Sigo pensando en Haruki Murakami, en aquella afirmación suya en De qué hablo cuando hablo de escribir de que escribir una buena novela estaba al alcance de cualquier persona inteligente. Lo digo porque lo que en su momento ya me parecía dudoso ahora me contraría, pero en otro sentido. Murakami venía a trazar una división entre aquellos que escribían (o eran capaces de escribir) una buena novela y aquellos que eran novelistas. Unos llevaban a cabo un capricho o satisfacían un sueño o colmaban su vanidad con una novela y otros como él tenían una carrera literaria, vivían de lo que escribían: los escritores de verdad.
Ahora lo que me planteo, aparte de que esa división de la literatura entre amateurs y profesionales me parece ramplona y extraliteraria, es precisamente la concepción de la novela que Murakami parece tener en mente: planteamiento, nudo y desenlace. O, escrito de otra manera, una historia, una story: una trama con personajes con algún tipo de conclusión. Digamos, un planteamiento convencional, aun después de décadas, siglos, de experimentación literaria. Eso me lleva a pensar que no es ya un escritor interesante; al menos, no en sus reflexiones sobre la literatura. Puede ser, también, que su literatura las contradiga. No sé, hace tiempo que dejé de leer las novelas de Murakami, y salvo algún fugaz destello sináptico proveniente de La caza del carnero salvaje, he olvidado el resto.
Está bien que el autor tenga un ojo en el lector. Es decir, la novela no puede ser un galimatías de ínfulas simbólicas que destroce la paciencia y tampoco estructurada de un modo tan laberíntico que exaspere el mejor ánimo. Ya lo decía, por citar a un autor no demasiado fácil, Foster Wallace. Lo que tampoco me satisface a estas alturas otoñales es la concepción de Murakami y de tantos otros aspirantes a carrera artística, diletantes una y otra vez: una novela con argumento basado (exagerando) en las unidades aristotélicas de tiempo, lugar y acción. Aunque sea solo de acción. Pueden estar bien para pasar el rato, no digo que no, y pueden estar escritas de modo impecable e ingenioso, sin duda, pero ya no las deseo, no satisfacen el prurito de plenitud, quizá de trascendencia, que busco, y que es la razón por la que rastreo el arte, en general, y la literatura en particular: un conocimiento del mundo y del ser humano que nada más puede proporcionar. Un conocimiento que, aunque apenas se capte, apenas se entrevea, se revele como importante. En esto, alguna forma de frónesis literaria (para seguir recordando a Aristóteles) sería lo adecuado. Por ello, blandir la impotencia de la palabra como un trofeo de pádel y poner fotos y dibujitos a diestro y siniestro tampoco parece una revelación taumatúrgica.
Llevándonos el asunto a nuestro territorio en la actualidad, salvo excepciones, la falta de imaginación se revela como un lastre indesenganchable, como un cable de goma atado a la cintura, un peso muerto que hace que, perdónenme la imagen, el tránsito de nuestra novelística sea semejante al de una tortuga vieja, sepultada por ella misma. ¿Problema del talento de nuestros autores, de nuestras escritoras? ¿Problema del público, por lo general poco exigente? ¿Exigencias de la industria editorial? ¿Problemas de un mercado pequeño? Preguntas viejas que se responden solo con talento y valentía.

La novela que hoy nos ocupa es un ejemplo de la dificultad casi insuperable (más que la de leer una de tantas novelas espantosas) de escribir una reseña a su altura. Es de esos casos en los que los comentarios del reseñador solo mostrarán su insuficiencia, sus limitaciones y quizá también su falta de entendimiento. ¿Cómo condensar en un folio, en dos saltos de pantalla, las dimensiones artísticas de una novela sobresaliente?
La muerte de mi hermano Abel no va de lo que lean en la contraportada o en cualquier resumen apresurado. Al menos, no solo. Va de muchas cosas, sí: de una novela inacabada, quizá inacabable, de la reflexión sobre la escritura y la literatura, sobre el amor o su imposibilidad, sobre la pulsión sexual, sobre la mediocridad moral de la pequeña burguesía (y de la alta), de Centroeuropa, del nazismo, de la anexión de Austria por la Alemania hitleriana, de la nostalgia de una niñez perdida, sobre la madurez, sobre la pérdida de identidad de Europa tras la Segunda Guerra Mundial. También, de la amistad, de París, de Berlín, del nomadismo, del cine, de...
Es imposible, por tanto, esquematizar la novela "en tres frases", como el mismo protagonista le demuestra a un representante editorial. Hay demasiadas cosas, demasiados temas, demasiados rizomas en una novela que se extiende como "una metástasis". Sus 804 páginas dan para mucho, y cualquier intento reduccionista se ve abocado a un merecido fracaso.
Podría ser más lúcido escribir que esta novela es una "experiencia", si dicha palabra, y el concepto en general, no hubiera sido tan manoseado, utilizado y depreciado por todos esos departamentos de marketing tan insidiosos y tan sobrevalorados. Entonces, mejor, propongo que utilicemos el de acompañamiento. El autor nos permite estar con Aristides Subicz (un nombre como cualquier otro y que, en realidad, ni falta nos hace) en su caminar hacia delante y hacia atrás, incluso hacia arriba y hacia abajo durante la rememoración de su existencia de casi cincuentón: niño mimado, hijo de puta (o querida, o acompañante, o scort, como se diría hoy), niño acogido, adolescente vienés, militar rumano, soldado del III Reich (aunque sin ejercer), testigo de los juicios de Nüremberg, amante, esposo, padre, putero, amante despechado, guionista de cine, escritor sin novela, dandy, amigo, solitario... Una novela que se expande y se contrae como una marea tranquila, con ocasionales rebozos, con olas encrespadas y corrientes enérgicas. ¿Es acaso entusiasmo lo que me suscita esta novela?
Por otro lado, la voz del autor recuerda, y no es demérito, por un lado, al del mejor Stefan Zweig de El mundo de ayer, pero, también, con el Henry Miller más procaz e ingenioso de Trópico de Cáncer. Decir que es una síntesis modernizada no sería hacerle un favor: Rezzori es eso y es él mismo: aguda conciencia de la fractura de una época, de un mundo, cuya cesura la sitúa en un soleado y helado día de 1938, e implacable despellejamiento de él mismo y de sus círculos de amigos y conocidos. Después de leer la novela, creo que sería capaz de reconocer la voz de Rezzori en cualquier texto (mejor dicho, la versión de Rezzori proporcionada por el traductor, José Aníbal Campos, cuyo trabajo no puede sino haber sido mastodóntico, dada la complejidad argumental y estructural de la novela, así como la variedad y alternancia de los registros idiomáticos y lingüísticos que se despliegan por toda ella: un aplauso).
Es, sin duda, un autor moderno, con la capacidad descriptiva de un naturalista del siglo XIX y la conciencia literaria de un autor del siglo XX, que domina tanto la descripción de ambientes, cosas y personas como la narración en primera persona, voz que se vuelve la nuestra, aunque no tengamos por qué identificarnos en todo con ella, ni mucho menos. Una novela formidable, verbalmente exuberante, que se decanta en metáforas y comparaciones brillantes dentro de párrafos y escenas excelsos:
El 12 de marzo de 1938, como se sabe, fue un día de un frío excepcional. La más hermosa y prometedora primavera quedó cercenada por un frío polar que se precipitó sobre ella como la hoja de una guillotina. El cielo, sin embargo, se mantuvo límpido y azul, sin un hálito de brisa. También el sol preservó su sonrisa, como la preserva también un cuerpo decapitado. Y como ya se había iniciado la reabsorción de jugos primaverales, y como las savias de los capullos y los brotes (y quizá también la de los corazones llenos de esperanza) quedaron congelados de repente con un centelleo, el mundo pareció de pronto cubierto por una campana de cristal: extremadamente delicado, de una belleza frágil, como recubierto de una fina capa de laca. Pero el fermento primaveral, naturalmente, se había congelado. Y con él, toda la atmósfera de la primera mitad de mi vida. (Pág. 206)
A decir verdad, en el tío Helmuth se encarna el espíritu de una crítica social acrítica -como la llamaba John-, y en ello es un nazi potencial: porque en la crítica, dice John, reside la fuerza esencial del llamado Movimiento; en ella los nazis tienen siempre la razón. Sin embargo, al igual que la crítica de los nacionalsocialistas, la del tío Helmuth es demasiado general, demasiado global, por lo cual, en definitiva, no es maniobrable, como un barco sobrecargado de mercancías. Su crítica no surge del análisis sobrio, sino del resentimiento: el de una insatisfacción vital generalizada que se nutre de ofensas y humillaciones en gran parte imaginadas, por lo que no tiene un objetivo sólido ni un objeto palpable. El tío Helmuth reacciona con un reflejo involuntario a todos los estímulos imaginables que él percibe como rasgos de una fuerza enemiga que se le opone. Puede ser, igualmente, una dama con una piel de marta cibelina, un vagabundo que silba demasiado alto, algún anuncio publicitario tonto en un cartel, un besamanos, una forma específica de ponerse el sombrero; en particular, puede ser todo aquello que sirva de testimonio de una forma de existencia que a él le parezca más libre o desenfadada, más alegre que la suya y que, por lo tanto, la cuestiona. (Pág. 239)
El arte. Cada vez que oigo esa palabra veo a Gaia delante de mí: Gaia con un sombrero de flores. Cuando alguna conversación se dispara en barrena hacia esas cumbres de la cultura, veo ante mí a Gaia con ese sombrero: una enorme muñeca de chocolate con una tarta en la cabeza parecida a una rosa de Pascua. Gaia, la poderosa, la del cuerpo magnífico: uno ochenta y dos de luminosa estatura, setenta y ocho kilos de peso vivo, ciento cuarenta y cuatro libras de carne mulata, carne de color caoba, de aroma de vainilla, de brillo dorado de cereal en sus redondeadas cúpulas, piel que se oscurece con un tono violeta y marrón en las zonas sombreadas, carne encorsetada, cubierta de encajes, cintas, lazos, como una gigantesca muñeca de sofá; sus manos regordetas alzadas con sus deditos graciosamente plegados como si sostuvieran una pequeña batuta invisible que guiara sus cadenciosas y sagaces frases, tan divertidas y encantadoras, asombrosamente competentes y seguras... Y todo en dimensiones desproporcionadas, gigantescas: Gaia, la cariátide de chocolate sosteniendo sobre su cabeza la deshilachada, polvorienta y remendada magnificencia de flores de la cultura más refinada. (Pág. 599)
Era un ejemplar típico de florista vienesa: regordeta y envuelta (no solo a causa del frío) en incontables capas de enaguas, faldas, chalecos, chaquetas, abrigos y chales, con bufandas cruzadas sobre el pecho y la espalda, de color rojo o azuloso, como un bulbo de tulipán, y unos dedos que brotaban de los calentadores tejidos de las muñecas como los extremos de una raíz.
Había dejado su cesta de ramilletes de prímulas, violetas y narcisos en un rincón en el que fungían como tentación para cualquier pata de perro alzada, y corría -o mejor dicho: rodaba- alrededor de la plaza vacía en un ebrio zigzaguear. Sólo las ninfas de la fuente de Raphael Donner, tan bellas e inmóviles en su gracia estilizada y esbelta, la contemplaban; rodaba y volvía a rodar, al tiempo que lanzaba hacia arriba los muñones de sus mangas, con las puntas de las raíces, como queriendo levantar el vuelo, y graznaba entre jadeos: «Heil! Siegheil! Siegheil..!»; y aunque las floristas vienesas suelen tener una voz que daría envidia a los muleros de Anatolia, la suya era lamentable, parecía ahogarse en el eco de aquel gran vacío como la queja de una libre que se ahoga en un barril de agua de lluvia.
Y fue entonces cuando comprendí que algo extraordinario había ocurrido: un cambio de época. (Pág. 666)
Rezzori critica tanto la entrega sin reservas a Adolf Hitler y a su régimen del pueblo vienés (Anschluss), compuesto mayoritariamente por esa pequeña burguesía pacata, moralista y mezquina, como la mediocridad de la Europa americanizada tras la guerra. Esa gente que come en un puesto en la autopista ya en los años 60 ejemplifica para él la anonimización, la estandarización, la vulgaridad que se manifiesta también en los bloques de pisos, en los medios de comunicación, en las películas y en la literatura en general. Podemos asimilar la novela, entre otras posibilidades, como un zarandeo contra esa mentalidad de clase media adocenada en un país como España, que, aunque secundario a todos los efectos, pertenece al primer mundo. Sin embargo, no es Rezzori un ejemplo más de ese aristocratismo sobrevenido de ciertas estrellas de la cultura, como Vargas Llosa, encantado de conocerse, envuelto en una capa de elitismo neoliberal, amable con los pares y cruel con los demás.
Podríamos objetar, no obstante, que la reflexión crítica de Rezzori se refiere a una Europa complaciente consigo misma, paternalista, frente a la cual se alzó brevemente parte de la juventud en el 68, aun no conmocionada por las crisis de mediados de los 70, el cambio de paradigma del Estado del Bienestar por el neoliberalismo rampante, la caída del bloque comunista en Europa, etc. Asimismo, esa clase media, esa pequeña burguesía que execra está hoy ya muerta o, en todo caso, vive sus últimos días de pensionista. La potencia de sus valores ha menguado, en trance de desaparición. Hoy estamos inmersos en un marco económico y político distinto, dentro de un paradigma cultural que poco tiene que ver con el de aquellos años. Es posible, por tanto, que la mirada de Rezzori, sin duda eurocéntrica, sea en la actualidad más iluminadora respecto de los hitos que marcan cambios de época, más profunda e incisiva sobre el resentimiento de las clases medias en proceso de proletarización y empobrecimiento que constituyen el suelo nutricio del que crecen movimientos de ultraderecha. Procesos auspiciados por los habitantes de ese "Reino del Medio", ese mundo dentro del mundo: los superricos y multimillonarios a cuyo servicio consideran que debe estar el resto del planeta.
En fin, ya extraerán sus propias conclusiones al término de esta novela magnífica.
"Confieso que he leído" podría aducirse como autoinculpación en cualquier charla o discusión. Sobre todo, si es política o pretendía serlo. Seguimos empeñados en mantener opiniones sobre sistemas políticos, nacionalismos varios, valores morales o éticos en disputa, etc. sin haber leído un puto libro de historia, sociología, filosofía o sobre el asunto que sea. Y así nos va, si nuestra fuente de información, principal o única, sobre estos asuntos es Arcadi Espada, Carlos Herrera, las tertulias de la Sexta o Volverte a ver poco podremos hacer para entendernos. Puede parecer una perogrullada, pero si uno quiere saber, tiene que leer. Cuesta esfuerzo y tiempo, y la mayoría de las veces, dinero, pero no hay sustituto, créanme, ni siquiera los documentales de Youtube o de Netflix.
Además, la ignorancia del público, la de todos nosotros, es una excusa o justificación sostenida por ciertos sectores políticos e intelectuales para orillar en lo posible la participación popular en el gobierno (recordemos, por ejemplo, a Crozier, Huntington y Watanuki y su Informe a la Trilateral de 1975 sobre la gobernabilidad de la democracia). Esto último ha servido de soporte, por ejemplo, para los sistemas representativos imperantes en Occidente y, en los últimos 40 años en nuestro país y que se traduce en la frase del Hungtinton de "menos democracia es bueno para la democracia".
Por otro lado, nadie es tan experto en política que pudiera dejársele el gobierno en exclusiva. O, lo que es lo mismo, tampoco a un gobierno de expertos (epistocracia). El saber político está repartido por toda la sociedad, y hasta aún el más ignorante de nosotros tiene algo que decir respecto de sus problemas y necesidades. Es lo que tiene de atractivo la así llamada democracia epistémica, es decir, la teoría de la democracia que sostiene que es más probable acertar con las decisiones políticas si se incluye al mayor y variado número de personas posibles. Importan tanto la cantidad como la heterogeneidad social a este respecto. Así, la democracia se justificaría no solo por cuestiones morales respecto de la dignidad y autonomía del ciudadano sino también por su capacidad para tomar mejores decisiones políticas, por lo general, que las aristocracias, dictaduras o gobiernos tecnocráticos.
En fin, mediten políticamente con cordura.

Sabrán, sin duda, que existe literatura que no es ficción: memorias, cartas, reflexiones, biografías, aforismos, etc. Recuerden a Montaigne, o a Feijoo, o a Cadalso, o a Churchill o a Svetlana Aleksiévich, por citar unos cuantos autores conocidos. Es el caso de la obra que hoy nos ocupa, No guardes nada en tus bolsillos. Diario romano, del autor tinerfeño Bruno Mesa.
En este diario, con los meses por epígrafes, el autor nos cuenta sus experiencias y reflexiones de Roma (y algunas ciudades más como Venecia o Nápoles) y de Italia en general. Pero no es un relato de viajes al uso ni una guía de lugares que ver, ni mucho menos. Su intención es imbricar la ciudad consigo mismo, de tal modo que los lugares que visita, los paisajes que contempla, las personas con las que trata no son meros incentivos intelectuales o estéticos, sino que se vuelven catalizadores de una transformación personal que, quizá, no habría experimentado en otro lugar como su Tenerife natal. Que eso sea algo positivo o negativo, o que podamos pensar que otros sitios suscitarían también otras transformaciones se lo dejamos al autor y a los futuros lectores.
Asimismo, son de interés sus comentarios sobre la forma de vida de los romanos, y, por extensión de los italianos, normalmente mesuradas, observadas en primera persona. En este aspecto, falta mayor profundidad en la mirada aunque no le falte perspicacia. A veces, parece que mira detrás de un cristal, sin formar parte de lo que sucede ante sus ojos, y algo se pierde en esa distancia.
Bruno Mesa no duda en criticar con nombres y apellidos, lo que es de agradecer en esta sociedad, en general, y en el mundillo artístico-cultural, en particular, la gestión de la Academia española en Roma y la labor, por llamarla así, del director y del secretario. En su caso, insisto, dicha denuncia tiene más valor por cuanto no solo la hace con pleno conocimiento de causa, al estar becado en dicha Academia, sino por su ausencia de miedo a represalias o censuras institucionales en el futuro. No obstante, yo echo de menos un paso más allá en la crítica, o, al menos, en la reflexión del autor. Bien podría haberse cuestionado la existencia misma de la beca (no solo la suya, claro) y considerar hasta qué punto es útil no solo para sí mismo sino para la sociedad que la paga. En general, tendemos a dar por supuestas demasiadas cosas, y en este ámbito no podemos aceptar sin más la sublimación artística pagada con dinero ajeno si no hay justificaciones sólidas que la sostengan.
En lo que se refiere a la escritura, Bruno Mesa alterna brillantes descripciones y reflexiones frente a paisajes, esculturas, edificios, calles y personas de a pie con otras más relamidas y algo cursis relacionadas con los más cercanos a él. Es como si el impacto de las cosas (y de las personas desconocidas) sacara lo mejor de su prosa, y la relación con amigos y familiares, la banalizara. Como si el recuerdo de estas últimas no hubieran sido refinadas sino solo sentidas y no hubiera podido dar cauce óptimo a tales emociones. Además, en ciertos momentos, quizá por su actividad de poeta, hay frases de tono apodíctico que no resultan pertinentes y otras de aspiración aforística sin fortuna.
Ejemplos de lo primero:
Mientras recorro la Via del Corso encuentro dos mendigos tirados en la acera y algunos músicos callejeros. Junto al lujo que expone sus deformidades en los escaparates bajo un cielo halógeno, los pobres también se exhiben para sacarle unos cuartos al prójimo y seguir malviviendo. Entre los músicos callejeros hay un trío que toca algo que se asemeja al jazz, un trío formado por señores morenos y arrugados, canoso uno, los otros dos robustos y calvos, abrigados con gruesos jerséis de lana descolorida. Tocan sin inmutarse, ajenos a su propia música, apáticos y secos. Están lejos, lejos de la música que interpretan, lejos de sí mismos. Poco después me encuentro con una mujer en una silla de ruedas que toca una guitarra y canta. Su voz desgarrada y nerviosa agrieta la acera y se derrama por el asfalto como una humillación. (Pág. 27)
DETRÁS DE LA VENTANA la luz aún se pavonea como si fuera joven y deseable, se arregla el pelo en las pocas hojas de los plátanos y arden en los cipreses, luego desciende hacia el Trastevere y se duerme en los callejones donde empieza la noche. Son sus últimos segundos: pronto declinará hacia un ocre que se volverá grisáceo en las fachadas y los tejados. Igual que esta luz vamos nosotros camino de la noche.
Esta Roma fría de diciembre conviene con el paseo breve y rápido, con el capuchino tomado tras los ventanales de un bar. Las terrazas que en octubre aún aparecían llenas y ruidosas, hoy están vacías, mortecinas y encogidas. Es como si las calles se quedaran desconsoladas a medida que retroceden las sillas de las terrazas, que se agolpan en una esquina, bajo un plástico, como quien tirita. Esta ciudad no sabe vivir sin calor, y en invierno se refugia torpemente en pequeños recintos, que nunca sirven para todos. Una Roma sin vida en la calle es una ciudad escasa, enferma de espíritu, desabrida y contrahecha. (Pág. 65)
El calor dice hoy su nombre por primera vez este año. La sombra de los árboles y el aire acondicionado son acontecimientos que uno debe perseguir sin excusa. No es raro ver a una anciana parada en la acera junto a un alcorque, dos bolsas plásticas que descansan en el suelo junto a los pies hinchados, inmóvil en su islote de sombra, la boca abierta que deletrea el oxígeno.
Entramos sin dudarlo en el cementerio acatólico (sic) sombreado y húmedo. Cualquier cementerio es el mundo, y en sus lápidas y mausoleos caben todas las historias posibles. (Pág. 129)
Solo falta en este lugar la última escalera, el tramo que nos lleve hacia los escombros, los peldaños que nos devolverán a la escoria. Habrá que descender sin miedo. Habrá que regresar. Vendrán luego los helmintos y el mediodía, y con los siglos seremos la escalera que sube hacia la lluvia y nuestro nombre será cualquier nombre. (Pág. 162)
Ejemplos de lo segundo:
Uno de ellos es Pedro. Hace más de veinte años que lo conozco, y en ese tiempo aún no hemos aprendido a odiarnos. Lo suyo tiene mérito: soy alguien que carece de habilidades sociales, desaparezco cada cierto tiempo, soy voluntariamente frío e impaciente, y mi ironía suele detonarse al contacto con cualquier forma de vanidad, por mínima que sea.
Pedro, de una forma constitutiva, carece de fachenda y ejerce su ironía con el mismo método salvaje que uno. Eso nos une, aunque sea a la intemperie. Más allá de eso, no nos parecemos en nada. Él cuida a sus amigos, está atento a sus problemas es efusivo y bromista.Tiene un buen trabajo, es pudoroso con sus debilidades, y prefiere las diminutas alegrías de la rutina, la conversación sin medida y los placeres moderados. También prefiere la rotundidad de la ciencia en lugar de las conjeturas que propone la literatura. (Pág. 29)
Discuto toda la noche con María José. Los tres mil kilómetros que nos separan son una úlcera que crece y ha colonizado a las palabras, esas palabra que ahora se pasean por la pantalla del portátil con armas en las manos. Con qué facilidad se dispone el lenguaje en formación de combate.
Llega el momento en que nos agota la batalla y pactamos una tregua. No había cadáveres cuando empezamos, pero al terminar debemos caminar sorteando los cuerpos. En dos semana ella estará aquí. Debo acordar un armisticio. (Pág. 66)
Óscar es un socarrón que frecuenta las leyendas y se absuelve en las réplicas ingeniosas y en la mitificación de los perdedores. Los dos nos reunimos en un territorio de la conversación que tiene todo el aspecto de un juego. Stefano nos sigue a ratos, quizá pensando que nuestras ironías son formas de la desesperación. No se equivoca. (Pág. 155)
Aunque el balance final es notable, los defectos que he señalado impiden que No guardes nada en tus bolsillos sea redonda, que no llegue a ser lo que se vislumbra en muchos de sus párrafos. Una lástima. Aun así, es un libro notable, recomendable además porque se yergue con cierta majestuosidad sobre este páramo de mediocridades que es Canarias, que muchos festejan, a pesar de todo, como vergel cultural. Como dice el mismo Bruno Mesa en una entrevista de hace ya algunos años y que no está nada mal: "A la literatura en Canarias, le sobra y le falta lo mismo que a la literatura española: le faltan lectores y le sobran genios".
Sigo preguntándome, en esta época en la que percibo ya juventud acumulada, cómo se conforma ese itinerario en el que uno comienza siendo un buen tipo, con algunas intenciones loables, apenas sin maldad ni segundas intenciones y acaba siendo un corrupto. Me fascina, sobre todo, esa imperceptibilidad de la degradación: esos pequeños actos que no parecen sumar -uno siempre encuentra una justificación exculpatoria- pero que, si se mirara, aunque fuera solo por un momento hacia atrás se encontraría con una cifra abultada de inmoralidad. Fantaseo con una corporeización de ese proceso, como si pudiera tenerlo sobre lo mesa como un bulto, y examinar ese irse dejando, ese ir concediendo, ese ir rindiéndose, ese -a pesar de todo- intento final de considerarlo todo un sacrificio por un bien mayor o ese miserable concluir de que se sustancia en el "qué más da".
De repente, puestos a imaginar, que se encuentre uno, digamos, ya con cincuenta o sesenta y tantos, quizá admirado, un tanto menos envidiado, siempre presente en todos los saraos, los micrófonos abiertos para conferencias, discursos o presentaciones, sin notar nunca falta de cortesanos ni de alegres compadres, sentado, no sé, en la taza del váter, con ese ánimo ligeramente melancólico con el que se afrontan este tipo de diligencias, y vislumbrar siquiera por un instante la propia indigencia, el desastre, el naufragio, el pecio opaco en que se ha convertido cuando aspiraba a ser águila imperial. Debe de ser terrible.
Y es que no hay mayor pesadumbre que la vida consciente.
Podemos convenir en que la novela, escrita al parecer en 2000 (aunque publicada en Alfaguara en 2011) no es exquisita, que la historia (o la sucesión de ellas) deviene rocambolesca, que los personajes, en fin, no son verosímiles, sino casi caricaturas. Podríamos quizá encontrar aquí y allá más defectos, y sin embargo Ventajas de viajar en tren me parece una obra deliciosa, por sus mismas extravagancias, por sus acrobacias con el lenguaje, por sus elementos de metaliteratura y por su sentido del humor, por el sentido lúdico que atraviesa la obra de principio a fin.
Esta novela, que data de 2011, me retrotrae al regocijo que se experimentaba por sistema con las primeras lecturas de juventud, y que ahora, casi está de más escribirlo, solo siento en en raras ocasiones. Yendo más allá de las emociones, es decir, si ahondamos en la reflexión sobre cómo se suscitan, no puedo dejar de subrayar que el peso recae en el lenguaje. Esto, que parece obvio por tratarse de una novela, no lo es tanto cuando reparamos en que lo que prometen muchos autores (o los departamentos de marketing de las editoriales) es LA HISTORIA sobre lo que sea (novela DE AMOR, novela HISTÓRICA, novela ERÓTICA, novela sobre CORRUPCIÓN, THRILLER, novela NEGRA, etc.). Aquí, bien es cierto, hay una (varias historias, quizá ensambladas como, oh, horror, una muñeca rusa), pero es el poder arrebatador, la energía y el ritmo de las palabras, sus inteligentes cambios de estilo, incluso en el mismo párrafo o frase, lo que otorga fuerte personalidad, mucha fantasía y grandes dosis de humor a Ventajas de viajar en tren.
Además, está demostrado desde los tiempos de la Retórica que si se utilizan las palabras adecuadas en el orden preciso es posible desencadenar en el sistema nervioso esas reacciones bioquímicas que denominamos risa o inquietud, pero también otras más complejas, que reciben los nombres de calidez, proximidad, o esa otra sensación, la impresión de que los seres humanos tenemos alma, espíritu, personalidad, una dimensión interior a fin de cuentas. Pero no hay dimensión interior que valga. Eso que las personas buscan en el arte al caer la tarde, después de haberse comportado por el día como bestias, y que suelen llamar presencia humana, autenticidad, verdad, heridas del alma, eso no es más que un orden de palabras. Yo me río mucho de mis colegas en la clínica cuando hablan de la dimensión interior del ser humano. Yo les digo que la dimensión interior del ser humano es un cuento, y lo demuestro. (Págs. 17-18)
La novela fue saludada con simpatía por la crítica, que con la hondura, el rigor y la sensibilidad que caracterizan su lúcido discurso escribió:
El libro de Ander me ha gustado mucho. Trata de un chico joven que escribe guiones de las cosas que pasan en el telediario, en los partidos, etcétera. La idea es muy original y me ha gustado. También me ha gustado porque pone entre los capítulos como si dijéramos unos anuncios de publicidad que te pueden servir a lo mejor porque quieres comerte una pizza que te apetece y no encuentras en ese momento el teléfono y vas al libro y lo encuentras y mientras esperas la pizza pues lees un cacho. El lenguaje que utiliza es muy rico y variado abundando los nombres comunes o sustantivos, los adjetivos calificativos y los verbos como mirar, decir, pensar, etcétera, por ejemplo. También me ha gustado la foto que pone, aunque parece mayor de lo que dice. Yo lo conocí en la presentación del libro y me pareció un chaval muy simpático y dicharachero, que estaba de acuerdo conmigo en todo y luego me invitaron a cenar y me puse morado, la verdad. Luego nos fuimos a unas discotecas con otras personas del mundo de las letras. Sólo decir que nos lo pasamos requetebién, aunque me sentaron mal los calamares. (Págs. 75-76)
¿Qué puedo decir? La vida me pareció mucho más monótona, monocorde e insustancial que esa otra vida que reflejaba la literatura. Eso es lo que dicen los escritores, ¿no? Pues es verdad. Así como los personajes de una buena novela usan registros verbales diferentes, yo pensaba que cada persona hablaba de un modo marcadamente distinto, y que una conversación, como las discusiones de las novelas, era un corredor de voces entremezcladas, que se contaminaban las unas de las otras, formando una especie de caleidoscopio verbal. ¡Qué decepción! En la vida real casi todas las personas hablan del mismo modo, hablan como en el telediario, o peor. (Pág. 111)
Más que la riqueza verbal, que la tiene, o el punto de vista, marcado en este caso entre alternancias entre narrador en primera o tercera persona, yo lo que subrayaría es el tono de la novela, brillantemente consistente, sin caídas abruptas o desmayos ante callejones sin salida, tan habituales en escritores menos talentosos. Un tono firme y un estilo propio que revelan a un autor con personalidad, a un creador singular, como mínimo.
Puestos a criticar, podría reprocharse una mayor cohesión entre las historias, una ligazón menos caprichosa entre ellas y un mayor trabajo de los personajes secundarios, dentro de una estructura tampoco demasiado compleja.
Como apuntábamos al principio, no es una obra maestra. Ni siquiera creo que el autor aspirara a ello o que se propusiera escribir la gran novela española. Sin embargo, si fuera una primera novela, recién salida, yo escribiría aquello de "autor al que conviene seguir". Como no es la primera y Orejudo ya ha escrito varias más después, será cuestión, mejor, de leer las siguientes y comprobar su evolución (o decadencia) y ver de qué ha sido capaz. Recomendable.
Enero es un cuervo que grazna y que además tiene dientes. El mes de la resaca temprana y del desánimo de lo que queda por delante. Es un mes, por tanto, que esconde el fuego bajo el hielo, el hálito de la vida bajo la losa de los sucedáneos. Enero es un mes para forjar inicios, para idear planes que ya abandonaremos, quizá en marzo o en abril. A lo más tarde, en junio. Enero tiene nombre de dios caprichoso.
Desconfíen pues de enero, pero al mismo tiempo, ámenlo.
Escrito lo cual, me permito recordarles que publicar mucho no significa escribir bien, ni tampoco asegurarse la memoria en aquellos que nos sucederán. A veces, 'a' sólo significa 'a', ni 'b' ni 'c'. Así, publicar significa que lo escrito va a tener, digamos, forma de libro, encuadernado, con número de registro, etc., y que otros, aparte de quien lo haya escrito, podrán adquirirlo o llegar a su posesión, normalmente en una librería o tienda, física u on-line. Siguiendo esta lógica, muchísimas personas escriben, unas cuantas menos (pero no muchas menos) consiguen que se publiquen sus escritos, y muy pocas escriben buenas novelas.
Todo resulta obvio, pero a veces conviene recordarlo. Por la misma razón, una columnista de a diario, o de fines de semana, en el periódico local escribe mucho. No significa ni que escriba con estilo ni que sepa de lo que escribe. Sólo demuestra que ha adquirido el oficio suficiente para rellenar el espacio que le han dejado. Poca cosa, sin duda, pero eso es lo máximo a lo que aspira gran parte de nuestro periodismo y de nuestra intelligentsia local. A veces se confunden ambas, pero da igual, dado su, por lo general, paupérrimo nivel.
El mundo sigue girando, no obstante, por lo que deduzco que las miserias de los escritores sin talento ni ambición artística y de los opinadores ignorantes no importan demasiado.
Recordemos que esta es una novela: al menos se vende como una. Podrá ser también una autobiografía o, si quieren una autobiografía novelada, pero una novela. También es cierto que una biografía no necesita ser una novela para que se le pudiera considerar literatura. En todo caso, la biografía novelada rellena los huecos con imaginación y con presunciones y suposiciones, y aspira no a un mero contar, sino a un contar artístico. Ese fue el caso de la lamentable Ordesa, de Manuel Vilas y este es el caso de la más que digna Honrarás a tu padre y a tu madre, de Cristina Fallarás.
Hay que señalar que la novela de Fallarás tiene dos planos principales: a) la narración de la historia de sus antepasados por la rama materna y la paterna; b) la narración de sí misma. En el caso a), las historias se leen con interés: como yescas que prenden en la noche de la memoria, los fogonazos de luz que Fallarás ha logrado arrojar sobre sus ascendientes y, por ende, sobre parte de la historia de España, resultan literariamente notables. Una prosa cuidada, contenida, salvo excepciones, de conducción firme. Los diálogos son correctos, logrando que los personajes se muestren mediante sus mismas palabras, a los que además dibuja con contados pero significativos trazos.
Cuando llegan frente al cementerio de Torrero, el Félix Chico ya ha tenido tiempo de arrepentirse de su vida entera, planear una nueva y entender que va a morir.
Afuera hace horas que se ha cerrado la noche. A las nueve nada se oye, ningún ladrido. Ya lo ha dicho Revilla, su amigo, en lo que ahora le parece otra vida, hasta los perros han salido huyendo del camposanto. La media luna despejada ilumina una tierra desnuda y seca. Los hombres mudos desde que han apagado el motor, tiritan sin mirarse. La tapia de ladrillo ocre, del humilde ladrillo de tierra sin agua, no llega a los diez metros. La tapia es todo. El final desnudo, seco, ocre. (Pág. 72)
Ya han empezado los gritos y los cánticos. A las puertas del colegio de los jesuitas de Valladolid, a las once de la mañana de este 4 de febrero se agolpan varios cientos de personas que ocupan la calle entera y algunas de las vías aledañas. "¡Arriba los valores hispánicos!"Desaparece el control del cuerpo. Tiembla la barbilla y las manos tiemblan y las piernas parecen perder sus huesos. Desaparece el control del cuerpo. Un fogonazo echa a temblar la mente, que no atina, y entonces la inteligencia no es inteligencia sino este fogonazo. Desaparece el control del cuerpo. Unas ganas insoportable de orinar dan paso al grito.
-¡¡Delfín!!"
Allá lejos, su hermano menor alcanza a oír el alarido de Pablo. Este mira hacia todas partes para localizar a su tía Cristina. Tras el empujón de los guaridas, un grupo de las JONS la arrastra hacia el centro del tumulto. Cantan himnos a favor de la muerte, España y la muerte, Su España. Pablo interroga a Delfín con la mirada. Ha perdido el control de su cuerpo y tiembla junto a la puerta principal del colegio por la que acaban de entrar las autoridades republicanas a tomar posesión. ¡España", una voz bronca, rota. ¡Una! Su hermano menor se encoge de hombros, muestra las palmas hacia arriba y enarca las cejas en un gesto de qué le vamos a hacer. ¡España!"¡Grande! En un gesto de Tú lo has querido así. Se da la vuelta y se une a un grupo de jonsistas. ¡España! ¡Libre! Pablo alcanza a ver cómo, entre cientos de cabezas, su hermano Delfín saca la mano y en la mano un objeto. Entonces suena un tiro y él, Pablo, se vuelve hacia donde avanza el Gobernador y grita con toda la fuerza de su temblor.
-¡¡¡Viva la muerte, carajo!!! (Págs 125-126)
En el b), quizá por hablar de sí misma y de su mundo interior, de sus emociones y reacciones, la autora se suelta, pero para peor. No solo es que el tono afloja, se deslavaza, aunque se pretenda más dramático o enérgico, sino que sus reflexiones y conclusiones no emocionan, al menos no suscitan la impresión que sí proporcionaban las historias familiares. Esos defectos puede que resulten inevitables, en la medida que la investigación familiar necesita de un esfuerzo metódico, lo que impregna la narración, y que no sucede con la propia expresión de sentimientos y relato de los avatares personales.
La urbanización cerrada y vigilada a la que llamaron Grand Oasis Park surgió de una idea que cuatro décadas después ha acabado teniendo mucho predicamento: nuestros hijos -genética aparte- no son fruto de la educación que les damos, sino de la influencia de su entorno, digamos que en un porcentaje de un veinte frente a un ochenta por ciento. Los intelectuales ultraconservadores, siempre tan preocupados por encontrar una exculpación a sus abscesos. Lo hijos, oh, fruto del entorno. Delitos, faltas, flor de contexto. De ahí urbanizaciones como la Grand Oasis Park, para aislar a los vástagos de posibles infecciones. (Pág. 35)
Entiéndase que yo no es que tuviera un abuelo asesinado o fusilado en la Guerra Civil española. Ni siquiera un abuelo asesinado a secas o un abuelo que desapareció. No tenía un abuelo en absoluto. No tenía un abuelo por la simple razón de que mi padre no tenía un padre. Punto. Nada. Se llama Elimina el Rencor y Olvida lo Que Pasó. Se llama Rencoroso el Que se Acuerde. Se llama Tú te Callas porque Perdiste la Guerra. Se llama Olvida que Existió.
No tengo mito. No tengo ausencia. No hay dolor en el no-abuelo que tengo. No he recibido ni sufrimiento, ni rabia, ni melancolía, ni nada de nada. Por eso, deduzco, no siento nada. Pasmo, si acaso. (Pág. 88)
Qué acierto, qué acierto dejarlo todo y salir a pie, echarme a andar. A medida que han ido pasando los días en la Grand Oasis, se ha afianzado mi convencimiento de que aquel arranque fue ya el primer paso para salvarme, y que sin eso, sin haber echado a andar desnuda de las cosas y las personas, nada de todo esto habría sido relatado. Aquello que poseemos, que creemos poseer, ahuyenta a nuestros muertos, impide que sus voces lleguen hasta nosotros. Quizás todo silencio, todo miedo, toda cobardía estén construidos para poseer, para acumular, para no perder aquello que creemos poseer.
O podría deberse también a nuestra necesidad de ser amados. O sea, de pertenecer. (Pág. 167)
En todo caso, la indagación moral de Fallarás no consiste en la crueldad de los vencedores de la guerra civil y la bondad de los perdedores, en un maniqueísmo que resultaría impropio de la inteligencia que evidencia. La autora pretende más bien indagar y a continuación superar los silencios en una familia cuyas ramas paterna y materna no solo estuvieron en distintos campos tras el golpe franquista, sino también en distintos campos sociales, antes y después. En ese sentido, el silencio de la familia es el reflejo a pequeña escala del silencio que España ha mantenido tanto tiempo respecto de la Guerra Civil, silencio de humillación y de vergüenza, y silencio de advertencia, no lo olvidemos. Un silencio que envenena y que no consigue hacer olvidar, sino que reprime, y ya se sabe que lo reprimido siempre retorna, y con más fuerza.
El resultado resulta, pues, algo disparejo, pero, por encima de ello, nos encontramos con una historia conducida con pericia, y con frases y escenas que la hacen, en definitiva, buena literatura.
Cuando se habla de literatura, es habitual hablar de buena literatura o de mala literatura. También, quizá algo menos frecuente, de alta (sic) literatura y de baja (sic) literatura, quizá como reflejo de la dicotomía conceptual entre alta (sic) cultura y baja (sic) cultura, o de manera más cursi como "arte con mayúsculas"y arte, se supone, con minúsculas. En estos casos, cualquier tipo de ficción que responda a unos mínimos se incluye bajo el epígrafe de Literatura, y es dentro de ella cuando se realizan las distinciones correspondientes.
Algo más extrema es la opinión, quizá de elitistas de la literatura (y del arte, en general), de que hay productos de ficción (aunque ficción es también un concepto problemático), la mayoría, que pueden ser bestsellers; otras, meros entretenimientos, etc., pero que no corresponden, no entran dentro, de lo literario. Para ellos, la literatura, como conjunción de forma, método de investigación y reflexión moral y logro estético, solo abarca unas pocas obras a las que se ha considerado de calidad suficiente. En el primer caso, encontraríamos a Terry Eagleton (El acontecimiento de la literatura), por ejemplo, y en el segundo, a Eduardo Lago (Walt Whitman ya no vive aquí).
Yo soy partidario del primer punto de vista (aunque simpatice con el segundo) porque a pesar de que uno pueda detestar profundamente muchas novelas como las que he reseñado en este blog, no puedo negarles la categoría de literatura. Creo más bien que la opción por la exclusión de Eduardo Lago constituye el afán por acotar un espacio en el que solo lo verdaderamente artístico pueda entrar: una zona vip para obras selectas aunque siempre pueda uno cuestionar cualquier canon y al tribunal que dicta las inclusiones en aquél.
Trayéndonos esta dicotomía al ámbito local, resulta evidente que a tenor lo que se publica cada año, no hay peligro de escasez de producción literaria canaria (o española). Si yo fuera Eduardo Lago, supongo que, por el contrario, solo vislumbraría un desierto literario pues rara es la novela (excepciones hay) que me haya impresionado de tal modo que pudiera calificarla de Literatura (con mayúscula). No obstante, siempre comienzo a leer con la esperanza de la epifanía.
Valgan estas reflexiones, no exhaustivas, para presentar la reseña de la siguiente novela:
Esta novela, escrita por el autor portugués Gonçalo M. Tavares, autor del que me atrevería a decir que no es tan conocido como, por ejemplo, el casi omnipresente y casi canario de adopción José Saramago, se publicó en 2003 y fue traducida al español en 2006. Así pues, no se trata de una novela reciente, y, como de otros autores/as que de los que he escrito en el Polillas, es posible que su estilo y sus preocupaciones hayan cambiado. No obstante, siempre me enfrento a una novela no como si fuera la primera o la última, sino como si fuera única. Considero que su valor artístico-literario no debe depender de otros contextos extraliterarios que el de mi reflexión, pues yo ya estoy situado en el tiempo y en el espacio y a mí me corresponde, en todo caso, llevar a cabo la labor hermenéutica que considere procedente.
Un hombre: Klaus Klump es una novela que desde el comienzo ya tiene una virtud: un estilo propio, construido en gran medida a base de frases cortas, con abundante uso de metáforas y símiles que a veces se acerca a la poesía y en otras al aforismo (últimamente tan de moda, al menos en las Islas):
La bandera de un país es un helicóptero: hace falta gasolina para mantenerla en el aire. La bandera no es de tela sino de metal: se agita menos al viento, ante la naturaleza.
Avanzamos sobre la geografía, estamos aún en el lugar de antes de la geografía, en la pregeografía. Después de la Historia no hay geografía.
El país está inacabado como una escultura. Fíjate en la geografía de un país: le falta terreno, escultura inacabada. Invade al país vecino para terminar la escultura. Guerrero escultor. (Pág. 11)
La novela, a través de unos cuantos personajes: Klaus, Johana, Hertha, Xalak o Leo Vasta, entre otros, narra la situación de un país que ha sido invadido. Así, la suerte de los ciudadanos, la resistencia guerrillera, la brutalidad de los conquistadores y, sobre todo, la lucha por la supervivencia conforman ejes a partir de los cuales se desarrolla la trama, mediante las historias entrecruzadas de aquellos.
Destaco, sobre todo, que el tono que Tavares consigue imprimir, mediante ese estilo propio, que se sustancia en escenas de gran condensación narrativa, y por tanto potentes y evocadoras. Consigue imágenes inéditas de una resonancia perdurable, lo que ya es mucho decir.
Nadie ama a un cobarde, lo que significa que mientras se ama no se logra ver la cobardía en el otro.
Un día, Johana volvía de la tienda de comestibles con tres manzanas carísimas y oyó una orquesta que, en medio de la calle interrumpida y casi vacía, tocaba músicas que ella no conocía. No había palabras, pero la música no era de su país. Esta música no es de aquí, pensó Johana, y empezó a correr muy deprisa, en dirección a casa, y mientras corría lloró.
La música es una señal de la humillación. Si quien ha llegado impone su música es porque el mundo ha cambiado, y mañana serás un extranjero en el lugar que antes era tu casa. Ocupan tu casa cuando ponen otra música. (Pág. 27)
Una mariposa asquea hasta cierto punto. Una belleza en avión minúsculo, demasiado colorido. A Klaus le gusta coger mariposas con la mano derecha y apretar con fuerza hasta que entre los dedos le saliera una sustancia de colores. Es el único animal que incluso aplastado resulta estético. (Pág. 31)
Klaus tenía los labios negros, como si hablara otra lengua. Había perdido la patria, y con ella cada palabra antigua se había vuelto escandalosa. Eran palabras negras. Le quemaban los labios.
Klaus, de joven, había sido famoso por sus labios prominentes, labios indecentes, al decir de alguna chica.
Klaus estaba en la cárcel junto a Xalak, el hombre que salivaba demasiado, el hombre que le había babeado la nuca, el hombre que era el dueño de la celda. Se habían hecho amigos. Xalak era el mayor, era el jefe. Hace siete años que comparten la misma celda. Hablaban. Pág. 67)
El problema consiste en que este estilo fragmentario, de frases cortas y párrafos menudos, requiere una tensión constante para que el tono no decaiga, lo que no siempre se consigue en esta obra. Así, a menudo tiene uno la impresión de cierta banalidad en la información, y se producen repeticiones que empobrecen el texto, aunque el resultado, en general, sea más que convincente.
Aparte del estilo, las historias, aunque relacionados por los vínculos que tienen entre sí los personajes, no acaban de formar un todo literariamente sobresaliente. Por esto quiero decir que hay personajes que no logran encarnarse del todo: algunos aparecen difuminados mientras otros, como es el de Klaus o Hertha acumulan protagonismo, sin que las razones parezcan claras salvo en que sus avatares desembocan, quizá, como metáfora de la misma humanidad en distintas formas de llegar al mismo conformismo, ya sea por la rebelión, ya sea por la adaptación. En el plano moral, tal vez sea realista, pero también decepcionante. En estas ocasiones, me planteo el porqué de las historias, una vez que ya hace tiempo que no nos hacemos ilusiones sobre la supuesta inevitable marcha hacia el progreso de los seres humanos.
Al mismo tiempo, a pesar del entrecruzamiento de las historias, no puedo dejar de percibir la atomización de los personajes, por cuanto parecen mónadas aisladas que, de cuando en cuando, chocan con otras, pero sin que eso suponga una transformación de alcance general. Las mismas historias dan la impresión de parábolas sin conclusión o sin enseñanza. Como si el artefacto metodológico hubiera sido la creación de minirrelatos independientes pensados para conectarse en un punto B o en uno C y confiar en que cualquier impresión que hubiesen logrado suscitar en nosotros fuera suficiente. Quizá tanto la contención estilística como lo ajustado del diseño narrativo suponen un cinturón de pocos agujeros para que la novela dé de sí todo lo que contiene en potencia.
Bien puede ser que todo lo que estoy diciendo como un defecto sea una virtud para otros, si la intención final no fuera otra que transmitir la impotencia y la soledad de los personajes en un mundo áspero, hostil y violento. En tal caso, solo habría que culpar a mi insuficiente inteligencia y a mi embotada sensibilidad. Sea como fuere, esta obra es literatura con aspiraciones y no de entretenimiento fugaz.
Resulta francamente vergonzoso ver cómo personas a las que uno tuvo la desgracia de conocer, obligado por tener que mantener algún tipo de trato profesional, laboral o social, y que se comportaron como verdaderas hijas de puta (no en sentido literal, sino en el común: malvadas, malas) van por ahí, sobre todo en las redes sociales y, las que pueden, en los medios de comunicación, dando consejos de vida y exhibiendo un talante progresista. Pasmoso, de rechinar los dientes. Mucha de la mala fama de lo progre proviene de esos ejercicios de hipocresía. En el espacio público es común que se defienda lo propio haciéndolo pasar por algo de interés común, y no menos hacerse pasar por abanderado de la justicia en general cuando se es injusto en particular.
En otro orden de cosas, la producción literaria no para, no para, y sus puestas de largo, también llamadas presentaciones, en librerías, casas-museo, caserones, casinos, bodegones y páramos desolados se anuncian como eventos culturales. Al fin y al cabo, se publicita como relevante lo que no es más que incitación a la compra. Uno tiene que ver de todo en esta vida para morir con impresión de hartazgo y apariencia de completitud. Además, de algo tiene que vivir un montón de gente dedicada a eso que llamamos cultura, que, la mayor parte del tiempo, no es más que, parafraseando a Alain Brossat, imposiciones de consenso, ideología de cohesión y ocultación del conflicto social.
En fin, que me pierdo. Tiene el controvertido honor de ser causa de la primera reseña del año de este blog minoritario la siguiente novela:

Así es, La espiral del silencio: título homónimo de una obra de la politóloga Elisabeth Noelle-Neumann y que versa, grosso modo, sobre el peso aplastante de la opinión mayoritaria en la sociedad sobre las disidentes, que suelen quedar acalladas. Es, como pueden apreciar, un concepto de uso común entre los sociólogos, teóricos de la comunicación y también para algunos periodistas, entre los que se incluye la autora (free-lance). El periodismo de investigación y sus riesgos constituyen el leitmotiv de la obra. Así, según se señala en la contraportada: "Es una novela que reivindica la libertad de expresión, y hace un guiño a la falta de protección de los profesionales de la comunicación en zonas de conflictos". Loable intención, sin duda.
No obstante, no bastan las buenas intenciones para escribir una novela aceptable. Si fuera así, todo sería más sencillo, porque miren que hay asuntos lamentables sobre los que escribir de nuestra desgraciada condición humana y del mundo en general. La espiral del silencio denuncia mucho, una y otra vez, pero como creación literaria resulta muy deficiente en todos los aspectos que uno pueda imaginarse. Me atrevería a decir, a tenor de lo leído, que incluso en aquellos ni siquiera sospechados.
En la novela se narra la investigación del asesinato de una periodista, Frida, presuntamente por un grupo de sicarios de ramificaciones internacionales, especializados en matar periodistas críticos con el poder: gobiernos, mafias, etc. Sobre esta base, la autora pretende lanzar un alegato a favor de la libertad de expresión, de prensa y de la democracia.
La novela está contada desde dos puntos de vista. El primero, el predominante, es el habitual de un narrador en tercera persona, enfocado en la personaje principal, Sandra que es criminóloga. Esta, acompañada de un amigo fotoperiodista, Nico, intentarán resolver las causas del asesinato y si es posible denunciar a sus perpetradores. El segundo punto de vista consiste en periódicos monólogos interiores de Sandra (en cursiva). En ambos casos, el estilo de Mayte Martín es deplorable: es posible que haya recorrido todos los senderos posibles que llevan al lugar común, a la frase hecha y al personaje manido, vistos y leídos un millón de veces.
Aparte de eso, no hay voluntad de estilo. No se percibe el menor esfuerzo por construir párrafos o frases con intención artística, por modesta que se pretenda esta. No hay condensación del pensamiento, aquilatamiento de la idea, pulimentado de la intuición. No hay literatura, no hay arte por ningún lado. Nada que la haga una novela que merezca la pérdida de tiempo en leerla, por insulsa que sea nuestra vida. No sé que es peor: los intentos de la autora por dotar de vida interior a la protagonista, las escenas de pretendido erotismo o los párrafos que denuncian la situación de los periodistas por el mundo.
Normalmente, selecciono fragmentos que ejemplifiquen lo que afirmo, mis impresiones de lectura. En La espiral del silencio cualquier párrafo vale, todos son igual de insustanciales. Voy con algunos:
Sandra pensó que de haber sido periodista le hubiera encantado hacer todos esos reportajes... sintió cierta envidia al recordar la cantidad de veces que la acompañó a recoger premios... su amiga iba siempre guapísima con su pelo rizado rubio, sus escotes, sus zapatos de tacones para ocasiones especiales. Frida era una chica muy atractiva, quizá algo menuda, pero no le restaba interés... era muy coqueta, le gustaba llamar la atención, en verano con tops enseñando el ombligo y zapatillas planas con los dedos al aire, eso sí con pantalones, rara vez usaba trajes o faldas, pero no necesitaba enseñar las piernas porque se imaginaban bajo los pantalones de telas vaporosas.
El día de su muerte llevaba unos vaqueros, una camisa blanca, botas de tacón y un minúsculo chaleco del mismo color... siempre con aquellos interminables escotes que dejaban ver en muchas ocasiones su ropa interior cara, de encajes y colores. Tenía poco pecho y solía usar sujetadores con relleno. Le gustaba mucho la ropa interior, le daba más importancia que lo que llevara encima, y no reparaba en gastos cuando se trataba de adquirir su lencería. Incluso en invierno se las apañaba para llevar escote. Le gustaban las mujeres guapas, era exigente con ello, además femeninas, como su mujer. Mercy es más alta y de mayor envergadura, pero sin duda también una mujer muy atractiva. De cabello castaño lacio, jamás por debajo de los hombros y siempre arreglada de peluquería, con una manicura y pedicura siempre impecables y una forma de vestir algo más recatada, más de trajes chaquetas, faldas rectas y blusas bien abrochadas, carecía del desparpajo insinuante de Frida, pero era muy guapa, se daba un aire a Olivia Wilde, algo que ella explotaba y por lo que se ganó el apodo de Trece. Dos mujeres muy guapas, sin duda y hacían buena pareja, se entendían a la perfección. (Págs. 21-23)
Le sorprendió la actitud de Nico, y comprendió entonces que sí él como periodista estaba dispuesto a pasar por un cambio radical, es que su olfato iba más allá de la amistad con Frida, que era intensa, pero su interés por la verdad era lo más grande que poseía, lo que le hacía un ser especial, adorable.
Nico afeitado, con corte de pelo y nuevo vestuario no parecía él... pero ella con pelo largo rubio, maquillada y minifalda... se miraban en el espejo y parecían realmente otras personas. Ella estaba acostumbrada a los cambios de imagen, los criminólogos y detectives muchas veces hacen cursos de maquillaje e imagen para poder pasar desapercibidos, pero nunca se le ocurrió ponerse melena larga y rubia nórdica... Pensó si los policías del aeropuerto los reconocerían, y rio en silencio. (Pág. 37)
Frida era una estrella, de esas personas que nacen con tanta luz, popular, habladora, risueña... siempre trataba de echar una mano a quienes no tenían su misma suerte. Divertida, despreocupada, aquella forma de ver la vida como una inmensa obra de arte. Decía que todos éramos parte de un cuadro, de una obra de teatro, personajes de novela, que todos éramos piezas de ajedrez, fichas de parchís, blancas de dominó, ases en la manga y comodines para el mundo. Me exasperaba a veces con su cierta dosis de cinismo e incluso nihilismo, a veces era la persona más creyente del mundo y acto seguido blasfemaba. Era feminista a muerte, pero a veces ofendía a algunas mujeres. Me decía que todos teníamos contradicciones, que somos aristas de un poliedro y no podemos tener opiniones irrefutables e inflexibles. Frida era mi amiga, esa es la palabra que la define, amigo, todo y nada... ausencia y a la vez tengo tanto de ella. Debo seguir mi instinto, sé que tengo que buscar más allá de la noticia que busca Nico, tengo que leer entre líneas, tengo que trazar un nexo común entre todos estos datos, debo encontrar mi propia línea de investigación. Voy a sacar la brújula interior, tiraré los dados marcados que ella dejó, solo debo encontrar las muescas. (Págs. 114-115).
Es así la novela hasta donde pude leer, como si a la autora le hubiera acometido un ataque de escritorrea y, con el entusiasmo de esos momentos, la hubiese excretado de un tirón. También es digno de reseñar su apego por los puntos suspensivos, que se vuelven de lo más irritante, por arbitrarios. "En busca del estilo sincopado" o algo así podríamos titular.
Un par de ejemplos:
Sandra no pudo continuar leyendo... buscó desesperada una botella de vino donde de sobra sabía que había... en el camino encontró una de tequila y eso le sirvió para que después de un par de tragos a pelo, sin comer, después del viaje y el cansancio acumulado por el insomnio le diera por llorar... llorar a moco tendido, llorar hasta desfigurar sus ojos hinchados, su nariz colorada... y encontró un hombro en el que llorar... unos brazos que la llevaron hasta el baño más cercano para vomitar, la bilis, la hiel... el dolor...
Nico la metió en la ducha... la refrescó, la llevó hasta una habitación donde la metió en cama y dejó que durmiera. Buscó por la casa aspirinas, paracetamol, ibupofreno (sic)... algo que pudiera calmar la jaqueca que sabía iba a desencadenarse ... buscó comida, algo que preparar en una casa fantasma... una casa que tenía esculturas y cuadros hasta en los cuartos de baño, la cocina... parecía los bajos de un museo y un museo que él no conocía. (Págs 40-41)
El periodista mexicano y sus compañeros intentaban hacer un análisis profundo de la realidad del narcotráfico y el tráfico de armas, lo que les convertía en héroes nacionales... tenían un control exhaustivo de la situación... no solo de su país, sino que habían creado una organización internacional una red casi tan preparada como la de las mafias, en la que sus armas eran la información. Contactos con Colombia, Perú, Argentina, Paraguay... (Pág. 65).
Los diálogos, por seguir desmenuzando, son, en la línea que estamos apuntando, romos, toscos y, lo peor, previsibles. La novela comienza con uno entre Sandra y Mauri, un policía:
-Mauri déjame que te ayude con este caso, sabes lo importante que es para mí...
-Precisamente por eso no puedo dejarte, estás demasiado implicada personalmente, sí que no me toques las pelotas y desaparece de mi vista, bastante tengo ya con aguantar a los jefazos.
-Sé que es mucha presión, los medios, el colectivo de lesbianas, las feministas, la familia, y nosotras las amigas, pero por eso me necesitas más que nunca. Mi relación personal con ella puede ser positiva. Ha pasado una semana y ya estoy mejor, ahora puedo empezar a recomponer todo y ayudarte a buscar a quien la mató.
-Sandra lárgate ya, te he dejado pasar por ser tú pero, estoy hasta los cojones de que venga todo el mundo a presionarme con esta historia. ¿Sabes la de llamadas telefónicas de locos y locas que recibimos al día que reivindican el asesinato o que llaman para decir que lo merecía, o que te preguntan si es verdad que ha muerto o forma parte de un programa televisivo? La gente está loca, Sandra, y tenemos que lidiar con eso cada día, lo que me faltaba encima aguantar a una detective privado... así que desaparece de mi vista, no has venido en buen momento.
Y solo otro más, para no abusar:
-¿Qué haces aquí Nico?
-Tenemos que hablar
-Con esa cara tan seria que me has puesto ¿no me dirás ahora que estás embarazado?
-Esto es serio, San, muy serio... Vamos dentro y te lo explico. Sandra no sabía qué pensar ni cómo reaccionar a lo que Nico había dicho... le metía prisa para que recogiera las cosas más básicas que necesitara, que cogiera ropa y enseres necesarios, que no podía usar el móvil, ni el portátil... tenía que dejar atrás sus cosas, incluido su perro.
-No sabemos cuánto nos va a llevar esto -decía Nico- pero, está claro que te va a costar, yo estoy acostumbrado a desaparecer.
-Pero es que no entiendo nada, Nico, ¿que estemos en peligro, el que alguien quiera asesinarnos?
-Te lo he explicado Sandra, ¿no me escuchás?, sé que estás en shock pero esto es lo que hay... Frida lo sabía... ella ha repartido pruebas entre tus archivos y los míos y ellos no tardarán en descubrirlo.
-Ellos, ellos, ¿pero quiénes son ellos?
-¿Y esa pistola?
Si estamos en peligro como dices no les vamos a dar facilidades... esta es mi pistola... tengo un par de aerosoles de gas...
-¿Pero estás loca? ¿Un arma?
-Te recuerdo que tengo permiso de arma y que estoy capacitada para cualquier defensa personal... -casi aulló desesperada-. Ya tengo todo lo necesario, incluido mi maletín de espionaje.
-No pienses que esto es una novela negra, esto es la pura realidad, nos enfrentamos a lo desconocido, pero quien sea o quienes sean, ya han matado a Frida y no van a dudar en hacerlo con nosotros que somos menos populares que ella. (Págs. 28-29)
Ya ni siquiera voy a nombrar los solecismos, para qué, o la falta de claridad o de criterio con el uso de las comas. Y el enorme aburrimiento que provoca su lectura. Todo es de un nivel ínfimo, tanto que hace grandes (exagero) a algunas novelas noir que he denostado en otras reseñas. Me di por vencido en la página 121. En definitiva, una novela terrible.
P.D. Una reseña opuesta a la mía y publicada en Dragaria la pueden encontrar aquí, de Marcos Rivero Mentado. Otra, de la Premio Canarias de Literatura, poeta y novelista (esto último, en sus peores días), Cecilia Domínguez Luis, también en Dragaria, aquí. Y aquí, del famoso opinador y novelista de historias que se ensamblan Emilio González Déniz. Las tres se parecen en lo que cuentan y sobre todo en lo que omiten.
Tocan las listas. Que no digo yo que deba ser un destino inevitable o necesario, ni que sirvan a casi nadie más que para el lector despistado o para el comprador apresurado. A veces, sin embargo, una lista puede servir de guía para al que no le apetece leer reseñas y quiere ir al grano. Si se hace con buena voluntad, que no es lo que suele abundar, ya que la gran mayoría de suplementos culturales y blogs tipo "a mí me gusta mucho leer" no ejercen otra cosa que el buenrollismo, puede conducir a gozosos descubrimientos. Pues que sea por eso. En todo caso, me gustan más las contra-listas. Es decir, ya que los departamentos de marketing se empeñan en publicar listas de lo supuestamente mejor para incentivarnos a comprarlo, los noístas chinchosos como yo publicamos también listas de lo peor: viva la pluralidad.
Así pues, sin más dilaciones ni ambages, paso a las listas de las lecturas del Polillas en 2018. No hay orden jerárquico, pues distinguir entre lo muy malo y lo deplorable o entre lo excelente y lo mejor aún resulta un ejercicio de discernimiento inútil. Aléjense de los libros de la primera lista y acérquense a los de la segunda.
LAS PEORES
- Ordesa, de Manuel Vilas.
- ¿Quién cuidará de mis guardianes?, de Alba Sabina Pérez.
- Alicia, de Miguel Aguerralde.
- Malaquita, de Juan-Manuel García Ramos.
- El perfil de las esquinas, de David Galloway.
- Los perros duros no bailan, de Arturo Pérez-Reverte.

LAS MEJORES
- Tala, de Thomas Bernhard.
- Trilogía de los sonámbulos, de Hermann Broch.
- Mientras agonizo, de William Faulkner.
- Los países, de Marie-Hélène Lafon.
- Extinción, de David Foster Wallace.
- El Maestro del Juicio Final, de Leo Perutz.
- Naves en el cielo, de Luis Junco.
- Días de paso, de Javier Estévez.
Se puede deducir de ellas que ha habido más lecturas buenas e intensas que deplorables, lo que constituye motivo de alegría y regocijo. Espero que se repita esta tendencia en 2019. Algunas podrían haber entrado con los mismos derechos y merecimientos, sobre todo en el registro de las mejores.

Ahora paso a escribirles una lista, por supuesto incompleta, de excelentes lecturas de no-ficción:
- El gran hartazgo cultural, de Alain Brossat. (Libros recomendados: ojo con el arte. (443) A. Brossat "El gran hartazgo cultural". - YouTube)
- Transiciones de la Antigüedad al Feudalismo, de Perry Anderson.
- Modernidad líquida, de Zygmunt Bauman.
- Storytelling, de Christian Salmon.
- The world of late antiquity, AD 150-750, de Peter Brown.
- La idea del socialismo, de Axel Honnheth.
- Marx desde cero... para el mundo que viene, de Luis Alegre Zahonero y Carlos Fernández Liria.
- El gran retroceso, VV.AA.
- El rechazo del trabajo, de David Frayne.
- Poder y sacrificio, los nuevos discursos de la empresa, de Luis Enrique Alonso y Carlos J. Fernández Rodríguez
Es muy probable que haya pasado por alto otras igual de buenas, sobre todo del primer semestre, pero así son la memoria y los límites implícitos en toda delimitación para que la selección no se transforme en catálogo.
Respecto de los reseñadores, este año no haré ranking, porque aparte de Cecilia Domínguez Luis y Mayte Martín (cuya execrable labor he reseñado en el Polillas anterior) no he percibido novedades en el mundillo. Además, algunos de nuestros favoritos, como Ibrahim Chamali, Santiago Gil o Emilio González Deniz, apenas se han prodigado, sin duda por su dedicación a labores más excelsas, lo que es de agradecer. En todo caso, respecto de la literatura extranjera, repito mis elogios del año pasado del blog de Antonio Bordón.
Eso es todo, red amical. Nos vemos en enero.