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jueves, 7 de septiembre de 2017

'Las espiritistas de Telde', de Luis León Barreto

Como habrán podido apreciar, en este blog no siento especial urgencia por comentar las novedades editoriales ni me veo impelido a seguir la corriente de modas o géneros. Por el contrario, me gusta tener un ojo en la actualidad y otro en el pasado, sobre todo en aquellas obras de las que siempre oí hablar y nunca me decidí a leer, ya sea por llevar la contraria o por simple pereza. No obstante, en este momento de la vida, me gusta abordar, en ocasiones, obras clásicas o que pertenezcan, por lo que sea, al repertorio de lecturas obligadas si se quiere conocer la literatura canaria, española, mundial, etc. Tal es el caso de Las inquietudes del Hall o, como es el caso de esta reseña, de Las espiritistas de Telde. 

Suele ser común que determinadas obras, una vez entran a formar parte del canon literario, se blinden ante toda crítica. En algunos casos, no es que resulten invulnerables, sino que, simplemente, no se vuelve a hablar de ellas y caen en un olvido apacible. Ante otras, solo cabe el elogio o un silencio que a veces aparenta ser respetuoso, aunque no hayan sido leídas por casi nadie. Así pues, surgen varias cuestiones respecto de un canon: ¿es el resultado del poso histórico que ha dejado el consenso más o menos generalizado de críticos y lectores? ¿Es producto del esfuerzo de medios de comunicación afines al escritor de turno, por lo que es posible que no dure más que unas décadas? ¿Son, en relación con lo anterior, todos los cánones mera cristalización de relaciones de poder en el mundillo literario-cultural? ¿Cuál es el papel de las administraciones públicas? ¿Qué pintamos los lectores en todo esto?

Es difícil negar que la obra que nos ocupa esta vez, Las espiritistas de Telde, forme parte del canon literario canario, aunque tal vez sea por mera insistencia. El mismo autor, posiblemente uno de los novelistas más entrevistados de Canarias, se encarga de recordárnoslo cada vez que puede, orgulloso como está de la novela, traducida, según sus propias palabras a cinco idiomas: "Las espiritistas le debo mucho; se ha publicado ocho veces en español y tiene cinco traducciones: rumano, alemán, inglés, italiano y francés." 

Nada que objetar: forma parte del sentido común local que, en Canarias, si a un/a escritor/a no se le ha traducido alguna vez al rumano, no es nadie. Diría que Rumanía posee ese punto exótico (hispanocéntricamente hablando) que otorga prestigio en tertulias resabiadas y en suplementos culturales con ínfulas. Como si el inglés o el francés fueran demasiado normales. Por otro lado, y a título de curiosidad, Luis León Barreto, aparte de los posibles méritos de una obra sin duda ingente, se colocó en el centro de la esfera pública (cultural y canaria, lo que significa que es muy pequeñita) hace unos años cuando declaró que las instituciones públicas no lo apreciaban mucho (no lo habían convocado para una firma de libros en la Librería del Cabildo de Gran Canaria) a pesar de que él era quien era. Provocó gran regocijo entre sus compañeros escritores, que se apresuraron a desmentir que se odiaran, ni mucho menos. Algunos, incluso, como Alexis Ravelo le ofrecieron su silla, etc. Mucho amor, en definitiva, y aquí no ha pasado nada.

Esto viene a colación porque me pregunto en qué medida y por qué un novelista (o artista en general) debería sentirse ofendido por la poca atención que le pueda dispensar el Cabildo o cualquier otra instancia político-administrativa. Digo yo, además, que si se es mundialmente famoso (incluso en Rumanía), poca importancia debería prestarse a los tejemanejes de un concejal de Cultura o a un encargado de una librería (por muy del Cabildo que sea). Es posible, por el contrario, que, como escritor, sepa León Barreto la importancia de los pequeños detalles, y que el olvido de un día signifique el ostracismo para siempre. Así pues, eso me conduce a pensar que el mal endémico de nuestro mundillo artístico-literario local es esa dependencia casi absoluta (salvo alguna excepción) de las dádivas de las administraciones en forma de conferencias, viajes, cursos, firmas, sinecuras, etc., que no puede sino conducir a la sumisión política, intelectual y artística al poder y a quienes los ejerzan en ese momento. En demasiadas ocasiones, es más fácil criticar a Trump, a Rajoy o al capitalismo posfordista que a la consejera/consejero de Cultura del Gobierno de Canarias o al concejal/a de la misma área de cualquier ayuntamiento.

Dicho lo cual, pasamos a Las espiritistas de Telde.





El crítico Ricardo J. Pérez, en Dragaria, se atrevió a escribir, sobre un poemario: "No sé qué decir del poemario Alētheia del sur de Iván Cabrera Cartaya. Si me gustan los poemas o si no me gustan; si son buenos o no son buenos, eso menos." Lo singular no fue tanto esa duda posmoderna como la reacción del poeta cuyo poemario se reseñaba. En un hilo de Facebook mostró su indignación por lo que consideraba una falta de respeto, como mínimo. A continuación, claro, gran alboroto. Ya se sabe que en Canarias si el crítico es crítico, mal asunto. Incluso si la crítica es tibia, incluso si se acaba diciendo que no parece malo del todo el poeta de marras ("un poeta muy interesante"), igualmente se convierte en hereje, potencial galeote. En nuestra Comunidad, la única crítica posible en público es el ditirambo, por muy flatulento que sea. 

Saco a relucir lo anterior porque, según me adentraba en la lectura de Las espiritistas, y que conste que la comencé con buen ánimo y óptima disposición, no sabía si me estaba gustando o no. Hasta que, definitivamente, no. Ya pueden comenzar a rugir por la injusticia y el atropello, y el no hay derecho, hombre.

Vayamos a la novela, pues. Luis León Barreto se basa en unos aciagos y luctuosos hechos acaecidos en Telde, en los que se mezclaron curanderismo, superstición, ignorancia y enfermedad. La novela, en esencia, es la investigación por un periodista de ese crimen perpetrado en 1930, en el seno de una familia venida muy a menos tras el paso de las generaciones.

 A mi parecer, es una historia (o más bien tres) escrita de un modo un tanto atropellado, pero que al mismo tiempo consigue volverse aburrida. La parte digamos histórica, la narración de la decadencia de las sucesivas generaciones de los Van de Walle, interesa hasta cierto momento en que, quizá por el apuro en llegar al corazón de la trama, esta pierde solidez, los personajes dejan de tener cuerpo y personalidad y se quedan en meros nombres que, debido a lo anterior, confundimos unos con otros. No, precisamente, como en la saga de los Buendía en Cien años de soledad, cuya densidad narrativa no tiene nada que ver con la endeblez del relato de Barreto. Sin embargo, esta parte tiene su atractivo (con una riqueza verbal a ratos meritoria) de la que carece, por el contrario, la del escritor peninsular en destacamento, que se esfuerza por describir la capital y otras zonas de la isla con forzada verborrea. Por otro lado, la parte de las sesiones de curandería con el Cubano y la muerte de la niña Ariadna, aun con escenas potentes y bien descritas, da la impresión de surgir de la nada, pasando por alto cómo esa familia de rancio abolengo reniega de la medicina oficial y se entrega a prácticas de santería. El caso es que parece que tenemos que aceptarlo porque sí, lo que no suele ser buena estrategia en una novela (ni en casi nada). Además, aunque las tres historias deberían complementarse de manera natural, la impresión lectora que produce es de fricción, de crujido y de rechinamiento. Quizá falte pausa para enhebrar bien los planos de la narración y un punto de menor regodeo en el lenguaje. En todo caso, acepto el barroquismo, pero denme algo a cambio, por favor, pero que no sea ensimismamiento.

Podría entenderse que la creación del personaje Enrique López sirve al propósito de describir y analizar las complejidades de la sociedad canaria contempladas por un observador externo. Es todo un desafío, porque el autor, al ser canario, no sólo ha de hacer un extrañamiento sociológico-cultural para detectar esas peculiaridades que quiere poner de relieve, sino otro más: debe construir de modo convincente la visión de un madrileño, de un extranjero, al fin y al cabo. Sin embargo, este esfuerzo no logra su objetivo, y el personaje no consigue adquirir consistencia, se limita a ser un instrumento para amplificar la voz del autor, que, en realidad, tampoco tiene grandes cosas que decir. Es más grandilocuente que elocuente. A su lado, coloca a una nativa, Raquel, que apenas si es un sustantivo en las páginas, sin personalidad ni voz propia, mero remedo de Enrique, que no es más que remedo del propio Barreto. Sus excursiones investigadoras no suponen estímulos a la lectura, sino que acaban con la menguante paciencia del lector y los diálogos entre ellos parecen sacados de un repertorio de pensamientos trillados.

Un par de ejemplos:

Página 141.

Mientras trataba de reconstruir la historia casi cincuenta años más tarde Enrique López encontró temor. 
-Es normal: somos un pueblo cosmopolita que recibe al visitante, pero se recela de él -le había advertido Raquel. 
Aunque estaba acostumbrado a ganarse la confianza de sus fuentes, y a menudo lo conseguía, notaba que ciertas partes del relato se le escapaban. Todavía existía el producto lógico de los años de tabú en los cuales algunas cosas se habían extraviado. Por ejemplo, el afán de analizar para luego debatir y contrastar. 
-Estamos al final del siglo veinte -le replicó Enrique-. Son hechos muy conocidos, salieron en la prensa de la época. Incluso se publicaron en el extranjero. 
-No te asombres: ese afán de negar los acontecimientos y de no quererte comentar es una consecuencia de la civilización rural -insistió la joven-. Y de las invasiones, porque el enemigo siempre llega por el mar. 
Había venido por el agua pero se había quedado en aquella punta emergida del ubérrimo continente que llegaba hasta Egipto y habría sido cuna de ciudades donde florecieron las artes. Todo el subsuelo está todavía sometido a fuerzas descomunales y quizá en miles de años acaben de asomar a la superficie nuevas cumbres que confirmarán la teoría. Entonces las ruinas tragadas por el océano volverán a la luz. 
-De todas formas esto se parece a un sueño -dijo Enrique mientras conducía distraídamente-. Esa vegetación, ese transcurrir lento del tiempo, esa calidez. 
Cualquier forastero aprecia el clima más benigno que pudiera imaginarse sobre la faz del planeta. Nación de la fortuna cantada por los clásicos -pensaba. 
-Gente noble y trabajadora. Demasiado emocional quizá, por un maternalismo excesivo. y el que viene percibe que aquí todavía se pueden hacer las Américas -añadiría Raquel.


Página 154.


-Las Palmas es una ciudad-terraza como San Francisco, con condiciones espléndidas entre dos bahías. Eso dicen los arquitectos, aunque entre todos la hemos cortado a cachitos -dijo Raquel apoyada en la baranda metálica que da vueltas; puedes quedarte girando como un trompo en la terraza mientras contemplas el cielo y abajo la lámina sucia del agua, rompiéndose la luna en mil badajo. 
-Pero tiene fuerza. Y la isla desprende la misma sensación de paraíso que pudieras encontrar en el Caribe: la suavidad de la gente, la belleza del paisaje y la explosión de luz. La mejor terapia para quien viene de la gran ciudad, creeme (sic) -dijo él. 
-Quizá sea como un Ave Fénix dispuesta a remontar el vuelo en cualquier instante -añadió Raquel. 
Jardín y cloaca fabricados a toda prisa, sahumerios para ahuyentar el conocimiento de otros mundos allá donde el horizonte es línea tan finísima que nadie pudiera deducir si ha de convertirse en la entrada del cielo y del purgatorio (...).



Asimismo, hay que señalar (aunque supongo que, ya que es una obra de referencia en Canarias, alguien se habrá percatado antes) el irritante descuido en que incurre el autor en lo que se refiere a la coherencia en el uso de los tiempos gramaticales, por decirlo con suavidad.

Un par de ejemplos (la cursiva es mía):


Página 51.


-Pero yo sé de uno que se va a calentar pronto. ¿Te imaginas unas playas con sol, whisky de marca y unas chavalas de aquí te espero? -dice Santiago Areal, su vecino de mesa, especializado en documentación. 
-No caerá esa breva -responde Enrique cuando abre las gavetas, levanta la tapa de su máquina de escribir y coge la Hoja del Lunes para ver en qué lugar queda el Atlético. 
-Vaya partido el de ayer, eh -dijo Santiago-. Si es que pincháis en el peor momento.

Página 70.

Juan Camacho rociaba el cuarto con agua de colonia y esparcía incienso en los cuatro puntos cardinales, pedía le trajeran el azufre por si era preciso expulsarle ese invasor (...). 
También solicitó una escoba para golpearle en las piernas, y la cesta de costura con agujas y leznas. 
Mientras se colocaba a la cabecera, retuerce la cabellera de Francisca. 
-¡Sal, perro maldito! -dijo después de dar pases magnéticos ante sus ojos entreabiertos, cubierta sólo con un camisón de muselina. 
Mandó extender sus brazos y ponerle el crucifijo de marfil en el pecho, y una lámpara de aceite en la palma de la mano derecha. Luego pronunció con energía el mandato: 
-Malos espíritus, malos seductores, salid a doscientas leguas de estos alrededores. 
Pone los ojos en blanco y el desconocido se aleja, ya está volviendo en sí. Limpian la saliva de entre los dientes y Jacinto dice alabado sea Dios, rezan el Credo y al final abre los ojos, la besan, ríen con ella. 
-Está libre porque el mal se asustó al contemplar las dimensiones de nuestra fe -afirmó Juan Camacho-. Por eso ha preferido ir a posarse en otro cuerpo, lejos. 
-Pasó el peligro -insiste Jacinto-. Ya vamos estando protegidos. 
-Tendremos pruebas más difíciles -concluyó Juan Camacho-. Pero las iremos superando.

Etc., etc., desde el principio hasta el final. ¿Errores de principiante? ¿Intento poco convincente de experimentación? Recordemos que el autor tenía alrededor de 31 años cuando publicó la novela y, aunque la industria editorial española es algo más antigua, la figura del corrector es una rara avis, cuando no directamente un estorbo o una complicación. Tampoco se nos puede olvidar que hay párrafos en el que el diálogo señalado por guiones sigue sin ellos y reaparecen al final, como el del campesino y Enrique López, en las páginas 121-122 quizá aspirando a algo parecido al flujo de conciencia o a un estilo indirecto libre. ¿Menudencias? Quizá. ¿Se lo puede permitir una obra que aspire al rango de Literatura, de Arte? Eso ya es más que dudoso.

En todo caso, resulta una mirada poco complaciente con Canarias, con Gran Canaria, en particular, tanto respecto del pasado lejano como del momento en que se escribió, lo que demuestra, todo hay que decirlo, cierto valor, tan acostumbrados como estamos a la idealización empalagosa o a la glorificación banal. No es poco, es incluso encomiable, al igual que el trabajo de investigación previo, que habrá sido hercúleo, pero me temo que no suficiente.

En fin, una novela que avanza a trompicones, que se empeña en abreviar lo interesante y en alargar lo tedioso, que llega en ocasiones a ser insoportable, con cierta artificiosidad en el estilo. En ningún momento llega a satisfacer las expectativas que la fama precedente había suscitado.



P.D. (I) Es posible, volviendo al asunto del canon, que su inclusión en él (aunque no se sepa muy bien por quiénes, tema para debate), y lo señalo como mera posibilidad, podría venir dada por el contexto histórico en el que una joven democracia, por así llamarla, en Canarias necesitaba renovar y afirmar una identidad en exceso folclorizada por el franquismo y en el que jóvenes literatos en aquel entonces como Luis León Barreto, Emilio González Déniz o Juan Manuel García Ramos, entre otros, ofrecían una nueva mirada a la sociedad (las sociedades) de las Islas, y fueron así recompensados con premios y galardones de todo tipo. 

P.D. (II) Aquí, un artículo de Juan José Delgado sobre la novela, y aquí otro que habla de maestría y tal.













lunes, 20 de marzo de 2017

'Mararía', de Rafael Arozarena

En ocasiones, uno aborda la lectura de una novela con prejuicios. Positivos o negativos, que lo mismo dan. Sólo cuando la lectura lo merece, desaparecen. En mi caso, el propósito de leer Mararía se debió a que la impredecible voluntad del Gobierno autónomo eligió a Rafael Arozarena como el autor (ya fallecido) a quien se dedicó el Día de las Letras Canarias. La necesidad de un día de homenaje es cuestionable, como muchos de los fastos y fanfarrias que, en nombre de la Cultura y cosas así, se decretan desde las instancias políticas. En cualquier caso, independientemente de la opinión que nos merezca dicho Día, el personaje elegido era el autor de una novela que ha pasado a formar parte del corpus imprescindible de la literatura canaria. Además, una película (que al parecer no tuvo buenas críticas ni éxito de público) y una canción con el mismo título, del conocido cantautor Pedro Guerra, han contribuido a que dicha obra haya permeado a gran parte del público lector canario. Me pareció que era un buen momento para reseñar otra obra de nuestro canon local (al igual que hice con Las inquietudes del Hall).

No obstante, las recomendaciones en materias artísticas y culturales de los consejeros del Gobierno y las de los concejales de ayuntamiento tienen el curioso efecto -llámenme quisquilloso- de indisponerme contra ellas. Lo mismo me ocurre con las de las escritoras-reseñadoras o las de los periodistas-escritores: nunca puedo distinguir una recomendación de una recomendación. Qué le vamos a hacer: uno es de natural desconfiado. Es por esto por lo que señalé la existencia de los prejuicios, en este caso negativos. Creo, además, que un reseñador debe declarar a su público cuáles son sus posibles sesgos y cuál es su relación con la obra y su autor. A eso lo llamo honradez.





Sin embargo, y aquí viene lo bueno, mis prejuicios resultaron infundados. Yo también recomendaría Mararía si alguien quisiera saber mi opinión, así que, si lo desean, ya pueden dejar de leer esta reseña, por ahorrar tiempo.

Por otro lado, ya saben ustedes que en este blog no me limito a reseñas positivas o elogiosas. Ni tampoco creo que la actitud del lector deba de ser, por sistema, la del buen rollo. Como manifestación artística, es decir, creativa, y como artículo en venta (es decir, piratería aparte, solo apropiable mediante el pago) una novela es criticable por sus lectores. Al mismo tiempo, la crítica pública de una novela es, cómo no, también susceptible de ser criticada. Así, hasta el infinito. Yo añadiría: crítica sí, pero argumentada.

Vayamos a la novela, que últimamente me pierdo en los prolegómenos:

Destacaría, en primer lugar, el lenguaje. Las descripciones son potentes, los diálogos, correctos y naturales. Podríamos objetar que el habla de los personajes está por encima de lo esperable por su cultura y posición social, pero el caso es que no lo notamos ni nos importa. Da gusto leer prosa bien escrita, prosa que se adecua a la trama como la piel al esqueleto.



-Usted no es de aquí, ¿verdad? -me dijo mientras encendía un pitillo. 
-No, no soy de aquí -contesté. 
-Pero puede que haya visto a la vieja.-¿Qué vieja?-María.-La he visto alguna vez -dije. 
-¿Hoy?-No. Hoy no la he visto. 
Exhaló lentamente el humo. 
-¡Cualquiera sabe dónde se mete! 
-Suele salir al ponerse el sol. 
-Sí, ya sé. Pero hoy no está en la casa. 
Guardó unos minutos de silencio dando unas chupadas cortitas al cigarro. 
-Aquí dicen que es una bruja -aventuré-. Hasta los perros le ladran. 
Manuel Quintero esbozó una sonrisa triste. 
-No lo crea. Es una buena mujer. 
Del interior de la venta salían los gritos, ahora más fuertes, del envite, los ruidos y las carcajadas. Afuera la tarde comenzaba a morir dejando una ceniza sangrienta sobre el pueblo y las llanuras. Manuel Quintero me dijo que la mar y la tierra, a esa hora, se volvían cosas benditas y que aquellos animales de allí dentro no sabían respetar nada. Señaló en dirección al cementario: 
-Están molestando a los muertos -dijo.




Una banda de murciélagos asustados se fugó sobre las tapias y otra vez me llegó aquel sabor amargo de mis penas y como un escozor en los ojos. (...) Sobre una repisa muy tosca vi un barquito de madera sin terminar y un camello. Y fueron aquellos juguetes tan pobres, tan humildemente tallados, los que me hicieron recordar las manos de mi padre, las manos encallecidas, tan duras y, sin embargo, tan blandas y milagrosas para mantener las ilusiones de un niño. ¡Ya ve usted! Después de soportar como un hombre tan rudos golpes, no pude reprimirme ante aquellos objetos insignificantes, y me tumbé en la cama y di rienda suelta a mi llanto.




La gente se acercó para escucharle y el viejo comenzó un discursito que le salió bastante torcido, por cierto, y debido, pensé yo, a la cantidad de vino que ese día llenaba su panza. Le aseguro a usted, como Isidro que me llamo, que sentí vergüenza y lástima por mi patrón, siempre tan respetable y, en aquel momento, un monigote allá encima de las mesas, queriendo estarse quieto y dando trompicones con los pies, mismamente como si ensayara el tajaraste. El vaso que sostenía se le derramaba a cada dos por tres sobre el chaleco y los pantalones, formándole grandes manchas violáceas. Tenia el rostro encendido como una sandia. Trataba de gritar para que lo oyeran.
-¡Coño, como la agarró el viejo! -dijo uno de los peones.


Y era fácil de ver la huella en sus ojos, que los hacía más hermosos y solemnes si cabe, más emocionales, porque presentaban ahora una luz negra, profunda, profundísima, que daba vértigo y atraía, como si en el fondo de aquella noche viva y oscura yaciera el mágico imán de la raíz y la verdad de todo sentimiento.


En segundo lugar, la mayoría de los personajes perduran en la memoria: son sólidos, impregnados, gracias al afinado estilo del autor, de la fatalidad y la resignación que sobrevuelan toda la obra. A diferencia de alguna que otra obra reseñada en este blog, Marcial, Pedro, señor Alfonso, señor Sebastián, el médico Fermín, entre otros, no son meros nombres impresos en las páginas ni etiquetas de una botella de falsa filosofía. Cada uno, desde su punto de vista en el interior de una gran historia que tiene como vórtice a Mararía, aporta significado a la narración. Todo el mundo habla de Mararía, menos Mararía. Podría afirmarse que este personaje es hablado, lo que da idea de su posición subordinada en ese micromundo.

Hay que objetar que el narrador principal parece, en realidad, un personaje creado únicamente para recoger las historias de todos los demás. Éstos son carne y sangre, aquél, casi un ectoplasma. En mi opinión, el defecto principal de la novela es la falta de sustancia de este narrador que llega a Famés como extranjero y de repente, o sin reparos, todos se aprestan a franquearse con él. Y como si los hubiera convocado ex profeso, todos cuentan su relación con Mararía. Chocante, como poco, sobre todo tratándose de sucesos vergonzosos y sangrientos, entre los que se encuentra un asesinato que, sin embargo, no parece tener mayor importancia. Echo en falta un contexto narrativo más armado para recoger estos encuentros y estas súbitas amistades. Podrían aducirse otra interpretación: el narrador es la coalescencia de voces, es la voz de Femés, la voz de Lanzarote. Quizá.


Por lo que he podido leer, algunos comentaristas conceden especial relieve al elemento simbólico de la protagonista, como mensajero de la fatalidad. O que los personajes representan a su manera a la isla de Lanzarote. Yo, de simbolismos, ando un poco escaso, por lo que me perdonarán que no me esfuerce en interpretaciones lacanianas ni en las sutilezas de metáforas y metonimias. Si nos ponemos a ello, empero, a mí Mararía me parece que encarna a la mujer sometida en una sociedad pobre, mezquina y violenta. La mujer que, como señalé antes, no habla: hablan por ella. La mujer que, a falta de derechos y de educación, sólo tiene su belleza como recurso con el que asegurarse la vida en una sociedad despiadada. El destino de esta mujer resulta, indefectiblemente, trágico y sin redención. Frente a ella, los hombres son unos miserables: algunos son conscientes de serlo, lo que no les resta una pizca de miserabilidad. Sin embargo, me da la impresión de que las desgracias de Mararía, de María como se la llama la mayor parte del tiempo, se acumulan en demasía. Se le acusa de propagar la desgracia a los hombres, aunque uno se atrevería a decir que la víctima es siempre ella. En todo caso, la cantidad de vejaciones y engaños que sufre por los hombres resulta excesiva en la narración.

Para finalizar: el mismo autor no se sentía demasiado orgulloso de esta novela. La consideraba "una obra de gran bisoñez" y demasiado lírica. Actitud crítica ésta que, por singular, conviene resaltar. Lo que abunda por estos lares, más bien, es la complacencia con uno mismo. Por mi parte, no puedo sino repetir la recomendación de su lectura.











miércoles, 14 de diciembre de 2016

'Las inquietudes del Hall', de Alonso Quesada

Tengo en mi poder un ejemplar de Las inquietudes del Hall perteneciente a una edición conjunta del Ayuntamiento de Las Palmas, la (extinta) Caja Insular de Ahorros de Gran Canaria, el Museo Canario, el Almacén, Editorial Prensa Canaria, Taller de Ediciones, Planas de Poesía y Fablas "como homenaje a Alonso Quesada en el cincuenta aniversario de su muerte" (1975). Ahí es nada.  Pese a tanto colaborador, la edición es más bien modesta, pero tampoco vamos a ponernos quisquillosos. Eso sí, la portada es la reproducción de un cuadro de César Manrique y el prólogo, de Lázaro Santana.



(Fotografía casera de la portada)


Bueno, vamos a lo nuestro. Con este post, no pretendo decir nada nuevo, sólo mi opinión. "A estas alturas, ¡hablar de Alonso Quesada!" (murmullo unánime de desaprobación, seguido de algunas interjecciones guturales). Alonso Quesada da nombre a calles, plazas, colegios públicos, parques infantiles y cosas así. Es un escritor institucionalizado. Es decir, deglutido, digerido, absorbido por el Estado y sus académicos orgánicos. Ha sido pasto de nuestras mejores mentes filológicas y está incluido en el santoral de nuestra literatura.


 No obstante, para un internauta sobrevenido como yo, es llamativo que apenas se encuentre nada en Internet sobre Las inquietudes. Supongo que estarán todas las reseñas, estudios y comentarios en polvorientos y apolillados tomos académicos o en Antologías de Literatura Canaria que nadie lee. Cualquiera sabe. A lo mejor, es materia de discusión en tertulias de alto copete y en asaderos de playa, pero permítanme dudarlo. Por curiosidad, una rápida encuesta que hice y que abarcó a varias generaciones en mi entorno más cercano arrojó el resultado de que no la había leído nadie. El riesgo de la mencionada institucionalización es que todo el mundo se sepa el nombre del literato/a, pero no lo lea ni Dios. Es lo que tiene la cultura oficial.


No obstante todo lo anterior, y asumiendo mi imprudencia por adentrarme en el templo de la literatura consagrada, les expongo mis reflexiones:


Debo reconocer que hacía tiempo que no leía nada tan elegante, tan irónico; y a la vez, tan lleno de metáforas y de comparaciones ingeniosas, de un lenguaje tan vivaz. Esto lo digo ya y podría acabar la reseña aquí con la recomendación de que lean esta obra, que vale la pena. Pero si sienten algo más de curiosidad aquellos que tengan la osadía de proclamar al mundo que no la han leído, continúen leyendo.


Este texto, publicado póstumamente (Quesada murió de tuberculosis en 1925), nos retrotrae a Las Palmas de Gran Canaria de principios de siglo, durante la época colonial de facto inglesa y la vida de esa comunidad en el reducido ámbito de un hotel.



El alma del inglés colonial es un pequeño Hall. Toda la cosa espiritual de su vida se concentra en el Hall. La vida extranjera y lejana tórnaseles tibia y plácida por la correcta claridad del Hall. Ningún lugar para digerir certeramente un roast-beef como el Hall. El Hall evita la altura de la voz, el desmesurado ejercicio de las manos. El corazón se somete, el ánima se disciplina, la mirada se vuelve mansa como la de un buey y el pie es como si tuviera una perpetua zapatilla de baile.

Imagino que la historia se desarrolla en esta ciudad, aunque nada lo indique (y sea lo de menos), porque Quesada trabajó allí sucesivamente para dos empresas británicas casi toda su (corta) vida. Trabajo que, al parecer, detestaba. El habría preferido dedicarse a la literatura (se carteaba con Unamuno, quien le prologó el poemario El Lino de los Sueños, para que vean, y era camarada de Modernismo de Tomás Morales), pero tenía que mantener a su familia, que no era pequeña, por cierto. Escribió crónicas periodísticas, poesía, teatro y prosa, lo que fuera, pero nunca pudo vivir de ello. Ser profesional de la escritura siempre ha sido duro (como lo es serlo de casi cualquier cosa), y más cuando no existía esa política cultural supuestamente cohesionadora y fervientemente subvencionadora que ha sido la predominante en España y en Canarias los últimos 40 años, hasta La Crisis. Antes, en tiempos de Quesada, si querías ser escritor y no podías, se quejaba uno de la puta vida; ahora, de que el Estado no cuida de la Cultura-con-Mayúsculas ni de los Artistas-con-Mayúsculas. 


Proseguimos: no hay nada mejor que una novela (o lo que sea que quepa en apenas 50 páginas) te entusiasme desde el primer párrafo. Aunque "Hall" esté escrito 29 veces en las dos primeras páginas. Qué más da: Quesada está por encima de esos prejuicios contra la repetición. Es la suya una prosa colorida en la que el lirismo pugna por desbordarse. Sin embargo, el autor lo contiene siempre justo a tiempo, evitando caer en una prosa poética ensimismada y produciendo, en cambio, un torrente de imágenes certeras. Estas cosas tan bien escritas tienen el efecto de ponerme un poco de talante suplemento cultural, lo reconozco.



Llegó al número 14. Empujó la puerta y notó que todo el rumor del mar que estaba acurrucado en su cuarto se escapaba, como un lince, por la puerta entreabierta. Las piernas sintieron cómo se deslizaba entre ellas un lomo de piel fría: esa serpiente sutil que es el rumor de las cosas profundas cuando está encerrado muchos días en las cámaras pequeñas.


Veíasele arder la sangre a flor de piel, y el vaho caliente de su fuego proyectábase en las pálidas caras de los británicos como un aire de desierto árabe. El Hall se encogía como un niño débil al paso de la sueca.


Una tarde el Hall estaba más inquieto. Paseaba por él, caviloso, un francés espectacular, de rostro mefistofélico y chaquet azul. El francés metía sus pies en el piso del Hall como si fuera un arado. Y empujaba su caminar con ese ahínco del boyero recio que empuja la esteva con ensañamiento de puñalada.


Y, más, muchas más imágenes que sería cansino recoger por numerosas. Yo es que me entusiasmo con el talento... Y, bueno, tampoco es que nos lo encontremos todos los días. Algunos/as en realidad parecen escribir como si empujaran un arado (tarea muy digna y fatigosa en su ámbito, la de arar, por si alguno/a le da por ofenderse). 


Por otro lado, en realidad, Las inquietudes del Hall cuenta de todo un poco, pero difícilmente una historia. Quizá en otros relatos, esto nos perturbaría; quizá en la mano de otros escritores, nos fastidiaría. Sin embargo, aquí nos complace. Porque hay dos irlandeses (un poeta y una miss cuya madre es escritora) aquejados de tuberculosis que se intercambian cartas y poemas (me recuerdan a El dúo de la tos, de Clarín), y hay una pareja de casados de Manchester que leen la misma novela. Y también una sueca salvaje y formidable que se atreve a propinar un beso a un italo-norteamericano en el Hall a la vista de todos. Lo que significa, claro, el acabóse:



El beso flotó durante toda la noche por el Hall... ¿Por qué no habría sonado en la sombra? Era como el pájaro escapado de una jaula. El Hall tenía un desconsuelo de jaula vacía, con la puertecilla abierta y un rábano ridículo cabeceando como un péndulo: la azarante movilidad del manager que iba y venía de un ángulo a otro ángulo sin encontrar el malhadado ratón del beso.

Y el Hall omnipresente, y los ingleses y sus hábitos y prejuicios, y el mar, y los ocasionales extranjeros cuya mácula étnica (incluidos los irlandeses) no por más temida es evitada del todo. Ese mundo colonial inglés lleno de halls similares repartidos por todo el mundo con sus dramas diminutos y sus irrisorias mezquindades. Tantas cosas que ocurren en tan pocas páginas, y pronto, quizá demasiado pronto, un final tan esplendoroso, tan cinematográfico, tan intuido y tan poéticamente expresado...


Qué quieren que les diga. Hay más literatura en estas 50 páginas que en la obra completa de otros autores más conocidos que están todo el santo día baboseando en los medios de comunicación.