viernes, 20 de enero de 2023

'La gesta', de Juan Ignacio Royo

Tal vez no sepan que, en mi afán por evitar, en la ínfima medida de mis posibilidades, la hegemonía cultural de los medios de comunicación, suelo aceptar casi cualquier sugerencia libresca que me den. Créanlo: casi. También es cierto que la ejecución del acto, primero, de la compra, y, posteriormente, la de la lectura no son inmediatos. Permítanme, al menos, tres cosas: el olvido momentáneo, el trato espasmódico con mi agenda (imaginaria) y mis ganas, que son bastante caprichosas (de lo contrario, no serían ganas).

Digo esto porque la novela de hoy, La gesta, de Juan Ignacio Royo, me fue sugerida en una conversación de Facebook hace ya unos cuantos meses, y solo la he leído y sacado adelante la reseña en esta última semana. Para quienes nos dedicamos a esto de manera amateur, las obligaciones son siempre autoimpuestas, pero no dejan de ser obligaciones, aun sin la amenaza, por vaga que sea, de represalias.

Así pues, aunque procuro estar al día de la producción periodística cultural respecto de la literatura canaria (también nacional), algo que en nuestra Comunidad es sencillo por la escasez de las fuentes y, con frecuencia, por la falta de complejidad de los artículos (dedicados, en gran número, al elogio estúpido), soy muy receptivo a cuchicheos, rumores, anuncios y hallazgos de cualquiera que se me acerque o me escriba. 

Bueno, basta de autobombo.



La gesta es una novela-divertimento. Escribo esto sin pretender desmerecerla, por lo que me explico: uno se divierte leyéndola. Los personajes, un tanto estrafalarios y, si ocupan posiciones de poder, ridiculizados tanto por sus actos como por sus palabras, se mueven con desparpajo por el escenario de la Santa Cruz de Tenerife de 1797, justo antes (y luego, durante) del ataque de la armada británica con el almirante Nelson al frente. Además, aparte de la diversión que cada lector o lectora se procure, uno tiene la impresión de que el autor también se divirtió escribiéndola: a pesar de las batallas y las muertes, un aire festivo impregna toda la narración.

La novela está contada en tercera persona, con narrador omnisciente, con momentos de estilo indirecto libre. Varias líneas narrativas se desarrollan en la novela, entrecruzándose algunas de manera lógica y natural, sin grandes retorcimientos de la trama ni sorpresas de novela negra regulera. Así, tenemos un Calibán salido del Atlántico, bautizado Iñaki que se enredará con Lupe, una viuda pobre; tenemos al Padre Damián, cura que sermonea más acerca de la Ilustración que de Dios; Lope, el furriel del ejército español, preocupado por dar de comer a la mujer del general, o el marqués Chirino, el Don Juan local en plena senectud, pero no por ello menos animoso; o la pareja de chiquillos, Ramón el cojo, y Chito, el huérfano, con quienes comienza y acaba la obra (si no contamos el epílogo).

En general, salvo alguna repetición un tanto molesta (páginas 66 -"reputación"-, 88 -"su"- o 156 -"empeño"-) o una coma entre sujeto y verbo (página 176), la obra está más que correctamente escrita, a base de frases generalmente cortas, con un ritmo vivo. El autor parece sentirse a sus anchas narrando las aventuras y desventuras de los personajes y calibra bien la intensidad dramática y, sobre todo, cómica de diálogos y descripciones.


La cabeza del monstruo roza el techo. Anda en pelota, aunque una maraña confusa de sustancias húmedas rodea su cintura. Guedejas negras le cuelgan del cráneo y por la espalda se le han adherido un par de conchas marinas. Doña Clara amaga un desmayo teatral, pero se lo piensa mejor. Con un gritito de sorpresa le basta, por el momento. Hace mucho calor para desmayarse. El padre Damián saluda intentando transmitir serenidad: 

-No hay nada que temer de Iñaki. Es inocente y puro. 

El general, de estatura escasa, se siente apabullado por la presencia descomunal del visitante. 

-Tal vez sea mejor guardarlo en el establo -dice fastidiado. 

El cura replica: 

-Iñaki es el ser más humano que pueda conocerse. Al hombre civilizado le motiva el deseo de ser superior a los demás. Por eso utilizamos un antifaz ficticio, artificial, que jamás abandonamos en la vida diaria. Así pretendemos distinguirnos de quienes nos rodean. Las almas se vuelven invisibles, la amistad escasea, la confianza caduca y nadie se atreve a parecer quien, en realidad, es. El hombre salvaje, como Iñaki, no necesita de los demás, el océano le proporciona cuanto necesita. Sus relaciones, cuando las tiene, son armónicas, nunca conflictivas. (Pág. 36).


La bala roza la peluca del general. Impacta en la lámpara del techo, que se desploma sobre la mesa. Los comensales se tiran al suelo. El marqués aprovecha para gatear cerca de doña Clara, que llora asustada bajo una silla. 

-Hasta en los peores momentos se os ve hermosa, mi señora -le dice. 

Pero ella grita histérica: 

-¡Que me salven! 

Él insiste: 

-Son los franceses con su revolución. Pero no temáis, os protegeré. 

Doña Clara grita más fuerte. Chirino extiende el brazo y le acaricia las mejillas. Ella abre la boca y le muerde un dedo, ante lo que él retrocede dolorido: 

-¡Qué fiera! 

Es complicado seducir a una señora que suelta bocados. (Págs. 87-88)


Las barcazas inglesas que acompañaban al almirante en el desembarco son arrastradas por las corrientes hacia el sur. Encallan en una playa pedregosa. Los oficiales consiguen reagrupar a los marineros con silbatos. La artillería de la costa les dispara, pero la oscuridad dificulta la puntería.  

Un vecino sale de su casa a orinar en la playa. Los británicos lo abaten a balazos mientras avanzan a ciegas. Entran en la primera calle de arena que encuentran. Los recibe un tiroteo. Retroceden para dar un rodeo. En la oscuridad tropiezan con tropas españolas. Se acometen a la bayoneta. Los dos bandos huyen en direcciones opuestas. 

Con la esperanza de hacerse invisibles, los supervivientes se apostan por las esquinas. Nadie desea que salga el sol. Temen que la visibilidad los aboque al desastre. Varios marineros ingleses se pierden el laberinto (sic). Buscan refugio bajo un chamizo de cañas. Sorprenden dentro a dos de los desertores del ejército español, que entregan sus armas para salvar sus vidas. Tras una breve deliberación, los envían al castillo para exigir la rendición. De no obtenerla, amenazan con que el almirante Nelson pasará por las armas a toda la población, tanto civil como militar. (Págs. 165-166) 


La gesta es, pues, fácil de leer, en un primer nivel, con alusiones literarias más o menos identificables con facilidad, en un segundo, y cuyos personajes engranan bien con la acción en la que se ven inmersos y de la que son, también, corresponsables.

Una reflexión que me suscita, en esta novela como en otras, de parecido tono humorístico es que si bien el humor y la ridiculización, en especial, de las personas en los niveles más altos de la jerarquía social, los hacen a estos más humanos (en el sentido de que no son más que personas, como todas las demás, con su caudal de virtudes y, sobre todo, de miserias) y contribuyen a relativizar su importancia y la pretendida naturalidad del orden social, también se corre el riesgo de producir un efecto indirecto de igualitarismo que en absoluto se corresponde con la realidad, sobre todo por la opresión con que las clases sociales dominantes se afanaban (y se afanan) en mantener respecto de las subordinadas a ellas. Se puede ridiculizar, por ejemplo a un amo e igualarlo, en ese sentido, a un esclavo, mostrando que ambos son, en definitiva, iguales como seres humanos, siempre que no perdamos de vista que el amo decide sobre la vida de su esclavo, y no al contrario. 

Hay que decir, asimismo, como advertencia: no es La gesta una novela histórica, sino que toma un suceso histórico bien conocido como motivo de agitación social y de desquiciamiento de las relaciones entre los personajes, sin dejar de señalar un fondo de pobreza y hambre permanentes. Creo que es un error juzgar la obra de otro modo, considerando que lo principal es la recreación, más o menos fantaseada del ataque británico. Estoy casi convencido de que esa no fue nunca la intención de Juan Ignacio Royo.

En definitiva, una obra que, sin aportar nada novedoso, resulta simpática, no carece de cierta profundidad aun con ese tono humorístico predominante y más que correctamente escrita.


P.D. Otra reseña, esta de Eduardo García Rojas, aquí.


PROGRAM DEL POLILLAS AL ANOCHECER EN RADIO GUINIGUADA





3 comentarios:

  1. Como incitador a que hicieses la crítica de esta novela, te lo agradezco. Y me parece bastante acertada.

    ResponderEliminar
  2. En lo poco que no estoy de acuerdo en que no aporta nada novedoso. Yo diría lo contrario, aporta mucho. En una versión original y sorprendente del cuento La bella y la bestia. Te recomiendo ahora, según Eduardo García Rojas la mejor novela de este autor: Es mejor improvisar.

    ResponderEliminar
  3. Tal vez, pero ya puestos, lo veo más como una versión de 'La sirenita'. A Iñaki le dan dos piernas para que salga a tierra y enamore a la costurera a cambio de su voz... Apunto 'Mejor cuando improvisas' para el futuro. De 'La bella y la bestia' siempre me quedaré con la película de Cocteau.

    ResponderEliminar