jueves, 18 de febrero de 2021

'Memorias de un antisemita', de Gregor von Rezzori

 En ocasiones, un alma atribulada busca consuelo entre las páginas de una novela. Puede darse la feliz coincidencia de que encuentre el alivio y el solaz que anhelaba. A veces, incluso, obtiene algo parecido a conocimiento, que incorporará a su vida mundana aun de modo no absolutamente consciente. Es posible que los nombres que perduran en la historia de la literatura sean los de aquellas/os creadoras/es que insuflaron en su obra lo que necesitábamos. Repito: consuelo, alivio, motivación y explicación. Tal vez, la constancia de que otra alma semejante a la nuestra existía o existió, que no estamos, del todo, solos. No es poco.

Tampoco mucho, si la literatura (y el arte, en general) se conciben como mero refugio. Es entonces cuando su consuelo se troca en escapismo, y en pretendida esencia de la vida. La literatura no sustituye a esta sino que la utiliza como material, no lo olvidemos. Ni la hipostasiemos: no se lo merece. Por eso, repugnan tanto esos cantos a la lectura y a la cultura, esos empalagosos himnos a lo que de otro modo, como seres simbólicos que somos, no podemos dejar de hacer, subvencionados/patrocinados o no. Es emocionante, por escalofriante, cuando oímos a un políticos pronunciar su sarta de loas a la literatura/cultura: si quiere que miremos allí, ¿a qué allá no desea que miremos? Lo mismo, pero por otras razones, podemos colegir del banco X o de la aseguradora Y.

Además, a la literatura se va por propia elección. Me siguen suscitando curiosidad, mezclada con algo de asombro, los periódicos planes (del gobierno, cabildo o ayuntamiento que sea) de incentivación a la lectura. Sobre todo, porque no son campañas de alfabetización, sino que de manera literal pretenden que el que ya sepa leer lea lo que, por las razones que fuere, no le interesa. "¡Lea Vd. a Galdós, patán ignorante!" Ese paternalismo ridículo, de transformación social nula, inocuas sus consecuencias e irritantes sus métodos, es otra manera de utilizar lo que se entiende como cultura para caracterizar a las instituciones como benefactoras. Una capa de pintura barata con la que cubrir las vergüenzas y miserias de la acción política que, año tras año, generación tras generación, y sin distinción de ideología explicitada, sigue empeñada en conservar un statu quo que solo se entendería si hubiéramos conseguido una sociedad compuesta de ciudadanos/as plenamente libres e iguales, capaces de llevar una vida digna con el potencial para que sea lograda.

De sobra sabemos que no es así, y mientras que somos conscientes de las desigualdades lamentables al acceso a la educación, a la salud y al ejercicio de los derechos políticos, nos distraemos con las campañas publicitarias de las instituciones públicas y privadas: las primeras empeñadas en convencernos en que no podemos aspirar a nada mejor salvo peligro de caer en stasis, y las segundas, en que la libertad es elegir una serie de TV o en que te lleven una hamburguesa a casa. El arte, la cultura y los espectáculos deportivos son las armas elegidas de manera más visible para ejercer de disolvente del conflicto social. Desengáñense, y no miren siempre a donde se les indique.




Todos/as llevamos un antisemita dentro, en sentido general. Me explico: es posible que hoy en día el estigma del "judío" no sea importante en las sociedades occidentales (¿seguro?). Pero sí el del "moro", el del "inmigrante" o, vaya por Dios, el del "pobre" o el de la "gentuza". Siempre parece haber una parte de nuestros congéneres a los que íntimamente deseamos excluir, aunque preferiríamos que nos partieran un brazo a reconocerlo, sobre todo si nos consideramos de izquierda y votamos socialista. Necesitamos rechazar, tal vez odiar, como necesitamos que nos acepten, tal vez que nos quieran. Recordemos que los conceptos suelen necesitar del opuesto: somos ciudadanos frente a los no ciudadanos, como los turistas o los migrantes. Somos miembros de un club de tenis o de un grupo masón frente a los que no lo son y frente a los que nunca se les aceptaría, etc. Al menos antes de la II Guerra Mundial, en Europa, ser judío implicaba ser siempre la parte no aceptada, despreciada, sospechosa: la bestia sacrificable. Quizá como hasta no hace mucho, un gitano en España. O un negro (o como quieran que entienda eso un norteamericano, en las casi infinitas y sutiles gradaciones étnicas en las que se han enfrascado históricamente las culturas anglosajonas) en los Estados Unidos.

De esto nos escribe, entre otras cosas, Gregor von Rezzori, en Memorias de un antisemita (traducción de Juan Villoro). Su personaje, Arnulf, el narrador, que no es otro sino él mismo, resulta en muchas ocasiones despreciable o, al menos, nos avergüenza su comportamiento, por mucho -o quizás por eso- que su conducta nos resulte tan familiar, tan nuestra, entendiendo por ello, prejuiciosa, caprichosa y pretenciosa en numerosas ocasiones. Sin que ello suponga que carece de buen corazón, de un alma noble, si queremos ponernos cursis. Por otro lado, este mismo narrador puede tomarse como el trasunto de una Europa convulsa, espasmódica, capaz de lo mejor y de lo peor.

Aparte de sus prejuicios respecto de los judíos/as, Arnulf/Gregor solo parece tener otro asunto en la cabeza: las mujeres. En realidad, la novela puede dividirse en tantas partes como relaciones significativas mantiene con mujeres, todas judías, por supuesto. Es como si ese desprecio y prejuicio respecto de los/as judíos/as se desarrollase a la par que la fascinación que siente por ellos/as. Sobre todo, por las mujeres judías, a las que disecciona con la precisión y el entusiasmo de un entomólogo con síndrome de abstinencia. 


Entonces ya se empezaba a generalizar la idea de que el trabajo no siempre es vergonzoso (algo que mi familia aún estaba lejos de entender). Esto dependía, por supuesto, del tipo de trabajo del que se hablara. El simple ingreso en el comercio era lamentable. Si uno vendía armas, artículos de cacería o complementos de equitación, se trataba de algo más o menos pasable. También la venta de alimentos suntuarios (vino, caviar o paté de ganso) al que se dedicaban tantos oficiales retirados podía, dadas las circunstancias, disculparse como una dolorosa necesidad impuesta por los nuevos tiempos y no significaba la pérdida de las amistades distinguidas. Pero todo lo que tuviera abiertamente que ver con el trabajo de tendero carecía de estimación social. Éste era el privilegio de los judío, y nadie deseaba disputarlo, en todo caso nadie que tuviera suficiente autoestima. Yo había sido educado para aparentar que no me sentía una persona especial y para tener, en secreto, una elevada opinión de mí mismo. En ningún momento se me hubiera ocurrido ponerme al nivel de los judíos. Y las mercancías que debía promocionar me colocaron justo en ese nivel. ¿Quién, si no un tendero judío, iba a vender jabón, pasta de dientes y champú? La conciencia de ser una especie de enlace comercial, e incluso de mandadero, al servicio de esos vendedores judíos era un navajazo a mi digno orgullo. (Págs. 105-106)

 

Pero sería falso decir que había pasado a una etapa de actividades vitales y definitivas. Al contrario, me dejaba arrastrar. El yeso en el cuello no era un impedimento serio. En el peor de los caos, me dificultaba anudarme los zapatos. No era esto lo que me impedía aprovechar el tiempo estudiando o haciendo alguna otra cosa inútil. Sin embargo, estaba convencido de que, después de un accidente que muy bien pudo costarme la vida, venía bien un poco de descanso. No tenía mayores apremios económicos; había ahorrado un poco de dinero para mis incumplidos planes abisinios y la vida en Bucarest era barata, sobre todo en la pensión Löwinger. No hacía nada y al mismo tiempo hacía mucho. Por ejemplo, acompañaba al señor Löwinger a los cafés, un poco por curiosidad y otro poco para matar el tiempo. Ahí era donde jugaba para mejorar sus ingresos. Los tipos y los episodios que vi en esos sitios me enseñaban más que los libros escolares. A veces también lo acompañaba a los pueblos cercanos, donde vendía sus plumas lacadas. Llevo en mí las imágenes de las calles polvorientas, bajo la luz naranja del atardecer, donde los bueyes regresan a sus establos como si nadaran en la brillante tolvanera; el aroma a resina de la madera recién cortada, las enormes pilas de leña frente al bosque oscuro; la cordillera de los Cárpatos que se alza al fondo, las cimas con un verdor de césped, como recortadas en papel de plata; un pastor con piel de oveja, las piernas cruzadas sobre un tronco caído, que corta ramas con su navaja, sin pensar en nada (...). (Págs. 173-174)


La actitud de los judíos resultaba comprensible: probablemente hubiéramos hecho lo mismo de haber estado en su lugar. Incluso los que eran cultos, si no se mostraban abiertamente avergonzados, sí reflejaban una reserva involuntaria o, como en el caso de los Raubitschek respecto a mi abuela, una jovialidad traicionera y distraída, que no pasaba de ser algo vago, incidental. Tal parecía que las buenas maneras inculcadas en ambas familias perdían su sentido después de un saludo espontáneo. Pero ¿había alguien que quisiera dar pie a relaciones más complejas? No, debía de ser penoso sentirse judío. Por fortuna nosotros no lo éramos. Cuando ellos cambiaban sus nombres por otros que se parecían a los nuestros, no hacían sino revelar sus pretensiones, su repugnante sentido de los negocios, su lamentable deseo de trepar en la sociedad. (Pág. 222)

 

Poldi y yo conocimos a un actor famoso que no era judío y trató a Poldi con especial amabilidad. Poldi Singer se volvió hacia mí, fastidiado y dijo: 

-Mi madre siempre decía: "Más que de los antisemitas, júngele, cuídate de los goyim que aparentan querer a los judíos". 

Éstas se convirtieron en palabras clave para mí. Poldí tenía mucha razón. El rechazo a los judíos no dependía de una idea que pudiera ser sustituida por otra mejor; era una reacción innata y natural hacia la otra raza, que no impedía que se les pudiera tener cierta simpatía. 

Quería a Minka, y de no haber sido judía me hubiera enamorado perdidamente de ella y le hubiera propuesto matrimonio, a pesar de mis diecinueve años, y de que le habría parecido bastante cómico. Pero aun cuando amanecía en sus brazos, el tabú antijudío estaba presente en mis sentimientos. Curiosamente, esto hacía que todo fuera más excitante, liviano, libre, desdramatizado. No sentía ninguna obligación hacia Minka. Reconocía que me gustaba con la misma naturalidad con que ella había dicho que me quería tener a su lado. Así como Minka no podía tomarme en serio como amante, tampoco yo podía tomarla en serio como compañera de toda la vida (...). (Pág. 269)

 

Por otro lado, Rezzori, con La muerte de mi hermano Abel, ya nos había convencido de la brillantez de su prosa, que no hace más que confirmar en esta novela. Esa brillantez se traduce en metáforas y símiles arriesgados y potentes, que rara vez incumplen su cometido, en frases y párrafos que son como corrientes submarinas que aun invisibles nos conducen a profundidades morales perturbadoras. Capaz de ironía y de humor, de hacernos sentir vergüenza (propia y ajena), el pensamiento de Rezzori se vehicula en las escenas de esta novela de manera poderosa, siendo Arnulf, una suerte de narrador indigno de confianza, el vórtice donde convergen las contradicciones morales y políticas de aquella época, tan distante y tan sobrecogedoramente cercana a la vez. El protagonista, un antisemita que acaba siempre rodeado de judíos y que tras el Anschluss, se reúne con ellos en la clandestinidad para idear cómo salir de Viena.

Para terminar, la novela concluye con un epílogo en el que el autor ya maduro reflexiona sobre la función de la memoria y la importancia de la verdad y de la invención a la hora de narrar. Gregor von Rezzori: uno de esos escritores a los que el cliché de hombre de mundo no se ajusta tanto como el de hombre de mundos, de épocas abismalmente alejadas, aunque solo con escasos años entre sí.

viernes, 12 de febrero de 2021

Un batiburrillo griego

Es posible que se sorprendan si, leyendo a Esquilo, en concreto su trilogía trágica Orestiada, encuentran a una antecesora de Lady Macbeth, en el personaje de Clitemestra, la esposa de Agamenón, el vencedor de Troya. Lo saco a colación, porque a veces tengo la sensación de que mi formación literaria ha ido en contra de la flecha del tiempo. Aquellos clásicos griegos y romanos, fuente o base de gran parte de nuestra cultura, han sido relegados a la oscuridad salvo en ocasionales glosas y citas dispersas. Así, no pensé, cuando en su momento leí Macbeth, que Lady Macbeth era un eco de Clitemnestra. Independientemente de si Shakesperare había leído a Esquilo o no, mi conocimiento alcanzaba solo al primero. Ver para creer, pensarán con razón, mientras se rasgan las vestiduras.

No hace tanto tiempo, una persona no era culta si no sabía latín. Antes, si no sabía griego clásico. En el ámbito académico anglosajón, una persona que no sabe griego (no el moderno) recibe el apelativo de "greekless", creo que con ánimo despectivo o condescendiente. Hoy en día, no existen criterios que gocen de respaldo social generalizado para determinar quién es culto. Lo que hay -y siempre ha habido- son criterios de clase. Aunque, a decir verdad, en nuestra época a casi nadie le importa, salvo a esa especie humana denominada gestor/a cultural, experta, en realidad, en relaciones humanas y captación de patrocinios y, por supuesto, a aquellos que abominan de "la masa". Masa de la que ellos/as no forman parte, por supuesto: excrecencia monádica, en todo caso. Quizá sea mejor así, porque es fácil abominar de los supuestos incultos si uno/a ha tenido todas las posibilidades para leer, estudiar y llevar una vida con tiempo libre y ellos/as, no.

Volviendo al asunto griego, les confieso que, quizá por el hastío que representa la producción literaria patria y local en su mayor parte, y también por motivos de investigación intelectuales, he dirigido la mirada a los griegos. Si, como ya comenté hace algún tiempo, Sófocles y su Edipo, Rey (quien, en realidad, no era rey, sino tirano) fueron, vía Foucault y su estudio de la parresía, el objeto de mi lectura, después fueron Eurípides y su Ion, y ahora, como señalé más arriba, Esquilo: la Orestíada, Los persas y Prometeo encadenado. Lo mismo puede decirse de Platón, de quien uno puede disfrutar tanto por su contenido filosófico como literario. Quién me iba a decir a mí, no hace tanto tiempo, que lo leería con placer. En general, tengo la sensación de que voy dando tumbos en la vida, sí, pero en ocasiones uno de esos tumbos me acerca a algo valioso de lo que ya no puedo prescindir en adelante. 

Si uno quiere saber algo de la Grecia clásica, de su democracia, no puede sino conocer también su mentalidad, su visión del mundo, cambiante, por acotar el periodo más conocido, desde Salón hasta la derrota ante las armas macedonias, y que se plasma de manera nítida en la tragedia y en la comedia. Además, por supuesto, en los diálogos de Platón, en los escritos políticos y éticos de Aristóteles y en otros textos como La Constitución de los Atenienses, de paternidad dudosa (se le suele denominar a su autor el Viejo Oligarca) o de Tucídides y Jenofonte, entre otros. Bien es cierto que todos estos autores exhibían en sus escritos su visión profundamente antidemocrática de cómo debía organizarse una polis. Así pues, uno puede comenzar con política y acabar leyendo tragedia, o viceversa. Esa división bastante nítida para nosotros entre política y literatura resultaba inexistente para los atenienses, y los griegos, en general, pues ni siquiera nuestra concepción del arte sería inteligible para ellos. En fin, nada que no se sepa.

           
                                                           
           

Es interesante saber, además, respecto del teatro en Atenas, que en sus festivales dramáticos se erigía en vencedora no aquella obra por la que hubiese votado un comité compuesto por Juan-Manuel García Ramos, Juan Cruz y un/a tercero/a cualquiera, sino por la misma ciudadanía que había asistido a las representaciones. Era, por tanto, un premio del máximo prestigio, ausente experto alguno, en el que el componente democrático era esencial, en consonancia con el espíritu de casi todas las instituciones de la polis. Recordemos también que los jurados de los juicios y la composición del Consejo que preparaba los asuntos para ser debatidos en la Asamblea estaban, asimismo, formado por ciudadanos seleccionados por sorteo (que voluntariamente se habían postulado para ello), por lo que cualquiera podía formar parte de la administración, aunque fuera por un periodo breve. Solo los estrategos, los generales, y más tarde el tesorero de la ciudad resultaban elegidos por votación. Para los asuntos que no requerían saber técnico-especializado, el sorteo; para los que sí, la elección. Se consideraba, pues, que el sorteo era más democrático y la elección, más aristocrática.



En fin, lo que les quiero transmitir es que se puede apreciar la obra de aquellos griegos sin ser especialista ni académico, y que por mucho que sepamos de terceros que estamos influidos por ellos, etc., no hay nada mejor que ir directamente a su legado, sin más intermediarios que una buena traducción o, en su caso, un/a buen/a comentarista, que hay muchos/as y buenos/as. Por ejemplo, en la actualidad estoy enfrascado en la lectura de Democracy. A life, de Paul Cartledge o Ethos y Pólis: Una historia de la filosofía práctica en la Grecia clásica, de Salvador Mas Torres.


    

En este sentido, una relectura de El Banquete, de Platón bajo el confortable manto de Giovanni Reale en su obra Eros, el demonio mediador vale mucho la pena, por mencionar otro. O aquel libro de Cornelius Castoriadis que, en su momento cité en algún artículo: Sobre El Político de Platón.



                                                                                                                     

En fin, comprendo que se pueda percibir este artículo como un tanto ingenuo, en tanto en cuanto muchos/as de ustedes estarán de sobra familiarizados con su objeto. No obstante, mi propósito ha consistido desde un principio en hacerles partícipes de lo que supone para mí un descubrimiento de esta naturaleza en un estadio ya avanzado de la vida, lo que me ha hecho cuestionar -una vez más- mi educación y mis preferencias a lo largo de aquella. 

Añadamos, ya hablando de forma general, la formación literaria de nuestros/as escritores/as. Si Thoreau, Emerson, Hawthorne, Melville, Dickinson y otros/as grandes de la literatura estadounidense del siglo XIX escribían sobre la base de un conocimiento profundo de las Escrituras, me pregunto si a estas alturas de siglo XXI se puede escribir sin saber nada no solo de la Biblia ni de las autores grecorromanos, sino si se puede abordar un proyecto literario sin un mínimo de erudición que consista en algo más que en series de TV, alguna lectura en diagonal de Arturo Pérez Reverte y el recuerdo adolescente e inefable de H.P. Lovecraft. 

Por otro lado, ¿puede uno/a escribir, estando situado dentro del marco de una cultura, sin conocer la obra de las generaciones anteriores que contribuyeron a engrosar el acervo de esa misma cultura? ¿Necesita un escritor canario conocer a Cairasco de Figueroa, a Alonso Quesada, a Josefina de la Torre o a Víctor Ramírez? ¿Esas sombras de antaño pueden quedar atrás sin que nos alcancen? En definitiva, ¿hay lecturas indispensables del pasado para que la obra potencial de nuestro presente resuene, a su vez, en la posteridad?






sábado, 30 de enero de 2021

'El testigo ocular', de Ernst Weiss

Tengo la impresión de que las valoraciones y los comentarios de los lectores en Amazon ejercen una influencia mayor en la recepción de una novela que la mayoría de los blogs literarios, por mucho prestigio que posean (como este), y, sin duda, que los cuadernillos culturales de los periódicos de fin de semana. Se reúne allí, en el gran centro comercial digital, una ingente masa lectora que, en esta era de la democratización del gusto y de la cultura, no duda en atreverse a puntuar y comentar las obras literarias. Con gran desparpajo. No seré yo quien se ponga vargallosiano para clamar contra la supuesta vulgarización de la literatura y de la cultura, y de la crítica literaria, a estas alturas de modernidad, posmodernidad y postposmodernidad. Simplemente, me limito a compartir con Vds. la impresión de que Internet ha saltado por encima de los guardianes y de las vallas del campo cultural, que está ahora repleto no solo de artistas, editores/as y agentes literarios, sino de bibliófilos, de lectores aficionados/as, de advenedizos/as, surfistas rubiales, libreros de retales y de cualquiera que pase por ahí. 

No obstante, esa impresión de realizar un acto significativo, es decir, el votar y puntuar como si uno ejecutara un supremo acto de relevancia cósmica se acomoda, claro está, a los intereses de la empresa que alberga aquellos. No olvidemos nunca que en un referéndum, por ejemplo, el poder de plantear la pregunta es quizá lo más relevante. Es por ello que siempre desconfío de las maniobras de carácter político, social o cultural de una empresa, cuyo interés primordial es la obtención de beneficios y, en el caso de Amazon, encaramarse siempre que se pueda a una posición monopolística o monopsonista. Si los libros digitales son baratos, o más baratos que antes no implica otra cosa que a Amazon no le cuesta apenas venderlos y que el pago a los/as autores/as es mínimo, por supuesto. Así, de paso eliminas a la competencia. Es decir, a las librerías.

Por otro lado, el gusto mayoritario no indica otra cosa que el gusto mayoritario, sin atender de forma necesaria otros parámetros como su supuesta calidad, innovación, vanguardismo, experimentación, etc. El gusto mayoritario, casi por definición, es conformista y conservador. Le gusta lo que ya ha probado, ansía aquello por lo que ya ha sentido satisfacción. De ahí, las continuaciones, trilogías, pentateucos, sagas, spin-offs, etc. en todas las modalidades artísticas narrativas: literatura, cine y televisión. Por un lado, el deseo de crear algo original y valioso, tal vez crítico. Por otro, la supervivencia. A veces, se establecen buenas relaciones de compromiso. La mayor parte de las veces, no lo parece.

Como señalan algunos estudiosos, eso siempre ha sido así, pero antes de Internet, existía mayor margen para la innovación y la exploración en géneros y estilos minoritarios. Internet y las fusiones y absorciones de las editoriales han acotado el campo de manera notable y ostensible. Hoy en día, si uno hace un muestreo por charlas de Twitter, Facebook, de blogueros, instagramers y youtubers, encuentra vampirismo, novelas de amor, guerras de galaxias, detectives chusqueros, más novelas de amor, monstruos lovecraftianos y zombis, muchos zombis. Por no hablar de esos productos novelísticos asignados al famosito/a de turno, que, de repente, nos sale escritor/a. Aun así, todavía encontramos editoriales pequeñas que editan literatura algo diferente, lo que es de agradecer. A nivel local, las editoriales no pueden sino apostar porque tampoco hay mucho donde elegir. En realidad, publican todo los que les pongan por delante, animados por un complaciente periodismo cultural que sigue anclado en esa concepción del arte y la literatura como algo sagrado de lo que se erige en sacerdote, cuando no en profeta. Ambos roles, claro está, resultan anacrónicos.




Los que no hemos sido participantes de ninguna guerra no podemos comprender del todo, pese a las innumerables películas sobre la II Guerra Mundial o de los relatos de nuestros abuelos de la Guerra Civil, qué pudo significar para un demócrata significado que las tropas de Franco entraran en su pueblo o ciudad, o que para un judío la Wehrmacht y las Schutzstaffel entraran en el suyo. O qué impresión suscitaban las detenciones en la Argentina de la Junta Militar, o en el Chile de Pinochet. O enterarte de que tus vecinos hutus buscaban a tutsis como tú para matarlos a machetazos. Y mil ejemplos más a cual más pavoroso.

Recordamos a Walter Benjamin, o a Antonio Machado o a García Lorca y tantos otros. Intento reproducir mentalmente esa sensación de espanto e indefensión que significó para tantos judíos ya avisados del horror hitleriano la entrada de las tropas alemanas en París, por ejemplo. La brutalidad planificada, la matanza sistemática, la institucionalización del horror bajo una ideología u otra, bajo un régimen u otro hasta convertir a hombres y mujeres en mera pulpa, en carne violentada y en huesos quebrados. La humillación, el aplastamiento, el aniquilamiento final.

En El testigo ocular, de Ernst Weiss (traducción de Alfonsina Janés), lo que comienza por una rememoración autobiográfica del protagonista, un médico y psiquiatra alemán (lo que lleva, si uno ha leído su obra, a recordar a Chéjov y a Bulgákov, escritores-médicos, por citar los primeros que me han venido a la memoria), en la que se recrea durante buena parte de la novela, da paso en su último cuarto a narrar sus vicisitudes tras la caída del régimen de Weimar y el ascenso al poder ejecutivo del partido nacionalsocialista y de Hitler. Este había sido paciente en las postrimerías de la I Guerra Mundial del protagonista, quien le cura una ceguera causada por un trauma.

Es una narración firme, por momentos y escenas, poderosa. No obstante su estructura parece un tanto descompensada la novela en cuanto al volumen que se dedica a la infancia y adolescencia del protagonista en comparación con las consecuencias históricas de su cura a aquel cabo, siempre llamado A.H. En cierto modo, puede entenderse como una novela de formación, al menos en su primera mitad. También hay que señalar que junto con personajes descritos con notable perspicacia, como "el Káiser de los locos", su padre o su madre, otros resultan más desdibujados como su mujer,  Helmut, hijo del Káiser o Heidi, la última mujer de su padre. 


Lo que veía y aprendía me encantaba. Me encantaba de otra forma muy distinta, pero igualmente profunda, si se me permite hablar así, que el acongojante embeleso al soñar con Katinka desnuda; era el día comparado con la noche. Me hacía bien. Ahora el remar y el nadar me atraían mucho menos que al principio; no podía apartarme de mi trabajo. En una ocasión, charlando con Kaiser, comparé la disposición de las células, que estaban relacionadas de forma misteriosa, rítmica, planificada (si bien nadie era capaz de desvelar el enigma, nadie comprendía el ritmo y nadie había descubierto todavía el plan, aunque fuera sólo en una profundidad de un milímetro y en una amplitud de un milímetro cuadrado), con la de la Vía Láctea, que podía ver por la noche desde mi cama cuando abajo, en la terraza junto al lago, la música y las risas no me dejaban dormir. Mi maestro estaba muy en contra de tales comparaciones. Atenerse estrictamente a lo que es, ignorar todo lo que no es, éste era su lema. Las células nerviosas eran una cosa y la Vía Láctea era otra cosa distinta. Él era un especialista en lo uno y un ignorante en lo otro. (Pág. 94)

Uno no desciende hasta la masa sin haberse quitado de encima los escrúpulos y la conciencia que ennoblecen al individuo. Nosotros queríamos actuar con los antiguos métodos en una época nueva en la que los siervos se habían convertido en amos y en que la fuerza lo era todo. Era fuerte quien conseguía más votos. Con la verdad era difícil ganárselos. Sin algo de mentira es imposible hacer política, pero nosotros intentábamos salir adelante ocultando un mínimo de verdad. En el bando nacionalista no había mentiras suficientemente grandes. Sí, la magnitud de la mentira, las inimaginables exageraciones y embustes tenían que asegurar el éxito, y lo aseguraban. Sus fanáticas mentiras tenían éxito. Nuestras verdades a medias, no. (Pág. 178)

En cuanto se produjo la toma de poder, se soltó una increíble y cenagosa corriente de denuncias. Los padres denunciaban a sus hijos, los hijos a sus padres, y las mujeres a sus maridos, con la esperanza de obtener ventajas del nuevo régimen o simplemente por deseo de vengarse, por odio, por la bajeza de su carácter. Ahora la bajeza estaba a la orden del día, y quien no se había querido inclinar ante las zapatillas de seda blanca del Papa de Roma o ante el pomo de la espada de un mariscal en el viejo cuartel general del Imperio alemán, ahora besaba con arrobo las suelas de aquel hombre a quien muchos aún recordaban como vagabundo en las calles de Viena. Pero precisamente el hecho de que hubiera sido tan poca cosa, de que hubiera salido del fondo cenagoso, efervescente y silencioso de la masa, era lo que hacía que le tuvieran tal aprecio, y le adoraban. Ya no era, como se había gloriado al principio, el san Juan Bautista de un futuro Jesús, que anunciaba a son de tambor a un héroe que iba a venir, ahora era mesías y guerrero. Ellos se inclinaban voluptuosamente ante él, a quien el milagro había sacado de la nada para convertirlo en soberano. Yo conocía el milagro en sus fuentes, pues era quien le había infundido la fe en sí mismo como si fuera un milagro divino. (Pág. 192)

La pasión que enardece al protagonista, sin duda un trasunto de Weiss, a la hora de relatar la caída del régimen y la hipnosis colectiva de buena parte de la población puede que sea un obstáculo para que dicho relato cuaje del todo, como si algo esencial se le escapara para dilucidarlo de forma óptima. Quizás su insistencia en la masa y en la subalma, explicaciones que oscilan entre lo psicológico y lo metafísico, nos birla una explicación más sutil, aunque es propio de la época -trágica y convulsa- en la que se escribió la obra (recordemos a Ortega y Gasset, sin ir más lejos). Por otro lado, la exposición de las miserias pequeñoburguesas, de su profunda mezquindad y grosero materialismo sí que resultan convincentes. Además, gracias a esa misma pasión y a su interés por escudriñar las veleidades psicológicas de aquella Alemania derrumbada, nos hacemos una idea cabal de ese periodo, preludio de una guerra y de un genocidio pavorosos.

No deja de resultar inquietante establecer, por forzados que sean, los paralelismos entre el desarrollo y la impunidad de la mentira política del surgimiento de los fascismos y el auge de la extrema derecha en el siglo XXI. El período Trump y la reemergencia en España de la ultraderecha nacionalista y catolicista nos demuestran que se puede seguir ganando los corazones de las personas a base de combinar la tecnología, el resentimiento y el embuste sin parar en mientes.

En fin, es posible escribir en una misma frase que una novela impresionante no es redonda. Es el caso de El testigo ocular.





martes, 19 de enero de 2021

'Kraft', de Jonas Lüscher

No es infrecuente que un libro, escrito de forma correcta y con una tesis de fondo con la que incluso podemos simpatizar, nos aburra. Quizá las expectativas se tornaron demasiado altas cuando, como es habitual, a uno le hayan contado que ha sido premiado y requetepremiado, y lo mejor que se haya dicho de él es eso mismo.

Tal es el caso de Kraft, de Jonas Lüscher, caracterizada según la editorial (Vegueta Ediciones) como "universitaria, sátira erudita y dura crítica contra el capitalismo". La verdad, no se me ocurre nada peor para anunciar una novela. Lo de la literatura, y el mundo del Arte, en general, y la "crítica contra el capitalismo" es para partirse de la risa o, al menos, para la mueca sardónica. Resulta aporético que una crítica contra el capitalismo desde instituciones capitalistas, de tal modo que la misma crítica es absorbida y, por tanto, anestesiada por el sistema que la cobija y la ventila. Así, en general, el arte subvencionado por las instituciones públicas. Así, en concreto, el arte patrocinado o esponsorizado por instituciones privadas con ánimo de lucro. Las dos censuran, las dos crean clientela, las dos son cónyuges de conveniencia con el mundillo del arte. Ya es hora de ir buscando una tercera vía que, solo apunto, podría ser paralela a la de la gestión de los medios de comunicación: no solo privado, pero no solo estatal, sino público, entendiendo por esto la gestión y participación ciudadana motivada no por ánimo de lucro ni por los intereses del partido de turno. 

A mayor abundamiento, y aunque nos desviemos un poco del asunto, cada vez que anuncian una exposición de arte en el CAAM o, ya puestos, en el Reina Sofía o en el Thyssen anunciada como "crítica" contra "la sociedad de consumo", contra "la mercantilización de la cultura" o cualquier frase de esas, es para maravillarse o ante el cinismo o ante la ignorancia, en especial cuando se considera, a estas alturas y con la que ha caído, que el museo sigue siendo el lugar donde una obra, corriente o expresión adquiere el rango de artística.




Pues Kraft es, más que anticapitalista, explícitamente antineoliberal, aunque de un modo tan obvio que le resta contundencia: la crítica no se ejemplifica a través de las consecuencias en los personajes de determinadas políticas o ambiente social, sino a través del discurso de un narrador omnisciente. No digo que a veces tenga su gracia la ironía o la crítica, pero en muchas otras no solo resulta un tanto panfletaria, sino panfletariamente aburrida. 


Estaba convencido de que aquél era su deber, y las palabras de Reagan le habían insuflado la valentía de un león. Se sentía dispuesto a salirle al paso a una horda de comunistas desatadas, a pecho descubierto, sin más armas que su historia y su superioridad intelectual. En aquel entonces, las redes sociales y el Internet móvil no se habían inventado, nadie se podía imaginar algo semejante, y tal vez fuese una suerte, porque, de esa manera, los dos amigos no supieron de los dramáticos acontecimientos que se iban a producir en la Nollendorfplatz. De haber sido así, Kraft no habría podido detener a István, que habría acudido allí, sin más armas que su historia y su superioridad intelectual, exponiéndose a una lluvia de adoquines de la que habría salido, a lo sumo, eso es cierto, con un ojo morado. En cambio, conocían por los periódicos el lugar en el que iba a desarrollarse la manifestación de mujeres, la única que las autoridades, en su celo, no habían prohibido terminantemente. (Pág. 47)


Tal vez Kraft habría comprendido mejor la supuesta torpeza de sus interlocutores para entender aquel concepto si se hubiera dignado leer la obra del economista liberal de izquierdas, que apostaba por la demanda, J.K. Galbraith. Éste contaba que, en su juventud, la teoría de Trickle-Down era conocida como la teoría de la mierda de caballo: si uno mete suficiente avena en un caballo está claro que, antes o después, la parte posterior del animal dejará caer sobre el pavimento algo con lo que los gorriones se pueden alimentar. Pero Kraft no leía este tipo de libros. Por lo tanto, seguía cantando en un tono demasiado alto su himno al bienestar, un bienestar que caería sobre todos, desde el séptimo cielo del libre mercado, como una cálida lluvia tropical; razón por la cual, en la Freie Universität, empezó a ser conocido sarcásticamente como "el hacedor de lluvia". Por supuesto, aquel sobrenombre iba en contra de su deseo de agradar. Las cosas no son tan sencillas... Nada es fácil... Nunca lo ha sido y nunca lo será. (Págs.134-135)

 

El mal, por lo tanto, debe existir... y EXISTE... sin lugar a dudas. Ahora hay que explicar por qué el mal no es, ni mucho menos, tan malo. Tal vez debería pasar directamente a la great chain of being... La idea de la cadena es buena, trae a la mente algo mecánico, eslabón a eslabón se crea una estructura sólida y clara. Paso a paso. Si uno dispone de una cadena, puede remontarse, eslabón a eslabón, hasta su origen, donde se produce un punto de inflexión, la brecha del conocimiento, y choca contra la roca madre que es la verdad última. (Pág. 201)


Las andanzas del personaje principal no revisten tanto interés al leerlas como entusiasmo manifiesta el autor al escribirlas. Aprecio regocijo, pero también verborrea, al relatarnos la evolución que va del estudiante universitario thatcherista al Kraft profesor universitario y sentimentalmente fracasado. Es difícil encontrar una frase estéticamente valiosa, y, aunque una traducción (a cargo de Roberto Bravo de la Varga), no se refleja en ella que el autor se preocupe tanto por el lenguaje como por el mensaje. A este respecto, es oportuna la comparación con Peter Stamm, también suizo germano parlante, que, con una prosa mucho más sobria (nos atenemos a las traducciones de José Aníbal Campos), alcanza una intensidad sentimental mucho más poderosa, y cuyas reverberaciones de índole cognitiva no son menores, a pesar de que la carga filosófica explícita de Kraft es mayor.

Es por ello por lo que insisto que suele ser más efectivo contar que explicar, dejar que, mediante la la narración, el lector o lectora llegue a sus propias conclusiones, y no que se la sirvan en una bandeja escolar, con cada ración de pensamiento en su hueco correspondiente. Hay más maneras de argumentar y de apoyar una tesis que mediante una novela. En esta, y no digo que Kraft no esté correctamente escrita, como señalé al principio, el contenido desequilibra la balanza respecto de la forma. Esto, que en otras circunstancias, podría no ser decisivo, aquí se ve radicalizado por la escasa originalidad de la tesis: el neoliberalismo es malo, sus apóstoles, errados o locos. Las grandes emporios tecnológicos con sede en Silicon Valley son aspirantes a dictadores en traje hippy. Muy bien, pero que aunque, a grandes rasgos y en alguno pequeño, uno pueda estar de acuerdo, la forma de comunicarlo no puede ser simplona, porque no lo son ninguna forma de capitalismo ni ningún otro sistema económico o político ni, ya que estamos, las consecuencias de los avances tecnológicos. La realidad consta de mil matices por lo que la sutileza y la prudencia nunca llegan demasiado temprano.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Las listas de 2020: lo peorcito y lo mejorcito

Aquí estamos, por fin, con las listas-resumen de fin de año 2020. Este es el artículo-pináculo, el culmen de doce meses de dedicación lectora algo masoquista, para qué voy a engañarles.

Así y todo, parece que fue ayer cuando comencé con el blog: era joven, ambidiestro, corría delante de los grises, militaba en un partido comunista-maoísta y no me depilaba las ingles. 

El párrafo anterior es falso.

2020 fue el año en que me di cuenta de que la competencia era la norma que debía presidir las relaciones sociales, y que la mejor manera de sobrevivir en un ecosistema económico como el nuestro era construirme un personal branding, crear una start-up en una incubadora de empresas, mejor si era subvencionada, buscar business-angels y practicar el elevator-pitch, así como el story-telling

Nada de esto es cierto. 

Desde entonces, no he hecho más que hacer amigos/as del mundillo cultural, que no han dejado de invitarme a todo tipo de saraos y festivales de dudosa reputación para que comparta mis insensateces entre canapé y canapé y me enfrasque en juegos de piernas bajo la mesa. Radios, teles y periódicos me importunan de continuo para que ilumine sus mediocres tertulias con mi carisma. Siempre pido un euro más de lo que cobra el/la colaborador/a con más caché. Algunas personas me llaman "ser de luz".

Todo esto también es falso. 

Dejémonos de bromas: 2020, en realidad, ha sido más sencillo, pandemia aparte. Fructífero tanto en número de lecturas como en calidad, y no solo hablo de ficción. Ya sea por que estoy afinando el ojo o porque he aprendido a huir de ciertos autores/as (a los que les he concedido más de una oportunidad) previendo que no me iban a traer nada bueno, lo cierto es que la lista de este año solo contiene tres libros que, sin duda, podríamos calificar de enemigos de lo bueno y de lo hermoso, como diría Platón.

Vamos allá:

Lo peorcito

1) La ternura del caníbal, de Víctor Álamo de la Rosa. Ed. Siete Islas.

Esta novela (al menos hasta donde llegué) no es mala, sino abominable. Diálogos impostados que causan vergüenza ajena, un argumento de película de la Cannon de los años 80, personajes, sobre todo el protagonista narrador, risibles y ridículos. Además, la promoción en los medios de la novela en la que se cantaban, una y otra vez, sus excelencias no puede sino provocar que el efecto de la lectura sea aún más esperpéntico. Mala hasta decir basta. La ternura del caníbal, junto con La espiral del silencio, de Mayte Martín, Caídos del suelo, de Ramón Betancor, y El tren delantero, de Emilio González Déniz son obras, por llamarlas así, que ejemplifican cómo no debe escribirse una novela, o una carta, o un recibo, o la lista de la compra: cómo no escribir, en general. 


2) El gran amor de Galdós, de Santiago Gil. Edic. La Palma.

Se le mima mucho a Santiago Gil. Imagino que el encanto personal y la conexión por tierra, mar y aire con los medios de comunicación tampoco juegan en contra a la hora de promocionar su hipertrofiada obra literaria. Ya Gracias por el tiempo era lo bastante mala como para imponer una cuarentena urgente y prevenir daños futuros, pero, no obstante, dado el año en que estamos y precedida por los elogios desmesurados (cómo no) de J. J. Armas Marcelo, pensé que había que concederle una segunda oportunidad. Craso error. No lo cometan Vds: me lo agradecerán.


3) Amores ciegos, de Marcos Rivero Mentado. Edic. El Drago.

Muy floja. Se le agradece el sentimiento vertido, pero es un ejercicio fracasado que nos hace recordar lo que pensaba Wilde de la sinceridad. No es cuestión de hacer sangre de un artista multidisciplinar y polifacético cuya incursión en la literatura, me temo, solo le valdrá para el currículo. Ya algunos buenos literatos hicieron desaparecer su primer libro o poemario, así que no debe avergonzarse si decide seguir esa escondida senda.







Como suele pasar con las buenas lecturas, establecer una clasificación es difícil, cuando no directamente arbitraria. No obstante, una lista que no esté encabezada por Bernhard casi no es lista. Peter Stamm, es un excelente escritor, así que tampoco escribo nada nuevo, y lo mismo, de Georges Simenon. Daniel Pennac en cierto modo me recuerda aquellos momentos de lectura febril de la infancia y adolescencia, de lo que me alegro. Por otro lado, sin ánimo de exhaustividad, me han maravillado tanto la lectura de Luis Rodríguez como, en otros registros, de Anelio Rodríguez Concepción. Finalmente, y pasando por alto el resto de títulos, nada desdeñables, incluyo a Andrea Abreu porque considero que su novela tiene valor, a pesar de que no haya gustado a gente cuyo criterio respeto casi más que el mío. Debo señalar, pero lo mismo puede decirse de novelas mucho peores como las ya mencionadas, que Panza de burro ni de lejos ha suscitado la aprobación unánime de público y crítica. Ya saben que en este mundo mediatizado solo existe aquello en lo que ponen el foco los medios de comunicación.

Lo mejorcito

1) Hormigón, de Thomas Bernhard (traducción de Miguel Sáenz). Ed. Alfaguara.

2) Monte a través, de Peter Stamm (traducción de José Aníbal Campos). Ed. Acantilado.

3) 8.38, de Luis Rodríguez. Ed. Candaya.

4) Historia de Mr. Sabas, domador de leones, y su admirable familia del Circo Totti, de Anelio Rodríguez Concepción. Ed. Pre-textos

5) El valle del Issa, de Czeslaw Milosz (traducción de Anna Rodón Klemensiewich). Ed. Tusquets.

6) La ballena, de Paul Gadenne (traducción de David M. Copé). Ed. Periférica.

7) Liberty Bar, de Georges Simenon(traducción de Núria Petit). Ed. Acantilado.

8) La felicidad de los ogros, de Daniel Pennac (traducción de Manuel Serrat Crespo). Ed. Debolsillo

9) Quédate este día y esta noche conmigo, de Belén Gopegui. Ed. Debolsillo.

10) Panza de burro, de Andrea Abreu. Editada por Sabina Urraca.


Y además:

- Ricardo Pérez se prodiga poco. Más bien poquísimo. Tiene un blog, 'Hablando de Literatura en Las Palmas (o argo así)', en el que, por ejemplo, este año solo ha escrito dos entradas. No obstante, es un lector sutil y un escritor ingenioso cuyos comentarios merecen la pena, bastante más interesantes que los que se pueden leer en los cuadernillos culturales de los periódicos locales o en las revistas literarias digitales. Además, tiene otro blog (cierta dispersión es una característica de este buen hombre) en el que deposita reflexiones más generales sobre asuntos varios que, con frecuencia, se salen de lo común. Un punto de vista singular, sin duda.


Los medios de comunicación

En lo que se refiere a reseñadores/as y periodistas culturales de los medios locales ("espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!"), no puedo resistirme a enviarles de nuevo un saludo cordial, agradecido por esa insistencia que muestran por cultivar el estilo lírico-pastoril, en la línea maravillosista y buenrollista que es seña de identidad de quienes comentan arte y literatura en Canarias. Les auguro una larga carrera reseñadora con entrada VIP a los grandes acontecimientos culturales o a lo que surja. Que sigan empeñándose en mostrarnos su entusiasmo por todo lo que huela a Cultura, sea alta, baja, popular, industrial, intermedia, triangular o elipsoide. Es posible que algún día estos/as amantes de lo bello lean una novela de un/a autor/a canario/a que les disguste o vean una obra de teatro deleznable, o asistan a una exposición que les decepcione, pero hasta entonces, engrosan (y fomentan) la nómina de personas empeñadas en levitar a poco que oigan "¡Arte!, ¡Cultura!, ¡Música!, ¡Literatura!". Como diría Víctor Lenore, no hacen sino mostrar, en definitiva, la cobardía del gremio.

Es posible que hagan falta periodistas que funcionen como intermediarios entre el gran público y los artistas. Que sean capaces de traducir y contextualizar, pero con criterio, además de críticos, si queremos que sean algo más que meros publicistas, que es lo que, al fin y al cabo, son ahora mismo, incluso con entusiasmo.

Por último, respecto del papel de la crítica en el mundo del Arte (lo mismo podría decirse del más acotado de la Literatura), Hal Foster se preguntaba ya hace unas décadas(*): "¿Cuál es el lugar de la crítica en una cultura visual que es eternamente administrada -desde un mundo artístico dominado por agentes de promoción con escasa necesidad de crítica hasta un mundo mediático de corporaciones de comunicación-y-entretenimiento sin ningún interés por nada-? ¿Y cuál el lugar de la crítica en una cultura política que es eternamente afirmativa, especialmente en medio de las guerras culturales que llevan a la derecha a amenazar con o lo tomas o lo dejas y a la izquierda a preguntarse dónde estoy en este cuadro?"

Esto es todo. Esperemos que 2021 sea mejor en todo y para todos. 



(*) FOSTER, HAL. El retorno de lo real. La vanguardia a finales de siglo, Madrid: Akal, 2001, introducción, XII.





domingo, 20 de diciembre de 2020

'Marcia de Vermont', de Peter Stamm

 Entre tanta trilogía magufa o tostón amoroso-costumbrista de 500 páginas, resulta un alivio leer un cuento o un relato más o menos corto escrito por alguien competente. Ni siquiera una colección de ellos, sólo uno. Tal fue el caso de Ballena, de Paul Gadenne, o, el objeto de la reseña de hoy, Marcia de Vermont (traducido, una vez más, por el infatigable y admirable Aníbal Campos, como admirables son todos/as esos/as traductores/as que nos ayudan a que vislumbremos algo más allá de nuestro propio ombligo cultural), de Peter Stamm, un habitual de estas páginas. 

Como digo, un único cuento puede provocarnos ese shock benjaminiano, ese repentino resplandor en la noche oscura del alma, esa sacudida de nuestra inadvertida alienación. Seria ocioso recordar a tantos escritoras y escritores maestros del cuento, y también su innecesaria defensa frente a la novela, etc. Si hay algún debate serio suscitado por la literatura, no es ese.

En apenas 75 páginas, que además son casi de bolsillo y con tipografía de tamaño mediano, un relato puede seguir interrogándonos, o haciendo que nos interroguemos, sobre el paso del tiempo, que nos detengamos en la diferente perspectiva que sobre los mismos hechos pueden tener sus participantes, y que nos aferremos, con la melancolía consiguiente, casi inevitable, al recuerdo, a la memoria de cuando estaba todo por hacer y por hacernos, de cuando nos preguntábamos por el futuro y este no era sinónimo ni de decadencia ni de muerte.




Es probable que con Marcia de Vermont, Stamm no haya escrito su obra más redonda, que con ella no asegure su recuerdo como clásico. No obstante, las vacilaciones y mudanzas del personaje protagonista son asimilables por cualquier lector/a que sea algo consciente de sí mismo. Su argumento, el retorno de un artista (profesión que aquí, sospecho, contiene más connotaciones negativas que positivas) veinte años después a Nueva York, resulta en gran medida inverosímil por la acumulación de coincidencias un tanto forzadas o ad hoc. Aunque la realidad puede proporcionarnos casualidades más increíbles, no dejo de tener la sensación de que el desarrollo de la trama está al servicio, así lo veo yo, de destrascendentalizar descaradamente la importancia de los hitos biográficos propios, aquellos que considerábamos momentos liminales de nuestra existencia, en nuestro vano empeño de dotarla de sentido, de crear una narrativa que dé cuenta de ella como un todo estructurado con algún propósito. 


Era como si cada hecho, cada vivencia y cada aventura se hubieran llevado un fragmento de esa vida, como si en esa época fuésemos más nosotros mismos, por irracional e inmaduro que resultara nuestro comportamiento entonces. Había creído en el tópico según el cual una biografía es más rica cuanto más extensa, pero era todo lo contrario: cada decisión tomada destruía otros cientos de posibilidades. Al final llegábamos todos al mismo punto y nos disolvíamos en la nada. (Pág. 51)

 

"A diferencia de otras personas, yo no poseo recuerdos de mi infancia -afirmaba Marcia en aquel reportaje-. A veces pienso que mis únicos recuerdos son los que me he inventado en torno a las fotos de mi niñez. Tal vez esté inventándome mi propio pasado. Desconfío de mis recuerdos, pues también podrían ser ficción". (Pág. 57)


Pero cumple su objetivo: en el relato, más alegórico que simbólico, el personaje cierra, por decirlo así, el círculo de una experiencia que concluye (tanto hace veinte años como en el momento presente de la narración) en Navidad, como si fuera un trasunto del cuento de Charles Dickens, más que el moderno de Paul Auster. Un cuento, sin embargo, que tal vez no sea de redención, pero sí de reflexión sobre, como señalé antes, la memoria y sus fantasmas, y sobre las vivencias consideradas como bagaje, y más en esta época en la que el espíritu economicista posfordista que lo domina todo pone a la venta "experiencias" como si fueran mercaderías de supermercado con las que construir una personalidad, o, como dirían algunos/as vendedoras de crecepelo, una "marca personal".

Por otro lado, y como ya he señalado en otras ocasiones, como en referencia a su excelente novela Monte a través, Stamm posee un estilo depurado, entendiendo por esto el tendente a la frase corta y precisa, exenta en gran medida de adjetivación, prefiriendo las oraciones coordinadas y optando en escasa medida por la subordinación, sin que ello se encarne en una prosa árida, ni mucho menos. También, depurado, porque es reconocible y personal, habiendo alcanzado una manera propia, singular, de expresarse. Como tal, es una virtud, al menos en nuestra moderna concepción del arte y del artista.


Mi estudio estaba en una casa de madera pintada de blanco como las que se ven en las películas estadounidenses. Tenía una veranda con una mecedora y una mosquitera en la puerta principal. El inmueble se hallaba en un estado bastante ruinoso y necesitaba con urgencia una buena mano de pintura. Albergaba cuatro estudios, dos en la planta baja y otros dos en la planta superior. El llavero indicaba el número de mi estudio, situado en el piso de arriba, de modo que subí por una escalera que crujía a cada paso. El estudio consistía en una amplia habitación con una cama de matrimonio enorme y un colchón demasiado blando, un tresillo y un escritorio antiguo. Encima de una cómoda había un viejo televisor y, en un rincón del salón, una pequeña nevera, una cafetera y un microondas. Había incluso algunas provisiones: café molido, té negro, avena y una lata de sopa de fideos. Junto a la nevera, una puerta conducía al cuarto de baño, equipado con una pequeña bañera y un tendedero destartalado. La ventana estaba entreabierta, y se colaba un aire frío. (Pág. 31)

 

Estuvo nevando durante días. Me había pasado la mayor parte del tiempo en el estudio, contemplando una y otra vez el libro de Marcia, hasta el punto de que llegó a parecerme más real que el mundo circundante. Cuando por fin aclaró, ya nada me retuvo en la habitación. Di un paseo hacia el pueblo y, como hacía sol, me alejé por la carretera despejada de nieve. En un lugar del camino que discurría muy cerca del río, a pesar de no llevar botas, me acerqué torpemente a la orilla pisando la nieve. Una capa de hielo cubría la superficie, y en algunos puntos podía verse el agua fluyendo debajo. (Pág. 61)


En fin, en mi opinión, Marcia de Vermont podría haber dado para más. El personaje de Marcia me resulta más interesante que el del mismo protagonista, a pesar de que ella es solo recordada y leída. Es posible que el autor no estuviese tan interesado en desarrollar una biografía como la de introducirnos en su particular visión sobre la existencia humana. Tal vez, con el desplegar de Marcia, el relato podría habérsele ido de las manos y le hubiese obligado a escribir una novela con mayor complejidad. En este sentido, la narración en primera persona limita la posibilidades, pero es justo lo que el autor se propone para no desviarse del camino trazado.



viernes, 11 de diciembre de 2020

'Nuevos entrelazamientos', de Luis Junco

En un ritmo de producción sin par, henos aquí de nuevo, con el segundo artículo del Polillas de diciembre. Eso sí, sin manifiestos oceánico-isleños ni hipóstasis o fetichismos macaronésicos. Es lo que tiene ser simplemente un blog, y no un proyecto cultural de aspiraciones universalistas, pero, al fin y al cabo, de consecuencias quietistas. Lo bueno, quizá lo único, que tiene escribir reseñas de manera solitaria es que si transcurren dos semanas sin que se cuelgue un post, no ocurre nada. En cambio, si una revista digital no renueva contenidos casi a diario, mal asunto. Por no hablar del columnista de a diario, cuyo triste final es, tras una decena de artículos intentando fascinarnos con sus saberes de política de salón, acabar comentando la serie de televisión de moda o el último partido de su equipo de fútbol favorito.

En otro orden de cosas, un par de escritores canarios han hecho público el proyecto (no sabemos si por razones que tienen que ver con su particular idiosincrasia o simplemente porque les han convencido a macha martillo) de publicar en un libro sus artículos publicados en la prensa local en las últimas décadas, previendo que sería interesante para alguien. Es posible, no lo niego de manera tajante, que este rescate de hemeroteca suponga un hito importante en los estudios culturales o filológicos o periodísticos, y que sea libro de cabecera o de mesita de noche de nuestra intelectualidad local, si es que hay algo digno de ese nombre. Al menos, servirá para ponerle una rayita más al currículo de estos autores a la hora de pedir subvención a la concejalía o consejería de Cultura de turno.

En tercer lugar, no puedo evitar compartir con Vds. que detecto cierto elitismo intelectual, en especial entre los/las poetas y algún que otro escritor tardío por el que abominan del público lector que compra y lee poesía de cantautores o de influencers. Es decir, del público que no les compra a ellos/as. Incluso, hablan de "la masa", retrotrayéndonos a Ortega y Gasset y a toda esa nómina de autores empeñados en cantar las virtudes de una minoría ilustrada y en execrar a la mayoría ignorante, incluyéndose siempre, claro está, en la primera. Hay pocas cosas tan merecedoras de conmiseración que el ímprobo esfuerzo (¡que nunca tiene fin!) de algunos miembros de la pequeña burguesía o modesta clase media  por adquirir una pizca de la distinción que, por definición, solo posee, y solo concede, la minoría dominante. Lo llamativo, para mayor abundamiento, es que algunos se consideran de izquierdas o progresistas. Pero ya sabemos para qué sirve la autoadscripción ideológica en Sociología.

También se han concedido premios literarios aquí y allá, pero ya conocen mi opinión al respecto.




Vayamos a lo nuestro, la reseña de hoy: Nuevos entrelazamientos, de Luis Junco.

La impresión general que suscita la última novela de este autor es que impresiona tanto su arte de narrar como carga su metafísica cuántica. La necesidad que parece sentir Junco de subrayar los "entrelazamientos" y aparentes "casualidades", francamente, satura. En cambio, cuando logra olvidarse de ellas y se mete de lleno a contar o ficcionalizar sucesos históricos emerge un escritor de primera, como ya nos tiene acostumbrados en sus obras anteriores.

Es posible, no obstante, que ese empeño por hacernos maravillar por las aparentes causalidades vitales y entrecruzamientos genealógicos se deba a que, como escritor, a Luis Junco no le resulte suficiente con contar una historia (o varias), sino que necesita que lo narrado posea un sentido trascendente, en el sentido de que obedezca o pertenezca a un relato mayor y significativo. Mi intuición, y mi convicción en esta obra, es que la repetida explicitación no contribuye de manera positiva, sino lo contrario, a ejecutar de manera óptima tal proyecto literario. 

Así, pese a una lectura que por el excelente oficio de Junco es cautivadora, la impresión final es de dispersión, de cierta inconexión entre escenas. No dudo de que sobre el papel, en un esquema, en esa libreta de cuadritos y anillas cuya exhibición está de moda, esté todo atado y bien atado, pero para el lector resulta demasiado fragmentario. Quizá una visión de mayor amplitud que la mía pudiera corregir esta opinión. 

(...) Al cabo, le vi subiendo las escaleras del cadalso, seguido por dos oficiales. El verdugo ya estaba en su puesto, se había descubierto el bloque de madera y también el terrible instrumento de ejecución quedaba a los ojos del condenado. Este saludó a su verdugo con una cortesía que me pareció de otra realidad que no era la que yo estaba viviendo, y al tiempo que le daba una bolsa con monedas, intercambiaba con él unas palabras que no pude distinguir. Con la ayuda de los dos oficiales ayudantes se quitó el chaquetón, la peluca, y requirió el auxilio del propio verdugo para desanudar el cuello de la camisa. Después se arrodilló, colocó la cabeza en la hendidura del bloque y unió las manos para hacer una oración. (Pág. 51)

Ese "el más avanzado de los físicos modernos" al que se refería Enrique Hudson era sin duda Michael Faraday. Para este, el universo era un entrelazamiento intrincado de líneas de fuerza de todo tipo -eléctricas, magnéticas y seguramente otras aún desconocidas-. Los puntos en los que esas líneas se encontraban eran los puntos en los que percibimos la materia existente; sus átomos -hay que recordar que la estructura atómica como tal era en ese momento desconocida- eran solo los centros de esas fuerzas que se cruzaban en el espacio. Al ser afectadas, esas líneas de fuerza vibraban lateralmente y enviaban ondas de energía a lo largo de ellas, como ondulaciones a lo largo de una cuerda, a una velocidad muy rápida pero finita. La luz, sugirió, seguramente era una manifestación de esos movimientos ondulatorios. Esas vibraciones eran de las propias líneas de fuerza, no de supuestas sustancias como el éter, que se consideraba el medio a través del que se transmitía la luz. Faraday dudaba de que el éter existiera (Págs. 87-88)

Yo nunca había visto a personas de otra raza, milord. Aquellos hombres de largos cabellos, piel blanca y rojiza, de habla incomprensible y brusca me causaron un profundo espanto. Pensé que eran espíritus malignos, impresión que se acentuó cuando me llevaron a aquel monstruo de madera y arboladuras, un barco, el primero que veía en mi existencia, y que a mi entender se movía según la voluntad mágica de aquellos seres demoníacos. Pero sobre todas estas cosas, señor, el terror que me causaron derivaba del trato inhumano que desde el primer momento aplicaban a los esclavos negros que habíamos caído bajo su propiedad. Podréis fácilmente comprender, milord, la pena y angustia que padecí durante aquellos meses de mi esclavitud en África. La ausencia de los que más quería, la incertidumbre de no volver a verlos, en muchas ocasiones se me hacía insufrible. (Pág. 140)

No obstante lo anterior, es justo resaltar que cada una de la escenas es valiosa por sí misma, y que la notable impresión de los primeros Entrelazamientos se confirma en estos Nuevos entrelazamientos. Las andanzas de los rebeldes jacobitas, las de una esposa atribulada que rescata a su marido de una muerte segura o las aventuras y desventuras de un niño africano, entre otras, suscitan en este lector un añejo recuerdo a Stevenson o a Melville (sin el poso trágico de este último). Si hubiera que hacerle un reproche a esta novela, aparte de lo ya señalado, es que los personajes son un tanto planos, heroicos o malvados, sin apenas matices. Eso permite, claro, que la acción transcurra, digamos, limpia y rápida, con capacidad no desdeñable para conducirnos por donde el autor quiere, pero también que el relato adolezca de falta de profundidad moral. Siempre que esta se entienda como conocimiento íntimo de los personajes y no meros admonición o ensalzamiento.

Insisto en señalar que a pesar de mis objeciones, Luis Junco y este Nuevos entrelazamientos, están en un nivel superior a las novelas de otros/as autores mucho más conocidos/as, al menos a nivel local. El acceso a los medios de comunicación y el número de entrevistas no entabla una relación necesaria ni directa con la calidad de la obra literaria o artística. En este sentido, y salvo error por mi parte, Luis Junco no nos importuna de continuo en el espacio público, salvo su irregular participación en el blog de la editorial de la que forma parte, La Discreta. No hace falta que vuelva a nombrar a esa legión de afamados sin fundamento.

Concluyo: si han leído Entrelazamientos, le gustará Nuevos entrelazamientos, sin duda. Lo cual no obsta para que pudiéramos imaginar una novela más densa, tal vez más completa.