jueves, 18 de febrero de 2021

'Memorias de un antisemita', de Gregor von Rezzori

 En ocasiones, un alma atribulada busca consuelo entre las páginas de una novela. Puede darse la feliz coincidencia de que encuentre el alivio y el solaz que anhelaba. A veces, incluso, obtiene algo parecido a conocimiento, que incorporará a su vida mundana aun de modo no absolutamente consciente. Es posible que los nombres que perduran en la historia de la literatura sean los de aquellas/os creadoras/es que insuflaron en su obra lo que necesitábamos. Repito: consuelo, alivio, motivación y explicación. Tal vez, la constancia de que otra alma semejante a la nuestra existía o existió, que no estamos, del todo, solos. No es poco.

Tampoco mucho, si la literatura (y el arte, en general) se conciben como mero refugio. Es entonces cuando su consuelo se troca en escapismo, y en pretendida esencia de la vida. La literatura no sustituye a esta sino que la utiliza como material, no lo olvidemos. Ni la hipostasiemos: no se lo merece. Por eso, repugnan tanto esos cantos a la lectura y a la cultura, esos empalagosos himnos a lo que de otro modo, como seres simbólicos que somos, no podemos dejar de hacer, subvencionados/patrocinados o no. Es emocionante, por escalofriante, cuando oímos a un políticos pronunciar su sarta de loas a la literatura/cultura: si quiere que miremos allí, ¿a qué allá no desea que miremos? Lo mismo, pero por otras razones, podemos colegir del banco X o de la aseguradora Y.

Además, a la literatura se va por propia elección. Me siguen suscitando curiosidad, mezclada con algo de asombro, los periódicos planes (del gobierno, cabildo o ayuntamiento que sea) de incentivación a la lectura. Sobre todo, porque no son campañas de alfabetización, sino que de manera literal pretenden que el que ya sepa leer lea lo que, por las razones que fuere, no le interesa. "¡Lea Vd. a Galdós, patán ignorante!" Ese paternalismo ridículo, de transformación social nula, inocuas sus consecuencias e irritantes sus métodos, es otra manera de utilizar lo que se entiende como cultura para caracterizar a las instituciones como benefactoras. Una capa de pintura barata con la que cubrir las vergüenzas y miserias de la acción política que, año tras año, generación tras generación, y sin distinción de ideología explicitada, sigue empeñada en conservar un statu quo que solo se entendería si hubiéramos conseguido una sociedad compuesta de ciudadanos/as plenamente libres e iguales, capaces de llevar una vida digna con el potencial para que sea lograda.

De sobra sabemos que no es así, y mientras que somos conscientes de las desigualdades lamentables al acceso a la educación, a la salud y al ejercicio de los derechos políticos, nos distraemos con las campañas publicitarias de las instituciones públicas y privadas: las primeras empeñadas en convencernos en que no podemos aspirar a nada mejor salvo peligro de caer en stasis, y las segundas, en que la libertad es elegir una serie de TV o en que te lleven una hamburguesa a casa. El arte, la cultura y los espectáculos deportivos son las armas elegidas de manera más visible para ejercer de disolvente del conflicto social. Desengáñense, y no miren siempre a donde se les indique.




Todos/as llevamos un antisemita dentro, en sentido general. Me explico: es posible que hoy en día el estigma del "judío" no sea importante en las sociedades occidentales (¿seguro?). Pero sí el del "moro", el del "inmigrante" o, vaya por Dios, el del "pobre" o el de la "gentuza". Siempre parece haber una parte de nuestros congéneres a los que íntimamente deseamos excluir, aunque preferiríamos que nos partieran un brazo a reconocerlo, sobre todo si nos consideramos de izquierda y votamos socialista. Necesitamos rechazar, tal vez odiar, como necesitamos que nos acepten, tal vez que nos quieran. Recordemos que los conceptos suelen necesitar del opuesto: somos ciudadanos frente a los no ciudadanos, como los turistas o los migrantes. Somos miembros de un club de tenis o de un grupo masón frente a los que no lo son y frente a los que nunca se les aceptaría, etc. Al menos antes de la II Guerra Mundial, en Europa, ser judío implicaba ser siempre la parte no aceptada, despreciada, sospechosa: la bestia sacrificable. Quizá como hasta no hace mucho, un gitano en España. O un negro (o como quieran que entienda eso un norteamericano, en las casi infinitas y sutiles gradaciones étnicas en las que se han enfrascado históricamente las culturas anglosajonas) en los Estados Unidos.

De esto nos escribe, entre otras cosas, Gregor von Rezzori, en Memorias de un antisemita (traducción de Juan Villoro). Su personaje, Arnulf, el narrador, que no es otro sino él mismo, resulta en muchas ocasiones despreciable o, al menos, nos avergüenza su comportamiento, por mucho -o quizás por eso- que su conducta nos resulte tan familiar, tan nuestra, entendiendo por ello, prejuiciosa, caprichosa y pretenciosa en numerosas ocasiones. Sin que ello suponga que carece de buen corazón, de un alma noble, si queremos ponernos cursis. Por otro lado, este mismo narrador puede tomarse como el trasunto de una Europa convulsa, espasmódica, capaz de lo mejor y de lo peor.

Aparte de sus prejuicios respecto de los judíos/as, Arnulf/Gregor solo parece tener otro asunto en la cabeza: las mujeres. En realidad, la novela puede dividirse en tantas partes como relaciones significativas mantiene con mujeres, todas judías, por supuesto. Es como si ese desprecio y prejuicio respecto de los/as judíos/as se desarrollase a la par que la fascinación que siente por ellos/as. Sobre todo, por las mujeres judías, a las que disecciona con la precisión y el entusiasmo de un entomólogo con síndrome de abstinencia. 


Entonces ya se empezaba a generalizar la idea de que el trabajo no siempre es vergonzoso (algo que mi familia aún estaba lejos de entender). Esto dependía, por supuesto, del tipo de trabajo del que se hablara. El simple ingreso en el comercio era lamentable. Si uno vendía armas, artículos de cacería o complementos de equitación, se trataba de algo más o menos pasable. También la venta de alimentos suntuarios (vino, caviar o paté de ganso) al que se dedicaban tantos oficiales retirados podía, dadas las circunstancias, disculparse como una dolorosa necesidad impuesta por los nuevos tiempos y no significaba la pérdida de las amistades distinguidas. Pero todo lo que tuviera abiertamente que ver con el trabajo de tendero carecía de estimación social. Éste era el privilegio de los judío, y nadie deseaba disputarlo, en todo caso nadie que tuviera suficiente autoestima. Yo había sido educado para aparentar que no me sentía una persona especial y para tener, en secreto, una elevada opinión de mí mismo. En ningún momento se me hubiera ocurrido ponerme al nivel de los judíos. Y las mercancías que debía promocionar me colocaron justo en ese nivel. ¿Quién, si no un tendero judío, iba a vender jabón, pasta de dientes y champú? La conciencia de ser una especie de enlace comercial, e incluso de mandadero, al servicio de esos vendedores judíos era un navajazo a mi digno orgullo. (Págs. 105-106)

 

Pero sería falso decir que había pasado a una etapa de actividades vitales y definitivas. Al contrario, me dejaba arrastrar. El yeso en el cuello no era un impedimento serio. En el peor de los caos, me dificultaba anudarme los zapatos. No era esto lo que me impedía aprovechar el tiempo estudiando o haciendo alguna otra cosa inútil. Sin embargo, estaba convencido de que, después de un accidente que muy bien pudo costarme la vida, venía bien un poco de descanso. No tenía mayores apremios económicos; había ahorrado un poco de dinero para mis incumplidos planes abisinios y la vida en Bucarest era barata, sobre todo en la pensión Löwinger. No hacía nada y al mismo tiempo hacía mucho. Por ejemplo, acompañaba al señor Löwinger a los cafés, un poco por curiosidad y otro poco para matar el tiempo. Ahí era donde jugaba para mejorar sus ingresos. Los tipos y los episodios que vi en esos sitios me enseñaban más que los libros escolares. A veces también lo acompañaba a los pueblos cercanos, donde vendía sus plumas lacadas. Llevo en mí las imágenes de las calles polvorientas, bajo la luz naranja del atardecer, donde los bueyes regresan a sus establos como si nadaran en la brillante tolvanera; el aroma a resina de la madera recién cortada, las enormes pilas de leña frente al bosque oscuro; la cordillera de los Cárpatos que se alza al fondo, las cimas con un verdor de césped, como recortadas en papel de plata; un pastor con piel de oveja, las piernas cruzadas sobre un tronco caído, que corta ramas con su navaja, sin pensar en nada (...). (Págs. 173-174)


La actitud de los judíos resultaba comprensible: probablemente hubiéramos hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Incluso los que eran cultos, si no se mostraban abiertamente avergonzados, sí reflejaban una reserva involuntaria o, como en el caso de los Raubitschek respecto a mi abuela, una jovialidad traicionera y distraída, que no pasaba de ser algo vago, incidental. Tal parecía que las buenas maneras inculcadas en ambas familias perdían su sentido después de un saludo espontáneo. Pero ¿había alguien que quisiera dar pie a relaciones más complejas? No, debía de ser penoso sentirse judío. Por fortuna nosotros no lo éramos. Cuando ellos cambiaban sus nombres por otros que se parecían a los nuestros, no hacían sino revelar sus pretensiones, su repugnante sentido de los negocios, su lamentable deseo de trepar en la sociedad. (Pág. 222)

 

Poldi y yo conocimos a un actor famoso que no era judío y trató a Poldi con especial amabilidad. Poldi Singer se volvió hacia mí, fastidiado y dijo: 

-Mi madre siempre decía: "Más que de los antisemitas, júngele, cuídate de los goyim que aparentan querer a los judíos". 

Éstas se convirtieron en palabras clave para mí. Poldí tenía mucha razón. El rechazo a los judíos no dependía de una idea que pudiera ser sustituida por otra mejor; era una reacción innata y natural hacia la otra raza, que no impedía que se les pudiera tener cierta simpatía. 

Quería a Minka, y de no haber sido judía me hubiera enamorado perdidamente de ella y le hubiera propuesto matrimonio, a pesar de mis diecinueve años, y de que le habría parecido bastante cómico. Pero aun cuando amanecía en sus brazos, el tabú antijudío estaba presente en mis sentimientos. Curiosamente, esto hacía que todo fuera más excitante, liviano, libre, desdramatizado. No sentía ninguna obligación hacia Minka. Reconocía que me gustaba con la misma naturalidad con que ella había dicho que me quería tener a su lado. Así como Minka no podía tomarme en serio como amante, tampoco yo podía tomarla en serio como compañera de toda la vida (...). (Pág. 269)

 

Por otro lado, Rezzori, con La muerte de mi hermano Abel, ya nos había convencido de la brillantez de su prosa, que no hace más que confirmar en esta novela. Esa brillantez se traduce en metáforas y símiles arriesgados y potentes, que rara vez incumplen su cometido, en frases y párrafos que son como corrientes submarinas que aun invisibles nos conducen a profundidades morales perturbadoras. Capaz de ironía y de humor, de hacernos sentir vergüenza (propia y ajena), el pensamiento de Rezzori se vehicula en las escenas de esta novela de manera poderosa, siendo Arnulf, una suerte de narrador indigno de confianza, el vórtice donde convergen las contradicciones morales y políticas de aquella época, tan distante y tan sobrecogedoramente cercana a la vez. El protagonista, un antisemita que acaba siempre rodeado de judíos y que tras el Anschluss, se reúne con ellos en la clandestinidad para idear cómo salir de Viena.

Para terminar, la novela concluye con un epílogo en el que el autor ya maduro reflexiona sobre la función de la memoria y la importancia de la verdad y de la invención a la hora de narrar. Gregor von Rezzori: uno de esos escritores a los que el cliché de hombre de mundo no se ajusta tanto como el de hombre de mundos, de épocas abismalmente alejadas, aunque solo con escasos años entre sí.

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