Reconozco que estoy harto de historias. De historias, entiéndanme, predecibles, tanto en su contenido (novelas de triángulos amorosos con final trágico, novelas negras y thrillers, películas en las que un joven ignorante de sus cualidades decide al final el destino del universo/sistema solar/país/pueblo; asesinos en serie que parecen omniscientes y todopoderosos, alienígenas invasores, godzillas interdimensionales o cualquier otra historia en la que uno intuye tramas y subtramas, incluso las espera...) como en su forma: presentación, nudo y desenlace, quizá algún flash-back impostado, o una voz en segunda persona para rizar el rizo. Es curioso porque, no siendo nada novedosa mi hartura, dado que los artistas de alguna estima han reflexionado desde el principio de la existencia de la novela sobre el arte de narrar, a estas alturas, después de tanto -istmo y metaliteratura, el tipo de novela (y de película) predominante es casi igual que la del siglo XIX. Una regresión que se expande también, aprovecho para escribirlo, en el campo de la poesía, con la irrupción en ella de influencers, cantautores, aspirantes a coachers sentimentales y demás quincalla.
Es posible, no obstante, que la historia de la literatura prosiga su camino a pesar de ello, porque lo que le importa es el cambio en la técnica, la diferencia en la perspectiva, la introducción de nuevos contenidos. En este sentido, albergo la esperanza de que a pesar de las periódicas afirmaciones de la muerte de la novela, en este terreno aún no hay un Danto convincente. Recordemos que este filósofo decía, más o menos, que se seguía haciendo arte, sí, pero que este, desde Duchamp y, finalmente, Andy Warhol con sus cajas Brillo, al desarrollar y apurar todas sus posibilidades había llegado al fin de su historia.
La novela, en sentido amplio, está limitada por el lenguaje. También es cierto, lo que no deja de ser una obviedad, que es precisamente el lenguaje su condición de posibilidad. Alcanzar esos límites, aún mejor, transformarlos, utilizarlos, superarlos o desactivarlos son, para mí, obligaciones del escritor/a como artista. Si se quieren contar historias por picazón existencial, por expresividad o por vanidad, no hay nada de malo, pero me permitirán que manifieste mi falta de interés por ellas, salvo casos extremos de exquisita técnica y de un interés semántico excepcional. Pero es que hay tantas historias contadas ya que a estas alturas de mi biografía lectora (imagino que a muchos/as de Vds. les ocurrirá algo parecido) pido ese algo más.
En lo que a nuestro terruño se refiere, ya sería un paso en la buena dirección que se escribieran novelas con esa técnica y ese contenido, aun su anacronismo literario respecto a la modernidad de la República de las Letras. Pero así y todo, echaría en falta esa reflexividad en nuestros narradores y narradoras. Sobra vanidad y falta pensamiento. Sobra articulito en el periódico y falta ambición. Falta grandeza, o capacidad para imaginarla. Si me dedicara a escribir así, moriría de aburrimiento después de dos párrafos, por mucho que me llamasen "maestro".

8.38, en cambio, pertenece a ese grupo de escasas novelas gracias a las cuales uno se reconcilia con la creación literaria y con las editoriales. Lo de menos es el argumento que se resume en la contraportada o en las páginas web de las librerías. Uno podría pasar de largo, sin dudas ni remordimientos. Lo valioso es lo que no se escribe en ellas, precisamente. A este respecto, según leo en las reseñas (o lo que quiera que sean) de los suplementos, es obligatorio comenzar por el nombre del autor y entre paréntesis la fecha y lugar de nacimiento. Como si eso fuera transmitir información ineludible. Luego, nos cuentan entre elogios más o menos empalagosos, según el hueco que quiera hacerse el/la reseñador/a para la posteridad (si es preciso, a codazos con el autor o autora), el argumento de la novela, para acabar con una reflexión más o menos contundente a la par que profunda. Podría decirles que leer reseñas así, estereotipadas y serviles, sólo me hace imaginar hogueras de largas lenguas de fuego. Tengo la impresión de que muchos periodistas, y en particular los periodistas culturales, quizá constreñidos por la naturaleza del medio, quizá por la asimilación de pautas profesionales nunca explicitadas del todo, consideran el estereotipo tanto una tabla de salvación como una virtud. Es ese escribir fácil que tanto hemos criticado en este blog.
Volviendo a 8.38, su autor Luis Rodríguez (nacido en el planeta Tierra) escribe literatura. Es así de simple. No escribe una mera historia, tiene otras pretensiones. No solo muestra voluntad de estilo, sino que se cuestiona los niveles del contar. Personajes que reflexionan sobre lo que es y significa escribir, personajes que se interrogan sobre su papel en la vida y sospechan que son creaciones novelescas, personajes cuyo propio cuestionamiento no los hace más vaporosos sino que los dotan de consistencia y vitalidad. Aparte de esta inmersión en una metaliteratura de la que creo Foster Wallace (por citar a otro autor que reflexionaba, y mucho, sobre literatura) no abjuraría. Por soltar una paradoja, el autor desaparece al estar tan dentro de esta obra: los protagonistas de la novela hablan mucho, quizá sin llegar a ningún lado, si entendemos por ello llegar a unas conclusiones definitivas, pero no importa porque salvando las distancias, se asemejan los personajes shakesperianos, que se hacían hablando, como señala Harold Bloom.
"¿Escenas? ¿Situaciones? Tengo muchas en la cabeza, algunas recurrentes: lluvia, una lluvia pertinaz durante cuatro días con sus noches, sin parar... me puse a pensar que estaría bien que el lector hubiera permanecido también cuatro días bajo la lluvia cuando leyera que Aníbal entra en la taberna, se desprende de la capa y el tricornio, y dice: Buenas. Este pensamiento obtuso abolió toda mi literatura. Si el lector vive lo que narro, ¿qué sentido tiene la novela? ¿Igual con un naufragio? ¿Y un disparo en el corazón? ¿O la vida de un huérfano? No es preciso que viertan veneno en el oído de mi padre para que yo me sienta como Hamlet, desde luego. Y menos mal. No soy Hamlet, pero precisamente por eso, y por lo que dice Shakespeare y cómo, ha tenido sobre mí un efecto indeleble. El arte, el arte que me interesa es el que desprecia mi mirada, el que aprovecha la distancia invisible (mejor, inmedible) hasta mi cerebro para disolverla". (Pág. 37)
Fuera de la taberna, sentado en un banco de cemento, vi a un hombre vestido con una chaqueta sucia y el pantalón roto y con boñiga en los bajos. Su gorra tenía la rara propiedad de transmitir que aquel hombre, cuyo pelo largo y despeinado le tocaba los hombros, escondía una calva considerable bajo la gorra. Lo comprobé más tarde, sentado a su lado, cuando se la quitó con una mano y con la otra, la ciega, se mesó los cabellos. Escribirás, me dijo, que tropezaste con un hombre vestido con una chaqueta sucia y el pantalón roto y con boñiga en los bajos. Si lo haces, por favor, di que tenía el pelo abundante, pero no escribas se mesó los cabellos, que a los escritores os gusta mucho; lo utilizáis mal. El hombre tenía un inquietante parecido con Tarkovski. (Pág. 66)
Es posible que llevado por mi entusiasmo haya exagerado al comparar a Luis Rodríguez con William Shakespeare. No obstante lo oportuno de tal reproche, Rodríguez cumple con el deber de todo artista al que aludía al principio: reflexión y acción sobre la materia prima (el lenguaje), alejamiento de lo convencional en el contenido, estilo propio, ambición creativa y originalidad. En algunos momentos me recuerda al mejor Ovejero o a Pérez Andújar, por esa capacidad de volver maleable el idioma, justo donde otros se estrellan contra una pared; no creamos que es desaliño indumentario: es jugueteo, es filigrana, es ironía, que los aleja de esa manía apodíctica de los aspirantes a lo sublime o el inevitable hastío que nos suscitan las repeticiones.
Nuestra casa tenía una piscina en la parte trasera, en un prado al pie del monte. Apareció un ciervo grande, majestuoso; se acercó despacio hasta el borde del agua y bebió. Alzó la cara y me vio. Yo creo que hasta entonces no se había dado cuenta de que yo estaba allí. Me miró sin sorpresa, sin temor, como si, de repente, hubiera reparado en un pajarillo entre las ramas, inofensivo. Era un animal grande, el pelo brillante, limpio. Cruzamos las miradas. Me sentí pletórico, importante. Aquella mirada despertó en mí algo que yo llevaba dentro, pero lo ignoraba. Fíjate, yo, la criatura más compleja, sofisticada y perfecta, el rey de la creación, y el animal, un ser primitivo; sin embargo, me miraba como si me condecorara, reconocía en mí a un igual. Había algo que me inquietaba, temblaba en algún lugar dentro de mí que no supe localizar pero cuya onda expansiva hacía tope en las paredes de mi cerebro: un miedo frío a no estar a la altura de la expectativa del ciervo (...). (Págs 170-171)
Da igual que la trama confunda, que el argumento carezca de conclusión evidente. Como dije al principio, me importa poco. En cambio, con esa sencillez embaucadora, habiendo disfrutado del estilo, de los juegos del lenguaje y de la metaliteratura, me aparece ese inopinado "me miraba como si me condecorara". Me dan ganas de levantarme y aplaudir.
P.D. Para una vez que alguien coincide conmigo, lo pongo aquí.
Si todo ha ido bien, cuando publique esta entrada, ya habrá Gobierno. De lo que me alegro. Ya solo por las constricciones políticas y económicas a las que está sometido nuestro país, la coalición PSOE-Podemos no podía asustar a nadie medio razonable o medio demócrata. Hablar de "comunistas", "traidores", "batasunos", "bolivarianos", etc. se compadece poco con el programa político de ambos partidos, con su historia, con la pertenencia de España a la Unión Europea, a la OTAN, a la OMC, etc, por no hablar de la permanente tutela de Alemania, Francia y Estados Unidos. Lo demás son ganas de engañar.
En otro orden de cosas, el panorama literario de 2020 comienza por el centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós. A veces toca el nacimiento, otras, la muerte, quizá podríamos conmemorarlo todos los años, pues todos los años en los que vivió cumplió algún año. El caso es que en 2020 ya vamos todos proclamando la adhesión, fidelidad, amor, influencia, pasión, etc. a, de y por Galdós. Es lo que toca. Es posible que, tras unos meses de esta lata, alguien avispado decida echarse al ruedo y afirmar que nunca ha leído a Galdós o, simplemente, que no lo traga. Que de todo hay.
A mi entender, uno puede valorar a Galdós, valorarlo muchísimo. O todo lo contrario. Lo importante es que blanda razones. A mí lo que me fastidia, ya ven que debo de disponer de mucho tiempo libre, es que a) me dicten o sugieran de forma machacona lo que me debe gustar o no; y que b) mis conciudadanos decidan expresar su pasión por Galdós (llámenle X) justo cuando toca. Cuando se lo dicen. Ni antes ni después.
Es de esperar que se publiquen unas cuantas biografías de Galdós, centenares de artículos galdosianos, académicos y periodísticos, libretos, películas y que, en Gran Canaria al menos, tengamos que enfrentarnos, día sí, día también, con un Galdós manoseado, sobado y lamido por presidentes de instituciones públicas, clase política en general, intelligentsia (o lo que queda de ella) y la nunca demasiado denostada especie de los periodistas culturales, siempre listos para el agasajo y el canapé... Pobre Galdós, que no tiene quien le defienda de esta horda. Será tanta la insistencia que a quienes de verdad siempre les ha gustado su literatura harían mejor en permanecer callados, so pena de parecer unos arribistas de la literatura.
Pero hay un autor que se ha adelantado a todos. Sí, Santiago Gil. Quién si no.

De Santiago Gil teníamos los lectores de este blog y un servidor que lo escribe un recuerdo aciago, desencadenado por una obra anterior: Gracias por el tiempo. No obstante su desempeño, este autor ha seguido escribiendo y publicando no solo novelas, sino reflexiones y ocurrencias que, según parece, alguien ha debido considerar interesantes para sus paisanos. Si no supiera uno que las editoriales canarias reciben subvenciones por publicar, se extrañaría de tamañas apuestas empresariales. Pero no, no hay riesgo alguno. Aun así, uno debería abstenerse de publicar cualquier cosa. No se es mejor escritor/a, tampoco mejor editor/a, por publicar mucho.
En fin, tras tanta fanfarria galdosiana (y la que falta) y también, por qué no decirlo, cautivado por la desmedida atención que en los medios de comunicación se le presta por lo general a Santiago Gil, decidí dar una segunda oportunidad a su literatura con El gran amor de Galdós.
Esta obra se presentó por primera vez, si no me equivoco, en junio de 2019. Los medios, y sobre todo su periódico amigo, la siguen presentando cada vez que surge la oportunidad, aun meses después. En todo caso, a Gil hay que reconocerle la labor de pionero galdosiano por adelantarse casi un año al centenario, por llegar a 2020 con los deberes hechos, que se resumen en que Gil, literariamente, ama a Galdós con todas sus fuerzas, y así se promociona, además. Si pudiera, sería Galdós, pero como no puede, se limita a ser Gil, lo que es más bien poco.
El gran amor de Galdós es una narración, digamos novela, en tercera persona con la que nos relata en pasado la niñez y juventud de D. Benito, época en que conoce a una prima suya de la que se enamora perdidamente. O como suelo oír y leer también, hasta las trancas. En todo caso, Gil escribe que para Galdós esta muchacha, Sisita, es "la única mujer que ha amado con locura" (la cursiva es mía). Estamos, pues, en 2020, pero el vicio de los tópicos y de las frases hechas sigue tan vigente como siempre. Voy a ser atrevido y diré que el único uso legítimo de los tópicos que se me ocurre es que sirva para caracterizar a un personaje carente de imaginación, si no de inteligencia, para mofarse de quienes los utilizan con tan alegre inconsciencia. Que los tópicos sean una característica de tanto/a ciudadano/a metido a escritor debería preocupar a la República de las Letras.
Por alguna razón que ignoro, algunos reseñadores previos nos recalcan el uso de la tercera persona en la narración (véanse los vínculos de reseñas en la PD.). El mismo autor lo subraya también, recordando el momento en que se dio cuenta de que esa perspectiva mejoraba la novela. Pues muy bien. Aparte, se emplea el presente histórico para hablar del Galdós más adulto, ya reconocido como novelista, y que vuelve a la isla tras varias décadas. Siempre anda, por cierto, meditabundo, melancólico, añorante, nostálgico, siempre muy poético-existencial. Cuando el narrador cuenta su pasado, nos abruma con toques de malditismo y bohemia: se nos insiste en la faceta de bebedor y de putero de Galdós. Parecería que el buen hombre estaba todo el día tristón y en lupanares, que no necesariamente tristón en los lupanares.
Es posible que ese supuesto amor de juventud marcase a Galdós de por vida y le hiciese lo que fue. Quizá no, pero me parece legítimo que Santiago Gil fabule a su manera y con su peculiar sensibilidad esa posibilidad. No obstante, y dejando de lado la sospecha de que haya intentado subirse al carro de la fama de Galdós, soy de la opinión de que, salvo grandes momentos literarios, el enfoque de utilizar sucesos y figuras históricas (por no hablar de remakes y cosas parecidas) sobre las que apoyar las propias narraciones nos da la pista de una modernidad agotada y de una posmodernidad perpleja e impotente. Asimismo, en manos de escritores/as menos dotados/as suele generar resultados más bien mediocres. Gil no es Tolstoy, tampoco Duras; por citar a dos grandes, para desgracia del lector.
Sigamos: el autor no domina el procedimiento de la elipsis. Así, le resulta difícil que Galdós evoque a su amor de juventud si no es repitiendo su nombre, Sisita, cada dos por tres o, peor, la bella cubana, en cursiva, cada tres por cuatro. Le falta dominio de los párrafos y de las escenas o subestima al público lector. Al cabo de media novela, le entran a uno escalofríos cada vez que vuelve a leer "la bella cubana". La narración se torna una recreación en bucle de los sentimientos de Galdós respecto de ese amor perdido, pero imborrable. Hay, cierto, dos o tres pinceladas biográficas: que fue o lo mandaron a estudiar a Madrid, que no estudió, que se puso a escribir para periódicos, que no iba a clase, que quería triunfar en el teatro, pero cada avance vital en ese sentido se ve compensado por varias páginas de melancolía, amor, la bella cubana, estrellas, putas, el mar, Sisita, etc. Por no hablar de esos continuos arrebatos apodícticos con los que Galdós desaparece y Gil se exhibe cada vez que puede. Llega un momento en que uno se plantea si la novela va a ser todo el rato así o podremos acogernos a sagrado.
Les debía todo lo que escribió luego, como le debía a su bella cubana todo lo que sabía del amor y del deseo. Benito tiene una hija. Su madre había sido su amante durante muchos años. Era una mujer guapa que hubiera dado la vida por él, pero ni siquiera con ella había sido capaz de encontrar el amor de su vida. Posiblemente amamos una sola vez y luego no hacemos más que buscar desesperadamente las sombras de ese amor perdido para siempre. Lleva el dolor de esa eterna ausencia en silencio, escondido entre sus palabras y sus argumentos, y disimulando delante de todos los que creen que solo es un mujeriego o un hombre incapaz de amar a una mujer por mucho tiempo. Se ilusiona y se enamora muchas veces, pero no ha encontrado a nadie con la sonrisa, la alegría de vivir y el amor que le daba su bella cubana. Llegó a odiarla cuando pensó que le había dejado. (Pág. 36)
Siempre quiso vivir intensamente. Lo aprendió del mar, de aquellas miradas al horizonte cada vez que se escapaba a la orilla. Y también de la música, de lo efímera que es una nota y de las interpretaciones que somos capaces de hacer con cada una de ellas. Nos dan la partitura pero nosotros somos los que luego ponemos el alma en cada acorde. No hay una composición musical que suene de la misma manera todo el tiempo. Tampoco las palabras lleva nunca el mismo significado cuando tratamos de mostrarnos a través de ellas. Afuera nevaba y él tocaba el piano con los dedos helados por el frío y por la ausencia de la única mujer que ha amado con locura. (Pág. 39)
Durante aquellos días de finales de agosto y principios de septiembre fue cuando más bebió y más frecuentó la casa de lenocinio en la que estaba su amiga cubana. Volvió a escribirle a Sisita a través de Anselmo, y ella le respondía cada semana con una carta apasionada en la que le juraba amor eterno y prometía esperar hasta que lograra ese éxito en el teatro que él le aventuraba inminente. Él creía que ella no le contaba lo que realmente pensaba de él. Se veía como un cobarde, como alguien que no quiso luchar por aquel amor que los volvía eternos. (Pág. 47)
Aquellas navidades de 1863 llegó hasta Cádiz para regresar a su tierra y estar con su bella cubana, pero en el último momento no se atrevió a subir al barco. Durmió en pensiones de mala muerte y se acercó a todas las putas cubanas que había por La Caleta. Buscaba el abrazo de Sisita en todas ellas. También buscaba el océano para sosegar sus penas. Aquellas playas interminables se parecían a las mismas playas de arena que una vez visitó con Fernando en el sur de Gran Canaria. Muchas veces sueña que se escapa a esas playas y que se esconde con ella para siempre en cualquier chamizo en el que solo se escuchan las olas y los jadeos de los suspiros. (Pág. 66)
La narración avanza, o no mucho, y no la alivian los diálogos, escasos y bastante cursis, que parecen un tanto impostados. Como si, en realidad, no hubiera dos personajes, sino una voz que los utilizara como excusa. Avanzando en esta línea, Gil no logra crear un personaje sólido en Sisita, la bella cubana. Más bien, parece un fetiche creado por el autor como motivo para suscitar sentimientos y un propósito al Galdós ficticio, personaje que tampoco, como señalé antes, resulta muy convincente.
-Me da mucha risa verte vestido de mujer por la calle, con esa cara tan seria que pareces un palo tieso.
-No es un traje de mujer sino de monaguillo, y voy serio porque en las procesiones no puedes reírte.
-No me gusta nada que no sea divertido ni me acerco a ningún sitio donde prohíban la risa. Las monjas me están penando todo el día por reírme y ya me dan por imposible, pero yo me seguiré riendo hasta el día que me muera.
-A mí también me gusta reírme, pero de otra manera.
-Tú eres más cuico y más socarrón, y haces que los demás te crean un niño serio. Serás un buen comediante de ti mismo cuando crezcas. (Pág. 31)
-No he dejado de pensar en ti cada segundo. Madrid era como una ciudad brumosa en la que te me aparecías en cada esquina, no he hecho más que escribir para no pensar en ti, o para pensar en ti como si fueras una especie de fantasma que yo creaba muchas veces en mis textos, te he puesto voz y he descrito tus ojos y tu cara, pero nunca he sido capaz de contar como (sic) eres, de transmitir toda tu belleza, el infinito que atisbo siempre en tu mirada, como si te conociera de otra vida y otro tiempo, como si ya nos hubiéramos amado antes de haber llegado.
-Bésame y mírame a los ojos. Todo este año solo he podido verte a través de las palabras. Ahora solo quiero tocarte y mirarte, sentir tu piel y acostarme en tu pecho como quien se acuesta en la arena de una playa.
Se besaron y se miraron largamente. Reconoció sus ojos y se volvió a sentir el hombre más feliz del mundo. Perdieron la noción del tiempo y no contaron las campanas que sonaban por todas partes. (Págs 42-43).
-Mírame a los ojos cuando me beses, quiero que sepas que me estás besando, que sueñes con los ojos abiertos, y que recorras todo mi cuerpo con tus manos, que cuando no haya nadie busques mis piernas debajo de mis enaguas y que sepas que nunca más amarás a nadie de esta manera.
Sisita soñaba en cada beso. Él empezó siguiendo sus pasos y terminó perdidamente enamorado de ella. Entonces el mundo parecía perfecto. Su madre paseaba por el jardín de flores y de cactus que había levantado en la parte trasera de la casa. Alguna vez la escuchaban cantar canciones en inglés o habaneras tristes mientras regaba sus flores y hablaba con ellas en un idioma raro que al parecer le enseñaron las sirvientas negras que la criaron en Charleston. (Pags 72-73).
-Siempre he soñado con navegar a tu lado. Cada vez que iba a Cádiz buscaba tu mano entre las sombras de la noche y trataba de escuchar tu voz en el sonido del océano.
-Júrame que no me vas a dejar nunca, que cuando lleguemos no te vas a encaprichar de ninguna de esas mulatas farotonas, no podría vivir sin ti, te quiero toda la vida a mi lado.
-Toda la vida. No la entendería sin estar contigo.
-Sabía que acabaría amándote desde que te vi por vez primera en el patio de tu casa, cuando eras aquel niño tímido y santurrón.
-Navegaremos juntos para siempre, recorreremos países, tendremos hijos y veremos atardecer desde una Hacienda del Caribe.
-Me da lo mismo donde esté. Lo único que deseo es tenerte siempre a mi lado. (...) (Pág. 91)
Además, al autor, del que hemos reprochado su deriva melancólica, no le va bien mezclar su tono bucólico-pastoril semiculto con coloquialismos y jerga. No mezclan bien porque no lo hace bien. Por ejemplo:
Sus planes de futuro no eran tan absurdos como los suyos y todos contaban con un modus vivendi que les permitía pagar por lo menos la pensión y la comida. Él vivía del dinero que le enviaba su familia y seguía perseverando en la mentira de que estaba en segundo año de carrera y de que necesitaba aún más parné para los libros. Pero en su magín solo revoloteaban personajes histriónicos que no llegaban a ninguna parte. (Págs. 47-48)
En cambio, cuando Gil se olvida por un momento de Galdós y de sus penas amorosas-existenciales, mejora: al denunciar la violencia social de los ricos contra los pobres, de los caciques contra los jornaleros, y de la hipocresía eclesial, o al contar la venganza desesperada de un desheredado de la tierra, Gil nos revela ese otro lado del mundo y de la sociedad que muchos preferirían omitir. No es que de repente haga alardes de estilo, pero, al menos, interesa:
No se cree esa Arcadia que ve la gente de la ciudad cuando va al campo a pasar el domingo o como si fuera un lugar que no tiene nada que ver con sus existencias. Le apenaban los niños casi desnudos que trabajaban de sol a sol por un puño de gofio o por unas papas. Las niñas miraban asustadas y las chicas jóvenes tenían ese halo de tristeza que se les queda a quienes han de callar los abusos y seguir adelante con sus penas como si no pasara nada. No le contó nada a Sisita, pero sabía lo que pasaba con casi todas esas chicas jóvenes de los campos. Un compañero ricachón e indeseable del colegio presumía desde los quince años de ir a la finca a acostarse con las mujeres que le daba la gana. Lo llevaba su padre y le decía que eligiera a las que tenían las tetas más grandes porque esas eran las que daban más placer en la coyunda. Tenían derecho de pernada en sus fincas y sus empleadas eran como esclavas. Nunca quiso ir con él. Tampoco Fernando. Pero otros compañeros sí fueron y se acostaron con las mujeres que elegían cuando estaban lavando la ropa en las acequias o atando cañas para las vides en los tomateros. Muchos de esos niños embrutecidos como bestias serán hijos de esos indeseables. Aquel padre salía luego en todas las procesiones con su porte aristocrático y solemne, pero él lo imaginaba violando niñas en el campo y no entendía cómo los curas, que sabían todo eso, lo dejaban desfilar entre sus santos como si fuera un dechado de lo que dicen que dijo el Mesías cunado bajó a la tierra justamente para condenar a esas sanguijuelas caciquiles y déspotas (Págs. 74-75)
Es posible que Gil hiciera bien abandonando tanto llanto y tanta melancolía en falsete, que enterrara su aspiración a embotellar sabiduría de suplemento dominical en una frase y se decidiera a contar historias que le importen a alguien más que a él.
EN DEFINITIVA, El gran amor de Galdós no marcará un jalón ni un hito ni será un antes y un después en la literatura canaria, española o universal. Tampoco se convertirá en la novela de referencia sobre Galdós ni, creo, será "discutida por galdosianos y no galdosianos". Es, al contrario, una obra repetitiva y pesada, una novela ensimismada, casi del todo prescindible. Yo mismo prescindí de ella en la página 94.
P.D. Entrevista al autor y otras reseñas, con opiniones opuestas a la mía.
https://www.canarias7.es/cultura/literatura/galdos-no-se-entiende-sin-el-amor-contrariado-de-juventud-LE7071148
http://www.elescobillon.com/2019/04/el-gran-amor-de-galdos-una-novela-de-santiago-gil/
https://elcultural.com/el-gran-amor-de-galdos
https://www.eldiario.es/canariasahora/cultura/Gran-Amor-Galdos_0_909909863.html
Aquí tienen, otro año más y ya van 3, la lista de lo mejor y de lo peor que he reseñado en el Polillas durante el año 2019. Lo positivo es que hay mucha más literatura de calidad que de la otra, de lo que me congratulo porque, a decir verdad, resulta una tarea harto irritante y a veces tediosa desgranar los defectos de tanta novela deplorable.
Como sé que son Vds. algo morbosetes, a pesar del buenrollismo imperante, comenzaré por la lista de lo peor de 2019. A continuación, seguiré con lo mejor y, finalmente, como suelo hacer también, les mostraré los mejores libros de no ficción que he leído durante este año que fenece.
Vamos al lío:
LO PEOR DE 2019:
El podio ha resultado sencillo. Las tres novelas que aquí señalo han sido lo peor del año sin discusión interna por mi parte.
1) La espiral del silencio, de Mayte Martín (Ediciones Aguere-IDEA). Primera lectura del año y primera candidata a la peor de 2019. Una obra tan cargada de loables reivindicaciones y necesarias denuncias como deplorable en todos los aspectos en que se pueda analizar una novela, y hay unos cuantos.
2) Caídos del suelo, de Ramón Betancor (Baile del Sol). Una novela que aspira a ser apasionante y que es apasionantemente detestable por caer en todos los clichés del lenguaje y de la construcción de personajes. De principiante.
3) El doble oscuro, de María Teresa de Vega (NACE). Con pretensiones de culta, intertextual y refinada, esta obra es insoportable y tediosa hasta decir basta. No la compre, no la mire siquiera, pase de largo.
MENCIONES ESPECIALES
Las siguientes obras, siendo mediocres, no suscitan tamaña sensación de devastación. Aun así, en aras de la pedagogía y, como dice Rafael Reig, "por razones de salud pública", vale la pena recordarlas: La ceguera del cangrejo, de Alexis Ravelo (Siruela). Sin llegar a hundirse en esas simas de insondable pobreza literaria y pretenciosidad pueril de La otra vida de Ned Blackbird, el autor perpetra otra novela en la que vuelve a lucir su pasmosa falta de estilo y la incapacidad de urdir una trama algo compleja sino es a base de empellones y exabruptos. Tampoco, Pacheco, de Christian Santana Hernández (Mercurio), da mucho más de sí. Es legible, al menos, aun con ese sesgo tan contemporáneo de escribir literatura teniendo en vista una película o un capítulo de serie de televisión, con todos los clichés a cuestas para que el lector/televidente no se confunda. Con A los que leen, Jonathan Allen (Aguere-IDEA) lo intenta de nuevo, y aunque el resultado es más digerible que el logrado con su anterior novela, El conocimiento, sigue poniendo a prueba la paciencia del lector sin ponerse a prueba él mismo, lo que parece un tanto injusto. Para acabar, Lazos de humo, de Ernesto Rodríguez Abad (Diego Pun): convencional es el primer adjetivo que se me viene a la cabeza. Una novela con potencialidades abortadas y un mal final la hacen olvidable del todo.

LO MEJOR DE 2019:
1) Magistral, de Rubén Martín Giráldez (Jekyll & Jill). Crítica hiperbólica acerca del uso del lenguaje y acción sin compasión sobre él, el autor restriega al lector esta obra en la cara para que, a partir de su lectura, no contemple la literatura del mismo modo ni le queden ganas de hacerlo.
2) Corrección, de Thomas Bernhard (Alianza, traducción de Miguel Sáenz). Qué decir de Bernhard que no haya dicho ya en sus reseñas. Su voluntad de estilo, su capacidad taumatúrgica de sumergirnos en el mundo interior de sus personajes, un tanto delirantes y siempre obsesivos, y su discurso vitriólico e incendiario contra todo y contra todos le hacen a uno volverse casi un fan-hardcore.
3) La muerte de mi hermano Abel, de Gregor von Rezzori (Sexto Piso, traducción de José Aníbal Campos). Una obra grandiosa con la que el lector recorre ese mundo de ayer europeo del que escribió Stephan Zweig, atraviesa el nazismo austriaco, forzándonos a contemplar la gelidez de la muerte que anuncia, y nos hace arribar al París americanizado de los 50. Como dice Vicente Luis Mora, sólo le faltó haber sido escrita antes para convertirse en una obra maestra.
4) Momentos de la vida de un fauno, de Arno Schmidt (Debolsillo, traducción de Luis Alberto Bixio). Una mirada de un alemán, en apariencia corriente, a la sociedad nazi de su tiempo. Resistencia cotidiana de la única manera que se puede en un sistema totalitario, la interior, negándose a aceptar lo inaceptable.
5) Ventajas de viajar en tren, de Antonio Orejudo (Tusquets). La novela de un autor sobresalientemente dotado, sin duda. Divertida, inteligente, aguda y un algo más que la distingue de la mayoría.
6) Un rey sin diversión, de Jean Giono (Impedimenta, traducción de Isabel Núñez). Fascinante, misteriosa y hermosa. La indagación única del autor francés nos convence, por si lo dudábamos, de que la novela es un instrumento privilegiado para recorrer los laberintos morales del ser humano.
7) El santo al cielo, de Carlos Ortega Vilas (Dos Bigotes). Con esta única novela, ya forma parte del grupo de escasos narradores canarios que merecen consideración por mi parte. Una novela negra/detectivesca más, quizá, pero con estilo propio, personajes con poso y una escritura que alberga potencialidades de más y mejor. Llámenlo intuición.
8) La noche fenomenal, de Javier Pérez Andújar (Anagrama). Una novela loca, muy loca, que conjuga elementos kitsch como el ocultismo y lo paranormal con otros más formales como la utilización creativa del cliché, lo que tiene su mérito. Una trama desquiciada de un autor con talento.
9) Nunca más la noche, de Juan R. Tramunt (Baile del Sol). A pesar de una primera historia fallida, Tramunt remonta el vuelo y consigue inquietarnos y sorprendernos con unas historias bien escritas que conmocionan nuestro sentido común.
NO FICCIÓN
Aquí no hay clasificación que valga: todos estos libros son valiosos y variados en su temática. Omito los que ya comenté en la entrada Siete lecturas para el disenso, por no repetir, pero que pueden considerarse incluidos en esta lista:
- El eclipse de la fraternidad, de Antoni Domènech (Akal).
- Injusticia epistémica, de Miranda Fricker (Herder, traducción de Ricardo García Pérez).
- La huida de la imaginación, de Vicente Luis Mora (Pre-Textos).
- Historia y sistema en Marx, de César Ruiz Sanjuán (Siglo XXI).
- La izquierda, fin de (un) ciclo, de Ignacio Sánchez-Cuenca (Catarata).
- Barcelona, Madrid y el Estado, de Jacint Jordana (Catarata).
- Sobre El Político de Platón, de Cornelius Castoriadis (Trotta, traducción de Horacio Pons).
- Alta cultura descafeinada, de Alberto Santamaría (Siglo XXI).
- Walt Whitman ya no vive aquí, Eduardo Lago (Sexto Piso).
- Post-Democracy, de Colin Crouch (Polity).
- Inventing the People, de Edmund S. Morgan (Norton).
- Muros, de David Freyre (Turner, traducción de Eduardo Jordá).
- Democracia en suspenso, VV.AA (Casus-Belli, traducción de Tomás Fernánez Aúz y Beatriz Eguibar).
- Against the grain, de James C. Scott (Yale).
- Social origins of Dictatorship and Democracy, de Barrington Moore Jr. (Beacon).
- Caníbales y reyes, de Marvin Harris (Alianza, traducción de Horacio González Trejo).
- Ciudades rebeldes, de David Harvey (Akal, traducción de Juanmari Madariaga).
- Tiempo de magos, de Wolfram Eilenberger (Taurus, traducción de Joaquín Chamorro Mielke).
- Internados, de Erving Goffman (Amorrortu, traducción de María Antonia Oyuelo de Grant).
- Melancolía de izquierda, de Enzo Traverso (Galaxia Gutenberg, traducción de Horacio Pons).
- McMafia, de Misha Glenny (Península, traducción de Joan Trujillo Parra).
- Estado de inseguridad, de Isabell Lorey (Traficantes de sueños, traducción de Raúl Sánchez Cedillo).
Un saludo cordial a quienes me leen, en especial a los/las que no lo reconocen.
Se acaba el año, malbien que nos pesealegre, y frente a la lábil resignación que nos produce constatar que no hemos hecho apenas nada digno de ser conservado en las tablas de la memoria surge, de nuevo, engañosa, la perspectiva del inicio, del principio, del plan que dotará de sentido la vida a partir de ahora. Siempre es tarde y nunca es suficiente, podría ser el epitafio de todos nosotros. Salvo en las películas, series de televisión y Tele5, donde los sueños se hacen realidad porque si te empeñas lo suficiente cumplirás todo aquello que te has propuesto. Cómo soportar, si no, la miseria del mundo que se acumula frente a nosotros.
Es también la época de ponernos un poco melancólicos e intentar escribir cosas clicheprofundas y sublixtencialistas, pero seamos conscientes de que no vamos a ganar el premio a la mejor composición original, ni mucho menos. Golpeémonos la frente: propongo que desentonemos desde nuestro lugar en el coro. Sí, desde ese que creemos que hemos elegido y en el que nos hemos acomodado.
Ay, pediría que, ya que en este momento están sentadas o tumbados leyendo estas líneas, se levantaran y prorrumpieran en un fuerte aplauso dedicado a Alexis Ravelo, porque gracias a él una obra desconocida, por tanto ignorada, por tanto sin editar, por tanto sin haber sido prologada ni comentada jamás, escrita por un autor desconocido, por tanto ignorado, por tanto nunca editado, por tanto sin haber sido jamás objeto de artículo o estudio alguno, ha sido arrancada de las tinieblas del olvido, qué digo, de la inexistencia, incluida en el catálogo de Siruela, una editorial nacional y de prestigio para que los lectores por fin podamos tener acceso a ella. Ambos, Ravelo como conseguidor y prologuista, y Siruela como editorial, han puesto en el mapa de la literatura a Crimen y a su autor, un tal Agustín Espinosa. Antes, era imposible. Ahora, el cielo es el límite. Otro aplauso: no escatimemos. Se lo merecen por rescatar una obra que ahora sí forma parte del patrimonio no meramente canario, sino español. Gracias a esta iniciativa, Crimen ocupará el lugar que se merece.

Por el contrario, abucheemos, ya que hemos entrado en calor y nos arden las manos, a todos aquellos/as que pudieran sospechar que no es Espinosa ni sus lectores quienes deberían agradecer a Alexis Ravelo que lo hiciera emerger de la insignificancia, sino a la inversa, ya que sería este quien, subido a sus hombros, pretendería beneficiarse de su aura (es posible que en una sola de las páginas de Crimen haya más literatura de calidad que en toda la obra junta y bien apretada de su prologuista). Que no sería Alexis Ravelo quien "ha sido generoso con Agustín Espinosa" como afirma Santiago Gil, sino que la generosidad, póstuma, se la habría apropiado el primero del segundo, por mucha "bonhomía de hombre bueno" que le haya atribuido.
Abucheemos, además, a aquellos que recuerdan, entre otras, la edición de Biblioteca Golpe de Dados, prologada por Eugenio Padorno, un don nadie, que, además, cuesta 10,81 euros, frente a los 17,26 euros de Siruela, prologada por Ravelo. Buuuu.
El mundo está lleno de desagradecidos y de noístas que no saben apreciar el progreso. Acabemos con ellos, disentidores espurios, hez de la sociedad.
En fin, volvamos a nuestros asuntos ordinarios.
Para cerrar el año 2019 en el apartado de las reseñas, hoy tenemos 'Lazos de humo' de Ernesto Rodríguez Abad.

Lazos de humo fue la penúltima "novedad" reseñada en Dragaria antes del cese de su actividad como propagadora y abanderada del buenrollismo literario. De ello, ya escribí aquí.
Para entrar en materia, lo mejor que se puede escribir de la novela es que está escrita con corrección. Las comas y los puntos están bien puestos, así que al menos uno puede leer de corrido. Asimismo, el argumento, a priori, cuenta con elementos atractivos, como la figura del contador de historias, la industria del tabaco en Canarias o la aspiración a abrirse paso en la sociedad franquista de los 50-60 de las mujeres en La Palma, es decir, en la periferia de la periferia de un país periférico.
No obstante, los defectos coartan las potencialidades de la historia. Los clichés son, como ya señalamos en la anterior reseña de Jonathan Allen, los que se refieren al adjetivo típico que acompaña al sustantivo. Sin duda, facilita la lectura, pues el lector o lectora ya sabe lo que va a continuación: ideal para los que tienen prisa, sin duda. A veces, sin embargo, la lectura fácil implica que la escritura ha sido simple, aun no siéndolo el vocabulario: "rabia contenida", "ilustre visitante", "labios húmedos", "labios carnosos", "cabellos dorados", "contabilidad aburrida", "aromas voluptuosos y sensuales", "carcajada sonora", etc.
También, cierta cursilería en las expresiones, como que la protagonista quiere "volar", refiriéndose a sus ansias de libertad, o "beberse la ciudad", en la primera impresión de esta. O un erotismo algo rancio, quizá paralelo a la época en la que está ambientada la novela, finales de los 50 y primeros de los 60. Además, la trama avanza a tijeretazos, esquemática en extremo, con escenas cortas que pretenden ser significativas para ahorrarse un desarrollo que no debería haberse escatimado. No sé si el historial del autor, Ernesto Rodríguez Abad, como cuentista ha influido, en este caso de manera perniciosa, en Lazos de humo. Asimismo, percibo una tendencia a personalizar la naturaleza, falacia patética demasiado esperable, convencional
Las calles estaban agitadas. Grupos de gente caminaban por la avenida marítima en dirección al muelle. Reían y hablaban animados.El sol y el mar la embriagaban. Caminó siguiendo a la multitud. La curiosidad la guiaba. Quería verlo todo, conocer gente, volar.
El muelle estaba abarrotado. Se abrió paso a empellones, arrastrando la maleta remendada. Se ponía de puntillas para tratar de ver por encima de las cabezas. Sin darse cuenta apoyó la mano, para no perder el equilibrio, en el hombro de un muchacho que estaba delante de ella. Él volvió la cabeza de rizos rubios. Los ojos azules se clavaron en los de ella. Se ruborizó y un ligero temblor lo recorrió desde los pies. Carraspeó y se animó a hablarle. (Pág. 28)
Lea remataba sus cantos con un cierto aire de mutis teatral. Los tabaqueros que le hacían los coros callaban como orquesta disciplinada.
Ella movió su trenza algo desordenada. Los cabellos dorados se desprendieron y revolotearon libres. Un leve sudor perlaba la frente y los pómulos. Despalillaba las hojas secas del tabaco mientras susurraba las notas de la melodía que había cantado. Los dedos ágiles y lánguidos, como porcelanas transparentes, trabajaban con rapidez; se diría que pensaban por sí mismos, que tenían autonomía y vida. De pronto paró y explotó en una carcajada sonora, descarada, persiguiendo a manotazos los residuos secos que se desprendían del tabaco. Recordó las palabras repetidas por su abuela: "No rías de esa forma, eso solo lo hacen las mujeres descaradas. El mal entra siempre por la boca".
Álvaro no podía apartar los ojos de los senos blanquecinos que se entreveían por el escote de su blusa desabotonada. Los labios rojizos y sensuales de la muchacha lo cautivaban. Aquella carcajada sonora y estridente lo excitaba. Despertaba todos los instintos dormidos. Aquella risa que espantaba las palomas posadas en el techo de la fábrica se metía dentro de él, lo provocaba. (Págs. 55-56)
La fábrica vacía se llenó de sombras y de rumores vagos. Un gato pardusco merodeaba entre las hojas del secadero. Se rascaba el lomo contra las paredes rugosas. Ronroneaba mimoso. En la calle las ráfagas ariscas del viento incesante golpeaban las puertas y ventanas, ululaban tratando de atravesar las rendijas y los resquicios de las maderas mal selladas. Traían hasta la estancia en penumbras los rumores del pueblo. Las voces y las habladurías insistían en traspasar los límites del espacio humano, de la intimidad necesaria para respirar. El viento cuchicheaba impertinente y malévolo.
Un candil encendido en la mesa de los trabajadores llenaba de medias luces y sombras grotescas la estancia. Todo parecía un gran escenario de teatro chinesco: deforme y desgarbado. La realidad se proyectaba multiplicada en mil formas deshumanizadas en las tejas, en las paredes, en las cajas amontonadas. (Pág. 67)
Por otro lado, los personajes parecen más bien alegorías (La Libertad, La Maldad, El Despecho, El Demiurgo...) que personajes reales. Si no nos gusta este último adjetivo, preciso que les falta complejidad, vida interior. El narrador nos cuenta sus pensamientos y sentimientos, pero aun así se nos presentan rígidos, sin progreso o decadencia perceptibles. No son incoherentes, lo que no está mal, pero es que las alegorías no suelen serlo. Esta sensación de tentetieso, se ve agudizada por los diálogos, que parecen sacados, como dice Álvaro, el dueño de la fábrica de tabaco, "de novela". Es decir, artificiales. Pues si lo nota, para qué los escribe así, pensarán Vds., con razón.
Ismael esbozó un gesto de ironía. Sabía defenderse en inglés, pero no logró descifrar el resto de la conversación. Las voces se mezclaban en una algarabía ininteligible. Aguzó el oído para ordenar los retazos de palabras que llegaban hasta él. Distinguió el diálogo de dos hombres que a su lado comentaban algunas de las vicisitudes de la inesperada visita.
-¿Te has dado cuenta de algo?
-¿Qué?
-No ha venido el alcalde.
-Ni ninguna autoridad.
-Dicen que es por la guerra.
-¿Qué guerra?
-La tensión política de Europa.
-¿La guerra fría?
-Es que Churchill representa a los aliados.
-Y ya se sabe, España...
-Era o es de otro bando.
-¡La política!
-Los políticos y sus prohibiciones. Sus intereses.
-¿Lo prohibieron?
-Eso parece.
-La España oscura.
-La España gris.
-La intransigente.(Págs. 31-32)
Lea cogió un montecristo. Lo llevó hasta sus labios carnosos y brillantes. Álvaro la miraba asombrado.
-¿Qué haces?
-Sentir el humo dentro de mí.
-¿Qué pretendes? Estás un poco loca.
-Ya te dije que un día aprendería a fumar.
-¿Por qué?
-Quiero sentir, quiero hacer lo que me venga en gana.
-No logro entenderte. No consigo seguir tus pensamientos desordenados.
-No hace falta. Los hombres necesitan tenerlo todo controlado. Tienes un pensamiento demasiado lógico. Yo quiero volar... (Pág. 73)
Lo que me pregunto, más allá de los defectos señalados, es la necesidad de escribir una novela así hoy en día. No me refiero solo a la forma, convencional por lo demás, sino sobre todo que la denuncia de la pacatería, mojigatería, gazmoñería, etc de la España/Canarias/La Palma de aquella época no aporta nada nuevo, no nos dice nada que no sepamos ya. Tampoco la novela se erige como metáfora o símbolo de problemas presentes especialmente acuciantes. No capto la relevancia moral o cognitiva de esta obra. Por lo que se ve, el mundo está lleno de personas que quieren escribir su novela. Harían bien en preguntarse qué aportan, aparte de su desahogo expresivo.
Eso sí, Lazos de humo puede leerse con agrado por aquellos/as que valoran por encima de todo la facilidad en la lectura y que esta confirme sus expectativas sintácticas, semánticas, morales y cognitivas. En definitiva, una obra que pese a su afán por realzar la libertad de acción y la autonomía personal de sus personajes no deja de ser un producto trillado y sin ambiciones estéticas, una muestra más de conformismo literario que no lleva a ninguna parte.
Es posible que no constituya, para la mayoría de Vds., sorpresa alguna que les señale que la crítica cultural, en general, y la crítica literaria, en particular, que no se limite a "saludar" las novedades de turno condena a su autor/a al rechazo de unos pocos/as (sobre todo, los afectados y perjudicadas por la crítica negativa) y al temor de unos/as cuantos/as más, que temen verse en tan peligrosa compañía. Quizá, sería ocioso subrayar que es precisamente esa actitud de encono, nada original, la que confirma al crítico en su enfoque, la que lo estabiliza en su perspectiva y la que, en los momentos más solitarios, le induce a la perseverancia. Nadie dijo que actuar con sentido de la justicia y contar con criterio tuviera como corolario reconocimiento alguno. Tampoco, que la justicia poética fuera más que un tópico literario. Si hay algo que aborrece este reseñador son los tópicos literarios; y las frases hechas en las conversaciones, también.
Viene todo esto a cuento por la sospecha que está comenzando a germinar en mí de que muchos reseñadores buenrollistas no solo elogian de entrada, hasta el empalago, las obras de deudos, allegados y recomendados, como no me he cansado de señalar en este blog; sino que también existe la posibilidad (esta es la sospecha, perdonen esta frase tan larga y con aposiciones: terrible) de que en algunos casos las hayan leído y, lo peor, incluso gustado. Si en el primer caso, su honradez crítica quedaba aniquilada por la cortesía social, la promoción y el colegueo, lo que ya los pierde, en el segundo, es su gusto el que se despeña a profundidades apenas vislumbradas. Un gusto, además, proveniente, en gran parte de los casos, de escritores/as con cierta ascendencia en el mundillo, ya sea por su obra, ya sea por su posición en los medios de comunicación o vayan Vds. a saber por qué, a estas alturas.
Comprendo que meterse en cuestiones de gusto es terreno resbaladizo. ¿No es cada cual soberano en su gusto? Bien, ¿pero eso significa que creativa, literariamente, no es posible calificar a una obra de buena o mala, de mejor o de peor? Claro que sí, siempre que anclemos el juicio a argumentos. En caso contrario, los juicios no valdrían nada, serían la simple expresión de sensaciones indescifrables, meros estallidos de pompas subjetivas sin aspiraciones de universalidad, es decir, que aspiren a que otros puedan aceptarlos. Así se explican esas reseñas que pretendiendo elogiarlo todo no explican nada y que aspiran a la ininteligibilidad anestesiadora. Es posible que por este camino llegásemos a convertirnos, entonces, en relativistas posmodernos para quienes la valía de una obra artística, dada la imposibilidad del juicio razonado, dado que todo es igual de bueno porque todo es relativo, se correspondería con cifras: número de lectores, número de ejemplares vendidos, números en la cuenta corriente. Insisto: todo juicio debe estar argumentado, y por tanto abierto a los contraargumentos.
Como ya he escrito en anteriores ocasiones, si ensalzamos lo mediocre, ¿qué nos quedará para lo que es bueno de verdad? ¿Qué pensarán los lectores? ¿Y los aspirantes a escritores? Contemplaran un rosario de obras mediocres y de autores sin talento expuestos como luminarias. Compararán su obra en formación con novelas desgraciadas mal escritas por autores sin talento, ya sea porque el mercado las ha premiado, ya porque su mundillo literario local carece de críticos que no teman herir susceptibilidades.
Al fin y al cabo, esto es lo que hacen los/las reseñadores/as: leer, valorar, juzgar y explicar. Lo demás puede ser comprendido en términos de técnicas de mercado, si nos ponemos en el punto de vista de la industria cultural; o en consideraciones de vanidad y arribismo, si nos situamos dentro del mundillo literario/artístico. No es inconcebible que ambas perspectivas se solapen. Además, puesto que, visto lo visto, la crítica literaria académica puede escribir sobre cualquier cosa de una obra menos de su calidad, desertando así de una función que le es propia, ese espacio vacío quedará ocupado por los delegados/as de las editoriales, los escritores amigos en actividades promocionales propias y ajenas y los miembros de la especie que más se esfuerza (de forma consciente o no) por reducir cualquier expresión artística a bagatela de consumo: el periodista cultural.

A los que leen es la segunda novela de Jonathan Allen que reseño en el blog. Por decir algo buena de ella, para comenzar, podemos señalar que, al menos, puede leerse en su integridad sin morir en el intento. No como su novela anterior, El conocimiento, que reunía tantos defectos en unas apretadas páginas que descorazonaba incluso al lector mejor dispuesto.
Dicho lo cual, tras constatar esta mejora, me temo que A los que leen tampoco da la talla para considerarla una buena novela, ni siquiera regular. El argumento consiste en el enamoramiento de un joven grancanario llamado Gustavo con una chica argentina, Sofía, que viene de visita a la isla para ver a su tío Luis. Gustavo conoce a Luis porque este se ha casado con una vecina rica, Luisa Simón, y ambos comparten pasión por los libros. Lo mismo le ocurre a Sofía, así que Gustavo y ella extienden dicha pasión libresca al amor. Posteriormente, aunque no en el orden narrativo, Gustavo irá a la Argentina a reencontrarse a su novia, primero, y prometida, después, para casarse y residir en aquel país. Es, grosso modo, una historia de iniciación, de amor y de libros. El autor, además, intercala, fragmentos de obras de Kafka, Borges, Bécquer y otros autores para resaltar la importancia de aquellos y de la literatura en general para los protagonistas.
Este proyecto narrativo podría haber tenido cierto recorrido, cierta enjundia, para los lectores y lectoras de más de un libro al año. Es frecuente la bibliofilia entre la minoría lectora de ficción con su correspondiente canon de grandes autoras/es y obras, a veces casi hasta la sacralización. Sin embargo, Allen fracasa de manera clamorosa en la traslación de sus ideas al lenguaje escrito. Es en esa capacidad donde se sustancia el talento literario.
Veamos ese fracaso:
a) Disfruté durante unos años de las enseñanzas de una catedrática rusa de traducción que aseguraba que una de las claves para estudiar un idioma extranjero eran las frases hechas y las combinaciones corrientes de sustantivo+adjetivo. Pero lo que es una estrategia adecuada para aprender idiomas extranjeros no es una práctica literaria estimable en el propio. Así, el autor no para de escribir esas combinaciones sustantivo+adjetivo de las que podríamos decir que "salen solas". Pero ese automatismo, optimista y lenguaraz, redunda en un empobrecimiento estilístico grave. Jonathan Allen, lo aseguraría, se solaza en esas combinaciones usadas y reusadas hasta el hastío más embrutecedor: "sentimientos profundos", "dantesca crónica", "trágica circunstancia", "estrecha estancia", "oscuridad imperante", "envidiable ecuanimidad", "eminente arquitecto", etc. A pesar de un vocabulario rico en general, la impresión que se obtiene con la lectura es la de pereza en la redacción, la falta de reflexión en torno al lenguaje.
b) No me obsesiono de manera especial por esos clichés formales de la corrección como las repeticiones o los adverbios terminados en -mente, pero en este segundo caso, albergo la impresión de que Allen los utiliza con una frecuencia desmesurada, que podría calificar de procaz. Unos cuantos ejemplos seleccionados aquí y allá sin ánimo exhaustivo:
En previsión del frío, me puse un jersey de lana gruesa, aunque el pantalón sin calzoncillos y los zapatos sin calcetines ¿Para qué vestirse formalmente? Mi camarote estaba muy cerca de una escotilla que abría a la cubierta de primera y era altamente improbable que me encontrase con otros pasajeros.
Singlábamos más tranquilamente, dando solo algún que otro bandazo y apenas cabeceando (Págs. 26 y 27)
Afortunadamente solo eran las seis y media de la tarde en Las Palmas. Juré que volvería a llamar en cuanto llegase a Mendoza. Descolgué nuevamente el auricular para pedir la llamada a Sofía, pero no puede continuar. (Pág. 35)
En El proceso Josef K. inocente de cualquier delito, termina asumiendo que debe ser culpable de algo. Paulatinamente se convierte en un encausado obsesionado por su defensa y comienza a analizar a todas las personas y los lugares relacionados con su proceso. Se aferra a la razón y a la lógica en un submundo paralelo de abogados corruptos, criadas de fácil virtud y pintores informadores. De nada le sirve creer en su defensa y en su inocencia. Todo va mal desde el principio para él. Cuando finalmente tocan a su puerta para llevárselo (lo asesinarán en una mina abandonada a cierta distancia del centro de Praga) Josef K. se pregunta si los dos personajes enviados realmente son verdugos profesionales. Intuyendo su terrible fin y esperándolo formalmente vestido en su apartamento, el protagonista se siente muy desconcertado por el hecho de que sus ejecutores sean dos falsos funcionarios. (Pág. 41)
Me quedé sorprendido al encontrar nuevos pasajeros. Una mujer joven que parecía muy cansada, se esforzaba en leer un diario bonaerense, mientras su hijo, un niño de unos diez años, que usaba su regazo como almohada, dormía profundamente. Menos mal que los cuentos de Kafka se hallaban sobre mi asiento. Aunque mi intención era recuperar el volumen y volver a mi dormitorio, me senté. Francamente no sé por qué lo hice. (Pág. 157)
c) En el terreno de las descripciones, el autor alterna vívidas imágenes de la naturaleza y de la urbe con otras que más bien parecen sacadas de un folleto de exposición o de una guía de viajes. Ejemplos:
Entre los ventanales se erguían peanas lacadas de diferentes alturas y en ellas se había colocado una colección de tallas y esculturas cuyo estilo reconocí enseguida. Eran piezas espléndidas de Plácido Fleitas, Abraham Cárdenes, Eduardo Gregorio y Juan Márquez, alumnos de la Escuela Luján Pérez, que desde su humilde sede y modestos inicios en 1918 había renovado el panorama del arte local. En la pared interior, frente a las ventanas que daban al jardín plantado de magnolias y laureles de India, se imponían dos vastos formatos de Néstor, dos retratos suntuosos. (Pág. 108)
Éramos, según él, una ciudad bastante interesante, con un buen número de edificios dignos que abarcaban los estilos arquitectónicos de Occidente, un emplazamiento ideal y un clima privilegiado, (sic) Evidentemente no podíamos competir con las metrópolis donde la historia se había fraguado. (Pág. 129)
-¿Quién es Pedro Figari? -le pregunté a Sofía sin dejar de observar el cuadro-. Es una imagen simbolista... muy moderna, una metáfora.
-Figari fue un uruguayo, el iniciador de muchas cosas. Su arte y su visión, de las más originales, está ligada siempre a la búsqueda de una verdad y una identidad americana. Además de pintor fue jurista, reformista, político, escritor. En Mendoza verás más cuadros de él. Ese óleo fue muy querido por mis padres. Ellos amaban a los caballos. Pero, mirá el otro, su pareja. (Pág. 194)
d) Diálogos impostados. Apenas hay una pizca de naturalidad en ellos. A veces, parecen solo una excusa para la erudición del autor, como el que sostienen Gustavo y un librero en Buenos Aires entre las páginas 45 y 57. En otras, afectan a la verosimilitud y a la caracterización de los personajes, que, con independencia de su edad y condición, parecen todos engolados, pedantes y cursis. Ejemplos:
-¡Joven, joven! ¿Vos sos Gustavo? ¿El niño lector del barrio?
-Eh... pues sí. El cuasi adulto lector, si no le importa -contesté subiendo la guardia, al desconocer cuál era la intención de la pregunta y creyendo advertir un tonillo burlón.
-¡Qué respuesta! La de un lector avezado. La que solo un lector vertical pueda dar.
-¿Un lector vertical?
-Sí, calmate. No me estoy riendo de vos. Decime si me equivoco, ¿pero vos no leés de pie? Apuesto a que sí.
-Pues no se equivoca. Leo de pie, esperando la guagua, caminando, por cansancio de leer sentado.
-Ves, ¡es espléndido! Pibe, acercate a la puerta. Quiero enseñarte una cosa. (...) (Págs. 94-95)
-Por favor, Gustavo, dame un vaso de agua. La bandeja está en esa mesita. Estoy mareada.
-Ahora mismo.
Bebió el vaso de un trago y suspiró no sé cuántas veces. Era obvio que tenía mucho dolor.
-Es... son las cicatrices, y que yo he abusado.
-¿Abusado?
-Sí. Me he levantado demasiadas veces.
-¿Ya puede caminar?
-No me trates de usted. Nos vamos a vosear. ¡Ojalá pudiera dar diez pasos seguidos, cinco! Me hicieron creer que así sería. Sólo he logrado alzarme y estar de pie.
-Pero eso es magnífico. Una excelente noticia.
-Sí, ¿viste? El principio de algo bueno, de una mejoría lejana, de una recuperación que se eternizará.
-Que hayas podido y puedas, aún con mucho dolor, levantarte, erguir el espinazo, es un dato muy positivo -dije, como si fuera un médico repitiendo una fórmula.
-Ya lo sé, ya lo sé... -dijo enfáticamente y recuperándose-. Decime de quién es ese bello poema, esos versos tan sencillos... tan...
-Puros. Versos de una pureza que cincela la esencia y la idea. No son concéntricos, sino excéntricos, emergen desde la verdad hacia afuera. La gente los encuentra anticuados y sus imágenes, cursis. Yo creo que Bécquer es un poeta intemporal que narra el gran viaje del alma por la vida, la aventura que la deja maltrecha. Describe la huella de las cosas, la pasión, el éxtasis, la pérdida más que la cosa en sí. Es un mago, un gran mago.
-¡Morite! ¡Otro especialista, otro fino discernidor, Luis Dante dos! -exclamó riendo. (Pág. 116)
e) Personajes. Sigo, si no con interés sí que no con demasiada molestia, los avatares de Gustavo desde su niñez hasta su vida adulta. Un individuo cuya relevancia consiste en que lee mucho, en que le gusta atormentar a sus conocidos con versos y que ama a una mujer tullida. A ratos, amaga con sostener opiniones políticas, pero esos pensamientos devienen veleidades. Sofía también lee, y su importancia radica en que ama a Gustavo y le proporcionará una vida acomodada. También pulula un grupo de personajes secundarios entre quienes destaca el tío de Sofía, Luis (escrito en la última parte de la novela como "Luís"). Dan la impresión, en general, de ser excusas para el desbordamiento romántico amoroso, lacrimógeno o literario, pero les faltan consistencia y páginas para que se sostengan por sí mismos.
Es posible que el autor haya querido recrear, a través de las vivencias y avatares de los personajes, en especial de los del protagonista, esa atmósfera brumosa y onírica, de profundo sentido existencial, de la obra de Kafka y de Borges, pero tamizada por su concepción del amor. En ciertas escenas, un tanto descolgadas de la trama, parece encaminarse en esa dirección, pero los defectos aludidos, la insuficiencia del argumento y su escaso desarrollo, la falta de profundidad moral de los personajes y un tono que nunca parece ser el adecuado se cohonestan para un resultado final deficiente. La novela, en definitiva, no deja de ser más que las andanzas intrascendentes de un pequeñoburgués de provincias.
Para pasar de largo.
P.D. Como es habitual, los autores de otras reseñas o menciones de la obra no comparten mis puntos de vista. Aquí (Santiago Gil) y aquí (Emilio González Déniz).
P.D. del 24/4/2020: He visto esta reseña en un digital local: https://www.eldiario.es/canariasahora/cultura/los-que-leen-Jonathan-Allen_0_1019449218.html