jueves, 23 de marzo de 2023

'Los árboles', de Percival Everett

Cualquiera, digamos que artista para lo que nos concierne, podría sentirse tentado de recibir un premio de una institución pública con la excusa de que, como su dirección está a cargo de políticos, que, a su vez, han resultado elegidos en unas elecciones democráticas, la misma institución representa, aun indirectamente, a la ciudadanía. Así, el/la artista que recibe el galardón podría pensar, quizá con algo de mala conciencia y calculando los beneficios, que el premio se lo concede aquella.

No obstante, hay que ser un poco ingenuo para creer en esa transferencia casi mística de voluntades, en tal suerte de sucesivas reencarnaciones. Una vez elegidas, y hablamos aquí sólo de las personas a cargo de las instituciones culturales o de las que se relacionen aunque sea episódicamente con el mundillo artístico-cultural, hacen y deshacen según su santo parecer, y rara vez, si es que alguna, consultan a la ciudadanía sobre futuras decisiones. El concepto de política cultural democrática les resulta ajeno, y si no lo fuera, es probable que les repugnara.

De aquí, que si a nuestro/a artista le comunican que ha recibido un premio, honor o distinción, debería plantearse la posibilidad de que en vez de recibir un reconocimiento ciudadano en realidad va a ser uno político-partidista, y también sospechar que quizá el premio no le premia a él, sino a la institución que se lo concede o, peor aún, al partido o al político al frente de ella: una manera de recibir publicidad o promoción mediante el prestigio del premiado/a. Ejemplos, mil, ¿verdad? Claro que el/la artista puede pensar que le importa un comino todo lo anterior y lo que quiere es la pasta y la posible sinecura, provenga de donde provenga el trofeo, la condecoración y el cheque a su nombre.

Por tanto, y mientras no vivamos en una democracia no solo representativa, sino imperfectamente representativa, y mientras no vivamos en una sociedad mucho más justa e igualitaria que la actual, sin sus agudas desigualdades, estoy convencido de que el deber de un/a artista que pretenda ser algo más que "productor de contenidos" y aspirar a algo más que el agasajo mediático es rechazar todo honor o premio institucional público, como muestra y recordatorio, como reproche, de que no hacemos todo lo posible por nuestros semejantes. Por no hablar de los galardones de las instituciones o fundaciones privadas más conspicuas, sobre todo cuando están patrocinadas o sufragadas por entidades de las que abominamos a diario. Lo propongo como ideal normativo, claro está, que sé que es de casi imposible cumplimiento: cada uno/a tiene sus propias necesidades y angustias; económicas, sin ir más lejos.

Lo que me resulta intolerable, en definitiva, es ver a estos/as artistas recibir este o aquel premio como si fueran cachorros jadeantes a la vista de la galleta. A veces, resulta profundamente entristecedor contemplar sus expresiones de alegría, el brillo lacrimoso, la sonrisa sardónica, como si solo entonces hubiesen alcanzado algún tipo de Parnaso, el definitivo hito en su carrera, la confirmación final de su talento. Después, serán capaces de conceder entrevistas hablando, sin rubor, de su compromiso crítico con la sociedad, su solidaridad con los más desfavorecidos, etc., o de ejercer de intelectual desde la columna de un periódico o de tertuliano en una emisora. Lo que tampoco es óbice para que desprecien a "las masas", "la pérdida de valores" o cosas semejantes: "Y qué me dicen", bramarán estos artistas devenidos en intelectuales, "del totalitarismo woke", etc.

Casi prefiero a los más cínicos/as, que se limitan a mascullar: "El mundo es así" y no nos espetan jeremiadas insensatas e hipócritas.




Los árboles, de Percival Everett (y traducida por Javier Calvo) es una novela engañosa. No porque sostenga mentiras o algo así, sino que el inicial tono ligero y humorístico va dejando paso, aun sin desvanecerse del todo, a una narración de los abusos y asesinatos raciales en el sur de los Estados Unidos durante más de un siglo. Esa excavación histórica, tal despliegue genealógico del racismo visceral de ese país se concreta y desarrolla a partir de la llegada de unos policías encargados de la investigación de varios asesinatos (acompañados de elementos sorprendentes) en el pueblo de Money, Mississippi.

Esa aparente ligereza (predominio de los diálogos, ágiles, a menudo con una sola oración, ausencia de descripciones, protagonistas pintorescos, frases cortas en los párrafos tampoco extensos, y capítulos de pocas páginas, a veces, una o dos) evita, por un lado, que la narración en tercera persona se convierta en un mero tópico de denuncia antirracista. Por otro, logra que el lector, que podría sentirse remiso a afrontar este tipo de asuntos, se implique con una trama que resulta, a medida que se avance en la lectura, cada vez más oscura. Asimismo, con esa facilidad va inserta un veneno que solo se experimenta después, con el libro ya abandonado sobre la mesa. Una pastilla dulce que se devela como amarga una vez ingerida.

No obstante, y a pesar de los méritos que para mí sin duda los tiene, me quedo con la molesta sensación de que el desenlace de la trama o la solución escogida por el novelista para concluir (si se puede aplicar este verbo) la obra me resulta insatisfactoria para un asunto cuya gravedad, progresivamente, se ha ido incrementando como la oscuridad de un eclipse social que amenaza con no marcharse jamás.

Como dice el nunca excesivamente agudo (perdonen la construcción sintáctica) Emilio González Déniz, resulta fácil achacarle defectos a cualquier obra. Creo ver allí esa perspectiva popular, siempre errada, de considerar sagrada la obra (literaria, artística) ya canonizada, como, por ejemplo, El Quijote, cuando hasta grandes críticos y admiradores y estudiosos no dudan en señalar sus errores y defectos (véase, por ejemplo, El escritor que compró su propio libro, de Juan Carlos Rodríguez). También, esa idea del autor como genio, o geniecillo, dedicado a una hercúlea, noble, casi divina, misión, la de escribir, por lo cual el respeto debido consiste, al parecer, en no hacer crítica de su obra. No obstante, si eso no forma parte también de la tarea, del deber del crítico/reseñador/recensor/comentarista literario, no sé qué lo será.


-Mierda. Si hay algo que odio, son los asesinatos -dijo el sheriff Red Jetty-. Te pueden estropear el día entero. 

-¿Porque son un desperdicio de vidas? -le preguntó el forense, el reverendo Cad Fondle. Acababa de declarar muertos a Junior Junior y al cadáver negro sin identificar sin siquiera tocarlos. 

-No, es porque son un marrón. 

-Dejan mucha sangre -dijo Fondle. 

-La sangre me importa un cuerno. El problema es el puñetero papeleo. -Jetty señaló el suelo-. ¿Qué vas a hacer con las pelotas de Milam? 

-Dile a tus hombres que las guarden en una bolsa. No le veo demasiada utilidad a volver a cosérselas. Pero lo puede decidir el tipo de la funeraria junto con la familia. 

El sheriff Jetty se agachó, con cuidado de no apoyar la rodilla en el suelo; examinó el cadáver negro y le ladeó la cabeza. 

-¿Qué ves, Red? -preguntó Fondle. 

-¿No te suena de algo? 

-No le puedo ver la cara. Tiene demasiadas lesiones. Además, a mí me parecen todos iguales. (Pág. 24)


 Ed y Jim entraron en la comisaría mal iluminada. Los recibió una mujer alta y de hombros estrechos que llevaba unas gafas de ojo de gato sujetas con cadenilla. 

-¿Los puedo ayudar en algo? -les preguntó. 

-Venimos a ver al sheriff Jetty -dijo Jim. 

-Voy a ver si está. -Caminó hasta la puerta abierta de la oficina del sheriff y dijo-: Han venido dos hombres a verte. ¿Estás? 

-Pues supongo que ahora tengo que estar, ¿no? -dijo Jetty. Se asomó por la puerta. Se quedó un momento sorprendido por el aspecto de los hombres, pero se recuperó enseguida-. ¿Venís de Hattiesburg? 

-Soy el detective especial Jim Davis y éste es el detective especial Ed Morgan. Somos del MBI. 

-Detectives especiales -repitió Jetty. 

-Y no es sólo porque seamos negros -dijo Jim-. Aunque es una de las razones. 

Aquello descolocó a Jetty. La recepcionista, que se llamaba realmente y de nacimiento Hattie Berg, soltó una risilla brusca. (Págs.45-46)

 

Siguieron a Mama Z por un pasillo corto con las paredes cubiertas de fotos familiares hasta otra habitación. Había archivadores de altura media por todas las paredes y otros más bajos debajo de la única ventana. 

-¿Qué es esto? -preguntó Ed. 

-Los archivos -dijo Mama Z-. Son los archivos. Cuéntaselo, niña -le dijo a Gertrude. 

-Es casi todo lo que se ha escrito sobre todos los lichamientos perpetrados en los Estados Unidos de América desde 1913, el año en que nació Mama Z. 

-Un momento, dijo Jim-. Eso quiere decir que tiene usted... 

-Ciento cinco años, dijo ella. 

-¿Todos los linchamientos? -preguntó Ed. 

-Pocos faltarán -dijo Mama Z-. Antes me dedicaba a recorrerme todas las bibliotecas del estado y a leerme todos los periódicos. Ahora uso Internet. Debéis saber que yo considero linchamiento a las muertes por disparos de la policía. Sin ánimo de ofender. 

-No nos ofendemos -dijo Jim. 

-¿Por qué hace esto? -preguntó Ed. 

-Porque alguien tiene que hacerlo. Cuando me muera y se conozca este sitio, confío en que se convierta en un monumento a los muertos. 

A Gertrude se le llenaron los ojos de lágrimas. 

Jim Davis y Ed Morgan, que lo habían visto casi todo, habían disparado a gente y habían recibido disparos, habían visto muerte y dolor y habían matado en acto de servicio, se quedaron callados. Permanecieron allí de pie mirando la faz gris de los archivadores. Jim contó mentalmente. Había veintitrés. Los cajones se parecían a los de una morgue. (Págs. 124-125)


Volviendo a Los árboles, es de reseñar que cuenta con personajes carismáticos, en especial la pareja de policías inicial más una tercera investigadora, que se sumará con posterioridad, y que parecen de vuelta de todo. También, como contraparte, los personajes sureños blancos (por hablar a la manera anglosajona: esa teoría, esa manera de ver el mundo que es el de la gota de sangre), esa white trash o red necks tan citados últimamente, resultan convincentes, aunque, tal vez, demasiado estúpidos (es posible que la labor de la traducción resultara problemática: es decir, más de lo normal). En los últimos capítulos, todo hay que decirlo, aparecen de forma súbita nuevos personajes, sin demasiado peso, lo que resulta por momentos un tanto confuso y distrae la atención: otros puntos de tensión añadidos a los iniciales, tanto topográficos como étnicos, no favorecen, en este caso, la coherencia ni el clímax de la novela.

Todo esto hace que a esta obra, en mi opinión, aun siendo interesante, a ratos conmovedora y, repito, muy amena, le falte un punto de cocción, un poco de paciencia para que hubiera resultado más espesa, más contundente y con mayor cuajo. Esto es como todo: lo que se añade por un lado a veces se detrae de otro.

Para terminar, y por lo escrito anteriormente, se deduce que Los árboles es una novela política y social, de denuncia, aunque no nos demos demasiado cuenta al principio por su hábil camuflaje. Puede ocurrir incluso que los lectores y lectoras no norteamericanos/as no se den por aludidos/as y no se planteen otra cosa que una lectura detectivesca, divertida, amena y con un final un tanto mágico-rocambolesco. 

En cualquier caso, una novela recomendable.


P.D. Una reseña anglosajona, aquí.

jueves, 16 de marzo de 2023

'La ciénaga definitiva', de Giorgio Manganelli

A veces, me quejo un poco (en plan susurro interior) de que no haya tantas novedades de literatura canaria como a mí me gustaría para actualizar el blog de manera más regular. Sin embargo, sé que me engaño: hay demasiados escritores/as a cuya obra ya no quiero acercarme después de un par de reveses. En algún caso, con uno solo ha bastado. Lo mismo digo con respecto a la literatura escrita por mujeres: sin tener yo ninguna obligación de establecer paridad alguna, sí que noto que la relación de mis reseñas está bastante desproporcionada, posiblemente sin relación con lo que se publica. Puntos ciegos, haberlos, haylos.

Aunque puedan no creerme, acometo periódicos ejercicios de reflexividad en que me pregunto por qué unas reseñas se leen más que otras, por qué reseño más obras de escritores que de escritoras, qué géneros son los preferidos del público lector del blog, cuáles son mis prejuicios a la hora de escoger unas obras u otras, cómo de sesgado está mi supuesto olfato intento calibrar cuál es el grado de morbo que experimentan lectoras y lectores cuando acometo críticas negativas de autores/as locales y su nivel de desinterés cuando son de autores allende los mares. En fin, es lo que tiene la ociosidad autoconsciente.

De todos modos, no dejo de pensar, tal vez inducido por la lectura de la novela que reseño hoy, que el panorama literario, por mucho homenaje casanovesco, por mucho Día de las Letras, por mucho premio literario de (más o menos) postín, por mucho ensalzamiento vacuo de cualquier escritor/a nuevo/a, está demasiado quieto, tal vez estancado, una quietud tal vez no de cementerio, pero igual un poco inquietante. Harían falta, tal vez, como suele decir Ricardo Pérez, reuniones, tertulias literarias, jornadas y debates, pero donde se reunieran críticos, escritores/as, público lector, tanto en el espacio público físico como en el de los medios de comunicación, pero con voluntad de trascender a la ciudadanía (al menos, la interesada), de generar algo parecido a un clima. Con su dosis inevitable de insultos, enfados y gestos airados, golpes en la mesa, pero, al fin y al cabo, que se manifestara, en definitiva, la vida (artística, literaria). Igual existe, pero yo no me he enterado.

No sé qué pensarán Vds.




No tengo en rubor en reconocer que a mí estos libros con este lenguaje a veces de regusto arcaico y si no difícil, sí exigente, me ganan desde el principio. Podrá decir misa Juan Marsé con su ya tópica frase de la "prosa sonajero" (que debe de ser la favorita de autores/as y lectoras/es de novela negra y best-sellers de variada temática), pero cuando uno se topa con palabras y frases que parecen creadas ex profeso para la obra percibe de inmediato que está leyendo algo diferente de la prosa habitual, más o menos comercial, y, en el caso de Canarias, muy alejado del estilo urraco de Andrea Abreu o Aida González Rossi, sin ir más lejos (basado en el habla popular, subrayando más la expresividad que la semántica). Por no hablar de la manifiesta falta de voluntad estética de gran parte de nuestra caterva literaria habitual, de lo que ya me he manifestado, con cierta frecuencia. 

Claro está, todos los discursos son posibles; todos los estilos, legítimos. Sin duda, si son eficaces, pero sigo siendo más de hipotaxis que de parataxis, más de Sánchez Ferlosio que de Azorín o, ya puestos a meternos con alguien, que de Nicolás Dorta.

No obstante, no hay que confundir la resonancia de la prosa de Manganelli (al menos, la vertida por el traductor de esta novela, Carlos Gumpert) con el tono a la vez campanudo y empalagoso de, digamos, un reseñador especializado en comentarios cordiales (y lamentablemente prolífico) como Victoriano Santana Sanjurjo (para que se hagan una idea y como ejemplo conspicuo, qué remedio). En la novela La ciénaga definitiva es evidente esa voluntad estilística transmitida tanto por la elección de determinados vocablos como por una prosa retorcida y reiterativa a base de oraciones largas con numerosas aposiciones, que recuerda en algún momento (y Dios me perdone), a Bernhard, pero sin su bilis. Un tono, al fin y al cabo, no solo apropiado, sino que parece el único posible. 

La ciénaga definitiva es una obra narrada en primera persona, el relato de un hombre que, huyendo de sus inquisidores y a lomos de un caballo, se adentra en la ciénaga, un territorio que le ha sido revelado por un anciano en una villa al margen de la ley. Allí morará en una casa misteriosa. Nada más. Sin embargo, nada menos: en 90 páginas, que no pueden leerse de corrido so pena de no apreciar las ironías, perplejidades, paradojas y aporías de la memoria del personaje, uno tiene la impresión fabulosa de sumergirse en un mundo legamoso y lacustre descrito a la perfección (si tal cosa es posible) y, sobre todo, en las variaciones anímicas y en las disquisiciones filosóficas del narrador, transcritas con impío detalle. 


Y después descubro, con tardío estupor, algo distinto: la luz. Puesto que sólo ahora salgo de una noche, apenas desfigurada por resinosas antorchas, he imaginado que esta claridad que envuelve el foso era un alba; pero no tardo en advertir que esta luz, inestable y a la vez inconsueta, una luz pobre pero ecua, no proviene del cielo, sino de una suerte de ciénaga boca abajo que cuelga por encima de esta desmesurada planicie de agua. No son nubes las que se ciernen sobre la ciénaga, sino una calidad para mí desconocida de cielo, si es cielo, una planicie irregular, como irregular es la ciénaga, colgada sobre mi cabeza. El tránsito del tiempo no escande los tiempos; como podré aprender más tarde, hay momentos nocturnos y momentos que llamaré diurnos, pero estos tiempos se alternan de manera discontinua, siguiendo leyes, si es que existen, que ignoro. Ahora veo esto, que el cielo, este cielo que cielo no es, ocupa todo el espacio por encima de mí, quizá se interponga entre la ciénaga y el cielo, un fingido telón de cielo que mantiene a raya un cielo ulterior, si existe. (Pág. 18)


Y lo reafirmo, toda la ciénaga, la ciénaga malsana, y la ciénaga de la condena, de los infiernos líquidos, la ciénaga cementerio y la ciénaga planeta extraño, luna exótica, todo se concluye aquí, en este lugar intrínseco, de una exhausta e imposible dulzura, pero también sin aire, sin sede, sin límite de roca, sólo barro, y en éste sumergirse descenderse, jamás precipitarse, hundirse, dejarse tragar. Pero, me pregunto, ¿qué habrá en el corazón de la ciénaga, habrá allí quizás un lugar central que gobierne el movimiento de las aguas, el deslizarse de las pozas y las metamorfosis de las dunas? ¿Existirá en el corazón íntimo de la ciénaga, bien abajo, donde estén las vísceras de la tierra putrefacta, existirá un corazón que lata, un corazón atroz al que no corresponda rostro alguno, mano alguna, genitales algunos, sino sólo esta sangre gris de agua legamosa? ¿O dará la casualidad de que exista una suerte de mente de la ciénaga -no se asemeja esta maraña a las irrigaciones del cerebro-, una mente retorcida y sentenciosa y punitiva y doliente que continuamente haga este espacio, la ciénaga? ¿Cuánto, me pregunto, cuánto hará falta descender para tocar ese centro en el cual la ciénaga se vuelva comprensible? O acaso ese centro no sea más que una fantasía de nuestras mentes pueriles, oh, sí, el centro existe, cómo podría no existir, pero la ciénaga no es otra cosa que la defensa, la protección, lo que hace inaccesible el centro que gobierna y explica. (Pág. 44)


Pero a fin de cuentas ¿no seré yo, justo yo, el tirano al que yo, precisamente yo, me propongo asesinar como conclusión de una larga vida de odio? ¿No encarnaré yo dos formas de odio, dos formas de desamor, esas por las que soy un tirano en virtud de mi odio genérico, abstracto, didascálico, docto, del veneno del que está hecha mi verde sangre, y, a la vez, como sicario, el odio específico, devoto, de coleccionista apasionado, meticuloso, paciente, especialista? Quizás en cuanto tirano y homicida del tirano pueda salir de las angustias de un monólogo riguroso, filológicamente exigente, y pueda transformar mi discurso, no ya en un coloquio amebeo, sino en una serie de monólogos paralelos; monólogos en los que se podría reconocer la fatigosa pero indudable fraternidad del odio, y por lo tanto también la subrepticia, cautivadora trama del amor. Así pues, ese papel que se me propone, que nerviosamente el apuntador me impone, es éste, que yo sea tirano, variante feroz, arcaica, vistosa del monarca. ¿Y será, pues, este papel el extremo, el conclusivo que me corresponderá en este terreno falaz por no pútrido, en esta recitación de compacidad térrea? (Págs. 72-73)


Uno tiene la impresión de que, como es obvio, el autor no sólo ha usado palabras para contar una historia, o unas memorias, o lo que sea, sino que las ha moldeado y reconstruido para adecuarlas a sus necesidades narrativo-filosóficas. Las combinaciones sujeto+adjetivo son siempre, o dan la apariencia de ser (ahí la técnica del escritor), necesarias y ajustadas, a veces ingeniosas e inesperadas. Hasta las enumeraciones, no escasas, que en otros autores no provocan sino hastío, aquí resultan adecuadas, como un clavo a su agujero. Estamos, como se puede colegir, ante un escritor que no solo tiene oficio, como suele decirse hasta del más basto tuerceteclas, que sabe contar, sino que es también un esteta, indudable poseedor de un sentido artístico al más alto nivel, que se ha enseñoreado de un vocabulario insólito.

Además, la novela, como su lenguaje, es exigente. Se requiere atención total: eliminen los ruidos ambientes, absténganse de comer o sorber o de tener descendencia; y acomódense, busquen un rincon, donde puedan leer sin interrupciones. La novela merece estos preparativos, este homenaje, ante este festín verbal. La sensación tras la lectura será la de haber asistido a algo grande, literariamente suntuoso. Nada tras la cual uno pueda pasar sin más a ver una serie de Netflix o quejarse del recibo de la luz. Da la impresión, como toda lectura excelente, como toda manifestación artística sobresaliente, de que hemos sido testigos y formado parte de algo importante.





miércoles, 8 de marzo de 2023

'Leche condensada', de Aida González Rossi

Un montón de cosas han ocurrido, alineado, conspirado y coaligado para mantenerme lejos de este blog (más de un mes), sin ir más lejos, la mudanza a una nueva vivienda. Como saben, este fenómeno migratorio (en este caso, intraterritorial) comporta un significativo aumento de la morosidad e inesperados picos de estrés. Por otro lado, tanto la preparación del programa de radio de periodicidad semanal como su abrupto cese de emisión no contribuyeron a apaciguar la mente de este que les escribe para una tarea como la lectura crítica de una novela, que, al fin y al cabo, exige concentración.

En otro orden de asuntos, digamos del mundillo, es digna de resaltar la entrevista-masaje que le dedicó el periodista cultural Victoriano Suárez en el Canarias7 al viceconsejero de Cultura del Gobierno de Canarias, Juan Márquez. El titular ponía de relieve que Márquez pensaba reintegrarse al trabajo que tenía antes de su nombramiento político. Como ven, una noticia de dimensiones planetarias que da cuenta de un rigorismo moral que hubiera perturbado al mismo Kant. La entrevista, para quien le pudiera interesar (que cosas más locas ocurren), consistía en que el viceconsejero subrayara que la ciudadanía había sido, es y será el centro de las políticas culturales y que la ley que el parlamento canario había aprobado sin oposición a iniciativa suya era un gran avance, etc.

Estarán conmigo en que una ley aprobada así debe de ser muy laxa, flexible y poco afilada para que grupos de variadas y encontradas ideologías políticas y cosmovisiones se hubiesen puesto de acuerdo en aprobarla. Porque si el triunfo consiste en que el presupuesto en Cultura se "blinda", el truco será determinar el contenido de esas políticas culturales, por no hablar del significado mismo de "cultura" para el próximo partido que se encargue de esa consejería. Se deduce de lo anterior que, para Márquez, y por extensión para Podemos, el significado de cultura no es problemático y que lo que él y su partido entienden (y creen que los demás, también) que es cultura se impone como valioso por sí mismo, sin precisar por qué y en qué medida.

Que digo yo, además, que puestos a blindar presupuestos, podríamos blindar otros que asegurasen el acceso a la vivienda, a reducir las listas de espera en Sanidad o a una educación de calidad para todos, con independencia de la riqueza familiar, o a condiciones dignas de trabajo, etc. Pero qué sabré yo de cultura o de gestión de los asuntos públicos, que no soy músico, ni político ni, mucho menos, periodista cultural.

En fin, la ignorancia de siempre en odres nuevos (que de modo vertiginoso se han vuelto viejos). 




Ya me gustaría sentir el entusiasmo de la editora Sabina Urraca por sus escritoras protegidas, notar en mí la mirada enfebrecida como la que Nora Navarro dirige a Andrea Abreu, vibrar con el adjetivo "salvaje" cuando pienso en Panza de burro o ser sacudido por las oleadas de placer que algunas/os reseñadoras/os parecen haber experimentado tras leer Leche condensada, de Aida González Rossi. Ya me gustaría.

Sin embargo, nada de eso me ocurre: hemos hablado ya en otras ocasiones de Panza de burro y, por desgracia, en alguna más de Nora Navarro. De ellas no hablaremos hoy, sino de la mentada Leche condensada y el fracaso en la literatura moderna (es decir, de hace ya unos siglos) que es la repetición por la repetición, cuando uno de los valores supremos sigue siendo el de la originalidad. Otro asunto es el de la fórmula, pero cuya dimensión es, por encima de todo, el beneficio empresarial, el éxito de ventas, como los best-sellers

¿Y qué repite Leche condensada?: el concepto utilizado con cierto éxito por Andrea Abreu (y Sabina Urraca) consistente en utilizar conscientemente un lenguaje infantil-costumbrista, es decir, la variante dialectal canaria en su uso popular/coloquial. Entendamos, claro, que no pretende ser una transcripción fiel o fidedigna de cómo los hablantes canarios hablan en realidad, sino que construye un lenguaje con características propias literarias. Sin embargo, lo que en la obra de Abreu sorprende y constituye un vehículo apropiado para la narración en primera persona de las escenas de la protagonista (por momentos, conmovedoras), en la de González Rossi el lenguaje empleado en la narración en tercera persona muy pegada a la protagonista (estilo indirecto libre), en otras ocasiones en segunda persona, salpicado de flujo de conciencia aquí y allá, resulta cargante y acaba provocando una sensación crecientemente desagradable que podemos denominar sin temor como tedio.

Además, me atrevo a decir que en Leche condensada se nota más la carga poética de su autora (que en el caso de Abreu), que se empeña en ametrallarnos a metáforas como si tuviera algo que demostrar, algunas de las cuales, concedamos, son certeras, pero cuya sucesión despiadada (por ejemplo, alrededor de cinco páginas, de la 52 a la 56) nos induce a buscar la escalera de incendios más próxima. Ese lenguaje demasiado saturado, tal vez demasiado autotélico, se emplea para narrar el mundo interior de la protagonista, Aída, y de sus traumatizantes vivencias, que parecen no tener fin, entremezcladas con alusiones al videojuego Pokémon, algo que se ha subrayado como un alarde de originalidad y descaro, vayan Vds. a saber por qué.


Si algo ha aprendido Aída estas semanas, es su poder: cerrar los ojos y no existir, cerrar los ojos e imaginarse un programa de monólogos de Paramount Comedy en el que es ella quien habla, ella quien cuenta cualquier cosa que se le ocurra, ruidos, chispas llenándole la cabeza y saliéndole, las patas largas y brillantes y latiendo, por la boca. Historias, burrada tras burrada, ella aplaudida por un montón de público que no se para a mirarle unos agujeros que en ese caso le darían exactamente igual. Aída, sí, sí, Aída, la mejor, Aída, la que sabe cuánto falta para llegar a La Cruz de Tea solo viendo qué riscos hay para arriba, Aída, la salvajita, un día se atreverá a tocar la uña podrida de la abuela, un día a hacer parkour en el skatepark aunque haya una barbaridad de gente y hasta adolescentes bebiendo y dándose besos de tornillo, aunque se caiga y se enjedionde y eso la haga estar feliz, completa, aunque no lo entienda nadie y se crean que ella también está mala y la lleven otra vez al ambulatorio, aunque se haya encontrado unos boquetes que la hacen sentir que ya no solo cambia todo: también su cuerpo. Su poder es cerrar los ojos y, existiendo tanto dentro, no existir. 
Hasta que el labio se le rompe contra una piedra y lo siente hinchado y caliente y salado y los gemelos se asustan. 
Hasta que se recuperan, después de charlar unos minutos, y le llenan los pelos de tierra y le pica la cabeza.

Hasta que le escupen en los ojos. 
Hasta que la llaman bombona de butano, camping gas, Snorlax y la más fea del cumpleaños, ¿por qué nadie más se estaba riendo de ti, gorda? (Págs 20-21)

No son iguales. 
Aída es el huevo del arroz a la cubana: una sorpresa entre todo lo conocido, la saliva saliendo a chorros porque hay una textura nueva, tocarla es necesario y urgente, es como revolcarse en el cuadrado de sol de la huerta que siempre está a punto de arder. 
Moco es el plátano frito: manchándolo todo, volviéndolo todo pegajoso, dejando en todo la marca de su cuerpo que suda, se baba, estornuda, una vez se rompió un hueso y, cuando la gente de alrededor pensó que iba a empezar a hiperventilar, se tocó lo que salía. Y dijo parece un diente. Mordiéndome para escaparse. 
Aída es una mata de hinojo. 
Moco es un árbol que, cuanto más crece, más taponazos dan sus ramas en una ventana. 
Aída es un perro precioso. 
Moco es un gato preciosísimo. 
Aída es la gota de pis, se partió tanto el culo que sintió que se derretía, se le fue tanto la pinza que acabó botada en el suelo y no pudo parar, y se mordió los dedos y los labios y la lengua y aun así no hubo forma, gritó como un cochino y tuvo que irse corriendo y se bajó las bragas y vio ese lago absorbido por la tela y susurró ay mi madre y en el fondo, donde solo verse y tocarse ella, encontró una gota de satisfacción: fue tanto que me cambió. 
Moco es la caspa de la herida, se la arranca y se la traga cuando se queda solo, el mando de la play vibrándole en los dedos y él escarbándose y sacando una escama y ablandándola con la lengua. (Págs. 30-31)

Es ahora, la vida, la magia-jedionda-mágica. Es el lol, juas, jajaja, jaja, lolol, es fingir que se desmayan y botarse de espaldas sobre la arena del merendero del Médano y sentirse, ahí con los ojos todos engurruñados por el sol, como si estuvieran delante del ordenador: el merendero es un sitio, pero no es un sitio. Y nunca hay nadie. Piso de mochilas y chaquetas y desperdiguera de paquetes de papas vacíos y ciscos de esas mismas papas y gotas de flax rojos y azules y uñas mordidas y las pelusas que traen siempre dentro de los calcetines y hojas de libretas sujetas con piedras para que no vuelen y botellas que, sin líquido dentro, lo comprueban cada vez que se terminan una, no tintinean igual. Sol jartándoles los antebrazos de pecas y no están en ningún lugar, los ojos cerrados, el chorro de ron que Marta reparte dando vueltas sobre sí misma en medio del círculo formado por las bocas abiertas de las otras tres haciéndolas regañarse, en el merendero se sienten como cuando enciendes el ordenador y empiezas a escribirte burradas con alguien y ya no estás, de repente, donde se supone que estás, tú ya no eres tú, tú eres una tú que teclea lol y juas y no siente picores. Ansiedad. Es Chaxi gritando lol, jajaja, juas y Aída explicándoles su teoría y las amigas, serias durante un segundo que parece durar toda la tarde, asintiendo. (Págs. 59-60)

 

Sábado, 16.05: Saliendo de casa de la abuela para ir a casa de Yaiza, Aída se encuentra con la tía que vuelve a buscar a Moco. Le dice oh, ¿tú comiste al final aquí con tu primo, no te vino tu madre a recoger cuando acabamos de comprar las cosas para mañana o qué? Sí, es que quedé con una amiga. Y no me daba tiempo de bajar al Médano y subir. E íbamos a jugar a la game boy hasta que fuera la hora.
Sábado, 16.13: Toca los picos de las pencas como cuando era pequeña.

Sábado, 21.25: Yaiza y Aída se pasan las oreos masticadas de una boca a otra en la parada de la guagua. Están tan borrachas que quieren fundirse. Se clavan las uñas en los antebrazos. Se chupan mechones de pelo. Se estiran la ropa hasta casi romperla. Hoy descubren que solo solas, antes de que las otras lleguen y cuando las otras se van, pueden hacer estas cosas sin tener que explicar lo que les pasa.

Sábado, 15.30: Te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te odio, te quiero.

Sábado, 21.30: Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te odio. (Pág. 77)


La consecuencia del aburrimiento, claro está, es que terminan por importarnos un pito los problemas y sufrimientos de los personajes, por no decir su mera existencia y las relaciones entre ellos. No por mucho utilizar canarismos como "jediondo", "jincar", "jalar", "jocico", "fisco" o coloquialismos como "partirse el culo" se logra que el discurso resulte más auténtico o sincero, ni impele a sentir algún tipo de empatía étnica, en el caso del público canario. Como ya he escrito en otras ocasiones, en la literatura no importa cuán importante, altruista, o ético sea el mensaje de fondo si la forma de expresarlo no termina de cuajar.

Me parece, en esta línea, que Aida González ha escrito una obra muy sentida, muy personal, sin que esto signifique necesariamente autobiográfica, con mucha energía, muy pegada a lo corporal, sin duda, pero que se ve lastrada tanto, repito, por un estilo atosigante como por una historia que no termina de interesar ni, por tanto, de conmover. Como suelo decir, uno le alaba el esfuerzo a la escritora, pero no el resultado.

Podríamos pensar que algo ha fallado en el taller de Urraca Sabina, o simplemente que su ojo comercial se ha vuelto birollo. Tal vez, lo de Panza de burro fue un churro. Churro exitoso, pero churro, al fin y al cabo, que no podía dejar tras de sí herederas. No obstante, solo falta una tercera escritora que se apunte a este carro para que alguien las califique de generación. ¿Quién se apunta?

Por mi parte, ya advertí en su momento que aquel estilo podía convertirse en un callejón sin salida: Leche condensada es su exacerbación.

Como dijo Robert Frost en su célebre poema:

Two roads diverged in a wood, and I
I took the less travelled by,
and that has made all the difference

Si Urraca y Abreu escogieron bien al internarse por el sendero menos transitado, ahora no sucede lo mismo con Aida González Rossi, porque ese sendero ya ha sido pisoteado hace relativamente poco. Es más, diría que todavía están húmedas las huellas del lenguaje de Abreu, cuyo estilo volvió loquísimo a parte del público peninsular español. Público que creyó descubrir literatura exótica en su propio país: ¿quizá reflejo de conciencia de metrópolis?

Es posible que me equivoque, pero creo que ese cartucho literario-comercial ya está quemado.

En definitiva, si quieren hacerme caso, no pierdan el tiempo con el realismo glandular-costumbrista de esta novela (yo mismo abandoné el intento allá por la página 80) y dense la oportunidad de leer buena literatura en cualquier otra parte. También puedo andar totalmente equivocado: elogiar no requiere explicaciones.
 


P.D. Otras reseñas, a cual más ditirámbica: 1, 2, 3. Una entrevista, entre otras, aquí. En RNE, aquí.
P.D. (2). Aquí, la de García Rojas (leída el 17/3/23).


viernes, 20 de enero de 2023

'La gesta', de Juan Ignacio Royo

Tal vez no sepan que, en mi afán por evitar, en la ínfima medida de mis posibilidades, la hegemonía cultural de los medios de comunicación, suelo aceptar casi cualquier sugerencia libresca que me den. Créanlo: casi. También es cierto que la ejecución del acto, primero, de la compra, y, posteriormente, la de la lectura no son inmediatos. Permítanme, al menos, tres cosas: el olvido momentáneo, el trato espasmódico con mi agenda (imaginaria) y mis ganas, que son bastante caprichosas (de lo contrario, no serían ganas).

Digo esto porque la novela de hoy, La gesta, de Juan Ignacio Royo, me fue sugerida en una conversación de Facebook hace ya unos cuantos meses, y solo la he leído y sacado adelante la reseña en esta última semana. Para quienes nos dedicamos a esto de manera amateur, las obligaciones son siempre autoimpuestas, pero no dejan de ser obligaciones, aun sin la amenaza, por vaga que sea, de represalias.

Así pues, aunque procuro estar al día de la producción periodística cultural respecto de la literatura canaria (también nacional), algo que en nuestra Comunidad es sencillo por la escasez de las fuentes y, con frecuencia, por la falta de complejidad de los artículos (dedicados, en gran número, al elogio estúpido), soy muy receptivo a cuchicheos, rumores, anuncios y hallazgos de cualquiera que se me acerque o me escriba. 

Bueno, basta de autobombo.



La gesta es una novela-divertimento. Escribo esto sin pretender desmerecerla, por lo que me explico: uno se divierte leyéndola. Los personajes, un tanto estrafalarios y, si ocupan posiciones de poder, ridiculizados tanto por sus actos como por sus palabras, se mueven con desparpajo por el escenario de la Santa Cruz de Tenerife de 1797, justo antes (y luego, durante) del ataque de la armada británica con el almirante Nelson al frente. Además, aparte de la diversión que cada lector o lectora se procure, uno tiene la impresión de que el autor también se divirtió escribiéndola: a pesar de las batallas y las muertes, un aire festivo impregna toda la narración.

La novela está contada en tercera persona, con narrador omnisciente, con momentos de estilo indirecto libre. Varias líneas narrativas se desarrollan en la novela, entrecruzándose algunas de manera lógica y natural, sin grandes retorcimientos de la trama ni sorpresas de novela negra regulera. Así, tenemos un Calibán salido del Atlántico, bautizado Iñaki que se enredará con Lupe, una viuda pobre; tenemos al Padre Damián, cura que sermonea más acerca de la Ilustración que de Dios; Lope, el furriel del ejército español, preocupado por dar de comer a la mujer del general, o el marqués Chirino, el Don Juan local en plena senectud, pero no por ello menos animoso; o la pareja de chiquillos, Ramón el cojo, y Chito, el huérfano, con quienes comienza y acaba la obra (si no contamos el epílogo).

En general, salvo alguna repetición un tanto molesta (páginas 66 -"reputación"-, 88 -"su"- o 156 -"empeño"-) o una coma entre sujeto y verbo (página 176), la obra está más que correctamente escrita, a base de frases generalmente cortas, con un ritmo vivo. El autor parece sentirse a sus anchas narrando las aventuras y desventuras de los personajes y calibra bien la intensidad dramática y, sobre todo, cómica de diálogos y descripciones.


La cabeza del monstruo roza el techo. Anda en pelota, aunque una maraña confusa de sustancias húmedas rodea su cintura. Guedejas negras le cuelgan del cráneo y por la espalda se le han adherido un par de conchas marinas. Doña Clara amaga un desmayo teatral, pero se lo piensa mejor. Con un gritito de sorpresa le basta, por el momento. Hace mucho calor para desmayarse. El padre Damián saluda intentando transmitir serenidad: 

-No hay nada que temer de Iñaki. Es inocente y puro. 

El general, de estatura escasa, se siente apabullado por la presencia descomunal del visitante. 

-Tal vez sea mejor guardarlo en el establo -dice fastidiado. 

El cura replica: 

-Iñaki es el ser más humano que pueda conocerse. Al hombre civilizado le motiva el deseo de ser superior a los demás. Por eso utilizamos un antifaz ficticio, artificial, que jamás abandonamos en la vida diaria. Así pretendemos distinguirnos de quienes nos rodean. Las almas se vuelven invisibles, la amistad escasea, la confianza caduca y nadie se atreve a parecer quien, en realidad, es. El hombre salvaje, como Iñaki, no necesita de los demás, el océano le proporciona cuanto necesita. Sus relaciones, cuando las tiene, son armónicas, nunca conflictivas. (Pág. 36).


La bala roza la peluca del general. Impacta en la lámpara del techo, que se desploma sobre la mesa. Los comensales se tiran al suelo. El marqués aprovecha para gatear cerca de doña Clara, que llora asustada bajo una silla. 

-Hasta en los peores momentos se os ve hermosa, mi señora -le dice. 

Pero ella grita histérica: 

-¡Que me salven! 

Él insiste: 

-Son los franceses con su revolución. Pero no temáis, os protegeré. 

Doña Clara grita más fuerte. Chirino extiende el brazo y le acaricia las mejillas. Ella abre la boca y le muerde un dedo, ante lo que él retrocede dolorido: 

-¡Qué fiera! 

Es complicado seducir a una señora que suelta bocados. (Págs. 87-88)


Las barcazas inglesas que acompañaban al almirante en el desembarco son arrastradas por las corrientes hacia el sur. Encallan en una playa pedregosa. Los oficiales consiguen reagrupar a los marineros con silbatos. La artillería de la costa les dispara, pero la oscuridad dificulta la puntería.  

Un vecino sale de su casa a orinar en la playa. Los británicos lo abaten a balazos mientras avanzan a ciegas. Entran en la primera calle de arena que encuentran. Los recibe un tiroteo. Retroceden para dar un rodeo. En la oscuridad tropiezan con tropas españolas. Se acometen a la bayoneta. Los dos bandos huyen en direcciones opuestas. 

Con la esperanza de hacerse invisibles, los supervivientes se apostan por las esquinas. Nadie desea que salga el sol. Temen que la visibilidad los aboque al desastre. Varios marineros ingleses se pierden el laberinto (sic). Buscan refugio bajo un chamizo de cañas. Sorprenden dentro a dos de los desertores del ejército español, que entregan sus armas para salvar sus vidas. Tras una breve deliberación, los envían al castillo para exigir la rendición. De no obtenerla, amenazan con que el almirante Nelson pasará por las armas a toda la población, tanto civil como militar. (Págs. 165-166) 


La gesta es, pues, fácil de leer, en un primer nivel, con alusiones literarias más o menos identificables con facilidad, en un segundo, y cuyos personajes engranan bien con la acción en la que se ven inmersos y de la que son, también, corresponsables.

Una reflexión que me suscita, en esta novela como en otras, de parecido tono humorístico es que si bien el humor y la ridiculización, en especial, de las personas en los niveles más altos de la jerarquía social, los hacen a estos más humanos (en el sentido de que no son más que personas, como todas las demás, con su caudal de virtudes y, sobre todo, de miserias) y contribuyen a relativizar su importancia y la pretendida naturalidad del orden social, también se corre el riesgo de producir un efecto indirecto de igualitarismo que en absoluto se corresponde con la realidad, sobre todo por la opresión con que las clases sociales dominantes se afanaban (y se afanan) en mantener respecto de las subordinadas a ellas. Se puede ridiculizar, por ejemplo a un amo e igualarlo, en ese sentido, a un esclavo, mostrando que ambos son, en definitiva, iguales como seres humanos, siempre que no perdamos de vista que el amo decide sobre la vida de su esclavo, y no al contrario. 

Hay que decir, asimismo, como advertencia: no es La gesta una novela histórica, sino que toma un suceso histórico bien conocido como motivo de agitación social y de desquiciamiento de las relaciones entre los personajes, sin dejar de señalar un fondo de pobreza y hambre permanentes. Creo que es un error juzgar la obra de otro modo, considerando que lo principal es la recreación, más o menos fantaseada del ataque británico. Estoy casi convencido de que esa no fue nunca la intención de Juan Ignacio Royo.

En definitiva, una obra que, sin aportar nada novedoso, resulta simpática, no carece de cierta profundidad aun con ese tono humorístico predominante y más que correctamente escrita.


P.D. Otra reseña, esta de Eduardo García Rojas, aquí.


PROGRAM DEL POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA





lunes, 9 de enero de 2023

'Nunca preguntes su nombre a un pájaro', de Andrés Ibáñez

Andrés Ibáñez, para mí, no ha sido más que un nombre. Más bien, un nombre y un apellido que firmaron unas cuantas críticas magníficas (eso me pareció en su momento) en el suplemento cultural del ABC. Es imposible que sea así, pero fantaseo con frecuencia con la posibilidad de que de los artistas y literatos solo supiéramos eso: un nombre y un apellido (tal vez, dos). Digo que es imposible porque en nuestra sociedad del espectáculo, extremadamente competitiva, esa posibilidad no se toma en consideración, y si surge es por motivos espurios, relacionados también con la promoción de una carrera, de una obra (como el caso de los tres escritores que se ocultaban bajo el nombre de Carmen Mola). Resulta imprescindible acompañar el mensaje, el texto, la obra, con una cara, con una foto y su entrevista, empeñados como sociedad en ver en todo/a artista una luminaria, un faro iluminador de certezas, o, como mínimo, una confirmación de nuestros puntos de vista y de nuestras supersticiones. A veces, un artista puede convertirse en un intelectual, cierto, pero no es una relación necesaria.

 Me sobra, siempre, la fanfarria del espectáculo. Hoy en día, además, con Internet, se exacerba esta promiscuidad, esa cercanía cuyo carácter forzado resulta demasiado evidente. En el mundo de la literatura, hasta los mismos críticos se se dejan encarnar en fotos, en entrevistas, en declaraciones altisonantes sobre su propia obra, profieren elogios de sí mismos que habrían causado vergüenza ajena en otras épocas, no mejores, pero sí más pudorosas. No se resignan a la simple sombra, quieren ser el espantapájaros en la tierra sembrada, el cenador en el jardín, la veleta en el campanario. 

Un nombre y un apellido, tal vez dos, es todo lo que necesitamos, en realidad, para una novela, un libro de poemas, un cuadro, una escultura o una instalación.  Tal vez, ni siquiera. "¡No quiero conocerte!", exclamo, para salir del estupor.

Pareciera que en este mundo de apariencias, de hechos que devienen fantasmagoría, de realidades evanescentes, de trampantojos mediáticos, necesitamos aferrarnos a la imagen, si no a la carnalidad, a la presencia física para dar consistencia al arte y a la política. Seguimos buscando al líder de masas en el representante político, al gran hombre (o mujer), al mesías, al pastor de los corderos, igual que nos esforzamos por encontrar en el artista al sacerdote, al brujo, al hechicero, al mago, curiosamente en una sociedad en la que el arte se piensa, sobre todo, como mero consumo, devenido mercancía, y la mayor parte del tiempo solo mercancía; y la política como espectáculo galvanizador de emociones, y solo emociones. Arte y política como punto de fuga de una sociedad de clases medias que, de no preguntarse por sí misma, por su razón de existir, añora un pasado en el que no existía creyendo que así encontrará un lugar en el futuro. 

Al final, toda esta galería de vanidades, toda esta excrecencia que es el mundillo del arte se derrumbará y sus fragmentos no serán sino cáscaras huecas que generaciones posteriores pisotearán ajenas a los chasquidos de su inanidad.

En mi caso, prefiero ir al encuentro de las creaciones artísticas como si me dispusiera a experimentar un rito de paso, incluso con escarificaciones, si es menester. No me resigno a ser solo espectador, fila y columna de la butaca, simple acumulador de datos culturales para la posterior exhibición de la distinción. Qué aburrimiento, qué desesperanza.

Todo esto viene a cuento, sin venir a cuento, de la novela de hoy, Nunca preguntes su nombre a un pájaro, de Andrés Ibáñez.




Es esta una novela sorprendente: al principio, podemos pensar que es la historia de un escritor -un tal Horst- atormentado que se ha aislado voluntariamente en una casa grande en un valle remoto en Delaware (Estados Unidos, costa este), luego, tal vez, sospechamos que sufra algún tipo de psicosis. Cuando estamos asentados en ese escenario, la novela se transforma en una historia, un tanto desleída, de terror y misterio, como alguna de Stephen King (al que menciona, por cierto, y cuyas tremendas descripciones de los paisajes de Nueva Inglaterra recuerdan a las de Andrés Ibáñez en esta novela) o de John Connolly. 

Al final de todos estos avatares, la novela puede leerse simbólicamente, como una alegoría: la elección entre la vida o la muerte, entre la dignidad y el éxito, entre el amor y el egoísmo. Una elección mefistofélica que no termina de cuajar argumentalmente, por mucho que la lectura sea placentera la mayor parte del tiempo y se lea con interés. Es decir, para precisar, la novela, si nos enfocamos en el estilo, está muy bien escrita, con escenas a un grandísimo nivel. Subrayaría las descripciones del entorno rural y el barruntar interno del personaje principal cuyo recorrido angustiado es la base de esta novela, escrita en tercera persona, muy pegado al protagonista, en estilo indirecto libre. Pero le falta algo para terminar de ser convincente.

No están tan bien delineados los personajes secundarios -ni siquiera, en mi opinión, el personaje malvado-, y los diálogos no son lo mejor que haya leído. En alguna ocasión, rozan -sin alcanzarla- cierta banalidad que baja un punto el tono de la obra. Las diferentes esferas del mundo inventado de Nunca preguntes su nombre a un pájaro las siento distantes entre sí: Eva, la mujer de su hermano, Clive; Winslow Patrick, el escritor muerto en cuya casa vive alquilado Horst; el vecino pescador de anguilas, Willard; la suspicaz vendedora de libros y la leyenda local de la que emerge el Rey Amarillo, también llamado Matt Signorelli, y su amigo el indio, Kenny. Las partes confluyen, pero no consigue Ibáñez crear un conjunto armónico y de lógica necesaria. Los sucesos parecen ocurrir un tanto por que sí. En este sentido, repito, la novela se revela imperfecta.

Podría reprocharse, además, que el clímax argumental carece de la densidad narrativa que habría merecido. Le falta a la historia mayor contexto, mayor profundización genealógica de los personajes y del entorno para que hubiera sido más verosímil, tal vez más aterradora la encrucijada que se le presenta a Horst.


¡El viejo Winslow Patrick! Era asombroso cómo los autores de su generación, incluso aquellos que tenían una obra comparativamente breve y poco ambiciosa, habían logrado causar tanto revuelo. Ahora las cosas eran más complicadas, el mercado se había vuelto loco, la literatura se había llenado de géneros que lo devoraban todo y que creaban extrañas tribus de lectores mutuamente excluyentes. Escribir es matar, le había dicho Patrick mostrándole un faisán con un agujero de bala en el pecho. ¿Esto era algo que hubiera dicho Hemingway? Su amigo Ohle le recordó que Heimito von Doderer había dicho algo parecido alguna vez: que para ser escritor es necesario haber matado, aunque Heimito se refería a la Primera Guerra Mundial y no a disparar a los pájaros. Pero lo que había dicho Patrick era diferente: algo más crudo, quizá, aunque quizá se tratara de una simple metáfora. ¿Matar qué? ¿Matar a quién? (Pág. 17)

 

El Delaware traza una amplia curva entre masas de bosque, y no es tan ancho por allí como se hará unas millas más abajo, donde se abre en brazos e islas. Tampoco es un río muy profundo. Un río joven, espléndido en su urgencia plateada, sonoro como un palo de lluvia amazónico, del color metálico y argentéreo de las nubes. Horst descubre enseguida al viejo Willard casi en el centro del río con el agua por encima de la cintura. Lleva un traje impermeable y una capucha de marino, y se afana moviendo piedras, las oscuras lajas de pizarra del fondo del río, con las que lleva desde el verano construyendo una trampa para anguilas. Visto desde la altura a la que se encuentra Horst, el trabajo de Willard en medio de la soledad de la naturaleza tiene algo de épico, la grandeza intimidante de un monumento neolítico. El viejo marino de largas barbas blancas, tocado con su largo capuchón de lona calafateada, le recuerda a uno de esos sombríos personajes de Melville. Un patriarca en medio de la soledad. (Pág. 28)


-Tienes que tranquilizarte, muchacho -dice el viejo-. Te veo muy alterado. ¿Estás metido en algún lío, Horst? 

-No lo sé, la verdad -dice Horst. 

-No es bueno andar metido en lío -dice Willard rascándose la barba con gesto pensativo y abandonando, por el momento, su cesta-. Te lo dice un experto en el tema. 

-A veces los líos le buscan a uno -dice Horst. 

-Eso no es cierto -dice Willard-. Nunca es cierto. 

-¿Eso no es cierto? 

-Si tú crees que es cierto, entonces será cierto. Tú has estudiado en la universidad, no eres un batracio ignorante como yo. Pero en mi experiencia uno siempre se busca los lío en que se mete. Oh, sí, por Golly. Y con poderosa constancia y tesón, además. 

-Es simplemente un tipo que se presentó ayer en mi casa. Un tipo raro, nada más. 

-Entiendo -dice Willard frunciendo el ceño como haría un matemático al enfrentarse a un enigma insoluble. 

-No me gustó su aspecto, y me pregunté si acaso tú no le habrías puesto los ojos encima alguna vez. O si habrías oído su nombre. No sé si es de por aquí. 

-A lo mejor es el Rey Amarillo -dice Willard riendo. 

-¿Cómo dices? 

-El Rey Amarillo. 

-¿Qué es eso del Rey Amarillo? -pregunta Horst sintiendo que el terror le invade de nuevo. 

-Vive en lo más profundo del bosque. Allí en algún lugar, hay un túnel profundo o mejor, no, mejor dicho, un pozo profundo, muy profundo, y en lo más hondo de este pozo hay una cueva subterránea donde se encuentra la ciudad de Carcosa. El Rey Amarillo es el rey de esta ciudad subterránea, y de vez en cuando asciende por el pozo y asoma su cabeza por nuestro mundo. Pero es fácil reconocerle, porque tiene una cornamenta amarilla. Tiene cuernos, como un ciervo. Cuernos amarillos. (Págs. 104-105)

 

 Los escritores no son grandes leones dorados de la llanura, le dice entonces a Winslow Patrick. Los escritores son los antílopes. Son el feo ñu que regurgita su bolo de hierbajos mientras se gira a todas partes, el extraño okapi fucsia y anaranjado que mordisquea amargas hojas de acacia y dobla su largo cuello con miedo a ser descubierto en la sombra donde se oculta. Son el conejo aterrado, la liebre que eriza sus orejas ridículas en medio de las altas hierbas salpicadas de corimbos y oscuras mariposas. ¿Qué es lo que une a Kafka, a Hawthorne, a Poe, a Proust, a Carver, más que el terror profundo y cerval al acto de estar vivo, a la necesidad de esta ceremonia continua de exposición y desafío que ninguno de nosotros ha elegido, a este despliegue de trofeos de caza en el que ninguno de nosotros firmó para participar? No valemos para el servicio, no somos aptos, pero a pesar de todo nos hacen soldados, nos envían al frente. (Pág. 112)

 

Es, como dije al principio, una novela sorprendente, aunque tal vez mejor sería aplicar el adjetivo desconcertante. Guarda esta obra el germen de una novela grande pero tengo la impresión de que la estructura que Ibáñez ha creado aquí no está a la altura de su estilo, con frases y párrafos magníficos. También tiene la capacidad de devolvernos el placer de leer una historia -lo que en muchas ocasiones echo en falta en otras narraciones de autores afamados- y de asomarnos a lo perturbador de la naturaleza como entorno y del laberinto espeluznante de la psique -alma- humana, y de la interacción entre ambas. Una interacción fatídica, desde luego, que me recuerda tanto a Joseph Conrad como al ya mentado Stephen King. 

Para finalizar, Nunca preguntes su nombre a un pájaro, pesar de sus imperfecciones, es singular y muestra a un gran escritor: merece ser leída. Hay muchas novelas inferiores a esta que han gozado de mucha más fanfarria mediática, pero esa es la historia de siempre. Como dice Horst: "La vida de un escritor es una sucesión de humillaciones".


 





martes, 20 de diciembre de 2022

Las malditas listas del Polillas-2022

Quién nos iba a decir que cuando creé Polillas al anochecer allá por el prepandémico 2016 llegaríamos Vds. y yo a pasar juntos la Navidad de 2022. He leído por ahí que la vida media de la mayoría de los blogs oscila entre uno y tres años. Ya llevamos seis y pico, por lo queaunque solo sea a meros efectos estadísticos, el blog da la nota.

Es bastante posible que a muchos/as el blog le haya supuesto una especie de shock cultural y, en algunos casos, una reevaluación ética de sus actividades: hasta entonces, con las excepciones que quieran señalarme, la crítica literaria suponía una extrañeza en el mundillo, calificada de malintencionada, como resultado (nada más) de una maniobra difamatoria, orquestada por algún villano en la oscuridad y motivada por alguna mezquina cuenta pendiente. Me he esforzado por demostrar que es posible una crítica literario-artístico-cultural independiente y honrada. En todo caso, son Vds., lectoras y lectores, quienes en última instancia (no los/as editores/as, no los escritores/as, no los clubs de fans) juzgarán este blog.

Pues bien, ya que hemos llegado hasta aquí, supongo que estarán esperando, como es tradición, las listas de lo peor y de lo mejor que he reseñado en el Polillas. Listas subjetivísimas que solo quieren reflejar mis gustos, por mucho que haya intentado explicar las razones en las reseñas correspondientes:


LO PEOR

1º) Berlinale, de Elio Quiroga (ed. Baile del Sol)

Este año no ha habido mucho malo donde escoger. No todo va a ser espinas y tránsitos apesadumbrados por valles de lágrimas. Una de las excepciones a este buena vibra fue Berlinale, cuyo autor, Elio Quiroga, intentó crear un thriller cultureta y cosmopolita, con muchas ínfulas, y le salió una caricatura de lo que debe ser escribir una novela. Ni trepidante ni fascinante ni interesante ni descacharrante ni nada que se le parezca. Una tontería insoportable que nunca debió haber sido escrita ni mucho menos publicada.

2º) Sin comienzo ni finalde Alberto Omar Walls (ed. Mercurio)

Solo por su pretenciosidad sin fundamento, merecería ser condenada, pero lo peor es que consigue además aburrirnos hasta el paroxismo. Tanto esta novela como la anterior hacen imposible llevar una vida lograda mientras se leen. La cólera junto al tedio se mezclan de tal modo que uno comienza a albergar ideas inquietantes respecto de estos autores y de la Humanidad, en general. Sin comienzo ni final tiene una idea, sin duda, o, al menos media, pero se disuelve al poco de comenzar. Además, el autor se atribuyó un magnífico sentido del humor e intentó compartirlo con los/las lectores.

3º) Cuadernos del subtrópico norte, de Marcos Dosantos (ed. El Drago)

Fue saludado Marcos Dosantos casi como un prodigio por el celebérrimo Juan Cruz, como un autor que "pisa fuerte" por Eduardo García Rojas, amén de que Elsa López considerara que el libro era "literatura en vena". Sin embargo, esta colección de relatos, en el mejor de los casos, solo merece la indiferencia y, en el peor, el olvido. La sobreestimación de unos cuentos nada interesantes no le hace un favor a nadie, y menos al escritor. Así pues, es necesaria una gran dosis de resignación, no por Dosantos sino por sus mentores, a quienes la opinión pública deberá seguir sufriendo quién sabe por cuánto tiempo. No sé que será de Marcos Dosantos en su faceta de escritor, pero como persona, para compensar, le deseo que cumpla sus sueños, etc.




LO MEJOR

Aquí les destaco tres novelas, en este año pródigo, para que no se pierda la simetría. Bueno, y un áccesit. Cabe alguna más, pero así son las listas.

1º) Maestros antiguos, de Thomas Bernhard (ed. Alianza; traducción de Miguel Sáenz)

Quienes ya hayan leído a Bernhard, sabrán por qué. Para quienes no, subrayaría ese estilo tortuoso a base de frases largas y repetición de términos y expresiones que logran (ese es el mérito) un efecto único, entre lo obsesivo y lo hipnótico que conforman una manera singular de escribir. Además, qué subidón da la mala leche de Bernhard cuando carga contra medio mundo, que es casi todo el rato.

2º) Mira que eresde Luis Rodríguez (ed. Candaya)

Una de esas obras que desafían el concepto de novela y salen airosas del trance. Metaliteratura, juegos del lenguaje, referencias y citas literarias PERO ejecutado todo de manera excelente. Es decir, ni el menor de asomo de pretenciosidad ni de confusión y sí mucho dominio de la técnica y del lenguaje. Una obra en la que uno se introduce como en un laberinto y del cual sale gozoso como un escolar tras resolver su primera regla de tres.

3º) Supersaurio, de Meryem El Mehdati (ed. Blackie Books)

Toda una revelación en la que caí por casualidad, como casi todo que ha devenido importante en mi vida. Con sus defectos, esta novela trae al mundillo literario y a la esfera pública a una escritora inteligente y convincente, lo que me parece una buena noticia. Diálogos veraces, una historia de sufrido testimonio laboral y un estilo desenfadado que no cae en la vulgaridad y que, en ocasiones, llega a conmover. Somos unos cuantos los que, casi en secreto, aguardamos la obra que nos va a deparar esta mujer.

Bueno, y un diploma olímpico:  Cazadores de beatniksde Dani Ortiz (ed. Escalera)

Otro descubrimiento para mí, de lo que me congratulo. Una novela de carretera, exuberante a más no poder, tan nutrida de referencias que por momentos apabulla. Además, un torrente verbal, salvaje como los rápidos de un río de película del Oeste, que no había visto por estos pagos. Tal vez le falte una estructura más ajustada a sus intenciones o un propósito más convincente al deambular frenético y obsesivo de sus personajes, pero sus virtudes la convierten en toda una singularidad literaria.







Comparto también algunos títulos de no ficción que no he mencionado en otros artículos y que creo que merecen su interés.

SUGERENCIAS DE NO FICCIÓN (TOTUM REVOLUTUM)

-El amanecer de todo, de David Graeber y David Wengrow (traducción de Joan Andreano Weyland, ed. Ariel)

-Cultura ingobernable, de Jazmín Beirak (ed. Ariel)

-Límites de la democracia, de Stephan Lessenich (traducción de Miguel Alberti, ed. Herder)

-Socialismo y democracia, de Michael Löwy y Ernesto M. Díaz Macías (ed. Catarata)

-En el nombre de Canarias, de Roberto Gil Hernández (ed. Pensamiento TEA)

-El género en disputa, de Judith Butler (traducción de María Antonia Muñoz, ed. Paidós)

-España, año cero, de Zira Box (ed. Alianza)

-El sueño de la nación indomable, de Ricardo García Cárcel. (ed. Ariel)

-El efecto clase media, de Emmanuel Rodríguez López (ed. Traficantes de sueños)

-El desorden político, de Ignacio Sánchez Cuenca (ed. La Catarata)

-Los olvidados, de Antonio Gómez Villar (ed. Bellaterra)




Reseñadores/as, periodistas culturales y una editorial (solo crítica negativa, aviso para almas bellas)

Casi nada nuevo hay que añadir al comentario que hice hace un año. Eso sí, sigo lamentando que Victoriano Santana Sanjurjo no ceje en su deplorable labor de elogiador oficioso de cualquiera que publique lo que sea, con especial querencia por quienes lo hacen en la imprenta, perdón, editorial Mercurio. Prolífico y prolijo, Santana Sanjurjo es como el nubarrón que se acerca, fatídico,  y que no falla en descargarse sobre nosotros, que no tenemos donde escondernos.

Respecto de la editorial Mercurio, ya no sabe uno si pensar que es positivo que dé oportunidad de publicar a tanta gente o justo lo contrario; si hace un favor a la cultura en Canarias o más bien contribuye a su descapitalización irreversible. En cualquier caso, lo de Mercurio tendría cura si se tratara a tiempo; lo de Santana Sanjurjo, no, me temo. El esfuerzo que le pone este hombre a sus artículos para resultados tan desdeñables debería ser estudiado en alguna universidad importante, pero probablemente no en su facultad de Filología. 

Felipe García Landín enjabona y cepilla de vez en cuando, pero no se prodiga como otros años, lo que le agradezco con sinceridad. Le animo a que extreme sus ausencias. 

 Eduardo García Rojas se ha decidido a escribir reseñas abiertamente negativas (de nada, Eduardo), lo que sin duda le hará bien a él, a su suplemento y tal vez a los/as autores/as criticados/as. Nunca es tarde para cambiar

De Nora Navarro, periodista cultural, aparte de su mala educación en las redes sociales, solo puedo comentar que no parece haber encontrado a ninguna escritora a la que apadrinar en 2022, por lo que imagino que considerará que su carrera cultural habrá sufrido un grave estancamiento. Desde esta página, la animo a que siga intentando llegar. No me pregunten adónde.

También ha habido reseñadores de una reseña, como Maximiano Trapero (de El teatro en medio del océano, de Francisco Juan Quevedo) o de Jorge Fonte (de Reparación del horizonte, de Víctor Álamo de la Rosa), por ejemplo. Ambas reseñas compitieron en la siempre gratificante tarea, a la que se aplicaron con entusiasmo, de dar vergüenza ajena. Mi opinión es que resultó vencedora, por medio cuerpo de empalago, la de Fonte.

En cuanto al público del blog, puedo compartir que la cifra media mensual de visualizaciones y visitas de Polillas al anochecer sube cada año un poco más, lo que no deja de sorprenderme, dado lo pesado que me pongo. Vds. sabrán. Es posible que muchas de las lecturas se expliquen por el perverso placer de algunos/as (me dicen que muchos de ellos son escritores) de ver cómo atizo a unos o a otras. Insisto en que las batallitas entre autores/as no me incumben: cada cual debe explicarse a sí mismo/a su propia mezquindad.

Felices fiestas. Nos vemos en 2023.