miércoles, 13 de octubre de 2021

'De un país en llamas', de Javier Hernández Velázquez

 He de confesarles (lo escribo así, soslayando su posible desinterés por mis actividades) que la semana pasada, el día de la inauguración, decidí entrar en el recinto de la Feria del Libro de Las Palmas de Gran Canaria, en esa explanada del Parque Santa Catalina. Estuve allí escasamente hora y media, pero valieron por muchas más. Es lo que tiene asistir a de modo consecutivo a dos promociones de libros (no presentaciones, porque ambas novelas llevaban ya meses publicadas, con todo su carrusel de charlas, entrevistas, puestas de largo y demás actos festivos a los que suele añadírseles el siempre pertinente adjetivo de cultural).

En concreto, ya que seguro que les tienta la curiosidad, estuve escuchando las explicaciones de Alexis Hernández Benítez por su novela Alma reglamentaria, y a Luis Alberto Henríquez por su colección de cuentos titulada Paraguas rotos. A nivel discursivo, el Sr. Hernández, seguramente por la práctica adquirida por el ejercicio de su actividad como profesor, se desempeñó con soltura y cierta gracia. A pecho descubierto, en soledad, entretuvo a la audiencia durante más de media hora (audiencia compuesta, como se vio al final, casi de manera exclusiva de colegas, amigos/as y familiares). El Sr. Henríquez prefirió la opción dialogada. Así que el rato que estuvo allí sentado contó con la muleta de un entrevistador bienintencionado que no le hizo ni una pregunta interesante, no fuera a tener un mal día. No obstante, el escritor hizo lo que pudo con sus respuestas, que tampoco fueron un alarde de ingenio, pero es que estos lugares tampoco invitan precisamente ni al destape ni al desparrame. 


Parque de Santa Catalina, un marco incomparable donde la ciudadanía festeja la Cultura, etc.

Me cuentan, a propósito de la feria, que varios escritores programados para el espacio más pijo, es decir, en una sala en el interior del museo Elder (no en las carpas plebeyas del exterior) no asistieron, sin que hayan trascendido las razones. Que yo sepa, faltaron a la cita anunciada en el programa oficial Kiko Amat, Víctor Manuel Álamo de la Rosa y Miqui Otero. Por otro lado, a Selena Milán, una influencer (me han chivado que influye sobre todo a adolescentes) se le comunicó un cambio de hora de su charla (de las 18:00 a las 19:00) sobre la marcha, según dijo ella misma a través de Instagram.

Tampoco creo que estas irregularidades, aunque molestas para el visitante que pretenda saciar su idolatría respecto de una figura literaria, perjudiquen eso que llaman cultura. Soy de los que piensan que la cultura es menos patrimonio material o exhibición de mercancías u objetos que relación entre las personas de una comunidad. Que una feria dedicada, más o menos, al libro y a las editoriales adolezca de fallos de organización en nada daña la cultura, entendida ésta como humus de costumbres y saberes que, junto con las condiciones materiales concretas, propician las condiciones de posibilidad para que determinadas personas creen obras de lo que ahora llamamos Literatura, o, en general, arte. Tampoco oí nunca que un lector sufriera un daño mental o moral irreparable ni irreversible por la ausencia de su escritor/a favorita a su cita promocional. En general, como escribió Sánchez Ferlosio, los actos culturales se justifican a sí mismos, es decir, por su propia existencia. Es más, me atrevería a decir que para la clase política gobernante, independientemente de su filiación partidista, los actos culturales son más importantes que la misma cultura, porque el acto cultural lo pueden crear y controlar; y asimilar la cultura en general al acto cultural (y que la ciudadanía lo crea así) es un modo estupendo de control social (o, al menos, de intentarlo).

Para acabar con este apartado, el último día, el 12 de octubre, reincidí (después de una ardua recuperación del ánimo) y volví a la carpa para oír a Jesús Ibrahim Chamali, quien, en diálogo con la editora de su libro de relatos, me sorprendió para bien. Chamali, a quien he criticado por su buenismo reseñador en la época de aquella fallida revista literaria digital, Dragaria, mostró una compostura y modestia dignas de reseñar. Asimismo, sus comentarios no me ocasionaron el habitual tedio, sino que resultaron sorprendentemente interesantes. Sólo hay que esperar (ya sé que no pido poco) que sus relatos estén a la misma altura.

Vayamos ahora a la nuestro. La crítica va a recaer en esta ocasión en la última novela del escritor tinerfeño Javier Hernández Velázquez: De un país en llamas.



Francamente, la novela me parece bastante floja, tanto en el plano estilístico como en el conceptual. Más allá de una dicotomía siempre insuficiente entre forma y contenido, la pobreza del lenguaje empleado por el autor no puede tener más futuro que la corrupción de cualquier argumento que se le hubiera ocurrido, por más brillante (no es el caso) y ambicioso que hubiera sido su diseño. Vayamos a ello, camaradas.

La novela consta de un primer plano temporal situado en el pasado, a modo de introducción, en Estados Unidos, que es donde se gesta el gran plan de ocupar las instituciones políticas, vaya Vd. a saber por qué, de Canarias. Luego, nos encontramos ya en la actualidad, en nuestra Comunidad. Se narra todo en tercera persona, con la única excepción de la voz de Mat Fernández, el detective protagonista, que lo hace en primera. No es un esquema demasiado complicado, y la alternancia de voces permite dar primacía a este personaje, evidentemente, que reúne en sí todos los tópicos del investigador privado. También hay un matarife asiático que es la personificación de la maldad y con el que, claro está, el detective mantendrá un encuentro final decisivo y tal.

El autor, en mi opinión, carece de voluntad de estilo. La novela está hecha a base de paletadas de párrafos unos sobre otros sin el menor cuidado: frases hechas, pensamiento trillado, combinaciones adjetivo+sustantivo y adverbio+verbo que se ven venir desde un kilómetro, etc. Tal vez haya pensado que una vez bosquejada la historia, junto con cierto progreso en las vicisitudes de los personajes darían lugar a una narración con principio, desarrollo y final. No dudo de que uno percibe esta gran cantidad de páginas (287) como un producto unitario al que se le puede denominar novela; sin embargo, más bien parece un tosco producto narrativo, mera fórmula encuadrable dentro de un género, el negro, que se adecua bien a este tipo de montajes desparejos. El batiburrillo creado a base de política, corrupción y mafia pretende construir una historia compleja, pero se queda simplemente en inverosímil (que es asunto independiente de que la realidad sea así o asá, tal y como el autor la pretenda reflejar o no) y la verborrea termina por ahogarlo todo.

Además, los diálogos no solo son impostados, sino que cuando no son vulgares, resultan in-creíbles. A veces, incluso dan la impresión de que los interlocutores no se escuchan, sino que monologan uno después del otro, peroratas entrecortadas que se suceden porque sí. Estos mismos personajes, además, por mucha profundidad que les quiera atribuir el autor, no hacen más que sermonearnos con sabiduría de pacotilla y frases enigmáticas de adivina de feria (volvemos a ese manía apotegmática que ya señalé en la última crítica), que lo mismo valen para un dilema existencial que para una tortilla de papas. La impresión que me producen todos los personajes, desde Mario Chinea, pasando por Hugo o Diana, el malvado asiático y acabando por Mat Fernández es la de erigirse como meras figuras de yeso, tan huecas que no hay manera de que cobren solidez ni humanidad. Las múltiples referencias intertextuales, cinematográficas, musicales, deportivas (y de lo que le surgiera al escritor cuando entró en trance creador) so tan arbitrarias y pretenciosas que no me provocan sino disgusto.

Ejemplos de lo escrito:

Toda fábula tiene algo de verdad. Aunque, a fuerza de acariciarla, acabe por morder. Don Mario fue un personaje indescifrable. ¿Qué importancia pudo tener su nombre? Un nombre es la primera seña de identidad. Cada persona tiene una historia. Cada historia oculta una crónica de engaños y un hombre no es nadie frente a la leyenda. Él lo aprendió a su pesar. Resultó fundamental la toma de decisiones, así que escribió la historia que más le convino. Si la contaba bien las masas le seguirían hasta las llamas y agradecerían las quemaduras. Urdió un buen relato, que la gente creyó como dogma de fe. Lo contó tantas veces que se volvió auténtico, como si todas y cada una de las personas que lo escucharon hubieran estado presentes cuando pasó. El poder no podía solo ser impuesto, debía nutrirse del consenso. (Pág. 17)


Miró a través de la ventana. Desde el mediodía la nieve formó unas sucias manchas sobre el asfalto; luego fue cuajando y extendiéndose hasta convertirse en una blanca alfombra de postal navideña. Pidió un whisky. Se había tomado dos cuando ella llegó. Una visión soberbia. Llevaba un traje verde ajustado con un escote más bajo que la moral de los Rolling Stones. Existían dos tipos de mujeres: sexis y frágiles. En su ambiente se estilaba la exhibición de tipas débiles y dependientes, a la espera de un príncipe azul que las salvara. La mujer que se acercaba iba a contracorriente. 

-Siéntese, por favor. Representa una alegría volver a verla. Me sorprende que viniera. 

-Nadie sabe por qué hace las cosas, no soy una excepción. 

-Me basta con que esté aquí, sea cual sea el motivo. 

El camarero debía de conocerla y trajo una copa de burdeos. Tomó un sorbo, depositó la copa sobre la mesa y la acarició. 

-Espero que le guste el local, porque pagará usted. Valoramos la misión que tiene encomendada. El señor Foster cerró su vuelo a Tenerife, vía Madrid, para mañana. No es prudente, ni inteligente, quedarse más tiempo en Seattle. 

-Nadie me ha acusado nunca de ser inteligente. ¿Usted también quiere que me vaya?  

-Es usted un hombre difícil de descifrar, señor Chinea. 

-Cuando lo descubra, hágamelo saber... 

-Ja, ja, será usted el primero en saberlo. (Pág. 42)


Volví a la realidad. La anemia de mi cuenta corriente me pegó una bofetada. Solo tenía el caso de doña Pura, una señora de edad provecta que fue vecina de la familia. Ahora vivía en Valleseco y me había dejado un mensaje de WhatsApp en el móvil. El estado de inacción y de encefalograma plano de una Santa Cruz zombi me hizo dar una vuelta y coger algo de aire nocturno. Este lugar, como una vez leí a un columnista poner negro sobre blanco, siempre ha sido un sitio esquizofrénico. Un pueblo que cree ser una ciudad y una ciudad con una maniática e injustificable nostalgia de ser un pueblo. (Pág. 48)


-Necesitamos su ayuda. 

-Estoy jubilado y separado de la política activa. 

-Sigue siendo el presidente honorífico del partido. Por favor, están dilapidando su legado. El trabajo de toda su vida se está desmoronando. 

-Es una forma de verlo. El mundo pasa por delante de nuestras narices y nuestros parlamentos se convierten en espejos del repliegue. El nacionalismo fue un gran invento. No era fácil, pero lo hicimos funcionar. Sin embargo, esa etapa concluyó. Hubo unas elecciones que reflejaron un cansancio de la ciudadanía. El agotamiento, después de un cuarto de siglo de gobiernos nacionalistas. Hay que aceptarlo, respetarlo y desearle mucha suerte al nuevo presidente del Gobierno de Canarias. 

-El presidente canario habla de curvas y de rectas. Parece que desea hacer didáctica con nosotros y enseñarnos geometría y matemáticas. Su consejera de los parados de Canarias ha señalado que la curva de destrucción de empleo se ha aplanado, lo que, en su opinión, significa que hay reactivación económica. Si consideramos que Canarias tiene doscientos cuarenta mil parados y otros tantos congelados en los ERTE, es lógico que la curva esté plana. Tal vez lo que esté mirando la señora es la recta, sin latido, del electrocardiograma de la economía de las islas (...).  

-Félix sabrá dominar la situación. Él sabe que está en la cima de un gran puerto. En su Alpe d'Huez personal. Lo llevamos nosotros a través de veintiuna curvas de herradura. Ahora le toca gestionar el descenso. Si la bajada le domina, se caerá él y su Gobierno. Siempre me gustó el ciclismo, hubo una época en que los cascos no eran obligatorios. En carrera no se ve nada, pero, los veas o no, los precipicios están ahí. Y si te caes bajando, da igual el caso, necesitarás un paracaídas.

-¿Y el futuro? 

-Sobre el futuro político del partido que creé, lo que debe hacer es reflexionar, fortalecerse y hacer una oposición adecuada. Dentro de toda verdad hay una duda, dentro de todo sí hay un pequeño no y dentro de todo no hay un pequeño sí. Busquemos los noes y los síes en este laberinto en el que nos colocaron los últimos comicios. Nuestros representantes no vieron las orejas del lobo: lo que ven, ahora mismo, son sus dientes. (Págs. 55-56) 

 

Bienvenido al puerto deportivo de Radazul, reza el cartel. Aparcó su Tesla Model S rojo en la avenida costera. Los 82.000 euros que le costó eran una ganga. Empujó la puerta a través de su tirador de zinc pulido para cerrar el vehículo. Luego automáticamente se cerró. Inspiró la brisa marina. Echaba de menos el salitre adherido a su piel. Cerró los ojos y se encomendó al poeta uruguayo Mario Benedetti: algunas cosas del pasado desaparecieron, pero otras abren una brecha al futuro y son las que quiero rescatar. El tiempo en el reloj de Nora no tiene memoria. Es un presente continuo sin pasado ni futuro. Desde que conoció a Mario, ¿cuál había sido su relación afectiva? Vivía en una penumbra. Allí estaba ella. Con el embarcadero a sus pies y el barco flotando con una breve oscilación: la incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar. Cerró las páginas de su poemario mental y se dispuso a avanzar hacia el presente, una realidad transfigurada en un manojo de problemas. Aunque, antes, elevó una última plegaria: gracias, Señor, por traerme a donde no quería venir. (Págs. 67-68)


-Veo que recibió el mensaje de mi colaborador. Tengo que reconocerle que me ha sorprendido que aceptara tan fácilmente este encuentro. ¿No sabe quién soy? 

-Sí. Acabemos con este dramático suspense y dígame por qué estoy aquí, ya que alguien a quien conozco predijo que me llamaría, como así ha sucedido. 

-Hay personas que buscan venganza. Tenga cuidado y haga las preguntas adecuadas. 

-¿Venganza? ¿Por qué? 

-Cuando una idea está a punto de desaparecer se actúa con desesperación. La venganza acojona. En especial la de una mujer que entiendo que es la que le informó que lo llamaría. voy a intentar explicarme. Vayamos por partes. Mi vida ha sido afortunada. He trabajado mucho. Medio siglo después de ver nacer la democracia y después la autonomía y ser presidente de mi tierra, pude ser ministro, pero renuncié por Canarias. Hace años decidí retirarme del escenario político. Sin embargo, estos días me he sorprendido de tener aún la tentación de hacer planes de futuro. 

Solo faltaba que Elton John cantara su I'm Still Standing: sigo de pie. No sabes cómo es que tu sangre se congele como el hielo del invierno. Y hay una fría y solitaria luz que brilla desde ti. Terminarás como la ruina que ocultas bajo la máscara que usas... 

-¡Cómo somos las personas, señor Fernández! 

-Llámeme Mat. 

-Mat, siempre pensamos en el porvenir; miro mi agenda y digo: "¿Pero esto tiene sentido?". Y seguimos cacareando sobre el futuro de Canarias (...). (Pág. 115) 

  

Etc., todo es igual de rutinario, de lenguaje trillado y de ideas manoseadas. Si un novelista del género negro pretende iluminar zonas oscuras del alma humana y denunciar la corrupción política y económica debe hacerlo, sin duda, bastante mejor.

Asimismo, y lo que en esta reseña me parece lo más relevante, la visión de la política que tiene el autor parece sacada de tertulias de televisión o de películas de sobremesa. Los diálogos y pensamientos relacionados con este ámbito huelen a columna de opinador de a diario, más preocupado por el último cotilleo partidista que por una interrogación sobre la política (algo que, por lo demás, ni imagina). Es, digo, una visión roma, tosca y gruesa, basada en algo que suele entenderse como liderazgo presciente y al que se añaden los dimes y diretes de las camarillas de los partidos y la omnipresencia de la plutocracia. La ciudadanía siempre desempeña en la novela un papel pasivo, cercano al concepto de masa tan habitual en el vocabulario de las élites políticas y culturales, que, normalmente, aunque no lo sepan, lleva a arrimarse a postulados de la extrema derecha. No digo que el autor sea de esa corriente política o su pensamiento personal sea reaccionario, sino que advierto contra el uso que, en general, se hace de los conceptos, a la ligera, sin reflexionar acerca de su significado. La política así concebida y la razón de estado (aunque sea del poder autonómico) articulan una visión de la política estrecha de miras, conservadora y fiada a las élites ya instaladas en el poder. Por no hablar de que el autor, para no mencionar siglas concretas (PSOE, CC, NC, PP, Podemos) introduce en el discurso de sus personajes esos términos vagos tales como "la izquierda" o "la derecha", lo que no contribuye a afinarlo.

Por otro lado, y aunque no sea del todo culpable de albergar esa concepción elitista y partidista de la política (por haber crecido en esta cultura tan nuestra en la que parece que solo es posible la democracia representativa, sin imaginarse siquiera otras posibilidades, no solo teóricas, como la democracia directa, deliberativa, asamblearia, presupuestos participativos, paneles de ciudadanos, el método del sorteo para la elección de cargos, etc.), verdadero fetichismo político (en la acepción empleada por el filósoso político José Luis Moreno Pestaña en su obra Los pocos y los mejores), el autor, al proyectarla en una novela, no hace sino acrecentar y fijarla en la mente de los/as lectores/as, reproduciéndola en su uso común. A veces, aun del género noir, un escritor debería no solo documentarse sobre prácticas criminales y ciencia forense. Lo bueno, en este caso, es que la novela resulta tan endeble en todos los aspectos que pueda uno analizarla que es dudoso que produzca una impresión duradera en el público.

EN FIN, una mala novela la escribe cualquiera, y no debería preocuparnos demasiado. Autores canónicos han escrito al menos una vez cosas de las que se avergonzaron más tarde: es un proceso de aprendizaje del que nadie está exento. Javier Hernández Velázquez, al menos con ésta (no he leído las anteriores), incurre en tantos errores flagrantes que la valoración no puede ser sino negativa. 



P.D. Si Vds., lectores y lectoras, que son a quienes me dirijo, leen alguna reseña entusiasta sobre esta obra, les sugeriría que compraran De un país en llamas, la leyeran y luego juzgaran. Eso sí, dejen sus comentarios donde pueda leerlos.














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