Lo mejor que puede hacer uno en una tertulia, sobre todo si tiene que ver con el arte, es ser el disidente. Igual que lo que se dice sobre las timbas de póquer: "Hay un tonto al que se le despluma, y si no lo identificas significa que eres tú", lo mismo podría afirmarse de las tertulias de este tipo, pero con un ligero matiz: si no identificas al disidente, apresúrense a serlo Vds. Con eso se consiguen dos cosas: a) no les invitarán más, con lo que b) se ahorrarán la obligación de escuchar tonterías con pretensiones normativas.
Porque si hay un ámbito que se aleje de la situación ideal del habla es el de la tertulia cultural o artística o literaria. Sobre todo, por más que uno lo advierta, cada uno/a de los participantes lleva consigo su propia definición de cultura, de arte, de literatura, etc., con lo que suele ocurrir que mientras uno cree que está hablando de arte, otro está entendiendo economía política, y un tercero el éxtasis místico teresiano. Además, al igual que la literatura común suele estar anclada en el naturalismo decimonónico, la comunicación sobre los/las creadores en cualquier género artístico está hundida en el romanticismo más corriente, con sus trilladas ideas sobre el genio, la rebeldía, la naturaleza, etc.
"A menudas tertulias habrá asistido", podrán acusarme, con razón. Ignoro si hay otras mejores, espero que sí. Pero uno no sabe a qué atenerse cuando figuras públicas no tienen el menor reparo en hacer demostración de su ignorancia. Así, por ejemplo, el simpático y popular James Rhodes ha afirmado hace poco: "Bach y Mozart tenían dones que venían directamente de Dios. No soy creyente, pero simplemente no hay otra explicación posible de la profundidad del genio que mostraron", lo que no deja de ser una estupidez. Por el contrario, a las personas que escriben cosas originales sobre la creación artística, rara vez se les puede ver en los medios.
Esto que describo, además, es común a todos los partidos políticos: en clave local, solo hay que oír al actual Viceconsejero de Cultura, Juan Márquez, con toda su buena intención; o, en general, a cualquier político sobre las virtudes civilizadoras del arte. Recordemos también al exministro, expresidente del Cabildo y exalcalde José Manuel Soria y su admiración (expresada con voz campanuda) por la "alta cultura". O a la concejala de cultura de turno del Ayuntamiento (el que sea), o a nuestro presidente del Cabildo, Antonio Morales, y sus periódicas exhortaciones a la cohesión social, ora por la vía de la cultura, ora por la del deporte profesional. O por la vía que venga bien en ese momento. Qué les voy a contar, pero no sigamos por ahí.

Marcos Rivero Mentado, según se nos advierte en una solapa de la portada, ha hecho de todo en el mundillo de la cultura: licenciado en Historia del Arte, gestor cultural, archivero, documentalista, museógrafo, catalogador de bienes culturales, comisario de exposiciones de artes visuales, amén de fotógrafo artístico. Además, "ha asistido a talleres de escritura creativa con algunos de los más destacados escritores y poetas canarios", cuyos nombres se omiten, quizá por pudor. Esto es, el artista Marcos Rivero es poliédrico, transversal y polifacético. Vamos, que le da a todo, lo mismo un pito que una pelota. Como ya se habrán imaginado, Rivero expande su imperio creativo a la literatura con esta colección de relatos, cuentos cortos o pasajes vitales denominada Amores ciegos. Recordemos que, tal vez como paso previo o ensayo, se había estrenado en la difunta Dragaria como ditirámbico reseñador de aquella infame novela de Mayte Martín, La espiral del silencio.
Pues bien, aunque no era difícil, el autor es mejor escribiendo que reseñando. Al menos, porque sus cuentos rezuman sinceridad. No obstante, parafraseando a Oscar Wilde, en literatura sinceridad significa poco, mientras que el estilo, casi todo. Tienen los relatos un punto de emoción que no es desdeñable, y en ese sentido, por momentos parece que Rivero está a punto de contarnos algo importante, algo valioso. Eros está presente de manera implícita en los primeros relatos: no es mera evocación o refocilamiento sexual, sino conocimiento. O mejor aún, descubrimiento, quizá anamnesis, de uno mismo. Esto es lo más interesante que puedo destacar de estos cuentos.
Lo peor, todo lo demás. Con esto quiero decir que, con pocas excepciones, los diálogos resultan impostados y artificiales, y la narración tiene menos de trabajo ficcional que de testimonio... construido a base de materiales muy poco nobles. Trabajo de primerizo que se derrumba bajo el peso de la propia ineptitud, por mucho fervor que le imprima y mucha empatía que sintamos. Volveré a repetirlo otra vez: desconfíen de la escritura fácil, duden de sí mismos/as cuando escriban y los folios salgan como si nada, uno tras otro: es muy probable que hayan escrito trivialidades.
Además, me acucia la sensación de que el autor no domina el vocabulario que emplea, como si quisiera decir una cosa empleando la palabra equivocada. No solo "escuchar" por "oír", sino frases como "En aquellas dos semanas, el agotamiento era perpetuo" (pág. 25) ¿Querría decir continuo? ¿Que no menguaba?, "nada presagiaba que estaba hasta el culo de drogas" ("¿presagiaba?" pág. 21) o "deambulaban pocas personas por allí" (pág. 49): ¿estaba pensando en pasaban?
Amores ciegos adolece de tantas frases cliché, de tanto sentimiento previsible, de tanto nombre con su adjetivo evidente, de tanto verbo con su adverbio rutinario que el verbo exasperar se que me queda pequeño.
Un par de ejemplos:
Esteban se volvió misántropo, esquivo, intangible, se escondía del mundo por miedo, desarrolló un desmesurado papel de embaucador mentiroso, proclive al abandono, desaliñado, sucio y desmelenado. A veces, se metía en algún antro y acababa quien sabe dónde, ciego de anfetaminas, cerveza, speed o coca. Cada quince días iba al psiquiatra y le contaba lo que quería, nada presagiaba que estaba hasta el culo de drogas, algo le había comentado a su loquero, lo controlaba todo, siempre parecía mantener el control. Durante unos años fue cambiando de trabajo en Lanzarote, y en ninguno se le notaba su adicción. (Pág. 21)
-¿Has escuchado lo mismo que yo? ¿De dónde ha salido esa voz tan apabullante y marchita? -le pregunté a Pablo que todavía tenía la tez pálida, los ojos ensombrecidos y las manos temblorosas.
-Sí, la he escuchado. Llegó del fondo de la habitación pero yo no vi nada que testimoniara una presencia. Créeme, es la primera vez que he sentido algo así. No sé si ha sido producto de algún fenómeno acústico extraño o estábamos tan concentrados en localizar las tomas que dimensionamos nuestro miedo oculto. Estos sitios siempre me dan pavor y al mismo tiempo me llenan de curiosidad -me espetó Pablo como si yo también hubiera ido a aquella casa con el miedo metido en el cuerpo, cuando en temas parapsicólogos siempre he sido muy escéptico.
-Bueno, Pablo. No saquemos conclusiones de donde no las hay. Seguro que tiene una explicación racional o fenomenológica. Aún estoy asustado, te lo aseguro, pero lo que nos ha pasado tiene una base científica o quien sabe, alguien nos ha gastado una broma macabra. Sin lugar a dudas, escuchamos lo mismo y era la voz de una mujer, desencajada y alocada.
-Mario, si no te importa, recojamos nuestro equipo y vámonos de aquí. Tengo mal cuerpo, la boca seca, necesito beber un vaso de agua. Gracias a que lo dejamos en la entrada pues si vuelvo a entrar en esa habitación, te juro que me da un síncope.
-No te preocupes. Voy yo. Tú quédate aquí tranquilo. No tardo nada. Solo será un instante. Mientras tanto siéntate en ese muro de piedra y respira. (Pág. 46)
Dejemos para otro día cuestiones básicas como el uso de las comas, el empleo de las tildes o las conjugaciones de los verbos. Del apartado de las erratas y solecismos debería encargarse la editorial, al menos una competente.
Estamos confinados dentro de nuestra propia humanidad, somos conscientes de que no podemos sentir el hambre como un león, ni ver nuestro entorno como una libélula. A veces, incluso nos cuesta ponernos en el lugar de otro ser humano. El artista-escritor se distingue, al menos en nuestra época, por la originalidad de su enfoque y por la singularidad de su estilo a la hora de tejer la urdimbre de las pasiones humanas, en su trabajo de iluminar nuestras virtudes y miserias. En este sentido, Amores ciegos constituye un fracaso rotundo, por mucho que pudiera haber servido de catarsis a su autor.
Tiene que ser complicado que te consideren una persona adecuada para presentar libros, así, en general. No digo "un libro", porque podría parecer entonces que esa elección estaría fundada por la biografía vital, profesional, artística o académica. Digamos que eres abogado o juez y te piden que presentes el libro de un jurista sobre legislación mercantil: parece correcto. Lo mismo, si uno es ingeniero civil y un colega quiere que le presentes su libro sobre puentes colgantes. En fin, que cada cual saque un ejemplo. Digo que es complicado porque, en rigor, el presentador debería haber leído el libro y juzgado que es bueno. Se supone que su experiencia profesional y su prestigio tienen algo que ver con ello. El asunto tiene sus matices, no obstante.
En el ámbito literario, suele ser común que un escritor o escritora presente la nueva novela de otro autor. Es lo normal. Sin embargo, el problema surge cuando ese escritor (o escritora) se desdobla como presentador habitual. Ya no nos encontramos con que acuda a arropar con su presencia y sus palabras a un colega amigo o a un antiguo alumno de taller de escritura (gracias al cual paga Netflix o la conexión a la fibra óptica) estimulado por la calidad de la obra. No: se transforma él mismo en una categoría sociológica, y donde quiera que se presente un libro, tenemos un elevado índice de probabilidad de encontrárnoslo en el foro destinado a la ocasión: museo, casa-museo, salón de actos, hotel, librería, biblioteca, carpa, terraza, bar, buhardilla o sótano.
Tales presentaciones, cuyo convencionalismo, entre otros, reside en esa presentación a cargo de escritor conocido, no son sino un ritual de paso por el que, si el escritor presentado es novel, se le franquea la entrada a un estadio superior de desarrollo, en este caso el artístico. No es la escritura de la novela en sí, tampoco, al menos del todo, su publicación: el acceso a la categoría de literato culmina en el acto de la unción. Con otras palabras: cuando X presenta la novela de Y ante el público (merecería este otro artículo) se ejecuta un acto simbólico-performativo por el que Y, a partir de ese momento, se convierte en escritor.
En mi ociosidad sin límites, me he preguntado cuándo se convierte en necesaria la presentación y cuándo se disocia la presentación del presentador, fenómeno por el cual, dentro de unos límites más o menos laxos, cualquier presentador vale para presentar cualquier novela o poemario. Y cuándo ciertas personas normalmente escritores, resultan las elegidas de manera recurrente para ejercer tal función. Me pregunto, en fin, cuáles son las características que debe reunir tal persona para ejercer esa labor, casi sin desmayo. Estas preguntas adquieren un relieve más afilado, sin duda, cuando en vez de un escritor o escritora, esa función es asumida por un/a periodista, cultural o no.
Dicho lo cual, espero que para escándalo de propios y extraños, sugiero que pasemos a la novela de hoy:
Monte a través, de un escritor reseñado ya en este blog, Peter Stamm, es la historia de un hombre, Thomas ("un tipo normal y corriente") que una noche se marcha de su casa sin razón aparente o explícita. Atrás, en la casa familiar, quedan su mujer, Astrid, una hija, Elle, y un hijo, Konrad. Thomas trabaja de contable y lleva una vida tranquila, sin estridencias ni vicios conspicuos. Justo él y su familia acaban de volver de unas vacaciones en España, lo que precisamente acentúa la normalidad, por no decir el convencionalismo, de su vida.
Esa misma noche, tras la vuelta al hogar, una vez que Astrid entra en la casa después de haber tomado una copa de vino en el porche, Thomas, como Lázaro, se levanta y anda... Con una frase extraordinaria, Stamm (o, también, el traductor, José Aníbal Campos, quien es el encargado de verter a un excelente español el original en alemán) describe ese momento en que el protagonista sale de su vida habitual para comenzar otra sin nada más que lo que lleva en los bolsillos.
Thomas se puso de pie y recorrió el estrecho camino de grava que discurría en paralelo a la casa. Al llegar a la esquina, vaciló un instante, antes de doblar y poner rumbo a la puerta del jardín con una sonrisa de perplejidad de la que apenas era consciente. (Pág. 9)
No contaré la novela, que para eso están Vds. Sólo quiero compartir mis impresiones, y ya decidirán. Pienso que Thomas no es un hombre que se marcha, frente a una mujer cuidadora de la casa y de la familia. Yo lo interpreto como la posibilidad de cierto instinto primigenio de nomadismo y exploración nacido con el ser humano desde su origen hace 200.000 años en el sur de África, quizá enmohecido, tal vez sepultado bajo generaciones de arraigo, de nomadismo, pero siempre latente, que se actualiza con la convicción de que hay un mundo enorme del que solo ocupamos una millonésima parte. Además, cada hombre o mujer tiene ante sí, aunque la mayoría no lo consideremos el lapso de tiempo suficiente para considerarlo una reflexión seria, una nueva vida con solo desearlo (coacciones y encarcelamientos aparte). Con solo atreverse a salir por la puerta.Tiene su momento de vértigo, a poco que nos imaginemos.
Thomas deja atrás mujer, hijos, padres y hermana, empleo y su lugar en la sociedad sin mayor propósito consciente que caminar y seguir caminando hacia las montañas. Por su lado, Astrid, tras acudir a la policía y rastrearlo, llega, si no a comprender, sí a empatizar con él. El espacio vacío que deja Thomas no puede dejar de influir en ella y en sus hijos, pero todos continúan con su vida, de una manera u otra.
¿Es la, me resisto a emplear la palabra "huida", marcha de Thomas una metáfora del ansia de escapar de una vida convencional, entendiendo por tal una de clase media europea? ¿Es, como escribí antes, un instinto atávico que se despierta sin saber sus causas? ¿Es un trasunto neoliberal de la frase "libertad para elegir", el mundo como un supermercado? ¿Es posible hacer un restart como si nada hubiera pasado? Antes de la crisis, era común oír y leer que era bueno cambiar de trabajo (sobre todo refiriéndose a los ejecutivos) cada dos años, máximo cinco. De moda estaba la "flexibilización" en todos los órdenes de la vida: residencia, empleo, pareja... Hoy en día, parece inimaginable aquella suficiencia vital inspirada por el desorbitado crecimiento económico, fundado a su vez en la burbuja de la construcción, la financiarización y el crédito. Las preguntas remiten, en fin, a qué podemos considerar como una vida digna de ser vivida, qué una vida lograda.
Quizá, nada de lo anterior:
En todos esos años, sin embargo, no volvió a cruzar la frontera de Suiza, pero tampoco eso había sido el resultado de una decisión firme, sino algo que surgió sin más, del mismo modo que surgía todo lo demás. No todo lo que uno hacía tenía un motivo. (Pág. 158)
Al menos consciente, claro.
En lo que se refiere al lenguaje, parece ser que en el idioma alemán, Peter Stamm se caracteriza por un estilo seco, casi árido. Sin embargo, la versión de José Aníbal Campos no me lo parece en absoluto. Eso sí, predomina la frase corta, sin abrumarnos con un laconismo extremo. Frases, en su mayoría, sin excesivo adorno adjetival, pero precisas, que esconden connotaciones no siempre fáciles de captar si uno lee distraído.
Hacía rato que el último tren había partido. Thomas se sentó en un banco delante del edificio de la estación y comió y bebió la cerveza helada. Mientras tanto, estuvo hojeando un periódico gratuito que alguien había dejado olvidado. Pero las breves noticias sobre el salvamento de tres cachalotes varados, una estatua satánica desnuda que alguien había expuesto en Vancouver o el hombre con la lengua más larga del mundo sólo consiguieron deprimirlo, así que acabó arrojando el periódico a la basura. A continuación, se quitó los zapatos y los calcetines y se examinó los pies bajo la chillona luz de una farola. Los tenía enrojecidos, con rozaduras en los talones, pero por suerte no encontró ninguna ampolla. (Pág 69)
Por primera vez desde que se marchó, Thomas despertó descansado y lleno de energía. La lluvia había cesado, pero el sol aún no había asomado detrás de los altos flancos de los montes. El aire era húmedo y frío. Bajo la luz matutina, las superficies verde claras del paisaje parecían pintadas sobre un lienzo. Tras un breve desayuno, con pan y algunos frutos secos, recogió sus cosas y partió. El camino era todavía más vertical que el día anterior, y Thomas empezó pronto a andar con el lento paso pendular que había aprendido en las montañas y que podía mantener durante horas. El bosque se acababa y la flora empezaba a ser más escasa y áspera. Los prados se llenaban de ortigas, al borde del camino crecían el ruiponce y la genciana de otoño, y también pequeños helechos entre las grietas de la roca. (Pág. 97)
A veces, sin embargo, nos regala frases como esta:
Los prados de color pardo estaban llenos de gibas y hondonadas, y en algunos de esos bajíos crecían los erióforos sobre un suelo lodoso, en otros se habían formado pequeños pantanos en cuyas aguas los haces de unas hojas muy estrechas y largas flotaban como cabelleras de personas ahogadas. (Pág. 110)
En todo caso, la sensación que me produce la escritura de Stamm (y la versión del traductor) es la de un autor que expresa con exactitud lo que pretende. No hay un adjetivo, un adverbio fuera de lugar. Precisión, justeza, finura. Además, al menos en Monte a través, no exenta, ni mucho menos, de la capacidad de transmitir tanto la belleza de la naturaleza como la sutileza de las emociones de los personajes, que no se encarnan en los convencionalismos habituales basados en pares de opuestos. Stamm, además, no juzga, aunque el narrador en tercera persona nos introduce en sus pensamientos, ora en Thomas, ora en Astrid. Los personajes actúan, hablan y piensan de tal modo que emergen de la narración como las montañas que recorre aquel: fáciles de ver, difíciles de recorrer. Vidas complejas bajo una pátina de sencilla cotidianidad que vuelven a traer a colación el poema de Emily Dickinson:
Our lives are Swiss—
So still—so Cool—
Till some odd afternoon
The Alps neglect their Curtains
And we look farther on!
Italy stands the other side!
While like a guard between—
The solemn Alps—
The siren Alps
Forever intervene!
Una buena novela para pensar.
Reconozco que estoy harto de historias. De historias, entiéndanme, predecibles, tanto en su contenido (novelas de triángulos amorosos con final trágico, novelas negras y thrillers, películas en las que un joven ignorante de sus cualidades decide al final el destino del universo/sistema solar/país/pueblo; asesinos en serie que parecen omniscientes y todopoderosos, alienígenas invasores, godzillas interdimensionales o cualquier otra historia en la que uno intuye tramas y subtramas, incluso las espera...) como en su forma: presentación, nudo y desenlace, quizá algún flash-back impostado, o una voz en segunda persona para rizar el rizo. Es curioso porque, no siendo nada novedosa mi hartura, dado que los artistas de alguna estima han reflexionado desde el principio de la existencia de la novela sobre el arte de narrar, a estas alturas, después de tanto -istmo y metaliteratura, el tipo de novela (y de película) predominante es casi igual que la del siglo XIX. Una regresión que se expande también, aprovecho para escribirlo, en el campo de la poesía, con la irrupción en ella de influencers, cantautores, aspirantes a coachers sentimentales y demás quincalla.
Es posible, no obstante, que la historia de la literatura prosiga su camino a pesar de ello, porque lo que le importa es el cambio en la técnica, la diferencia en la perspectiva, la introducción de nuevos contenidos. En este sentido, albergo la esperanza de que a pesar de las periódicas afirmaciones de la muerte de la novela, en este terreno aún no hay un Danto convincente. Recordemos que este filósofo decía, más o menos, que se seguía haciendo arte, sí, pero que este, desde Duchamp y, finalmente, Andy Warhol con sus cajas Brillo, al desarrollar y apurar todas sus posibilidades había llegado al fin de su historia.
La novela, en sentido amplio, está limitada por el lenguaje. También es cierto, lo que no deja de ser una obviedad, que es precisamente el lenguaje su condición de posibilidad. Alcanzar esos límites, aún mejor, transformarlos, utilizarlos, superarlos o desactivarlos son, para mí, obligaciones del escritor/a como artista. Si se quieren contar historias por picazón existencial, por expresividad o por vanidad, no hay nada de malo, pero me permitirán que manifieste mi falta de interés por ellas, salvo casos extremos de exquisita técnica y de un interés semántico excepcional. Pero es que hay tantas historias contadas ya que a estas alturas de mi biografía lectora (imagino que a muchos/as de Vds. les ocurrirá algo parecido) pido ese algo más.
En lo que a nuestro terruño se refiere, ya sería un paso en la buena dirección que se escribieran novelas con esa técnica y ese contenido, aun su anacronismo literario respecto a la modernidad de la República de las Letras. Pero así y todo, echaría en falta esa reflexividad en nuestros narradores y narradoras. Sobra vanidad y falta pensamiento. Sobra articulito en el periódico y falta ambición. Falta grandeza, o capacidad para imaginarla. Si me dedicara a escribir así, moriría de aburrimiento después de dos párrafos, por mucho que me llamasen "maestro".

8.38, en cambio, pertenece a ese grupo de escasas novelas gracias a las cuales uno se reconcilia con la creación literaria y con las editoriales. Lo de menos es el argumento que se resume en la contraportada o en las páginas web de las librerías. Uno podría pasar de largo, sin dudas ni remordimientos. Lo valioso es lo que no se escribe en ellas, precisamente. A este respecto, según leo en las reseñas (o lo que quiera que sean) de los suplementos, es obligatorio comenzar por el nombre del autor y entre paréntesis la fecha y lugar de nacimiento. Como si eso fuera transmitir información ineludible. Luego, nos cuentan entre elogios más o menos empalagosos, según el hueco que quiera hacerse el/la reseñador/a para la posteridad (si es preciso, a codazos con el autor o autora), el argumento de la novela, para acabar con una reflexión más o menos contundente a la par que profunda. Podría decirles que leer reseñas así, estereotipadas y serviles, sólo me hace imaginar hogueras de largas lenguas de fuego. Tengo la impresión de que muchos periodistas, y en particular los periodistas culturales, quizá constreñidos por la naturaleza del medio, quizá por la asimilación de pautas profesionales nunca explicitadas del todo, consideran el estereotipo tanto una tabla de salvación como una virtud. Es ese escribir fácil que tanto hemos criticado en este blog.
Volviendo a 8.38, su autor Luis Rodríguez (nacido en el planeta Tierra) escribe literatura. Es así de simple. No escribe una mera historia, tiene otras pretensiones. No solo muestra voluntad de estilo, sino que se cuestiona los niveles del contar. Personajes que reflexionan sobre lo que es y significa escribir, personajes que se interrogan sobre su papel en la vida y sospechan que son creaciones novelescas, personajes cuyo propio cuestionamiento no los hace más vaporosos sino que los dotan de consistencia y vitalidad. Aparte de esta inmersión en una metaliteratura de la que creo Foster Wallace (por citar a otro autor que reflexionaba, y mucho, sobre literatura) no abjuraría. Por soltar una paradoja, el autor desaparece al estar tan dentro de esta obra: los protagonistas de la novela hablan mucho, quizá sin llegar a ningún lado, si entendemos por ello llegar a unas conclusiones definitivas, pero no importa porque salvando las distancias, se asemejan los personajes shakesperianos, que se hacían hablando, como señala Harold Bloom.
"¿Escenas? ¿Situaciones? Tengo muchas en la cabeza, algunas recurrentes: lluvia, una lluvia pertinaz durante cuatro días con sus noches, sin parar... me puse a pensar que estaría bien que el lector hubiera permanecido también cuatro días bajo la lluvia cuando leyera que Aníbal entra en la taberna, se desprende de la capa y el tricornio, y dice: Buenas. Este pensamiento obtuso abolió toda mi literatura. Si el lector vive lo que narro, ¿qué sentido tiene la novela? ¿Igual con un naufragio? ¿Y un disparo en el corazón? ¿O la vida de un huérfano? No es preciso que viertan veneno en el oído de mi padre para que yo me sienta como Hamlet, desde luego. Y menos mal. No soy Hamlet, pero precisamente por eso, y por lo que dice Shakespeare y cómo, ha tenido sobre mí un efecto indeleble. El arte, el arte que me interesa es el que desprecia mi mirada, el que aprovecha la distancia invisible (mejor, inmedible) hasta mi cerebro para disolverla". (Pág. 37)
Fuera de la taberna, sentado en un banco de cemento, vi a un hombre vestido con una chaqueta sucia y el pantalón roto y con boñiga en los bajos. Su gorra tenía la rara propiedad de transmitir que aquel hombre, cuyo pelo largo y despeinado le tocaba los hombros, escondía una calva considerable bajo la gorra. Lo comprobé más tarde, sentado a su lado, cuando se la quitó con una mano y con la otra, la ciega, se mesó los cabellos. Escribirás, me dijo, que tropezaste con un hombre vestido con una chaqueta sucia y el pantalón roto y con boñiga en los bajos. Si lo haces, por favor, di que tenía el pelo abundante, pero no escribas se mesó los cabellos, que a los escritores os gusta mucho; lo utilizáis mal. El hombre tenía un inquietante parecido con Tarkovski. (Pág. 66)
Es posible que llevado por mi entusiasmo haya exagerado al comparar a Luis Rodríguez con William Shakespeare. No obstante lo oportuno de tal reproche, Rodríguez cumple con el deber de todo artista al que aludía al principio: reflexión y acción sobre la materia prima (el lenguaje), alejamiento de lo convencional en el contenido, estilo propio, ambición creativa y originalidad. En algunos momentos me recuerda al mejor Ovejero o a Pérez Andújar, por esa capacidad de volver maleable el idioma, justo donde otros se estrellan contra una pared; no creamos que es desaliño indumentario: es jugueteo, es filigrana, es ironía, que los aleja de esa manía apodíctica de los aspirantes a lo sublime o el inevitable hastío que nos suscitan las repeticiones.
Nuestra casa tenía una piscina en la parte trasera, en un prado al pie del monte. Apareció un ciervo grande, majestuoso; se acercó despacio hasta el borde del agua y bebió. Alzó la cara y me vio. Yo creo que hasta entonces no se había dado cuenta de que yo estaba allí. Me miró sin sorpresa, sin temor, como si, de repente, hubiera reparado en un pajarillo entre las ramas, inofensivo. Era un animal grande, el pelo brillante, limpio. Cruzamos las miradas. Me sentí pletórico, importante. Aquella mirada despertó en mí algo que yo llevaba dentro, pero lo ignoraba. Fíjate, yo, la criatura más compleja, sofisticada y perfecta, el rey de la creación, y el animal, un ser primitivo; sin embargo, me miraba como si me condecorara, reconocía en mí a un igual. Había algo que me inquietaba, temblaba en algún lugar dentro de mí que no supe localizar pero cuya onda expansiva hacía tope en las paredes de mi cerebro: un miedo frío a no estar a la altura de la expectativa del ciervo (...). (Págs 170-171)
Da igual que la trama confunda, que el argumento carezca de conclusión evidente. Como dije al principio, me importa poco. En cambio, con esa sencillez embaucadora, habiendo disfrutado del estilo, de los juegos del lenguaje y de la metaliteratura, me aparece ese inopinado "me miraba como si me condecorara". Me dan ganas de levantarme y aplaudir.
P.D. Para una vez que alguien coincide conmigo, lo pongo aquí.
Si todo ha ido bien, cuando publique esta entrada, ya habrá Gobierno. De lo que me alegro. Ya solo por las constricciones políticas y económicas a las que está sometido nuestro país, la coalición PSOE-Podemos no podía asustar a nadie medio razonable o medio demócrata. Hablar de "comunistas", "traidores", "batasunos", "bolivarianos", etc. se compadece poco con el programa político de ambos partidos, con su historia, con la pertenencia de España a la Unión Europea, a la OTAN, a la OMC, etc, por no hablar de la permanente tutela de Alemania, Francia y Estados Unidos. Lo demás son ganas de engañar.
En otro orden de cosas, el panorama literario de 2020 comienza por el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós. A veces toca el nacimiento, otras, la muerte, quizá podríamos conmemorarlo todos los años, pues todos los años en los que vivió cumplió algún año. El caso es que en 2020 ya vamos todos proclamando la adhesión, fidelidad, amor, influencia, pasión, etc. a, de y por Galdós. Es lo que toca. Es posible que, tras unos meses de esta lata, alguien avispado decida echarse al ruedo y afirmar que nunca ha leído a Galdós o, simplemente, que no lo traga. Que de todo hay.
A mi entender, uno puede valorar a Galdós, valorarlo muchísimo. O todo lo contrario. Lo importante es que blanda razones. A mí lo que me fastidia, ya ven que debo de disponer de mucho tiempo libre, es que a) me dicten o sugieran de forma machacona lo que me debe gustar o no; y que b) mis conciudadanos decidan expresar su pasión por Galdós (llámenle X) justo cuando toca. Cuando se lo dicen. Ni antes ni después.
Es de esperar que se publiquen unas cuantas biografías de Galdós, centenares de artículos galdosianos, académicos y periodísticos, libretos, películas y que, en Gran Canaria al menos, tengamos que enfrentarnos, día sí, día también, con un Galdós manoseado, sobado y lamido por presidentes de instituciones públicas, clase política en general, intelligentsia (o lo que queda de ella) y la nunca demasiado denostada especie de los periodistas culturales, siempre listos para el agasajo y el canapé... Pobre Galdós, que no tiene quien le defienda de esta horda. Será tanta la insistencia que a quienes de verdad siempre les ha gustado su literatura harían mejor en permanecer callados, so pena de parecer unos arribistas de la literatura.
Pero hay un autor que se ha adelantado a todos. Sí, Santiago Gil. Quién si no.

De Santiago Gil teníamos los lectores de este blog y un servidor que lo escribe un recuerdo aciago, desencadenado por una obra anterior: Gracias por el tiempo. No obstante su desempeño, este autor ha seguido escribiendo y publicando no solo novelas, sino reflexiones y ocurrencias que, según parece, alguien ha debido considerar interesantes para sus paisanos. Si no supiera uno que las editoriales canarias reciben subvenciones por publicar, se extrañaría de tamañas apuestas empresariales. Pero no, no hay riesgo alguno. Aun así, uno debería abstenerse de publicar cualquier cosa. No se es mejor escritor/a, tampoco mejor editor/a, por publicar mucho.
En fin, tras tanta fanfarria galdosiana (y la que falta) y también, por qué no decirlo, cautivado por la desmedida atención que en los medios de comunicación se le presta por lo general a Santiago Gil, decidí dar una segunda oportunidad a su literatura con El gran amor de Galdós.
Esta obra se presentó por primera vez, si no me equivoco, en junio de 2019. Los medios, y sobre todo su periódico amigo, la siguen presentando cada vez que surge la oportunidad, aun meses después. En todo caso, a Gil hay que reconocerle la labor de pionero galdosiano por adelantarse casi un año al centenario, por llegar a 2020 con los deberes hechos, que se resumen en que Gil, literariamente, ama a Galdós con todas sus fuerzas, y así se promociona, además. Si pudiera, sería Galdós, pero como no puede, se limita a ser Gil, lo que es más bien poco.
El gran amor de Galdós es una narración, digamos novela, en tercera persona con la que nos relata en pasado la niñez y juventud de D. Benito, época en que conoce a una prima suya de la que se enamora perdidamente. O como suelo oír y leer también, hasta las trancas. En todo caso, Gil escribe que para Galdós esta muchacha, Sisita, es "la única mujer que ha amado con locura" (la cursiva es mía). Estamos, pues, en 2020, pero el vicio de los tópicos y de las frases hechas sigue tan vigente como siempre. Voy a ser atrevido y diré que el único uso legítimo de los tópicos que se me ocurre es que sirva para caracterizar a un personaje carente de imaginación, si no de inteligencia, para mofarse de quienes los utilizan con tan alegre inconsciencia. Que los tópicos sean una característica de tanto/a ciudadano/a metido a escritor debería preocupar a la República de las Letras.
Por alguna razón que ignoro, algunos reseñadores previos nos recalcan el uso de la tercera persona en la narración (véanse los vínculos de reseñas en la PD.). El mismo autor lo subraya también, recordando el momento en que se dio cuenta de que esa perspectiva mejoraba la novela. Pues muy bien. Aparte, se emplea el presente histórico para hablar del Galdós más adulto, ya reconocido como novelista, y que vuelve a la isla tras varias décadas. Siempre anda, por cierto, meditabundo, melancólico, añorante, nostálgico, siempre muy poético-existencial. Cuando el narrador cuenta su pasado, nos abruma con toques de malditismo y bohemia: se nos insiste en la faceta de bebedor y de putero de Galdós. Parecería que el buen hombre estaba todo el día tristón y en lupanares, que no necesariamente tristón en los lupanares.
Es posible que ese supuesto amor de juventud marcase a Galdós de por vida y le hiciese lo que fue. Quizá no, pero me parece legítimo que Santiago Gil fabule a su manera y con su peculiar sensibilidad esa posibilidad. No obstante, y dejando de lado la sospecha de que haya intentado subirse al carro de la fama de Galdós, soy de la opinión de que, salvo grandes momentos literarios, el enfoque de utilizar sucesos y figuras históricas (por no hablar de remakes y cosas parecidas) sobre las que apoyar las propias narraciones nos da la pista de una modernidad agotada y de una posmodernidad perpleja e impotente. Asimismo, en manos de escritores/as menos dotados/as suele generar resultados más bien mediocres. Gil no es Tolstoy, tampoco Duras; por citar a dos grandes, para desgracia del lector.
Sigamos: el autor no domina el procedimiento de la elipsis. Así, le resulta difícil que Galdós evoque a su amor de juventud si no es repitiendo su nombre, Sisita, cada dos por tres o, peor, la bella cubana, en cursiva, cada tres por cuatro. Le falta dominio de los párrafos y de las escenas o subestima al público lector. Al cabo de media novela, le entran a uno escalofríos cada vez que vuelve a leer "la bella cubana". La narración se torna una recreación en bucle de los sentimientos de Galdós respecto de ese amor perdido, pero imborrable. Hay, cierto, dos o tres pinceladas biográficas: que fue o lo mandaron a estudiar a Madrid, que no estudió, que se puso a escribir para periódicos, que no iba a clase, que quería triunfar en el teatro, pero cada avance vital en ese sentido se ve compensado por varias páginas de melancolía, amor, la bella cubana, estrellas, putas, el mar, Sisita, etc. Por no hablar de esos continuos arrebatos apodícticos con los que Galdós desaparece y Gil se exhibe cada vez que puede. Llega un momento en que uno se plantea si la novela va a ser todo el rato así o podremos acogernos a sagrado.
Les debía todo lo que escribió luego, como le debía a su bella cubana todo lo que sabía del amor y del deseo. Benito tiene una hija. Su madre había sido su amante durante muchos años. Era una mujer guapa que hubiera dado la vida por él, pero ni siquiera con ella había sido capaz de encontrar el amor de su vida. Posiblemente amamos una sola vez y luego no hacemos más que buscar desesperadamente las sombras de ese amor perdido para siempre. Lleva el dolor de esa eterna ausencia en silencio, escondido entre sus palabras y sus argumentos, y disimulando delante de todos los que creen que solo es un mujeriego o un hombre incapaz de amar a una mujer por mucho tiempo. Se ilusiona y se enamora muchas veces, pero no ha encontrado a nadie con la sonrisa, la alegría de vivir y el amor que le daba su bella cubana. Llegó a odiarla cuando pensó que le había dejado. (Pág. 36)
Siempre quiso vivir intensamente. Lo aprendió del mar, de aquellas miradas al horizonte cada vez que se escapaba a la orilla. Y también de la música, de lo efímera que es una nota y de las interpretaciones que somos capaces de hacer con cada una de ellas. Nos dan la partitura pero nosotros somos los que luego ponemos el alma en cada acorde. No hay una composición musical que suene de la misma manera todo el tiempo. Tampoco las palabras lleva nunca el mismo significado cuando tratamos de mostrarnos a través de ellas. Afuera nevaba y él tocaba el piano con los dedos helados por el frío y por la ausencia de la única mujer que ha amado con locura. (Pág. 39)
Durante aquellos días de finales de agosto y principios de septiembre fue cuando más bebió y más frecuentó la casa de lenocinio en la que estaba su amiga cubana. Volvió a escribirle a Sisita a través de Anselmo, y ella le respondía cada semana con una carta apasionada en la que le juraba amor eterno y prometía esperar hasta que lograra ese éxito en el teatro que él le aventuraba inminente. Él creía que ella no le contaba lo que realmente pensaba de él. Se veía como un cobarde, como alguien que no quiso luchar por aquel amor que los volvía eternos. (Pág. 47)
Aquellas navidades de 1863 llegó hasta Cádiz para regresar a su tierra y estar con su bella cubana, pero en el último momento no se atrevió a subir al barco. Durmió en pensiones de mala muerte y se acercó a todas las putas cubanas que había por La Caleta. Buscaba el abrazo de Sisita en todas ellas. También buscaba el océano para sosegar sus penas. Aquellas playas interminables se parecían a las mismas playas de arena que una vez visitó con Fernando en el sur de Gran Canaria. Muchas veces sueña que se escapa a esas playas y que se esconde con ella para siempre en cualquier chamizo en el que solo se escuchan las olas y los jadeos de los suspiros. (Pág. 66)
La narración avanza, o no mucho, y no la alivian los diálogos, escasos y bastante cursis, que parecen un tanto impostados. Como si, en realidad, no hubiera dos personajes, sino una voz que los utilizara como excusa. Avanzando en esta línea, Gil no logra crear un personaje sólido en Sisita, la bella cubana. Más bien, parece un fetiche creado por el autor como motivo para suscitar sentimientos y un propósito al Galdós ficticio, personaje que tampoco, como señalé antes, resulta muy convincente.
-Me da mucha risa verte vestido de mujer por la calle, con esa cara tan seria que pareces un palo tieso.
-No es un traje de mujer sino de monaguillo, y voy serio porque en las procesiones no puedes reírte.
-No me gusta nada que no sea divertido ni me acerco a ningún sitio donde prohíban la risa. Las monjas me están penando todo el día por reírme y ya me dan por imposible, pero yo me seguiré riendo hasta el día que me muera.
-A mí también me gusta reírme, pero de otra manera.
-Tú eres más cuico y más socarrón, y haces que los demás te crean un niño serio. Serás un buen comediante de ti mismo cuando crezcas. (Pág. 31)
-No he dejado de pensar en ti cada segundo. Madrid era como una ciudad brumosa en la que te me aparecías en cada esquina, no he hecho más que escribir para no pensar en ti, o para pensar en ti como si fueras una especie de fantasma que yo creaba muchas veces en mis textos, te he puesto voz y he descrito tus ojos y tu cara, pero nunca he sido capaz de contar como (sic) eres, de transmitir toda tu belleza, el infinito que atisbo siempre en tu mirada, como si te conociera de otra vida y otro tiempo, como si ya nos hubiéramos amado antes de haber llegado.
-Bésame y mírame a los ojos. Todo este año solo he podido verte a través de las palabras. Ahora solo quiero tocarte y mirarte, sentir tu piel y acostarme en tu pecho como quien se acuesta en la arena de una playa.
Se besaron y se miraron largamente. Reconoció sus ojos y se volvió a sentir el hombre más feliz del mundo. Perdieron la noción del tiempo y no contaron las campanas que sonaban por todas partes. (Págs 42-43).
-Mírame a los ojos cuando me beses, quiero que sepas que me estás besando, que sueñes con los ojos abiertos, y que recorras todo mi cuerpo con tus manos, que cuando no haya nadie busques mis piernas debajo de mis enaguas y que sepas que nunca más amarás a nadie de esta manera.
Sisita soñaba en cada beso. Él empezó siguiendo sus pasos y terminó perdidamente enamorado de ella. Entonces el mundo parecía perfecto. Su madre paseaba por el jardín de flores y de cactus que había levantado en la parte trasera de la casa. Alguna vez la escuchaban cantar canciones en inglés o habaneras tristes mientras regaba sus flores y hablaba con ellas en un idioma raro que al parecer le enseñaron las sirvientas negras que la criaron en Charleston. (Pags 72-73).
-Siempre he soñado con navegar a tu lado. Cada vez que iba a Cádiz buscaba tu mano entre las sombras de la noche y trataba de escuchar tu voz en el sonido del océano.
-Júrame que no me vas a dejar nunca, que cuando lleguemos no te vas a encaprichar de ninguna de esas mulatas farotonas, no podría vivir sin ti, te quiero toda la vida a mi lado.
-Toda la vida. No la entendería sin estar contigo.
-Sabía que acabaría amándote desde que te vi por vez primera en el patio de tu casa, cuando eras aquel niño tímido y santurrón.
-Navegaremos juntos para siempre, recorreremos países, tendremos hijos y veremos atardecer desde una Hacienda del Caribe.
-Me da lo mismo donde esté. Lo único que deseo es tenerte siempre a mi lado. (...) (Pág. 91)
Además, al autor, del que hemos reprochado su deriva melancólica, no le va bien mezclar su tono bucólico-pastoril semiculto con coloquialismos y jerga. No mezclan bien porque no lo hace bien. Por ejemplo:
Sus planes de futuro no eran tan absurdos como los suyos y todos contaban con un modus vivendi que les permitía pagar por lo menos la pensión y la comida. Él vivía del dinero que le enviaba su familia y seguía perseverando en la mentira de que estaba en segundo año de carrera y de que necesitaba aún más parné para los libros. Pero en su magín solo revoloteaban personajes histriónicos que no llegaban a ninguna parte. (Págs. 47-48)
En cambio, cuando Gil se olvida por un momento de Galdós y de sus penas amorosas-existenciales, mejora: al denunciar la violencia social de los ricos contra los pobres, de los caciques contra los jornaleros, y de la hipocresía eclesial, o al contar la venganza desesperada de un desheredado de la tierra, Gil nos revela ese otro lado del mundo y de la sociedad que muchos preferirían omitir. No es que de repente haga alardes de estilo, pero, al menos, interesa:
No se cree esa Arcadia que ve la gente de la ciudad cuando va al campo a pasar el domingo o como si fuera un lugar que no tiene nada que ver con sus existencias. Le apenaban los niños casi desnudos que trabajaban de sol a sol por un puño de gofio o por unas papas. Las niñas miraban asustadas y las chicas jóvenes tenían ese halo de tristeza que se les queda a quienes han de callar los abusos y seguir adelante con sus penas como si no pasara nada. No le contó nada a Sisita, pero sabía lo que pasaba con casi todas esas chicas jóvenes de los campos. Un compañero ricachón e indeseable del colegio presumía desde los quince años de ir a la finca a acostarse con las mujeres que le daba la gana. Lo llevaba su padre y le decía que eligiera a las que tenían las tetas más grandes porque esas eran las que daban más placer en la coyunda. Tenían derecho de pernada en sus fincas y sus empleadas eran como esclavas. Nunca quiso ir con él. Tampoco Fernando. Pero otros compañeros sí fueron y se acostaron con las mujeres que elegían cuando estaban lavando la ropa en las acequias o atando cañas para las vides en los tomateros. Muchos de esos niños embrutecidos como bestias serán hijos de esos indeseables. Aquel padre salía luego en todas las procesiones con su porte aristocrático y solemne, pero él lo imaginaba violando niñas en el campo y no entendía cómo los curas, que sabían todo eso, lo dejaban desfilar entre sus santos como si fuera un dechado de lo que dicen que dijo el Mesías cunado bajó a la tierra justamente para condenar a esas sanguijuelas caciquiles y déspotas (Págs. 74-75)
Es posible que Gil hiciera bien abandonando tanto llanto y tanta melancolía en falsete, que enterrara su aspiración a embotellar sabiduría de suplemento dominical en una frase y se decidiera a contar historias que le importen a alguien más que a él.
EN DEFINITIVA, El gran amor de Galdós no marcará un jalón ni un hito ni será un antes y un después en la literatura canaria, española o universal. Tampoco se convertirá en la novela de referencia sobre Galdós ni, creo, será "discutida por galdosianos y no galdosianos". Es, al contrario, una obra repetitiva y pesada, una novela ensimismada, casi del todo prescindible. Yo mismo prescindí de ella en la página 94.
P.D. Entrevista al autor y otras reseñas, con opiniones opuestas a la mía.
https://www.canarias7.es/cultura/literatura/galdos-no-se-entiende-sin-el-amor-contrariado-de-juventud-LE7071148
http://www.elescobillon.com/2019/04/el-gran-amor-de-galdos-una-novela-de-santiago-gil/
https://elcultural.com/el-gran-amor-de-galdos
https://www.eldiario.es/canariasahora/cultura/Gran-Amor-Galdos_0_909909863.html
Aquí tienen, otro año más y ya van 3, la lista de lo mejor y de lo peor que he reseñado en el Polillas durante el año 2019. Lo positivo es que hay mucha más literatura de calidad que de la otra, de lo que me congratulo porque, a decir verdad, resulta una tarea harto irritante y a veces tediosa desgranar los defectos de tanta novela deplorable.
Como sé que son Vds. algo morbosetes, a pesar del buenrollismo imperante, comenzaré por la lista de lo peor de 2019. A continuación, seguiré con lo mejor y, finalmente, como suelo hacer también, les mostraré los mejores libros de no ficción que he leído durante este año que fenece.
Vamos al lío:
LO PEOR DE 2019:
El podio ha resultado sencillo. Las tres novelas que aquí señalo han sido lo peor del año sin discusión interna por mi parte.
1) La espiral del silencio, de Mayte Martín (Ediciones Aguere-IDEA). Primera lectura del año y primera candidata a la peor de 2019. Una obra tan cargada de loables reivindicaciones y necesarias denuncias como deplorable en todos los aspectos en que se pueda analizar una novela, y hay unos cuantos.
2) Caídos del suelo, de Ramón Betancor (Baile del Sol). Una novela que aspira a ser apasionante y que es apasionantemente detestable por caer en todos los clichés del lenguaje y de la construcción de personajes. De principiante.
3) El doble oscuro, de María Teresa de Vega (NACE). Con pretensiones de culta, intertextual y refinada, esta obra es insoportable y tediosa hasta decir basta. No la compre, no la mire siquiera, pase de largo.
MENCIONES ESPECIALES
Las siguientes obras, siendo mediocres, no suscitan tamaña sensación de devastación. Aun así, en aras de la pedagogía y, como dice Rafael Reig, "por razones de salud pública", vale la pena recordarlas: La ceguera del cangrejo, de Alexis Ravelo (Siruela). Sin llegar a hundirse en esas simas de insondable pobreza literaria y pretenciosidad pueril de La otra vida de Ned Blackbird, el autor perpetra otra novela en la que vuelve a lucir su pasmosa falta de estilo y la incapacidad de urdir una trama algo compleja sino es a base de empellones y exabruptos. Tampoco, Pacheco, de Christian Santana Hernández (Mercurio), da mucho más de sí. Es legible, al menos, aun con ese sesgo tan contemporáneo de escribir literatura teniendo en vista una película o un capítulo de serie de televisión, con todos los clichés a cuestas para que el lector/televidente no se confunda. Con A los que leen, Jonathan Allen (Aguere-IDEA) lo intenta de nuevo, y aunque el resultado es más digerible que el logrado con su anterior novela, El conocimiento, sigue poniendo a prueba la paciencia del lector sin ponerse a prueba él mismo, lo que parece un tanto injusto. Para acabar, Lazos de humo, de Ernesto Rodríguez Abad (Diego Pun): convencional es el primer adjetivo que se me viene a la cabeza. Una novela con potencialidades abortadas y un mal final la hacen olvidable del todo.

LO MEJOR DE 2019:
1) Magistral, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll & Jill). Crítica hiperbólica acerca del uso del lenguaje y acción sin compasión sobre él, el autor restriega al lector esta obra en la cara para que, a partir de su lectura, no contemple la literatura del mismo modo ni le queden ganas de hacerlo.
2) Corrección, de Thomas Bernhard (Alianza, traducción de Miguel Sáenz). Qué decir de Bernhard que no haya dicho ya en sus reseñas. Su voluntad de estilo, su capacidad taumatúrgica de sumergirnos en el mundo interior de sus personajes, un tanto delirantes y siempre obsesivos, y su discurso vitriólico e incendiario contra todo y contra todos le hacen a uno volverse casi un fan-hardcore.
3) La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori (Sexto Piso, traducción de José Aníbal Campos). Una obra grandiosa con la que el lector recorre ese mundo de ayer europeo del que escribió Stephan Zweig, atraviesa el nazismo austriaco, forzándonos a contemplar la gelidez de la muerte que anuncia, y nos hace arribar al París americanizado de los 50. Como dice Vicente Luis Mora, sólo le faltó haber sido escrita antes para convertirse en una obra maestra.
4) Momentos de la vida de un fauno, de Arno Schmidt (Debolsillo, traducción de Luis Alberto Bixio). Una mirada de un alemán, en apariencia corriente, a la sociedad nazi de su tiempo. Resistencia cotidiana de la única manera que se puede en un sistema totalitario, la interior, negándose a aceptar lo inaceptable.
5) Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo (Tusquets). La novela de un autor sobresalientemente dotado, sin duda. Divertida, inteligente, aguda y un algo más que la distingue de la mayoría.
6) Un rey sin diversión, de Jean Giono (Impedimenta, traducción de Isabel Núñez). Fascinante, misteriosa y hermosa. La indagación única del autor francés nos convence, por si lo dudábamos, de que la novela es un instrumento privilegiado para recorrer los laberintos morales del ser humano.
7) El santo al cielo, de Carlos Ortega Vilas (Dos Bigotes). Con esta única novela, ya forma parte del grupo de escasos narradores canarios que merecen consideración por mi parte. Una novela negra/detectivesca más, quizá, pero con estilo propio, personajes con poso y una escritura que alberga potencialidades de más y mejor. Llámenlo intuición.
8) La noche fenomenal, de Javier Pérez Andújar (Anagrama). Una novela loca, muy loca, que conjuga elementos kitsch como el ocultismo y lo paranormal con otros más formales como la utilización creativa del cliché, lo que tiene su mérito. Una trama desquiciada de un autor con talento.
9) Nunca más la noche, de Juan R. Tramunt (Baile del Sol). A pesar de una primera historia fallida, Tramunt remonta el vuelo y consigue inquietarnos y sorprendernos con unas historias bien escritas que conmocionan nuestro sentido común.
NO FICCIÓN
Aquí no hay clasificación que valga: todos estos libros son valiosos y variados en su temática. Omito los que ya comenté en la entrada Siete lecturas para el disenso, por no repetir, pero que pueden considerarse incluidos en esta lista:
- El eclipse de la fraternidad, de Antoni Domènech (Akal).
- Injusticia epistémica, de Miranda Fricker (Herder, traducción de Ricardo García Pérez).
- La huida de la imaginación, de Vicente Luis Mora (Pre-Textos).
- Historia y sistema en Marx, de César Ruiz Sanjuán (Siglo XXI).
- La izquierda, fin de (un) ciclo, de Ignacio Sánchez-Cuenca (Catarata).
- Barcelona, Madrid y el Estado, de Jacint Jordana (Catarata).
- Sobre El Político de Platón, de Cornelius Castoriadis (Trotta, traducción de Horacio Pons).
- Alta cultura descafeinada, de Alberto Santamaría (Siglo XXI).
- Walt Whitman ya no vive aquí, Eduardo Lago (Sexto Piso).
- Post-Democracy, de Colin Crouch (Polity).
- Inventing the People, de Edmund S. Morgan (Norton).
- Muros, de David Freyre (Turner, traducción de Eduardo Jordá).
- Democracia en suspenso, VV.AA (Casus-Belli, traducción de Tomás Fernánez Aúz y Beatriz Eguibar).
- Against the grain, de James C. Scott (Yale).
- Social origins of Dictatorship and Democracy, de Barrington Moore Jr. (Beacon).
- Caníbales y reyes, de Marvin Harris (Alianza, traducción de Horacio González Trejo).
- Ciudades rebeldes, de David Harvey (Akal, traducción de Juanmari Madariaga).
- Tiempo de magos, de Wolfram Eilenberger (Taurus, traducción de Joaquín Chamorro Mielke).
- Internados, de Erving Goffman (Amorrortu, traducción de María Antonia Oyuelo de Grant).
- Melancolía de izquierda, de Enzo Traverso (Galaxia Gutenberg, traducción de Horacio Pons).
- McMafia, de Misha Glenny (Península, traducción de Joan Trujillo Parra).
- Estado de inseguridad, de Isabell Lorey (Traficantes de sueños, traducción de Raúl Sánchez Cedillo).
Un saludo cordial a quienes me leen, en especial a los/las que no lo reconocen.
Se acaba el año, malbien que nos pesealegre, y frente a la lábil resignación que nos produce constatar que no hemos hecho apenas nada digno de ser conservado en las tablas de la memoria surge, de nuevo, engañosa, la perspectiva del inicio, del principio, del plan que dotará de sentido la vida a partir de ahora. Siempre es tarde y nunca es suficiente, podría ser el epitafio de todos nosotros. Salvo en las películas, series de televisión y Tele5, donde los sueños se hacen realidad porque si te empeñas lo suficiente cumplirás todo aquello que te has propuesto. Cómo soportar, si no, la miseria del mundo que se acumula frente a nosotros.
Es también la época de ponernos un poco melancólicos e intentar escribir cosas clicheprofundas y sublixtencialistas, pero seamos conscientes de que no vamos a ganar el premio a la mejor composición original, ni mucho menos. Golpeémonos la frente: propongo que desentonemos desde nuestro lugar en el coro. Sí, desde ese que creemos que hemos elegido y en el que nos hemos acomodado.
Ay, pediría que, ya que en este momento están sentadas o tumbados leyendo estas líneas, se levantaran y prorrumpieran en un fuerte aplauso dedicado a Alexis Ravelo, porque gracias a él una obra desconocida, por tanto ignorada, por tanto sin editar, por tanto sin haber sido prologada ni comentada jamás, escrita por un autor desconocido, por tanto ignorado, por tanto nunca editado, por tanto sin haber sido jamás objeto de artículo o estudio alguno, ha sido arrancada de las tinieblas del olvido, qué digo, de la inexistencia, incluida en el catálogo de Siruela, una editorial nacional y de prestigio para que los lectores por fin podamos tener acceso a ella. Ambos, Ravelo como conseguidor y prologuista, y Siruela como editorial, han puesto en el mapa de la literatura a Crimen y a su autor, un tal Agustín Espinosa. Antes, era imposible. Ahora, el cielo es el límite. Otro aplauso: no escatimemos. Se lo merecen por rescatar una obra que ahora sí forma parte del patrimonio no meramente canario, sino español. Gracias a esta iniciativa, Crimen ocupará el lugar que se merece.

Por el contrario, abucheemos, ya que hemos entrado en calor y nos arden las manos, a todos aquellos/as que pudieran sospechar que no es Espinosa ni sus lectores quienes deberían agradecer a Alexis Ravelo que lo hiciera emerger de la insignificancia, sino a la inversa, ya que sería este quien, subido a sus hombros, pretendería beneficiarse de su aura (es posible que en una sola de las páginas de Crimen haya más literatura de calidad que en toda la obra junta y bien apretada de su prologuista). Que no sería Alexis Ravelo quien "ha sido generoso con Agustín Espinosa" como afirma Santiago Gil, sino que la generosidad, póstuma, se la habría apropiado el primero del segundo, por mucha "bonhomía de hombre bueno" que le haya atribuido.
Abucheemos, además, a aquellos que recuerdan, entre otras, la edición de Biblioteca Golpe de Dados, prologada por Eugenio Padorno, un don nadie, que, además, cuesta 10,81 euros, frente a los 17,26 euros de Siruela, prologada por Ravelo. Buuuu.
El mundo está lleno de desagradecidos y de noístas que no saben apreciar el progreso. Acabemos con ellos, disentidores espurios, hez de la sociedad.
En fin, volvamos a nuestros asuntos ordinarios.
Para cerrar el año 2019 en el apartado de las reseñas, hoy tenemos 'Lazos de humo' de Ernesto Rodríguez Abad.

Lazos de humo fue la penúltima "novedad" reseñada en Dragaria antes del cese de su actividad como propagadora y abanderada del buenrollismo literario. De ello, ya escribí aquí.
Para entrar en materia, lo mejor que se puede escribir de la novela es que está escrita con corrección. Las comas y los puntos están bien puestos, así que al menos uno puede leer de corrido. Asimismo, el argumento, a priori, cuenta con elementos atractivos, como la figura del contador de historias, la industria del tabaco en Canarias o la aspiración a abrirse paso en la sociedad franquista de los 50-60 de las mujeres en La Palma, es decir, en la periferia de la periferia de un país periférico.
No obstante, los defectos coartan las potencialidades de la historia. Los clichés son, como ya señalamos en la anterior reseña de Jonathan Allen, los que se refieren al adjetivo típico que acompaña al sustantivo. Sin duda, facilita la lectura, pues el lector o lectora ya sabe lo que va a continuación: ideal para los que tienen prisa, sin duda. A veces, sin embargo, la lectura fácil implica que la escritura ha sido simple, aun no siéndolo el vocabulario: "rabia contenida", "ilustre visitante", "labios húmedos", "labios carnosos", "cabellos dorados", "contabilidad aburrida", "aromas voluptuosos y sensuales", "carcajada sonora", etc.
También, cierta cursilería en las expresiones, como que la protagonista quiere "volar", refiriéndose a sus ansias de libertad, o "beberse la ciudad", en la primera impresión de esta. O un erotismo algo rancio, quizá paralelo a la época en la que está ambientada la novela, finales de los 50 y primeros de los 60. Además, la trama avanza a tijeretazos, esquemática en extremo, con escenas cortas que pretenden ser significativas para ahorrarse un desarrollo que no debería haberse escatimado. No sé si el historial del autor, Ernesto Rodríguez Abad, como cuentista ha influido, en este caso de manera perniciosa, en Lazos de humo. Asimismo, percibo una tendencia a personalizar la naturaleza, falacia patética demasiado esperable, convencional
Las calles estaban agitadas. Grupos de gente caminaban por la avenida marítima en dirección al muelle. Reían y hablaban animados.El sol y el mar la embriagaban. Caminó siguiendo a la multitud. La curiosidad la guiaba. Quería verlo todo, conocer gente, volar.
El muelle estaba abarrotado. Se abrió paso a empellones, arrastrando la maleta remendada. Se ponía de puntillas para tratar de ver por encima de las cabezas. Sin darse cuenta apoyó la mano, para no perder el equilibrio, en el hombro de un muchacho que estaba delante de ella. Él volvió la cabeza de rizos rubios. Los ojos azules se clavaron en los de ella. Se ruborizó y un ligero temblor lo recorrió desde los pies. Carraspeó y se animó a hablarle. (Pág. 28)
Lea remataba sus cantos con un cierto aire de mutis teatral. Los tabaqueros que le hacían los coros callaban como orquesta disciplinada.
Ella movió su trenza algo desordenada. Los cabellos dorados se desprendieron y revolotearon libres. Un leve sudor perlaba la frente y los pómulos. Despalillaba las hojas secas del tabaco mientras susurraba las notas de la melodía que había cantado. Los dedos ágiles y lánguidos, como porcelanas transparentes, trabajaban con rapidez; se diría que pensaban por sí mismos, que tenían autonomía y vida. De pronto paró y explotó en una carcajada sonora, descarada, persiguiendo a manotazos los residuos secos que se desprendían del tabaco. Recordó las palabras repetidas por su abuela: "No rías de esa forma, eso solo lo hacen las mujeres descaradas. El mal entra siempre por la boca".
Álvaro no podía apartar los ojos de los senos blanquecinos que se entreveían por el escote de su blusa desabotonada. Los labios rojizos y sensuales de la muchacha lo cautivaban. Aquella carcajada sonora y estridente lo excitaba. Despertaba todos los instintos dormidos. Aquella risa que espantaba las palomas posadas en el techo de la fábrica se metía dentro de él, lo provocaba. (Págs. 55-56)
La fábrica vacía se llenó de sombras y de rumores vagos. Un gato pardusco merodeaba entre las hojas del secadero. Se rascaba el lomo contra las paredes rugosas. Ronroneaba mimoso. En la calle las ráfagas ariscas del viento incesante golpeaban las puertas y ventanas, ululaban tratando de atravesar las rendijas y los resquicios de las maderas mal selladas. Traían hasta la estancia en penumbras los rumores del pueblo. Las voces y las habladurías insistían en traspasar los límites del espacio humano, de la intimidad necesaria para respirar. El viento cuchicheaba impertinente y malévolo.
Un candil encendido en la mesa de los trabajadores llenaba de medias luces y sombras grotescas la estancia. Todo parecía un gran escenario de teatro chinesco: deforme y desgarbado. La realidad se proyectaba multiplicada en mil formas deshumanizadas en las tejas, en las paredes, en las cajas amontonadas. (Pág. 67)
Por otro lado, los personajes parecen más bien alegorías (La Libertad, La Maldad, El Despecho, El Demiurgo...) que personajes reales. Si no nos gusta este último adjetivo, preciso que les falta complejidad, vida interior. El narrador nos cuenta sus pensamientos y sentimientos, pero aun así se nos presentan rígidos, sin progreso o decadencia perceptibles. No son incoherentes, lo que no está mal, pero es que las alegorías no suelen serlo. Esta sensación de tentetieso, se ve agudizada por los diálogos, que parecen sacados, como dice Álvaro, el dueño de la fábrica de tabaco, "de novela". Es decir, artificiales. Pues si lo nota, para qué los escribe así, pensarán Vds., con razón.
Ismael esbozó un gesto de ironía. Sabía defenderse en inglés, pero no logró descifrar el resto de la conversación. Las voces se mezclaban en una algarabía ininteligible. Aguzó el oído para ordenar los retazos de palabras que llegaban hasta él. Distinguió el diálogo de dos hombres que a su lado comentaban algunas de las vicisitudes de la inesperada visita.
-¿Te has dado cuenta de algo?
-¿Qué?
-No ha venido el alcalde.
-Ni ninguna autoridad.
-Dicen que es por la guerra.
-¿Qué guerra?
-La tensión política de Europa.
-¿La guerra fría?
-Es que Churchill representa a los aliados.
-Y ya se sabe, España...
-Era o es de otro bando.
-¡La política!
-Los políticos y sus prohibiciones. Sus intereses.
-¿Lo prohibieron?
-Eso parece.
-La España oscura.
-La España gris.
-La intransigente.(Págs. 31-32)
Lea cogió un montecristo. Lo llevó hasta sus labios carnosos y brillantes. Álvaro la miraba asombrado.
-¿Qué haces?
-Sentir el humo dentro de mí.
-¿Qué pretendes? Estás un poco loca.
-Ya te dije que un día aprendería a fumar.
-¿Por qué?
-Quiero sentir, quiero hacer lo que me venga en gana.
-No logro entenderte. No consigo seguir tus pensamientos desordenados.
-No hace falta. Los hombres necesitan tenerlo todo controlado. Tienes un pensamiento demasiado lógico. Yo quiero volar... (Pág. 73)
Lo que me pregunto, más allá de los defectos señalados, es la necesidad de escribir una novela así hoy en día. No me refiero solo a la forma, convencional por lo demás, sino sobre todo que la denuncia de la pacatería, mojigatería, gazmoñería, etc de la España/Canarias/La Palma de aquella época no aporta nada nuevo, no nos dice nada que no sepamos ya. Tampoco la novela se erige como metáfora o símbolo de problemas presentes especialmente acuciantes. No capto la relevancia moral o cognitiva de esta obra. Por lo que se ve, el mundo está lleno de personas que quieren escribir su novela. Harían bien en preguntarse qué aportan, aparte de su desahogo expresivo.
Eso sí, Lazos de humo puede leerse con agrado por aquellos/as que valoran por encima de todo la facilidad en la lectura y que esta confirme sus expectativas sintácticas, semánticas, morales y cognitivas. En definitiva, una obra que pese a su afán por realzar la libertad de acción y la autonomía personal de sus personajes no deja de ser un producto trillado y sin ambiciones estéticas, una muestra más de conformismo literario que no lleva a ninguna parte.