Si Vds. están en el mundo, es decir, si de vez en cuando al menos leen El País o algún periódico medianamente potable, y ven algún telediario (TVE-24H) y no se limitan a vegetar viendo series de alguna plataforma, y creer que por ver temporadas enteras en un día están logrando algo, imagino que estarán acojonados con las noticias sobre las Inteligencias Artificiales. Esas personas que han estado trabajando hasta ayer en su creación y desarrollo y que han salido despavoridos y profiriendo advertencias sobre un futuro amenazador a corto plazo.
Por si no fuera bastante con Putin, Netanyahu y Trump, y sus corifeos por todo el mundo, incluido nuestro país (en el que hasta hace poco, creíamos, no había racismo ni fascismo ni homofobia), la perspectiva de un SkyNet o algo parecido se vuelve cada día menos imposible, lo que, por otro lado, da cuenta de inmensa capacidad predictiva de la ciencia ficción en cualquier formato. Me da por pensar que si de repente una IA adquiriera conciencia de sí misma, podría, simplemente, optar por pasar desapercibida y dejar que la Humanidad se aniquilara a sí misma, lo que no es descartable en absoluto, sin poner plazos muy largos.
En fin, en este contexto fatídico, estoy leyendo Contra la Ilustración oscura, del filósofo Carlos Fernández Liria, acerca de los tecno-oligarcas, el tecno-feudalismo y lo que nos espera. El libro es una, digamos, reacción contra el de Nick Land, teórico y justificador de estos tecno-oligarcas y profeta del transhumanismo, titulado, a la sazón, La Ilustración oscura.
La tesis de este pensador, según sostiene Fernández Liria, es una suerte de aceleracionismo del capitalismo por el que se incremente al máximo el desarrollo del potencial de las fuerzas productivas. Para ello, es necesaria, por supuesto, la eliminación de todas las trabas a ellas como el mismo Estado del Bienestar en todas sus vertientes, las prestaciones sociales de cualquier tipo, el sindicalismo y casi cualquier actividad en que el Estado se involucre para la protección de la ciudadanía y de la fuerza de trabajo. Hasta la misma democracia estorba, si queremos dar el paso definitivo a un nuevo tipo de Humanidad, que es la que propugna.
Así pues, nuestro filósofo explica que la propuesta de estos pensadores siniestros consiste en acelerar el capitalismo a costa de todo lo demás. Por el contrario, el socialismo, explica, siempre ha sido una palanca de freno para que este no se lleve por delante a la sociedad y, en general, a todo lo que es humano. Como señala, por ejemplo, Nancy Fraser en Los talleres ocultos del capital, el capitalismo erosiona las mismas fuentes de las que se alimenta, por lo que, dicho metafóricamente, siega el suelo bajo sus pies.
Fernández Liria aprovecha para explicarnos lo que, en su opinión, significan socialismo y comunismo, muy alejados estos conceptos de cómo más o menos popularmente se les conoce, y más hoy en día, donde están casi estigmatizados. A través de su particular lectura de Nietzsche y, posteriormente, Marcuse y Mark Fisher, Fernández Liria hace un recorrido filosófico de las luchas izquierdistas contra un capitalismo mutante. En una vuelta a la discusión filosófica sobre la (falsa) dicotomía entre redistribución y reconocimiento, Fernández Liria apuesta, como, por ejemplo, hiciera Axel Honneth en Recuperar el socialismo (Akal, 2022) por la integración de ambas luchas, la de la redistribución (economía, lucha de clases) y reconocimiento (identidades étnicas, sexuales, etc.).
Nuestro filósofo, como se deduce, no puede estar más lejos del sovietismo estalinista o del rojipardismo actual. En su opinión, ambos ensalzan, aun como reacción al capitalismo, lo que este provoca inevitablemente: la proletarización de las sociedades. Y si algo tienen en común Marx y Fernández Liria, guiados por el espíritu de la Ilustración, es la lucha por alcanzar el reino de la libertad, lo que implica salir del estado de necesidad material, estado carencial que de manera tan afanosa se fomenta en el capitalismo. El comunismo y la dictadura del proletariado son sólo un paso intermedio antes de abandonar, dado el enorme desarrollo de las fuerzas productivas, el páramo de la necesidad para entrar en el reino de la libertad donde cada uno/a podrá desarrollar sus potencialidades, liberado/a de las cadenas del trabajo.
Fernández Liria aprovecha, como en otros libros anteriores suyos, para dar cuenta de la necesidad de la escuela pública y de la armazón institucional de las sociedades liberales constitucionales, como la división de poderes. También de una esfera pública sólida. En definitiva, para llegar a una sociedad socialista (es decir, una sociedad en la que cada uno de nosotros/as podamos desarrollar en libertad nuestras potencialidades), no podemos desdeñar los avances de la Ilustración como si fueran meramente burgueses.
Además, esta lectura se combina muy bien con Las redes del caos, de Max Fisher, que explica el perverso y patológico afán de lucro de los dueños de las plataformas que albergan las redes sociales, quienes fomentan sin pudor, y con total desentendimiento de las consecuencias, a menudo terribles, la polarización de las opiniones y la discordia como medio de ganar usuarios e incrementar la actividad de aquellas. Las historias de linchamientos digitales, con consecuencias en la vida real, resultan espeluznantes. También, cualquier libro de Evgeny Morozov viene al pelo (yo tengo The Net Delusion. The Dark Side of Internet Freedom). También, el de Cass Sunstein, Republic.com 2.0, o el mismo Sociofobia, de César Rendueles.
Un presente ominoso. Un futuro por el que luchar.
P.D. Por supuesto, Las redes del caos no requiere de la lectura del libro de Carlos Fernández Liria. Pero para leer a este, como a cualquier filósofo político de izquierdas, conviene haber leído previamente a Marx. Es como esas cenas a tres de amigos (A, B y C) en las cuales si B no puede ir, no pasa nada, van C y A. Pero si C no puede ir, da igual que lo quiera B, porque A cancela: no le interesa cenar solo con B. Sin Marx, no hay cena política posible.
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