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viernes, 7 de julio de 2017

'Casa de verano con piscina', de Herman Koch

Entiendo que, para muchos, la mejor crítica (si no la única posible) es el elogio desmedido. Solo así puede entenderse que los mismos escritores que propugnan una "crítica de verdad" en Canarias sean los mismos a los que le sienta fatal que se le aplique a ellos mismos cuando no consiste en elogios desmedidos. Creo que a pesar de las fotos en facebook de cenas multitudinarias o de reuniones regadas con cerveza, de cordiales encuentros con el Escritor Reconocido, o con el editor o la librera de turno en ferias del libro allende los mares, muchos/as de estos escritores/as no cuentan con verdaderos amigos. 

Un amigo te habría dicho que El tren delantero demuestra que una novela es algo más que unir de mala manera historias sueltas que uno tenía en un cajón, abandonadas gracias a Dios; que La otra vida de Ned Blackbird necesitaba un repaso a fondo en el estilo y en la lógica del argumento; que Gracias por el tiempo requería una reflexión profunda sobre el tono narrativo y, por qué no, sobre su misma existencia; que Puro cuento es pura impotencia sin altura literaria; por no hablar de La última homilía de Zacarías Martín o de El sepulcro vacío. Un amigo habría dicho, en definitiva: "Trabájalo más". Y más.

A este respecto, y cambiando de manifestación artística, recuerdo una tarde en la que asistí al estreno de una película canaria llamada Los días vacíos. Casi la totalidad del público asistente (amigos, familiares, actores y demás miembros del equipo de rodaje, y alguna despistada) prorrumpió en aplausos durante varios minutos a su término. No contentos con eso, algunos se levantaron y, mientras seguían aplaudiendo hasta que se les llagaron las manos, gritaban "¡Bravo!" una y otra vez con algo parecido al fervor. ¿Qué pensaría el director? ¿Qué la película flaqueaba por todos lados? ¿Que no sabía qué era peor, si el guión, tosco y errático, si las interpretaciones que iban de lo meramente aceptable hasta lo ridículo, si el lenguaje visual, que a veces parecía propio de un documental turístico y otras de una mala serie de televisión? No, pues lo lógico es pensar que si todo tu entorno te dice que lo has hecho cojonudo, lo creas.

Pues no.

Soy de la opinión que hay que ser parco en el elogio: nos hemos acostumbrado a que de cualquier cosa que no se diga que es obra maestra o genialidad pensemos que es una mierda. En una obra de teatro o representación operística, si el público no se levanta, aplaude y grita como poseso es que ha sido un espanto. Si los actores no se sienten obligados a salir tres o cuatro veces, mal asunto. Incluso en las tesis doctorales, si el doctorando no saca matrícula cum laude, es que su trabajo es malo. Eso tiene como consecuencia el fenómeno de la grima: grima en las reseñas, en las notas de lectura, en los suplementos literarios, en las revistas literarias, en los comentarios de los lectores-fans, etc. Todo es hiperbólico, ditirámbico, exagerado, ridículo.

¿A dónde hemos llegado?

Así, en mi personal esfuerzo por contrarrestar ese orden de cosas en los juicios que hago, si una novela me parece que está bien, no significa que me parezca mala, no: me parece que está bien. Eso es un elogio, ¿o me estoy perdiendo algo? Claro que hace falta en Canarias una crítica de verdad, si entendemos por ello no una Crítica que incluya mi novela o mis poemas en una nueva Antología Canaria para que me inmortalicen académicamente y yo lo vea, sino una crítica honrada. ¿Y qué es una crítica honrada? Simplemente, que consista en escribir públicamente lo que se piensa de verdad, con mejores o peores argumentos, que eso ya se discutirá. En serio, a mí no me ha resultado difícil.

Pasemos a la reseña de hoy: Casa de verano con piscina





Esta es una novela en la que la propensión a empatizar con el personaje principal y narrador, Marc Schlosser decae con rapidez si uno no se empeña en lo contrario, si uno se da cuenta de que no es obligatorio identificarse con él. En nuestro caso, es un médico que por sistema detesta a sus pacientes, un hombre al que, aunque no lo reconozca explícitamente, no tiene demasiaba buena opinión de las mujeres en general, salvo cuando su vanidad se siente halagada por la promesa de una conquista sexual. Es bastante parecido al español medio, me da la impresión, con sus especulaciones de por qué hombres y mujeres ligan, cuándo ligan, y con quiénes ligan. Se considera un téorico del comportamiento humano dada su condición de médico de cabecera, que, por lo que parece, le capacita de manera excepcional para emitir sus juicios sobre las miserias y servidumbres de las personas y de sus cuerpos. En realidad, un individuo normal, con valores de clase media de sociedad burguesa, respaldados por un biologicismo omnicomprensivo, pero que, eso sí, se codea con artistas y gente de postín.


La consulta de un médico de cabecera como la mía tiene sus inconvenientes. Por ejemplo, te invitan continuamente a todas partes. Les parece que en cierto modo tienes que estar, aunque sea "en cierto modo". Inauguraciones, presentaciones de libros, estrenos de películas y obras de teatro... No pasa un día sin que te encuentres una invitación en el buzón. No existe la opción de no asistir. Si es un libro, aún puedes mentir y decir que vas por la mitad, que no quieres opinar hasta acabarlo. Pero el estreno de una obra de teatro es el estreno de una obra de teatro. Cuando se acaba tienes que decir algo. Es lo que se espera de ti, que digas algo. Nunca que digas lo que te ha parecido: eso jamás de los jamases. Lo que te ha parecido te lo guardas sabiamente para ti. Durante un tiempo lo intenté con clichés; clichés del tipo "Algunas cosas estaban bien", o "Y a vosotros, ¿qué os ha parecido?". pero con clichés no se conforman. Tienes que decir que te ha encantado, que les agradeces que te hayan brindado la posibilidad de presenciar ese estreno histórico.



Las mujeres simpáticas compensan su falta de atractivo corporal con talentos, innatos o no, en otros ámbitos. Por ejemplo, preparan todos los bocadillos de un guateque con más de cien invitados. O traen gorritos de fiesta y antifaces para todo el mundo. O llegan en una bici de reparto con más leña de la que se necesita para todas las estufas de la terraza. "Wilma es un encanto -comenta la gente-. ¡Qué agradable es! Nadie más hace algo así, ¿a quién se le habría ocurrido?" Claro que Wilma está demasiado pálida o demasiado delgada, o simplemente es demasiado fea, y todo el mundo se da cuenta, pero la pobre hace desinteresadamente tantas cosas encantadores al mismo tiempo que sería de desalmados comentarlo.



Aparte de lo de mi aspecto, debería explicar otra cosa sobre mí. Soy más gracioso que la mayoría de los hombres. En las listas de las cualidades masculinas más valoradas que publican las revistas, la mayoría de las mujeres responde "sentido del humor". Antes pensaba que era mentira. Una mentira para maquillar el hecho de que a la hora de la verdad siempre acabarían decantándose por George Clooney o Brad Pitt, pero ahora he entendido que no es así. No es que las mujeres que piden "sentido del humor" quieran pasarse la vida desternillándose con un hombre demasiado jocoso. Se refieren a otra cosa: el hombre tiene que ser "gracioso". Jocoso no, gracioso. En el fondo, todas las mujeres tienen miedo de, a la larga, acabar aburriéndose con los hombres demasiados guapos de este mundo. Con esos hombres que saben perfectamente lo guapos que son, que no han de esforzarse porque tienen a todas las mujeres que quieren, pero poco después de la noche de bodas ya se quedan sin temas de conversación. Llegan los bostezos de aburrimiento. Y es que también resulta agotador tener todo el día alrededor a un hombre que admira constantemente su propio aspecto. Un día tras otro. El tiempo se convierte en una carretera recta y larga que cruza un paisaje bonito pero aburrido. Un paisaje que nunca cambia.


Así, este observador de la vil humanidad se da cuenta en una fiesta de que el famoso actor de teatro y nuevo paciente de su consulta, Ralph Meier, ha deseado, con expresión lasciva que así lo demuestra, a su esposa, Caroline. Por supuesto, deplora ese sentimiento y le produce mucho asco. Sin embargo, su propio deseo hacia la mujer de Ralph, Judith, no le inspira el mismo reproche. Así somos, salvo excepciones, linces para los defectos ajenos y ciegos para los nuestros. 

Más adelante, el protagonista y su familia se encuentran, no del todo por azar, con Judith y Ralph cerca de la casa de veraneo de estos, que comparten con otra pareja amiga. De ahí el título. Ralph se nos aparece cada vez más detestable  y asqueroso. Marc, como un intrigante manipulador. A espaldas de ambos, Caroline y Judith parecen ajenas a las intenciones de sus maridos. Uno se pregunta si esto tiene que ser siempre así, que cada vez que haya hombres y mujeres, parejas de novios o casados, suponiendo heterosexualidad, o todas las posibilidades suponiendo que no, haya que estar en guardia por potenciales infidelidades o acosos sexuales. Si uno no puede estar, simplemente, hablando, mirando el cielo o pensando. Si uno tiene que estar de continuo rivalizando para captar la atención de una posible pareja para un folleteo o para evitar que el/la rival acapare toda la atención. Si todo tiene que ser sexual y freudiano, si no hay espacio para descansar de la sensibilidad genital y de fantasías sentimentales y operar, un rato sólo, con amigable racionalidad. Es que, si no, todo puede llegar a resultar muy cansino.

Por primera vez desde nuestra llegada a la casa, Judith y yo estábamos solos en un mismo lugar. La miré. Deslicé la mano por encima de la mesa, le cogí los dedos corazón y anular entre mi pulgar y mi dedo índice, y tiré suavemente de su mano.-Marc... -Dejó el cigarrillo en el cenicero, suspiró hondo, lanzó una ojeada hacia fuera y me miró-. No sé, Marc... No sé si...-Podemos ir a dar un paseo. O a la playa, en mi coche. No le solté los dedos. Acaricié el dorso de su mano. "Podría llevarla a alguna parte", pensé. No a la playa, sino hacia las colinas, por una de las muchas carreteritas tortuosas de arena que había a lo largo de la costa. Recordaba un aparcamiento casi desierto en un claro del bosque. Desde allí habíamos tardado más de una hora en alcanzar a pie una de las calas de Ralph. Pero no teníamos por qué ir hasta la playa. El aparcamiento ya bastaba.


El autor maneja bien el ritmo de la trama; el lector se pasa la mitad de la novela temiendo lo que se insinúa para que cuando los acontecimientos se precipitan y se produce el clímax se quede perplejo por lo inesperado. La evolución moral del protagonista, sobre todo, nos deja, por así decirlo, ante dilemas éticos que no sospechábamos. Estos constituyen, para mí, el valor de la novela: asumimos el comportamiento del protagonista, lo repudiamos, nos quedamos solo con aquellos que nos haría sentir mejor. En definitiva, reflexionamos sobre nosotros: vida, muerte, sexo, cónyuge, prole, culpa, respeto, inocencia.

Asimismo, me parece que la traductora, Maria Rosich, ha hecho un buen trabajo. Al menos, la versión en español ofrece un texto fluido que refleja las reflexiones de un hombre de ciencias (recordemos que Marc, el protagonista es médico), con un sesgo analítico, que no frío, pero con intención de minuciosidad. Las caracterizaciones de los personajes resultan acertadas, tanto en la descripción de sus acciones como en los diálogos, ofreciendo toda una galería de personajes que si bien, por un lado, son tipos, por otro también resultan humanos. Convincentes, en definitiva.

Solo me atrevería a poner un pero: hay en la estructura de la novela un recurso con el que el autor consigue construir la sorpresa final, también provocar la catarsis, en el lector. Es posible que pudiera llamarse a eso manipulación, quizá truco. No sé cómo lo verán Vds. Ya me cuentan.













lunes, 5 de junio de 2017

'Interregno', de Roberto A. Cabrera

Después de un lapso algo más largo de lo habitual (aunque no mucho más), estamos aquí para constatar, una vez más, y ya van unas cuantas, la enorme distancia que separa el mundillo de los/as reseñadores/as de la experiencia literaria de un lector poco acostumbrado al engaño o al maravillosismo. Digamos un lector medio, que toca todos los palos, que no siente especial aversión por ningún género (llamémosle noir, llamémosle sci-fi) y que tiene entre sus lecturas una razonable proporción de cervantes, shakespeares, tolstois, dostoievskis, faulkners, hemingways, unamunos, mccarthys, chandlers, chéjovs, carvers, barojas, bradburis, ballards, philipkdicks, galdoses, chestertons, greenes, stevensons, austens, bröntes, yourcenars, íbsenes, stendhals, flauberts, paveses, zweigs, walzers, woolfs, borgeses, cortázares, etc., etc., por citar solo algunos/as de los/as novelistas, cuentistas o dramaturgos más canónicos. Este lector, de natural confiado, tiende a pensar que el reseñador ha disfrutado de un volumen de lecturas comparable, como mínimo. Sinceramente, espera que más. Espera también que, dado que no tiene mucho tiempo para estar al día de todas las novedades literarias y que tiene casi agotados los grandes nombres, el reseñador del suplemento cultural de su periódico favorito o el de ese programa de televisión en La2, o ese periodista que tiene una página en Internet, lo guíe con honradez, ya que con sabiduría sea quizá mucho pedir.

En esas estamos todavía. Sin embargo, mi experiencia como lector ha sido (y sigue siendo) nefasta tanto en lo que se refiere la literatura española, en general, como a la canaria, en particular. Casi cuarenta años dando por sentado que Almudena Grandes, Javier Cercas, Javier Marías o Muñoz Molina no sólo eran buenos, sino geniales y que yo, al aburrirme al leerlos, al no interesarme ni su estilo ni sus temas, era el singular. Busquen, busquen las reseñas y lean, lean. Ya me contarán.

Lo mismo ocurre en Canarias. No sé si por un confuso sentimiento de identidad pervertido en conformismo o por una constatación de que, como ha dicho Emilio González Déniz, "no tenemos ningún Vargas Llosa" ni lo tendremos, el caso es que, de modo paradójico, a juzgar por los/as reseñadores/as de literatura canaria, siempre tan amables con lo nuestro, las obras maestras invaden las estanterías, abarrotan las vitrinas, salen disparadas por la presión del número y la escasez del espacio de las librerías a la calle, golpeando, sin reparar en sexo, credo o filiación política, las testas de los transeúntes, en una singular encarnación del concepto "irradiación de cultura", muy a lo Chirino, por cierto.

Esto quizá vaya más allá del "sólo reseño cosas que me gustan", "no hay nada de malo en reseñar a un amigo cuya obra sinceramente admiro" o "reséñame bien que luego te reseño bien yo a ti". Es posible que tengamos instalado tanto en el módulo del gusto como en el de la honradez una actualización que nos impide detectar los defectos en la obra de los autores/as canarios/as y, por ende, escribir sobre ellos/as. Esa actualización, sobra decirlo, ejerce una influencia irresistible en el código de las buenas maneras así como en el estado de nuestra literatura, condenada a una mediocridad que espanta. Esta mediocridad se vuelve casi insuperable, ya que el canon que se ofrece como ejemplar es un batiburrillo de pretenciosidades y feria de las vanidades que aplastaría a cualquiera que no disponga de un talento excepcional.

Todo esto viene a cuento no sólo por la reseña de González Déniz sobre la última ¿novela?, ¿paño de lágrimas?, ¿sesudo análisis sociológico de las víctimas del capitalismo financiero? de Santiago Gil, que podríamos encuadrar con generosidad bajo el epígrafe "Es mi amigo y qué" (me temo que su capacidad de reseñador es la misma que la de escritor en El tren delantero) y que sigue, por cierto, la delirante estela de Ibrahim Chamali en Dragaria, sino que es una constante que se repite en cada lanzamiento (por decirlo así) de cada nueva cosa con páginas y portada que algunos llaman novela; otros, cuentos; y los de más allá, yoquesés.

El último menosprecio al lector ocupado e ingenuo lo constituyen las reseñas que se perpetran aquí y aquí. También, aunque es más bien un lavarse la manos, aquí. La novela en cuestión es Interregno. Pasión e instante en la vida de Humberto Laredo, fotógrafo, de Roberto A. Cabrera.








Esto va más allá del gusto personal, de la subjetividad, de la biografía particular de cada uno o de si soy zurdo o diestro. Si uno aborda una novela para reseñarla tiene que exponer sus virtudes y sus miserias, en caso de que se disponga de la capacidad crítica necesaria para ello. Si no, uno se vuelve en un mero propagandista, quizá en un amable vendedor, de esos que no dan mucho la lata, pero cuya tarjeta acaba en tu bolsillo. Lo más probable es que si uno persiste en esa actitud acabe siendo, como creo que es el caso en que nos ocupa, en un simple apuntador de la agenda comercial de editores y libreros. No digo que no sea una ocupación digna, pero que no ejerce la labor de reseñador, de eso no albergo la menor duda. Además, no se le hace ningún favor ni al escritor, en particular, que persistirá en sus errores creyéndolos grandes cimas estilísticas, ni a la literatura canaria (o hecha en Canarias) o española. Si encumbramos medianías como prodigios literarios y a obras mediocres como maestras, ¿qué ocurrirá cuando nos encontremos con algo realmente valioso? ¿Nos faltarán manos para aplaudir? ¿Tendrán que salir los actores no tres, sino treinta veces al escenario? ¿Habrá que inventar un nuevo término, tal como "súper-mega-obra requetemaestra? Volvamos al principio: ¿Por qué nos conformamos con lo mínimo sólo porque sea de aquí? ¿No nos merecemos nada mejor?

Interregno es una novela prescindible. Eso para empezar, y casi para acabar. Consiste en una sucesión de escenas deslavazadas, la mayoría de las cuales no suponen un avance argumental ni un desarrollo psicológico o existencial de los personajes. Prueben a intercambiar capítulos y verán que no tiene efecto alguno sobre la trama. Descripciones minuciosas que no nos aportan nada, irritantes a más no poder, que aparecen por capricho, como si el autor quisiera convencernos de su ingenio, de su capacidad de observación, de su clarividencia descriptiva. Aquí dos citas, y disculpen: son necesarias:


Humberto se dirigió a la pecera con el sobre de las fotos. El espacio que media entre el cuarto oscuro y la pecera puede recorrerse de diversas maneras. Una bien propia y no despreciada por Humberto consiste en salvar la distancia en línea recta sin distraer la mirada ni a izquierda ni a derecha. Otra forma de encaminar los pasos es ensayando una suerte de zigzag azaroso que consiste en desviarse cada vez que se tropieza o se cruza con alguien, bien a la izquierda bien a la derecha (esto último por turnos). Claro que esta manera de avanzar (la preferida por Humberto cuando sufre uno de esos días que él califica "de subsuelo") puede producir situaciones paradójicas (léase: desear llegar hasta una puerta y alejarse cada vez más, y no por decisión propia sino porque una cadena de encuentros con el personal deambulante desvía los pasos de acá para allá, dificultando la tarea de llegar adonde nos habíamos propuesto ir (¿se entiende?). Pero no crea el lector que nuestro héroe se atiene escrupulosamente a su sistema. Con frecuencia, sucede que los azares se vuelven insidiosos y hacen perder la esperanza de llegar alguna vez a la puerta de la pecera. Entonces, Humberto escoge entre dos salidas (ambas igualmente honorables): la primera, expedita, consiste en enfilar los pasos hacia la pecera, ensayando la línea más corta; la segunda, una versión desnaturalizada del modus operandi que limita la observancia a trechos. Así pone a salvo Humberto sus intereses profesionales y defiende, de paso, la salud de sus facultades mentales ante quien osara ponerla en duda, de palabra o mediante gesto circular ensayado por el índice ante unas sienes. (págs. 25-26) 


García frunce los labios y alza una ceja y luego la otra (y es admirable esa acrobacia, harto difícil según puede el lector comprobar por sí mismo.) El imberbe Aparicio, como corresponde a su juventud, que le impide emular la pose estoico-rumiante de su colega, ya da muestras de impaciencia. "Y qué mierda hacemos ahora?". "Probemos suerte arriba"., dice García. "Hay que consultar esto". Y Aparicio eleva los ojos, lentamente, hacia el techo mientras se pone en pie armonizando el movimiento ascendente del cuerpo con el de los ojos, que se acompasaban con el mismo tempo più lento. Y de pronto la pecera se inmoviliza y brota ante los ojos de nuestro héroe un cuadro místico del que cabría lamentar la penosa caída de los brazos de Aparicio, que estropea el conjunto. Es de obligado buen gusto, de rigor incluso, como se sabe, elevarlos con gracia, al menos hasta que las extremidades superiores, con las palmas abiertas hacia arriba, los dedos ligeramente separados -y flexionados apenas el anular y el meñique-, alcancen la altura de las orejas (...). (págs. 41-42)

Y sigue un rato más, no crea, que entusiasmo por escribir no le falta al autor.

O la escena en la que el protagonista se hace una paja pensando en Matilde, que no transcribo por si hay menores leyendo.

O en la que a Matilde le dan diarreas, que no transcribo porque la paciencia aunque grande, no es infinita. 

Dios mío, por qué.


Además, los diálogos: insufribles entre el protagonista Humberto y Natividad (por ejemplo, el de las páginas 34-37). O con Saturnino, la voz de la honradez y de la experiencia. Pero aún peor es el diálogo de Humberto con la hija de Natividad, con la que (creo) pretende resaltar la inteligencia de la niña, pero no lo consigue en absoluto. Sólo hace que nos preguntemos por la inteligencia del autor. O, al menos, por su esfuerzo: ¿fue un rapto de genialidad? ¿A qué miraba mientras lo escribía? ¿Le quedó bien el caldo de papas mientras lo ideaba? Terrible:


-Tú eres un tonto. Todos los novios de mamá han sido tontos. Pero tú eres el más tonto. El campeón de los tontos. 
-¿Y si te bajo las braguitas y te sacudo el culete? 
-No puedes.-¿Y eso por qué? 
-Ya te lo he dicho. Eres un tonto. Los demás eran tontos falsos. Tú eres un tonto verdadero. 
-Eres un encanto. Estoy conmovido. 
-Porque eres tonto. 
-¿Has dormido bien? 
-Sí. 
-¿Desayunas? 
-Todavía no. 
-Vaya, yo tomaré un café. ¿Adónde dices que fue tu mamá? 
-No sé. Ella va y viene. Es así. Es tonta. 


Así dos páginas y pico más, en lo que supongo que será un despliegue de agudeza por ambas partes que se queda, siento decirlo, en una tarea pendiente para el autor: la de estudiar más el arte del diálogo en la novela. Siempre digo que hay que tener proyectos en la vida. Cuantos más, mejor. Fíjense, en cambio, lo que escribe una reseñadora: "Roberto A. Cabrera domina el uso del diálogo con gran maestría para dejar que sea el propio lector el que se haga una idea de cómo es cada personaje". Ya les digo, lean y juzguen. Si quieren buenos diálogos con niños, me vienen a la memoria Saroyan y Salinger, sin ir más lejos.

Por otro lado, y no menos importante, la descripción del periódico y de los empleados se pretende burlesca, expresionista, gogoliana tal vez, pero quedan, a pesar de su evidente esfuerzo, en caricaturas que no inducen ni a la risa ni a la reflexión. Meras excusas para parrafadas y naderías mentales tanto de Humberto como de esa voz, que se pretende juguetona y desengañada, sí, la del propio novelista. Los jefes son muy malos, el Opus Dei también. Ya lo sabíamos, a otra cosa. 

Asimismo, se mantiene a lo largo de la novela un diálogo constante del autor con el lector que, contra lo que le pudiera parecer al primero, no la hace más honda o metaliteraria, sino que la aligera, la hace presa de una mundanidad quizá deseada, por su empeño en mostrarnos cómo una vida vulgar y corriente se desenvuelve vulgar y corriente, pero que nos hace preguntarnos tres cosas: a) Por qué hicimos caso a los reseñadores; b) por qué la compramos; c) por qué tenemos que seguir leyéndola si nada nos enseña ni nada nos cuestiona. Hay quien escribe, no se lo pierdan, lo siguiente: "El libro, más que golpear, sacude al lector y le obliga a que se mire en el espejo e intente reconocer la imagen que tiene de sí mismo..."

"Más que golpear, sacude". Me quedaré pensando en eso un rato, lo prometo.

Más bien, quienes deberían mirarse en el espejo, un buen rato, son el autor de esta novela y los reseñadores que la han alabado, aunque sea un poquito. Un proyecto literario, qué digo, artístico, sin pretensiones de grandeza forjadas en el yunque del trabajo y la exigencia, no es proyecto, ni literatura, ni nada. Es, que me perdone a quien ofenda, un ejercicio de vanidad travestido en creación literaria. Publicar, por lo que parece, no es tarea complicada. Imagino que las editoriales necesitan estar constantemente ofreciendo productos nuevos a sus lectores-consumidores y que los editores no ejercen su oficio, el de editar, y se limitan a publicar. Sin embargo, tanto el autor como la editorial, al igual que el reseñador amable o maravillosista deben de sufrir tanto más desprestigio cuanto más exigente sea el lector.

En definitiva, Interregno es de esos productos, por llamarlo amablemente, que logran cabrearme. Otra vez. Me recuerda a algunas predecesoras reseñadas en este blog que también fueron elogiosamente glosadas en prensa, radio, tv e Internet como La última homilía de Zacarías MartínLa otra vida de Ned Blackbird, Vs. y El tren delantero. Nada quedará de ellas pasadas las promociones. Nadie hablará de ellas... salvo que nada mejor se escriba en el futuro. Sin embargo, eso es justamente lo que ocurrirá si seguimos alabando lo vituperable y elogiando lo despreciable.





miércoles, 8 de marzo de 2017

'La última homilía de Zacarías Martín', de Enrique Redondo Miranda

El cura Zacarías no es precisamente el Padre Brown, ni Enrique Redondo es G.K. Chesterton. Podría aducirse que esta novela no es una de detectives ni pertenece al género negro, lo que también sería justo. Hay un crimen, sí, pero no hay ningún misterio en cuanto a la autoría, no hay problema detectivesco que resolver. Se nos describe, asimismo, un trasfondo social de cacicazgo y control social, pero sin que el autor lo describa como sórdido, adjetivo que siempre viene bien cuando se habla de novela negra. Eso sí, hablando en esa jerga literario-comercial podríamos hablar de perdedores, cuyo exponente, en este caso, serían los protagonistas: el cura Zacarías y Virgilio.

Si quisiéramos hacer una reseña corta y amable, haríamos como tantos reseñadores que no quieren quedar mal. Nos limitaríamos a resumir el argumento: un cura peninsular llega a Tejeda, traba amistad con un cartero jubilado sobre los cimientos de su compartida afición al ajedrez, más tarde el amigo muere y el cura investiga, por decirlo así, las circunstancias de dicha muerte. Felicitaríamos al autor por el uso del habla canaria, por situar su acción en un pueblo tan bonito e idiosincrático como Tejeda y pelillos a la mar. Todos contentos, ¿no?

Pues no.





Parto de la base de que una obra destinada a un público que va más allá del círculo familiar y amical, y que además no es gratuita, debería tener pretensiones artísticas: mostrar aspiración, quizá exagero, a la inmortalidad literaria, con la consiguiente voluntad de estilo, dominio del lenguaje, creatividad, etc. No concibo que alguien se dedique a escribir una novela con modestia, como, si eso fuera posible, esperando que le pudiéramos perdonar sus errores. ¿Qué es el arte, qué es la novela, sin aquella ambición?

En primer lugar, uno no puede escribir como si le hubieran encargado un folleto turístico o un artículo para el Ronda Iberia, salvo que quiera que el alcalde le invite a comer:


Los hechos se iniciaron el 21 de diciembre del año 2012, fecha en la que habitualmente el pueblo se encuentra envuelto en un manto húmedo de niebla que lo convierte en un microclima sumergido en el centro de una isla de clima tropical. Tejeda es el lugar donde acontecen los mismos. Un pueblo que se encuentra a mil metros de altura, en la isla de Gran Canaria, y mil metros más abajo, en cualquier dirección, encontramos costa con un clima tan agradable como para que la temporada de mayor ocupación turística se produzca en los meses de invierno.



El clima en esta estación es muy frío durante el día, con una humedad que se incrusta en los huesos, y que resulta imposible despegar hasta que la primavera deja ver sus primeros colores. Por el día, el sol de invierno en esta zona de la isla no quema, solo acaricia. Las noches por el contrario, a pesar de ser bellas estampas cargadas de bruma, del olor que desprende la tierra húmeda, de aroma a castañas asadas, chimeneas y soledad, resultan tan frías que se desaconseja permanecer a la intemperie más tiempo que el necesario para trasladarse de un lugar a otro.



Gran parte de las partidas presupuestarias del consistorio van destinadas a estas fiestas que sitúan a Tejeda en el mapa durante unas semanas. Las calles y casas del pueblo se engalanan, la atmósfera festiva contagia a oriundos y visitantes, los agricultores organizan puestos de ventas, se instalan ventorrillos para degustar platos de la zona y vino del país, puestos de artesanía y dulces típicos... En definitiva, todo el pueblo termina poniendo su granito de arena para conseguir una celebración única. Entrega de premios a personalidades que apuestan por la región, certámenes de dibujo y poesía, carreras de montaña, exhibiciones de lucha canaria o salto del pastor, entre otros eventos, no dejan espacio al aburrimiento.


Por otro lado, y siguiendo con el uso del lenguaje, el autor no atina con el empleo de palabras pertenecientes a campos semánticos específicos. Por ejemplo, el ajedrez. Suponemos que el autor conoce el juego porque la novela está dividida en secciones tipo "Apertura", "Medio juego" o "Enroque" y que algún momento no puede evitar el igualar la vida con el ajedrez y todo eso. En relación con esto, "trebejos" es una palabra de uso exclusivamente escrito. No digo yo que alguien no la pueda usar en un contexto oral con animo pedante o cómico,  pero como jugador de ajedrez que he sido, jamás he oído esa palabra en vivo. Se utiliza como sinónimo de "pieza", y poco más, en los textos. Lo que nunca oirán ni leerán es el empleo de "ficha" (pág. 93): se interpreta como un insulto, como si igualáramos el ajedrez con, por ejemplo, el parchís o el dominó (con todos los respetos a los jugadores de esos juegos, entre los que también me encuentro). Un poco más de investigación no habría venido mal.

Asimismo, Zacarías, el cura, está muy disgustado porque no ha habido "veredicto" sobre la muerte de su amigo Virgilio. Sin embargo, a poco que uno indague en el campo semántico jurídico, el veredicto es la declaración que emite un jurado sobre la culpabilidad o inocencia del acusado. Es decir, que ha habido un juicio. Si se archiva un procedimiento, huelga decir que no hay juicio, luego tampoco hay veredicto de un jurado que nunca se ha constituido. En cambio, en la novela la Policía Local cuelga un anuncio que reza: "Se hace saber que, bajo secreto de sumario, los hechos acontecidos en relación al fallecimiento de don Virgilio Quintana Santana quedan archivados por falta de pruebas que faciliten el dictamen de un veredicto con la suficiente veracidad como para proclamar justicia". Que den un paso adelante los lectores juristas.

Además, y siguiendo con este plano formal, hay erratas y errores gramaticales aquí y allá que nos informan de que el supuesto corrector (si es que ha existido) ha sido bastante negligente en su tarea. Comentemos, además, que en algunos capítulos el autor decide que la conversación se reproduzca a base de comillas para cada interlocutor ("") y acaba utilizando guiones (-). Algo peor aún es que en el capítulo IX (pág. 53) el autor salta del tiempo pasado al presente, sin otra justificación, aparentemente, que el despiste propio de quien ya anda pensando en cosas mejores en que emplear su tiempo. Añado que los saltos temporales inducen a la confusión, aunque como lector no me importa (demasiado) pasar páginas hacia atrás y hacia adelante cuando sea menester. Al menos, salvo en alguna breve ocasión, el autor no se pone demasiado filosófico, lo que es de agradecer.

En cuanto a la historia en sí, imaginando que hay tal cosa independiente del lenguaje empleado, puedo afirmar que, al menos los personajes principales, Zacarías y Virgilio, tienen cierta consistencia, distinguibles en su individualidad. No obstante, a la historia le falta desarrollo, como si el autor tuviera prisa por acabar o, sencillamente, porque no se le ocurría nada más. La trama va a saltos, sin demasiada lógica: el cura se indigna e investiga, pero no investiga demasiado. Luego, una revelación inesperada que explica comportamientos pasados de su amigo Virgilio, y tal. Este, cuyo nombre imagino no está escogido al azar, nos habla, en cierto momento, desde el limbo. Una voz de ultratumba, quizá del Purgatorio, que nos incita a pensar en Tejeda como uno de los círculos del Infierno. Ojalá la trama hubiera dado para tanto. Por último, no puedo resistirme a señalar que el cacicazgo hermético imperante en el pueblo no se ve desafiado en serio, y que el desenlace de la novela inspira más bien cierta resignación ante las jerarquías sociales. Quizá sea para remover conciencias, quizá no sea más que claudicación política.

En fin, qué quieren que les diga. No sólo los escritores populares como Ravelo o González Déniz escriben novelas flojas (o muy flojas), también los más desconocidos muestran esta lamentable capacidad. En este sentido, puedo entender su fraternidad. Sin embargo, no deberían solazarse en la mediocridad y en la negligencia si es que de verdad respetan a los lectores.



P. D. Después de escribir esta reseña he hecho una pequeña investigación (esta de verdad, no como la del cura Zacarías) y he encontrado que la obra tiene su propia página facebook, en cuyo interior vemos aquí al autor, entrevistado (una entrevista amable, por supuesto, viva el buen rollo) en la Televisión Canaria, nada menos. Y aquí en un periódico local. Que no se diga.