Mostrando entradas con la etiqueta Benito Pérez Galdós. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Benito Pérez Galdós. Mostrar todas las entradas

miércoles, 6 de octubre de 2021

'Mediodía eterno', de Santiago Gil

Antes de entrar a escribir la reseña de la novela objeto de este artículo, no puedo evitar comentar con Vds. la tontería en forma de manifiesto que han firmado "escritores y periodistas" en relación con la erupción del volcán en la isla de La Palma y sus consecuencias. Lo he leído en la página de Eduardo García Rojas que, por lo habitual, se presta de manera ejemplar a dar espacio a este tipo de eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa. 

Aunque por lo general no me sorprende el surgimiento y proliferación de manifiestos a cuenta de cualquier cosa en la que, salvo excepciones, no haya que mancharse las manos ni ponerse en riesgo (cosa comprensible, pero no enaltecedora), en esta ocasión me llamaron la atención varias de sus características. Para empezar, la íntima mezcolanza, que por lo general casi nadie pone en cuestión, de los gremios firmantes ("escritores y periodistas"). Uno podría pensar en parejas o binomios más interesantes o exóticos (timplistas y escritores, escritoras y juezas, periodistas y futbolistas, zapateros y ópticos, corredores de seguros y atletas, patronas de yate y actores, etc.). Pero no, ya sabemos, y ejemplos tenemos a diario, de la casi pornográfica unidad de destino de periodistas y escritores. Todo periodista tiene un escritor dentro, y todo escritor, como García Márquez, lleva un periodista a hombros. Habría que hacer una estadística, algún estudio psicológico, pero no creo que nada en el oficio de periodista deba conducir a quien lo ejerza a escribir literatura. Otra cosa es que muchos periodistas culturales ansíen la fama, aunque sea por irradiación, del mundillo cultural que cubren con sus noticias y reportajes. 

El segundo asunto es la necesidad del manifiesto mismo. En principio, en nada ayuda a los que han sufrido la pérdida de enseres, casas, tierras y negocios la solidaridad discursiva de "escritores y periodistas". Lo ideal y lo esperable es que las administraciones públicas proporcionen cobijo, alimentos e indemnizaciones a las personas afectadas. Al fin y al cabo, para eso están, entre otras cosas. Es posible que me equivoque, pero me da la impresión de que la mejor muestra de solidaridad es vigilar al Estado para que cumpla con su deber en este trance con las personas afectadas. Sin que sirva de precedente, parece que así es. No obstante, este manifiesto de apoyo se clarifica por sí mismo, cuando nos damos cuenta de que este lamento en realidad se suscita por la suspensión del evento festivo-literario-sentimental que lleva celebrándose hace unos cuantos años en Los Llanos de Aridane. Pues muy bien, pienso: es natural lamentarse por lo que se nos ha quitado, y más aún cuando de esa enajenación sólo puede culparse a la Naturaleza.

El tercero es el vocabulario empleado: no bastaba decir que "escritores y periodistas" que han asistido o pensaban asistir a estas jornadas lamentan el desastre y la cancelación del evento, no: tenían que escribir literariamente porque, al fin y al cabo, quienes firman el manifiesto son "escritores y periodistas" y algo parecido a mi sugerencia sería árido, si no yermo, prueba indiciaria de burocratización mental y pensar rutinario. Así que, manos a la obra, se sacan frases como, para empezar: "El volcán ha estallado en nuestros ojos". En el tercer párrafo, se lisonjea a la población local con: "Es difícil explicar la hospitalidad de Los Llanos de Aridane: una hospitalidad tintada en las piedras de las plazas, en la fronda de las plataneras, en la mirada y en la sonrisa de tantas personas que nos llevan acogiendo estos años". A ver, ¿qué eso de "hospitalidad tintada en las piedras y en la fronda de las plataneras"? ¿Por qué no en el tronco de los árboles o en los goznes de las puertas? ¿O en los frontispicios y en el marco de las ventanas? Resulta de una cursilería tintada de literaturidad, para usar un palabro. Y claro que quien te acoge te sonríe, y más si vas a dejar dinero. En todo el complejo vacacional en que se ha convertido nuestra Comunidad, no es costumbre acoger a los turistas a base de gruñidos e imprecaciones. A los clientes se les sonríe y se les saluda siempre porque así funciona el negocio. No seré yo quien diga que hay que dejar sin sonrisas a los escritores y periodistas que dejen sus dineros, sea o no subvenciones públicas mediante, en Los Llanos de Aridane con la excusa de un festival, encuentro, evento, jornada, circo o rodeo. A este respecto, recuerdo cuando Las Palmas de GC optaba, de la mano del alcalde Saavedra y sus subordinados del partido, con la complacencia de la oposición, a un invento que se denomina Capital Cultural de la Unión Europea, o algo así. Al leer una noticia en un periódico local, no daba crédito a mis ojos cuando el periodista afirmaba que los vecinos del risco de San Nicolás "espontáneamente" habían salido a la calle para agasajar a los jueces provenientes de la lejana Europa con productos de la gastronomía canaria. Cosas de la promoción y de la espontaneidad del pueblo, que es un concepto este (el de pueblo) muy de usar y tirar.

Seguimos. El volcán, claro, no es solo un volcán, sino "un titán indomable" y la lava no solo destruye lo que se encuentra a su paso, sino que "también se arrastra sobre el eco de nuestros pasos en la isla". ¿Para qué escribir con naturalidad cuando se puede de manera ridícula? Además, no van a expresar, simplemente, su "solidaridad", valga lo que valga, sino que la "claman". No vaya a ser que no se les note comprometidos con la causa.

En fin, podrán acusarme de puntilloso y de improcedentemente susceptible, algo comprensible, pero es que me da por preguntarme por qué las cosas son como son y sobre todo por qué se hacen como se hacen. En cualquier caso, espero que no se enfaden demasiado los/las tropecientos firmantes, cuya sinceridad y compasión doy por supuestas, y sí, y mucho, a los redactores de este manifiesto.

************************************************************************

Escrito lo cual, pasamos, para endulzar el ambiente, con la siguiente novela, Mediodía eterno premio del guiniguadesco "Premio Internacional De Novela Benito Pérez Galdós", organizado y sufragado por el Cabildo Insular de Gran Canaria y su dependienta Casa Museo Pérez Galdós. Lo importante, claro, no es la inflación de mayúsculas, sino la dotación del premio, 15.000 euros y el compromiso de publicación y difusión de la novela premiada.




Grosso modo, en la novela se narra con voz en primera persona del pintor Jorge Oramas los últimos meses de su vida. Éste aprovecha para hacernos un resumen de toda su existencia: su niñez, la gente que conoció, la enfermedad que le aquejaba y, sobre todo, su vocación pictórica. En este sentido, es notable el esfuerzo del escritor por rellenar toda una vida (aunque fuera corta, pues Oramas murió a los 24 años) dados los escasos datos con los que podría haber contado. Puede apreciarse que el autor sabe colocar bien los signos ortográficos. En la edición tampoco se aprecian erratas ni anacolutos.

No obstante, por si disponen de poco tiempo y así se lo ahorro, quiero cortar de raíz las expectativas que tenga el público lector de esta reseña asegurándoles que lo que más me ha impresionado de Mediodía eterno es el trampantojo de la portada.

Así es. Santiago Gil García, su autor, después de haber sitiado y derribado nuestra paciencia en la última obra que reseñamos en el Polillas (El gran amor de Galdós) perfecciona su arte guerrero con esta novela premiada, asimismo, como señalé antes, en el Premio Benito Pérez Galdós. Todo empieza y acaba en Galdós, podríamos decir, parafraseando la canción de Ismael Serrano. Si en aquella, Gil decidió, y proclamó a quien quisiera oírle, que utilizar el punto de vista de la tercera persona era una gran idea, aquí toma, o mejor, suplanta, la voz de Jorge Oramas para ofrecernos su particular visión (la de Gil) de la vida, del amor, del arte y de lo que le caiga a las mientes. 

El peligro de usar la primera persona consiste en que, como creo que es el caso, la particular concepción de la vida, del arte, etc. del autor acaba siendo demasiado visible, opacando la del personaje histórico ficcionado. Ignoramos casi todo sobre el pintor canario, autor de pinturas emblemáticas del paisaje grancanario, pero sí conocemos algo más, y qué remedio, a Santiago Gil. Este autor se empeña a fondo, como ya hemos señalado en otras ocasiones, en perpetrar de manera solapada aforismos que pasa de contrabando como literatura, pero que solo consiguen irritar por el tono inevitablemente sentencioso y apodíctico resultante. Podría uno pensar que Gil pretende, a la manera de Baudelaire, al que cita, precisamente en las páginas 35 y 36, que su literatura sea todo el tiempo sublime, pero lo que logra es que sea, casi todo el tiempo, soporífera.

Como muestra, ya desde el inicio, las primeras líneas de la novela:


Los locos tienen alma. Me miran fijamente, también los que llegaron al mundo con las cabezas deformes y desproporcionadas, arrastrando silencios que nadie entiende, o dando gritos como si buscaran a alguien que los salvara en medio de la nada que habitan.

 

Me pregunto: ¿Quién había puesto en duda que los locos tienen alma? ¿O quién no? ¿Qué más da y por qué debería importar? ¿Tiene alguna significación para el desarrollo de la novela? NO. Mal comenzamos.


(...) pero intento que ese brillo sea sutil, porque lo bello es siempre sutil, sencillo, límpido sin alardes, como eran los ojos de Pepita cuando la veía venir a buscar a su hermano Felo a la Escuela Luján Pérez (...). (Pág. 15)


Otra afirmación, nada más comenzar, carente de sutileza. Es cuestionable que lo bello sea siempre "sutil" o "sencillo" o "límpido". Pueden defenderlo argumentando que no es Gil quien habla, sino Oramas. Sin duda, pero no es tanto el contenido de las afirmaciones o de las supuestas opiniones ficcionadas del pintor lo que me irrita sobremanera, sino el tono que es tan de Gil que casi no puede pertenecer, literariamente hablando, a nadie más. Además, esa manía en la que incurrirá de equiparar arte con belleza no es contemporánea de Oramas, tras las vanguardias de principio del siglo XX. Entre otros, Arthur C. Danto escribió sobre el retorno de la belleza en arte allá por 1993. Otro asunto es que sea la concepción personal del autor, que la ha injertado en su personaje. Ese quizá sea el problema de fondo: lo que nos ofrece Gil con su particular visión de Jorge Oramas es una visión del arte, de la vida y de la muerte que no amplía las fronteras de nuestro conocimiento ni de nuestra sensibilidad. No es sugerente, ni sugestiva ni estimulante.

Esto es solo el principio. Más aforismos:

"Quien escribe también se queda aunque se pudran sus huesos" (pág. 24). "(...) cuando uno persigue la belleza no hay dolor que detenga sus pasos" (pág. 25). "Ella no sabía que los niños que pierden a quienes más aman construyen cementerios dentro de su alma" (pág. 30). "(...) las islas son como venenos silenciosos, te matan con dulzura, con el rumor de las olas y con los espejismos de los horizontes, pero si no te vas lejos no te descubres a ti mismo." (pág. 37). "Los locos siempre se están escapando aun sabiendo que por muy lejos que vayan ya están encerrados dentro de sí mismos, condenados a su propio aislamiento." (pag.40). "La noche es la muerte, el final de la luz, y también el anticipo de lo que viene." (pág. 40). "Nosotros también somos seres de color que nos movemos en un gran lienzo blanco que acabará borrándose igual que los cuadros cuando pasen los años" (pág. 53). "La muerte nos vuelve igual que esos brillos que quedan en el fondo de la orilla o de los charcos" (pág. 87). "Mis cuadros tienen el mismo misterio que mi existencia" (pág. 92). "Nadie conoce nunca los pensamientos que no se escriben y que no se cuentan" (pág. 94)."El arte es otra cosa. El arte es la cercanía de los dioses, donde quizá somos esos dioses que no se reconocen en ninguna otra parte" (págs. 105-106). "Los otros humanos, los que morimos antes de los treinta años, casi somos fantasmas para los otros. Solo los niños son ángeles cuando mueren antes de seguir el vuelo de las mariposas que se alejan hacia la nada" (pág. 126).

Podría seguir ad aeternum, pero sería tedioso. Baste decir que con estas afirmaciones el escritor demuestra ser temerario porque dibuja a un Oramas absolutamente santiagogilizado. Es decir: temerario en sus afirmaciones, a veces de una obviedad de Perogrullo, y cursi en sus ensoñaciones. Sólo con este tipo de prosa, subrayada por la insistencia en la frase corta (esa sintaxis paratáctica que diría Sánchez Ferlosio) que en muchas ocasiones oscila entre un lirismo inapropiado y una banalidad exasperante, y que propicia un ritmo sincopado, valdría la pena mandar esta novela al cementerio de los libros olvidables que nunca debieron ser publicados.

Por otro lado, ya que estamos en faena, pueden señalarse más defectos. Por ejemplo, que el narrador se contradice, a veces en la misma página, como en la 12 cuando recordando a un profesor del colegio escribe: "Él no creía en ninguno de nosotros". Bien, pero ocho líneas más abajo: 


Él fue quien primero me dio un pincel. Vio que pintaba muy bien con plumilla y un día trajo pinturas y un pequeño lienzo y me dijo que pintara lo que quisiera. (...) Desde entonces no dejaba de traerme libros con láminas de la historia del arte. Fue él quien primero habló con Domingo Doreste mucho antes de que entrara en la Escuela Luján Pérez. (pags.12 y 13)


O, más adelante, afirma que él no pinta los ojos de una tal Pepita (de la que estaba secretamente o perdidamente enamorado; tal vez, locamente) como no pinta nada que esté en movimiento. Pero sí termina pintándolos transcurridas unas cuantas páginas. Asimismo, Oramas no deja de recordarnos que nació pobre y siguió siendo pobre toda la vida, apenas sin instrucción, pero aparte de nombrar a todos los artistas del momento, sin duda por el contacto con sus mecenas y amigos artistas, escucha a Mahler y a Brahms, emplea la palabra nasciturus (pág. 88), habla del budismo y llega a evocar la concepción del mundo panteísta de Spinoza, que como todos sabemos es un filósofo que se cita de continuo en la sobremesa. A mitad de la obra, Oramas nos narra varios episodios amorosos con una tal Cecilia, adicta al opio y acostumbrada a mezclarse con artistas, como los del grupo de Bloombury, lo queda muy fino y cosmopolita. Aquí, además, Gil vuelve a poner de manifiesto su escasa capacidad de convicción a la hora de construir relaciones entre personajes. Recuerdo a este respecto, de manera lacerante, su Gracias por el tiempo, de la que ya di cuenta.

También, el narrador tiene la tendencia a repetirse. Querría pensar que es un recurso retórico, pero lo cierto es que al principio resulta cargante y acaba siendo ridículo, sobre todo con la palabra "eterno". En la novela, parece que todo es eterno, no solo el mediodía. Agárrense: "Él dice que el arte cura y que nos vuelve eternos mientras creamos" (pág. 9). "Los colores de mis cuadros son los colores que aprendí a ver en aquel viaje, los llevo en mis genes y en los recuerdos que heredé de mis antepasados, ese mediodía eterno en donde la belleza jamás se acaba" (pág. 10). "Buscaba el dominio del color, necesitaba encontrar ese mediodía eterno de la isla de mis ancestros (...)." (pág. 11). "Quizá aquí también estoy loco, pero los enajenados viven siempre como si fueran napoleones o como si fueran eternos" (pág. 21). "(...) y entonces me acuerdo de aquel pintor francés que vivía en las calles del Puerto, de lo que me contaba cuando me decía que fuera siempre eterno en cada trazo, que siguiera la estela del poeta francés Baudelaire, y que fuera siempre sublime sin interrupción en todo lo que emprendiera (...) (pags. 35-36). "Si creo belleza, me eternizo, me siento dios (...) (pág. 47). "Miro mis propios cuadros y soy capaz de soñarme eterno en todo lo que detuve para siempre en un lienzo" (págs. 51-52). Ahora, en curiosa contradicción: "Nadie es eterno, pero a mí me gustaría saber que no voy a morir en breve" (pág. 53). Seguimos: "Me costó mucho subir aquellos senderos, pero creo que pocas veces he dado unos pasos tan importantes y tan eternos" (pág. 100). "El dice que ese amor es eterno porque se bañaron juntos en la poceta de los enamorados de Cienfuegos (...)" (pág. 108). "No tiene prisa esa tierra de volcanes, los volcanes se saben eternos" (pág. 114). "Realmente todos estamos condenados, pero como repito siempre esa condena parece de otro, parece que el que se va a morir es otro, que yo soy eterno, que es imposible que me muera (...)" (pág. 116). "Las personas sanas se creen siempre eternas" (pág. 126). "Nadie asume un final definitivo, un olvido sin retorno, una podredumbre eterna (...)" (pág. 133). "Una mañana azul es solo el anticipo de un mediodía eterno, tan eterno como la luz que ya vislumbro más allá de las negruras de la muerte" (pág. 144). 

No descarto que se me hayan escapado más eternidades. Entiendo que la intención del autor es mostrarnos el ansia del personaje por fijar los momentos que considera importantes, dada su previsible y próximo final por la tisis. Así, obviamente, se contrapone la eternidad a la muerte. Eso es una cosa y otra es evidenciar su escasa capacidad para ofrecernos un pensamiento más profundo, con más matices sobre una idea tan antigua como es la consciencia de la fugacidad de la vida, la inevitabilidad de la muerte, la aspiración a la inmortalidad, etc. Por no hablar de las cuatro o cinco ocasiones en las que se nos recuerda que la madre y hermana del pintor murieron de la misma enfermedad. O de que gracias a que sus mentores le proveyeron de pinceles y de lienzos pudo pintar porque era pobre; de que iba para barbero para traer dinero a su casa para el arte y la belleza se cruzaron en su camino, y qué bien la Escuela Luján Pérez, o de que el arte cura/sana a sus practicantes y receptores, etc. Durante muchas páginas tengo la sensación de que Mediodía eterno consiste meramente en una sucesión de bucles de diferente duración.

Añadamos a esta lista de reproches, el uso de expresiones manidas como "querer con locura" (págs. 93 y110), ofrecer "la mejor de las sonrisas", "jugar sus cartas" o "un artista tiene que estar un poco loco" (pág. 136). También, redundancias como "piélago marino" (pág. 26). Además, me he fijado que a partir de cierto momento cambia "tisis" por "bicho" lo que resulta en un bajón de estilo bastante incoherente. Son elementos negativos que si bien son aislados no contribuyen a enaltecer la prosa.

Siguiendo con el estilo, podríamos apostillar que Thomas Bernhard hacía de la repetición un elemento estético singular y característico de su obra. En cambio, Santiago Gil no hace de la repetición más que una exhibición de su falta de pulso artístico y quizá de imaginación. Una y otra vez vuelve sobre lo mismo, rueda que rueda en el aire, sin avanzar un centímetro salvo en acabar con nuestra paciencia.

Resumiendo, podríamos decir que el personaje de Jorge Oramas resulta poco creíble, que en la construcción del personaje histórico, aunque ficcionado, se exacerba la tendencia a suplantarlo (ya evidenciado, aunque no de modo tan flagrante, en su obra sobre Benito Pérez Galdós). Oramas parece un pelele aburrido, soso, repetitivo y lacrimógeno sin nada interesante que decir aunque emplee 135 páginas para ello. El resto, otras 43 páginas, se narra en tercera persona parte de la vida de Cecilia, en especial tras su marcha del sanatorio en el que había conocido a Oramas. Si algo puede decirse de esta parte es que consigue hacer soportable a la primera, lo que desafía toda lógica y abate cualquier esperanza. Por último (sí, parece que la novela se nos hace eterna), Gil añade una coda en la que nos informa de las experiencias vitales que le hicieron considerarse escritor y que finalmente le llevaron a publicar Mediodía eterno. Nada que añadir, salvo que la distancia, por mucho esfuerzo que se ponga, entre el deseo y la realidad es a veces gigantesca.

Hay algo más que me molesta: tengo la sensación de que el arte se presenta en esta novela (tal creo que es la concepción del autor) como solución de naturaleza redentora no solo a la angustia existencial y el temor a la muerte, sino también como una suerte de escape de carácter sociológico a las cuestiones de la pobreza o la desigualdad extremas. Hay, de vez en cuando, algún lamento de carácter social, alguna mención a ciertos segmentos sociales que abominaban del carácter igualitario que pretendía imprimir el gobierno republicano de aquella época. Pero, en general, tengo la sensación de que Santiago Gil considera más importante la salvación individual de carácter salvífico que cree que ofrece el arte o, lo que para él es lo mismo, la belleza. Considero que esta solución, por llamarla así, no solo traiciona un carácter romántico bastante desfasado, sino que evidencia también una característica de la pequeña burguesía, o clase media, que es la de aspirar a mejorar, o a ascender socialmente, o a conseguir la distinción cultural de las clases altas. Que esto fuera la concepción de Jorge Oramas es difícil de saber; que es la de Gil, lo tengo por más seguro.

Es una posibilidad nada descabellada, además, que el intento fallido de Santiago Gil de literaturizar las biografías de Pérez Galdós y de Oramas desanime a otras escritoras/es más dotadas/os de emprender tareas semejantes. No por el inalcanzable nivel de calidad, evidentemente, ni por el, a pesar de todo, encomiable esfuerzo de este escritor, sino más bien por la confusión que genera la recepción en los medios de comunicación: elogiar lo malo, el ensalzar lo fallido. Dado el nivel del "saludo" que autores entrañables en función de patriarcas como González Deniz o elogiadores avezados como Felipe Landín expelen a cada cosa que pare Gil (y también casi a cualquier otro/a consagrado), cualquier aspirante a escribir sentirá algo parecido al desánimo al intentar emular a este "titán indomable" de las letras canarias. Sobre todo (es lo que ocurre con las reseñas jabonosas), porque lo que se ensalza tiende a convertirse en modelo para las nuevas generaciones de potenciales escritores/as. Se olvidan, o nunca se les ha pasado por la mente, la responsabilidad que tienen con la comunidad de la que forman parte quienes tienen la posibilidad de hablar o escribir desde una tribuna pública. La aparición de Internet, con todas sus cosas negativas, ha abierto la posibilidad, junto con toda la morralla, de que surjan otros espacios que permitan otras voces, otros ámbitos donde se pueda desarrollar una crítica con vocación de serla.

CONCLUSIÓN: Otra obra inane, aburrida y superflua, además premiada en un certamen literario de una institución pública, y cuyo destino será llenar cajas de ejemplares en el fondo de un almacén. Ya que estamos, podríamos mandar ahí también a premios literarios como este que no tienen arraigo, interés ni utilidad, y que solo sirven para confundir.


P.D. (1) Otra reseña, con valoración muy distinta, aquí.

P.D. (2) Una entrevista con el autor en el que habla de la novela, la belleza, etc., aquí.


POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA






viernes, 20 de noviembre de 2020

'Noches de naufragios', de Fabio Carreiro Lago

 Desde la última entrada del blog, se han sucedido un montón de eventos literarios, según los medios de comunicación. Para empezar por algo, los responsables de la editorial Pre-Textos han llorado y quejádose amargamente porque el agente de la última premio Nobel de Literatura ha roto el contrato con ellos. Muchos conspicuos miembros del mundillo han hecho suyo el llanto y se han solidarizado, rasgádose las vestiduras, y tal. Otras fuentes, en cambio, dicen que bien merecida está dicha ruptura por las malas prácticas de la editorial. Vayan Vds. a saber: la verdad está ahí fuera. 

Además, los responsables del Cabildo de Gran Canaria decidieron seguir gastando el dinero del presupuesto público en las cosas de la cultura para retomar un concurso literario en recuerdo de (o tomando como excusa a) Pérez Galdós (ya les avisé en su momento de que este año nos íbamos a hartar de Galdós, de panegíricos a Galdós, de hagiógrafos/as de Galdós, de comentarios cordiales a Galdós, etc.), que se lo ha llevado, o se lo ha ganado, o se lo han dado, a Santiago Gil, un autor muy querido de este blog. Si este premio se lo ha llevado una buena novela o, en cambio, otra más de las que nos acostumbra este autor, ya lo veremos cuando la publiquen, si es que algún feliz alineamiento cósmico no lo impide.

No menos importante es el Premio Cervantes, otorgado este año al poeta Francisco Brines, quien se ha apresurado a declarar en un alarde de originalidad que lo importante no es el premio, sino "la poesía". Resulta descorazonador asistir cada año al rapto de entusiasmo del literato/a galardonado, como si el pase definitivo al Parnaso lo concediese el Ministerio de Cultura o la Casa Real. Aparte del dinerillo, que tampoco está mal, aunque no suelan reconocerlo porque, ya se sabe, la cultura es cosa del espíritu y no de la cuenta corriente.

Por otro lado, un canario ha ganado otro premio, éste del enemigo público número uno de los/as escritores/as, editoriales y librerías, que es Amazon. Curiosa paradoja, sin duda. Ya sabemos que muchas personas no solo quieren escribir, no solo quieren vivir de lo que escriben, también quieren ser famosas, y no en ese orden. Cuando no haya librerías y todo lo venda Amazon, ya nos lamentaremos. También, como curiosidad, la antigua Viceconsejera de Cultura del Gobierno de Canarias, Dulce Xerach, que, además de escribir artículos bastante simplones sobre arquitectura en el cuadernillo cultural de La Provincia, escribe novelas policiacas, ha conseguido, por decirlo así, que una de ellas se haya convertido en cómic de la mano del "artista" Nebras Turdiade. Los medios de comunicación lo han considerado noticia, supongo que por lo original de la iniciativa.

Por último, se ha celebrado en Las Palmas de Gran Canaria, un festival (otro) de novela negra titulado LPA Confidencial, dirigido por Mayte Martín, conocida en este blog por su deplorable novela La espiral del silencio. En este festival también participan otros autores reseñados en este blog como Alexis Ravelo, Leandro Pinto o Christian Santana, por ejemplo. Espero que a todos/as les haya ido muy bien, hayan pronunciado sesudos discursos aderezados con el oportuno chiste y que disfruten de las mieles de lo que sea que les depare el destino.

No me pregunten por qué me ha dado hoy por hacer de agenda cultural a posteriori...



En otro orden de cosas, es decir, la reseña que tanto tiempo llevan esperando, el turno le toca hoy al conjunto de relatos denominado Noches de naufragios, de Fabio Carreiro Lago, que un día vive en Tenerife, otro pernocta en Gran Canaria y otro tercero trabaja en Lanzarote: nuestro Gulliver local. No sabría decirles cómo llegué hasta él, aparte de que figura en el catálogo de la conocida editorial Baile del Sol, tan pródiga en publicaciones. El caso es que aquí estamos.

Pues bien, Noche de naufragios consta de cinco cuentos de variado interés y calidad. Los dos primeros no están nada mal, aceptablemente bien escritos, sin las habituales frases hechas ni tampoco los recurrentes cantos al yo lírico-filosófico del autor de turno. Además, los dos cuentos se leen bien, con una notable capacidad para sumergirnos en la geografía que, sin caer en la falacia patética, le otorga un contexto apropiado a lo narrado. Podría achacársele, no obstante, así al menos lo percibo yo, un deseo espurio por cierto efectismo argumental que en vez de conseguir un efecto catártico hace previsible el desenlace de los relatos. En el primero, El ángel del hogar, esto se hace evidente, debido a su brevedad, enseguida. En el segundo de ellos, más interesante, El naufragio de los sueños, cierto giro narrativo no necesario, casi al final, estropea, a mi juicio, una magnífica historia, que parte del tópico quesadiano del inglés/inglesa que viene a parar, en soledad, por esas cosas de la vida, a Canarias. 

En cambio, el tercer relato, La llave, a pesar de su inicio prometedor, se vuelve aburrido: la historia de la anciana sumida en el deterioro físico y mental, paralelo a la ruina de su caserón es, perdonen la fácil imagen, igual a la decadencia de la historia. La historia se vuelve plomiza por momentos para culminar en una relación psicológicamente desacertada de las lecturas de juventud de la protagonista, que se vuelve de lo más lúcida cuando hasta entonces habíamos contemplado y conocido a una mujer senil que confundía a unos trabajadores sociales con ángeles, que tenía basura por doquier y dejaba a las palomas volando a sus anchas dentro de su casa. Un relato fallido que merecería una revisión.

Además, se deja ver, en ciernes, una tendencia que luego se acentuaría en los restantes relatos, sobre todo en el cuarto (Cielo de verano) a ese defecto del que hemos dado cuenta en otras ocasiones: adjetivos y adverbios que se escriben solos, alegres compañeros de francachelas con sus compadres los sustantivos y verbos. Este cuarto relato, además, pretende ser una suerte de revisión amorosa de una pareja con aires existencialistas de indudable pobreza que se plasman en frases tan decepcionantes como "la vida es una carretera llena de curvas". Igualmente, esa mezcla de resentimiento sentimental con la lucha por el patrimonio arqueológico local no marida bien. Observo, además, una caída en el nivel de variedad léxica, como si aquella riqueza de los primeros cuentos se hubiera agotado.

El último relato, Hacia la isla, resulta interesante por lo que plantea, pero recae en los defectos ya aludidos de las malas compañías sustantivo-adjetivo y verbo-adverbio, tales como "mirada inquisitiva", "visitante inesperado", "miró arrobada", "besó galante" o comparaciones manoseadas como "cuello largo y delicado como un cisne", etc. Cierta pereza mental, tal vez, o dificultad en el despliegue de la capacidad lingüística del autor, quién sabe. Un cuento más trabajado hubiera pulido esos defectos y resaltado las virtudes. A pesar de todo esto, vale la pena leerlo, sobre todo por su potencialidad. Tal como está, podría complacer a un profesor de taller literario, pero nada más.

EN DEFINITIVA, me interesa el autor del segundo relato, y del último. Si aplica trabajo y reflexión a su quehacer literario, se puede concebir la esperanza de que pueda escribir una obra que valga la pena. Mimbres parece tener.


P.D. No menciono las erratas porque esa es tarea de la editorial.








miércoles, 8 de enero de 2020

'El gran amor de Galdós', de Santiago Gil

Si todo ha ido bien, cuando publique esta entrada, ya habrá Gobierno. De lo que me alegro. Ya solo por las constricciones políticas y económicas a las que está sometido nuestro país, la coalición PSOE-Podemos no podía asustar a nadie medio razonable o medio demócrata. Hablar de "comunistas", "traidores", "batasunos", "bolivarianos", etc. se compadece poco con el programa político de ambos partidos, con su historia, con la pertenencia de España a la Unión Europea, a la OTAN, a la OMC, etc, por no hablar de la permanente tutela de Alemania, Francia y Estados Unidos. Lo demás son ganas de engañar.

En otro orden de cosas, el panorama literario de 2020 comienza por el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós. A veces toca el nacimiento, otras, la muerte, quizá podríamos conmemorarlo todos los años, pues todos los años en los que vivió cumplió algún año. El caso es que en 2020 ya vamos todos proclamando la adhesión, fidelidad, amor, influencia, pasión, etc. a, de y por Galdós. Es lo que toca. Es posible que, tras unos meses de esta lata, alguien avispado decida echarse al ruedo y afirmar que nunca ha leído a Galdós o, simplemente, que no lo traga. Que de todo hay.

A mi entender, uno puede valorar a Galdós, valorarlo muchísimo. O todo lo contrario. Lo importante es que blanda razones. A mí lo que me fastidia, ya ven que debo de disponer de mucho tiempo libre, es que a) me dicten o sugieran de forma machacona lo que me debe gustar o no; y que b) mis conciudadanos decidan expresar su pasión por Galdós (llámenle X) justo cuando toca. Cuando se lo dicen. Ni antes ni después.

Es de esperar que se publiquen unas cuantas biografías de Galdós, centenares de artículos galdosianos, académicos y periodísticos, libretospelículas y que, en Gran Canaria al menos, tengamos que enfrentarnos, día sí, día también, con un Galdós manoseado, sobado y lamido por presidentes de instituciones públicas, clase política en general, intelligentsia (o lo que queda de ella) y la nunca demasiado denostada especie de los periodistas culturales, siempre listos para el agasajo y el canapé... Pobre Galdós, que no tiene quien le defienda de esta horda. Será tanta la insistencia que a quienes de verdad siempre les ha gustado su literatura harían mejor en permanecer callados, so pena de parecer unos arribistas de la literatura

Pero hay un autor que se ha adelantado a todos. Sí, Santiago Gil. Quién si no.






De Santiago Gil teníamos los lectores de este blog y un servidor que lo escribe un recuerdo aciago, desencadenado por una obra anterior: Gracias por el tiempo. No obstante su desempeño, este autor ha seguido escribiendo y publicando no solo novelas, sino reflexiones y ocurrencias que, según parece, alguien ha debido considerar interesantes para sus paisanos. Si no supiera uno que las editoriales canarias reciben subvenciones por publicar, se extrañaría de tamañas apuestas empresariales. Pero no, no hay riesgo alguno. Aun así, uno debería abstenerse de publicar cualquier cosa. No se es mejor escritor/a, tampoco mejor editor/a, por publicar mucho.

En fin, tras tanta fanfarria galdosiana (y la que falta) y también, por qué no decirlo, cautivado por la desmedida atención que en los medios de comunicación se le presta por lo general a Santiago Gil, decidí dar una segunda oportunidad a su literatura con El gran amor de Galdós.

Esta obra se presentó por primera vez, si no me equivoco, en junio de 2019. Los medios, y sobre todo su periódico amigo, la siguen presentando cada vez que surge la oportunidad, aun meses después. En todo caso, a Gil hay que reconocerle la labor de pionero galdosiano por adelantarse casi un año al centenario, por llegar a 2020 con los deberes hechos, que se resumen en que Gil, literariamente, ama a Galdós con todas sus fuerzas, y así se promociona, además. Si pudiera, sería Galdós, pero como no puede, se limita a ser Gil, lo que es más bien poco.

El gran amor de Galdós es una narración, digamos novela, en tercera persona con la que nos relata en pasado la niñez y juventud de D. Benito, época en que conoce a una prima suya de la que se enamora perdidamente. O como suelo oír y leer también, hasta las trancas. En todo caso, Gil escribe que para Galdós esta muchacha, Sisita, es "la única mujer que ha amado con locura" (la cursiva es mía). Estamos, pues, en 2020, pero el vicio de los tópicos y de las frases hechas sigue tan vigente como siempre. Voy a ser atrevido y diré que el único uso legítimo de los tópicos que se me ocurre es que sirva para caracterizar a un personaje carente de imaginación, si no de inteligencia, para mofarse de quienes los utilizan con tan alegre inconsciencia. Que los tópicos sean una característica de tanto/a ciudadano/a metido a escritor debería preocupar a la República de las Letras. 

Por alguna razón que ignoro, algunos reseñadores previos nos recalcan el uso de la tercera persona en la narración (véanse los vínculos de reseñas en la PD.). El mismo autor lo subraya también, recordando el momento en que se dio cuenta de que esa perspectiva mejoraba la novela. Pues muy bien. Aparte, se emplea el presente histórico para hablar del Galdós más adulto, ya reconocido como novelista, y que vuelve a la isla tras varias décadas. Siempre anda, por cierto, meditabundo, melancólico, añorante, nostálgico, siempre muy poético-existencial. Cuando el narrador cuenta su pasado, nos abruma con toques de malditismo y bohemia: se nos insiste en la faceta de bebedor y de putero de Galdós. Parecería que el buen hombre estaba todo el día tristón y en lupanares, que no necesariamente tristón en los lupanares.

Es posible que ese supuesto amor de juventud marcase a Galdós de por vida y le hiciese lo que fue. Quizá no, pero me parece legítimo que Santiago Gil fabule a su manera y con su peculiar sensibilidad esa posibilidad. No obstante, y dejando de lado la sospecha de que haya intentado subirse al carro de la fama de Galdós, soy de la opinión de que, salvo grandes momentos literarios, el enfoque de utilizar sucesos y figuras históricas (por no hablar de remakes y cosas parecidas) sobre las que apoyar las propias narraciones nos da la pista de una modernidad agotada y de una posmodernidad perpleja e impotente. Asimismo, en manos de escritores/as menos dotados/as suele generar resultados más bien mediocres. Gil no es Tolstoy, tampoco Duras; por citar a dos grandes, para desgracia del lector.

Sigamos: el autor no domina el procedimiento de la elipsis. Así, le resulta difícil que Galdós evoque a su amor de juventud si no es repitiendo su nombre, Sisita, cada dos por tres o, peor, la bella cubana, en cursiva, cada tres por cuatro. Le falta dominio de los párrafos y de las escenas o subestima al público lector. Al cabo de media novela, le entran a uno escalofríos cada vez que vuelve a leer "la bella cubana". La narración se torna una recreación en bucle de los sentimientos de Galdós respecto de ese amor perdido, pero imborrable. Hay, cierto, dos o tres pinceladas biográficas: que fue o lo mandaron a estudiar a Madrid, que no estudió, que se puso a escribir para periódicos, que no iba a clase, que quería triunfar en el teatro, pero cada avance vital en ese sentido se ve compensado por varias páginas de melancolía, amor, la bella cubana, estrellas, putas, el mar, Sisita, etc. Por no hablar de esos continuos arrebatos apodícticos con los que Galdós desaparece y Gil se exhibe cada vez que puede. Llega un momento en que uno se plantea si la novela va a ser todo el rato así o podremos acogernos a sagrado.




Les debía todo lo que escribió luego, como le debía a su bella cubana todo lo que sabía del amor y del deseo. Benito tiene una hija. Su madre había sido su amante durante muchos años. Era una mujer guapa que hubiera dado la vida por él, pero ni siquiera con ella había sido capaz de encontrar el amor de su vida. Posiblemente amamos una sola vez y luego no hacemos más que buscar desesperadamente las sombras de ese amor perdido para siempre. Lleva el dolor de esa eterna ausencia en silencio, escondido entre sus palabras y sus argumentos, y disimulando delante de todos los que creen que solo es un mujeriego o un hombre incapaz de amar a una mujer por mucho tiempo. Se ilusiona y se enamora muchas veces, pero no ha encontrado a nadie con la sonrisa, la alegría de vivir y el amor que le daba su bella cubana. Llegó a odiarla cuando pensó que le había dejado. (Pág. 36)


Siempre quiso vivir intensamente. Lo aprendió del mar, de aquellas miradas al horizonte cada vez que se escapaba a la orilla. Y también de la música, de lo efímera que es una nota y de las interpretaciones que somos capaces de hacer con cada una de ellas. Nos dan la partitura pero nosotros somos los que luego ponemos el alma en cada acorde. No hay una composición musical que suene de la misma manera todo el tiempo. Tampoco las palabras lleva nunca el mismo significado cuando tratamos de mostrarnos a través de ellas. Afuera nevaba y él tocaba el piano con los dedos helados por el frío y por la ausencia de la única mujer que ha amado con locura. (Pág. 39)


Durante aquellos días de finales de agosto y principios de septiembre fue cuando más bebió y más frecuentó la casa de lenocinio en la que estaba su amiga cubana. Volvió a escribirle a Sisita a través de Anselmo, y ella le respondía cada semana con una carta apasionada en la que le juraba amor eterno y prometía esperar hasta que lograra ese éxito en el teatro que él le aventuraba inminente. Él creía que ella no le contaba lo que realmente pensaba de él. Se veía como un cobarde, como alguien que no quiso luchar por aquel amor que los volvía eternos. (Pág. 47)


Aquellas navidades de 1863 llegó hasta Cádiz para regresar a su tierra y estar con su bella cubana, pero en el último momento no se atrevió a subir al barco. Durmió en pensiones de mala muerte y se acercó a todas las putas cubanas que había por La Caleta. Buscaba el abrazo de Sisita en todas ellas. También buscaba el océano para sosegar sus penas. Aquellas playas interminables se parecían a las mismas playas de arena que una vez visitó con Fernando en el sur de Gran Canaria. Muchas veces sueña que se escapa a esas playas y que se esconde con ella para siempre en cualquier chamizo en el que solo se escuchan las olas y los jadeos de los suspiros. (Pág. 66)

La narración avanza, o no mucho, y no la alivian los diálogos, escasos y bastante cursis, que parecen un tanto impostados. Como si, en realidad, no hubiera dos personajes, sino una voz que los utilizara como excusa. Avanzando en esta línea, Gil no logra crear un personaje sólido en Sisita, la bella cubana. Más bien, parece un fetiche creado por el autor como motivo para suscitar sentimientos y un propósito al Galdós ficticio, personaje que tampoco, como señalé antes, resulta muy convincente. 


-Me da mucha risa verte vestido de mujer por la calle, con esa cara tan seria que pareces un palo tieso. 
-No es un traje de mujer sino de monaguillo, y voy serio porque en las procesiones no puedes reírte. 
-No me gusta nada que no sea divertido ni me acerco a ningún sitio donde prohíban la risa. Las monjas me están penando todo el día  por reírme y ya me dan por imposible, pero yo me seguiré riendo hasta el día que me muera. 
-A mí también me gusta reírme, pero de otra manera. 
-Tú eres más cuico y más socarrón, y haces que los demás te crean un niño serio. Serás un buen comediante de ti mismo cuando crezcas. (Pág. 31)


-No he dejado de pensar en ti cada segundo. Madrid era como una ciudad brumosa en la que te me aparecías en cada esquina, no he hecho más que escribir para no pensar en ti, o para pensar en ti como si fueras una especie de fantasma que yo creaba muchas veces en mis textos, te he puesto voz y he descrito tus ojos y tu cara, pero nunca he sido capaz de contar como (sic) eres, de transmitir toda tu belleza, el infinito que atisbo siempre en tu mirada, como si te conociera de otra vida y otro tiempo, como si ya nos hubiéramos amado antes de haber llegado.
-Bésame y mírame a los ojos. Todo este año solo he podido verte a través de las palabras. Ahora solo quiero tocarte y mirarte, sentir tu piel y acostarme en tu pecho como quien se acuesta en la arena de una playa. 
Se besaron y se miraron largamente. Reconoció sus ojos y se volvió a sentir el hombre más feliz del mundo. Perdieron la noción del tiempo y no contaron las campanas que sonaban por todas partes. (Págs 42-43).


-Mírame a los ojos cuando me beses, quiero que sepas que me estás besando, que sueñes con los ojos abiertos, y que recorras todo mi cuerpo con tus manos, que cuando no haya nadie busques mis piernas debajo de mis enaguas y que sepas que nunca más amarás a nadie de esta manera. 
Sisita soñaba en cada beso. Él empezó siguiendo sus pasos y terminó perdidamente enamorado de ella. Entonces el mundo parecía perfecto. Su madre paseaba por el jardín de flores y de cactus que había levantado en la parte trasera de la casa. Alguna vez la escuchaban cantar canciones en inglés o habaneras tristes mientras regaba sus flores y hablaba con ellas en un idioma raro que al parecer le enseñaron las sirvientas negras que la criaron en Charleston. (Pags 72-73).

-Siempre he soñado con navegar a tu lado. Cada vez que iba a Cádiz buscaba tu mano entre las sombras de la noche y trataba de escuchar tu voz en el sonido del océano. 
-Júrame que no me vas a dejar nunca, que cuando lleguemos no te vas a encaprichar de ninguna de esas mulatas farotonas, no podría vivir sin ti, te quiero toda la vida a mi lado. 
-Toda la vida. No la entendería sin estar contigo. 
-Sabía que acabaría amándote desde que te vi por vez primera en el patio de tu casa, cuando eras aquel niño tímido y santurrón. 
-Navegaremos juntos para siempre, recorreremos países, tendremos hijos y veremos atardecer desde una Hacienda del Caribe. 
-Me da lo mismo donde esté. Lo único que deseo es tenerte siempre a mi lado. (...) (Pág. 91)

Además, al autor, del que hemos reprochado su deriva melancólica, no le va bien mezclar su tono bucólico-pastoril semiculto con coloquialismos y jerga. No mezclan bien porque no lo hace bien. Por ejemplo:


Sus planes de futuro no eran tan absurdos como los suyos y todos contaban con un modus vivendi que les permitía pagar por lo menos la pensión y la comida. Él vivía del dinero que le enviaba su familia y seguía perseverando en la mentira de que estaba en segundo año de carrera y de que necesitaba aún más parné para los libros. Pero en su magín solo revoloteaban personajes histriónicos que no llegaban a ninguna parte. (Págs. 47-48)

En cambio, cuando Gil se olvida por un momento de Galdós y de sus penas amorosas-existenciales, mejora: al denunciar la violencia social de los ricos contra los pobres, de los caciques contra los jornaleros, y de la hipocresía eclesial, o al contar la venganza desesperada de un desheredado de la tierra, Gil nos revela ese otro lado del mundo y de la sociedad que muchos preferirían omitir. No es que de repente haga alardes de estilo, pero, al menos, interesa:



No se cree esa Arcadia que ve la gente de la ciudad cuando va al campo a pasar el domingo o como si fuera un lugar que no tiene nada que ver con sus existencias. Le apenaban los niños casi desnudos que trabajaban de sol a sol por un puño de gofio o por unas papas. Las niñas miraban asustadas y las chicas jóvenes tenían ese halo de tristeza que se les queda a quienes han de callar los abusos y seguir adelante con sus penas como si no pasara nada. No le contó nada a Sisita, pero sabía lo que pasaba con casi todas esas chicas jóvenes de los campos. Un compañero ricachón e indeseable del colegio presumía desde los quince años de ir a la finca a acostarse con las mujeres que le daba la gana. Lo llevaba su padre y le decía que eligiera a las que tenían las tetas más grandes porque esas eran las que daban más placer en la coyunda. Tenían derecho de pernada en sus fincas y sus empleadas eran como esclavas. Nunca quiso ir con él. Tampoco Fernando. Pero otros compañeros sí fueron y se acostaron con las mujeres que elegían cuando estaban lavando la ropa en las acequias o atando cañas para las vides en los tomateros. Muchos de esos niños embrutecidos como bestias serán hijos de esos indeseables. Aquel padre salía luego en todas las procesiones con su porte aristocrático y solemne, pero él lo imaginaba violando niñas en el campo y no entendía cómo los curas, que sabían todo eso, lo dejaban desfilar entre sus santos como si fuera un dechado de lo que dicen que dijo el Mesías cunado bajó a la tierra justamente para condenar a esas sanguijuelas caciquiles y déspotas (Págs. 74-75)


Es posible que Gil hiciera bien abandonando tanto llanto y tanta melancolía en falsete, que enterrara su aspiración a embotellar sabiduría de suplemento dominical en una frase y se decidiera a contar historias que le importen a alguien más que a él.

EN DEFINITIVA, El gran amor de Galdós no marcará un jalón ni un hito ni será un antes y un después en la literatura canaria, española o universal. Tampoco se convertirá en la novela de referencia sobre Galdós ni, creo, será "discutida por galdosianos y no galdosianos". Es, al contrario, una obra repetitiva y pesada, una novela ensimismada, casi del todo prescindible. Yo mismo prescindí de ella en la página 94.









P.D. Entrevista al autor y otras reseñas, con opiniones opuestas a la mía.


https://www.canarias7.es/cultura/literatura/galdos-no-se-entiende-sin-el-amor-contrariado-de-juventud-LE7071148

http://www.elescobillon.com/2019/04/el-gran-amor-de-galdos-una-novela-de-santiago-gil/

https://elcultural.com/el-gran-amor-de-galdos

https://www.eldiario.es/canariasahora/cultura/Gran-Amor-Galdos_0_909909863.html

sábado, 1 de diciembre de 2018

'Heldenplatz', de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard tiene el honor o sufrir la ignominia, como Vds. prefieran, de ser el primer autor cuya obra reseño por tercera vez. La ocasión viene dada por ser el trigésimo aniversario del estreno de la obra teatral Heldenplatz en Viena el 4 de noviembre de 1988 y que suscitó enorme polémica en aquel momento.

¿Puede una obra de teatro en nuestros días causar polémica? Al menos, hace 30 años y en Viena, sí. La obra es un alegato antiaustriaco por el supuesto carácter antisemita de la mayoría de la población austriaca y su aprobación de la anexión a Alemania en 1938. Que la población no dispusiese de las condiciones normales para ejercitar su voto en el referéndum (no había voto secreto, por ejemplo), que la oposición estuviese presa o exiliada y que la invasión alemana ya se había producido son detalles que, al parecer, no influyeron en el juicio que Bernhard emitió respecto de sus compatriotas tanto en esta obra como en otras anteriores.

En nuestra España no hubo necesidad de métodos tan formalmente democráticos para que el fascismo se impusiera por la fuerza. Como todos sabemos, en 1936 un grupo de militares se alzó contra el gobierno legítimo del país y en 1939 logró el poder, tras una guerra civil que como mínimo causó medio millón de muertos, la represión posterior y un erial político y cultural de varias décadas. Por no hablar de ese franquismo sociológico que infecta los corazones de tantos españoles. El resultado es que, parafraseando a Bernhard, aún hoy muchos querrían decir: 


En España debes ser católico 
o conservador 
todo lo demás no se tolera 
todo lo demás se aniquila 
y de hecho cien por cien católico 
y cien por cien conservador.

Ahora, en 2018, en España, como antes en Francia, Italia o en Polonia, la extrema derecha da la impresión de resurgir con cierta fuerza, con protagonismo en la esfera pública y haciendo uso de una legislación que da cobertura, seguramente sin que en su momento se hubiera pretendido, a ciertas formas de censura vía judicial, en unos casos, o a la amenaza como en el caso de una representación de la revista satírica Mongolia, en otros. En este contexto, la lectura de esta obra resulta, como mínimo, oportuna. ¿Podría hoy en España no solo representarse una obra como Heldenplatz, sino que además tuviera repercusiones sociales y políticas, como en su momento la Elektra de Galdós?





Es pues una obra a la que no se puede calificar de complaciente. No puede serlo una que comienza con el suicidio del verdadero protagonista, un catedrático universitario de la alta burguesía austriaca, incapaz de soportar la sociedad de la que forma parte, lo quiera o no. A raíz de esta muerte, su familia y el personal a su servicio hablan sobre él y sobre aquellos años enterrados, pero cuyo antisemitismo y nazismo siguen sobrevolando el presente.

A este respecto, uno de esos valores que yo admiro de forma especial en una obra literaria es la capacidad de zaherir el pensamiento común y adocenado. Sobre todo en una sociedad que, a pesar de sus avances en muchas áreas, sigue considerando normal, si no natural, la dominación, el privilegio, la explotación y la pobreza, por minoritaria que sea la fracción social que la sufra. Es decir, es una sociedad que padece una enfermedad moral.

Heldenplatz (recordemos que alude al nombre de la plaza donde los vieneses aclamaron a Hitler una vez consumada la anexión) y esta reseña son, digámoslo claro, una excusa para apoyar, una vez más, la crítica, la burla, la sátira, incluso, no solo contra el poder institucional, los intereses espurios de la clase política y de toda empresa o industria que haga valer su fuerza económica y su influencia contra el bien común, sino contra la ideología misma que la refuerza y, finalmente, contra nosotros mismos, que, aun a pesar de estar en posición de desventaja frente a aquellos, tenemos que sacudirnos, una y otra vez, la pesada carga del pensamiento trillado y conformista, y no dejar pasar ni un ataque a la libertad y a la democracia. La indiferencia nos hace, cómo no, cómplices. Que no digan de nosotros como sus sobrinas del tío Robert, hermano del muerto:


Es también el fin del tío Robert 
aunque el tío Robert no es del tipo suicida 
Las personas como el tío Robert 
no se tiran por la ventana 
tampoco las persiguen los nazis 
que se desentiende casi siempre de lo que los rodea 
peligrosos son sólo quienes son como nuestro padre 
los que lo ven todo y lo oyen todo continuamente 
y por eso tienen siempre miedo  

(...)  
el tío Robert es el vividor nato 
el tío Robert no cree tampoco que en Viena  
no haya en el fondo más que nazis 
eso lo oye pero no se lo cree 
no le afecta 
por eso aguanta también en Neuhaus 
En la Musikverein tampoco le molesta 
que en los conciertos no haya más que nazis 
el tío Robert puede escuchar Beethoven 
sin pensar en el congreso del Partido en Nuremberg 
eso era precisamente lo que no podía nuestro padre 
También nosotras preferíamos siempre estar con el tío Robert 
a estar con nuestro padre 
ya de niñas corríamos en cuanto podíamos hacia el tío Robert 
porque nuestro padre nos resultaba demasiado peligroso 
Los que piensan han sido siempre peligrosos 
la gente prefiere 
a los inocentes que escuchan Beethoven tan tranquilos 
Gracias al tío Robert 
tuvimos una bonita infancia


No crean que Bernhard carga solo contra los nazis. La Iglesia, los socialistas, los sindicalistas y casi cualquier institución o grupo austriacos sufren su sarcasmo brutal ya sea en boca de un personaje o de otro. Tamaño fuego verbal, verdadero incendio literario, no recuerdo haberlo leído nunca, y bien que se la merece nuestra sociedad, en nuestra literatura española. Menos aún, en la canaria, con nuestra pléyade de cabezas de ratón, ratoncitos todos ansiosos de encaramarse a alguna sinecura que los alivie de las penas del malvivir y de un mundo indudablemente injusto. 




P.D. Otras reseñas, aquí, aquí o aquí.












domingo, 12 de agosto de 2018

'Abismo', de Leandro Pinto

Tras mi desastroso, por tedioso, encuentro con el penúltimo clásico de la literatura canaria, Los puercos de Circe, de Luis Alemany, decidí cambiar de género de un modo extremo. Así soy yo, un tarambana literario sin oficio ni beneficio. Lo cierto es que mis experiencias con esa literatura setentera canaria han sido paupérrimas, profundamente decepcionantes. Recordemos, si no, Malaquita o, en menor medida, Las espiritistas de Telde

¿Por qué en unos casos decidí escribir reseñas y en el último, no? Quizá porque en los dos primeros casos consideré que era necesario escribirlas, en ese momento concreto, y ya, no. Y la menguante paciencia, claro está, que es un factor que no hay que minimizar. A fin de cuentas, estoy muy a favor de desacralizar. Oigan, ¿por qué demonios hay que leer El Quijote todos los años públicamente en actos institucionales? ¿Por qué nos tiene que gustar? ¿Quién dicta el gusto? Imagínense, no es mucho imaginar, que ocurriera algo parecido, por iniciativa del Gobierno de Canarias o del Cabildo, con, por ejemplo, la Comedia del Recibimiento Y lo mismo con Benito Pérez Galdós. No sé qué pensaría este buen señor y prolífico novelista de que lo hubieran institucionalizado en su ciudad natal, de tal modo que casi parece un santo ante el que ofrecer exvotos. En vez de estudios galdosianos, parecen hagiografías galdosianas. Solo señalo que es muy posible que no todas sus novelas fueran magníficas. Tal vez solo unas cuantas. Que como dramaturgo no era sobresaliente. Ni siquiera Electra, por mucho escándalo y conmoción política que ocasionase en su tiempo. Que también es posible que si no hubiera tanta gente viviendo de Galdós para "perpetuar su legado" quizá se le leería de otro modo. Es posible que hasta más, porque, al menos en mi caso, no hay nada como que un autor reciba la bendición oficial para considerarlo sospechoso. 

Al menos, Galdós no es culpable: ya estaba bastante muerto cuando comenzó el proceso de momificación. En cambio, tenemos otros artistas que no esperan a morirse: ellos mismos negocian con las instituciones políticas todos los detalles del embalsamamiento, y mejor si reciben algún dinerillo público mientras tanto, cuando no una fundación y un castillo en La Isleta o la restauración de su propia casa en Agaete.

Luego está, merece una entrada aparte, el político cuyo nivel más alto de abstracción consiste en intuir el concepto de cohesión social, que a su modo se resume en que por apoyar a la luminaria local, por gracia de birlibirloque se unirá a la población sentimentalmente de algún modo u otro. No hay nada como la cohesión. Puede ser que el paro, la pobreza, la desigualdad la degradación de la escuela y sanidad públicas, la contaminación y otras menudencias hagan estragos en la población, pero nada como un equipo de fútbol o de baloncesto y un poco de cultura y festejos para que alejemos el espectro de la anomia social, para que todos hagamos piña, para que nos sintamos cohesionados. 

No pueden ser sino estúpidos o malvados. 

Pues con la literatura setentera canaria tengo la misma impresión que la de encontrarme ante una hornacina: aquellos jóvenes autores, merced a sus posiciones de poder y prestigio, tanto en la política oficial como en los medios de comunicación, no han dejado de tutelar la opinión pública literaria para ocupar aquella. Es posible, y solo digo posible, que su autopromoción mediante recursos que no estaban a disposición de otros menos afortunados o astutos haya sido la causa de que hoy en día sigamos hablando y escribiendo de ellos y de su obra. Es posible, y solo digo posible, que la producción novelesca canaria haya sido en general bastante mediocre, al menos la de estos autores, pues de la invisible no puedo hablar. ¿Quién lee hoy a Juan-Manuel García Ramos? ¿Quién, a Luis León Barreto? ¿Quién, a J.J. Armas Marcelo? ¿Quién, a Emilio González Déniz? ¿A quién importa lo que escriba Juan Cruz? Por citar unos cuantos, quizá los más preocupados por sí mismos. La pregunta no es solo si han dejado huella literaria, si abrieron el campo literario con su perspicaz observación, con su originalidad narrativa o con su insólito ángulo de visión, sino también si aportaron algo a la comprensión del ser humano, que parece que es lo más importante que puede aportar la literatura.

En fin, vayamos a lo nuestro:






En esta ocasión, tenemos Abismo, de Leandro Pinto. Se anuncia como una novela de horror o terror o algo parecido. Sin embargo, salvo un truculento, desagradable y pormenorizado relato de una relación de muy malos tratos, que bien podría considerarse terrorífica, nada parece sobrenaturalmente escalofriante al principio. Dado que la contraportada del libro comenta algo de "locura y horror absolutos", es legítimo que considerara que hasta el primer tercio del libro (que no es muy largo, unas 150 páginas) mis expectativas se estaban viendo frustradas.

Esta primera parte es, digamos, de corte realista. Dentro de los parámetros de todo simulacro de la vida, la protagonista piensa, come, bebe y habla como una persona normal que, en determinado momento, conoce a otro protagonista: un policía que la seduce y luego la viola, la folla y la apalea con variable intensidad y frecuencia. La protagonista se excita, según ella misma, por este tipo de ritual sexual. A continuación, tras el previsible suceso luctuoso, comienza lo macabro de verdad: hay muertos en proceso de descomposición que actúan como si estuvieran muy vivos en el manicomio a donde la envían. O parece que la envían. Después pasan cosas, todas muy desagradables, sin duda.

Sin embargo, Leandro Pinto tenía la intención de escribir una novela de terror, no simplemente una novela desagradable por los litros de sangre derramada o los kilos de carne putrefacta. Ese es el problema: miedo, miedo, lo que se dice miedo, no causa. Apunto una razón para ese fracaso: los hechos se narran no solo en su crudeza, sino, digamos, de frente, sin dejar espacio, resquicio siquiera, para la duda, para la inquietud ni la zozobra. El argumento en sí, aunque tampoco sea la cumbre de la originalidad, habría valido, pero quizá la ausencia de ambigüedad (y eso que el punto de vista de la narración, en primera persona, podría haber contribuido fácilmente a esa bifurcación entre, digamos, la realidad y el punto de vista del personaje) sea uno de los motivos. Con una construcción psicológica más fina, la narración podría haberse beneficiado de ella. Sin embargo, la protagonista no para de contar y contar con todo tipo de detalle lo que ocurre. Pasan cosas, luego otras, y así hasta el final. A veces, incluso, aburre, aunque la mayor parte del tiempo se lee sin demasiado esfuerzo.

Asimismo, en cuanto a la construcción del personaje principal, dado que la narradora, Cristina Villar, es una joven de lo más común, me pregunto cómo puede describir o comparar cosas de las que difícilmente tendría experiencia alguna. Al menos, que concuerde con lo que nos cuenta de ella. Por ejemplo:


Otra cosa era el olor: una peste viciada que hacía pensar en osarios seculares, en criptas abiertas a los ojos humanos tras un conjunto maléfico, en bóvedas mortuorias profanadas por la avidez necrófaga, en tumbas removidas con palas y picos, en ataúdes rotos que desprenden su pestilencia gaseosa en un espacio cerrado. Olía a cementerio y a crisantemos podridos. A coronas de flores carcomidas por la intemperie y el paso del tiempo. A pétalos resecos y crujientes. A mortajas humedecidas por los fluidos de la muerte. A cirios a medio derretir. (pág. 81)

Salvo que, repito, la protagonista se dedicara a algo así como profanadora de tumbas, fuera Bram Stoker o alguien parecido, es dudoso que hubiera podido escribir ese párrafo. Aquí, en cambio, un narrador en tercera persona, exterior al personaje, sí que hubiera podido escribirlo, sin extrañeza para el lector. Esta extrañeza provoca, claro está, un distanciamiento que tampoco contribuye al clima que se pretende crear.

Por otro lado, aunque el autor hace gala de un vocabulario amplio, a veces incurre en imprecisiones semánticas, como, por ejemplo, denominar "fechoría" a un crimen o asesinato, o "psíquico" por "psicológico". O considerar sinónimos "observar" y "contemplar", y más. También choca que denomine a un centro psiquiátrico "manicomio", pero en la misma frase utilice "centro penitenciario" en vez de cárcel, o que escriba "la típica lluvia de invierno", o el uso profuso de "cierto", que hace que llegue a odiar el adjetivo. También, cómo no, algunos latiguillos en la expresión tipo "la tragedia nos golpeó con dureza", "lobo con piel de cordero", "pozo de sufrimiento", "piernas como columnas dóricas" (¿por qué no jónicas o corintias, o románicas?), "estampido ensordecedor", "silencio sepulcral", etc. También el tópico encuentra su topos al describir el manicomio:


"Era una casa de tres plantas con altillo, amplia y antigua, de aspecto casi amenazador. Se erguía firme y orgullosa bajo la lluvia torrencial, como un castillo medieval en medio de una colina. Sus ventanas enrejadas parecían ojos amenazadores, con unos aleros de teja gruesa que semejaban unas cejas pobladas, de talante opresor. Era, en cualquier caso, una construcción señorial, una de esas casas que inspiran respeto por su aspecto de edificación encantada, y en cuyas habitaciones una imagina oscuras liturgias, ritos satánicos, suicidios sangrientos, infortunados accidentes mortales". (pág. 74) 

Aparte de esta descripción, que habremos leído y visto dos millones de veces, uno vuelve a sentir extrañeza por cómo Cristina Villar podría tener experiencia alguna de "oscuras liturgias" y de "ritos satánicos", como ya señalé antes. Finalmente, la conclusión moral al término de la novela tampoco me resulta convincente. Después de todos los avatares de la protagonista, el lector se queda huérfano de emociones, vacío de interpretaciones. Quizá es lo peor que se pueda decir, si uno aspira a que la literatura sea más que entretenimiento. Creo que no basta con sentir el impulso, las ganas o la pasión de escribir. Hay que responder también a la pregunta de para qué.

Como conclusión, me da la impresión de que el autor, de un modo u otro, quizá sin ni siquiera ser consciente, rinde homenaje a la literatura (y cinematografía) de terror que le precede, pero sin ser capaz de añadir nada nuevo: una trama o una perspectiva original que fuera capaz de tocar esos resortes de la mente humana capaces de sumirnos en el miedo o, ya que hablamos de literatura, de gozar en el miedo. Su ritmo narrativo se mantiene firme y no desfallece, lo que está bien, pero sin duda no es suficiente. Tiene ante sí un proceso de depuración estilística que no debería demorar y un afinamiento en el punto de vista narrativo que también considero urgente si es que quiere que sus historias adquieran mayor solidez y también mayor sutileza. Energía no le falta, desde luego.












.






sábado, 12 de mayo de 2018

'Los perros duros no bailan', de Arturo Pérez-Reverte

Cada día es la efeméride del óbito o del nacimiento de alguien. Especialmente celebrados son los de escritores/as, porque salvo en casos muy determinados, y tras haber pasado un periodo prudencial tras su fallecimiento, concejales y ex concejalas de cultura, presidentes, alcaldes y líderes de la oposición pueden arrimarse al recuerdo del fallecido (o frotarse con él) sin sonrojo ni lecturas previas, que ni falta hacen. 

Así, hace poco, el pasado 10 de mayo se celebraron algunos actos en recuerdo del nacimiento de Benito Pérez Galdós, el 175º aniversario. Dentro de dos años, como nos recuerda el ubicuo presidente del Cabildo, el 100º aniversario de su muerte. Así, políticos de izquierda, derecha y transversales se hacen selfies con bustos, retratos o libros de Galdós, algunos organizan lecturas de su libro al estilo de lo que se hace con la lectura de El Quijote (El Libro Sagrado) y todos expresan públicamente su admiración por su vida y obra, hasta la extenuación y el asco.

Esa apropiación de Galdós, un literato al que no se le daba mal fustigar a la clase política, a la Iglesia y a la sociedad de su época, no es ingenua. El halo de un/a escritora/a cuya crítica pertenece a otro tiempo, y que, por lo tanto y salvo lecturas más profundas, puede considerarse ahora inocua, bien puede iluminar, orear y dorar a nuestros representantes tan faltos de fundamentos éticos e intelectuales que uno se los imagina correteando aquí y allá para pedirlos prestados (en el mejor de los casos) de donde sea. Suele citarse, para glosar su figura, la campaña de infundios y descrédito que sufrió el mentado Galdós por sus posiciones políticas y morales que, según se dice, le costó el Nobel. Mucho me temo que gran parte de esos políticos y demás próceres actúan o actuarían igual contra aquellos artistas que se atrevieran a criticarles a ellos o a sus actos. Creo que ejemplos hay unos cuantos de presiones, prohibiciones, censuras y condenas.

Es por ello por lo que dichos homenajes, que en nada importan a los/as difuntos/as, se celebran, al igual que los premios de toda clase y condición, no tanto para honrar y reconocer al/la escritor/a o como para que la institución que los concede u organice adquiera notoriedad en la esfera pública y se dote de una aura cultural para diversos fines, entre otros para que, por un tiempo, olvidemos que están pobladas y a veces dirigidas por sospechosos habituales. Lo cierto es que esta estrategia parece haber rendido rédito, y así, con el paso del tiempo, se ha fundido tanto con los usos y costumbres de la sociedad que si las instituciones públicas se olvidan de honrar a alguien apreciado por algún sector social, se considera una afrenta y una injusticia casi inadmisibles.

Hay que señalar, además, que en esta nueva época de gobernanza y creciente importancia de las empresas privadas en la esfera pública, éstas también se animan a reivindicar u homenajear a quien se les cruce por delante si consideran que sirve para realzar su imagen corporativa. Aquí, por ejemplo. Viva el oportunismo.

Por si fuera poco, y para hacer más risible la cosa (y no se diga que me olvido del/la ciudadano/a de a pie), en estos tiempos de redes sociales, casi cualquier individuo/a, por más justamente anónimo/a que sea, no pierde la oportunidad para mostrar sus condolencias por la muerte del/la cantante o escritor/a de turno o para expresar su alegría o "felicitación" al/la artista homenajeado/a en su efemérides. ¿Y a nosotros qué nos importan los sentimientos de esa persona al respecto? Pues ya ven.

Por cierto, el pasado 5 de mayo, los suplementos culturales nos atosigaron con toda clase de tonterías, llamados análisis o artículos, sobre Marx, aprovechando que la fecha de su nacimiento.

En fin, vayamos a lo nuestro:




Esta es una historia de perros. Quiero decir, los protagonistas son perros, que piensan y hablan con lenguaje humano. Claro está, porque, de lo contrario, ¿cómo podríamos leer la historia? Aquí radica la primera dificultad en lo tocante a la verosimilitud, digamos de carácter metalingüístico. Si un perro cuenta su historia, pero ni entiende a los humanos, ni ellos a él (ni a los demás perros), ¿cómo es posible si quiera concebir una historia desde el punto de vista de un animal? Para posibilitar esa narración habría que crear un nuevo lenguaje, con su diccionario, su gramática, etc. Eso si pensáramos que ese lenguaje es posible concebirlo al estilo de los lenguajes humanos, por muy extraños o exóticos que nos resulten muchos de ellos. Así que, ¿cómo es posible imaginar un lenguaje inimaginable para un ser humano? Cuestiones parecidas se dejaban ver en la novela de Stanislaw Lem o en la de China Miéville que hemos reseñado.

Sin embargo, creo que Pérez-Reverte no se plantea estos dilemas, que por sí solos podrían haber abortado este proyecto literario. Más bien, una posibilidad es que sus referentes sea El coloquio de los perros, de Cervantes, en el que unos perros, asombrados, adquieren el don de la palabra y comienzan a dialogar entre sí. Eso, o las películas de Disney, por ejemplo, en el que todo ese problema de la verosimilitud se deja a un lado sin mayor problema humanizando a los animales, y así vienen Kimba, los amigos acuáticos de la Sirenita, Nemo, Bambi, etc. Eso, en cuanto al problema (yo lo considero tal) lingüístico. De fondo, y de manera no muy disimulada se hace referencia a La llamada de la selva/lo salvaje, de Jack London, con sus raptos de perros, peleas, lucha por la supervivencia, la nobleza y la crueldad de animales y humanos, la lucha por la vida, etc. Sin embargo, mientras en la novela de London, la narración era en tercera persona, a cargo de un narrador omnisciente, en Los perros duros no bailan (referencia a la novela de Norman Mailer, Los tipos duros no bailan, que tenía su punto macarra y cómico), la narración corre a cargo del personaje principal, Negro, en primera persona.

Ya les voy adelantando que la novela se lee rápido y fácil, sin mayores complejidades en cuanto a su estructura, lineal. Es el relato de unos hechos situados en el pasado, con un vocabulario coloquial o vulgar, y que no representa desafío alguno al lector; unos personajes que representan ciertas virtudes o tipos sociales, eso sí, muy humanos; y unas escenas cortas e intensas, bien resueltas, que no llegan a aburrir, aunque la historia, en su conjunto, no ofrece mayores sorpresas ni reflexiones originales, precisamente. Los diálogos también están bien perfilados y ágiles, aunque queda claro que ni los juegos de palabras ni los guiños literarios representan las mayores virtudes literarias del autor.

Lo malo es todo lo demás. Me explico: hay inconsistencias lógicas insoslayables. Si los perros sólo entienden a los humanos por el tono, no entienden las letras ni las palabras en los periódicos, etc., ¿cómo es posible que no sólo que entre ellos hablen de personajes humanos como Espartaco o Hitler, sino que además manejen conceptos como el nazismo, comprendan el mismo devenir histórico pues conocen sus ancestros y las razas de los sucesivos cruces, distinguen nacionalidades (que no son sino divisiones culturales y físicas humanas), etc.? Albergo la impresión de que a Pérez-Reverte esos problemas son naderías, que lo que de verdad le importaba era crear algo parecido a una alegoría, en que la sociedad perruna fuera un trasunto simplificado o, algo peor, purificado, de la sociedad humana. ¿Qué quiero decir con purificado? Arriesgándome a hacer una teoría de la mente revertiana, pienso que el autor buscaba aislar los elementos básicos que motivan las acciones de las personas: valor, cobardía, venganza, lealtad, falsedad, por ejemplo, sustrayéndolos de la compleja maraña de relaciones, valores, constricciones, etc. de las sociedades modernas.

Sin embargo, en esa purificación, en ese destilamiento, lo que le queda, a fin de cuentas, es la violencia y el machismo. El perro-héroe tiende a minimizar su inteligencia y a valorar su capacidad para la violencia. Asimismo, uno de los perros que va a rescatar (ahí reside el motor de la trama: el rescate de amigos en apuros) se convertirá en un asesino, producto de su brutalización a manos de los humanos. El otro perro, que no tiene las cualidades para ser un perro de pelea, sin embargo logrará sobrevivir gracias a que lo convierten en un semental, cómo no. Por otro lado, las hembras apenas disfrutan de protagonismo, salvo para ser montadas placenteramente, dejándose ver apenas algún atisbo sentimental. La única perra con carácter, y que no deja montar, es, claro, una feminista resentida. Por supuesto, en esa minisociedad perruna, también hay una "putilla" (pág. 33) y un "maricón".


Margot era, y lo sigue siendo, una perra resentida, áspera, feminista -ninguno de nosotros podía alardear de haberla montado nunca- y con muy mala leche. (pág. 17)


Una de las ventajas que los animales poseemos sobre los humanos es que nadie nos exige ser políticamente correctos. Ahí jugamos en casa. Miren los monos: todo el día dale que te pego al manubrio o la coyunda, a su rollo, con los niños encantados en los zoológicos y los padres riendo la gracia. O sea, que los animales estamos a salvo de esa clase de gilipolleces. De momento, al menos. Nadie anda fiscalizándonos, y cuando se impone nuestra naturaleza tenemos la excusa de que somos, dicen, irracionales. (...) Si lo que le dijimos aquel día se lo dice un humano a una humana, el fulano acaba en comisaría a la media hora. Pero por suerte no éramos humanos. Los perros somos machistas, oigan. Faltaría más. Y a mucha honra. (págs. 26-27)

Rudi, o Perlita, como prefería que lo llamaran, era un caniche gris perla de pelo rizado que iba siempre muy de peluquería, recortado en las patas y cardado en el rabo y la cabeza. Divino de la muerte, osea. Maricón de concurso. Su lado canalla lo llevaba a escapar con frecuencia de su casa -vivía con dos humanas que eran hermanas, solteronas y mayores- y a dejarse caer por el Abrevadero en busca de emociones fuertes. Lo volvían loco los perros callejeros sin raza ni escrúpulos, a los que pedía que lo azotaran con el rabo y lo llamaran perra. (pág. 58)

Supongo que algunos serán capaces de denominar a esto crítica social o, sin ir tan lejos, valentía o incorrección política. Habrá que ver dónde está la valentía en denostar a personas o grupos que han sido históricamente dominados, vejados y apaleados. Y lo siguen siendo. Se me podría acusar de injusto por establecer una igualdad entre el personaje Negro, el perro protagonista, y el escritor Pérez-Reverte. Uno no tiene por qué comulgar ideológicamente con el otro. Sin embargo, la lectura de algunos artículos del escritor y sus manifestaciones públicas sí que establecen las bases para afirmar, al menos, cierta conjunción. Ya lo valorarán Vds., por supuesto.

En fin, mi conclusión es que, si uno supera el tufo masculinista y el tópico del tío duro pero con corazón, se lee bien, con ritmo y vívidas escenas de acción, lucha y muerte. Incluso con sabor épico. Pero le queda a uno un regusto desagradable: es mucho superar.

Este tipo de escritores que también escriben artículos de opinión, intervienen en tertulias, etc., y a los que, por tanto, se les califica a menudo de intelectuales, tienen su público, y numeroso. Un público antiguo para un autor antiguo, sin embargo. Representa Pérez-Reverte, a pesar de sus diatribas contra los políticos y la política, o por eso mismo, una vuelta a los valores de verdad, los buenos, sin tanta corrección política. En un mundo donde los usos y costumbres se han trastocado de tal modo que no es posible saber cómo desenvolverse, cómo ser sin ambigüedades, algunas personas piensan que lo ideal es volver a una época de certezas (que quizá nunca ha existido, salvo en su mente) cuando los hombres eran hombres y las mujeres, mujeres, cuando los conflictos se resolvían con un par de buenas hostias, mancillar el honor se pagaba con sangre y cosas así. 

Es evidente que no todos los problemas se resuelven a base de deliberación democrática y empatía, que en muchas ocasiones hay conflictos de intereses, de suma cero, en los que el consenso es imposible. Para eso están las negociaciones, las soluciones de compromiso, etc. A veces, claro está, contra un régimen opresor, contra grupos que pretenden la dominación por la fuerza y la esclavitud, solo queda el legítimo recurso a la insurrección, pero de ahí a exaltar la violencia como un valor masculino y natural queda un trecho. Un trecho moral que, para muchos, por lo visto, es insalvable.







P.D. Reseñas positivas, que ven otras cosas y no ven lo que yo veo. Aquí y aquí. Otra, más cercana a la mía, aquí.











: