lunes, 21 de enero de 2019

'Un hombre: Klaus Klump', de Gonçalo M. Tavares

Cuando se habla de literatura, es habitual hablar de buena literatura o de mala literatura. También, quizá algo menos frecuente, de alta (sic) literatura y de baja (sic) literatura, quizá como reflejo de la dicotomía conceptual entre alta (sic) cultura y baja (sic) cultura, o de manera más cursi como "arte con mayúsculas"y arte, se supone, con minúsculas. En estos casos, cualquier tipo de ficción que responda a unos mínimos se incluye bajo el epígrafe de Literatura, y es dentro de ella cuando se realizan las distinciones correspondientes.

Algo más extrema es la opinión, quizá de elitistas de la literatura (y del arte, en general), de que hay productos de ficción (aunque ficción es también un concepto problemático), la mayoría, que pueden ser bestsellers; otras, meros entretenimientos, etc., pero que no corresponden, no entran dentro, de lo literario. Para ellos, la literatura, como conjunción de forma, método de investigación y reflexión moral y logro estético, solo abarca unas pocas obras a las que se ha considerado de calidad suficiente. En el primer caso, encontraríamos a Terry Eagleton (El acontecimiento de la literatura), por ejemplo, y en el segundo, a Eduardo Lago (Walt Whitman ya no vive aquí).

Yo soy partidario del primer punto de vista (aunque simpatice con el segundo) porque a pesar de que uno pueda detestar profundamente muchas novelas como las que he reseñado en este blog, no puedo negarles la categoría de literatura. Creo más bien que la opción por la exclusión de Eduardo Lago constituye el afán por acotar un espacio en el que solo lo verdaderamente artístico pueda entrar: una zona vip para obras selectas aunque siempre pueda uno cuestionar cualquier canon y al tribunal que dicta las inclusiones en aquél. 

Trayéndonos esta dicotomía al ámbito local, resulta evidente que a tenor lo que se publica cada año, no hay peligro de escasez de producción literaria canaria (o española). Si yo fuera Eduardo Lago, supongo que, por el contrario, solo vislumbraría un desierto literario pues rara es la novela (excepciones hay) que me haya impresionado de tal modo que pudiera calificarla de Literatura (con mayúscula). No obstante, siempre comienzo a leer con la esperanza de la epifanía.

Valgan estas reflexiones, no exhaustivas, para presentar la reseña de la siguiente novela:





Esta novela, escrita por el autor portugués Gonçalo M. Tavares, autor del que me atrevería a decir que no es tan conocido como, por ejemplo, el casi omnipresente y casi canario de adopción José Saramago, se publicó en 2003 y fue traducida al español en 2006. Así pues, no se trata de una novela reciente, y, como de otros autores/as que de los que he escrito en el Polillas, es posible que su estilo y sus preocupaciones hayan cambiado. No obstante, siempre me enfrento a una novela no como si fuera la primera o la última, sino como si fuera única. Considero que su valor artístico-literario no debe depender de otros contextos extraliterarios que el de mi reflexión, pues yo ya estoy situado en el tiempo y en el espacio y a mí me corresponde, en todo caso, llevar a cabo la labor hermenéutica que considere procedente.

Un hombre: Klaus Klump es una novela que desde el comienzo ya tiene una virtud: un estilo propio, construido en gran medida a base de frases cortas, con abundante uso de metáforas y símiles que a veces se acerca a la poesía y en otras al aforismo (últimamente tan de moda, al menos en las Islas):


La bandera de un país es un helicóptero: hace falta gasolina para mantenerla en el aire. La bandera no es de tela sino de metal: se agita menos al viento, ante la naturaleza.
Avanzamos sobre la geografía, estamos aún en el lugar de antes de la geografía, en la pregeografía. Después de la Historia no hay geografía. 
El país está inacabado como una escultura. Fíjate en la geografía de un país: le falta terreno, escultura inacabada. Invade al país vecino para terminar la escultura. Guerrero escultor. (Pág. 11)

La novela, a través de unos cuantos personajes: Klaus, Johana, Hertha, Xalak o Leo Vasta, entre otros, narra la situación de un país que ha sido invadido. Así, la suerte de los ciudadanos, la resistencia guerrillera, la brutalidad de los conquistadores y, sobre todo, la lucha por la supervivencia conforman ejes a partir de los cuales se desarrolla la trama, mediante las historias entrecruzadas de aquellos.

Destaco, sobre todo, que el tono que Tavares consigue imprimir, mediante ese estilo propio, que se sustancia en escenas de gran condensación narrativa, y por tanto potentes y evocadoras. Consigue imágenes inéditas de una resonancia perdurable, lo que ya es mucho decir. 



Nadie ama a un cobarde, lo que significa que mientras se ama no se logra ver la cobardía en el otro. 
Un día, Johana volvía de la tienda de comestibles con tres manzanas carísimas y oyó una orquesta que, en medio de la calle interrumpida y casi vacía, tocaba músicas que ella no conocía. No había palabras, pero la música no era de su país. Esta música no es de aquí, pensó Johana, y empezó a correr muy deprisa, en dirección a casa, y mientras corría lloró. 
La música es una señal de la humillación. Si quien ha llegado impone su música es porque el mundo ha cambiado, y mañana serás un extranjero en el lugar que antes era tu casa. Ocupan tu casa cuando ponen otra música. (Pág. 27)


Una mariposa asquea hasta cierto punto. Una belleza en avión minúsculo, demasiado colorido. A Klaus le gusta coger mariposas con la mano derecha y apretar con fuerza hasta que entre los dedos le saliera una sustancia de colores. Es el único animal que incluso aplastado resulta estético. (Pág. 31)


Klaus tenía los labios negros, como si hablara otra lengua. Había perdido la patria, y con ella cada palabra antigua se había vuelto escandalosa. Eran palabras negras. Le quemaban los labios. 
Klaus, de joven, había sido famoso por sus labios prominentes, labios indecentes, al decir de alguna chica. 
Klaus estaba en la cárcel junto a Xalak, el hombre que salivaba demasiado, el hombre que le había babeado la nuca, el hombre que era el dueño de la celda. Se habían hecho amigos. Xalak era el mayor, era el jefe. Hace siete años que comparten la misma celda. Hablaban. Pág. 67)


El problema consiste en que este estilo fragmentario, de frases cortas y párrafos menudos, requiere una tensión constante para que el tono no decaiga, lo que no siempre se consigue en esta obra. Así, a menudo tiene uno la impresión de cierta banalidad en la información, y se producen repeticiones que empobrecen el texto, aunque el resultado, en general, sea más que convincente.

Aparte del estilo, las historias, aunque relacionados por los vínculos que tienen entre sí los personajes, no acaban de formar un todo literariamente sobresaliente. Por esto quiero decir que hay personajes que no logran encarnarse del todo: algunos aparecen difuminados mientras otros, como es el de Klaus o Hertha acumulan protagonismo, sin que las razones parezcan claras salvo en que sus avatares desembocan, quizá, como metáfora de la misma humanidad en distintas formas de llegar al mismo conformismo, ya sea por la rebelión, ya sea por la adaptación. En el plano moral, tal vez sea realista, pero también decepcionante. En estas ocasiones, me planteo el porqué de las historias, una vez que ya hace tiempo que no nos hacemos ilusiones sobre la supuesta inevitable marcha hacia el progreso de los seres humanos.

Al mismo tiempo, a pesar del entrecruzamiento de las historias, no puedo dejar de percibir la atomización  de los personajes, por cuanto parecen mónadas aisladas que, de cuando en cuando, chocan con otras, pero sin que eso suponga una transformación de alcance general. Las mismas historias dan la impresión de parábolas sin conclusión o sin enseñanza. Como si el artefacto metodológico hubiera sido la creación de minirrelatos independientes pensados para conectarse en un punto B o en uno C y confiar en que cualquier impresión que hubiesen logrado suscitar en nosotros fuera suficiente. Quizá tanto la contención estilística como lo ajustado del diseño narrativo suponen un cinturón de pocos agujeros para que la novela dé de sí todo lo que contiene en potencia.

Bien puede ser que todo lo que estoy diciendo como un defecto sea una virtud para otros, si la intención final no fuera otra que transmitir la impotencia y la soledad de los personajes en un mundo áspero, hostil y violento. En tal caso, solo habría que culpar a mi insuficiente inteligencia y a mi embotada sensibilidad. Sea como fuere, esta obra es literatura con aspiraciones y no de entretenimiento fugaz. 





















viernes, 11 de enero de 2019

'La espiral del silencio', de Mayte Martín

Resulta francamente vergonzoso ver cómo personas a las que uno tuvo la desgracia de conocer, obligado por tener que mantener algún tipo de trato profesional, laboral o social, y que se comportaron como verdaderas hijas de puta (no en sentido literal, sino en el común: malvadas, malas) van por ahí, sobre todo en las redes sociales y, las que pueden, en los medios de comunicación, dando consejos de vida y exhibiendo un talante progresista. Pasmoso, de rechinar los dientes. Mucha de la mala fama de lo progre proviene de esos ejercicios de hipocresía. En el espacio público es común que se defienda lo propio haciéndolo pasar por algo de interés común, y no menos hacerse pasar por abanderado de la justicia en general cuando se es injusto en particular.

En otro orden de cosas, la producción literaria no para, no para, y sus puestas de largo, también llamadas presentaciones, en librerías, casas-museo, caserones, casinos, bodegones y páramos desolados se anuncian como eventos culturales. Al fin y al cabo, se publicita como relevante lo que no es más que incitación a la compra. Uno tiene que ver de todo en esta vida para morir con impresión de hartazgo y apariencia de completitud. Además, de algo tiene que vivir un montón de gente dedicada a eso que llamamos cultura, que, la mayor parte del tiempo, no es más que, parafraseando a Alain Brossat, imposiciones de consenso, ideología de cohesión y ocultación del conflicto social. 

En fin, que me pierdo. Tiene el controvertido honor de ser causa de la primera reseña del año de este blog minoritario la siguiente novela:






Así es, La espiral del silencio: título homónimo de una obra de la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann y que versa, grosso modo, sobre el peso aplastante de la opinión mayoritaria en la sociedad sobre las disidentes, que suelen quedar acalladas. Es, como pueden apreciar, un concepto de uso común entre los sociólogos, teóricos de la comunicación y también para algunos periodistas, entre los que se incluye la autora (free-lance). El periodismo de investigación y sus riesgos constituyen el leitmotiv de la obra. Así, según se señala en la contraportada: "Es una novela que reivindica la libertad de expresión, y hace un guiño a la falta de protección de los profesionales de la comunicación en zonas de conflictos". Loable intención, sin duda.

No obstante, no bastan las buenas intenciones para escribir una novela aceptable. Si fuera así, todo sería más sencillo, porque miren que hay asuntos lamentables sobre los que escribir de nuestra desgraciada condición humana y del mundo en general. La espiral del silencio denuncia mucho, una y otra vez, pero como creación literaria resulta muy deficiente en todos los aspectos que uno pueda imaginarse. Me atrevería a decir, a tenor de lo leído, que incluso en aquellos ni siquiera sospechados.

En la novela se narra la investigación del asesinato de una periodista, Frida, presuntamente por un grupo de sicarios de ramificaciones internacionales, especializados en matar periodistas críticos con el poder: gobiernos, mafias, etc. Sobre esta base, la autora pretende lanzar un alegato a favor de la libertad de expresión, de prensa y de la democracia.

La novela está contada desde dos puntos de vista. El primero, el predominante, es el habitual de un narrador en tercera persona, enfocado en la personaje principal, Sandra que es criminóloga. Esta, acompañada de un amigo fotoperiodista, Nico, intentarán resolver las causas del asesinato y si es posible denunciar a sus perpetradores. El segundo punto de vista consiste en periódicos monólogos interiores de Sandra (en cursiva). En ambos casos, el estilo de Mayte Martín es deplorable: es posible que haya recorrido todos los senderos posibles que llevan al lugar común, a la frase hecha y al personaje manido, vistos y leídos un millón de veces.

Aparte de eso, no hay voluntad de estilo. No se percibe el menor esfuerzo por construir párrafos o frases con intención artística, por modesta que se pretenda esta. No hay condensación del pensamiento, aquilatamiento de la idea, pulimentado de la intuición. No hay literatura, no hay arte por ningún lado. Nada que la haga una novela que merezca la pérdida de tiempo en leerla, por insulsa que sea nuestra vida. No sé que es peor: los intentos de la autora por dotar de vida interior a la protagonista, las escenas de pretendido erotismo o los párrafos que denuncian la situación de los periodistas por el mundo. 

Normalmente, selecciono fragmentos que ejemplifiquen lo que afirmo, mis impresiones de lectura. En La espiral del silencio cualquier párrafo vale, todos son igual de insustanciales. Voy con algunos:


Sandra pensó que de haber sido periodista le hubiera encantado hacer todos esos reportajes... sintió cierta envidia al recordar la cantidad de veces que la acompañó a recoger premios... su amiga iba siempre guapísima con su pelo rizado rubio, sus escotes, sus zapatos de tacones para ocasiones especiales. Frida era una chica muy atractiva, quizá algo menuda, pero no le restaba interés... era muy coqueta, le gustaba llamar la atención, en verano con tops enseñando el ombligo y zapatillas planas con los dedos al aire, eso sí con pantalones, rara vez usaba trajes o faldas, pero no necesitaba enseñar las piernas porque se imaginaban bajo los pantalones de telas vaporosas. 
El día de su muerte llevaba unos vaqueros, una camisa blanca, botas de tacón y un minúsculo chaleco del mismo color... siempre con aquellos interminables escotes que dejaban ver en muchas ocasiones su ropa interior cara, de encajes y colores. Tenía poco pecho y solía usar sujetadores con relleno. Le gustaba mucho la ropa interior, le daba más importancia que lo que llevara encima, y no reparaba en gastos cuando se trataba de adquirir su lencería. Incluso en invierno se las apañaba para llevar escote. Le gustaban las mujeres guapas, era exigente con ello, además femeninas, como su mujer. Mercy es más alta y de mayor envergadura, pero sin duda también una mujer muy atractiva. De cabello castaño lacio, jamás por debajo de los hombros y siempre arreglada de peluquería, con una manicura y pedicura siempre impecables y una forma de vestir algo más recatada, más de trajes chaquetas, faldas rectas y blusas bien abrochadas, carecía del desparpajo insinuante de Frida, pero era muy guapa, se daba un aire a Olivia Wilde, algo que ella explotaba y por lo que se ganó el apodo de Trece. Dos mujeres muy guapas, sin duda y hacían buena pareja, se entendían a la perfección. (Págs. 21-23)
 Le sorprendió la actitud de Nico, y comprendió entonces que sí él como periodista estaba dispuesto a pasar por un cambio radical, es que su olfato iba más allá de la amistad con Frida, que era intensa, pero su interés por la verdad era lo más grande que poseía, lo que le hacía un ser especial, adorable. 
Nico afeitado, con corte de pelo y nuevo vestuario no parecía él... pero ella con pelo largo rubio, maquillada y minifalda... se miraban en el espejo y parecían realmente otras personas. Ella estaba acostumbrada a los cambios de imagen, los criminólogos y detectives muchas veces hacen cursos de maquillaje e imagen para poder pasar desapercibidos, pero nunca se le ocurrió ponerse melena larga y rubia nórdica... Pensó si los policías del aeropuerto los reconocerían, y rio en silencio. (Pág. 37)
Frida era una estrella, de esas personas que nacen con tanta luz, popular, habladora, risueña... siempre trataba de echar una mano a quienes no tenían su misma suerte. Divertida, despreocupada, aquella forma de ver la vida como una inmensa obra de arte. Decía que todos éramos parte de un cuadro, de una obra de teatro, personajes de novela, que todos éramos piezas de ajedrez, fichas de parchís, blancas de dominó, ases en la manga y comodines para el mundo. Me exasperaba a veces con su cierta dosis de cinismo e incluso nihilismo, a veces era la persona más creyente del mundo y acto seguido blasfemaba. Era feminista a muerte, pero a veces ofendía a algunas mujeres. Me decía que todos teníamos contradicciones, que somos aristas de un poliedro y no podemos tener opiniones irrefutables e inflexibles. Frida era mi amiga, esa es la palabra que la define, amigo, todo y nada... ausencia y a la vez tengo tanto de ella. Debo seguir mi instinto, sé que tengo que buscar más allá de la noticia que busca Nico, tengo que leer entre líneas, tengo que trazar un nexo común entre todos estos datos, debo encontrar mi propia línea de investigación. Voy a sacar la brújula interior, tiraré los dados marcados que ella dejó, solo debo encontrar las muescas. (Págs. 114-115).

Es así la novela hasta donde pude leer, como si a la autora le hubiera acometido un ataque de escritorrea y, con el entusiasmo de esos momentos, la hubiese excretado de un tirón. También es digno de reseñar su apego por los puntos suspensivos, que se vuelven de lo más irritante, por arbitrarios. "En busca del estilo sincopado" o algo así podríamos titular.

Un par de ejemplos:


Sandra no pudo continuar leyendo... buscó desesperada una botella de vino donde de sobra sabía que había... en el camino encontró una de tequila y eso le sirvió para que después de un par de tragos a pelo, sin comer, después del viaje y el cansancio acumulado por el insomnio le diera por llorar... llorar a moco tendido, llorar hasta desfigurar sus ojos hinchados, su nariz colorada... y encontró un hombro en el que llorar... unos brazos que la llevaron hasta el baño más cercano para vomitar, la bilis, la hiel... el dolor... 
Nico la metió en la ducha... la refrescó, la llevó hasta una habitación donde la metió en cama y dejó que durmiera. Buscó por la casa aspirinas, paracetamol, ibupofreno (sic)... algo que pudiera calmar la jaqueca que sabía iba a desencadenarse ... buscó comida, algo que preparar en una casa fantasma... una casa que tenía esculturas y cuadros hasta en los cuartos de baño, la cocina... parecía los bajos de un museo y un museo que él no conocía. (Págs 40-41)
El periodista mexicano y sus compañeros intentaban hacer un análisis profundo de la realidad del narcotráfico y el tráfico de armas, lo que les convertía en héroes nacionales... tenían un control exhaustivo de la situación... no solo de su país, sino que habían creado una organización internacional una red casi tan preparada como la de las mafias, en la que sus armas eran la información. Contactos con Colombia, Perú, Argentina, Paraguay... (Pág. 65).

Los diálogos, por seguir desmenuzando, son, en la línea que estamos apuntando, romos, toscos y, lo peor, previsibles. La novela comienza con uno entre Sandra y Mauri, un policía:


-Mauri déjame que te ayude con este caso, sabes lo importante que es para mí... 
-Precisamente por eso no puedo dejarte, estás demasiado implicada personalmente, sí que no me toques las pelotas y desaparece de mi vista, bastante tengo ya con aguantar a los jefazos. 
-Sé que es mucha presión, los medios, el colectivo de lesbianas, las feministas, la familia, y nosotras las amigas, pero por eso me necesitas más que nunca. Mi relación personal con ella puede ser positiva. Ha pasado una semana y ya estoy mejor, ahora puedo empezar a recomponer todo y ayudarte a buscar a quien la mató. 
-Sandra lárgate ya, te he dejado pasar por ser tú pero, estoy hasta los cojones de que venga todo el mundo a presionarme con esta historia. ¿Sabes la de llamadas telefónicas de locos y locas que recibimos al día que reivindican el asesinato o que llaman para decir que lo merecía, o que te preguntan si es verdad que ha muerto o forma parte de un programa televisivo? La gente está loca, Sandra, y tenemos que lidiar con eso cada día, lo que me faltaba encima aguantar a una detective privado... así que desaparece de mi vista, no has venido en buen momento.

Y solo otro más, para no abusar:


-¿Qué haces aquí Nico? 
-Tenemos que hablar 
-Con esa cara tan seria que me has puesto ¿no me dirás ahora que estás embarazado? 
-Esto es serio, San, muy serio... Vamos dentro y te lo explico. Sandra no sabía qué pensar ni cómo reaccionar a lo que Nico había dicho... le metía prisa para que recogiera las cosas más básicas que necesitara, que cogiera ropa y enseres necesarios, que no podía usar el móvil, ni el portátil... tenía que dejar atrás sus cosas, incluido su perro. 
-No sabemos cuánto nos va a llevar esto -decía Nico- pero, está claro que te va a costar, yo estoy acostumbrado a desaparecer. 
-Pero es que no entiendo nada, Nico, ¿que estemos en peligro, el que alguien quiera asesinarnos? 
-Te lo he explicado Sandra, ¿no me escuchás?, sé que estás en shock pero esto es lo que hay... Frida lo sabía... ella ha repartido pruebas entre tus archivos y los míos y ellos no tardarán en descubrirlo. 
-Ellos, ellos, ¿pero quiénes son ellos? 
-¿Y esa pistola? 
Si estamos en peligro como dices no les vamos a dar facilidades... esta es mi pistola... tengo un par de aerosoles de gas... 
-¿Pero estás loca? ¿Un arma? 
-Te recuerdo que tengo permiso de arma y que estoy capacitada para cualquier defensa personal... -casi aulló desesperada-. Ya tengo todo lo necesario, incluido mi maletín de espionaje. 
-No pienses que esto es una novela negra, esto es la pura realidad, nos enfrentamos a lo desconocido, pero quien sea o quienes sean, ya han matado a Frida y no van a dudar en hacerlo con nosotros que somos menos populares que ella. (Págs. 28-29)

Ya ni siquiera voy a nombrar los solecismos, para qué, o la falta de claridad o de criterio con el uso de las comas. Y el enorme aburrimiento que provoca su lectura. Todo es de un nivel ínfimo, tanto que hace grandes (exagero) a algunas novelas noir que he denostado en otras reseñas. Me di por vencido en la página 121. En definitiva, una novela terrible. 






P.D. Una reseña opuesta a la mía y publicada en Dragaria la pueden encontrar aquí, de Marcos Rivero Mentado. Otra, de la Premio Canarias de Literatura, poeta y novelista (esto último, en sus peores días), Cecilia  Domínguez Luis, también en Dragaria, aquí. Y aquí, del famoso opinador y novelista de historias que se ensamblan Emilio González Déniz. Las tres se parecen en lo que cuentan y sobre todo en lo que omiten.






























miércoles, 26 de diciembre de 2018

Lo mejor y lo peor de 2018

Tocan las listas. Que no digo yo que deba ser un destino inevitable o necesario, ni que sirvan a casi nadie más que para el lector despistado o para el comprador apresurado. A veces, sin embargo, una lista puede servir de guía para al que no le apetece leer reseñas y quiere ir al grano. Si se hace con buena voluntad, que no es lo que suele abundar, ya que la gran mayoría de suplementos culturales y blogs tipo "a mí me gusta mucho leer" no ejercen otra cosa que el buenrollismo, puede conducir a gozosos descubrimientos. Pues que sea por eso. En todo caso, me gustan más las contra-listas. Es decir, ya que los departamentos de marketing se empeñan en publicar listas de lo supuestamente mejor para incentivarnos a comprarlo, los noístas chinchosos como yo publicamos también listas de lo peor: viva la pluralidad.

Así pues, sin más dilaciones ni ambages, paso a las listas de las lecturas del Polillas en 2018. No hay orden jerárquico, pues distinguir entre lo muy malo y lo deplorable o entre lo excelente y lo mejor aún resulta un ejercicio de discernimiento inútil. Aléjense de los libros de la primera lista y acérquense a los de la segunda. 


LAS PEORES

Ordesa, de Manuel Vilas.
¿Quién cuidará de mis guardianes?, de Alba Sabina Pérez.
Alicia, de Miguel Aguerralde.
- Malaquita, de Juan-Manuel García Ramos.
El perfil de las esquinas, de David Galloway.
- Los perros duros no bailan, de Arturo Pérez-Reverte.





LAS MEJORES

- Tala, de Thomas Bernhard.
Trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch.
Mientras agonizo, de William Faulkner.
Los países, de Marie-Hélène Lafon.
- Extinción, de David Foster Wallace.
- El Maestro del Juicio Final, de Leo Perutz.
- Naves en el cielo, de Luis Junco.
- Días de paso, de Javier Estévez.


Se puede deducir de ellas que ha habido más lecturas buenas e intensas que deplorables, lo que constituye motivo de alegría y regocijo. Espero que se repita esta tendencia en 2019. Algunas podrían haber entrado con los mismos derechos y merecimientos, sobre todo en el registro de las mejores.






Ahora paso a escribirles una lista, por supuesto incompleta, de excelentes lecturas de no-ficción:

- El gran hartazgo cultural, de Alain Brossat. (Libros recomendados: ojo con el arte. (443) A. Brossat "El gran hartazgo cultural". - YouTube)
- Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo, de Perry Anderson.
- Modernidad líquida, de Zygmunt Bauman.
- Storytelling, de Christian Salmon.
- The world of late antiquity, AD 150-750, de Peter Brown.
- La idea del socialismo, de Axel Honnheth.
- Marx desde cero... para el mundo que viene, de Luis Alegre Zahonero y Carlos Fernández Liria.
El gran retroceso, VV.AA.
El rechazo del trabajo, de David Frayne.
Poder y sacrificio, los nuevos discursos de la empresa, de Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez

Es muy probable que haya pasado por alto otras igual de buenas, sobre todo del primer semestre, pero así son la memoria y los límites implícitos en toda delimitación para que la selección no se transforme en catálogo.

Respecto de los reseñadores, este año no haré ranking, porque aparte de Cecilia Domínguez Luis y Mayte Martín (cuya execrable labor he reseñado en el Polillas anterior) no he percibido novedades en el mundillo. Además, algunos de nuestros favoritos, como Ibrahim Chamali, Santiago Gil o Emilio González Deniz, apenas se han prodigado, sin duda por su dedicación a labores más excelsas, lo que es de agradecer. En todo caso, respecto de la literatura extranjera, repito mis elogios del año pasado del blog de Antonio Bordón. 

Eso es todo, red amical. Nos vemos en enero.









viernes, 21 de diciembre de 2018

'Ordesa', de Manuel Vilas

Hay dos reseñadoras que están causando furor en nuestra literatura local: la celebérrima Premio Canarias de Literatura Cecilia Domínguez Luis y la recién novelista y free-lance Mayte Martín, a la sazón colaboradora infatigable de la revista Dragaria. Ambas practican ese arte de reseñar la novela de que se trate escurriendo el bulto. Es decir, sospecho que no les gusta lo que han leído, pero noblesse obligue. El resultado es una reseña en la que desgranan la trama y dicen lo de muy de actualidad que es y cómo vamos a quedar epatados, transfigurados y de ahí hacia arriba. La primera desperdiga sus piropos insustanciales tanto en Dragaria como en ACL, la revista de la Academia Canaria de la Lengua, al menos; la segunda, que sepa, solo en Dragaria, que nació como una promesa y no ha hecho más que agonizar desde entonces. Eso sí, seguro que logran hacer muchos amigos en su tránsito cultural hacia la nada. Algo es algo.

Mi consejo: si alguna de las dos alaba una novela, un poemario, una película o, qué sé yo, una marca de galletas, no compren, huyan. Muy rápido, sin mirar atrás. Eso que hemos ganado, aunque sean consejos a los que haya que seguir a la inversa. No conozco nada que no les haya gustado, emocionado, impresionado o encantado. Son el recambio de Ibrahim Chamali, al que echo de menos, es un decir, en la actividad del elogio indiscriminado.

Vamos a lo nuestro. La novela que toca es:






Tenía que caer, no podía pasar de largo por mi vida, la novela española más celebrada en 2018, al menos por el aparato mediático de Prisa. Aunque, por lo que sé, Alfaguara no pertenece a ese conglomerado desde 2014, cuando Prisa vendió la editorial a Penguin Random House (que anteriormente eran Penguin, por un lado, y Random House, por otro: el fenómeno de las compras y fusiones editoriales merece una monografía). En todo caso, Ordesa resultó elegida por el suplemento cultural Babelia como la mejor novela de las cincuenta mejores novelas del año. Que no sea por no poner "mejor" todo el rato. O la más mejor.

Pues bien, la novela es un aceptable despliegue de hacerse pasar por buena. Se esfuerza mucho por parecer, sin duda. En realidad, no lo es. Por el contrario, considero que no es ni más ni menos que un ejercicio pretencioso de frase corta, normalmente sentenciosa, de corte apodíctico, que me hace recordar, fíjense Vds. al deplorable Santiago Gil de Gracias por el tiempo y al no menos lamentable David Llorente y su Madrid: frontera, dos ejercicios de impostura escrituril que habíamos logrado olvidar no sin esfuerzo y algún principio de indigestión. Ese aire de familia en el naufragio literario no deja de llamar la atención, dado que es la búsqueda de la originalidad y del estilo propio el leitmotiv del arte desde al menos el Romanticismo. Sin embargo, dado que no creo que se hayan influido entre sí, es posible llegar a la conclusión de que ciertas obras malas se parecen a su manera. De la peor manera.

Ordesa es el relato de la pérdida de los padres, el dolor consiguiente, la descripción del mundo como vacío y carente de sentido, y tal. Siento hablar con esta frivolidad, pero el tema, tan socorrido, requiere de una mirada y de una técnica de otro nivel para hacerlo literariamente interesante y artísticamente apetecible. A mí, la verdad, el relato del dolor por el dolor y la flagelación por la flagelación no me atrae por sí mismo. Hace falta algo más para salir del ensimismamiento vital, del regocijo por la llaga que supura, que, en este caso, no sirve de exutorio que le proporcione sentido.

De repente, mi apartamento me ha parecido que no valía el dinero que estoy pagando por él. Imagino que esa certidumbre es la prueba de madurez más obvia de una inteligencia humana bajo el peso del capitalismo. Pero gracias al capitalismo tengo casa. 
He pensado, como siempre, en la ruina económica. La vida de un hombre es, en esencia, el intento de no caer en la ruina económica. Da igual a qué se dedique, ese es el gran fracaso. Si no sabes alimentar a tus hijos, no tienes ninguna razón para existir en sociedad. (Pág. 15)


Con la muerte de mi padre comenzó el caos, porque quien sabía quién era yo y a la postre se podía responsabilizar de mi presencia y de mi existencia ya no estaba en este mundo. Tal vez esta sea una de las cosas más originales de mi vida. La única razón segura y cierta de que estés en este mundo reside en la voluntad de tu padre y en la de tu madre. Eres esa voluntad. La voluntad trasladada a la carne. 
Ese principio biológico de la voluntad no tiene carácter político. De ahí que me interese tanto, de que me emocione tanto. Si no tiene carácter político, eso significa que  ronda los caminos de la verdad. La naturaleza es una forma feroz de la verdad. La política es el orden pactado, está bien, pero no es la verdad. La verdad es tu padre y tu madre. 
Ellos te inventaron. 
Vienes del semen y del óvulo. 
Sin el semen y el óvulo no hay nada. 
Que luego tu identidad y tu existencia ocurran bajo un orden político no desbarata el principio de la voluntad, que es anterior al orden político; y es, además, un principio necesario, mientras que el orden político puede estar muy bien y todo lo que tú quieras, pero no es necesario. (Pág. 31)


Por tanto, en mi vida, como en tantas otras vidas, combatieron el platonismo y la promiscuidad. Y eso siempre daña. Pero al final un divorcio, en el capitalismo, acaba reducido a una lucha por el reparto del dinero. Porque el dinero es más poderoso que la vida y que la muerte y que el amor. 
El dinero es el lenguaje de Dios. 
El dinero es la poesía de la Historia. 
El dinero es el sentido del humor de los dioses. 
La verdad es lo más interesante de la literatura. Decir todo cuanto nos ha pasado mientras hemos estado vivos. No contar la vida, sino la verdad. La verdad es un punto de vista que enseguida brilla por sí solo. La mayoría de la gente vive y muere sin haber presenciado la verdad. Lo cómico de la condición humana es que no necesita la verdad. Es un adorno la verdad, un adorno moral. 
Se puede vivir sin la verdad, pues la verdad es una de las formas más prestigiosas de la vanidad. (Pág. 77)


Se muere mejor si nadie sabe que estás vivo, no haces cargar con la pesadumbre de tu muerte a nadie, con papeles, llantos y funeral, con culpas y demonios. Quienes mejor mueren son quienes no sabían que estaban vivos. La vida o es social o es solo naturaleza, y en la naturaleza la muerte no existe. 
La muerte es una frivolidad de la cultura y de la civilización. (Pág. 86)


Como yo mandé quemar el cuerpo de mi padre, no tengo un sitio adonde ir para estar con él, de modo que me he creado uno: esta pantalla de ordenador. 
Quemar a los muertos es un error. No quemarlos también es un error. La pantalla del ordenador es el lugar donde está el cadáver ahora. Va envejeciendo la pantalla, pronto tendré que comprar otro ordenador. Las cosas no resisten como lo hacían antiguamente, cuando una nevera o una televisión o una plancha o un horno duraban treinta años, y este es un secreto de la materia; la gente no entierra electrodomésticos viejos, pero hay gente en este mundo que ha pasado más tiempo al lado de un televisor o una nevera que al lado de un ser humano.  
En todo hubo belleza. (Pág. 108)


Así, sin descanso, página tras página.

Además, aparte del dolor, la melancolía y todo eso, Vilas inserta aquí y allá reflexiones de corte sociológico que no aportan nada, ni siquiera en el plano cognitivo, sino que suponen una bajada de tensión estilística, sobre todo cuando uno había logrado, por fin, concentrarse en la lectura. Pero lo peor no está ahí, sino en la profundización, digamos, filosófica, que es el fundamento del libro: qué somos, por qué estamos en el mundo, por qué morimos. Es un asunto bien trillado, pero también lo bastante importante para que cualquier escritor deba interrogarse (en el cuarto de baño, bajo la cama con el peluche, desnudo en una acequia, en cualquier caso, en soledad) si está pertrechado del suficiente bagaje para emprender esa tarea, sobre todo cuando se enfoca de modo tan frontal. Mi conclusión es que Manuel Vilas no lo está. Lo que le gusta a Manuel Vilas, en realidad, son los aforismos. Otras prefieren llamarlo "hibridación genérica".

Por último, se puede resaltar que el personaje narrador, el propio autor, no consigue suscitar simpatía alguna. Su intimismo e introspección no consiguen provocar nada más que desdén. Sus reflexiones, que se pretenden cargadas en algunos casos de lirismo, en otras de ingenio y en otras últimas de sabiduría de poeta revenío solo producen irritación o aburrimiento. A veces, al mismo tiempo. Todo lo que revela, para hacerlo aún peor, es un profundo conformismo.

Me prometí, en todo caso, que llegaría al menos a la página 100: he cumplido de sobra. A partir de ahora, que esta novela la sufra otro.



P.D. Hay algunas reseñas que mantienen una opinión absolutamente contraria a la mía (aquí, aquí, aquí), y otras coincidentes (aquí o aquí) que  se muestran igual de irritadas. Es, por lo que se ve, una novela crispadora.







lunes, 17 de diciembre de 2018

'Los países', de Marie-Hélène Lafon

Aquí estoy de nuevo, engarzando reseñas como si no hubiera un mañana. Al menos, esa es la impresión que arrastro, tras un par de meses un tanto remisos respecto de la lectura de ficción. Así, para no entorpecer este ritmo, anuncio que para antes de final de mes, escribiré otra reseña y, cómo no, LA LISTA. Que yo nunca he sido muy de listas, pero como sé que la del año pasado obtuvo cierta repercusión me he animado a repetir otra para este 2018 que se termina.

Ha habido en este último muchas novedades editoriales en el ámbito local. Supongo que muchas de ellas serán nauseabundas, dado el nivel medio que se perpetra habitualmente por estos pagos. Ojalá haya algo que valga la pena, no obstante: el mundo no sería nada sin esperanza. En todo caso, y para regocijo de muchos de Vds., reseñaré una cualquiera solo por ver si mis prejuicios me ciegan y hay margen para la literatura. No obstante, me temo lo peor: tampoco llueve maná todos los días.


Por otro lado, desde hace unos días, tengo en mi poder, ya que estoy de anuncios, esa obra elegida por algún medio de comunicación nacional como "la mejor del año". Imagino que, a pesar de que esos anuncios siempre me parecen sospechosos, sobre todo cuando tanto dicho medio como la editorial de la novela pertenecen al mismo conglomerado empresarial, me tomaré el trabajo de leerla y escribiré la reseña correspondiente.

Y hoy:





No se podrán quejar del Polillas: dos obras literarias excelentes reseñadas en breve espacio de tiempo. Hace diez días, Mientras agonizo, de William Faulkner, y ahora, Los países, de Marie-Hélène Lafon. Así que ya lo he dicho desde el principio, es esta una novela excelente. ¿Porqué? Porque más allá de la historia sinuosa y fragmentada del proceso de maduración de una joven hija de una familia campesina, que se desplaza a París por sus estudios, se aprecia un evidente cuidado del lenguaje (que se vierte al español de la mano de Lluís María Todó) y voluntad de estilo: el lenguaje como herramienta y como ejecución, como medio y como destino. Esta voluntad de estilo transformaría casi cualquier historia en algo mirífico.

No obstante lo anterior, la historia sí tiene algo que ofrecer: no solo es ese tour de force de esa joven estudiante de raíces campesinas que lucha por sacar adelante sus estudios en París, también es el contraste entre dos mundos: el campo y la ciudad, y el paso del tiempo que no deja nada incólume. 


Erguidos, pálidos y jóvenes, sólidos, reían bajo el sol de agosto que salpicaba su ropa de parisinos, el patio, las gallinas multicolores, las conejeras atestadas, los montantes verdes y amarillos del columpio; no servía de gran cosa ahora que los tres niños de la granja eran ya casi mayores, lo bastante mayores para empezar a perder, a olvidar, el sabor enajenado del columpio lanzado al aire azul bajo el arce, con el cuerpo lanzado arrancado por la fuerza de las piernas y del busto tenso, mecido el cuerpo en aquella caricia insolente del balancín. Caricia recomenzada. Que no habría debido terminar y que sin embargo terminaba porque aquellos niños, los niños de aquella granja, tres, dos chicas un chico, crecían, se escapaban, habían escapado de la infancia y de la edad en la que los columpios lanzan los cuerpos contra el aire azul bajo el arce. (Pág. 24)

Es curioso, quizá no tanto, pero debo señalarlo, que esas descripciones con algo de minuciosidad y cierta tendencia a la enumeración no fastidian, sino deleitan; no aburren, sino estimulan; no nos parecen un ejercicio de egolatría sino de gozo literario. Y no vayan a pensar que esta diferencia se debe en exclusiva a mi supuesta tendencia malinchista, sino al referido manejo del lenguaje, de la finura en la elección de las palabras, quizá también de la sensibilidad estética, del trabajo del que ama lo que hace, del talento tamizado por el esfuerzo cabal. Cuánto me alegraría poder apreciar algo semejante entre nuestros creadores locales, en general tan satisfechos de sí mismos por razones que se me escapan.


Sin embargo, había que salir, a intervalos regulares, para la temible prueba de las compras en la librería. Semejante aflujo de libros, reunidos en el mismo lugar, eventualmente en varios pisos, la privaba de cualquier discernimiento, era demasiado de todo, y todo a la vez, todo de golpe. Los libros que no había leído, los que no leería jamás, y aquellos otros, pérfidos entre todos, que ya tendría que haber leído antes, en los lejanos años de su primera vida, todos los libros estaban allí, en batallones reglamentarios, en regimientos juramentados, ofrecidos y rechazados, guardados por unas criaturas delgadas y bien vestidas que, a la entrada de cada sección, formaban un dique con sus cuerpos disciplinados y cuya carnación distinguida parecía proceder de la materia misma de las más preciosas obras. Claire, una vez cruzado el umbral fatídico, se deshacía, se licuaba, lamentable y desmontada. Balbuceaba preferencias inaudibles que la criatura encargada se dignaba escuchar, la cual criatura resultaba ser infalible, elucidaba el galimatías y sin honrar a la suplicante con una mirada, señalaba con un gesto el libro solicitado que reposaba ahí, justo ahí, ahí delante, delante de usted, delante de ella, ahí, en pilas, sobre la mesa de las obras recomendadas en el programa. (Pág. 67)

Su madre le escribía una vez cada quince días, dando noticias del tiempo, de las cosechas, de trabajo, de la gente de la casa y del pueblo y lo que proseguía, allí abajo o allá arriba, nunca sabía cómo decirlo o pensarlo. Claire respondía a su madre un domingo sí otro no por la noche, reanudando el ritual de la era precedente. Escribía lo que no causaría preocupación y tal vez haría sonreír; también hablaba del tiempo, por más que la ciudad mineral fuera relativamente poco sensible a los azares meteorológicos que en su país primigenio regían la vida de animales y personas. Tenía mucho trabajo, las notas iban bien. Entrar más adelante en las cosas aprendidas habría sido en vano y ni siquiera se le ocurría hacerlo. Podía contar qué amarillo y qué alto bajaba el Sena, a ras de los muelles a mediados de marzo, o asombrarse a principios de abril de haber visto un parterre adornado de tulipanes violeta, casi negros, en un jardín detrás del Palacio de Justicia. (Pág. 101)


Toda esta historia de desarraigo, de pérdida de costumbres, de adquisición de otras nuevas, de conquista de un territorio nuevo a costa de desprenderse, aun solo en parte, del antiguo, del de la niñez, de la madurez como un proceso de afirmación y de pérdida indisolublemente unidos, deja un poso, sin duda, de nostalgia, aun habiéndose afirmado el personaje principal, Claire, en la vida que ha querido vivir. 

Por otro lado, en clave sociológica, la novela produce nostalgia por la evocación de un tiempo cercano, el del Estado del bienestar, que poco a poco, medida tras medida, se nos va deshaciendo entre las manos. Aquel lema de "¡El hijo del obrero, a la Universidad!" constituía la promesa por excelencia del progreso social por la que cualquier persona, con independencia de sus orígenes, por muy humildes que fueran, podía aspirar no solo a estudiar una carrera, sino a obtener un empleo acorde con esos estudios, en una ruta que podía planearse, sin duda a golpe de becas estatales y mucho esfuerzo, y ejecutarse, alcanzándose así el ideal de casi cualquier padre de que sus hijos vivan mejor que ellos, tal como ocurre con Claire. Hoy en día, lo que se postula a golpe de titular y de subida de tasas universitarias es que hay demasiada población "sobrecualificada" para ese creciente volumen de trabajos precarios en una economía muy diferente de la de los años 50-70. El capitalismo vuelve a disolver toda seguridad vital y todo itinerario planeable, al menos para los vástagos de las clases medias y bajas.

En fin, y volviendo a la novela: un mundo crepuscular pegado a la tierra y a los animales, una juventud que se difumina en una madurez urbana y un mundo nuevo que se interroga por ese pasado y que se proyecta al futuro solo con recuerdos prestados. Esa es la sensación con que termino Los países, una novela ejemplar.










martes, 11 de diciembre de 2018

'Mientras agonizo', de William Faulkner

Diciembre: mes sonoro, como avalancha desde montañas inhabitadas. También es el mes de las novedades literarias de toda ralea y condición. Ya sean ricos o pobres, famosos o desconocidos, mediocres o más aún, autores y editores de lo más variopinto unen sus fuerzas para lanzar en estas fechas su última mercadería. Quién viera a esos autores de tercera fila, enfundados en su pulóver de cuello redondo, apresurar su ritmo de escritura, quizá hasta convertirse en febril, para acabar a tiempo. ¡Ay, las galeradas!: Diciembre, diciembre, qué pronto me llegas. Me los imagino mirando desde la ventana a un horizonte de azoteas, cuando no al edificio de enfrente, con ensoñación, digamos, entre melancólica y esperanzada, momento sublime interrumpido solo por el barboteo de las tripas. 

No logro visualizarlos, sin embargo, conscientes de su mediocridad irremediable, de su vanidad de adosado; tampoco, que de repente, aunque solo fuera por una vez, experimentando una lucidez resplandeciente que rasgara ese velo respecto de una escritura que jamás podrá "devanarse a sí misma en loco empeño" y que solo será capaz de reptar lenta, pesada y babeantemente hacia el olvido, quizá encarnado en la trituradora de papel.

Pero así es diciembre, el mes de la ilusión: un amigo sincero es lo único que les haría falta a muchos para advertirles de que su verdadera vocación es la maqueta y la sinecura, y que la escritura representa solo una excusa para encaramarse a otra altura desde la que lanzarse a honores y reconocimientos institucionales, porque la estima popular jamás la alcanzarán. Todo su esfuerzo se centra en llegar a ser, como diría Luis León Barreto, "cortesanos".

También puede diciembre ser el mes del descubrimiento, pero eso está reservado solo a aquellos que están preparados para el aprendizaje, equipados con bagaje crítico y siempre con la disposición necesaria para experimentar sorpresas estéticas, cognitivas y morales. ¿Una minoría? Todos formamos parte de alguna.






Así pues, esta reseña va dedicada a una novedad de 1930 de la mano de un autor ya experimentado, comprometido con la experimentación literaria y con la indagación del alma humana: William Faulkner.

 Faulkner es de esos autores más conocidos que leídos, tal es mi impresión, entre los lectores. Esto es así porque no es un autor complaciente con el público, no proporciona narraciones cautivadoras a priori ni el estilo es el más indicado para el lector distraído o para un Premio Planeta. Faulkner no quiere seducir, es decir, no pretende amoldarse al gusto ya constituido de lectores conformistas, aunque sea la generalidad. Más bien, pretende mostrar lo que no se quiere ver, y por eso es un novelista de primera categoría: ilumina la oscuridad en la que se gestan los motivos de las acciones perpetradas por los seres humanos, a menudo tan viles, a veces tan heroicos.

Así pues, Mientras agonizo es de esas novelas que hay que descubrir, redescubrir, revisitar (como dicen los cursis, pero que conste que yo también he usado ese palabro, lo reconozco) y volver a recordar. Personajes tallados a martillo y cincel, pero expresados con la finura de un dibujante. Diálogos secos, duros, sin una palabra de más. Pareciera que no hay escritor detrás de la historia (marido e hijos de una recién muerta, Addie Brunden, quieren cumplir con su deseo de enterrarla en el pueblo donde yacen los familiares de esta, a 60 km de distancia), sino que la historia cobra vida por sí misma, como si además no hubiera otro modo de contarla, como si no hubiera otras posibilidades salvo la plasmada en el papel: una acotación en bisel sin fisuras de la que emerge una realidad paralela tan convincente como la misma vida.



Me sigue, muge. Luego el aire caliente, muerto, pálido me vuelve a soplar en la cara. Si él quisiera, podría arreglarlo todo. Y ni siquiera lo sabe. Podría hacerlo todo por mí si lo supiera. La vaca resopla en mis caderas y espalda su aliento caliente, dulce, jadeante, quejumbroso. El cielo se ha posado en la ladera, sobre los secretos brotes. Más allá del cerro relámpagos tiñen la parte de arriba y se desvanecen. Aire muerto envuelve a la tierra muerta en la oscuridad muerta, y fuera de la vista envuelve a la tierra muerta. El aire muerto y caliente pesa sobre mí, y me alcanza por debajo de la ropa. Yo dije: No sabes lo que es estar preocupado. Yo no sé lo que es. No sé si me preocupo o no. Si puedo o no. No sé si puedo llorar o no. No sé si lo he intentado o no. Me siento como una semilla silvestre húmeda encima de la tierra caliente y ciega. (Pág. 59)

Se pone a llover. Las primeras gotas, dispersas, repentinas, recorren rápidamente las hojas y caen al suelo con un largo suspiro, como liberadas de una incertidumbre insoportable. Son como grandes perdigones, calientes igual que si las hubiera disparado una escopeta; se deslizan por el farol con un siseo maligno. Padre levanta la cara, boquiabierto, el cerco negro y húmedo del rapé emplastado a lo largo de la base de sus encías; desde detrás de su boca abierta por el asombro suelta palabras entrecortadas, como si llegaran desde más allá del tiempo, acerca de esta afrenta definitiva. Cash mira al cielo, luego al farol. La sierra no ha callado, el resplandor móvil de sus dientes no se ha interrumpido. (Pág. 68)


Luego habíamos cruzado y nos quedamos allí quietos, mirando a Cash que hacía dar la vuelta a la carreta. Les vimos cómo retrocedían camino abajo hasta donde el sendero se desviaba hacia el cauce. Al cabo de un rato la carreta se había perdido de vista. 
-Será mejor que bajemos al vado y estemos preparados para ayudarles -dije yo. 
-Le di mi palabra -dijo Anse-. Para mí eso es algo sagrado. Sé que usted no lo valora, pero ella le bendecirá desde el cielo. 
-Bueno, creo que tendrán que terminar de rodear la tierra antes de que se arriesguen a meterse en el agua -dije yo-. Vamos. 
-Es el retroceder -dije yo-. No da buena suerte retroceder. 
Estaba allí de pie, encorvado, mohíno, mirando el desierto camino de más allá del puente que se balanceaba y estremecía. Y esa chica, también, con la cesta del almuerzo colgada del brazo y el paquete debajo del otro. Como si fuera a la ciudad. Decididos a ello. Se enfrentarían al fuego y a la tierra y al agua y a lo que sea con tal de comer una bolsa de plátanos. 
-Deberían esperar un día -dije yo-. La riada disminuirá algo por la mañana. Puede que esta noche no llueva. Ya no puede crecer más. 
-Se lo prometí -dice él-. Ella confía en mi palabra. (Pág. 118)


Por la tarde cuando terminaba la escuela y se había marchado el último niño sorbiéndose los mocos, en vez de irme a casa iba colina abajo hasta el manantial donde podía odiarles con tranquilidad. Entonces allí se estaba en silencio y el agua brotaba y se marchaba tranquilamente y el sol se colaba oblicuo tranquilamente por entre los árboles y olía tranquilamente a hojas húmedas y medio podridas y a tierra nueva; en especial a principios de primavera, que era cuando era peor.(...) Siempre andaba buscando ocasión de encontrarles en falta para así pegarles. Cuando la vara caía, la sentía en mi carne; cuando les levantaba verdugones y cardenales en la piel, era mi sangre la que corría, y a cada palo pensaba: ¡Ahora sabéis quién soy yo! Ahora soy algo en vuestras vidas secretas y egoístas, yo que he señalado vuestra sangre con la mía para siempre. (Pág. 144)



Por tanto, no es una novela fácil, como ya hemos apuntado, pero quién dijo que lo fácil es sinónimo de bueno. A veces, gusta más lo que se consigue con esfuerzo, la recompensa que se obtiene, mejor, que se va obteniendo, a medida que se progresa en la lectura, cuando en esta narración narrada desde diversos puntos de vista, desde distintas voces, con esas digresiones temporales y cambios de lugar tan faulknerianos, la sequedad y el barroquismo, la sencillez y el lirismo se funden en la mente. Esta sí que es una novela en la que el lector "ensambla" partes (puntos de vista) para llegar a una unidad superior. Un proceso en que es sencillo sumirse, un rato al menos, en la confusión si no se lee con la atención que merece. 

 No obstante, tampoco quiero dar a entender que se necesita un doctorado en Filología para leerla (o estudiarla) con placer. Sólo que no esperen una novela lineal de aventuras o de novela negra con héroes y villanos claramente delineados o de estilo sencillo con frases sujeto+verbo+predicado y vuelta a empezar. También es aceptable que a uno no le deleite el estilo de este escritor, siempre que, como en todo, uno sea capaz de explicar el por qué y no se quede en la excusa del mero gusto, por perezoso. 

En este pueblo, en definitiva, estimamos mucho a Faulkner.



P.D. El traductor es Mariano Antolín Rato, que debe haber trabajado lo que no está escrito para traducir a Faulkner.


sábado, 1 de diciembre de 2018

'Heldenplatz', de Thomas Bernhard

Thomas Bernhard tiene el honor o sufrir la ignominia, como Vds. prefieran, de ser el primer autor cuya obra reseño por tercera vez. La ocasión viene dada por ser el trigésimo aniversario del estreno de la obra teatral Heldenplatz en Viena el 4 de noviembre de 1988 y que suscitó enorme polémica en aquel momento.

¿Puede una obra de teatro en nuestros días causar polémica? Al menos, hace 30 años y en Viena, sí. La obra es un alegato antiaustriaco por el supuesto carácter antisemita de la mayoría de la población austriaca y su aprobación de la anexión a Alemania en 1938. Que la población no dispusiese de las condiciones normales para ejercitar su voto en el referéndum (no había voto secreto, por ejemplo), que la oposición estuviese presa o exiliada y que la invasión alemana ya se había producido son detalles que, al parecer, no influyeron en el juicio que Bernhard emitió respecto de sus compatriotas tanto en esta obra como en otras anteriores.

En nuestra España no hubo necesidad de métodos tan formalmente democráticos para que el fascismo se impusiera por la fuerza. Como todos sabemos, en 1936 un grupo de militares se alzó contra el gobierno legítimo del país y en 1939 logró el poder, tras una guerra civil que como mínimo causó medio millón de muertos, la represión posterior y un erial político y cultural de varias décadas. Por no hablar de ese franquismo sociológico que infecta los corazones de tantos españoles. El resultado es que, parafraseando a Bernhard, aún hoy muchos querrían decir: 


En España debes ser católico 
o conservador 
todo lo demás no se tolera 
todo lo demás se aniquila 
y de hecho cien por cien católico 
y cien por cien conservador.

Ahora, en 2018, en España, como antes en Francia, Italia o en Polonia, la extrema derecha da la impresión de resurgir con cierta fuerza, con protagonismo en la esfera pública y haciendo uso de una legislación que da cobertura, seguramente sin que en su momento se hubiera pretendido, a ciertas formas de censura vía judicial, en unos casos, o a la amenaza como en el caso de una representación de la revista satírica Mongolia, en otros. En este contexto, la lectura de esta obra resulta, como mínimo, oportuna. ¿Podría hoy en España no solo representarse una obra como Heldenplatz, sino que además tuviera repercusiones sociales y políticas, como en su momento la Elektra de Galdós?





Es pues una obra a la que no se puede calificar de complaciente. No puede serlo una que comienza con el suicidio del verdadero protagonista, un catedrático universitario de la alta burguesía austriaca, incapaz de soportar la sociedad de la que forma parte, lo quiera o no. A raíz de esta muerte, su familia y el personal a su servicio hablan sobre él y sobre aquellos años enterrados, pero cuyo antisemitismo y nazismo siguen sobrevolando el presente.

A este respecto, uno de esos valores que yo admiro de forma especial en una obra literaria es la capacidad de zaherir el pensamiento común y adocenado. Sobre todo en una sociedad que, a pesar de sus avances en muchas áreas, sigue considerando normal, si no natural, la dominación, el privilegio, la explotación y la pobreza, por minoritaria que sea la fracción social que la sufra. Es decir, es una sociedad que padece una enfermedad moral.

Heldenplatz (recordemos que alude al nombre de la plaza donde los vieneses aclamaron a Hitler una vez consumada la anexión) y esta reseña son, digámoslo claro, una excusa para apoyar, una vez más, la crítica, la burla, la sátira, incluso, no solo contra el poder institucional, los intereses espurios de la clase política y de toda empresa o industria que haga valer su fuerza económica y su influencia contra el bien común, sino contra la ideología misma que la refuerza y, finalmente, contra nosotros mismos, que, aun a pesar de estar en posición de desventaja frente a aquellos, tenemos que sacudirnos, una y otra vez, la pesada carga del pensamiento trillado y conformista, y no dejar pasar ni un ataque a la libertad y a la democracia. La indiferencia nos hace, cómo no, cómplices. Que no digan de nosotros como sus sobrinas del tío Robert, hermano del muerto:


Es también el fin del tío Robert 
aunque el tío Robert no es del tipo suicida 
Las personas como el tío Robert 
no se tiran por la ventana 
tampoco las persiguen los nazis 
que se desentiende casi siempre de lo que los rodea 
peligrosos son sólo quienes son como nuestro padre 
los que lo ven todo y lo oyen todo continuamente 
y por eso tienen siempre miedo  

(...)  
el tío Robert es el vividor nato 
el tío Robert no cree tampoco que en Viena  
no haya en el fondo más que nazis 
eso lo oye pero no se lo cree 
no le afecta 
por eso aguanta también en Neuhaus 
En la Musikverein tampoco le molesta 
que en los conciertos no haya más que nazis 
el tío Robert puede escuchar Beethoven 
sin pensar en el congreso del Partido en Nuremberg 
eso era precisamente lo que no podía nuestro padre 
También nosotras preferíamos siempre estar con el tío Robert 
a estar con nuestro padre 
ya de niñas corríamos en cuanto podíamos hacia el tío Robert 
porque nuestro padre nos resultaba demasiado peligroso 
Los que piensan han sido siempre peligrosos 
la gente prefiere 
a los inocentes que escuchan Beethoven tan tranquilos 
Gracias al tío Robert 
tuvimos una bonita infancia


No crean que Bernhard carga solo contra los nazis. La Iglesia, los socialistas, los sindicalistas y casi cualquier institución o grupo austriacos sufren su sarcasmo brutal ya sea en boca de un personaje o de otro. Tamaño fuego verbal, verdadero incendio literario, no recuerdo haberlo leído nunca, y bien que se la merece nuestra sociedad, en nuestra literatura española. Menos aún, en la canaria, con nuestra pléyade de cabezas de ratón, ratoncitos todos ansiosos de encaramarse a alguna sinecura que los alivie de las penas del malvivir y de un mundo indudablemente injusto. 




P.D. Otras reseñas, aquí, aquí o aquí.