jueves, 16 de junio de 2022

'Supersaurio', de Meryem El Mehdati

No he podido evitar el oír (y ver) las declaraciones de la concejala del ramo sobre el premio de poesía de Las Palmas de Gran Canaria. No solo, según ella, que el que se lo hubieran concedido a una mujer lo pusiera "en valor", como si en caso de que lo hubiese ganado un hombre lo habría depreciado, sino que, claro, el premio había puesto a la ciudad no en el mapa mundial, sino en esta ocasión "en el panorama de la Cultura". En el panorama

En el primer caso, se entiende lo que quiere decir, aunque lo diga mal, claro, que para eso es una política profesional que cree que tiene bien aprendido el guión. En el segundo, es la típica tontería-cliché-chorrada que suelen proferir nuestros representantes cuando un/a periodista, por razones que se me escapan, se les acerca con un micrófono para recoger declaraciones. Ya saben, ese acto periodístico rutinario con el que ya se sabe que el interlocutor no va a aportar nada significativo, pero o bien rellena papel en el periódico o bien tiempo en el telediario.

Tras estas profundas (y breves) reflexiones, que harán tambalear las convicciones de muchas/os, comencemos con lo que nos ha traído aquí hoy:



Sin saber nada, porque ya saben que yo nunca me entero de nada y que todo me cae casi siempre como por casualidad, me encontré con un ataque a la autora, Meryem El Mehdati, en un hilo de Facebook. Eso sí, bien defendida, por uno de nuestros lectores/oyentes más fieles. Ataque que no tenía que ver con el estilo, la prosa, etc., sino con etnicidades como que la escritora no era "canaria de verdad", que era una "mora" y cosas de ese nivel. Como ya me conocen Vds., lo primero que hice fue pedir la novela a mi (todavía) librería de referencia, solo por joder a esos energúmenos. Y aquí estamos.

Pues bien, y a riesgo de que este blog comience a caer en desgracia, Supersaurio, de Meryem El Mehdati ha sido en lo que llevamos de año una de las sorpresas literarias más interesantes y potentes. No es perfecta, claro, pero incluso sus imperfecciones tienen su gracia, lo que a estas alturas y con lo que ha pasado por aquí tiene su relevancia.

La novela narra las vicisitudes, primero, de una becaria, que es, para mí, la parte más interesante de la novela, que enlaza muy bien con la literatura de la precariedad, como aquella Existiríamos el mar, de Belén Gopegui que tanto ensalcé y tanto recuerdo o, incluso, con la novela obrera, y más cruda, de Desde la línea, de Joseph Ponthus (recordemos, también, La literatura del pobre, de Juan Carlos Rodríguez); y, segundo, su existencia como contratada, sueldo fijo y amorío, etc., que aun manteniendo el nivel no me suscita el mismo entusiasmo. Quizá sea porque la vida de una becaria, último eslabón de la cadena alimenticia de una cadena de supermercados ofrece el interés de ver ese lado oscuro del que no suele hablarse. Quizá, porque la consecución del objetivo del empleo quizá no hace, aunque no lo pretenda, sino justificar su experiencia anterior, en una suerte de demostración de ese meritaje que viene a decir que si lo vales, lo consigues. De lo que se deduce que si no lo consigues eres una mierda. 

Uno de las falacias de la meritocracia, consiste en eso: puede haber muchos/as que valgan pero solo unos/as poco/as lo consiguen por circunstancias, a veces, de lo más singular y ajena a la valía. ¿Significa acaso que aquellos que no lo consiguieron (porque no había sitio para todos/as) no lo merecían? También, que suele contraponerse la persona esforzada a la haragana, no siendo el mundo ni de lejos tan dicotómico. Por no hablar de las diferentes posiciones de partida, etc. Aun así, todavía hay bobos que "creen en la excelencia", como si esta fuera un concepto indiscutido que no hay que problematizar, sino en el que tener fe.

En fin, volviendo a la nuestro, la sucesión de escenas que conforman la novela, titulada cada una de ellas con el mes y el año, consigue ser dramática, emotiva y cómica, no necesariamente de manera simultánea. El uso del lenguaje de la autora es despreocupado, potente, con un desparpajo de quien lleva escribiendo mucho tiempo y lo hace suyo. Narrada en primera persona, el personaje, la propia autora, se revela como un ser singular: una mujer frustrada, resentida y resignada a la vez, que afronta un empleo, más bien una formación como becaria, que, como suele ocurrirle a gran parte de los licenciados/graduados de nuestro país no solo refleja la devaluación de los títulos universitarios y la así llamada sobrecualificación para determinadas actividades laborales, sino el derrumbe del sueño de clase media aspiracional, que consiste en una continuidad lógica entre el esfuerzo académico, el puesto de trabajo bien pagado y la consiguiente propiedad inmobiliaria. En este caso, es la chica para todo de la sección administrativa de la cadena de super/hipermercados, que, como se indica en la novela, está por encima, jerárquicamente, de la parte del servicio de cara al público: cajeras/os, reponedores/as, etc.

Aunque, como digo, está narrada en primera persona, la novelista logra evitar el ensimismamiento banal de tanto/a autor/a local y nacional, ya sea autobiográfico, ya biografía ficcionada, ya lo que sea. No son escasas las ocasiones en las que, con excusa de una narración, se nos endilgan experiencias vitales de lo más anodino y, a la vez, de lo más pretencioso, algo así como una eutrofización de la narración por exceso de solipsismo. Hagan un repaso al blog y no tardarán en encontrar ejemplos. Este es uno de los logros de Supersaurio, que una vida por lo demás bastante corriente se vuelva, si no paradigmática, al menos ejemplificadora de un estado de cosas, de una situación económica y social cuya degradación parecemos advertir casi todos/as.

Hay que señalar, además, que, a diferencia de Andrea Abreu y su Panza de burro, Meryem El Mehdati no construye un dialecto a base de supuesta habla popular y canarismos. Más bien, el suyo es un español más bien estándar, pero actualizado con el habla del mundo juvenil y veinteañero (del que ella forma parte) vinculado estrechamente con las redes sociales en Internet. Mientras Panza de burro mezclaba de modo convincente una especie de costumbrismo redivivo con el fenómeno (largo fenómeno, sin duda) del turismo, El Mehdati combina esa canariedad de la modernidad líquida, cuyo telón de fondo kitsch es la combinación de turismo y supermercados, con sus raíces marroquíes. El resultado, durante la mayor parte de la novela, es sorprendente y estimulante. Alguna vez, cae en algún pensamiento trillado, pero no son numerosos los casos y no empañan esa forma de ver la vida que sin ser insólita, sí resulta singular.


-Pensaba que vuestros nombres siempre tenían algún tipo de significado, así como... Profundo. En la carrera tuve un amigo que se llamaba Badr, un tío cojonudo. Su nombre significaba... 

Vuestros nombres, dice. El muy soplapollas. Sonrío.

-Bueno, una fase lunar, creo, por eso pensaba que tu nombre significaría algo. 

Badr significa luna llena. 

-Ahora me hiciste dudar -miento-. Preguntaré a mis padres esta tarde, quizá esté equivocada yo. 

-Sí, sí, pregúntales. Es que algo tiene que significar, vaya. Pero el sí que bebía, eeeh. 

Amaga darme un codazo amistoso. Durante un segundo deseo ser desollada viva. 

-Bueno, ya sabe -finjo la risa-. No porque mis amigos se tiren por una ventana tengo que ir yo y hacer lo mismo. 

Yo no quería venir a esto. Uno de los conceptos más cargantes del trabajo corporativo es el concepto "afterwork". No tiene sentido, es ridículo. Echas nueve horas o más al día en una oficina y luego sales de allí y te vas a un bar de copas a tomarte algo... con esas mismas personas con las que estuviste trabajando todo el día para "desconectar" del trabajo a pesar de que la mayoría de las conversaciones que se tiene allí es sobre trabajo. (Pág. 20)


Yo creo en el famoso clic. Conoces a alguien, le miras, te mira, todo encaja. Tú dices: "Mundo". Él sonríe y añade: "Na tu ral". Tinder se me hace aburrido. En general, los hombres me parecen aburridos. Los que no me aburren me dan miedo. Jose, 33. "Le diremos a nuestros hijos que nos conocimos en un museo." Pedro, 29. "Crossfit, birras y El club de la lucha." Matías, 31. "Jazz, crossfit y atardeceres." Son todos la misma persona. Hay una parte de mí que comprende que los seres humanos nos imitamos entre nosotros para no parecer unos auténticos psicópatas porque la personalidad se suele castigar, sobre todo si eres una mujer. Buscar el amor es como ir a una entrevista de trabajo, supongo. Ahora todo el mundo busca el amor, me da pena, me da pánico. No eres tú del todo, mientes un pisco, quieres que te elijan, swipe right. Cuando lees "Jazz, crossfit y atardeceres" entiendes que el otro está haciéndote saber que es igual que los demás, no hay algo de ingenio o de inventiva. No pasa nada. Swipe left, pero el siguiente tipo de más de treinta años que está calvo y que le pone cero ganas a lo de sacarse selfies. No tienes problema con los calvos, pero ahora mismo no son tu tipo, tienes veinticinco años. Sigues siendo superficial. El siguiente solo tiene una foto de su torso desnudo. El siguiente se define como "dominante" y busca sumisa. El siguiente no tiene una sola foto en la que no esté rodeado de niños africanos. Borras la app, ya no crees en el amor. Lo peor de Tinder es que hace que me sienta muy vulnerable de una forma que no sé explicar. Lo primero que te suelta un señor si no le respondes a sus mensajes al instante es que para qué coño hicieste match con él para empezar, pedazo de puta. Tampoco eres tan guapa. Está cansado de divas. Esa hostilidad tan gratuita y tan repentina da miedo, hola guapa y que te follen puta guarra son las caras de una moneda que tiras al aire y a ver qué cae. Al menos, el Joker tiene motivos para estar zumbado. (Págs. 38-39)


La jefa de Recursos Humanos, Macarena, llega por fin. Tiene que comunicarnos algo importantísimo. Está muy seria. Hay algo en el gesto de su cara que me hace mucha gracia de repente. Parece que va a vomitar si abre la boca. Lo reconozco porque es la misma expresión que suele quedárseme cuando he de decir algo que no sé cómo verbalizar. Me pellizco un muslo para no reírme. Omar arquea las cejas. Le imito. Pienso en Pacho Herrera, de Narcos. Tengo miedo real a que se me escape una carcajada. "Siento mucho tener que ser yo la que dé la noticia" oigo que dice Macarena. "Sé que muchos de vosotros habéis estado oyendo rumores estos días sobre un ERE. No va a haber ERE, pero sí se va a recortar el número de cajeras." Todo el mundo se calla a la vez. Ya no hay nada que temer. Alguien se ríe en las primeras filas, no sé si de alivio o por qué. Las cajeras pertenecen a otra especie, la especie "Haber estudiado". No le importan a nadie. (Pág. 45)


Además, los diálogos son verosímiles, cortos y dinámicos; los personajes, incluso los que apenas pasan por ahí, son sólidos y creíbles, se perfilan autónomos, con vida propia: singular muestra de humanidad en un entorno que va de Puerto Rico a Las Palmas GC y de Las Palmas GC a Casablanca. La ultramodernidad periférica en una cáscara de nuez.

EN DEFINITIVA: Supersaurio es una novela notable, que muestra una escritora de indudable talento. Algo se mueve en la literatura canaria, así que estemos atentos. Los/as de Blackie Books han estado listos/as.










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