jueves, 25 de noviembre de 2021

'La hijuela', de Marcos Hormiga

Es una época bonita esta del último trimestre del año: el otoño, las hojas caídas de los árboles, las primeras lluvias, la melancolía juvenil, la crisis de la madurez... Pero, sobre todo, porque se fallan premios literarios de todo tipo por toda España (desde el de más relumbrón hasta el más modesto, en la capital del reino o en el pueblo más remoto). Ya saben que si se lo dan (o lo gana) a algún/a autor/a de Canarias (o residente) nos tenemos que echar colonia, poner el traje de domingo, hacer ruido con las cacerolas y soltar globos en la plaza más cercana, de puro gozo conciudadano cuando no de éxtasis patrio porque es de los/as nuestros/as; y, lo que más nos interesa, se presenta mucho libro, muchísimo. Se acerca el inevitable fin del año y las fechas de regalar. Y cuando no se sabe qué regalar, se regalan libros. Es el sector del libro el más afortunado por ser el más ninguneado. Es decir, nadie piensa en comprar un libro como primera opción (salvo nosotros, minoría selecta y exquisita, claro está) pero todo el mundo recurre a esta opción en momentos de desesperación, ya sea el 23 de diciembre o el 4 de enero, ya antes de cualquier cumpleaños. 

También me he asombrado (infinita capacidad la mía, por lo que se ve, de sentir asombro) de cuánta velada poética se ha organizado estos últimos meses. Ya sé que revelo mi ignorancia, tal vez mi zafiedad, con lo que escribo a continuación, pero casi no imagino lugar menos propicio para pasar un rato ameno o interesante que largarme un recital de poesía, así, por las buenas. Salvo que fuera uno de Bukowski, claro, o de Leopoldo María Panero. Será que carezco de paciencia o que estoy totalmente subyugado por la sociedad del espectáculo. Dudo que, por lo mismo, se convierta en afición de las masas. Pero, quizá por el prestigio de eso que se llama cultura, montar un sarao a cuenta de poemas y poetas salga barato y su organización no resulte muy complicada. Además de que, por lo común, estas veladas no implican crítica social o política de un cariz tal que le ponga los pelos de punta al concejal de turno. Me pregunto: ¿Existe algún/a no-poeta que vaya a una velada poética? ¿Sin que sea a la fuerza?

En cuanto a las presentaciones, conocen mi postura: prefiero besarme a mí mismo que ver besarse a dos desconocidos encantados de haberse conocido mientras levitan hablando de literatura ("o argo así"). Ya conté mi experiencia hace unos años con un aspirante a escritor que, después del ritual de paso y las genuflexiones oportunas, se sintió, por fin, imbuido de aquella condición de artista (y dejó de dirigirme la palabra, por cierto). Además, qué pinta el crítico ahí. A mí, si me invitan a algo, que sea a una paella.

Y ahora, la novela, que tiene su historia. O sea, historia al cuadrado.




La hijuela tiene una historia previa. La historia de cómo llegó aquí. Es justo que lo explique porque Vds., público lector, requieren, al menos en este caso, de contexto. 

Su autor, Marcos Hormiga confirma una excepción: sé quién es. Ya saben que me precio de no conocer en persona a casi nadie del mundillo literario. Marcos Hormiga es una de ésas. No es que seamos amigos del dominó o de la baraja, o que vayamos a pedalear juntos por parajes idílicos, no. Les explico: a Marcos lo conocí hace casi dos décadas en unos cursos de doctorado. Años más tarde, me di cuenta de que éramos vecinos del barrio, y alguna vez nos hemos encontrado por la calle, con gran batir de palmas y alzamiento de cejas. Gracias a él descubrí el siguiente dicho: "Detrás de cada mato, salta un conejo" porque en una de estas yo descubrí que él era poeta y él, que yo me dedicaba a la crítica literaria maledicente. En otra ocasión, me confesó que estaba escribiendo una novela. Hasta aquí nada que les debiera importar. 

Sin embargo, hace dos meses me escribió invitándome a una presentación (crujir de huesos, rechinar de dientes) de esa novela y pidiéndome que la sometiera "sin papas en la boca" a mi crítica. También, supongo que sin ánimo manipulador, se ofreció a entregarme un ejemplar. Le respondí, como ya imaginarán, que mejor me compraba yo la novela. Cito literalmente mi respuesta: "Así, si finalmente decido escribir una crítica, me sentiré más libre para expresarme porque al fin y al cabo me habré gastado mi dinero". Y aquí estamos. Vayamos a ella.

El argumento de La hijuela consiste en la historia de un asesinato real, la de un caciquillo de Fuerteventura en 1941. Pero, sobre todo, la del padecimiento y desventuras de los sospechosos, los varones de una familia vecina, sometidos primero a las torturas de la Guardia Civil y posteriormente sometidos a la disciplina militar (uno de ellos era soldado). Es evidente que el trato infligido se debía a la condición social de los sospechosos, miembros de una paupérrima familia de campesinos. Es por ello que en absoluto me parece una novela negra, aun con el elemento criminal, al que, además, solo se le presta la atención imprescindible. Más bien, la tomo como una novela social, por la presentación y ejercicio de las condiciones materiales de vida de las clases dominantes frente a la de las humildes y dominadas. 

Comencemos por lo negativo: la novela comienza mal: un personaje, que luego sabremos que es don Antonio, hace mil cosas a cual más nimia y poco relevante: "Se desperezó, lavó la cara en el palanganero y se afeitó cuidadosamente", "Estuvo cruzado de brazos largo rato hasta que bajó a desayunar", "Acabó con la aguachirri y subió de nuevo a su habitación de la segunda planta, vertió lo que quedaba del aguamanil en la palangana, se enjuagó las manos, estilizó el bigote, y antes de las ocho, tomó la calle". Después, que si cruzó el puente, que si bajó hasta una plazoleta, que si caminó, que si llegó, etc., una minuciosidad injustificada que parecería que nos notificaba la presencia de un escritor bisoño. Además, el término maúro aparecía recogido sin tilde: "mauro". Un maúro ya saben lo que es, un mauro es, según la RAE,  "natural de la antigua región de Mauritania". Un par de páginas después, tanto adverbio seguido acabado en -mente me molestaba. Mal empezamos, me dije.

Asimismo, nos topamos con una conjunción adversativa "sino" cuando debería haberse escrito una conjunción condicional y el adverbio de negación "si no" (pág. 17); y, más importante, se percibe un cambio estilístico en el habla vulgar del personaje José Montelongo con respecto a sus pensamientos, mucho más elaborados, monólogo interior que surge dos veces (págs 21-22 y 141-143), un tanto por sorpresa y sin mucha justificación, y un capítulo en primera persona (XVI). Añadamos que en un mismo párrafo (pág. 31) se cambia el tiempo verbal de presente a pasado, quizá por despiste, sin que aparentemente medie algún objetivo estilístico. Por último, cómo no, un par de erratas (detectadas en las páginas 171 y 173).

No obstante lo anterior, que habría sido subsanado con facilidad con un revisor cualificado o con un editor o editora algo preocupado/a por la novela que iba a publicar y distribuir, La hijuela va ganando cuajo. Como si el autor, una vez superados los titubeos iniciales, se hubiera concentrado en narrar, y no en catalogar. Así, me encontré leyéndola con interés, a lo que ayudaba un lenguaje en el que Hormiga inserta con comodidad y naturalidad la variante dialectal canaria de Fuerteventura, así como los distintos idiolectos en los que los hablantes se expresan, dados por su condición social, tanto mediante un narrador en tercera persona como los propios personajes en primera. También se intercalan autos judiciales y noticias de la prensa. 

Hay que advertir, si no congratularnos, de que el narrador, cuando se emplea la tercera persona, posee un estilo singular: hay un orden en las palabras, ciertas repeticiones, que podría atribuir al desempeño poético previo de Hormiga. En el caso de esta novela, al menos, me parece acertado. Hay un empeño por eso que se llama voluntad de estilo que, en demasiados casos, está ausente de la narrativa canaria; y que, en otros, cuando se intenta, se convierte en mera (e irritante) afectación. 

Así, la muerte de Antonio provoca una turbulencia en el ecosistema de la isla. Las consecuencias que acarrean para la familia Montelongo son cada vez de peor cariz, y del uso de la violencia para interrogarles pasamos a la tortura para arrancarles una confesión, inducida la Guardia Civil por la falta de pruebas para encontrar al asesino. Como siempre, el pobre es el apaleado. En este sentido, el autor revela, antes de su óbito, el pensamiento del asesinado: su forma de ver el mundo, su sentido de la justicia y de la jerarquía. Las clases sociales se ven representadas de una manera sencilla, pero no exenta de matices y sin soterrar el conflicto latente entre ellas. Unas relaciones sociales que bajo el manto de un paternalismo caritativo se escondía la más descarnada explotación y abuso de hombres y de mujeres.


A mediodía cumplido, entró para barrer, hacer la cama y recoger unos pantalones reburujados de cualquier forma y, como siempre, desempolvar el escritorio dejando los papeles en el mismo sitio. Llevó la ropa sucia a la pileta para dejarla de remojo, regresó al patio, tomó a la niña del brazo y se fue a la cocina. El amo había comido. Ella lo haría con la niña, las dos solas porque Aniceto había tenido no sé qué rayo de contrariedad con la majalula. Rezó queda hasta lo imperceptible, acompañada por balbuceos de María. Luego comieron las tres porque la porfía de la niña hizo que la muñeca también participara. 
Con trabajitos desde que hubo memoria y con algún quehacer para más después que se prolongó hasta siempre, trajinó por la casa grande igual que anduvo por la vida: recogiendo, haciendo de comer, fregando loza, ropa y suelos, cosiendo vidas a su alrededor, calando, aguja y carrete de hilo en mano, doblegada sobre un paño blanco a la espera de adornos y, más que nada, despejando tiempos que se fueron con forma de torbellino, pasado cada vez más lejano y, sin embargo, vivo como sus ojos negros cuando mira a la cara, leve forma de transitar silencios. (Págs. 49-50)

 

-Las mujeres y el menor, fuera. Ustedes dos se quedan aquí. 

La casa se arruga porque sus paredes se sienten pudorosas. Un cuerpo de dos habitáculos, un horno en el patio abierto y los contrafuertes de otra habitación más, quedan rectos blanquizales al desnudo. El hogar, hecho con peonadas familiares, vacila igual que si estuviera falto de cimientos, pisan su abrigo pasos ajenos. 

-No voy a repetir las cosas -espeta el guardia civil José Caraballos con una autoridad a prueba de dudas conmigo ni de coña-. Así que cooperen. 

-¿Estamos? 

Se repiten las mismas preguntas porción de veces con igual respuesta remachada. Esteban aguanta los pescozones y las galletas a mano abierta con igual humillación que el hijo José a quien, por ser nuevo, se le tiene menos consideración. Ahora recibe unos puñetes seguidos, después patadas y jaquimasos que le quedan dentro. Desgarran la camisa ya ensangrentada, aunque el hombre, por el cerote a la autoridad, mantiene intacta su resignación. (Pág. 60)

 

(...) Que yo sepa, mal no he hecho jamás y nunca. Hombre, a lo mejor se me fue la mano con alguna cuenta, pero nada que otros no hayan hecho. Nada del otro mundo. Si por eso fuera, no quedaba la mitad de la gente de teneres. Que hay una deuda, pues se cumple, se cumple como un hombre. Se paga y a otro asunto. ¿Que no se paga? Pues se cobra. ¿Cómo? Con la tierra se paga, se paga con la casa, con los animales y con el trabajo también. También las mujeres. En última instancia, las mujeres. A lo mejor alguno se soliviantó por no cumplir. Yo cumplo, cumplo señor, pero también exijo. Si no tienes con qué por lo menos tienes cómo. Alguno quedó adeudando, pero pagó. Lo pagó con hambre. El hambre es un remedio como otro cualquiera. Otros aceptaron. Caramba que si aceptaron. Terminaron pagando. ¿Que no tienes cómo? Yo te digo: que venga tu mujer a buscar un puño de grano. No, tú no, tu mujer. Esta noche, que venga. Ah carajo, que no quieres. Veremos cuando aprieten las clavijas. Y digo yo: ¿Qué se puede hacer si no cumplen con uno? Hay que cumplir, carajo. Siempre hay modos de pagar y de cobrar. Siempre se puede llegar a un acuerdo. Que un medianero no es trigo limpio, pues lo natural: se cambia por otro. Brazos sobran, lo que falta es formalidad, hombres de palabra lo que se dice palabra de rey, quedan los contados con los dedos de una mano. (...) (Págs 170-171)


También es cierto que Hormiga no puede resistir la tentación de alguna escena que yo adjetivaría de innecesaria, por no decir falsa. Dado que la atención se centra en la injusticia que recae sobre los cuerpos de los Montelongo, intentar aunque sea de manera breve, casi con desgana, la posibilidad de reconocer al asesino, y de confundirnos, se me antoja un paso en falso. En concreto, el capítulo XIX. Es posible, digo para curarme en salud, que no haya entendido yo bien su encaje en la novela y que haya pasado por alto algún detalle significativo. Asimismo, la rememoración que se hace al final de La hijuela de cada paso dado por el asesino en la noche fatídica, aunque bien contada, también me resulta innecesaria en la estructura de la obra. No hace falta explicarlo todo. Quizá su empeño por contarnos partes de la historia desde diferentes perspectivas lo empujara a ello.

EN DEFINITIVA, La hijuela me parece una novela, que, con sus defectos, es más que digna. Su autor, independientemente de lo mucho o poco que haya investigado, documentado, etc. sobre este asesinato, parece haberse tomado el trabajo en serio y, con esa sobriedad que previene de escribir tonterías, evitado presumir de lecturas y exhibir filosofía de baratillo. Pasa a engrosar, sin duda, la reducida lista de autores/as canarios cuya obra narrativa habré de tener en cuenta a partir de ahora.




 






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