que he leído de Thomas Bernhard (es decir, sus traducciones) no han fallado en dejarme huella en forma de cierta sensación en el ánimo que a veces califico de escepticismo moral; otras, de una vaga melancolía teñida de misantropía con tendencia a perdurar.

A grandes rasgos, en Corrección, Bernhard nos cuenta a través de un narrador interpuesto la historia de la obsesión de un profesor universitario, Roithamer, por la construcción de un edificio, el Cono, a su hermana, que muere antes de habitarlo. Pero, sin duda, hay más. Esa narración contada por un amigo se desencadena por el suicidio de Roithamer en su tierra natal, Altensam, en uno de sus retornos periódicos desde Inglaterra. La novela está dividida en dos partes. En la primera, este amigo nos cuenta sus motivaciones, preocupaciones y recuerdos de Rotheimer, quien lo había nombrado albacea de su "legado". En la segunda, a partir de sus escritos, la voz de Roithamer habla en primera persona. El Cono, sus relaciones con sus hermanos y hermana, y con sus padres, sus reflexiones sobre la vida adquieren un relieve lleno de aristas ensangrentadas. Es un descenso a la mente de Roithamer en la que todo es sometida a la crítica cáustica y vitriólica tan propia de Bernhard

¿Y la prosa? Esas frases largas y sinuosas, llenas de aposiciones, ese rechazo al punto y seguido y, más aún, al punto y aparte. Ese flujo del pensamiento tan característico de los personajes de este autor. Más bien, del personaje que piensa: los demás solo figuran como objetos de su pensamiento. Incluso cuando otro personaje es su vocero. También, en determinadas escenas, esa monomanía con la que nos obliga a centrarnos en un asunto, y solo en él. Esa repetición de palabras que, al menos en el uso convencional del español (ignoro si ocurre lo mismo en el alemán) se suele rechazar sin pensar y que en su obra es un procedimiento estilístico definitorio.


Si estaba en Inglaterra, según él, pensaba continuamente sólo en eso, siempre y enseguida, cualquiera que fuese mi estado de ánimo, si estuviera en la buhardilla de los Höller y, por otra parte, le era evidente que ir a vivir para siempre a la buhardilla de los Höller no equivaldría a poder pensar siempre libremente y sin estorbos, en realidad, una, como él dice, infinita estancia en la buhardilla de los Höller, si es que esa infinita estancia en la buhardilla de los Höller hubiera sido posible, no habría conducido más que a su total aniquilación, si me quedo más de lo necesario en la buhardilla de los Höller, según él, iré, en el más breve de los plazos a mi perdición, acabaré por completo, ése era su pensamiento, por lo que siempre había permanecido en la buhardilla de los Höller sólo un período determinado, imprevisible para él mismo, pero, sin embargo, exactamente medido, el período ideal de permanencia en la buhardilla de los Höller debe de haber sido, para él, de catorce o quince días, como se desprende de sus notas, siempre sólo de catorce o quince días, al decimocuarto o decimoquinto día, así Höller, Roithamer había hecho siempre el equipaje con la velocidad del rayo y se había dirigido a Altensam, pero con frecuencia no para quedarse en Altensam un período bastante largo, sino el más breve de los períodos, lo mismo que siempre permanecía en Altensam el período más breve, el más necesario, no aguantaba en Altensam más que el más breve o más superbreve de los períodos, y había ocurrido que se alojara en casa de los Höller, sin duda con la intención de ir quince días después a Altensam y, después de catorce o quince días, en lugar de dirigirse a Altensam, donde estaba anunciado y lo esperaban, había vuelto directamente a Inglaterra desde la morada de los Höller en la garganta del Aurach (...) (Págs. 15-16)


No entendía nada de teatro ni de música, y tampoco tenía por ellos ninguna afición, pero para ella el teatro (en Linz) y la música (en Linz), porque asistía también a los conciertos bastante importantes de Linz, eran una oportunidad y un pretexto, y no sólo para abastecerse en la perfumería de Linz de toda la basura aromática imaginable (así mi padre), esas salidas al teatro y los conciertos eran también siempre un medio de probarnos sus conocimientos de arte y su necesidad de cultura, y sobre todo de humillar a mi padre con esas salidas, a ese, como decía ella siempre, hombre sin cultura, que no tiene la menor afición por el gran arte, de llamar la atención con esas salidas suyas que, así mi padre, costaban un montón de dinero, sobre su propia cultura. Pero, en realidad, nuestra madre no tenía ninguna cultura, ni la más mínima cultura, y nuestro padre, que realmente no tenía ninguna afición por una clase de cultura como la que ella tenía en la cabeza, y en eso tenía ella toda la razón, porque él no tenía ninguna afición, sólo por el hecho de que no tenía ninguna afición por esa clase de cultura, tenía cultura, así Roithamer. Mi padre, por lo menos, leía una y otra vez lo que se llama un buen libro, pero mi madre, durante todo el tiempo que estuve cerca de ella, así Roithamer, jamás leyó un buen libro, odiaba como la peste todo lo relacionado con los libros, especialmente los libros buenos, como decía ella misma, y había hecho siempre también todo lo posible para mantenernos alejados a nosotros, o sea, también a mis hermanos, de los llamados libros buenos, pero por principio de todos los libros, para no dejar que surgiera la posibilidad de acercarnos a libros buenos o a libros siquiera (...). (Págs. 260-261)

Permítanme resaltarles un gran párrafo que, intuyo, puede ser el eje de la ética del trabajo, por llamarla así, o del ánimo creador, poco menos que furibundo, del escritor austriaco:


Cuando estemos obsesionados por una idea, porque nos hemos ocupado de realizar esa idea, porque nos hemos ocupado de esa idea continua e ininterrumpidamente y siempre en el más alto grado, nos hemos concentrado siempre en esa idea (véase el Cono), no hemos sido ya más que concentración en esa idea, cuando podemos hacer realidad lo que hemos previsto, aunque nos hayan tenido por tan locos como quieran y nosotros mismos nos hayamos tenido por locos, por tener esa idea. Cuando, en contra de todo, se ha logrado la realización de la idea. Cuando no hemos escuchado nada durante años, durante decenios, sólo esa idea con la que somos idénticos. Sólo alcanzamos aquello en lo que nos concentramos al ciento por ciento y, de hecho, también con nuestro llamado subconsciente, cuando durante un tiempo larguísimo, hasta el momento de conseguir nuestro objetivo, no escuchamos más que ese objetivo. Cuando tenemos conciencia siempre del hecho de que todo ha conspirado siempre contra nuestro objetivo, de que todo, salvo nosotros y, muy a menudo, también muchas cosas dentro de nosotros, no es más que una conspiración contra nuestro proyecto, contra nuestro objetivo. Cuando somos despiadados y de lo más despiadado contra todo lo que obstaculiza nuestro trabajo hacia nuestro objetivo, lo que torpedea nuestro objetivo, cuando, en definitiva, tomamos posición contra nosotros mismos, porque tampoco nosotros creemos ya, en contra de toda esa resistencia y, por tanto, repugnancia hacia nuestro objetivo, que abarca, que lo abarca todo, poder alcanzar nuestro objetivo, porque continuamente nos vemos acometidos por las dudas sobre nosotros mismos y, por ello, de nuestro objetivo, y somos debilitados por esas dudas, lo que nos hace parecer imposible alcanzar nuestro objetivo, pero no debemos dejarnos apartar de nuestro objetivo por nada, nada está subrayado, lo mismo que yo jamás me he dejado apartar de mi objetivo, así Roithamer, porque, así Roithamer, todo está siempre en contra de todo objetivo. (Págs. 208-209)

No es una novela fácil, no diría que tampoco que es una novela exquisita o sublime. Quizá tiene esos atributos, pero me resisto a utilizar esas palabras tan propias de periodismo cultural. Es, en cambio, cognitiva y moral; es transformadora. Mucho más dura de lo que parece en un primer momento. La soledad, la amistad, el odio, el desprecio, toda esos sentimientos, que se mimetizan con el entorno físico o familiar o son causados por este. Utilizando una metáfora corriente, diría que Bernhard corta en canal la mente de Roithamer (y también del narrador anónimo) para permitirnos ver sus vacilaciones, pasiones, dudas y obsesiones. Que son, cómo no, también las nuestras, porque pasamos más tiempo obsesionados con las miserias y anhelos que nos persiguen dentro de nuestra cabeza que siendo (o intentando ser) sublimes o exquisitos. Y menos mal. 

Espero, aunque creo que no lo estoy consiguiendo del todo, no caer en ese maniqueísmo que subyace a las obras que he leído de este autor, en cuanto que las disyuntivas morales parecen, a veces, demasiado rígidas. En todo caso, me reconozco en esa humanidad que tan bien describe y analiza Thomas Bernhard.




















jueves, 10 de octubre de 2019

Campanadas de iglesia de barrio


Pensaba esperar unos cuantos días más, cuando hubiese vuelto a la oficina después del mes de vacaciones, para leer alguna novelita de autoría local y reseñarla, así tuvieran algo de lo que regocijarse (¿escandalizarse?) tras este lapso transcurrido sin noticias mías. No obstante, después de comer (pasta rellena de espinacas y una enorme y antivegetariana salchicha alemana de dimensiones BBC) decidí, en cambio, compartir con Vds. algunas reflexiones de tinte literario, quizá un tanto desaforadas, a la manera que tienen algunas iglesias de barrio de anunciar la misa, que bien podría confundirse con jolgorio secular.

Esta decisión, como pueden deducir, no la tomé en esos instantes previos al sueño nocturno, de cuya influencia en el proceso creativo tanto desconfiaba Raymond Chandler (1), sino a plena luz del día, por lo que merece credibilidad diurna. Cuando no estamos cansados, con los sentidos aguzados, la razón es un superyó riguroso, un déspota no del todo benigno que permite muy pocas iniciativas descabelladas. Me permito aventurar la hipótesis de que ninguna obra maestra literaria se haya escrito a las once de la mañana.

Por el día, nos permitimos poco, demasiado maniatados por la cordura y la prudencia; estreñidos por el sentido común. Por la noche, todo parece posible para nuestra voluntad, incluso para el más mentecato. La luz nos disfraza de sirvientes de lo posible, pero gracias a la oscuridad soñamos, o mejor dicho, recordamos que somos "reyes con trajes dorados a lomos de elefantes" (2). 


Así, puedo contarles que estas semanas de ausencia me han servido para comprobar que Juan Benet y Gabriel García Márquez publicaron el mismo año las novelas (Volverás a Región y Cien años de soledad, respectivamente) que los encumbraron en la historia de la literatura. Del mismo modo, en ambas novelas se usa una comparación paleozoica:



A medida que el camino se ondula y encrespa el paisaje cambia: al monte bajo suceden esas praderas amplias (por donde se dice que pasta una raza salvaje de caballos enanos) de peligroso aspecto, erizadas y atravesadas por las crestas azuladas y fétidas de la caliza carbonífera, semejantes al espinazo de un monstruo cuaternario que deja transcurrir su letargo con la cabeza hundida en el pantano. (Volverás a Región)

Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. (Cien años de soledad)

52 años después de su publicación, leo Volverás a Región, y me atrae esa prosa de frases largas y enrevesadas, y esas comparaciones insólitas y ese olvido de lo fácil, no porque lo fácil sea fácil y lo difícil me hará grande, sino porque hay cosas (tanto físicas como abstractas) que solo se pueden contar de (con) una forma determinada, como señala, entre otros, de manera muy convincente Martha C. Nussbaum (3). De Cien años de soledad, qué les voy a contar que no se sepa ya y no se haya contado en infinitas repeticiones y variaciones, salvo que la descubrí con catorce años y la leí 5 o 6 veces hasta los 20. Me gusta imaginar que yace ahí, en el cerebro, inserta durante mi proceso de maduración en adulto en alguna protuberancia caliginosa. A veces, achaco mi precipitación en el habla, esos traspiés lingüísticos en los que incurro en el peor momento, en que Cien años de soledad presiona, cuando me pongo nervioso o me disgusto, el área de Broca. 

Al mismo tiempo que la de Benet, pero a mayor ritmo, estoy también con otra novela difícil: Corrección, de Thomas Bernhard. Si es lector/a, léala (antes, durante o después de Tala: para lo bueno siempre debe haber tiempo); si quiere ser escritor/a, absténgase hasta que ya esté formado/a literariamente (en la medida que se pueda afirmar eso) y haya perdido de modo definitivo la fe en la cultura como mecanismo de redención de la Humanidad; o, quizá, pueda vivir del oficio (a ser posible, sin dar clases de escritura, por favor). Bernhard, como Borges, es nocivo para el estilo propio (traductor mediante): frente a un parásito letal para el huésped como este, debe el aspirante a escritor/a vacunarse primero, so pena de convertirse en un epígono ridículo o, lo que no sé si es peor, como la carcasa humana de La cosa (4): el títere de un ente. Maten a Borges, que dijo Witold Gombrowicz. Maten a Bernhard, añadiría yo. En todo caso, mejor imítenlos, tírenlo todo y comiencen de nuevo. Y con ese todo, también la cursilería, la pretenciosidad y, si me apuran, el buenrollismo caza-contactos de cóctel y canapé.


Eso sí, he acabado una ¿novela? ¿manual de literatura? ¿Una mavela? Rafael Reig me sorprende gratamente con su Señales de humo. Manual de literatura para caníbales I (2016). Amena y erudita, quizá excesivamente dicotómica y sesgada a la hora de criticar y juzgar la literatura española y sus figuras señeras (institucionalizadas), como señala Vicente Luis Mora, esta obra merece atención y respeto, por su amor a la literatura y por su voluntario carácter polémico. Sobre todo para aquellos/as que consideramos que la cultura popular no es, como se pretende a veces, la cultura de masas, esputo de la industria cultural, y así poder compararla (subestimarla/ningunearla) frente a la alta cultura. El tiempo, además, escasea para dedicarlo a las porquerías, a los productos de consumo cultural, abrevadero para los consumidores culturales, de los que está inundado el mercado. Por otro lado, y aunque no venga a cuento, Rafael Reig gozaba, en su faceta de crítico literario, de una humorística mala leche que me regocija, para qué lo voy a negar (5).


Sin embargo, el grueso de mi actividad lectora no ha recaído en la ficción; más bien, y quizá el clima político patrio y local tienen algo que ver, la política y la historia han sido los asuntos en que me he ocupado con mayor extensión. Me interesa saber cómo se puede concebir un partido político democrático sin que ninguna de las tres partes resulte antinómica con respecto de las otras dos. ¿Debe un partido político, en aras de la eficacia electoral, ser no democrático como suelen serlo en la práctica (a pesar de sus estatutos)? ¿Puede no serlo? ¿Resulta inexorable la ley de hierro de la oligarquía, tal y como la expuso Michels? ¿Es Podemos el ejemplo palmario de que es imposible organizar un partido con estructuras democráticas reales? ¿Es el tipo de organización denominado partido capaz de sostener de manera coherente demandas políticas del demos y hablar en su nombre? Platón, Rancière, Castoriadis, Traverso y otros me llevan a la melancolía política, la melancolía propia de la izquierda . 

Tiempos estos en que el concepto utopía sufre de mala fama, y el adjetivo utópico se aplica de inmediato, con carga peyorativa, a cualquier proyecto, a cualquier visión alternativa a las sociedades capitalistas existentes. Como si el ser humano hubiese apurado todas las posibilidades de construir un mundo diferente y mejor. A este respecto, llevo leído un cuarto de McMafia (2008), del periodista británico Misha Glenny (hay serie de TV) que plasma de lo que es capaz de sí este nuevo mundo feliz, ya sin utopías, casi sin esperanza.







(1) CHANDLER, R. El simple arte de escribir.
(2) CHEEVER, J. La geometría del amor. (El marido rural)
(3) NUSSBAUM, M. El conocimiento del amor.
(4) La cosa (1982), dirigida por John Carpenter.
(5) REIG, R. Visto para sentencia.
(6) TRAVERSO, E. Melancolía de la izquierda.



sábado, 1 de diciembre de 2018

'Heldenplatz', de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard tiene el honor o sufrir la ignominia, como Vds. prefieran, de ser el primer autor cuya obra reseño por tercera vez. La ocasión viene dada por ser el trigésimo aniversario del estreno de la obra teatral Heldenplatz en Viena el 4 de noviembre de 1988 y que suscitó enorme polémica en aquel momento.

¿Puede una obra de teatro en nuestros días causar polémica? Al menos, hace 30 años y en Viena, sí. La obra es un alegato antiaustriaco por el supuesto carácter antisemita de la mayoría de la población austriaca y su aprobación de la anexión a Alemania en 1938. Que la población no dispusiese de las condiciones normales para ejercitar su voto en el referéndum (no había voto secreto, por ejemplo), que la oposición estuviese presa o exiliada y que la invasión alemana ya se había producido son detalles que, al parecer, no influyeron en el juicio que Bernhard emitió respecto de sus compatriotas tanto en esta obra como en otras anteriores.

En nuestra España no hubo necesidad de métodos tan formalmente democráticos para que el fascismo se impusiera por la fuerza. Como todos sabemos, en 1936 un grupo de militares se alzó contra el gobierno legítimo del país y en 1939 logró el poder, tras una guerra civil que como mínimo causó medio millón de muertos, la represión posterior y un erial político y cultural de varias décadas. Por no hablar de ese franquismo sociológico que infecta los corazones de tantos españoles. El resultado es que, parafraseando a Bernhard, aún hoy muchos querrían decir: 


En España debes ser católico 
o conservador 
todo lo demás no se tolera 
todo lo demás se aniquila 
y de hecho cien por cien católico 
y cien por cien conservador.

Ahora, en 2018, en España, como antes en Francia, Italia o en Polonia, la extrema derecha da la impresión de resurgir con cierta fuerza, con protagonismo en la esfera pública y haciendo uso de una legislación que da cobertura, seguramente sin que en su momento se hubiera pretendido, a ciertas formas de censura vía judicial, en unos casos, o a la amenaza como en el caso de una representación de la revista satírica Mongolia, en otros. En este contexto, la lectura de esta obra resulta, como mínimo, oportuna. ¿Podría hoy en España no solo representarse una obra como Heldenplatz, sino que además tuviera repercusiones sociales y políticas, como en su momento la Elektra de Galdós?





Es pues una obra a la que no se puede calificar de complaciente. No puede serlo una que comienza con el suicidio del verdadero protagonista, un catedrático universitario de la alta burguesía austriaca, incapaz de soportar la sociedad de la que forma parte, lo quiera o no. A raíz de esta muerte, su familia y el personal a su servicio hablan sobre él y sobre aquellos años enterrados, pero cuyo antisemitismo y nazismo siguen sobrevolando el presente.

A este respecto, uno de esos valores que yo admiro de forma especial en una obra literaria es la capacidad de zaherir el pensamiento común y adocenado. Sobre todo en una sociedad que, a pesar de sus avances en muchas áreas, sigue considerando normal, si no natural, la dominación, el privilegio, la explotación y la pobreza, por minoritaria que sea la fracción social que la sufra. Es decir, es una sociedad que padece una enfermedad moral.

Heldenplatz (recordemos que alude al nombre de la plaza donde los vieneses aclamaron a Hitler una vez consumada la anexión) y esta reseña son, digámoslo claro, una excusa para apoyar, una vez más, la crítica, la burla, la sátira, incluso, no solo contra el poder institucional, los intereses espurios de la clase política y de toda empresa o industria que haga valer su fuerza económica y su influencia contra el bien común, sino contra la ideología misma que la refuerza y, finalmente, contra nosotros mismos, que, aun a pesar de estar en posición de desventaja frente a aquellos, tenemos que sacudirnos, una y otra vez, la pesada carga del pensamiento trillado y conformista, y no dejar pasar ni un ataque a la libertad y a la democracia. La indiferencia nos hace, cómo no, cómplices. Que no digan de nosotros como sus sobrinas del tío Robert, hermano del muerto:


Es también el fin del tío Robert 
aunque el tío Robert no es del tipo suicida 
Las personas como el tío Robert 
no se tiran por la ventana 
tampoco las persiguen los nazis 
que se desentiende casi siempre de lo que los rodea 
peligrosos son sólo quienes son como nuestro padre 
los que lo ven todo y lo oyen todo continuamente 
y por eso tienen siempre miedo  

(...)  
el tío Robert es el vividor nato 
el tío Robert no cree tampoco que en Viena  
no haya en el fondo más que nazis 
eso lo oye pero no se lo cree 
no le afecta 
por eso aguanta también en Neuhaus 
En la Musikverein tampoco le molesta 
que en los conciertos no haya más que nazis 
el tío Robert puede escuchar Beethoven 
sin pensar en el congreso del Partido en Nuremberg 
eso era precisamente lo que no podía nuestro padre 
También nosotras preferíamos siempre estar con el tío Robert 
a estar con nuestro padre 
ya de niñas corríamos en cuanto podíamos hacia el tío Robert 
porque nuestro padre nos resultaba demasiado peligroso 
Los que piensan han sido siempre peligrosos 
la gente prefiere 
a los inocentes que escuchan Beethoven tan tranquilos 
Gracias al tío Robert 
tuvimos una bonita infancia


No crean que Bernhard carga solo contra los nazis. La Iglesia, los socialistas, los sindicalistas y casi cualquier institución o grupo austriacos sufren su sarcasmo brutal ya sea en boca de un personaje o de otro. Tamaño fuego verbal, verdadero incendio literario, no recuerdo haberlo leído nunca, y bien que se la merece nuestra sociedad, en nuestra literatura española. Menos aún, en la canaria, con nuestra pléyade de cabezas de ratón, ratoncitos todos ansiosos de encaramarse a alguna sinecura que los alivie de las penas del malvivir y de un mundo indudablemente injusto. 




P.D. Otras reseñas, aquí, aquí o aquí.