viernes, 16 de febrero de 2024

Fluyan mis lágrimas, dijo el lector

En coherencia con lo que manifesté en el pasado artículo, comparto con Vds. mis lecturas, ya sea terminadas, a medias o de reojo. Por ejemplo, he concluido La ira azul, de Pablo Batalla y Colaboracionistas, de David Alegre. Avanzo, con gesto alegre y firme el ademán, con la lectura de El Capital, viendo cómo los empresarios ingleses del siglo XIX utilizaban la palabra libertad de modo muy parecido a nuestras neoliberales madrileñas del siglo XXI, como cuando aquellos expresaban su oposición a la reducción de la jornada laboral a 12 o 10 horas o a la limitación de edad para contratar niños con el concepto de "libertad de trabajar". Libertad, siempre. A costa de los demás, también siempre.

Volviendo a La ira azul, el ensayo nos muestra la ambigüedad -o amplitud- del término revolución, concepto que puede aplicarse, claro está, a los movimientos epocales tanto desde la izquierda ideológica como de la derecha, tanto de la revolución como de la reacción. También, cómo es preciso no caer en absolutismos ideológicos rígidos y prefijados, sino, tal y como señala también, Karl Honneth en La idea del socialismo, recoger en el seno de la izquierda todas las propuestas emancipadoras sin renunciar a las identitarias o culturales en esa dirección. Señala Batalla la necesidad de apreciar en el seno de las revueltas antiilustradas, en especial por la parte plebeya, el temor al advenimiento de un orden aun más opresivo que el anterior, de reconocer los síntomas de un futuro ominoso aunque podamos renegar de las soluciones o del sistema político-económico vigente hasta ese momento. Es en este sentido, el de los movimientos de izquierda como movimientos "conservadores", el que se subraya, aquella palanca de freno de la que hablaba Walter Benjamin o, con otras palabras, Chesterton, desde una perspectiva diferente.

Con Colaboracionistas se nos despliega una casuística europea de fascistas y nazis en los países conquistados por el III Reich: cómo los grupos ideológicos afines en, sobre todo, Bélgica, Holanda, Suecia, Noruega y Francia (también Suecia, aunque no fuera ocupada), colaboraron de modo activo con los nazis, tanto por compartir el mismo credo político como por razones de promoción política interior y personal. Es impresionante la cantidad de bibliografía del autor (es el desarrollo y ampliación de su tesis doctoral) y muestra un panorama general de aquellas sociedades que se debatían entre su conservadurismo anticomunista y antisoviético (al menos entre las clases medias y las élites) y su rechazo a la ocupación de su país, rechazo que fue creciendo conforme se veía que Alemania estaba perdiendo la guerra.

 

Asimismo, me resulta más que notable el libro de la filósofa Clara Serra El sentido de consentir, en el que argumenta la deriva feminista de corte punitivo que implica el concepto del consentimiento a la hora de permitir o no el acercamiento sexual y la legislación basada en aquél. Ni todos los feminismos son iguales, ni todos están de acuerdo en sus enfoques, muchos de los cuales acaban haciendo el juego a la ideología opresora a la que pretenden hacer frente. Uno puede estar de acuerdo en todo o en parte con esta filósofa, pero el encadenamiento de argumentos de Serra hace de este libro un excelente material para reflexionar acerca de los no es no y de los sí es sí.



También, he comenzado a releer el clásico de la antropología económica de Karl Polanyi, La gran transformación, uno de esos famosos imprescindibles para cualquier conversación sobre el liberalismo económico, el neoliberalismo, etc., en particular sobre las consecuencias deletéreas de un mercado autorregulado para la sociedad que lo alberga y el subsiguiente movimiento de defensa de esta. No se lo pierdan, de verdad. Hasta hace poco era imposible de encontrar, por lo que agradezco de veras esta nueva edición.




Finalmente, he comenzado a leer Política y ficción: las ideologías en un mundo sin futuro, de Jorge Lago y Pablo Bustinduy. Aborda, resumo, de qué manera distintas ideologías encaran problemas presentes como si ya estuvieran resueltos para justificar su existencia. Es decir, el relato, pero para ello utilizan el concepto de ficción resolutiva en el orden liberal, neoliberal, socialdemócrata, etc. Ya les contaré cuando avance en la lectura.






Por si les pareciera poco, tengo ya encargados, qué digo, listos para recoger, El mito del déficit, de Stephanie Kelton, en la línea de la Teoría Monetaria Moderna; y la novela Asesinato en el comité central, de Manuel Vázquez Montalbán. Reconozco que lo he comprado más por la pintura de una época y de un ambiente que por el posible valor intrínseco, pero ya veremos. Por último, con algo de impaciencia, aguardo la llegada de De cine, aventuras y extravíos, de Eugenio Trías.

No se pueden quejar, es toda una selección.

En otro orden de cosas, tenemos que un escritor con vocación de martillo de wokes como Armas Marcelo se permite lanzar una larga sarta de improperios a todo lo progre que se mueva a cuenta de un libro que no ha leído: la combinación chaise-longue y batín a cuadros suele acabar dando como resultado la negligencia intelectual más bochornosa. Asimismo, ya a nivel local, puede uno leer a un académico como Maximiano Trapero escribiendo acerca de las pinturas de un amigo suyo ya jubilado en el cuadernillo cultural de Prensa Ibérica en las Islas. Que podría haberle elogiado sólo en privado es una decisión que pasó por alto. Así las cosas, escribió una tontería supina que, probablemente, a cualquiera que no fuera él le costaría semanas de convalecencia. 

¡Qué vamos a hacer! Son parte de nuestra intelligentsia patria; la experiencia y la sabiduría acumuladas durante décadas que cristalizan en estas luminarias de la mera opinión. No se preocupen, si no estuvieran ellas, tenemos unas cuantas calentando en la banda. A mí se me ocurren unos cuantos nombres. A Vds., también.


domingo, 28 de enero de 2024

Primeras lecturas de 2024

 Abordo este artículo con la misma sensación que terminé el anterior, hace aproximadamente un mes: cierto cansancio, que se acrecienta de modo progresivo: la completa inutilidad de escribir sobre asuntos que carecen de importancia alguna, como la inmensa mayoría de la ficción novelesca. Mi lógica es la siguiente: como es posible que la mayoría de quienes escriben sean aquellos/as que disponen de tiempo, es decir, personas pertenecientes a la clase media o alta (traduzco: horas de ocio, trabajan en empleos relativamente cómodos), me da la impresión de que sus preocupaciones suelen consistir en recrear un ambiente pacífico donde transcurran aventuras de corte egocéntrico sin mayor trascendencia o escapismos distópicos copiados de otras novelas o series de televisión, cuando no, simplemente, en reafirmar su complacencia consigo mismos/as y con el mundo en que viven, y en ajustarse a imágenes preconcebidas del/de la escritor/a y su estatus. En definitiva, raro es que escriban algo que proporcione valor (cognitivo, estético, sentimental), al manos para mí.

Así les explico el desinterés prejuicioso que siento por lo publicado en los últimos, digamos, dos o tres meses en Canarias. Además, libros cuyos autores/as ya han pasado por este blog, a veces de la peor manera. Estoy deseando encontrar a algún/a escritor/a que zarandee este pesimismo literario y me haga envidiarlo/a como un creyente católico a Saulo de Tarso (o San Pablo). Una obra que no hace falta que sea perfecta, la definamos como imaginemos, sino que, aun por pocas páginas, me desquicie, me azore y me abofetee (no necesariamente en ese orden). 

El medio escrito permite, supongo, finitas posibilidades de cambio, novedad y variaciones de estilo. No obstante, disto de creer que se hayan agotado, que solo sea posible elegir entre un realismo más o menos fácil y un experimentalismo ilegible, etc. Lo peor, para mí, no es el espacio entre lo imaginado y lo ejecutado, entre el relato en la mente del escritor y su plasmación en la página, ese abismo donde se precipitan las mejores intenciones, sino la absoluta falta de atrevimiento de la mayoría de quienes publican, el pasmoso conformismo con supuestas formas de escribir, con el dócil y alegre sometimiento a esquemas de tal o cual género literario, la entregada disposición a no molestar a nadie ("no vaya a ser que..."). 

Podría resumir lo anterior en que el aburrimiento es, simplemente, desalentador. Que no vale la pena escribir sobre autores/as deficientes tanto en el estilo como en el pensamiento; que no merece el esfuerzo escribir sobre plumillas culturales empeñados en convertirse en mentores/as ni respecto de reseñadores mentirosos ansiosos por convertirse en referentes de algo. En todos los casos, la crítica no les afecta porque, en realidad, su negocio es otro: la construcción de un currículo y el reconocimiento social (por magro que sea) por su supuesta pertenencia al contenido de un concepto, llámese escritor, artista o crítico

De aquí se sigue que, en la línea de los últimos artículos, me limitaré a seguir compartiendo con Vds. mis más recientes adquisiciones de libros, mis lecturas y mis intenciones de lecturas, con todas sus combinaciones. Hay algo hermoso en compartir, sobre todo cuando uno no teme saber menos que quien te lee, sino, al contrario, aprender algo de esas personas. Así que espero que interactúen más con este lector.

A la sazón:

Lista de libros adquiridos y comenzados a leer:

-Capitalismo gore, de Sayak Valencia, editorial Melusina. Este libro llegó a mí por la interesante entrevista que le hizo Mariano de Santa Ana a la autora, en el menguante (y casi siempre irrelevante) suplemento de La Provincia/El Día.

-El Capital, de Karl Marx. Harto de la versión digital y de saber más de él por las glosas que por la lectura directa. Apoyado por El orden del capital, de Carlos Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero, Akal.

-La ira azul. El sueño milenario de la revolución, de Pablo Batalla, editorial Trea. De este autor ya leí con provecho Los nuevos odres del nacionalismo español, en la misma editorial, que recomiendo.

-Colaboracionistas: Europa occidental y el nuevo orden nazi, de David Alegre, Galaxia Gutenberg. Sobre los movimientos fascistas en la Europa previos a la II Guerra Mundial y su posterior colaboración con la Alemania nazi.

-Contra la distopía. La cara B de un género de masas, de Francisco Martorell Campos, La Caja Books.

-Los intelectuales en el drama de España, de María Zambrano, en Alianza Editorial, a resultas de unas jornadas de la UNED, a cargo de Jesús Díaz Álvarez y Rafael Cotelo Pazos.



miércoles, 20 de diciembre de 2023

Las listas de fin de año, 2023

Sin ser capaz de despojarme de cierta sensación cenagosa, a la manera de Manganelli, respecto de la República de las Letras en Canarias y del mundo de la cultura, en general, abordo exhausto este final de 2023. La constatación, tras estos años de mando de Podemos en la consejería de Cultura, de que todo es más o menos lo mismo en la gestión pública como en la visión de los partidos políticos resulta desalentadora. Lo peor es que el desaliento se ha convertido en costumbre, y acostumbrarse al desaliento no suscita sino conformidad, por no decir indiferencia, respecto de las políticas institucionales y de las iniciativas privadas en materia cultural. De todos modos, no es costumbre inquirir la opinión de la ciudadanía, en general, ni del público, en particular. El papel de estos últimos, su función, es la de ser mero receptor de una mercancía, mera excusa para la ejecución de presupuesto público y, lo que es lo más importante, para la publicidad y promoción del ente organizador.

Todo lo anterior, insisto, es aplicable estando al cargo de la consejería un/a representante de Podemos, otro/a de Coalición Canaria o, en su caso de PP o PSOE. Así lo han demostrado y así lo volverán a demostrar.

Vayamos a lo nuestro, que este año, en materia literaria, ha habido, sobre todo, magníficas lecturas. Aquí les dejo mi lista particular de lo bueno y, cómo no, de lo malo. Respecto de la segunda, por si acaso, recalco mi convencimiento de que los/as escritores/as son magníficas personas en lo moral y sumamente esforzadas en lo literario, pero, a pesar de esto, sus obras, a mi juicio, son desdeñables. Para más comentarios, les remito a la lectura de la reseña correspondiente.


Lo mejor de lo mejor de 2023:

-Vivir abajo, de Gustavo Faverón Patriau. Editorial Candaya.

-La ciénaga definitiva, de Giorgio Manganelli. Editorial Siruela. Traducción de Carlos Gumpert.

-Centuria, de Giorgio Manganelli. Editorial Anagrama. Traducción de Joaquín Jordá.

-El epitafio de los perdedores, de Andrew Szepessy. Editorial Siruela. Traducción de Esther Cruz Santaella.

Estas cuatro lecturas, acabo de comprobarlo, se sucedieron entre abril y marzo: imagínense qué estado de satisfacción alcancé en ese período. Dudoso es que vuelva a repetirse algo parecido.









Lo peor de 2023:

-Leche condensada, de Aida González Rossi. Editorial Caballo de Troya.

-La isla de los muchachos hermosos, de Pedro Flores. Editorial Maclein y Parker.




Añado que hay algunas obras que, por diferentes razones, se quedaron en el casi de llegar a la primera lista, como fueron Nunca preguntes a un pájaro, de Andrés Ibáñez; Los árboles, de Percival Everett; Bisutería auténtica, de Daniel María; o La paz de las colmenas, de Alice Rivaz.

Ya me disculparán por el magro contenido de la relación de lecturas, pero este año ha sido bastante convulso y mis intereses y actividades han tomado otros derroteros que tienen que ver más con el ensayo sociológico y filosófico.

A la sazón:

Sugerencias de lectura de no ficción

-De qué hablamos cuando hablamos de marxismo, de Juan Carlos Rodríguez. Editorial Akal.

-Lujo comunal, de Kristin Ross. Editorial Akal. Traducción de Juanmi Madariaga.

-Mundo soñado y catástrofe, de Susan Buck-Morss. Editorial Libros Antonio Machado. Traducción de Ramón Ibáñez Ibáñez.

-El 18 de Brumario de Luis Bonarte, de Karl Marx. Editorial Akal. Edición, prólogo y traducción  de Clara Ramas Sanmiguel.

-Mentira romántica y verdad novelesca, de René Girard. Editorial Anagrama. Traducción de Joaquín Jordán.

-Pocos contra muchos, de Nadia Urbinati. Editorial Katz. Traducción de Gabriel Barpal.

-La tragedia griega, de Jacqueline Romilly. Editorial Gredos. Traducción de Jordi Terré.

-La mente reaccionaria, de Corey Robin. Editorial Capitán Swing. Traducción de Daniel Gascón.

-Retóricas de la intransigencia, de Albert O. Hirschmann. Traducción de Tomás Segovia.

-Todo lo que entró en crisis, coordinado por José Luis Moreno Pestaña y Jorge Costa Delgado. Editorial Akal.

-Estados del agravio, de Wendy Brown. Editorial Lengua de Trapo. Traducido por Jorge Cano y Carlos Valdés.

-Rompiendo algo, de Belén Gopegui. Editorial DeBolsillo.


Por último, un apartado que suscitaba bastante diversión era mi lista de reseñadores/as deplorables, pero este año no he leído nada que mejore lo que escribí el pasado año. Son los/las mismos/as (salvo la mortecina novedad de Javier Doreste) escribiendo de igual modo en su ansioso deambular de lo huero a lo inane.

En fin, lean buenos libros y sean felices, si no es a costa de los demás.


sábado, 16 de diciembre de 2023

Una y no más, San Agustín

Comparto con Vds. algunos libros que ya están en mi reciente posesión y que espero que me sirvan para adquirir, aun algo, conocimientos respecto de algunas áreas y momentos de la historia de la filosofía que había pasado por alto.
Uno de ellos es Las confesiones, de, por unos/as, Agustín de Hipona y, por otros/as, San Agustín. No recuerdo por qué, pero en su momento -que no fue hace mucho- creí que leer este texto clásico tenía que valer la pena. Supongo que otras lecturas, en ese árbol casi infinito de posibilidades, me llevaron a esta conclusión al citar a este Padre de la Iglesia Católica. Pues bien, algo tiene que antes de dormir me he acostumbrado a leer unas cuantas confesiones y ya llevo subrayadas algunas frases especialmente potentes de lo que, hasta ahora, es una remembranza de las etapas de su vida, en especial en relación con Dios.



Otro es Estados del agravio, de Wendy Brown. Este, más en mi línea de pensamiento crítico, fue debido a la mención en las redes sociales de Germán Cano, a la sazón prologuista del libro. Si me han leído con alguna atención, sabrán que ya he mencionado a Brown en otras ocasiones respecto de otras obras suyas. Como suele ser, la filósofa introduce reflexiones que no pueden por menos de calar en la mente del lector, como es, a la sazón, su crítica de las políticas de la identidad y sus reivindicaciones, la codificación legal de estas últimas y el papel del Estado en todo ello. Texto que ya tiene un par de décadas, no puedo sino asegurar que alude de manera lacerante a nuestro presente.


                                       

El tercero, Reflexiones sobre la revolución francesa, de uno de los adalides e inspiradores del conservadurismo y vanguardia de los reaccionarios, Edmund Burke. Después de haber leído La mente reaccionaria, de Corey Robin y Retoricas de la intransigencia, de Albert O. Hirschmann había que detenerse y no pasar por alto este texto seminal para el pensamiento conservador y reaccionario. Hay que saber qué y cómo piensa esta gente. Viva la fruta.

                                                         


También tengo en mi poder Hotel Splendid, de Marie Redonnet. Les iba a escribir que he leído maravillas de ella, pero ya saben cómo me pongo con la sección de adulación en los medios, así que ya veremos, cuando toque.

Asimismo, he encargado la novela Fragua, de Ali Smith, cuya existencia he conocido hará una semana. No tengo conocimientos previos de la obra, pero como tampoco albergo prejuicios no hay aporía alguna en el propósito de leerla y, tal vez, comentarla con Vds. Es tal el piélago de novedades, tal es la inmensidad de lo ya publicado y, peor, de lo muy valioso, que la atención humana y, en especial la mía, no da para todo. Es posible que tenga apuntados un par de cientos de libros de no ficción para ese futuro que nunca se hace presente, amén de algunas lecturas que yacen en un estado de crónica postergación. 

Respecto de la crónica mediático-cultural, ya que me preguntan, cada vez se refuerza más mi impresión de que la creación artística, salvo raras excepciones, se compone de vanidad y de entreguismo barato a las instituciones públicas y privadas para que estas la utilicen como productos para la publicidad y el propio adorno. Nunca hubo una edad dorada del arte, como tampoco del periodismo o de la política: cada época se enriquece con sus propias miserias, que se añaden al catálogo de las prácticas de poder de unos/as y otros/as. Ahora mismo, la programación cultural, tampoco nos vamos a engañar, es como casi siempre, un surtido de pasatiempos al que casi nadie presta atención, salvo excepciones. Tengo la impresión de que el vulgo (del que formamos parte casi todos/as) está demasiado ocupado en otros asuntos y se divierte con otras cosas. En todo caso, el efecto de prestigio, siempre y cuando se airee en los medios de comunicación, se consigue aunque no acuda casi nadie a tal o cual evento cultural. En realidad, da lo mismo.

En cuanto a la literatura canaria, sí, alguna novedad se ha presentado, ya en solitario, ya en plan dúo dinámico, estas semanas pasadas; pero, qué quieren que les diga, maldito el interés que me suscitan. No eres tú, soy yo, etc. Ya me gustaría a mí leer más crítica literaria digna de leerse, tal y cómo sí existe, aun a cuenta gotas, en la crítica de arte. Me refiero a los artículos, escasos, de Natalia Moreno Martín y Alba González en los últimos tiempos.

He leído alguna vez que en Canarias no hay espacio público donde se debata. Por tanto, que lo que se escribe o se dice no se lee, no se escucha o, al menos, que no suscita reacción en el público. No hay pues esa confrontación de ideas públicas, de temas seleccionados por los medios de comunicación, que son los encargados de recoger esa miríada de voces, filtrarlas y darles forma. Estoy de acuerdo, parcialmente. Otra cosa es que quienes se quejan se lo apliquen a ellos mismos, encenagados como están en simples expresiones de desprecio más o menos ingeniosas. Así, la gente que podría leer los periódicos no se remite a estos medios porque son insuficientes, porque son sesgados contra todo escrúpulo y pudor, y porque la mayor parte del tiempo son pobres intelectualmente hasta la exasperación. A veces, simplemente porque actúan con pasmosa falta de responsabilidad, empeñados en sus objetivos privados.

Es cierto, en Canarias no existe una esfera pública de algún interés, al menos en los grandes medios, en los que apenas alguna vez se lee, ve u oye algo que merezca atención. Hay, también, no obstante, foros, redes, espacios alternativos, que no están en las guerras mediático-empresariales (guerras que en Canarias se libran por una gasificadora aquí, un centro comercial allá o, cómo no, las concesiones para las productoras propias en la televisión autonómica), pero indudablemente marginales. Habría que calibrar que capacidad de influencia tienen estos lugares, estos sitios; valorar a las personas competentes que participan en ellos, que no desfilan por radios, teles y periódicos predicando con la insistencia, y la impertinencia, de un vendedor a comisión. No me crean un optimista: mi experiencia en una radio comunitaria me alertó sobre el peligro de la complacencia en los espacios pequeños y acogedores, pero sin expectativas reales de crecimiento en cuanto a audiencia, por no hablar de los medios técnicos y materiales, en general. Incluso el mejor voluntarismo no es suficiente para encontrar al público, que bastante saturado está de posibilidades de ocio e información.

No obstante, esta advertencia -o lamento- de la inexistencia de una esfera pública digna de su nombre me recuerda a esa queja de algunos de nuestros más eximios escritores relativa a la ausencia de "verdadera" crítica literaria en Canarias. Curiosamente, los primeros se quejan desde una tribuna casi diaria desde los periódicos de un emporio periodístico y los segundos son los mismos que se aplican solo a elogiar a rebato lo que le pongan por delante, con lo que degradan, al mismo tiempo, la esfera pública y la crítica literaria. A ambas clases de Jeremías, parece que solo les parece real en lo que intervienen o con lo que están de acuerdo, y lo demás es el desierto.


viernes, 24 de noviembre de 2023

Lecturas varias sin vaselina

Como ya saben, gente de bien, porque ya se lo he anunciado, el Polillas se ocupará menos de las novedades -en su mayoría, irrisorias- de la edición en Canarias -por simple tedio y un punto de desesperación- y más de reportarles lecturas varias, en especial de materias que no sean ficción. Es decir, de casi todo. Esto debería alegrarles, en principio, salvo que el escapismo sin sentido sea la única vía a sus problemas y se contenten con poco.

Así pues, sin vaselina ni nada, les lanzo con ánimo conciliatorio los siguientes libros con los que me hecho recientemente: 

Retóricas de la intransigencia, de Albert O. Hirschmann.

La democracia griega y sus intérpretes en la tradición occidental, de varios autores. Coordinado por César Fornis, Laura Sancho Rocher y Manel García Sánchez

La política en el ocaso de la clase media, Emmanuel Rodríguez.

Además, he rescatado de la sima del olvido Hecho y por hacer, de Cornelius Castoriadis.

También, por recomendación del librero de mi ahora segunda librería de referencia, dos ensayos del filósofo catalán, Joan-Carles Mèlich, de cuya existencia no había tenido conocimiento hasta el otro día, a la sazón La experiencia de la pérdida y La condición vulnerable. Ya les contaré, pero sine die.

Retóricas de la intransigencia consiste en un estudio de los discursos de corte conservador y reaccionario ante revoluciones, reformas o medidas de carácter progresista cuyos efectos se tienden a minimizar, a criticar por su efecto contrario o a deplorar por sus consecuencias devastadoras. Serían la retórica de la futilidad, la retórica del efecto perverso y la retórica del riesgo, respectivamente, con combinaciones entre sí. Todo, tomando como base la conocida conferencia de T.H. Marshall Ciudadanía y clase social sobre las fases históricas de ampliación de derechos en Gran Bretaña (y que se puede extrapolar hasta cierto punto al resto de Occidente). Cuando uno ha leído también La mente reaccionaria, de Corey Robin, encuentra fácilmente puntos de contacto entre ambas obras

Todavía no he comenzado el libro de Emmanuel Rodríguez, autor que recomiendo por sus estudios, precisamente, sobre la clase media (recuerden, sin ir más lejos, El efecto clase media). Ahora que el partido político Podemos parece estar a punto de implosionar, tiene un punto nostálgico revisar esa España -que ahora parece tan lejana- del 15-M y compararla con la de ahora. Lo que somos y lo que podíamos haber sido. 

Con respecto a La democracia griega, llegué a su conocimiento por medio del filósofo José Luis Moreno Pestaña -que participa con un artículo-, gran parte de cuya obra he dado cuenta en este blog, en especial Retorno a Atenas y Los pocos y los mejores. Temáticas heteróclitas, pero con el trasfondo de la democracia ateniense y su confrontación con el tipo de democracia en que vivimos en la actualidad, la representativa.

En su momento leí La institución imaginaria de la sociedad, de Castoriadis, que, a pesar de mi profunda ignorancia, me resultó bastante fecunda. Hoy, con más conocimientos, y teniendo en cuenta la admiración que también que le profesa Moreno Pestaña, he vuelto a él. El magnífico comentario a El Político, de Platón (Sobre El Político de Platón), por Castoriadis ya había hecho mucho al respecto, todo hay que decirlo. Veremos cómo resulta este Hecho y por hacer.



Por último, he recordado que tengo por aquí un libro recomendado por el sociólogo Ignacio Sánchez-Cuenca en varios artículos, Práctica democrática e inclusión, de Robert M. Fishman. En él se compara, al parecer, la evolución política de Portugal y España desde el momento en que cayó/transicionó la dictadura en ambos países en los años 70 del siglo pasado. 




En otro orden de cosas, me siguen suscitando estupor los artículos de algunos periodistas culturales -o lo que surja- cuando aseguran que una compañía de teatro "a buen seguro" va a proporcionar a los espectadores una gran satisfacción al ver la obra, o cuando anuncian con qué canciones el cantante X "va a deleitar" al público, etc. El buenrollismo de espíritu carpetovetónico que no falte, curiosa, si no aporéticamente, en esta era postposmoderna. También podemos considerarlo como el eterno retorno a lo mismo o cómo atragantarnos con nuestro propio vómito una y otra vez.

A mi entender, tener personalidad cultural no significa quedarnos arrobados cuando alguien de fuera pretende halagarnos diciendo simplezas como "En Canarias hay mucho talento" y frases del estilo que, en realidad, solo sirven para agravar una complacencia miope. Esta personalidad cultural, si tal cosa nos interesara, se hace a base de trabajo, el talento que se tenga (poco, mucho o 3/4), mucha intolerancia a la tontería y al ensimismamiento y, sobre todo, una crítica honrada e implacable que nos ponga en guardia. Por no hablar -que quizá es lo más importante- de cierta prosperidad económica que permita la formación de un humus artístico e intelectual que, a su vez, posibilite el surgimiento de artistas, escritores/as, filósofos y demás gente de dudoso vivir.

Provincianismo es admirar lo de fuera por ser de fuera; pensar que lo que dice un canario vale más porque viva en Madrid y salga por la tele; es, también, manifestar que se admira hasta el empalago y el consiguiente lavado de estómago cualquier cosa que haga un/o canario/a por la circunstancia, producto del azar, de haber nacido o vivir en Canarias. Es creer que los periodistas locales no tienen por qué tener talento (mucho, poco o 3/4) ni ética para escribir de cultura porque, total, para elogiar sin tino no hace falta saber de nada y aquí nos conocemos todos (pronto, una IA sustituirá a esta tropa).


P.D. El otro día, en el suplemento del periódico El País pusieron a caldo la novela ganadora del premio Planeta, atribuyendo la responsabilidad al jurado y exonerando a la escritora. Bien hecho. A pesar de la trayectoria ignominiosa de este premio, algunos/as se escandalizaron de que estas cosas ocurrieran (entendiendo por ello que se premiaran novelas buenas, malas o peores por la fama o atractivo del escritor o escritora). Es decir, no habían comprendido la naturaleza comercial del evento. Otros se escandalizaron o se enfadaron porque había gente que aún se escandalizara por ello. Otros, todavía más pasados de rosca, como yo mismo, nos escandalizamos de que otros/as se hubieran escandalizado de que los primeros/as se escandalizaran. Un sindiós.


lunes, 13 de noviembre de 2023

La crítica en tiempos de barbarie

Valgan estas líneas como expresión de un estado de ánimo, como reacción al mundo humano, que con el paso del tiempo comprendo cada vez menos. O que se me presenta cada vez más complicado de asumir, al menos en su parte de maldad y de desprecio por nuestros congéneres y por la naturaleza en su conjunto. En ningún caso, como esbozo de una teoría.

Sin duda, había que preguntarse por qué escribir después de Auschwitz, y de Hiroshima y Nagasaki. También, hoy, para qué escribir reseñas cuando hay tanta guerra y tanta muerte desgarradora y criminal cada día, como en Ucrania o en Gaza. O los innumerables conflictos en África que, por ser África y seguramente por otras razones vergonzosas, no aparecen en los medios de comunicación. Serían incontables las guerras y los muertos tras 1945. Infinitos antes. Tiempos de barbarie son todos: no dejan de serlo porque creamos que estamos a salvo.

Cómo ser feliz uno cuando no tan lejos la tierra arde y la gente muere a miles y aparecen fosas comunes como malas hierbas tras un día de lluvia. Cómo, cuando nos parece una gran decisión cambiar de serie de Movistar a HBO, mientras cientos de emigrantes se apiñan en cáscaras de nuez para cruzar el mar y muchos/as acaban como alimento para los peces.

Qué cerca estamos de la barbarie. Ocurre todos los días que un poder arbitrario y sin corazón arrastra a seres humanos (y a los animales) a una trituradora de carne, a un embudo de sangre y bilis. El mundo como un camposanto permanentemente bombardeado en el que los cuerpos abiertos en canal cuelgan de los nichos y los huesos quebrados y las vísceras se desparraman con abigarrada promiscuidad. Las hendidas calaveras nos miran con sus cuencas embarradas y preguntan por qué, joder.

Aquí estoy yo, pues, haciéndome estas preguntas, sin la imaginación suficiente para hacer algo que mitigue esta punzada en la conciencia. Sin poder individual, sin mirada olímpica que sopese y evalúe cada uno de los matices de la realidad, no puedo sino conformarme con mi mediocridad existencial, también con esta apariencia de seguridad en la que circunstancias, casi todas ajenas a mi posible mérito, me han instalado.

En mi silloncito, con el café a mano, rodeado de libros: parece la única realidad posible.


En otro orden de cosas, llevamos una semana teniendo a la ultraderecha, compañera natural de la derecha y no solo por metonimia, protestando, envuelta en la bandera nacional, contra un concepto a las puertas del PSOE. Es evidente que el concepto se hará letra y ley para llegar a un acuerdo político con la derecha independentista catalana, (que no era demasiado independendista hasta hace 10 años). Pero de eso se ha escrito mucho ya. Si la política democrática era el medio para evitar la violencia entre grupos humanos con proyectos políticos y sociales diferentes, no parece demasiado reprochable lo que se está gestando (en estos momentos, cuando estoy a punto de sacar el artículo, se ha registrado ya en el Congreso la propuesta de la ley). 

Dice Juan Carlos Rodríguez que Brecht se preguntaba -le reconcomía- por qué la disolución del mundo pequeñoburgués creaba nazis, por qué tanta gente aceptaba el sistema que los explotaba. En nuestros días, nos preguntaríamos por qué tanta gente humilde vota VOX o PP, que abogan abiertamente por privilegiar a los ya privilegiados y al capital -normalmente con la excusa de que su bonanza será la bonanza de los de abajo- y penalizar las rentas del trabajo, es decir, a casi todos nosotros/as.

No obstante, el PSOE, que ahora parece casi épico resistiendo a las hordas nostálgicas del franquismo y del imperio de los Austrias, siempre ha sido connivente con el sistema capitalista -como buen partido socialdemócrata- y si no lo ha promovido activamente sí ha sido también complaciente con lo que Corey Robin considera una característica de la mente conservadora -o reaccionaria-, el popularizar los privilegios. Por ello se entiende la posibilidad de que uno, independientemente de su clase social, posea algún privilegio -o sea capaz de tenerlo o ejercerlo- respecto de otra persona o grupo de personas, ya sea por riqueza, etnicidad, género o ciudadanía. Lo traduzco como el rico frente a los pobres -o frente a las clases medias-, el hombre frente a la mujer, el payo frente al gitano, el español frente al extranjero sudamericano, magrebí o subsahariano, etc. En un contexto más familiar y, por tanto, casi desapercibido, aceptamos que haya palcos en recintos de naturaleza pública, como en los teatros dependientes de cualquier institución pública; o zonas exclusivas en los grandes conciertos. O, en los aeropuertos, zonas VIP, asientos business, y el resto para los comunes; tenemos, además, copago para no hacer cola.

¿Y cómo que asientos reservados para las autoridades? ¿Por qué lo consideramos como algo natural y no como una excepción?

Por no hablar del poder estratificador del dinero: Educación y Sanidad. Vivienda. No hay mejor disolvente de una comunidad humana.

Todo nos parece normal. La desigualdad social está normalizada en nuestra democracia representativa.

Entonces, cómo hacer crítica literaria de un modo que no considere la literatura como un compartimento estanco, como una habitación aislada del mundo, mientras los cristales de las ventanas tiemblan con el sonido de las bombas, el techo amenaza con desplomarse sobre nuestras cabezas y la sangre de las víctimas se extiende por todo el planeta. Cómo escribir crítica sin mencionar todas las insidiosas -o abiertas- y lacerantes formas de desigualdad dentro de un país y entre los países.

Crítica de un modo que no sea divagación de estética o de técnicas narrativas; o se limite a enumerar los solecismos y los lugares comunes. Todo esto sin caer tampoco en el discurso de acompañamiento que se limite a elogiar al autor o autora y a alucinar con hermenéuticas del texto hasta el paroxismo. Para que nos entendamos, hay mucho cretino suelto convencido de la performatividad de sus elogios.

Una crítica que no se considere simple otorgadora de diplomas de calidad, que por mero efecto inflacionario pierden valor nada más se emiten; que no sea muñidora de organizaciones editoriales ni festejadora de campañas institucionales y, lo peor, que asuma motu proprio el papel de lubricante del mercado. Una crítica que se considere menos literatura -quizá que se considere así en absoluto- que filosofía. Una crítica, en definitiva, que haga algo en el mundo.

Porque menudo mundo este.




miércoles, 1 de noviembre de 2023

7 años

Este blog va a cumplir 7 años (noviembre 2016) y lo anuncio ya porque siempre olvido los aniversarios. Surgió con la intención, como muchos saben, de, si no poner freno a tanto desvarío reseñador (este objetivo resulta imposible en nuestras condiciones, y la explicación ya la he trasladado en otro artículo), al menos para que quedara constancia de que no todo el mundo pensaba igual o se conformaba con el enfoque publicístico-amical-reseñador que es -y será- la norma en los medios de comunicación, ya hablemos de prensa, radio, televisión o Internet. 

Aunque la tarea haya resultado fatigosa, a veces, tediosa, con ella he disfrutado de momentos de regocijo, en especial cuando conseguía enterarme de las reacciones de los/as escritores, editores/as o periodistas culturales, francamente indignados/as por el atrevimiento que suponía que una persona ajena al mundillo hubiese escrito reseñas negativas no solo de obras literarias sino también de su propio trabajo. ¿Quién había dicho que no se podía criticar la crítica?

En realidad, me parece que si contrastamos tanto mis objetivos como sus consecuencias todo palidece ante ese fondo de barbarie que nos rodea en la actualidad, en especial con lo que lleva ocurriendo en Gaza y en Ucrania (por no hablar de otros conflictos sangrientos por todo el planeta). Quizá haya que tomarlo todo con cierto relativismo vital, que no moral, y no enfadarnos tanto (me incluyo) cuando discutimos respecto del papel de la crítica, la cultura institucionalizada y cosas así..

Por otro lado, y respecto de ciertas lecturas que no he terminado de digerir, no consigo entender que incluso críticos literarios de prestigio justifiquen el endulzamiento de las críticas por la consideración de "saber en dónde se trabaja". Entiendo que, a diferencia de otros planos sociales y vitales donde el maniqueísmo no es aconsejable ni prudente ni necesario, en la crítica de la que estamos hablando solo cabe la honradez completa. Cualquier otro tipo de sesgos conscientes empañan, cuando no prostituyen, esta tarea. Mejor no hacer crítica alguna que hacer una crítica amigable o neutra porque resulte que el libro en cuestión lo edita una empresa de la propietaria del medio de comunicación. O que el/la novelista sea, por ejemplo, amigo/a del director/a. Porque, desde el momento en que se transige, ¿cuándo podrá volver a confiar el público en este/a reseñador/a? Una vez cometida esa primera falta de honradez, ¿le será cada vez más fácil convertirse en un/a mentiroso/a a sueldo? A este pecado original no le encuentro bautizo posible.

Sigamos con la República de las Letras...

UN LIBRO: Ya glosé en su día la extraordinaria obra de Juan Carlos Rodríguez con El escritor que compró su propio libro, sobre la figura de Cervantes y El Quijote. Ahora, me he leído en dos vuelos de avión y un par de sesiones de lectura uno de sus últimos libros: De qué hablamos cuando hablamos de marxismo. En él, no solo habla de marxismo y de sus posibles malinterpretaciones, incluyendo la degenerada y criminal vía estalinista, sino también de figuras filosóficas como Althusser o de la obra de Bertolt Brecht. Agudo y sabio, Juan Carlos Rodríguez, ya me habría gustado conocerlo. Un libro para quienes se resisten a pensar que el capitalismo no es sinónimo de realidad.




OTRO LIBRO: Ya le había echado el ojo hacía unos cuantos años, antes siquiera de que fuera traducido, cuando recién había acabado el doctorado. Pero, por unas circunstancias o por otras, incluyendo el momentáneo olvido o la decepcionante constatación de que todo presupuesto es limitado, había postergado su adquisición hasta hace unos días. Ya traducido, el libro es una lúcida indagación de las características de las teorías filosóficas, políticas y económicas reaccionarias y de quienes las blanden como freno ante la corrupción moral de los nuevos tiempos. Básicamente, se trata del contraataque de los pensadores conservadores, como, en especial, Edmund Burke, Nietzsche o los representes de la escuela austriaca de economía ante la irrupción de protestas y demandas contra la jerarquía social. Una lectura también que, por momentos, apasiona.


EL TERCERO: Ya lo había anunciado en el artículo anterior a este, pero ya tengo en mis fornidas manos Lo Posthumano, de Rosi Braidotti, que, a tenor de lo que llevo leído, explica con cierto detalle la crítica al humanismo filosófico y la reacción antihumanista que le han llevado a formular una tercera posibilidad que es, precisamente, el posthumanismo. De qué se trate ese posthumanismo ya se lo explicaré en otro momento. Por ahora, buena prosa y buena pedagoga.




Para terminar: Es posible que en lo sucesivo se encuentren aquí con menos reseñas de literatura y más artículos de índole divulgativa. Esto es así porque estoy enfrascado en estudiar lenguas clásicas y pensando en abordar El Capital como se merece. Todo sea por decir, cuando alguien me pregunte cualquier cosa: "Estaba leyendo a Platón en griego cuando..."

(Cerrada ovación, gente en pie golpeándose una palma de la mano con la otra. Rostros enrojecidos. Desmayos. Música de El fantasma de la ópera, etc.)